UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA
A* '
REVISTA
DEL
MUSEO DE LA PLATA
DIRECTOR
D' LUIS MARÍA TORRES
Homenaje a la memoria del fundador del Museo
D' FRANCISCO P. MORENO
TOMO XXVI
(TERCERA SERIE, TOMO II)
I* JUL 21 1923
r¡L C ¡ c I ¿
BUENOS AIRES
IMPRENTA Y CASA EDITORA «CONI»
684,- PERÚ, f>84
1922
UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA
IIEVISTA
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MUSEO DE LA PLATA
UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA
REVISTA
DEL
DE LA PLATA
DIRKCTOK
D *' LUIS MARÍA TORRES
Homenaje a la memoria del fundador del Museo
Dr FRANCISCO P. MORENO
TOMO XXVI
(TERCERA SERIE, TOMO II)
RUENOS AIRES
IMPRENTA Y CASA EDITORA « CONI »
681, I'KliÚ, 681
1922
UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA
Presidente
Doctor Benito A. Na zar Anciioruna
Vicepresidente
Ingeniero Fkuroccio A. Soi.dano
Consejo Superior
Instituto del Observatorio astronómico : directo]-, doctor Juan J. llartinann.
Instituto del Museo: director, doctor Luis María Torres; delegado, doctor Ro-
berto Lelnnann-Nitsehe.
Facultad de ciencias jurídicas y sociales : decano, doctor Alfredo L. Rabudos;
delegado, doctor Federico L. Walker.
Facultad de agronomía : decano, ingeniero agrónomo Alejandro Botto; delega-
do (vacante) .
Facultad de veterinaria : decano, señor Agustín N. Oandioti; delegado (va-
can te) .
Facultad de humanidades y ciencias de la educación : decano, doctor Ricardo
Levene; delegado, profesor llámalo D. Carbia.
Facultad de ciencias fisicomatemáticas jairas y aplicadas : decano, ingeniero
Ferrnccio A. Soldano; delegado, ingeniero Manuel F. Castello.
Facultad de ciencias químicas : decano, profesor Augusto C. Scala : delegado,
profesor Edelmiro Calvo.
Secretario general y del Consejo Superior : abogado Adriano Díaz Cisneros.
Delegado de los estudiantes : Antonio Ortigoza.
Delegados de los diplomados : abogado V. L. Dobarro y farmacéutico .1. .1. Ma-
teos.
INSTITUTO Día MUSEO
Personal directivo y científico
Directo)'
y jefe « ad honorem » del Departamento de arqueología y etnografía
Doctor Luis María Tokrbs
■Ufe del Departamento de antropología y profesor : doctor Roberto Lelimann-
N i t, sclie.
Jefe, <lel Departamento de geología y mineralogía y profesor : ingeniero Moisés
K ¡nitor.
defe del Departamento de paleontología (vertebrados) y profesor : doctor Santia-
go Rotli.
Jefe del Departamento de paleontología ( invertebrados ) y profesor : doctor Eduar-
do Carette.
Jefe del Departamento de geografía física y profesor : doctor Waltcr Scliiller.
Jefe honorario del Departamento de zoología : doctor Carlos Bruch.
Profesor de anatomía comparada y zoología : doctor Miguel Fernández.
— de botánica : señor Augusto C. Scala.
— de arqueología , americana . : doctor Salvador Debenedetti.
— de cartografía : ingeniero Nicolás Besio Moreno.
— suplente de zoología : doctor Horacio Ardi ti.
Secretario-bibliotecario : señor Maximino de Barrio.
VI
Académicos honorarios y correspondientes
ACA DÉM I COS I ION OKA K IOS
A RGENTINOS
Doctor Angel Gallardo (Buenos Aires), 1907.
Doctorearlos Spegazzini (La Plata), 1912.
Doctor Carlos Brucli (La Plata), 1920.
EXTRANJEROS
Profesor William II. Holmes (Estados Unidos), 1907.
Doctor Otto Nordenslcjdld (Suecia), 1907.
Doctor Santiago Ramón y Cajal (España), 1907.
Profesor Frederic Ward Putnain (Estados Unidos), 1909.
Doctor William Jacob llolland (Estados Unidos), 1912.
ACADEMICOS CORRESPONDIENTES
ARGENTINOS
Doctor Miguel Litio (Tuca man), 1907.
Ingeniero Francisco Seguí (Buenos Aires), 1907.
EXTRANJEROS
Doctor llenry Fairfield Osborn (Estados Unidos), 1907.
Doctor Ilermann von Iliering (Alemania), 1907.
Doctor Yosliikiyo Koganei (Japón), 1907.
Doctor Gustav Steinmann (Alemania), 1907.
Profesor J. Wardlaw Iíedway (Estados Unidos), 1907.
Doctor Rudolf Martin (Suiza), 1910.
Doctor Stanislas Meunier (Francia), 1910.
Doctor Giuseppe Sergi (Italia), 1907.
ADVERTENCIA
En las sesiones ordinarias del Consejo académico del Instituto, que
tuvieron lugar los días 10 de enero y 10 de marzo de 1920, se conside-
raron diversas formas de honrar la memoria del fundador del Museo
de La Plata, cuyo fallecimiento había acaecido en la ciudad de Buenos
Aires el 22 de noviembre de 1919.
Se resolvió, entonces, erigir un busto que debía colocarse en el ves-
tíbulo de entrada del establecimiento, y dedicar el tomo XXVI de la
Revista para los trabajos que en su homenaje preparara el personal cien-
tífico del Museo y que tuvieran relación con algunos de los problemas
(pie Moreno, como explorador del territorio argentino, considerara tema
de sus investigaciones. El busto en mármol, obra del escultor don Al-
berto Lagos y costeado por subscripción entre los colaboradores y al-
gunos amigos de Moreno, será inaugurado en mayo próximo, bajo los
auspicios de la Universidad nacional de La Plata.
Con igual propósito de honrar la memoria del fundador del Museo,
el honorable Consejo Superior, por iniciativa de! señor presidente de la
Universidad, doctor Benito A. Nazar Anehorena, ha instituido un pre-
mio que se denominará doctor Francisco P. Moreno, y que consistirá
en una plaqueta de oro, con la que, -cada dos años, se estimulará al ex
alumno de la escuela de Ciencias Naturales que presente la tesis de
mayor importancia.
Los artículos originales, que pudieron redactarse desde la fecha de
aquella resolución del Consejo académico, aparecen en este tomo de la
Revista.
Ellos se dedican a recordar y enaltecer la considerable obra realizada
por el ilustre explorador de nuestro país, en una índole de estudios muy
poco generalizados, con la simpatía francamente sentida de los (pie se,
proponen continuarla con la constancia y la pasión que hacen mante-
ner (ó interés de las perspectivas en las nuevas investigaciones.
La dirección del Museo de La Plata se complace íntimamente de ver
así cumplidas sus aspiraciones y de haber conciliado, en sus planes de
acción futura, el deber de gratitud con el propósito del perfecciona-
miento en cuanto corresponda a la forma de encalar los problemas del
« conocimiento físico y moral del continente americano». Están, pues,
a la consideración de los amantes de las disciplinas que se cultivan en
el instituto el presente conjunto de contribuciones científicas.
Sin excepción, han sido preparadas o estimuladas mediante los recur-
sos de todo orden que Francisco P. Moreno quiso ver reunidos y orga-
nizados en el Museo de La Plata, que gracias a su progreso creciente,
serán cada vez más accesibles para los que quieran satisfacer un pro-
pósito de ilustración general o contribuir, asiduamente, en el progreso
de las ciencias naturales en nuestro país.
La Dirección.
Museo de La Plata, 31 de diciembre de 1922.
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D” FRANCISCO P. MORENO
FUNDADOR Y PRIMER DIRECTOR DEL MUSEO
NOTICIA BIO-BIBLIOGR ÁFILA
Por LUIS Ma TORRES
Fecunda en actos y propósitos de alta cultura y de engrandecimiento
político y moral para su patria, la vida de Francisco P. Moreno se extin-
guió en la ciudad de Buenos Aires el 22 do noviembre de 191!).
Su laboriosa existencia no perdió jamás el ritmo acelerado que le im-
primiera desde los años juveniles; cierta instabilidad aparente en sus
empresas derivó de ¡a convicción en la urgente necesidad de iniciarla
construcción simultánea de las múltiples bases de la sociedad moderna
de la Nación Argentina, y su grande amor al país inspiró todos sus actos
de hombre y de funcionario.
Nació en Buenos Aires el 3 1 de mayo de 1 852. Sus ascendientes pater-
nos fueron españoles, de clase acomodada, que llegaron a Buenos Aires a
fines del siglo xvm ; la madre, doña Juana Thwaites, hija de uno de los
oficiales ingleses que vinieron a la conquista del Río de la Plata, en 1800.
De su niñez y singular adolescencia corre impresa una versión autén-
tica, impregnada de candor y fuerte de armonía, sumamente atrayente
por la espontaneidad de sus trazos : se titula Por un ideal. Libro incon-
cluso, que redactara e imprimiera para hacer públicos los resultados de
veinticinco años de tareas en la formación del Museo de La Plata : ideal
<le su juventud y base sólida de su reputación.
Inquietudes de niño movedizo y preguntón definieron, paso a paso, su
índole esencial de observador sagaz. La educación que recibiera en el
bogar y la escuela ilumináronlo la senda y dejáronle ver la, bella pers-
pectiva para una vida dedicada al emito de la ciencia y de la patria.
Francisco P. Moreno revela en todos los trances de su acción, desde
aquellos primeros y audaces ensayos expedicionarios al través de la
RKV. MUS. LA PLATA. — T. XXVI
1
- 2
Pampa bonaerense, la misma comprensión de la obra que, ya en su ma-
durez, tratara de realizar; y a los impulsos de su original idiosincrasia
se unieron los conceptos fundamentales del hombre que, por una cui-
dada ilustración, conoce el mejor y más elevado destino de un país civi-
lizado.
La tradición de ciertas escenas de familia — hablarán aquí los hechos
<pie relata en su libro — «han de haber influido indudablemente en mi,
cuando desde muy niño imitaba a la buena tía, empezando a reunir las
cosas de la naturaleza que encontraba al alcance de la mano. Un hecho
casual acentuó estas inclinaciones.
« Ahora treinta años — escribe en 18911 — se construyo el edificio de
la esquina de las calles Piedad y Uruguay, barrio apartado en esa época,
y calle la última que servía de « tercero » y que se convertía en torrente
durante las lluvias.
« Dividido ese edilicio en varias casas, mis padres fueron los primeros
ocupantes de la alta de la esquina. Hermoso era el edificio, comparado
con la vecindad miserable, y su friso de mármol rojizo veteado, toda una
novedad que podía observar a mis anchas, teniendo su misma altura.
Desde un principio llamáronme la atención algunas figuras regulares en
medio de manchas caprichosas, y alguien dijo que eran caracoles petrifi-
cados. No recuerdo quién me hizo esa primera indicación paleontoló-
gica... »
La vocación apareció sobre un aspecto casi desconocido de la cultura
en el Río de la Plata, y después del primer impulso fué desarrollán-
dose de una manera evidente, y pronto sus maestros, apercibidos de ella,
se pusieron en la tarea de cultivarla, de darle forma o modelarla, si ya
no estuviera plasmada por la gran fuerza «pie aún no ha explicado nin-
guna filosofía trascendente. En las citadas anotaciones retrospectivas,
se destacan las que pudieran llamarse esperanzas y posibilidades de la
edad juvenil, pero recuerda Moreno, con particular propósito de señalar
una lección provechosa, la traducción de un diario de viaje; ensayo lite-
rario de sus primeros pasos en la escuela, que respondía a las impercep-
tibles homilías del refectorio, tendenciosas siempre y bien intencionadas,
que dejó su enseñanza en el niño como lo dice aquella máxima de La Fon-
tai ne : « Une inórale míe apporte de Vennui. Le conte fait passer le precepto
a veo luí. »
El hombre ya preparado para la obra, capaz de asociar sus recuerdos
de la infancia, consciente de la bondad de su educación y reconocido a
los «pie primero guiaron sus pasos en la vida social, refiere, en esos
apuntes y reflexiones, cómo naciera en él y porqué circunstancias surgió
su preocupación de servir a la patria.
Y es así cómo en extraña conjunción de calidades y virtudes, los sen-
cillos relatos de fenómenos geográficos, de vistosas o caprichosas formas
3
de la materia, y del amplísimo dominio territorial que recorriera con ansia
de conocerlo y darlo por incorporado a las ciencias naturales, lo recla-
mara para su país, para después poder explicar y discurrir sobre su po-
sible y más inmediato aprovechamiento.
Moreno pone de manifiesto, suficientemente, al través de sus actos y
'expresiones, la fuente de la que extrajera sus inagotables energías y
da fundamento para la más acertada explicación de su silueta moral.
En la recordada relación de hechos y sus comentarios, puntualiza
sobre acontecimientos ya considerados como manifestaciones sintomáti-
cas de la evolución política argentina, en los que han participado, con
verdadero fervor patriótico, varias generaciones contemporáneas a lado.
Moreno, que aún guardan y cultivan, después de haberlo transmitido a
sus descendientes, el más grande afecto por el país. Moreno tiene, como
vamos a comprender, para tantos obreros ignorados de nuestro progreso,
sentimientos de gratitud.
Y bien los expresa cuando dice : «Años más tarde, niño todavía, oí un
día música marcial entre el bullicio délos carros en la calle Florida, dis-
tante pocos metros de la casa que habitábamos.
«Acudí al sitio del bélico ruido; eran los restos gloriosos del 0° de
línea que regresaba de su larga y penosa campaña del Paraguay. Aque-
llos soldados cruzaron ante los curiosos agrupados, indiferentes, con la
indiferencia del que ignora lo que es vanagloria ante el deber cumplido;
y ese batallón diezmado en los asaltos, aquella asta de la que fue ban-
dera, de la que sólo quedaban hilachas, ¡qué grande impresión causó a
mi espíritu ! Y es así que la vocación natural por las cosas de la natura-
leza; el ejemplo délos que a cultivarlas se dedicaron en bien del común;
ios sencillos relatos de mi padre, soldado do la legión argentina en Mon-
tevideo, donde se batieron mañana y tarde, durante años, por Ja patria
oprimida; la sensación experimentada ante aquellos heridos y aquellos
soldados sobrevivientes en la lucha por el suelo nativo amenazado; y
agregando a todo esto los ecos de las tradiciones sagradas de nuestra
independencia, contenidas en la .Revista de Buenos Aires , dieron tal giro
a mi imaginación que produjeron a la larga, por una sucesión de hechos
en que se encuentran asociadas esas impresiones, mi modalidad pre-
sente... »
Se sabe, pues, cómo el joven Moreno dió sus primeros pasos hacia el
rumbo que le trazaron sus anhelos de servir al país. Constituye un
hecho característico y ejemplar el que refiere su crónica, de un recreo
por aquél, muchas veces descripto, Palermo de la dictadura de Rosas,
del que recogiera a la vera del camino y debajo de ¡os sauces que ador-
naban el paseo, los toscos rodados y los jaspes, ágatas y cornalinas, (pie
constituyeron el núcleo que íe hizo vislumbrar la posibilidad do la for-
mación de un verdadero museo.
4
Las transformaciones sucesivas de aquel repositorio de restos de una
launa aún no descrita ni clasificada, después de tan humildísimos princi-
pios, fueron apreciadles hasta el momento de su desarrollo en que el es
clarecido director del .Museo de Buenos Aires, doctor Germán Burmeis-
ter, lo visitara y dejara comprender su agradable sorpresa.
¡ Qué deslumbradora visión no causaría a Moreno aquella respuesta
del sabio, que interrogado por una dama suspicaz y simuladora, sobre
la utilidad de uno de los famosos huesos, contestó: « Ñifla, cada diente
de estos es un brillante» — haciendo oír, luego, su característica carca-
jada. «Mira — continuó — este animal se llamará l)«sypnn Moren i, por-
que es nuevo en la ciencia, y este niño merecd»que asi lo llame! » Bur-
meister había consagrado con la plenitud de su juicio a una noble afi-
ción, e impulsaba al joven explorador hacia el camino que buscaba desde
su más tierna adolescencia. Y por esa senda, después de servir a la cien-
cia podría servir a la patria.
En los afíos sucesivos todo fue acción, que siempre alimentaba el ca-
lor de una obstinada pasión idealista. Su personalidad se destaco bien
pronto del grupo de los contemporáneos que abrazaron otro género de
actividades, más en armonía con las tendencias lucrativas y las inclina-
ciones más apreciables de la época, que persisten con rccrudecencia
alarmante en la actualidad.
En 1874 aparece en la lievue d’anthropologie una noticia de Paul Broca
sobre el Museo Moreno, en la que se decía (pie en materia antropológica
ya equivalía a la importancia del Museo Morton, que había sido el een
tro de los estudios para el conocimiento de las razas de la América cen-
tral y septentrional. La nueva institución llegaría a ser lo mismo para el
estudio de las razas de la América austral.
Virtualmente el hoy Museo de La Plata quedaba fundado, y por la
clara visión de aquellos hombres que presenciaron los primeros pasos e
imaginaron su trascendencia para la alta cultura cu este país, explicaron
o sugirieron nuevos incentivos para la obra futura de su fundador. Y a
la opinión de Broca se unieron las de Virchow, Quatrefages y Topinard.
Las excursiones en busca de fósiles se habían iniciado, puede decirse,
en 1871, por los alrededores de las lagunas de Vitel y (Jhascomús; pero
aquella liebre del explorador se complicó con manifestaciones de una
curiosidad más aventurada, ya resuelta a penetrar en un mundo venia
deramente desconocido. La ignorancia de los argentinos sobre lo que en
realidad eran los territorios de la Pampa y Patagonia, le tenían preocu
pado; no se poseía el dominio absoluto y completo de toda la heredad,
con sus minas, bosques, aguas y pastos — como expresaban ¡as paterna
les providencias del rey progresista, que ya había muerto, — y no se
buscaba adquirirlo, no obstante los amagos de una conquista extraña
en esa dirección, desviada y al fin conjurada gracias al predominio de
verdaderos y bien expresados sentimientos fraternales. Los planes de
Moreno a esto respecto, bajo el aparente pretexto de recorrer el terri-
torio argentino, eran de una importancia tan considerable, aun en el
solo aspecto de la geografía física, que dio lema a su obra fundamen-
tal, y lo expresó en el frontispicio de los Anales de la institución que
dirigiera, diciendo: « Materiales para el conocimiento físico y moral del
continente americano. »
¡ Cuánto trabajó Moreno por la constitución de un gran centro de es-
t udios en Sud América, que tuviera por plan de trabajos científicos el
que había proyectado para el Musco de La Plata! Bien expresivamente
lo han reconocido y proclamado dos grandes instituciones, la National
(¡eographic Society de Washington, y la American Academy of Poli ti -
cal and Social Science de Filadelfia.
Convencido de nuestros reducidos conocimientos en materia de geo-
grafía americana en general y de las ciencias de la naturaleza en todas
sus ramas, buscaba con afán la forma práctica para iniciarnos en ellos,
y vinculando el esfuerzo de gobiernos y asociaciones científicas de Amé-
rica del Sur, decía encontrar la verdadera solución de problema tan
trascendental.
Pero lo que en este momento debe llamar nuestra atención, para com-
prender lo que significó la obra más acariciada de Moreno, es el estado
cultural de los principales centros de la república y de la flamante ca-
pital bonaerense, en la época que se levantó la enorme fábrica del Mu-
seo de La Plata.
Como el niño colocado en el nuevo andador, el país ensayaba, por en-
tonces, sus primeros pasos hacia la vida organizada, bajo las normas
de la Constitución reformada, y en la que se daba, por fin, su ciudad
capital.
101 oleaje de las pasiones, acciones y reacciones más opuestas, de la
malicia gauchesca y el odio acumulado por simples accidentes de la vida
política entre masas ignorantes, por su predominio o dirección, aún rom-
pía a ritmo pausado en una como playa extensa y abierta, que era el
esfuerzo de ios más honrados espíritus que, al buscar normas legales
para encauzar, ante todo, la paz política y social, encontraban en ellas,
por precarias o defectuosas que fueren, nuevas perspectivas para el ver-
dadero progreso de la Nación Argentina.
Dos instituciones cumplían, mediante grandes esfuerzos, con el pro-
grama de dar la. alta cultura científica y literaria, pero con fines abso-
lutamente utilitarios, y formar a la vez con alguna eficacia el ambiente
universitario, y, particularmente en Córdoba, la vida extrauniversitaria
armónica con la primera, empezamos así, por ese medio elegido y pode-
roso, los nativos de estas llanuras de la Pampa, a tratarnos de vista y de
palabra, después de muchos años y lustros de sólo habernos oído con las
ü
desconfianzas tan propias del hombre que todo lo desconoce, improvisa
o lo juzga con su pobrísimo criterio y su fibra salvaje.
No obstante, los viejos hogares provincianos y pórtenos, los (pie pu-
dieron por sus recursos romper el aislamiento con los centros de cul-
tura europeos — sea cual fuere la vía de sus comunicaciones — culti-
varon sus tendencias ancestrales, de buen tono y alfa educación, y
formaron núcleos diversos pero sumamente significativos. Se explican,
a nuestro juicio, por esas circunstancias, la inesperada aparición «en
el mundo de la ciencia americana» de espíritus como los de Dámaso A.
Larrañaga, Francisco J. Muñiz, Manuel Eguía, Juan Llerena y muchos
otros en materia jurídica.
Francisco P. Moreno relata con sencillez, en su libro, cómo pueden
explicarse sus aficiones por las ciencias naturales, su ilimitada curio-
sidad y su afán en los mirajes retrospectivos. Es uno de nuestros ejem-
plos más significativos que contribuyen a revelar y confirmar las cali
dades esenciales del hombre de educación superior : conocer su propio
origen y el de la tierra que pisa, cultiva y desea guardar para sus des-
cendientes. Y así Moreno, arrancó con sus manos del seno de las for-
maciones geológicas, de las altas cordilleras, de los bosques y llanuras lo
que los argentinos de hoy debemos recibir agradecidos como la primera
herencia de nuestro saber.
La importancia de sus viajes por el territorio argentino ha sido ya
consagrada por las instituciones geográficas de más alta reputación ;
sus descubrimientos y determinaciones en las ciencias antropológicas
y geológicas, como el amplísimo campo que preparara para la paleon-
tología argentina, le hicieron conquistar un juicio halagador de los es-
pecialistas contemporáneos; y todo el amplio, novedoso y sorprendente
plan de investigaciones y publicaciones del Museo de La Plata entro
en ejecución en 1890, momento en el que Moreno consideró oportuno
¡tara decir a las instituciones afines de todo el mundo, que en la Repú-
blica Argentina existía planteada y en función, una verdadera organi-
zación de los servicios científicos en determinadas ramas de las cien
cias naturales.
« Science sana conscience est la perte de l’ame » ha expresado el in-
tencionado Ltabelais. Así lo (pliso siempre el ilustre argentino, asi lo
practicó y lo inculcó a otros hombres distinguidos (pie a su lado cola-
boraron en su obra, con un ideal elevado, de franco y generoso opt i
mismo. Es que un acendrado sentimiento humanitario y una pasión
muy fuerte por concretar su patriotismo a la regeneración délos débiles
y desvalidos como a la educación y felicidad del pueblo, impulsaba la
recia voluntad de Moreno, hasta el grado de revelárnoslo como la más
formidable máquina de acción persistente. Todo ello hecho lo mejor
que se pudo hacer, alejado de preocupaciones o demostraciones de jac-
7
tancia, y sin buscar más (lidia y alabanza que la que surge del trabajo
asiduo en las horas de paz, no obstante las graves apariencias de un es-
píritu unilateral y terriblemente avasallador.
Parece que no pudo dedicar los mejores días de su juventud al
análisis de los hechos, del inmenso material de restos y observaciones
que reuniera en sus viajes. Por comprender que otra era su misión al
frente del Museo, esos materiales, absolutamente nuevos y novedosos
para la ciencia, fueron puestos en manos de sus colaboradores, y así se
formaron o crecieron verdaderas reputaciones de dentistas al lado y
bajo la protección de Moreno. La contribución escrita, absolutamente
personal de este autor es, cti verdad reducida, pero se caracteriza por
su índole y estilo, como por los temas abordados.
Con varios de sus colaboradores en la obra de organizar el Museo de
La Plata, unidos y fuertes en el propósito, se consideró capaz de afron-
tar la grave responsabilidad de estudiar la Patagonia andina para luego
demostrar cuál era el verdadero concepto geográfico que debía guiar a
chilenos y argentinos en el trazado sobre el terreno de la línea fronteriza.
Y en esa prolongada y no siempre interesante historia del pleito de
límites las páginas más gratas para el sentimiento de ambos pueblos
fueron aquellas en que quedaron bien documentadas las vigilias y tareas
de los peritos y de su personal técnico.
Si, como ya lo expresáramos, el triunfo y la solución correspondieron
al predominio de los sentimientos fraternales que encontraron raíces
profundas en ambos países, en lo que corresponde al esfuerzo personal
de Moreno ya se ha dicho en documentos harto significativos lo que
nosotros debemos también estampar como lo escribiera sir Thomas
Iloldich : «Todo lo ganado por la Argentina al oeste de la división
continental de las aguas, se debe a los esfuerzos y a la pertinacia del
perito Moreno ».
Terminado este cielo de su actividad, y retirado de la dirección del
Museo, su salud quebrantada le exigía reposo. Le preocupaba la pers-
pectiva de un posible olvido, aislamiento o retiro momentáneo, que le
privara la ocasión de servir al país. Creyó haber oído, de muy cerca, la
voz que repitiera la terrible sentencia de aquel versículo: «serás ex-
tranjero en tu tierra... »
Sus contemporáneos no lo olvidaban y particularmente los hombres
que conocían cuanto había hecho por el adelanto de las ciencias antropo-
lógicas y geológicas en el país. Habían pesado con espíritu de justi-
cia todos sus méritos y virtudes, las originales interferencias de sus
actos sentimentales, siempre espontáneos, y hasta sus evidentes im-
perfecciones.
El nombre ya ilustre de Moreno había sido escrito, bien se sabe,
por otros hombres ilustres en la columna de los geógrafos célebres; pero
8
esto había acaecido en la época de sn mayor notoriedad y a raíz de la
vigorosa defensa de los conceptos geográficos que sostuviera como cues-
tión esencial del pleito de límites.
Cuando se encontrara inactivo, fuera de su centro, entregado en
ordenar sus notas e impresiones del pasado, con el mismo calor que las
recogiera en el escenario siempre renovado en que le correspondiera
actuar; al iniciarse aquellos días tristes que recuerda en sus Memorias
inéditas, vividos entre los testimonios de la que fuera su grandeza en
el mismo solar de la calle Caseros, y cuando él se considerara ya olvi-
dado, recibe la medalla Guillermo IV, con la que la Boyal Geogra-
pliieal Society de Londres premia a los grandes servidores de la ciencia.
Sus colegas de ayer, los que más de cerca habían podido penetrar
sus calidades y la fe grande y serena de sus convicciones, borrando los
recuerdos de pasadas discrepancias surgidas al margen del despliegue
de energías y nunca de fútiles motivos de incomprensión, asociáronse
para dejar constancia, en acto público, de su alto respeto por la obra
de Moreno. Y en la sala de lectura del Museo Nacional de Buenos
Aires, de la vieja casa que frecuentara cuando niño llevando ejem
piares de fósiles al sabio Burmeister, todos los presentes, colaboradores
y amigos de Moreno, escucharon los juicios (pie vamos a transcribir,
pronunciados por la autoridad científica y moral del doctor Florentino
Ameghino :
« La observación de la naturaleza os ha atraído desde vuestra pri-
mera juventud, y es acá, en esta casa, en donde habéis hecho vuestras
primeras armas.
«Treinta y tres años van transcurridos desde que publicásteis vues-
tros primeros trabajos sobre el hombre y el suelo de la Pampa, y desde
entonces, persiguiendo un propósito bien definido, el conocimiento de
nuestro suelo en el pasado y en el presente, para bien aprovecharlo en
lo futuro, no habéis cesado en vuestra labor un solo instante. Habéis
desplegado una actividad asombrosa y de vuestro paso quedan huellas
profundas e imborrables.
« Dejáis un templo ala ciencia que ha alcanzado alto renombre, y
ojalá sepan conservárselo los que os han sucedido.
« Vuestro nombre ligado a un sinnúmero de iniciativas queda también
grabado en nuestros Andes desde la Luna de Jujuy hasta las regiones
magallánicas, y en las cálidas llanuras del centro de la república, como
en las heladas mesetas de la Patagonia.
« La Peal Sociedad de Geografía de Londres reconociendo la impor-
tancia de vuestra intensa y prolongada labor os ha premiado con la más
alta recompensa que acuerda a aquellos que descuellan en el avanza
miento de las ciencias geográficas.
« Distinción que tanto honra a quien la recibe como a la patria}' tam-
«t
bien a la ciencia argentina, que ya algo cuenta más allá de nuestras fron-
teras, lia pasado entre nosotros poco menos que desapercibida.
« Un grupo de vuestros colegas y antiguos colaboradores lia querido
salvar este olvido, ofreciéndoos una manifestación de aprecio en una
form9 sencilla, pero sincera, que os acompañe como un recuerdo de los
intelectuales que despreocupados del vertiginoso kaleidoscopio político
comercial que caracteriza el momento actual, reconocen y no olvidan los
méritos de quien lia consagrado su vida al más noble de los ideales. Es
para mí un motivo de alta satisfacción poner en vuestras manos este
recuerdo.
« Interpretando los sentimientos de los que lo firman, considerólo un
símbolo de concordia entre los (pie avanzamos paralelamente hacia el
mismo norte, el engrandecimiento de la patria en el campo infinito pero
fecundo de la ciencia, el (pie más enaltece la humanidad y el que más
contribuye a la mayor felicidad de los pueblos. »
La vida de Moreno, como otras grandes vidas, con sus pasajes de
desaliño, de sobresalto o de misterio, tiene una peculiaridad más que la
hace atrayente en alto grado : nos referimos a sus actos de desprendi-
miento. Son repetidas y valiosas las donaciones que hiciera durante su
actuación al frente del Museo : colecciones paleontológicas, antropoló-
gicas o arqueológicas; planos, documentos y libros, y algo más que no
fuere divulgado : los cimientos del hermoso edificio que guarda todo
aquel material fueron levantados a expensas de su peculio, en condicio-
nes sumamente gravosas para el donante. Nadie podrá recordar que Mo-
reno se haya jactado de su generosidad, pues sólo había visto al practi-
carla, un medio para llevar a buen fin sus proyectos más acariciados.
Es bien sabido que por sus servicios al Estado, antes y durante su
actuación de perito argentino para el trazado de la línea fronteriza con
Chile, recibió como compensación del Congreso de la Nación, el derecho
de ubicar veinticinco leguas de tierra en la región de los lagos patagó-
nicos. Por aquellos lugares que Moreno explorara en 1874 y describriera
en su libro Viaje a la Pat agonía Austral — guiado por las mismas hues-
tes de Shaihuequc, el famoso cacique del país ignoto de las manzanas —
eligió una parcela de fres leguas, en pleno bosque austral lleno de be-
llezas, para que fuera un eterno Parque nacional.
Y fue también generoso y previsor con los jóvenes y con los niños.
Cuando Moreno, de regreso de Inglaterra, volvió a su quinta de la
calle Caseros — predio amplísimo y destacado por sus arboledas de todo
aquel barrio suburbano de la ciudad de Buenos Aires — donde, hasta
hace poquísimos años, se levantaba la vieja casa que tanto añora en sus
Memorias , la sala y mirador en que guardara las primeras colecciones
del actual Museo de La Plata; en sus recepciones dominicales, manifes-
taba a sus íntimos, con evidente inquietud, la pena que le producía la
10
suerte de tantos argentinos advenedizos, indiferentes por el hecho de
su naoimierilo en tierras lejanas y extrañas a las de sus mayores, y el
desconocimiento o la mínima idea de nuestras tradiciones; como la re-
generación de los niños de tierna edad, enfermos, tristes, desamparados
y brutalizados por la miseria.
¡Cuántas veces se leba visto a Moreno entregado, afanosamente, en la
tarea de distribuir niños desvalidos o recursos para salvarlos, en las pro-
pias instituciones que fundara y costeara con su peculio o con el de otras
personas afectadas por la 'misma pena y que también así lo comprendían
y realizaban con todo el altruismo de los más elevados caracteres!
Los amigos de Moreno, que concurrían a la quinta de la calle Case-
ros, vieron, muchas veces, sentados al pie del inmenso aguar ¡bay — el
árbol querido de Moreno — a infinidad de jóvenes, esperando la ayuda
o el consuelo del viejo luchador.
«No puedo dormir — escribe en octubre de 1918 — pensando en lo
que hay que hacer para la mayor grandeza y defensa del país, y mi falta
de fuerzas, de recursos y de vida, para hacerlo comprender en esta ca-
pital tan extranjera para los nativos... ¡ Qué tristeza me da al pensar
en lo que fui y al pensar en lo que soy! Pertenecer en vida al pasado es
por demás doloroso; pensar en ello es pensar en lo que no se debe pen-
sar... »
Los últ imos diez años, ya en la declinación de sus energías, los dedicó
por entero y tras hondo y doloroso sacudimiento en todo su ser, al culto
de sus más caros ideales de hombre y de ciudadano; demostrando, en
muchas y muy difíciles circunstancias, todo su fervor patriótico, sus tío-
tes de ayisado gestor de los intereses colectivos, y, según se admira en
cualquiera de sus obras, el fantástico y poderoso impulso de su voluntad.
Transcurrían los días del mes de noviembre de 1 9 19, y en toda la pampa
argentina que conociera desierta y en estado salvaje, — cuando por vez
primera corriera por ella, como la sombra doliente «leí poema de Obli-
gado — se había iniciado el trabajo de la recolección en las eras, y esto
hombre extraordinario sin desesperar por el buen fruto en sazón, decía
entrever una mejor, inesperada y brillante cosecha de bienes para el
país.
Pensaba en los niños, sus asilados, fut uros hombres útiles y buenos,
que arrancara del vicio o de la miseria enfermiza allá en los arrabales
déla «Quema de las basuras»; pensaba en el porvenir de los primeros
núcleos de población y de labor que había visitado cuarenta años atrás
en fin, en todo aquello que tuviera algún interés argentino o que algo
significara en materia de ciencia o arte y fuera síntoma de progreso o de
alta cultura en el país.
Y en amorosas confidencias explicaba, con tono precipitado, la tras-
11 —
cemlencia que podrían alcanzar sus Escuelas Patrias, si se las generali-
zaran en todo el país como medida previa de asistencia social, y a la vez
y con pena hacía comprender que sus fuerzas físicas y sus apurados re-
cursos ya no podrían servir.
Asi se extinguió la vida de Francisco P. Moreno : entre gratas y pa-
trióticas añoranzas de un gran pasado y un futuro que anhelaba ventu-
roso para el país; abatido por hondas tristezas o alternándolas con
siempre bellas y sutiles esperanzas.
Museo de La I Mata , 3 de febrero de 1921.
Bibliografía del doctor Francisco P. Moreno 1
Descripliou des cundieres et paraderos préhistoriques de Patagonie. Reñir
<V Anthropologie, III, p. 72-90. París, 1874.
Cementerios y paraderos prehistóricos de la Patagón ia . Anules Científicos Ar-
gentinos, 1, p. 2-13. Buenos Aires, 1874. — Traducción del artículo an-
terior.
Sur des restes d’industrie limnaine préhistorique daus la République Argentino.
Congres inlcrnalional iV A nthropologie et <VA rchcologie préhistoriques, Com-
ple retid n tle tu 7C session, Stockliolm 18 74, I, p. 277-283. Stockhohn,
187(5.
Noticias sobre antigüedades de los indios del tiempo anterior a la conquista.
Boletín de la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba , I, p. 130-149.
Buenos Aires, 1874.
Noticia, de Patagón ia. Anales déla Sociedad Científica Argentina, I, p. 101-102.
Buenos Aires, 1870.
Viaje a la Patagonia setcntrional. Anales de la Sociedad Científica Argentina >
I, p. 182-197. Buenos Aires, 1870.
(Con W. F. Re id y E. S. Zeballos) Una excursión orillando el río de la Ma-
tanza. Anales de la Sociedad Científica Argentina, I, p. 89-92. Buenos
Aires, 1870.
Apuntes sobre las tierras patagónicas. Anales de la Sociedad Científica Argen-
tina. V, p. 189-205. Buenos Aires, 1878.
El estudio del hombre sud-americano. (Artículo publicado en La Nación,
núms. 2384 y 87.) 2 -f- 27 2 pp. Buenos Aires, 1878.
1 La presente enumeración de trabajos científicos del doctor Moreno ha sido pre-
parada sobre hi base de las anotaciones del doctor Roberto Lchmann-Nitsolio ; indi-
cándose con mi asterisco las que lia proporcionado ('1 señor profesor don Félix I1'.
Cides. Nos es grato agradecer tan estimables colaboraciones.
Recuerdos de las tolderías del Limay. Una leyenda araucana. (Fragmento del
« Viaje a la l’atagonia Austral », actualiuente en prensa), ¡¡crista tic ('i cu-
fias, Artes i/ Letras , I, p. 20-39. Rueños Aires, 1879.
Viaje a la Patagonia Austral, emprendido bajo los auspicios del Gobierno
Nacional 1876-1877. Tomo I | único |. vm -j- 460 -]- iv pp. Buenos Aires,
1879.
Sur deux crñnes préhistoriques rapportcs du Rio Negro. [ Avec discussiou. |
Bullctins de la Sacíete d’ Anihropoloyie de Varis, (3), 111, p. 490-497. Pa-
rís, 1880.
Voyages en Patagonie. (Avec une caríe.] Bullctin de la Sacióte de fíéuy rapiñe
de V l'Jst, II, p. 534-572. Nancy, 1880.
Antropología y arqueología. Importancia del estudio de estas ciencias en la Re-
pública Argentina. Altales de la Sociedad Científica Argentina, XII, p.
160-173, 193-207. Buenos Aires, 1881.
Patagonia. Resto de un antiguo continente hoy sumergido. Contribuciones al
estudio de las colecciones del Museo Antropológico y Arqueológico de Bue-
nos Aires. Anales de la Saciedad Científica A ryentina , XIV , p. 97-131.
Buenos Aires, 1882.
Recuerdos de viaje en Patagonia. Anales del Ateneo del Pruyuay, II, p. 24-67.
Montevideo, 1882.
El origen del hombre sud-americano. Razas y civilizaciones de este continente.
Contribuciones al estudio de las colecciones del Museo Antropológico y
Arqueológico [de Buenos Aires]. Anales de la Saciedad Científica Argen-
tina, XIV, p. 182-223. Buenos Aires, 1882.
Con Benjamín F. Aráoz) El Lago Vicdma de la Patagonia. 34 pp. Buenos Ai-
res, 1884.
Carta sobre sus exploraciones, fechada en San Juan el 20 de enero de 1884.
Reme (V Ethnoyrajdiie, III, p. 178. París, 1885. *
Recuerdos de viaje. En los 'Toldos de Shaihueque. El Ciaría, números 10-11-
1042. Buenos Aires, 20-21 de febrero de 1885; reproducido en /'.V Citnia.
números 11.700-11.704. Buenos Aires, 25-29 de noviembre de 1919. '
Museo La Plata. Informe preliminar de los progresos del Museo La Plata, du
rail te el primer semestre de 1888, presentado al señor Ministro de Obras
Públicas de la Provincia de Buenos Aires, .Boletín del Museo La Cíala
(Provincia de Buenos Aires), 35 -f- 1 pp. Buenos Aires, 1888.
Museo La Plata. Breve reseña de los progresos del Museo La Plata, durante el
segundo semestre de 1888 [presentado al señor Ministro de Obras Públicas
de la Provincia de Buenos Aires]. Boletín del Museo La Blata (V rociada
tic Buenos Aires), 2 -|- 44 -(- 2 pp. Buenos Aires, 1889.
El Musco de La Plata. Rápida ojeada sobre su fundación y desarrollo. /■’ crista
del Museo de La Blata, I, p. 27-55. La Plata, 1890.
Ee Musée de La Plata. Rapide coup d’oeil sur sa fondation et son développe
ment. Traduit de l;i « Revista ilcl Musco de La Plata », tome I, 1 890.
3 1 -|- 1 pp. La Plata, J890. — Traducción del trabajo anterior.
Provecto de una exposición retrospectiva argentina, ron motivo del cuarto cen-
tenario del descubrimiento de América. Revista del Museo de La Plata, I,
p. 152-155. La Plata, 1890.
Projet d’une. exposition rétrospective argentino a Poccasion <lu (juatriéme cen-
tcnaire de la déeouverte de PAmériquc. 'L'raduit de la « Revista del Museo
de La Plata», tome I, 1890. 7 + 1 pp. La Plata, 1890. — Traducción
del trabajo anterior.
Reseña general de los trabajos hechos en 1889 en el Museo de La Plata. Revista
del Musco de Tai Plata, I, p. 57-70. La Plata, 1890-1891.
Exploración arqueológica de la provincia de Catamarca. Revista del Musco de
La Plata , 1, p. 201-236. La Plata, 1890-1891.
(Con A. Mercera!) Notas sobre algunas especies de un género aberrante de los
Dasipoda. Revista del Museo de Tai Plata, 11, p. 57-63. La Plata, 1891.
Onohippidiuiu Muñid. Revista del Musco de La Plata ■ , II, p. 75-71. La Plata,
1891.
Noticias sobre algunos cetáceos fósiles y actuales de. la República Argentina.
Revista del Museo de La Plata , III, p. 381-392. La Plata, 1892.
Nota sobre los restos de 1 lyporoodontes conservados en el Museo de La Plata.
Anales del Museo de La Plata, sección zoológica, II, 8 pp. La Plata, 1895.
(Con A. Mercera!) Catálogo de los pájaros fósiles de la. República Argentina
conservados en el Museo de La Plata. Anales del Musco de Tai Plata, sec-
ción paleontología argentina, I, 71 -j- 1 pp. La Plata, 1896.
Memoria del Museo de La Plata 1895-1896 [presentada al señor Ministro de
Obras Públicas de la Provincia de Buenos Aires|. 28 -f- 4 pp. La Plata,
1896.
Apuntes preliminares sobre la Cordillera de los Andes, entre los grados 23 y
28 de latitud austral (1893-95). Fragmento de la II parte del «Reconoci-
miento de la región andina de la República Argentina ». Revista de Reve-
dlo, Historia y Letras, I, p. 167-187. Buenos Aires, 1898.
Reconocimiento de la región andina de la República Argentina. I. Apuntes pre-
liminares sobre una excursión a los territorios Neuquen, Río Negro, Chu-
but y Santa Cruz, hechas por las secciones topográfica y geológica bajo la
dirección de Francisco P. Moreno. Revista del Musco de La Plata, VIH,
p. 201-374. La Plata, 1898.
Reconnaissance de la región andino de la République Argentino. I. Notes pré-
liminaires sur une excursión aux territoires du Neuquen, Rio Negro, Chu-
but ct Santa Cruz, eñectuce par les sentinas topographique et géologique
so us la direction de Francisco P. Moreno. 186 pp. La Plata, 1898. — Tra-
ducción del trabajo anterior.
I)r. »Steflen’ s exploration in South America. 7 lie Geograjthical Journal, XIV ,
p. 219-220. Londou, 1899. * •
14
Explorations inPatagonia. The Geoyraphical Journal , XIV, p. 241-269, 353-378.
London, 1899.
Exploraciones en Hatagonia. Ilolclín del Instituto Gc.oyrá /ico Aryentino, XX,
I». 312-394. Buenos Aires, 1.399. Traducción del articulo ¡interior.
Hemarks apon tlie original specimen of the recen ti y describe»! innnunal Xeo-
nujlodon Hat ai. . . I’roceedings of thc Zoológica l Soeiety of London, 1899,
p. 1. London, 1899.
On a portion of mamuialian skin, íianied Neomylodon lista i, from a caven near
Consuelo Cove, Last llope Inlet, Patagonia. 1. Account of t lie discovery.
Procecdings of the Zoological Societi/ of London, 1899, p. 144-148. Con-
dón, 1899.
Note on thc discovery of Mióla nía and of Glossotherium ( Neomylodon) in Pata-
gonia. 'Víi ture, LX, p. 39(5-398. London, 1899.
Idem. The Geológica l Mayazine or monlhhj Journal of Geoloyy, N. 8., Decade
4, VI, p. 385-388. London, 1899.
