UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA
MUSEO
(FACULTAD DIS CIENCIAS NATURALES)
REVISTA
BEL
MUSEO DE LA PLATA
DIRECTOR
SAMUEL A. LAFONE QUEVEDO, M. A. (Cantab.)
Doctor honoris causa
en la Facultad de filosofía y letras (Universidad de Buenos Aires), etc., etc.
TOMO XIX
PRIMERA PARTE
(SEGUNDA SERIE, TOMO Ti)
BUENOS AIRES
IMPRENTA DE CONI HERMANOS
684, PERÚ, 684 .
1918
230038
PUBLICACIONES DEL MUSEO DE LA PLATA
SEGUNDA SERIE
La segunda serie de las publicaciones del Museo de La Plata, com-
prende los siguientes grupos :
ALTALES
En entregas en 4o mayor, y en las cuales se publican las memorias ori-
ginales del personal científico del Museo, que á causa de las planchas
de gran formato que las acompañan, no pueden incluirse en la Revista.
REVISTA
Volúmenes en S° mayor de 25 pliegos por lo menos, y en los cuales se
publican, también, las memorias originales del personal científico del
Museo y las de los colaboradores tanto del país como del extranjero.
BIBLIOTECA
Volúmenes en 8o menor de 25 pliegos por lo menos, que contienen tra-
ducciones de obras y estudios publicados en el extranjero, relacionados
con asuntos que sean tema de investigaciones en el Museo,* lo mismo
que series de artículos de vulgarización científica.
CATÁLOGOS
En volúmenes en 8o menor, en los que se incluyen los inventarios ra-
zonados ó simplémemé enumerativos de las diversas colecciones del esta-
blecimiento.
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UNI VICHADA]) NACIONAL DH LA PLATA
MUSEO
(FACULTAD I >15 (51 ION OIAS NATUIíA U5S)
DIRECTOR
SAMUEL A. LA PONE QUE VEDO, AL A. (Cantab.)
Doctor hnnoris causa
en la Facultad do filosofía y lotras (Universidad do Buenos Aires), etc., etc.
TOMO XIX
PltlMF.liA PARTIO
( S K G U N D A SURI E , TOMO Vi)
RUENOS AIRES
IMPRENTA 1>K CONI HERMANOS
684, PERÚ, (¡84
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NIOUUNOA SICIMU
l.n segundai serie de las publicaciones del Museo do La, fia la, com-
prende los siga ionios grupos:
ANALICS
lili entregas en -Io mayor, y en las cuales se publican las memorias ori-
ginales del personal científico del Museo, que, á causa de las planchas
de gran formato que las acompañan, no pueden incluirse en la, IíkvíSTA.
1 Mí VIST A
Volúmenes en S° mayor de 25 pliegos por lo menos, y en los cuales se
publican, también, las memorias originales del personal científico del
Museo y las de los colaboradores tanto del país como del extranjero.
lili Md OTICO A
Volúmenes en 8° menor de 25 pliegos por lo nomos, que contienen tra-
ducciones de obras y estudios publicados en el extranjero, relacionados
con asuntos que sean tema, de investigaciones cu el Museo; lo mismo
que series de artículos de vulgarización científica.
O ATÁ LOOOS
ICn volúmenes en 8o menor, en los que se incluyen los inventarios ra-
zonados é) simplemenl e enumera! ¡vos de las diversas colecciones del esta-
blecimicnl o.
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UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA
REVISTA
DEL
MUSEO DE LA PLATA
MUSI] O DE LA PLATA
CONSEJO ACADEMICO
Presidente : doctor Samuel A. Latbne Quevedo, M. A. (Cantab.L
Consejero titular : doctor Enrique Herrero Ducloux.
— doctor Santiago Rotli.
— doctor Guillermo F. Scliaefer.
— doctor Pedro 'i1. Vignau.
— doctor Luis M. 'Forres.
— doctor Miguel Fernández.
Consejero suplente: señor Carlos Brucli.
— doctor Enrique J. Poussart.
Secretario : doctor Salvador Debenedetti.
ACADEM 1 COS 1 ION O U A li I OS
Y COPO IES PON 1 ) 1 ENT ES NAC ION ALES
ESCUELAS DE CIENCIAS NATURALES
ACADÉMICO IIONOUAUIO
Doctor Angel Gallardo (Buenos Aires), 1907.
Doctor Carlos Spegazzini (La Plata), 1912.
ACADÉMICOS COltUESPON DI ENTES
Doctor Juan B. Ambrosetti (Buenos Aires), 1907.
Doctor Francisco Latzina (Buenos Aires), 1907.
Señor Miguel Li lio (Tucumán), 1907.
Ingeniero Francisco Seguí (Buenos Aires), 1907.
ESCUELA DE CIENCIAS QUÍMICAS
ACADÉMICO IIONOUAUIO
Doctor Juan J. J. Kyle (Buenos Aires), 1907.
MUSEO DE LA PLATA
A
A (JAD ÉM ICOS 1 1 ON OJIA IDOS
Y CORRESPONDIENTES EXTRANJEROS
ESCUELAS DE CIENCIAS NATURALES
ACADÉMICOS HONORARIOS
S. A. S. Albert I <lc Monaco, 1910.
Doctor Eugen Bülow Wanning (Dinamarca), 1907.
Doctor Albert Gandry (Francia), 1907 -¡-.
Doctor Ernest Haeckel (Alemania), 1907.
Doctor Tliéodore Jnles Ernest Hainy (Francia), 1907 f.
Doctor Enrico Iíillyer Giglioli (Italia), 1909 f.
Profesor William II. Holines (Estados Unidos), 1907.
Doctor Otto Nordenskjóld (Suecia), 1907.
Doctor Santiago Ramón y Cajal (España), 1907.
Doctor Johannes Raiike (Alemania), 1910.
Profesor Ednard Suess (Anstria-Hnngría) , 1907.
Profesor Frederic Ward Pntnani (Estados Unidos), 1909.
A C A DÉM ICOS CO R R IOS RON DI 1CNT US
Doctor Ilcnry FairPield Osborn (Estallos Unidos), 1907.
Doctor Hermán n von Ibering (Brasil), 1907.
Doctor Yoshikiyo Koganci (Japón), 1907.
Doctor Albert Angoste de Lapparent, (Francia), 1907 -[-.
Doctor Abraham Lissaner (Alemania), 1907 f.
Doctor Richard Lydekker (Inglaterra), 1907.
Doctor Rudolf Martin (Suiza), 1910.
Doctor Stanilas Meunier (Francia), 1910.
Doctor Ginseppe Sergi (Italia), 1907. ,
Doctor Gustav Steinmann (Alemania), 1907.
Doctor Paul Vidal de la Blaclie (Francia), 1907.
Profesor J. Wardlaw Redway (Estados Unidos), 1907.
ESCUELA DE CIENCIAS QUÍMICAS
ACADÉMICO HONORARIO
Profesor Wilhein Ostwald (Alemania), 1907.
ACADÉMICOS CORRES RON DI ENTES
Profesor Armand Gantier (Francia), 1907.
Profesor José Rodríguez Carracido (España), 1908.
Profesor Harvey W. Wiley (Estados Unidos), 1907.
MUSEO DE LA PLATA
PERSONAL DIRECTIVO Y CIENTÍFICO
DOCTOR SAMUEL A. LAEONE QUEVEDO, M. A. (Cautiib.)
Direclor
DOCTOR ENRIQUE HERRERO DUCLOUX
Vicedirector
DOCTOR SALVADOR DEBENEDETTI SEÑOR MAXIMINO DE BARRIO
Sduretaiio, bibliotecario y director de publicaciones Prosecretario
ESCUELAS DE CIENCIAS NATURALES
DOCTOR ' SANTIAGO ROTH
Jefe de sección y profesor de Geología y Paleontología
DOCTOR GUALTERIO SCHILLER
Jefe de sección y profesor do Mineralogía
SEÑOR AUGUSTO C. SCALA
Jefe do sección y profesor de Botánica
SEÑOR CARLOS BRUCH
Jefe de sección y profesor de Zoología
DOCTOR MIGUEL FERNÁNDEZ
Profesor de Aualoima comparada
SEÑOR HORACIO ARDITI
Profesor suplente do Zoología
DOCTOR SAMUEL A. LAEONE QUEVEDO
Profesor de Lingüistica
DOCTOR ROBERTO LEIIMANN-NITSCHE
Jefe de sección y profesor de Antropología
DOCTOR LUIS MARÍA TORRES
Jefe de sección y profesor de Etnografía
SEÑOR VALENTÍN BERRONDO
Profesor do Geografía política y económica
INGENIERO N. BESIO MORENO
Profesor de Cartografía
DOCTOR SALVADOR DEBENEDETTI
Profesor adjunto de Arqueología
DOCTOR PABLO MERIAN
Profesor de Geografía Física
INGENIERO MOISÉS KANTOR
Profesor de Geología
DOCTOR EDUARDO CARETTE
Profesor adjunto de Paleontología
ESCULLA DE CIENCIAS QUIMICAS
DOCTOR ENRIQUE HERRERO DUCLOUX
Director y profesor de Química analítica
DOCTOR FEDERICO LANDOLPII
Profesor «le Química orgánica
DOCTOR ENRIQUE .T. rOUSSART
Profesor de Química general
SEÑOR LEOPOLDO HERRERO DUCLOUX
Profosor «le Farmacología
SEÑOR EDELMIRO CALVO
Profusor adjunto «le Química orgánica farmacéutica
INGENIERO ALEJANDRO BOTTO
Profesor adjunto do Química analítica cualitativa general
DOCTOR ALEJANDRO OYUELA
Profesor de Terapéutica
DOCTOR MANUEL V. CARBONELL
Profesor suplente de Higione
DOCTOR JUAN C. DELFINO
Profesor de Higiene
DOCTOR GUILLERMO F. SCIIAEFER
Profesor de Química analítica especial
DOCTOR PEDRO T. VIGNAU
, Profesor da Análisis Minoial
DOCTOR ALEJANDRO COGLIATI
Profesor de Farmacia práctica
DOCTOR P. ABEL SÁNCHEZ DÍAZ
Profesor suplente de Química geuerul
DOCTOR ATILIO I5ADO
Profesor suplente de Química analítica especial
DOCTOR SEGUNDO J. TIEGHI
Profesor suplente de Química orgánica
SEÑOR JUAN E. MACHADO
Profesor atíplenlo de Farmacia practica
DOCTOR MARTTNIANO LEGUIZAMÓN PONDAL
Profesor suplente de Complementos de Química
ESCUELA ANEXA DE DIBUJO
SEÑOR E. COUTARET
Profesor de Dibujo geométrico y de perspectiva
SEÑOR A. BOUCIION V I LL10
SEÑOR ANTONIO ALICE
Profesor «lo Dibujo do arte y pintura
SEÑOR R. BERG1IMANS
Profesor do Dibujo curtogi ático y do relieve
SEÑOR JOSÉ EON ROUGE (h.)
Profesor de Dibujo natural
Profesor de Caligrafía
DOCTOR ROBERTO LEHMANN-NITSCHE
Profesor de Anatomía artística
SEÑOR ANTONIO PAGNEUX
Profesor suplente de Dibujo «le arle y pintura
UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA
MUSEO
(FACULTAD DE CIENCIAS NATURALES)
REVISTA
DEL
MUSEO DE LA PLATA
DIRECTO 15
SAMUEL A. LAFONE QUEVEDO, M. A. (Cantal).)
Doctor honoris causa
eu la Facultad de filosofía y letras (Universidad de Buenos Aires), ote., ote.
TOMO XIX
P1UMEPA PARTE
(segunda serie, tomo vi)
BUENOS AIRES
IMPRENTA DE CONI HERMANOS
684, perú, 684
1913
ADVERTENCIA
La exploración en que se funda el trabajo del señor Carlos Brueb
fué organizada y costeada por el Museo de La Plata, á cuyo personal
científico pertenece dicho señor.
Por disposición del señor presidente de la, Universidad entró este
trabajo como uno de tantos que forman la serie de la Biblioteca Cente-
naria, y á la vez se resolvió que simultáneamente conservase su lugar
entre los tomos de la Revista, del Musco de La Blata.
Esta monografía, tanto por los datos arqueológicos que encierra,
cuanto por las láminas y demás (pie la ilustran, tiene su doble carácter :
uno ameno y pintoresco, el otro científico, y por esta razón se le lia
acordado también una doble divulgación.
Si esta medida fué acertada cuando ella se adoptó, mucho más lo es
ahora, porque obras como las del señor Loman y de M. Lreucliat, muy
meritorias en sí, divulgan apreciaciones y omisiones que no son admi-
sibles para los que conocen la región Diaguito-Calchaquí íntimamente.
El valle de Calchaquí es una región llena de interés histórico, polí-
tico, étnico, lingüístico, arqueológico, si se quiere prehistórico, paleon-
tológico y cuanto más se pueda decir acerca de un valle que en su mí-
nima extensión mide treinta leguas de norte á sur y que, si se quiere,
incluye las cien leguas del conquistador Valdivia contadas de este á
oeste.
En Calchaquí está el riñón del enigma de la lengua Cacana, en Cal-
chaquí estaba el gran Titaquín, curaca ó cacique «Juan» que dominaba
todo ese valle, alcanzando su influencia hasta Chumbicha donde con su
maroma Chumpi, trató de atajar á Diego de Eojas en la quinta decena
del siglo xvi, en plena jurisdicción de los Diaguitas, que si fueron
aliados ó aun súbditos, por algo se diferenciaban de los Calchaquí.
La alfarería calchaquí es única en nuestra América en sus formas :
VIII
su ornamentación, será la simbólica, tan general en todo este continente
del sur, pero muchos de sus detalles y la manera de su aplicación son
propios de ese valle ; se ha dado en llamarlo tipo de Santa María, por-
que de esa villa procedían los primeros ejemplares conocidos, pero el
verdadero nombre que debe aplicárseles es el de tipo Calchaquí, por-
que corresponde á todo ese valle y sus inmediaciones.
Ignórase quienes fueron los artistas que produjeron esos artefactos 5
ni los cronistas ni los misioneros conservan dato alguno que pueda
orientarnos; pero ahí está esa alfarería y demás, cuya semblanza tan
fielmente reproduce el señor Bruch. No despreció dicho señor lo que es
de los Diaguitas que, por otro lado, es muy importante también, pero
smivi cuiquc, á los Calchaquí lo que es de Calchaquí y á los Diaguitas
lo que es de esa famosa jurisdicción de la Nueva Londres, muy refun-
dida en la que es de San Fernando de Catamarca.
Por todas estas razones y por tantas otras que podrían acumularse,
el Musco de La Plata incluye este concienzudo trabajo entre los tomos
de su Revista, esperanzado que los millonarios de la Eepñblica Argen-
tina imiten á los millonarios de nuestra hermana del norte y nos den
los recursos necesarios para iniciar exploraciones sistemáticas y sin
interrupción en todo lo que fué provincia de los Calchaquí y Diaguitas
ó Cacanes.
Samuel A. Lafone Quevedo,
Director tlcl Museo.
INTRODUCCION
Con el objeto de proseguir las investigaciones suspendidas por
falta de recursos durante varios años, la, actual dirección del Museo
de La Plata tuvo á bien encomendarme una exploración en los
valles andinos de las provincias de Tucumán y Catamarón. Apro-
vechando de las vacaciones universitarias, desempeñó mi misión
durante los meses de marzo y abril de 1907, y febrero y marzo
del año siguiente en un segundo viaje.
Sujeto á las instrucciones recibidas, dichos viajes tenían como
principal motivo, el de reunir datos sobro una serie de antiguas
poblaciones indígenas «pie allí se encuentran ; por tal razón, me vi
obligado á ocuparme de estudios arqueológicos, sin haber descui-
dado otros de carácter zoológico, más relacionados con mí espe-
cial] zación.
Kb obstante la extensión de la zona explorada, pude llenar todo
el programa trazado, y reunir buen número de colecciones y ob-
servaciones arqueológicas que, por considerarlas de algún mérito,
vengo á publicar en esta memoria; sin otras pretensiones que la
de contribuir al mejor conocimiento do los aborígenes de aquellas
regiones.
Siguiendo mi costumbre, procuré reunir también en estos via-
jes todos los datos iconográficos á mi alcance que, además de su
valor documentarlo, servirían en parte para ilustrar mis descrip-
ciones. Ofrezco, en primer lugar, una vista general de cada región,
y sitios ocupados por las antiguas poblaciones, para dar mejor
idea de la ubicación de éstas, como también del medio físico en
X
que yacen. Otras vistas de detalles se hallarán distribuidas en el
texto ; así como algunos relevamientos, que me he procurado, va-
liéndome de brújula y cinta métrica.
lias reproducciones do los objetos arqueológicos, que apare-
cen las obtuve, salvo unas pocas, por medio de fotografías, ya
directamente, ya por un método especial, después de haber traza-
do sobre aquellas el dibujo á pluma: con este procedimiento
puedo asegurar la exactitud de los esquemas hasta en sus más mí-
nimos detalles.
Es de sentir que la mayor parte de los objetos arqueológicos
traídos en los dos viajes, no procedan, como sería de desear, de
excavaciones verdaderamente sistemáticas, pero no por eso care-
cen de interés, puesto (pie fué posible saber, por lo menos, los luga-
res de donde han sido exhumados. En el curso de su descripción
se hallarán las referencias del caso: los números con las abreviatu-
ras Col. M. L. 1'. corresponden á los que lleva cada objeto en las
colecciones del Museo de La Plata.
En cuanto á las investigaciones realizadas, debo advertir que
éstas se hicieron sin conocimientos previos de las exploraciones
efectuadas con anterioridad; así que este estudio representa el
acopio de observaciones propias, más ó menos de carácter jirel i mi-
nar, según las circunstancias y el tiempo de que podía disponer.
Á cada uno de los lugares ó pueblos estudiados se dedica su
capítulo correspondiente, refiriendo en él todas las observaciones
sobre antiguas construcciones, y otros detalles relacionados con
ellas y con el material arqueológico en general; las descripciones
de los objetos obtenidos, responden más bien á los efectos de una
enumeración, que á un estudio crítico. Por último, para facilitar
una orientación sobre los puntos recorridos, daré en las siguientes
líneas, y á grandes rasgos, el itinerario seguido, cuya ruta se en-
cuentra también indicada sobre el mapa al final de la memoria.
Organizada la primera expedición en Andalgalá, y terminados
los preparativos, (pie se limitaron á la adquisición de animales y
provisiones, emprendí viaje llevando conmigo un hombro como
arriero y único compañero.
De Andalgalá me dirigí primeramente por la quebrada de
Muschaca á Las Minas, bajando al siguiente día á la Punta de
XI
Balasto, para continuar luego en el valle de Yocavil ó Santa Ma-
ría hasta la villa del mismo nombre, y pasar de allí al valle de Ta-
fí, en la provincia de Tucumán. Equivale este recorrido á tres bue-
nos días de marcha, pero una información sobre la colección ar-
queológica de don Segundo Salvatierra ocasionó una demora de
varias días eu Santa María, así que, recién al 4 de marzo llegué al
vnl lo de Tafí.
Una vez estudiados los famosos monolitos ó menhires del valle
de Tafí, volví por el Infiernillo hasta Ilamaicha, y cruzando de
nuevo el valle de Yocavil, en su extremo norte, pasé del Bañado
á la antigua población de Quilines, entre cuyas ruinas establecí
campamento durante tres días.
El 23 de marzo dejé á Quilines, siguiendo al sur hasta Fuerte
Quemado; visité después al Cerro Pintado, y de ahí continué á
Loma lfica, Andaguala y Ampajango, lugares situados al costa-
do oriental del valle, y conocidos como gran centro de petroglifos,
que fueron el objeto de esta excursión.
De Ampajango salí para Punta de Balasto, donde quedé del
8 al 13 de abril, ocupándome de las interesantes ruinas del anti-
guo fuerte, regresando después á Andalgalá, y por el camino
usual á la estación Clmmbicha, visitando, de paso, los antiguos
lugares cerca de Sanjil y Siján, de los «pie se trata en el undé-
cimo capítulo.
A los electos de continuarlos estudios en la misma región, hice
el segundo viaje en parecidas condiciones «pie el anterior. Salí
de la estación Monteros, en la provincia de Tucumán, toman-
do la quebrada al nordeste del Ingenio de Santa Lucía, por la cual
se puede llegar en una jornada á Tafí. El mal tiempo me apremió
á abandonar á los tres días la quebrada, donde pensaba dedicar
una corta temporada á los estudios entomológicos y botánicos, «pie
luego se hicieron en el valle de Tafí. Ahí completé también algu-
nas observaciones sobre los monolitos y otras piedras esculpidas,
trasladándome el 18 de febrero al valle de Santa María, hasta la,
Punta del Balasto, para ir á Fainabalasto en busca de su población
indígena, el 2(> «leí citado mes.
Después de una exploración somera de las ruinas de Fama, ba-
lasto, crucé la gran llanura, rumbo al sudoeste hasta Nacimien-
XII
tos, llegando á Hualfín, después de un día de larga y penosa
marcha.
Durante la primera quincena de marzo me ocupé de la anti-
gua población do Hualfín, hice algunas excursiones á Villavil,
Aguada de Dionisio, y un viaje hasta Belén, visitando las anti-
guas poblaciones de La Ciénaga y Londres de Quinmivil; diri-
giéndome de vuelta á Hualfín y por la quebrada de Amanao á
Andalgalá.
Tras breves días de descanso, emprendí el viaje hasta el Pucará
del Aconquija, terminando en este punto, el programa de la se-
gunda expedición.
Me es muy grato agradecer á todas las personas, las atenciones
de que he sido objeto durante mis viajes, y muy especialmente á
las familias de Lafone Blamey en Iluasán, como al señor Stewart
Shipton en el ingenio de Concepción, por la ilimitada hospita-
lidad que me han dispensado.
Séame permitido, también, expresar mi gratitud al director de
nuestro Museo, doctor Samuel A. Lafone Quevedo, por sus valio-
sos consejos; al doctor Luis María Torres, director de las publica-
ciones de la Biblioteca Centenaria, por las facilidades ofrecidas,
y al señor Pablo Coni, por la ayuda en la publicación de mi estu-
dio.
/
Pon CARLOS IJRUCH
Jefe «Je sección y profesor en el Museo de Ln Plata
PRIMERA PAUTE
ARQUEOLOGÍA DE LA PROVINCIA DE TUCUMÁN
CAPÍTULO I
TARI
§ I
SITUACIÓN Y ASPECTO GENERAL
El valle (le Tafí está comprendido en la ancha depresión que se ex-
tiende desde el río Blanco hasta unas cuatro leguas más al sur de la po-
blación que le dió su nombre. Sus contornos encierran numerosos ce-
rros y lomas, separados á la vez por quebradas y cañadas laterales : las
faldas están cubiertas en parte por bosques de hermosos alisos ' y quo-
rums 1 2, la vegetación arbórea característica de aquellas regiones. El terre-
no bajo se presenta ligeramente ondulado, bañado por el río (pie serpentea
dentro de un ancho y pedregoso lecho ; pero está desprovisto de arboledas,
exceptuados los plantíos de las actuales propiedades, entre los cuales,
grupos de bellos sauces y árboles frutales dan aspecto alegre al paisaje.
Por otra parte, las precipitaciones atmosféricas, tan frecuentes en
toda la región al oeste del encadenamiento del Aconquija, producen
siempre abundantes lluvias, manteniendo el suelo fértil, apropiado para
la agricultura ; y es probable que estas condiciones favorables hayan
sido la causa para que el valle de Tafí se poblase desde épocas bastante
remotas.
1 Aliso = Alnus jonillcnsis. Árbol abundante en las montanas arriba do los 1200
metros.
5 Qneñua = rolijlcpis racemosa. Especie característica do las altas regiones; es árbol
bajo y torcido, su corteza está formada por gran número de hojas delgadas super-
puestas.
REV. MUSEO LA PLATA.
T. XIX
1
2
Efectivamente, esto se deduce de los abundantes restos prehistóricos
y trabajos de piedra que por ahí se encuentran diseminados; y sus tipos
característicos ofrecen tal interés que, no obstante haber sido algunos
de ellos tratados en anteriores publicaciones t, deben volver á ser
deseriptos detalladamente en esta relación de viaje.
Podemos decir que la población antigua de Tafí ha tenido su asiento
principal en el extremo sur del valle, en las proximidades del lugar
conocido por «El Mollar», precisamente en los campos al este y oeste
del río del Hincón, hoy propiedad de los señores Frías Silva y Che-
naut. El viajero que recorre el valle citado, percibe fácilmente los
vestigios de las obras de piedra que á continuación nos proponemos
describir.
§ II
CONSTRUCCIONES ANTIGUAS
Penetrando al valle por el lado norte se observan muchas pircas s,
sobre el alto al oeste del río, en el trayecto desde el río Blanco hasta
Tafí. Estas pircas fueron levantadas con grandes cantos rodados; rara
vez exceden de 50 á 80 centímetros de altura, y otro tanto mide su
espesor: corresponden á construcciones más ó menos angulares, agrupa-
das con cierta regularidad, pero muchas veces forman también simples
muros largos y bajos, y, en su conjunto, aparentan más bien corrales ó
cercos, que ruinas de habitaciones propiamente dicho. Debido á su
mala conservación, es difícil probar si existían vanos de entrada á los
diferentes recintos.
Como ejemplo, reproducimos (fig. 1) una de estas construcciones que
se encuentra sobre « El Lamedero », al norte de Tafí, la cual representa
1 Juan B. Amukosetti, Los monumentos megalíticos delvallede Tafí (Tucumán) cu
el Boletín del Instituto geográfico argentino, tomo XVIII, páginas 105-114, 1897.
Las primeras noticias sobro estos interesantes restos los debemos al profesor Am-
brosetti, quien publicó en el referido Boletín sus observaciones recogidas durante
una rápida excursión, ocupándose preferentemente de los menliires do Tafí y pre-
sentando de ellos diversas figuras.
Samuel, A. Lafone Quevedo, Viaje á los menliirea 6 intiliuatana de Tafí y Santa
María, en octubre de 18U8, en la Revista del Museo de La Blata, tomo XI, páginas 123-
128, 1904.
Comunicación en la cual describo (pág. 125-126) el profesor Lafone Quevedo algu-
nos menhiros de Tafí, haciendo á la vez algunas observaciones en cuanto á los di-
bujos de la publicación anterior.
2 Empleamos también la palabra pirca, en boga entro nuestros arqueólogos, com-
prendiendo con ella las ruinas de habitaciones ó paredes levantadas con piedras su-
perpuestas sin empleo de cemento alguno.
3
una especie de corral cuadrangular que mide unos 30 metros de cos-
tado. En su interior liay un pequeño recinto cuadrado (3x3 m.), y al-
gunas paredes bajas forman, con los ángulos sur y noroeste del corral,
dos recintos más : el primero pequeño, semicircular y el otro mayor, rec-
Fig. 1. — Corral de piedras sobre «El Lamedero », al norte de Tafi
tangular, de siete metros de ancho por nueve de largo. Á la pared del
costado norte acompaña, paralelamente y á distancia de seis metros, un
muro bajo, del cual se
destacan dos columnas
de piedra dispuestas de
tal modo, que quizás
hayan servido alguna
vez de entrada al corra l.
Los vestigios que ha-
llamos luego en el Mo-
llar y sus alrededores, i
ofrecen caracteres espe-
cialesy,si bienabundan
también pircas más ó
menos angulares y cir-
Fig. 2. — Columnas de piedras del mismo lugar
culares, las encontra-
mos allí irregularmente
dispuestas y no agrupadas : los recintos son pequeños y las paredes bajas.
En una gran extensión, el Suelo está cubierto de piedras de distintos
tamaños, dispuestas en series de líneas paralelas (lám. II, fig. 1), de tal
manéra, que quedan espacios desiguales que varían entre unas decenas
de centímetros y algunos metros, formando así un sistema de graderías,
aun más pronunciadas en sitios donde el terreno ofrece mayor declive.
— 4
Pocas veces se observa en esas filas paralelas, piedras superpuestas,
pero las vemos en ocasiones divididas por otras hileras transversales,
que dan por resultado una especie de plataformas rectangulares l.
Alternando con estos extraños alineamientos, encontramos muchas
construcciones más ó menos circulares, formadas casi siempre de cantos
rodados muy grandes, parados á cierta distancia unos de otros y algo en-
terrados en el suelo. Estos cercados circulares tienen generalmente dos
á cuatro, hasta más de diez metros de diámetro, y muchas veces existe
en el interior alguna piedra más larga, clavada (lám. II, fig. 2), que
en otros casos es substituida probablemente por ciertos monolitos ó
menhires.
§ ni
MENHIRES DEL VALLE DE TAFÍ
Las piedras del Mollar. — Los menhires del Mollar ó «piedras pa
radas » como los llaman los moradores de aquella localidad, constitu-
yen sin duda una especialidad importante en la arqueología de la región.
Los encontramos distribuidos en dos grupos, de los cuales uno de do-
ce piedras está sobre la plataforma que se extiende entre el río del
Rincón y la estancia del Mollar: el otro grupo, en número igual, se halla
del lado oeste del río, como á un kilómetro largo distante del primero.
Pocos son los monolitos que aun se conservan enteros y en su posición
primitiva; muchos de ellos parecen tronchados y otros yacen sobre el
suelo, quizá derribados intencionalmente y acaso transportados de al-
gún otro sitio. Por ahora, sería aventurado si pretendiésemos entrar
en consideraciones sobre si su disposición, en aquel curioso conjunto,
obedeció en realidad á un plan intencional, ó no : ello es un enigma, como
lo es también el verdadero objeto de estos monumentos. Nos limitare-
mos, pues, á describir las piedras del Mollar tal cual las hemos visto en
el año 1908, y agregaremos á más algunas noticias de ciertos ejempla-
1 Am MtoSETTi, J. 15., Los monumentos, etc., página 106. Hace referencias á estas se-
ries alineadas de piedras, que atribuye á obras hechas para cultivos, cuyo objeto fuera
•despejar el suelo y detener la tierra sobre el terreno, más ó menos inclinado, utili-
zándolo así para el sembrado.
Obras semejantes, he visto sobro el portezuelo autos do bajar á « Las Carreras »,
estando de excursión desde el Mollar hasta el Rincón ; y, más tarde, en el curso de
mi viaje, he podido observar otras, cerca del antiguo pueblo do Quilines, también en
las proximidades del Fuerte Quemado, do Punta Balasto y Anipajango.
La presencia de tales obras en estos últimos lugares, por ejemplo en Quilines,
donde cubren una gran extensión de terreno hoy completamente estéril é inade-
cuado á los linos aludidos, no se explica satisfactoriamente sino por un cambio en
las condiciones climatéricas do la región.
res procedentes de otros lugares, que quizás tengan alguna relación con
los primeros.
Gran menlúr esculpido . — Aislado de los dos grupos aludidos, yendo
de la estancia del Mollar, á 150° rumbo al sur y á unos 900 metros de
ésta, se encuentra un gran menliir, ahora derribado, que yace sobre el
suelo (lám. III, fig. 2 ; plano, a). Representa tina columna de piedra mica-
esquistosa que mide 3m10 de largo, G0 centímetros de ancho y unos 20
centímetros de grosor, y que en sección transversal afecta una forma
elíptica. La escultura que lo adorna, al parecer, ha sido ejecutada á
cincel hasta una profundidad de uno á cuatro centímetros, y ocu-
pa de un lado de la columna poco más de dos terceras partes de su su-
perficie. El dibujo es simétrico, constituido por varios elementos, pero
como lo demuestra la fotografía (fig. 4), algo confuso en el tercio supe-
rior, donde el menhir se halla mutilado
i Esta circunstancia y el dibujo defectuoso do Voltmor (Amhuosktti, J. 15., Los mo-
numentos, etc., pfíg, 107, ii" . 2), han motivado una interpretación de esta parto del
dibujo, muy distinta do aquella á quo liemos llegado. Con la reserva quo el caso re-
quiero, nos permitimos presentar una reconstrucción (fig. 5), y recordar á la voz la
semejanza de ésta con las caras humanas, quo han publicado A. Stiibol y M. Ulilo,
plancha 35, en su clásica obra Die Ruincnstacüe ron Tiahuanaco.
6
Fig. 5. — Reconstrucción de
la cara del nienhir
i
A
En el tercio superior se observa uindoble surco semicircular terminal,
y dos transversales rectos, que
m>’maBsstBSEfasaaí //Js“~° 'd\\ dividen esta parte en tres seccio-
nes. En la- primera de ellas, un
surco semicircular acompaña el
borde superior, y en el espacio de-
bajo de éste hay algunos puntos
desparramados, apenas percep-
tibles. En la sección siguiente
aparecen borradas dos grandes
depresiones, más ó menos an-
gulares, de cuyos ángulos post-
laterales arranca una pequeña
línea oblicua; otra depresión
circular mediana hay debajo de
las dos anteriores. El tercer es-
pacio lleva de cada lado tres líneas oblicuas, marca-
das desde la segunda ranura transversal, basta la
proximidad del doble surco semicircular, ya re-
ferido.
Uo parece del todo imposible que en las dos
depresiones paralelas hubiera habido en un prin-
cipio algún dibujo semejante á los rectángulos
escutiformes, como lo encontramos luego en el
menliir x, figura S, y si se confirmara esa opinión,
quizá representaría este ornamento, en una forma
convencional, alguna de esas caras típicas, como
estamos acostumbrados á ver en ciertos monu-
mentos de Tiahuanaco.
La escultura déla parte restante del menhirestá
constituida por varios elementos, que forman dos
figuras principales. Una de ellas consiste de cuatro
pares de círculos perfectos, con hoyos profundos,
concéntricos é infundibuliformes, unidos por una
ranura transversal. La otra está combinada por
contornos más ó menos rectangulares con prolon-
gaciones alargadas hacia los lados, de manera que
afectan una figura de seudocruces, provistas de un
pequeño círculo central, uno con, otro sin punto
en su interior, y transformado en un lioyito, en una de estas tres figuras.
— Gran nienhir es-
lío 1 ('/ jo del nat.
1 Esta fotografía fué sacada del calco conservado en el Museo de La Plata, repre-
senta por lo tanto una copia fiel del original.
La ornamentación que ha resultado de esas dos distintas figuras al-
ternadas, es agradable. En el espacio arriba de los primeros círculos ge-
melos, se observa las líneas básales de otra de esas seudocruces, y los
golpes de cincel á la terminación de los círculos inferiores, indican la in-
tención del artista, de repetir otra vez los mismos dibujos.
Grupo de piedras al este del río. — Dejemos ahora nuestro menliir,
para seguir rumbo derecho al norte, y encontramos casi frente á la están-
Fig. G. — El menhir k derribado y las piedras h é i en pie 1
cía (286° K O.) el segundo menhir b, aun en pie, el cual forma parte de
los doce del primer grupo (lám. IY, fig. 1).
Éste, de piedra micaesquistosa, como la mayoría de ellos, está colocado
en posición vertical, con las dos caras que miran al norte y sur respecti-
vamente. Su altura es de 2m80 sobre el suelo, y probablemente todavía
mayor en su totalidad que la del monolito esculpido, al que iguala en las
demás dimensiones, pero no presenta rastros de dibujo alguno.
Conservando la misma dirección, á los 2U metros se tropieza con el
menhir c , parado, pero tronchado, que tiene á mano derecha y á pocos
metros, otro caído, d. Luego rumbo opuesto, ó sea directamente al
oeste, como á 42 metros del anterior, un gran menhir e, yace sobre la
1 Las pircas que aparecen éntrelos dos menhires son de construcción actual.
tierra, y casi á igual distancia, unos 50° al noroeste, vemos los restos
de otro parado, f.
Próximo á este til timo, se divisa un grupo de cuatro monolitos, que vie-
nen á quedar más ó menos en línea como á-30° al noroeste del primer inen-
liir h. De ellos, la piedra (j, se encuentra aun en pie, pero rota; después,
como 18 metros distantes de ella, se elevan dos grandes columnas, h é i,
menos regulares, se-
paradas sólo de 2m30 la-
una de la otra ; siendo
además, la última de
roca granítica. Á po-
cos metros de allí y ya
cerca del borde de esta
gran plataforma, un
liermoso menú ir A- (fig.
(i), de 3m20 de largo, se
halla derribado en tie-
rra : en su superficie se
distinguen dos peque-
ñas cavidades paralelas
y algunas impresiones
apenas perceptibles.
Volviendo luego de
nuevo al menliir b,
y tomando rectamente
rumbo al oeste, á los
114 metros está la pie-
dra l, aun en pie pero
quebrada, y de ella, 40
metros, poco más al
este hay otra m, que es
Fig. 7. — Él im-nhir s ; al fondo é izquierda del mismo HUIS peqUClia y paiOCC
los meniiires p y q haber tenido algún gra-
bado.
Con dificultad hemos podido descubrir entre un pequeño maizal la-
piedra n, también quebrada, bastante enterrada y situada, más ó menos
40° al noroeste, á los 35 metros de la precedente. También en ella, se re-
laten las pequeñas cavidades en forma de ojos, pero la mala conserva-
ción, no permite interpretar con toda seguridad las primitivas escultu-
ras que formaban su ornamentación.
Grupo de piedra s al oeste del río. — Como hemos dicho ya antes,
un segundo grupo de menhires se encuentra del otro lado del río, ó sea
9 —
al noroeste, como á un kilómetro de los recién descriptos. Siguien-
do, pues, do la estancia, con rumbo 70° al noroeste, llegamos al
menliir o, que conserva aún poco menos de un metro de altura.
En dirección al sur y á 23 metros de la piedra o,
otras cuatro, p-s, se suceden casi en línea recta, con
dirección al oeste (lám. III, íig. 1) ; las primeras sepa-
radas por espacio de unos dos metros, son de tamaño
mayor, gruesas, pero quebradas y más ó menos cua-
driláteras, como la anterior. Álos 14 metros está el
menliir r, delgado, ligeramente inclinado, que lleva
además rastros de grabados, hoy casi totalmente bo-
rrados; tiene á su lado, más al sudoeste, el menliir s,
reproducido en nuestro clisé (fig. 7). Su forma afecta
la de una columna más ó menos cilindrica con una
protuberancia, subangularen su mitad superior, don-
de aparecen dos cavidades laterales, y un pequeño
surco transversal mediano en el borde inferior, los
que muy bien pueden representar ojos y boca, si se
tratase de hallarle parecido á una cara humana.
Como á los 40 metros y 30 ° hacia el sur hallamos
los restos de un menliir en pie, y siguiendo al oeste
otro, u, de regulares dimensiones, ahora caído den-
tro de la zanja por donde corre una acequia ; ni uno
ni otro presentan especialidad digna de mención; lo
mismo diremos de la piedra v, que dista de la ante-
rior unos ochenta metros en igual dirección.
El menliir w (lám. IV, fig. 3) estáá 40 metros, 50°
noroeste, del precedente y próximo al rancho que
levantó allí Haza-rio Mamaní. Hoy está casi tum-
bado y partido por la mitad; midió unos 2™80 fue-
ra del suelo y era de gruesas dimensiones; tiene
forma casi angular, con sus cuatro costados bastante
planos.
Al continuar nuestro recorrido, á siete metros
en dirección al rancliito, encontramos un mono-
lito bajo, que apenas sobresalía unos 00 centíme-
tros del suelo y se hallaba rodeado de un círculo
de piedras. Después de un examen más prolijo, pu-
dimos convencernos que su extremidad superior estaba intacta y (pie
la escultura del lado norte continuaba sobre la parte enterrada. Ante el
nuevo hallazgo, proseguimos la excavación, de suerte que fue posible
dibujarlo y sacar en seguida un molde del mismo (fig. 8).
Este menhír es como los anteriores de roca esquistosa, pero de calidad
Fig. 8. — Menliir esculpido
x, (Vi 7 del nat. aprox.)
10
más dura; tiene también forma de una columna euadrangulav de 2m30
de largo, 0“'3(> de ancho y 0m30 de espesor : el lado con la escultura es
bastante convexo : la labor que lleva, alcanza apenas á unos dos centí-
metros de profundidad.
El dibujo es simétrico; toda la ornamentación está combinada por lí-
neas transversales y verticales, y por otras meándricas que forman
figuras geométricas. En el tercio superior de la piedra se observa un
profundo surco transversal y otras líneas que forman dos rectángulos
c-scuti formes, con cavidades ovaladas en el medio. Los dibujos que
siguen, representan probablemente un mismo motivo, con algunas modi-
ficaciones, pero sus elementos principales serían cuatro pares de mean-
dros paralelos; en el primer par de éstos, la línea terminal é interna de
los meandros se junta con la infero-externa, resultando asidos figuras
más ó menos rectangulares, separadas por un surco longitudinal media-
no. El tercer par de meandros está colocado en sentido inverso al se-
gundo y unido con él por un surco longitudinal, como para formar una
sección aparte. Los bordes de estos seudorectángulos son, como en el par
anterior, bien redondeados, resultando así esta figura bastante convexa.
El dibujo que se repite luego, es más superficial; la piedra en esta parte
es más chata; en su tercio inferior, es lisa, y ésta sin duda fué la parte
originariamente enterrada ‘.
Los tres menhires restantes no ofrecen particularidad alguna; el pri-
mero y, está tronchado y situado á 90 metros línea recta al oeste del me-
nhir labrado. Ocho metros al norte encontramos otro caído, y por último,
siguiendo la. misma dirección, á 80 metros distante del anterior, el me-
nhir z (lám. IV, fig. 2). Éste es de pequeñas dimensiones, su cúspide es
triangular; alrededor de él existe aun intacto un pequeño círculo de
piedras.
Quedan todavía por mencionar algunas grandes piedras, que halla-
mos al sur de los menhires descriptos, de las que una es el gran bloque
de granito que representa nuestra fotografía (lám. IV, fig. 4). Es posible
que éstas tengan todas el mismo origen, como la escultura del Hincón y
demás monumentos megalí ticos que citaremos de otros lugares.
La piedra esculpida del Hincón. — En el curso de una conversación
con Nazario Mainaní, ésto nos habló de una piedra grabada que se halla
: Cuando volvimos ¡í colocar de nuevo el mcnliir en tierra, quedó ésto en la mis-
ma posición do antes, pero á menos profundidad, dejando la parte esculpida fuera
■del suelo ; no es del todo improbable que en realidad hubiese sido ésta la posición
■que debió haber ocupado en un principio.
liaremos notar, que al removerla tierra, no hemos encontrado indicio alguno que
nos hiciera sospechar una sepultura cualquiera.
— li-
en «El Rincón», precisamente en el rancho de un hijo suyo, quien ha-
biéndola encontrado muy cerca del sitio que hoy ocupa, y viendo en este
hallazgo un buen agüero, resolvió colocarla dentro de la habitación que
estaba por construir. Interesado en conocer al petroglifo, fuimos en la
mañana del 4 de febrero, guiados por el mismo Mamaní hasta «El Rin-
cón», lugar situado á dos leguas al este del Mollar. Allí encontramos la
piedra mencionada, embutida dentro déla pared en el interior del rancho.
Es una roca granítica, de lm20 de largo, 00 centímetros de ancho y
unos 20 aproximadamente de grueso.
Su forma es más ó menos rectangu-
lar, enangostada en una extremidad ;
la superficie es bastante plana : no
parece que la piedra hubiese sido
labrada intencionalmente.
Los dibujos están formados por
anchas líneas cóncavas y lioyitos,
grabados hasta un centímetro de
profundidad. Nuestra figura 9 repro-
duce el petroglifo en su posición
actual ; ignoramos cuál debió ocupar
en un principio, pero es casi seguro
que debe invertírsele.
En cuanto á su ornamentación,
observamos un curioso dibujo en el
cual se distingue entonces entre los
contornos subtrapezoidales, los ojos
y boca esféricos, y la nariz triangu-
lar de una cara humana. La parte
angosta de la piedra está limitada
por un surco transversal y en el extre-
mo opuesto existe un rectángulo alar-
gado, con un hoyo pequeño en cada
extremidad, equivalente quizás á al-
gún adorno frontal.
No queremos comprometer opinión alguna sobre el posible signi-
ficado de esta escultura, que muy bien puede representar algún otro
signo convencional y muy diferente de la cara humana, pero lo cierto
es que se observa algo muy parecido sobre muchos objetos, especial-
mente de bronce, que proceden délos valles catamarqueños.
El menhir esculpido del río Illanco. — La última de estas interesantes
piezas labradas que nos queda por mencionar, es un menhir que fué ha-
llado en las proximidades del río Blanco, en el perímetro de la estancia
Fi<X. 0. — Piedra esculpida del Rincón
(’/io óel nat. nprox.)
12 —
del señor Lucas Zavaleta, quien al darle otra ubicación, lo empleó como
poste en la puerta de un corral de piedras, en uno de sus puestos (fig. 10).
Este menliir es de granito; tiene la forma de una gruesa colum-
na cuadrilátera ; de frente es chato
y labrado, del dorso menos parejo
y algo más convexo. Sus medidas
son lm45 de largo, 36 centímetros
de ancho y unos 30 de grueso. En
cuanto á su escultura, ella es poco
profunda : se distinguen dos sec-
ciones de dibujos iguales, el uno
superpuesto al otro, siendo el su-
perior más borrado, lo que tal vez
haya resultado de una intención
original.
Si comparamos ahora este dibu-
jo con el de la piedra precedente,
notaremos sin duda entre ellos bas-
tante parecido; y puede ser que
ambos representen un mismo mo-
tivo, más ó menos diferenciado
por la omisión de ciertos detalles.
También aquí existe un triángulo
central, con líneas paralelas que
terminan en rectángulos grandes1.
Algunos datos sobre otros menhi-
res. — Es cosa segura que, en es-
tos mismos parajes existían aun
otros menhires más, pues varias
personas de allí recuerdan uno
Fig. 10. — Mentir esculpido de río Blanco tí otl’O tl’OZOS, que hoy se hallan
1 ,s a<1 > desparramados en el campo, ó que
figuran entre las piedras de los
corrales, como sucede con frecuencia en la estancia del Mollar.
Por otra parte, podemos mencionar del mismo Tafí diversos fragmen-
tos y un monolito liso, de notables dimensiones, que actualmente sir-
1 Hemos preferido publicar una fotografía (lcl menliir. pues el dibujo sacado por
Voltmer (Amiírosktti, J. I i . , Los monumentos, etc., pág. 111. íig. 11) no está del
todo conforme con el original ; las líneas de los triángulos parecen mal interpreta-
das ; las dos secciones no son netamente separadas cutre sí, y tampoco la termina-
ción superior se halla bastante marcada, para hacer aparecer la piedra como tron-
chada.
13
ve de banco en la huerta de « Las Tacanas », propiedad (le Lucas Za-
valeta ; debo también á este señor la noticia de cinco grandes piedras
más, que se encuentran en «Carapunco», otra de sus pertenencias pró-
xima á la « Abra del Infiernillo ». Dichas piedras no las liemos visto;
ellas son, según el informante, de gran tamaño, sin esculturas, y fueron
removidas de sus sitios primitivos, para emplearlas como pilares de
una habitación moderna.
Luego en el curso de nuestra expedición, viajando hasta Andaguala,
el baqueano Luciano Méndez nos mostró en San José un gran monolito,
idéntico á los de Tafí, usado como puente sobre una acequia actual. Á
una legua del citado pueblo, sobre el mismo camino á Andaguala, vimos
otro de pequeñas dimensiones; cuenta mi acompañante que hacía muchí-
simos años su padre hizo traer algunos de éstos de los pueblos viejos,
sin recordar de cuáles, para demarcar la posesión de su colindante.
Si bien tenemos que tomar este dato con alguna reserva, es ya impor-
tante señalar la presencia de los monolitos, á pesar de no poder confir-
mar su verdadera procedencia.
Muy pocas son las noticias que poseemos sobre semejantes restos ar- .
queológicos de otros lugares sería tanto más de desear que los hom-
bres de hoy los respetasen, absteniéndose de removerlos de sus sitios
originarios, conservándoles así el mérito científico que aun puedan
tener.
§ iv
MATERIAL ARQUEOLÓGICO
Durante mi permanencia en el valle de Tafí, no me fué posible efec-
tuar excavación alguna; esto no obstante, mis averiguaciones dieron por
resultado la compra de una pequeña colección de objetos arqueológicos,
de procedencia intachable, de cuyas piezas procederé á describir algu-
nas de las más interesantes.
Objeto de piedra perforado. — Es una piedra esquistosa, al parecer po-
co labrada, que mide 300 milímetros de largo, 110 de ancho y 00 de
1 Adán Quiroga encontró cuatro grandes menhires entro la antigua población
do Fuerte Quemado. (Ruinas Calchaquícs. Fuerte Quemado, en Anales de la Sociedad
científica argentina, 1901, LII, pág. 242).
También Eric Román cita cu su preciosa obra algunos menhires hallados entro
las ruinas del Pucará de la Rinconada. (Antiquités de la región andino de la R (pu-
blique et Dcscrt d' Atacama. París, 1908, pág. G37).
14
grueso; estas dimensiones son casi constantes y su sección transversal tie-
ne forma elíptica. Una de las extremidades está ligeramente redondea-
da, la otra es algo más puntiaguda, y á dis-
tancia como de 40 milímetros del borde de
aquélla, hay una perforación perfecta, bicó-
rnea, que tiene 00 milímetros de diámetro
en ambas superficies y 30 milímetros el pun-
to de comunicación, que viene á quedar equi-
distante de ambos lados.
Dicho objeto es de uso desconocido; pero
es posible que haya servido alguna vez de
estaca, por el dato que ha proporcionado el
capataz de la estancia del Mollar, quien lo
encontró clavado en el suelo cerca del ran-
cho de Mamaní, al oeste del río, de donde lo-
trajo parausarlo luego como piedra de afilar.
Hacha de piedra. — De roca esquistosa,
muy dura, bien trabajada, de superficie bas-
tante lisa. Pertenece
al tipo de hachas
con cuello incomple-
to, por tener un lado
sólo perfectamente
plano y rectilíneo ;
el otro lado es redon-
deado. La cabeza es
cónica y truncada;
el cuello perfecta-
mente excavado, am-
plio; el cuerpo asi-
métrico, con el filo bien pronunciado, curvilíneo.
Largo total del hacha, 145 milímetros; ancho,
05; espesor, 45; ancho del surco, 35, y profun-
Fig. 11. — Objeto de piedra perfo-
rado. X» 57, Col. II. L. P. (i/j del
lint, aprox.).
didad del cuello, 0 milímetros.
Fig. 12. — Haclia de piedra. Xo 5í
Col. M. L. P. C/j del uat.)
Del tipo de la precedente, tenemos otra hacha
(n° 54, Col. M. L. P.), pero groseramente tra-
bajada y mal concluida, notándose todavía los
golpes de cincel, sobre todo en el costado plano.
La cabeza es más larga, y el cuello más corto, poco excavado y el tilo
completamente romo ; sin dudase trata de una pieza no bien terminada.
Las dos hachas lian sido encontradas por los peones de Lucas Zava-
Icta, en el perímetro de su propiedad «Las Tacanas».
15 —
Mortero de piedra. — De forma subhemisférica, con figura ya antropoy
ya zoomórfica, confeccionado en roca diorítica.
La cabeza se desprende de un cuello largo y grueso; la cara es ova-
lada, separada del cuello
por una estrecha ranura;
la nariz destacada, pero
achatada : los ojos son pe-
queños hoyos y la boca una
simple ranura horizontal.
En la parte superior de la
frente se destacan dos ló-
bulos laterales que repre-
sentan acaso las orejas, ó
los arcos superciliares.
La base del mortero es
algo achatada y de ella se
destacan cuatro mamelones, simétricamente dispuestos' en cuadro.
En la parte posterior, un angosto borde ó relieve baja desde el margen
superior hasta cerca de la base; quizás con el fin de indicar la cola de
este enigmático animal.
El largo total del mor-
tero es de 145 milíme-
tros, el ancho de 102. y
su altura de 145. El ho-
yo es subhemisférico, el
borde delgado, su diá-
metro de 90 y su profun-
didad de 05 milímetros.
Fué adquirido de una
mujer, quien me aseguró
haberlo encontrado ca-
sualmente en el mismo
pueblo de Tafí.
Vaso de figura zoo-
morfa. — La figura zoo-
morfa tiene el cuerpo
esférico, un poco depri-
mido para servir de base. En hiparte anterior del vaso está la cabeza,,
de dimensión casi igual á la del cuerpo, con nariz y boca en relieve.
De la base de la nariz, muy prominente, se inician las cejas, desta-
cadas y curvilíneas, en las cuales se han hecho escotaduras, unas cerca
de otras y con un instrumento ancho pero romo. Los pequeños ojos.
Fig. 14. — Vaso de figura zoomoría. X» 4, Col. M. L. P.
(‘/a del nat.)
Fig. 13. — Mortero de piedra. Xo 44. Col. M. L. P.
( 1 / o del nat.)
situados en los costados, parecen estar formados por unos párpados
postizos.
Hacen de pies de este curioso vaso, dos cilindros huecos, sin más de
talle, lín la parte posterior del cuerpo se nota una pequeña prominencia
que indica la raíz de la cola.
El modelado es grosero, bastante tosco, el color es el gris natural del
barro, sin pintura, pero con manchas negruzcas, debidas tal vez á la
cocción sino al uso.
De la parte superior de la cabeza se desprende el cuello del vaso, con
borde más ó menos plegado hacia afuera y del que nace el asa que ter-
mina en la nuca de este animal grotesco.
El vaso tiene 130 milímetros de alto, por 150 de largo y el diámetro
del cuerpo es de 90 milímetros.
Fue obtenido por compra, de Segundo Ríos Bravo y procede de una
sepultura hallada en las inmediaciones del pueblo de Tafí ’.
Escudilla ó « puco » 1 2 decorado. — De la misma procedencia que el ob-
jeto anterior, conseguimos una escudilla ó puco , que pertenece al tipo
que se describirá más tarde del Fuerte Quemado (ver pág. Gl).
Este puco es pesado y tosco, tiene forma subhemisférica, la base lige-
ramente cóncava, que se manifiesta en sentido contrario en el interior.
Sus paredes son muy gruesas, las asas grandes, groseras y semicircu-
lares, como en muchos de estos vasos.