He «The discovery of the Barriloche Pass». The Geoyraphical Journal, XVI 1,
p. 204-205. London, 1901. *
Notes on theanthropogeography of Argentina. The Geoyrajdiieal Journal, XVI1J ,
p. 574-589. London, 1901.
Scenery of Argentina. 10 th Peport of thc Lirerpool Geoyraphicul Soeiety, p.
30-4G. Liverpool, 1901.
Argentine-Chilian Boundary. Kcport presen ted lo the tribunal appointed by ller
Britannic Majesty’s government « to consider and reporl upon the dille-
rencos which have ¡irisen with regard to the frontier between the Argcn-
tine and Chiban Republics» to justify the Argentino claims for the boun-
dary in the smnmit of the Cordillera de los Andes, according to the treaties
of 1881 & 1893. (4) -|- xr.ix -f- 1181 -|- (1) pp. en 4 tomos; 1 tomo con los
mapas I-XVI. En 4o. London, 1900.
Argentine-Chilian Houndary. A short reply to the Chiban statement presente»!
to the tribunal appointed by llis Britannic Majcsty’s govermnent « toeon-
sider and report upon the difterences which liave alisen with regard to the
frontier between (lis Argentino and Chiban líepublics» to further justify
the Argentino claims for the houndary along the summit of the Cordillera
<le los Andes according to the treaties of 1881 & 1893. (4) (57 -f- (1) p¡>.
En 4o. London, 1902.
Frontera argentino-chilena. Memoria presentada al tribunal nombrado por el
gobierno de Su Majestad Británica «para considerar e informar sobre las
diferencias suscitadas respecto a la frontera entre las República Argentina
y Chilena » a fin de justilicar la demanda argentina de »¡ ue el límite se
trace en la cumbre de la Cordillera de los Andes de acuerdo con los trata-
dos de 1881 y 1893. i.ii -[- 1141 -f- (1) pp. en dos tomos; 1 tomo con las
láminas; 1 tomo con los mapas 1-XVI. En 4". Londres, 1902. — Edición
española de : Argentine-Chilian Houndary. Report...
15
Frontera argentino-chilena, Breve réplica a la memoria chilena presentada al
tribunal nombrado por el gobierno de Su Majestad Británica « para consi-
derar e informar sobre las diferencias suscitadas respecto a la frontera en-
tre las Repúblicas Argentina y Chilena» a fin de ampliar los fundamentos
de la demanda argentina sobre que el límite se trace en la cumbre de la
Cordillera de los Andes de acuerdo con los tratados de 1881 y 1893. (4) -j-
07 (1) pp. Londres, 1902. — Edición española do : Argentine-Chilian
Boundary. A short reply...
El porvenir de nuestro norte. Sensaciones de estadista y de patriota. Anales de
la Sociedad lineal Anjcntina , XXXVIII, p. 1200-1268. Buenos Aires,
1903. *
Algunos datos sobre el Mapa. Topográfico y Geológico de la Provincia de Bue-
nos Aires. 15 -j- (1) pp. Buenos Aires, 1908.
Centro de estudios sud-americano. Conveniencia de su fundación (Conferencia
leída por el doctor ... en la Sección de ciencias geológicas, geográficas e
históricas, reunida en el Museo Mitre). La Nación, número 14.045. Bue-
nos Aires, 14 de julio de 1910. *
Propósitos de la Comisión Didáctica del Consejo Nacional de Educación. NI
Monitor de la Educación Común, XLIX, p. 153-157. Buenos Aires, 1914.
Alimentación de los niños menesterosos de las escuelas primarias. El Monitor
de la Educación Común, XLIX, p. 158-173. Buenos Aires, 1914.
Escuela para la « Cenicienta ». El Monitor de la Educación Común, XLIX, p.
251-252. Buenos Aires, 1914.
A propósito de un hecho secular de compañerismo británico-argentino. 12 pp.
En 4o. Buenos Aires, 1918.
Cargos públicos y títulos honoríficos '
Director del Musco de La Plata.
Doctor en Ciencias físico matemáticas de la Universidad de Córdoba.
Perito argentino en la cuestión de límites con Chile.
Presidente honorario de la Universidad Provincial de La Plata.
Director del Mapa topográfico de la provincia de Buenos Aires.
Diputado por la Capital.
Miembro del Consejo Escolar número 5.
Vocal, vicepresidente del Consejo Nacional de Educación.
Miembro corresponsal de la Zoológica! Society of London.
Socio honorario del Anthropological Instituto of Grcat Britain and Ireland.
Socio corresponsal de la, Gesellschaft fiir Erdkunde zu Berlín.
1 Los títulos honoríficos están ordenados en razón de las fechas de su otorga-
miento.
— II) —
Socio honorario de la Liverpool Geographical Society.
Socio corresponsal de la Sociedad Científica de Sao Paulo.
Socio corresponsal de la Svenska. Sallskapct IVir Antropologi och Geografi.
Socio corresponsal de la American Geographical Society ot New York.
Miembro nacional de la Sociedad sismológica sudandina de San Juan de Cuyo
Socio honorario del Centro de Estudiantes de Ingeniería de Córdoba.
Miembro honorario del Club alpino de Francia.
Miembro honorario del Club alpino de Londres.
Socio corresponsal de la Academia nacional de Ciencias exactas de Córdoba.
Socio honorario de la Sociedad italiana de Antropología o. Etnografía.
Socio corresponsal de la Sociedad mexicana de Historia natural.
Socio honorario del Círculo médico argentino.
Socio honorario de la Société Neuchateloise de Géographie.
Socio corresponsal de la Berliner Gescllschaft tur Antropología, Ethnologh
und Urgeschichte.
Socio honorario de la Sociedad de Estudiantes de ingeniería de Buenos Aires
Socio honorario de la Société de Géographie de l’Est.
Socio corresponsal de la Société de Géographie de París.
Socio corresponsal de la Société d’Anthropologie do Lyon.
Socio corresponsal del Ateneo de Montevideo.
Socio corresponsal de la Société scient.ifique du Chile.
Socio honorario corresponsal de la Royal Society of London.
Socio honorario corresponsal de la Sociedad geográfica de Lima.
Socio corresponsal de la Geological Society of London.
Sociedad geográfica de París, medalla de 1881.
Sociedad geográfica comercial de París, medalla Creveaux ( 1 81)9) .
Real sociedad de geografía de Londres, medalla de Jorge I V (15)07).
American Geographical Society, Washington, Columbas Gold-medal.
Oficial de Academia, Francia.
Cruz de la Estrella Polar, Suecia.
Cruz de Olaf, Noruega.
MITOLOGIA Sl’DAMKlUCANA
IV
LAS CONSTELACIONES DEL ORION Y DE LAS UFADAS
V SU PKlíTKNDI DA I1HÍNT1DAI» I>K INT1CH l’K KTAC1ÓN
ION LAS IOS FICHAS HUKARI ÁTICA V SUDAMKKICANA '
Poit lí. LIOI I M ANN -NITSC 1 1 K
.IHV, «l«*l <1 <*| »:i i lanx nlo «Ir :i n I rojioloj'íp (IH ¡Miikpo ilo luí Plata
Introducción
Los fenómenos cósmicos, lian ocupado <0 espíritu humano, aun entre
sus representantes más primitivos; el hombre siempre buscó y aún
busca una. explicación de ellos. Que la interpretación de estos fenóme-
nos sea errónea, y hasta ridicula en nuestro concepto, no quita, impor-
tancia al hecho mismo. No debemos olvidar que la manera de pensar de
los primitivos es distinta, de la, nuestra : el hombre primitiva» — y esto
sucede todavía en buena parte con nuestro propio pueblo bajo — es diri-
gido en sus pensamientos y en las acciones, resultantes de ellos, por
ideas mágicas, pues para él, todo lo que le rodea, todo lo que ejerce una
influencia sobre su sentido óptico, acústico, etc., es un ser como el hom-
bre mismo, contra cuyas intenciones deben tomarse ciertas medidas,
ante todo profilácticas. 101 pensamiento del hombre moderno es comple-
tamente distinto: diré que es « realístico», pues gracias a los esfuerzos
de las ciencias y ib*. la técnica resultante de ellas, él se ha formado otro
concepto del mundo. V así sucede (pie objetos ideados por nuestros ante-
cesores primitivos con fines mágicos, hoy tienen únicamente un fin prác-
1 Licumanx-Nitschk, Mitología sudamericana: I. El diluvio según los Araucanos de
la Pampa. Perista del Musco de La Plata, XXI Y (2), p. 28-62, 1919; II. I,a cosmogonía
según los Puelche de la Patagonia. Ibidem, p. 182-204, 1919; III. La marca alia según
los Puelche de la Patagonia. Ibidem. p. 206-209, 1919.
Iti:v. Ml’S. I.A PLATA. — T. XXVI 2
— 18
(ico: nadie. Cuera del número limitado de los etnólogos, sabrá, por ejem
pío, que el carro, perfeccionado en la Corma del vagón ferroviario o del
automóvil, era originariamente un objeto de culto sin los tiñes exclusiva-
mente prácticos de boy en día; la escritura, tampoco servía, en otra época,
para transmitir comunicaciones de una persona a otra, pues en sus
comienzos debía impedir el acercamiento de malos espíritus; y asi abun-
dan los ejemplos.
Esta brevísima exposición sobre las bases de la etnología moderna
es indispensable para dar cuenta de lo que se puede esperar de las ocu-
paciones « astronómicas » del Lumbre «primitivo». Tropezamos conti-
nuamente con ideas mágicas, incomprensibles para el hombre « moder-
no», a no ser éste especialista en asuntos etnológicos o en psicología
primitiva.
Desde luego, es importante dejar constancia que en todas parles «leí
mundo, los fenómenos tanto terrestres (sísmicos, volcánicos, etc.), o
atmosféricos (eléctricos, meteorológicos, etc.), como cósmicos (lunares,
solares, siderales, etc.), han llamado la atención del hombre y han ocu-
pado su zona psíquica más o menos en el mismo grado. Client ras esto es
cosa conocida páralos fenómenos de las dos primeras categorías, no pasa
lo mismo respect o a los cósmicos. Y, sin embargo, es digno de recordarse*
que en todas regiones y en todas edades, el hombre primitivo ha demos-
trado un interés especial por el cielo nocturno, y que los astros han des-
empeñado rol importante en sus funciones mentales.
Realmente curioso, empero, es el hecho (pie también en todas regio
ues del mundo y en todas épocas, el hombre primitivo combinaba cier-
tas estrellas (aquellas que se distinguen por su l amaño y su disposición),
para ver en ellas los puntos de demarcación o los hitos del Contorno de
un objeto, de un animal, etc., con el cual estaba familiarizado 1 : estos
puntos de demarcación, entonces, fueron reunidos, en la mente del obser
vador, por medio de líneas, fenómeno análogo al que se produce en nuestro
cerebro al contemplar de noche un edificio público, iluminado con mol ivo
1 v. A n mu an-Wjciuu' no, Die koanioloyisclten und homnononisclien l’omlellungen />ri
miiiver l'iilker. Corresponden:- JIUitt der dcutschcn Cesellsclial'l J'iir A nliiropoloyie, Ethno-
logie nnd l'rgescliichte, XXYIlI,p. 128, 181)7 : « Las primitivas ideas cosmológicas m
basan en el simple traslado al cosmo, de los juicios sobre el mundo terrestre «pie
resultan de la experiencia interna y externa. I.a igualdad, relativamente notable de
estos traslados, reflejado todos modos cierta ley del primitivo proceso asoeiatorio
de las ideas, cuyos efectos perduran, con insistencia, durante lodo el desarrollo si
guíente del espíritu. » (« Die primitivo!) kosmologischen Yorstellungen bomben auf
einfacher Uobertragung der aus innerer und ausserer Krfabrung entsprungenen I r
teile iiber dio ¡rdisoho Wclt auf don Kosmos. Die relatis bedeutendo (íleicbformig
keit diesel1 Uebertragungen belcuebtet immerbin cine ( ¡csot/.massigkeit dos primi-
tiven Associationsspielos der Vorstellungcn, dossen Wirkungon sieli wabrend dei
ganzen spiitern Geistesont wiok Inng hartnackig bebaupten. »)
líl
de una fiesta. No es, pues, más que repetición de este, proceso psicológico,
e, liando en las líneas .siguientes se representen algunas constelaciones
tanto sudamericanas cuanto eurasiáticas, con puntos (las respectivas es-
trellas) y con líneas de comunicación.
I ja- combinación de. ciertos astros en constelaciones ya. lia ocupado a
los etnólogos hace tiempo: conviene recordar el párrafo con el cual uno
de los primeros que han tratado esta materia, el doctor Richard Andree,
inicia el capítulo (¡ estime de su libro: Paralelo s y comparaciones etnográ-
ficas ' : « Ya en épocas muy remotas, grupos aislados de estrellas fueron
reunidos en constelaciones, y hasta los pueblos más bárbaros se hacían
constelaciones, llamadas siempre y en todas partes según personas o
según animales, aunque estas constelaciones, con dificultad y violencia
solamente, pueden considerarse como los contornos justamente de figu-
ras humanas o de animales. A excepción «le pocas constelaciones, como
la (buz Austral, el Orion, las l’léyadas, la Osa Mayor, ¡as estrellas no
están dist ribuidas de tal manera que observadores, independientes unos
de los otros, lleguen a reunir las mismas estrellas para la misma oonste-
í ación, »
Es claro, y no necesita comprobante especial, que se debe al hombre
rústico, no al erudito; al campesino, al cazador, al navegante el con-
cepto de las figuras siderales que llamamos constelaciones: no deja de
ser, pues, un poco ridículo cuando en el artículo «constelación », la pri-
mera edición de! Diccionario de la lengua castellana, compuesto por la
Real Academia Española, del afio 1 739, dice que «constelación» «es un
cierto número de estrellas que por consentimiento común de los profe-
sores [sic /], se supone formar una figura, de persona, bruto u otra cosa
material » 3.
la denominación especial de las constelaciones se deriva, simplemente,
'le la distribución de las mismas estrellas «pie permite ver, en la mente
del hombre primitivo, más o menos el contorno de la cosa, utensilio,
animal, etc., cuyo nombre lleva. Sobre este punto, parece, no debería
haber discusión alguna., y, sin embargo, hay autores de mérito indis-
cutible como F. X. Kugler, el célebre investigador de ¡a astronomía
babilónica, que escribe: «Sería, sin duda, un gran error si se quisiera
hacer derivar el nombre babilónico de cualquier grupo sideral, de una
combinación de. estrellas del todo arbitraria. Esto debe decirse especial -
' Andkbis, Ethnogntphiiuihc l'araUvlen und V ergleiche, p. 103-101, Stuttgart., 1878.
- B a umgahtn kis, Zur Geschichtc und Litera tur dcr griechisclien Sternbilder. Vortrag
gehallen in der Jiasler Hislorierlicn und Antiquaritchcn Gescllschaft am 1~>. Fehruar 190-1.
I>. II, JBasel, 1901.
1 IjA Rkai, .Academia Kkpañoi.a, JHccionario déla lengua canlelluna, II, p, r>3(>-f>37.
Madrid. 1729.
20
mente de los signos de la eclíptica en los cuales se manifiesta, con mayor
o menor claridad, el carácter de las respectivas estaciones y meses *.»
Contra tales conceptos erróneos, nacidos en el gabinete de trabajo y en
el espíritu de personas que minea han tratado con representantes del
hombre primitivo, pueden citarse las palabras de Gunkel : «A mime
parece, como lo más sencillo, que filé la fantasía la que vio en el cielo
los signos zodiacales como monstruos ... lo que no excluye, sin embargo,
que la fantasía haya sido dirigida por un prudente razonamiento 5.» Cari
Biichel hasta ha publicado una investigación especial 3 para demostrar
(pie las constelaciones clásicas, es decir, primitivas, deben su designa
ción a la forma de su contorno, no a un capricho de cualquier astrónomo
erudito de nuestra época que con crear en el cielo cosas como el Taller
Tipográfico, el Microscopio, el Roble de Carlos 11, etc., etc., procedían
con arbitrariedad sin importarles un bledo la distribución de las estro
lias respectivas. Pero ante todo, el popular Camilo Elam marión 1 defendía
con énfasis gálica, el origen natural y simple de las constelaciones en
general y de la Corona boreal especialmente: « II est mutile de chercher
midi á quatorze heures. C’est In forme móme de la consteUation de Id C'ou-
ronne qui a conduit les premier» obscroateurs du ciel a luí donner sonnom.
Bien n’est plus simple. Rienn’est plus évident. Ríen n’est plus incontes-
table. »
El último proceder, al fin, la reunión de puntos relucientes por medio
de líneas, fenómeno psíquico que debe considerarse como el factor princi-
pal en la construcción mental de las constelaciones, también fué imitado,
hace tiempo, cuando se quería dibujar sobre papel una determinada
constelación. Sobre este detalle escribe Bailly: «En tracant sur le pa-
pier l’arrangement des étoiles qui composoient une consteUation, on aura
lié ces étoiles par des ligues tirées de Pune á Pautre. C’est ainsi que les
Indiens dessinent leurs constellations. Nona avons vil sur le manuscril
de M. le Gentil les figures des 28 constellations indiennes, tracées de la
main méme du Brame interprete; les étoiles y sont jointes par des lig-
ues. C’est encore l’usage des Chinéis. lis ont donné des noms et des figu
1 Kugi.kií, Sternkunde and Sterndienst in Babel. Assyriologische, aslronomischc >nnl
astralmythologische Untersuchnngen , II, p. 88, Miinster in Westfalen, 1909-10.
■ Gunkici., Schbpfnng tu id Chaos in Urzcit and Endzeit. Cinc rcligionsgcschichllichc
Cntcrsaehang iiber Gen 1 and Ap Joh 19, p. 20, nota 1, Gottingon, 1895: « Mir or
scheint ... ais das Niidistliegende, (lass dic Phantasie dio Tierkreisbilder ais Ungí -
beuer ¡un 1 1 i iiimcl gesohaut lint ... Dooh ist freilicli niclit ausgosclilossen, dass dic
l’liantasio sioli durcli verstiindigc Uoberlegung dic Kiclitnng liat angeben lassen. »
:l HOcuur., Ueber Slernnamcn. líealschulc in liilbeck zu Hambnrg. IVisscnschaftliche Ha-
lago zam Bcrieht iiber (las Sehuljahr 1904-1005, Hambnrg, 1905, 15 pp.
1 Fi.amm a imon, Origine des constellations. 1. La couronne bórdale. [A Astronomía, llevar
(V astronomía popaluirc el de physiqnc da globc ... III, p. 215, l'arís, 1881.
21
res aux coustellations; niais ces figures nesont point tracées sur Ies pía
uisphores : on n’y voifc que des ligues qui servent a joindre les étoiles les
unes aux autres »
La universalidad del fenómeno psíquico : de reunir el hombre primi-
tivo ciertas estrellas para ciertas constelaciones, sólo puede explicarse,
me parece, por la teoría de los pensamientos elementales de August Bas-
tían. Quiere decir : cuando ciertos fenómenos son iguales (como lo son,
en nuestro caso, los cósmicos), y cuando se reflejan de manera idéntica
en el espejo cerebral del observador, cualquiera que sea el sitio donde
éste se halle, cualquiera que sea la raza a la cual pertenezca, resulta que
la constitución de este « espejo cerebral », ha de ser la misma : comproba-
ción psicológica de la « unidad », de la homogeneidad del género humano.
Por la teoría de Bastían pueden explicarse otras analogías que tam-
bién se refieren a asuntos de astronomía primitiva, a saber:
Los dos grandes astros, por ejemplo, sol y luna, son para el hombre
primitiva), o lo eran por lo menos en otra época, generalmente personas
reales, verdaderas, cuyas relaciones mutuas varían según la respectiva
zona mitológica. En la mitología alemana, por ejemplo, Sol es una digna
seíiora, Luna un ser masculino; entre los indígenas de Sud América, tam-
bién hallamos la antropomorfización do estos dos astros, aunque en for-
ma muy variada, a saber: en una zona que se extiende desde el Ecuador
hasta la Tierra del Fuego, siguiendo el espinazo andino, Sol es un hom-
bre y Luna su mujer; en otra, zona, oriental, que va desde el Brasil hasta
la Patagonia septentrional, ambos. astros son hombres, y Sol el hermano
mayor de Luna ?.
Otro comprobante para lo antedicho se refiere a nuestro satélite: el
concepto del disco lunar en la époea del plenilunio, como cara humana
(« prosopización »), puede comprobarse no solamente parala Europa cen-
tral, sino también para varias tribus sudamericanas (Guayana, Brasil,
Bolivia, Patagonia y Tierra del Fuego), asunto que pienso detallar en un
futuro estudio.
En los dos citados ejemplos, claro es que no se ha efectuado transmi-
sión mitológica entre la Europa central y las indicadas tribus sudamerica-
nas; en cada región, y seguramente varias veces e independientemente,
surgió en el espíritu de la gente, observadora de la luna llena, la misma
idea, la de una cara humana, con la única diferencia que, al principio,
esta cara habría sido atribuida por el hombre realmente primitivo, a una
persona real y verdadera, mientras que, más en adelante, ésta creencia
llegó a degenerar en una especie de ecuación o comparación.
' Uaii.i.y, Histoire de V aslronomie nnciennc de pitia son origine jusqu’d Uélablisscmenl
<lc l’úcole d’ Alcxandrie, p. 475, París, 1775.
* IjIcumann-Nitsciik, Mitología sudamericana, etc., I, p. (¡1 ; 11, p, 205.
22
La Vía Láctea., considerada en todas partes del mundo, ya como no
ya como camino celeste, también es otro caso para aplicar la teoría de
Hastian de los pensamientos elementales, y esperamos poder dedicar
una investigación especial a este capítulo interesantísimo.
lista teoría explica, como se ve, de manera científica, analogías ent re
pueblos geográficamente muy distantes, pero es poco conocida fuera del
pequeño mundo de los etnólogos. Fenómenos de la naturaleza recién ca-
racterizada., son interpretados, generalmente, como difusiones desde un
centro común y único o desde una sola cuna, y esta cuna común, para el
gran público, sugestionado por la tradición mosaica, es la región consi
derada como la del paraíso bíblico, es decir, situada en cierta pai te de
Asia, lista idea preconcebida, aunque históricamente explicable, es
la causa de (pie ya en la época de la conquista, española se buscara el
origen de los autóctonos americanos, no solamente en Asia, sino directa-
mente en la antigua Caldea, y (pie se hiciera derivar los idiomas amen
canos, ante todo el Quichua y el Aimará, del lenguaje de los antiguos
Hebreos, etc. Este error lamentable persiste, desgraciadamente, todav ía
entre muchos intelectuales, y su influencia es funesta cuando obra, en la
subconciencia de las clases inteligentes.
Con esto no negamos que hayan existido antiguas relaciones entre
América y el Mundo Antiguo, o más bien al revés, y es justamente una
de las tareas de la ciencia de los americanistas, el averiguarlas y com-
probarlas, pero para evitar equivocaciones y para substraernos al peligro
de sugestiones históricas, hay que proceder con mucha prudencia y
con un gran bagaje de conocimientos positivos. Varios son los caminos
(pie pueden llevarnos a descubrir o restablecer aquellas antiquísimas
corrientes étnicas entre ambos mundos. Mientras las sendas existentes
en el campo antropológico propiamente dicho, es decir, aquellas que se
refieren a los caracteres físicos tanto del hombre americano como del
asiático, nos han conducido a terrenos desiertos donde no brota el árbol
del conocimiento y del saber que tan asiduamente se busca, parece (pu-
las huellas que cruzan por el terreno psíquico prometen mejor resulta-
do. Sorprendentes en efecto son los descubrimientos de la moderna mito
logia comparada, pero no menos interesante es lo que ha revelado el
estudio del calendario y de la astronomía de los aborígenes de Méjico \
de la América Central.
En lo (pie se refiere al calendario, debo recordar que existe en forma
completa y a la vez complicada entre los aborígenes de Méjico y Centro
América; en has demás regiones de América, especialmente de la ansí ral.
sólo se hallan comienzos rudimentarios de un sistema de calendario (pu-
no permiten sacar conclusiones referentes a un supuesto origen asiát ico,
ya muy seguro respecto a las dos regiones recién citadas. En este punto,
nuestros conocimientos adelantan año por año : ya en 1900, Cinzel, en
su obra sobre la cronología matemática y técnica, dijo que en el ca-
lendario tan curioso de los indígenas de la América Central, lia, y ciertos
indicios que recuerdan detalles de los sistemas cronométricos asiáti-
cos pero diez años más tarde, 1). Kreichganer, a base de largos estu-
dios aztecos, pudo ser más afirmativo y comprobar que el año «popular»
do estos últimos, comenzaba en el mes de febrero como en la Gran Obi
na, y que los antiguos Mejicanos habían determinado la duración del
año solar en 304,243G días, cifra exactamente igual a la que servía a los
astrónomos chinos para sus cálculos y que sólo en 2 minutos es dema-
siado grande, pero cinco veces más exacta que la del año juliano 1 * * * * * * * 9.
Últimamente, en este mismo año (1921), F. Graebner acaba de publi-
car un interesantísimo estudio sobre algunos calendarios del viejo y del
nuevo mundo \ Analiza el sistema cronométrico de los Aztecas, Mayas
y otros pueblos de cultura análoga, que consiste en la combinación alter-
nativa de dos series, cada una de distinta extensión. Los Aztecas, ]>. e.,
combinaron una serie de 20 signos — animales, fenómenos meteorológi-
cos, utensilios, etc. — con la serie de las cifras 1 a 13, resultando así 2G0
distintas combinaciones que a su vez representaban un ciclo de 200 días,
llaimulo tonalamatl; de esta manera, cada uno de los 2G0 días, fue deter-
minado por un signo y una cifra, Cues bien; este mismo sistema de com-
binar alternativamente dos series de extensión distinta, para formar
grandes ciclos cronológicos, está en uso, y en gran escala, en Asia
oriental y sudorienta! (China, Siain, Java, etc.). Otra coincidencia con
1 Ginzki,, Handbuch der malhemnliscbcn und technischcn Chronologie. Dan Zcitrech-
nungsicéacn der Volker, I, p. 448, Leipzig, 1906 :
« Man wird wahrgonommcn habón, dass in dem geoiss selir morkwiirdigon Ivalen-
der der Zcntralamerikanor einzelne Spuren nuil anchen, dio an Finriclitungen asia-
lischer Zeitreohnuugsformen ennuorn. Das kann loiclit nur Znfall sein, jedenfalls
wiirde es noe.h nicht bcreohtigen, an Kulturübcrtragungen i ni Zoitroclinungswesen
von Asion nacii Anierika zu denken. Oh überhaupt und, bejahondeu Falles, ¡mvic-
"oif Boziehungen zwischen den Kult.uron beider Kontincnte stattgefunden liaben,
isli cine Drago, dio wissensehafl lioh dor Losung noeh harrt. »
' línmciiOAUioi!, Sludien zum azlckisclirn Codex Borbónicas, bcsondcrs iiltcr dessen Js-
t roño mié. Anthropos, X 1 1 -X 1 1 1 , p. 507, 1917-1918:
« Das Volksjahr nahni in unsereni Fehruar seitien Anfang (Satiagun) wie in Chi-
na, wiihrond das Priestorjahr z. Z. der Eroberung nacli der gesiclierten I3erechnung
Ski.ioks ( Gesammelte Abhandlungen zur amerikanisehen Spraeh- und Altcrtumskunde,
I. ]). 162, Herlin, 1902) zu Anfang Mai begann. Ausserdeni gelit aus ilcni Codex
Zoueho-Nuttall hervor (Anlliropos, X-XF, p. ' 15, 1915-16), dass die Mcxieaner die
Liiuge des natiirlichen Honnenjahres zu 364,2436 Tagen bestimmt liatteu, und die
ehinesischen Astronomen rechnoten nach Idici.hk (Uebcr die Zeitrcchnuny der Clúncsen,
p. 11-16, llerlin, 1 839) ge.nau mil, dorselben Zahl : sie ist nur mu 2 Minuten zu groas
und fiinlinal genauer ais dio des julianischen .labres. »
' Okaiciiniík, .111- und neuwelt lir.hr Kalender. ZeilsehriJ't fiir lithnologic, lili, p. 6-37,
1 92 1 .
24
siste en que una de las dos series combinables, esté representada por
signos, especialmente zoológicos (Cliina-Siam por un lado, México por el
otro). Los signos de esta categoría, en el tonalamatl , ofrecen bastante
identidad con los de los ciclos asiáticos, ante todo malayos, y hasta en el
orden en que se siguen. Se ve, al fin (como yo oreo), que la idea genética
del curioso sistema cronométrico, es idéntica aquende y allende el Pacíli-
co, divisor de ambos mundos : combinábase, la serie de los signos zodia-
cales, con la de los días de un ciclo lunar, representando cada serie, ge-
neralmente, variantes respecto a reducción o ampliación.
En Sud América, el sistema cronométrico de los aborígenes, aun de
los más adelantados como los antiguos Peruanos, es muy rudimenta-
rio y elemental, y se reduce generalmente a las épocas del invierno o de
la habitual inundación anual, aunque los antiguos Peruanos llegaron a
dist inguir, dentro de su año, algunos meses caracterizados por ¡as respec-
tivas faenas agrícolas, etc. Por consiguiente, repito, no pueden formu-
larse conclusiones respecto aúna influencia asiática, aunque antiqnísi
mu, en este punto de la civilización autóctona americana. Respecto a la-
astronomía de los indígenas sudamericanos, fumada en sentido limitado,
puede decirse, más o menos, lo siguiente :
Jai astronomía propiamente dicha de los aborígenes sudamericanos,
siempre ha sido el campo de especulaciones fantásticas. Como ya queda
establecido, la ¡nlluencia de la tradición bíblica ha dejado sus huellas
también en esta parte de la invest igación intelectual : persiste en la sub-
conciencia de mucha gente la idea de un origen común, sea somático, sea
psicológico del género humano, marcado por los libros mosaicos para
cierta parte del Asia central. Pues bien : un detalle, de. este, concepto tan
.generalizado, es importante para el tema de la presente investigación : se
cree, en la subconciencia, poder hallar entre los aborígenes de Sud Ame-
rica, las mismas constelaciones, ante todo los signos del zodiaco babiló-
nico, lo que resulta ser prejuicio perjudicial para esí lidiar la mentalidad
del hombre primitivo.
Respecto al zodíaco clásico, recién puede comprobarse que los ('al
íleos lo conocían completo (o sea la dodecuovos), unos dos milenios ante
Cristo aunque una que. otra de sus constelaciones data tal vez del ter-
cero, quizá también del cuarto milenio ante Cristo '. Y Al t luir Stentzcl
escribe sobre el tópico 1 * * * 5 : « La historia del cielo astral tiene una edad de
1 v. Lcscjian, Zusammenhanye itnd Konvergcnz. Artículo : Ticrkreis. Miltcilungen da-
Anlhropologischen Gescllschaft in IV ¡en, XI.VIII, |>. 07, 1018.
* Stkntzki,, Girtab, dan Skorpiousgestirn. /un lieilray zur (¡cuchichíe der Slernbildcr.
Das WeUall, illustrierte Zcilsvhrift fiir Aslronomie und rerwandle (¡cinc te, IV, ¡>. 201.
Herlín, 1904.
25
5000 años : su cima se hallaba otrora en el lejano Smner, el estado palco-
babilónico del bajo mesopotámieo. No a los Egipcios tan sabios por otra,
parte ... sino a los Babilonios, debe la humanidad el origen de los estu-
dios astronómicos », párrafo este último que sólo vale respecto a los estu-
dios clásicos en astronomía.
Respecto a las constelaciones en general, ya se ha dicho, al principio
de estas líneas, todo lo concerniente a este tema.
Kn lo que se reliere al zodíaco y a las constelaciones entre los aborí-
genes sudamericanos, podemos decir lo siguiente :
Desde años, hemos hecho investigaciones detalladas sobre las ideas
astronómicas de los autóctonos de Sml América, ora directamente entre
los mismos indios, ora consultando la literatura etnográfica y lingüística,
y a base de nuestros estudios, afirmamos categóricamente :
Los aborígenes de Siul América no conocen ninguna constelación bajo
su nombre eurasiático: ellos combinan, además, generalmente otras estre-
llas para el contorno sideral de tina cosa, etc., que les es bien cono-
cida: es error funesto creer que exista entre ellos algo como el zodíaco
del mundo antiguo, pues lo que caracteriza nuestro zodíaco, no son sus
tantas constelaciones, sino la disposición de ellas en una faja, corrediza
y circulatoria según el punto de vista geocéntrico; de esta idea no hay
el más leve indicio en Snd América primitiva. Sus habitantes autóc-
tonos, por cierto, saben que una u otra de las constelaciones (pie distin-
guen, es visible en cierta parte del cielo nocturno y a ciertas horas de
la noche 1 y en ciertas épocas del año (verano, invierno), pero esto no da
derecho a pretender que conocen un zodíaco.
Todo lo que se refiere a un pretendido « zodíaco» sudamericano, más
bien dicho, peruano, será tema de una investigación especial, ya termi-
nada, (pie se publicará como uno de los números siguientes de estas mo:
nografías etnoastrognósticas.
Lo que concierne a constelaciones aisladas y su supuesta identidad
con eurasiáticas, será tratado en las líneas (pie representan el motivo
del presente estudio.
' Lo mismo puede ilco.ir, so do los indígenas do Norte América., según Leona Cope
(Calendara of lite Indiana Xorlk of México. Univcrsily of California Publicaiions in .hue-
rican Arcliaeology and Elhnoloyy, XVI, p. 121, 1919) : « Although many trillos posses-
sed soine astronómica! knovvledge, comparativo! y few used it as a basis for recko-
ning periods longer tlian a moon. Everywhere the changing positions of t!ie snn
indicated the divisions of tlic day, while the movement of t.lie prominont constella-
tions, the Pleiades, Orion’s lielt, and Ursa Major, and the morning and evening
stars, marked tlio night divisions. rJ’lie Eskimo jndgo the passago of the dar k season
liy the positions of the eonstellations; the l’oint iíarrow soal-nettcrs, for instanee,
know tliat when Areturns lias passed over to the east, dawn is at hand and seal
netting nearly over. Elsewhere the eonstellations indicated only the snbdivisions of
the night or (lio approaehjjf dawn, wliich may be of ceremonial importance. »
— 2(> —
CAPÍTULO I
La constelación de! Orion y su supuesta interpretación como figura humana
por parte de los aborígenes sudamericanos
La constelación del Orion, según varios autores, es interpretada en
sentido análogo por ciertos indígenas de ¡áud América. En caso de com-
probarse tal identidad, habría una prueba asi rognóstica de gran impor-
tancia para las antiguas relaciones entre el Nuevo Mundo y la zona
eurasiática. Demostraremos, empero, que no hay tal cosa, y que todo lo
<pie se ha dicho al respecto o lo que puede deducirse de las respectivas
indicaciones, publicadas por observadores poco preparados en esta ma-
teria, carece de fundamento.
LA CONSTELACIÓN DEL ORION ION LA ESFERA EUR ASTÁTICA
En el Mundo Antiguo, la constelación del Orion es la apoteosis side-
ral de la vida aventurada de un cazador gigante. Las respectivas leyen-
das, transmitidas por varios autores en sendas variantes, son, según la
opinión corriente, de origen griego ', aunque los últimos autores (pie se
han ocupado de la materia, dejan entrever que el motivo originario pueda
proceder de Asia, tema que no corresponde a estas líneas. Para nosotros
es de importancia recordar que las leyendas de Orion, como su astral i-
zaeión en la conocida constelación sideral, nos han sido legadas pol-
los antiguos Griegos; y que, según G lindel % ya Homero menciona
tanto el héroe Orion (Odisea, XI, 572 y sig.) como su imagen sideral
( llítida, XVI II, 48(J; Odisea, V, 274). De los Griegos, tanto la leyenda
como la constelación, fueron transmitidas a los antiguos Romanos, asi
que autores de cada uno de estos representantes de la civilización clási-
ca, nos han dejado datos respecto a los mitos y a su ilustración astral.
Esta última es la que debe ser analizada para los íines de la presentí1
investigación. Observamos, empero, que los recursos bibliográficos de
(pie disponemos, son bastante limitados, siéndonos imposible consultar
buena parte de la numerosa literatura producida por la filología clásica
de los últimos decenios.
1 Dicciiakmk, Mytlioloyic de la drice iniUquc, 3I1U! cdition, p. 248-250, 151-152, Pa-
rís, sin fecha (época actual) ; llnow'N, Rcucarchctt hila llic oriijin of Ihc priniHirc caimlcl-
laliimn of thc drccks, l’hoeniciiiiiti and Habyluitlans, 1, |>. 253-250, Loinlon-L'alinlmrgli-
Oxlord, 1890.
- Gcndici,, Dentellaran! appcllalione vt rcUyionc 1, 'amana. Iícliyionsycscli ich llich c I 'cr-
enche mui Yorarbeiten, heraueijcgeben van .tlbrccht Diclerich mui Richard H iin ech , III (2),
p. S7 (179), Guiasen, 1907.
27
La constelación del Orion se compone, según el Astrpnomicon poeticon
de Gajus Julius Hyginus, bibliotecario del emperador Augusto, de 17
estrellas que se combinan a una figura humana, fajada con un cinto y
armada con una espada; indica Hyginus para cada estrella la correspon-
diente parte del cuerpo, etc. Teniendo en cuenta esta descripción, he-
mos dibujado, según el atlas celestial de Peck ', la imagen astral que se
reproduce en la figura 1. Laobritade Hyginus se basa en el célebre poe-
ma de Aralos y en un globo celestial, especialmente el de Hiparen \ Para
el caso presente sólo hemos podido utilizar la edición anticuada de 1581) 3;
en otra moderna de 1901) ‘ falta el capítulo referente a Orion.
Por casualidad, no sucede lo mismo respecto al Almagesto de Claudios
Ptolemaeus (siglo II p. O.). Para dibujar el Orion según sus indicaciones
(véase la (ig. 2), creo haber consultado la literatura principal 5. Enumera
el célebre astrónomo para la constelación que nos ocupa, 38 estrellas:
amplía, pues, el contorno del héroe y lo varía en pequefios detalles; la
diferencia principal se refiere a la maza manejada en la derecha y al
cuero sujetado por la izquierda. En esta forma sobrevive Ja constelación
del Orion en nuestra época y en la astronomía moderna.
He aquí la descripción pintoresca hecha por el rey Alfonso en su
' Pbck, The oh/in ver’ 8 atlas of Ihc heavens, London, 1898.
' Tuif.i.k, Antike Himmelsbilder. Mil Forschungen zx llipparchos, Aralos and arinca
Fortsetzern and Beitriigen zar Knnalijescliichte des Sternhimmels, p. 49-50, líerlín, 1898.
IJittmann, De Hygino Ara/i interprete, l’hil. Dias.. Gottiugen, 1900, termina su tesis
con la conclusión (p. 54) que «non iam do Hygino Arati interprete, sed do i lio coin-
mentario agemlmn esso intellcgatur ». No lie podido consultar el estudio do Kaufk-
mann, De Ilygini memoria. Breslauer philologische Abhandlungcn, III (4), 1888.
3 Astronómica vrterum acripta isagógica gracca ct latina, líoidelberg, 1589.
* Cu atki.ain kt LiCGKNmttt, Ilygini Astronómica. Teste du mannscrit tironien de Mi-
lán. Iübliothéquc de V Érale des liantes Eludes , seclion des Sciences historiques et philologi-
ques, CLXXX, París, 1909.
5 Halma, Composition mathematique de Glande Piolé mée, traduite pour la premiére fois
dn gree en frangai», sur les manuscrita originnux de la Bibliotheque impériale de Varis, 1 1 ,
p. 69-70, París, 1816.
llitowx, Researches into ihc nrigin, etc., I, p. 91-93.
Hp.iisrcitG, Clandii Ptolcmaei opera quae exstant omitía, Lipsiae 1907.
Manitius, Des Claudias Vtolemdus Handbuch der Astronomie. Aus dem Griechischen
iibcrsctzt und mit erkldrendcn Anmerkungcn verschcn , II, p. 55-56, 405, Leipzig,
1913.
Pkikus and lvNOíiicr., Ptolc.my’s catalogue of stars. A revisión of Ihc Almagest. Car-
negie lnstitution of Washington, Publication A7° 88, p. 44, Washington, 1915.
La descripción del Orion según el Almagesto de Ptolemeo, debe completarse con
un párrafo de Hipare» ; éste dice expresamente que el gigante tiene en la mano
izquierda un cuero (Hipparehi in Arati et Eudoxi Phaenomena commrntariorum libri
tres. Ad codicum fidem recensuit germánica intcrprelationc et conimentariis instrnxit Caiío-
iujs Manitius, p. 278-279 (— 1 i 1* . III, cap. 5, $ 21), Lipsiae, 1894.
28
Astronomía ', que, en la parte que se refiere a las estrellas fijas, sebosa -
en autores árabes, especialmente Al-Suíi, y también en el Almagesto de
Pfolemeo :
«Esa figura de urion es muy inarauillosa. Ca es fecha cuerno formado
orne que está- en pie uestido . pero descalco las piernas . et los pies . el
tien una espada cinta . non mu-
cho apretada á la cintura . mas
cuerno colgada y á quanto. Et
en el braco sinistro tien una
manga colgada [«/<;] quel cubre
toda, la mano . el desciende y a
quanto mas del ynoío . et en la
otra manió diestra tien un palo
cuerno tuerto en el cabo . et la
manga sinistra cuerno si quis-
siese escudarse con ella . et el
palo cuerno si quissiese ferir con
él. Et ell un pié tiene fincado
delantre et ell otro tendudo .
(memo si quissiese cosrer . ó sal-
tar . ó esperar e librea da mi entre
alguna cosa con que ouiesse a
lidiar. Et porque está assi cuc-
@ mo orne fuerte et arreciado . unos
I' ¡íí- 1. — Iíl Orion, sc^ún las indiciic ioiu-Hiic ii.vgiuiis le llaman poderoso . et otros
tulliente . et esso mcsmo quier
dezir urion |$tcj. Onde en esta figura qui bien escodrinnar su fecho . fa-
llará grandes huebras. Et fuertes et marauillosas. »
La constelación del Orion, entre los (Romanos (para terminal' con el
tema), llevaba también el nombre :jugula, singular, o : jugular, plural, lo
que corresponde a: yugo. Gundel, el último de los autores que han tra-
tado este asunto, opina 1 * 3 que las estrellas t-i- c representan la lanza :
o-v-X la sección izquierda y o-[s ¡ la derecha de ese yugo celestial destina
do a una yunta de bueyes; la combinación do las estrellas a- a respec-
tivamente ¡3-/., representan las sogas de cuero con las cuales el carro o
1 Alfonso X dk Castilla, Libros del saber de astronomía ... (¡opilados, ¡motados ,v
comentados por Manuel liico y íiinobas, I, p. 92, Madrid, 18(12.
1 Wkgknkh, Uie astronomisvlicn If'crLc .1 //'mis .V. Hibüolhrca Matbematiea, (!>),
VI, p. 1IM15, Leipzig, 1905.
:l Giinhhl, Do stellarum appcllationc, ote., p. 82 (175) — 87 (179).
1 Croo < j 1 1 o el brazo derecho del Yayo puede completarse con la estrella l'íridani.
intercalada entre ¿ y p Orionis.
arado estaba atado con el yugo. Mucho más interesante es el hecho que
esta constelación del «yugo», sea verdaderamente itálica, oriunda (lela
vida pastoril de la península; yo supongo que fue substituida, poco
a poco, por la designación Orion, cuando el respectivo mito, por inter-
medio de los Griegos, llegó a Italia *.
Un detalle del famoso y muy renombrado Orion, ya en la anti-
/
Fi*í. 2. — TC1 Orion, gogún bis imlicarioncs «le Ptolemacus
giiedad clásica ha llamado y sigue llamando, en nuestros días, la aten-
ción especial : es el cíngulo o cinturón o « tahalí », como es designado,
con preferencia, en los tratados más o menos populares de astrono-
mía, escritos en lengua castellana. Veremos en seguida que las tres
estrellas magníficas que lo componen (o, s, '( Orioms), ya antiguamente
' Esta- constelación del Yugo no debe confundirse con otra del mismo nombre (en
la forma griega de *sOy //«), mencionada por Vettins Valeos, autor <lel siglo II p. (J.,
y que, según Eran 7, Boíl, es quizá nuestra constelación Equulem ; véase: Bor.r.,
Sphaera. Nene grieohische Texto nnd Untersuchungen zur Geschichtc der Sternbilder, p.
59, 264-266, Leipzig, 1903.
30
representaban otra constelación, especial e independiente del Orion.
Teukros, «el Babilonio» (alrededor del siglo 1 p. O.), el ya citado Vet-
lius Valens (siglo 11) y otros autores posteriores «pie en buena parte se
basan en sus antecesores literarios, nos lian transmitido el nombre po-
pular (pie los O riegos de la época indicada dieron a esas tres estrellas,
lomándolas, de esta manera, como una especie de constelación; este
nombre es: sé. -pete Xáprtsr, o solamente: ai Xápirec, es decir: «Las Tres
Gracias», respectivamente «Las Gracias» El mismo término, pero
modificado en: «Las 'Fres Vírgenes», sigue siendo usado por un astro-
nomo árabe que en sus escritos se basa en la «Spliaera» del griego Teu-
kros : este autor era Abu Ma‘sar (Albumasar de los traductores latinos),
« uno de los astrónomos árabes más antiguos y más grandes, oriundo de
Balcb en Ohorsan, muerto en el año 8S0 p. O., a una edad, según dicen,
de más de 100 años» 1 2. «La obra de Abu Ma‘sar tenía importancia
decisiva para el conocimiento de la ’Spliaera barbárica’ en los tiempos
más o menos modernos », pero casualmente, esta, importancia ñola tenía,
el texto original, sino la traducción hebrea de Ibn Esra (Avena rio),
judío toledano (cerca 1093-1 107), cuyo tratado, ya en la edad media, fue
traducido al francés y latín 3.
Por el momento, no puedo comprobar cuándo y cómo « Las Tres Gra-
cias», respectivamente «Las Tres Vírgenes», fueron cristianizadas y
bautizadas bajo el nombre de «Las Tres Marías» (las tres Marías son
«las que fueron a ver el sepulcro del Señor» *). En la gran obra del rey
Alfonso el Sabio, las tres respectivas estrellas se indican como «la Cin-
ta», es decir, del Orion, pero se agrega también otra designación : «la
Sarta», que seguramente es árabe y nada tiene que ver con una prenda
del famoso cazador. (« La Sarta », por consiguiente, era una constelación
árabe e independiente.) Kespecto al término de «Las Tres INI arias », fué
mencionado ya en el Romance burlesco 10 de las Obras poéticas de Luis
de Góngora (1501-1027) ". Desde entonces, la designación popular para
1 Boll, Sphaera, etc., p. 272, 465, 292; 8, 56.
* Ibidem, p. 287, 507-509, 413.
3 Ibidem, p. 418, 419.
* Biiugikr, Nociones de cosmografía, p. 219, Buenos Aires, 1899.
* Alfonso X diü Castilla, Libros del saber de astronomía, etc., J, p. 92 :
« Et. dizen ¡i estas tres (pie son en la cinta . en arúuigno almanteca . (pie quiere
dezír la cinta . et dízenle otrossí alnidam . que quier dezir sarta. » En la página 13S,
el nombre árabe de « la sarta » os : anidam.
'■ 1,a Kiíai. Aoadkmia Escarola, Diccionario, etc., I, p. 632 (artículo : bocina):
Conoce muy bien
Las Siete Cabrillas,
La Bocina, el Carro
Y las Tres Marías.
— 31 —
estas tres estrellas se halla, de vez en cuando, usada por los lexicólogos
españoles, por ejemplo, por el padre Andrés Pebres en su calepino chi-
leno-araucano, de 3 705
En el Río de la Plata, como bien puede suponerse, y por presentarse
el contorno humano a la inversa, con la cabeza hacia abajo, la constela-
ción del Orion no es popular, y sólo conocida de personas que disponen
de cierta instrucción escolar (por consiguiente, tampoco es popular el
detalle «leí « Tahalí »). Todo lo contrario pasa con el nombre de las tres
estrellas más llamativas que, como queda dicho, pueden considerarse como
constelación especial, o más bien como tipo intermedio entre los apelati-
vos de ciertas estrellas aisladas y las constelaciones propiamente dichas,
caracterizadas estas últimas por su contorno que recuerda al portador
original de la respectiva designación. Pues bien : en el Río de la Plata
las tres estrellas aisladas, o la «constelación» de «Las Tres Marías», son
sumamente populares y en todas partes conocidísimas (investigaciones
nuestras); claro que no faltan en la poesía pastoril, donde a veces, aun-
que con cierta escasez, representan un detalle pintoresco en la descrip-
ción de la belleza del cielo nocturno 5.
En el Río de la Plata se ha formado, además, una acepción figurativa
1 Ficnisós, Arte de la lengua general del reyno de Chile ... y. 509, 579, 623, Lima,
1765.
’ .losó IIiíknándicz, <‘ii.su famoso poema Martin Fierro (publicado por primera vez
en Buenos Aires, 1872), IX, 10-11 :
Ansí me hallaba una noche
Contemplando las estrellas...
Bes tiene el hombre cariño
Y siempre con alegría
Ve salir tas 'Fres Marios;
Que si llueve, cuando escampa,
Las estrellas son la guía
(¿uc el gaucho tiene en la pampa.
Ricardo Kguía I’ukntks, en su poema: El tero (El Terruño, III, n° 33, Montevi-
deo, 1920), dice del ave que trata (Tnncllus cayencnsis Gml.) :
Peleador como ninguno, anda solo, lis el primero
Que se baña en el arroyo, antes que. los Tres Marios
Escuendcn su luz platiada...
Aukkuano Vasconcblos, empieza una obra poética Las Tres Morías (en este caso
so trata <lo la acepción humorístico-gauohesca, ver unís adelante) — versos campes-
tres, publicados en Buenos Aires en 1912 — con la estrofa siguiente :
Se alejan las Tres Marías
('liando el día viene llegando
V poco a poco alumbrando
Su luz se ve hasta apagarse,
Pero la noche al juntarse
Con ellas, siguen brillando.
(le la designación sideral que nos ocupa, y es que así se apoda, en el leu
guaje gauchesco y en tono humorístico, a las boleadoras de a tres bolas,
empleadas para aprehender animales grandes (hacienda yeguariza, bovi-
na, guanacos y pumas). Como las boleadoras son de origen americano
el apodo de la clase a tres bolas : « Las Tres Marías », también tiene que
haber nacido en suelo americano, especialmente en aquellas regiones
donde el descendiente español adoptó de los aborígenes esta arma-uten-
silio que « usó en las rudas faenas camperas y eirsus temerarios combates
cuerpo a cuerpo con el bruto, la fiera y el hombre» 2. Lexicológicamente
debo agregar que ¡a explicación del término « Las Tres Marías », como bo-
leadoras a tres, falta en los vocabularios de argentinismos, etc. A veces,
aunque poco, aparece en la poesía gauchesca \ y en la página anterior
liemos citado una pequeña obra poética de A. Vasconcelos, intitulada
« Las Tres Marías», continuación de dos anteriores, bautizadas con nom-
bres análogos: «Tiro de lazo» y «Pial», respectivamente (véase fig. d).
La pregunta : como los boleadoras de a tres ramales, llegaron a ser
denominadas «Las Tres Marías», por el momento no puede contestarse
satisfactoriamente. Leopoldo L ligones, en su obra sobre el gaucho de la
campaña argentina *, dice respecto a la influencia de los aborígenes en
las creencias del habitante mestizo de la pampa, que «las leyendas re-
ligiosas y la rudimentaria mitología de los indios, no dejaron rastro al
1 Fe uíi> io lucí, Ein Heitrag tur Kenntnis der Trutzwaffen der Indonesio-, Siidseevolker
und Indiancr. Jlaessler Archiv, Beihoft Vil, p. 33-31, Berlín, 1913.
5 LküUizamón, Etnografía del Plata. El origen de las boleadoras y el lazo. Revisto
de la Universidad de Jluenos Aires, XLI, j> . 212, 1919. La edición especial representa
el número XIX de las Publicaciones de la Sección Antropológica déla Facultad de filoso-
fía y letras; en esta edición se halla el párrafo transcrito en la página 9. Leguiza-
món, que emplea varias veces el término gauchesco « Las Tres Marías» como desig-
nación de las boleadoras, cree que «. el gancho adoptó del indio la hola de dos piedras
y la hizo más terrible, agregándole un nuevo ramal y una nueva hola y tuvo así sus
Tres Marías» (p. 251 resp. 18). Se ve que, en el fondo, Leguizamón estado acuerdo
con Friederici : el último considera el arma arrojadiza como propiedad cultural do
los aborígenes americanos; (d primero opina lo mismo, a excepción de las boleadoras
a tres que considera como ampliación del tipo indio, inventada por los gauchos.
Lhguizamún, Calandria. Costumbres campestres, p. 133, Buenos Aires, 1898:
« ¡ No tengás cuidáo, vieja ! En Montiel y en el moro Pico Blanco ... ¡ Bah ! a esc
churabón no le van a fajar las Tres Marías tan fúsilmente. »
2 José IIhiínÁnmíZ, en su ya citado Martín Fierro (111. 52) :
Dios le perdone al salvaje
Las ganas que me tenía...
Desaté las Tres Marías
Y lo engatusé a cabriolas...
Pucha... si no traigo bolas
Me achura el indio esc día.
Lugonic.s, El payador, I. Hijo de la pampa, p. 83-81, 95, Buenos Aires, 191 ti.
«uno... Apenas en la denominación del «Avestruz», asignada al largo
saco de carbón (pie divide la Vía. Lactea del cielo austral, o en la de las
« Ti •es Marías» dada a las bolas, puede notarse alguna analogía con la
interpretación indígena ». Y en la nota o, de la página 95, leemos que en
« lais Tres Marías », veía la mitología araucana las boleadoras de los
caciques legendarios. Este último dato, no es exacto: pero puede ser,
<pie entre otros indios, boy extinguidos, del centro argentino, había esta
interpretación (que puede comprobarse para los Telmelche de la Pata-
gón ia. aust ral, ver página. .'>(>), y que de ellos, los descendientes del con-
quistador español la adoptaron. Muy bien puede haber pasado que la
ecuación astronómica: Las Tres Marías = boleadoras, conocida entre los
indios, haya inlluenciado para crear la ecuación lingüística : boleadoras
— Las Tres Marías, usada en el lenguaje campestre del Bío de la Plata.
Agregaré (pie el término « Las Tres Marías», como nombre délas tres
estrellas 5, e, 'C Orionis, también es usado en la lengua portuguesa; lo
puedo comprobar parala patria lusitana 1 y también para el Brasil !. En
el Brasil existe también la acepción metafórica paralas boleadoras, pero
solamente en Bío Grande del Sur :1, donde hay mucho contacto con la
zona del habla castellana.
En Chile, las tres estrellas 2, s,£ Orionis también se llaman «Las Tres
Marías» '.
Debo explicar, al fin, (pie los datos que anteceden, pueden servir como
material modesto para la historia de las constelaciones; pero he presen-
tado en estas páginas únicamente los párrafos relacionados con la cons-
telación del «Orion » en general y con « Las Tres Marías » especialmen-
te, pues este último término es el único popular en el Bío de la Plata. No
■corresponde al objeto de la presente investigación, ocuparse de los tan-
tos otros términos referentes a determinadas estrellas de nuestro Orion
en general y a su «Tahalí» especialmente, como ser : Los Tres Beyes,
Los Tres Magos, etc., términos (pie aquí no se usan. Quise aprovechar la
' Aiickinc, Slera-aad IVetterkaade den portagiesischcn Pólices. /.e ilsehrifl den Vereins
/¡ir Vollcskande, XIV, p. 22X, Berlín, 1904.
* M aca i. n aics, Vocabulario da l-i ligua don Boróros-Coroados do Hulado de Mato-G rosso.
Revista do Instílalo Histórico c, Geographieo Brasilciro, LXXXIII, j». 44, 1918.
:l Romaguera Couiíica, Vocabulario sal rio-grandense, p. 207, Pelotes-Porto Alegre,
1 898 : « Tres-Murías, subs. f. piar. : o niesino que bolas ou boleadeiras. »
Tiosciiauici!, Porandaba rio-gr ándense. Investí gaznes sobre o idioma fallado vo Brasil
c particularmente no Rio Grande do Sal. Impressílo em separado das paginas 241-272
do Aintaario do Estado do Rio Grande, do Sal pera o anuo de 1DOI, p. 12, Porto Ale-
gre, 1903 : « Tres-Marlas s. I'. : as liólas ou boleadeiras ».
' Lavai,, Contribución al folklore de Carahue (('hile). Primera parle, p. 107, Madrid,
191(5. — Kl término: « Las Tres Chepas », indicado eu el mismo párrafo, ha de ser
error, por lo menos es inexplicable y único.
KHV. Ml’S. I.A ri.ATA. — t. xxvi a
oportunidad para enterar al lector de un detalle de la astrognosía popu-
lar ríoplatense, que es interesante, de todos modos, aunque no directa-
mente ligado con el tema indicado en el título de esta monografía.
LA CONSTELACIÓN DEL ÜIUÚN EN LA ESLEI.’ A SUDAAIE1Í ICAN A
En Sud América, la constelación del Orion, ora en parte, ora con sus
estrellas principales, ora combinada con otras vecinas, es interpretada
de manera muy distinta, como se ve por la lista siguiente que sólo con-
tiene los términos ya traducidos o que lie podido traducir. Según lo
antedicho, puede hacerse la clasificación siguiente:
El Tahalí, sin oirás estrellas, representa una constelación
«La manada de llamas» (orcorara), entre los A i maraes del antiguo
Perú : las tres estrellas del Tahalí
« Pájaros que se encuentran », entre los Chañé de llolivia : « el Orion
con el puñal» *, más bien (R. L. N.), las tres estrellas del cinto sola-
mente.
« Mutuamente tiran uno de otro » (hnclú huitrúu), éntrelos Arauca-
nos, tanto de la sección chilena 3 como de las secciones argentinas (de-
partamento «le Bariloche, Valle del Río Negro, Colonia Frías, oeste y sud
de Buenos Aires) 1 II : las tres estrellas del Tahalí. El término ¡ndígonaT
algo corrompido (kelukitra), ya fué apuntado, para las mismas tres estre-
llas, por Alcides d’Orbigny en Carmen de Patagones . tíe compone del
prefijo verbal : huela, mutuamente6, y de : Imitran, «pie significa, entre
I PaciiacUTI Yamqui Salcama yiiua, Relación de antiíjiicdades denle retino del Vira
(c. 1613), cu: Jiméxiíz dk i.a Escada, Tres relaciones tle antigüedades peruanas, p.
257, nota, Madrid, 1879 (explica que «tres estrellas todas iguales», estallan repre-
sentadas en la eunilire del altar mayor del templo del sol en el Cuzco y (pie fueron
llamadas: orcorara). üiciitonio, Vocabulario de la lengua aginará, I, p. 379, Lima,
1612. l’ulilieado de nuevo por. Julio Plutzmanu, Leipzig, 18117 (explica: «arcorara,
manada grande, tracalada de liombres o animales machos. Uñara hitara urcorara,
junta de muchas estrellas »). Del ahilará, pasó la voz al idioma quichua. El tema
será ampliamente tratado en nuestra monografía, mitológica sobre la astronomía de
los antiguos Peruanos.
- NouimcNSKIoi.d, I ndianrrlclicn . El (Irán Chaco (Siiduiiicrika), p. 291, Leipzig, 1912.
:l Augusta, Diccionario araucano-español g español-araucano, I!, p. 82 (la indicación
I. p. 2ó L es errónea), Santiago de Chile, 1916.
‘ Lkiimann-Nitsciiu in inanuscriplis, 1916, 1917, 1920.
'■ d’Ouihgny, Vogatjc dans V Amérique mcritlionalc, II, p. 266, París, 1829-1818.
II AUGUSTA, Diccionario, etc., 1, p. 2-19, 250.
— 35
otro: tirar a alguno de las orejas, del pelo, del vestido .Después de re-
petidas consultas entre, varios indígenas, lie podido dar con el verdadero
sen! ido de la, curiosa designación estelar: las dos estrellas 'C y o están
a ntropomor fizadas y tomadas como dos personas en actitud de lucha
deportiva, liándose, la mano derecha y tirando hasta que uno consiga,
sacar al adversario de su sitio; la estrella mediana (i), representa enton-
ces las dos manos derechas, estrechamente unidas. El respectivo juego
gimnástico, sin duda es una parte del mütratun, «la lucha romana»,
ejercicio social en que el indio «ponía en juego.., toda su astucia y su
táctica en busca de la victoria» s.
« Enderezados uno en frente de otro» (huclu rito , huelu ritho), es
designación antigua y hoy extinta de los- Araucanos chilenos para las
tres estrellas del Tahalí. Los citados términos se hallan en los dicciona-
rios de los misioneros jesuítas del siglo xvm ; huelu rito, citado por B.
Ilavestadt con la traducción de : sidus, o huelu ritho , huclu rito , nombre
de las « Tros Marías » según A. Febrés debe decir : « las estrellas que se
enderezan enfrente», pues el adverbio huelu significa : mutuamente'.
¡lito, es : s idus ", ritho , «alguna constelación de estrellas» y Valdivia,
traduce rito, sin duda erróneamente, con : el crucero de las estrellas",
pero esta indicación no merece fe alguna: en primer lugar, existe ya otro
término para «estrella» que no ha variado desde la época de Valdivia :
huangelen ; por otra parte, Augusta, en su vocabulario moderno, no
menciona, la palabra ritho. Nosotros opinamos que ritho, es el adverbio:
derecho, en derecho, en frente, y que se halla también en los verbos
ritho leu, estar derecho, enfrente; ritliomn , enderezar Desde el fin del
siglo xvm, empero, esta palabra, por transposición de consonantes, lia
variado en itró ; así se explica que Augusta, solo cita esta última forma
Resulta pues que huelu rito, es variante del término anterior, pero me-
! 1 bulan, I, p. 266.
2 Maxqitii.kk, Comentarios del pueblo araucano, II. La gimnasia nacional (juegos, ejer-
cidos ¡i bailes). Anales de la. Uniros ¡dad de Chile, C XXXIV, p. 801, 1914 = lívvhla de
Folklore, chileno, IV, p. 137-138, 1914.
3 IIavhstaut, Chilidnngn sive res chilcnsc® . . . p. 771, Monasterii Westphaliae, 1777.
Ediüoucm noviim immututam curivvifc Dr. Juliu.s Platzmaiui, Leipzig, 1883.
* Fehkés, Arle, etc., p. 509, 579, 623 ; quelu, en la p. 579, es error en vez de : huclu.
r' Augusta, Diccionario, etc., I, p. 249.
11 II AYUSTA ÚT, Chilidnngn, ele., p. 197.
1 Fkbhks, Arte, etc., p. 579.
s Vai.divia, Arle, vocabulario y confesionario de la lengua de Chile., art.. : rito, Lima,
1606. Publicados de nuevo por Julio Platzniann, Leipzig, 1887.
Pcbiíks, Arle, etc., p. 623.
Augusta, Diccionario, etc., I, p. 70.
nos especificadu, pues significa, dos individuos, enderezados uno en frente
<h; otro, mientras que aquél indica, al mismo tiempo, ¡a actitud de ellos :
de tirar uno con el otro. Además es bien posible (pie el componente
/mitran del término moderno (huela huitran) sea ampliación de irto res-
pectivamente antic. rito , así que también bajo el punto de vista léxico
lógico, el término moderno es variante del antiguo.
Otras tres designaciones, dadas, según ciertos autores, por los Arau-
canos chilenos al Tahalí, no merecen confianza, y deben ser eliminadas
de la lista de las constelaciones. Estos términos son :
« Allá arriba la constelación del Azadón » (hucehu pal) ; asi puede tra-
ducirse un término dado por Eebrés ', pues hucehu, prefijo de sustan-
tivos, significa : cumbre, extremidad, punta, prolongación 1 2 3 * * *; pal , «alguna
constelación de estrellas» % indicándose como tal, la « crux, sidus alís-
tenle» o «las siete cabrillas estrellas» ', error reproducido por el
padre Augusta cuando escribe : «pulí, las siete cabrillas (constelación
astral) » ü. Según nuestras investigaciones sóbrelas constelaciones arau-
canas ((pie formarán una monografía especial), la constelación pal («el
azadón ») se compone de la Cruz austral más ¡íl-z. Centauri.
« Los fres azadones, Los tres en frente » (chía pal, cala rito), son otros
términos equivocadamente indicados para las Tres Marías; el error es
debido a líavestadt 7 y a Febrés Cilla, es cierto, significa el número
tres, pero la combinación con pal (azadón) o rito (ver p. do) es una con-
fusión (pie se explicará, ampliamente, en el estudio recién mencio-
nado.
« Las bolas guanaqueras » (tapolec), entre los Tehuelehe de la Pata
gonia: las tres estrellas del Tahalí. En 182'J, A. d’ürbigny anota los
datos siguientes " : « La partie du ciel qui leur est connue fut transfor-
mée en un seul tablean, représentant la chasse de 1’ Lidien. A insi, la voic
lactée ne fut pas, pour eux, le chemin parcouru par la cliévre Amalthée,
mais cela i du vieil Judien chassant l’autruche. Les trois mis furent les
1 Ficnnús, Arte, etc., p. 570.
3 Augusta, Diccionario, etc., 1, p. 217.
3 Fkiuíks, Arle, etc., p. 570.
I JIavkstadt, Chilidungii, etc., p. 737.
B Vai.divia, Arte, etc., ¡irt. pulí. \’¡< 1*1 i v i :i escribe la palabra india con doble t (II).
II Augusta, Diccionario, etc., 1, p. 1(15. Fu la. pagina anterior repite a Fiomús,
pues escribe : apa!, cierta constelación astral ».
1 Iíavustadt, ChilUhnuju, etc., p. 107 : « l'al, rilo. Sidas v. signum tot stcllarum,
(piot Humeras expriinit. E. g. cilla rilo, Tres Mariae; indi pal, mcli rilo, Onix Aus-
tral is. »
" Ficnitús, Arle, etc., ]>. 570.
d’Oriikjnv, l'oyaije, etc., II, p. 94.
boules (tapolec), qu’il jctait a cet oiseau (ilhni) dont les pieds sont la
r.roix «Tu Sud, (¡indis (pie les taches ilústrales qui accompagnent la voie
laetéc, ne sont, a leurs yeux, que des amas de plumos, formes par lo
cliasseur. »
En este relato hay, respecto a nuestro Tahalí, dos equivocaciones, a
saber: Para cazar el avestruz, los indios debí Pampa y de la Patagonia
se sirven de las boleadoras a dos bolas, llamadas por consiguiente, en el
lenguaje popular ríoplatense « las boleadoras o, más a menudo, las bolas
avestru ceras » o, sustantivadas, << las avestrueeras». Las de tres bolas
son empicadas en la caza del guanaco o en la persecución del caballo, y
se llaman : «las boleadoras guanaqueras», «las bolas guanaqueras», o
«las guanaqueras»; respectivamente: «las boleadoras potreadoras »,
«las bolas potreadoras»1, o «las potreadoras» (véase también otros
antecedentes ya tratados en la página 32). Pues bien : los Tehuelche de
d’Orbigny no pueden haberle indicado como las celestiales «bolas aves-
trueeras », las tres estrellas del Tahalí; éstas son, sin duda, las dos
espléndidas estrellas y y ¡3 Centanri (investigaciones nuestras, in manus-
eriptis), así llamadas por los indígenas délas citadas regiones.
La segunda duda se refiere a la voz tapolec , dada por el naturalista fran-
cés como designación de las boleadoras avestrueeras. Consultando la lista
comparativa de palabras tehuelche publicadas por mí en otra oportuni-
dad5, resulta «pie las boleadoras dea dos ludas (avestrueeras), se llaman :
ahorna , sitóme, shume, chame, chume, same, las de a tres bolas (guanaque-
ras) : achico, gatschiko, yactshico, y al seo i ; la voz f a polco, en la variante :
1 apalee , sólo está indicada en el vocabulario de d’Orbigny (que recién se
publicó en 1904), con la interpretación de : boules de combat 3. Se ve
(pie en el texto de d’Orbigny, tapolec significa : boleadoras avestrueeras,
pero en su vocabulario son «bolas de combate», contraste bastante nota-
ble en asuntos de armas. Pero resulta que Alejandro Malaspina, en 1789,
apuntó para «guanaco» : tapulk , curiejeno ', lo que ha de ser una frase;
' 151 término «bolas potreadoras», ya puede comprobarse para el año 1770 : «151
número do indios que estos caciques llevaban, se componía do 201 : los 122 de lanza,
y el resto de bolas potriadoras y sueltas, que llaman los indios sacay. » (Diario que rl
(' apilan I). Juan Antonio Hernández ha hecho, de la expedición contra los indios Te;/ aci-
ches, en el gobierno del Señor 1). Juan José de Vertiz, Gobernador y Capitán General de
estas Provincias del Rio de la Plata, en Io de Octubre de 1770. Colección Angelis, 2a edi-
ción, IV, ]). 548, buenos Aires, 1010.) Los indios de rpie se trata eran Araucanos;
las bolas « sueltas », sacay, son mejor conocidas bajo el nombre de «bolas perdidas » ;
consisten en una sola piedra, atada a una lonja corta de cuero crudo, que se tira
contra el enemigo o el animal de caza, pero no recogida en caso do errar el blanco.
5 Lkiimann-Nitsciih, El grupo lingüístico Tslion de los territorios magullan icos. Re-
vista del Al usen de La Plata, XXII, p. 250, artículo boleadoras, 1914.
11 1 bidón,
' ¡bidón, p. 262, artículo guanaco.
38
si i ] )v¡ ii i i ( 1¡i hi cuinii. ¡Hiede analizarse, creo, como sigue: tapulk-eu-riej-eno :
tapulk significa entonces : las boleadoras guanaqueras (de a tres bolas):
cu es nombre anticuado para decir: guanaco 1 ; riej probablemente parte
de un verbo, el', yicshco, yo digo - (sltco es una partícula afirmativa 1 * 3); eno
lia de ser error del copista por : mo, sufijo inte-
rrogativo b Yo traduzco, pues, la frase de Malas-
pina. recién analizada con : «boleadoras (tapulk)
para guanacos (cu), ¿ digo yo? (¿quiere (píelo
diga ?) ».
Tapulk- (1 7S9), t apalee, t apalee (1829), son, pues,
palabras anticuadas, no mencionadas después de
esta época: son sinónimas de aehlc-o, etc. (ver
arriba) y significan las boleadoras a tres bolas o
guanaqueras. Como éstas también se usan, opor-
tunamente, en el combate hombre contra hombre,
con más preferencia (pie las livianas bolas aves-
tmeeras (no tirándolas, sino asiéndolas, con la
derecha, en los tientos), queda justificada la de-
signación: boules de comba t-, que puso d’Orbigny
en su vocabulario del idioma tebuelche.
La aplicación del término indígena a la cons-
telación triastral de las «¡Tres Marías », por cierto
es acertadísima; no hay duda que las tres res-
pectivas estrellas deben representar las tres bolas
del terrible arma utensilio. Yo, por mi parte, su-
pongo que la figura sideral Tapalck debe comple-
tarse con la estrella Rigel, representando en-
tonces las tres combinaciones Kigel-$, Rigel-c,
Rigel 7, los tres ramales de los tientos, reunidos
en un nudo (Rigel), y terminando cada ramal en
una bola (las estrellas o, z, Z Orionis). Hasta puede
tomarse la combinación Rigel-s (la intermedia)
como el ramal que termina con la bola manija
(aquella que es la más chica y (pie se toma en la
1 ibidem. p. 262. artículo guanaco.
- Sen mi o, Tico linguistic treatisc on the Patagonian or
tina; ' del lam. nat. Tchiiclohc tangaagc. Editcd with an introduction by Ro-
borl Lebniann-Nitsclie, p. 13, Buenos Aires, 1910. — Esta
Importante obra representa también el Apéndice a las «Actas» del XVIIo Congreso
internacional dolos Americanistas, Buenos Aires, 1910.
3 Ibidem , p. 36.
1 Ibidem, n. 36.
muido sil hacer uso del objeto), puesto que el respectivo ramal siempre
es algo más corto (pie los otros dos; y en realidad, las combinaciones
Ií-igel-o y Rigel-u son exactamente del mismo largo, mientras ¡pie la
combinación intermedia, Eigel-c, es un poco más corta (ver el dibujo de
boleadoras a tres ramales, figura página 38).
La constelación feliuelche Tapolck no puede, pues, como lo hizo d’Or-
bigny, relacionarse con la imagen astral del avestruz ( ilhui , como escri-
bí1, palabra confirmada por otros autores '). Debe referirse a un guanaco
sideral, y éste es (según nuestras investigaciones, inéditas), para los
autóctonos de la Pampa y de la .Patagón ia, una constelación que corres-
ponde a seis estrellas del Centauro, a saber: s, la cabeza; i-Z, el cuello;
'¿-■j., el dorso; g-v, la cola; 'C-rn la extremidad anterior ; g-0, la extremidad
posterior.
Volviendo ahora al texto de d’Orbigny, plataforma para, todas estas
explicaciones, resulta que debe modificarse y completarse en la forma
siguiente: La partió du eiel (pii leur est connue, fut transformée en un
seul tablean, représentant la cliasse de l’Indiem Ainsi, la voie lactée fut
pour eux le cliamp des vieux indiens (c’est á-dire, des indiens morts),
chassant rautruche. Les deux étoiles a et ¡3 Gentauri furent les boules
(alióme) jettées a eet oiscau (¡¡huí) dont le pied est la Croix du Sud.
tandis que les taches australes qui accompagnent la voie lactée, ne sont,
a leurs yeux, que des amas de plumos, formés par les ehasseurs. Les
Trois Jtois furent les boules (ta poleo) jettées au guanaco (jro), dont le
contours est représente par six étoiles du Centaure.
El Orion, sin otras estrellas , representa una constelación
« La roya en llamas » (hatedaoto) , entre los Karaya de la corriente in-
termedia. del río Araguaya, Brasil : el Orion 2.
« La cerca para coger peces» ( úpitsi ), entre los Siusí, del río lyana,
afluente del río Negro, Brasil : partes del Orion \ La misma idea se halla
también en otra parte:
« La cerca para coger peces araráes» (ararapary) , entre los Tupí del
Amazonas: « As cercas dos curraos de peixe, par y, tem as varas dis-
postas em triangulo» '. La voz indígena también está escrita: ererapari
' Lkhman'n-Nitsciiu, El (¡ñipo lingüístico Tshon, etc., p. 264, artículo avestruz.
- JCiiKicxiii'MCU, Hcitrage zar Volkcrknnde, Brasiliens. Veroffent lich un gen ans dem kiinig-
lielien Mnseiim fiir Volkcrknnde, 1!, 1/2, j>. 4:"), l’.ei lín, 18111.
' Koci[-(¡ui)xni':ii(!, .1 ruuk-Sprachen Nordirestbrasilicns nial (lev angrenzenden (¡cíñele.
Villcilnngen der .Inthropologisclicn Gcscllschaft in ¡fien, XI, I, j>. 59, 1911.
1 Paimiosa Iíodkiguks, Vocabulario indígena rom a orthographia correcta (Complc-
— 40
(Tupí de Pañí, Brasil) Arará, no es el papagayo de este nombre, sino
un pez también llamado pira rara, Ehractocephalns liomilioptcrus Agas-
síz % La respectiva constelación es indicada, por ambos autores, como: el
Orion.
« Jai tortuga (lluvial) pernilarga » (mátxe-urarei/he :|, batchorarégue '),
entre los Pororó de Matto Urosso : seguro el Tahalí con las cuatro estre-
llas que corresponden a los dos hombros y a los dos pies del Orion, no
solamente las tres estrellas del Tahalí como dicen los dos autores cita-
dos. lín otro vocabulario, rarísimo y desconocido leemos: «bacheo-rarc-
gue, eonstellacao do cravo», interpretación equivocada La designación
indígena se compone de mátxe, pernilongo •• la segunda componente no
se halla en los dos vocabularios citados, pero en el de K. von den Stei
nen (pie da derogo, como una de las dos designaciones para la tortuga
lluvial". Su indicación: que el Orion, entre los Pororó, representa la tor-
tuga conocida bajo el nombre de ¡abatí ", está pues, plenamente con-
firmada. Por el momento, queda por detallarse todavía otra indicación
del mismo viajero, según la cual, la parte del Orion situada hacia el Si
rio, es llamada, por los misinos Pororó, «caimán»
<« El coleóptero » (kandirtt) , éntrelos Ipurina del Alto Puru, Brasil : el
Orion ".
El Orion, con otras estrellas, representa ana constelación
«La rastra» (rusta, lastá), entre los Araucanos argentinos (Pariloche,
oeste y sud de Buenos Aires) l2. « Rastra », palabra castellana, significa
mentó (la Poranduba ama zona use). A nnaes da liibliotlicca Xaeional do llio de Janeiro.
XVI (2), p. 60, 1894.
' v. MaiíTIIJS, Jlcit elige zar Elltuograpltie mal Sprachenkunde ‘ Urasiliens. 1 1 . /nr Spra-
vlienLnndc. < llos/atria lingnarnin brasiliensinm, j> . 10, Krlangen, 1803.
5 Ibidem, p. 491.
:l Maoauuks, rocabn/ario da lingna dos lloróros-Coroados, etc., p. 14.
* MlSSÁO SaliíSIANA, Elementos de ¡jramativa e diccionario da liiujua dos lloróros-
Coroados de Malto-d rosso, ]>. 54, Guiaba, 1908.
r' Cai.uas, Vocabulario da lingna indígena dos lloróros-Coroados, j > . 20, Cuyabá, 1899.
c No sé, a cuál (1(¡ nuestras constelaciones más o menos populares, puede referirse
el término portugués «cravo»; probablemente al Cáncer.
7 MaGaliiahs, Vocabulario, ete., p. 44.
“ von iikn SrniNi:.\, Linter den Xaturvollcern /cutral- lirasiliens. Ileiseseliilderung nnd
Ergebnisse der zweiten Se h ing ó - Exped ition I SS7 - 1 SSS, p. 547, llerlin, 1894.
9 Ibidem, p. 513.
,u Ibidem, p. 513.
" lOmucNinacii, lleitriige, etc., p. 72.
Luiimann-Nitscuic in manuscriptis, 1917, 1918, 1920.
41
<*ii el lenguaje del Ilío de la Plata, no solamente el instrumento de agri-
cultura, llamado en España rastro, rastrillo, sino también el broclie o la
hebilla (generalmente de plata) con «pie se cierra adelante el «tirador»
(cinturón, que es hecho de cuero, si posible del carpincho). El trabajo de
esta «rastra» es bastante tosco y primitivo, representando motivos sen-
cillos a base geométrica, llores, etc. Los Araucanos, con tomar de los gau-
chos su característico traje con « tirador» y « rastra » (el traje gauchesco
ya fué estudiado por nosotros en otra publicación '), ajustaron la pala-
bra castellana «rastra» a su propio idioma, transformándola en vastó,
lauta.
Pues bien: la rastra «leí tirador se compone de una pieza central (ge-
neralmente una placa, estrella a
seis puntas, figura tosca de un
caballo, etc.); de ella salen, a ca-
da lado, tres cadenitas, del lar-
go de unos 10 centímetros cada
una, que terminan, cada una en
un botón, hecho del mismo me-
ta! que la pieza, central, o mu-
chas veces de una gran moneda
de plata. La pieza central co-
rresponde pues a las tres estre-
llas £-c-$; las tres cadenitas del
lado derecho, están representadas por las combinaciones s-¡3 y $-3
Mr i dan i : las tres del otro lado, por L(-a, z-\ y 5-y (véase la figura 4).
El padre Augusta cita como nombre de una constelación araucana
(Chile), no precisada, la palabra kalolasta, sin analizarla s. Puede que
se compone de : halo y / asta. ; halo es derivado del verbo español « calar » 3,
Insta , recién interpretada, también es voz usada por los indios chilenos '.
He trataría entonces de una variedad de la rastra común, o como casi to-
llas las rastras están hechas por medio de la técnica de « calar», por lo
menos en la Argentina, más bien de un pleonasmo. Debe notarse que en
la Argentina, el término « rastra calada » no es usado. Como la « rastra. »
recién tratada es designación del Orion, puede ser que también el término
algo ampliado de «rastra, calada», se refiere a estas estrellas; téngase
Fifí- 4. — linstrn «le? |iln ia , hmíuIii por ln gente
In rnmpuíiii ni'gentinii : e. '/, <lel tninnii» milurul
1 Lkiimann-Nitsciih, Folklore argentino. III. El chambergo. Boletín <lc la Academia
nacional de ciencia s de Córdoba, XXI, p. 1-99. IV. La bota de potro, ¡bidón, XXI, p.
183-300, 191(5.
" Auousta, Diccionario, etc., I, p. 75; II, p . 82.
-1 * Jbidcm, I, ]i. 75.
* Ibidcm, 1. p. 1 1 1 : « lastra [xic] tirador (voz castellana), cierta prenda de plata».
(K1 término de entre las dos palabras españolas, desapareció en boca del indio. 1,. N.)
v¿
además presente que los dos términos son variantes y están usadas en
regiones distintas, pero es preferible reservar la identificación del nom-
bre sideral, usado por los Araucanos elídenos, para mejor oportuni-
dad.
Como la rastra, parte ornamental del vestido campesino, fue introduci-
da por los españoles, resulta que la respectiva constelación es postco-
lombina, con otras palabras, no gen nina mente americana.
« 101 malhechor (z Orionis) asido por dos guardianes y z Orionis) y
entregado a cuatro buitres (Betelgeuze, Bellatrix, ltigel, ¡í Eridani) ».
interpretación de los Yungas del Perú; ver el suplemento p. (ii).
« La armazón para secar harina de mandioca» (kjoáta) : el Orion; la
extremidad de un gran palo oblicuo para asegurar esta armazón desde
el lado (kjoáta-iwéri) : el Sirio; un montón de partículas de mandioca caí
das de la armazón (tdatigeng, tedatigeng) : las Pléyades; « el padre» de
este montón, es decir, un pelotón algo más grueso de la harina caída de
la. armazón (tetatigeng-yúe) : el Aldcbarán. interpretación de los Bakairí.
de la cuenca del Xingú
El Orion g el motivo mitológico de la pierna cortada
En las regiones guayamos, la constelación del Orion es el exponente
sideral de un tema mitológico que puede intitularse: El hombre con una
sola pierna, o : La pierna cortada. Variado como el asunto, es también su
relación con el mundo astral, pero en la mayoría de los casos, esta rela-
ción, o no fue aclarada en grado suficiente, o fué mal comprendida y con-
fundida. Tomando por clave clasificadora las mismas estrellas, indicadas
en los respectivos textos, resultan los grupos siguientes:
¿La figura entera de un héroe sano, es representada por el «Orion» ?
VVilliam Curtís Carabee, hace poco, ha publicado el mito de Baukur y
Tuminkar, corriente entre los Wapisiana, tribu aruaca de la (¡uayana 1 2 :
La leyenda de liaukur y Tuminl:ar :'
El dios Tuminkar, antaño, desde el ciclo, luchaba con relámpago y inicuo
contra Baukur, gigante armado con arco y Hechas, (pie moraba en la tierra,
1 von dun tíriciNEN, Ule JSakairí-Sp ruche. ITürtcrrerzcicluiis, Üdlzc, Sagen, fíramma-
tile. Mil lieUriajcn su einer Lautlehrc der karaibittehen Grundspraclie, p. Hit, Leipzig,
1802; Idem, (Inter den Xaturviilkern Zenlral- Uranilicnn, etc., p. 350.
- The Amasan ICxpedition. Tito Atuseum Journal, VI, p. 45, 53, 1‘hiladclphia, 1015;
Fakahke, The central Arawaks. ünieersity uf Pennsylvania-The Uniremity Musetnn-
Antliropological P uhlications , IX, p. 107-108, Philadelphia, 1018.
a El título de esta y de las siguientes leyendas, fué puesto por nosotros.
maltrataba :i la gente y mató al hijo de Tuminkar: vencido por éste, Baukur
l'né deportado al cielo, donde forma la constelación del Orion; a, veces signe
tirando sus flechas, y éstas se notan, desde la tierra, como meteoros.
Leyenda de los Wapisiana , tribu ¡trunca de la Guayana
El viajero norteamericano que no es especialista en investigaciones
mitológicas, no lia averiguado, desgraciadamente, detalle alguno sobre
la ecuación : Baukur = Orion. Yo, por mi parte, tengo muchas dudas
respecto a la exactitud de sus datos; eso del «gigante» Baukur, y eso
de «armado con arco y Hechas», es probablemente influencia europea,
pues corresponde a la leyenda de Orion, pero tal « influencia europea»,
habrá obrado en la subcoficiencia del mismo viajero, lego en exploracio-
nes mitológicas. Fuera de ésto, es de sentir que Farabee no haya averi-
guado si Tuminkar, el héroe vencedor, representa otra constelación, l<>
que parece cosa segura, pero el asunto es muy complicado y ni siquiera
puede ser esbozado en el presente trabajo.
Tal cual es el relato del viajero norteamericano, de ninguna manera
puede servir para comprobar la identidad de interpretación dada a las
estrellas de nuestro Orion por los antiguos Eurasiáticos y los aborígenes
sudamericanos.
Astrográficamente, entonces, son insuficientes los datos de Farabee
respecto a Baukur, y fallan del todo respecto a Tuminkar, su enemigo.
Foro mitográficamente, las indicaciones del viajero pueden ampliarse
por vía comparativa y, utilizadas de esta manera, vienen a abrirnos nue-
vos horizontes para el conocimiento de los conceptos psicológicos de los
aborígenes sudamericanos. La llave para revelar los citados secretos, es
la lingüística comparativa, como se demostrará en las líneas que siguen :
liaukm nombre, del héroe vencido por Tuminkar y representado por
«Orion» (ignoramos en qué manera), no puede explicarse satisfactoria-
mente por el vocabulario wapisiana, intercalado por Farabee en su esta
1 Detalles mitológicos «le esta leyenda liálhuisc on otras páginas de la publicación
dclinitiva de Farabee, pero la. parte astronómica, «pie aquí nos interesa, no es acla-
rada en mayor grado. Kn la página 1 03 llegamos a saber «pie «Tauros», seguramen-
te sólo la cabeza sin los cuernos (si va Ufadas), os la constelación ktulniawei, « t.lie
jaw of thc tapir kiilod and caten by Orion, Baukur », y que las estrellas de Géminis,
(Jáneer y León, forman la constelación wapisiana llamada: wakarasab, « thc egret,
1 1 y i ii g after Baukur witli wings ontspread ». Y cu la página 101-102 : « The begin-
ning of thc long dry season is announccd by thc first appareance of wakarasab ...
'filis is tlio time of higlit wiuds, liglitning and tliunder. The uoise of thó winds is
like that inado by thc wings of thc egret. The ruina are past, and thc mornings are
róscate. » El cadáver del hijo de Tuminkar también es motivo de una leyenda espe-
cial (p. 107-108); el hermano menor de Tuminkar so llama Duid (p. 108); las varian-
tes deben leerse en el original, respecto a. los Tarumas, página 140 ; respecto a los
Mapidian, página 159; y respecto a los Atarois, página 182.
44
dio; en éste, el citado autor se limita a repetir que « Baukur» significa
« Orion » Pero resulta que variantes de la palabra india, con la misma,
traducción, es decir, « Orion » (tampoco hay detalles), se hallan en los
apuntes de Spix, publicados por Martius ! y procedentes de otras t ribus
del gran grupo arnaco; así que «Orion» es Beküru entre los Marauha
Pitia r y entre los Araicii 1 ; Mattel' y entre los Manaes Ahora, bien : an-
ticipando los detalles respecto a una constelación indígena (pie Humare-
mos «el Sgambato oriónico» (ver p. ñl), debemos advertir, desde ahora,
que el nombre del héroe mitológico, en los respectivos distintos idiomas
indígenas, siempre contiene la palabra que dice: pierna, muslo, es decir,
aquella parte del cuerpo (pie el héroe llegara a perder por acontecimien-
tos muy variados, para tomar después su residencia definitiva en el cielo
nocturno, liste héroe, mutilado en una pierna (el sgambato), es llamado,
pues, en los idiomas de los indios que conocen el respectivo mito,
con el nombre de: Sin-Pierna, Mitad de Pierna. Aunque, por el insufi-
ciente grado de nuestros conocimientos de los idiomas nativos de Amé-
rica, las respectivas designaciones indígenas para el « Sin-Pierna », etc.,
no. siempre pueden ser analizadas en su tot alidad, casi siempre es posi-
ble hallar la palabra que corresponde al componente principal, es decir,
a : muslo, pierna. Esto pasa respecto a los casos por nosotros recién cita-
dos, a saber : Beküru, « Orion » en lengua Marauha, contiene la voz bckii,
«temar» en el mismo idioma “; Pukitry, «Orion » entre los Araicú, la
voz pückü, « fémur» : ; y Muucly, « Orión » en la lengua de los Manaos,
la palabra nuóky — fémur N, siendo probable que nu es el posesivo de la
primera persona, tan característico para el grupo Aruak (por consiguien-
te*, el lia de Baukur, el />” de Beküru, el /” de Puküry, han de ser pro-
nombres demostrativos, reemplazantes del respectivo pronombre pose-
sivo). Es muy probable también que el término para «Pléyadas» en otra
lengua . a ruaca (el Baniva), bokarámali ", debe traducirse con: « La gente
(niámari, y amar i "') de Bolear», o : « Los indios ( niámari , niámali ") de
' Fauahku, TIic central Jrawaks, ote., p. 239.