Su color es de un rojo subido, sanguíneo ; la ornamentación exterior ne-
gra, la interior casi completamente borrada. Por fuera, el dibujo que lleva
es el serpentiforme usual, pero con la diferencia, que consta de una sola
serpiente en forma de en, la cual ocupa las dos mitades del recipiente,
separada solamente en una de las asas por dos series de triángulos ne-
gros, que convergen hacia la base, y tienen sus vértices contrapuestos.
El cuerpo del ofidio presenta las líneas transversales de costumbre, al-
ternadas con otras en sentido longitudinal. Algunos otros detalles de
este curioso esquema serpentiforme, que sigue sin solución de continui-
dad para repetirse en su otra mitad bien pudiera representar una deco-
ración de tipo local.
1 El objeto tione mucha semejanza con el vaso publicado por Ambrosetti, en la Re-
vista del Musco de La Plata, tomo III, 75, n° 5, pl. Y, 1892, el cual procede también
•do la provincia de Tucumáu.
1 No habiéndose establecido hasta hoy uniformidad en la nomenclatura, conserva-
mos el nombro local puco, para las escudillas ó tazas, por habérselo usado casi
siempre en los trabajos arqueológicos del país. El profesor Outes en el suyo sobre
Alfarería del noroeste argentino ( Anales del Museo de La Plata, t. I, 2a serie, 1909), ha
substituido el término paco por el de bol.
Rev. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. II, T. VIJ
Lámina 1
Quebrada de Monteros (Provincia de Tucumán)
17
El puco en cuestión mide 110 milímetros de alto por 100 de diá-
metro.
Vaso ó «yuro» l. — Este vaso consta de dos cuerpos, uno ventral y
otro que es el gollete, formando un conjunto de agradable aspecto.
El cuello es alargado, subeilíudrico, con un labio ligeramente plegado
hacia el exterior. Las asas son simétricas en su colocación y están situa-
das á la altura del diámetro mayor de la parte ventral.
El color del fondo del vaso es bermejo, rojizo en algunas partes, y el
de los dibujos, pardo obscuro. Estos es-
tán compuestos por guardas, que bajan
del labio á la faja negra que divide el
vientre en dos. Estas guardas forman á
su vez líneas quebradas; del lado dere-
cho dos centrales finas entre dos anchas,
probablemente una variante del otro di-
bujo formado por dos líneas también del-
gadas, pero rectas, y limitadas por series
de triángulos grandes. Entre dichas guar-
das existe una doble línea central tápena-
da, que representa tal vez un elemento
fitomórfico muy estilizado.
Además, se ve una estrecha faja, que
rodea la base del cuello.
Este bonito vaso fué hallado próximo
á la estancia del Mollar, en un desmoro-
namiento de la barranca del este del río,
quien me lo vendió.
Fig. 15.
- Vnso ó l'uro. N» 3, Col. M.
L. P. ('/, <lel lint.)
por el capataz de la casa,
Urna con ornamentación antropomorfa. — Para terminar con la enu-
meración de los objetos de Tafí, réstanos mencionar la urna grande,
figura 10, hallada por un peón de la estancia del Mollar, en el derrumbe
de un zanjón cerca de la misma casa.
Por su forma y ornamentación pertenece á la misma categoría que to-
das las urnas típicas de las poblaciones antiguas del valle de Yocavil ó
♦Santa María. Conviene, por lo tanto, tener en cuenta lo que sobre ese
particular referiremos al final tle los dos capítulos siguientes, en que se
describirá una serie de estas urnas.
Como en todas ellas, el color del fondo es también en nuestro ejemplar
1 Con ol mismo criterio, expresado en la nota do la página anterior, usamos el
nombro yuro para los vasos do garganta 6 gollete angosto.
REV. MUSEO LA TLATA. — T. XIX
2
18 —
de mi amarillo impuro, claro; los dibujos son negros, y la parte roja se
distingue por lo rayado en el esquema. Debe interpretarse como una re-
presentación antropomorfa, en mérito* de los siguientes detalles : una
cara humana, que consta de ojos y arcos superciliares con la nariz, y
que ocupan, como siempre, el gollete, se destacan en relieve; Ios-
brazos con sus manos, las que sostienen un objeto y se ludían como-
de costumbre, sobre el cuerpo ó vientre de la urna. Estos brazos encie-
rran de cada lado una. especie de me-
dallón ó escudo cuadriculado, con
algunos de sus cuadros reticulados ó-
pintados de rojo.
La ornamentación que cubre el go-
llete se distingue con toda claridad
en nuestra esquema; si la compara-
mos con la de otras urnas descriptas,
en los capítulos posteriores, encon-
tramos los mismos símbolos ó figuras,,
las que á su vez son típicas en toda
la alfarería llamada, ele Santa Marta.,
liaremos sólo constar que las dos-
secciones alternadas del gollete están
pintadas de rojo, quedando en el
medio un pequeño vacío rectangular
del color del fondo, con su corres-
pondiente dibujo; las dos secciones-
contrapuestas llevan unos escalones-
. . , .. irregulares negros con sus grecas,.
lMg. 1G. — Urna con ornamentación antropomorfa » & o ?
N“ 2, Coi. m. l. v. (*/, do-i nat.) todo lo cual puede verse en la figu-
ra 1 G.
En la porción basa!, la urna ostenta una faja escalonada, de color rojo-
en el medio, y otros complementos, formando todo ello una decoración
muy característica y también típica en muchísimas de estas urnas, y
otros objetos. Por último, conviene hacer constar que los dibujos del
reverso de la urna son iguales á los del anverso.
No quisiéramos aventurarnos á decir que esta urna y los demás ob-
jetos que acabamos de describir, correspondan á una industria exclu-
sivamente local; muy posible es, que algunos de ellos hayan sido in-
troducidos de los centros principales de la gran región vecina; pero,,
en todo caso, quedaría siempre evidenciada la influencia que estos lian
ejercido sobre la población que ocupó en época lejana el valle de Tafí.
Lámina II.
Rev. Museo de La Plata. T. XIX (Ser. II. T. VI)
Fig. 1 Piedras dispuestas en lineas en el campo del Mollar (Tafí, Prov. de Tucumán)
Fig. 2 Piedras dispuestas en circuios en el campo del Mollar (Tafí)
Rev. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. II, T. VI)
Lámina 111
Fig. 2 Una de las piedras paradas esculpidas del campo del Mollar (Tafí)
en su posición actual (piedra A del plano respectivo)
Rcv. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. II, T. VI) Lámina IV.
Fig. 3 Piedra W del plano respectivo Fig. 4 Piedra 1 del plano respectiv
Las piedras paradas del campo del Mollar (Tafí, Provincia de Tucumán)
CAPÍTULO II
QUILMES
§ I
SITUACIÓN Y ASPECTO GENERAL
La región considerada como dominio dolos antiguos Quilines, se halla
situada al este de los promontorios de la sierra del mismo nombre, pre-
cisamente en la expansión que forma la provincia de Tucumán en su lado
noroeste; comprende las tierras al norte del distrito catamarque-
ño de Fuerte Quemado, juntamente con los de Colalao y Ama i cita de la
provincia citada. Por consiguiente, Quilines forma parte de la gran
región Diaguita, propiamente dicha, de Cal chaqui; y filé, sin duda, el
más importante entre los viejos centros de población, que existían
entonces al norte del antiguo valle de Yocavil, ahora más conocido con
el nombre de Santa María.
Limitado hacia el oeste por la Sierra de Quilines, y al este por el mis-
mo río que lo separa de la prolongación hacia el norte del Aconquija,
llamada Sierra de Santa Bárbara, dicho valle se extiende con toda am-
plitud río abajo y en línea recta, de sur á norte, desde su comienzo en
la terminación de la sierra y Punta de Balasto, hasta la quebrada de
Las Conchas, á la altura de Cafayate, lugar donde desemboca también
el río que lo riega. El valle referido representa, pues, una importante
vía de comunicación, (pie ha iníiuído transcendentalmente sobre el des-
arrollo de los viejos centros indígenas, de los cuales vamos á ocuparnos.
La Sierra de Quilines, continuación de la de Santa María, es de
formación muy antigua, y constituye una cadena denudada, de norte á
sur, en la. precordillera de Catamarca y Salta. Sus cimas y cuestas están
entrecortadas por planos de destrucción, (pie demuestran la poderosa,
erosión que han sufrido á causa del clima seco, vientos y fuertes llu-
— 20 -
viiis (le verano ; de cuyos electos resultaron los enormes conos de deyec-
ción ó de erosión, que están de manifiesto. Es, pues, una « sierra pam-
pina», en el sentido de Stelzner !, que se compone en su mayor parte
de roca arcaica ó paleozoica (preeámbriea H); pero, principalmente, de
gneis, micaesquisto y (Hitas sericíticas.
Todo el vasto territorio, (pie i'ué ocupado por los Quilines, presenta
dos regiones completamente distintas, características á la vez para todo
ese gran valle Diaguito-Oalcliaquí. Una, es la de la sierra y sus fal-
das, y, por lo tanto, accidentada y muy escarpada, atravesada por diver-
sas quebradas, como la de Los Chanchos, Chañares, Las Cañas, Chilca,
etc.., que se hallan más ó menos provistas de agua, según las épocas del
año. Esta parte es árida, desierta, cubierta de una vegetación raquítica,
donde predominan los matorrales espinosos, jarillas, breas y chañares 1 2,
pero mezclados con numerosas especies de cactáceas, entre las cuales
abundan los gigantescos «cardones» (Cereutt), semejantes á enormes
candelabros, que dan al paisaje un aspecto peculiar y típico.
La otra región comprende la misma llanura del valle, que alcanza en
<*sta parte una anchura de diez kilómetros más ó menos. Estas tierras,
regadas por el río de Santa María y sus afluentes, son más fértiles, y
constan á trechos de extensos bañados ó de bosques de algarrobos 3 y
chañares.
No es nuestro propósito, ocuparnos de ciertos datos históricos que, con
referencia á los Quilines, nos ha dejado el antiguo cronista, padre Lo-
zano y otros 4. Las ruinas (pie quedan, bastan para confirmar las noticias,
de que fué un pueblo muy numeroso, constituyendo una raza de beli-
cosidad á toda prueba, que á la larga acabó por desaparecer en los baña-
dos del nuevo Quilines, en las cercanías de Buenos Aires, hasta donde
fueron traídos cautivos por los españoles.
1 Stki.zn Kit Ai.KitKD, Rvitriigc sur fíeologie mui Palaeonlologie der urgcntinisvhcn Itr-
publik. Cassel nuil lierlin, I, capítulo 1, páginas 1-5. 1885.
* Jarilla — Larrea divnricata. Broa = Caesalpiaia praecox. Chañar — Gourliea de-
covticíins.
8 Varias especies ilel género Prosopla (P. alba y i*, nigra, etc.)
1 Lozano, Historia de la conquista del Paraguay, Rio de la Plata y Tucunuín.
Juan B. Amisuosktti, Tai antigua ciudad de Quilines (valle Culehaquí), publicado
en el llolctín ilel Instituto geográfico, tomo XVIII, números 1, II y III. Buenos Aires,
18í)7.
El infatigable investigador de las regiones del noroeste argentino, ha publicado
también una descripción general do esta población, en la cual trata de muchos deta-
lles de sus construcciones, etc. ; en las páginas 4, 18-20, transcribo los escritos que
sobre historia y rendición de los Quilines, ha dejado el cronista ya nombrado.
21
§ II
CONSTRUCCIONES ANTIGUAS
Al norte de la, quebrada y del lado sudeste del gran cerro de Quilines,
ó mejor dicho, de sus contrafuertes, encuéntranse las ruinas de la vieja
población, notable por sus construcciones excepcionales y la gran exten-
sión de ellas. Por el aspecto general y su ubicación, Quilines puede
dividirse en dos partes, completamente distintas entre sí : una, situada
en terreno bajo, 4 la cual pertenece el «pueblo», propiamente dicho;
mientras que á la otra, para la cual mejor correspondería el nombre de for-
tificaciones ó defensas, pertenecen las construcciones que se elevan sobre
las faldas sur y este y las que hay también sobre el plano superior del
cerro. La naturaleza misma de este último lia facilitado ciertas obras arti-
ficiales y, los Quilines supieron aprovechar muy bien toda desigualdad y
punto saliente de sus faldas y cuestas escarpadas, para levantar allí un
sinnúmero d apireas que consisten á veces de simples muros, pero que so
presentan casi siempre como recintos de tamaño y forma muy variables.
Por lo general, en todo ese conjunto se observa que la disposición de las
construcciones no responde precisamente á un plan premeditado y; que
para ellas, se ha elegido simplemente los sitios más apropiados, en un
suelo por demás accidentado y vario en sus niveles.
El pueblo bajo. — El pueblo bajo ocupa una superficie de tres kilóme-
tros cuadrados aproximadamente; se halla levantado sobre el terreno
(pie desciende de la base del cerro, al sur y este, hacia la llanura del
valle y abarca la región limitada, al suroeste por el pequeño « Filo del
Molino», donde existe una gran represa antigua artificial, para embal-
se de las aguas (lám. V).
Nos encontramos, dentro de un enorme caserío, formado en su
mayor parte de habitaciones grandes, dispuestas con irregularidad,
tanto agrupadas como aisladas entre sí, separadas por anchos zanjones
y pasajes intrincados. Muchas de estas habitaciones están ahora derrum-
badas, quedando de ellas solamente grandes montones de escombros.
Las contadas horas de nuestra permanencia entre las ruinas de Quil-
ines, no bastaron naturalmente para efectuar de esa población un relc-
vamionto, aunque fuera aproximado; en consecuencia, sólo podemos
ofrecer por ahora algunos detalles (pie nos filé posible observar.
Para la edificación los Quilines se valieron del abundante material que
el cerro les proporcionaba, es decir, la piedra laja, micaesquistosa y de
— 22 —
iilitas sericíticas, usada tal como se separa por su propio clivaje. Estas la-
jas, se comprende, son muy apropiadas para la edificación y lian sido su-
perpuestas con cuidado sin el empleo de cemento alguno, formándose con
ellas paredes perfectamente perpendiculares, casi siempre de uno y
hasta demás de dos metros de espesor. Muchas veces, donde las paredes
son excepcionalmente gruesas, aparecen éstas rellenadas con piedra
menuda ó ripio de la misma roca.
Por regla general, todos los muros son más lisos del lado de adentro
y perfectamente verticales; á menudo, la base se halla reforzada con
piedras grandes, chatas ó lajas clavadas de punta, sobre todo en los sitios
donde el suelo se presenta muy inclinado. Al contrario, por fuera, los mu-
ros son siempre más desiguales é irregulares. Con frecuencia se encuen-
tran enormes paredones de dos metros de espesor y con altura de hasta
dos metros en el interior, por tres del lado exterior. El plano superior
de los muros es siempre horizontal, perfectamente nivelado.
Las construcciones del pueblo son euadrangulares y redondas; las
últimas son más escasas y de dimensiones menores, pero, á juzgar por
las pocas que hemos podido observar, parecen estar en relación con las
primeras1: estas son cuadradas ó rectangulares, y constituyen las
verdaderas habitaciones (lám. Vil). Las hay de todas dimensiones
desde menos de dos metros por costado, pero casi siempre son más
espaciosas; estos recintos ó corrales, por decir así, miden generalmente
de cinco á seis metros, alcanzando algunos hasta quince y veinte me-
tros de ancho y largo. Á veces, la vivienda consta de un solo cuarto
cuadrangular ; también las hay de varios, que se comunican unos
con otros por medio de estrechos zaguanes, ó sino se hallan tan sólo di-
vididos por paredes bajas, de pocas piedras superpuestas unas sobre
otras. Las esquinas en el interior de las construcciones son casi siempre
bien angulares; los muros tienen, término medio, poco más de un metro
de altura y se comunican con el exterior por una ó dos salidas en forma
de puertas, con 7b á 80 centímetros de luz; estas aberturas que hacen
las veces de puertas, se completan en algunos casos por dinteles (fig.
17 y 18), de lajas largas que cierran el vano y cargan aún con la pirca
que se levanta encima. Por otra parte, haremos constar que no existen
ventanas ni troneras y no hemos encontrado vestigio alguno, que pu-
diera proporcionar datos acerca del tipo de la techumbre 2.
1 lil profesor Ambrosetti (La antigua ciudad, etc., páginas 11-12) lia podido hallar
mayor número do pircas circulares y, con su estudio llega al convencimiento quo
posiblemente, habrían servido éstas do recintos (« pirhulas, cercadas de piedra »),
donde los indígenas solían almacenar sus vituallas.
s Amiiuosiotti, La antigua ciudad, etc., páginas 8 y 9, ligaras 3 y I , expone di versos
argumentos, de los cuales se sirve, para, presentar una reconstrucción del techado
Como á medio kilómetro del pie del cerro y en dirección de 230 ° al
sudoeste, bailamos entre otras, una casa bien construida, de 10 por 14
metros, medida de fuera. Las paredes de metro y medio de espesor,
tienen por dentro otro tanto de altura 5 en el costado que mira hacia
el oeste están dos puertas, próximas á las esquinas : una de ellas
provista de dintel, formado de tres lajas de metro y medio de lar-
go. La mayoría de las casas que existen en la parte baja del pueblo, tie-
nen el piso interior en un nivel inferior al de afuera ; es probable, que
este desnivel se deba en par-
te al amontonamiento de ma-
terial suelto, que lia bajado
del cerro con las crecientes,
durante losl argos años trans-
curridos.
La fortaleza. — Volviendo
de nuevo á las construccio-
nes que se elevan sobre las
faldas del cerro, se confirma
nuestra hipótesis de que, en
realidad, ellas deben haber
respondido á obras de defen-
sa; si bien, como se dijo ya,
no obedecen precisamente á
un plan especial, como el que
correspondería á una fortale-
za completa.
Los Quilines, continua-
mente acosados por los inva-
sores, selian visto obligados
á fortificar el cerro, aprove-
chando sus asperezas y puntos estratégicos, para repeler desde allí los
ataques del enemigo, durante largos años ó siglos de lucha. Por otra par-
te, á juzgar por la edificación y ciertos detalles, la abundancia de mor-
teros, por ejemplo, es de suponer que, á lo menos una parte del cerro,
haya tenido sus moradores permanentes.
Las construcciones que van escalonándose sobre las faldas (lám. VI,
de una habitación antigua; luego, página 15, ñgura 18, menciona haber encontrado
« una casa de la fortaleza, que aun conserva dos horcones de algarrobo, empotrados
en -la pirca ».
Tex Kate, Ilapport sommaire, etc. Revista del Museo de La Piafa, tomo V, página
336, 1893, ha observado asimismo entre una ruina de una casa antigua de Quilines,
los marcos de la puerta, perfectamente conservados.
Fig. 17. — Vano completado por dintel; detalle
de la construcción, (láiu. VI, lig. 2)
24
fig. 1), son generalmente pequeñas é irregulares, consistiendo a veces de
simples pircas ó parapetos; pero, en otros casos, cualquier roca saliente
del cerro ú otra pared lateral sirve para formar recintos ó verdaderas ca-
sas, siempre que las condiciones del terreno se muestren favorables. A
veces una pared vertical sostiene el plano inclinado de la falda, por donde
debe de haber sido el acceso al interior de la habitación, desde que no
siempre existen sitios de entrada por algún otro lado. Hemos encontra-
do solamente dos cuartos que tenían en la pared externa una pequeña,
puerta provista de dintel, formada de grandes lajas y cuya abertura me-
día escasamente 70 centímetros de ancho por 80 de alto.
Exceptuando pocos casos, todos
los edificios de la fortaleza son an-
gulares, más ó menos cuadrados;
sin embargo liemos visto también
algunas pequeñas construcciones
circulares ; y una vez, cinco de
ellas agrupadas cerca de la cumbre
y sobre el filo que baja hacia el
este.
La cima del cerro forma una es-
trecha meseta que corre en direc-
ción este-oeste. Esta parte, consi-
derada por el doctor Ambrosetti
con mucha razón como campo de
refugio, se halla también ocupada
por ruinas de edificios angulares,
en parte ya muy destruidos.
A uestra permanencia en Quil-
ines fue por demás corta, así que
nonos fué posible efectuar releva-
mi ento alguno. La descripción que antecede dará, aunque someramente,
una idea de la importancia de la población antigua y la ampliarán los
detalles que á continuación mencionamos.
Fi". 18. — Puerta de una habitación con dintel
Represa para el embalse de apilas. — En el extremo sudoeste dé la ciu-
dad baja, precisamente al pie del Filo del Molino, se encuentran los res-
tos de una gran represa (lám. Y), construida sin duda para almacenar
las aguas procedentes de alguna fuente más ó menos vecina que hoy por
hoy no existe : á tal propósito, debe haber servido el canal pircado,
cuyos vestigios se observan aún de trecho en trecho á lo largo del cerro,
por su costado sudoeste. La represa está limitada por la corrida del
mismo cerro, cuyo espolón ó punta da vuelta al nordeste en forma de
media luna; y una muralla artificial que arranca de dicha punta vie-
25
ne á cerrar la represa, por el costado este, siendo innecesaria por el lado
sur, puesto que allí el terreno sube paulatinamente.
Esta muralla á, lo que se ve, y al efecto de resistir al empuje de la
gran masa de agua, demuestra haber sido construida con todo esmero ;
con una extensión como de diecisiete metros, tiene tres metros de espesor
por igual altura del lado exterior, y como metro y medio del interior. Se
ve, pues, que los Quilines lian sabido utilizar esa gran depresión natu-
ral de tal manera, que en una represa, de como cuarenta metros por
costado han podido almacenar dos mil y más metros cúbicos de agua, y
llevarla por un canal de regadío, que aun existe rumbo al norte de la
población.
En el extremo izquierdo de nuestra lámina (V) se distingue perfecta-
mente la boca que daba salida á las aguas. Dicho desagüe está formado
por un boquete ó canal de casi un metro de alto por medio de ancho,
perfectamente construido en la misma muralla, y cubierto por grandes
lajas. Del lado de adentro debe haber estado la compuerta: aun hoy so
observan dos pircas de mayor á menor, convergentes hacia, el interior
de la represa, que dejaban una abertura triangularen comunicación con
el desagüe externo : no pretendemos explicar el mecanismo de esa cons-
trucción.
Morteros . — Durante nuestra excursión por estas ruinas, frecuente-
mente tropezamos con una clase de morteros, pertenecientes á un tipo
muy generalizado y común en muchas de las poblaciones abandonadas del
noroeste argentino ; algunos de ellos también sirven en la actualidad.
Esos morteros consisten de simples hoyos hemisféricos, de unos quince
centímetros de diámetro término medio, excavados en la roca viva del
propio suelo. liaras veces se encuentran en el interior de las casas, más
bien fuera de ellas, pero no muy lejos de las habitaciones, casi siempre
en pequeños grupos reunidos en una sola peña; precisamente nos llamó
la atención el hecho de que son mucho más frecuentes sobre las faldas
del cerro que en medio de las casas del pueblo situado en el bajo.
Más escasos son los morteros excavados en piedras aisladas ; no hemos
tenido la suerte de hallar alguno de la, curiosa forma descripta, por Am-
brosetti 1 ; en cambio, daremos cuenta, de otros dos que acaso pertenez-
can á la misma categoría.
1 Amhuosktti, J. ]?., La antigua ciudad, ele., páginas 13 y 11, les ha llamado
morteros públicos ; consisten en un círculo de piedras colocadas sobre la superficie
del .suelo, en cuyo interior so encontraron, una vez una, sola, piedra y otra cua-
tro, con los hoyos en el centro. Esas piedras se bailan colocadas tí flor del piso, que
está embaldosado con lajas en todo el espacio que resta entro las piedras y el arco
mencionado.
Uno de ellos (fig. 19) se encuentra al norte del pueblo bajo, casi en su
extremo oeste, y próximo al pie del cerro, lis un gran bloque rectangu-
Fig. lí). — Bloque rectangular con nueve hoyos de mortero
lar, de 5m50 de largo por 2m30 de anclio y casi 3 de alto. Su superfi-
cie es plana y en ella se observaban nueve hoyos: ocho, dispuestos
Fig. 20. — Roca con hoyos do mortero al sud de la antigua población
en tres filas, en la parte que mira al este, y el noveno, aislado, en la
extremidad opuesta de la piedra. Las cavidades de estos morteros son
perfectas, tienen casi todas un diámetro de 20 centímetros, por 15 de
profundidad.
La segunda piedra con hoyos queda como á cinco kilómetros al sur de
27
la antigua población, pero, probablemente corresponde también al radio
de ésta, pues llegan basta allí los vestigios de las construcciones, á las
cuales nos hemos referido más arriba.
Se trata aquí de una roca irregular, que mide unos 3m50 de ancho
é igual largo, y poco más de un metro de alto. Su superficie se com-
pone de dos planos que contienen en su totalidad veintidós morte-
ros, distribuidos entre aquellos por partes iguales : once ocupan el plano
superior, arreglados asimétricamente, mientras que los otros once, en
el plano inferior, rodean en semicírculo á los primeros. Las cavidades
son de tamaño variable: en su mayoría miden 15 centímetros de diáme-
Fi<£. 21. — Petrogüfo á la orilla del arroyo del Divisadero
tro y algo más de 10 centímetros de profundidad: la distribución exacta
puede verse en la fotografía (fig. 20).
Petroglifo. — Además de las cuatro piedras con petroglifos, publica-
das por Ambrosetti \ tuvimos ocasión de visitar una más de las de esta
región, aun no descripta, según nuestras referencias; hallazgo, que de-
bemos á un clii cuelo que cuidaba una pequeña majada de cabras que
pastoreaban cerca de nuestro campamento.
Acompañado más tarde por dicho pastorcillo, salimos de la represa
rumbo al sur, hasta el «arroyó del Divisadero», donde, después de un
kilómetro de camino, encontramos la piedra buscada, podiendo aprove-
char los últimos rayos del sol de la tarde para tomar la fotografía (fig. 21).
Ambkosetti, J. 15., La antigua ciudad, etc., página 38, figuras 17-50.
El petroglifo lia sido esculpido á cincel hasta la profundidad de cinco
á diez milímetros sobre la superficie plana de la piedra, la cual mide en
su totalidad 2mG0 de largo, 2 de ancho y 0m70 de alto.
Los dibujos son sencillos, pero no por eso menos interesantes, porque
se nos ocurre hallar en ellos cierto parecido con otros, que vimos en años
anteriores esculpidos sobre rocas descubiertas en los territorios del llío
Negro y Neuquen '.
Observamos también en este petroglifo, cinco de esas figuras, forma-
das por tres líneas cortas, convergentes, (pie en aquel entonces inter-
pretamos como que eran las huellas tridáctilas del «Suri» ó avestruz
americano: con ellas está una serie de impresiones semiesféricas, muy
parecidas á ciertos hoyos ó depresiones que se ha supuesto eran las hue-
llas del puma, que existen también en las rocas ya referidas.
Del lado izquierdo de la piedra, y debajo de la huella tridáctila aisla-
da, se distingue dos pequeños círculos, formados por seis puntos ú hoyitos
de igual tamaño, con otro punto en el centro. Hay entre los otros hoyi-
tos varios de dimensiones algo mayores y, en un caso, están unidos dos
¡idos, por una línea algo arqueada. En lo demás del dicho petroglifo, aun
se advierten algunas líneas cortas, desparramadas, que difícilmente al-
canzan hoy á representar figura convencional alguna.
Á mero título de información hemos comparado los dibujos de nuestro
petroglifo con los otros aludidos1 2; quizás no hubiéramos dado á ellos
mayor importancia, á no haber hallado más tarde en Andaguala diversos
petroglifos que también llevan estas huellas tridáctilas y otros diseños
distintos, pero idénticos á aquellos de la región patagónica, los cuales,
á lo que sabemos, no han sido aún mencionados como propios de la re-
gión que nos ocupa.
§ 111
MATERIAL A1ÍQUEOLÓG1CO
Por motivos ya manifestados, nos fue imposible efectuar excavaciones
en los antiguos cementerios de Quilines. Así que el reducido número
de objetos traídos de allá, se obtuvo por compra á la directora de la
1 l!. Bitccu, La piedra pintada del arroyo Vaca Mala y las esculturas de ht cueva de
.lanía de los Judas, un liceísta del Masco de La Plata, tomo X, página 173, láminas I y
II; ¡bul. La piedra pintada del Manzanito. liceísta del Museo de La ríala, tomo XI,
página 71, ligara a.
8 Nos referimos aquí á las esculturas <lu la piedra pintada dul arroyo Vaca Mala,
etc.
29
escuela de Bañado. José González, capataz de las estancias de Quilines,
también nos vendió las urnas grandes, que él mismo había sacado de
las sepulturas de dicha localidad. Desgraciadamente, no se conocen
otros datos sobre estas piezas, que á continuación vamos á describir so-
meramente.
Los objetos procedentes del Bañado son todos recipientes de diver-
sas formas, y entre ellos se encuentran unos llamados pucos, tazas, más
ó menos hondas, también jarros y vasos ornitomorfos.
Escudillas ó pucos. — El más sencillo délos trece objetos de la peque-
ña colección es una taza ó puco, de forma subhemisférica, con la base
marcada por una depresión central ; sus paredes son delgadas, casi ver-
ticales en la porción superior, donde presentan un estrechamiento ó cin-
tura apenas marcado. Se trata de una pieza ordinaria, fabricada con po-
Fig. 22. — Puco amarillo con decoración rectilínea
Xo 31, Col. M. L. P. ('/, del nat )
co cuidado, pero de pasta fina ; sus dimensiones son 75 milímetros de
alto y 135 de diámetro.
Otro puco de tamaño menor tiene el fondo aplanado, el borde obli-
cuamente truncado, é inclinado hacia adentro; dos pestañas, ó labios
simétricos sirven de asas, arrancan del borde y se dirigen hacia afuera.
Las paredes son gruesas, interiormente bien pulidas, pintadas con un
barniz rojizo, como también la faja marginal del lado exterior; aquí la
superficie es más áspera, de color rojo, propio de la cocción de la pasta.
Un tercer ejemplar es subhemisférico, tiene la base cóncava y proyec-
tada hacia el interior. El borde presenta dos ligeras depresiones produ-
cidas con el dedo estando aun blanda la pasta, sobre las cuales se lia
aplicado en cada lado un pequeño botón.
Este puco es negro por dentro, perfectamente pulido; por afuera el
fondo está pintado bien espeso de un amarillo ocre, y con una ornamen-
tación rectilínea, bastante mal dibujada que, como se ve en la fotografía
figura 22, se divide en cuatro secciones. De los mencionados botones bajan
30
dos triángulos, que separan las dos caras del puco. El color de estos
triángulos, lo mismo que el de algunos otros y de las líneas divisorias ver-
ticales, es más rojizo que el resto de la ornamentación; por último, una
ancha faja marginal está pintada de negro.
Fig. 23. — Taza de barro gris, con ornamentación grabada
No 29, Col. M. L. P. (>/* del nat.)
Unos cuantos objetos, que á continuación se mencionan, sonde alfare-
ría gris, grabada.
Fig. 24. — Taza de barro gris, con ornamentación grabada
No 30, Col. M. L. P. (V-2 del nat.)
Tazas. — La taza número 29 déla colección, de 110 milímetros de
alto y ISO de diámetro, tiene la mitad inferior ligeramente cónica, la
base plana, y sus paredes algo cerradas hacia arriba. Está provista de
un asa vertical, de unos 20 milímetros de ancho y, del lado opuesto,
de un pequeño pico ó pegote acodado y groseramente aplicado debajo
del mismo borde.
31
La ornamentación de esta taza consiste de dibujos geométricos, gra-
bados con punta fina á bastante profundidad; y como se ve, se compone
de fajas rayadas biacodadas, entre otras reticu Jadas, cpie bajan perpen-
diculannente; dibujo que se repite en el otro Jado de la taza.
Tanto por dentro como por fuera, la superficie es bastante lisa, pero
se nota perfectamente la unión de las dos partes de que se fabricó este
vaso : sobre una base cónica truncada para producir el asiento, se levan-
tan los costados de la taza.
La otra taza, figura 24, es del mismo tipo, apenas un poco más gran-
de; la porción inferior es más cónica, y la base cóncava es más pronun-
ciada en el interior. También aquí existe de cada lado una guarda, más
ó menos ajustada á las paredes del vaso, con un doble dibujo rectilíneo,
que bien pudiera compararse con la cara luimana muy estilizada; toda
descripción detallada se hace innecesaria con nuestro grabado.
Vasos zoomorfos. — De la misma procedencia tenemos un lindo vaso ó
taza con detalles muy caprichosos, que lo convierten en vaso zoomorfo,
Fig. 25. — Vaso zoomorfo. visto tle costado. 32, Col. M. L. P. (*/a del uat.)
subovalado; volcado imita la caparazón del «quirquincho», seguramen-
te el Dasypus vellerosus Gray, originario de aquellas regiones. Dicho ob-
jeto pertenece también á la alfarería gris.
El fondo del recipiente es de altura, reducida, la base poco achatada :
las paredes, sobre todo en los costados, están encorvadas hacia adentro.
Adelante está la cabeza del animal, bastante bien modelada, y del lado
opuesto se nota un apéndice cónico, la cola, que es hueca interiormente,
lo mismo que la cabeza; la cola lleva rayas grabadas en toda su perife-
ria. Las tres figuras zoomorfas, que se ven perfectamente en el grabado-
(fig. 25 y 20), se repiten también en el otro lado.
La- superficie del vaso es lisa, pero se nota muy bien la unión del
fondocon la parte superior. La abertura es elipsoidal, algo más estrecha
atrás; las paredes son delgadas : tienen dos á tres milímetros de espesor.
32
El ejemplar número 3(i<le la colección, es un pequeño vaso <le fabrica-
ción muy tosca, de forma aplastada y se compone de dos partes seme-
jantes : la inferior subcónica, con base circular y plana; la superior un
poco más convexa, tiene
la abertura en el centro de
40 milímetros de diáme-
tro; el diámetro total del
vaso es de 150, y su altura
de 40 milímetros.
En el medio de la pared
superior se destaca la pe-
queña cabeza de una figu-
ra zomnorfa, y en el lado
opuesto parece haber exis-
tido un pegote, que indi-
caría quizá la cola del ani-
malito.
Este vaso, de superficie rugosa, es de color de barro cocido, y está
groseramente decorado. La ornamentación pintada de negro se descom-
pone así: una faja superior de triángulos combinados con grecas, en la
parte inferior, una faja de dos líneas separadas por puntos negros, y
abajo de ésta, otra de líneas onduladas.
Fig. 2G. — El mismo vaso zoomorfo. visto do frente
IVr.sm- onútomnrfos. — Los tres ejempla-
res que completan la pequeña colección del
Lañado, pertenecen a vasos ornitomor-
Jarrox. — -De paso mencionaremos los dos jarros cilindricos, de fondo
plano y con bocas algo más abiertas : ambos
con un asa, como lo muestra la figura 27.
Estos jarros son de color amarillo par-
dusco. En uno de ellos se ve, ála altura del
asa. una faja horizontal de dos líneas para-
lelas, entre las cuales hay cinco círculos
con punto central; mientras que el otro
ejemplar tiene la faja de tres líneas y, entre
los dos espacios, solamente gruesos puntos.
Los dos jarros tienen rayas cortas y obli-
cuas pintadas en el borde interior.
K¡£. 27. — Jarro con decoración sencilla
X» ni, Col. 51. L. P. ('/3 del nat.)
fos.
Empezaremos por el que. reproduce la figura 28. de cuerpo subesférico,
comprimido y alargado en el extremo posterior, imitándola cola del ave.
Tiene la base formada por un aplanamiento circular, donde se encuentran
33
dos pegotes, bastante groseros, que representan las patas ópies tripartitos.
La mitad superior del cuerpo es más convexa; cerca del borde ante-
rior se desprende el cuello
ancho, completamente cilin-
drico y colocado en sentido
vertical; éste se halla im-
perfecto, pero conserva aún
odio centímetros de alto y
tiene seis de diámetro.
Este curioso vaso está
pintado de un color rojo
sanguíneo, que aparenta
una especie de barniz la su-
perficie es bastante lisa, y el
modelado, excepto el detalle
de las patas, es bastante
bueno.
El ejemplar que represen-
ta la figura 29, es un vaso
delicado, muy bien traba-
Fig. 28. — Vaso ornitomorfo de color rojo sanguíneo
lado, de pasta fina; sus pa- 27, Coi. m. l. f. <■/* «íei nat.)
redes son delgadas, la su-
perficie es perfectamente lisa, de un color bayo uniforme. Se caracteriza
por su cuerpo algo globoso uvi-
forme, poco aplanado en la base
y cefiido en la garganta ó lugar
de la unión del cuerpo con el cue-
llo. La cola en su extremidad esta
lateralmente comprimida; las pa-
tas son unos pequeños conos pos-
tizos, aplicados en la región ante-
ro-basal. Además, el vaso va pro-
visto de un asa ancha, que arranca
del mismo borde trasero del cue-
llo,el cual está oblicuamente trun-
cado. Esta asa viene á descansar
sobre el dorso, y al tacto deja sen-
tir que ha sido introducida perfo-
rando la pared del vaso, que con-
serva aun un pegote en su inte-
rior.
Por último, en el pequeño ejemplar figura 30, volvemos otra vez ala
.alfarería gris : podríamos considerarlo como derivado de los dos vasos
29. — Vaso ornitomorfo de paredes delgadas
X» 28, Col. M. L. P. (>/2 del nat.)
KEV. MUSEO I.A PLATA. — T. XIX
3
— 34 —
ornitomorfos, que acabamos de describir, ó sino representando también
un sér zoomorfo convencional.
Aquí el cuerpo es netamente piriforme, la base un poco aplanada
y con depresión central. De sn parte antero-superior, se desprende el
cuello subcilíndrico y ligeramente enangostado
en el sitio de unión con el cuerpo. Encuéntrase
aliora el cuello horizontalmente tronchado, y
otros detalles indican que debe haber habido
un asa, desde el labio hasta el dorso.
En los lados del cuello, un poco más atrás,,
aparecen ojos, figurados como en otros obje-
tos. Sobre la línea basal, en el costado izquier-
do del cuerpo, hay dos pequeñas protuberan-
cias con rayas breves, impresas, que por cier-
Kis- 30 — Vnso ornitomorfo <ie fOS indicios (manchas simétricas) deben haber
alfarería gris. Xo 2G, Col. M. L. ,
r (>/., dei nat.) existido en el otro lado también. Desde la pro-
tuberancia anterior, sale una línea quebrada,,
(pie se dirige hacia atrás, y termina debajo de una tercera, también
con tres rayas grabadas como las anteriores.
Pequeña urna de tipo excepcional. — La pequeña urna, figura 31, la en-
contramos al recorrer las ruinas
de Quilines, debajo de una gran
roca inclinada, junto á dos cráneos :
es probable que alguien la colocara
accidentalmente en aquel sitio. Por
su pequeño tamaño y detalles de
ornamentación, nos vemos obli-
gados á mencionarla por separa-
do.
Como puede verse en el esquema,
esta urna consta de un vientre muy
estrechado en la base, de asiento
cóncavo, y de un gollete ó cuello
casi cilindrico, terminado en la-
bio inclinado hacia afuera. Por
defectos del modelado es ligera-
mente asimétrica, y su diámetro
de frente un poco mayor que el
El fondo de la ornamentación es blanquizco, algo amarillento: los
dibujos son negros, sencillos c iguales en los dos lados de la urna, sepa-
rados por una ancha faja negra vertical, en la región de las asas, lo que
fija, el tipo.
Fig. 31. — Urna de tipo excepcional. N° 25
Col. M. L. P. (J/5 del nat.)
otro, por ser su sección ovalada.
35 —
Los dibujos se componen de un reticulado, ó mejor dicho de un jaque-
lado, que cubre el cuello incluso el labio, y de una espiral voluti forme
con series de puntos negros, que ocupan el vientre. Los espacios latera-
les de la espiral están pintados de negro, como también la ancha faja
marginal del lado interior del labio.
Urnas ó tinajas con ornamen tación antropomorfa. — Con las seis urnas
ó tinajas, como se llaman en el lenguaje local, se completa la pequeña
colección arqueológica de Quilines. Ellas pertenecen á la alfarería carac-
terística de la gran región que nos ocupa, y constituyen á par de los
pucos, el material mejor representado en nuestras colecciones
Á pesar de sus formas heterogéneas, éstas urnas corresponden, sin
embargo, á un tipo bien definido, que consta siempre de dos partes; es
decir, de una inferior, su cuerpo ó vientre, de forma subglobosa ú ovoi-
dea; y de otra superior, el cuello ó gollete, á veces bastante alto, que ter-
mina en boca amplia, con labio doblado hacia afuera. Á los costados del
vientre, y casi á la mitad de su altura se colocan las asas del tipo
común.
La superficie exterior siempre va pintada de un blanco impuro algo
amarillento, como fondo, sobre el cual se han trazado dibujos en negro,
complementados muchas veces con alguna pintura roja.
Las diferencias que observamos en los caracteres morfológicos de
estas urnas, se manifiestan también en los detalles decorativos, que for-
man un conjunto sumamente caprichoso, de diversos dibujos, pero de
un efecto agradable y de valor artístico. Desde ya, y en mérito de la
ornamentación, ellas corresponden á la categoría de las antropomorfas,
en razón de que llevan figurados ojos, narices, bocas y manos de un ser
humano, si bien en formas muy convencionales y estilizadas, que no
siempre se hallan todas representadas en la misma pieza.
Entre los dibujos del gollete se nota en primer lugar la cara humana
del tipo usual, compuesta siempre de curvas simples ó paralelas, que
convergen hacia la línea media-, simulando así los arcos superciliares y
la nariz : en el caso que exista boca (fig. 32), las curvas se prolongan en
rectas paralelas, hasta la base del cuello; los dientes se hallan indicados
por pequeñas rayas. Los ojos van formados por círculos perfectos, y más
ó menos ovalados, á veces con su punto ú otros circuidlos concéntricos,
y con los complementos (rayitas y curvas) de costumbre.
En el caso en que la representación antropomorfa está provista de
] Haremos presente que casi todos los autores citados en este trabajo se han ocu-
pado do esta clase de urnas, publicando de ellas gran número de figuras que no
mencionaremos aisladamente.
36
brazos, existen éstos siempre sobre el cuerpo ó vientre de la tinaja,
colocados en sentido inverso á los arcos superciliares de la cara, como
puede verse en la figura 34; es probable, (pie las series de triángulos
negros con líneas rectas dirigidas hacia arriba, equivalgan también á
una representación de manos, liemos de advertir, que en varias urnas,
los arcos superciliares de la cara, alguna vez los ojos, como también los
arcos inferiores ó brazos, por ejemplo en la tinaja figura 35, son posti-
zos, ó sea en relieve y perfectamente destacados de la superficie, En la
base del gollete, dos líneas paralelas separan los dibujos correspondien-
tes á cada parte, es decir, la superior de la inferior, mientras (pie las
fajas negras verticales é irregulares, que bajan en la región de las asas,
se interponen entre la ornamentación del anverso con el reverso.
Por regla general, la decoración de estas urnas ó tinajas es más
bien asimétrica, en el sentido de (pie alguna vez los dibujos de la
izquierda difieren de los de la derecha; tampoco son siempre iguales los
que ocupan sus dos frentes opuestos.
Examinemos ahora los motivos ornamentales de nuestras un as: en-
contramos en su mayor parte las mismas figuras, (pie son á su vez típi-
cas en otros objetos de aquella región, naturalmente modificadas, según
el sentido estético del artista, ó para adaptarlas mejor á las formas ó
espacios libres de los vasos.
Si tomamos la representación antropomorfa del gollete como base ó
dibujo principal, los adornos complementarios en esta parte constan,
casi siempre, de especies de fajas horizontales, oblicuas ó curvas, donde
predominan los elementos típicos, como ser triángulos negros con sus
grecas.
En cambio, la ornamentación ventral es la que nos da la nota caracte-
rística de estas tinajas, y sus diferencias facilitarán el medio de estable-
cer ciertas subdivisiones, lo que no haremos por ahora, dado el redu-
cido número de ejemplares en nuestra colección. Nos limitaremos, pues,
á mencionar ligeramente algunos de sus detalles más importantes.
La urna, figura 32, ostenta un ejemplo de ornamentación ventral muy
común, y que no es otra cosa, que la típica faja quebrada, ó escalonada,
llamada también ofídica ’, con todos sus complementos, tal cual la ve-
remos más tarde sobre los pucos de fondo claro, descriptos como del
Fuerte Quemado. Una faja divisoria, vertical, formada por elementos
romboidales, separa los dos dibujos más ó menos simétricos en los lados
de los frentes. En esta urna, como en casi todas las demás, ambas fajas
escalonadas ú ofídicas del vientre, lo mismo (pie otras en forma de E
(pie se ven en el gollete, están pintadas de un rojo lacre muy obscu-
1 lis cu razón de (iiic., en ciertos casos, esta faja quebrada termina por una cabeza
<le serpiente.
37
Fig. 34. — N° 21, Col. M. L. T. Fig. 35. — N° 19, Col. M. L. r.
(Urnas antropomorfas «le decoración negra y roja. 1 /6 «leí natural)
ro; l¡i orilla superior del labio lleva un ancho ribete interior negro.
Otras dos tinajas, que llevan los números 20 y 23 de la colección,
pertenecen á la misma categoría que la anterior. La faja vertical del
medio se compone de escalinatas con sus grecas de costumbre.
En el ejemplar figura 33, la ornamentación del anverso en la parte
ventral á cada lado de la faja céntrica, es del mismo tipo que el propio
de la anterior (fig. 32), con la diferencia que la banda es de líneas rectas
y no escalonada, y los claros del fondo están ocupados por los motivos
maniformes ', con algunos otros detalles que resaltan del dibujo.
En el reverso, se repite en la parte ventral la misma ornamentación
á la derecha de la faja vertical, pero á la izquierda el esquema de orna-
mentación se asimila al de la figura 32, sólo (pie la banda escalonada
del medio es de color negro en el centro con sus contornos rojos.
La decoración del gollete en las dos caras de la urna es más ó menos
simétrica, y sólo haremos constar que los arcos, nariz y ojos se destacan
aquí en relieve.
En cuanto á ornamentación, la otra urna (n° 23) es casi idéntica á la
precedente, pero los detalles de la cara están como lo demás solamente
pintados de negro.
En la figura 34, reproducimos otra tinaja con tipo de ornamentación
bien conocido. Como se ve, ésta se divide en tres secciones, de las cua-
les corresponde una al gollete, con los dibujos usuales; otra, á la ventral,
con dos brazos que complementan la representación antropomorfa, y
encierran á su vez unos dibujos, que no son, sino otras modificaciones
de los motivos típicos, que vuelven á reaparecer en la tercera ó sección
basal. La claridad de nuestro esquema hace innecesaria una. descripción
extensa; los espacios, ó sean figuras pintadas de rojo, se indican aquí
por un rayado oblicuo; conviene sólo hacer constar, que los dibujos del
reverso son idénticos, con un detalle más : una maíz, entre los arcos su-
perciliares de la cara.
La diversidad, en cuanto á forma, del quinto ejemplar está perfecta-
mente indicada en nuestro esquema figura 35; resulta como las otras ti-
najas algo más ensanchada en su sección ventral, que en la del labio, la
cual es casi circular. Los arcos de la cara, y los que representan los
brazos están aquí en relieve; los últimos terminan en un reborde semi-
circular, que en casos análogos representa un objeto, tal vez algún juico
ó vaso, sujetado con ambas manos.
La ornamentación en cada uno de los frentes de esta tinaja es más ó
menos simétrica, excepción hecha, de los dibujos que ocupan los dos
espacios entre los brazos, que en el anverso son las dos figuras avifor-
1 Elementos estos (pie pudieron interpretarse también como forma de alas, como
se verá en la nota que se refiere á la decoración ornitomorfa del pnco ligara 59.
— 39
mes de lihea ó «suris», con los detalles que están de manifiesto en el
esquema ; en el reverso un motivo semejante al que ostenta el vientre de
la tinaja anterior (fig. 34), substituye las dos aves. Los dos campos del
gollete, oblicuamente rayados en nuestro esquema, corresponden en el
original á un fondo de un rojo lacre muy obscuro, lo mismo que el inte-
rior de la banda escalonada de la base; todos los demás dibujos son ne-
gros. Repetimos que también aquí, como en las demás urnas, el borde in-
terior lleva un ancho ribete negro.
Las dos urnas que nos quedan aún por mencionar, se caracterizan por
su forma bastante ancha, de sección elipsoidal; su factura es más bien
tosca, y la decoración más gro-
sera que en los ejemplares ante-
riores. Ellas se encuentran, ade-
más, en mal estado de conserva-
ción.
La urna número 22 de la co-
lección, lleva en los dos lados
del vientre brazos y manos, como
en el ejemplar figura 34, que
encierran figuras típicas de la
lihea ó « suris », con cuerpo cir-
cular, negro, y una cruz en su
centro; el espacio debajo de los
brazos, se complementa con
adornos semejantes á los de la
urna mencionada (fig. 35).
La ornamentación del gollete
consta en el anverso de la cara
estilizada, donde los contornos
de los arcos superciliares for-
man ángulos rectos, y terminan
en boca con dientes; los ojos se ubican en un rectángulo horizontal, y
debajo de éste, dos más forman fajas, con los elementos típicos de trián-
gulos escalonados con grecas. Parece que algunos de estos triángulos
estuvieran pintados de un pardo rojizo, lo mismo (pie dos triángulos
alargados en los ángulos infero-laterales de los rectángulos superio-
res. El reverso del cuello está cubierto por un reticulado tupido muy
irregular; la cara solamente indicada por unos pequeños arcos, angulosos
como en el lado opuesto, y rojizos, color que llenaba también el interior
de los brazos en ambos lados.
Por último, de la tinaja número 24 sólo puede decirse que es entera-
mente tosca, y de sección muy elíptica. Su decoración, á pesar de estar
casi del todo borrada, hemos logrado reconstruirla, con ayuda de ejempla-
Fig. !)0. — Unía niit!0]ionioi lii do discoraoióii negia
N» 24, Col. M. L. P. (‘le <U>1 nat.)
40
res similares que posee la colección del Museo *, lo que permite presen-
tar el esquema figura 30.
En la parte debajo del labio, las curvas usuales determinan los arcos
superciliares de la cara; algunas de estas líneas vienen á juntarse en la
base del cuello, acompañadas de una curva que arranca de los dos ojos.
La decoración ventral consta de la figura zoomorfa, (pie representa
sin duda un batracio con cabeza bipartita, serpentiforme, y con demás
detalles, que no necesitan otra explicación. El espacio á los costados de
dicha figura, se completa por líneas paralelas, alternadas con series de
puntos negros; las dos fajas negras, en la región de las asas, separan el
anverso del reverso.
1 Las dos urnas proceden de Loma Rica y llevan los números 193 y 284s respec-
tivamente.
Rev. Mi
de Lu Plata, T. XIX (Ser. 11. T VI
Boca del canal de regndio
Pared del embalse de agrias
Región del pueblo antiguo
Vista parcial de Quilmes (Provincia de Tucumán)
Kev. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. II. T. VI)
Lámina VI
Fig. 1 Ruinas en la falda sur del cerro de Quilmes (Prov. de Tucumán)
V/érner u. W ínter, frankfurt
Fig. 2 Aspecto del pueblo antiguo de Quilines en su parte baja
Paredones de los caseríos al pie del
de La Plata. T. XIX (Ser. II, T. VI)
Lámina VII.
J{ev. Musco c
Paredones de los caseríos al pie del cerro de Quilines (Provincia de Tucumán)
SEGUNDA PAUTE
ARQUEOLOGÍA DE LA PROVINCIA DE CATAMARCA
CAPÍTULO I
FUERTE QUEMADO
, §1
SITUACIÓN Y ASPECTO GENERAL
La" antigua población de Fuerte Quemado lia sido otro importante
centro indígena, establecido en el valle de Yocavil, cuyas ruinas se en-
cuentran precisamente en la extremidad norte de la población actual del
mismo nombre y también sobre los cerros que la rodean al oeste ; se ha-
lla como á unos 16 kilómetros al sur de Quilines.
El paisaje que ofrecen los alrededores del Fuerte Quemado, es propio
de la región descripta al principio del capítulo anterior. Las mismas
montañas pertenecientes á la continuación de la Sierra de Quilines, son
allí más bajas y menos accidentadas; interrumpen su monotonía las plan-
taciones y arboledas de las propiedades, ubicadas en la estrecha faja de
tierras, que baja desde la base de la cerrillada hasta el lecho del río,
donde se halla en la actualidad la parte más densa de la población
(lám. VIII).
También aquí, especialmente del lado norte, perdidos entre huertas y
verdes alfalfares, se distinguen aún vestigios de construcciones idén
ticas á las que existen en Tafí y Quilines, que hemos supuesto hayan
sido destinadas á los cultivos de aquellos tiempos.
Como acabamos de A^er, la población indígena se compone de dos par-
tes distintas : una de ellas es la situada en el terreno llano del mismo
valle; á la otra, el « Fuerte », pertenecen las construcciones dispersas
sobre, los cerros inmediatos.
Todo lo que hasta ahora se ha publicado sobre Fuerte Quemado,
sólo se refiere á esta última parte, cuya descripción nos dió el malo-
42
grado Adán Quiroga ’. Al doctor La fone Quevedo, asimismo, debe-
mos una breve relación 2 sobre uno de los puntos más interesantes en
estos lugares, la cual lia servido para un más prolijo estudio de cuanto allí
pudimos bailar. Por lo que respecta al plano publicado por Ten Kate 3,
debo hacer constar que fue por error titulado «Fuerte Quemado».
§11
CONSTRUCCIONES ANTIGUAS
Ruinas en el llano del ralle. — Corresponden éstas á la parte princi-
pal del pueblo viejo, el que ocupa aproximadamente un kilómetro cua-
Fig. 37. — ■ Vista parcial de las ruinas de la antigua población
drado; desde luego, una extensión inferior á la del pueblo de Quilines,
que también lo supera en cuanto á la magnitud de sus construcciones.
Las pircas bastante mal conservadas, se destacan en su mayor parte
t Adán Quiroga, Ruinas Cal eh aguíes. Fuerte Quemado, en Anales de la Sociedad
Científica Argén ti na, tomo LII, 1901, pág. 235. etc., con siete figuras incluso un plano.
Lamento no haber tenido á la mano dicho trabajo, cuando recorrí aquellos luga-
res ; pues me parece curioso no poder hallar en el plano (íig. 5) varios de los pun-
tos personalmente visitados y anotados por mí.
3 La fox io Quí'.vk no, 1. e.. Revista del Musco de La data, XI, 1902, páginas 7 y 8.
3 Tkx Katk, IIkrmax, F. G., Anthropologiv des anden s liabitants déla région Calcha-
43
apenas de medio metro sobre la superficie del suelo; sólo en contadas oca-
siones llegan á medir metro y medio y hasta dos de altura, cuando mu-
cho; su espesor no es extraordinario, y no pasa de 00 centímetros, tér-
mino medio. Para la. edificación, los indios se sirvieron en su mayor
parte de cantos rodados del río ó de piedras desprendidas de los cerros,
empleándolas en la forma habitual, es decir, todas las piedras super-
puestas unas sobre otras, sin uso de liga alguna.
En conjunto, el Fuerte Quemado lleva el sello característico de los
pueblos indígenas de la región; sin embargo, parece que á veces se hu-
Fig. í!8. — Croquis do una habitación on el Huno
biese cuidado de distribuir ciertos edificios con algo de simetría, y si
alguna irregularidad existo, no es tan manifiesta en la parte sur del
pueblo.
Allí se ven (fig. 37) algunos grupos de casas, que constan de una y
hasta tres ó más piezas, perfectamente cuadrangulares, de pareóos bas-
tante gruesas y altas, provistas de simples aberturas de entrada; luego
otras construcciones más pequeñas, bajas y de forma circular, casi
siempre unidas con las angulares. Además, cada casa, por decirlo así,
qni (Rép. Argentino), en Alíales del Musco de La Piala (sección antropológica), I, 180G,
página 17, plancha A, figura 27 y 27 a.
El plano mencionado, hecho según un croquis muy someramente levantado por el
ingeniero Bovio, representa las fortificaciones sobre el corro déla Pimía de Balasto,
como lo pudo comprobar con el original hallado por casualidad entre los documentos
del Museo.
— 44
está rodeada de una pirca baja, que le sirve de amplio cerco, general-
mente Inicia el este, y anchas calles corren más ó menos paralelas de
sur á norte, separando una vivienda de la otra.
Para dar una idea suficiente, ofrecemos dos planos de estas construc-
ciones características.
El croquis (fig. 38) representa una casa compuesta de una sola habita-
ejión rectangular, cuyas paredes, de unos 80 centímetros de espesor
conservan en parte casi dos metros de altura; el pasaje, que da ac-
ceso al patio, tiene 00 centímetros de luz. Á la derecha de esta pieza,
se hallan dos pircas circulares, de las cuales parece que la externa hu-
biese sido la más alta ; la otra, quizá haya servido de cocina, pues, al efec-
tuar una pequeña excavación en el centro de la misma, se descubrieron
abundantes vestigios de cenizas y fragmentos de huesos carbonizados.
Con cierto interés hemos examinado un círculo de tres metros de diá-
metro, cubierto totalmente de piedras, y queso hallaba en el interior del
1'ig. 38 bis. — Croquis parcial tic una habitación vecina
patio. Al remover las piedras, vimos dos fragmentos de lajas, provistas
de hoyos para morteros, lo que nos hizo sospechar, que se tratara tal
vez del mismo tipo de morteros, descubiertos por Ambrosetti ‘.Las cons-
trucciones mencionadas están rodeadas por un amplio cerco, tal cual lo
demuestra nuestro plano.
El segundo croquis (fig. 38 bis) corresponde á otra casa, que se en-
cuentra al este y próxima á la anterior. En el caso presente, existen tres
piezas cuadrangulares dispuestas en línea, de las cuales la del medio es
casi cuadrada, pero separada del muro exterior y de la pieza contigua
por una pared externa, algo curva. También aquí hallamos dos pircas cir-
culares bajas, de tres y cinco metros de diámetro respectivamente. El
muro general ó cerco forma un gran rectángulo, algo irregular en el
rincón ocupado por los edificios, que mide unos f>0 metros del costado
este y 33 del otro sur.
1 Vitase página 25 de este trabajo.
— 45
El resto de las construcciones del bu jo no ofrece particularidad al-
guna; las habitaciones son allí casi siempre pequeñas, aisladas, en parte
muy mal conservadas, circunstancia que nos lia impedido estudiarlas
como lo deseáramos. Entre las construcciones angulares abundan tam-
bién otras de formas circulares, separadas ó en relación con aquéllas.
Así, por ejemplo, liemos visto al noroeste de las primeras casas descrip-
tas, una quincena de pircas circulares, colocadas en dos tilas paralelas a
distancia de unos treinta metros una de otra, y en dirección de este sí-
oeste. Estas pircas, de tres sí cuatro metros de diámetro, tienen apenas
unos 50 centímetros de altura, por otro tanto de espesor; pero no presen-
tan indicio sil guno de haber tenido vano para puerta.
Otros vestigios más, dan á conocer que debe haber existido un muro
bajo, que cercaba la antigua población en sus costados sur y nor-
deste.
Ruinas en la región montañosa. — Sin duda alguna, las construcciones
que hallamos en esa parte, tenían por objeto, servir para obras de de-
fensa: con ese fin, el indio levantó una gran extensión de pircas sobre
las faldas de los cerros, para proteger con ellas las pequeñas quebradas
y caminos que conducen á los puntos más elevados del cordón principal,
cuyas cimas, aquí y allá, están ocupadas por construcciones de menor
importancia.
Las construcciones que se hallan sobre las faldas del cerro constan
en su mayor parte de simples paredones cortos y bajos, dispuestos con
irregularidad, pero siempre en forma tal que se aprovecha muy hábil-
mente cualquier peña ó lugar adecuado, sin descuidar la disposición es-
tratégica. como condición de primera importancia.
Otras veces, estas paredes son mucho más largas, constituyendo en-
tonces murallas horizontales, colocadas algunas en doble, y hasta tri-
ple filas paralelas, que rodean luego los morros en súbase para dominar
el acceso á ellos.
Todas estas obras de defensa son más abundantes en la parte norte y
este de las alturas (pie en las faldas del oeste, las cuales por lo general
son muy paradas, abruptas, y casi inaccesibles; por lo tanto ha sido in-
necesario fortificarlas.
Si liemos de atenernos al plano de Adán Quiroga, cuyos detalles y
orientación creo deben estudiarse de nuevo y con más detención, son
cinco los morros que ofrecen mayor interés; están ocupados por cons-
trucciones cercadas por una serie de murallas protectoras. Las primeras
tienen forma angular ; son de dimensiones variables, entre dos á tres
metros de ¡inclín, y de tres hasta siete de largo; en ciertas partes conser-
van aún dos metros de altura, y su espesor es el mismo que en las de-
más edificaciones ya mencionadas.
Al extremo norte de la, población antigua, cerca del camino que con-
duce á la Cibica, y sobre el mismo tilo que baja del cerro, levántanse so-
bre algunas rocas escarpadas tres hermosas torres cilindricas, construi-
das de piedra laja l.
listas torres, en la actualidad muy destruidas, se suceden elevándose
en linea recta, con metro y medio entre la primera y segunda, distante
ésta unos once metros de la tercera. Á juzgar por los muros que en partes
se lian conservado, la altura de dichas torres no excedía en mucho de 2
metros: los diámetros, medidos por Quiroga, indican 4nl10 para la prime-
ra, 2‘"S0 y 3“*20 para las otras respectivamente. Cada una de ellas lleva
su puerta de entrada, y se distinguen además en sus paredes externas
ciertas lajas salientes, horizontales y separadas, á manera de escalo-
nes.
Inoficioso nos parece hacer referencia al valor estratégico de estas
construcciones circulares, pues, es de suponer, que ellas fueran los pri-
meros reductos de las defensas, que entonces servían de avanzadas,
capaces de rechazar cualquier ataque por aquel costado.
En el curso de nuestras investigaciones hemos podido dar con algunas
de estas torres más : varias de ellas se encuentran sobre las faldas al
sudeste de la cerrillada; otras forman parte de las construcciones de un
cerro, que por lo visto, parece ser el más interesante de todos, y quizás
hayan correspondido á la principal de las fortificaciones, la que pasamos
á describir en seguida.
Construcciones sobre el cerro. — Nuestro cerro, ó mejor dicho morro
(lám. IX), está situado como á un kilómetro al sudeste del caserío gran-
de de la llanura, y al oriente del mismo cordón de la cerrillada, donde
viene á marcar un lugar más prominente entre ¡os otros comprendidos
en el radio de esta población. Su altura puede apreciarse en algo menos
de trescientos metros, sobre el nivel del río; siendo ese morro un ver-
dadero « divisadero », pues desde su cima se domina el gran valle Cal-
chaqui en toda su amplitud, alcanzando la vista hasta la misma Punta
de Quisca, por el norte, y hasta las extensas planicies que se abren al
sur del mismo valle, sin que se pierdan en nada todos los detalles tic
los lugares y puntos circunvecinos.
Por otra parte, la configuración natural de este cerro, es una eireuns-
1 Qüihooa (Fuerte Quemado, pág. 236), compara dichas torres con aquellas do
Batnngasta ; dice haber notado que las piedras lajas empleadas, han sido ligadas
con un barro gredoso, y que las torres estuvieron rebocadas por afuera. Extraño uo
recordar este detallo que, si el dato fuera exacto, no dejaría do tener importancia,
puesto (pie no vimos ejemplos parecidos entre otras construcciones indígenas do la
47
tanda en favor de que el pequeño fuerte resultara una posición tan im-
portante como inexpugnable.
Con el objeto de efectuar el relevamiento de las pircas, que coronan
su dina, realizamos el 23 de marzo de 1907 una. ascensión, acompañado
por Manuel Guerra, criollo de Fuerte
(¿neniado. Á pesar de la poca altura, del
cerro, la subida se presenta bastante difi-
cultosa; la emprendimos empero por el
costado sudeste, siguiendo por las faldas
basta, un portezuelo, y después de salvar
unas laderas muy ásperas y empinadas, to-
mamos directament e bacía, el norte, para
llegara! tilo principal (lám.lX, iig\ 1 y 2).
Por los costados este y oeste
el cerro es inaccesible, por estar
sus faldas y laderas casi á pique
y presentar puros despeñaderos :
desde luego su única parte tran-
sitable es el estrecho filo, que for-
ma un plano irregular, angosto y
ligeramente inclinado
con rumbo de noroeste-
sudeste, y sobre el
"""msi
Fig. 30. — Plano do las construcciones principales
sobre el filo del cerro
cual encontramos interesantes fortifica-
ciones.
Casi todas estas construcciones se ba-
ilan boy día muy mal conservadas, y
para nuestro relevamiento tuvimos que guiarnos las más de las voces
por los cimientos que lian quedado de lo edificado.
Ambos lados do todo el plano superior del cerro están cercados por una
pirca que en alguna parte llega á medir basta «los metros de altura, por
fuera, sobre todo donde hubo necesidad de levantar el piso para nive-
larlo. Dentro de este pircado queda el recinto habitable, bastante estre-
— 48
dio ]>or cierto, con solo cinco ¡í siete metros (le ancho, el cual está ocupa-
do por las cinco construcciones, exactamente, como ellas figuran en
nuestro plano (fig. 31)).
De la primeva A, sólo quedan cuatro pilares ó macizos ya derrumba-
dos, «pie dispuestos en rectángulo están separados entre sí por un espa-
cio de un metro; y cada macizo mide un metro de ancho por dos de
largo.
Á los doce metros nornoroeste de esta original construcción, hallamos
una torre circular B, que descansa como el edificio (J que la sigue, sobre
grandes peñascos. Esta torre tiene 4 metros de diámetro, su pared, del
lado de adentro, 1"M0 de alto, y hacia el sur se abre una estrecha salida
de apenas 40 centímetros de luz.
La construcción C, corresponde á un recinto rectangular, perfecta-
mente orientado de sur á norte. Es la mayor de todas, con 8 metros de
largo y 5 de ancho, ocupa el lugar más elevado de la misma cumbre del
tilo. La pirca tiene unos 40 centímetros de espesor y en aquella que hace
la pared del lado oeste, la única que está aún en pie y visible desde abajo
del cerro, se halla además una puerta de 55 centímetros de abertura.
De las otras dos piezas, D y E, rectangulares también, sólo quedan
marcadas sus bases. Ellas están situadas al lado opuesto de las mencio-
nadas más atras : son pequeñas de 2 por 8 y 8 por 5 metros de ancho y
largo respectivamente y tienen también sus vanos de salida en los si-
tios donde lo indica el dibujo.
Desde la última pirca E, el angosto filo del morro baja rápidamente
unos 150 pasos derecho al norte; luego con mayor pendiente aun, dobla
hacia el este, y unos 50 pasos más adelante llega á una pequeña plata-
forma que se confunde con las sinuosidades de las mismas faldas; éstas
se hallan cortadas á la vez por profundas gargantas.
Aprovecharon este descolgadero los antiguos, para transformarlo en
un camino, por donde tenían una subida relativamente cómoda hasta la
cumbre del cerro. Con tal fin, gran parte de este filo ha sido pircado, y
de trecho en trecho se encuentran lajas escalonadas, sobre todo en los
sitios donde el terreno tiene más declive; y esta escalinata llega hasta la
construcción mayor (C) de la cima, donde aun está muy visible.
Por otro lado, la subida estaba perfectamente defendida, como consta
por restos de las pircas, y torre circular «pie aun existe al pie de la pri-
mera bajada. La plataforma á la terminación del filo está cercada por un
muro cuadrilátero bajo, de unos 85 metros por 20, con otro formando un
martillo cuadrado al nordeste; este último es bastante alto, de unos
cuatro metros por costado, y viene á dar sobre el mismo borde de la
plataforma.
De allí parece que el camino continuó bajando hacia el nordeste al
abrigo de las defensas, que están distribuidas sobre las ásperas huleras
— 49 —
y en las mismas quebradas ó gargantas del cerro, de manera que habría
■sido casi imposible cualquier tentativa de asalto por esta parte.
La breve relación que antecede, basta para darse uno cuenta de la
importancia de esta posición é inteligencia de sus moradores, una y
•otra cosa puestas ya de relieve en la amena descripción de Quiroga. El
mismo autor menciona el descubrimiento de cuatro grandes menhires 1 ha-
llados sobre uno de los morros al nordeste del Fuerte, de los cuales no
hemos hallarlo rastro, ya porque hayan sido destruidos, ya porque no
pudimos dar con su ubicación.
§ III
CEMENTERIOS Y SEPULCROS
En las siguientes líneas, á grandes rasgos, daremos algunos detalles
sobre el tipo de sepulturas halladas en nuestra rápida exploración y men-
cionaremos también los dos enterratorios de donde procede la mayor par-
te del material arqueológico adquirido durante la breve permanencia en
esa localidad. Es de sentir que los que realizaron las excavaciones para
•obtener estos objetos, no hayan observado todas las precauciones in-
dispensables en tales casos. Afortunadamente, conocemos la proceden-
cia cierta de los halla, zgos, dato que nos permitirá aventurar opinión al
respecto.
Para que un estudio de los enterratorios y de las excavaciones sea,
prolijo, sistemático y escrupulosamente llevado, debe de estar siempre
correlacionado con el examen de las viviendas del pueblo á que per-
fceneciran. Lástima grande es que, por lo general, entre nosotros han
sido descuidados estos detalles desde un principio; y, es tanto más sen-
sible en este caso, por tratarse de una localidad de la cual se han sacado
materiales tan numerosos como interesantes, que se hallan actualmente
diseminados en las grandes colecciones del país y del extranjero.
Sorprende el número de cementerios y la enorme cantidad de ob-
jetos arqueológicos extraídos de Fuerte Quemado, al parecer fuera de
toda relación con la importancia de esta población. Es de suponerse,
pues, que se trata de un centro muy antiguo y habitado durante largas
•épocas, por varias generaciones, acaso de origen étnico muy distinto,
como podría deducirse de las construcciones y objetos que ellas nos han
dejado.
1 A estos nos liemos referido en la nota 1, página 13.
KEV. MUSEO LA PLATA. — T. XIX
4
— 50
Los enterratorios, lioy casi todos profanados, son muchos y constan
generalmente de buen número de sepulcros agrupados, y excavados en
los derrumbes que se hallan en la base de algún cerro, siendo más fre-
cuentes en el lado nordeste del cordón principal (lám. X). He encuentran
también, aunque más aislados, al pie de algunas lomas al extremo nor-
te de la población, y al oeste de la misma cerril lada.
Nada hace sospechar en la actualidad la presencia de sepulturas,
puesto que se hallan totalmente cubiertas por el material suelto que se
ha desmoronado délas alturas, posiblemente durante largos siglos. Esta
circunstancia nos permite suponer que, en un principio, todas estas
construcciones funerarias hayan estado perfectamente visibles sobre el
nivel del suelo, como sucede en los casos en que no han intervenido di-
chos derrumbes.
Examinando más tarde los escombros de las sepulturas ya excavadas,
por otros, que se hallan al pie de los cerros, pudimos observar que
todas ellas son más ó menos de una misma construcción, por consiguiente
podríamos considerarlas como típicas de la localidad '. Todos los sepul-
cros son más bien pequeños, de forma más ó menos circular ú ovalada,,
á veces rectangular, con sus ángulos mal definidos, y cuyo interior casi
nunca excede de lm50 á 2 metros de diámetro y un metro de altura,,
mejor dicho de profundidad. Sobre el propio piso del sepulcro descan-
san los restos fúnebres y se alzan las paredes formadas por lajas muy
delgadas y largas, de un solo tamaño, y colocadas como duelas de ba-
rril; á menudo estas paredes son inclinadas de tal modo que el diáme-
tro déla parte de arriba supera al de abajo, diferencia que les ha valido
el nombre local de «hornos».
En ciertas ocasiones hemos observado, que por la falta de lajas late-
rales bastante largas, y para aumentar la altura, se solmepone á éstas
una pirca de piedras colocadas horizontalmente ; en este caso el diá-
metro máximo está en la parte donde descansa la pirca sobre las lajas;
sólo en raras ocasiones, tal vez por la carencia de lajas de conveniente
tamaño, hemos hallado sepulcros más ó menos cuadriláteros, pero pirca-
dos con piedras pequeñas desde su propia base.
Por lo que se ve, y sin excepción alguna, todas estas construcciones
se lian tapado con piedras muy grandes y chatas, que estarían ó no á la
vista; pero que hoy por hoy se hallan cubiertas por una capa de ripio y
pedregullo de medio metro y más de espesor.
Desgraciadamente, ningún dato preciso se ha podido obtener sobre la
disposición de los sepulcros entre sí, ni de los hallazgos en el interior
1 Mo refiero aquí Bolamente á las excavaeionos recientes, y lugares de deudo pro-
ceden nuestros objetos. De las excavaciones anteriores, pocos vestigios quedan aún,,
pero según mi acompañante las sepulturas aquéllas pertenecían al mismo tipo.
51
de los mismos. Parece que éstos se distribuían sin orden alguno, ya
muy arrimados unos á los otros, ya separados. En cuanto á su conte-
nido, se nos lia asegurado (pie en todos los casos la osamenta era poca,
pero la alfarería mucha; y (pie del panteón (pie representa nuestra vista
lámina X, los hermanos Guerra descubrieron como 200 objetos, en una
extensión de unos 800 metros cuadrados, sin contar las piezas desper-
diciadas que se hallan aun desparramadas por el suelo.
El otro cementerio del cual procede la colección rotulada Molino cid
Puesto, merece una descripción especial, por la factura tan inferior de
los objetos, como luego veremos. Este cementerio descubierto y (excava-
do por el vecino José Méndez, pocas semanas antes de nuestra llegada,
Fig. 40. — Aspecto actual del cementerio próximo •'1 Molino del Tuesto
se halla como á tres kilómetros al sudeste del anterior, en la misma lla-
nura del valle, distando de Molino del Puesto, propiedad de Manuel Gó-
mez, apenas un kilómetro, rumbo al este.
En esta parte del valle el terreno se presenta bastante desigual y
ondulado, entrecortado á veces por los torrentes que bajan del alto, los
que lian acumulado en algunos lugares pequeños montículos de ripio y
otros depósitos lluviales. Precisamente una de estas elevaciones fué la
que ha servido en el presente caso, para convertirlo en el panteón de
donde proceden muchos de los objetos comprados á Méndez.
Ya dijimos que por la factura tosca, estos objetos se diferencian com-
pletamente de aquéllos sacados de los enterratorios arriba mencionados,
y no cabe duda que ellos pertenecen á un Kulturlager muy distinto;
observaciones ulteriores resolverán, si es anterior ó posterior al de la al-
52
farería tipo Santa María. Según noticias proporcionadas por Méndez, pa-
rece que muy poco cuidado se lia tenido para construir los sepulcros que
pertenecen á este panteón : á menudo, una simple pirca de forma más ó
menos rectangular ú ovalada, pero de gran extensión, debe haber for-
mado un grupo de sepulturas, las que se hallaban separadas entre sí por
una que otra hilera de piedras.
§ IV
MATERIAL ARQUEOLÓGICO
Los objetos que nos proponemos describir en este párrafo, no pro-
ceden, como sería de desear, de excavaciones sistemáticas; pues fal-
tan los antecedentes y detalles sobre los hallazgos, que deberían acom-
pañarlos siempre; sin embargo, no por ello desmerece su interés, tanto
más cuanto que por lo menos podemos tener confianza de que su origen
es fidedigno. La colección adquirida de José Méndez, la había formado
él personalmente, y poco antes de nuestro paso por aquella villa, ha-
bía hecho las excavaciones en el enterratorio próximo á Molino del
Puesto, lo que pudo comprobarse in situ. La colección comprada á José
Martínez, comerciante de Fuerte Quemado, la obtuvo él á su vez de los
hermanos Guerra, convecinos y hábiles buscadores de antigüedades, quie
nes nos acompañaron hasta los sitios donde hicieron las excavaciones de
que hablamos ya en otro lugar. Por último, las grandes urnas que nos ven-
dió Inocencio González, las obtuvo de los mismos Guerra, por una pe-
queña deuda que ambos resolvieron cancelar mediante esta venta.
Sin otros detalles precisos sobre los hallazgos, y por tratarse de un
material en parte completamente homogéneo en cnanto á su decoración,
haremos la enumeración en conjunto, señalando como de Molino del
Puesto ó sólo con la letra M, todos aquellos objetos que Méndez nos dijo
haber extraído del panteón próximo á la propiedad de Manuel Gómez.
Escudillas ó «pucos »
Pucos negros. — De todos los objetos obtenidos de esos lugares y en
las condiciones arriba expresadas, los más son las escudillas, llamadas
pucos L Comenzaremos su descripción con los de una clase bien cono-
1 Conservaremos el nombro local puco (véase nota 2 déla página 16), para toda la
serie de escudillas ó tazas, si bien do formas bastante heterogéneas, tanto más cuan-
to que aun no so han establecido términos especiales para los distintos tipos do estos
vasos.
53 —
a Fuerte Quemado. N° 212, Col. 31. I,. p.
b) Fuerte Quemado. No 208, Col. M, I,, p.
c) Fuerte Quemado. No 203, Col. 31. L. P.
d) Molino del Puesto. No 207, Col. 31. h. P
Fig. 4!. - Ejemplos do ornamentación grabada sobre diversos pucos
OOP
54
cida: los de alfarería negra ; de éstos tenemos unos catorce ejemplares,
seis de ellos completamente lisos, sin adorno alguno; los otros, provistos
de una. guarda ó faja grabada en el margen exterior.
Salvo diferencias insigniflcant.es, estos pucos corresponden morfoló-
gicamente á un solo tipo: deforma subliemisférica, altura reducida,
con base circular y cóncava; la pared superior proyectada ligeramente
hacia el interior del recipiente, que siempre está desprovisto de asas.
El modelado está bien hecho, de pasta uniforme, arcillosa; la superfi-
cie perfectamente alisada y, ya por fuera, ya por dentro, ó también en
ambos lados, negra, muy bien pulida.
En cuanto á. las dimensiones, el ejemplar más pequeño de la serie sin
guarda (n° 213) tiene 45 milímetros de alto y 00 de diámetro; el más
grande mide 80 y 180 milímetros respectivamente.
El puco número 21 1 es, por excepción, de forma más alta, sus paredes
son rectas, se ensanchan gradualmente hasta el
mismo borde y ambas superficies están bien puli-
mentadas.
Los pucos grabados son de igual forma que los
lisos. El ejemplar número 214, procedente de Mo-
lino, es pequeño (0m04 x 0n,07), y su guarda idén-
tica á la del puco número 212, que representamos
en la figura 41 a.
Para simplificar nuestra descripción hemos re-
producido los esquemas de las diferentes guardas
en la figura 41 a-f. Como se ve, se componen en su
Fig. 42. — Pequeno vaso (le
t r¡i»ie cintura. x° si, Coi. mayor parte de figuras geométricas, formadas de
m. l. r. ( 1 / s <ici nnt.) líneas rectas y curvas, combinadas alguna vez con
pequeños círculos ó con grecas y meandros.
Solamente en los pucos número 201 y 200, la. guarda está formada
por la representación de la serpiente, figurada como faja quebrada con
pequeños círculos estampados : en uno de estos vasos, el ofidio está repro-
ducido con más naturalidad; y en éste mismo, la superficie externa es
de color gris, pero negra por dentro.
Sea dicho de paso, todos los dibujos lian sido grabados con bastante
profundidad y antes de la cocción, estando aún blanda la pasta.
Pequeño raso de triple cintura. — Citaremos por separado un pequeño
vaso, que si bien es de forma distinta á la de los otros recién descriptos,
pertenece también á. la alfarería grabada.
Como se ve por la fotografía figura 42, se compone de tres partes su-
perpuestas, de manera que dan lugar á una triple cintura, terminando
la superior en un labio, inclinado hacia afuera. Las tres partes que com-
ponen este vaso están adornadas por fajas de dos líneas paralelas, sepa -
55
radas por series de pequeños círculos estampados, visibles perfecta-
mente en nuestra reproducción, como también el lugar donde estaba
colocada el asa que falta.
Pucos rojos sin decoración. — Los pucos sin decoración, represen-
tan los ejemplos más simples de la alfarería colorada, pero no por esto
son más abundantes ; por el contrario, casi todos los ejemplares de nues-
tra colección están artísticamente decorados.
Desprovistos de toda ornamentación tenemos tres pucos sacados
del cementerio de Molino, que merecen ser mencionados por su forma
perfectamente hemisférica, sin base ó con ésta apenas manifiesta. Sobre
todo uno de estos pucos (n° 191), ha sido modelado con especial cuidado;
las paredes son siempre gruesas, perfectamente lisas en ambos lados, pero
el material empleado para la fabricación contiene mucha mica; en cuanto
á sus medidas, alcanzan á unos 10 centímetros de alto y poco menos
de 20 de diámetro.
Algunos otros pucos de la misma factura se distinguen por su forma
menos convexa y la parte inferior más bien cónica, que termina en una
base acentuada poruña pequeña depresión circular. Dos ejemplares bas-
tante grandes de este tipo, proceden también del cementerio del Molino.
De otros dos pucos de Fuerte Quemado, uno, el número 149, es muy
pequeño (0m03 X 0m07 do alto y diámetro respectivamente), muy bien
alisado y pintado de rojo; el otro, de doble dimensiones, muéstrala par-
te de arriba visiblemente inclinada hacia el interior.
Pucos decorados. — Las escudillas ó [jucos de que vamos á tratar
en este párrafo, son del tipo común, de forma subhemisférica, más bien
subcónica, si bien con diferencias en el tamaño : ellos carecen de asas
y son siempre de color rojizo con dibujos negros.
Esta decoración se compone de líneas rectas y también curvas, dis-
puestas siempre en guarda ó faja más ó menos ancha, que ocupa toda
la circunferencia en la parte labial del recipiente.
El adorno más sencillo consta, en uno délos ejemplares, dedos líneas
paralelas ; se repiten en otro, pero aquí más distanciadas, y el espacio
entre ellas está ocupado por puntos algo gruesos.
De Molino tenemos un puco (n° 173) que lleva una especio de faja
formada solamente por triángulos negros, con los vértices dirigidos
hacia abajo; un esquema parecido se nos presenta en el ejemplar núme-
ro 102, de Fuerte Quemado; las fajas en éste son dos y dentadas en
forma de serrucho, una debajo del borde, la otra en el medio del puco,
con los picos en sentido opuesto á los de arriba.
En la guarda, figura 43 a, tenemos una decoración rectilínea, común
á varias tazas, que se repite con algunas variantes en otros ejemplares.
56 —
Fig. 43. — Ejemplos de guardas pintadas sobre pucos rojos
57 —
Mencionaremos en este lugar el pequeño puco número 147, de factu-
ra tosca, con base y un asa pequeña, antropomorfa, en la orilla. La
guard.a es sencilla, formada también por rombos entre dos líneas hori-
zontales, con puntos negros en su centro y en los triángulos de arriba.
Otro puco de forma excepcional, bajo y de paredes como de cono
truncado, con dos pequeñas asas simétricas, colocadas sobre el mismo bor-
de, conserva aún vestigios de una guarda parecida á la anterior, pero
combinada con varios círculos.
El ejemplar número 186 M de la colección, tiene las líneas dispuestas
en tal forma, que los rombos son más alargados en sentido hori-
zontal, con otros incluidos dentro de los mismos y todo ello con bastante
simetría; el espacio entre uno y otro rombo lleva los puntos negros tan
conocidos.
Otra variante se consiguió (n° 105) con las mismas dos líneas, que
encierran rombos libres con otros manchones de la misma forma en el
medio, todo más órnenos asimétrico ; los rombos principales en los pun-
tos de contacto tienen sus ángulos pintados, para formar unos triángulos
negros. En la parte inferior de la guarda, los espacios triangulares que
resultan, llevan también unos piquillos negros que más ó menos condicen
con las líneas que los limitan. En la figura 43 b, la faja usual es comple-
tamente asimétrica y caprichosa, pero se ve que resulta de líneas y
triángulos con apéndices contrapuestos.
El puco número 170, figura 43 c, es muy curioso, porque las líneas en
zigzag de la ornamentación usual imitan la forma de serpiente aunque
muy estilizada, como resulta de los círculos en que terminan las quebra-
das, base del dibujo; los puntos que llenan el campo del esquema repre-
sentan las manchas del ofidio y dos de los vacíos triangulares superiores
llevan su triángulo invertido.
En la figura e, se representa en parte el esquema de otra taza, que se
explica por sí solo : es una combinación de líneas y espirales que nacen
de triángulos.
La figura 43 g representa también parte de la guarda de otro
puco, aun más caprichosa que las anteriores, pero que ocupa el mismo
lugar y se ciñe á las mismas limitaciones : un espacio cuadrilongo
con puntos, dos series de piquillos (2 y 2), otra de triángulos que aca-
ban en espirales y otra de unas S, muy conocido tema de aquellos
artífices.
La figura 43 / corresponde á un puco de pequeño tamaño, del cual se
ha conservado solamente el adorno que representa nuestro esquema.
Algunos vasos con guarda marginal que tenemos aún que mencionar
se diferencian de los citados, por tener también en la parte interior
dibujos que parecen indicar algo como fajas.
En los pucos número 143 y 144 (fig. 43 d) y al exterior de la línea negra
marginal, se desprenden ganchos que encierran otros contrapuestos que
suben del espacio inferior. En el interior van pintados unos ángulos
formados por dos líneas paralelas, y cuyos espacios están colmados por
gruesos puntos.
Se puede hacer referencia á una escudilla que por fuera tiene
unos triángulos groseramente cua-
driculados, como guarda, y en el
interior una faja mediana con espira-
les.
También se incluirá aquí otro ejem-
plar, cuya ornamentación exterior se
reproduce en la figura h. El inte-
Fig. 44. — Decoración del puco 11o 150 M
coi. m. l. r. (>/„ dei uat.) rior lleva esas espirales dobles en
forma de S opuestas una á otra, sím-
bolo que reaparece en el número 178 de la colección.
Por último, el puco número 189 es de una factura y ornamentación
muy superior, como se verá por el esquema que representa en su integri-
dad la guarda exterior (fig. i), muy complicada y poco común. La exacti-
tud del calco hace innecesaria toda otra descripción. Los ejemplares de
este tipo son dos, casi iguales en forma, tamaño y ornamentación.
El pequeño puco figura 44, número 150 M, se adorna con líneas on-
duladas y circuidlos en los vacíos de arriba.
La diversidad en los caracteres morfológicos de nuestros pucos se
manifiesta también en su ornamentación,
pues, no siempre hallamos concordancia
entre las formas y su decoración. Tal vez
sería posible agrupar todas estas piezas
de mejor manera; pero seguro es que ha-
brá siempre alguna contradicción, debido
á que el material es demasiado heterogé-
neo. Dado el carácter de simple enume-
ración á que nos sometemos, no sería
extraño que alguna vez lleguemos á citar
tal ó cual ejemplar que estarían mejor
colocados en división aparte ; verdad es
«pie hemos tratado de reunir ciertas piezas especiales, considerando
los detalles de su decoración exterior como razón de origen para esta
agrupación. Después de estas explicaciones, pasemos á examinar los ob-
jetos. 1
De las dos tazas números 155 y 157 de la colección, una de ellas es-
tá representada en la figura 45. Como se ve, tiene forma casi perfecta-
mente hemisférica, sin aplanamiento alguno en la base; estando provis-
Fig. 45. — Taza hemisférica. N° 155
Col. M. L. P.
59 -
tas de una pequeña asa vertical al borde, y del lado opuesto, con el dedo,
se lia producido una depresión hacia adentro. Del lado de afuera se ven
triángulos negros, dispuestos en dos lilas, limitada la inferior por una
línea circular mal trazada, que falta en el segundo ejemplar; allí los
triángulos inferiores resultan más bien manchones subovalados é irre-
gulares. En el interior de las dos tazas se advierten líneas y otros dibu-
jos bastante borrados.
Otro ejemplar (n° 1 5 4 M), en color y tamaño, se parece á los anteriores,
pero su forma es más cónica con base bien pronunciada. Dos protube-
rancias ó pegotes, como á la mitad del vaso, hacen las veces de asas, y
cuatro pequeños pegotes más, dispuestos en cruz y con algunas incisio-
nes, sirven de adorno al borde.
Toda la decoración ha sido muy groseramente ejecutada; en la parte
exterior hay líneas muy irregula-
res, verticales, con algunas obli-
cuas que determinan cuatro án-
gulos ó cheurrones desiguales,
con sus vórtices hacia abajo, sobre
una línea circular en la base. En
el interior, el vaso está cubierto
con líneas muy onduladas, entre-
veradas con rectas de trecho en
trecho y pequeños redondeles en
algún espacio.
Intercalamos también aquí tres
pucos, dos de ellos, altos, grandes. Fi=- 46‘ ~ Tazn con «ecoracifa exterior rectilínea
' en su interior las salpicaduras típicas. X" 150, Col.
de tipo muy general, pero distin- m. l. f. <>/4 dei nat.)
tos de los anteriores, por su orna-
mentación exterior, que consta de series de cheurrones, incluidos unos
dentro de otros, formados de rectas paralelas sembrados de puntos
negros.
De estos recipientes el número 15G es algo más tosco y su interior
sólo lleva unas salpicaduras que hacen las veces de dibujo, lo que es bas-
tante común en la alfarería de aquellos lugares. El color del fondo es
más bien bayo que rojizo. Es de notar que las series de estos cheurrones
alternan los vértices, unas veces para arriba, otras para abajo. Algunos
de los vacíos se completan con triángulos negros, y de la región de las
asas laterales, se desprenden dos de ellos que se extienden del borde
hasta el asiento. Las asas faltan, pero han sido del tipo usual en los
pucos, á saber un reborde semicircular abierto hacia abajo.
El otro ejemplar que merece ser deseripto, es un puco grande, de
15 centímetros de alto por 29 de diámetro, de forma sub hemisférica,
base pequeña, ligeramente cóncava y pronunciada en el interior, donde
— 60 —
aparece convexa; ¡as paredes son perfectamente lisas. Su color es rojo
obscuro, por dentro más pardusco. Del lado exterior la decoración es
semejante á la del ejemplar precedente, pues consiste de cuatro series,
parecidas á las anteriores, de clieurrones invertidos que bajan hacia la
base, sembrados éstos do puntos negros, algo alargados y con triángulos
negros en los vacíos superiores.
Estas cuatro series están separadas una vez por dos fajas verticales,
groseramente reti culadas, y por otras dos, inferiormente onduladas, que
bajan en la parte de las asas en forma de doble línea, adorno muy tí-
pico en esas localidades.
La decoración del interior (fig. 47) se compone de dos fajas angostas
y cuadriculadas, que hacen cruz con otras dos muy anchas, ajustadas
las cuatro ála superficie por cubrir-
se. Las dos más anchas constan
de dos bandas laterales, onduladas
como en las dichas del exterior,
y en el espacio entre ellas están dos
figuras zoo morías, que representan
batracios.
rucos con decoración serpentifor-
me. — En este párrafo vamos á tomar
en consideración un buen número
de escudillas bastante parecidas,
no sólo en cuanto á sus formas sino
también por el hecho de que su de-
coración del lado exterior presenta
siempre un dibujo serpentiforme.
Como excepciones, empero, y como
introducción á esta serie de vasos, empezaremos en este lugar con
cuatro ejemplares, números 10G, 124, 1GG y 187 de la colección, que
ofrecen una ornamentación distinta : en dos de ellos, la serpiente está
substituida por cuatro espirales, que se inician junto al mismo borde;
mientras que en los otros, las espirales son simples, libres ó unidas en
forma de una S volcada, y representan un dibujo serpentiforme muy sim-
plificado, completado en un vaso con triángulos negros, en los vacíos que
ocupan el sitio de las asas; éstas faltan en los cuatro ejemplares. Se
previene aquí, que los números 106 M y 124 tienen ornamentación
interior que será representada más adelante en el esquema figura 50.
En su mayor parte, éstos pucos tienen forma subhemisférica, á veces
más ó menos modificada en la porción que viene á formar la base; están
casi siempre provistos de asas, marcadas simplemente por un reborde
postizo, semicircular ó en forma de herradura, siempre boca abajo.
I°ig. -17. — Ornamentación interior del puco con
fajas en cruz. N° 111, Col. M. L. P. (‘/6 del
nut.).
61
Pertenecen todos á la alfarería rojiza; muchos pintados de un hermoso
color lacre ó de un rojo sangre subido, y parecen tener una pátina pro-
tectora ó especie de barniz, que ha contribuido notablemente á la con-
servación de las pinturas.
El dibujo de las serpientes se repite en las dos mitades del vaso,
asas por medio, ó separado alguna vez por unas líneas en ángulos. La
serpiente es un símbolo muy usa-
do en toda la alfarería de aquellas
regiones ; ella se representa por
dos líneas paralelas que se des-
arrollan usualmente en forma de S
volcada, con el interior del cuerpo
llenado con líneas transversales :
en otros casos, está dividido por
secciones, en las cuales se pinta-
ron alternadamente estas líneas
transversales y otras en sentido Fig. 48. — Decoración serpentiforme típica
longitudinal. Las dos figuras 48
y 49 representan una de estas serpientes típicas y la modificada.
Si examinamos ahora estos pucos por su decoración interior, en-
contraremos, al contrario de la exterior, una ornamentación lo más va-
riada posible. Querer describirlos detalladamente Tino por uno, sería
tarea larga y fastidiosa, hasta cierto punto imposible, y no resultaría tan
provechosa como la representación de dibujos esquemáticos, lo que hare-
mos de las piezas más inte-
resantes de esta colección.
Ante todo empezaremos
por distribuir los pucos de
este tipo en dos grandes
divisiones : una que lleva
ornamentación serpentifor-
me, simple ó combinada con
dibujos geométricos: la otra
que se limita á dibujos sólo
de este último tipo.
Primera división : de los siete pucos que corresponden á ésta, uno de
ellos lleva cuatro figuras de serpientes, más bien vermiformes, que se
extienden sobre toda la superficie interior, menos el fondo. Se caracteri-
zan por el cuerpo anterior recto, que arrancando de dos lóbulos negros,
en forma de cabeza convencional, se enrosca luego en espiral, .adelga-
zándose hacia el ápice.
El cuerpo en tres de los casos lleva su cuadriculado, adorno que se
Fig. 40. — Decoración serpentiforme modificada del puco
N° 103. Col. M. L. I’.
62
trueca en puntos negros, en la cuarta figura. En sn colocación, estas ser-
pientes se alternan, las unas con la cabeza para arriba, las otras con la
misma Inicia el fondo, y una de ellas lleva una cruz pintada en el vacío
que forma la parte posterior enroscada.
Los detalles de las diferentes formas de serpientes y de su ornamen-
tación complementaria, so dejan ver tan claros en nuestros dibujos,
que nos evitan largas descripciones : es una ornamentación simétrica, en
la que el olidio se repite igualmente en la otra mitad del vaso.
En algunos ejemplares, la serpiente se ha dibujado con dos cabezas,
una en cada extremidad (íig. 50) ; en otros, va ella figurada con cabeza y
cola (íig. 51), ó más simplificada, en forma de cinta que termina en dos
colas, y éstas enroscadas (fig. 52). En conjunto, algunas de estas repre-
sentaciones son artísticas, y de aspecto agradable, y pueden consi-
derarse como figuras típicas, aplicadas á muchísimos objetos de toda
la alfarería regional. Á los detalles del adorno del cuerpo de estos
ofidios, que figuran en nuestras esquemas, pueden agregarse los del puco
número 100, en el cual aun se distinguen (casi borradas) serpientes con
cabezas en sus dos extremidades, pero de formas idénticas á las del puco
figura 52; el cuerpo lo constituye una guarda de grecas con triángulos
negros, escalonados, decoración muy usual que reaparece en muchos ob-
jetos de nuestra colección.
Excepción hecha de los primeros dos pucos mencionados en esta
serie, las figuras serpentiformes van siempre separadas entre sí : en dos
de los casos, por simples fajas reticuladas, ó como en el ejemplar figura
52. por dos triángulos contrapuestos ; otras veces, por guardas más com-
plicadas, como lo demuestra el puco figura 53, donde vemos los mismos
dibujos geométricos que se notan en ejemplares de la segunda serie.
Antes de pasar á la clase de pucos con adornos puramente geométri-
cos, vamos á describir el curioso ejemplar figura 54. En éste se representa
al ofidio en una forma algo más que convencional, hasta fragmentaria, á
juzgar por el dibujo que se ve en la parte anterior izquierda del esquema
y por los cheurrones con pintas negras ; también la disposición de las
guardas atravesadas constituye en este caso un ejemplo poco común y
caprichoso. En este ejemplar, las asas forman dos protuberancias conti-
guas y arrimadas al borde.
Segunda división : Corresponden á esta categoría diecinueve pucos,
cuya decoración interior está formada por figuras geométricas, y la exte-
rior por dibujos serpentiformes, llespecto áeste último detalle, conviene
hacer constar que en cinco ejemplares agregados sin embargo á dicha
serie, la decoración ha sido modificada en el sentido, que las serpientes
ocupan aquí solamente la parte infero- exterior del recipiente, mientras
que la parte superior lleva una guarda marginal, compuesta de triángulos
ó escalones y con grecas contrapuestas del tipo usual ; á los costados,
Fig. 50. — Fuerte Quemado. N°99, Col. M. L. P.
Fig. 51. — Molino del Puesto. N» 101, Col. M. L. P.
Fig. 52. — Molino del Puesto. N° 103, Col. M. L. P.
Fig. 53. — Fuerte Quemado. N° 93, Col. 51. L. P.
Fig. 54. — Fuorto Quemado. N° 110, Col. M. L. 1’.
Fig. 55. — Molino del Puesto. N° 115, Col. M. L. P-
(I)iversas decoraciones asimétricas, serpentiformes y geométricas en el interior do pucos rojos)
— 64
esta ornamentación se halla limitada á veces por líneas ó fajas vertica-
les, en la región de las asas.
Todos estos vasos son más ó menos snbliemisféricos, del tipo co-
mún; la mayor parte miden unos 2 centímetros de alto y 20 á 25 de
diámetro: el ejemplar más grande, 15 y 30 centímetros respectivamente.
Las asas faltan en algunos ejemplares, casi siempre son semicirculares
ó en forma de herradura, y en otros pocos, las substituyen dos pares de
protuberancias más ó menos contiguas.
Sucede con la mayor parte de nuestros pucos, como con muchísimos
otros que se conocen de aquellos lugares, que la ornamentación trazada
en el interior del recipiente, se proyecta en ocho secciones, fracciona-
das en cuatro principales; éstas, dispuestas en forma de cruz de Malta,
presentan dibujos simétricos, en sus dos lados opuestos, cuando no se
repiten siempre los mismos en las cuatro divisiones. Esta ornamenta-
ción está compuesta de líneas rectas, quebradas ú onduladas, de trián-
gulos simples ó escalonados, combinados con grecas ó elementos espi-
ralados, que en ocasiones vienen á formar un conjunto curioso, pero
complicado, y tan general que llega á ser típico.
Los cuatro vacíos ó espacios entre la ornamentación principal, están
ocupados por dibujos de valor secundario, donde predominan triángulos
negros y alargados. Por último, el centro del vaso está limitado por una
línea circular, ó por otras que vienen á cerrar las cuatro fajas en esta
parte.
Antes de enumerar los ejemplos que corresponden á este tipo, tenemos
que mencionar algunos dibujos que se apartan algo de lo común. Prin-
cipiaremos por el puco número 120 de Molino del Puesto. De un círculo
central se dirigen líneas rectas ó radios hacia la periferia, sobre las
cuales descansan, siempre de un solo lado, dos grandes triángulos negros
con sus hipotenusas escalonadas y vértices truncados. Esta ornamenta-
ción algo irregular y asimétrica está dividida en dos mitades por trián-
gulos angostos y muy alargados.
Nuestra figura 55, reproduce fielmente la ornamentación de otro
puco de la misma procedencia que el anterior; por la claridad de aquélla
no entraremos en explicaciones, y sólo haremos constar que la ser-
piente del lado exterior es algo distinta del tipo común.
La figura 50 representa un ejemplo de la decoración caracterís-
tica que se repite con ciertas variantes, en siete pucos, sacados de las
sepulturas de Fuerte Quemado. En ciertas ocasiones, la ornamentación
de las guardas principales no lleva sino una sola greca combinada con
las líneas diagonales y onduladas, y los vacíos entre dichas fajas llevan
líneas en cheurrones, que en otros casos son paralelas onduladas,
completadas con tal ó cual dibujo, en vez de los triángulos negros
usuales.
G5
Naturalmente, la proyección que ostenta el puco figura 57, es otra
variante de la misma decoración; y en el pequeño vaso número 105,
también de Molino, los adornos de las cuatro fajas se componen de dos
motivos distintos el uno, del tipo usual con grecas, el otro, compuesto
de triángulos negros alternados, con una línea mediana en zigzag,
pintada en los vacíos ; en este puco, como en el anterior, sólo liay trián-
gulos negros en dos de los espacios ; los otros dos están vacíos.
Á mero título de información, daremos á conocer algunos pucos más,
haciendo abstracción de otros de menor interés ó en parte mal conser-
vados.
El ejemplar número 113 M es curioso por tener una mitad de su
superficie exterior pintada de rojo, y la otra de amarillento pálido.
Fig. 56. — Fuerte Quemado. K° 122
Col. M. L. P.
Fig. 57. — Moliuo del Puesto. 117
Col. M. L. P.
Decoraciones simétricas formadas por dibujos geométricos usuales
La decoración consta de guarda en la parte superior y de serpiente
■en la inferior. En el interior se repiten los dibujos que acabamos de ver
en los pucos anteriores : esta vez las fajas son anchas, en dos de ellas
hay triángulos con grecas, y en las otras dos, figuras romboidales,
de líneas diagonales, rectas y onduladas, que llevan también alguna
greca en el interior, resultando el conjunto un adorno típico.
Una decoración bastante sencilla vemos en el pequeño puco número
107, cuya ornamentación principal se compone de dos guardas cuadricu-
ladas, y de otras dos con ángulos ó cheurrones dobles, interlineados; en
el centro de este puco se ha pintado una especie de asterisco.
Otra escudilla (n° 125), tiene la decoración muy apretada, formada
de cuatro anchas bandas en cruz, dos de ellas jaqueladas, y otras dos
con triángulos alternados, combinados con líneas rectas y onduladas
-(pie las separan. Los cuatro espacios están ocupados por líneas ondula-
das y paralelas, y todo ello forma una composición bastante compleja.
REV. MUSEO LA PLATA. — T. XIX 5
— 66
En el esquema del puco número 118, se repiten los mismos motivos
en las cuatro secciones, que constan de grandes triángulos negros alter-
nados, separados por una faja doble, paralela á las hipotenusas de los
triángulos : el espacio entre las dichas líneas se adorna con otra ondu-
lada, y cuatro triángulos alargados ocupan los correspondientes vacíos
(pie dejan los cuatro brazos de las bandas en cruz.
Puco con decoración ornitomorfa. — Á los diversos tipos de pucos
que acabamos de mencionar, debemos agregar uno más, de alfarería
colorada, que por su factura esmerada y los motivos de decoración
Fig. 58. — Decoración serpentiforme estilizada
del puco n° 97, Col. M. L. P.
Fig. 59. — Decoración ornitomorfa interior del
mismo puco. (‘/¿ del nat.)
representa una de las piezas más notables de la colección; lo reprodu-
cimos en los dibujos de las figuras 58 y 59.
Se trata de un hermoso puco hemisférico, perfectamente simétrico,,
con base destacada, muy bien alisado y pintado de un lindo rojo obscuro;
los dibujos, como siempre, son negros.
La decoración del lado exterior consta de una ancha guarda limitada
por dos líneas horizontales, cuyo motivo principal es sin duda otra repre-
sentación serpentiforme, muy estilizada y recti culada en el cuerpo. Los
vacíos superiores é inferiores de esta figura convencional están ocupados
por triángulos negros, algo irregulares y escalonados de un solo lado.
En el interior de este vaso vemos las dos hermosas figuras ornitomor-
fas, con los dos adornos en S, cuya descripción se hace innecesaria b
1 Es indudable que este puco correspondo ú la misma categoría que el ejemplar
publicado por el profesor Ontes, Alfarería, etc., 1907, pág. 20, plancha II, iig. 5, don-
de venimos íí encontrar los mismos elementos manilormes ó en forma do alas, usados-
también en diversas alfarerías de otros lugares.
67 —
Pucos de fondo claro con dibujos negros. — - Unos treinta juicos, si bien
variados en su forma y detalles de ornamentación, podemos reunir en
este párrafo, por el beclio de que todos ellos tienen el fondo exterior pin
tado de un color amarillento, más ó menos impuro ó blanquizco; los di-
bujos son negros y en ocasiones una que otra figura de color rojo. El in-
terior es á veces del mismo color de fuera, pero generalmente más rojizo.
Representan, pues, estos pucos un conjunto más variado, pero ásuvez?
otro tipo de alfarería tan característica y tan común de la región, como
los pucos rojos que recién liemos enumerado.
Excepción hecha de algunos pocos, su forma es bastante cónica en la
porción inferior, y las paredes arriba ligeramente arqueadas hacia el in-
terior. Las asas faltan á veces, ó se marcan por un par de pequeños pe-
gotes simétricos, unos redondos, otros alargados, verticales y contiguos;
algunos son retorcidos, en forma de
cuerda ó significan también alguna
representación zoomorfa convencio-
nal; pero siempre estas asas se en-
cuentran cerca del borde.
Cuanto más variada se presenta
la ornamentación en el exterior,
tanto más pobre es ésta en el inte-
rior de los vasos, y nueve de ellos
carecen totalmente de dibujo algu-
no; en otros doce, el adorno con-
siste apenas de las manchas ó salpi-
Fig. CO. — Decoración interior con guarda y sal-
eaduras usuales, completadas en piCBll„ras usuales. n° isí, coi. m. l. v. <q4
uno de los casos con la linda guarda, <ll!l uftt >
que aparece en la figura 00.
En tres de los pucos, la ornamentación interior consta de dibujos geo-
métricos, y en otros cuatro, de figuras zoomorfas.
De los tres primeros, en el número 127, parece que se inició un dibu-
jo, como otros en cruz, pero sólo se alcanzó á formar uno de los brazos,
constando de dos guardas contrapuestas, con tres triángulos negros en
cada una, sobre líneas separadas por un claro del fondo.
La proyección del juico número 114 M, sobre fondo rojo, es tripartita,
porque consta de tres anchas fajas trapezoidales, que arrancan de la cir-
cunferencia del fondo, separadas jior gruesas líneas en los vacíos corres-
jiondientes. Estos dibujos están bien trazados, y son parecidos á aquellos
de los juicos rojos, descrijitos precedentemente ; se forman de dos grecas
triangulares, separadas por ciertas líneas usuales : una recta entre dos
onduladas dispuestas en ángulo, y con uno que otro de los ángulos de
dichas grecas llenados do negro.
El tercer ejemplar, número 100 de la colección, á que nos referí.
08 —
nios, de un tipo excepcional, de forma más esbelta, de base cónica; y
sus paredes arriba bien arqueadas hacia adentro, terminan en un estre-
cho labio. El color del fondo es de un amarillo pardusco.
En las cuatro fajas que se ven en el interior, apenas quedan rastros
de dibujos, que se han borrado al cubrirlos con la mano de pintura ama-
rillenta que hoy se advierte: lo que tal vez se hizo, para hacer destacar
más el color rojo, que cubre los cuatro espacios en cruz; éstos se jun-
tan en el pequeño rectángulo central del mismo color; los espacios rojos
se encierran con líneas negras, y otras de éstas, cortas, ocupan también
la parte supero-interior del labio.
La decoración del lado de afuera, se compone de figuras losángicas ó
rombos, dispuestas en dos cadenas oblicuas : cada una con cuatro rom-
bos, producidos por líneas rectas que se cruzan, y encierran otras figu-
ras análogas completamente libres, y en ocasión alguna de ellas con su
punto central. Los espacios á ambos lados de los losanges se completan
con los típicos triángulos ó escalinatas negras, juntas á simples listones
y ángulos, separadas como de costumbre con puntos gruesos, y con trián-
gulos reti cu lados, en el último vacío que dejan los ángulos superiores.