- v. M ai: m:s, 1 Icitriitje, etc., paaxim.
Jbidcm, ]». 224.
1 Ib ídem, p. 234.
“ I bulan, ]». 222.
Ibidcm, ji. 223.
I Jbidern, p. 233.
K I bidón, p. 221.
II Kocii-Uaüximntí, .Inmk-Sprtichcn, ele., p. 38. I.:i misma palulira, pero con acen-
to en la penúltima, está indicada (ibidcm para Venus matutina.
IU Ibidcm, p. 82.
" Ibidcm, i». 91.
45
Bolear », pues las Pléyadas, a veces, están consideradas como varones,
por ejemplo, entre los Cora, de la Sierra del Nayarit '. A las citadas va-
riantes del grupo Baukur, agrégase todavía Mabulcnli, e. d. Ma-bukul-i,
héroe de una leyenda analizada más adelante (p. 48 y 50).
El nombre mismo del «Orion» en otra lengua aruaca, el Baniva (tal
vez usado por hordas distintas de las (pie dicen a las Pléyadas : La gente
o los indios de Bokar y por consiguiente, Balar al «Orion»), es ozono-,
olssoné1, que también contiene la palabra para, muslo: oso (noso, [mij
muslo '), odzo ( nthlzo , [mij muslo r'). Lo mismo pasa con la designación
para « Orion » usual en otra lengua aruaca (el Baré) : ghasoihijaty \ cuyo
primer componente significa: muslo o pierna (huasói ') (el lina es proba-
blemente (4 pronombre posesivo de la primera en plural K; la a ha triun-
fado, parece, al juntarse con la. o de oso, muslo (ver arriba), quedando,
pues, a en vez de ao ; el gh de ghasoi... tal vez no es otra cosa fine fuerte
aspiración). Los Cauixana, al fin, también tribu aruaca, dicen para
« Orion », Ijohoary es muy probable que en esta palabra, difícil de pro-
nunciar como lo comprueba su curiosa « ortografía », se halla disfrazada
la palabra para «mi fémur», no-hlos , no-nlaua Se ve, pues, que en
buena parte de los tantos dialectos del gran grupo arnaco, la designa-
ción para «Orion» (faltan desgraciadamente los detalles astrográfieosl),
significa, como todavía se comprobará en detalle, «el Sin-Pierna», desig-
nación que substituiremos con otra usada ya al fin del siglo xviii, «el
Sgambato » (véase p. •!!>). Pero como en la mitología de ciertos aboríge-
nes americanos, hay otro «Sgambato», también visto en los astros y
que será estudiado en otra monografía, llamaremos al recién tratado,
astralizado en ciertas (no determinadas) estrellas de nuestro Orion y en
otras vecinas (ver más adelante), «el Sgambaio oriónico».
Tuminlar , nombre del dios de la tormenta entre los Wapisiana (pues
1 Pkkuss, Die Xayarit-ExpedUion. Textauf uahmen nuil lleobach tangen untar mexilca-
nisehen Intlianern ... 1, p. i.xxii, 276, Leipzig, 1912.
5 Cit kvahx, rocabiila.hr- de la languc lia ni va. Bibliol liei[uc Unguistiqne, amcricaine,
\ III, p. 254, París. 1882.
Mki.gakk.io, Resumen de las Arlas de la Academia Venezolana, Caracas, 1886; ex:
me t,a Gkasskkik, Esquíese, (Vane, grammairc et tV un vocabulairc de la lantjuc Baniva.
Cumple,- Renda de la VIIIa session du Congrcs des americanistas tenue d París en 1S9(),
p. 634, París, 1892.
1 Ibidem, p. 629.
Kocu-Gkükiikkg, Arualc-Spraehen , etc., p. 32.
r' v. Maktius, BeUratje, etc., p. 231.
'■ Kocii-Gküniskkg, Amale- Bpraclien, etc., p. 32.
“ Ibidem, p. 111.
" v. Maktius, Beiiriigc , etc., p. 258.
Ibidem, p. 257.
luchaba con relámpago y trueno contra Baukuij, también debe tener un
origen cósmico. iMe baso, entre otros motivos, en el hecho que los Macu-
sí, tribu caribe del Río .Negro (Brasil), indicaron a Natteror como nom-
bre do Seplentrio, la- idéntica palabra 'l'amUngán La importancia do
esta comprobación queda, desgraciadamente, paralizada por otros voca-
bularios caribes, según los cuales, Tamukang -, entre los Macusí de la
Guaya na, y Tamekan J, entre los Macuchy de Río Blanco (Brasil), Tn-
mong , entre los Akawai ‘, significa el grupo de las Pléyadas. Entre los
Caribes déla Guayana (Galibi), Tamil cu (en ortografía española) filé con-
siderado como «Dios» entre los Caribes de las Antillas, Támucu (en
ortografía castellana) como «grand pero» ", « pero grand». Tamekáng ,
al fin, es mencionado en uno de los textos más importantes de los Tu u I i -
pang (tribu caribe de la Guayana) que filé apuntado porTh. Koeh-Griin-
berg1 * * * * * 7; este texto refiere con mucha claridad como un hombre Zilizouibu
es engañado por su mujer que ama al cuñado y (pie, para librarse del
marido, le corta con un hacha la pierna derecha; el mutilado va al cielo
donde representa al ¡ágambato oriónico (ver p. f>2). Pues bien : el texto
empieza : « Tamekáng es un hombre con una- sola pierna; la otra le fu ó
cortada en la tierra. Había una vez un hombre llamado Zilizouibu ; éste
tenía una mujer», etc. Después, al trasladarse al cielo, el mutilado ma-
nifiesta: «Voy al cielo; quiero ser Tamekáng, cuerpo con una sola pior-
na », etc. Yo creo que el respectivo texto, sin dar detalle alguno, hace
alusión a un tal personaje Tamekáng , que era caracterizado por la falta
de una pierna; pero esto es todo lo «pie llegamos a saber de este Tame-
káng. Ese Zilizouibu, entonces, a nuestro entender, manifiesta el deseo
de ser él también un «Tamekáng», o de transformarse en otro «Tame-
káng », es decir, en una constelación como lo es aquel cuyo ejemplo desea
seguir. Así que el texto de los Taulipang, se refiere a cierto personaje,
1 v. Maiítius, Beilriiyc, etc., p. 22(5.
- PicNAitn & 1'iCNA iu>, De menschetende aanbiddcm der zmmatlany, II, p. 58, l’araina-
ribo, 1908.
■> Ha.hbosa Rodiuguiís, Porandnba- ainazoncnse. Annaes de Bibliotlieea Xaeioual do
liio de Janeiro, XIV (2), p. 221, 223, 188(5-1887.
* RoTii, An inquiry hito the anhnismm and follc-lore oj' tlie (I nimia Inditinis. Animal Bi-
¡)o)-t of the Burean of American ICthnology, XXX, p. 2l¡2, n" 209, Washington, 1908-
1909.
'• v. Maiitics, Beitrdije, etc., p. 339.
üiiic'i'ox, Dictionaire cara ibe-J’ranf ais, p. 450, Auxerre, 1(5(55. Rdimprimé par .lulos
l'lat/.mann, Leipzig, 1892.
ISuicton, Dictionaire franfuie-caraibe, p. 28(5, Anxerrc, 16(55. Reimprime par Jiiles
l'lat/.mann, Leipzig, 1892.
’ Kocii-Gltüxui-ato, l'oin Boroima znm Orinoco. Krgebnisse einer Brise in Xordbrasi-
Hcn nial lenezuela in den Jahrcn Wí 1-WU, 11, p. 55-60, lam. III, Berlín, 191(5.
47
mítico y bien conocido, que fue llamado Tamekáng, cuando principia
que Tamekáng «es un hombre con una sola pierna; la otra le fue cor-
lada en la tierra ». A continuación, nuestro texto emplea la palabra india
en sentido metafórico, o como sinónimo de «amputado en una pierna»,
y así se aclara la aparente contradicción cuando las Pléyadas (que repre-
sentan la cabeza de Zilizoaibu, en la constelación del Sgambato oriónico,
ver lig. f>), son llamadas : Tamekáng (scilicct la palabra (pie en dialecto
Taulipang dice: cabeza), es decir, la cabeza de Tamekáng, y las Híadas,
Tamekáng sáitepc, es decir, el cuerpo de él. En estos dos casos, Tamekáng
es usado como sinónimo de : amputado en una pierna, puesto que el nom-
bre del respectivo desgraciado, es: Zilizoaibu.
Respecto a la etimología de Tuminkar, Tamongan, Tamulcang , Tame-
kan, Tamucu, Támucu, no cabe duda que pertenece al Caribe, donde
fama, tamo (no es menester enumerar las variantes que pueden verse
upad K. von den Steinen ') significa: abuelo 5 ; la sílaba final, tal vez es
aumentativa.
El problema: cuál de bis campos cósmicos lia dado origen para crear,
en la mente de los indios, la figura de Tuminkar, debe quedar reservado
para una investigación independiente.
¿La figura entera de un héroe mutilado, es representada por el «Orion» ?
A esta categoría pertenecen tres mitos que no están bastante aclara-
dos en cuanto a los detalles astronómicos, limitándose los autores res-
pectivos a indicar como figura sideral del héroe, la constelación del Orion
en general. Parece, además, error cometido por los respectivos autores o
por los indígenas relatores de las leyendas, cuando en las dos primeras,
el héroe es privado de ambas piernas; ha de tratarse de una sola pierna,
pues así lo refieren todas las demás versiones.
La síntesis de las tres leyendas es la siguiente :
La leyenda de Jipcpim 1 * 3
Epépim era un lindo mozo: Caiuanon, su hermano, bien feo. Ambos eran sol-
teros. El segundo délos dos, envidioso, (pliso matar a su hermano y le invitó a
buscar la pintura unten. Cuando Epépim había subido al respectivo árbol, el
otro lo traspasó con un palo, así que cayó al suelo; después le cortó las pier-
nas y se. fue.
El tercer hermano, que era casado, halló, en compañía de su mujer, el cadá-
1 yon okn Stkin'i.x, I)¡r llaka'iri-Sprache, etc., p. 15 ; da las variantes según los
dialectos I pimiento, Caribe insular, Chacina, Cuinanag'pto, Koucouyenne, Akawai,
(¿alibi, Makusi, I’almella.
- llii dan.
:1 15 a K iíosa UomiicuníS, Vovanduba amazonensc, etc., p. 230.
48
ver mutilado y tiró las piernas al río donde se trocaron en peces surahíen. Pero
el alma del muerto filé al cielo y se trasformó en el Orion (h'prpini ) ; el her-
mano feo, en el planeta Venus (Caliianon) y el hermano casado, en la estrella
Sirio ( Uenlní).
Leyenda de los Makuchy, tribu caribe de Río Illanco, Brasil.
La leyenda de. Mabukuli 1
Mabukuli, burlado por mujer y suegra porque siempre volvía de la caza sin
botín, y cansado de este tratamiento, se cortó un pedazo de carne de cada uno
de sus muslos ", ligó las heridas con akalali y dió los pedazos a las dos muje-
res, diciéndoles que era muestra de la carne de un tapir que. había cazado. Las
mujeres asaron la carne en una parrilla y la comieron.
A la mañana siguiente, Mabukuli mandó a las mujeres que le siguiesen y le
ayudasen a traer el tapir que había cazado, pero cuando éstas llegaron al
paraje respectivo, no encontraron más «pie di akalali con que se había vendado
las heridas; Mabukuli mismo había ido al cielo donde su « espíritu » puede
verse (constelación del Orion), pero también su «cuerpo» (constelación I, amú-
lala = mandíbula del tapir, seguramente las Híadas, no la Cruz Austral como
lo afirman los autores; por vía comparativa se ve también que las Híadas repre-
sentan sólo la mandíbula del tapir que filé cazado por Mabukuli, no al «cuer-
po» de éste). En otra parte (I, p. 105) los dos autores holandeses se rectifican
cuando explican : kamatala, « sterrebeeld van den Bull'elkaak; de vorm i» die
eener V » (Icamatala, constelación de la mandíbula del búfalo (i. e. tapir, ver
p. 110) ; la forma es la de una V).
Leyenda de los Aruak de Surinam.
La leyenda de, Epetembo :l
Epetembo, víctima de una broma pesada de su mujer, es atado en la hamaca
por los hermanos de ella y expuesto durante tres días a la lluvia. Para vengar-
se, la lleva al monte bajo el pretexto de cazar, la. tuesta viva, corta el cuerpo
en pedazos, lleva éstos a casa y da a la suegra el hígado a comer. Pero ella,
1 Puna lio &. Picnaico, lie menschelende aanbidders, etc., II. ]>. (¡0. En otra parte (I,
p. 105), el nombre del héroe es: Mabekele, constelación «que representa a un hom-
bre con una pierna cortada ».
- En la variante de esta leyenda, comunicada, por I lance (véase p. 50), el héroe se
mutila en una sola de sus extremidades inferiores.
•' Pknakd A Piona un, De mensehclende aanbidilcru, etc., II, p. 3ÍM3. — La última
frase que se refiere a la relación entre Epetembo y el sol, es poco claro y dice en el
original como signo :
«Toen drocg de Gierenkoniug den Eenboonigcn Man omhoog en plaatste llem in
de 12 sierren van do Orion, van waar ldj do Zon roept llij is tovens de drager
der Zon. »
El nombre del héroe, en otra parte (II, p. 17), es indicado como : Epelembo, Epe-
lembc, L'pclcmu ; en la lista do las constelaciones kaliñas, Orion (— Epotemu) esta
49 —
sospechando algo, basca y halla los restos de la desgraciada hija, y persigne,
en compañía de sus hijos, al asesino.
Después de muchos incidentes, lo alcanzan, le cortan una pierna a la altura
de la rodilla y lo abandonan a su suerte. El mutilado suplica al rey de los bui-
tres y éste lo lleva al cielo, trocándole en «el guerrero celeste con una sola
pierna » (constelación Orion) (pie lleva el sol y desde donde lo llama.
Leyenda de los Raima, tribu caribe de Surinam.
La figura entera de un héroe mutilado, es representada por partes del Orion,
por las Hiadas y por las Pléyadas
La pierna sana de un héroe mutilado, es representada
por las tres estrellas del Tahalí
Los primeros autores que apuntaron las leyendas referentes a este
grupo, agregan datos incompletos sobre las estrellas que representan la
apoteosis final de una tragedia mitológica. El más antiguo de ellos es el
padre Filippo Salva-dore Clilij, (pie refiere una leyenda de los Tamanako,
tribu caribe del Orinoco:
La leyenda de Petl i-puní '
« Audi», dicono, cert.’ Indiano a pescare colla sna moglie. Ma (pin tanque par-
tid fossero di biion umore, iutervenne tra loro una rissa, staiulo ambedue soli
alia rivadi un lago. La donna non solVtí Inngamente i rimbrotti del ano inarito,
c dato di piglio all’ aecetta gli recite speditainente una gamba. Ma vendicossi
beue il inarito : impcrciocelié, alzatosi su da térra, e sollevatosi in alto, divenne
tosto ntia atelln, che dall’ ¡iccaduto da essi chiainasi lo Sgumbato.»
Leyenda de los Tamanako, tribu caribe del Orinoco.
Como tal « stella », Gilij indica « las Cabrillas » ((pie sólo son una
parte de la constelación completa, ver más adelante), y como designa-
ción indígena de la respectiva constelación, las palabras petti-puní =
■senza gamba.
El mismo término, pero aplicado, según el autor, a las Tres Marías,
•descrito como mui constelación « dio con nuil) voorstelt mefr ccn nfgehakt beon » (=
« ipie representa a un hombro con una pierna cortada ») (J, p. 105).
La. etimología de este nombro, dada, por los Penan! (II, p. 47-48), es fantástica o
insostenible, pues lo traducen con « De’ witto dij’, de Man met den witton Naam aan
/ijn Dij, de gekrnizigde of verbiiulende. Naam, liel AVoord » (— «El muslo blanco,
el hombre con el nombro blanco- y su muslo, el Nombre crucificado y reunido, la
Palabra»)! ¡Vaya uno a identificar a Epcteinbo con Cristo crucificado (II, p. 54)
y la figura (leí mártir dé la cristiandad, con la figura del Orion, «que realmente con-
siste cu doce estrellas visibles a ojo desnudo y que representa un embudo con una
pierna más corta, que la otra. » ! (II, p. 54, nota. 8). No vale la pena- seguir a los dos
autores en sus ampliaciones sobre el mismo Puna que ocupan las páginas 83 a 87 del
lomo III do sus « meiisehetemle Aanbiddors der Zonneslang ».
1 (jtiu.i, Saggio di «loria americana, 11, p. 233, Roma, 1781.
I1BV. Ml’S. LA PLATA.
T. XXVI
4
— 50 —
existe en la variante : ¡petipuin, también entre los Cumanayoto tribu
caribe de Venezuela, que deben, por consiguiente, también haber cono-
cido la correspondiente leyenda. Lo mismo puede decirse de los Ohayma,
otra tribu caribe de Venezuela; estos llamaron 1 2 « las tres estrellas o
bordones, ipetpuen, y la que sigue a estos bordones \ cañota ' ».
El motivo mitológico del «hombre con una sola pierna», puede, pues,
comprobarse ya para la segunda mitad del siglo xyii.
Fragmento de una leyenda larga, o más bien de un ciclo mitológico
bastante variado, es el siguiente texto publicado por un autor moderno:
La leyenda de Mabuhuli o Ibbelipiiyhn '
Tuvo mala suerte un cazador, y para no presentarse sin botín a su madras-
tra «pie lo quería, se cortó una de sus propias piernas, la envolvió en hojas y
la presentó a la mujer como carne de gamo ; después subió al cielo donde repre-
senta el cinto y la espada del Orion.
Los Amale de la Guayana llaman estas estrellas : mabakali (— sin-pierna) ;
los Akawai : ¡bbehpiighn.
Leyenda de los Akawai y de los Anude de la Guayana.
Como en el texto de Gilij, también en el de Dance la designación indí-
gena de la respectiva constelación (mabuhuli — sin-pierna, ver p. 45),
se refiere al contorno sideral de un hombre con una sola pierna; resulta,
pues, que el Tahalí y la Espada de Orion, citados por Dance, represen-
tan la pierna y el pie que han quedado al pobre mutilado.
El nombre del héroe mutilado, en lengua caribe, es pues :
Petti puní (Tamanako), Pet-pine (Uayana), I-pcti-puin (Cumanagoto),
I-pet-puen (Chayota), E pete- mito, E-pete-mhe, E-pcte-mu (Kaliña), E-pepim
(Makuchy), 1-bbch-pughn (Akawai); véase también Pe-ponón (Taulipangj,
p. 53.
La base de este apelativo, variado según los tantos dialectos del grupo
1 ltuiz til. anco, Arte y tesoro de la lenijua Cumanayoto, p. 15, Hurgo*, 1088. Publi-
cado do nuevo por Julio Platzmaun, Leipzig, 1888.
5 di: Tausth, Arle y bocabulario de la lenyua de los indios Cltayma, Cumanayoto ...
p. 2-1, Madrid, 1080. Publicado de nuevo por Julio Plntzmaim, Leipzig, 1888.
2 El término « bordones», en esta forma (plural), es sin duda un error; lia de ser
«el bordón » (singular), sinónimo de « el báculo », y este báculo, o es el símbolo ce-
leste de los peregrinos que en la edad media viajaban a Santiago de Conquístela, o
« el báculo de Santiago », otra de las designaciones de las tres estrellas -, ii Orionis ;
el asunto no está aclarado todavía, pero no pertenece al tema de la presente inves-
tigación.
1 Esta voz canina es idéntica a c aiitanon, nombro de la Venus, según J turbosa Ro-
drigues (ver p. -17, nota 8).
B Dancii, Chaplees from a Guianese tog-book, p. 200, Demorara, I <ss 1 ; ex: Kotii,
.tn ¡iii/uiri/, etc., p. 202, sect. 208; p. 200, seot. 21 ! A. — Ver la variante de esta leyen-
da comunicada por los Peiiard, página -18 de esto trabajo.
caribe, es : petti, pet, etc., que significa: muslo (por ejemplo, en el Uaya-
ua: pet ; en el A para i, piti etc. '). El significado de la c o i al principio
de algunas variantes, no puede aclararse por el momento. La termina-
nevadas
Híadaf
A
/
I'ig. El « Sgambato oriónieo » (Lolimann-Nil-
selu*), según oí dibujo original do Koeb-Grünberg,
con una pequeña modificación nuestra.
eión : puní, pinc, etc., es, según Gil ij, la postposición «sin», pero no
se halla en los vocabularios del grupo caribe (pie tengo a mi disposi-
ción.
1 (Joudkkau, Vocubulaiven mólhodiqutu den I migues Guai/ana, Apnrdi, Oi/ampi, limé-
rillon. Iliblioiheque linguintlquc américainc, XV, p. 20, 03, París, 1892.
— 52 —
Mientras que ni (¡ilij ni Dance, nada dicen respecto a la manera como
el contorno del héroe mutilado corresponde a las estrellas de la cons-
telación llamada Orion por nosotros, el misionero inglés William líenry
Brett lia pretendido (pie el contorno del héroe con una sola pierna (lla-
mado Serikoai en la leyenda por él referida) es en todo y absolutamente
idéntico al del gigante Orion; la leyenda misma trata el ya conocido
tema del hombre mutilado :
La leyenda de Serikoai '
Serikoai tiene una mujer (W'awaiya) que es perseguida, con intenciones amo
rosas, por Wailya, personaje en forma de un tapir; éste encanta el hacha déla
mujer y una vez que los esposos estaban trabajando en el campo, ella corta a
su marido una pierna. El herido se arranca una pestaña cargada con una lágri-
ma y la manda con un ave mensajera a su madre ; la madre viene y sana al
hijo, pero éste tiene que utilizar, en adelante, una pierna de palo para reem-
plazar la amputada. Buscando a la pareja (pie se ha dado a la fuga, la encuen-
tra al lin ; mata al tapir antes que éste pueda transformarse, lo cuece y ahúma,
pero la sombra del tapir sigue a su amada. Serikoai continúa su camino y llega
al cielo. Ahí están entonces : la mujer Wawaiya (las Pléyadas), el tapir (el gru-
jió del Aldebarán) y Serikoai mismo (el Orion); su pierna sana, según Brett,
es la izquierda y corresponde a las estrellas 5-/3 (ltigel) ; la pierna de palo es la
derecha y corresponde a ?-*, pues * es estrella menos maleable que Rigel.
Leyenda de los Caribes de la Guayana, según Hotli '.
ltoth atribuye este mito a los Caribes y dice : « Siriláo es la palabra
caribe para estrella :I ; Wailya , para sereno (mitchman); y waica (cf. Iba-
ivaij/a), para hermana o mujer ... » ltoth no llama la atención sobre la
idea de Brett, según la cual el contorno de ¡Serikoai, con su pierna de
palo, correspondería exactamente al contorno del gigante Orion, pero pu-
blica la leyenda de Nohi-abassi (ver más adelante) con su identificación
astral; de ella resulta que Brett está en un lamentable error.
Aclarado del todo quedó el asunto gracias a las minuciosas investiga
cienes del doctor Koeh-Griinberg, así que liemos incluido en esta mis-
ma categoría las leyendas anteiiores; he aquí en síntesis su texto :
1 Biíictt, Leyendo and myllto of lite aboriyinal Indiano ttf llrilioli ftniana, 2“ edilion,
ji. 1 í) 1-200, London, sin fecha.
5 ltOTH, Jn inejitiriny, ote., p. 265.
:l vos nns Stiuniín (Die ¡lakdirioprache, ote., j>. 2!)) lio dudo uno sinopsis do esto
palabra que considera como guía para los dialectos dol grupo caribe; Kocu-tí i¡ii.\-
niíim, unís tardo, lia hecho otro tanto (Die HUinákoto-Umáaa. Anlliropos, 111, p. 25,
1908).
La leyenda de Zililcairaí (Zilizoaíbu) '
Ziükíiwaí o Zilizoaíbu ' es engañado por su mujer ipie le corta la pierna de-
recha Entrega la mujer infiel, con la criatura, a su hermano, y le manifiesta,
«pie cuando haya desaparecido, empezaría la época de las lluvias y habría abun-
dancia de peces. Suite después al cielo : las Pléyadas, son su cabeza : las Ufa-
das, el cuerpo ; la estrella Bellatrix, el trasero : el Tahalí, la pierna sana ,: la
Espada, el pie de Ziükawaí (Zilizoaíbu).
Yo supongo (pie una línea que reúne Bellatrix con Betelgeuze, representa el
muslo o muñón de la extremidad mutilada, y en este sentido lie modificado el
dibujo original de Koch-tJriinberg, dado en la lámina III de su obra (ver fig. 5).
Leyenda de los Taulipang, tribu caribe del Brasil septentrional.
Como se ve, esta combinación de estrellas nada tiene de común con el
contorno clásico del Orion : en éste, Bellatrix representa el hombro dere-
cho, Betelgeuze el izquierdo, etc.
Agrego, al fin, que la palabra peponón, indicada por Koch-Griinberg
como nombre de « la. pierna de Ziükawaí » (id est : el Tahalí y la Espada),
contiene el mismo término para «pierna» que se halla en la designación
« El Sin- Pierna » usada para la citada constelación indígena ( petti-puní ,
Tamanako; ipetipuin, Cumanagoto; ipctpuen, Chayma; ibbchpughn , Aka-
wai, etc.), como ya fue explicado detenidamente en la página 50 de este
trabajo.
IOste du-pítulo, respecto al Tahalí (Las Tres Marías), puede, pues, ter-
minarse con la siguiente conclusión :
La pierna sana de un héroe mutilado, es representada
por las tres estrellas del Tahalí
En el capítulo siguiente trataremos algunas otras leyendas, según
las cuales la. pierna cortada fue trasladada a los astros.
La pierna cortada de un héroe mutilado, es representada
por las tres estrellas del Tahalí
La leyenda de Nohi-abasti '
Nohi-abassi, i. e. « Mitad de pierna» % era el mayor de dos hermanos: des-
pués de muchos acontecimientos ((¡no pueden leerse en el original), su cuñada,
' Koch-Gkünuf.kg, l’om Roioima zum Orinoco, etc. , II, p. 13, 55-60, lám. III, Ber-
lín, 1916.
Esta voz es formada con la palabra chirico, etc., estrella en lengua caribe; véase
página 52, nota 3.
1 Detalle muy importante, mencionado expresamente en la página 56, nota 1 de
la obra citada.
* Rom, Jn inqniring, etc., p. 263-265, seet. 210: p. 260, sect. 211 A.
Los Warrau hablan un idioma aislado; no he podido analizar la palabra Xohi-
abassi según otros documentos, pues la última investigación sobre este idioma «pie
54
con un gran cuchillo, le corta la pierna. Ahora están en el cielo : Nolii-abassi
(las l liadas), su pierna cortada (Orionis y su mujer, subiendo un árbol
(las Pléyadas).
Leyenda de los Warrau (idioma- aislado) de la Guayana.
Al motivo del hombre delictuoso por amores prohibidos, pertenece la-
siguiente leyenda de los Akawai de la Guayana, que de sus análogas,
sólo se distingue por la extremidad cortada a- la víctima; en el presente
caso, no es la pierna, sino el brazo :
La leyenda del brazo corlado '
Un hombre mata a su hermano por la mujer de éste, y como comprobante
«le la muerte realizada, le lleva el brazo, cortado a la víctima. El alma del
muerto se queja dentro de un arlad, y la mujer, al fin, se da cuenta del motivo,
pero el asesino, segundo marido de la mujer, encierra a ella y a su hijo en una
cueva y transforma a los dos en agutíes. El alma del muerto se aparece entonces
al hombre y le ruega que entierro el cadáver, menos las visceras; ella, después,
quedaría tranquila y, además, habría abundancia de peces. El hombre cumple
con el pedido de su víctima; las visceras vuelan al cielo y se transforman en
has Pléyadas; cuando aparecen, abundan los peces. El brazo cortado también
está en el cielo : es el Tahalí.
Leyenda de los Akawai, tribu caribe de la Guayana.
Posición completamente aislada ocupan losdos siguientes mitos, tam-
bién de la Guayana, recogidos por W. G. Iiotli :
La leyenda del cazador de Un anuí es -
Un hombre que anda cazando tinamúes (especie «le perdices), ve, metida en
un árbol, la pierna de una mujer, y le pega un tlechazo ; la pierna cae al suelo
y se transforma en un tinamú; el hombre mata esta ave, se la lleva a casa y se
la come, y desde entonces tiene suerte en la caza. La pierna está- ahora en el
cielo : es el Tahalí.
Leyenda de los Aruacos de la Guayana.
La leyenda de Makunahna y Lia :1
Mukuuaima y Pía, los héroes mellizos, nacidos después do la muerte do su
madre con ayuda del tigre ', hacen de las suyas, al cazar a Maipuri (el tapir).
Pía, con la cuerda de su harpón «pie tira, arranca a su hermano Makunaima.
conozco (Adam, ¡tequiase grammaticalc el rocabulairc de la lauque (Juaraouno. Congreso
internacional de americanistas. Acias de la A 7a reunión, México 1 S 9 p. 179-489, Me
xieo, 1 81)7 ), no contiene nada al respecto.
' Dan'Cií, Chaj>ter8, etc., p. 29G ; ex: Rom, An inqniring, etc., p. lí (ílí , sect. 209;
p. 2GG, sect. 211 A.
1 Rom, An inqniring, etc., p. 173, sect. 98; p. 2GG, sect. 211 A.
3 Rom, An inquiring, etc., p. 134-135, sect-. 38; p. 26G, sect. 211 A.
* Respecto al tigre como maestro en obstetricia, véase nuestra Mitología sudameri-
cana, II, p. 189.
— 55 —
una pierna que ahora se ve en el cielo (el Tahalí) : Makunaima misino repre-
senta las Pléyadas, el tapir Maipuri las ¡liadas.
Leyenda «le los (Jaribes de la Guayaría.
Con el fin de aportar la mayor suma posible de material que pueda
aclarar puntos de la astronomía y mitología sudamericana, y que al
mismo tiempo, como en el caso que en seguida trataremos, pueda com-
probar curiosas relaciones entro los aborígenes sudamericanos y los de
México, vaya un mito de, los indios Cora-, apuntado no lia mucho por K.
Tli. Preuss :
La leyenda de la mujer Saku y de los dos rayones '
Saku, una mujer, solía- comer niños; siempre que había aprehendido a uno,
lo llevaba- a casa, lo cocía en una olla y se lo comía. Una vez que estaba ocu-
pada con su olla y miraba adentro, fue empujada adentro por dos muchachos
que llegaban, y apenas pudo salvarse. Los dos muchachos se fueron corriendo,
llegaron a un río y lo atravesaron gracias a una garza, cuyo pico y cuello, ex-
tendidos por el ave complaciente hasta la otra orilla, utilizaron como puente;
después siguieron corriendo al cielo (el río es límite entre la tierra y el cielo) .
La vieja-, persiguiendo a los dos muchachos traviesos, también llegó al río, pa-
sólo de la misma manera, alcanzó a los dos y les pegó con un bastón, separando
así, a cada uno, una pierna; las llevó a- casa , las coció y se las comió.
En el cielo están ahora los dos varones (las ¡hoyadas) y la canasta que la
vieja suele llevar en la espalda (podrían ser la-s Miadas, si Preuss no afirmara
que la respectiva constelación está situada entre las Pléyadas y Casiopeya). Yo
supongo que la pierna cortada- está representada por el Tahalí ; por consiguiente
opino que el mito está algo alterado y (pie a uno solo de los muchachos fue se-
parada la pierna por el terrible bastonazo de la vieja enfurecida.
Leyenda de los Cora de la Sierra del Nayarit, México.
La leyenda de los muchachos y de la canilla
El motivo mitológico de la pierna cortada, parece se ha extendido hasta los
A ¡maníes del Peni, pues leemos en el vocabulario de Bertonio 3 : « mncchn ve!
vicchu, estrellas (pie llaman cabrillas ». Pues bien : mncchn significa-, segura-
mente en primera acepción (Bertonio ib Ídem), «niño o niña que aún no tiene-
discreción » ; como las Cabrillas (sive Pléyadas), en el antiguo Perú .llevaban
designación distinta (pie se tratará en otro estudio, y como el párrafo recién
citado es el único donde- las Pléyadas son llamadas : los Niños, supongo que so
trata de un caso aislado (pie representa una analogía con los mitos donde unos
muchachos, después de ciertas fechorías, son trocados en las citadas estrellas
(por ejemplo, México, ver párrafo anterior) . El análisis del segundo término:
vicchu , confirma nuestra suposición que el párrafo recién transcrito de Berto-
nio, es el último girón de un solo mito, cuyos orígenes deben buscarse mucho
más al norte del Perú, pues vicchu significa « la canilla de la pierna hasta el
' Piíhuss, Die Naya ril-Expcd ilion, etc., p. 274-277; p. 149, nota 2; p. i.xxn.
5 Bicirroxio, Vocabulario, ote., lí, p. 221».
pie, y del codo hasta la mano» Claro qne esta designación no puede referirse
a las Pléyadas (cuya ecuación : los Niños, tampoco puede ser un sinónimo de :
la Canilla!), sino «jue debe referirse a otra constelación, a nuestro juicio, a las
tres estrellas del Tahalí. Dado el carácter tan fragmentario del párrafo berto-
niano, sólo puede concluirse (pie pertenece al mito del Sgambato oriónieo, sin
«pie sea posible aclarar mayores detalles.
Leyenda de los antiguos Ai maníes del Perú.
CAPÍTULO II
La constelación de las Híadas y su supuesta interpretación como cabeza
animal por parte de los aborígenes sudamericanos
El segundo capítulo relacionado con el tema de esta monografía, so
refiere a la constelación de las J liadas, no tan popular como el Orion y
(tomo tres de sus estrellas, pero también antiquísima. Sucede (pie según
el misionero anglicano Brett, las cinco estrellas de las Híadas, son inter-
pretadas exactamente en la misma manera por los indios de la (Juay ana,
o con otras palabras, que también en esta parte de Sud América son
consideradas como ¡a cabeza de un mamífero (no como la de un toro,
pero sí como la de un tapir). El ojo furioso del «Toro» eurasiático, el
espléndido A Idelmrán, en la (í uayana, según Brett, es el ojo no menos
rabioso de un tapir mitológico. En el caso de comprobarse esta afirma-
ción, habría otro comprobante astrognóstico para antiguas comunicacio-
nes entre Asia y el Nuevo Mundo. Debe, pues, estudiarse la afirmación
del misionero anglicano, y se verá que carece totalmente de funda-
mento.
LA CONSTELACIÓN DE LAS HÍADAS EN LA ESFE1ÍA KUlí ASI ÁTICA
En el Mundo Antiguo, desde la época clásica, las estrellas llamadas
por la 'astronomía científica : a, 0, y, c, e Tumi, están conocidas bajo dos
designaciones distintas, a saber :
Para la zona babilónica, representan, como parte do una constelación,
la cabeza del Toro zodiacal (sin los cuernos), y los Árabes, detallando
esta interpretación, llamaban la estrella a, AhJebarán, id cal : El ojo del
Toro 1 2 (es el ojo del costado derecho), nombre que se ha conservado en
la astronomía moderna y científica (ver fig. (I a).
1 Ibidem, II, p. 384.
5 Alfonso X i»h Castilla, Libros del saber de astronomía, etc., I, p. t>3 : «La ln-
zicnte (pie es en ell oío miridional. et es nombrada aldcbaran. »
Para los antiguos («riegos y Romanos, las cima» estrellas en cuestión
(ver íi 14'. (»//), además de llevar la misma designación, fueron tomadas por
una constelación especial , las I liadas, palabra que también sobrevive en
nuestra época, y cuyo significado lia sido bastante discutido 1 ; para mí
es lo más probable que deriva de jc (h iis), « cerdo » en griego, signifi-
cando, pues, « loadas », un conjunto de estos animales. Idéntico con este
término es el itálico: succulae fem. plur. (« lechones »), usado durante
cierta época por los antiguos Romanos para una constelación; ésta es,
pues, idéntica, tanto con el nombre cuanto con las estrellas de la cons-
telación que seguimos llamando
¡liadas, cosa ya afirmada en el
siglo 11 ]». C. por Lucius A m po-
lios, en el capítulo tercero de su
Líber memorialis : Hyades, (¡une
a nobis succulae dicunlur. Nues-
tra constelación, en el concepto
de los antiguos Mediterráneos,
representaba, pues, a nuestro
entender, a los lechoncillos de
una lechigada, mamando en las
tetas de la madre, correspon-
diendo la estrella x al lechonci-
I lo más gordo, no a la madre co-
mo lo opinaban varios autores s;
el término mecida (singular de
succulae), que a veces es usado
por los autores latinos cuando
hablan del respectivo grupo es-
telar, se refiere, pues, a nuestro
entender, a esta misma estre-
lla x, el leehoncito más notable de sus hermanos; repito que para mí
es decisivo el aspecto de la constelación tal cual se presenta al ojo des-
nudo, e insisto en que las cinco estrellas x, 0, y, 5, s, forman un conjunto
que se destaca del cielo nocturno en grado llamativo; su contorno, co-
rresponde bien a las dos líneas maníales de una chancha, ocupadas
por su cría. De todos modos, las Miadas, tomadas como un conjunto de
Jeehones (con o sin la madre), hacen juego con sus vecinas, las Pléyadas,
palabra que también es griega y se traduce con: bandada de palomas.
/\
I
\ /
K¡s. I!. — n. I.n ca 1 H'/.n ilcl Turo, según lns iiiilinicio-
iiiim do I’tolenmeus ¡ h, 1 ,11 h Ulmliis, visten ilewle
el hemisferio ¡instruí.
* (íuxoiii., De stcllarum appellationc, etc.,, p. 101-107 (193-190).
IMumoaktnicií, Znr <¡ cuchichíe und lAteruiu'r tler griccli luchen Slcrnbildcr, etc., p. 20.
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LA CONSTELACIÓN DE LAS 1IÍADAS EN LA ESFERA SUDAMERICANA
En Sud América, las Ufadas no son gran cosa, para la iconología side-
ral, y Ilion poco es lo (pie se puede enumerar; lie ahí una lisia :
Jnts ¡liadas, sin otras estrellas , representan ana constelarían
Esta constelación no está relacionada con otras
«La tortuga» (sambar i), entre los Ipurina, tribu antuca del Alto Puré,
lirasil '.
« La cerca », « carral de apanluir ]>eixe » ( kakurtj), entre los Tupí del
Amazonas; en el original está indicado el Toro zodiacal como la conste-
lación respectiva, pero se trata indudablemente sólo de una parte, de la
cabeza sin los cuernos (Ufadas), cuyo contorno representa exactamente
el citado aparato para coger peces *.
« El tostador de maíz », « el tiesto » (es decir, la olla de barro alargada,
en que antiguamente se tostaba el maíz) (callana), entre la población mo-
derna de habla quichua de la provincia argentina de Santiago del Este-
ro \ En la provincia argentina de San Juan (donde ya no se habla ningún
idioma autóctono), las Ufadas se llaman popularmente: la Campana *,
pero yo creo que se trata de una corrupción del término quichua callana,
aunque el contorno de nuestra constelación présenla cierta semejanza
con el de una campana.
Antes de continuar con esta lista sinóptica y terminarla con la desig-
nación que las Ufadas llevan entre varias tribus de la Cuayana y del
brasil (y probablemente entre los antiguos Peruanos del Cuzco), es indis-
pensable, por lo confuso délos datos que se refieren al primer punto, tra-
tarlos con la mayor detención.
* Euiucnhiíicii, Jieitriige, etc., I, p. 72. .
101 pudro Gilij indica como nombre do una constelación <1<- sus Tamanako (Orino-
co) : «.peje, la tartaruga di limne » (Saggio, etc., I, p. 282); puedo une se trate de
los Ufadas, pues el Orion, así llamado por los Bororó (véase p. 10), es para los Ta-
mnuako, el famoso Sgambato (ver p. 41) y 53); otra constelación de los Tamanako,
tampoco identificada, es eiini, «la tartaruga di torra » (Gilij, ihidem).
- Baiuíosa lio dk i ocios, Vocabulario indígena, etc., p. 00.
:l Licii.mann-Nitscimo in manuseriptis (comunicaciones epistolares del señor Jesús
Fernández, fecha julio 11 de 1011), y del señor Ramón Carrillo, fecha septiembre 30
de 11)11); ambos caballeros son excelentes conocedores do su provincia).
1 Lkiimann-Nitsciik ¡a manuseriptis (carta del señor ingeniero Virgilio Ral'linetti,
fecha agosto 5 de 11)10).
Esta constelación está relacionada con otras
Trataremos en las líneas siguientes aquellos casos en los cuales ¡a
constelación que nos ocupa, está relacionada con otras constelaciones
indígenas, representando uno de los documentos, o (para hablar según
nuestro concepto) uno de los dibujos astrales que ilustran un complicado
suceso mitológico.
Empezaremos con la Guayana, pues respecto a esta región, pasa algo
curioso, a saber: Brett, al relatar la leyenda de Serikoai, que ya fue pre-
sentada en sinopsis breve (ver p. 513), explica detalladamente que el gru-
po sideral del Aldebarán representa al tapir Wailya, y que éste,- con su
ojo iracundo (Aldebarán), mira a Serikoai que le persigue. Claro está que
la fórmula : Aldebarán = < )jo del Toro = Ojo del Tapir, es bastante sos-
pechosa, ya que Brett en otra oportunidad, como quedó explicado en la
primera parte de este trabajo, ha demostrado ser mal observador en asun-
tos mitológicos, pues está influenciado por conceptos europeos sin darse
cuenta. Rotli dice al respecto 1 * * * : « Para mí es probable que la idea de que
Aldebarán representa el órgano óptico del tapir — en cuyo caso el tupir
correspondería al Toro del zodíaco — es el resultado de un contacto con
influencias africanas o europeas. » Yo opino que estas influencias deben
buscarse en la cabeza del misionero Brett, sugestionado por la idea de
encontrar las ideas astronómicas, etc., del mundo antiguo, en todas
partes.
El problema no puede ser aclarado cuando tropezamos con la simple
ecuación : Tapir = Ufadas; así pasa en la leyenda de Makunaima y Pía
(p. 54), que cuenta, simplemente, que el tapir Maipuri tiene su paradero
en el cielo, donde representa a las Híadas; nada más. Es menester que
las indicaciones sean más precisas, y por suerte, hay otras que aclaran
el asunto por completo; como se demostrará, las Híadas no representan
un tapir entero, sino solamente la mandíbula de uno, cuyo contorno, visto
desde arriba o desde abajo, se asemeja del todo a la discutida constela
ción. Veamos estos comprobantes :
Ya en 1743, Charles Marie de la Condamine, a orillas del río Coari,
entró en relaciones con los indígenas, y escribe, respecto al asunto que
nos ocupa, lo siguiente 5 :
«Jeremarquai qu’ils connoissoient plusieurs étoiles fixes, ct qu’ils
donnoient des nonis d’animaux au diverses Constcllations. Us appellent
les Hyades, ou la tete du Taureau, Tupiera . Bayouba , d’un uom qui sig-
1 Jíotii, .ln inquirint/, ct.c., p. 2l¡f>.
I,|! !'A Conoaminu, liria l ion abrcf/éc (Van voijaije fait (loan V inléricur de V Amcriqne
móriüionalc, depuis la cale de la Mee da Snd. jitsqu'aux cates du Jlrésil et de la Gin/anc,
en desccndant la ritiere des Antañones, p. 112, París, 1 77S.