Esta ornamentación se repite en el reverso del puco, separada por
fajas laterales reti culadas; en este caso, á las asas substituyen dos figu-
ras zoomorfas, muy rudimentarias, formadas por un cuerpo alargado
hacia abajo, y una cabeza con ojos que asoma sobre el mismo borde.
De los cuatro pucos con figuras zoomorfas, el ejemplar número 90 de
la colección, lleva una serpiente muy mal dibujada, con cuatro líneas
quebradas que ocupan los espacios libres; todo apenas se distingue so-
bre el fondo rojo obscuro del interior del recipiente.
Los dibujos en los otros tres pucos, figuras 01, 02 y 03 del texto, están
69
muy bien ejecutados, y los esquemas que de ellos reproducimos, harán
innecesaria una descripción detallada. En el primero, la simbólica ser-
piente tiene su cuerpo formado por la linda faja, que podrá verse en
la figura 01 ; mientras que el cuerpo del ofidio en el puco número
94 es linear, y en ambos son de dos cabezas, con las barbas tan
usuales, representación bien conocida en otros ejemplos de esta clase.
En dichos pucos, la superficie exterior se halla bastante deteriorada :
en el número 93, la ornamentación lleva también serpientes lineales en
forma de S, como lo veremos más tarde; el otro (n° 94) conserva solamente
dos serpientes en relieve, postizas, de cuerpo vermiforme y ondulado, con
cabezas toscas en cada extremidad que reposan sobre el borde.
Fijémonos ahora en la decoración externa de nuestros pucos y vere-
mos que ésta se compone en su mayor
parte de dibujos geométricos, combi-
nados en algunos otros casos con las
serpientes usuales ; los dibujos son ne-
gros, ó completados con rojo, pero siem-
pre dispuestos como para cubrir la
superficie entera.
La ornamentación más común, que
se repite en doce ejemplares, con cier-
tas variantes, tiene por motivo princi-
pal una faja ó guarda escalonada, que
consta de dos líneas negras equidistan- F¡p. 63. _ Figm.„8 ZÜ„tnorfH8 ei> ei interior
tes, cuyo interior es de color rojo; el ,,el i’uco 110 05 - Co1- M- L- r- <'/. del nat->
artista, aprovechando los espacios que
deja dicha guarda, ha pintado en ellos dibujos complementarios en for-
ma de líneas y ángulos, separados por puntos, y los triángulos y escali-
natas negras de costumbre, produciéndose así un conjunto, no siempre
simétrico, pero agradable, y que se repite más ó menos igual en ambos
lados del vaso ; los dibujos del anverso y reverso son separados por
espacios libres, ó fajas, en la región de las asas.
Para evitarnos prolijidades, citaremos solamente unos cuantos ejem-
plares de este tipo de ornamentación que se reproduce en ¡a figura 04.
Sin embargo, en uno de los pucos (n° 96 de la colección), á la típica
guarda escalonada substituye una serpiente pintada de rojo, mal dibu-
jada, de cuerpo ondulado, con ojos y cabeza redondos. Los espacios que
quedan arriba de esta figura, los ocupan series de ángulos ó el leu no-
nes más ó menos paralelos, y separados por puntos que bajan del borde
hacia la base; existe un triángulo negro en el último vano que dejan los.
ángulos superiores. Este puco es el único de la serie que lleva asas en
forma del reborde semicircular, descriptas ya al hablar de los pucos rojos.
— 70
Una decoración muy semejante, en cuanto á los referidos ángulos,
tenemos en el puco número 132 de la colección. Aquí la faja está esca-
lonada con toda regularidad, y es simétrica, pues baja del borde hasta
la base, para volver á subir á la inversa. En los espacios entre faja y los
dichos ángulos, se han puesto los dibujos usuales; en los costados tam-
bién los escalones completan los vacíos, y como el mismo esquema se
repite en el reverso, los dos se separan por fajas verticales reticuladas
en la región de los pegotes, que hacen las veces de asas.
La decoración de otro puco (n° 127) es asimétrica. El fondo es de un
amarillo ocre subido, ios dibujos bien negros, pero la guarda escalonada
y la faja lateral son de color rojo. Los espacios libres van ocupados por
figuras irregulares, más ó menos en forma de escalinatas ó listones, con
otras casi triangulares ó escalonadas, cuyos ángulos son contrapuestos á
los de la guarda principal, resultando series de losanges en los claros.
Por último, el puco número 134 M, mencionado ya al ocuparnos de
su decoración intei'ior, tiene por
fuera también la misma guarda
que se ve en la figura 00, y bajo
de ella un adorno parecido al de
los pucos recién descriptos (fig.
64), sin embargo distinto en el
detalle del esquema escalonado,
que es de una sola línea, y negra
como los demás dibujos, en vez de
constar de un listón oñoide con
fondo rojo. Las paredes en el ter-
Fig. 04. — Decoración exterior típica sobro pucos
de fondo claro. N“ 131, Col. M. L. 1*.
ció superior del vaso son casi rectas; llevan como asas dos pegotes
verticales en forma de cordón.
En siete ejemplares más de esta clase de pucos, es decir, con fondo
claro, la ornamentación está formada por la típica guarda de triángulos
con grecas, modificada según los casos, pero siempre compuesta de los
mismos motivos. En varios ejemplos, los triángulos son alternados, unos
negros y otros rojos, y ofrecen ciertas variantes en los detalles ; como
se ve en tres pucos (129, 133 M y 194 de la colección), la guarda es an-
cha, y ocupa toda la circunferencia ó mitad superior del vaso.
En el número 129, las dos fajas divisorias verticales son también de
este mismo tipo, es decir, triángulos y grecas : aquí la porción inferior
está ocupada por series paralelas y oblicuas de triángulos y losanges
negros, ornamentación que en el número 133 M se substituye por un
ofidio en forma de co , con el cuerpo transversalmente estriado.
El puco número 194 es de fondo blanquecino por fuera y negro por
dentro; la guarda de arriba, como de siete centímetros de ancho, es
de grecas entrelazadas que nacen de grandes triángulos contrapues-
71
tos, reticulados, que un estrecho espacio del fondo en zigzag separa. .
Falta citar otro ejemplar (n° 159), que procede del enterratorio
de Molino, y lleva de un lado tres fajas horizontales, superpuestas,
con los detalles de costumbre, y parte de sus triángulos (casi siempre
los superiores) rojos : en el reverso, la superficie está muy gastada, y
sólo se distinguen aún dos de estas
fajas; en el espacio inferior un semi-
círculo con líneas cortas, dirigidas
hacia arriba. El mencionado puco es
de factura algo tosca, de forma sub-
hemisférica, base saliente; la super-
ficie es áspera y pintada de amarillo
rojizo, que por otra parte resulta ser
el mismo color natural del resto del
VOSO Fig. 65. — Decoración de figuras geométricas
usuales sobro fondo claro. K° 95, Col. M. L.
Otro ejemplar de factura bastan- p. p/, deinnt.)
te grosera es el número 107, en el
cual se encuentran los mismos motivos de la guarda típica, dispuestos
en tres secciones triangulares, cada una de éstas formada de una gre-
ca doble entrelazada, que nace de triángulos escalonados y negros, se-
parados todos por líneas rectas en zigzag, ajustadas á los espacios. Las
asas son pegotes toscos, retorcidos. De los costados bajan dos franjas
divisorias ; la una con serie de ángulos ó cheurrones invertidos entre
líneas negras, y la otra con su orilla
dentellada hacia afuera.
Tenemos á la vista dos ejempla-
res más, cuya decoración se repro-
duce en las figuras G5 y GG. El pri-
mero lleva por dentro las dos repre-
sentaciones zoomorfas (fig. G3); su
guarda marginal es de triángulos
contrapuestos y reti colados, debajo
de la cual se colocan tres fajas
paralelas y oblicuas, una ornamen-
Fig. 60. — Decoración excepcional con banda
ofioide roja, n» 158, Coi. m. l. p. p/4 dei nat.) tación que se repite en el reverso,
separada por un espacio ó vacío del
fondo, con dos pequeñas protuberancias que hacen las veces de asas.
El puco representado en la figura siguiente, tiene una ornamentación
original, distinta en los dos costados, si bien los elementos de que
consta son análogos. Entre dos grupos ó series de triángulos negros,
con grecas ó sin ellas, serpentea una estrecha banda ofioide, de color
rojo en su interior, la cual falta en el reverso del vaso, donde los mis-
mos motivos se agrupan en cuatro series horizontales, do dibujos
— 72 —
semejantes, en las dos franjas laterales, que separan el anverso del re-
verso del vaso.
El color del fondo en este ejemplar es de un amarillo ocre subido, y
algunos de los triángulos están pintados de rojo, como la faja serpenti-
forme. La forma del puco es subliemisférica, su factura y decoración
bastante ordinarias. Dos pegotes alargados en cada lado sirven de asas.
Por íin, los últimos ejemplares (nos 1)3, 138, 139, 183 y 188 de la colec-
ción) que quedan de los pucos con fondo claro, tienen una decoración
común y típica; en cuatro de ellos es la característica de serpientes,
enroscadas unas en forma de S, otras en espiral con todos los comple-
mentos que acompañan á estos símbolos, ajustándose á la forma del
vaso respectivo, y formando un conjunto simétrico y hasta artístico.
Los dos grandes pucos subliemisféricos números 138 y 139, no ofre-
cen detalles dignos de mención; las serpientes constan de dos líneas con
una serie de puntos negros que ocupan el cuerpo. Las mismas figuras
existen también en el juico número 188 de Molino : éste es bastante
alto, sus paredes de arriba encordadas hacia adentro terminan en un
estrecho labio levantado, y pintado con rayas cortas en su borde
interior.
Mencionaremos también la pequeña escudilla con la faja serpentifor-
me interior: las serpientes de afuera están también enroscadas en foi'-
ma de co , pero constando de una sola línea algo gruesa, y de la cabeza
usual, bipartita, con barbas onduladas; los demás detalles son los mismos
de siempre.
El quinto y último puco de la serie (n° 183), es distinto de los demás;
tiene forma perfectamente hemisférica, con una depresión basal cóncava,
que se manifiesta en sentido contrario en el interior del recipiente. Las
paredes de este vaso son gruesas, lisas; el fondo está pintado de co-
lor amarillo claro, la decoración es negra, casi borrada.
Los dibujos se dividen en cuatro campos ó medallones, formados por
círculos concéntricos, que en dos de los casos encierran espirales; y otra
vez, una cruz de Malta con dos simples líneas cruzadas en el medio. El
cuarto medallón está formado por un círculo con una figura en que cuatro
cuadrados negros se hallan dispuestos en cruz en derredor de un vacío
de igual color al del fondo; del círculo se desprenden cuatro triángulos,
que sirven para completar el esquema y acentuar la forma de la cruz de
Malta. Algunos de los intervalos ó fajas, formados por líneas, llevan series
de gruesos puntos, y los vacíos ó espacios de arriba, que separan los cua-
tro medallones, se complementan con pintura negra en forma de gran-
des triángulos curvilíneos que bajan de la orilla superior del juico.
Para teiyninar la ya larga serie de nuestros juicos ó escudillas, vamos á
mencionar también otros, que en nuestro concepto no jnieden incluirse
las series descriptas.
— 73 —
Fucos de fondo blanco con dibujos rojos. — Los tres ejemplares conse-
guidos de esta clase de vasos, fueron sacados por Méndez de las sepul-
turas de Fuerte Quemado. Se distinguen de la alfarería anterior por
su decoración un lindo color rojo, pin-
tada sobre fondo blanquizco, como tam-
bién porque ella se compone de elementos
distintos de los ya conocidos.
El pequeño puco número 153, es per-
fectamente hemisférico, pero con la base
aplanada; la superficie es lisa, por fuera
conserva el color rojizo, propio de la coc-
ción, y una faja roja de dos centímetros
rodea la parte superior del vaso.
El Jado interior, en su totalidad, ha
sido pintado de blanco, y sobre este fon-
do, en color rojo, se lia trazado el dibujo FiP- 67- - Ornamentación interior linear
roja sobro fondo blanco. N° 153, Col. M.
que se ve en la figura 07. Consiste éste de l. p. <>/, dei nat.)
dos círculos concéntricos, el interior cua-
driculado; mientras que del exterior se desprenden seis picos subtriangu-
lares, muy asimétricamente reticulados y dispuestos en forma de estrella.
El ejemplar, bastante bien trabajado, es de pasta fina y homogénea;
mide casi 7 centímetros de alto y 14
de diámetro.
El otro puco, de igual altura,
pero con diámetro de 19 centíme-
tros, es completamente parecido al
anterior, en cuanto á forma, color,
y faja colorada externa. En él, la
superficie interior está también pin
tada de blanco, y el dibujo de rojo,
es tal como lo reproduce la figu-
ra 08.
Se compone de una gran espiral,
de cuya periferia nacen otras espi-
rales pequeñas, dentadas en la lí-
nea exterior, y engrosadas en forma
triangular hacia la línea de unión
con la primera.
Del borde del puco se destacan hacia abajo cuatro ángulos, con
series de líneas paralelas y pequeños rectángulos alternados entre
los espacios de las dos líneas inferiores; mientras que el espacio-
arriba de las líneas está completado con pintura, resultando así
en cada uno de los dichos ángulos, un triángulo rojo alargado, den
Fig. 68. — Ornamentación espiralada, roja sobro
fondo blanco. N° 152, Col. M. L. P. ('/„ del
nat.)
74
tado en su línea inferior, detalles todos conocidos en estos vasos \
El tercer ejemplar de esta reducida serie, es el más curioso, y posible-
mente lia sido importado al lugar donde se halló ; pues no recordamos
haber visto ornamentación igual en
la alfarería de aquellas regiones: pue-
de considerarse este puco como úni-
co en su clase.
Se trata de un vaso subglobular,
algo achatado, tanto en la parte su-
perior cuanto en la inferior, donde
termina en una base un poco apla-
nada. La parte inferior es algo áspe-
Fig. 00. — Vaso con decoración excepcional ...
roja sobre fondo blanco. N° 223, Col. M. L. ™ y Sin pintura; la Superior Cll Caill-
i*. <•/„ dei nat. aprox.) bio, está bien alisada y ha recibi-
do una mano de pintura blanca que
parece esmalte, sobre la cual se dibujó la original guarda, que aparece
en la figura (59. Dicha guarda consta de dos líneas paralelas, distantes
unos seis centímetros una de otra, entre las que se ha dibujado una
línea ancha y quebrada, que forma espacios triangulares, ocupados por
espirales con especies de (labelos j en los pequeños vacíos que quedan
entre esa línea y las espirales, van sem-
brados unos juintos rojos, irregularmen-
te dispuestos. La superficie interior está
bien alisada, jiero sin pintura alguna.
Todo el trazado de esta interesante
decoración está hecho con esmero y sen-
tido artístico, y como dijimos ya, el mo-
delado es simétrico; la cocción ha sido
perfecta. Las medidas de este vaso son
las siguientes : altura total 11 centíme-
tros; diámetro máximo 18,5, y de la aber-
tura 12,5.
. . Fig. 70. — Pequeña escudilla ó plato con
Escudilla O plato con asa. — El curio- , Aceración interior. N» 89, Col. M. L. P.
so plato, cuya decoración reproduce la
figura 70, procede también de Fuerte Quemado y es de origen proba-
blemente exótico, como el vaso que acabamos de describir. Por la
forma y los dibujos se parece á los objetos de La Paya, semejanza
ésta, observada también en otros hallazgos, como en los vasos 11a-
1 Juan 15. Amiikosui'I'i, Arqueología argentina. Los pucos pin lados (lo rojo sobre blanco
del valle de Yooavil, en Anales del Musco Nacional (8. III), t. II, 11)03, juíg. 361,
lig. 4-6.
mudos «yuros», y ciertos objetos de madera, etc., reproducidos por los
doctores Ambrosetti y Debenedetti en diversas publicaciones.
El plato de que nos ocupamos, es de altura reducida, cinco cen-
tímetros, y quince de diámetro; sus paredes bastante gruesas, son
perfectamente cóncavas; la base, del lado de afuera, es apenas apla-
nada. Del borde se desprende un asa de tres centímetros de ancho y
Fig. 71. — Puco ccstiforme, casi de tamaño natural. N° 222, Col. M. L. P.
de sección casi ovalada, encorvada hacia arriba, mientras del lado
opuesto al asa se destacan dos pequeños pegotes. Las dos superficies
están bien alisadas y pintadas de lindo color bermejo; los dibujos que
ostenta el interior son negros. Conviene hacer notar (pie la decoración
debió ser aplicada después de la cocción del plato, por el hecho de que
ha podido borrarse con facilidad al efectuar la limpieza.
En este plato se nota en primer lugar una doble guarda : la superior,
formada por triángulos escalonados que terminan en espirales, y la
7(5 —
inferior, de una doble línea ondulada entre dos más ó menos paralelas.
El centro se divide en cuatro sectores, por dos listones dispuestos en
cruz, y que constan de tres líneas rectas, con dos onduladas.
lín estos sectores están pintadas cuatro figuras: dos zoomorfas y
dos ornitomorfas que se yen reproducidas en la figura 70, y represen-
tan seguramente el guanaco ó llama (Auchenia hnanachus) y el suri ó
avestruz americano (Rhea americana). Un adorno simple, de tres líneas
y de dos fajas en cruz, aparece sobre el asa, y todo el borde del plato
está ribeteado de negro.
Puco cest iforme. — Por su calidad y factura corresponde describir
aparte el pequeño puco, número 222, que procede de Fuerte Quemado.
Es de fabricación algo tosca, pero por el mismo exterior se ve que fue
modelado dentro de un cesto de trama bastante fina, que desaparecía
con la cocción.
Su forma es la de un cono truncado, de paredes rectas, base cóncava,
es decir, la misma que la del
pequeño cesto que sirvió de
molde ; la pieza producida
conservó todos los rastros
del contacto.
Su color es el natural,
más bien amarillento, como
ladrillo. En el exterior se dis-
tinguen aún dibujos negros,
que hacen al puco más inte-
resante.
Fig. 72. — Detalle do la decoración del jmco cestiforme decoración eil el inte-
rior consta de simples man-
chones ó salpicaduras, colocados en forma de gruesos puntos también
sobre el labio, todo irregular y sin arte.
La ornamentación que ocupa toda la superficie exterior consiste
en una guarda de dos líneas horizontales con triángulos negros al-
ternados, naciendo grecas simples de los superiores. De la mencio-
nada guarda se desprenden pares de líneas onduladas hacia la base,
algunas de éstas terminando como lo demuestra el dibujo parcial ad-
junto.
Vasos antropo y zoomorfos. — De esta clase de vasos ventricosos
hemos conseguido los dos ejemplares representados en las ligaras 72 y
74. Uno de ellos, el de alfarería negra, consta de un cuerpo sub-
hemisférico, algo comprimido, formado de dos partes unidas en su
diámetro mayor : la inferior tiene la base circular destacada y de
diámetro igual á la boca ; en la superior, algo más abajo de la boca, se
lia puesto la curiosa cabeza, cuyos detalles reproduce nuestra fotogra-
fía; en ella se distingue también la
ornamentación, grabada con punta
como de un milímetro de grueso y á
la misma profundidad. En la parte
opuesta, el fragmento de un peque-
ño pegote, sin duda debió correspon-
der á la cola del enigmático animal.
El otro vaso, también de carácter
antropomorfo, es de mayor tamaño,
de factura más tosca, de color ama-
rillo rojizo y con pinturas negras.
La figura humana está representa-
da por una cabeza de cara chata,
y nariz muy pronunciada, con una
mano llevada á la boca, y dos bra-
zos suplementarios que se dirigen
hacia el lado opuesto.
Los dibujos están formados por triángulos negros, y grecas com-
binadas con líneas oblicuas, rectas y onduladas.
Descansa sobre una base cón-
cava. de doble diámetro que el de
la boca ó abertura.
Fig. 7:1.
Vaso antropo-zcmmoifo grabado. Xo 87
Col. M. L. P. (Tañí. nat.).
Fig. 74. — Vaso antropomorfo pintado. Xo 86
Col. II. L P. ('/s del nat.)
Vasos de tipos diversos sin deco-
ración. — El material reunido en
este párrafo, se compone de dieci-
nueve recipientes, de diferentes
formas y tipos, que son jarros y
ollitas, destinados probablemente
aluso doméstico, desde que varios
estaban cubiertos de hollín; cons-
tituyen un conjunto tan original
como característico, por la fac-
tura tosca y sai generis : todos
(“líos carecen de pintura ó deco-
ración.
Por otra parte, ellos proceden del antiguo enterratorio cerca de
Molino del Puesto, como pudimos comprobarlo por el gran número
de fragmentos de la misma alfarería desparramados por el suelo. Se-
gún afirma Méndez, estos toscos vasos fueron hallados con los demás ob-
jetos (pie en este trabajo se mencionan como de la misma localidad y
cuya importancia hicimos ya constar en páginas anteriores. Es de sen-
tir (pie, en oportunidad, no se haya tenido la prolijidad de conservar
apuntes de otros detalles, así como la nómina de los diversos objetos,
y cómo se hallaron en las respectivas sepulturas.
Principiaremos nuestra enumeración con una serie de doce vasos, de
un tipo bien definido que se distingue por su forma globosa, con la base
ligeramente prolongada en cono, terminada en un pie más ó menos
alto y con asiento circular y cóncavo. La boca es ancha, provista de la-
bio plegado hacia afuera, cuyo diámetro total es casi siempre inferior y
raras veces mayoral máximo del vaso. Hay upa pequeña asa arqueada,
([iie arranca del mismo borde, y se coloca sobre la parte superior del
cuerpo.
La mayor parte de estos vasos son de color amarillento pardusco y
muchos de ellos conservan aún las manchas negras del hollín, que re-
velan su empleo en las cocinas indígenas.
En cuanto al tamaño, éste es variable : (‘1 más pequeño mide 9 centíme-
tros de alto y 20 el ejemplar más grande; la mayor parte mide entre
15 y 20 centímetros. En los más pequeños, la fabricación ha sido menos
cuidada; los grandes en cambio, son simétricos, su superficie bastante
lisa y, por lo general, la pasta, bien elaborada, pero siempre recargada de
mica.
Por la homogeneidad de forma y material, es innecesario descri-
bir en detalle estos vasos; por consiguiente, haremos notar tan sólo
cierras diferencias (pie se observan en algunos de los ejemplares repro-
ducidos en las figuras.
El vaso más pequeño de la serie (n° 61), de boca ancha y labio ple-
gado hacia afuera, tiene casi el mismo diámetro del cuerpo.
Otro (fig. 75), es un poco más grande; tiene la boca estrecha, sin
labio; su cuello es relativamente corto, truncado y puesto verti-
calmente sobre el vaso.
En el jarro número 59, de color
negruzco, observamos (pie el asa
es retorcida (ftg. 70).
La forma del ejemplar número
55 (fig. 77), es algo distinta de la
típica, por tener sus paredes arri-
ba ensanchadas, la boca muy am-
plia, el labio fuertemente inclina-
do hacia el exterior, y su diámetro
un poco mayor que el del cuerpo.
El pie es bastante alto y en la base
profundamente excavado. En su-
tal, es una pieza muy ordinaria,
en la que se distingue perfecta-
mente la unión de las dos mitades
en que ha sido modelada. Además,
es de un color ladrillo pálido, y se
observa cierta pátina debarro más
fino, aplicado para mejorar la superficie áspera. Las medidas de este vaso
son : altura 17. diámetro máximo del cuerpo 12 y del pie 8 centímetros.
Haremos mención aquí de otro
vaso ó jarro (n° 02), «pie por su
forma se asemeja al ejemplar an-
terior; es más pequeño y aun más
tosco, tiene un labio muy estre-
cho, apenas manifiesto. Carece
además del asa : en su defecto lle-
va una especie (le botón pegado de-
bajo del borde, y que parece haber
existido también en el otro lado.
Por último, el ejemplar mayor
de la serie, representado en nues-
tra figura 78, es de fabricación
más esmerada, de pasta más fina,
y de color amarillo rojizo. Su for-
ma es globosa, y de la boca ancha
se desprende un labio estrecho é
inclinado hacia afuera; el asa, lo mismo que la base, son relativa-
mente pequeñas. Las medidas del vaso son : altura 20 centímetros, diá-
metro del borde 1(5, del cuerpo 19 y de la base 8.
Fig. 78. — Vaso tosco do forma globosa
X» 51 M, Col. 11. L. T.
80
Los dos ejemplares número 05 y 06 de la colección son dos vasos de
fabricación tan tosca y ordinaria como los de la serie que acabamos de
•describir.
El primero es una jarra de forma subovoide arriba truncada, estre-
chada en la base, que consta de un aplastamiento algo oblicuo, debido
á los desperfectos de la fabricación. Un asa en semicírculo se coloca
verticalmente en su segundo tercio. Por fuera, la jarra es de color
pardusco con manchas obscuras, pero en el interior se nota un tinte
rojo, como si hubiese servido alguna vez de recipiente para conte-
ner una mezcla de dicho color. Su altura es de unos 12 centímetros,
y su diámetro equivalente.
El segundo ejemplar es más
pequeSo que el anterior; tiene
paredes muy gruesas, forma
subglobosa, estrechada en la
parte inferior y la base plana. Es
de boca ancha, su labio estre-
cho. En el costado y á la altura
del primer tercio se destacan un
par de pegotes tuberculiformes,
puestos en sentido horizontal, y
á juzgar por otros indicios, pa-
rece que hubo asa del otro lado.
... „ . . . v ... La pasta que sirvió para la
Coi. ir l. r. ('/, dei nat.) fabricación del vaso ha sido
poco trabajada, y partículas de
•cuarzo y terrones dejan una superficie granulosa, defecto éste, que se
ha remediado con una capa de barro más fino, lo que se observa aun
mejor en el interior, donde forma una pátina de color amarillento.
IVí.s-o.v -irregulares. — De los dos ejemplares que describiremos á con-
tinuación, el vaso ó jarro, que representa la figura 79, corresponde á la
categoría de los vasos «asimétricos», como los llamó Ambrosetti ' y es
del mismo tipo que los ejemplares publicados por Debenedetti '.
Se distingue por un cuerpo ó vientre abultado, subgloboso y algo acha-
tado. de manera (pie su pared superior es casi paralela, á la base; ésta
última está marcada por un borde circular saliente.
Del lado opuesto al vientre nace un ancho cuello, colocado oblicua
1 Am iíiíosktti, .1. B., Exploraciones arqueológicas cu la Pampa grande, etc., en Re-
vista de la Universidad de Buenos Aires. 1906, VI, página 58.
8 Dicuicxkdktti, S., Exploración arqueológica en los cementerios prehistóricos de la isla
■de Jileara, en Perista, de la Universidad de Buenos Aires. 1910, página 200, figura 148.
81
mente sobre el vaso, y con un asa plana, poco destacada en su reverso.
La parte antero-superior del cuello está ahora quebrada, pero es proba-
ble que terminó alguna vez en un labio, tal como lo representa nuestra
fotografía, tomada del objeto restaurado.
En su color y factura tosca, el vaso se parece a las piezas anteriores;
-es seguro que debía contener agua li otros líquidos, pues la estabilidad
cuando lleno es perfecta, á pesar de la fuerte inclinación de su parte
posterior.
El otro, que muestra la figura 80, difiere del anterior por su tamaño
mayor, y por detalles de
fabricación.
El cuerpo presenta tam-
bién un vientre globoso
■en la parte anterior, mien-
tras que la porción basal
del lado opuesto está más
encorvada hacia arriba,
formando un ángulo bas-
tante pronunciado en la
unióneon la parte superior.
La base es convexa y
provista de tres patas cor-
tas, cilindricas, con pies :
dos anteriores rectas y una
posterior con una especie
de codo, dirigido hacia
atrás; este último detalle
y la presencia de tres de-
dos toscamente modelados,
hacen sospechar (pie sea
una representación zoo-
morfa muy convencional.
El cuello se coloca sobre el cuerpo casi verticalmente; es bastante
.alto y muy ensanchado hacia arriba; su borde lleva adelante un pegote
ó pico, con dos estrechos agujeros, mientras del lado opuesto arranca un
asa bastante amplia, ancha y plana, ligeramente arqueada, la (pie viene
á colocarse debajo del mismo cuello.
Este curioso vaso, á pesar de su apariencia tosca, es una de las piezas
más interesantes del gran enterratorio de Molino. Tiene como los de-
más el color natural de la cocción, y conserva en partes manchas de
hollín. Su superficie es áspera y presenta las estrías paralelas del ins-
trumento ó raspador que sirvió al alfarero.
Como dimensiones, este vaso tiene : 23 centímetros de alto, 17 de diá-
KEV. MUSEO I.Á PLATA. — T. XIX ()
Fig. SO.
Vaso irregular con tres pies. Xo 50 bis M
Col. M. L. I>. ('q (leí uat.)
metro máximo del vientre, 11 del cuello en su base y 15 el de su borde
o labio; los pies miden 4 centímetros de alto.
(Mitas con iñcs. — Las dos ollitas que mencionaremos de paso, sontos-
últimos ejemplares que nos-
quedan de este tipo de alfa-
rería rústica.
Como lo demuestra la figu-
ra 81, se trata de un vaso-
enteramente tosco, de forma
subliemisférica, asimétrica
por los defectos de fabrica-
ción, y con un asa lateral
poco destacada. Descansa
sobre tres pies cortos, cilin-
dricos, y oblicuos es decir,,
convergentes hacia el centro,
donde se encuentran unidos
por un pegote grosero. De co-
lor natural amarillento gris, mejor conservado en su interior; está por
fuera ennegrecido por hollín.
La otra ollita (fig. 82), semejante á la anterior, está mejor trabajada
más lisa y de color del barro,
gris. Su forma es más bien glo-
bosa, el fondo un tanto aplanado
y provisto de cuatro pies cor-
tos y cilindricos, dispuestos en
cuadro. La rotura que se ob-
serva en el costado indica la
posibilidad de un asa, que puede
haber desaparecido junto con la-
pared.
81. — Ollita tosca (le tres pies. Xo 03 II
Col. VI. L. T. (>/, del nat.)
Ollas pequeñas de fondo rojo.
— Á cinco ejemplares solamente
asciende el numeio de las coin- F¡g. g2, — oiiita tosca de cuatro pies, x» oí vi
prendidas en esta categoría; pro- Co1- M- L- p- ('/« ,lcl ,mt )
ceden también de los mismos
sepulcros que los objetos recién descriptos, pero corresponden á una
alfarería superior, bien modelada y pintada de color rojo. Se trata, sin
embargo, de vasos conocidos, sin particularidades dignas de mención,
por lo cual nos ocuparemos de ellos muy ligeramente.
Las dos, números 75 y 77, se caracterizan por su cuerpo globular,.
— 83 —
comprimido, y apenas aplanado en la base. Arriba termina en cuello
bajo, que da lugar á un labio plegado hacia afuera y de cuyo borde se
desprende un asa bastante ancha, que viene á colocarse en semicírculo
sobre el vaso, más ó menos ála mitad de su altura.
Las dos ollas tienen 11 centímetros de alto y 15 de diámetro; por
fuera su superficie es perfectamente lisa y está pintada de color rojo,
excepción hecha en la parte inferior del vaso, que es también más ás-
pera; la pintura de las dos se extiende hasta el borde superior del labio
y es más cargada en la número 75.
La olla número 70, pertenece al mismo tipo, y es del tamaño de las
anteriores; sólo se diferencia en tener la parte inferior del cuerpo más
alta con un aplanamiento en la base bien manifiesto, siendo toda la su-
perficie lisa y pintada.
Como variedad, sólo por su forma y tamaño, tendríamos el vaso nú-
mero 78 : este es mucho más pe-
queño, relativamente más alto y
su base aun más destacada que
en el precedente.
Por último, la olla número 72
M, puede incluirse entre las de-
más, pires solamente difiere de
ellas por su forma, más alta, su
base saliente y por estar provista
de dos asas simétricas, pero del
mismo tipo que las anteriores.
Vasos ó yuros — De los tres
hermosos vasos ó yuros proce-
dentes de la colección Martínez,
dos de ellos pertenecen á los va-
sos de base cónica sin asiento ó
ápodos, propiamente dichos. Ellos Fig- 83- “ Vn8° 6 yuro ,le bn8° c6,,ica con ,lccorn-
ción fltomorfn estilizada. N° 02, Col. M. L. P. ('/,
corresponden por su forma al tipo dei nat.)
así llamado por el profesor Ou-
tes 1 2 : son en su ornamentación muy semejantes á dos de los vasos que
figuran entre las láminas cromolitográficas, publicadas por este autor 3.
Como aquéllos, nuestros vasos son de vientre subgloboso, de base có-
nica, y su cuello termina en un labio plegado hacia afuera del cual cuel-
1 Vóaso la referencia en la nota 1, página 17.
- Outks, Alfarerías, etc., página 24.
3 Ibid., plancha III, figuras 4 y 7.
— 84 —
gan dos atetillas ó protuberancias; en el centro de la parte superior del
vientre hay otra especie de botón, y en el tercio inferior del mismo
liábanse las asas colocadas verticalmente.
El ejemplar representado en la figura 83 es el más pequeño; tiene
24 centímetros de alto; el fondo es de uniforme color amarillo rojizo.
Los dibujos son negros, ocupan un solo lado del vientre, todo el cuello
y parte inferior del labio. Entre los del vientre se distinguen elementos
litomórfos estilizados, formados por un tallo central con una serie de
líneas dobles bipenadas, que terminan en gruesos puntos negros. Esta
ornamentación ocupa las dos zonas laterales y es limitada á su vez pol-
las líneas verticales subpa-
ralelas al tallo central del
dibujo fitomórfo.
Otra línea longitudinal di-
vide el espacio medio en dos
estrechas bandas, ocupadas
por linas líneas diagonales
dispuestas en grupos de cua-
tro y de tres, y en tal forma,
que en cada una de estas ban-
das resultan dos vacíos angu-
lares.
En el cuello y labio se ve
pintada una doble serie de
triángulos alternados, algo
asimétricos, con sus vórtices
muy alargados, forma de or-
namentación común en toda
la región.
El vaso está bien modela-
do, de superficie perfecta-
mente pulimentada y al pa-
recer su color general corresponde á la cocción de la propia pasta.
Ya se dijo que las atetillas del labio están perforadas y ahora se ad-
vierte que el botón del vientre lleva una doble escotadura dispuesta en
cruz.
El otro vaso sin asiento (fig. 84), tiene 34 centímetros de alto. Su fon-
do está pintado de un color amarillento impuro ó bayo claro, pero la
base y el cuello son rojos. Los adornos, distribuidos como en el otro
ejemplar, son negros, á excepción de cinco fajas rojas, las que dividen
el vientre en cuatro zonas y están limitadas á su vez por estrechas rayas
negras.
lín las dos zonas ó franjas laterales se distinguen series paralelas y
I-'ig. 84. — Vaso ó yuro do baso cónica con decoración
tricolor. N° 91, Col. M. I.. P. ('/4 dol nat.)
— 85
transversales de líneas dobles, angostas, alternadas cada vez con una
hilera de pequeños triángulos con los vértices hacia abajo.
Los espacios entre las fajas centrales rojas, están ocupados por líneas
diagonales como en el primer vaso, pero cuyo número varía de cinco á
nueve líneas paralelas.
Todo el cuello está pintado con series de pequeños losanges, colocados
siempre entre dos líneas paralelas. El borde externo del labio lleva tam-
bién su ribete negro.
En la unión del vientre con el ¡rollete v del lado onuesto al del di-
bujo, se extienden tres lí-
neas paralelas y el espacio
entre la superior de éstas y
la terminal del dibujo del
cuello, está cruzado tres ve-
ces por líneas cuádruples
onduladas.
En este vaso, las aleti lias
del labio están perforadas y
aquella de la. parte ventral
es un simple botón sin ador-
no alguno.
El tercer vaso pertenece
á un tipo muy semejante á
los anteriores, clasificado
por Ambrosetti con el nom-
bre de seudoápodo ; que se
diferencia de ese tipo en pri-
mer lugar, por tener una
base en forma de cono trun-
cado, que permite asentarlo
en el suelo. Las asas se ha-
llan situadas hacia la mitad
del vientre, y faltan en este ejemplo las aletillas en el labio y el botón
en el vientre, tan propios en la mayoría de las piezas del otro tipo.
Nuestro ejemplar, representado en la figura 85, tiene 42 centímetros
de alto; es de color rojo sanguíneo, los dibujos son negros y ocupan
los dos costados del vientre y todo el cuello.
Estos dibujos forman tres franjas iguales y horizontales, limitadas en
los costados por dos verticales que bajan de la región de las asas y que
constituyen otros tantos rectángulos, de cuyo margen superior se des-
prenden triángulos reticulados ; los vértices de estos son prolongados en
forma semiespiral, resultando un espacio subovalado, en el cual está una
línea corta oblicua, entre cuatro puntos dispuestos en cruz.
Fig. 85. — Vaso 6 yuro <lo baso cónica truncada
rojo con dibujos negros. N° 90, Col. M. L. V.
— 8G —
En la guarda del medio, las líneas en espiral se encorvan en sentido
contrario á las otras y el número de éstas es allí de tres contra dos.
El lado opuesto del vientre tiene los mismos dibujos con pequeñas va-
riantes, pues, la iiltima guarda es la que lleva las tres figuras, y entre
los dos seudoóvalos de la del medio, se aumenta un triángulo demás,
el cual se levanta de la línea inferior, con su vértice hacia arriba.
En el cuello está pintada una doble fila de triángulos con vértices
muy alargados y entre sí alternados. El labio lleva un ribete negro.
Este vaso, que por su ornamentación constituye una de las piezas más
interesantes de esta colección, ha sido elaborado con esmero, y la coc-
ción perfecta.
Los tres ejemplares que acabamos de describir, nos aseguró don José
Martínez, fueron exhumados de los panteones al pie de los cerros, ó sea
al sudoeste de la antigua población.
Olían y urnas decoradas. — Los objetos que á continuación se men-
cionan, pertenecen todos á tipos bastante heterogéneos en cuanto á
su forma y ornamentación : los dibujos son
negros y pintados con poco arte en el pri-
mer grupo que vamos á citar.
Nuestra figura 8(5, reproduce una pe-
queña urna ú olla algo tosca, formada por
un vientre globular del cual se levanta
otro cuerpo ó cuello corto de doble cintu-
ra, que termina en un labio. Hay dos pe-
queñas asas del tipo común,
doblo cintura. n° 74 m. Coi. m. l. p. Líl ornamentación se ve perfectamente
bien en el esquema; se compone de la
guarda central de triángulos con vértices alargados y contrapuestos ; de
otra que circunda el cuello, y de una simple línea quebrada sobre la ori-
lla interior del labio.
El fondo de este vaso no es pintado, conserva su color natural rojizo;
la superficie es áspera, por estar la pasta recargada de mica.
Ubicaremos aquí el pequeño vaso biglobular número 80, formado de
dos cuerpos iguales superpuestos, unidos por una cintura pronunciada
y cóncava: la parte inferior termina en una base algo destacada y plana;
hi parte superior de las paredes está inclinada hacia adentro.
La superficie del vaso es lisa y está pintada de rojo impuro, con
una especie de faja marginal de dos líneas equidistantes, separadas por
una serie de gruesos puntos en el medio, ¡o que constituye su único
adorno. Mide este vaso unos 11 centímetros de alto, y otros tantos de
diá metro.
Otro, número 07 M, de la misma altura que el anterior, es subgloboso ;
— 87 —
la parte inferior cónica con base pequeña y cóncava ; el cuello es corto, la
boca ancha y el labio inclinado hacia afuera ; su diámetro es el del cuerpo.
Los dibujos que están
casi del todo borrados, cons-
tan de una línea irregular
quebrada que baja del labio
y corre separada por espi-
rales casi invisibles.
Urnas ú ollas toscas. ■ —
Las tres urnas ú ollas nú-
meros 09 á 71, pertenecen
á un mismo tipo, bastante
generalizado y son ordina-
rias por su factura y detalles
de ornamentación. Se carac-
terizan por la forma Sllbglo- ]?¡g gy_ — Olla, tosca con decoración romboidea. N° 70 M
bosa, un poco más estrecha- Coi. m. l. r. p/4 deinat.)
da hacia la base, terminada
en un asiento pequeño de sección cóncava; la boca es ancha, el labio
dirigido hacia afuera. Las asas son simétricas, situadas á la altura del
diámetro mayor de la urna, co-
locadas horizontalmente en un
ejemplar, y en sentido vertical
en los otros dos.
Méndez extrajo dos de estas
urnas de los sepulcros cerca
de Molino. En la primera (ñg.
87), el fondo está pintado de
color amarillento, y los dibujos
de la guarda ventral son los
mismos que hemos visto en las
decoraciones do ciertos pucos,
descriptos en las páginas ante-
riores; lleva también una an-
cha faja negra debajo del la-
_. OD , . .... bio, y sus asas son horizon-
Fig. 88. — Olla tosca con decoración irregular grosera ’ "
N» 71 M, Col. M. L. P. ('/4 del nat.) tales, del tipo COlllÚll.
El segundo ejemplar, repre-
sentado en nuestra figura 88, es un poco mayor que el anterior ; acaso
por- efecto de la cocción, su color sea rojizo, pues este color sólo aparece
caprichosamente en partes de la superficie.
En ésta, la guarda es ancha, cubre casi toda la mitad superior
88
y consta de dos líneas paralelas que encierran otras líneas quebradas y
algunas verticales entre círculos, como se ve en el dibujo.
Las asas son en este caso verticales, y aparecen como lóbulos que se
desprenden del cuerpo.
La urna número 09, procede de las sepulturas de Fuerte Quemado;
tiene forma algo menos globosa que las otras, los dibujos lian desapare-
cido casi del todo, y sobre un fondo rojizo se nota solamente en parte los
restos de una guarda, formada por líneas horizontales y algunas espira-
les que se desprenden, al parecer, de triángulos contrapuestos. Las asas
son muy toscas, verticales, pegadas solamente abajo y arrimadas con la
otra extremidad á la pared de la urna; sobre su línea mediana hay pe-
queñas impresiones circulares, estampadas, comunes en otros ejemplos
de la alfarería local.
Urnas diversas. — Las ligaras 89 á 91, representan otras tantas urnas
de nuestra colección, ejemplares únicos, de distintos tipos, pero de
alfarería roja con ornamentación negra. Dos de ellas proceden del ce-
menterio antiguo cerca de Molino del Puesto, la tercera de Fuerte
Fig. 89. — Urna baja con guarda y serpiente típicas.
X- 82 M, Col. M. I.. 1*. VI, <!«! «a*.)
Quemado ; las tres se hallan en un estado admirable de conser-
vación : para ello ha influido la calidad superior de su factura y
materiales.
La mayor parte de las figuras que componen la ornamentación, no son
sino los mismos motivos que hemos tratado más atrás, al ocuparnos de
la decoración de ciertos pucos, razón por la que desistimos de describir-
las con mayor extensión.
La urna figura. 89, es de fabricación más bien tosca; se distingue por
su cuerpo subglobular relativamente bajo, que hacia arriba vuelve á en-
89
suncharse en curva suave, dando lugar á un cuello de diámetro algo ma-
yor que el del mismo cuerpo; á la altura de este último están situadas
las asas, horizontales y de tipo común.
El fondo de la urna es de lindo color rojo ladrillo. La ornamentación
en el anverso y el reverso es igual; está limitada por líneas verticales
en la región de las asas, y por dos horizontales, una debajo del mismo bor-
de, la otra sobre el diámetro máximo del cuerpo. El dibujo, en el espacio
superior, ó del cuello, consta déla conocida faja de los triángulos negros,
con grecas entrelazadas, mientras que la parte inferior está ocupada pol-
la típica representación serpentiforme, idéntica á la que vemos eiq los
Fig. 90. — Urna (le tipo común con decoración variada y figuras
zoomorfas. N° 83 II, Col. M. L. P. ('/, del lint.)
pucos rojos; también se observan algunas líneas salpicadas en el inte-
rior de la urna.
El modelado de esta pieza no es precisamente muy prolijo; la parte,
alta es ligeramente ovalada, y se advierte muy bien la unión de las dos
mitades de que la urna fue fabricada, como también la perforación
de sus paredes para colocar el asa.
Del mismo lugar sacó Méndez la hermosa urna figura 90, muy bien
trabajada, de superficie lisa y de lindo color lacre. Pertenece á un tipo
conocido, formado de tres zonas superpuestas : la de la base, perfecta-
mente cónica, con asiento pequeño y cóncavo, sobre la cual se coloca
otra más alta, ó vientre, de paredes más arqueadas que disminuyen
de diámetro para formar en la tercera zona un labio amplio dirigido
hacia afuera.
Las asas horizontales, tienen el borde superior más estrecho, y están
90
oblicuadas <lel lado interior, por consiguiente menos separadas en la
parte inferior, pero como en la urna precedente, colocadas mediante la
perforación de las paredes del recipiente.
Encima de las asas sube de cada lado una figura zoomorfa (fig. 90 bis),
posiblemente el llamado « quirquincho » (Dasypus vellerosus) , á juzgar
por sii forma y líneas impresas, que indicarían su caparazón l.
Los dibujos que ocupan respectivamente lastres zonas de la urna, es-
tán separados por dos líneas paralelas, que en soparte superior limitan
el vientre del cuello, y en la inferior
de la base: otras tantas verticales
bajan de la línea inferior del cuello
por los costados de las asas basta
la misma base, formando así el an-
verso y reverso de esas dos seccio-
nes.
La serpiente en la zona inferior es
la típica de dos cabezas.
El dibujo sobre el vientre déla ur-
na consta de los triángulos negros
con espirales, unidos en dos figuras
romboidales por líneas rectas y on-
duladas : estas mismas figuras no
son sino ligeras modificaciones de una
ornamentación usual y típica en los
pucos de la misma región (véase
fig. 50 y 57).
El gollete lleva un adorno negro
que consta de una guarda reti culada
y angulosa, la cual serpentea en toda
su circunferencia ; el interior del labio lleva su guarda de rayas ne-
gras, bastante largas y juntas, y verticales á la periferia.
La preciosa urna figura 91, encontrada por los hermanos Guerra en
Fuerte Quemado, corresponde á un tipo especial, de forma alta y sub-
eilíndrica. Se compone de un vientre alto, subovoide, que termina en una
base en forma do cono truncado con asiento cóncavo ; arriba, el vientre
se prolonga en cuello ó gollete, ensanchándose paulatinamente hacia la
boca ó borde superior. Dos asas anchas, en forma de cinta semicircular,
están en el lugar de costumbre.
Fig. 90 Ijis. - — Figura zoomorfa de la urna
ii» 83 (tara, lint.)
1 Hemos encontrado idénticas figuras en muchas otras urnas <5 cántaros del mis-
mo tipo en la alfarería de la región.
El profesor Ontes (Alfarerías, etc., pág. 36, fig. 27) las consideró como represen-
tación del puma.
— 91
El modelado de esta urna es muy esmerado; sus paredes son delgadas,
de 0 milímetros de espesor, muy
bien alisadas, sobre todo del la-
do de fuera, donde están pinta-
das de lindo rojo sanguíneo,
que abarca también el margen
superoinferior ; la pasta em-
pleada es de primera calidad
y la cocción perfecta.
Los dibujos son de un negro
puro. El gollete se adorna con
la hermosa guarda marginal,
que se duplica también, pero
más simplificada, en la orilla
interior.
La ornamentación que apa-
rece en nuestra figura, se re-
pite en el reverso ; es posi-
ble que los curiosos motivos
correspondan á una represen-
tación como en las grandes ur-
Fig. 91. — Urna de tipo especial con decoración antro -
lias de tipo antropomorfo, si pomorfa. N° 84, Col. M. L. r ('/, del nat.)
bien muy convencional. Las
líneas verticales que limitan los dos frentes dejan espacios libres,
entre las asas y la cintura del golle-
te, ocupados en cada caso por una
figura de dos triángulos reticulados
unidos por sus vértices ; las asas
ostentan siete rayas negras verti-
cales.
Fragmento de urna. — Presenta-
mos en este lugar el fragmento (figu-
ra 92), que liemos hallado entre los
escombros de sepulturas excavadas,
y que debió pertenecer á una urna
de forma parecida á la anterior. Es
también de factura de buena calidad,
de color pardo rojizo; su ornamen-
tación justifica el rubro de antropo-
morfo que dimos á la urna indicada.
Una cara humana se destaca dentro de un contorno ovalado, con na-
riz muy pronunciada, ojos y boca de dos bordes repujados, debido esto á
Fig. 92. — Fragmento de urna con cara humana
en relieve. K° 85, Col. M. L. P. (l/a del nat.)
92
una impresión horizontal profunda; de los ojos bajan tres líneas verti-
cales también impresas, todo en la forma muy usual en muchos otros
ejemplos de la alfarería regional. Otras líneas horizontales y verticales
pintadas atraviesan la cara, y en lo demás del fragmento, se distingue
algo como l.i paite caudal de una de esas representaciones serpentifor-
mes, con otras figuras que allomaban la urna.
Urnas ó tinajas diversas. — Entre las grandes urnas ó tinajas, con las
cuales terminaremos la descripción del material arqueológico de Fuerte
Quemado, íiguian dos ejemplares que por sus diferencias de tipo, tene-
mos que separar de los demás que luego describiremos.
A mero título de informa-
ción, vamos á mencionar una
urna funeraria mal conservada,
con su ornamentación borrada,
pero que presenta á su vez otra
forma muy conocida en la re-
gión que nos ocupa.
Estas urnas se caracterizan
por estar formadas mediante
la yuxtaposición de dos par-
tes : la inferior baja, de base
subcónica y truncada, arriba
algo estrechada hasta el plano
de unión con la superior, que
es alta, cilindrica, con sus pa-
redes ligeramente arqueadas,
terminando en labio estrecho
y horizontal.
Además están provistas
siempre de dos asas anchas,
colocadas horizontalmente so-
bre el diámetro máximo de la
porción inferior de la urna.
Por la tonalidad del fondo,
se advierte en nuestro ejemplar que los dibujos ocuparon ocho fajas
ó registros verticales, una decoración muy general en esta clase, y como
puede verse en otra urna de un panteón de Las Mojarras, que se publica,
al final del capítulo siguiente.
En la figura 93, reproducimos una hermosa urna ó tinaja sui generis,
y única en nuestra colección. Por su forma se acerca al tipo de urnas
funerarias que acabamos de mencionar. Se diferencia por su fondo ó por-
ción basa! perfectamente hemisférica, sobre la cual se coloca un cuerpo
JTig. 93. — Unía de tipo excepcional. N° 43
Col. M. L. I>. ('/6 «leí nat.)
93
;ilto, cilindrico, de menor diámetro en su parte superior, donde termina
en un labio ancho y oblicuado; el asiento de la base es ligeramente cón-
cavo.
Las asas son grandes, horizontales é inclinadas hacia afuera.
El color de la urna es el rojizo natural, pero á la superficie exterior
cubre una capa de un blanco impuro, algo amarillento, sobre la cual se
han trazado dibujos negros, entreverados con algunas líneas de color rojo.
La ornamentación, de un conjunto armonioso y de gusto artístico,
se repite en el reverso con pocas variantes. La que ocupa el cuerpo
alto, está separada en los costados, y en la base por líneas negras, que
dejan un espacio libre, más ancho en la región de las asas. Otras
líneas dividen el frente en tres registros ó fajas verticales.
El dibujo de la faja del medio, está formado de ángulos ó cheurrones
negros, acompañados por otros rojos que en el anverso están debajo, pero
en el reverso, arriba de los negros. En el vacío del ángulo superior, una
pequeña raya entre dos puntos indica quizá la. representación antropo-
morfa, en una forma muy simple y convencional, tan común en las gran-
des tinajas de otros tipos : en el anverso, de los ojos se desprenden dos
rayas ó lágrimas rojas.
Los motivos de los registros ó fajas laterales constan de cuatro hermo-
sas grecas triangulares, contrapuestas dos á dos, y separados los pares
de ellas por un adorno de piquillos ó triángulos negros, que dejan vacíos
losángicos del color del fondo.
En la parte inferior de la tinaja se repiten los mismos motivos de las
franjas laterales, con la diferencia, que la greca central que aparece en
nuestra figura, se hace dos en el reverso; unas cuantas líneas paralelas,
complementan los vacíos que la disposición de los triángulos deja en
el esquema.
Por último, la parte exterior del labio está ocupada por un reticulado,
formado por líneas diagonales negras y rojas que las cruzan.
La altura total de la urna ó tinaja es de 52 centímetros, su diámetro
entro las asas de 29, del cuello ó labio 35 ; las asas son de 13 centíme-
tros de ancho y casi 6 de alto.
Urnas ó tinajas con ornamentación antropomorfa.- — Nueve son las
grandes urnas ó tinajas que, como se dijo en un principio, fueron ad-
quiridas de Inocencio Gómez en Fuerte Quemado. Ellas corresponden
á la misma categoría, que las deseriptas al final del capítulo anterior, ó
sea también al llamado «tipo Santa María», desde que coinciden per-
fectamente con sus formas y detalles de ornamentación. Por lo tanto, no
es necesario que repitamos los caracteres generales, propios de esta clase
de urnas, de que se ha tratado ya en páginas que anteceden ; nos
referiremos, pues, sólo á las diferencias más notables, con los dibujos
94 —
«le los ejemplos más interesantes que pueden servir para compa-
ración.
Así encontramos, por ejemplo, en las dos tinajas íi guras 94 y 95, la
típica faja escalonada con todos sus complementos, que constituyen tam-
bién la ornamentación ventral de la urna de Quilines, representada ya en
la figura .‘{‘3. En la tinaja figura 94, la faja vertical media, se com-
pone de triángulos rojos alternados, separados por líneas diagonales
entre otras onduladas, forman-
do un conjunto conocido, pero
poco común en estas urnas, imes,
esta faja consta casi siempre
de los triángulos ‘ con grecas :
motivos empleados también con
más frecuencia en la ornamen-
tación del gollete. La cara huma-
na está figurada aquí por los arcos
superciliares, prolongados hasta
la boca con dientes, y el todo li-
mitado del lado inferior por un
espacio pintado de color rojo den-
tro del cual se hallan ubicados
los ojos.