(JO
niíie ¡uijoiml’liui en lene langue Máclioire de Eoeuf; je dis aujourd’liui,
parce que depuis que l’on a transporté des buuifs d’Europe en Améri-
(pie, les Erasiliens, ainsi <pie les ilutareis da Pérou, ont appliqué a ees
animaux, le nom qu’ils donnoient, chaeun daos leu r langue maternelle,
a l’Elan, le plusgrand des quadrupédes qu’ils eonnussent avant la venue
des Européens. »
El mismo asunto también lia sido mencionado por ('ondamine en
1745, cuando presentó un informe de su viaje a la Academia de ciencias
de París, informe (pie sólo conozco de los libros de lía i 1 ly y llouzeau
Lancaster La designación indígena para la Y del Toro, según esta edi-
ción, es : tapiira rayouba, variante (pie debe corresponder mejor a la
fonética original. Respecto a la traducción «mandíbula de bovino»,
dada por (Jondamine, I. C. llouzeau agrega al extracto del párrafo
recién transcrito, lo siguiente :
«11 faut ajouter quec’était proprement máclioire de tapir, et qu’on en
faisait seulement le bauif, parce que le nom du tapir avait était étendu
a.l’espéce bovine, apres son introduction par les Européens. Lesllyades
étaient du reste une máclioire de tapir jusqu’au Pérou oú elle était la
signification de leur nom ahuaracaqui dansla langue indigéne. » (El últi-
mo detalle es tomado del padre Yelasco, como se verá en la página 02).
Esta palabra tapiira rayouba, apuntada por (Jondamine, es tupí (ver
más adelante), lo que no comprueba que también lo baya sido la respec-
tiva nación indígena, pues la voz que nos ocupa, reaparece como cien
años más tarde en el (Rosario de Martius, quien anotó, entre los Uainu-
má del río Yupurá (grupo arnaco 1 2 3), la palabra tapiruuma-ibihitschi (orto
grafía alemana), y la consideró como designación de las Pléyadas ;l ;
pero ibihitschi no es otra cosa (pie: estrella, por lo menos hay hiipiiitsclii
ibidji (loque debe leerse: hiipiiitsclii o ibidji) como término para « stella »
en la lengua Uainumá (según Wallacc apud Martius *)? mientras (pie
►Spix (apud Martius ) para « Pléyadas», en el mismo idioma, da : liyyit-
scltc, y Martius mismo, para «Orion» : bioyencinse-ibih itscli i Topiruuma-
1 dio i.a Con dam l \ lo, I fíat vire, etc. Mómoircs de V Académie (les Sciences, j>. 117, Ta-
ris, 174o ; ex: Kau.i.v, Uistoire de l’astronomiv aueieune depuis son origine juseju’d l’e
liihlissemenl de l’éeole d’Alexandrie, |>. 173, Taris, 1775; y ex: Houzioau iot Lancas-
t ioi4, Bibliograpbie genérale ele, ¡’aslronumie, I, ]>. 53, Bnixelles, 1887.
- EiimoNiuoien, ¡He ICIIntographic Siidamerikas im lleginn des .Y .Y. Jahrhunderls linter
hesonderer Jlerüvksiehligung der Xalurriilker. Arehiv fiir .1 nlliropologie, N. T. III, ]». -18.
col. II, 1005.
3 v. M a irnos, lleilrUge, etc., )>. 2-17.
' lbidem, p. 218.
c lbidem, p. 247.
f' lbidem, p. 217.
<31
¡hihUtichi debe traducirse, pues, con : Las estrellas llamadas tapiruuma
(mandíbula de tapir).
Mu mi tarea, de analizar el carácter tupí (sivc guaraní) del término
indígena que nos ocupa, fui ayudado por mi distinguido compañero, el
doctor T. Alfredo Martínez, de Goya, Corrientes, conocedor profundo
del idioma nativo de su provincia. Pues bien : el famoso mamífero Tupi-
rus a mericanus (cuyas tantas designaciones, en varios idiomas indígenas,
pueden verse apud Martius '), se llama en tupí-guaraní : tapyra , tupirá ;
según Martínez (in litteris) taplí ; «el tupí », escribe el mismo, «que lia
recogido en alguna parte una tendencia a suprimir el acento agudo final,
incluye siempre en las nominaciones va, na , va, ma, que suprimen el
acento ... »; así que « el va final es un simple agregado tupí ». « Tayá —
tayü, es nervio o tendón, cosa fuerte, en suma, sin duda, corrupción de
tayl. liuiz de Montoya dice que también significa quijada Como la t
inicial es signo del nominativo concreto, vale decir, afirmativo o positivo,
se transforma en r para expresar el posesivo déla otra entidad, de tayú,
en composición sale tapil r-ayñ. El agregado final va o ha, es el solesivo
de que abusa el tupí. » Se ve, pues, que la traducción de : quijada o man-
díbula de tapir, queda perfectamente comprobada.
También en la leyenda de Mabukuli que ya filé comunicada (texto de
los Penard, ver p. 48), las I liadas representan Ja mandíbula del tapir
que lia actuado en el drama, y así la respectiva constelación es llamada:
lama tala. En otra parte de su libro (I, p. 105), los autores holandeses
tampoco dejan de indicar la constelación k ama tala como: « sterrebeeld
van den Buflelkaak: de vorm is die eener Y» (— «constelación de la
mandíbula de búfalo; la forma es la de una Y»); en lo que hace al «bú-
falo», compárense las indicaciones de Condamine (pie ya fueron tra-
tadas mi la página anterior.
Consultando los diccionarios de los dialectos aruacos, resulta que la
palabra que dice: tapir, es ana, (jema; licma, lcema, tema 1 * 3, variantes (pie
deben completarse con liamá (dialecto Ipurina ') y con Icama arriba cita-
do. La palabra para decir: mandíbula, no está en los diccionarios arua-
cos que he podido consultar,' pero no parece dudoso que tala sea una de
las respectivas variantes.
También en la ya tratada leyenda aruaca de 13 au luir y Tuminkar (ver
1 v. Maktius, Heilrüyc, etc., ]>. 1711.
- Ruiz de Montoya, Arle, vocabulario, tesoro ;/ catecismo de la lenejua Guaraní, Jí.
1». 1(5"), Madrid, 1040. Publicado nuevamente sin alteración alguna por Julio Platz-
niann, Leipzig, 1870.
' Kocu-Gi!Üniíi:i¡g, Arnak-Sprachen Nordircstbrasiliens, etc., p. 07.
1 Sthhks, Narrativa of a visil to Judian tribus of ihc, raras Rivcr, Brazil. lleport of
thc U. S. National Muscnm 1001, p. 370, Washington, 1003.
62
1>. 12), «Taurus» (como escribe Farabec '), o más bien (lidio, solamente
la Cabeza del Toro zodiacal (alias Ufadas), representan << la mandíbula
del tapir, cazado y comido por líaukur (Orion) »; el nombre wapisiana de
la constelación respectiva (aunque Carabee no lo dice), lia de ser pues :
kuduiawei (el nombre del tapir mitológico), y esta palabra, variante de :
liam atala , etc.
Hay otra leyenda más en la cual la mandíbula de un tapir desempeña
su papel especial; aunque no está dicho expresamente que ella fue trasla-
dada al cielo, una vez terminada la historia, no cabe duda que este deta-
lle, por cierto insignificante para el mito mismo, ha de ser agregado al
siguiente texto de barbosa Rodrigues:
La leyenda de los siete hermanos -
Los siete hijos de un matrimonio molestan ¡i sus padres a causa de la comi-
da, hasta (pie, al fin, la madre les tira la mandíbula de un tapir para (pie la
coman; los niños, con ésto, no se contentan todavía, pero el mayor reparte la
pieza entre los menores; después invita a todos a ir al cielo y trocarse en estre-
llas, los toma bajo los brazos, e invocando al tío Ueré (una estrella no identi-
ficada), todos suben al cielo, bailando; en vano, la madre llega y les trae la
comida. Los siete hermanos, en el cielo, representan a las Pléyadas.
Leyenda de los Makuchy, tribu caribe del Río B raneo.
Por último, hay otro comprobante directo que se debe al padre Juan
de Velasen y que ya, fue brevemente mencionado en este mismo trabajo
(ver p. 00). Dice en una liarte de su obra J, que las Diadas, entre los an-
tiguos Peruanos (sic !), se llamaban ahitara caqui y que fueron represen-
tadas en los templos mayores sobre un cielo azul claro, y que según ellas
y según las Pléyadas, fueron determinados los solsticios. Los datos del
cronista son — como se verá con más detención en nuestra investigación
sobre la astronomía de los antiguos Peruanos — poco fidedignos, pero en
lo (pie atañe al nombre de las Diadas, tiene razón : efectivamente, según
los vocabularios del idioma quichua, por ejemplo, Middendorf el tapir,
en esta lengua, se llama : ahitar, ( aj , suavizado en a, es sufijo del genitivo)
y mandíbula : A 'aquí. 15n la cultura quichua, empero, las Diadas lleva-
ban otro nombre completamente distinto, «granero», como se demos-
trará en nuestro estudio que acabamos de mencionar. Resulta, entonces,
' Fauaiucu, The central .i ratéales, etc., p. 103, 101-102.
Bakhosa Roduiguks, L'orandnba amazonense, etc., p. 255.
:l Vki.aSCO, i lis taire da royanme de Quito. Vaya yes, relations ct memoires oriyinuu.r
¡loar servir a l’liistoire de la ddco averie de l’ Amórique, publica poní1 ht prendere 1’oi.s en
líiine.nis, par lí. Termiux-Coinpans, XV1I1, p. 130, París, 1810.
' Middundoiu’, iViirterhuch des liana Simi oder der h’esh na-Sprache, p. 22, 287, Leip-
zig, 1890.
que la designación de las Miadas como « mandíbula de tapir», que res-
pecto a la zona quichua se halla, una sola vez apuntada (en el párrafo
recién mencionado de Velasco), no corresponde a los Quichuas ni al anti-
guo Perú; y (pie es una simple traducción al quichua, del respectivo tér-
mino arnaco: lia mata la, etc.
Comparando ahora todos estos antecedentes, resulta que la constela-
ción de las Miadas representa la mandíbula de un tapir mitológico (no al
animal entero), aún en los casos donde ésto no ha sido indicado expresa-
mente por los respectivos autores (leyenda de Serikoai, p. 52; leyenda,
de jMakunaima y Pía, p. 54). Reuniendo entonces todos los datos actual-
mente disponibles, obtenemos el siguiente resumen : Nuestra constela-
ción de las Miadas, es llamada
« La mandíbula del tapir» entre las tribus siguientes:
Aruacos de Surinnm (ver la leyenda de Mabukuli, p. 48); el nombre
de la const elación es : kamaiala == mandíbula, de tapir.
Aruacos de la Guayan:), tribu Wapisiana (ver la leyenda de Baukur
y Tuminkar, p. 42 y 43, nota); el nombre de la constelación es : kit-
duiairei.
Aruacos del río Yupurá, tribu Uainumá (ver p. 00); el nombre de la
constelación es : tapiruuma.
¿Aruacos'? del río Coa ri, observados por de la Condamine en 1743
(ver p. 59); el nombre de la constelacióñ es: tapiira rayaba.
Caribes de la Guayana (ver la leyenda de Serikoai, p. 52); el nombre
de la constelación ha de ser: icailya.
Caribes de la Guayana (ver la leyenda de JMakunaima y Pía, p. 54); el
nombre de la constelación ha de ser: maipuri = tapir.
Caribes del Río II raneo, tribu Makucliy (ver la leyenda de los siete
hermanos, p. 02); el nombre de la constelación no está, mencionado.
Quichuas del Cenador; la noticia es muy dudosa, se trata más bien de
una traducción del Aruak (ver p. 02); el nombre de la constelación es:
ahitara caqui — mandíbula de tapir.
« VA granero» (pinta), entre los antiguos Peruanos del Cuzco en la
époea de la conquista; opino que esta designación indígena ha de refe-
rirse a las Miadas como kollka a la constelación del Auriga (de ninguna
manera a las Pléyadas), lo (pie se explicará con todos detalles en mi tra-
bajo sobre la, astronomía de los antiguos Peruanos, que formará parte
de la presente serie mitológica,
1 « La canasta » (tsukn), entre los Cora do la Sierra del Nayarit, México, podría,
muy Idon ser representada, por las Diadas, poro l’rcuss dice, que la respectiva cons-
telación está situada entre las l’léyadas y Casiopeya ; es aquella canasta que lleva la
vieja Sakii en la espalda, y en la, cual pone las piernas do los dos muchachos travie-
sos, que les había separado de un bastonazo; ver página, ño.
Las litadas, can otras estrellas, representan ana constelación
« El Sgambato oriónico » (Zilikaieaí o Zilizoaíbu), constelación «le los
Taulipang, I í ilni caribe «leí Brasil septentrional, abarca también a las
11 íatlas que representan el cuerpo del héroe (ver p. 55).
«El Sin Pierna» (Nohi-abassi), constelación de los Warrau de laGua-
yana, se compone de las llíadas que representan el personaje mitológico
(la pierna cortada, es el Tahalí, ver p. 54).
¡ni estrella principal délas litadas (el Aldebarán), sin otras estrellas
representa un objeto terrestre astral izado
«Una Intra o nutria» (yénine), entre los Tariána, tribu amatar del río
Oaiary-Uaupes, atinente «leí río Negro, brasil; otras estudias de primera
magnitud, como Procion, Sirio, liigel, cinco o seis en totalidad, también
son para estos indios el mismo mamífero acuático
«Una lutra o nutria» (tjauí), entre los Ilianákoto-Umáua, de la misma
región; nuestro autor refiere su indicación, es cierto, sólo a «estrellas de
primera magnitud, Sirio y otras», pero dado el antecedente anterior, no
debe dudarse (pie entre las respectivas estrellas, también se halla el Al
«lebará n
La estrella principal de las llíadas (el Aldebarán) , con otras estrellas
representa un objeto terrestre astralizado
« La armazón para secar harina tic mandioca », constelación de los
Bakai'rí, de Matto Grosso, comprende también al Aldebarán. que es «el
padre», es decir, un pelotón algo más grueso de la harina caída desde la
curiosa instalación indígena (Orion, Sirio, etc., ver p. 42).
CAPÍTULO 111
Resumen
Introducción. — Los fenómenos cósmicos son importantes para el hom-
bre primitivo. Su pensar es «mágico» en general, lo que puede obser-
varse también <;uando se ocupa del cielo. Keune ciertos astros con líneas
imaginarias a constelaciones cuyo contorno lineal le recuerda objetos,
animales o personajes, «pie le son familiares. Para las constelaciones pri-
mitivas, es decir, las verdaderas, es pues decisiva su forma, caraeteriza-
1 Kocu-Giiünuuho, Jritalc-Sprachcn XordivcsIbranHwns, etc., ¡>. 59, 97.
- Ivocii-GhUniuciio, l>ic lliamiíkoto-UmiíiKi, etc., |>. 25.
65
da por el contorno, y a éste debe corresponder la designación respectiva.
La universalidad del fenómeno : de reunir el hombre primitivo ciertas
estrellas para ciertas constelaciones, puede explicarse por la teoría de
los pensamientos elementales de August Bastían, como también así se
explican la antropomorfización de sol y luna, la prosopización del disco
lunar, el concepto de la Vía Láctea como río o como camino. Esta teoría
debe tomarse en cuenta, ante todo, al explicar analogías entre América
y el Mundo Antiguo; tales analogías casi siempre, y a causa déla suges-
tión ejercida por la tradición mosaica, fueron interpretadas como difun-
didas desde una cuna común, desde cierta región del Asia central. Con
ésto no deben negarse antiguas relaciones entre ambos Mundos; por
ejemplo, respecto al calendario mexicano y centroamericano. Pero ningu-
na relación hay respecto a la astronomía (de la cual el calendario repre-
senta un capítulo importante) de los aborígenes sudamericanos : en Sud
América no hay ni zodíaco, ni siquiera constelaciones que sean idén-
ticamente interpretadas en el Mundo Antiguo. Sin embargo, hay autores
que han asegurado la existencia del zodíaco eurasiático en Sud Améri-
ca, y que han manifestado que las constelaciones del Orion y délas IJ Ja-
das, son interpretadas de la misma manera por ciertos aborígenes sud-
americanos, lo que sería, en caso afirmativo, una prueba astrognóstica,
de gran importancia, para antiguas relaciones entre el Nuevo Mundo y
la zona eurasiática.
La presente investigación demostrará que tales afirmaciones, respecto
a las dos constelaciones recién indicadas, carecen de fundamento, desti-
nándose otra publicación para refutar lo que se ha dicho respecto al
zodíaco.
La constelación del Orion , en la esfera eurasiática , es la apoteosis side-
ral de la vida aventurera de un cazador gigante. En la forma sencilla, se
compone de 17 estrellas (Hyginus, ver fig. 1), en la ampliada, de 38 (Ptole-
maeus, ver fig. 2); esta última es laque sobrevive en nuestra época. Otra
designación, ésta verdaderamente itálica, entre los antiguos Romanos,
era, jagula en singular, « el Yugo », o jugulae, en plural, « los Yugos ». Un
detalle de la figura del Orion, las tres estrellas del Cinturón o Tahalí, ya
antiguamente representaban otra constelación, especial e independiente
del Orion : eran para los Griegos (lo que puede comprobarse para el siglo
i p. C. y para más adelante), « las Tres Gracias », o simplemente « las
Gracias». Los astrónomos árabes (lo que puede comprobarse para el
siglo ix p. O.), modificaron esta designación en « Las Tres Vírgenes », y
éstas, a su vez, fueron cristianizadas, más tarde, y llamadas « Las Tres
Marías » (el comprobante más antiguo que conozco en este momento,
data del siglo xvi, pero debe haber anteriores); las tres Marías son las
que fueron a ver el sepulcro de Jesús. Desde entonces, la constelación
de «Las Tres Marías» es popularísima en los países del habla castella-
REY. MUS. LA PLATA. — T. XXVI
5
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11a, y por ende, en el Río de la Plata. En la última región, la designación
del conjunto estelar «el Orion», no es popular, mientras que el nom-
bre de la citada sección (« Las Tres Marías »), hasta lia adquirido un
sentido humorístico gauchesco, aplicándoselo para las boleadoras a tres
ramales. El término « Las Tres Marías », para las tres estrellas o, s, £ Orio-
ni», también se usa en la lengua portuguesa, pero para ¡as boleadoras (a
tres bolas), sólo en Río Grande do Sul (influencia del idioma castellano).
No corresponde al presente trabajo, tratar de otras designaciones («Los
Tres Reyes », « Los Tres Magos », etc.) de la popular constelación.
La constelación del Orion , en la esfera sudamericana , puede estudiarse
bajo los siguientes puntos de vista :
El Tahalí, sin otras estrellas, es llamado :
La manada de llamas, entre los Aimaráes del antiguo Perú;
Pájaros que se encuentran, entre los Chañé de Bolivia;
. Mutuamente tiran uno de otro (en una lucha deportiva, agarrán-
dose dos hombres las manos derechas), entre los Araucanos de
Chile y de la Argentina ;
Enderezados uno en frente de otro (dos hombres), entre los anti-
guos Araucanos de Chile ;
Las bolas guanaqueras, entre los Telmelche de la Patagón i a.
El Orion, sin otras estrellas (claro que se trata de los componentes
principales de la constelación), es llamado:
La ro§a en llamas, entre los Karava del río Araguaya;
La cerca para coger peces, entre los Siusí del río Icana;
La cerca para coger peces araráes, entre los Tupí del Amazonas;
La tortuga (lluvial) pernilarga, entre los Pororó de Matto Grosso;
El coleóptero, entre los Ipurina del río Puru.
El Orion, con otras estrellas, es llamado:
La rastra, entre los Araucanos argentinos;
El malhechor asido por dos guardianes y entregado a cuatro
buitres, entre los Yungas del Perú ;
La armazón para secar harina de mandioca, entre los Bakairí del
río Xingú; (la extremidad de un gran palo puntal, es el Sirio;
un montón de granos de mandioca caídos de la armazón, son ¡as
Pléyadas; un pelotón algo más grueso es el A bicharán).
El Orion y el motivo mitológico de la pierna cortada, es un asunto
bastante complicado que, en armonía con el presente trabajo, sólo fue
tratado astrográficamente. Earabee ha pretendido que la figura entela
de un héroe (Baukur), es representada por el Orion; Barbosa Rodrigues
(en la leyenda de Epépim), los renard (en la de Makukuli y en la de Epe-
tembo), pero ante todo Brett (en la leyenda de Serikoai), han creído
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(y Brett lo lia, ampliado con un dibujo especial!) que la figura entera
de un héroe, mutilado en una pierna, está formada por nuestro Orion.
Pero Koeh Grünberg (en la leyenda de Zilikatcaí) ha comprobado que
no hay tal identidad ; que la pierna sana de un héroe mutilado es la
que corresponde a las tres estrellas del Tahalí, mientras que las Mia-
das son el cuerpo y las Pléyades la cabeza del desgraciado (ver fig. 5).
Recién ahora comprendemos un párrafo de Dance (leyenda de MabuJculi
o Ibbehpughn), y a esta categoría pertenece sin duda la leyenda de Petti-
puní , comunicada por Gilij.
El análisis lingüístico del nombre indígena del héroe mutilado, hecho
por nosotros, coincide en un todo con los datos astrográficos, pues el
nombre significa : « El sin pierna », etc. Se trata de tres idiomas distin-
tos, a saber :
En los dialectos del grupo aruaco, el nombre para «Orion» es : Bau-
Jcur (dialecto Wapisiana), Pcltiiru (dialecto Marauha), Puküry (dialecto
Araicú), Mauclcy (dialecto Manaos), Bolear (dialecto Baniva), Mabulculi
(dialecto no especificado). La médula de esta palabra es la designación
para «pierna», «muslo», «fémur», por ejemplo, belái, fémur en el dia-
lecto Marauha, etc. En otros dialectos del gran grupo aruaco obsérvase lo
mismo : Ozoné, Otssoné (dialecto Baniva, probablemente distinto del ante-
rior), Ghasoihyaty (dialecto Baré), Ljohoary (dialecto Cauixana), son las
respectivas designaciones para «Orion » y contienen siempre el término
para «pierna», « muslo», etc.; v. gr. : oso , odzo en el dialecto Ban'va.
En los dialectos del grupo caiíme, el nombre para «Orion» es:
I-bbeh-pughn (dialecto Akawai), Ipetpuen (dialecto Chayma), 1-peti-puin
(dialecto Cumanagoto), E-pete-mbo , E-petembc, E-petc-niu (dialecto Kali-
ña), E-pepim (dialecto Makuchy), Petti-puni (dialecto Tamanako), Pet-pi-
ne (dialecto Uayana). La médula de este apelativo, variado, se entiende,
según los respectivos dialectos, es petti, pet, etc., que significa «muslo»
(por ejemplo, pet , en el Uayana).
En la lengua aislada warrau, la designación respectiva, Nolii-abassi ,
se traduce con : Mitad de pierna.
Recordando un término del padre Gilij (sgambato) y detallándolo con
la constelación principal con él relacionada (Orion), propongo llamar la
constelación de los aborígenes de la Guayana, comprobada por Tli. Koch-
Griinberg (y modificada por nosotros en un detalle insignificante, ver la
fig. 5) : El Sgambato oriónico. Es la constelación del « Hombre con una
pierna » ; la pierna sana, es la izquierda ; la mutilada, la derecha.
Según variantes del motivo mitológico de «la pierna cortada», ésta
fue astralizada en las tres estrellas del Tahalí (las leyendas de Nolii-
ubassi, del brazo cortado, del cazador de tinamúes, de Malcunaima y
Pía; probablemente también la mexicana de la mujer Salen y la peruana
de los muchachos y de la canilla).
La constelación de las litadas , en la esfera eurasiática, corresponde n
dos subzonas distintas : para la babilónica y su ¡níluencia, es « la Cabeza
(sin los cuernos) del Toro zodiacal », detallando los Árabes esta desig-
nación con llamar Aldebarán , id est : « Ojo del Toro», a la estrella más
notable, a Tauri. Para la subzona greco-romana, las cinco respectivas
estrellas, además de llevar la misma designación, fueron tomadas por
una constelación especial, y llamadas : Las Híadas. Este nombre es
griego y significa : «Los Leehones », correspondiendo, como yo supon-
go, la estrella a al lecfioncito más gordo. El término equivalente de ¡os
'Romanos era súcculae, refiriéndose, por consiguiente, el singular succula
(a veces usado para el conjunto), a la estrella a, el 1 echón par cxeellence.
La constelación de las Híadas , en la esfera sudamericana , puede clasifi-
carse de la misma manera, a saber :
Las Híadas, sin otras estrellas, representan una constelación; ésta no
está relacionada con otras y es llamada :
La tortuga, entre los Ipurina del río Puré;
La cerca, entre los Tupí del Amazonas;
El tostador de maíz, o : el tiesto, entre los Quichua de la pro-
vincia argentina de Santiago del Estero.
Las Híadas, sin otras estrellas, representan una constelación ; ésta
está relacionada con otras y es llamada :
La mandíbula del tapir, entre los Aruacos de Surinam, de la Gua-
yana, del río Yupurá; entre los aborígenes (¿Aruacos ?) del río
Ooari ; éntrelos Caribes de la Guayan a (dos comprobantes) y
del Río Branco;
El granero, entre los antiguos Peruanos del Cuzco.
Las Híadas, con otras estrellas, representan una constelación que es
llamada :
El Sgambato oriónico (ver la página anterior), entre los Aruacos
y Caribes de la Guayana; el Sin-Pierna de los Warrau es una
variante.
La estrella principal de las Híadas (el Aldebarán), sin otras estrellas,
representa un objeto terrestre astralizado; esto es:
Una lutra (o nutria), entre los Tariána y los Hianákoto-Umáua
del Río Negro, Brasil.
La estrella principal délas Híadas (el Aldebarán), con otras estrellas,
representa un objeto terrestre astralizado; esto es :
La armazón para secar harina de mandioca (ver un párrafo ante-
rior), entre los Bakaírí del río Xingú.
CONTRIBUCIÓN
AL
CONOCIMIENTO HISTOLOGICO DE LA YERBA-MATE Y
Por AUGUSTO C. SCALA
Profesor de Botánica en las universidades nacionales de Buenos Aires y La Plato
y de la Escuela normal de profesores
PRÓLOGO
A la elaboración del presente trabajo contribuyeron en forma eficaz y
desinteresada, ya sea ofreciéndome ejemplares de sus herbarios, ya con
indicaciones valiosísimas, numerosas personas, entre otras, los señores
Enrique y Leopoldo Herrero Ducloux, Cristóbal M. Hícken, Miguel Lillo,
Carlos Spegazzini, Eduardo Ladislao y Eduardo Alejandro Holmberg,
Juan A. Domínguez, Antonio de Llamas, A. Bacliem y Nicolás L. Ceppi,
a quienes me complazco citar en primer término, en la portada, lugar de
honor, apadrinando la altura de mis propósitos, y al «abrigo por tanto de
los errores a que haya podido inducirme la amplitud misma del tema
tratado.
El que motiva el presente trabajo ha tentado a muchos, ha asustado a
otros muchos, maestros, la mayoría, en el difícil arte de la observación
microscópica. Nadie lo realizó por completo, algunos lo hicieron en parte
y otros lo abandonaron a poco de haberlo comenzado. ¿Mi tentativa de
hoy involucra un desafío a tantos trabajadores?
No. Al intentarlo sólo tuve en cuenta mi entusiasmo del momento, y
éste, por gran fortuna mía, me acompañó durante su larga gestación, su-
gestionado tal vez por ciertas frases de aquel gran consejero de los hom-
bres estudiosos que se llamó Alfonso De Candolle cuando dice :
1 Trabajo presentado a los Congresos de medicina., reunido en septiembre de 1916,
y al do Ciencias natural es, reunido en la ciudad do Tiicumií» en noviembre do 1910,
donde filé aprobado con voto de aplauso.
— 70 —
«Un fin, certaines théories, certaines rechérches ¿i f aire methodiquement,
impartialement , avec doutes et discussions, peuvent conduire d la publica-
tion d’un livrc, dans le sene restreint et ¿levé du mot. 1? occasion s’en pré-
sente rarement dans la Science et dans la vie d’un liomme. 11 faut savoir
en profiter.»
Augusto C. Scala.
Febrero de 1917.
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I
Introducción
' El tema que me propongo desarrollar es de rigurosa actualidad, debido
al enorme movimiento de opinión que ha determinado y a los numerosos
trabajos que ha provocado, ya sea desde el punto de vista comercial e
industrial, ya del científico; más interesante a mi ver éste último, pues
sus resultados han de influir, en día no lejano, poderosamente, por su
aplicación práctica al reconocimiento de las falsificaciones y adulteracio-
nes de la yerba-mate, y en este concepto estamos avocados a una cues-
tión más compleja de lo que aparentemente deja presentirse.
La yerba-mate fue y es adulterada y falsificada y continuará siéndolo,
hasta que cultivos más racionales y metódicos, en su vastísima área de
dispersión natural, origine un tipo bien definido desde el doble punto de
vista técnico e industrial, y aún más, hasta que métodos seguros de in-
vestigación química, micrográfiea y fisiológica, pongan en mano de las
autoridades, las armas adecuadas jaira contrarrestar los constantes abu-
sos de los especuladores poco escrupulosos.
Es evidente que la simple extracción de la yerba en sus lugares de
origen y producción, determinará su desaparición casi completa; para
evitar este posible mal, debe reglamentarse la industria yerbatera y fo-
mentarse la formación de nuevos yerbales, capaces de reemplazar a los
abatidos, y si se me objetara que tal reglamentación existe, que así es,
en efecto, contestaré, pero sólo impresa en papeles, aunque todavía poco
o deficientemente aplicada en la práctica; aún más; si así no sucediera
en nuestro país, lo es en los limítrofes, productores y jnoveedores pode-
rosos de la mayor parte de la yerba consumida en el mercado argen-
tino (¡más del 90 °/0l ).
En lo tocante a nuestro país, existe un proyecto de ley de explotación
71
<le bosques y yerbales, esbozado por el ex ministro de agricultura, don
Horacio Calderón, como podrá verse publicado en el Boletín del ministerio
de agricultura de la Nación , tomo XX (nos 1 y 2), enero-febrero de 1916,
cuya aplicación inmediata, por el actual ministro, unida a una sabia ley
de fomento de yerbales argentinos, no encareceré nunca suficientemente,
Dejaré por ahora de referirme a un grave defecto de aquel proyecto,
cuya crítica, en la parte correspondiente a los vegetales prohibidos, liaré
más adelante, indicando al mismo tiempo la manera de subsanarlo y desde
ya declaro que mi resolución de emprender el presente estudio fué con-
secuencia de la lectura del trabajo de los profesores Enrique y Leopoldo
Herrero Ducloux (52) trabajo que coronó, por así decirlo, la intermina-
ble serie de artículos y a ratos acaloradas como apasionadas discusiones
de que se hicieron eco, como es público y notorio, los principales perió-
dicos de ésta capital y aun del extranjero.
No me compite la crítica de aquel notable trabajo en su parte química,
tan discutida, de él pude sacar una conclusión muy importante para mí,
y es ésta : que la solución del problema de las falsificaciones de la Yerba
estaría, en primer término, en el establecimiento definitivo de su histo-
logía propia y la de todos aquellos vegetales cuya introducción maliciosa,
real o supuesta, pudiera desnaturalizar la pureza de tan importante pro-
ducto.
Los hermanos Herrero Ducloux opinan, también, que el estudio histo-
lógico (micrográfico) de las yerbas contribuiría a resolver el arduo pro-
blema, aunque no escapa a sus autores la enorme dificultad de semejante
tentativa, pese a la opinión de algunos eximios micrógrafos, que la con-
sideran facilísima.
Estos extremos de opinión me indujeron a tentar no ya su solución,
sino contribuir a ella en forma correcta e imparcial, dejando para los
eternos diseutidores, la ingrata tarea de zaherirse constantemente, per-
diendo de vista el fin primordial y el alto concepto de los estudios serios.
He aquí, ahora, las cuestiones que debían resolverse :
Ia ¿Presenta la yerba mate y sus adulterantes, caracteres histológicos
suficientes como para poder afirmar, en un ‘peritaje, la adulteración y fal-
sificación del producto genuino?
2a ¿Dados el estado de división y la opacidad propia del producto co-
mercial, sería posible su manipulación eficaz para practicar un simple
reconocimiento o un estudio detenido del mismo?
3a En caso afirmativo para la técnica verificada en el laboratorio de
estudio ¿podrá ser el procedimiento lo suficientemente rápido como para
permitir su aplicación en la práctica diaria de las oficinas químicas en-
cargadas de tal tarea?
Del conjunto de estudios aislados y comparativos, verificados con el
material ensayado, puedo ahora contestar afirmativamente alas tres pre-
— 72
guntas. El lapso de tiempo relativamente largo, empleado para poderlo
afirmar así, con seguridad, que algunos lian afirmado apriori, con cierta
ligereza a mi entender, evidencia las dificultades del tema.
Lo repito, fácil puede parecer , pues estamos acostumbrados a oír hablar
de la Caima y la Congona, como adulterantes, que unidos a la yerba-mate
(llex par aguar iensis) nos presenta el limitado número aparente de tres
vegetales, cuyos caracteres histológicos diferenciales, es indudable, y
esto ya apriori, no pueden ofrecer dificultades insalvables para distin-
guirlos y reconocerlos inmediatamente.
La tarea del micrógrafo aparece como limitada a un ejercicio de prin-
cipiante, simple, factible y abordable, pero este primer entusiasmo des-
aparece cuando se comienza a consultar la bibliografía y se inicia el
interminable desfile de los nombres vulgares de las plantas y de los nu-
merosos vegetales, distintos botánicamente, pero conocidos con un mismo
e idéntico nombre vulgar.
En efecto, los especialistas que reducen tanto el campo de la investi-
gación micrográfica en el asunto de la histología de las yerbas y sus
falsificaciones, ¿se han preguntado por ventura si existía un solo y
único vegetal llamado Caima? ¿un solo y único vegetal denominado
Congona ?
Creo que no, y aún más, lo afirmo.
En efecto, bastará al lector y a tales especialistas recorrer la lista de
vegetales variadísimos que se conocen en distintas regiones con estos
solos dos nombres (Cauna y Congona ) para convencerse de mi afirma-
ción, y negar, por tanto, conmigo, la facilidad que parecía ofrecer el pro-
blema.
He aquí algunos datos :
Con el nombre de Caima se conocen tres especies de II ex :
Ia II ex theezans ;
2a lie x integerrima;
3a 1 lex amara.
La primera, además, con una variedad, la tercera con tres variedades
o formas *.
Enseguida, con este mismo nombre se conoce una Simplocacea : Sym-
plocos uniflora y una Rosacea : Prunas brasiliensis (llamada, también Pesi-
guero o Pesigueiro bravo).
En total suman por consiguiente ocho vegetales diferentes, conocidos
con el mismo nombre de Caima.
Con el nombre de Congona solamente, o acompañado por otro término,
por ejemplo, Congona miuda, se conocen las siguientes :
1 Véase a este respecto el catálogo do las especies, variedades y formas del género
llex que figuran más adelante (pág. 102 y siguientes).
73 —
Io Do.] género Ilcx :
llcx conocarpa.
Ilcx diurética .
llcx Cuyabensis.
Ilcx paltorioides .
llcx Co ngo n h inha.
llcx amara (con 2 formas).
llcx dumosa (con 1 variedad).
llex ajffinis (con 1 variedad y 2 formas).
Ilcx chamacdryfolia (con 1 variedad).
Ilex paraguariensis (con 2 variedades y 3 formas).
2o De la familia de las Simplocaceas' :
Symplocos tctranda.
Symplocos rariabilis.
3o De la familia de las Icacinaceas :
Villaresia Congonha (con 1 variedad).
Villarcsia mcgaphylla.
Suman en total 21 vegetales que pueden responder a la designación
de Congona!
Ahora bien, en vista de estos primeros datos ¿es posible afirmar, así,
tan a la ligera que la diferenciación micrográfica es cuestión de minutos?
Pero aún hay más : Súmense a éstos las odios Caunas y ya tenemos
veintinueve vegetales.
Más, ¿y los Aguay, Araticú, Aroeira, Camboatd , Cancharana, Canela
de venado , Canela fedorenta, Canela, Canelón, Carne de vaca, Catigiuí ,
Cerella, Guabiyu, Ouabiroba, Guamini, Guatambú, Guayaibi, Incienso,
Laurel, Maria-preta, Mico, Ñangapirí, Pacurí, Palo amargo, Pcsiguero
bravo, Pimenta, Quebrachillo, Rabo amarillo, Sangría, Sapupema, Sassa-
fras, Sietesangrías, Vassoura, Voadeira?
En total treinta y cuatro más, sin atribuir sino un vegetal a cada nom-
bre vulgar, y por no citar sino los más conocidos y mencionados por los
mejores y más serios autores e incluidos muchos de ellos, por no decir
todos, en la ley de bosques y yerbales de la Nación. Sumados a los veinti-
nueve dan sesenta y tres vegetales diferentes por su tipo, por sus ca-
racteres, por sus efectos, ¿por ventura simplifican la tarea del mi orógrafo
o la hacen cada vez más engorrosa y difícil?
Se ha dicho que estos nombres sólo se citan arbitrariamente y no en-
tran tales plantas en las falsificaciones; pero no se puede cuerdamente
aceptar la opinión de algunos con detrimento de la de todos los demás,
tan dignos como ellos de ser tenidos en cuenta, sobro todo en un estudio
crítico de la naturaleza del presente, dedicado exclusivamente a la reso-
lución técnica de un problema y no a la apreciación del valor personal
de los hombres de estudio.
— 74
Se infiere (le esto, que el micrógrafo, ante este verdadero vox pupuli,
no puede ni debe pasar por alto ninguna afirmación y limitarse a querer
reconocer y a no querer hallar sino los adulterantes de su predilección,
es necesario investigar también todos los demás.
Si hoy se hacen tales agregados en pequeña escala ¿no pueden serlo
mañana en cantidad colosal1? ¿ Por qué, pues, no preparar de antemano
los medios de poder combatir esos fraudes? ¿Por ventura no es más ló-
gico prever a tener que lamentar constantemente la falta de datos para
castigar a quienes lo hayan merecido?
Por otra parte, no dejará de notarse la influencia feliz que estas pre-
visiones tienen para la salud pública, limitando e impidiendo la acción
nefasta de los especuladores, cuando saben estos que las autoridades
poseen los medios de contrarrestar y anular sus audaces avances.
Y este trabajo tiene ese fin.
CAPÍTULO II
Plan de estudio
He dividido el trabajo en capítulos o grandes párrafos y los he dis-
puesto en el orden material y lógico que la investigación imponía.
En efecto, era necesario, en primer término determinar científicamente
las variedades y formas de Ilex Paraguariensis y otras especies de II ex
aptas o inaptas y resolver a qué especies vegetales corresponden notan
sólo ¡as designadas vulgarmente por Caima y Congona , sino también de
todas aquellas plantas con designación vulgar, que, ya sea citadas por
los muchos autores consultados (ver Bibliografía), ya sea considerados
oficialmente como adulterantes (ver Ley de bosques y yerbales) y que for-
man interminable lista (ver Catálogo de nombres vulgares de la yerba y
adulterantes) cuyos intrincados datos, contradictorios a veces, hacen la
tarea difícil y complicada, pero que debía abordarse y resolverse, cuando
se está animado, como lo estoy, por el deseo de ofrecer a los investigado-
res un trabajo sincero, correcto e imparcial.
De aquí la necesidad de varias listas : La primera sobre Ilex (pág. 102)
(por orden alfabético de especies) para uniformar, en primer término, la
enorme sinonimia leída en las muchas obras escritas hasta hoy. He
adoptado para este fin un tipo único, y es, el (pie se halla detallado en la
notable obra de Loesener (Monografía Aqu ifoliacearum).
Así, por ejemplo, la especie llamada Ilex nigro-punctata Mices, citada
por Spegazzini, en su relación de viaje Al través de Misiones, como adul-
terante, no figura como tal especie sino como :
75 —
I le x amara ( Vell.) Loes. var. longifolia, forma nigro-punctata (Miers)
Loes, y así para todas las demás. Bastará, por tanto, recurrir al catálogo
de especies de Ilex para poder referir inmediatamente toda especie o con-
siderada tal, por el autor que la nombra, al que le asigna Loesener (o. c.).
Para complicar aún más estos verdaderos laberintos, algunos autores
copian mal los nombres específicos, de donde resulta, muy a menudo, que
los usados por ellos no corresponden siquiera a especies sudamericanas.
Por ejemplo, Antonini, en su trabajo sobre la Yerba-mate , publicado
en el Boletín del ministerio de agricultura de la Nación, julio-agosto 1914,
en la página 100 dice: «Las variedades se distinguen botánicamente de
acuerdo con la forma de sus hojas, designadas así : Ilex long ifolia , llex
latí folia, Ilex angmtifolia. »
Estos nombres son específicos y no corresponden por tanto a la Yerba-
mate ( Ilex paraguariensis).
Existe una especie de Nees llamada llcx long ifolia que en realidad co-
rresponde a una Enforhiacea : Pachystroma ilicifolium Müll-Arg. Tam-
bién existe una especie de Thumberg : Ilex lat ¡folia pero es del Japón.
Lo propio puede decirse del Ilex angustifolia.
Seguramente quiso el autor designar las variedades o formas de llex
paraguariensis St. Hih, pero de cualquier modo, el nombre específico no
debe confundirse ni usarse por el de variedad o forma de una especie,
según lo indican, lógicamente, las leyes de la nomenclatura botánica.
La segunda lista o catálogo (pág. 107) es sobre nombres vulgares (por
orden alfabético) repetido cuantas veces lo he hallado ya sea solo o acom-
pañado de un calificativo y de su correspondiente nombre técnico a que
lo refiere el autor consultado.
Debiera repetir aquí lo que ya dije anteriormente respecto al valor de
los nombres vulgares; cada uno puede corresponder a varios vegetales
distintos. De aquí la crítica que hago al artículo 45 de la ley de bosques
y yerbales, pues los nombres vulgares que allí se citan debieran ir todos
acompañados de su nombre técnico para evitar las confusiones que ori-
gina el hecho más arriba apuntado.
Por ejemplo : Aguay (de Misiones) es para Lillo (75) una Sapo t a cea del
género Chrysophyllum ; el Aguay de Santa Fe, es otra Sapotacca : Poute-
ria suavis Hemsl. y así siguiendo con Aguay amarillo, Aguay guazú, etc.
I A cuál de todos ellos debe referirse el adulterante? % A cuál de ellos
se refiere la ley de bosques y yerbales?
Lo mismo puede decirse de todos los otros nombres puestos en el índice
por la ley.
Por estas razones he estudiado histológicamente los varios tipos de
cada nombre, de modo que siempre será posible, caso de hallarlo mez-
clado a las yerbas, poderlo identificar (véase La lista de enumeración del
material estudiado).
76 —
La tercera lista es la bibliográfica (ver Bibliografía , pág. 130). Com-
prende hasta la fecha más de ciento sesenta (160) trabajos consultados,
ya sea sobre yerba o familias de plantas coya histología debí establecer,
en la casi totalidad de los casos, para mayor ilustración mía en todos
los temas accesorios al tema principal.
En la cuarta lista se enumera el material de estudio y comparación,
usado, para establecer los caracteres histológicos y dejar de ellos cons-
tancia por los dibujos que figuran en el trabajo.
Debo agregar que utilicé material proveniente de los mejores herba-
rios y de los más notables especialistas, cuyos nombres cito en cada caso,
unido al recolectado por mí y determinado siempre con identidad abso-
luta; figurando entre esos vegetales uno de los llamados Caima : Sym-
plocos uniflora que hallé en el Delta del Paraná inferior (río Chaná) en mi
viaje de noviembre de 1914 y cuya presencia se señala por vez primera
en la llora de esta región.
He dejado de lado todo el material dudoso, he preferido este tempera-
mento para no caer en errores, que una desconfianza instintiva me hizo
siempre rechazar en honor «a ha veracidad de los datos que había de con-
signar.
Declaro, por último, que exprofeso he dejado de consultar o pedir la
opinión de determinados especialistas por no merecerme confianza los
datos que podían suministrarme, estimando que haciéndolo así daba ma-
yor carácter de seriedad a mi estudio.
Con este criterio general emprendí el ¡sirgo trabajo y al ofrecerlo a la
consideración de todos, creo; que si no hoy, tendrá su aplicación en días
no lejanos. Esta es la mayor satisfacción que todo hombre de ciencia
debe ambicionar y es la única a que legítimamente aspiro.
CAPÍTULO III
Sobre «llex paraguariensis» y otras especies de llex posibles
en la «yerba-mate»
Una revisión detenida de las otras especies de llex que se consideran
como aptas para formar parte de la yerba-mate , ¡leva a la conclusión de
que se impone su estudio racional y serio, encarado desde el triple punto
de vista de su histología, de su composición química y de sus efectos fisio-
lógicos sobre el.organismo humano. Tan solo en esta forma sería posible
la eliminación de las especies que resultaran inapropiadas y la subsis-
tencia de todas aquellas cuyos efectos no marcaran reales diferencias con
las obtenidas con el llex paraguariensis.
77 —
Lo mismo puede decirse de otros vegetales que se agregan a la yerba
normalmente (y no como fraude) consultando el gusto particular de mu-
chos consumidores que exigen a la yerba determinadas condiciones, como
ser el amargo muy pronunciado que se obtiene por el agregado o la total
substitución con la «yerba de anta» ( Viliaresia megaphylla) y como en
lo tocante al gusto del consumidor no hay autoridad que pueda legislar,
es obvio admitir esas mezclas como yerba sui generis y no como adulte-
ración o falsificación. El mal estriba en que a todas las mezclas de yerbas
se las designe con el nombre de yerba-mate simplemente, sin especificar
su composición vegetal.
Para evitar el caos y los malos entendidos que obligan a la anulación
de enormes cantidades de estos tipos de yerbas , bastaría exigir a los pro-
ductores o industriales el uso de nombres especiales, que no se presten
a equívocos, reservando el de yerba-mate al producto proveniente de la
explotación y elaboración de Ilex paraguariensis y sus especies substi-
tuyentes admitidas. Declarando y rotulando el contenido de los envases
con eliminación total de la especificación indicada y, aún más, anotando
la composición centecimal del producto. Por ejemplo :
... „ ( Yerba do anta 50 °/0
Yerba X! , '
f Yerba-mato 50 °/0
como se exige actualmente en todas las fórmulas magistrales, oficinales
o especialidades farmacéuticas.
Es bien conocido el hecho de que los ingleses denominan Mixture a las
mezclas especiales de sus tabacos, y el gobierno no acepta la designación
de Tabaco si no existe la declaración expresa de que se trata de la Nico-
tiana Tabacum o sus razas.
En cuanto a las otras especies de llex, Loesener, en su trabajo titu-
lado : Beitrdge zur Kenntnis der Matepjlanzen (ver Bibliografía n° 79) pa-
rece admitir, además del llex paraguariensis, sus variedades y fornias,
como vegetales utilizados para la preparación de la yerba-mate , sin que
signifiquen falsificación ni adulteración, una serie de especies del mismo
género llex que se encuentran en las regiones yerbateras de los países
productores — especialmente en el Paraguay y el Brasil — ya sea como
especies ya conocidas para ese uso, o bien como utilizadas por los abo-
rígenes, según los datos reunidos por los diversos exploradores, pobla-
dores o coleccionistas. Forma así tres categorías, en cada una de las
cuales agrupa las especies que se indican más abajo, de cuyas dos pri-
meras da la clave de determinación histológica ’, que he traducido del
alemán, por los servicios que puede prestar hasta tanto se uniformen to-
das las claves en una definitiva para llex y adulterantes. •
1 Ver al final do esto capitulo págiua 79.
78
/a categoría : Especies ya conocidas que, según la Flora brasiliensis ,
Miers Contributions y otras obras, son utilizadas para la preparación del
mate :
1. Ilcx par aguar iensis St. llil. y sus variedades.
2. llex amara (Vell.) Loes.
3. llex affinis Gardn.
4. llex theezans Mart.
5. llex cuyabensis Reiss.
0. llex (limosa Reiss.
7. llex diurética Mart.
8. llex cono carpa liciss.
9. llex Pseudothea Reiss.
2a categoría : Especies basta ahora no conocidas, las cuales, según las
relaciones de los coleccionistas, son utilizadas por los naturales para la
preparación de la infusión :
10. llex Qlazioviana Loes.
11. llex Congonhinha Loes-
3a categoría : Otras especies, que, a causa de su posición sistemática
o su nombre, y que transportadas por los naturales, pueden ser tomadas
en consideración tal vez como plantas de mate :
12. llex Vitis Idaca Loes.
13. llex paltorioides Reiss.
14. llex Chamacdnjf olia Reiss.
15. llex cognata Reiss.
10. llex symp locif o r mis Reiss.
Esta enumeración do llex, hecha por Loesener, robustece, no tan sólo la
idea y presunción de que en toda yerba figuran positivamente otras espe-
cies de llex unidas a la llex paraguariensis, y es más que seguro, que desde
tiempo muy remoto hasta la fecha se encontraron siempre unidas indistin-
tamente y fueron siempre consumidas con el calificativo de yerba-mate.
Es evidente que el ojo clínico (permítaseme la frase) de los aborígenes
encargados de recolectar yerba en los dispersos yerbales, no alcanzó ni
alcanzará nunca a distinguir entre un llex paraguariensis o un affinis,
theezans, o conocarpa, etc., cuyas diferencias residen en caracteres ni-
mios establecidos por los especialistas, quienes (bien lo sabemos) discu-
ten siempre sobre el verdadero valor de ¡as especies, variedades o for-
mas, y aquello que para uno es una verdadera especie, para otro no es
sino una variedad o forma de una sola y única especie.
Se deduce de aquí que las diferencias externas, morfológicas, son tan
poco marcadas entre todas esas especies, que los recolectores, gente más
o menos práctica, recogen indistintamente todas ellas, pues todas tienen
aspecto d o planta de yerba. y no van a buscar más allá en su tarea diaria
y monótona.
— 79
Todos estos razonamientos nos llevan a la conclusión de que no cabe
inculpar a esas otras especies de II ex, llamadas inferiores, que por otra
parte no podrán excluirse jamás y si quiere hacerse así deberá verificarse
esta eliminación y exclusión, como ya lo dije más arriba, después de un
profundo estudio, de las especies sospechosas, desde los puntos de vista
histológico, químico y fisiológico.
Por ahora deberá ser considerada como buena yerba-mate de consumo
toda aquella que contenga cuantitativamente el porcentaje oficial de ca-
feína (mateína) y cuyos caracteres micrográficos no revelen la presencia
de algunos llex considerados dañosos, ni la de cualquier otra planta de
otras familias botánicas.
El ensayo fisiológico no debe revelar toxicidad alguna y sería conve-
niente que toda yerba-mate sospechosa fuera sometida a esta prueba -si
se quiere tener una clara idea sobre sus cualidades óptimas totales.
CLAVE PARA LA DETERMINACIÓN HISTOLÓGICA DE LOS « ILEX » 1
A. Epidermis superior simple (es decir, formada por una sola capa de
células) o compuesta (dos capas o estratos de células) por la aparición
esporádica de grandes células acuíferas por debajo de algunas de las
células epidérmicas.
a. Toda la epidermis (en corte transversal) es manifiestamente más
delgada (la mitad al menos) que la del tejido asimilador.
I. Cutícula (incluso la membrana externa) espesa, es decir, tan-
to o más espesa que el lumen de las mismas células epidér-
micas.
1. Células epidérmicas (vistas en superficie) regularmen-
te cuadradas o poligonales. Ángulos a menudo redon-
deados.
a. Superficie superior de la hoja completamente gla-
bra o dotada a lo sumo de pequeñas y microscópi-
cas papilas sobre la manifiesta depresión de la ner-
vadura media :
llex amara e llex dumosa var. Montevideensis.
¡3. Superficie superior de la hoja uniforme por doquier
pero escasamente recubierta con papilas estrobili-
formes, reconocible solamente con ayuda del mi-
croscopio : llex Pseudothea.
1 Traduzco del trabajo de. Loesener la clave do los llex que el autor considera como
tipos de yerba-mate. Según ese estudio, ninguna do las especies citadas constituiría
adulteración o falsificación.
so
2. Células epidérmicas (vista en superficie) irregulares (de
contornos lobados u ondulados) y ensambladas entre sí
como los trozos de un juego de paciencia ( OeduldspieJs
Rompecabezas) : llex (I umosa var. Guaranina.
II. Cutícula manifiestamente más delgada que el lumen de las
células epidérmicas : llex Paraguariensis.
b. Toda la epidermis (en corte transversal) de un espesor más o
menos de la mitad del espesor del tejido asimilador.
I. Cutícula (inclusive la membrana externa) poco más o menos
tanto o más espesa que el lumen de las células epidérmicas,
o cuando no exactamente tan espesa como el lumen asimis-
mo con un espesor de 0,020 milímetros al menos.
1. Superficie superior de la hoja, uniforme por doquier, pero
escasamente recubierta con papilas estrobiliformes re-
conocibles solamente al microscopio : llex Pseudothea.
2. Superficie superior de la hoja, glabra por doquier aun
bajo el microscopio.
Epidermis + 0,031 a 0,042 p.
Cutícula + 0,014 a 0,018 \j.
Epidermis + 0,048 ¡r
Cutícula + 0,020 a 0,028 ¡j.
de espesor :
llex conocarpa.
de espesor :
llex diurética.
Y
Epidermis de 4- de 0,050 o. ) ,
Cutícula .le + de 0,028 ,, j ,lc eS1’OSOr :
llex Glazioviana.
II. Cutícula manifiestamente más delgada que el lumen de las
células epidérmicas.
1. Epidermis superior provista de grandes células acuífe-
ras de gran lumen (Wasserspeicherzellen).
a. Epidermis inferior formada por células iguales de
gran lumen : llex theezans var. gracilior.
3. Epidermis inferior de células comunes :
llex Cuyabensis.
2. Epidermis superior formada por células comunes.
oc. Células epidérmicas (en corte transversal) manifies-
tamente más altas que anchas o aproximadamente
cuadradas. Cutícula delgada : llex Paraguariensis.
3. Células epidérmicas (en corte transversal) mani-
fiestamente más anchas que altas. Cutícula es-
pesa.
#. El segundo estrato de tejido asimilador es muy
laxo, sus células de empalizada están interrum-
81 —
pidas por considerables espacios intercelula-
res : Hex amara var. Tijucensis.
Tejido de empalizada de espesor uniforme, de
un solo estrato, o con células del estrato infe-
rior no separadas : Ilex conocarpa.
B. Epidermis superior compuesta de 2 ó de 2 a 4 estratos ( epidermis com-
puesta).
a. Epidermis completa de algo menos de '/, ó */4 del espesor del te-
jido asimilador.
I. Cutícula delgada, más delgada que el lumen de las células
superiores de la epidermis : Hex Congonhínha.
II. Cutícula espesa, poco más o menos tan espesa como el lumen
de las mismas células superiores : Ilex affínís.
b. Epidermis completa de más de */» del espesor, a menudo tanto o
más espesa que el tejido asimilador.
I. Estomas rodeados de 3, rara vez de 4 células anexas :
Hex afflnís (formas).
II. Estomas rodeados, por lo común, por más de 4 células
anexas : ilex theezans.
CAPÍTULO IV
Manipulación y tratamiento de las yerbas del comercio
para obtener preparados microscópicos
Dados el estado de división y la opacidad en que se presentan las yer-
bas del comercio, es imposible hacer la observación directa al microsco-
pio, si tal material no se somete a una serie de manipulaciones que lo
hagan accesible. La práctica de los cortes transversales, que tantos de-
talles diferenciales ofrece al observador, es inaplicable, pues no debe
perderse de vista, además de las dificultades que presenta esta técnica,
aplicada a trozos de mínimas dimensiones, que necesitaría las inclusiones
en parafina, etc., muy largas, la falta de tiempo para dedicarse a una sola
muestra cuando se deben observar diez o más ejemplares diferentes.
Las zonas más apropiadas son las epidermis de las hojas; inútil es
querer recurrir a las nervaduras o pecíolos en ese material : su simple se-
lección requeriría algunas horas en cada muestra y además deberían ha-
cerse de ellos cortes transversales.
En cambio, las epidermis no requieren más que manipulaciones sen-
cillas y presentan caracteres suficientes para su determinación.
De los diversos métodos ideados y ensayados por mí, para obtener
buenos preparados micrográficos, los dos más abajo descritos, pueden
HEV. MUS. LA PLATA.
T. XXVI
6
— 82 —
usarse con la seguridad de obtener buenos resultados siempre que se si-
gan con exactitud las manipulaciones indicadas.
Recomiendo, sin embargo, el método II porque con él se obtiene la
separación, en superficie, de las dos epidermis de los trozos, con mayor
nitidez.
método i
Io Una vez bien elegida la muestra hágase en un tubo de ensayo la
infusión con agua caliente como si se tratara de preparar un mate. Unos
20 centigramos de yerba se ponen en el fondo del tubo de ensayo y se
vierte el agua (unos cinco centímetros cúbicos). Déjese en infusión, ca-
lentando de tiempo en tiempo, unos dos a tres minutos. Dejar asentar,
decantar el agua;
2o Poner en otro tubo (o el mismo en que se hizo la infusión), unas 8
a 10 gotas de. ácido nítrico, agregar otras tantas gotas de agua y en se-
guida un terrón (del tamaño de una arveja pequeña) de clorato potásico
en polvo. Calentar, agitando suavemente el conjunto, retirando de la
llama de tiempo en tiempo y cesar el ataque cuando los trozos de yerba
estén casi blancos. Llenar en seguida el tubo de ensayo con agua desti-
lada fría, dejar asentar, decantar el agua, lavar nuevamente con agua y
decantar por segunda vez. Si quedan trozos sobrenadando en el agua se
pueden recoger fácilmente con una pequeña espátula y reunirlo luego
todos en un vidrio de reloj;
3o Agregar, hasta cubrir los trozos algunos centímetros cúbicos de la
solución siguiente :
Hidrato de doral 5 gr.
Agua destilada. 2 c. c.
Calentar en seguida, con cuidado, retirando de la llama de cuando en
cuando, durante 2 ó 3 minutos;
4o Colocar los trozos, con 2 ó 3 gotas de la solución de hidrato de do-
ral, entre dos cubre objetos rectangulares, perfectamente limpios ' ;
5o Someter el preparado a la observación microscópica.
Los trozos se vuelven muy transparentes y colocados entre dos cubre-
objetos se pueden observar ambas epidermis, dando vuelta el preparado
cuando así se necesite.
' So limpian muy bien on solución de ácido picro-sulfúrico (ver Manual de mani-
pulaciones de botánica, del autor, Museo de La Plata).
— 83 —
MÉTODO II
Con este segundo método lie conseguido la separación de ambas epi-
dermis de los trozos de yerba con mayor regularidad, resultado que fa-
cilita la tarea del observador en sumo grado, siendo aplicable cuando se
trate de peritajes muy detallados.
En el primer método la diafanización se consigue por el hidrato do
doral en solución concentrada; en éste se obtiene simultáneamente la
transparencia y separación, a causa, esta última, de la acción disolvente
del amoníaco sobre el mesófilo de las hojas.
Se practica la operación en la forma siguiente :
Io Se tratan los trozos provenientes de la infusión, obtenida como en
el primer método, por clorato potásico y ácido nítrico;
2o Después de decantar casi toda el agua, se agrega amoníaco puro
concentrado, de modo que los trozos queden completamente sumergidos.
Se tapa la boca del tubo de ensayo con la yema del dedo pulgar y se agita
no muy fuertemente. Se deja luego reposar, se vierte todo en un crista-
lizador agregando un poco de agua destilada y se hacen luego prepara-
dos en el mismo líquido amoniacal, para ser sometidos en seguida a la
observación microscópica.
Con estas preparaciones transitorias se pueden hacer preparados du-
rables (definitivos) absorbiendo el líquido con banditas de papel de filtro
y reemplazándolo con gomoglicerina del autor cuya fórmula está indi-
cada en el «Manual» ya citado.
Como norma general debo agregar que el buen resultado depende
mucho de la práctica del operador, que se irá adquiriendo poco a poco
salvando las dificultades inherentes a esta clase de trabajos.
Debo recomendar ante todo que se vigile cuidadosamente la acción
del clorato potásico y ácido nítrico sobre los trozos. El cloro naciente
ataca con mucha violencia y es capaz de separar en muy pocos minutos
todos los elementos celulares, aun los epidérmicos, a pesar de su cutini-
zación. Conviene, pues, hacer iniciar el ataque calentando suavemente y
no bien haya comenzado su acción, que se manifiesta por el desprendi-
miento rápido de burbujas gaseosas, retirar de la llama del mechero y
dejar que siga solo el ataque hasta que los trozos estén casi blancos; en
éste momento se llena el tubo con agua destilada y se sigue operando
como ya indiquéjuás arriba.
84 —
EL NÚMEllO DE ESTOMAS EN UNA SUPERFICIE DETERMINADA.
PUNTOS PELÚCIDOS. PUNTOS OBSCUROS
Es un dato, que, en cierta medida, puede servir para orientar al inves-
tigador en el descubrimiento de los vegetales presentes en una yerba.
Sin embargo, no debe tomarse al pie de la letra, puesto que a pesar
de ser casi constante ese número para una especie determinada, cabe
también una variación motivada por el medio ambiente en que la planta
haya vivido sufriendo cambios de índole distinta. Los ejemplares estu-
diados por mí se han mantenido siempre dentro de ciertos límites, por
cuya razón doy el cuadro adjunto que puede tener su aplicación usado
con suma prudencia, ya que indicará un porcentaje de probabilidad apre-
ciable sobre todo en números muy distanciados. Por ejemplo, la Cancha-
rana presenta de 3 a 4 estomas en el total campo del microscopio obte-
nido combinando el ocular número 5 y el objetivo número 7, con tubo
cerrado, mientras que el Ouayaibi (Patagonula americana) en las mismas
condiciones de observación, presenta al menos diez y ocho a veinte esto-
mas; en el Ñang apiri (Eugenia uniflora) pasan siempre de cincuenta.
De modo pues, que si un observador, operando y observando al micros-
copio en las condiciones indicadas en el cuadro, cuenta los estomas en
su totalidad (contando los visibles en partes como medio estoma) y refiere
este número a la casilla correspondiente, hallará nombres de vegetales
de cuya existencia probable en la yerba tendrá indicios no despreciables.
(Ver el cuadro adjunto, página 8(5.)
Puntos pelúcidos. Puntos obscuros
Conviene operar con la infusión de yerba en estudio tomando un grupo
de trozos y haciendo con ellos un preparado transitorio en agua gliceri-
nada (2:1); los puntos pelúcidos (glándulas, hoyos claros o pardos) apa-
recen netamente, aun con poco aumento, y pueden revelar la presencia
de vegetales pertenecientes a las familias de las Mirtáceas, Butaceas,
Mirsinaceas, Mcliaceas, etc., cuyos esquemas doy a continuación de los
de las epidermis de las hojas.
En resumen, la marcha general qiie debe seguirse, para hacer una co-
rrecta investigación micrográfica, con toda seguridad de éxito y sin te-
mor de que los datos obtenidos puedan ser negados, es la siguiente :
Io Tómese una parte de la infusión de la muestra de yerba no sometida
aún al tratamiento de los métodos 1 o II (ver página 142 y sig.) y há-
gase con ella un preparado transitorio sobre dos cubre objetos rectan-
gulares o cuadrados grandes, agregando dos o tres gotas de agua gliceri-
nada y sométase a las observaciones siguientes :
— 85
a) Se nota la presencia de cristales aciculares deoxalato cálcico (cris-
tales fusiformes, alargados como pequeñas agujas, puede afirmarse la
presencia de dos Rubiáceas citadas por muchos autores como falsifica-
ciones y son estas la Rudgca myrsinifolia Bentb. y la Rudgca major
(Chain.) Müller.
Estos mismos cristales aciculares pueden revelar la presencia de hojas
de « ombíi » (Phytolacca dioica) aunque estimo que esta falsificación no
es común y tal vez no se encuentre en el comercio, a pesar de recordar
casos en los cuales se halló, más bien accidentalmente, agregada por
propia voluntad del consumidor o maliciosamente, por personas que apro-
vechando sus propiedades drásticas la ingieren a sabiendas o no;
b) Se nota la presencia de puntos claros ( puntos pelúcidos) u obscuros,
son indicio de la presencia en la yerba de vegetales de falsificación entre
los que figurarían varios llex (amara forma nigro punctata ; dumosa var.
montevidcnsis ; diurética; vitisidaca; symplociformis ; conocarpa ; pscudo-
tliea ; congonhinlia) ; las Mirsinaceas ; Rutaceas ; Mirtáceas ; Lauráceas ;
todos ellos considerados como adulterantes y falsificaciones.
En los esquemas representados con aumento de 55 diámetros, se po-
drá ver y comparar los aspectos que presentan estos vegetales y serán
una guía segura para tener indicios ciertos de falsificaciones variadas.
La aplicación del método I o II permitiendo el uso de aumentos mayo-
res acabarán por revelar la clase de vegetal agregado;
2o Tratar una segunda porción de la muestra de yerba por los métodos
I o II (página 82) y hacer en seguida las observaciones microscópicas
aplicando la clave para la determinación de las falsificaciones de la página
88, clave que se utiliza como las habituales para la determinación de las
familias de las plantas '.
En esta clave, cuando se llegue a una proposición, que termina por un
nombre vulgar o técnico, con un número de orden entre paréntesis y co-
locado a la derecha, se buscará en las láminas el mismo número, el dibujo
servirá para comparar con el trozo epidérmico que se observe, y al mismo
tiempo se podrá leer al pie de cada lámina el nombre técnico del vegetal.
Salvo Ilex paraguariensis todos los demás vegetales se considerarán, por
ahora } como falsificaciones.
1 Ver Augusto C. Sca.ua, Clave universal para la determinación de las familias de
las plantas, Augusto Galli, editor, Buenos Aires, 1915.
8(j
NÚMIORO 1)10 108 TOMAS VI9IHLKS ION t.A SUPlORKIOl 10 TOTA L 1)101. CAMPO 1)101. M ICHOSCOITO DADO
POR I.A COM 111 NACIÓN 1)101. OCULAR NÚMIORO 5 (lIUYOIONS) Y OHJIOTIVO NÚMIORO 7 (i.lOITZ),
TURO CKR1ÍADO.
Nomino do la planta
Ilex paraguariensis (La Plata) . . .
Ilex paraguariensis n° 1 (Jard. bot)
Ilex dumosa
Ilex affinis (Herbario Hiclcen
Ilex ajjinis (Puerto Bertoni)
Ilex brevicuspis (Mico)
Nectandra angustifolia
Oeotea acutifolia . .
Oeotea pubcrula . .
Laurel negro
Sassafras
Pboebe porphyria .
Pouteria neriifolia
Pouteria «naris. . .
Labatia glomerata.
Chyrsophyllum luoumifolium
Patagonula americana .
Cordia salicifolia
Citharexylon barbincrve
Lithraea molleoides , . . .
Sahínas Mollc
Cancharana
Triohilia elegans ......
Triohilia Catigud
Rapanea laeteinrens . . .
líapanea Lorentziana . .
Rapanea guyanensis . . .
Terminalia australis. . .
Terminalia trijlora ....
llalfourodendrun lliedel
Helietta cuspidata . . ,
Villaresia megaphylla
Villaresia Conyonha. .
Villaresia C'ougonha var. pungens
Eugenia uniflora (Herbario Berg.)
Eugenia Guabiyú
Eugenia cerasifolia (E. retasa?) .
A bbevillea Klotskiana
Symplocos uniflora
Myrocarpus frondosas
Rabo amarillo
llollinia sp. (Col. ininist. Agrie.)
Picrasma palo amargo ..........
Diatenopteryx sorbifolia
Maytenus ilicifolia .............
Carne de vaca (Styrax leprosum) .
Pimenta(Co\. E. Herrero Dueloux)
Siete sangrías (11o 8). A. do Llamas
Siete sangrías (n° 7). A. de Llamas
Ñangapirí (Col. A. de Llamas) ..
Pacurí (Colecc. A. do Llamas) . .
Pesiguerobravoi Col. A. deLlainas)
Canela fedorenta{ Col. A.deLlamas)
Guavirá-mí (Col. A. de Llamas)..
Camboatá-puitá (Col. A. do Llamas)
Sombra de toro (Col. A. de Llamas)
Guaminí (Coloco. A. de Llamas).
87
CAPÍTULO Y
Histología de los adulterantes y clave para su determinación microscópica,
comprendidos los «llex» más comunes
Si ha seguido el lector, con detenimiento, todo lo dicho en estas notas,
respecto a los vegetales que se supone o se sabe positivamente entran en
las falsificaciones de las yerbas , notará que el total es realmente extra-
ordinario.
He hecho ingresar en la clave de determinación todos aquellos que se •
citan habitualmente en la inmensa mayoría de la bibliografía consultada,
eliminando, sin embargo, muchos que por su distribución geográfica o por
otras razones de fuerza no es posible formen parte de los introducidos
en las yerbas de consumo. Por ejemplo :
— Lomatia oblicua (R. et P.) R. Br., de la familia de las Proteaceas, es
de los Andes chilenos, Perú y Ecuador.
— Goussarea liydrangeaef olia Benth. et Hook, de la familia de las Ru-
biáceas, utilizada como yerba-mate en el oeste boliviano (Santa Cruz y
Bellavista).
— Villarcsia mucronata R. et P., de la familia de las leacinaceas, es
de Chile y se conoce allí con los dos nombres vulgares de Guillí-patagua
y Naranjillo se utiliza más o menos como la yerba para la preparación
del mate; no tengo noticias de que se haya utilizado en realidad para
falsificar la yerba y probablemente sólo se trata de confusión hecha por
autores eui'opeos. De cualquier modo, sus caracteres histológicos, que
he podido estudiar en ejemplares que me fueron enviados gentilmente
por el Museo de Santiago de Chile, por intermedio del profesor doctor
Carlos E. Porter, son muy parecidos a los déla Villarcsia Congonha, por
tanto, caso de llegar a existir la falsificación sería en seguida revelada.
Por último, para facilitar la consulta de la clave de determinación de
los adulterantes doy más abajo el cuadro sinóptico general que sirve de
base para la formación de los grandes grupos de dilemas. Su consulta
indicará directamente el grupo a que deberá acudir el investigador sin
recorrer totalmente la clave :
Ir al dilema
de la clave
I. Epidermis provista de estomas 2
A. Epidermis cou estrías cuticulares 3
а. Epidermis provista do pelos o glándulas 4
б. Epidermis desprovista de pelos o glándulas .... 12
B. Epidermis sin estrías cuticulares 24
a. Epidermis provista de pelos o glándulas.. 25
b. Epidermis desprovista de pelos o glándulas .... 39
— 88 —
Ir al dilema
de la clave
II. Epidermis desprovista de estomas 56
A. Epidermis con estrías cuticulares. . 57
«. Epidermis desprovista do pelos o glándulas. ... 58
b. Epidermis provista de pelos o glándulas 67
B. Epidermis sin estrías cuticulares 71
a. Epidermis provista de pelos o glándulas 72
b. Epidermis desprovista de pelos o glándulas .... 85
CLAVE PARA LA DETERMINACIÓN DE LAS FALSIFICACIONES
DE LA « YERBA >> Y DE LOS « 1LEX » MÁS COMUNES
( Epidermis provista de estomas.
( Epidermis desprovista de estomas.
o
5(5.
Epidermis provista de estomas
Epidermis provista de estrías cuticulares, ya sea en toda la super-
ficie epidérmica, ya sea limitada a las regiones estomáticas, de-
jando por tanto, libres, porciones más o menos amplias de la
epidermis. 3.
{ Epidermis desprovista de estrías cuticulares. 24.
t Epidermis provista ya sea de pelos simples (uni-bicelulares) ya sea
) de pelos glandulosos o tectores peltados, ya sea de glándulas
I secretoras internas. 4.
’ Epidermis desprovista de pelos o glándulas. 12.
Epidermis con pelos simples más o menos largos, de forma cilindro-
cónica o pelos simples ovoideos, cortos, o pelos glandulosos plu-
ricelulares o pelos tectores peltados (circulares). 5.
Epidermis con glándulas internas secretoras, subdivididas en 2 ó 4
porciones por 1 ó 2 tabiques respectivamente. Estrías cuticula-
res contorneando los estomas y propagadas al limbo; cicatrices
(base de inserción de pelos caídos) rodeadas por 5 a 8 células
epidérmicas radiales. Guaminí (fig. 1).
Pelos simples cilindro-cónicos más o menos largos, no glandulosos;
o pelos ovoideos (simples o glandulosos). 0.
Pelos tectores peltados (circulares) subdivididos en sectores ra-
diados. 10.
^ Pelos ovoideos, glandulosos o no. 7.
\ Pelos cilindro-cónicos, mucho más largos que anchos, no glandu-
V losos. 8.
0
89
[ Pelos glandulosos, pluricelulares. Epidermis provista de estrías
i cuticulares. Cancharana (fig. 2).
7 Pelos no glandulosos, unicelulares, muy cortos, de cuya base de
/ inserción irradian estrías cuticulares. Epidermis sin estrías cu-
\ ticulares. Villaresia Congonha (fig. 3).
Pelos unicelulares, estrías cuticulares difundidas por todo el mo-
saico epidérmico. 9.
Pelos al menos bicelulares, con célula basal cilindrica y célula ter-
minal aguda; estrías cuticulares rodeando sólo a los estomas.
Araticú (fig. 4).
Pelos muy largos (más largos que 10 células de- la misma epider-
mis), huecos y de membranas puntuadas.
Citharexylon barbinerve (fig. 5).
Pelos cortos (no más largos que G ó 7 células de la misma epider-
mis), casi macizos, es decir, dejando una fístula axil tan solo.
Superficie del pelo no puntuado. Guavirá-mí (fig. 6).
Células epidérmicas separadas entre sí por una línea doble conte-
niendo cada una un estoma, rodeados éstos por 3-4 estrías cuti-
culares concéntricas. Rapanea Lorentziana (fig. 7).
Células epidérmicas no separadas por líneas dobles. 11.
De cada uno de los pelos tectores irradian estrías cuticulares.
Rapanea guyanensis (fig. 8).
Pelos tectores sin estrías cuticulares.
Rapanea laetevirens (figs. 9, 10 y 11).
Estrías cuticulares limitadas a los estomas que se continúan a ve-
ces con las de los estomas más próximos. 13.
Estrías cuticulares que se propagan a toda la superficie o mosaico
epidérmico (es decir, tanto al mosaico de células como a los es-
tomas). 19.
/ Contorno externo de las células estomáticas provisto de una estría
1 cuticular serpenteada (ondulada). Cicatrices rodeadas por célu-
13 ' las eii disposición radiada. Labatia glomerata (fig. 12).
I Contorno externo de las células estomáticas no rodeado por estrías
\ cuticular ondulada. 14.
14
Estrías cuticulares perpendiculares a la línea usteolar de los es-
tomas. 15.
Estrías cuticulares dispuestas en líneas curvas concéntricas a los
estomas. 10.
15
/ Las líneas cuticulares cruzan por encima de los estomas; células
\ epidérmicas de tabiques puntuados (es decir, con poros de coinu-
J nicación). Células anexas a los estomas en número de dos para-
lelas a la línea usteolar. Pacurí (fig. 13).
90 —
1 5
1G
17
18
/ Las líneas cuticulares no cruzan por encima de los estomas, nacen
\ en el borde externo de las células estomáticas e irradian hacia
afuera; células epidérmicas de contornos ondulados. Dos células
anexas de los estomas paralelas a la línea usteolar.
Symplocos uniflora (fig. 14).
Células epidérmicas poligonales; con ángulos espesados (espesa-
mientos triangulares). Estrías cuticulares propagadas a veces al
estoma vecino. . Prunus sphaerocarpa (fig. 15).
Células epidérmicas con ángulos no espesados. 17.
Estrías cuticulares curvas rodeando tan solo a los estomas.
Mico (fig. 1G).
Estrías cuticulares rodeando a los estomas y propagadas a los es-
tomas vecinos. 1 8.
í Células anexas de los estomas generalmente en número de 3.
\ llex affinis (fig. 17).
\ Células anexas, más de 4. Rabo amarillo (tig. 18).
( Epidermis provista de hoyos suberosos de los cuales irradian W
19 ] trías cuticulares espesas y abundantes. llex dumosa (tig. 19).
[ Epidermis sin hoyos suberosos. 20.
Tabiques de las células epidérmicas con poros de comunicación;
estrías cuticulares numerosas y linas.
Picrasma Palo amargo (fig. 20).
Tabiques de las células epidérmicas sin poros de comunicación. 21.
I Estomas muy pequeños y numerosos (más de 50 en un campo mi-
l croscópico obtenido por la combinación del ocular 5 con el objeti-
\ vo 7). Estrías cuticulares finas y abundantes. Ñangapirí (fig. 21).
/ Estomas grandes (no pasan de 25 en un campo) con la combinación
\ indicada. 22.
( Estrías cuticulares gruesas y ramificadas distribuidas en el limbo
| foliar en todas direcciones, llex paraguariensis (flgs. 22 y 23).
\ Estrías cuticulares finas y no ramificadas. 23.
/ Células epidérmicas de contornos ondulados, estomas abundantes.
^ llex paraguariensis (figs. 24, 25 y 26).
Células epidérmicas de contorno poligonal irregular, estomas poco
numerosos; estrías cuticulares ordenadas en líneas más o menos
paralelas entre sí. llex affinis (figs. 27 y 28).
I Epidermis provista ya sea de pelos simples o glandulosos, ya sea
) de glándulas, ya sea de bolsas secretoras internas, ya sea de pe-
los simples y glándulas a la vez. 25.
Epidermis desprovista de pelos o glándulas. 39.
Epidermis provista ya sea de pelos simples o glandulosos, ya sea
de glándulas o bolsas secretoras internas. 26.
20
21
0 9
23
24
Epidermis provista de pelos simples y glándulas secretoras a la
vez; pelos cortos (iónicos, algo alargados; células anexas de los
estomas en número de dos y paralelas a la línea usteolar; glán-
dulas secretoras subdivididas en 2 cámaras por un tabique medio
de membrana ondulada.
(Abbevillea) Klotskiana (fig. 29). Campomanesia Klotskiana.
Epidermis provista de pelos simples no secretores, exclusivamente,
de forma cilindro cónica muy alargada o cortos, ya sea de pelos
ovoideos cortos. 27.
Epidermis provista de pelos pluricelulares glandulosos. 33.
Epidermis provista de glándulas o bolsas secretoras internas. 34.
Pelos simples, no secretores, más o menos largos, de forma cilin-
dro-cónica. 28.
Pelos simples, no secretores, de forma ovoidea o globosa, los primeros
a veces comprimidos en la zona media, o bien con base do inser-
ción pequeña y forma anchamente globosa del pelo mismo. 31.
Pelos simples, muy largos (más largos que la longitud total de 10
o más células epidérmicas de la misma hoja). Células epidérmi-
cas de contornos lobados, irregulares. Pelos con fístula central
fina. Terminalia australis (fig. 30).
Pelos simples, cortos (su longitud no sobrepasa en mucho la de 0
células epidérmicas de la misma hoja). 29.
Células anexas de los estomas en número de 2 paralelas a la línea
usteolar, pelos macizos con' fístula central ñna, e insertos sobre
células epidérmicas radiales. Ocotea puberula (fig. 31).
Células anexas más de 2. 30.
Pelos muy abundantes, células anexas generalmente en número de
5 ó más. Styrax leprosus (fig. 32).
Pelos raros; células anexas generalmente 4.
Terminalia triflora (fig. 33).
Pelos de forma ovoidea, polos iguales. 32.
Pelos de forma globosa, membrana del pelo fina; células anexas más
de 4; células epidérmicas de contornos ondulados.
Trichilia elegans (fig. 34).
Estomas rodeados por 2 a 4 líneas gruesas, bien marcadas, células
epidérmicas poligonales irregulares, línea usteolar corta.
Villaresia Gongonha var. púngeos (figs. 35 y 3G).
Estomas rodeados de una sola línea gruesa, muy marcada, células
epidérmicas lobuladas algo onduladas, línea usteolar de todo el
largo del estoma. Villaresia megaphylla (figs. 37 y 38).
92 —
33
34
Pelos glandulosos pedunculados, con cabeza de forma esférica sub-
dividida en 4 células en cruz; células epidérmicas poligonales
irregulares. Balfourotlendron Riedeíianum (fig. 39 y 40).
Pelos glandulosos pedunculados con cabeza ovoidea y gubdivididos
en G ó más células radiantes; células epidérmicas lobuladas.
Schinus Mofle (fig. 41).
Células epidérmicas de contornos poligonales irregulares. 35.
Células epidérmicas de contornos más o menos ondulados. 36.
35
Glándulas secretoras formadas por un grupo de células en cruz.
2 células anexas de los estomas paralelas a la línea usteolar.
He fheta cuspídata (fig. 42).
Glándulas secretoras formadas por rangos de células en disposición
concéntrica y radiada. 4 a 5 células anexas no paralelas al es-
toma. Trichiiia Catiguá (fig. 43).
3G
Células anexas en número de 2 a 4, 2 de ellas paralelas a la línea
usteolar, la 3a y 4a perpendiculares a esa misma línea. 37.
Células anexas 4 ó más no paralelas a la línea usteolar sino ro-
deando simplemente al estoma. 38.
Cavidad glandular dividida en 4 sectores; células délas glándulas
radiadas. Sassafras (fig. 44).
Cavidad glandular no dividida; células de las glándulas concén-
tricas. Eugenia uniflora (fig. 45).
/ Estomas rodeados por líneas onduladas dobles o triples interiores
| a las células anexas. ‘ • Eugenia Guabíyú (fig. 46).
«Jo \
/ Estomas rodeados directamente por las células anexas,,
\ Eugenia cerasifoifa (fig. 47).
39
Estomas flanqueados por 2 ó 4 células anexas paralelas a la línea
usteolar. 40.
Células estomáticas rodeadas por 4 ó más células anexas pero no
paralelas a la línea usteolar, 40.
/ 2 células anexas paralelas a la línea usteolar, 1 a cada lado de la
in\ correspondiente célula estomática, 41.
40 \
i 4 células anexas paralelas a la línea usteolar, 2 a cada lado de la
\ correspondiente célula estomática. Siete sangrías (fig. 48).
I Células estomáticas escotadas en ambos extremos, es decir, for-
mando ángulo entrante hacia el usteolo, 42.
Células estomáticas no escotadas en los extremos. 44.
/' Células epidérmicas lobuladas, ustiolo de forma irregular.
42 PSioebe porphyria (fig. 49).
\ Células epidérmicas poligonales irregulares. 43.
93 —
I Las células anexas de los estomas y las epidérmicas tienen espesa-
l mientos celulósicos de forma ovoidea, membranas epidérmicas
43 \ finas. Canela fedorenta (fig. 50).
Células anexas y epidérmicas sin espesamientos; membranas epi-
dérmicas gruesas. Laurel negro (fig. 51).
Células con un espesamiento interior reniforme, células epidérmi-
cas poligonales, tabiques de las células epidérmicas sin poros de
comunicación. Nectandra angustifolia (fig. 52).
Células estomáticas sin reborde interno. 45.
Tabiques de las células epidérmicas, gruésos, con poros de comuni-
cación, usteolos con reborde simple, elíptico.
45 | Ocotea acutifolia (fig. 53).
/ Tabiques de las células epidérmicas, finos, usteolos sin reborde.
\ Sombra de toro (fig. 54).
í Células epidérmicas de contornos ondulados más o menos pronun-
40 \ ciados. ' 40 a.
[ Células poligonales irregulares de ángulos agudos u obtusos. 47.
/ Células estomáticas algo escotadas en los extremos, células fuer-
\ teniente onduladas. Crysophyllum lucumifolium (fig. 55).
i Células estomáticas no escotadas; células epidérmicas lobadas.
\ Cordia salicifolia (fig. 5G).
¡Células estomáticas con escotadura superior e inferior angulosa o
cordiforme. 48.
Células estomáticas no escotadas. 50.
í Escotadura angulosa; tabiques de las células epidérmicas finos y
48 | con poros de comunicación. Camboatá-puitá (fig. 57).
( Escotadura cordiforme. 49.
¡Tabiques de las células epidérmicas, finos, sin poros de comunica-
ción. Siete sangrías (fig. 58).
Tabiques de las células epidérmicas, gruesos, no provistos de poros
de comunicación. Lithraea molleoides (fig. 59).
(El conjunto de células anexas de los estomas determina alrededor
de éstos un contorno hexagonal regular. 51.
El conjunto de células anexas no da contorno hexagonal regular. 52.
51
Tabiques délas células epidérmicas, gruesos y con poros de comu-
nicación; usteolos por reborde exterior fino. Pimenta (fig. 00).
Tabiques de las células epidérmicas, sin poros de comunicación;
usteolos con reborde grueso. Maytenus ilicifolia (fig. 01).
52
Tabiques de las células epidérmicas, gruesos.
Tabiques de las células epidérmicas, finos.
53.
54.
94
Células anexas de los estomas generalmente en número de 4. Cica-
trices con células radiadas. Pouteria suavis (fig. G2).
Células anexas de los estomas generalmente 5. Cicatrices nulas.
Pouteria neriifolia (fig. 03).
Usteolos con reborde doble exterior.
54 } Myrocarpus frondosus (fig. 04).
( Usteolos con reborde simple. 55.
Células anexas con borde externo curvado.
55 \ Diatenopteryx sorbifolia (fig. 05).
I Células anexas de los estomas con borde externo anguloso.
\ Patagonula americana (fig. 00).
Epidermis desprovista de estomas
50
57
58
59
Epidermis provista de estrías cuticulares, más o menos abundan-
tes, es decir, difundidas en todo el mosaico epidérmico o bien
limitadas a las regiones pilosas o glandulosas. 57.
Epidermis desprovista de estrías cuticulares. 71.
Epidermis desprovista de pelos o glándulas. 58.
Epidermis provista de pelos o glándulas (ambos a la vez o unos y
otras). 07.
Células epidérmicas de forma ondulada o al menos lobadas con án-
gulos redondeados. 59.
Células epidérmicas de forma poligonal irregular y de ángulos no
redondeados. 02.
Células epidérmicas ligeramente lobadas, de ángulos redondeados,
estrías cuticulares cortas, algo bifurcadas, no propagadas a las
células vecinas. Palo amargo (fig. 07).
Células epidérmicas francamente onduladas. 00.
I Estrías cuticulares gruesas, vermiformes y curvadas, sinuosas o en
i forma de herradura, limitadas a 1 ó 2 células.
00 ' Villaresia megaphylla (fig. 08).
/ Estrías cuticulares finas irradiando en todas direcciones o reco-
\ rriendo el limbo paralelas entre sí en una dirección. 01.
/ Estrías cuticulares irradiando en todas direcciones, tabiques celu-
l lares, gruesos. Ilex paraguariensis (fig. 09).
01 Estrías cuticulares paralelas entre si y siguiendo sensiblemente
/ una misma dirección general (al menos liara enteros haces de es-
\ trías); tabiques celulares, finos. Ilex brevicuspis (fig. 70).
í Ángulos de las células epidérmicas con espesamientos triangulares,
02 ; estrías cuticulares, finas, paralelas entre sí y muy abundantes.
' Prunus brasiliensis (fig. 71).
— 95 —
l Ángulos de las células epidérmicas sin espesamientos triangu-
( lares. 63.
I Estrías cuticulares ramificadas o vermiformes, irradiando en todas
l direcciones. 64.
03 ^ Estrías cuticulares no ramificadas, sensiblemente paralelas entre
I sí y siguiendo una misma dirección general (al menos para haces
de estrías). 66.
( Estrías cuticulares cortas, vermiformes. 65.
64 ! Estrías cuticulares muy largas, no vermiformes.
\ llex dumosa (figs. 72 y 73).
Estrías cuticulares bifurcadas; tabiques sin poros de comunicación.
llex paraguariensis (fig. 74).
Estrías cuticulares no bifurcadas, tabiques con poros de comuni-
cación. Villaresia Gongonha var. pungens (figs. 75 y 76).
Estrías cuticulares extendidas a varias células.
66 * llex afflnis (figs. 77 y 78).
' Estrías cuticulares propias de cada célula. Rabo amarillo (fig. 79).
Células epidérmicas de tabiques poligonales, de ángulos agudos u
obtusos (es decir, no redondeados), glándulas secretoras subdi-
vididas en dos cámaras por un tabique medio; nodulos gruesos
con células dispuestas en zonas concéntricas regulares, estrías
cuticulares radiantes que parten de los mismos nodulos. Cicatri-
ces (bases de pelos caídos) con 4 a 6 células radiantes. Estrías
cuticulares abundantes en todo el limbo foliar.
Guaminí (figs. 80 y 81).
Células epidérmicas lobadas, de ángulos redondeados, o bien muy
\ onduladas. 68.