La urna figura 95 es otro her-
moso ejemplar y, como la ante-
rior, muy bien conservado. Los
arcos y los ojos se destacan en re-
lieve; los primeros, que determi-
nan también la nariz, están pin-
tados de rojo, lo mismo que dos
tial típica y guarda vertical excepcional. N° 43, Col. SCCCÍOHeS de gollete alrededor
si. l. r. ('/„ dei nat.) {]e jos (tipujos geométricos usua-
les : éstos se alternan cenias ser-
pientes, todo ello perfectamente detallado en nuestro dibujo, cuya
ornamentación se repite asimismo en el reverso de la tinaja.
Los tres ejemplares que á continuación se mencionan, llevan los nú-
meros 40 á 48 de la colección; son de factura menos esmerada, de vien-
tre algo más bajo y de gollete más alto, que el ejemplar de Quilines,
reproducido en la figura 34 del capítulo anterior, á cuya categoría co-
rresponden sin embargo en razón de su ornamentación ventral. En las
dos tinajas números 47 y 48, los brazos encierran también un motivo or-
namental semejante al que vemos sobre la urna de Quilines, substituido
por un batracio, de cuerpo romboidal y cabeza bipartita, en el tercer
ejemplar. En este mismo, el gollete es bastante ensanchado hacia el
95
wpm,
wWSm
i m
labio, y su ornamentación consta de dos series oblicuas de los típicos
triángulos con grecas, limitados arriba y abajo por grandes triángulos
negros. También el labio lleva del lado interno una ancha faja ó guarda
marginal, con los elementos recién mencionados de triángulos con grecas.
En la urna número 47 de la colección, los brazos se dibujan por una
simple línea negra, que termina en cuatro dedos largos. El espacio
debajo de los brazos se complementa con las líneas paralelas y series
de puntos usuales, pero en la sección basal, la ornamentación consta
de la característica serpiente en forma de S volcada. Los dibujos del
gollete son parecidos á los de la
tinaja anterior ; la representación
antropomorfa es algo burda, pero
menos estilizada.
Por último, en la tercera urna,
número 48, la decoración ventral
es la misma y típica, como en la
figura 34 de Quilmes. Los bra-
zos y la faja escalonada, en la sec-
ción inferior, son rojos. La orna-
mentación del gollete es asimé-
trica; lo son también los arcos su-
perciliares y una faja horizontal
debajo de la nariz. Los ojos son
pequeños, debajo del izquierdo
hay una serpiente de cuerpo aco-
dado con juintos en su interior, y
los espacios triangulares que que-
dan entre los codos, se comple-
mentan con figuras digitales ó
maniformes. Esta serpiente, con
los demás detalles, se repite en
la parte inferior del lado derecho
del gollete, mientras que los vacíos ó espacios opuestos se alternan con
los motivos de triángulos y grecas de costumbre.
Por los detalles de sus dibujos, conviene citar en este lugar otra tinaja
más, que lleva el número 41 de la colección y que reproduce nuestra fi-
gura 90. Se diferencia sin embargo de todas las otras, por su gollete
desproporcionadamente alargado, pero representa á su vez un subtipo de
estas mismas urnas, bien conocido en la región. El cuerpo ó vientre es
en tales casos relativamente pequeño, y en nuestro ejemplar subovoide.
Los dibujos son negros, muy borrados. En el vientre, los brazos encie-
rran de cada lado un espacio jaquelado, el resto do la ornamentación no
ofrece nada de particular; en el gollete, los motivos usuales están agru-
Fig. 95. — Urna antropomorfa con decoración ventral
típica. N° 40, Col. M. L. 1’. ('/6 del nat.)
96
pados en dos bandas muy oblicuas, y el espacio entre ellas está ocupa-
do por figuras ornitomorfas. El interior de la urna se adorna con la guar-
da marginal y dos figuras de « Suri » ó i ihea, tal como lo muestra el es-
quema (fig. 90 bis).
Las formas y ornamentación de otras dos tinajas, se reproducen con
suficiente claridad en nuestras figuras 97 y 98 ; ambas se distinguen
por sus dibujos curiosos y no tan comunes.
La tinaja figura 97, se caractei
Fig. 90. — Urna antropomorfa ilo golloti
alto. N» 41, Col. M. L. 1*. (‘/6 del nat.)
iza por su gollete muy ensanchado Lacia
el labio ; el vientre presenta una cin-
tura al nivel de las asas, que corres-
ponde á la unión de las dos partes
de que lia sido fabricado el todo.
Los dibujos del gollete son curiosos
por la interpretación convencional, que
se lia dado á la cara humana y por los
detalles que la complementan. La boca
es elipsoidal, las mejillas están gro-
seramente reticuladas, y á los arcos
acompaña una faja de color rojo, que
se dirige por los costados de la cara,
hasta la misma boca.
La ornamentación ventral es senei-
Fig. 96 bis. — Vn detallo de la decoración
interna de la misma urna
lia y consta de la guarda vertical media, con los motivos tantas veces
mencionados, á cuyos costados aparecen ángulos ó cheurrones, pintados
de rojo en el medio, con algunos triángulos negros en los espacios que
dejan los ángulos superiores.
La tinaja figura 98 ostenta una decoración de buen efecto, y ya cono-
cida en otros ejemplares procedentes de dicha región. Parece que tanto
la del gollete como la del vientre, corresponden á una representación ser-
pentiforme, pintada de rojo, y que tiene en esta ultima parte la forma
acostumbrada de S. Los demás detalles se perciben perfectamente en
nuestro dibujo.
— 97
El último ó noveno ejemplar tle esta pequeña serie, quizás debiera
separarse de los demás, por el hecho de que ni el gollete, ni tampoco el
vientre llevan la ornamentación antropomorfa que caracteriza por una
parte estas tinajas.
Los dibujos que ocupan el gollete, forman una especie de red, de trama
irregular, con algunas mallas exagonales, intercalados gruesos mancho-
nes más ó menos circulares, do modo que imitan un dibujo jaquelado:
algunos délos vacíos de la malla llevan puntos negros. Tanto esta orna-
mentación como la ventral, están separadas en las dos caras de la
urna, por la típica faja negra,
que baja en la región de las
asas.
Los dibujos del vientre es-
tán muy borrados ; de ellos
se distinguen líneas curvas,
paralelas, separadas por se-
ries de puntos negros, y que
acompañan en sus vueltas una
especie de faja tortuosa, re-
pitiéndose con cierta asimetría
en cada lado, pintada de rojo y
que recuerda en algo los moti-
vos de la urna figura 98.
Sea dicho, en general, que
todas estas urnas tienen el bor-
de interior del labio pintado de
negro, y á menudo so presen-
tan en la superficie interna
las típicas salpicaduras de que
dimos cuenta para otros obje-
tos.
Objetos diversos. — No debe-
mos dar por terminada nuestra ya extensa enumeración, sin comple-
tarla con algunos objetos más, que forman también parte de la colección
obtenida de José Méndez ; las piezas más interesantes las reproducimos
en la figura 99.
Los pocos objetos de madera proceden del enterratorio de Mo-
lino del Puesto, y están representados por un par de cucharas ta-
lladas, una de ellas con mango bien arqueado, pero ambas mal conser-
vadas.
La tercera pieza es solamente la mitad de otro objeto en forma de tor-
tero de huso, con una perforación central y varios dibujos ó líneas graba-
7
Fig. 97. — Urna antropomorfa con cimarrones
N° 50, Col. M. L. P. ( 1 1 q del nat.)
REV. MUSEO LA PLATA.
T. XIX
— 98 —
dos; se trata de un objeto de tipo bien conocido, de que Ambrosetti lia
publicado numerosos ejemplares
Entre los mismos sepulcros del gran enterratorio, encontró Méndez
muchos fragmentos de frutos de una cucurbitácea, llamada « Mate » en
el lenguaje del país, de forma más ó menos esférica, partidos por el medio,
y usados probablemente como recipientes ó cucharas para tomar líquidos.
De los objetos fabricados de hue-
so, dos de ellos proceden de Fuerte
Quemado : el uno, es una especie de
alfiler, de forma cilindrica con un
pequeño disco plano; el otro, se pa-
rece á una espátula ó utensilio em-
pleado, tal vez como el anterior, en
el modelado de la alfarería. Hay
también puntas de flechas de hue-
so, encontradas en abundancia, pero
mal conservadas, dentro de las se-
pulturas de Molino del Puesto y
juntas con los vasos toscos, que
hemos descripto en páginas ante-
riores.
Los cinco ejemplos que presen-
tamos en la figura 99, nos darán
una idea perfecta de este tipo. Todas
ellas han sido más ó menos bien
talladas ; muchas con punta aguda
y una pequeña escotadura en la
extremidad posterior ; están provis-
tas casi siempre en uno, ó en ambos
lados, de una profunda ranura longitudinal mediana. Estas puntas de
hueso se parecen mucho á las mencionadas por Ambrosetti de los ce-
Fig. 98. — Urna antropomorfa con ornamenta-
ciones serpentiformes. N° 45, Col. 11. L. P. p/6
del nat.)
menterios de La Paya 1 2.
Entre las diversas sepulturas, y aun sobre el suelo éntrelas ruinas de
la población de Fuerte Quemado, se han recogido algunos objetos de
piedra tallada, como ser puntas de jabalina y también de flecha de forma-
lanceolada, bastante gruesas, pero con cantos ó filo en toda la circunfe-
rencia. Luego, un buen número de puntas de flecha casi todas de peque-
1 Ambrosetti, J. B., Exploraciones arqueológicas en la ciudad prehistórica de La Pa-
ya, en IlevÍ8ta de la Universidad de Buenos Aires, 1907, t. VIII, páginas 12, 105, 108,
126, etc.
8 Ambrosetti, J. B., Exploraciones, etc., 1907, página 50, figura 26.
— 99 —
Fig. 99. — Objetos extraídos de las sepulturas de Fuerte Quemado y Molino del Puesto (s/3 del uat.)
— 100 —
ñísimo tamaño y de diversos tipos, como ¡Hiede verse perfectamente en
nuestra figura.
Hay entre estas puntas de flecha, muchas de forma triangular, con los
dos bordes y la base rectos ó ligeramente convexos; otras, en esta última
parte, cóncavas, y muchas veces profundamente escotadas, conservando
dos atetillas pronunciadas : este grupo constituye el tipo predominan-
te de la región. Se encontraron también puntas de flecha más ó me-
gos pedunculádas en su base, algunas pequeñas, de forma corta, triau-
nular, con los bordes laterales cortantes, y otras más alargadas fuerte-
mente dentadas. El material emplearlo con más frecuencia para su fabri-
cación es de obsidiana y basalto (?), de vez en cuando también de cuarzo
lechoso, calcedonia de varios colores y de pórfido cuarcífero.
Terminamos, por fin, mencionando uno® objetos pequeños de piedra,
tallados y perforados en forma de cuentas, que se han encontrado tam-
bién dentro de los sepulcros de Fuerte Quemado. La mayor parte de ellos
son turquesas, de color que varía entre verde cardenillo y verde aceitu-
na ; también los hay de color azul marino que son todos de sodalita.
Muchos tienen forma de disco circular con perforación central, y algunos
otros, de tamaño mayor, son cilindricos ó conservan la forma primitiva
de la piedra, siempre perfectamente pulidos y perforados. De estos ob-
jetos se conocen muchos ejemplos hallados en diversos puntos del nor-
oeste argentino *, pero hasta ahora no se sabe con seguridad su verda-
dero origen.
Por último, hubiese sido muy interesante, conocer con precisión el me-
dio en que se hallaron gran número de cuentas ó perlas azules de vi-
drio, de forma esférica, alargada ó cilindrica, encontradas al remover
varias sepulturas, según Méndez, al pie del cerro de Fuerte Quema-
do y también en otras de Molino del Puesto. Desgraciadamente, no
se conoce su relación con las otras extraídas, posiblemente de los mis-
mos sitios ; pero correspondiendo estas perlas á las introducidas por los
españoles en el siglo xvi, no tenemos cómo tomarlas en conside-
ración.
Véase los trabajos «lo : Ambrosetti, Debenedetti, Román, etc., etc.
Ubicación del pueblo antiguo del Fuerte Quemado
Rev. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. II, T. VI)
Lámina VIH
Cerro Pintado de las Mojarras
Ubicación del pueblo antiguo del Fuerte Quemado
Vista del valle de Santa Maria y de la actual población del Fuerte Quemado (Provincia de Catamarca)
Rev. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. II. T. VI)
Lámina IX
Fig. 1 Cumbre del cerro del Fuerte Quemado, vista hacia el noreste
Werner u.Wírvter, Frankfurl Q gn
Fig. 2 Construcciones antiquas en la cumbre del cerro del Fuerte Quemado
(Provincia de Catamarca)
Rev. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. II, T. Vil
Lámina X
Werner u. V/inter, Frarikfurl- a'/A\
Sepulturas al pie del cerro del Fuerte Quemado (Prov. de Catamarca)
CAPÍTULO II
CERRO PINTADO DE LAS MOJARRAS
§3
SITUACIÓN Y ASPECTO GENERAL
El acondicionamiento de nuestras colecciones originó una demora de
dos días en Molino del Puesto, circunstancia que aprovechamos para
visitar también el Cerro Pintado de Las Mojarras, situado como á dos
kilómetros de la Estancia del Molino, rumbo al sudoeste, y más ó menos
á medio camino entre la villa de Fuerte Quemado y la de Santa María.
Corresponde, por consiguiente, Cerro Pintado al misino cordón que
ya se citó, y de cuyo costado oriental se destaca, como á distancia de
tres kilómetros al sur de la vieja población de Fuerte Quemado. Unos
cuantos ranchos de las propiedades al pie del cerro, forman el lugar lla-
mado « Las Mojarras ».
El cerro tendrá escasamente unos doscientos metros de alto. Visto de
frente, es decir, desde el lado del río, afecta más ó menos una forma
hemisférica, y se extiende como 400 metros hacia el noroeste (lám. XI,
fig. 1).
Las construcciones antiguas se hallan circunscriptas en casi toda su
extensión sobre el mismo morro, donde se levantan las ruinas de un gran
caserío.
La subida al cerro es muy tendida por su costado este, y es precisa-
mente en esta liarte, y á contar de su mitad superior, donde existo
mayor número de construcciones, las que se elevan gradualmente, una
después de otra (lám. XII). Más escasas son las construcciones sobre
la falda norte, y, excepción hecha de unas cuantas, faltan en los costados
sur. y oeste, siendo éstos, por otra parte, mucho más escarpados y,
por lo tanto, menos accesibles.
La cumbre del cerro forma una estrecha planicie de unos 20 metros
102
de anclio, pero bastante despareja, la (pie se lialla edificada también en
nna extensión como de 30 metros de sudeste a noroeste.
§H
CONSTRUCCIONES ANTIGUAS
Todas las construcciones son por lo visto angulares: no liemos encon-
trado ni una sola de forma redonda. Las que ocupan las faldas son típi-
Fig. 100. — Paredes de base reforzada, sobre la falda
cas, y semejantes á aquellas de Quilines: por lo general determinan
recintos que miden de 3 a 4 metros de ancho, por 4 á 5 de largo; forma-
dos por cuatro paredes, de las que, la una está arrimada á la falda y
libres las demás.
El espesor de las paredes varía entre 70 centímetros y un metro:
su altura rara vez excede de 2 metros, correspondiendo esta medida
103
máxima á la pared del frente ó externa, cuando el terreno presenta
cierta inclinación ; en ese caso la interna se halla arrimada al cerro.
Por otra parte, observamos también aquí, que las paredes son más
esmeradas, perfectamente á plomo en el interior de cada recinto, y la
base reforzada con lajas grandes y chatas (üg. 100).
Las entradas á las habitaciones están casi siempre del lado sur é inme-
diatas á la pirca posterior. Guando hay dos ó tres cuartos juntos, és-
tos se comunican entre sí por simples vanos, ó por una pequeña pirca,
formando codo, que facilita la entrada á los mismos.
Fig. 101. — Eolovninioiito do lna construcciones encima del coito
Hemos dicho ya, que las construcciones abundan en esta parte del
cerro; se suceden unas á otras, como los escalones de una gran escali-
nata : á corta distancia de la pared trasera de cada casa, se levanta la
delantera de la de más arriba.
Las construcciones en el costado norte se hallan casi todas muy
derrumbadas, y, á juzgar por los vestigios que aun se distinguen, deben
haber existido dos grandes murallas paralelas, que cercaban todo este
conjunto de casas en su parte baja.
Construcciones en la cima del cerro. — Nuestro croquis (fig. 101) dará
una idea completa de la edificación que lleva la parte superior del cerro \
1 Del)o hacer presente también aquí, que el plano publicado por el doctor Ten lía-
te (A nthropologic des ancicns habitan ts, etc., plancha A, fig. 26), en nada so parece íí
— 104 —
cuya vista fotográfica reproduce además la lámina XI. figura 2. Tenemos
aquí, un pequeño grupo de construcciones angulares, cuadradas y de
rectángulos alargados, dispuestas con cierta simetría y que seguramente
corresponden á otras tantas habitaciones. Éstas, salvo algunas particu-
laridades, no ofrecen diferencias dignas de ser mencionadas en detalle.
El grupo principal de estas construcciones representa un edificio com-
puesto de una gran pirca rectangular, que mide 40 metros de largo por 12
de ancho y parece haber servido de patio; á éste se hallan adheridas las
habitaciones, pero aquí arrimadas á la pared externa y no á la interior.
Fig. 102. • — Habitación sobre el cerro al oeste (le las construcciones principales
Una gran galería rectangular y sobresaliente, forma dos martillos por
su costado occidental ; además, aun existen otros tres cuartuchos : uno
perfectamente cuadrado, ubicado en la mitad de la pared del norte, en
parte hoy derrumbado: mientras que los otros dos, rectangulares, se
hallan del lado opuesto, tal cual lo vemos en el plano, en el que también
están indicados los vacíos ó pasadizos, aun más ó menos reconoscibles.
Allí se incluyen otros cuartuchos inmediatos, hacia el sudeste del edificio
citado, que pueden é) no haber pertenecido al primer grupo: en uno de
ellos se distingue una pirca divisoria.
liaremos notar, á más de todo esto, que en el interior de la gran cua-
dra existe un círculo, formado de piedras lajas, que mide unos tres me-
tros de diámetro y está colocado á flor de tierra. Otra pequeña pirca en
la realidad ; es posible que se trata de una equivocación, como en el plano de Fuer-
te' Quemado, ó de un relevamiento hecho con poco cuidado.
105
forma de cuadrante, pero muy deteriorada y cuyo destino ignoramos, se
lialla en el rincón sudoeste de la cuadra.
Todas estas construcciones lian sido levantadas con piedra laja hasta .
un metro y algo más de altura *.
De la gran galería rectangular hacia el sudoeste, hay una pequeña de-
presión en el cerro, y, como á, los cien metros encontramos una casa alta,
de una sola pieza de 4 X 4,50 metros, muy bien edificada y que conser-
va aún el dintel de su puerta, formada por dos largas piedras (fig. 102). Á
poca distancia de esa casa, y siempre sobre el mismo filo, se encuentran
vestigios de trabajos mineros, efectuados, según información del doctor
Lafone Quevedo, á mediados del siglo pasado.
En las proximidades de este último edificio existe una serie de ruinas,
que están completamente destruidas, probablemente debido al tráfico de
los mineros, para los trabajos posteriores á que nos referimos en las
líneas que anteceden.
Á lo que se ve, existe cierta relación entre las obras antiguas de
Cerro Pintado y aquellas otras de Quilines y de Fuerte Quemado, y, da-
da la proximidad de estas localidades, es muy posible, y aun probable,
(pie todas hayan pertenecido á indios de una misma estirpe ó nación,
(pie tuvo su asiento principal á la altura de Fuerte Quemado, centro
que parece haber sido del valle de Yocavil.
§ III
CEMENTERIOS
Á la bajada del cerro con el mismo Méndez, quien nos había acompa-
ñado en esta excursión, pasamos á un lugar de donde, según él, fueron
extraídas muchas tinajas y otros objetos de alfarería, muy parecidos á
los que conocemos de los cementerios de Fuerte Quemado. Se trata
aquí de un enterratorio, situado como á medio kilómetro al nordeste
1 Quiero aprovechar esta oportunidad para manifestar quo he podido ver en mu-
chísimas ocasiones paredes pircadas por los habitantes actuales, que son en todos
sus detalles perfectamente idénticas íí aquellas de épocas míís remotas.
El tipo do casas de pirca baja, está muy generalizado entre los actuales habitan-
tes de esta región; pero, la disposición del techado, y otros detalles complementa-
rios, con los largos años han desaparecido completamente en las construcciones anti-
guas, y sin duda modificaron sensiblemente la altura interior do esos edificios : puedo
muy bien ser que so imitara la falta de altura en las paredes, sin quo so acordasen
de los techos altos que las complementaban.
de Cerro Pintado, en una de las propiedades de «Las Mojarras».
Poquísimos restos lian quedado de los sepulcros, después de una remo-
ción completa del terreno, que se hizo, según nos lo aseguraron, como un
año antes de nuestro arribo: pero, por los mismos datos proporcionados
Fig. 103. — Aspecto actual de un antiguo cementerio
por nuestros acompañantes, se ve que estos sepulcros deben haber sido
muy parecidos al del primer tipo, descripto en nuestro capítulo anterior,
lo que confirmaron después dos rápidas excavaciones (fig. 103)^ que se hi-
cieron en nuestra presencia mi otro lugar vecino al cementerio profanado.
§ TV
MATERIAL AR QUE( ILÓCIIC O
El material que á continuación vamos a describir, se lia adquirido por
compra; una sola vez tuvimos oportunidad de presenciar personalmente
la excavación de una sepultura. Esta colección, vendida por José Martí-
nez. comerciante de Fuerte Quemado, consta de unos veinte objetos,
reunidos por los vecinos Guerra y Méndez en el antiguo pueblo de Las
Mojarras: la mayor parte son pucos, casi todos pintados y de alfare-
ría roja, que corresponden del todo á los mismos tipos, descriptos ya de
Fuerte Quemado y de Molino del Puesto.
107
Pucos de fondo rojo. — • El ejemplar más sencillo es nn puco (n° 13), de
factura algo tosca sin pintura, de color ladrillo, ennegrecido por el ho-
llín, que muy bien puede resultar de uso en alguna, cocina, indígena. Es
de forma cónica, de altura reducida, paredes rectas, arqueadas solamente
en la parte superior Inicia, adentro; la base es pequeña y de sección cón-
cava.
Otro de los mismos (n° 0), pertenece á un tipo distinto en cuanto á su
forma baja, achatada, con una cintura entre los dos pares de protube-
rancias laterales y el borde de un labio oblicuamente dirigido hacia el
exterior: hubo dos pestañas en el labio, entre las protuberancias dichas,
de las que una ha desaparecido. Su base es perfectamente circular, am-
plia y cóncava, y como en el anterior ejemplo convexa en el interior. La
superficie es lisa, de color gris amarillento ; por afuera, se distinguen aún
unas gruesas líneas oblicuas de rojo muy claro.
Los demás pucos rojos llevan sus dibujos negros; á excepción de tres
de ellos, la. ornamentación del lado exterior consta otra vez do esque-
mas típicos serpentiformes, tales como ios tenemos en el material proce-
dente de Fuerte Quemado. En algunos ejemplares, los dibujos del lado
interior están tan mal conservados que resultan casi del todo invi-
sibles.
Uno de los tres pucos excepcionales, es de forma parecida, pero más
grande, que el número 13; tiene del lado exterior una banda formada
por líneas paralelas sembradas de puntos negros y que corre en zigzag
entre el borde y una. línea negra cerca de la base.
Otro puco pequeño es algo tosco; sus paredes son más verticales y la
porción basal cónica; además está provisto de dos protuberancias simé-
tricas como asas, en el punto de reunión de las dos partes antedichas.
La decoración externa se compone de seis fajas verticales, que caen del
labio á un círculo cerca, de la base, formadas por líneas más ó menos pa-
ralelas. El adorno del lado de adentro comprende cuatro fajas en cruz,
constituidas por dos líneas rectas entre otras dos onduladas : estas
cuatro fajas se desprenden de un ancho círculo en la base.
El tercer ejemplar (n° 10) es grueso y tosco, de forma subhemisférica,
con una base como siempre cóncava por fuera, y convexa por dentro
muy pronunciada. Del lado exterior se distingue un trozo de una doble
línea, que serpenteaba por toda la circunferencia, y en el interior, unos
siete listones con ornamentación caprichosa y asimétrica.
Cuatro de los pucos que por fuera ostentan el símbolo del ofidio lle-
van también en el interior figuras serpentiformes (nos 1, 5, 8 y 10 de la
colección).
En uno de ellos vemos, por ejemplo, cuatro figuras que corresponden
á la parte posterior del ofidio típico, muy semejantes á los del puco nú-
mero 104 de Fuerte Quemado; pero, en este caso, las figuras son más
108 —
angulosas, alternadas en los detalles que adornan los cuerpos, como que
dos llevan puntos, y otras dos, líneas transversales en gran profusión.
Los otros tres pucos están muy mal conservados; en dos de ellos se
distinguen apenas rastros de un dibujo serpentiforme, que aparece una
vez como especie de guarda, completada con la ornamentación de grecas
que nacen de triángulos negros; mientras que en el otro, se distinguen
dos serpientes del tipo común, con los cuerpos adornados por series de
líneas transversales, y otras en sentido longitudinal. Las dos figuras
están separadas poruña banda mediana de dos líneas paralelas con otras
quebradas, dispuestas en sentido del ancbo de la banda.
La ornamentación interior de los otros pucos (n05 4, 7 y 8 de la colec-
ción) consta de elementos geométricos, dispuestos en ocho secciones, tal
como se lia dicho de los ejemplos citados en otro lugar (ver pág. (¡5).
El puco mayor (n° 7) de 30 centímetros de alto y 32 de diámetro, procede
de la misma sepultura, de donde
se ha sacado la urna funeraria, de
la que nos ocuparemos más tarde.
Se distingue del tipo común, por su
forma alta y subcónica con pare-
des poco arqueadas, el borde ceñi-
do por una cintura cerca del labio,
que resulta plegado hacia afuera;
la base es muy pequeña y cónca va,
con escasa convexidad en el in-
terior. Hay dos asas, las de siem-
pre, semicirculares, simétricas, un
poco más abajo del borde.
El símbolo de la serpiente, en la superficie exterior, está groseramente
dibujado : se forma el ofidio por dos líneas separadas con una hilera de
puntos en su interior.
La decoración del lado de adentro es sumamente sencilla : los cuatro
listones ó fajas principales en cruz, se forman con tres líneas onduladas
entre dos rectas, y se complementan en los cuatro espacios correspon-
dientes con cuatro grandes triángulos negros.
En el puco número 12, como siempre, tenemos por base cuatro fajas
principales, dispuestas en cruz, alternadas : dos de ellas con triángulos,
solos ó con grecas, separados entre sí por curiosas líneas rectas y ondu-
ladas; las otras dos también llevan triángulos, pero sin grecas y cada
una su serie de losanges simétricos, unos dentro de otros, y separados
de los triángulos por líneas similares á las anteriores: los detalles de
estos artísticos dibujos, se ven en el dibujo reproducido en la figura
104. Estas cuatro fajas en cruz se separan por cuatro figuras parecidas á
clieurrones invertidos, cuyos detalles constan en el mismo dibujo.
Fig. 104. — Decoración interior con fajas cruzadas.
Fuco n° 12, Col. II. L. F. ('/, del nat.)
— 109 —
En el número 4 de nuestra colección, tenemos en lasíajas principales
los mismos adornos de triángulos con grecas, muy parecidos á los del
puco anterior, si bien peor ejecutados, y dispuestos de la misma ma-
nera, Los vanos correspondientes también llevan su ornamentación;
en dos de los casos, líneas onduladas (dos de un lado, tres del otro);
y en los otros, líneas en zig-zag, de las cuales se desprenden hacia arri-
ba ciertas líneas cortas, en número de cuatro ó más, que muy bien pudié-
ramos considerar como adorno fitomorfo muy estilizado ; sea de ello lo
que fuere, es una decoración también típica de la región.
Escudillas de fondo amarillento claro. — - Seis son los pucos que nos
quedan por citar de esta localidad; ellos pertenecen á la misma
categoría que los descriptos en el capítulo anterior.
El único ejemplar bien conservado tiene del lado de afuera las dos
guardas del tipo común, como
puede verse en el grabado ad-
junto (fig. 105).
Esta misma decoración consti-
tuye también en otro puco el ador-
no del lado interior, pero en vez
de simples guardas, trátase de
ofidios, por completarse aque-
llas con la cabeza triangular
de la serpiente. En este mis-
mo puco, se repite luego la tí-
pica guarda en la porción mfc- r„co „«n, c«i. m. l. i*.
rior del lado externo ; mien-
tras que el dibujo principal ó superior, se compone de dos serpientes
en forma de S, con dos cabezas, boca dentada y ganchos que se despren-
den de los ángulos postlaterales de la cabeza; figuras triangulares, con
claros sembrados de puntos, complementan los vacíos que dejan las
vueltas y contornos de los ofidios.
Igual decoración ocupa también el otro lado del mismo puco, y estos
dos motivos están separados por líneas verticales una á cada lado de
las asas también verticales y retorcidas. Finalmente, sobre el borde, se
distinguen breves líneas negras.
Los demás ejemplares presentan del lado interno las típicas trazas de
salpicaduras.
El puco número 14 es de factura tosca, distinto de los demás por su
forma cónica; mide unos 15 centímetros de alto, 32 de diámetro en el
borde y lü en la base; las asas son retorcidas y toscamente aplicadas.
Este puco lleva un fondo blanquizco sobre el cual se ha dibujado con
más ó menos arte el esquema de su ornamentación, que es diferente en los
110
(los lados. En el anverso tenemos dos guardas, como en tantos otros ca-
sos : la superior consta de triángulos con grecas, desprendidos de dos lí-
neas negras que forman la semicircunferencia del vaso; los dos triángulos
superiores tienen el centro pintado de rojo y los dos inferiores son negros,
pero dentados en su hipotenusa superior. La segunda guarda la forma
una banda quebrada, pintada de rojo entre líneas negras, y los espa-
cios que quedan, contienen otros triángulos cuadriculados, que comple-
tan el dibujo. En el otro lado la mayor parte do la ornamentación lia
desaparecido ; sus elementos parecen los mismos, pero otra es su
disposición.
Los demás ejemplares tienen el adorno casi completamente borrado,
pero se nota aún que en uno hubo guarda quebrada roja, y decoración
como en los ejemplares de Fuerte Quemado; en el otro tal vez un moti-
vo serpentiforme muy irregular L
Ollas. — Las dos ollas, halladas según Méndez en una misma sepul-
tura, en cuanto á forma y color son idénticas á las descriptas en la
Fig. 100. — Olla tosca con decoración subespiralada
N“ 18, Col. ir. L. r. (V, del nat.)
página 87 del capítulo anterior. En factura y ornamentación, ambas
son bastante ordinarias: el dibujo del lado que representa nuestra liga-
ra 100, no necesita mayores comentarios; no es igual el del lado
opuesto, pues allí se notan tres espirales más pequeñas, y mal trazadas;
además sobre la línea inferior de la guarda, otra figura, formada por una
Son los números í) y 15 (lo nuestra colección.
111
simple curva coa triángulos negros cillas dos extremidades, y dos líneas
cruzadas en el espacio medio. Á cada lado hay una faja vertical, muy
asimétrica, la una con varias lí- _
neas reticuladas, la otra con estas
más enredadas. El labio interior
de la olla, lleva sns pequeños pi-
quillos ó triángulos negros, que
arrancan de la misma orilla.
La otra olla es más ó menos del
mismo tamaño; tiene la pintura ya
muy borrada. Se distingue aún par-
te de una guarda quebrada de dos
líneas equidistantes, con una serie
de gruesos puntos negros. Los de-
más detalles se verán en la figura 107. También el interior del labio lle-
va un adorno de ganchos subespirales que se desprenden del borde.
Fig. 107. — Trozo <lo la guarda de la olla n° 10
Col. M. L. V.
Urna funeraria. — Cuando recorrimos con Méndez los sitios de los
antiguos enterratorios, los ocupantes de un rancho cercano, atraídos pol-
la curiosidad y la esperanza de (pie un nuevo hallazgo les proporciona-
ría algún beneficio pecuniario, se pusieron á excavar el terreno adya-
cente á las sepulturas ya profanadas. Desanimados por el resultado
negativo en su exploración, estuvieron á punto de retirarse, cuando de
pronto tropezaron con algunas piedras que indicaban se trataba de un
sepulcro, cuya abertura pudimos presenciar *.
La forma de éste, nada tenía de novedoso, como detalle do la cons-
trucción : varias lajas, ó sean piedras chatas, bastante separadas unas
de otras, hacían las veces de paredes, mientras que otras tres largas
servían de techo.
Luego se descubrió una gran urna con su correspondiente tapa, vol-
cada ésta sobre la boca de aquélla. En el interior de la urna se hallaba
el puco número 7, que hemos descripto anteriormente, algunos frag-
mentos de alfarería y unos pocos restos humanos muy mal conservados,
mezclados con pedregullo.
La urna, que reproduce nuestra figura 108, es de un tipo bien
conocido, y de la misma forma de la que obtuvimos de Fuerte Quemado :
las condiciones del hallazgo confirman su empleo como urna funeraria.
Es de color rojo ladrillo, y la decoración está distribuida en ocho bandas
verticales, con ornamentación alternada, dibujada con poco arte. En las
1 Corresponde este sepulcro precisamente al sitio que representamos en nuestra,
iigura 103.
112 —
■cuatro bandas, que se componen de elementos curvilíneos, el fondo es
más amarillo; en las otras se repiten series de ángulos ó clieurrones,
con los detalles usuales que se ven en la figura. Esta decoración ocupa
toda la parte superior de la urna, y parece que hubo intención de repe-
tirla también en la parte
inferior, donde se presenta
muy irregular, y no ya en
relación con los grupos de
arriba. Por último, sobre
el labio se ven líneas cor-
tas verticales á la perife-
ria, adorno que se repite
casi en todos los ejempla-
res de este tipo de urnas;
también las asas son las
usuales.
La tapa es muy pareci-
da á la parte inferior de la
urna, sobre la cual se ha-
llaba volcada, tanto en
tamaño como en los deta-
lles de su decoración, y,
á primera vista pensába-
mos considerarla como
fondo truncado de otra de
dichas urnas: esta costum-
bre, en efecto, se ha ob-
servado en casos análogos.
Sin embargo, un examen
prolijo de la tapa, no con-
firma nuestra suposición,
á juzgar por la curva pro-
nunciada que describen sus paredes hacia el interior del recipiente. El
borde, recortado en toda su circunferencia, debió estrechar aun más la
abertura, y no podía haber dado lugar á la yuxtaposición de un cuerpo
alto, como lo lleva este tipo de urnas. Es probable que el ejemplar en
cuestión haya sido alguna vez un enorme puco que más tarde fué recor-
tado para emplearlo como tapa. Itésta decir que á la altura de su diá-
metro máximo, hay dos especies de listones horizontales, poco desta-
cados, que hacen las veces de asas.
T'ig. 108. — Urna funeraria con sil correspondiente tapa, extraída
del sepulcro figura 103. N° 12, Col. M. L. 1*. ( 1 del nat.)
Rev. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. II, T. VI)
Lámina XI.
Fig. 1 Vista del cerro Pintado de las Mojarras (Prov. de Catamarca)
Fig. 2 Caserío en la cumbre del cerro Pintado de las Mojarras
Rev. Museo ele La Plato, T. XIX (Ser. 11. T. VI)
Lámina XII.
a cumbre del cerro Pintado de las Mojarras
Cataniarca)
Roí. Masco do Ln Plata, T. XIX (Sor. 11. T. VI)
Construcciones antiguas en la parte este de la cumbre del cerro Pintado de las Mojarras
(Provincia de Catainarca)
CAPÍTULO III
LOMA MCA, AND AGUA LA Y AMPAJANGO
§1
SITUACIÓN Y ASPECTO GENERAL
Al continuar nuestra exploración hacia el sur, nos dirigimos hasta
Loma Eica, Andaguala y Ampajango, lugares vecinos situados al cos-
tado oriental del valle de Santa María, y que estuvieron habitados, sin
duda, por las mismas tribus indígenas que ocuparan algunas de las
poblaciones descriptas. Dichos lugares nos eran asimismo bien conoci-
dos como grandes centros de petro glifos. Haremos mención de varios
ejemplares, algunos de ellos reproducidos por Liberani y Hernández en
uno de los primeros trabajos sobre estudios arqueológicos, iniciados
precisamente en estos parajes
Tenía nuestro viaje por objeto principal buscar dichos petroglifos,
razón por la cual no se dedicó más tiempo á ruinas ú otros restos
arqueológicos. Aprovecharemos, sin embargo, la oportunidad para ofre-
cer algunas observaciones realizadas en este sentido, antes de dar
cuenta de los interesantes monumentos hallados durante nuestra rápida
excursión.
El 28 de marzo dejamos la villa de Santa María y pasamos á San
José, de donde arranca el camino que cruza el valle en dirección al
suroeste y conduce directamente á Loma Rica ; desde la quebrada
1 Liberani y Hernández, Exploración en Loma Rica, 1871. Album de fotografías
tomadas de dibujos. Tucumán, 1877.
Es una publicación muy rara, pues so hizo solamente un número reducido de
■ejemplares ; machos de los dibujos que, sea dicho de paso, carecen de exactitud, han
sido reproducidos más tarde por el doctor Ameghino, véase : Inscripciones anticolum-
bianas encontradas en la República Argentina, Bruselas, 1879 (comunicación al Con-
greso internacional de americanistas en Bruselas, 1879); luego en su clásica obra :
La antigüedad del hombre en el Plata. París y Buenos Aires, 1880-1881.
REV. MUSEO LA PLATA.
T. XIX
8
114
de Yupe, otro camino se dirige á Andaguala y á unos ocho kilómetros
rumbo al suroeste se encuentra Ampajango, distante unas cinco le-
guas de nuestro punto de partida.
131 paisaje que presenta la parte oriental del valle en esta altura es
bastante distinto al del lado opuesto. De la prolongación de esta ca-
dena del Aconquija, se desprenden escarpadas colinas de areniscas mul-
ticolores, cuyos mantos rojos y amarillos dan á la región un aspecto
simpático y más pintoresco que el monótono cordón de la Sierra de Quil-
ines, del otro lado, llegadas por algún arroyo alíñente del río de Santa
María, las poblaciones nombradas constan de trecho en trecho de terre-
nos fértiles, mientras que por lo general el suelo es accidentado y árido;
un sinnúmero de cerros y pequeñas lomas forman un laberinto de cuestas
y quebradas tortuosas, sitios por donde se encuentran desparramados
restos de construcciones antiguas, como también petroglifos de que lue-
go haremos referencia.
§ II
CONSTRUCCIONES ANTIGUAS
Á juzgar por ciertos detalles que durante nuestro recorrido pudimos-
observar, se confirma la semejanza de muchas de estas construcciones con
otras de que se ha tratado ya en capítulos anteriores. En las proximida-
des de Ampajango, por ejemplo, encontramos una gran extensión cubier-
ta de cantos rodados, dispuestos y alineados, como los de Quilines y
Fuerte Quemado : una serie de círculos del mismo material puesto á-
flor de tierra, como de dos á tres metros de diámetro, reproducen
perfectamente otros vistos posteriormente en Punta de Balasto, etc.
(véase fig. 114, pág. 120).
En Andaguala hemos hallado también las ruinas de un gran caserío
compuesto de habitaciones rectangulares, parecidas á la de Fuerte Que-
mado; y numerosos vestigios 'de pircas derrumbadas y sepulcros exca-
vados, obra de los exploradores que nos precedieron '.
Loma Rica. — Loma Rica es una colina ó loma aislada de unos
1 Cuéntanse entro ellos, en primer lugar, los ya citados Liberani y Hernández, y
más tardo, el malogrado Methfessel, antiguo empleado del Museo de La Plata,
quien exhumó en Andaguala y Loma Rica buen número do urnas y objetos arqueoló-
gicos del mayor interés.
Si bien so observa entre dichos objetos algo de la característica regional, no puede
negarse que, en su mayoría, las grandes urnas, por ejemplo, corresponden perfecta-
115
100 metros sobre el nivel del río, cuya parte superior forma una plani-
cie horizontal alargada que mide unos 350 metros de largo en dirección
de naciente á poniente, y poco menos de cien metros en su mayor an-
chura
Fig. 109. — Vista parcial de las construcciones de Loma Rica
Está dicha planicie cubierta en su totalidad con pircas irregularmente
dispuestas, con sus ángulos y martillos (pie constituyen á la vez habita-
ciones más ó menos cuadradas, unas juntas á las otras ó separadas al-
gunas por estrechos pasajes ó calles, de manera que en conjunto estas
construcciones se parecen á una gran red.
mente á la factura típica de todo ese valle (tipo Santa María, de Lafone Quevedo),
como ser los de San José, Cerro Pintado y Fuerte Quemado, etc.
Parte de esta alfarería figura en los trabajos del profesor Outes (Anules del Mu-
seo de La Plata, 11)07, t. I) ; y del doctor Lafone Quevedo (Revista del Musco de La
Plata, 1908, t. XV).
1 En el mapa publicado por Boman, de la región do los Diaguitas ( Antiquités ,
etc., fig. 10), Loma Rica está indicada entre Colalao del Valle y Bañado de Quil-
ines ; en cambio se lee Loma de Jujuy en el sitio que correspondería para aquella.
Sin perjuicio de cualquiera otra Loma Rica que pueda existir, insisto en que la
Loma Rica clásica es la situada entre San José y Audaguala, advirtiendo que en sus
inmediaciones se halla un riacho llamado local mente do Jujuy.
Por la disposición de las construcciones, es muy prohable que el plano publicado
por Ten Kate (Aiithropologie des anciens habitants, etc., planche A, lig. 25), como de
Loma de Jujuy, sea en efecto el de Loma Rica. Por lo que ya hemos dicho (pág. 12
y 103), que deben aceptarse con reserva los detalles de dicho plano.
116 —
Por lo general, los recintos de estas habitaciones son pequeños, de po-
cos metros de ancho y largo; las pircas, cuyo espesor raras veces tiene
más de un metro, están levantadas en la forma usual, de cantos roda-
dos mica esquistosos ; en la actualidad, de su altura no conservan más de
un metro, á lo sumo metro y medio, y es asimismo difícil descubrir en
ellas vanos de puertas ó aberturas de pasajes. Algunas veces se observa
una doble pared paralela, es decir,
una pirca más baja, arrimada á la
principal.
La abundante vegetación de plan-
tas espinosas en su mayor parte
cactáceas, nos privaron de poder ha-
cer un relevamiento cualquiera, fal-
tándonos tiempo para realizar el des-
monte. Por ahora nos limitaremos
á presentar un detalle de las cons-
trucciones sacado de los apuntes de
Methfessel que demuestra perfecta-
mente cómo eran entonces, mientras
que la vista fotográfica reproduce su
aspecto actual (fig. 109 y 110).
Desde la meseta de Loma Pica se domina todo el valle de Santa Ma-
ría con sus poblaciones antiguas desde Punta de Balasto hasta Quilines
y aun más allá.
Las faldas al este y sur de la loma tuvieron también sus «pircados»,
pero ellos se encuentran ahora completamente derrumbados y destruidos.
Posible es que alguna vez existieran las murallas en círculos, délas que
hablaron Liberan i y Hernández, consideradas como obras de defensa;
por nuestra parte, nada pudimos afirmar al respecto, y no deja de extra-
ñar que el mismo Methfessel no las haya descubierto durante su larga
estadía en esos lugares.
§ III
l’ETROGLIFOS
La costumbre de fijar inscripciones sobre las peñas, ha sido muy ge-
neralizada también entre los indígenas del noroeste argentino. Los ejem-
plares observados en las provincias andinas, se presentan todos en la
región calcliaquí, pero en ninguna parte con tanta frecuencia como
en los lugares de que ahora nos ocupamos.
Al clasificar estas inscripciones, corresponde dividirlas en dos cate-
117 —
gorías: unas como pictografías, si para producirlas se empleó solamente
la pintura; otras como petroglifos, si ellas se hallan grabadas sobre las
peñas; no nos consta qne se usaran los dos procedimientos combinados,
y en el presente caso, no encontramos sino rocas grabadas ó petroglifos
propiamente dichos.
Para tal objeto, el indio ha elegido siempre piedras obscuras, de roca
porfídica, cuya superficie, por su descomposición natural, presenta un
aspecto betuminoso y sobre la cual los dibujos se destacan con más clari-
dad ; para producir el petroglifo, parece que el procedimiento ha sido
golpear esa superficie negra, con algún instrumento ú otra piedra más
dura.. El grabado tiene, por decirlo así, poca profundidad, casi como una
simple raspadura, y es muchas veces difícil poder descifrar los dibujos,
sobre todo si no se hallan colocados en buenas condiciones de luz.
Parece que los indígenas, en la selección del material, no tuvieron
en cuenta la forma ni el tamaño de las piedras, y simplemente aprove-
charon las más obscuras, desde pequeños cantos rodados hasta bloques
á veces de grandes dimensiones. Igual cosa puede decirse, en cuanto á la
ubicación, siendo probable que no haya habido mayor premeditación
en cuanto al sitio asignado; así es que encontramos los petroglifos ya
dispersos y separados unos de otros por largas distancias, ya reunidos ó
agrupados, lo mismo en campo llano como entre quebradas ó sobre cues-
tas y lomadas.
Ahora bien, las inscripciones de nuestros petroglifos están compuestas
de distintos elementos: de líneas rectas ó curvas, entrelazadas de la ma-
nera más irregular, de figuras geométricas como ser círculos, espirales y
grecas, ó de representaciones convencionales de seres antropo ó zoomor-
fos, como también de un sinnúmero de otros signos curiosos. Por ahora su
interpretación es imposible y tampoco pretendemos ofrecerla, ni entrar en
dila tadas consideraciones al respecto ; reproducimos simplemente las foto-
grafías y dibujos de los ejemplares hallados durante los días que recorri-
mos los lugares circunvecinos entre Loma Rica y Ampajango. Hoy por hoy,
el pequeño conjunto que ofrecemos representa tan sólo parte de los curio-
sos monumentos existentes en los lugares mencionados ; tengo que la-
mentar asimismo, por una parte, la pérdida de fotografías tomadas de
otros ejemplares situados en las proximidades del antiguo ingenio de
Ampajango, y por otra, que algunos originales no se hallarán en condi-
ciones favorables para obtener de ellos reproducciones.
Haremos constar que se ha seguido siempre el sistema de repro-
ducir solamente aquellos trazos que se destacan con toda claridad ;
en su mérito hemos dibujado con esmero las figuras, que entre tantas
otras ilegibles contiene la lámina XV, mientras que las fotografías (pie
aparecen en la lámina XIV, se obtuvieron después de repasar cuida-
dosamente los contornos de los dibujos con tiza. Este último procedí-
118
miento es sin duda el más recomendable, pero tiene el inconveniente
que las figuras se proyectan á veces deformadas por la perspectiva. Al
mismo tiempo de la fotografía, debiera hacerse siempre de cada petro-
glifoun calco, el cual se podrá tomar fácilmente empleando papel trans-
parente, ó como se me ocurrió, repasando los contornos con lápiz de co-
piar y aplicando después hojas de papel humedecido, que se ajustan
al dibujo por medio de un cepillo suave, recibiendo así la impresión de
lo repasado con lápiz. Los calcos obtenidos de este modo tienen la ven-
taja de que el dibujo es exacto, y se podrá desarrollar más tarde sobre
superficie plana y reducir al tamaño (pie se desea.
Fig. lll. — Petroglifo en el arroyo seco <le Marcos Yape
Dos petroglifos, que mencionaremos por separado, liemos hallado
sobre el camino á Andaguala; uno, en el mismo lecho del arroyo seco,
cerca de Marcos Yape; el otro, sobre la falda de una loma, pocos
metros al oeste del camino que conduce al arroyo del bajo de Anda-
guala l.
El primero es un bloque rectangular, de 0m70 por l'"50 de ancho y
largo y 0mG() de alto, que lleva una serie de dibujos en la parte superior
y en uno de sus costados; algunos de ellos se ven en nuestra fotografía
(fig. 111), mientras que el resto se halla ya casi totalmente borrado.
Jais figuras que se destacan á la derecha del bloque, corresponden
quizás a representaciones zoomorfas, si bien de un convencionalismo
algo exagerado.
En parecidas condiciones se encuentra el otro petroglifo, cuyo cro-
1 Los dos petroglifos han sido publicados por Libcrani y Hernández y reproducidos
por Amicgiuxo, La antigüedad, etc., plancha XII, páginas 362-363 y plancha XI, pá-
ginas 356-357. Los dibujos de los mencionados autores son poco fieles (í los originales.
— 119
■quis se ve en la lámina XV, figura 7. Este es casi igual al anterior en
cuanto á forma y dimensiones; también los diseños que ostenta en uno
de sus costados se destacan muy poco sobre la superficie obscura y be-
tuminosa.
Entre un conjunto de figuras irregulares y de elementos geométricos,
como ser líneas subespiraladas, grecas ó círculos, se ven otras figuras mas
complejas, difíciles de interpretar. Pudiera ser (pie los trozos de alguna
línea ondulada con círculo, re-
presentasen un ofidio, y que el
diseño que aparece en el cen-
tro, signifique tal vez un ave,
como las que fiemos visto en
las inscripciones de este gé-
nero, sobre peñas en la provin-
cia de Córdoba l.
Del lado superior del blo-
que fiay también algunos di-
bujos y, entre ellos, el precioso
diseño escutiforme, cuyo fac-
símile reproduce nuestro gra-
bado (fig. 112). En esta misma
parte, bailábase la roca agrie-
tada, lo que nos permitió des-
prender el fragmento con el
escudo en cuestión, el que se
encuentra boy en las coleccio-
nes del Museo.
Fijándonos añora en los de-
más petroglifos, se observa en
ellos cierta característica local,
á pesar de que en parte tienen muclia analogía con aquellos que ya se
conocen de otras regiones. Seguramente, esta nota característica se ma-
nifestará en mayor grado á medida que se estudie el material en más
numerosos ejemplos, y con más detención.
En este caso, nos faltan todas aquellas representaciones humanas típi-
cas y otras figuras que acompañan á éstas en las pictografías y en al-
gunos petroglifos de las altas planicies 2: las figuras de llamas ó guana-
í'ijr. 112. — Fragmento de petroglifo, depositado
en la colección del Museo
1 Outes, Los tiempos prehistóricos y protohistó ricos cu la provincia de Córdoba, eu
Itcvista del Museo de La Piula, tomo XVII, 1910-11, página 315, figuras 15 y 20.
2 Bo.max, Antiquités de la région andino, etc., 1908, páginas 665-676, plancha LXI ;
ÁMBROSETTI, Las grutas pintadas, etc., en Boletín del Instituto geográfico argentino, tomo
XVI, 1895, figura tic la página 311.
120
eos, tan comunes allí, no las liemos visto sino en una sola ocasión, sobre
una piedra cerca de Andaguala (lám. XIV, fig'. 5); pero conviene hacer
notar que también otros de los dibujos de ese mismo ejemplar tienen
mucho parecido con los de dichas planicies, como puede verse, por ejem-
plo, en el petroglito de Puerta de la Rinconada, publicado por Boman 1.
Varias de estas .figuras irregulares formadas ]>or líneas curvas do ter-
minaciones digitiformes, guardan semejanza con algunas que ostentan
nuestros petrogiifos. Por otra parte, encontramos también parecido en
los detalles del petrogiifo situado en el Bajo de Cañota, en la provincia
de Mendoza publicado por el doctor Moreno 2, y el malogrado profesor
Aguiar, de San Juan, me mostró unos dibujos muy parecidos á los nues-
tros, sacados de varias piedras grabadas de aquella provincia.
Las figuras 5 á 8 y 11 á 13 de la lámina XV, nos dan á conocer al-
gunos de los petrogiifos que hemos encontrado en nuestro recorrido en
los campos al noroeste del antiguo ingenio de Ampajango. En ellos
ocurren solamente líneas curvas, espiraladas y entrelazadas, combina-
das con círculos, una que otra vez con punto céntrico, formando el total
figuras caprichosas, que tan difíciles son de describir, como de inter-
pretar.
Otra piedra, que se halla sobre una pequeña lomada entre Loma.
Rica y la casa de Eugenio Gómez, en el bajo de Andaguala, tiene dos de
sus superficies grabadas: una de 0U180 x 0m0(), la otra de OmGü X 0,n40
de largo y ancho respectivamente. Sobre ellas, se destacan con claridad
los esquemas que reproducimos en la lámina XIV, figuras 3 y 4, formados
por líneas rectas y quebradas, más ó menos paralelas con los contornos
trapezoidales de la piedra, y que terminan en círculos con puntos cén-
tricos y algunas grecas bien trazadas.
Muchos son los signos, por supuesto muy convencionales, que encon-
tramos sobre otros petrogiifos. En su mayor parte se componen de figu-
ras geométricas, como por ejemplo el dibujo de doble espiral en forma de
S, que se ve sobre las rocas, lámina XIV, figura 5 y lámina XV, figura 1.
Este último petrogiifo está situado al nordeste, como á dos kilómetros
de la casa de Gómez en Andaguala: tiene 0m80 de alto y entre otros
signos curiosos, algo más profundamente grabados que de costumbre, se
distingue una huella tridáctila del «Suri» ó «Pata de Perdiz», deno-
minación local.
Muy interesante es sin duda el hallazgo del petrogiifo situado cerca
de Ampajango, yendo de la Cuesta del Vallecito, el que figura en la lá-
1 Boman, Jntiquités, etc., página 677, figura 1-19.
- Fkancisco P. Mokicno, Exploración, arqueológica de la provincia de Catamarca, on
Revista del Museo de La Plata, 1890-91, tomo I, figura fio la página 208.
121
mina XIV, número 2. Además de buena cantidad de curiosos signos,
mezclados con círculos concéntricos, rastros tridáctilos, etc., se encuentra
aquí, por primera vez, las huellas de la planta del pie ó de la palma de la
mano humana, idénticas á aquellas de las esculturas en la roca de Itío
Xegro l, ejemplo que hemos citado ya, al tratar de los petroglifos de
Quilines 2.
Los pocos petroglifos que nos quedan aun por mencionar, son de re-
presentaciones antropo y zoomorfas.