I Membranas de las células epidérmicas abundantemente onduladas;
¡ pelos cortos, ovoideos (algo comprimidos en la región media) y
i de cuya base de inserción irradian estrías cuticulares. Estrías
68 cuticulares abundantes en todas las células epidérmicas.
I ■ Villaresia Congonha (fig. 82).
Membranas de las células epidérmicas ligeramente lobadas, deán-
\ gulos redondeados. 09.
(Epidermis provista de glándulas secretoras exclusivamente. 70.
Epidermis provista de glándulas secretoras y pelos. Pelos ovoideos,
escasos, de cuya base de inserción irradian numerosas estrías
yju cuticulares. Estrías cuticulares muy abundantes, finas o inte-
I rrumpidas dentro de cada célula. Células glandulosas subdivi-
f didas en 2 compartimentos por un tabique medio.
\ Guavirá-mí (figs. 83 y 84).
— 96 —
I Epidermis provista de pelos tectores peltados (circulares) exclusi-
i vamente, formados por un grupo de células en disposición ra-
09 \ diada. Estrías cuticulares irradiando de la base de los pelos tec-
/ tores; el mosaico epidérmico desprovisto de tales estrías.
\ Rapanea Lorentziana (fig. 85 y 80).
(Glándulas secretoras formadas por células en disposición radiada
y concéntrica; estrías cuticulares paralelas entre sí, muy abun-
dantes, que irradian de las glándulas. Estrías cuticulares no in-
i w terrumpidas dentro de cada célula. Cancharana (tig. 87).
Glándulas secretoras subdivididas por 1 tabique medio en 2 com-
partimentos» Estrías cuticulares cortas, paralelas e interrumpi-
das dentro de cada célula. Canela fedorenta (íigs. 88 y 89).
Epidermis provista ya sea de pelos simples, pelos tectores peltados
o nodulos esclerosos ya sea de glándulas secretoras internas. 72.
Epidermis desprovista de pelos simples o tectores, de nodulos es-
clerosos o glándulas secretoras. 85.
Epidermis provista de pelos simples o tectores peltados, o nodulos
72 ! esclerosos. 73.
A Epidermis provista de glándulas secretoras. 79.
Í Pelos simples unicelulares, de forma cilindro-cónica. 74.
Pelos tectores de forma peltada. 75.
Nódulos esclerosos. 77.
Pelos huecos, es decir, con membrana no espesada, dejando por
tanto libre toda la cavidad interna del pelo. Catiguá (fig. 90).
Pelos macizos, es decir, con membrana muy espesada, dejando una
fístula central. Terminalia triflora (fig. 91).
[' Células epidérmicas de forma lobada; membranas de las células
epidérmicas finas. 70.
Células epidérmicas lobadas y poligonales, grandes, tabiques celu-
lares gruesos, cristales rómbicos abundantes en las células epi-
dérmicas (en los trozos tratados sólo por liipoclorito sódico).
Citharexylon barbinerve (fig. 92).
Los pelos tectores están rodeados exteriormente por 5 a 0 células
curvadas. Rapanea laetevirens (íigs. 93 y 94).
Los pelos tectores están rodeados exteriormente por células loba-
das comunes. Rapanea guyanensis (figs. 95 y 9(5).
Nodulos que abarcan 4 a 0 células radiantes, nodulos 4 a (5 loba-
dos, regulares. 78.
Nódulos que abarcan más de 0 células, en disposición concéntrica ;
nódulos lobados, irregulares. Eugenia Guabiyú (figs. 97 y 98).
97
Nodulos que abarcan 4 a 5 células radiantes.
Pouteria suavis (fig. 99).
Nodulos que abarcan 0 células, radiantes.
Pouteria neriifolia (fig. 100).
/ Células epidérmicas de contornos poligonales irregulares con ángu
1 los agudos u obtusos, o con ángulos redondeados, glándulas se
79 crotoras divididas en 4 sectores por dos tabiques en cruz,
I Canela de vea do (figs. 101 y 102)
\ Células .epidérmicas de contornos lobados u ondulados. 80
80
Tabiques celulares gruesos. Poro de excreción de las glándulas se
cretoras emplazado entre 5 a 6 células radiantes.
Cordia saSicifolia (fig. 103)
Tabiques celulares finos. 81
Células ligeramente lobadas; glándulas secretoras subdivididas en
2 compartimentos por un tabique mediano.
Abbevillea Klotzkiana (fig. 104).
Células realmente onduladas. 82.
I Glándulas secretoras bien desarrolladas formadas por células se-
1 cretoras concéntricas; las glándulas ocupan con su perímetro el
82 contorno de 10 ó más células epidérmicas.
i Eugenia uniflora (fig. 105).
\ Glándulas secretoras muy simples, sin capas concéntricas. 83.
83
Glándulas de contorno más o menos poligonal, determinado por las
7 a 8 células que la forman. Tabiques de las células epidérmicas
con repliegues secundarios (ondulaciones) bien marcados.
Eugenia cerasifolia (figs. 106 y 107).
Glándulas de contorno circular, tabiques de las células epidérmi-
micas con o sin ondulaciones secundarias. 84.
84
85
Las glándulas Interesan G ó más células epidérmicas; tabiques de
las células epidérmicas sin repliegues (ondulaciones de segundo
orden). Araticú (fig. 108).
Las glándulas interesan solamente de 4 a 6 células epidérmicas;
tabiques de las células epidérmicas con finos repliegues secun-
darios. Labatia g lome rata (fig. 109).
Tabiques de las células epidérmicas, fuertemente ondulados. 86.
Tabiques de las células epidérmicas, ya sea lobados o poligonales,
con ángulos redondeados; ya sea poligonales con ángulos agudos
u obtusos. ‘ 88.
, Tabiques de las células epidérmicas gruesos; ondulaciones muy nu-
86 ’ suerosas y bien marcadas. Symplocos uniflora (fig. lio).
( Tabiques de las células epidérmicas, finos. 87.
RBV. MUS. LA PLATA.
T. XXVI
7
— 98
87
Ondulaciones de los tabiques de las células epidérmicas espaciadas
y nítidas, no muy numerosas. Células epidérmicas grandes.
Chrysophyllum lucumifolium (fig. lll).
Ondulaciones de los tabiques de las células epidérmicas muy nu-
merosas y finas. Células epidérmicas pequeñas.
Ñangapirí (figs. 112 y 113).
Tabiques de las células epidérmicas de forma lobada o poligonal
88
89
90
91
con ángulos redondeados.
89.
92
93
94
95 )
90
97
Tabiques de las células epidérmicas de forma poligonal con ángu-
los agudos y obtusos. 93.
Tabiques de las células epidérmicas con poros de comunicación.
Ocotea acutifoiia (figs. 114 y 115).
Tabiques de las células epidérmicas no provistos con poros de co-
municación. 90.
Tabiques de las células epidérmicas, gruesos. 91.
Tabiques de las células epidérmicas, finos. 92.
Interior de algunas células epidérmicas ocupado por engrosamien-
tos celulósicos de forma más o menos ovoidea.
Sassafras (figs. 110 y 117).
Interior de las células epidérmicas celulósicos (en los trozos tra-
tados solo por hipoclorito se ven cristales romboédricos o rómbi-
cos de (COO)sCa. Citharexylon barbinerve (figs. 118 y 92).
Células epidérmicas grandes, rectangulares en parte.
Terminaba australis (fig. 119).
Células epidérmicas pequeñas, en general cuadradas o poligonales.
Patagonula americana (fig. 120).
Tabiques de las células epidérmicas provistos de poros de comu-
nicación. 94.
Tabiques de las células epidérmicas desprovistos de poros de co-
municación. 101.
Tabiques de las células epidérmicas, gruesos. 95.
Tabiques de las células epidérmicas, finos. 99.
Espesamientos de las células epidérmicas, de aspecto festoneado.
Pimenta (fig. 121 y 122).
Espesamientos de las células epidérmicas, no festoneados. 90.
Poros de comunicación raros, más o menos 1 en cada tabique ce-
lular. Lithraea molleoides (fig. 123).
Poros de comunicación numerosos en cada tabiques (3 ó más en
cada tabique). 97.
Células epidérmicas más o menos isodiamétricas poligonales, penta-
exagonales. 98.
99 —
98
99
Células heterod i amétricas, es decir, en general más largas que
anchas. Siete sangrías (fig. 124).
Células epidérmicas, grandes. Maytenus ilicifolia (lig. 125).
Células epidérmicas, pequeñas. Incienso (lig. 120).
Poros de comunicación abundantes y visibles también en las mem-
branas horizontales de las células epidérmicas. Pacurí (fig. 127).
Poros de comunicación visibles solamente en los tabiques de las
células epidérmicas. 100.
Células epidérmicas muy numerosas y pequeñas.
Sombra de toro (figs. 128 y 129).
Células epidérmicas poco numerosas y relativamente grandes.
Camboatá-puitá (fig. 130).
/ Tabiques délas células epidérmicas finos (membranas siihples). 102.
101 ] Tabiques de las células epidérmicas relativamente gruesos (mem-
( branas dobles). 103.
102
Células epidérmicas generalmente exagonales grandes y poco nu-
merosas. Siete sangrías (fig. 131).
Células epidérmicas en general pentagonales, pequeñas y muy nu-
merosas. María preta (fig. 132).
103
Muchas de las células epidérmicas tienen contorno cuadrado.
Trichilia Catiguá (fig. 133).
Células epidérmicas generalmente poligonales. 104.
104
Células poligonales aproximadamente isodiamótricas.
Balfourodendron Riedelianum (figs. 134, 135 y 13G).
Nectandra angustifolia (fig. 137), Laurel negro (fig. 138).
Células poligonales, muchas de ellas heterodiamétricas.
Styrax leprosus (fig. 139). Ocotea puberula (fig. 140).
Phoebe porphyria(figs. 141 y 142).
CAPITULO VI
Consideraciones generales y conclusiones
Del estudio crítico realizado se deduce inmediatamente que la gran
mayoría de los autores está de acuerdo en admitir, que entran en las
falsificaciones de las yerbas, numerosos vegetales, de variadas familias,
elegidos en los lugares de producción especialmente entre los que presen-
tan caracteres exteriores (morfológicos) más parecidos a los llcx, cuyas
propiedades’y acción fisiológica no son realmente tóxicas, en general,
pero que a menudo han dado lugar a verdaderos envenenamientos. En
100
ambos casos se trata sin embargo de agregados fraudulentos, que des-
naturalizan sus condiciones propias, y por tanto, debe impedirse por to-
dos los medios posibles su introducción en los productos genuinos. Estos
agregados podrán ser reconocidos y especificados en adelante por el aná-
lisis micrográfico de las yerbas, usando los métodos que lie desarrollado
en el presente trabajo.
La observación y el estudio sistemático me han permitido comprobar
la presencia en las yerbas de variadísimos vegetales pertenecientes a las
familias y géneros siguientes :
Anacardiáceas gen. Lithraea y Schinus.
Anonáceas gen. Rollinia.
Apocináceas gen. Aspidosperma.
Borragináceas gen. Gordia y Patogónula.
Gelaslráceas gen. Maytenus.
Combretdceas gen. Terminalia (Chuncoa).
Eritroxiláccas gen. Erythroxilum.
Estiracáceas gen. Styrax.
Icacináccas gen. Villaresia.
II i cáceas gen. llcx (excl. paraguariensis).
Lauráceas gen. Nectandra, Ocotea, Plioebe.
Leguminosas gen. Myrocarpus.
Ijoganiáceas gen. Budleia.
Meliáceas gen. Cabralea, Guarea, Trichilia.
Mirsináceas gen. Rapanea.
Mirtáceas gen. Campomanesia, Eugenia .
liosáceas gen. Prunus.
Rutáceas gen. Balfourodendron, Helietta.
Sapindáceas gen. Diatenopteryx .
Sapotáceas gen. Chrysophyllum, Labatia , Potetería.
Simarubáceas gen. Picrasma.
Simplocáceas gen. Symplocos.
Verbenáceas gen. Githarexylon.
Todas ellas ofrecen caracteres micrográftcos suficientes para ser reco-
nocidas y muchas aun sin el auxilio de fuertes aumentos, entre ellas las
que presentan puntuaciones transparentes (puntos pelúcidos) de forma
circular u oval o elíptica, o puntos obscuros, de color que varía del cas-
taño obscuro, casi negro, al castaño claro casi rojizo ( Anacardiáceas , lli-
cáceas, Lauráceas, Meliáceas, Mirsináceas , Mirtáceas, Rutáceas). Por esta
razón recomiendo un primer reconocimiento micrográíico de las yerbas
según indiqué en la página 84, es decir, haciendo una infusión como si
se tratai’a de preparar un mate y observándola, sumergida en el prepa-
rado en agua glicerinada, con un aumento que no pase de 00 diámetros.
Las figuras 120 a 1 42, permitirán comparar los aspectos y desde ya darán
301
indicios de falsificaciones, cuya especificación se hará siguiendo luego
las indicaciones dadas en la página 88.
El criterio y el sentido común del perito, unidos a su especial prepa-
ración general liarán el resto; no debiendo olvidar que la prudencia y la
mesura ayudadas por una absoluta imparcialidad darán mayor eficiencia
y fuerza a sus investigaciones y conclusiones.
Conclusiones
Del conjunto de datos consignados y del total de observaciones prac-
ticadas se pueden deducir las siguientes conclusiones :
Ia El estudio histológico (micrográfico) de las yerbas es el primer e
ineludible auxiliar para el reconocimiento seguro de sus falsificaciones
y adulteraciones, conocidas, probables o simplemente posibles;
2a El manual operatorio es sencillo, requiriendo tan solo, por parte del
investigador, un aprendizaje previo, rápidamente accesible;
3a El estudio histológico ha de ser solidario con el estudio químico,
este último para establecer el porcentaje oficial de cafeína (mateína)
puesto que una yerba micro gráficamente pura y genuina pudiera haber
sido despojada de su principio activo principal;
4a Después de realizado un amplio estudio crítico de esta cuestión,
bajo todas sus faces (científica, comercial, industrial y aun popular) de-
berá modificarse la definición oficial de la yerba-mate , no limitándola ai
llcx paraguariensis sus variedades y formas, sino también haciéndola
extensiva a otras especies de. llcx y además a muchos otros vegetales
inofensivos, cuyo agregado exigen ciertos consumidores como cualidad
sine qua non para aceptar el producto.
Bastaría para ello que las autoridades sanitarias distinguiesen cate-
gorías de yerbas, cuya composición deberá declararse, y las cuales con-
servarán siempre los mismos caracteres histológicos y químicos espe-
cialmente.
102
SEGUNDA PAUTE
Catálogo de las especies de « llex » citadas por los autores
y consideradas como «Yerba-mate» o adulterantes
(Orden alfabético do especies)
llex acrodonta Reiss. [— llex tlieezans Mart. var. acrodonta (Reiss.) Loes.]
Primos serratus Yell. (Flor. Flum., III, t. 100.)
llex acrodonta Reiss. var. a angustifolia Reiss. pr. p. et var. ¡3
latifolia Reiss. in Flora liras., XT, 1, p. 51 et tal). XII, f. 3.
Noiri, vulg. : (launa; Fao d’azeite.
llex acrodonta Maxim. [= llex tlieezans Mart. var. acrodonta (Reiss.)
Loes.] Noin. vulg. : Como la anterior,
llex affinis Garda, seas, anipl.
llex.affmis Gardn. in Hook. Ic. Pl. New, ser. I, tal). 4G5.
Variedades y formas :
a. Genuina Loes.
forma a médica (Reiss.) Loes. llex médica Reiss. in Flora
liras., XI, 1, p. 09 et tab. XIV, fig. 4.) Nom. vulg. : Con-
gonha do campo ; Oongonha ;
forma ¡3. angustifolia Reiss. (llex affinis Gard. llex affinis
Gard. var. a angustifolia Reiss.);
forma y. stenothyrsa Loes. form. nov. llex affinis Gard. var.
angustifolia Warmg. Nom. vulg. : Congonha;
forma o. brachyphylla Loes. form. nov. (llex affinis Gardn.
var. latifolia Warmg.)
b. rivularis (Gardn.) Loes, (llex rivularis Gardn.)
e. Apollinis (Reiss.) Loes. (llex Apollinis Reiss.)
d. pachypoda (Reiss.) Loes. (llex paelnjpoda Reiss.) Nom. vulg. :
Congonha.
e. valida Loes, var nov.
Obs. — Especie polimorfa afin a llex amara (Velt.) Loes., y usa-
da, según Reissek y Glaziou, en substitución de la yerba pa-
raguaya.
llex affinis Reiss. (in Flor, liras. , XI, l, p. 70, p. p.) Es llex Casiquia-
r ensis Loes. sp. nov.
llex amara (Vell.) Loes, (llex paraguariensis Mart.) Nom. vulg. : Caá-mi
(según Spegazzini).
Variedades y formas :
a. longifolia Reiss. ;
103 —
forma x. ni (jr opuncia! a (Miera.) Loes, (llcx nigropunctata
Miers.) Nom. vulg. : Caima ;
forma fí. Humboldtiana (Bonpl.) Loes. (Ilcx llumboldtiana
Bonpl.) Noiu. vulg. : Caima; Caunina;
forma y. densiserrata Loes. form. nov.
b. latifolia Reiss. (llcx paragu ari ens is Mart. x. obtusi folia Mart.);
forma x. ovalifolia (Bonpl.) Loes. (Ilex ovalifolia Bonpl.)
Nom. vulg. : Caima; Congoroba ;
forma ¡3. Corcovadcnsis Loes. form. nov. (llcx ovalifolia
Warmg.) Nom. vulg. : Congonha; Mate;
forma y. microphyllaBeiss. (llcx paraguariensis Reiss. var.
a. latifolia Reiss. Nom. vulg. Congonha ; Congonhinha;
forma 5. leucocalycoides Loes. form. nov.
c. angustifolia Reiss. (llcx paraguariensis Reiss. var y. angustí-
folia Reiss.)
d. crepitans (Bonpl.) Loes. (Ilex crepitans Bonpl.) Nom. vulg. :
Caachiriri ; Caunina.
e. Muenteriana Loes. var. nova.
/. Tijucencis Loes. var. nova- (Ilex ovalifolia Warmg.)
Ilex amara Bonpl. Es una Simplocacea : Symplocos lanceolata D. C. (ver
Loesener : Monogr. Aquifoliacearuin, p. 497).
Ilex Apollinis Reiss. Es llcx affinis Gardn. var. c. Apollinis (Reiss.)
Loes.
Ilex Bonplandiana Miinter. Es Ilex paraguariensis St. Hil. var. a. genuina
Loes.
Ilex brevicuspis Reiss. in Flora Eras. XI, 1, p. 50 et tal). XIII, flg. 2.
Nom. vulg. ; Orehla de mico ; Mico.
Ilex brevifolia Bonpl. Es Ilex amara (Vell.) Loes. var. b. latifolia, forma
x. ovalifolia (Bonpl.) Loes. Nom. vulg. : Caima; Congoroba.
Ilex Caaguazuensis Loes. sp. nov. v. Mon Aquif. p. 295. Nom. vulg. :
Caa-na
Ilex Cassine L. y sus variedades y formas, son de la América del Norte
y Central, no de América del Sur.
Ilex chamaedryfolia Reiss. in Flora Bras., XI, 1, p. 73 et tab. XIV, fig.
14 et tab. XXI.
Variedades :
a. típica Loes. Nom. vulg. : Congonhinha ; Congonha do campo ;
Congonha miuda; Congonha da folha miuda.
b. Mugiensis Loes. var. nova. Nom. vulg. : Congonhinha.
Ilex chamaedryfolia Warmg. Es Ilex virgata L. spec, nova. V. Symb.,
Fl. Bras., XXVI, p. 770, n° 10.
Ilex cerasifolia Reiss. Según Villiers y Collin.
Ilex cognata Reiss. In Flora Bras., XI, 1, p. 08 et tab. 14, fig. 3.
104
Ilex Congonhas Liáis Bresih Según Index Ketcensis es Ileos paraguarien-
sis St. HiL
Ilex Congonhinha Loes., in Biologische Centralbl XIII, 1893, p. 450.
Nom. vnlg. : Congonhinha.
Ilex conocarpa Reiss., in Flor . Eras. XI, I, p. (55 et tab. XIII, fig. 14.
Nom. valg. i Congonha ; Gatauha do mato.
Variedades :
a. germina Loes.
b. Senaei Loes.
c. brevipetiolata Loes.
d. Tripuhyensis Loes.
Todas del Brasil.
Ilex crepitans Bonpl. Es Ilex amara (Vell.) Loes. var. d. crepitans (Bonpl.)
Loes. Nom. vnlg. : Caachiriri ; Caunina.
Ilex Curitibensis Miers. Es Ilex par aguar iensis St. Ilil. var. a. genuina
Loes, forma a. doméstica (Reiss.) Loes. Nom. vulg. : Congonha ; Herva
da Congonha ; Herva Mate; Mate ; Yerba-mate ; Congoin; Concoinfé ,
Caaguazu.
Ilex Cuyabensis Reiss. Reissek : in Fl. liras XI, 1, p. 71 et tab. XIV,
fig. 10. Nom. vulg. : Congonha.
Ilex Dahoon Walt, Es Ilex Cáseme L. No es de América del Sur, sino del
Norte.
Ilex diurética Marfc. Reissek ; In FL liras., 1, p. 01 et tab. XIII, fig. 13.
Nono vulg. : Congonha.
Ilex diurética Warmg. Es Ilex Vitis-Idaca Loes. sp. nova.
Ilex doméstica Reiss. Es Ilex paraguariensis St. Ilil. var. genuina Loes,
forma doméstica (Reiss.) Loes.
Ilex dumosa Reiss. (Sensu ampio). Congonhinha; Congonilla ; según Do-
mínguez J. A.
Variedades :
a. Monte oideensis Loes. Sinónim. Ilex (fumosa Reiss., in Flora
liras XI, I, p. 64 et tab. XIII, íig. 19.
Obs. -r- Habitat, in Brasilia, in prov. Rio Grande do Sul : Gaiuli-
eliaud n° 1634; et in Uruguay iuxta Montevideo : Sellow
n° 3182.
b. Guaraní na Loes. var. nova. Nom. vulg. : Caa-chiri (Guaraníes,
según Balansa) Congonha miadas (Brasil, según Sclienck.) Ha-
bitat Paraguay (Oaaguazu-Balansa n° 1792),
c. Mosenii Loes. var. nova. Habitat. Brasil (prov. Minas Ge-
raes).
d. Gomezii Loes. var. nova. Habitat. Brasil (prov. Minas Geraes).
Ilex fer lilis Reiss. Es Ilex theezans Mart. var. i. fertilis (Reiss,) Loes.
Nom. vulg. : Cauna amarga; Caima defolhas largas; Caa-na.
105 —
llcx f crtilis Reiss. var. gracilior Warmg. Es llcx theczans Mart. var. gra-
cilior (Warmg.) Loes.
llexfertilis Warmg. Es II ex theczans Mart. var./. Riedelii Loes. L. var.
nova.
llex gigantea Bonpl. Es 11 ex theczans Mart. var. i.fertilis (Reiss.) Loes.
Nom. vulg. : Como la correspondiente variedad,
llex Glazioviana Loes. sp. nova. Ver Loesener : Mon, Aquí/'., p. 194, tab.
IV, fig. 1 a y b.
llex Oongonlia Mart. Es Villarcsia Congonha Miera. (Fam. Icacinaceas).
llex líumboldtiana Bonpl. Es llcx amara (Vell.) Loes. var. a . longifolia
Reiss. forma ¡3. líumboldtiana (Bonpl.) Loes. Ver en esta especie los
nombres vulgares.
llcx Rumboldtiana Waring. Es llex amara (Vell.) var. b. latifolia Reiss.
forma y. microphylla Reiss. Nom. vulg. : Congonha ; Congonhinlia.
llcx líumboldtiana Warmg. Es llcx diurética Mart. Nom. vulg. : Con-
gonha.
llex loranthoides Mart. Según Villiers y Collin figura entre las yerbas.
llex Alate St. Hil. Es llex paraguariensis St. llil. var. a. genuina Loes.
llex médica Reiss. Es llcx affinis Gardn. var. a. genuina Loes, Nom. vulg. :
Congonha do campo ; Congonha.
llex nigropunctata Miers. Es llex. amara (Vell.) Loes. var. a. longifolia
forma a. nigropunctata (Miers.) Loes. Nom. vulg. : (launa; Caa mi (en
Misiones, según Spegazzini).
llex ovalifolia Bonpl. Es llex amara (Vell.) Loes. var. b. latifolia Reiss.
forma a. ovalifolia (Bonpl.) Loes. Nom. vulg. : Cauna; Congoroba.
llex ovalifolia Meyer. (llex ovalifolia G. F. W. Meyer.)
Obs. — Es una especie de la Guayana (Cayena) y por tanto es
muy difícil sea utilizada como adulterante de la yerba-mate,
llcx ovalifolia Warmg. p. p. Es llex amara (Vell.) Loes. var. b. latifolia
Reiss. forma ¡3. Corcovadensis Loes, forma nova. Nom. vulg. : Congo-
nha; Mate.
llex ovalifolia Warmg. p. p. Es llcx amara (Vell.) Loes. var./. Tijuccnsi
Loes. var. nov.
llex pacliypoda Reiss. Es llex a ffinis Gardn. var. d. pachypoda (Reiss.)
Loes. Nom. vulg. : Congonha.
llex paltorioides Reiss. Reissek : In Fl. Bras., XI, 1, p. C0 et tab. XIII,
fig. 9. Nom. vulg. : Congonha.
llex paraguariensis St. Hil.
Con las siguientes variedades y formas :
a. genuina.
forma x. doméstica.
— ¡3. sorbáis.
— y. confusa.
106 —
forma o. dasyprionata .
— e. pubescens .
6. UleL
c. vestita.
d. euneura.
Obs. — Yer Tii. Loesener : Mon. Aquifaliacearum pp. 302 a 310.
Kom. vnlg. : Gaa; Caaguazú ; Conc-oinfé ; Congola ; Congonha gran-
de; Gongonhas ; Congonha da fohla larga ; Rérva-Mate ; Rerva da
Congonha ; Mate; O reída de burro ; Té del Paraguay ; Yerba-mate.
[Maté (francés). The du Paraguay (francés). Paraguaytea { inglés). Pa-
raguay-Thee (alemán). Malte (alemán). Pavana- Thee (alemán). Ma-
tepjlanze (alemán). Té dei gesuiti (italiano)].
llex Paraguayensis Hoolcer. In Curt. Mag. (XVI, fcab. 3992) es el Elaeo-
dendron ausirale Vent. (Fam. de las Gelastraceas) .
siex Pseudobuxus Reiss. In FL Eras XI, 1, p. 40, tab. XI, íig. 1. La
cita Ferreyra de Amara! como una de las falsificaciones de la yerba-
mate. Tiene dos formas :
x Eeissekii Loes.
(3. pedunoularis (Reiss). Loes. (= I. peduncularis Reiss).
Ifex Pseudothea Reiss.
Variedades 1
a. germina Loes.
b. Cipoémis Loes.
llex pub iflora Reiss. Es llex Brasiliemn (Spreng.) Loes. var. a . pubijlora
(Reiss.) Loes, forma a. típica Loes, y llex Brasiliensis (Spreng.) Loes,
var. b. parvifolia Reiss.
llex rivularis Garda. Es llex affinis Garda, var. 6. rivularis (Garda.) Loes.
llex sorhüis Reiss. Es llex parag-uariensis St. Hil. var. a. genuina Loes,
forma ¡3. sorbilis (Reiss.) Loes. JSTom. vulg. : Congonha ; Orehla de burro ;
Yerba-mate .
llex symplociformis Reiss. Reissek : In FL Eras., XI, 1, p. 05.
llex theaezans Bonpl. Es llex par aguar iensis St. Hil. var. a. genuina Loes.
llex theezans Griseb. Es el iSchinus latifolius Engl. (Fam. Anacardiáceas).
llex theezans Mart.
Variedades’y formas :
a. typica.
b. Angustí .
c. acrodonta.
Sub-variedad : ¡3. Hieronyiniana.
d. glacilior .
e. Warmingiana ;
forma x glabra.
forma [3. puberula.
— 107
f. Riedelii.
g. leptophylla.
h. pachyphyUa.
i. fertilis .
Je . grandifolia.
Ilex vestita Reiss, Es Ilex paraguaricnsis St. Hil. var. o. vestita (Reiss.)
Loes» Nom. vulg. : Congonhas.
Ilex Vitis lílaea Loes» Warmg : In Symb. Fl. Eras., XXVI, p 768 n° 9,
sub-nomen Ilex diurética Warmg.
Catálogo de nombres vulgares
Aguaí [según Spegazzini y Giróla (135)]. Ver Aguay.
Aguai-guazú [según Spegazzini y Giróla (135)]. Ver Aguay-guazú.
Aguay [citado en ley de bosques y yerbales (149)].
Aguay (de Misiones). Según Lilloy Venturi (75) : Chrysophyllum sp. Fam.
Sapotáceas.
Aguay (Entre Ríos, Corrientes, Uruguay y Brasil) = Pouteria neriifolia
(Hook. et Arn.) Radlk. Fam. Sapotáceas [v. Hicken C. M. (54) y
Hieronymus (55 «.)].
Aguay (Santa Fe) — Pouteria suavis Heinsl. [v. Lillo y Venturi (75)].
Aguay (Chaco) = gen? sp.? Fam. Sapotáceas (75).
Aguay amarillo (Formosa) = Labatia glomerata (Pohl.) Radlk. Fam. Sa-
potáceas (75).
Aguay blanco (Misiones) = Chrysophyllum lucumifolium Gr. Fam. Sapo-
táceas (75).
Aguay-guazú (Misiones) — Pouteria sp. Fam. Sapotáceas (75).
Aguay-guazú (Misiones) — Lucuma sp. Fam. Sapotáceas (75).
Aguay-guazú (Santa Fe) = Pouteria sp. Fam. Sapotáceas (75).
Aguay-guazú (Chaco, Formosa) = Lucuma lauri folia ADC (75).
Aguay-guazú (Corrientes) = Citliarexylon barb inerve Cham. Fam. Verbe-
náceas (75).
Aguay-guazú (Misiones) = Citliarexylon barbinerve Cham. (76). Fam. Ver-
benáceas.
Aguay-sayyú (Formosa) — Labatia glomerata (Pohl.) Radlk. Fam. Sapo-
táceas (75).
Anta [no citada en ley de bosques y yerbales (149)].
Anta = Villaresia megaphylla Miers. Fam. Icacináceas (135).
Nota . • — Conocida también con el nombre de Mboreví-rembiú ,
según A. de Llamas, y por el de Yerba de anta.
Aratícú [citada en ley de bosques y yerbales (149) con el nombre de
Avaticú],
108
Araticú (Formosa) — Itollinia emarginata Scld. Fam. Anonáceas. Ver L¡-
11o y Yenturi (75) y Spegazzini y Giróla (S35).
Aratidí (Misiones) — Cordia lepo caula Fresen, (prox.) Fam. Borragi-
ncas (75).
Nota. — Aunque en su obra sobre árboles el doctor Libo la
indica con este nombre específico, próximo, en los ejemplares
que de esta plantas me envió, la determina definitivamente como
Cordia salid/ olia Chain., no siendo la anterior de la flora argentina.
Araticú-guazú (Corrientes) — Cordia salid/ 'olía Chain. (75).
Araticú (Misiones) — Cordia salid/olia (75).
Árbol del mate — Ilex Paraguariensis St. II i 1 . (scnsu ampio). (Y. Hiero-
nimus J. (55 a)].
A roe ira [no citada en ley de bosques y yerbales (149)].
Aroeira = Schinus terébintif olius Radd. Fam. Anaca rdiáceas (Brasil, Pa-
raguay) (39).
Aroeira — Schinus Atolle L. (íncl. S. Aroeira L.) Ver Engler y Prantl. (39).
Aroeira = Artronium fraxini/olium Scliott. Ver Engler y Prantl. (39).
Aroeira blanca = Lithraea molleo ides (Vell.) Engl. [Atolle de o a beber (75).
Fam. Anacardiáceas (39). Corrientes^ Entre Ríos].
Aroeira branca (como la anterior).
Aroeira colorada (Corrientes) — Schinus Weinm anii/o lius (Mart.) Engl.
Fam. Anacardiáceas (75).
Aroeira do campo = Astronium Urundcuva Engl. (39). Fam. Anacar-
diáceas.
Aroeira do Mucury = Astronium macrocalyx Engl. (39). Fam. Anacar-
diáceas.
Aroeira negra (Corrientes, Entre Ríos) — Lithraea molleo id es Vell. var.
Lorentziana Hieron. Fam. Anacardiáceas.
Aroeira negra (Misiones) = Lithraea Chichita Speg. (135). Fam. Anacar-
diáceas.
Avaticú [citada en ley de bosques y yerbales (149)]. Ver Araticú.
Blanca (o Laurel Blanco?) [citada en ley de bosques y yerbales (149)].
Ver Laurel.
Nota . — En la ley de bosques y yerbales, artículo 45, se nombra
Blanco , pero creo debe referirse a Laurel Manco ; hay una especie
de Citharexylon (C. berbinerve) en el Delta del Paraná a la que
llaman Blanco grande pero es el Agtiay-guazú de Corrientes.
Caá = 11 ex Paraguariensis St. Hil. Según Parodi, llantas usuales del
Paraguay (106).
Caá-chi — Ilex amara (Vell.) Loes. Según Parodi, Plantas usuales del
Paraguay , 1886 (106).
Caá-chíri — Ilex dumosa Reiss. var. Guaran ¡na Loes. Según Loesener,
Monograph. Aquifol. (82).
— 309 —
Caá-chiri [según Giróla (40 a) es Ilcx Humboltiana Bonpl.
Caá-chiriri — Ilcx amara (Ve 11.) Loes. var. crepitans (Bonpl.) Loes. Según
Loesener, Monograpli . Aquif. (82).
Caá-guazú = Ilcx Paraguariensis St. Hil. var. genaina Loes, forma do-
méstica (Reiss.) Loes. Según Loesener : Monograph. Aquif. (82).
Caá-mi = Ilcx amara (Vell.) Loes. Según Loesener (82).
Caá-lili = Ilcx aviara (Yell.) Loes. var. longifolia Reiss. forma nigropunc-
tata (Miers.) Loes.
Caá-lili = Especie de Ilcx Paraguariensis St. Hil. Según Parodi, Plantas
usuales del Paraguay, etc., 1886 (100).
Caá-na — Ilcx Caaguaztiensis Loes. Según Loesener (82).
Caá-ña = Ilcx thcczans Mar. var .fertilis (Reiss.) Loes. (82).
Caá-ná = Ilcx tlieezans Mart. var .fertilis (Reiss.) Loes. (82); = [Ilex gi-
gantea Bonpl. Según Parodi (106)].
Caá-pororó (= Pororoca y Capororo). Colección de Antonio de Llamas
número 12 Ll. Según Mez, Myrsináceae (38) puede corresponder
a liapanca ferruginea (Raíz et Pav.) Mez. o a Rapanea Schica-
clccana Mez, aunque la primera parece corresponder más con el
ejemplar de mi herbario enviado por A. de Llamas.
En cuanto a sus propiedades me indica el señor de Llamas lo
siguiente : Es dañosa si es abundante, con efectos génito-urinarios.
Caá-verá estero [según Giróla (46 a) es Ilcx ovaiifolia Meyer].
Cabrarocca [= liapanca umbellata y R. lineata, según Giróla (46 a). Creo
que este nombre ha sido confundido con Capororo. (Ver Caá-
pororó).
Cambará [según Giróla (46 a) es una compuesta, Vernonia sp.
Camboatá (ver Camboata-puitá).
Camboatá-puitá. (Colección A. de Llamas) número 6 Ll.
Nota. — En el rótulo que acompaña el ejemplar dice solamente
Camboatá.
Según A. de Llamas, gen.? esp. ? Fam. Mcliáccas ; según Lillo,
Árboles, etc. (75), Guarca trichilioides L. Fam. Meliáceas.
Nota de A. de Llamas (74) : Es poco frecuente y no afecta la
salud.
Cancbarana [citada en ley de bosques y yerbales (149) con el nombre de
Canchavana). Según Lillo (75) es Cabralea multijuga C. D. C. (prox.)
Fam. Meliáceas; según Gallardo C. R. (45) es Cabralea Cangerana
Saldanha ; según Spegazzini y Giróla (135) es Cabralea brachysta-
chya D. C.
Canchavana [citada en ley de bosques y yerbales (149) ver Cancharana].
Canela (le venado (Colección A. de Llamas, n° 9, Ll). Según A. de Lla-
mas, gen.? esp.? Fam. Rutáccas ; según Lillo (75) p. 91, Hclictta
cuspidata (Engler) Cliod. et Hassl. Fam. Rutáccas.
no
Nota de A. de Llamas (74) : Foco frecuente, se le atribuyen algu-
nos abortos no comprobados.
Ver también Canela do viado.
Canela do brejo (Misiones). Según Spegazzini y Giróla (135) Maehaerium
brasiliense Vog. Fam. Leguminosas.
Canela de veado [según ley de bosques y yerbales (149)]. Ver Canela de
venado y Canela do viado.
Canela do viado. Según Spegazzini y Giróla (135) y Lillo (75) es Helictta
cuspidata (Engl.) Ghod. et Hassl. Fam. Rutáceas ; según Loesener
(79) la Canela do viado sirve de leña para tostar (sapecar) la yerba
y correspondería para él a una especie del género *S 'chinas (Ana-
cardiáceas), los demás autores coinciden en considerarla específi-
camente como se indica más arriba.
Canela fedorenta (Colección A. de Llamas, n° 5, Ll). Según A. de Llamas,
gen.? esp.? Fam. Lauráceas Mez. en su monografía Lauracw ame-
ricana; (89) cita una Lauracea del Brasil con el nombre de Canella
foedorenta o Canella foetida (ex Riedel) que corresponde específi-
camente a Nectandra myriantha Meissn.
Nota de A. de Llamas : Es poco frecuente y no afecta la salud.
Canela guaiká (Misiones). Según Spegazzini y Giróla (135) : Neciandra
Tweedii Mez. Fam. Lauráceas.
Caneleira (ex Glaziou). Fs Ocotea divaricata Mez. Fam. Lauráceas (89).
Canella (ex Glaziou). Es Ocotea Schottü Mez. Fam. Lauráceas.
Canella amarella (ex Martius). Es Nectandra nitídula Nees.
Canella babosa (ex Regnell) o Louro bacato (ex Burchcll). Es Ocotea pu-
berula Nees. Fam. Lauráceas ,
Canella-cedro (ex Glaziou). Es Ocotea macrocalyx Mez. Fam. Lauráceas.
Canella Limao (ex Glaziou). Es Ocotea Teleiandra Mez. Fam. Lauráceas.
Canella preta (ex Mosen). Es Ocotea ? Mosenii Mez. Fam. Lauráceas.
Canella Sassafras (ex Peckolt). Es Ocotea Sassafras Mez.
Canella Sassafras (ex Glaziou). Aniba Gardneri Mez.
Canella Tapinboan (ex Glaziou). Es Ocotea glaucina Mez. Fam. Lauráceas.
Canelón |citada en ley de bosques y yerbales (149)]. Según Lillo (75) y
Spegazzini y Giróla (135) corresponde a, Rapanea laetevirens Mez.
Fam. Mirsináceas ; según Gallardo (45) Rapanea guyanensis Aubl.
(bajo el nombre de Myrsine floribunda).
Canelón [según Giróla (4 0 a) es Rapanea mat ensis Mez.j
Canelon-pytá [según Giróla (4G«) es Ponteria neriifolia).
Caona (ver Cauna).
Capororoca (ver Caá-pororó).
Carne de vaca. Según Lillo (75) y Spegazzini y Giróla (135) corresponde
a Styrax leprosas Hook et Arn. Fam. Estiracáceas.
Catiguá (En la colección del ministerio de agricultura, sección de bosques
— 111 —
y yerbales, comunicado por el jefe señor Eduardo A. Holmberg);
según rótulo de la colección es Trichilia elegans A. Juss. Fam.
Meliáceas; según Lillo (75) y Spegazzini y Giróla (145) es Trichilia
Catiguá A, Juss.
JS ota. — Existe también en el Chaco el Catigtiá-oby o Catiguá
verde , que según Lillo (75) es una Flacourtiácea : Cascaría syl-
vestris (Sw.); Spegazzini y Giróla (135) la denominan Katigua
blanca , que corresponde a la misma Flacourtiácea.
Cauna (o Caona, Cahuná, Caverú). Con esta designación vulgar se cono-
cen botánicamente diversas especies y variedades de llex, así
como también un Frunus y un Symplocos, cual se verá en la nó-
mina siguiente :
Cauna = llex theezans Mart. var. acrodonta (Reiss.) Loes.
Cauna = llex integerrima (Vell.) Reiss. var. ebenácea (Reiss.) Loes.
Cauna — llex amara (Vell.) Loes. var. longifolia Reiss. forma nigropunc-
tata (Miers.) Loes.
Cauna = llex amara (Vell.) Loes. var. longifolia Reiss. forma llumbold-
tiana (Bonpl.) Loes.
Cauna — llex amara (Vell.) Loes. var. latifolia Reiss. forma ovalifolia
(Bonpl.) Loes.
Cauna amarga — llex theezans Mart. var .fertilis (Reiss.) Loes.
Cauna-caverá [según Giróla (40 a) es llex nigropunctata (forma de llex
amara)].
Cauna de follias larga (como la anterior).
Cauna-orelha de mico. [La cita Giróla (40 a) como indeterminable. Según
Loesener (82) es llex brevicuspis Reiss. y es más conocida con el
nombre vulgar de Larangheira ti Orellia de mico.]
Cauna (o Caona) — Symplocos uniflora (Pohl.) Bent. Fam. Simplocáccas;
[ver Spegazzini C. (130).
Cauna (o Caona) — Prunus brasiliensis [ver Spegazzini C. (130)]; Prunas
sphaerocarpa según Lillo.
Cauna. (Colección de A. de Llamas n° 13 Ll); según A. de Llamas, Sym-
plocos sp. ?
El ejemplar de la colección parece corresponder al Symplocos
uniflora.
A. de Llamas en su carta (74) agrega la siguiente nota : Muy
frecuente, con acidez pronunciada de la yerba que la contiene dife-
renciare.
Vista la cantidad de especies citadas a las que se atribuye in-
distintamente el nombre de Cauna o Caona se notará cómo pue-
den caer en error los químicos al anotar los resultados de sus
observaciones pues las personas (pie envían ejemplares do estu-
dio son en general incapaces de especificar a cuál de ellas debe
112 —
referirse para atribuirle o aplicar las reacciones o caracteres quí-
micos, así se explican las polémicas de estos últimos tiempos. Se
explicarán esto los aludidos porque es muy probable que la cauna,
específicamente llamada Prunas brasiliensis no dé los mismos ca-
racteres o reacciones que la Cauna específicamente Symplocos
uniflora y así también para las demás Caimas más arriba citadas.
Deducirán de aquí la necesidad de proceder, en primer término,
al examen botánico del material recibido, apuntando familia, gé-
nero y especie, y caso de no poder llegar a la determinación por
hallarse desmenuzados los ejemplares o por carecer de suficientes
caracteres para una exacta identificación, es preferible no hacer
estudios ni experiencias con tal material, y de hacerlas, anotar
las salvedades correspondientes o no darlas jamás a la publi-
cación.
Caunina = Ilex amara (Vell.) Loes. var. longifolia lteiss- forma Ilmbold-
tiana (Bonpl.) Loes. [Ver Loesener (82)].
Caunina = Ilex amara (Vell.) Loes. var. crepitans (Bonpl.) Loes. [Ver
Loesener (82)].
Caverú (ver Cauna).
Cedro macho (ver Cancharana).
Cedro-rá (ver Cancharana).
Cerelha (Sinon. Ceresa o Cerella). Según colección ministerio de agricul-
tura, Eugenia cerasijlora Berg. ; según Spegazzini y Giróla (135),
Eugenia retusa Berg.
Cerella. Colección ministerio de agricultura. (Ver Cerelha.)
Ceresa (ver Cerelha ),
Congoin = Ilex Paraguariensis St'. Hil. var. genuina Loes, forma domés-
tica (lteiss.) Loes. [Ver Loesener (82)].
Congona (ver Congonha).
Congonilia = Ilex dumosa Mart. Según el profesor don Juan A. Domín-
guez, por muestras particulares obsequiadas al autor de las colec-
ciones del Museo farmacológico de la Facultad de ciencias mé-
dicas de Buenos Aires.