La figura humana, que ostenta una pequeña piedra hallada al suroeste
de Marcos Yape (lám. XV, fig. 2), acaso pertenezca á un tipo moderno ;
por otra parte, no sería demasiado aventurado, considerar las figuras de
la lámina XV, números 3 y 4, y tal vez aun parte del número 5, como se-
res antropoides, muy estilizados por cierto 3.
Para terminar haremos notar las dos representaciones reptiliformes,
muy bien ejecutadas, del petroglifo lámina XV, figúralo, hallado sobre
la Cuesta del Valleeito, y en el cual se conservan también rastros de gra-
bados en la liarte superior de la piedra; y por último, otra figura zoo-
morfa, lámina XIV, figura 1, se destaca con mucha claridad sobre la
peña obscura, casi negruzca. Entre algunas figuras enigmáticas apare-
cen otra vez las llamadas « patas de perdiz », y del lado izquierdo, una
ornamentación que bien pudiera ser de carácter fitomoríb muy estili-
zado.
Si este corto relato basta para darnos á conocer, siquiera someramente,
los petroglifos de la región, no liemos satisfecho con ello nuestra curiosi-
dad en cuanto á su origen y significación. ¿ Sería posible con tales an-
tecedentes emitir opinión alguna en cuanto al sincronismo de estos pe-
troglifos con las ruinas y restos arqueológicos í ¿ Acaso pertenecen todos
ellos áuna sola estirpe, é intervinieron en todos los artistas que fabrica-
ron también el abundante material arqueológico '? Tal aseveración pa-
rece poco probable, por el solo hecho de que no existe suficiente analo-
gía entre los respectivos simbolismos. Es admisible que los petroglifos
correspondan á una época más moderna, porque en el transcurso de lar-
gos siglos los dibujos hubieran quedado del todo ilegibles, por el pro-
ceso de descomposición que experimentaría la superficie raspada.
Por ahora, esta solución nos parece tan problemática como la de
pretender descubrir el significado de los petroglifos. Admitiendo la posi-
bilidad de que algunos de ellos puedan haber servido para algún fin eere-
1 Brujen, La piedra pintada, etc., en Revista del Musco de La Plata, tomo X, 1902,
página 173, lámina II.
’ Véase el capítulo II, página 27 del presento trabajo.
3 El petroglifo lámina XV, figura 3, se encuentra sobro la Cuesta do los Marciales;
el representado en la figura 4, poco más al sur de la Cuesta del Valleeito.
monial ó de culto, debe dejarse la última palabra á estudiosos más auto-
rizados; me adhiero, no obstante, á lo que dice Boman al final de su ca-
pítulo referente á este punto 1 : « Tal vez que los hombres de la época de
los petroglifos, hayan mirado estas obras enigmáticas simplemente como
obras de arte, que satisfacieron sus conceptos estéticos, sin darles nin-
guna significación precisa, y que jamás será posible descifrarlos ó des-
cubrir su significado. »
Boman, Antiquités, etc., página 820.
Rev. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. II, T. VI)
Lámina XIII.
Fig. 1 Vista general de la Loma Rica (Prov. de Catamarca)
Werner u.Winter, rrarikfurt
Fig. 2 Ampajango desde el valle de Santa María (Prov. de Catamarca)
Rev. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. I], T. VI)
Lámina XIV.
F'ig. 1 Piedra sobre la cuesta del Vallecito
Fig. 2 Piedra en las proximidades de Ampajango
Fig. 3 Piedra en las proximidades de Andaguala
Fig. 4 Lado opuesto de la piedra de la Fig. 3
Fig. 5 Piedra al sur de Andaguala
Petroglífos (Provincia de Catainarca)
Rev. Museo de La Plata. T. XiX (Ser. II, T. VI)
Lámina XV.
Petroglífos (Provincia de Catamarca)
CAPÍTULO IV
PUNTA DE BALASTO
§ I
SITUACIÓN Y ASPECTO GENERAL
Con la descripción de que nos ocuparemos en el presente capítulo, da-
mos á conocer por primera vez loque aun queda del antiguo pueblo en la
Punta de Balasto, uno de los más interesantes de todos los que hemos
estudiado, y, que por lo curioso é importante de sus construcciones, pa-
rece que debió pertenecer á una plaza fuerte de primer orden para aque-
llos tiempos.
Punta de Balasto es lugar bien conocido, situado en el extremo
sur del valle de Santa María ó Yocavil, y muy próximo á la terminación
de la serranía de Quilines, de allí su nombre de «Punta». Está, al este
del cordón final de la cerri liada, sobre un morro que so destaca de
dicha sierra, en el que se halllan las ruinas.
En este lugar se ramifican importantes vías de comunicación entre
las poblaciones del valle de Santa María y las principales de más al sur,
como ser: Io de Andalgalá á las Minas y Quebrada de Muschaea; 2o de
Hualfín y Belén, cruzando en dirección sudoeste la inmensa llanura,
basta llegar á Los Nacimientos; 3o otra que dando vuelta á la Punta
va hacia el norte y toma el otro valle que conduce desde Famabalasto
hasta El Cajón : la sierra de Quilines se interpone á los dos valles pa-
ralelos citados (lám. XVI).
Si marchamos de Punta de Balasto hacia el norte, damos con el lugar
de San José, y más allá, con la villa de Santa María; luego las poblacio-
nes viejas del Cerro Pintado de Las Mojarras, Fuerte Quemado y Quil-
ines, esta última, como dijimos ya, la más notable por sus imponentes
construcciones y su gran extensión. Del costado oriental del mismo
124
valle, rumbo nordeste de Punta de Balasto, ludíanse los lugares de Am-
pajango, Andaguala y Loma Rica.
Los alrededores de Punta de Balasto son tan áridos como los demás
lugares ya mencionados : la vegetación es pobre, formada de plantas
xerófilas, como jarillas (Larca divar icata), retamas (Enhiesta retama) y
otras espinosas, entre las cuales abundan cactáceas y grandes «cardo-
nes » ( Cercas), tan característicos de estas regiones.
El río, bastante caudaloso en este pinito, corre Inicia el sur por el
valle del Cajón, rodea la terminación de la sierra, y continúa su curso
en dirección opuesta, ó sea norte, por el ancho valle de Santa María.
Las tierras, bañadas por sus aguas, son algo más fértiles, pero no por
eso mejor aprovechadas por los pocos pobladores actuales. La casa
de Ismael Vargas, que sirve de hospedaje á casi todos los viajeros que
transitan por esas regiones, es asimismo la única propiedad de alguna
importancia, y en sus confines es donde está situada la vieja población.
Como en las demás localidades, observamos en Punta de Balasto, dos
grupos bien distintos de construcciones, separadas unas de otras: el
uno, es el de la edificación en el llano del valle; el otro, el de las cons-
trucciones que se hallan sobre el cerro. Sucede, pues, tal como en Quil-
ines, Fuerte Quemado y tantas otras poblaciones antiguas, que las cons-
trucciones de la parte llana fueron habitadas en tiempo de paz y por
gente entregada á. sus labores domésticas y al cultivo de sus tierras;
mientras que aquellas otras, remontadas sobre los cerros, debieron haber
servido como sitios de observación, de refugio, ó como verdaderas forti-
ficaciones, como lo vemos en el caso presente.
Dejando de lado otras consideraciones, nos limitaremos á describir
las ruinas de Punta de Balasto, tal cual las hemos hallado en marzo
de 1907.
§ II
CONSTRUCCIONES ANTIGUAS
Construcciones en el llano del valle. — Penetrando al valle de Santa
María por el sur, como un kilómetro antes de llegar á la casa de Var-
gas, se encuentran sobre una ligera elevación del terreno, ó terraza
inmediata al río, (pie correóla derecha, ruinas de un centenar de pircas,
que ocupan aproximadamente una superficie de 10 hectáreas.
Se trata aquí, en su mayor parte, de pequeñas construcciones de dos
metros por tres, de forma cuadrilonga, con ángulos no siempre bien
definidos. Estas construcciones se hallan ya aisladas, ya en grupos de á
dos, pero siempre bastante separadas entre sí, y distribuidas con cierta
125 —
regularidad. Para su edificación se lian empleado cantos rodados «leí río:
las pircas son bajas, apenas de medio metro de alto y de igual espesor,
pero actualmente so hallan muy destruidas. No aparecen vestigios que
pudieran indicarnos los vanos ó pasadizos, razón por la cual es más
difícil explicarse su verdadero objeto. Los interiores casi nunca miden
inás de uno ó dos metros cuadrados y todas esas pircas en apariencia
son muy semejantes á las que veremos luego en una excursión por
Pajanco, localidad al sur del actual pueblo de Siján ; análogas pircas
volvimos á encontrar, pero mucho más extensas, en «La Giudacita » de
SaujiL Es posible, que á par de aquéllas, las construcciones aludidas de
Punta de Balasto correspondan á simples cuadras ó andenes, destinadas
á la agricultura.
Al este de la serie de pircas, y cerca deí borde de otra terraza, que se
eleva á pocos metros sobre el nivel de la anterior, se distinguen aun
D'ig. 113. — Croquis do una habitación en el vallo
los cimientos de una habitación (fig. 113 y lámina XIX, fig. 1), formada
de varios departamentos angulares, que se comunican por vanos y se
hallan cercados por un muro de 26 metros de largo por 14 de ancho.
Estas construcciones, también levantadas con cantos rodados, se en-
cuentran actualmente muy mal conservadas : las paredes derrumbadas
ó tapadas por arena, tienen muy poca altura, y no presentan más parti-
cularidades que la disposición de los diferentes departamentos, en lo
cual se parecen á las construcciones ya descriptas.
Encima de la pequeña terraza, al naciente de aquellas ruinas, halla-
mos algunas construcciones curiosas, observadas más tarde también en
otras poblaciones, y que, en un principio, suponíamos debían ser sepul-
turas : me refiero á unos círculos perfectos, de dos hasta tres metros de
diámetro, formados de piedras colocadas á flor de tierra.
En esta ocasión eran once los círculos, y se hallaban repartidos en
dos hileras más ó menos simétricamente, y á corta distancia unos de
otros : cada círculo consta de una, de dos ó más series de piedras
(fig. H4).
Hemos efectuado excavaciones en algunos de estos círculos, sin des-
cubrir indicio alguno de que pudieran haber servido de sepulturas: su
verdadero objeto es un enigma
Muy pocos vestigios, fuera de éstos, quedan en la predicha población
en su parte llana ; sin embargo, al dar vuelta otra vez hacia el sur, halla-
mos á uno y otro lado del camino real, en una buena extensión, restos
Fig. 114. — Uno de los círculos de piedras en la llanura
de pircas, como también una serie de construcciones circulares, más pe-
queñas que ias anteriores, y á más, los mismos cantos rodados en series
largas, más ó menos simétricas, que anteriormente hemos supuesto des-
tinados á. la labranza.
Circunstancias ya conocidas, y además el hecho de no haber dado con
un panteón ó gran enterratorio, durante nuestro rápido recorrido, nos hi-
cieron desistir de intentar excavaciones; pero los fragmentos de objetos
de alfarería recogidos sobre el suelo, aquí y allí entre las primeras cons-
trucciones citadas, demuestran perfectamente el tipo de algunos de esos
objetos ; aunque sólo sea de paso, no queremos dejar de llamar la
atención en este lugar sobre los mismos. Al parecer, proceden estos
fragmentos de pucos ó tazas muy esmeradamente fabricados, con pare-
1 El terreno en esta parte es enteramente pedregoso y estéril, por cuya razón no
es posible suponer que hayan servido para sembradíos.
127
des delgadas, de pasta muy bien trabajada y cocida, de color rojo unos,
y otros blanco esmaltado, con sus pequeñas figuras geométricas ó zoo-
mortas de exagerado convencionalismo. Todo el aspecto de esta alfarería,
á primera vista, se correlaciona niucbo con aquella que conocemos de los
valles de Cal ingasta.
La fortaleza. — El gran fuerte, que constituye el segundo grupo de
construcciones á que nos liemos referido ya en esta relación, se levanta
sobre un cerro como á tres kilómetros al norte del pueblo del bajo, y
á unos dos kilómetros al noroeste de la casa de A argas.
í'ig. 115. — El cerro fortificado desde la Quebrada del ’Mendocino
Diclio cerro tiene 480 metros de altura sobre el valle y un total de 2380
sobre el nivel del mar, siendo además el más elevado entre los del con-
torno. Visto desde el valle, este morro se presenta como un gran cono
muy regular, pero prolongado hacia el oeste, de lo que resulta, en su
cima, un estrecho filo bastante desigual, ó en realidad una larga y
angosta meseta. Sus faldas y laderas al norte y nordeste, son entera-
mente escarpadas, llenas de grandes ó inaccesibles peñascos y por con-
siguiente desprovistas de toda construcción. Por la parte sur, al frente
de una quebrada, llamada del « Mendocino » (fig. 115), que en esta misma
dirección desemboca en el valle de Yocavil á la altura de la población del
llano, el cerro se presenta menos empinado, con sus faldas formadas peí-
anchas lomadas, separadas por cuatro profundas gargantas. Son por lo
tanto, las faldas sur y oeste y toda la cumbre, las que están erizadas de
— 128 —
paredones ó pircas ; pero debe advertirse, que éstas empiezan á aparecer
recién á unos 250 metros del pie del cerro (lám. XVIi).
Á objeto de estudiar estas fortificaciones, ascendimos tres veces al
cerro, acompañados por el vecino Alberto Cáceres. La primera vez, efec-
tuamos la subida por el costado sudeste, trepando con dificultad por las
ásperas laderas y gargantas, llenas de ripios corredizos y en parte muy
empinadas ; por cuya razón, la segunda vez, dimos vuelta por el pie de la
cerrillada, para remontar la Quebrada del Mendocino, la que nos condujo
con más comodidad hasta la lomada en el extremo oeste del cerro, y que
probablemente fuera el camino transitado por los constructores de aque-
lla plaza Inerte.
Lo más notable de estas fortificaciones son las enormes murallas hori-
zontales, más ó menos continuas, que protegen admirablemente la subida
al cerro en todas sus partes más accesibles : vienen á colocarse en nú-
mero hasta de siete murallas paralelas, que se elevan equidistantes
de diez á veinte metros, y en ocasiones hasta de cincuenta una de la
otra, y cuya disposición demuestra nuestro plano (fig. 116) *.
La muralla inferior del recinto fortificado, al sudoeste del cerro, lleva
dos grandes torres cilindricas, á distancia como de 200 metros una de
otra, quebrada por medio ; la muralla que corre hacia el norte desde la
primera torre, es sin duda la más monumental, pues conserva en partes
tres metros de alto, medida del lado externo, y hasta metro y medio de
espesor: á los siete metros tiene una entrada de lm70 de luz. Las demás
murallas miden casi siempre dos metros de alto y tienen un espesor cons-
tante de un metro, por lo cual, muchas veces, debido al fuerte declive
del cerro, disminuye la altura interna de estos paredones. Otra de sus
particularidades es la construcción escalonada, sobre todo en los sitios
por donde van ascendiendo; de esta manera se ha mantenido su nivel
general más ó menos siempre horizontal.
Las dos torres se levantan sobre grandes peñascos en laderas sobre-
salientes y puntos en sumo grado estratégicos, desde donde se domina
todo el camino de la quebrada que caracolea al pie de este cerro. Estas
torres son perfectamente cilindricas, muy bien construidas, y la primera
{fig. 117) tiene un diámetro de 5m70 ; su pared por fuera es de 2 metros
de alto, y su espesor de 70 centímetros.
.Para todas estas construcciones en general, se ha empleado el mismo
material del cerro, lajas de filita sericítica, en una palabra, la pizarra
arcillosa, usada tal cual la separa su clivaje natural. Estas lajas consti-
1 Observaré aquí, que todo lo edificado cu la cima del corro corresponde á un rele-
vamiento prolijo, mientras que lo demás del croquis sólo sirvo para indicar aproxi-
madamente los sitios y el carácter do las demás construcciones.
Véase página 42, nota 3, lo observado respecto al plano do Punta de Balasto.
RBV. MUSEO LA PLATA. — T. XIX
0
116. — Plano de la fortaleza en Punta de Balasto
— 130
tuyen siempre el material más excelente y apropiado para la edificación ::
y aquí, como en otras partes, las encontramos superpuestas sin cemepto
alguno; las paredes son perfectamente perpendiculares y trabajadas con
mucho esmero. Repetiremos que los paredones éstos, excepción hecha
del exterior ó de más abajo, son discontinuos en partes, respondiendo
así á varias causas, una de ellas, sin duda, la configuración del suelo.
Con el interés de conocer las construcciones que se aperciben desde
lejos, más arriba de la serie de imponentes muros, recorrimos primero
las dos lomadas centrales en dirección al naciente, explorando después-
Fig. 117. — Torre circular en el extremo sudoeste de la fortaleza
la tercera, ó sea la última en el extremo sudeste del cerro, separada
de aquéllas por profunda garganta. Sobre estas tres lomadas, nos en-
contramos con otros tantos grupos de construcciones, de las cuales,
dos forman el caserío principal, compuesto en su totalidad de habi-
taciones, dispuestas sobre las faldas superiores de las dos lomadas cen-
trales 1. En la lomada oriental, las habitaciones se alternan con otros
edificios, menos regulares, varios de forma circular, que sin duda son los
reductos de defensa en las avanzadas de este lado del fuerte.
Los edificios del caserío referido, son todos sólidos cuartuchos, cua-
drados ó de forma más ó menos rectangular, algunos muy largos y bas-
1 lin término medio, estas habitaciones miden 3 metros por 5 de ancho y largo.
Cerca de la cumbre déla segunda lomada (la del medio de las tres citadas), hay una
casa grande, aislada, de 16 metros de largo y 8 de ancho, con dos pasadizos de
0m90 de luz, que comunican á dos pequeños departamentos (3X4 ni.) por el lado-
sur y este respectivamente.
131
tanfce grandes, sobre todo donde las condiciones del terreno permiten su
extensión; por la misma causa encontramos estos cuartuchos, ya aisla-
dos, ya en pequeños grupos do tres íi cuatro juntos, sin comunicación
entre sí ó con simples vanos.
Casi .siempre, estos edificios constan de tres paredes libres, mientras
que la cuarta se confunde con la falda del cerro, la que sirve de estribo;
pero, todas se levantan perfectamente á plomo y á igual nivel; la última
pirca parece que sirviera también de acera ó camino para facilitar la
bajada al interior de las habitaciones : en algunos casos, existe la entra-
da abierta en el muro, pero está siempre del lado de la falda.
Por lo general, muchas de estas construcciones son idénticas á las de
Quilines. Las pircas son como de metro y medio de grueso, y su altura
máxima de dos metros; la base va muchas veces reforzada de grandes
lajas, chatas y lisas, y cada una de ellas superpuesta con esmero, en la
forma habitual, pero aquí, como en las de aquel pueblo, rellenadas con
ripios y detritos de la misma roca.
Las construcciones que se hallan por último sobre la lomada al na-
ciente, corresponden en gran parte á obras de defensa, como lo manifes-
tamos ya. La misma lomada se presenta aquí más. parada, llena de lade-
ras ásperas y de grandes peñascos, que se aprovecharon hábilmente para
levantar sobre ellos, á más de varios edificios, buen número de pequeñas
construcciones de formas irregulares y ángulos redondeados. Hay otras,
que son torres bajas que se suceden hasta la misma cumbre del cerro,
donde se encuentran colocadas sobre las laderas más escarpadas : estas
debieron guarecer á los defensores de nuestro fuerte, que de estos pun-
tos altamente estratégicos arrojaran sus mortíferos proyectiles de pie-
dra al invasor que intentara trepar por los pocos sitios accesibles. En
varias de las torres encontramos el suelo cubierto de cantos rodados,
arrojadizos, acarreados del río y muy bien seleccionados.
Muchas veces, debido á la irregularidad ó declive pronunciado del
terreno, tanto las torres como los otros edificios no alcanzan á estar del
todo pircados : en tales casos substituye la peña viva á la pared en una
(pie otra parte (casi siempre es la posterior del edificio); la pirca de cir-
cunvalación arranca entonces de la misma peña viva, y por allí se baja
con facilidad al interior de cada recinto.
Haremos constar á más, que esta lomada no lleva otras murallas de
defensa, fuera del fragmento de pirca gruesa al costado sur, que corres-
ponde á la prolongación de la gran muralla inferior : las condiciones del
mismo cerro hicieron, en esta parte, tan impracticables como innecesarias
estas defensas.
Llegamos por último á la cima del cerro, donde experimentamos nueva
sorpresa, al contemplar las ruinas de las grandes y complicadas construc-
cioiies que la coronan.
132
Como so dijo ya, la cima está formada por una especie de meseta
angosta, bastante accidentada, en una extensión como de 150 metros
de este á oeste y de 15 á 30 metros en su mayor anclmra. La parte
más elevada de la meseta corresponde al extremo oeste; el suelo está
erizado do peñascos, y declina hacia el sur con un desnivel de algunos
metros, el que se ha podido subsanar en la manera de levantar las pir-
cas de los edificios.
Como sucede en las construcciones de las lomadas, y en las otras ya.
descriptas, están aquí también casi todos los edificios sin pared visible
en su costado norte, debido al declive del terreno : estas paredes se
hallan siempre perfectamente ajustadas á la peña ó al suelo, el que á
veces ha sido escarpado, y esta misma peña determina después la altura
de las demás paredes de circunvalación.
Todos estos paredones son muy anchos, muchos de dos metros,
levantados á plomo y su centro, á veces, relleno de ripios. Por otra
parte, obsérvase que las esquinas en estos edificios son por lo general
imperfectas unas, redondeadas otras, y las pircas asimismo curvas ó
también en ocasiones subcirculares. Las entradas á los recintos son casi
siempre del lado norte, nunca del sur; cuando los edificios son de varios
departamentos ó cuartos, éstos se comunican entre sí por medio de estre-
chos pasadizos abiertos.
Hemos reproducido con cuidado en nuestro croquis (fig. 116) la dispo-
sición y detalles de las construcciones que constituyen este curioso
fuerte.
El edificio que ocupa la parte más angosta de la meseta en su extre-
mo este, está compuesto de varios departamentos; uno de ellos, el más
amplio, es de contorno rectangular por fuera, y original por la forma
que tienen sus muros en el interior: constan de diversos ángulos bien
definidos y de una pirca con vano, que forma un pequeño recinto con
una ancha pared sin abertura, á la derecha. De este lado hay una
pirca cuadrilonga, con salida al exterior, y otra que comunica con la
pieza contigua, más ó menos de las mismas dimensiones, pero de forma
algo caprichosa. Á inano izquierda de la gran sala, aparece una pirca
muy destruida, que corresponde á otro departamento de forma apsidal,
con su salida al exterior y en comunicación con el gran salón del medio.
De este edificio, á los dos metros apenas hacia al poniente, se levanta
un segundo, también grande ó irregular, compuesto de dos piezas, una
cuadrada, y otra mayor más ó menos rectangular; en cada una de ellas
se desprende una corta pared como para formar recodos : bastará con
referirnos al plano.
Al norte de este último edificio, y sobre el terreno más alto, se en-
cuentran las ruinas de dos cuartuchos más ó menos cuadrados; el del
lado oeste está enteramente derrumbado.
133 —
Dichos edificios están separados de los otros más al oeste, por una
ligera depresión en la parte central de la meseta, donde existe una espe-
cie de corral ó patio, cerrado por tres muros bajos, pero gruesos, y levan-
tados con lajas muy grandes : los dos más ó menos paralelos miden 20 y
32 metros de largo respectivamente, y 18 metros el que cierra el patio
al sudeste y que parece no hubiese existido en el lado opuesto. Llama
la atención, por hallarse el piso de dicho patio perfectamente embaldo-
sado con lajas delgadas, muy bien seleccionadas.
Unos 15 metros rumbo noroeste de este corral, y sobre el terreno
ascendente, encontramos las ruinas del segundo grupo de construcciones.
Primeramente se da con un edificio irregular, de pirca ancha y baja,
compuesto de tres habitaciones, comunicadas entre sí por vanos ó pasa-
dizos abiertos, los que no se alcanzan á ver del exterior : los ángulos
dentro y fuera del edificio son más bien redondeados, y casi no existe
pirca externa. Á los seis metros encontramos una habitación doble, y
muy cerca de ésta, otro gran salón cuadrilátero do unos 8 X 12 metros
de luz, con paredes muy gruesas (2m00), separado á la mano izquierda
de otra sala menor, muy angosta, por una pirca divisoria más baja y con
comunicación en el medio. De este mismo lado se levanta otro edificio,
colocado oblicuamente á la pared divisoria del salón, que responde á la
vuelta del cerro, y el triángulo sólido que resulta de la unión de paredes
está relleno de ripio. Este cuarto, de pirca incompleta, está separado de
las murallas ó defensas, al noroeste, por un pasadizo, que comunica con
las últimas construcciones por ese lado.
Los tales edificios, en número de tres, son de forma caprichosa, irre-
gulares, más ó menos redondos ; sus paredes muy anchas, como otras
veces son rellenadas de ripio, sin sobresalir en partes del nivel del suelo.
Debido á los desprendimientos del borde de la meseta, la construcción
más al nordeste se halla muy destruida, y no es fácil saber, si el muro
ha sido un círculo completo, ó si ha formado parte del de las otras dos.
De éstas, la de más al norte mide unos 5 metros de diámetro y poco
menos de uno de alto ó, mejor dicho, de fondo; á más, está completa-
mente cerrada, su costado izquierdo reforzado exterioricen te por una
pared gruesa. Por último, la tercera de estas construcciones tiene mayor
capacidad; su pared del lado izquierdo es recta, como si fuese la prolon-
gación de la del edificio antedicho, y después de formar esquina, cierra
en semicírculo este recinto por el lado del norte. En el rincón, y á mano
izquierda, dos paredes de escasas dimensiones y más bajas que las otras,
forman dos recintos pequeños : uno con entrada abierta, el otro do forma
trapezoidal y completamente cerrado
1 Véaso la vista, lámina XVIII, que correspondo íí esta parto; allí puedo distin-
guirse íí la derecha una de estas pircas dobles con relleno de ripio.
134
¿ Cuál sería el objeto de estas singulares construcciones ? No es fácil
dar respuesta categórica á tal pregunta, pues lo más probable es qne
no sirvieron de habitaciones sino de almacén para víveres, y hasta
para el agua que puede haberse depositado en esa pirca circular, que
1 i gura con la pared de refuerzo. Esta hipótesis es tanto más admisible,
cuanto que sin este requisito, los defensores déla fortaleza, no hubiesen
podido resistir un sitio prolongado. Es de advertir que el morro en
cuestión carece de fuente ó vertiente alguna, y toda el agua tiene que
haberse acarreado desde el río ó de alguna quebrada cercana, que en
otros tiempos tenía su riacho.
Por otra parte, nos ha llamado la atención, que durante nuestro viaje
en aquellos lugares, hemos visto muy pocos hoyos de mortero excava-
dos ; tampoco hemos hallado objetos ó fragmentos de alfarería, cosa tan
abundante siempre en todos los otros pueblos.
Pero, sea de ello lo que fuere, si hemos de analizar todas las construc-
ciones con el criterio qne corresponde á las exigencias del momento, y,
si aun tenemos en cuenta la posición geográfica del cerro, fácilmente
podremos apreciar la importancia que alguna vez alcanzó el « fuerte »
de Punta de Balasto en la época de las conquistas precolombianas.
líev
XVI.
Kev. Masco .le La l'latu, T. XIX (Ser. II. T. Vil
Vista del valle de Santa María en las proximidades de Punta de Balasto (Provincia de Catamarca)
Rev. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. II, T. VI) Lámina XVII
Construcciones paralelas en la parte sudoeste del cerro de Punta de Balasto (Prov. de Catamarca)
Rcv. Museo de La Plata. T. XIX (Ser. II, T. VI) Lámina XVIII
Construcciones en la parte oeste de la cumbre del cerro de Punta de Balasto (Prov. de Catamarca)
I’lata. T. XIX (Ser. II. T. VI)
Lámina XIX.
Kev. Museo «le La
Fig. 1 Vestijios de construcciones en el valle al sur del cerro de Punta de Balasto
IVérner u.Winter, Frankfurh
Fig. 2 Aspecto general de la región ocupada por el pueblo antiguo del mismo valle
CAPÍTULO V
FAMABALASTO
§ I
SITUACIÓN Y ASPECTO GENERAL
En el curso (le nuestra exploración del año 1908, y de regreso de Arn-
pajango á lugares vecinos, llegamos por segunda vez á Punta de Ba-
lasto, para seguir de allí basta Famabalasto y conocer también la pobla-
ción indígena de la cual sólo teníamos úna que otra referencia. No
existe, que sepamos, trabajo alguno que trate de dicha población, y así,
grande fué nuestro asombro al encontrar luego ruinas tan extensas
Como curiosas.
Como lo indicamos al principio del capítulo precedente, Famaba-
lasto está situado del lado occidental de la sierra de Quilines, y al este
del valle de El Cajón, que corre paralelamente con el de Santa María
ó Yocavil. De Punta de Balasto, dista unas ocho leguas y se llega
allí fácilmente en otras tantas horas de marcha, siguiendo el camino
aguas arriba, que dá vuelta por la sierra, poco más al norte de Pie del
Médano.
Á par de otros lugares que hemos conocido de paso, Famabalasto
cuenta en la actualidad con una sola casa habitada, ó mejor dicho un
puesto, qué consta de un pequeño rancho con corral para ovejas y
cabras, cerca de las lomas que se desprenden de la sierra principal : allí
establecimos campamento.
Del lado oeste, el valle de El Cajón está limitado por las bajas colinas,
■que se pierden al sur hacia la gran llanura de Campo de los Pozuelos,
mientras que al naciente se levantan las montañas, en ese punto bastante
altas y más imponentes que las del otro costado de la sierra. La vegeta-
1 36 —
JTig.'llS. — Vista general de la región ocupada por el antiguo pueblo
— 137
ción es más ó menos la misma, que en la región ya descripta ; las arenas
depositadas por el río forman anchas playas, en las que se destacan los
plateados penachos de la cortadera (Gortadcria argenten ), que cubre lar-
gos trechos.
Por ausencia del puestero ó de otra persona baqueana de esos luga-
res, que posiblemente nos hubiera podido proporcionar datos sobre el
pueblo viejo, nos vimos abandonados á nuestra propia suerte, por lo
que, apenas llegados, nos dedicamos á la tarea. Habíamos recorrido sin
resultado los lugares del bajo en un radio de varios kilómetros, así como
las lomas circunvecinas á dicho puesto, cuando remontando un valle
transversal que desemboca en el de El Cajón, como á diez cuadras al
sur del rancho, penetramos en una quebrada que desciende del noroeste,
donde descubrimos construcciones de pirca baja, una roca con morteros
excavados y momentos después, al obscurecer, gran cantidad de cons-
trucciones, casi invisibles, sobre las laidas de un cerro que intercéptala
quebrada. Convencidos de haber hallado la población buscada, entrada
ya la noche, volvimos á nuestro campamento.
Al día siguiente, para abreviar camino, salimos directamente rumbo
al oeste, cruzando la meseta que se levanta detrás del puesto, y bajan-
do á una ancha quebrada que conduce también al pueblo viejo, distante
como dos largos kilómetros del punto de partida.
Contrariamente á lo que hemos observado en las otras poblaciones es-
tudiadas, la de Famabalasto se halla escondida en las montarías, lejos de
la llanura. Los únicos vestigios de construcciones fuera de su ejido, son
las pircas que sirvieron para los sembradíos y una que otra roca con
morteros excavados que se encuentran en las dos quebradas aludidas,
en el extremo occidental del pueblo (fig. 118).
Á este rumbo, está limitada por un cerro de unos doscientos metros
de altura; en la falda, bastante empinada, que da al poniente hallamos
muchísimas pircas que se suceden hasta la misma cumbre, formada por
estrecho filo muy desigual, cubierto también de construcciones, como la
falda oriental, por cierto más tendida.
Recién desde la altura, domínase las ruinas de todo el gran conjunto
de construcciones que ocupa en esta cerrillada, compleja y apiñada, una
superficie más ó menos de un kilómetro de sur á norte, y dos de nacien-
te á poniente. En esta dirección corre el gran cerro, ó mejor dicho cor-
dón, qiie rodea la región poblada por el costado norte, y dando vuelta se
eleva paulatinamente hacia los morros que surgen en el extremo orien-
tal, y sobresalen sobre el cordón unos 100 metros. Por último, la cerrilla-
da del sur es más baja, forma una cadena paralela que acompaña al cor-
dón y está separada de éste por una quebrada bastante áspera y si-
nuosa.
La parte más densa de la población corresponde al mencionado cordón,
— 138 —
cuya cima, faldas y laderas del sur están cubiertas en toda su extensión
por importantes construcciones, careciendo de ellas el costado norte
por lo mismo que es muy escarpado y accidentado. Abundan asimis-
mo las construcciones en las laderas de los morros, en su extremo
oriental, pero ellas son más escasas y diseminadas en toda la parte sur
del pueblo.
§H
CONSTRUCCIONES ANTIGUAS
Las ruinas (le Famabalasto . — Demás está decir que dos días de
permanencia en esta población no bastaron para estudiarla como era
nuestro deseo; á mero título informativo yá grandes rasgos, nos limita-
remos, pues, á describir estas antiguas ruinas, ofreciendo de ellas las
fotografías reproducidas en las láminas XX y XXI.
Famabalasto lleva el sello típico de los pueblos indígenas ; se diferen-
cia, sin embargo, por ciertos detalles de construcción y en su conjunto,
de los otros lugares tratados en el presente trabajo. Por lo observado
es lícito suponer que la edificación no responda á un plan intencional-
mente trazado, sino que el objeto principal lia sido aprovechar las con-
diciones favorables del terreno, levantándose con tal motivo esas vastas
construcciones, sin cuidarse de orden ni distribución.
Llama la atención la falta de murallas, torres, ú otra obra de defensa;
lo que allí se nota xierfectamente son dos tipos de edificios bien caracte-
rizados: uno que corresponde á las habitaciones propiamente dicho, y
otro formado por andenes construidos quizá liara sembradíos ú otros fines,
que no alcanzamos á vislumbrar. Estas construcciones, exceptuadas unas
pocas circulares, son más ó menos rectangulares, levantadas en la for-
ma habitual, con pircas sencillas ó dobles, rellenadas en medio con ri-
pio si la anchura lo requería. Los materiales empleados son piedras
•de micaesquista y de granito pegmatítico, ambas extraídas del mismo
cerro.
Las habitaciones ó casas abundan más sobre la cumbre y parte supe-
rior de las faldas sur del cordón principal ; encuéntranse también aquí
y allá en la cerrillada, entreveradas con las pircas de los andenes,
menos en la falda oeste al poniente de la población, donde sólo hay
andenes.
139
Cada habitación, por lo general, está compuesta de varios cuartos rec-
tangulares, que se comunican entre sí, casi siempre, por angostos pasa-
dizos abiertos, pero pocas veces con el exterior; sus paredes, de setenta
centímetros á un metro de ancho, conservan aún, más órnenos, otro tan-
to de altura, medidas por el lado interior. Sobre el morro más elevado al
naciente, encontramos un grupo de habitaciones muy bien construidas;
desde este punto se domina todo el pueblo viejo, los cerros y las quebra-
das circunvecinas, hasta los dos grandes valles que se pierden hacia el
sur en el horizonte de la extensa llanura.
Las otras construcciones que llamamos andenes , son mucho más
abundantes que las verdaderas casas. Se caracterizan, por tener el
Fig. 119. — « Andén » de la quebrada en su aspecto actual
recinto que deja la pirca de circunvalación rellenado casi hasta arriba,
formando una especie de terraza con piso horizontal.
El mismo plano inclinado del cerro y muchas veces alguna roca ó la
peña viva, substituyen á la pirca en los edificios que se encuentran sobre
las faldas y laderas; en otras ocasiones, la pirca es completa, de forma
rectangular y perfectamente ajustada al desnivel del terreno que se
compensa por la mayor altura de las paredes.
Las construcciones sobre la falda, en la parte occidental del pueblo,
miden término medio unos dos metros de ancho por tres á cuatro de lar-
go, y sus muros al frente como un metro y más de alto. El acceso á ellas
debe haber sido por la misma falda del cerro, estando aún de manifiesto
una qxie otra senda ó camino pircado que facilitaría el tránsito entre di-
140
chas construcciones. Son éstas algunas veces <le graneles dimensiones :
por ejemplo, en el extremo nordeste del cordón principal y sobre su fal-
da superior, hemos medido una de pircas gruesas con ocho metros de
ancho, veinte de largo y por un lado más de tres metros de alto, y con
ripios en su interior '.
Como hemos dicho, entre las dos quebradas al norte y al sudoeste de
la población, existen muchos de estos andenes formados por pircas bajas
y rectangulares (fig. 119).
§ III
MATERIAL ARQUEOLÓGICO
Morteros. — 2so deja de ser curioso, la gran cantidad de morteros
excavados sobre las rocas y peñascos, que se encuentran con tanta
frecuencia en cualquier punto del pueblo. Xuestro clisé (fig. 120) repre-
senta uno de estos
ejemplos de morteros,
típicos de toda la re-
gión Calchaquí, que
se halla en la quebra-
da. del noroeste. Los
diecisiete hoyos están
excavados en la peña
viva, ó sea aquí en
uno de los llamados
« diques de pegmati-
ta », que atraviesan la
quebrada. Los hoyos,
hoy tapados por are-
na, son perfectamen-
te circulares y sub-
hemisféricos ; su diámetro es más ó menos de quince centímetros. En
esta misma quebrada y en la del sudoeste, se hallan algunos peñascos
más, pero con menos morteros.
Eli toda población, estos morteros siempre están próximos á las habi-
taciones. I lemos visto sobre el filo del cerro, al extremo nordeste, una pe-
Fig. 120. — Iíoca con 17 morteros en la quebrada del noroeste
1 Trátase aquí (le uno (le los llamados andenes, que se apercibe debajo de una gran
peña inclinada, á la derecha en la lámina XXI. ligara 2.
141
ña con catorce hoyos; luego, dando vuelta al naciente, encima de las lade-
ras, y sobre el mismo precipicio de un desfiladero, hay un enorme bloque
rectangular de granito con 22 hoyos (fig. 121), cuyo costado está limitado
por un lado á pique del cerro. Esta peña es muy interesante no sólo por
su situación sino también por el inminente peligro á que se exponían
al menor descuido las personas que usaban los hoyos. Cerca de este
gran bloque, hay otra peña con 27 hoyos, y sobre el morro más alto, al
lado de las casas, vimos un mortero excavado en forma de batea con
bordes en los costados, ñero con un solo liovo en el centro, v une
conserva aún sus co-
rrespondientes manos.
Por la gran abundan-
cia de morteros, fácil-
mente podemos darnos
idea del principal ele-
mento en la alimenta-
ción de los antiguos ha-
bitantes, que, por otra
parte, explica el gran
número de andenes ne-
cesarios para el cultivo
de los granos.
En el curso de esta
exploración por el pue-
blo y lugares circunve-
cinos, llamaron nuestra
atención las condicio-
nes enteramente des-
favorables en que se ha-
llan éstos en la actua-
lidad, debido al clima
seco ; nuestras investi-
gaciones para descubrir
obras de riego ó embal-
ses de agua, fueron infructuosos. Es indudable que esta extensa pobla-
ción sería inhabitable en nuestros días; Famabalasto ofrece, pues, una
prueba evidente de que en aquellas épocas toda esta gran región debe
haber sido más húmeda y lluviosa, opinión que emitieron ya varios
exploradores.
Por último, la aparente falta de construcciones estratégicas ó de
defensa, nos hace suponer que los moradores de Famabalasto vivían
pacíficamente, retraídos tal vez durante muchísimos años, en aquella
montaña tortuosa y quebrada, de donde á su vez ellos desaparecieron,
142
quedando hoy, como mudos testigos, las ruinas cuyo estudio proporcio-
nará quizá más de una sorpresa.
Fig. 122. — Fragmento «lo unía antropo-
morfa con su decoración interior
La falta de tiempo nos obligó á sus-
pender toda diligencia para buscar en-
terratorios ó efectuar excavaciones en
las mismas construcciones. Los pocos
fragmentos de alfarería hallados entre
las ruinas, si bien no bastan para
darnos una idea cabal sobre los obje-
tos arqueológicos de Famabalasto, de-
muestran, sin embargo, que hubo ahí
indudablemente pucos decorados . y
grandes urnas ó tinajas de igual ti-
po á los del valle Santa María.
Un pequeño fragmento, que corresponde al labio de una de estas urnas,
reproducido en la figura 122, ostenta el dibujo del suri ó avestruz ameri-
cano ; las dos perforaciones que se observan en él, se hicieron probable-
mente á los efectos de alguna compostura.
amina XX
Vista general del cerro de Famabalasto (Provincia
Rev. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. II, T. VI)
Lámina XXL
: . ' ' 'e- ..*• ,i<
30 V
al®
Fig. 1 Construcciones en las laderas del cerro de Famabalasto (Provincia de Catamarca)
Fig. 2 Construcciones en las laderas del cerro de Famabalasto
CAPÍTULO VI
UUALFLN
§1
SITUACIÓN Y ASPECTO GENERAL
De Famabalasto nos dirigimos directamente á II nal fin. cruzando des-
do Saladillo la gran llanura rumbo al sudoeste hasta Nacimientos,
siguiendo luego el curso del río que conduce á la población referida.
Esta jornada resulta bastante penosa, no sólo por la larga distancia
que separa los antedichos lugares, sino también debido á la extrema
aridez del paisaje por recorrer; el viajero que durante los días déla ca-
nícula se ve obligado ó efectuar esta travesía, conservará siempre re-
cuerdos de aquella ingrata y desolada comarca.
Por otra parte, este camino es la vía de comunicación directa entre
las poblaciones del valle de Santa. María y las del departamento de Be-
lén, y que seguramente no fué menos frecuentada en las épocas preco-
lombianas que lo es en la actualidad.
Hualfín es la población principal del distrito del mismo nombre, el
que se halla incorporado al departamento de Belén. El aspecto de sus
alrededores difiere ciertamente de los lugares tratados en los capítulos
precedentes, más bien por la configuración del suelo que por el carácter
de la vegetación.
La erosión ó efectos de poderosos torrentes convirtieron el antiguo
suelo de aluvión en un sinnúmero de pequeñas mesetas ó lomas que
constituyen la formación característica de esta región (lám. XXII). Su
monotonía está interrumpida por verdes arboledas y sembradíos de las-
actuales propiedades, ubicadas en ambos lados del río, interceptando en
su curso, y al extremo norte del pueblo, una serie do terrazas; tras de
las cuales se levantan colinas de areniscas rojas, con el Oerro Colorado
al oeste (lám. XXIII), que destacándose de la serranía lejana, dan la nota
pintoresca al paisaje.
144
Esta vasta región fue habitada en otra época por los antiguos indios
li uallines, quienes, según refieren los viejos cronistas, formaron tribus nu-
merosas y guerreras, cuyo centro ocupaba la parte nordeste de la actual
población. Algunas délas ruinas de viviendas y sepulturas allí existen-
tes, nos son ya conocidas por el relato de viaje, efectuado en el verano
de 1800 \ La presente información servirá para completar dichas noti-
cias sobre las antiguas construcciones y sepulcros, que hallamos preci-
samente dentro de la propiedad de los Leguizamón, situada en el extre-
mo norte del pueblo. Haremos constar que muchas de las ruinas y sepul-
cros observados entonces, los volvimos á encontrar en el mismo estado;
en cambio, es de lamentar que otras construcciones desaparecieran al
extenderse las superficies cultivadas.
§H
CONSTRUCCIONES ANTIGUAS
Toda la edificación hecha por los «hualfines» es de piedra ó can-
tos rodados de regular tamaño y bien seleccionados, formando así pir-
can, como de costumbre, de un metro de ancho, y (pie en su mayor
parte conservan aun algo más de un metro de altura. Por lo gene-
ral, las paredes de estos edificios están perfectamente á plomo, y más
parejas del lado interior ; muchas veces no existe pared exterior, con-
fundiéndose entonces con el nivel del suelo, como se ha visto en otras
poblaciones indígenas ya mencionadas.
Las construcciones son todas cuadrangulares 1 2 y miden desde 4 á
o metros en cuadrado, hasta 15 por 20 y también más en su interior, co-
municándose entre sí, estando agrupadas, por estrechas aberturas de
pasaje. Ningún complemento se observa (pie pudiera proporcionarnos
otro detalle ó indicarnos el tipo usado para techumbre.
Nuestro croquis (fig. 123) y la fotografía (lám. XXIII), nos darán
idea de las construcciones, cuyas ruinas se encuentran sóbrela pequeña
meseta al sudeste, inmediata á la casa de Leguizamón. Tendrá la me-
1 Caiu.OS lineen, Descripción de alf/unos sepulcros calchaquíes (resultado de las ex-
cavaciones efectuadas en Hualfíii). Revista del Museo de La Plata, tomo XI, 1902, pági-
nas 11-27, ligaras 1-9, láminas I-1V.
* Entro la edificación que tuve ocasión (le visitar en mi primer viaje y de la cual
se publicó un plano aproximado (Brucu, Descripción, etc., lámina III), se en-
cuentran muchas construcciones redondas junto á las cuadrangulares. Todas ellas
ocupan una meseta del otro lado del río, al sur de nuestro punto actual do obser-
vación.
145
®EV. MUSEO LA PLATA. — T. XIX
III
pja.. 123. Croquis aproximado de las construcciones sobre la meseta al sudoeste de la casa de los Leguizamón
seta apenas 30 metros (le alto y una superficie de unos 300 metros,
de largo por 240 de ancho ; ¡i juzgar por ciertos vestigios, parecería que
el borde superior hubiera estado cercado por una pirca baja, ahora casi
toda caída.
Las construcciones que se hallan encima de la meseta se componen
en su mayor parte de pequeñas habitaciones ó recintos cuadrados, ais-
lados, y de otros más amplios, á veces rectangulares y dispuestos en
grupos como lo indica el plano adjunto. Los recintos al nordeste de la
Kig. 124. — Pequeña meseta edificada, al norte de la casa de los Leguizamón
¡t la izquierda aparece la Loma Colorada
meseta miden de 4 á (! metros los de forma, cuadrada, y como 10 por 20'
metros, y algo más, los rectangulares de mayor capacidad. Casi todas
estas viviendas se hallan muy mal conservadas; la mayor parte de
ellas son bajas, y la correspondiente pared, en uno que otro costado,
sólo existe en el interior, mientras que su lado exterior, como de cos-
tumbre no pasa del suelo.
De la casa de Leguizamón, rumbo al norte, y antes de llegar al cerro
o Loma Colorada ‘, encontramos otra pequeña meseta (fig. 124) con un
grupo de habitaciones, algo mejor conservadas que las precedentes. Un
estrecho borde de la loma en su tercio medio, se halla cercado por una
gruesa pirca de este á oeste en todo el costado sud.
Xo es este el mismo Cerro Colorado (\ que nos liemos referido ya.
147 —
Encima de la loma vimos construcciones rectangulares, algunas con
paredes de lm50 hasta 2 metros de espesor y poco más de 1 metro de
altura: una de ellas de 14 por 20 metros de superficie. Otro gran rec-
tángulo, con 1G metros de ancho y 30 de largo, lleva á su costado
norte cuatro, y al oeste tres recintos menores, sin otros detalles dignos
de mención.
El panorama que representa la lámina XXII, muestra en primer
plano parte de los edificios levantados sobre tres pequeñas lomas ó
mesetas contiguas y próximas al costado sur de la misma Loma Colo-
rada citada ; en el croquis figura 125, ofrecemos un relevamiento aproxi-
mado de estas construcciones.
Por lo que se ve, cada una de estas lomas está ocupada por una serie
de edificios perfectamente cuadrangulares, dispuestos de tal manera,
que vienen á formar un grupo, quizá una sola vivienda ó propiedad.
Las diferentes subdivisiones, que conservan más ó menos en nuestro
plano, su relación de medidas, son casi todas amplias, habiendo una
de 20x25 y otra de 10x35 metros de ancho y largo respectiva-
mente. En los demás detalles se parecen á las construcciones ya re-
feridas, y como lo demuestra la fotografía, sus paredes se levantaron
con todo esmero ; son perfectamente rectas y con los ángulos bien defini-
dos, á excepción de un recinto de pirca semicircular en el interior del
gran cuarto rectangular de la loma á la derecha.
Sobre las faldas de estas lomas ó mesetas y al pie de las mismas, como
también sobre otras y en todo el terreno circunvecino, se encuentra una
<pie otra construcción y muchos vestigios de algunas muy mal conserva-
das. El estrecho plano ó elevación que separa las tres mesetas menciona-
148
das de la Loma Colorada, está ocupado por una serie de grandes cercos
rectangulares de pircas bajas y formadas de piedras de la misma roca
de la Loma.
Conviene hacer constar, que sobre la falda sur de esta última liemos
visto restos de pircas, y varios hoyos de morteros del tipo usual.
Por los vestigios de construcciones que hemos hallado durante nues-
tra exploración por Ilualfín y lugares vecinos, puede juzgarse que la an-
tigua población debe haberse extendido al otro lado de las mesetas del
poniente, hasta el llamado Eje, frente á la quebrada de Villavil ; y re-
cuerdo aún la enorme cantidad de fragmentos de alfarería que en el
viaje de 18ÍM5 vi diseminados por todo el arenal al oeste del Cerro Colo-
rado, que crucé entonces con motivo de una excursión hasta Culampajá.
§ III
SEPULCROS
No obstante haber descripto ya los diferentes tipos de sepulcros de
Ilualfín en el relato de nuestro primer viaje, consideramos de interés
volverlos á referir. Éstos se encuentran dispersos por la propiedad de
los Leguizamón, en el terreno bajo al pie de las terrazas, muchos de
ellos cerca del panteón actual, y sobre, las faldas, así como encima de
las mismas lomas inmediatas á las citadas en el párrafo precedente.
Los sepulcros más característicos de esta localidad, están sólidamen-
te construidos, en forma de campanas ó de bóvedas, con grandes piedras,
cantos rodados bien elegidos y colocados sin liga alguna. Desde la super-
ficie del suelo se advierte su presencia por un círculo de piedras, más
ó menos de 30 á 50 centímetros de diámetro interior, que corresponde
á la abertura ó boca de la bóveda ; á veces, como puede verse en nues-
tra lámina XXI Y, figura 1, se completa por un semiarco 1 ú otro círculo
de piedras colocadas á flor del suelo y de 3 á 4 metros de diámetro.
Haremos referencia á un caso singular, en que el sepulcro se hallaba
marcado en el suelo por tres círculos concéntricos, el exterior de grandes
dimensiones (fig. 120).
Las paredes de todas estas tumbas van ensanchándose gradualmente
hasta la base que llega á medir de 2 á 2m50 de diámetro ; la altura ó más
bien la profundidad, de lm50 á 2 metros. Los despojos fúnebres se colo-
caban sobre este suelo ó base y luego se rellenaba por dentro como por
1 En varias excavaciones pudo observar que este arco correspondía míís ó monos
íí la cabecera do los individuos enterrados.
149
fuera con tierra y piedras en la forma usual. En la lámina XXIV, figura.
2, representamos el mismo sepulcro que descubrimos en febrero de 1890
el cual, como los demás, volvimos á bailar en el mismo estado, sin ha-
berse desprendido ni una sola piedra.
Otro tipo de sepulcros usual afectaba una forma rectangular; sus pare-
des estaban constituidas sólo por unas cuantas piedras grandes, chatas y
bien seleccionadas, y en los casos observados tenían como un metro de
profundidad ; para cerrarlas se habían colocado diversas piedras por
encima conservando siempre la forma rectangular. Por este detalle, de
manifiesto sobre la superficie del suelo (fig. 127), es que se advierte la
existencia de la sepultura. De esta clase de enterratorios pudimos estu-
diar unos cuantos en nuestro viaje de 1890, pero no volvimos á encon-
trar ninguno durante esta expedición.
Un tercer tipo de sepulcros, que entonces se hallaba junto á las cons-
Bkuch, Descripción, etc., lámina II, figura 2.
— 150
tracciones á que se refiere nuestro plano, figura 123, estaba formado sola-
mente por una sencilla, járea elíptica, hasta escasa profundidad y mar-
cada por una simple hilera de piedras sobre el suelo *.
Por último, puede citarse otro caso aislado, en el que la sepultura esta-
ba ubicada sobre la falda de una loma, debajo de estratificaciones horizon-
Fig. 127. — Sepulcro (le forma rectangular, visto desdo arriba
tales que le servían de techo; el único indicio aparente era una pirca
semicircular que cerraba esta especie de cueva 1 2.
No tenemos para qué recapitular otros detalles, ya publicados de los
hallazgos hechos en estos sepulcros y pasaremos á dar cuenta del resul-
tado de las pocas excavaciones efectuadas durante el presente viaje, yá
describir el reducido número de objetos obtenidos durante nuestra esta-
día en Hualfín, que adelantan algo más nuestros conocimientos referen-
tes á la alfarería local.
1 IJrucii, Descripción, etc., página. 5, figura I.
2 Bucen, Descripción, ote., página 14, figura VII.
151
§IA’
MATER IAL ARQUEOLÓGICO
Alentado por el resultado relativamente satisfactorio (pie lie tenido
en las excavaciones efectuadas en estos mismos lugares en marzo de
1896, aproveché los últimos dos días de nuestra estadía en Ilualfín, para
hacer abrir siete sepulcros, que se encontraron diseminados sobre las
faldas y al pie de la pequeña colina, mencionada más arriba. Empero,
los hallazgos que obtuvimos de nuestro trabajo resultaron casi nulos,
porque solamente de tres sepulcros logramos extraer un objeto de cada
uno, que son : una taza ó puco, número 25, y las dos urnas números 22
y 28 de la colección. En las otras tumbas, sólo se encontraron restos de
osamentas humanas, pero todas en tan mal estado de conservación, y tan
entreveradas con cantos rodados, que no fue posible averiguar el número
de esqueletos ni su posición en el hueco que los contenía. Al describir di-
chos objetos agregaremos tres urnas y un fragmento de ídolo, procedentes
también de Hnalfín, y que se obtuvieron como se expresará en seguida.
Puco tosco decorado. — De un sepulcro, sobre la falda de una loma, el
cual, á juzgar por las osamentas, contenía también dos ó tres esqueletos,
se extrajo la peque-
ña taza ó puco, figura
12S. Dicho puco es de
factura bastante tosca
y de color amarillen-
to. Del lado de afuera
se destacan en relieve
dos ofidios, de cuerpo
ondulado, con cabeza
en cada extremidad,
que asoman sobre el
mismo borde y llevan
los ojos y boca estam-
pados. Tanto por den-
tro como por fuera, se
■distinguen dibujos mal conservados : unas líneas negras siguen los con-
tornos del ofidio, y en los espacios superiores é inferiores, se nota una
que otra greca ó espiral, mientras que líneas verticales bajan desde las
cabezas de las serpientes, separando el anverso del reverso, con una
decoración idéntica.
Fig. 128. — Puco pintado y con serpientes en relieve.
25, Col. M. L. P. ('/a del nat.)
152 —
Urnas rojas con ornamentación negra . — Las cinco urnas de
Hualfín, tienen por fuera el fondo pintado de lindo rojo sanguí-
neo, y los dibujos trazados en negro.
El primer ejemplar de la serie es la
pequeña urna ó ánfora, figura 129, de
factura algo tosca, pero interesante por
su forma poco común, y por los dibujos
que la adornan. La parte superior y las
asas están quebradas ; éstas últimas
tenían colocación simétrica, horizontal,
y estaban situadas sobre el diámetro
máximo, que corresponde asimismo á la
unión de las dos piezas de que se fabricó
el vaso. Su porción inferior es cónica y
termina en pie con asiento cóncavo ; la
superior, constituida por un gollete alto,
de paredes arqueadas, que vuelven á en-
sancharse hacia la boca ó labio que ya no
existe.
La ornamentación es curiosa : consta
de cuatro grupos de grecas bastante irre-
gulares, superpuestas de á dos, y una vez de á tres, que nacen de ramas
que las encierran, correspondiendo sin duda á una ornamentación fito-
mórfica convencional. En la recién de las asas, las dos ramas laterales se
prolongan en líneas rectas
por la parte inferior del
vaso.
Como dijimos ya, el mo-
delado se hizo con poco
esmero, hasta falta la sime-
tría; la superficie está mal
alisada. ; el color de la coc-
ción es ladrillo rojizo.
Debemos esta urna á un
obsequio de don llamón M i-
fiaur, en cuya propiedad ha
sido casualmente hallada.
Fig. 129. — Pequeña urna de tipo espe-
cial. N° 27, Col. M. I.. 1>. 01, del uut.)
De la misma piocedcn- j'ig. 130. — Urna pintada con ligaras zoomorfas encima de
cia que el ejemplar an- a«u«- N“ 21. Cul- M- L- r- <‘h doi unt.)
terior hemos conseguido
otra urna que reproduce nuestra figura 130. Ella pertenece á un tipo'
bien conocido, caracterizado por la superposición de tres partes, ó sea:
153 —
do mui base en forma de cono truncado con asiento cóncavo ; un cuerpo
ó vientre, de paredes verticales ligeramente arqueadas, enangostadas ha-
cia la unión de la tercera parte ó cuello, que se ensancha gradual-
mente para formar el labio de la urna.
Existen dos gruesas asas horizontales del tipo usual, oblicuadas del
lado interno, y así apenas separadas de la pared de la urna en su parte
inferior. Encima de cada asa se encuentra una figura zoomorfa de cabe-
za saliente, cuerpo ovalado con rayas horizontales impresas y de poco
relieve : son éstas sin dúdalas mismas figuras del « quirquincho » (J)asy-
p us vcllcrosus), que he-
mos visto en la urna de
Fuerte Quemado (fig.
90 bis) y en muchas
otras.
El modelado de esta
urna está bien hecho ;
la superficie perfecta-
mente alisada y pro-
vista de una pátina ó
barniz protector.
La ornamentación
es sencilla ; consta so
bre el cuello de cinco
anchas fajas vert icales
y retieuladas, que des-
cansan sobre una línea
horizontal en la base
de éste, y de la cual se
desprenden hacia aba-
jo nueve triángulos
negros, de cuyos vér-
tices nacen espirales. La guarda en la parte inferior del vientre, está
formada por dos líneas paralelas equidistantes á unos 45 milíme-
tros, con el interior ocupado por una serie de ganchos dobles, enros-
cados que muy posible es que representen algún motivo fitomórfico ;
estos dibujos y la línea inferior de la guarda, estén interrumpidos en la
región de las asas. Por último, de la mencionada guarda se desprenden
cinco pares de líneas onduladas, que llegan hasta la base; y del lado in-
terior del labio serpentea una banda muy ondulada que ocupa toda la
circunferencia sin solución de continuidad.
Fig. 131. — Hermosa urna con ornamentación serpentiforme
X»23, Col. M. L. T. ('/„ «leí nat.)
El tercer ejemplar (fig. 131), es una hermosa urna del tipo de la an-
terior, pero de doble tamaño y de paredes más uniformemente arquea-
154
(las. L os dos animalitos encima de las asas, están substituidos por un
simple pegote subovalado, pero también con rayas impresas ; alrededor
de dichos pegotes están pintados dos, y una vez tres líneas semicircula-
res entre series de gruesos puntos.
El gollete ó cuello está separado del cuerpo por una línea negra; por
fuera presenta una ancha faja ó guarda escalonada y reticulada, y del
lado interior grandes triángulos negros, que se desprenden del borde;
una estrecha línea negra, corre próxima á la base del cuello.
El vientre de la urna ostenta el lindo esquema de serpiente, con cabeza
triangular, de la cual se desprende un cuello, y de él, á cada lado, un cuer-
po con cola enroscada en espiral ; todos los detalles de este ofidio están
reproducidos fielmen-
te en nuestra figura.
Una de las asas se
ha roto ; sobre la otra
se ven siete rayas ver-
ticales negras; la por-
ción basal lleva las
líneas onduladas, dis-
puestas en cuatro gru-
pos, propias de este
tipo de urnas.
Por mera casuali-
dad, esta urna lité ha-
llada dentro de la pro-
piedad de don Justi-
niano Leguizamón, al
excavar un agujero
para plantar un poste
de cerco ; pude comprobar que no se trataba de sepulcro, y que la urna
estaba simplemente enterrada allí, á muy poca profundidad.
Otro ejemplar, semejante á la urna recién descripta filé extraído de un
sepulcro que contenía al parecer, los restos de un solo individuo, y la
urna á su vez algunos liuesecillos de quirquincho y fragmentos del
fruto de una cucurbitácea.
En cuanto á su forma, ella es menos ancha que la precedente, casi de
hi misma altura («'18 centímetros), de paredes más gruesas y factura algo
tosca. La superficie se halla bastante deteriorada ; se distingue aún
los dibujos de su ornamentación, que en la parte ventral consta, de un
ofidio parecido al de la figura 131, pero de cuerpo menos esbelto, ancho,
con las dos colas acodadas dirigidas hacia arriba. La guarda del gollete
se, compone de líneas y anchas fajas negras, verticales, que forman eua-
Lámina XXII.
Rev. Museo tle La Plata. T. XIX
Lámina XXII.
(Ser. II, T. VI)
Vista parcial de las construcciones existentes sobre las terrazas fluviales al noreste de Hualfin (Provincia de Catamarca)
Rev. Museo do La Plata, T. XIX (Ser. II, T. VI) Lámina XXIII.
Restos de caseríos en una de las terrazas al noreste de Hualfin (Prov. de Catamarca)
Rev. Museo de La Plata, T.X1X (Ser. II, T. VI)
Lámina XXIV.
Fig. 1 Sepultura intacta en las proximidades de Hualíin (Prov. de Catamarca)
Fig. 2 Sepultura abierta lateralmente (Hualfin)
155 —
tro secciones desiguales, cada una de ellas con tres pares de líneas para-
lelas horizontales, separadas por una serie de gruesos puntos.
Encima de las asas, y en la base del cuello se encuentra un pegote gro-
sero con una sola incisión horizontal profunda, y limitado abajo por un
doble arco semicircular ; sobre las asas hay algunas rayas verticales. La
porción basal lleva las líneas onduladas usuales ; el borde interior del
labio está ribeteado de negro, y acompañado de una línea quebrada que
complementan triángulos con vértices dirigidos hacia el interior.
De otra sepultura al lado de la anterior procede la urna tronchada
(igura 132. Ésta es de factura algo tosca; su cuerpo subgloboso termi-
na en base alta en forma de cono truncado. La superficie es granulosa,
poco pulimentada y ostenta en ambos lados una serpiente con cabeza en
cada extremidad, limitada por dos líneas horizontales, constituyendo la
única decoración ventral con los detalles de costumbre.
En esta misma sepultura se hallaba también la cabeza de un pequeño
ídolo, de forma circular, cara chata, con ojos, nariz y arcos superci-
liares destacados, la boca impresa, y con lastres rayas típicas debajo
de los ojos, pintadas sobre las mejillas ; á cada lado, en la región de las
orejas lleva la perforación de costumbre para suspender el objeto.
CAPÍTULO VII
LA CIÉNAGA
§1
SITUACIÓN Y ASPECTO GENERAL
La población actual de La Ciénaga queda más ó menos á mitad
de camino entre Uualfín y la villa de Belén. Yendo de Ilualfín á esta
última, se pasa por el Eje, San Fernando y Palo Blanco, donde la que-
Fig. 133. — Cerro con ruinas antiguas, al sudoeste de la población actual de La Ciénaga
brada se convierte en un valle ancho y fértil que baja lauda, el sud
hasta la Angostura de San José, y por el cual se extiende la población
referida.
Con motivo de una misión especial nos dirigíamos á casa de una se-
ñora Zenona Oclioa, dueña de la propiedad conocida por El Baño, una
157
pequeña vertiente de aguas alcalinas, situada á mano derecha del río, y
casi en el extremo sur de La Ciénaga.
Nuestras averiguaciones entre las personas de dicha casa nos dieron
á conocer varios sitios, donde existían antiguos panteones, como también
ruinas de paraderos aislados y de otras construcciones, (pie probable-
mente pertenecieron á algún centro de indios de esa localidad.
Las ruinas de tal centro, se hallan situadas como á tres kilómetros al
sudoeste del Baño, encima de un cerro que avanza hacia la margen
izquierda del río, precisamente entre los ranchos de Ildefonso Arancibia
y Domingo Hornero. Este cerro alcanza á unos 150 metros de altura
aproximadamente; su forma es indefinible, parecida á una meseta ondu-
lada, con distintos niveles, sobre la cual se levanta un pequeño morro,
perfectamente visible en nuestras fotografías (fig. 133 y lám. XXV).
En el nordeste, otra elevación determina la mayor altura del cerro, cuyas
faldas al norte y oeste son bastante tendidas, pero más paradas en los
costados opuestos, y sobre todo al sudeste, donde bajan á la quebrada
de un río seco.
§ n
CONSTRUCCIONES ANTIGUAS
Todas las construcciones de que nos ocuparemos, son en cuanto á
detalles de edificación, semejantes á las ya descriptas de las pobla-
ciones del valle de Santa María; el material empleado es la cuarcita pa-
leozoica, originaria del mismo cerro. Subiendo á éste por el costado
norte, encontramos restos de pircas, que se elevan sobre sus faldas en
forma de muros bajos, ya muy derrumbados, pues sólo en partes conser-
van apenas medio metro de alto ; en ocasiones se completan como de
costumbre por una que otra pared lateral.
Encima de la meseta hallamos en seguida el primer grupo de cons-
trucciones compuesto de una gran pirca rectangular, y en el medio de
uno de los costados más cortos, se desprende una pared divisoria que
ocupa como dos tercios del interior; luego, sobre el terreno ascendente
están diez construcciones bajas, rectangulares, más ó menos de unos
cinco metros por siete de ancho y largo respectivamente.
Al nordeste de estas construcciones, y también sóbrelas mismas lade-
ras, en la parte nordeste del cerro, existe buen número de sepulcros ya
abiertos, cuya forma describiremos más tarde.
De las construcciones que ocuparon la falda sur del pequeño morro,
se conservan solamente pocos vestigios ; al parecer no hubo en esta
parte sino unos cuantos cuadros, formados por pircas sumamente bajas
158 —
y de poco ancho. Sobre la misma cumbre del morro, hay dos pircas cir-
culares, más ó menos de tres metros de diámetro exterior y poco
más de uno en su interior ; una de ellas caída, la otra conserva unos
cincuenta centímetros de su altura primitiva.
Nuestra lámina XXV, reproduce un recinto ó habitación rectangu-
lar, do unos 0 metros de ancho por 12 de largo, excavada de manera que
no se advierte pared alguna en el exterior, como lo hemos visto ya en
casos análogos. Por dentro hay una pared que está perfectamente á
plomo y mide más ó menos un metro de alto, ó mejor dicho, por hallarse
enterrada, de profundidad. En el costado oeste queda un estrecho pasaje
abierto que da salida á un
plano ligeramente inclinado,
cerrado en esta parte y del
lado norte por un cerco angu-
lar y muy bajo, de unos 24 y
1 2 metros de extensión en sus
dos brazos. Otra pirca de unos
tres metros de largo, corre
paralela con la pared de la
construcción mencionada en
la parte del sur.
El segundo grupo de cons-
trucciones se halla ubicado
sobre la meseta en la parte
sud del cerro, y ocupa apro-
ximadamente unos 150 me-
tros de naciente á poniente, y
algo menos de norte á sud.
Los cercos cuadrados de la
parte oeste están distribuidos
con menos regularidad : cons-
tan de pircas rectangulares de unos 5 metros de ancho por 7 de largo, y
de unas pocas piedras superpuestas. Las paredes de los otros edificios,
por decir así, se hallan mejor conservadas, sin embargo raras veces tie-
nen más demedio metro de alto por unos setenta centímetros de grueso ;
la mayor parte de ellas tienen sólo los costados de piedra, las qne van
rellenadas de ripio, como lo hemos hecho notar ya.
Otro grupo de ocho construcciones está dispuesto en línea de naciente
á poniente; se compone en primer lugar de dos pircas rectangulares de
(i por 8 metros, con una pared divisoria baja y angosta; el tercer recinto
es muy estrecho y separado de los anteriores por una muralla ancha,
levantada con piedras grandes al exterior é interiormente rellenada con
ripio. Tres de los cuadros que siguen, miden entre 4 y 5 metros de ancho ;
Mbr¿e
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construcción 4^'
rcctacpu&nMsí g?
''/Mi ÓMes/iguoi
^ ígísé uéfiircaó
, .
^ ’ i ‘ 'grupo cte ca¿
Fig. 134. — Disposición aproximada de las construcciones
sobro el cerro ilo La Ciénaga
/
— 159 —
los dos primeros los separa una pirca divisoria baja, que llega solamente
hasta la mitad del interior, mientras que la pirca de la sexta construc-
ción es otra vez muy ancha, como en uno de los casos anteriores ; por
último, dos recintos más son cuadrados, de 8 metros por lado y están
subdivididos por una angosta pi rea medianera.
Haremos constar que en ninguna de estas construcciones hemos ob-
servado vanos ó puertas de salida ú otros detalles dignos de mención ;
las paredes son todas muy bajas, perfectamente á plomo, y de ángulos
bien pronunciados. Más al sudeste se encuentran algunas ruinas de
construcciones más pequeñas, pero mal conservadas; entre ellas, uno
(pie otro sepulcro explorado.
§ III
SEPULCROS Y MATERIAL ARQUEOLÓGICO
Todos los enterratorios que hemos hallado dispersos sobre la meseta
y las laderas del cerro, han sido construidos en forma de bóveda, de un
tipo muy semejante á los descriptos de Hualfín ; sin embargo, los
de la Ciénaga son más pequeños y menos profundos. Hemos visto una
veintena de ellos : casi todos han sido abiertos por arriba, ó sea por la
misma boca ó abertura de la bóveda del sepulcro, que en pocas ocasio-
nes llega á tener más de un metro de profundidad.
Estas bóvedas se han construido prolijamente con igual piedra angu-
losa que la de los ediíicios ; el mayor diámetro está en la base, el de la
boca mide apenas medio metro de luz que corresponde á la pared interior.
Como en las demás sepulturas de esta clase, las paredes se van estre-
chando hasta formar el arco de arriba, tal como lo hemos visto en las de
Hualfín (lám. XX, fig. 1).
Seguramente que un reconocimiento prolijo del cerro y lugares circun-
vecinos, nos permitiría descubrir sepulcros aun intactos, como también
otros restos de la población indígena, pues en ésta sólo pudimos hacer
un registro muy somero durante las contadas horas de nuestra estadía,
el 3 de marzo de 1908.
Unos pocos objetos antiguos que hemos conseguido en la Ciénaga,
han sido encontrados casualmente en la propiedad de la señora Ochoa
por Juan Carrión, quien los tenía reservados. Excepción hecha del
hacha y de la ollita roja, los cuatro recipientes de esta pequeña colec-
ción, proceden de dos distintas sepulturas, descubiertas al excavar un
canal de regadío. Parece que éstas estaban formadas por paredes ver-
ticales de piedras superpuestas y tapadas con otras lajas grandes y
— 160 —
planas : contenían además, según cuenta Cardón, « unos huesos largos
y cráneos, pero tan frágiles, que se deshicieron al sacarlos con la pala».
El hacha y la o 1 1 i t a proceden del misino cerro del cual ya nos ocupamos.
lincha de piedra. — El hacha, figura 135, con que comenzaremos la
enumeración, es de gran tamaño ; mide unos 25 centímetros de largo, es
algo asimétrica, y para su fa-
bricación se aprovechó la for-
ma natural de la piedra, sa-
cando (d filo correspondiente
á su forma : paralelas á él
dos escotaduras profundas
vienen á formar un cuello.
Este último, por consiguien-
te, no da vuelta completa
alrededor de la cabeza del
hacha y tiene poco más de
30 milímetros de ancho, con
unos 11 en su mayor conca-
vidad. La cabeza del hacha
está redondeada, pero no es
del todo globular, debido á la
asimetría general de la pie-
dra.
En la superficie se advier-
ten algunos golpes del cincel
lio e
.) ó instrumento manejado por
el tallista; pero loque hace
más curioso al objeto, es la figura grabada en uno de sus costados : se
trata tal vez de un dibujo inconcluso formado por una banda quebrada,
esculpida á poca profundidad, y que
conviene hacer constar como caso
único, pues no recordamos otro.
Vanos de alfarería gris grabada. —
Los cuatro objetos de que ahora nos
ocuparemos, pertenecen todos á la al-
farería gris grabada. Corresponden a
una fabricación esmerada, con pasta
muy fina y arcillosa : sus paredes son
sumamente delgadas y, tanto por fuera como por dentro, bien alisadas,
de color gris uniforme.
La pequeña taza ó puco, figura 13G, es de forma perfectamente he-
Fiir. 13G. — Pequeño vaso de alfarería gris
grabada. Xo 7G, Col. M. L. P. (’/2 del
nat .) .
Fig. 135. — Gran hacha de piedra con dibujo esculpí
en uno de sus lados. Xo 78, Col. M. L. 1*. (’/3 del nat
— 161
mistérica, con una depresión basal de sección apenas cóncava. En cada
lado lleva dos figuras de dobles ganchos rayados en el centro y limita-
dos por una línea horizontal paralela al borde, do donde dos laterales
bajan hasta la misma
base. Los dibujos han
sido grabados con
punta fina á regular
profundidad.
El segundo ejem-
plar de esta serie, es
un hermoso vaso sub-
globoso ligeramente
•comprimido, con un
aplanamiento forman-
do la base, de unos
.siete centímetros de
•diámetro, el que equi-
vale al de la abertura
ó boca, situada en el
■centro del recipiente.
En la parte superior del vaso y de ambos lados, se encuentra gra-
bado el curioso monstruo reproducido en todos sus detalles en nues-
tra figura 137. De un cuerpo encorvado, dibujado de perfil, se des-
prenden una cola larga y angulosa, pies y manos, así como la cabeza
provista de ojo, oreja y boca con grandes dientes triangulares ; el
interior del monstruo está ocupado por rayas y figuras fusiformes
•con estrías cortas, tal como lo reproducen las figuras. En el va-
cío, delante do cada di-
bujo, se repiten en ma-
yor escala los detalles
de la boca, en forma
de dos series dentadas
convergentes hacia un
círculo, sin duda el ojo,
que corresponde á otra
representación conven-
cional del sér misterio-
so. Estos grabados fue-
toii hechos con punta fina, y las figuras están encuadradas por contornos
trapezoidales.
Esta interesante ornamentación no es por cierto desconocida; el doctor
Lafone Quevedola llama draconiana y ha publicado una serie de ejemplos
.análogos sobre alfarería procedente de Andalgalá, donde parece ser típica.
ñBV. MUSEO LA PLATA. — T. XIX 1 t
Fig. 137 bis. — Dibujo al reverso «leí mismo vaso
Fig. 137. — Vaso subesférico con ornamentación draconiana.
N» 75, Col. M. L. P. (>/* del nat.)
1G2 —
Poseemos dos jarras, de ornamentación bastante parecida ; el ejemplar
ligara 38, está formado por un cuerpo globoso con base circular y lige-
ramente cóncava, del cual nace un
cuello subcilíndrico ; está provisto
de un asa plana, vertical. Excep-
tuando la región del asa, toda la su-
perficie del vaso está cubierta por
una decoración rectilínea constitui-
da en el cuello por series de líneas
paralelas, muy juntas, que conver-
gen alternadamente, una vez hacia,
arriba, otra vez hacia abajo; una
serie de rayas cortas verticales li-
mitan este conjunto en la base del
cuello. Como se puede ver, el cuerpo
ó vientre está adornado con ángulos
alargados, agudos, que llevan como
adorno pequeñas rayas horizonta-
les; el conjunto representa un dibu-
jo geométrico en forma de estrella.
De la segunda jarra (fig. 139), se conserva el fondo y la parte anterior
con el asa, habiéndose perdido gran parte del reverso. Se diferencia de
la precedente por te-
ner un cuerpo más
bajo, subhemisférico,
sobre el cual se levan-
ta el cuello.
Los dibujos han
sido grabados con un
instrumento poco pun-
zante, como de un mi-
límetro de ancho, y en
partes á poca profun-
didad. Los que ocupan
la pared superior de la
jarra se asemejan á. los
del ejemplar anterior
y recuerdan cierta or-
namentación fitomór-
fica. Los dibujos de
la base son más irre-
gulares; existen aquí también los ángulos con rayas transversales, pero
ellos están separados por una, dos, ó más líneas paralelas, pero general-
Fig. 139. — Jarra de alfarería gris grabada. N° 73, Col. M. L. 1*.
(Vs del nat.)
Fig. 13S. — Jarro de alfarería gris grabada
K° 74. Col. M. L. P. (*/2 del nat.)
Rev. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. II, T. VI) Lámina XXV,
Construcción rectangular en las cercanías de La Ciénaga (Prov. de Catamarca)
163 —
mente por tres de ellas. El asa está situada en esta jarra más ó menos
en su tercio medio.
Pequeña olla roja con dibujos. — La pequeña olla tosca que nos resta
por describir tiene forma perfectamente globular ; su base es estrecha
y plana, la boca es ancha y termina en labio recto, oblicuamente diri-
gido hacia afuera. Está provista de dos asas toscas, poco destacadas
del cuerpo, y encima de cada una, de un pegote en forma de tubérculo.
La superficie es de color rojo ladrillo; la ornamentación es simétri-
ca y consta en el anverso de dos cabezas serpentiformes, completadas
por triángulos con terminaciones digitales y limitadas por gruesas líneas
en los cuatro lados. En el reverso hay dos figuras como manchones ovala-
dos con series de líneas paralelas y puntos. El espacio entre pegote y asa
está ocupado por dos y tres rayas horizontales. La base do la ollita lleva
los cuatro pares de líneas onduladas usuales, y el labio otros tantos gru-
pos de rayas verticales, del lado exterior como del interior.
Haremos notar que los dibujos del anverso y otros detalles, tienen
semejanza con los de una urna de Belén, publicada por los profesores
Outes y Lafone Quevedo l.
1 Outes, Alfarerías, etc., plancha, IY, figura 5 ; Lafone Quevedo, Tipos de
alfarería en la región Diaguito-Calcliaquí, en Revista del Museo de La Plata, 1908, pá-
gina 344, figura 17.
CAPÍTULO VIII
DON DIJES DE QUIXMIYIL
§3
SITUACIÓN Y ASPECTO GENERAL
El hecho de haberse incluido en nuestro itinerario el viaje hasta el
antiguo pueblo de Londres, justifica (pie publiquemos las siguientes
observaciones./ advirtiendo desde luego que no es imposible sean estas
Fig. 140. — Vista parcial de la actual población de Londres
ruinas, al menos en parte, de una población de origen español : algo así
se deduce de las crónicas antiguas, transcriptas por los doctores Lafone
Quevedo 1 y Adán Quiroga ; el aspecto de las mismas construcciones es
1 Lafone Quevedo, Londres y Catamarca, Rueños Aires, 1888.
— 165
distinto de aquéllas, de que nos liemos ocupado basta ahora. De todo
esto trató Furque en un artículo sobre Londres de Quinuiivil \ pero sus
conjeturas y el plano que publicó de las ruinas, no están en completo
acuerdo con la impresión que recibimos durante nuestra rápida visita,
y si bien someramente, nos ocuparemos en el presente capítulo de esas
ruinas más ó menos antiguas.
El pueblo viejo de Londres está situado al nordeste de la población
actual | conduce á él la quebrada del río Quimnivil, y como á los tres
kilómetros, otra, que rumbo al oeste va hasta las primeras murallas
del antiguo caserío : éste se extiende sobre un kilómetro cuadrado
de un terreno bastante desigual, cubierto ahora por un matorral bajo
pero muy tupido, entreverado con varias especies de mimosas, breas,
chañares y otros ejemplares característicos de la vegetación local. En
la parte sur del pueblo se alzan tres pequeñas lomas aisladas, en cuyas
faldas se destacan algunas construcciones. Hacia el sudeste, la vista
se pierde en la llanura, mientras que del lado opuesto se levantan las
montañas de la serranía que aparece en la lámina XXVI.
§ II
CONSTRUCCIONES ANTIGUAS
Sorprendidos por fuertes aguaceros en las dos ocasiones en que visita-
mos las ruinas del caserío de Londres, nuestra exploración por el espeso
matorral fué bastante penosa, y por la misma razón no pudimos hacer
un relevamiento prolijo de cuanto allí había ; pero, sin embargo, alcanza-
mos á ver que no es enteramente exacta la distribución de los edificios
que aparece en el plano de Furque.
Hay, por cierto, bastante simetría en algunos grupos délas habitacio-
nes, por cuanto éstas se hallan formadas por una serie de piezas dis-
puestas una al lado de otra, constituyendo así el tipo local. Se ha po-
dido observar, un paralelismo perfecto entre la pared del frente y
la del fondo ; esta última conserva en partes casi tres metros de altu-
ra, y es probable que lia debido sostener el techo inclinado hacia ade-
lante. Los muros de las subdivisiones son generalmente más bajos ; sólo
en algunos casos las respectivas piezas se comunicaban por pasadizos
abiertos, y las entradas deben haber estado en la parte anterior ó frente
del edificio.
1 Hilarión Furque, Las ruinas de Londres de Quinmivil (Catamarca), en Anales
de la Sociedad Científica Argentina , tomo L, 1900, página 166-171, con un croquis.
166 —
Todas las paredes están construidas en forma de pirca ancha con
grandes piedras simplemente superpuestas, que por la forma cuadran-
gular de muchas de ellas, parecen haber sido labradas. En ninguno de
los casos pudimos notar puerta con dintel, tampoco ventanas, ni otros
detalles que nos indicasen el tipo de la techumbre 1 : nos limitaremos,
pues, á la descripción de las construcciones más importantes en este su-
puesto primitivo Londres, observando en lo posible la exactitud de su
distribución.
Pig. 141. — Pared exterior de mi grupo de viviendas
Las primeras ruinas que encontramos al llegar á la población por el
camino seguido, constan de un cerco de pirca muy baja de unos 30 me-
tros de largo por 14 de ancho que encierra dos recintos rectangulares
(de 3 X 5 m.), separadas las pircas por unos 80 centímetros de la del
cerco, á la cual se ajusta por afuera otro rectángulo de 25 por 8 metros
de superficie.
Como 200 metros al sur de esta vivienda, hay otra, compuesta de siete
piezas en línea, orientadas de este á oeste. De un costado, las paredes
son altas y perfectamente á plomo (fig. 141) ; del otro, que corresponde
1 FüRQUK, Las ruinas, etc., página 167, observó en las murallas de alguno de
los recintos ciertas cavidades como nichos que yo no he podido descubrir. Estos nichos
debieron estar como íí 80 centímetros del suelo y distantes dos metros uno de otro.
— 167 —
al frente, su altura alcanza á poco más ele un metro, y las dos paredes se
hallan equidistantes entre sí á unos 3m50. Siguiendo estas construcciones
desde el naciente, hallamos un recinto nray largo, de 26 metros, hasta
llegar á la primera pared divisoria; á ésta siguen otras tres piezas de
4, 2m50 y de 3 metros respectivamente, todas de paredes divisorias en-
teras y sin comunicación alguna interior, notándose sólo aberturas ó sa-
lidas clel lado sur. La cuarta pieza recién se comunica con la siguiente
de 3 0 metros de largo ; otra contigua mide 6 metros y termina en un
muro alto, al que sigue el último ó sea el séptimo recinto, con su entra-
da perfectamente visible del lado del sur.
Caminando hacia el poniente, encontramos unas cuantas construccio-
nes cuadranglares, ya muy derrumbadas y rodeadas del lado del este
por una pirca baja. De ahí hacia el sur, el terreno está surcado por una
estrecha zanja, antiguo canal alimentado en otro tiempo por las mis-
mas aguas del río Quinmivil, que fueron áno dudarlo, aprovechadas para
mover el molino allí instalado : porque dentro del mismo canal yace una
gran piedra de moler.
Á distancia como de algunos cientos de metros de las ruinas su-
sodichas, hay otras de construcciones perfectamente alineadas y orien-
tadas de sur á norte. Éstas están distribuidas en tres grupos de
viviendas con paredes paralelas, distan unos cuatro metros unas de
otras y se hallan subdivididas en ocho recintos, cada grupo de tres
á cinco metros por costado. Los dos grupos que en parte aparecen
en la lámina XXVII, figura 1, se hallan separados solamente por
un espacio de un metro ; los dos muros paralelos corresponden proba-
blemente á los del fondo, que conservan aún mayor altura. El tercer
grupo, también de ocho piezas, se halla separado de los demás por un
espacio ó patío de unos 10 metros de ancho ; se compone de una simple
hilera de piezas, y la pared considerada como trasera corre acompañada
por otra á distancia de un metro más ó menos.
Por la mala conservación de estas construcciones, es difícil re-
conocer sus correspondientes entradas, pero parece que éstas, como en
otros edificios análogos ya mencionados, deben haber existido al frente
de cada uno de los tres grupos de viviendas.
Aun nos queda por citar otras construcciones que vimos cerca de una
loma al nordeste de la población (lám. XXVII, íig. 2); son tres edifi-
cios rectangulares, dos de ellos de 5 metros por 10, hallándose rodeados
por un cerco de pirca de regular extensión.
Por otra parte, y á juzgar por ciertos vestigios de paredes, diríase que
esta pequeña ciudad hubiese estado cercada por una muralla,, me-
jor conservada en su? costado oriental, pero más ó menos continua en
toda su línea.
Ni estas breves observaciones, ni los antecedentes conocidos sobre la
primitiva ciudad de Londres, nos permiten emitir fundada opinión res-
pecto á su origen, es decir, si fue indígena ó colonial ; es preciso que
nuevos estudios ó excavaciones complementen las informaciones que de
ella tenemos.
Toda la región de Belén y los pueblos circunvecinos estuvieron ocu-
pados por tribus indígenas, y
es menester tener presente
que por esos parajes se levan-
taron dos ó más ciudades co-
loniales ; casi seguro es que
el pequeño fragmento de alfa-
rería que encontré entre las
pircas caídas de esos pueblos,
representen algo de la cultura
de aquellas tribus.
X o hemos hallado durante
nuestra exploración ningún
vestigio de sepultura.
El fragmento en cuestión
(fig. 142), corresponde á la
parte superior de una urna ó
cántaro de boca muy estrecha, gollete bajo y labio poco pronun-
ciado; por los detalles de su ornamentación y factura pertenece á>
un vaso del tipo draconiano. 1*11 color del fondo es amarillo obscuro,
los dibujos son negros y en parte rojos. Un ejemplar completo de es-
tos vasos, de gollete muy parecido y que procede de Belén, se conserva
entre las colecciones del Museo de La Plata '.
Fig. 142. — Fragmento de urna ó cántaro encontrado
entre las ruinas de Londres. Xo 71, Col. II. L. 1’.
(‘/2 del nat.).
1 Esta misma urna fué publicada por Lafone Queredo, Tipos de alfarería etc.,
página 356, figura 37.
Rev. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. II, T. VI) Lámina XXVI.
Aspecto de la región ocupada por el pueblo antiguo de Londres (Prov. de Catamarca)
Rcv. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. II, T. VI)
Lámina XXVII
Fig. 2 Aspecto del caserío del antiguo pueblo de Londres (Prov. de Catamarca)
CAPÍTULO IX
ANDALO ALÁ
A pesar de liaber iniciado uno de nuestros viajes en Andalgalá ó más
bien en Huasán, población á ocho kilómetros al norte de dicha villa,
no hemos tenido ocasión aún de explorar los distintos sitios que iór-
Vig. 113. — Vista desde Huasán hacia la población actual de Chaquiago
man parte de aquella región. La causa de tal desistimiento se debe á
la escasez de tiempo, y al propósito de dedicar alguna vez una tempo-
rada suficientemente larga, para efectuar un estudio como lo requieren
las condiciones, en que se hallan los vestigios de las poblaciones indí-
genas en la actualidad.
170
La villa de Andalgalá constituye uno de los oasis más fértiles en la
provincia de Catamarea ; fundada á mediados del siglo pasado 1 conser-
va su importancia, merced á su posición geográfica y estratégica ; pues-
to que es punto donde convergen las grandes vías de comunicación,
que desde épocas lejanas pusieron en contacto las poblaciones dispersas
en las cuatro direcciones, á saber : Santa María, Belén, Tinogasta, los
« Pueblos » de Pomán y todos los de La Rioja 2.
Los yacimientos arqueológicos más conocidos de la región andalga-
lense, se bailan comprendidos en los campos de Uuasán, Cliaquiago y
Choya, en la parte norte y noroeste de la villa ; se hicieron también
hallazgos al sur de la misma región, donde se extendían las antiguas
posesiones de los pueblos de Saujil, Sijan y Mutquín, etc.
Por la circunstancia de encontrarse ahora muchísimas de estas tierras
cultivadas, gran parte de las viejas construcciones han desaparecido
para dar lugar á extensos viñedos y alfalfares, donde sólo por casuali-
dad, algún torrente ó el arado ponen á descubierto uno que otro resto
ú objeto de los primitivos moradores.
Á mi entender nada se ha publicado, ni estamos en condiciones de in-
formar sobre las construcciones que correspondiesen á viviendas ó se-
pulturas indígenas de la región do Andalgalá. Su importancia histórica
y geográfica ha sido considerada por Lafone Quevedo en sus valiosas
comunicaciones 3, donde nos ofrece también abundantes y precio-
sas reproducciones, que le permitieron definir perfectamente los tipos
principales de la alfarería regional. En este sentido dedicamos este bre-
ve capítulo con el propósito de aumentar, si bien con un número muy
reducido, la lista de los objetos procedentes de Andalgalá.
MATERIAL ARQUEOLÓGICO
De los pocos ejemplares y fragmentos que forman parte de nuestra
colección, una taza lisa de alfarería negra, encontrada en los alrededores
de Huasán, debérnosla á la gentileza de la señora Helena F. de Blamey ;
tres vasos y otros tantos fragmentos se consiguieron de Jerónimo Páez,
quien los había encontrado al remover el terreno de su propiedad, situa-
da sobre la misma plaza de Andalgalá.
1 Como lugar lo menciona el padre Tedio en el siglo XVII.
8 « Pueblos » que oran do los indios Diaguito-Calchaquíes, y así so designan has-
ta el día do lioy.
3 Lafone Quevedo, Londres y Catamarea, 1. c. ; Ibid., Viaje arqueológico en la re-
gión de Andalgalá, en Revista del Museo de La Plata, tomo XII, 190(5, pííg. 75-110,
hím. I-XVIII.
— 171
La taza no ofrece detalles dignos de mención ; su forma es subglobo-
sa, con la base plana, apenas cóncava ; las paredes son delgadas, poco
inclinadas liacia adentro, perfectamente pulimentadas en ambos lados.
La taza está provista de un asa vertical, colocada en semicírculo desde el
borde hasta el medio del vaso, el cual mide poco menos de 9 centímetros
de alto y 12 de diámetro.
Fig. 144. — Puco (le color bayo con decoración negra y roja. Xo G2, Col. M. L. P. I1/* del nat.)
Todos los objetos de Andalgalá los reproducimos en el texto. El primero
que citaremos es una especie de puco ó plato hondo (fig. 144), de forma
subhemisférica, y base plana, apenas cóncava, provisto de un labio ancho
y vertical, de sección también cóncava, con el adorno descripto más ade-
lante. En la base del labio hay dos pequeiías asas en semicírculo y boca
abajo, del tipo como los pucos rojos de Fuerte Quemado, etc.
La superficie del puco es lisa, por fuera pintada con un fondo de color
bayo; el labio ostenta á cada lado de las asas una guarda, limitada por
líneas negras, las que
encierran cuatro círcu-
los imperfectos, con
otros concéntricos, al-
ternados rojos y negros.
El vaso figura 145, es
algo tosco ; pertenece
á un tipo de recipientes
conocido; tiene el fondo
Fig. 145. — Vaso gris con ornamentación en relieve y grabada
qajo y bastante chato ; x» gi, coi. m. l. p. <‘/s dei nat.)
sus paredes arriba bien
convexas, estrechadas hacia la abertura de la boca de diámetro reducido.
La forma del vaso es ligeramente ovalada; su color de un pardo amari-
llento, que corresponde á la cocción natural de la pasta.
Como puede verse en nuestra ilustración, en la parte anterior del
vaso se destaca en relieve una figura, al parecer un ofidio, con cabeza y
172 —
cuello, del cual se desprenden hacia los lados dos cuerpos ondulados, cu-
yas colas terminan en la mitad del vaso; del lado opuesto á la mencio-
nada cabeza hay un pegote indefinible. La mitad posterior está ador-
nada con una serie de ángulos ó piquillos invertidos, grabados, dispuestos
alrededor del borde con su fondo sembrado de pequeñas impresiones del
tipo conocido.
La figura 14fi representa un pequeño vaso de alfarería gris, grabado,
parecido á un fragmento procedente de Chaquiago, publicado por Lafo-
ne Quevedo '.
Este vaso tiene forma de un cono truncado con base perfectamente pla-
na, su borde inferior está redondeado y el superior adelgazado. Ha sido fa-
bricado de fina pasta arcillosa ; su color es
de un gris plomizo; la superficie está bien
alisada y los dibujos han sido grabados
con una espina ó utensilio bastante agu-
do. Como consta en el esquema desarro-
llado, el mismo dibujo está dispuesto en
dos guardas rectangulares, unidas de un
lado y separadas del otro por un espacio
de tres centímetros de ancho.
Las dos cabezas, ó más bien los bus-
tos humanos, están trazados con poco
arte; á sus costados se encuentran otras figuras, tal vez flechas,
hachas ú otro objeto. Llama la atención el adorno que ostentan las figu-
ras sobre la cabeza, una diadema cortada en piquillos: es muy posible
Fig. 140. — Pequeño vaso gris grabado
Xo 62, Col. M. L. P. í1/^ del nat.)
que se trata aquí de estos adornos fabricados de lámina de oro, que de-
ben haberse usado en dichos lugares á juzgar por los hallazgos recientes
en poder del doctor Lafone Quevedo, hasta podría sospecharse que fuese
una imitación moderna.
La figura 147 corresponde á la porción superior de Tin vaso ó urna,
1 Viaje arqueológico, etc., página 13,
número 10, y lámina II, figura 10.
173 —
<le alfarería negra, grabada, del tipo draconiano muy conocido en la
región. Representa este fragmento como un tercio de la circunferen-
cia total del vaso, que prolongando su curva del borde, habría teni-
do en esta parte unos 20 centímetros de diámetro : sus paredes superio-
res eran moderadamente convexas, y terminaron en un labio dennos dos
centímetros de ancho y con el borde plegado hacia afuera. Las paredes
tienen como cuatro milímetros de espesor ; los dos lados están perfecta-
mente alisados, negros, pero conservan en su interior el color gris plo-
mizo de la arcilla.
Las dos figuras draconianas ocupan espacios pentágonos irregu-
lares, formados por cuatro guardas cuadriculadas y la base rectilínea.
Fig. 149. — Cabeza <le Guanaco,
fragmento de urna tosca. Xo
G8, Col. M. L. P. ('/. del nat.)
Fig. 148. — Fragmento de un vaso antropomor-
fo modelado y grabado. Xo G7, Col. 31. L. P.
('/. del nat.).
Xuestro dibujo, que reproduce dichas figuras con exactitud, nos exo-
nera de una descripción detallada. Conviene repetir que tal ornamen-
tación es muy característica de la región de Andalgalá, de la cual el
trabajo de Lafone Quevedo nos ofrece hermosos ejemplos. El vaso com-
pleto ha sido de algún mérito.
El segundo fragmento (fig. 148), corresponde probablemente á un
vaso antropomorfo, también de alfarería negra, como el objeto anterior,
-- 174 —
y que á juzgar por su poca convexidad, debió haber sido de regular di-
mensión. Se trata de una pieza muy artística, de la cual se conserva
sólo parte de una cara, hermosamente modelada y bien concluida. El
triángulo reti ciliado entre la oreja y el ojo, y la faja estriada debajo de
este último, están grabados con punta fina : dada la naturalidad con la
cual está representada la cara, puede interpretarse este detalle como un
ejemplo de tatuaje ó pintura, usado entonces por aquella tribu indíge-
na. Esta suposición confirman casos análogos que hemos mencionado
más atrás ; y uno de estos tatuajes es manifiesto en el interesante ídolo
de figura entera, que se conserva entre las colecciones del Museo 1, cuyos
detalles de modelado ofrecen mucho parecido con el fragmento en cues-
tión : de éste haremos constar también que tiene como 4 ó 5 milímetros
de grueso y que la superficie del interior no está tan bien alisada como
la del exterior.
Por último, mencionaremos la cabeza zoomorfa (fig. 149), de barro
gris y factura tosca, que probablemente sirvió de asa en alguna olla ó
urna. Las orejas están quebradas ; por los detalles de la boca, con
su labio superior partido pudiéramos sospechar que fuese tal vez la ca-
beza del guanaco (Anchenla huanachus) ; debajo de los ojos se encuén-
tranos típicas tres rayas, tan usuales en las diversas formas de caras,
que se presentan en una multitud de ejemplares parecidos, muy comu-
nes entre la alfarería del Valle de Santa María y los pueblos al sur de
Andalgalá.
1 Publicado en las láminas murales, Las viejas razas argentinas (lám. I, fig. 17),
por Félix F. Outes y Carlos Brncli ; Ibid. en Los aborígenes de la República Argentina,
página 57, figura 30. Buenos Aires, 1910. Angel Estrada y compañía, editores.
«
Rev. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. TI, T. VI) Lámina XXVIII ,
Alrededores de Huasán (Prov. de Catamarca)
CAPITULO X
PUCARÁ DEL ACONQUIJA
§1
SITUACIÓN Y ASPECTO GENERAL
A las grandes vías de tránsito, mencionadas en distintas ocasiones,
pueden agregarse dos más, también importantes, por las que se comu-
nica Andalgalá con Tucumán y con Catamarca respectivamente.
El primero de estos caminos 1 pasa por Yillavil, rodea la sierra del
Aconquija al norte del Campo de Pucará, y baja por el río do las Cañas,
al este de dicba sierra, basta llegar á los llanos de Tucumán. El otro,
que conduce á la ciudad de Catamarca, cruza la cuesta de la Chilca 2, y
el Campo de Pucará en su parte sur, para bajar por Humaya ó por
Singuil al costado oriental de las montañas altas de la sierra del Man-
cbao ó Ambato.
El Campo del Pucará ocupa, pues, la planicie situada á unos 1800
metros de altura, comprendida entre las dos sierras del Aconquija al
norte y del Mancbao al sur, con una extensión de 23 kilómetros, siendo
poco menos de 10 kilómetros de naciente á poniente. En el extremo
oriental lo limita el cordón de Narváez, bastante alto, mientras que los
cerros del lado opuesto son más bajos y descienden á unos 700 metros
bacía la llanura, la cual se extiende al .sudeste de Andalgalá, basta dar
con las serranías de la provincia de la Pinja.
El Aconquija con sus picos cubiertos por nieves eternas mide 5450
1 Nos referimos aquí al camino viejo, que ha sido abandonado y sigue ahora por
el río do Cochuna.
2 El paso por la cuesta do la Chilca que hasta hace pocos años era bastante malo
y penoso, hállase convertido hoy en un camino cómodo y muy transitado.
170 —
metros, y el Mancliao 4050, sobre el nivel del mar. Así se explica que
el Campo del Pucará, por su propia altitud, y la valla de altas montañas
que lo rodea, experimenta un clima más benigno, no tan seco como en
la llanura al poniente; la humedad y las lluvias aumentan en mayor
grado á medida que nos internamos en los cerros al naciente de esta
región.
La vegetación de la planicie misma es por consiguiente menos x eró-
lila que en los lugares circunvecinos. Desaparecen en parte los grandes
cardones (Gereus); la jarilla (Larrea divaricata) es aquí más escasa; en
cambio abunda por todo el campo la maravilla (Flourensia tortuosa ),
mezclada con el suncho ó la chilca (Baccliaris salicifolia) , y la hediondi-
11a ( Cestrum pseudoquina). Entre las quebradas encontramos cortaderas
(Cortaderia argéntea ), uno que otro arbusto y árbol, como algarrobo
(Prosopis) y palán-palán (Nicotiana glauca), etc. ; en las partes más secas
del campo, y sobre los cerros alrededor del Pucará predominan las gra-
míneas del género Stipa.
La actual población del Pucará está situada en el ángulo sudeste de
la altiplanicie llamada Campo del Pucará, por donde pasa también el
río ó arroyo del mismo nombre ; ella se reduce á unas cuantas casas de
piedra, dispersas al pie de las primeras lomas.
Precisamente, en esta parte, al nordeste de las últimas casas y sobre
un cerro que se levanta al norte del arroyo, se encuentran las intere-
santes ruinas del Pucará 1 ó fortaleza antigua, cuyo estudio motivó
nuestra excursión. De Andalgalá se llega fácilmente al Pucará por el
camino de la Chilca en una corta jornada.
Fuera de la descripción de von Tscliudi 2, que no estuvo á mi alcance
y que, según Boman, está escrita de un modo algo fantástico, no tene-
mos sobre este fuerte sino el trabajo del ingeniero Lange 3, el cual nos
proponemos reconsiderar y ampliar con detalles que obtuvimos de la
propia investigación.
Ante todo, conviene advertir la incertidumbre en que nos hallamos
1 Pucará es palabra quichua y significa en efecto fortaleza. Nos encontramos en
lo región del noroeste, como en Perú y Bolivia, con numerosas localidades que lle-
van el nombre de Pucará, y en las cuales observamos entonces siempre vestigios
de antiguas fortificaciones. Per oso liemos llamado á nuestro fuerte el « Pucará del
Aconquija», para no confundirlo con los Pucará de Ilumalmaca, de Lerma y de
Itinconada, etc. ; de esto último so ocupa Boman extensamente en su obra Antiqui-
tós de la région, etc.
* J. J. von Tsciiudi, Reise durch die Andes von Süd-Amerika, von Córdoba nacli Co-
bija, im Yahrc 1858. (Appondice dos Petermanns geographisehen Mittheilungen,
•Gotha, 18(50).
3 GunakdO Lange, Las ruinas de la fortaleza de Pucará en Anales del Museo de La
Plata, sección de arqueología, III, 1892, con cuatro láminas y figuras en el texto.
— 178
acerca de esas famosas construcciones, las cuales, como se verá por su
descripción, presentan un carácter tan singular y distinto de todas
cuantas liemos visto hasta ahora, que no podemos hallarles parecido
con ninguna de ellas. Sucedió probablemente en esta localidad la
propio que en la primitiva Londres : pero, es igualmente posible, que
las diferencias observadas correspondan á una cultura anterior á la
usual en la región Diaguito-Oalchaquí ; las razones para tal suposición
las deducimos de nuestras observaciones.
El cerro fortificado corre de norte á sur y alcanza, según Lange, á275
metros sobre el cauce del arroyo del Pucará, y su quebrada lo separa por
el sur y oeste de las lomas vecinas, como lo hacen otras quebradas en
los demás contornos. Dichas faldas son bastante empinadas, en parte
casi inaccesibles, y las cortan gargantas de mayor ó menor importancia
como la que baja á la aguada de Cliilcas, en el medio del costado oeste
del cerro. La planicie de arriba consta de dos distintos planos de poco
más ó menos la misma altura, cada uno de ellos con sus grupos de rui-
nas cercadas por complicadas murallas de defensa.
La parto norte ó punto más alto del cerro, está separada de la del
sur por una depresión transversal, que forma la citada garganta ó que-
bradita con la aguada de Chilcas, y que ofrece por el naciente una subida
relativamente cómoda á una y otra parte. Desde el borde sur del pri-
mer plano se divisan los otros dos grupos de ediflcios, con las dobles
murallas, que les servirían de eficaz defensa. El segundo y más impor-
tante grupo de estas ruinas, ocupa la elevación al este, un poco más alta
que la tercera ó inmediata hacia el poniente.
Las faldas al noroeste del cerro son más tendidas, y desde las mura-
llas de defensa que allí existen, so domina las lomas que descienden ha-
cia el Campo del Pucará (lám. XXXI, fig. 1). Las murallas que rodean
al segundo grupo de edificios sirvieron admirablemente para defender la
salida al cerro por las quebradas y faldas del lado del norte y sudeste
(lám. XXXI, fig. 2); desde el tercer grupo de construcciones se divisan
los lugares circunvecinos que dan hacia el oeste.
Para poder orientarnos mejor, reproducimos nuevamente el plano ge-
neral de las ruinas, publicado por Lange, en el cual hemos marcado Ios-
puntos á que se hará referencia en el texto. Los esquemas de los tres
grupos de edificios incluidos en el texto, corresponden á observación es y
mensuras hechas por nosotros in situ.
179 —
§ II
CONSTRUCCIONES ANTIGUAS
Con excepción de ciertos detalles en los edificios y del tipo de mura-
llas que servían para la defensa, y que dan á las ruinas del Pucará su
nota característica, poco se observa que pueda llamar la atención en
cuanto á la manera de cómo fueron construidas. Las paredes son todas
de pirca, como de costumbre; para ellas se emplearon las piedras de los
cerros de la localidad, que son de roca micaesquista granatífera (arcaica),
tal cual se separan por su propio clivaje.
Murallas de defensa. — Tanto las paredes de los edificios como las de
las murallas de defensa han sido muy sólidamente construidas, perfecta-
mente á plomo, con altura de 2, 3 y basta 4 metros en algunas partes :
su ancho es más ó menos constante, de unos CO centímetros, pero en
varios edificios y casi siempre en todas las murallas de defensa, el lado
interior se halla reforzado con una base de medio metro de ancho por
otro tanto de alto. Este último detalle no se ha observado en ninguna
otra de las construcciones en los demás lugares ; parece que no sólo se
buscó aquí de reforzar las murallas, sino también de utilizar esta base ó
acera, para mirar á través de las troneras y asomarse por las mismas, para
lanzar los proyectiles que habrían de usarse contra el enemigo invasor.
Dichas troneras se encuentran siempre á ambos lados de algún por-
tillo de entrada al recinto fortificado ; consisten en pequeñas aberturas
cuadradas, de unos 20 á 30 centímetros de luz, distantes como metro y
medio ó dos metros unas dé otras y colocadas más ó menos á igual
altura del suelo. Estos vanos están limitados generalmente por una
especie de marco, de cuatro piedras rectangulares, una por costado, y
este mismo método se usó también para las aberturas equivalentes á
ventanas, que existen en diversas paredes de los edificios.
Al interior del fuerte conducen varias entradas, situadas en los pun-
tos más accesibles del cerro, y las forman unos portillos á través de las
murallas de 2 á 3 metros de ancho, flanqueados por paredes cortas, hacia
el interior y perpendiculares á las murallas, como se verá en nuestra lá-
mina XXXI, figura 1 \ Estos dos flancos en una de las murallas, al nor-
te del tercer grupo de edificios, sirven para formar recintos pequeños
cuadrados 1 2.
1 El lugar correspondiente está indicado en el plano con número 1.
8 Véase en el plano el número 2.
180
Otro ejemplo que demuestra perfectamente la importancia estratégica
de estas obras de defensa, la tenemos al nordeste del segundo grupo de
edificios : en esta parte, una doble línea de hermosas murallas corre pa-
ralelamente, distantes unos 40 metros, una más arriba que la otra,
formando así una verdadera punta de bastión, con su cortina ó pared de
frente, protegida por correspondientes dáñeos provistos de troneras \
En este caso, los flancos son amplios parapetos, pero externos y siempre
formando ángulo con el muro de circunvalación; en la base tienen su
Fig. 151. — Muralla de defensa con entrada principal y puerta accesoria á la derecha
arriba se distingue la muralla interior
pirca de refuerzo como se dijoya más arriba. También esta entrada en el
medio de la muralla de frente, tiene los flancos de costumbre y en sen-
tido inverso; á la derecha de la entrada hay una abertura (fig. 151), co-
mo de lm50 por 50 centímetros de luz, parecida á una alcantarilla de
desagüe, pero que puede haber sido una entrada especial.
Á juzgar por la disposición de las murallas aun en pie, es muy po-
sible que estas hayan sido alguna vez continuas, encerrando así por
completo los edificios y las viviendas de ese gran fuerte. Diversas cons-
trucciones circulares y otras lian servido seguramente de reductos, dis-
1 Lámina XXXI, figuras 2 y 3; la vista figura 2, filé tomada desde el punto in-
dicado con número 3 de nuestra lámina y el mismo flanco que aparece en esta vista,
está representado por la figura 3, visto del exterior.
181
tribuidos sobre algún punto prominente, y estarían, pues, en relación
con las demás obras do defensa, cuyo valor estratégico no necesita co-
mentarios.
Edificios para viviendas. — En esta clase de construcciones se obser-
van dos tipos de paredes : las unas son perfectas, de pirca alta, y cons-
tituyen las verdaderas habitaciones ó casas; las otras, bajas, sirven
para subdivisiones ó recintos complementarios, como también para
los cercos que con frecuencia rodean las casas. En todos los casos lie-
mos observado que las paredes son sólidas, de piedras superpuestas y
nunca rellenadas con ripio, método tan usual en otras poblaciones de
que nos hemos ocupado ya.
Los edificios son casi siempre rectangulares, compuestos de una ó
dos, y hasta de mayor número de piezas, como sucede en los más gran-
des ; y si bien parece que en estos últimos existe cierto alineamiento,
no se observó lo mismo en la distribución de todo el conjunto de las
distintas casas. Buena parte de éstas se encuentran bastante bien con-
servadas; se distinguen aún las correspondientes entradas ó vanos de
comunicación entre las piezas, en algunos casos abiertas en las pare-
des, y provistas de dintel : una de estas puertas medidas tiene casi dos
metros de altura, por 00 centímetros de ancho.
Otra particularidad ofrecen los pequeños vanos que hacen las veces
de ventanas *, y que ya hemos mencionado al ocuparnos do las tro-
neras abiertas en las murallas de defensa. Además, parece que el
piso de las viviendas estaba perfectamente aplanado, hasta en algunos
casos embaldosado con lajas, pero no hemos hallado ni desnivel notable
en la parte superior de las paredes, ni otro detalle, (pie pudiesen indicar-
nos con cierta probabilidad el tipo de techo que pudo haberse empleado.
Por último, los muros de los cercos son menos regulares; alguna
vez tienen sus ángulos redondeados ó formados por una simple pirca
curva ó más ó menos circular, como se puede ver por los croquis que
ofrecemos de los tres grupos de ruinas A — O 1 2. Sin entrar en largas
descripciones, daremos algunas noticias más, referentes á los relevamien-
tos y vistas fotográficas tomadas.
Construcciones del grupo A. — Entre las ruinas de unas trece cons-
trucciones pequeñas, que encontramos sobre la punta norte del cerro,
cuatro de ellas podríamos llamar viviendas ó casas propiamente dichas;
1 Obsérvese la ventana en la casa, lámina XXXI, ligara 4, cuyo sitio está indi-
cado en el plano con el número 4.
2 No figuran entro ellas las viviendas do la parto oriental del grupo B, por ha-
bérsenos extraviado en viaje la correspondiente hoja do apuntes.
— 182 —
se componen siempre de una sola pieza rectangular con patio cercado
por pirca baja, y están dispuestas como indica nuestro croquis figura
152 l.
Yendo del reducto ó pirca circular, en el extremo norte, como 50 me-
Fig. 152. — Plano detallado de las construcciones dol grupo A
tros hacia al sudeste, hallamos la casa que representa la lámina XXIX,
figura 1. Medida interiormente, sus dimensiones son 4‘“50 de largo por
3m50 de ancho, y las paredes conservan lm80 de altura; al costado
sur está la entrada con apenas unos GO centímetros de ancho, pero no
lleva dintel ó muro alguno, que cierre el vano por arriba. El cerco que
rodea esta vivienda consiste en una pirca baja, más ó menos rectangu-
1 En los croquis quo reproducimos en estas construcciones, las paredes altas, más
6 menos completas, se indican con líneas gruesas negras, mientras que las otras do-
bles equivalen á pircas bajas ó caídas, cuya altura primitiva no so puede ya apre-
ciar. Probablemente, algunas de las construcciones ahora derrumbadas han servido
alguna vez también de viviendas.
183 —
lar, de 12 metros de largo por 8 en su mayor ancho, y con su correspon-
diente entrada del costado norte.
Unos veinte metros al este de la construcción mencionada, hay otra
de dimensiones parecidas, ubicada dentro del ángulo nordeste de un
gran cerco cuadrado, pero separado de él por un espacio de medio me-
tro; al costado oeste del mismo cerro se le arrima otro pircado, forman-
do martillo. Las entradas á ambos cercos están perfectamente visibles
del lado sur, y la de la habitación interior conduce, como de costumbre,
al patio.
De las otras viviendas, una de ellas es pequeña y está bastante mal
/
Fig. 153. — Plano detallado do las construcciones del grupo B
conservada; la última difiere por la disposición del cerco, que aquí no la
encierra.
Las demás construcciones no ofrecen nada de particular; se distin-
guen aun varias pircas caídas, que pueden haber servido de parapetos
y estar en relación con los reductos y la gran muralla de defensa, que
protege toda la edificación en la parte norte del cerro.
Construcciones del grupo B. — Nos referimos á las mismas, marcadas
con B en nuestro plano, que son á la vez las más importantes de este
fuerte. Constan de cinco edificios principales, cada uno compuesto de
buen número de recintos ó viviendas en grujios, cercados por sus co-
rrespondientes patios.
El gran edificio, figura 153, cuya vista fotográfica reproduce la lámi-
na XXX, consta de gruesas paredes, altas y levantadas á plomo. La
184 —
pared del ángulo sudeste del edificio lia sido reforzada con una base que
sobresale medio metro del lado de afuera hasta 1“70 de alto, porque el
cerro declina aquí bruscamente hacia el sud. El nivel de todas las pare-
des, se ajusta al terreno, que es bastante desigual; en la esquina men-
cionada, conservan aun más de 4 metros de altura, extendiéndose como
45 metros en el costado sur, y unos 20 metros del lado que mira al na-
ciente. En esta parte, y cerca de la esquina, está una estrecha entrada
que da acceso á una pieza de 0 metros de ancho, que con otra cuadrada,
ocupan todo el frente al norte. Á los fondos de esta pieza, hay dos pie-
zas pequeñas, con puertas de 50 centímetros por lm80 de luz y provis-
tas con dintel, que se comunican con un amplio patio. Sobre el costado
norte y por fuera, hay un pequeño recinto cuadrado.
En un segundo patio, contiguo al primero, y de mayor extensión, bú-
llanse dispuestas las otras viviendas en la forma que indica el croquis
(fig. 153).
La pieza, situada en el ángulo sudeste del patio, está subdividida en
dos ; otra al norte, con dos entradas, tiene en su pared del costado sur
un pequeño vano como para ventana, á lm70 del nivel del suelo. El
muro que arranca al oeste de aquel vasto edificio, corresponde probable-
mente á otro cercado que hubo en esta parte.
Algunos metros al norte del edificio mencionado, hay otro compuesto
de cuatro cuai'tuchos, encerrados dentro de un gran rectángulo pircado
de unos 20 metros de ancho por 35 de largo.
Las construcciones al naciente, debido al desnivel del cerro, están dis-
tribuidas con cierta irregularidad ; varias de sus paredes conservan aún
cuatro metros de alto. No pudimos hallar otro detalle, que indicara la
existencia de un segundo piso, como lo presume en su descripción el se-
ñor Lange, y los que recuerda haber visto el doctor Lafone Quevedo,
hace más de cuarenta años. En dos paredes de los mismos edificios he-
mos visto pequeños vanos que sirvieron de ventanas (véase lámina XXXI,
fig. 4).
Construcciones del grupo C. — En el último plano de nuestra fotogra-
fía, lámina XXX, se distingue parte de las ruinas, que pertenecen al
tercer grupo do las construcciones, cuyo relevamienlo representa el cro-
quis figura 154. Este conjunto comprende un gran edificio principal,
perfectamente alineado, orientado de este á oeste, y varios otros angu-
lares y redondos, con sus correspondientes cercos de pirca baja, algunas
veces de forma irregular y caprichosa.
El edificio mayor consta de amplias piezas ó viviendas cuadrangula-
res ; la del medio, corresponde más bien á un extenso patio, de 17 metros
de ancho por 25 de largo ; no lleva división alguna en su interior, pero
dos pircas bajas (3X5 m.), arrimadas á la pared exterior, una de cada
— 185 —
costado y con sus ángulos redondeados. Las otras viviendas están for-
madas por recintos casi todos perfectamente angulares, además de un
recinto circular y de una pequeña pirca baja en semicírculo ; sus corres-
pondientes entradas están marcadas en nuestro croquis, lo mismo que
las pequeñas ventanas (V) que existen en varias de las paredes. La pieza
al poniente se ajusta por un cerco bajo, redondeado, en su ángulo sud-
oeste al edificio principal ; todas las demás paredes son bastante altas,
como de dos metros y aun algo más en ciertas partes.
Vig. 154. — Plano detallado do las construcciones dol grupo C (plano 11o 6)
Entre las construcciones al norte del edificio mayor, y casi sobre el
borde del cerro, liay dos torres cilindricas, de lm50 de alto, encerradas
por una pirca subcircular con entrada del lado sur. Contiguas á ésta,
otras tres pircas de irregular forma se extienden hacia el sur, con un
cuartucho en el ángulo sudeste de una de ellas. Los detalles de los otros
edificios constan en el plano; sobre el cerro, en la orilla del poniente, hay
vestigios de parapetos y de pequeñas torres circulares ; más al norte, está
una pequeña casa aislada (de 2X5 ni.), con vanos para puerta y ventana '.
1 La fotografía, lámina XXIX, figura 2, representa el caserío, visto desdo el po-
niente hacia el naciente, y no hacia el oeste, como por equivocación está indicado.
186 —
Esta breve descripción basta para darnos una idea de la importancia
del antiguo fuerte de Pucará; pero en cuanto á su verdadero origen, las
conclusiones que de aquella pudiéramos sacar, nos obligan á ciertas
reservas.
La disposición de los edificios, sn forma, altura de sus paredes, con
los vanos para puertas y ventanas, pero sobre todo el tipo de las mura-
llas de defensa, con todos los detalles mencionados, confieren á las cons-
trucciones del Pucará un carácter peculiar. Por eso, creemos más que
probable, que éstas pertenecían á otras tribus, quizá á una nación muy
distinta, de las que ocuparon en otras épocas las demás regiones que
acabamos de visitar. Por estos hechos estudiados, sería admisible que
el fuerte de Pucará tuviese más bien su origen en el tiempo colonial que
en la época precolombiana.
El ingeniero Lange lia atribuido al Pucará gran importancia estra-
tégica ; sus argumentos provienen tal vez de un criterio militar demasia-
do moderno. Ciertamente, las mismas obras de defensa prestarían mejor
servicio á guerreros equipados con armas de fuego, desde que el tiro con
arco y flecha, ya sea por encima, ya á través de los muros, en la forma
que se hallan éstas dispuestas, es casi impracticable. Asimismo, parece
curioso, no haber hallado ni siquiera fragmentos de puntas de flecha, de
las cuales debieron hacerse derroche, en los momentos más encarnizados
de las luchas.
Seguramente con el estudio de antiguos enterratorios y de su corres-
pondiente material arqueológico, se adelantarían los conocimientos so-
bre esta localidad. Nuestro empeño para descubrir sepulcros, en el inte-
rior ó en las proximidades del fuerte, no dió resultado alguno ; así, hasta
la fecha, no se ha hecho mención de ningún ejemplo. Se dice, que en los
alrededores del Campo del Pucará, abundan pircas y vestigios de obras
de piedra, los cuales no pudimos visitar.
En cuanto á objetos de alfarería del Pucará, muy poco conocemos de
ellos, y el reducido número no es suficiente, para formarnos una idea del
tipo local. Una olla tosca, publicada por Lange (l. c., pág. 11, fig. 11),
como procedente de la población del Pucará, lleva de cada lado una ca-
beza zoomorfa en vez de asas. El doctor Franz Kiihn, tuvo la amabili-
dad de prestarme el material, que con el doctor Bauenbusch, juntaron
entre las ruinas del Fuerte y en el Campo del Pucará ; en su totalidad
son unos ochenta fragmentos de alfarería ordinaria del tipo usual, res-
tos de objetos que bien pueden haberse introducido de la región Cal-
chaqui.
Entre los objetos del Fuerte, figura un pedazo de mortero esculpido,
de piedra micaesquistosa, angular por fuera y con su hoyo excavado á
unos 5 centímetros. Luego una cantidad de fragmentos de vasos y ollas
Itcv. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. II, T. VI
Lámina XXIX
Fig. I Casa cercada eu la parte norte del Pucará
Ruinas en los cerros del Pucará (Prov. de Catamarca)
Rev. Museo de La Plata, J. XIX (Ser. II, l.Vl)
Grupo de casas en el interior dei recinto fortificado del Pucará (Prov. de Catamarca)
Kev. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. II, T. VI)
Fig. 1 Pasaje á través de una muralla
Lámina XXXI
C Bruch fot.
Fig. 4 Casa en el interior del recinto fortificado
ucará (Provincia de Catamarca)
Rev. Museo de
Mata, T. XIX (Ser. II, T. VI)
Lámina XXXI.
Fig. 1 Pasaje á través ile una muralla
Fig. 2 Entrada protegida por murallas laterales provistas de troneras
Fig. 3 Muralla provista de troneras, vista de afuera
Construcciones antiguas en el Pucará (Provincia de Catamarca)
— 187 —
toscas, como también de tazas ó pucos de alfarería roja con pintura ne-
gra del tipo común. Una cabeza de ave, como de loro, con pintura roja,
es idéntica á unas que tenemos en nuestro Museo, y que sirven de asas
á pequeños platos.
Los fragmentos procedentes del Campo de Pucará, pertenecen tam-
bién á vasos ordinarios ; algunos son de alfarería gris grabada, parecida
á la andalgalense ; solamente dos pequeños trozos llevan líneas negras,
pintadas sobre fondo gris, que tal vez representarían el esquema usual
de la serpiente.
CAPÍTULO XI
LA « CIUDARCITA », 1‘AJANCO Y TUSOAMAYO
§ I
BREVES APUNTES SOBRE ESTOS LUGARES
Aprovechando nuestro regreso de Andalgalá á Chumbicha, al fin de
la primera expedición, visitamos, si bien sólo de paso, los antiguos luga-
res arriba mencionados ; así que estos breves apuntes fueron reunidos
durante las pocas horas que allí demoramos. Con ellos confirmamos las
observaciones hechas con anterioridad por el doctor Lafone Quevedo
que ampliarán nuestras informaciones gráficas.
La Ciudareita.1 2 — Las viejas construcciones, conocidas por el nombre
La Ciudareita, se encuentran como á un kilómetro al norte de la villa de
Saujil, y al este del ancho valle ó primitivo lecho del río. Ya á primera
vista, ofrecen estas construcciones un aspecto particular, razón por la
cual no pensábamos considerarlas como edificios ó habitaciones propia-
mente dichas ; hasta podrían caber dudas sobre su origen indígena.
Observamos mucha simetría en la disposición de todo este conjunto,
que consta en su mayor parte de amplias pircas rectangulares, agrupa-
das en series paralelas, como para servir de patios, que tal vez encerra-
ron viviendas que ya no existen. Pero es más probable, que se trate
1 Lafone Quevedo, Las ruinas de Pajanco y Tuscamayo cutre Siján y Pomán (Pro-
vincia de Catamarca) en livvista del Musco de La Plata, tomo X, 1902, p. 257 con una
lámina.
s So llama « La Ciudareita », probablemente do ciudadcita, en lenguaje local, y
no Ciudacita, como so leo en nuestra lámina XXXII, y en la referencia que de
esto lugar hicimos en la página 125.
— 189
aquí, como dice Lafone Quevedo, de obras destinadas á- antiguos culti-
vos, si bien las condiciones del suelo, en el interior de los cuadros son
poco adecuadas para tal fin, á lo menos si las juzgamos por el estado
actual en que se hallan.
El panorama lámina XXXII, muestra las principales construcciones
de La Ciudarcita. Estas constan de varias series paralelas de pircas ó
cercados rectangulares, orientados de norte á sur, y que están separados
entre sí por espacios ó calles, como de tres á cinco metros de ancho. Las
•dimensiones de los recintos pircados son variables : generalmente miden
unos 1U metros de ancho por 20 á 30 de largo, y los hay también de
mayor extensión. Algunas veces se distinguen pasajes á través de las
Fig. 155. — Círculos de piedras próximas á los cuadros
pircas, pero no hemos notado nada de particular que pudiese proporcio-
narnos alguna idea del fin á que se destinaron.
Todas las construcciones han sido levantadas con cantos rodados del
río, de regular tamaño ; las pircas más altas apenas miden un metro ; pol-
lo general, no alcanzan á medio metro ó sólo constan de unas pocas pie-
dras superpuestas.
Junto á las series de cercos mencionadas, se encuentran también otros
pircados aislados, de forma cuadrangular, y uno que otro círculo de pie-
dras, puestas solamente á flor de tierra, como mitestra la figura 155. Estos
círculos son idénticos á otros ya mencionados de las poblaciones indíge-
nas del valle de Santa María.
Pajarica y Tuscamayo. — Dichos lugares están situados al sur de Siján ;
— 190 —
Pajanco á distancia de unos seis kilómetros, á mano izquierda del cami-
no : y del otro lado, como dos kilómetros más al sudoeste se encuentra
Tuscamayo. Es muy posible que las construcciones cerca de Pomán
tuviesen también alguna relación con los tres restos de poblaciones refe-
ridas, y que esas puedan haberse extendido hasta los terrenos altos de
Mutquín, de donde conseguimos unos pocos objetos que se citarán
más adelante.
Entre las ruinas de Pajanco volvimos á encontrar esas conocidas se-
ries paralelas de piedras alineadas, semienterradas, que forman á veces
pequeños rectángulos (lám. XXXIII, flg. 2). Las demás construcciones
Fig. 156. — Construcciones cuadrangulares en Pajanco
constan de simples cercados de pirca baja, en forma cuadrangular y más
ó menos de unos tres por cuatro metros, término medio (flg. 156) : la mayor
parte de ellas se encuentran dispersadas con irregularidad; algunas
están también agrupadas de dos á tres juntas, pero no hemos logrado
descubrir otros detalles dignos de mención.
El mismo señor Estratón Gómez, propietario del campo, donde se
encuentran las ruinas de Tuscamayo nos sirvió de baqueano, y tanto más
se lo agradecemos, porque sin esa ayuda no hubiésemos acertado á dar
con los vestigios de esas viejas construcciones. Ocupan éstas como un
kilómetro por costado, es decir, más ó menos en extensión como las de
La Ciudarcita de Saujil, á las cuales se parecen mucho, por la dispo-
sición de sus pircados, pero no así por su aspecto general.
Fuera de ciertas excepciones, las pircas son aquí muy bajas, semien-
191
temidas y así con pared sólo visible en el interior; se levantan perfec-
tamente á plomo y construidas con suma prolijidad, como veremos por
el detalle figura 157. Entre las piedras angulares, se advierten otras,
también de cantos rodados, pero al parecer descantilladas con intención,
para formar así una pared perfectamente pareja; con el mismo cuidado
se lian rellenado los vacíos con ripio y piedra menuda. La fotografía,
lámina XXXIII, figura 1, representa una parte de estos cercados, que
corren de norte á sur á distancias desiguales, separados unos de otros,
por espacios que varían desde algunos, basta veinte y más metros.
Del lado del norte de las mencionadas construcciones están los vesti-
gios de una graindepresión ó estanque artificial para retener las aguas,
Fig. 157. — Detalle <le pirca baja del lado interior ; se advierto los cautos
partidos intencionalinente
con sus bordes en partes levantados basta dos metros. Parece que esta
represa recibió sus aguas por un pequeño canal en comunicación con
uno de los riachos que en otro tiempo bajaron desde la sierra del naciente
y que en la actualidad ya no existen.
Más al sudoeste del estanque encontramos varios grupos de construc-
ciones cuadrangul ares, que por su aspecto, altura de las paredes y otros
detalles, podríamos considerar como viviendas propiamente diclias. En
esta parte, una muralla corre de naciente á poniente, y limita la pobla-
ción por el lado norte ; dada su escasa altura y construcción bastante
débil, no nos animamos á tomar esta muralla como obra de defensa.
Por último, tenemos que citar también unos círculos de piedra, que
vimos al sudoeste de las supuestas habitaciones. Estos miden de uno
á dos metros de diámetro ; constan algunos de doble hilera de piedras,
puestas como ele costumbre á flor ele tierra (fig. 158). Según información
<le Gómez, quien dice haber extraído de ellos diversos objetos, es muy
probable que se trata en el presente caso ele verdaderos sepulcros.
Llama la atención (pie el suelo se halla en estos sitios materialmente
cubierto con fragmentos ele alfarería.
Por estas breves observaciones sobre aquel conjunto j la condición
del terreno, probablemente mejor irrigado en otro tiempo, poetemos con-
siderar á Tuscamayo como que fuera centro agrícola ele cierta impor-
tancia. Nos remitimos así á la opinión del doctor Lafone Quevedo, tam-
bién en cuanto á los demás lugares; atribuimos, pues, la mayor parte
Fig. 158. — Pequeñas construcciones circulares, probablemente sepulcros en Tuscamayo
de estas construcciones á obras destinadas para cultivos, ó sean los
llamados andenes , citados en capítulos anteriores, mientras que estudios
más detenidos no nos prueben otra cosa.
§ H
MATERIAL ARQUEOLÓGICO
Las interesantes publicaciones del doctor Lafone Quevedo, incluyen
también varios ejemplos de alfarerería de los lugares recién tratados,
que demuestran la dispersión de objetos pertenecientes á un tipo bien
caracterizado, como déla región andalgalense propiamente dicha. Natu-
ralmente, hallamos aquí, como en todas partes, ciertos objetos espe-
193 —
cíales, acaso importados, y (pie fueron introducidos con anterioridad de
algún otro punto l.
ídolo. — El único objeto, hallado casualmente entre un montículo de
rodados, cerca de los cuadros de Saujil, es un pequeño ídolo, ó sea una
de esas figuras humanas, tan comunes en toda la región (ÍS'1 229, Col.
M. L. P.).
Tiene la cabeza más grande que el resto del cuerpo, de forma rec-
tangular, chata y solamente convexa en la parte facial. Los ojos son
dos sencillas impresiones oblicuas; otra impresión horizontal forma
la boca, y las narices son dos pequeños agujeros. Los brazos son muy
cortos; los pies algo más largos, se dirigen hacia adelante. Á cada
lado del pecho hay tres rayitas horizontales grabadas. En la región
auricular ó ángulos infralaterales de la cabeza existen las perforaciones
de costumbre, que sirvieron para suspender al ídolo.
Fragmento de cántaro. — Por referencias deque el comisario enMutquín
había encontrado, poco antes, un hacha de bronce, nos costeamos desde
Fig. 159. — Fragmento <lo vaso ó cántaro del tipo draconiano. N° 235, Col. M. L. I’. del nat.)
Siján hasta dicha población. En efecto, era cierto, y este señor cedió el
curioso objeto, junto con un fragmento de cántaro y algunas prendas
de plata ; estas últimas, por considerarlas de origen postcolombino y ser
de procedencia dudosa, las excluiremos de la descripción.
1 Nos referimos aquí, por ejemplo, al liaclia ó cetro de cobre, que describimos
á continuación ; recordamos asimismo, el interesante pito de Tuseamayo, pu-
blicado por Lafone Quevedo (Viaje arqueológico, etc., 190G, página 109, lámina
VIII).
SlSV. MUSEO LA PLATA. — T. XIX
13
— 194 —
El fragmento, figura 159, corresponde á uno de estos cántaros del
tipo draconiano. Como casi todos los de esta clase, tenía forma subesfé-
rica, cuello corto y labio estrecho, dirigido hacia afuera. Las paredes
son delgadas, bien alisadas ; de pasta fina, y de su calidad y la cocción
perfecta resultó el color bayo claro del vaso. Los dibujos son negros,
completados en partes con rojo pardusco.
El cuello se adorna con líneas verticales y con triángulos alternados,
rojos los de arriba y negros los de abajo.
Entre los trazos que ostenta el fragmento, se advierten los detalles
característicos de las figuras convencionales de dragón, como los óvalos
rojos y negros en el interior
de su cuerpo y cola, y ciertos
triángulos prolongados en es-
piral. Es también probable,
que unos círculos concéntri-
cos con ganchos, significan
una representación conven-
cional de manos ó pies, muy
común en varias de estas figu-
ras L
Hacha ó cetro de bronce. —
Como el objeto precedente,
el hacha ó cetro fué también
encontrado en los alrededores
de Mutquín ; es una pieza de
mérito. Consta de una lámina
delgada, de dos milímetros
en su mayor espesor, y con la
ornamentación en relieve. La
hoja ó parte anterior del ha-
cha es completamente lisa,
Fig. 160. — liadla (te bronce bailada en Mutquín
íí» 249. Col. M. L. P. (>/3 del nat.)
con el filo adelgazado y bien arqueado. El borde opuesto es más grueso,
casi recto, y tiene las puntas fuertemente encorvadas.
Como se ve en nuestra fotografía, figura 1(50, del borde posterior se
destacan en relieve las dos caras humanas, con los detalles característi-
cos en muchísimos otros objetos de bronce conocidos, con procedencia
de la región Cal chaqui 1 2. Entre las caras y el mango, hay tres pequeños-
rectángulos dispuestos en línea.
1 Véase L apone Quevedo, Tipos de alfarería, etc., 1905, figuras 39 y 46.
4 Consúltese al respecto la monografía clol doctor Ambrosetti, JEl bronce en la
región Calchaguí, en Anales del J)Iusco Xacional de Buenos Aires, serie 3a, tomo IV , 1905,.
página 163 y siguientes.
195 —
El mango ostenta también «los caras: una bien pronunciada., en la mis-
ma- punta, y otra, casi borrada, que viene á quedar entre las dos hojas.
Esta cara está limitada por un rectángulo perfecto, de cuyos ángulos in-
fralaterales se desprenden ganchos ó espirales.
El mango presenta tres figuras en forma de triángulos, erizados en sus
hipotenusas y con espirales «pie nacen de los vértices. El mismo debió
Fig. Uil. — Fragmentos «le alfarería grabada y estriada de Tuscamayo (tain. nat.l)
haber sido más largo, porque está fracturado en su extremo ; próxima á
la quebradura, se nota en cada lado una pequeña incisión.
Por último, haremos constar, que el mismo ornamento se repite con
toda exactitud en el reverso del hacha. Su peso total es de 330 gramos ;
medido entre las dos hojas tiene 20 centímetros de largo, y el mango 24
centímetros.
— 196 —
Fragmentos de alfarería. — Los muchos fragmentos desparramados
sobre el suelo en Tuscamayo, pertenecen principalmente á dos clases de
alfarería: unos, á vasos ordinarios, sin pintura, pero grabados ó es-
triados; otros, á un tipo superior, de grandes vasos ó cántaros decorados.
Por ciertos detalles de pintura, como los conocidos óvalos, á veces
negros, rojos ó reticulados en su interior, podemos saber que allí abunda-
ron los famosos cántaros del tipo draconiano ó de otro muy semejante,
como ya lo hizo constar el doctor Lafone Quevedo l.
El color predominante de estos vasos es amarillo impuro, bayo
pardusco ; el de los dibujos, negro, con rojo en algunas figuras. Hay
también alfarería roja, pero no hemos encontrado nada que hiciera sos-
pechar la presencia de los conocidos pucos rojos con decoración serpen-
tiforme, ó de esas grandes urnas ó tinajas, tan comunes en los pueblos
antiguos del valle de Santa María.
Los fragmentos (fig. 1G1) son de alfarería gris, más ó menos bayo
ó rojizo, según la pasta y su cocción. Pertenecían á recipientes de pa-
redes delgadas, provistas casi siempre de un reborde ó especie de labio;
por lo general, toda la superficie externa estaba groseramente estriada
con líneas paralelas y onduladas.
Ruinas <lc Rajanco, etc., página 263, 1902.
Rev. Mnseo Je La Plata. T. XIX (Ser. II. T. VI)
Lámina XXXII.
»La Ciudacita« en los alrededores de Saujil (Provincia de Catamarca)
Rev. Museo de La Plata, T. XIX (Ser. II, T. VI
Lámina XXX 111
Pig. 1 Vestigios de construcciones en Tuscamayo (Prov. de Catamarca)
Fig. 2 Vestigios de construcciones en Pajanco (Prov. de Catamarca)
Rev. Masen de La Plata, T, XIX (Ser. II, T. VI)
Lámina XXXIV.
tiaitiío
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fírlniin/o
vninrritt i
‘“'y?:-
innólloBij
i\Hiu¥ujn
uscainayo
Inhilri'iii
yf/ifananu fe. r
Mapa parcial de la Provincia de Catamarca, comprendiendo la región explorada
l(i mu
Rincón
Piedras Paradas
67-
Wern«r u.Wirrtpr Frpr»Mf\,r-r rt*' M
CONCLUSIONES
Terminado este estudio, que por su índole representa ya un compen-
dio de mis observaciones, agregaré aún estas breves conclusiones, dedu-
cidas de los principales hechos, tratados en los capítulos respectivos.
Ante todo, debo de advertir, que la agrupación de los capítulos tiene
solamente un valor relativo, por coincidir con los límites políticos actua-
les, pues, se trata más ó menos de una misma comarca arqueológicamente
considerada.
Puede considerarse á la antigua población de Tafí, como importante
centro agrícola. Entre sus construcciones, destinadas á los cultivos, no
hay nada parecido á viviendas ó habitaciones ; tal vez á ese objeto usá-
base maderamen y ramaje, que ya no subsiste.
Son característicos de esta localidad los curiosos monolitos ó menlii-
res, si bien algunos hay también en las viejas poblaciones del valle de
Yocavil ó Santa María. Posiblemente estuvieron en relación con esas
obras agrícolas, odedeciendo tal vez, á ciertos ritos ó ceremonias, para
nosotros desconocidas.
Con el reducido número de alfarerías de Tafí, no sería prudente esta-
blecer tipos determinados de industria local ; es posible, que muchos
de estos objetos fueron introducidos de los grandes centros vecinos, cuya,
influencia, aun en caso contrario, queda siempre evidenciada.
Todas las viejas poblaciones, ubicadas en el valle de Santa María,
pertenecían sin duda, á una misma región, perfectamente definida, por
su carácter étnico, sus construcciones, y sobre todo, por los tipos de su
alfarería. Hállanse comprendidos en esa región, entre nosotros conoci-
da como « Calchaquí», los viejos centros de Quilines, Fuerte Quemado,
Cerro Pintado, Loma Pica, Ampajangoy Andaguala; también compren-
de á Punta de Balasto y tal vez á Famabalasto, y otros pueblos trás de la
sierra de Quilines.
198 —
En cuanto á las construcciones de estos pueblos, se observa bastante
parecido entre ellas, distinguiéndose casi siempre tres tipos : unas, las
viviendas ó verdaderas habitaciones ; otras, destinadas á la defensa, y
las terceras á los cultivos agrícolas. Las primeras se encuentran tanto
en terreno llano, como sobre los mismos cerros, estando, generalmente
en esta parte, en combinación con las construcciones, que sirvieron de
defensa. Estas constan á veces de simples parapetos ó murallas, más ó
menos continuas, con sus correspondientes reductos ó torres, como en
Quilines y en Fuerte Quemado, pero sobre todo, en Punta de Balasto,
donde constituyen una verdadera fortaleza de mucha importancia
estratégica. Los trabajos agrícolas comprenden también á los llama-
dos andenes , substituidos en Famabalasto por curiosas terrazas sobre
las faldas del cerro; pudiera ser que ciertos círculos de piedras se -
mienterradas, conocidos de otros lugares, hayan servido también para
ese fin.
Por lo general, hay cierta relación entre antiguas construcciones y
demás restos arqueológicos de esta región ; sin embargo, no parece que
exista sincronismo entre los petroglifos de Ampajango y Andaguala, y
sus ruinas y alfarería. Quizá estos petroglifos correspondan á una civi-
lización muy distinta, y á una época más reciente; su significado es por
ahora un enigma.
En cuanto al material de alfarería, nada hay más característico para
esta región, que los pucos decorados juntamente con las grandes
urnas ó tinajas antropomorfas, tan abundantes en todo el valle de Santa
María. Naturalmente se agregan á estas una serie de objetos no menos
interesantes ; en cambio, otros, pueden corresponder muy bien á una
industria local, quizá de épocas ó tribus diferentes, como es posible en
los hallazgos que proceden del enterratorio de Molino del Puesto. Por
último, hay también objetos probablemente introducidos de otras regio-
nes ó países.
La antigua población de Hualfín ofrece cierto aspecto local; lo debe
por una liarte, al ambiente ó medio físico de la región, y á sus propias
construcciones, algo distintas de las que hemos visto en los pueblos
arriba mencionados ; por otra, á la forma de los sepulcros, á las grandes
bóvedas sobro todo, y á los tipos de alfarería bastante característicos de
esta localidad.
Los pocos objetos y datos, obtenidos de La Ciénaga, Andalgalá,
Ciudarcita y lugares circunvecinos, confirman, en sus rasgos más típicos,
el carácter de otra gran región étnica á que pertenecían dichos pueblos.
Su alfarería, del llamado tipo de Andalgalá, comprende vasos negros,
grabados, y policromos con figuras draconianas, que no se encuentran
199 —
en el valle de Yocavil, y, viceversa lo mismo sucede con las grandes
t i n a j as antropom or fas .
Por los restos de construcciones se deduce que constituían estos
pueblos otros tantos centros agrícolas, favorecidos por su posición geo-
gráfica y por mejores condiciones climatéricas que las de lioy día; cau-
sas, por las culaes, mas tarde surgieron los pueblos actuales, que pueden
haber modificado ó borrado la primitiva edificación. Me refiero aquí á los
curiosos pircados de La Ciudarcita, cuya disposición simétrica no es la
más usual en las construcciones indígenas.
En cuanto al antiguo Londres de Quinmivil y al Fuerte de Pucará,
se podría considerarles, al menos en parte, como poblaciones de origen
postcolombiano, tanto más si se tiene en cuenta ciertos antecedentes
relacionados con la fundación de varios pueblos coloniales en aquellas
localidades. Se advierte ya en Londres un carácter distinto de las cons-
trucciones, pero no tan especial, como en el Pucará de Aconquija, donde
forman ellas un gran fuerte, de alto mérito estratégico.
Para dilucidar el origen de este Pucará, creo necesarias investiga-
ciones más detenidas, principalmente en lo que se refiero á la alfarería;
investigaciones que deberían llevarse á cabo cuanto antes, si no se
quiere ver borradas las ruinas de ese pueblo por el efecto destructor do
los afios y de los actuales habitantes.
AUTORES CONSULTADOS
Ambrosetti, Juan 15, , Descripción de algunas alfarerías calcliaquíes depositadas en el
Museo provincial de Entre Itíos. Revista del Musco de La Plata, t. III, p. 65, etc.
La Plata, 1892.
— Las grutas pintadas y los petroglifos de la provincia de Salta. Boletín del Instituto
geográfico argentino, t. XVI, p. 311, etc. Buenos Aires, 1895.
— Los monumentos megalíticos del valle de Tafí (Tucumán). Boletín del Instituto geo-
gráfico argentino, t. XVIII, p. 105, etc. Buenos Aires, 1897.
— - La antigua ciudad de Quilines ( valle Calchaquí). Boletín del Instituto geográfico
argentino, t. XVIII, p. 33, etc. Buenos Aires, 1897.
— Arqueología argentina. Los pucos pintados de rojo sobre blanco del valle de Yocavil.
Anales del Musco nacional de Buenos Aires, t. IX, serie 3a, t. II, p. 357, ote.
Buenos Aires, 1903.
— El bronce en la región Calchaquí. Anales del Museo nacional de Buenos Aires, t. XI,
serio 3a, t. IV, p. 163, etc. Buenos Aires, 1905.
— Exploraciones arqueológicas en la Pampa Grande (provincia de Salta). Revista de la
Universidad de Buenos Aires, t. V. Buenos Aires, 1906.
— Exploraciones arqueológicas en la ciudad prehistórica de La Paya (valle Calchaquí,
provincia de Salta). Revista de la Universidad de Buenos Aires, t. VIII. Buenos
Aires, 1907.
Ameghíno, Fi.oruntino, La antigüedad del hombre en el Plata. París y Buenos Aires,
1880-1881.
Boman, Eric, Antiquitcs de la rdgion andine de la République Argentino et du déscrt
d’ Atacama. París, 1908.
Brucii, Carlos, La piedra pintada del arroyo Vaca Mala y las esculturas de la cueva
de Junín de los Andes. Revista del Musco de La Plata, t. X, p. 173, ote. La
Plata, 1902.
— Descripción de algunos sepulcros calcliaquíes (resultado de las excavaciones efectuadas
en Hualfín). Revista del Musco de La Plata, t. XI, p. 11, etc. La Plata, 1902.
— La piedra pintada del Manzanito (territorio del Río Negro). Revista del Museo de La
Plata, t. XI, p. 71, etc. La Plata, 1904.
Debenedetti, Salvador, Exploración arqueológica en los cementerios prehistóricos de
la isla de 'Pilcara. Revista de la universidad de Buenos Aires. Buenos Aires, 1910.
FURQUK, Hilarión, Las ruinas de Londres de Quinmivil (Catamarca). Anales de la So-
ciedad científica argentina, t. L, p. 166, etc. Buenos Aires, 1900.
Lafone Qukvedo, Samuel A., Londres y Catamarca. Buenos Aires, 1888.
— 202
Lafone Quevedo, Samuel A., Las ruinas de Pajanco y Tuscamayo entre Sijdn y Po-
mán ( provincia de Catamarca). Revista del Museo de L,a Plata, t. X, p. 257, etc.
La Plata, 1902.
— Viaje á los menhires é intihuatana de Tafí y Santa María, en octubre de 1898. Re-
vista del Musco de La Plata, t. XI, p. 123, etc. La Plata, 1904.
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La Plata, t. XII, p. 73, etc. La Plata, 1906.
— Tipos de alfarería en la región Diaguito-Calehaquí. Revista del Museo de La Plata,
t. XV, 2a serie, t. II, p. 295, etc. Buenos Aires, 1908.
Lange, Gunardo, Las ruinas de la fortaleza de Pucará. Anales del Museo de La Plata,
sección do arqueología, III. La Plata, 1892.
Liberani, J., y Hernández, R., Exploración en Loma Rica en 1877. Albura de foto-
grafías tomadas de dibujos. Tucuraán, 1877.
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Outes, Félix F., Alfarería del noroeste argentino. Anales del Museo de La Plata, t. I,
2a serie. Buenos Aires, 1909.
— Los tiempos prehistóricos y protohistóricos en la provincia de Córdoba. Revista del
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1911.
Outes, Félix F. y Brucii, Carlos, Las viejas razas argentinas. Cuadros murales con
texto explicativo. Buenos Aires, 1910. Angel Estrada y Ca, editores.
— Los aborígenes de la República Argentina. Manual adaptado ¡í los programas do
las escuelas primarias, colegios nacionales y escuelas normales. Buenos Aires,
1910. Ángel Estrada y Ca, editores.
' Quiroga, Adán, Ruinas calcliaquíes. Fuerte Quemado. Anales de la Sociedad científica
argentina, t. LII, p. 235, etc. Buenos Aires, 1901.
Stei.zner, Alfred, Beitriige zur Geologie und Palacontologie der argentinischen Repu-
blik. Cassol und Berlín, 1885.
Ten Ivate, Hermán F. C., Rapport sommaire sur une excursión archóologique dans les
provinccs de Catamarca, de Tucumán ct de Salta. Revista del Museo de La Plata,
t. V, p. 331, etc. La Plata, 1893.
— Anthropologie des anoiens habitante de la région Calcliaquí (Rép. Árgentinc). Anales
del Museo de La Plata (sección antropológica), I. La Plata, 1896.
ÍNDICE DE LÁMINAS
Lámina I. — Quebrada de Monteros (provincia de Tucumíín) 1
Lámina II. — Fig. 1. Piedras dispuestas en líneas en el campo del Mollar
(Tafí, provincia do Tucumán) ; Fig. 2. Piedras dispuestas en círculos en el
campo del Mollar (Tafí) 18
Lámina III. — Fig. 1. Piedras paradas aisladas en el campo del Mollar (Tafí,
provincia de Tucumán); Fig. 2. Una do las piedras paradas esculpidas del
campo del Mollar (Tafí) en su posición actual (piedra A del plano respectivo) . 18
Lámina IV. — Las piedras paradas del campo del Mollar (Tafí, provincia de
Tucumán). — Fig. 1. Piedra B del plano respectivo; Fig. 2. Piedra Z del
plano respectivo ; Fig. 3. Piedra W del plano respectivo ; Fig. 4. Tiedra 1 del
plano respectivo 18
Lámina V. — Vista parcial de Quilines (provincia do Tucumán) 40
Lámina VI. — Fig. 1. Ruinas en la falda sur del cerro do Quilines (provincia
de Tucumán); Fig. 2. Aspecto del pueblo antiguo de Quilines en su parte
baja. 40
Lámina VIL — Paredones de los caseríos al pie del corro de Quilines (provincia
de Tucumán) 40
Lámina VIII. — Vista del vallo do Santa María y de la actual población del Fuer-
te Quemado (provincia de Catamarca) 100
Lámina IX. — Fig. 1. Cumbre del cerro del Fuerte Quemado, vista hacia el
nordeste; Fig. 2. Construcciones antiguas en la cumbre del cerro del Fuerte
Quemado (provincia de Catamarca) 100
Lámina X. — Sepulturas al pie del cerro del Fuerte Quemado (provincia do
Catamarca) 100
Lámina XI. — Fig. 1. Vista del cerro Pintado do las Mojarras (provincia do
Catamarca) ; Fig. 2. Caserío en la cumbre del cerro Pintado de las Mojarras. 112
Lámina XII. — Construcciones antiguas en la parte este do la cumbre del cerro
Pintado de las Mojarras (provincia de Catamarca) 112
Lámina XIII. — • Fig. 1. Vista general do la Loma Rica (provincia do Cata-
marca); Fig. 2. Ampajango desde el vallo de Santa María (provincia de
Catamarca) 122
Lámina XIV. — Petroglifos (provincia de Catamarca). Fig. 1. Piedra sobro la
cuesta del Vallecito ; Fig. 2. Piedra en las proximidades do Ampajango ;
Fig. 3. Piedra en las proximidades do Andaguala; Fig. 4. Lado opuesto do
la piedra de la figura 3 ; Fig. 5. Piedra al sur de Andaguala 122
— 204 —
Lámina XV. — Petroglifos (provincia do Catamarca) 122
Lámina XVI. — Vista del vallo do Santa María en las proximidades do Punta
do Balasto (provincia do Catamarca) . 134
Lámina XVII. — Construcciones paralelas en la parte sudoeste del cerro do
Punta de Balasto (provincia de Catamarca). 134
Lámina XVIII. — Construcciones en la parte oeste déla cumbre del cerro de
Punta do Balasto (provincia de Catamarca) 134
Lámina XIX. — Fig. 1. Vestigios de construcciones en el valle al sur del
cerro do Punta do Balasto; Fig. 2. Aspecto general de la región ocupada
por el pueblo antiguo del mismo valle 134
Lámina XX. — Vista general del cerro do Famabalasto (provincia de Cata-
marca). ’. 142
Lámina XXL — Fig. 1. Construcciones en las laderas del cerro de Famaba-
lasto (provincia do Catamarca); Fig. 2. Construcciones en las laderas del
cerro de Famabalasto 142
Lámina XXII. _ — Vista parcial de las construcciones existentes sobre las terra-
zas lluviales al nordeste de Hualfín (provincia de Catamarca). 154
Lámina XXIII. — Restos do caseríos en una de las terrazas al nordeste de
Hualfín (provincia do Catamarca) 154
Lámina XXIV. — Fig. 1. Sepultura intacta en las proximidades do Hualfín
(provincia de Catamarca) ; Fig. 2. Sepultura abierta lateralmente (Hualfín) . 154
Lámina XXV. — Construcción rectangular en las cercanías de La Ciénaga
(provincia de Catamarca) 162
Lámina XXVI. — Aspecto de la región ocupada por el pueblo antiguo do Lon-
dres (provincia de Catamarca) 168
Lámina XXVII. — Fig. 1. Aspecto del caserío del antiguo pueblo de Londres
(provincia do Catamarca); Fig. 2. Aspecto del caserío del antiguo pueblo
do Londres (provincia do Catamarca). 168
Lámina XXVIII. — Alrededores de Huasán (provincia do Catamarca) 174
Lámina XXIX. — Ruinas en los cerros del Pucará (provincia do Catamarca. -
Fig. 1. Casa cercada en la parte norte del Pucará; Fig. 2. Parte sur de
los caseríos, vista hacia el este 186
Lámina XXX. — Grupo do casas en el interior del recinto fortilicado del Pu-
cará (provincia de Catamarca) 186
Lámina XXXI. — Construcciones antiguas en el Pucará (provincia de Cata-
marca). — Fig. 1. Pasaje á través de una muralla; Fig. 2. Entrada protegida
por murallas laterales provistas de troneras; Fig. 3. Muralla provista de tro-
neras, vista do afuera; Fig. 4. Casa en el interior del recinto fortificado. . 186
Lámina XXXII. — La Ciudarcita en los alrededores de Saujil (provincia do
Catamarca) 196
Lámina XXXIII. — Fig. 1. Vestigios de construcciones en Tuscamayo (pro-
vincia de Catamarca); Fig. 2. Vestigios de construcciones en Pajanco (pro-
vincia de Catamarca) 196
Lámina XXXIV. — Mapa parcial do la provincia de Catamarca, comprendien-
do la región explorada . 196
INDICE DE MATERIAS
Introducción
PRIMERA PARTE
ARQUEOLOGÍA DE LA PROVINCIA DE TUCUMAN
#
CAPÍTULO I
TAEÍ
$ I. Sifcuacióu y aspecto general
§ II. Construcciones antiguas
$ III. Menliires del valle de Tafí
Las piedras del Mollar
Gran nienhir esculpido
Grupo de piedras al este del río
Grupo de piedras al oeste del río
La piedra esculpida del Rincón
El menhir esculpido del río Blanco.
Algunos datos sobre otros monliires
$ IV. Material arqueológico
Objeto de piedra perforado
Hacha de piedra
Mortoro de piedra
Vaso de figura zooniorfa ,
Escudilla ó « puco » decorado
Vaso ó « yuro »
Urna con ornamentación antropomorfa
ni
1
2
4
4
8
10
11
12
13
13
14
15
15
16
17
17
CAPÍTULO II
QUILMKS
$ I. Situación y aspecto general. 19
$ II. Construcciones antiguas 21
El pueblo bajo 21
206 —
La fortaleza. 23
Represa para el embalse do aguas 24
Morteros 25
Pctroglifo 27
§ III. Material arqueológico. '. 28
Escudillas ó pucos 20
Tazas 30
Vaso zoomorfo 31
Jarros 32
Vasos ornitomorfos 32
PequeHa urna do tipo excepcional. 34
Urnas ó tinajas con ornamentación antropomorfa 35
SEGUNDA PARTE
ARQUEOLOGÍA DE LA PROVINCIA DE CATAMARCA
CAPÍTULO I
FUERTE QUEMADO
§ I. Situación y aspecto general 41
§ II. Construcciones antiguas 42
Ruinas en el llano del valle 42
— en la región montañosa 45
Construcciones sobre el cerro 46
$ III. Cementerios y sepulcros 41)
§ IV. Material arqueológico. , 52
Escudillas ó « pucos » 52
Pucos negros 52
(Pequeño vaso de triplo cintura). . 54
Pucos rojos sin decoración 55
Pucos decorados 55
Pucos con decoración serpentiforme 60
Primera división 61
Segunda división 62
Puco con decoración ornitoinorfa 66
Pucos do fondo claro con dibujos negros. 67
Pucos do fondo blanco con dibujos rojos 73
Escudilla ó plato con asa 74
Puco cestiformo 76
Vasos antropo y zoomorfos. 76
Vasos do tipos diversos sin decoración 77
Vasos irregulares 80
Ollitas con pies. 82
Ollas pequeñas de fondo rojo 82
Vasos ó yuros 83
Ollas y urnas decoradas. 86
207
Urnas ú ollas toscas 87
Urnas diversas. ................................................ ^14. . 88
Fragmento de urna ............................................... 91
Urnas 6 tinajas diversas . 92
Urnas ó tinajas con ornamentación antropomorfa. .................... 98
Objetos diversos .................................................. 97
CAPÍTULO II
CERRO PINTADO DE LAS MOJARRAS
§ I. Situación y aspecto general 101
§ II. Construcciones antiguas .......................................... 102
Construcciones en la cima del cerro. 103
§ III. Cementerios .................................................... 105
§ IV. Material arqueológico. 106
Pucos de fondo rojo . .............................................. 107
Escudillas de fondo amarillento claro. 109
Ollas ............. ................... ....... ......... 110
Urna funeraria 111
CAPÍTULO III
LOMA RICA, ANDAGUALA Y AMPAJANGO
§ I. Situación y aspecto general ........................................ 113
§ II. Construcciones antiguas.. . ........................................ 114
Loma Rica ....................................................... 114
§ III. Petroglifos.. . i ................................................. . 116
CAPÍTULO IV
PUNTA DE BALASTO
§ I. Situación y aspecto general ........................................ 123
§ II. Construcciones antiguas.. . ........................................ 124
Construcciones en el llano del valle ................................. 124
La fortaleza. ..................................................... 127
CAPÍTULO V
EAMABALASTO
& I. Situación y aspecto general ......................................... 135
§ II. Construcciones antiguas 138
Las ruinas de Famabalasto . ........................................ 138
— 208 —
III. Material arqueológico 140
■ Morteros 140
Fragmento do urna antropomorfa. 142
CAPÍTULO VI
IIUALFÍN
I. Situación y aspecto general 143
^ II. Construcciones «antiguas 144
§ III. Sepulcros 148
IV. Material arqueológico 151
Puco tosco decorado 151
Urnas rojas con ornamentación negra 152
CAPÍTULO VII
I.A CIÉNAGA
I. Situación y «aspecto general 156
§ II. Construcciones antiguas 157
III. Sepulcros y material arqueológico 159
Hacha de piedra 160
Vasos do alfarería gris grabada 160
Pequeña olla roja con dibujos 163
CAPÍTULO VIII
LONDRES DE QUINMIVIL
§ I. Situación y «aspecto general 164
^ II. Construcciones antiguas 165
(Fragmento de urna ó cántaro encontrado entre las ruinas de Londres). 168
CAPÍTULO IX
ANDAI.GALÁ
Material arqueológico. . 170
(Puco de color bayo con decoración negra y roja). 171
(Vaso gris con ornamentación en relieve y grabada) 171
(Pequeño vaso gris grabado) 172
(Fragmento de cántaro con ornamentación draconiana) 173
(Fragmento de un vaso antropomorfo modelado y grabado) 173
(Cabeza zoomorfa) 173
209
CAPÍTULO X
*
I'UCAKÁ DEL ACONQUIJA
§ I. Situación y aspecto general.. 175-
$ II. Construceioue.s antiguas 179
Murallas de defensa 179
Edificios para viviendas 181
— construcciones del grupo A 181
— — del grupo 11 189
— — del grupo C 184
(Objetos de alfarería) 18(5
CAPÍTULO XI
LA « CIUDAUCUTA », FA.TANCO Y TUSCAMAYO
§ I. Preves apuntes sobro estos lugares 188
La « Ciudareita » 188
Pajanco y Tuscamayo 189
§ II. Material arqueológico 192
Idolo 198
Fragmento do cántaro 198
Hacha ó cetro do bronce 194
Fragmentos de alfarería 19(5
Conclusiones 197
Autores cousultados 201
Indice do láminas 208
— de materias 20¡>
PUBLICACIONES DEL MUSEO DE LA PLATA
PRIMERA SERIE '
Las diversas publicaciones correspondientes á la primera serie, se lia-
llán de venta, en el Museo, á los precios .siguientes i .
AMALES
SECCIÓN ZOOLÓGICA
Primera parte.
Segunda parte . . , . ......
; Tercera parte. ............
Pesos
2.00
6.00
4.00
SECCIÓN-' DE HISTORIA GENERÁL
Primera p'arté.; . ..-i . . . . 6.00
SECCIÓN DE ARQUEOLOGÍA
Primera parte. ...... 2.00
Segunda y tercera parte. ... 3.00
SECCIÓN GEOLÓGICA Y MINERALÓGICA
' Primera parte ............ 5.00
Segunda parte. . . . ...... 20 . 00
Tercera parte . ........... 15.00
SECCION DE HISTORIA AMERICANA
Primera parte.
Segunda parte.
Tercera parte .
Pesos
3.00
6.00
60.00
SECCIÓN DE PALEONTOLOGÍA
Primera parte. ....... „■ 15.00
Segunda parte ............ agotada-
Tercera parte ............ ' agotada
Cuarta parte .............. 6.00
Quinta parte ............. 8.00
SECCIÓN DE ANTROPOLOGÍA
Primera parte . ........... 10.00
Segunda parte , i . ....... . . 6 . 00
. SECCIÓN BOTÁNICA
Primera parte. ........... 10.00
Tomos I á V .
Tomo YI. ..... .
Tomo VII .
REVISTA
(PItECIO DE CADA TOMO)
12 . 50
15.00
20.00
Tomos VIII y IX ......... . 30.00
Tomos X á XII .
Tomo XIII. . . . I
12.50
5.50'
ATLAS GEOGRÁFICO DE LA REPÚBLICA ARGENTINA
Entrega -primera, mapa de la provincia de Catamarca, en cuatro Fojas. 12.00
PUBLICACIONES DEL MUSEO DE LA PLATA
SEGUNDA SEEIE
Las diversas publicaciones correspondientes á la segunda serie, se
bailan de venta en el Museo á los precios siguientes :
ANALES
Pesos m/n
Tomo I, entrega I . . ...... 6.00
Tomo I, entrega II . ; 25.00
BIBLIOTECA
Tomo I 4.00
Tomo II. .......... ... . 4.00
Tomo III. L ........................ . 4.00
REVISTA
Tomo XIV (segunda serie, tomo I) • 24.00
Tomos XV á XVII (segunda serie, tomos II á IV) 12.00
Tomo XVIII (segunda serie, tomo V) .... 8.00
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Austin 1996