Es extraño y curioso que se considere a la Ilex dumosa como
adulterante de la yerba-mate , pues a este respecto dice textual-
mente Loesener (82) p. 198, observación n° 2 : Folia verae herbae
Mate propietatibus donata sunt.
Congona. Muchas son las plantas a las cuales se aplica este nombre. Re-
mito al lector, a lo dicho sobre esta cuestión, al párrafo que va al
pie del término Cauna .
Entre las plantas conocidas con este nombre figuran las si-
guientes :
Congonha = Ilex diurética Mart.
113 —
Observación de Loesener(82) p. 18G : Infusión foliorum diureti-
cum dicitur. Ex Marfcio (cfr. Flor, liras., XI, 1, p. 124) species eodem
principio instructa vidctur atque llcx Paraguariensis St. Uil.
Congcmha — llex paltorioides Reiss. [Ver Loesener (82) p. 193].
Congonha = llcx Paraguariensis St. Hil. vav. genuina Loes, forma do-
méstica (Reiss.) Loes. (Nombre dado por los brasileños.)
Congonha = llex Paraguariensis St. Hil. var. genuina Loes, forma sor-
bilis (Reiss.) Loes. (Nombre dado por los brasileños.)
Congonha — llex Cuyabensis Reiss.
Observación de Loesner (82) p. 403 : Folia herbam Par agua-
ricnsem suppeditare dicuntur.
Congonha = llex affinis Gardn. var. genuina Loes, forma medica (Reiss.)
Loes.
Observación de Loesener (82) p. 444 : Infusión e foliis tribus pa-
ratum a stomachicis adhibetur ; dosis inajor emesin ciet.
Congonha = llex affinis Gardn. var. genuina Loes, forma stenothyrsa
Loes.
Congonha [según Giróla (4G a) es llex curitibensis Miers; pero esta espe-
cie según Loesener (82) es una forma de' llex paraguariensis (ver
el catálogo de las especies de llex) y por tanto no puede consti-
tuir una falsificación.
Congonha — llex affinis Gardn. var. pachypoda (Reiss.) Loes.
Congonha = llex conocarpa Reiss.
Observación do Loesener (82) p. 453 : Folia herbae «Mate» spe-
ciem constituunt.
Congonha = llex amara (Vell.) Loes. var. latifalia Reiss. forma Corco-
vadensis Loes.
Congonha = llex amara (Vell.) Loes. var. latifolia Reiss. forma mi ero -
phylla Reiss.
Congonha = Symplocos tetranda Mart. Fam. Simplocdceas. Según Brand.
en Symplocaccce de Pflanzenreich, tomo IV, n° 242.
Congonha = Symplocos variabilis Mart. Fam. Simplocdceas. (Como la an-
terior.)
Congonha — Yillaresia Congonha (D. C.) Miers. Fam. Icacindceas.
Congonha = Villaresia Congonha (Ü. G.) Miers. var. pungens Miers.
Congonha de folila larga = llex Paraguariensis St. Hil. var euneura Loes.
Congonha da fohla miuda — llex chamaedryfolia Reiss. var. typica Loes.
(Se llama también Congonlúna y Congonha miuda).
Congonha do campo. (Como la anterior.)
Congonha do campo = llex affinis Gardn. var. genuina Loes, forma mé-
dica (Reiss.) Loes.
Congonha grande — llex Paraguariensis St. Hil. var. genuina Loes, for-
ma pubescens (Reiss.) Loes.
JtEV. MUS. LA PLATA.
T. XXV
8
— 114 —
Congonha miuda = llex chamaedryfolia Keiss. var. typica Loes.
Se llama también Congonhina y Congonha dafohla miuda.
Congonhas = llex Paraguariensis St. Ilil. var. vestita (Keiss.) Loes.
Congonlias miuda — llex dumosa lleiss. var. Guaranina (Keiss.) Loes.
Congonhina = llex oh a maed ryfo l i a Keiss. var. typica Loes. Se llama tam-
bién Congonha miuda y Congonha da fohla miuda.
Congonhina = llex Congonhina Loes.
Observación de Loesener (82) : Ex Glaziou folia herbam «Mate»
suppeditant.
Congonhina = llex amara (Vell.) Loes. var. latifolia lleiss. forma micro-
phylla lleiss.
Congoña. (Colección de A. de Llamas, 11o I, Ll.) Según A. de Llamas (74)
es Villaresia acanthophylUCl En realidad es Villaresia Congonha
Miers. Fam. Icacináceas.
Dice A. de Llamas respecto a esta planta : Se halla con fre-
cuencia. No es dañina a la salud; la he tomado sola; no es dañina
ni he sentido molestia alguna.
Congoña = Villaresia Congonha Miers. Fam. Icacináceas. Según Spe-
gazzini y Giróla (135).
Congoroba = llex amara (Vell.) Loes. var. latifolia lleiss. forma ovali-
folia (Bonpl.) Loes. Según Loesener (82).
Cuatambú (según colección ministerio de agricultura): ver Guatambú.
Chaíero-caa [según Giróla (40 a) es llex gigantea hort.}
Fumo bravo = Solanum verbascifolium L. Fam. Solanáceas.
Gauna (ver Caima).
Gongonha = Villaresia Congonha (I). G.) Miers. Fam. Icacináceas.
Determinada impropiamente como llex Gongonha Mart. etSpix.
según Loesener (82).
Guabijú [según Caminlioa J. M. (10)] = Eugenia guabijú Berg. Fam. Mir-
táceas.
Guabijú (ver Guabiyú).
Guabirá [equivale a Guabiroba según Li lio (75) | : ver Guabiroba,
Citada por el ministerio de agricultura en ley de bosques y yer-
bales (149).
Guabiraba (ver Guabiroba).
Guabiroba [propiamente dicha según Caminhoa (10) p. 1308] = Abbevillea
maschalantha Berg. Fam. Mirtáceas.
Guabiroba (o Guabirá). Según Spegazzini y Giróla (135) es Campomane-
sia crenata Berg. Fam. Mirtáceas.
Guabiroba. Caminhoa, en su Botánica general y médica (1 0) cita una serie
de plantas que se conocen en el Brasil con el nombre de Guabi-
roba. Para evitar confusiones antepongo un asterisco (#) a las «pie
paso a enumerar.
115
* Guabiroba = Eugenia depaupérala Berg. Fain. Mirtáceas.
* Guabiroba = Campomanesia obrersa Berg. ( Psidium obversum Miq.) Fam.
Mirtáceas.
* Guabiroba = Campomancsia transalpina Berg. ( Psidium transalpinum
Yell.) Fam. Mirtáceas.
* Guabiroba — Campomancsia reticulata Berg. Fam. Mirtáceas.
* Guabiroba = Campomancsia corymbosa Berg. Fam. Mirtáceas.
* Guabiroba = Campomanesia fusca Berg. Fam. Mirtáceas.
* Guabiroba — Campomancsia virescens Berg. Fam. Mirtáceas.
* Guabiroba de cachorro = Guabiroba do campo.
* Guabiroba do campo = Abbevillea Gxiaviroba Berg. (Psidium Guaviro-
ba D. C.) Fam. Mirtáceas.
* Guabiroba do campo = Abbevillea microcarpa Berg. Fam. Mirtáceas.
* Guabiroba do campo = Abbevillea Klotzschiana Berg. Fam. Mirtáceas .
* Guabiroba de Minas — Abbevillea Fcnzliana Berg. (Psidium dulce Vell.)
Fam. Mirtáceas.
* Guabiroba dos geraes = Campomanesia multifiora Berg. Fam. Mir-
táceas.
* Guabiroba do sertáo = Campomanesia desertorum Berg. Fam. Mirtáceas .
* Guabiroba do mato = Campomanesia xanthocarpa Berg. Fam. Mirtáceas.
* Guabiroba do mato - Abbevillea chrysophylla Berg. Fam. Mirtáceas.
* Guabiroba felpuda = Campomanesia discolor Berg. Fam. Mirtáceas.
* Guabiroba lisa = Campomanesia obscura Berg. Fam. Mirtáceas.
* Guabiroba mirim — Campomancsia aprica Berg. Fam. Mirtáceas.
Guabiroba — Eugenia myrobalana Berg.? Fam. Mirtáceas. (Según Engler,
PJlanzenfam., III, 7, p. 82.)
Guabiroba = Myrtus mucronata var. Thea. Fam. Mirtáceas. [Según Hie-
ronymus (55 a) p. 800.]
Guabiroba = Campomanesia sp. Fam. Mirtáceas. [Según Lillo (75).]
Guabiroba [== Guabirá según Lillo (75)] : Campomanesia ( Abbevillea )
maschalantha Berg. Fam. Mirtáceas. [Según Wittmack (147) pp.
257 a 201.]
Guabirova (ver Guabiroba). [Engler (39) tomo III, 7, p. 82, escribe con v
este nombre, aunque la mayoría usa la ortografía indicada.]
Guabisoba [según Ferreyra do Amaral (41).
Seguramente se refiere a Guabiroba , es el único trabajo en el
cual be bailado esta designación.
Guabiyú [bajo el nombre de Guabizú en ley de bosques y yerbales (149)].
Guabiyú = Eugenia uniflora L. Fam. Mirtáceas. [Según Gallardo O. R.
(45).]
Guabiyú (Corrientes) = Eugenia sp. Fam. Mirtáceas. [Según Lillo (75).]
Guabiyú (Corrientes) = Eugenia Guaviyú Berg. Fam. Mirtáceas. [Según
Spegazziui y Giróla (135).]
116
Guabiyú (o Guaviyú) = Eugenia pungens Berg. Fam. Mirtáceas. [Según
Latzina (09).]
Guabiyú (o Ibabiyú) (Chaco) = Myrcia acata Omb. Fam. Mirtáceas. [Según
Spegazzini y Giróla (135).]
Guabiyú blanco (Fonnosa) = Eugenia sp. Fam. Mirtáceas. [Según Lillo
(75).]
Guabizú [según ley de bosques y yerbales (149)] : ver Guabiyú.
Guamini. (Colección de A. de Llamas, n° 10 Ll.)
En el rótulo que acompaña al ejemplar dice : Guamini. Gua-
rnir í. Según A. de Llamas, gén.? esp.1 Fam. Mirtáceas; según el
mismo la planta se halla entremezclada a las yerbas con bastante
frecuencia, da buena fragancia, pero es mezcla detestable. [Ver A.
de Llamas (74).]
Guamirí (ver Guamini).
Guatambú [bajo el nombre de Cuatambú en ley de bosques y yerbales
(149)].
Guatambú blanco (Misiones). Equivale a Guatambú morotí (ver este tér-
mino).
Guatambú amarillo (Misiones) — Aspidosperma olivaceum M. Arg. Fam.
Apocináceas. [Según Spegazzini y Giróla (135).]
Guatambú-morotí — Balfourodendron Ricdelianum (Engl.) Engl.'Fam.
Rutáccas. [Según Lillo (75).]
Guatambú-saiyú (Misiones) = Aspidosperma olivaceum M. Arg. [Según
Spegazzini y Giróla (135).]
Guavirá-mí. (Colección A. de Llamas, n° 3 Ll.) Según A. de Llamas, gén.?
esp.? Fam. Mirtáceas; según Lillo (75), Campomanesia sp. Fam.
Mirtáceas.
Observación do Llamas : Le da a las yerbas paraguayas el aroma
especial.
Observación de Lillo (75) : En ciertos yerbales entreveran sus
hojas con las de la yerba, para mejorar el sabor de éstas.
Guaviyú (ver Guabiyú).
Guayaybí (= Guayavi o Guayavil). Se conocen con este nombre simple o
com puesto con otro término, dos plantas, una Borraginácea y una
Combrctácea, como expongo enseguida, :
Guayaybí = Patagonula americana L. Fam. Borragináccas [citada en ley
de bosques y yerbales (149)].
Guayaybí blanco (Chaco) = Patagonula americana L. [ver Lillo (75)].
Guayaybí amarillo (Chaco) = Terminalia trijlora (Griseb.) Fam. Combre-
táceas [ver Lillo (75)].
Guayaybi-morotí (Misiones) = Patagonula americana L. [ver Lillo (75)].
Guayaybi-rá (Formosa) = Terminalia trijlora (Griseb.) [ver Lillo (75)].
Guayaybirá (Misiones) = Patagonula americana L. [ver Lillo (75)].
117
Guayaybi-sayyú (Chaco) = Tcrminalia triflora (Griseb.) [ver Lillo (75)].
Herva da Gongonha = 7 lex Paraguariensis St. Hil. var. genuina Loes,
forma doméstica (Reiss.) Loes, [ver Loesener (82)].
Herva-Mate. Como la anterior.
Ibirá-hoví [.según Giróla (40 a) es Helictta cuspidata],
Imbirá [según Giróla (40 o) es Daphnosis racemosa Gris. Fam. Time-
l cáceas].
Incienso [citado en ley de bosques y yerbales (149)]. Según Lillo (75) es
el Myrocarpus frondosas Alleni. Fam. Leguminosas.
Incienso. Según Gallardo C. 11. (45) es el Myrocarpus fastigiatus Allem.
Son las únicas dos especies del género y probablemente se uti-
lizan ambas como adulterantes de la yerba-mate .
Kancharana (ver Cancharana). Con la primera ortografía la señalan Spe-
gazzini y Giróla (135).
Katiguá blanca (ver Catiguá).
Katiguá-oby (ver Catiguá). Ambas ortografías son de Spegazzini y Gi-
róla (135).
Kongonha-Kaami — llex Paraguariensis St. Hil. Según Barbosa Rodrí-
guez en Mbae-liaá-tapyiyeta enoydua. (Río de Janeiro, 1905. Im-
prenta nacional). Según el mismo Barbosa Rodríguez el vocablo
Kongonlui significa : o que se engole, que se faz cliá (= lo que se
traga, que se hace té).
Nota. — Si se observa que el nombre de Congona parece
designar, para todos los autores y personas que se lian ocupado
del tema, una de las falsificaciones más habituales y comunes de la
yerba conviene hacer notar que a la propia yerba-mate se la desig-
na con el mismo vocablo. Ver el término Gongonha en estas notas.
Larangheira (o Orelha de mico o Mico). Según Copetti V. — llex sp.;
según Loesener = llex brcvicuspis.
Laurel (citado por el ministerio de agricultura en ley de bosques y yer-
bales).
Laurel = Nectandra angustí/ olia Nees. Fam. Lauráceas. [Según Hassler
(50 a).]
Laurel Buenos Aires) = Ocotea acutifolia (Nees.) Mez. Fam. Lauráceas.
[Según Lillo (75).]
Laurel (Tucumán) — Phoebe porphyria (Griseb.) Mez. Fam. lauráceas.
[Según Lillo (75).]
Laurel amarillo (Chaco) == Ocotea lanceolata Nees. Fam. Lauráceas. [Se-
gún Lillo (75).]
Laurel amarillo (Misiones) = Nectandra megapotámica (Spr.) Mez. Fam.
Lauráceas. | Según Spegazzini y Giróla (135).]
Laurel amarillo (Corrientes, Oran) = Ocotea pubcrula Nees. Fam. Laurá-
ceas. [Según Lillo (7 5). |
118 —
Laurel amarillo (Formosa) = Ocoteapuhérula Nees. Fam. Lauráceas. [Se-
gún Spegazzini y Giróla (135)1.
Laurel amarillo (Formosa) — gén.? esp. ? Fam. Lauráceas. [Según Lillo
(75)].
Laurel amarillo (Santa Fe, Corrientes, Entre ltíos) = Ocoica suaveolens
Bntli. Fam. Lauráceas. [Según Spegazzini y Giróla (135).]
Laurel amarillo (leí bañado (Santa Fe) = gen.? esp. f Fam. Lauráceas.
[Según Lillo (75).]
Laurel blanco (citado por el ministerio de agricultura en ley de bosques
y yerbales).
Laurel blanco (Corrientes) - Ocotca sp. Fam. Lauráceas. [Según Lillo
(75).]
Laurel blanco (Corrientes) = Nectandra Tweedii Mez. Fam. Lauráceas.
[Según Spegazzini y Giróla (135).]
Laurel-canela [según Giróla (40 a) es Nectandra angustifolia].
Laurel crespo (Chaco) = gén. ? esp.? Fam. Lauráceas. [Según Lillo (75). |
Laurel crespo (Chaco, Formosa, Corrientes) = Pitoche vesciculosa Mez.
Fam. Lauráceas. [Según Spegazzini y Giróla (135).]
Laurel de la falda (Tucumán) = Phoehe porphyria (Griseb.) Mez. Fam.
Lauráceas. [Según Lillo (75).]
Laurel-Í [según Giróla (40 a) es Pitoche sp. Fam. Lauráceas |.
Laurel mestizo (Corrientes, Entre Ríos) = Ocotca puhérola Nees. Fam.
Lauráceas. [Según Lillo (75).]
Laurel negro (Corrientes) [citado en ley de bosques y yerbales (140)]
Pitoche sp. Fam. Lauráceas. [Según Lillo (75).]
Laurel negro (Corrientes) = Ocotca spectahilis (Meisn.) Mez. Fam. Laurá-
ceas. [Según Spegazzini y Giróla (135)].
Laurel negro (Chaco) — gén.? esp.? Fam. Lauráceas. [Según Lillo (75).]
Laurel negro (Chaco, Formosa) = Phoehe porphyria (Griseb.) Mez. Fam.
Lauráceas. [Según Spegazzini y Giróla (135)].
Laurel overo (Misiones) = Phoehe sp. Fam. Lauráceas. [Según Lillo (75)].
Laurel overo (Misiones) = Ocotea diospyrifolia Mez. Fam. Lauráceas.
[Según Spegazzini y Giróla (135).]
María branca? [citada por Antonini 14. J. (2)].
No he podido hallar el equivalente científico de este sinónimo,
así como tampoco pude obtener ejemplares de la misma. Es pro-
bable se trate de una Sapindácea del género Diathenopteryx o de
una Leguminosa del género Zollernia , en tal caso su diferencia-
ción histológica podría hacerse fácilmente, si se hallara mezclada
a la yerha.
María preta (Misiones) [citada en ley de bosques y yerbales (149)] = J)ia-
tcnopteryx so rh ifolia Radlk. Fam. Sapindáceas. [Según Spegazzini
y Giróla (135) y Julio (75).]
11!)
María preta (Brasil) (o Mocitaiba) =. Zollernia Mocitaliiba Fr. All. Fam.
Leguminosas. [Según Wittinack (147).]
Mate — Jlex amara (Vell.) Loes. var. latifolia Reiss. forma Corcovaden-
sis Loes. | Según Loesener (82).]
Mate = lleca 'Paraguariensis St. HiJ. var. genuina Loes, forma doméstica
(Reiss.) Loes. [Según Loesener (82).]
Mate = llcx tlieezans Mart. [Según Hieronymus (55 a).]
Mborebí-rembiú [según Giróla (40 a) es Contarea hexandra. Fam. Ru-
bí áceas\.
Mborevi-rembiú. (Colección A. de Llamas, n° 14, Ll.). Conocida también
con el nombre de Anta o Yerba de anta.
Es la Villaresia megaphylla Miers. Fam. Icacináceas. Según A.
de Llamas (74) : Es frecuente, causa náuseas y malas digestiones ,
con más del 4 °/0, cólicos.
Mborevi caá. [Según Giróla (40 a) es Villaresia megaphylla.]
Mico = llex brevicuspis Reiss. [Según Loesener (82)]. Larangheira, Ore-
Iha de mico, según Coppetti V. (19).
Ñangapirí. (Colección A. de Llamas, n° 4, Ll.)
Según A. de Llamas, génJ esp.1 Fam. Mirtáceas ; según Lillo
(75) = Eugenia uniflora L. Fam. Mirtáceas.
Observación A. de Llamas (74) : Aromático, tónico.
Observación Lillo (75) p. 70 : Conocido por su fruta comestible
y sabrosa y por el olor agradable de sus hojas que dan una. infusión
que reemplaza muy bien al te.
Orelha de burro = llcx Paraguariensis St. Hil. var. genuina Loes, forma
sorbilis (Reiss.) Loes. [Según Loesener (82).] Larangheira, según
Coppetti Y. (19).
Pacurí (colección A. de Llamas, n° 2, Ll.) — Platonia insignis Mart.
Fam. Gutiferas. [Según Lillo (75) y A. de Llamas (74)]; se-
gún A. de Llamas esta planta es poco frecuente y no afecta la
salud.
Palo amargo (o Quina brava) = gén. ? esp. ? Fam. Simarubáceas. [Según
Lillo (75).] Picrasma palo amargo Speg. Fam. Simarubáceas. [Se-
gún Spegazzini y Giróla (135).]
Palo amargo = Xylosma venosum N. E. Brown. Fam. Flacourtiáceas .
[Según Ondarra B. S. (99 a).]
Palo de anta = Villaresia megaphylla Miers. Fam. Icacináceas. [Según
Spegazzini y Giróla (135).]
También se conoce con los nombres siguientes : Anta, Yerba
de antha y Mborevi rembiú (ver estos nombres).
Palo de la yerba-mate = llcx Paraguariensis St. Hil. [Según Ilierony-
mus (55 a).]
Palo de yerba (Tucumán) o Roble [Lillo (73)] = llex argentina Lillo (nov.
120 —
sp.) [Según Lillo (73)] = llex tucumanensis Speg, (nov. sp.) [Según
Spegazzini y Giróla (135).]
No tengo noticia de (jue esta especie pueda ser objeto de co-
mercio, ni aun en su provincia de origen, por no existir en canti-
dad suficiente; doy, sin embargo, sus caracteres mierográficos
para poderla comparar con las otras especies de llex.
Palo yerba = llex Paraguariensis St. Hil. |Según Spegazzini y Giróla
(135).]
Pao d’azeite — llex theezans Mart. var. acrodonta (Keiss.) Loes. [Según
Loesener (82).]
Persiguero bravo (Misiones) (no citado por ley de bosques y yerbales) =
Prunus sphaerocarpa S\v. Fam. liosáceas. [Según Lillo (75).]
Pesegueiro bravo = Prunas brasiliensis. [Según Spegazzini (130).]
Pesigueiro bravo (Misiones) = Prunas sphaerocarpa S\v. [Según Spe-
gazzini y Giróla (135).]
Peslguero bravo (colección de A. do Llamas, n° 15, Ll.) — gen.? esp. ?
Fam. Lauráceas (! !) [Según A. de Llamas (74)] — Prunus spliae-
. rocarpa Sw. Fam. liosáceas. [Según Lillo (75) p. 80. j
Observación de A. de Llamas : Fenómenos de intoxicación con
más del 5 por ciento.
Pimenta [no citada en ley de bosques y yerbales (1 49)] = género Pimenta.
Fam. Mirtáceas.
Nota. — Los ejemplares examinados, provenientes de Ipiran-
ga, que me facilitó gentilmente el doctor Enrique Herrero Ducloux
me indican a creer se trata de una Mirtácea ; posee glándulas vi
sibles con poco aumento (55).
Pimenta de gallinha = Solanum ohraceum Kich. Fam. Solanáceas. [Según
Da Matta (22).]
Pimenta de cachorro = Solanum ohraceum Ricli. [Según Da Matta
(22).]
Pimenta de rato (o Aguaraquyia) = Solanum ohraceum lticli. [Según Da
Matta (23).]
Pimenteira = Gapsicum brazilianum Chis. Fam. Solanáceas. [Según Da
Matta (22).]
Pororoca (ver Caá-pororó).
Quebracbillo (o Sombra de toro). Citada por Ilieronymus (55 o) en Planta
diaphor., p. 250, donde dice : sus hojas y (jajos se usan para falsi-
ficar la yerba-mate. Corresponde botánicamente a Maytenus ilici-
J'olia Mart. Fam. Gelastráccas.
Rabo amarillo [citada en ley de bosques y yerbales (149)] = Groton sp.
Fam. Euforbiáceas. (Según rótulo de la colección del ministerio
de agricultura de Buenos Aires, sección bosques y yerbales.)
Sangría (colección ministerio de agricultura de Buenos Aires) — Groton
121
sp. Fítin. Euforbiáceas. (Según rótulo de la colección del ministe-
rio de agricultura.)
Sapupema (no citada por ley de bosques y yerbales). Citada por los her-
manos Enrique y Leopoldo Herrero Ducloux (52).
Por los caracteres histológicos que presenta parece ser Pata-
g onula americana L. que es nuestro Guayaibí ; y probablemente
es un nombre local de éste, no habiéndolo podido encontrar en
toda la bibliografía consultada a este respecto.
Sassafras — Phoebc patens Mez. Habita el Brasil meridional.
Sassafras (ex Humboldt y Bonpland) = Nectandra ? Gymbarum Nees.
Nota. — Esta especie es de Venezuela (Orinoco) y del Alto
Amazonas. ¿Podría ser considerada como el Sassafras usado como
adulterante de la yerba, dado su radio geográfico tan apartado
de los centros normales de producción1?
Los ejemplares por mí estudiados parecen corresponder más
bien a la Ocotca Sassafras Mez.
Siete sangría (colección de A de Llamas, n° 8, Ll.) = gén.? esp.? Fam.
Eritroxitáceas (Pináceas, según la carta explicativa de A. de Lla-
mas de fecha 5 agosto 1910).
Observación de A. de Llamas : Es frecuente y perjudicial por el
tonino y una substancia algo anestésica.
Siete sangrías (colección A. de Llamas, n° 7, Ll.) = génJ sp.1 Ll.) Fam.
Rutáteas. [Según A. de Llamas (74).]
Observación de A. de Llamas : Es dañosa, es frecuente y perju-
dicial, emética, mal sapecada puede casi extinguir la voz en 10 ó
20 horas.
Siete sangrías [citada en ley de bosques y yerbales (149)] — Gupheame-
sostemon Koehne. Fam. Litráccas = Guphea glutinosa Chain, et
Schlechtd. Fam. Litráccas. Ambas especies son llamadas Siete
sangrías. [Según Hicken C. M. (54) y Koehne en Pfianzenreicli ,
IV, 216, pp. 117 y 125.]
Nota. — No es probable se trate de estas plantas en las adul-
teraciones y remito a las citadas por A. de Llamas con el mismo
nombre vulgar.
Sombra de toro (ver Quebrachillo).
Sombra de toro (colección de A. de Llamas, n° 11, Ll).
Dice A. de Llamas (74), en cuanto a la sistemática : gén.t espJ
(orden ürticidae) y en la nota referente a su acción agrega : Es
poco frecuente y no afecta la salud.
No sería extraño se tratara del Maytenus ilicifolia, identidad
que revelará el estudio histológico.
Vassoura [citada por los hermanos Enrique y Leopoldo Herrero Ducloux
(52)] — Budlcia brasiliensis Jacq. Fam. Loganiáccas. [Según Pe-
— 122
ckolt?] == Sida carpinifolia L. Fam. Malváceas. [Según Caminhoa
J. M. (16)]. Da Matfra lo cita con el nombre de Vassourinlia y
Tupichá.
Vassoura vermehla = Dodonaea viscosa L. Fam. S 'apindáceas. [Según Da
Matta (22). J
Vassourinha — Chrysopbyllum Grisebachi (Hieron.) Fam. Sapotáceas.
Nota. — Aunque no se cita en ningún autor este nombre vulgar
entre ios adulterantes de la yerba, lo anoto, estimando pueda
serlo con la designación de Vassoura (en este término).
Voadeira [citada por los hermanos Enrique y Leopoldo Herrero Ducloux
(52)]. No citada en ley de bosques y yerbales.
No me ha sido posible hallar la equivalencia científica de este
sinónimo, no se encuentra en ningún trabajo; por sus caracteres
histológicos parece ser un Ilex casi seguramente el Ilex para
guariensis ; por tanto este nombre debe ser local como el anotado
para Sapupema.
De cualquier manera es siempre un Ilex aunque no fuera el
paraguariensis ; sus caracteres micrográficos no me dejan lugar
a dudas. Los ejemplares estudiados son de la colección de E. y L.
Herrero Ducloux, remitidos por el cónsul argentino en Parana-
guá; a ellos me refiero exclusivamente.
Yapon = Villaresia Congonlia Miers. (Según A. Engler. Fam. Bras. XII,
t. 12, p. 54.)
Yerba = Ilex Paraguariensis St. Hil.
Yerba (o Palo de anta, etc.) = Villaresia megaphylla Miers.
Yerbas de palos = Villaresia Congonha (D. C.) Mierz. (Según Engler A.
Pflanzenfam i lien.)
Yerba de venado (según Giróla (46 a) es Symplocos uniflora).
Yerba-mate = Ilex paraguariensis St. Hil. var. genuina Loes, forma do-
méstica (Reiss.) Loes. [Según Loesener (82).]
Yerba-mate — Ilex paraguariensis St. Hil. var. genuina Loes, forma sor-
bilis (Reiss.) Loes. [Según Loesener (82).]
Yerva de palos (ver Yerba de palos).
Catálogo de nombres técnicos y vulgares con especificación
de la familia a que pertenecen 1
Abbevillea (ver Gampomanesia) .
Aniba Gardneri Mez : fam. Lauráceas , n. vulg. Candía Sassafras.
' El nombro técnico o los interrogantes puestos entro paréntesis corresponden a
los dados por los herbarios consultados. El nombre técnico aceptado se hallará en
las láminas correspondientes.
123
Aspidosperma olivaccum M. Arg. : fam. Apooináceas, u. vulg. Guatambú
amarillo ; Guatambú sayyú (Misiones).
Astronium fraxinifolium Scliofct. : fam. Anacardiáceas , n. vulg. Aroeira.
Astronium macrocalyx Engl. : fam. Anacardiáceas, n. vulg. Aroeira do
Mticury (Brasil).
Astronium Urundcuva Engl. : fain. Anacardiáceas, n. vulg. Aroeira do
campo (Brasil).
Balfourodendron Riedelianum (Engl.) Engl. : fam. Rutáceas , n. vulg. Gua-
tambú; Guatambú morotí.
Budleia brasiliensis Jacq. : fam. Loganiáceas , n. vulg.. Vassoura.
G abralea brachystachya D. O. : fam. Meliáccas , n. vulg. Cancharana.
Cal) ralea oblongiflora C. D. C. : fam. Meliáceas , n. vulg. Cancharana .
Gampomanesia sp. : fam. Mirtáceas , n. vulg. Guabiroba.
Gampomanesia sp. : fam. Mirtáceas , n. vulg. Guarirá-mi.
Gampomanesia cr enata Berg : fain.. Mirtáceas , n. vulg. Guáhirá , Gua-
biroba.
Gampomanesia maschalantha Berg : fam. Mirtáceas , n. vulg. Guabirá ,
Guabiroba.'
Gasearía sylvestris S\v. : fam. Flaconrtiáceas , n. vulg. Catiguá-oby ; Cati-
guá blanca; Catiguá verde.
Ghrysophyllum sp. : fam. Sapotáceas, n vulg. Aguay (Misiones).
Ghrysophyllum Grisebachii (Hieren.) Mez : fam. Sapotáceas , n. vulg. Vas-
sourinha.
Ghrysophyllum lucumifolium Gr. : fam. Sapotáceas , n. vulg. Aguay blanco
(Misiones).
Githarexylon barbinerve Chara. : fam. Verbenáceas , n. vulg. Aguay-guazú
(Misiones, Corrientes).
Gordia salicifolia Chain. : fam. Borragináceas , n. vulg. Araticú (Misiones).
Groton sp. : fam. Euforbiáceas, n. vul. Rabo amarillo , Sangría.
Diatenopteryx sorbifolia Racllk. : fam. Sapindáceas, n. vulg. Marta
preta .
Dodonaea viscosa L. : fam. Sapindáceas , n. vulg. Vassoura vermehla.
Erytbroxylum sp. : fam. Eritroxiláceas, n. vulg. Siete sangrías.
Eugenia cerasifolia Berg (v. E. Pretusa) : fam. Mirtáceas .
Eugenia Guabiyú Berg : fam. Mirtáceas, n. vulg. Guabiyú, Guabijú (Co-
rrientes).
Eugenia myrobalana Berg : fam. Mirtáceas , n, vulg. Guabiroba .
Eugenia pungens Berg : fam. Mirtáceas, n. vulg. Guabiyú.
Eugenia retusa Berg : fam. Mirtáceas , n. vulg. Cerella, Cerelha, Geresa.
Eugenia sp. : fam. Mirtáceas , n. vulg. Guabiyú blanco, (Formosa).
Eugenia sp. : fam. Mirtáceas, n. vulg. Guabiyú (Corrientes).
Eugenia uniflora L. : fam. Mirtáceas , n. vulg. Guabiyú, Nangapirí (Mi-
siones).
121
Guarecí trichilioides L. : fam. Mirtáceas , n. vulg. Camboatá, Camboatá-
puitá.
Hclictta cuspiclata (Erigí.) Cliocl et Ilassl : fam. Rutáceas,\\. vulg. Canela
de venado , de vea do, de viudo.
Ilex. Con todas las especies, variedades y formas : ver Lista de los « Tlex »,
pág. 102.
Lábatia glomerata (Polil.) Radl k : fam. Sapotáceas , n. vulg. Aguan ama-
rilla, Aguay sayyií (Formosa).'
Lithraea Chi chita Speg. : fam. Anacardiácea, n. vulg. Aroeira negra (Mi-
siones).
Lithraea molleoides (Vell.) Engl. var. Lorentziana ITieron. : fam. Anacar-
diácea s, n. vulg. Aroeira negra (Corrientes, Entre Ríos).
Lithraea molleoides : fam. Anacardiáceas , n. vulg. Aroeira branca ; Molle
a o de beber (Arg.)
Lucuma laurifolia A. 1). C. : fam. Sapotáceas, n. vulg. Aguay-guazú (Cha-
co, Formosa).
Lúcuma laurifolia : fam. Sapotáceas, n. vulg. Aguay guazú (Misiones).
Machaerium brasiliense Yog. : fam. Leguminosas, n. vulg. Canelado brego
(Misiones).
Maytenus ilicifolia Mart. : fam. Celastráceas, n. vulg. Sombra de toro,
Quebrachillo.
Myrcia ovata Cmb. : fam. Mirtáceas, n. vulg. Guabiyú, lbabiyú (Chaco).
Myrocarpus fastigiatus Allem. : fam. Leguminosas, n. vulg. Incienso.
Myrocarpus frondosas Allem. : fam. Leguminosas, n. vulg. Incienso.
Myrtus mucronata var. Thea Hieron. : Mirtáceas, n. vulg. Guabiroba.
Nectandra angustí/ olia Nees : fam. Lauráceas, n. vulg. Laurel.
Nectandra f Cymbarum Nees : fam. Lauráceas, n. vulg. Sassafras.
Nectandra myriantlia Meissn. : fam. Lauráceas, n. vulg. Canela fedorenta
(Misiones, Brasil).
Nectandra megapotámica (Spr.) Mez : fam. Lauráceas, n. vulg. Laurel
amarillo (Misiones).
Nectandra Iwccdii Mez : fam. Lauráceas, n. vulg. Laurel blanco (Corrien-
tes). Canela-guailcá (Misiones).
Ocotca acutifolia (Ness) Mez : fam. Lauráceas, n. vulg. Laurel (Buenos
Aires).
Ocotea diospyrifolia Mez : fam. Lauráceas, n. vulg. Laurel overo (Mi-
siones).
Ocotca lanceolata Nees : fam. Lauráceas, n. vulg. Laurel amarillo.
Ocotea pubérulu Nees : fam. Lauráceas, n. vulg. Laurel amarillo ( Corrien-
tes, Orán, Formosa). Laurel mestizo (Corrientes, Entre Ríos). Ca-
nela babosa, Louro bacato (Brasil).
Ocotea Sassafras Mez : fam. Lauráceas, n. vulg. Sassafras, Canella Sas-
safras.
125 —
Ocotea sp. : fam. Lauráceas , 11. vulg. Laurel blanco (Corrientes).
Ocotea spectabilis (Meissn.) Lez : fam. Lauráceas , n. vulg. Laurel negro
(Corrientes).
Ocotea suaveolens Bentli. : fam. Lauráceas, n. vulg. Laurel amarillo (Santa
Fe, Corrientes, Entre Ríos).
Patagonula americana L. : fam. Borragináceas , n. vulg. Guayaybí , Gua-
yaybí blanco, Guayaybí-morotí, Guayaybirá, Guayabí-l.
Pkoebe pateas Mez : fam. Lauráceas, n. vulg. Sássafras.
Pkoebe porphyria (Griseb.) Mez : fam. Lauráceas, n. vulg. Laurel, Laurel
negro, Laurel <lc la falda.
Phocbe sp. : fam. Lauráceas , n. vulg. Laurel overo (Misiones).
Pkoebe sp. : fam. Lauráceas, n. vulg. Laurel negro (Corrientes).
Pkoebe vesciculosa Mez : fam. Lauráceas > n. vulg. Laurel crespo (Chaco,
Formosa, Corrientes).
Picrasma palo amargo Speg. : fam. Simarubáceas, n. vulg. Palo amargo,
Quina brava.
Platonia insignis Mart. : fam. Gutiferas, n. vulg. Pacurí.
Pouteria neriifolia (Hook. et Arn.) Kadlk. :fam. Sapotáccas, n. vulg. Aguay
(Entre Ríos, Corrientes, Uruguay, Brasil).
Pouteria sp. : fam. Sapotáceas, n. vulg. Aguay (Misiones).
Pouteria sp. : fam. Sapotáceas, n. vulg. Aguay guazú (Santa Fe).
Pouteria suavis Heinsl. : fam. Sapotáceas, n. vulg. Aguay (Santa Fe).
Prunus brasilicnsis (v. el siguiente).
Prunus sphaerocarpa Sw. : fam. Rosáceas, n. vulg. Pesiguero bravo, Per-
siguero bravo , Pesigueiro bravo.
Rapan ea ferruginea (R. et P.) Mez : fam. Mirsináceas, n. vulg. Caá-poro-
ró, Pororocá, C a por oró.
Rapanca guyanensis Aubl. : fam. Mirsináceas, n. vulg. Canelón.
Rapanea lactevirens Mez : fam. Mirsináceas, n. vulg. Canelón.
Rapanea Lorcntziana Mez : fam. Mirsináceas, n. vulg. Canelón.
Rapanca Scliicanclceana Mez : fam. Mirsináceas, n. vulg. Caá-pororó, Po-
rorocá, Captor oró.
Rollinia emarginata Schl. : fam. Anonáceas, n. vulg. Araticú (Formosa,
Misiones).
Sckinus Molla L. (incl. S. Aroeira L.) : fam. Anacardiáceas , n. vulg. Aroeira.
Schinus terebinthifolius Radd. : fam. Anacardiáceas , n. vulg. Aroeira, (Bra-
sil, Paraguay).
Schinus Weinmannifolius (Mart.) Engl. : fam. Anacardiáceas, n. vulg.
Aroeira colorada (Corrientes).
Styrax leprosas Ilook. et Arn'. : fam. Estiracáceas, n. vulg. Carne de vaca.
Symplocos tetranda Mart. : fam. Simplocáccas, n. vulg. Congonliá (Brasil).
Symplocos uniflora (Polil.) Bentli. : fam. Simplocáccas, n. vulg. Cauna,
Caona, Caverú.
126 —
Symplocos variabilis Mart. : fam. Simplocáceas , n. vulg. Gongonha (Brasil).
Terminal-la triflora Griaeb. : fam. Combretáceas , n. vulg. Guayahí ama-
rillo, Guayabísayyú, Guayayhirá.
Trichilia Catiguá A. «Juss. : fam. Meliáceas, n. vulg. Catiguá.
Trichilia elegans A. Juss. : fam. Meliáceas, n. vulg. Catiguá.
Vülaresia Gongonha (D. O.) Miera : fam. leacináceas , u. vulg. Gongonha ,
Congoña , Gongonha , Yerba de palos.
Vülaresia Gongonha (D. C.) Miers. var. pwngens Miers. : fam. leacináceas ,
n. vnlg. Gongonha.
Vülaresia megaphylla Miers : faro, leacináceas , n. vulg. Anta, Yerba de
anta , Mborevi-remhhí , Palo de anta , Yerba.
Xiloma venosum N. E. Brown : fam. Flacourtiáceas, n. vulg. Palo amargo.
Zollernia Mocitahiba Fr. AH. : fam. Leguminosas, n. vulg. María preta
(Brasil).
Lista del material de estudio usado
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' El profesor doctor Carlos E. Porter me envió el tomo íntegro, desde Chile, para
que pudiera, consultarlo; agradézeole aquí tan señalado servicio.
• La, planta que desenlie hajo lle.r. Gassini (ex Ilcx Cansino) no dehe pertenecer al
género Ilcx y debe ser una Oleácea (v. Soluukdkr, nota 1, p. 874).
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brero 1 916.
índice de figuras '
1‘ült OltDlCN A l.l'A lUÍI'ICO DIO NOMISKIÍS VI I.ÜAliUS
1 El número do orden colocado en la columna do la izquierda indica el nombre
vulgar o técnico que lleva el mismo número; por ejemplo : 13 Canda de rvado = 13
¡[elidía cunjndala ; *13 ¡’lalonia insignia = 43 ¡‘acuri.
— i:¡7 —
puntos pelúcidos
y obscuros
índice de figuras
1*0 H OliDICN ALFABÉTICO J)K BOMllHKS TÉCNICOS
139
®
©
96
94
86
puntos pelúcidos
y obscuros
140
Fig. 1. — Gumnini. (Epid. inf.) (*)
F’ig. i!. — C'anebarana : Cabralea
oblongi llora C. DC. (Epid. iní.)
Fig. 3. — Congonlia o Cmigoíia : Villa- Fig. 4. — Araticú : liollinia emarginata
resia Congonha (DC.) Miera. (Epid. Selil. (Epid. inf.)
inf.)
Fig. 5. — Agnay-guazú (Corrientes) : Ci-
tharexylon barbinerve Cliam. (Epid. inf.)
Fig. (i. — Guavirá-ini : Campomanesia sp.
(Ep. inf.)
( ) Los dibujos aipií reprndneidos son lodos originales del aulnr.
141
Fig. 7. — Canelón : ltapanea Lorcntzia-
n a Mez. (Epid. inf.) La epidermis in-
ferior presenta pelos tortores iguales a
los de la epidermis superior (ver figu-
ra 85).
Fig. 0. — Canelón : ltapanea laetevirens
Mez. (Epid. inf.)
Fig. 11. Canelón : ltapanea laetevirens Hez.
(Corto transversal, región lagunosa)
Fig. 8. — Canelón : ltapanea guyanensis
Aubl. (Epid. inf )
Fig. 10. — Canelón : ltapanea laetevirens Hez.
(Corte transversal, región palizódica)
Fig. 12. — Aguay-sayyú (Formosa)
Labatia glomerata (Pohl.) Radlk. (Epid. inf.)
142 —
Fig. 15. — I’esiguero bravo : Prunus
sphaerocarpa Sw. (Epid. inf.)
Fig. it¡. — Miro : Ilex brcoicuspis lieiss
(Epid. inf.)
143
Fig. 19. — Congonliimv o Coiigonilla : Ilex
dumosa Reías, var. (Epid. inf.)
Fig. 20. — Palo amargo : Picrasma
Palo amargo Speg. (Epid. inf.)
Fig. 21. — ííangapirl : Eugenia uniflora L.
(Epid. inf.)
Fig. 22. — Yerba-mato : Ilex paraguariensis
St. Hil. (Epid. inf.)
Fig. 2:¡. — Yerba-mato (Corlo Irmiavormil do! limbo)
Ejemplar del Mosco «lo En Plata
Fig. 24. — Yerba-malo (Epid. inf.)
144 —
Fig. 25. — Yerba-mate (corte transversal)
Ejemplar del Jardín botánico de Buenos Aires
Fig. 2fi. — Yerba-mate (corto transversal)
Ejemplar del Jardín botánico de Buenos Aires
Fm. 27. — Congonlia llex affinis Garda.
(Epid. inf.)
Fig. 28. — Congonlift : llcx ajfinis Garda, (corte transversal del limbo)
— 145 —
146
Fig. 35. — Congoiiha : Villaresia Oongonha (DC.)
Mier. var. pungen» Miera (Epid. inf.)
Fig. 30. — Congouba : Villaresia Congonlia var. pungens (corte transversal)
Fig. 37. — Anta o Mborevi-rembiú : Villaresia
megaphylla Miera. (Epid. inf.)
147
Fig. 3!). — Guatambú : lialfourodcndron
Riedelianum (Engl.) Engl. (Epid. inf.)
148
Fig. 40. — Guatambii : Baljourodendron Hiede lianum. A, corto transversal;
B, polo do la nervadura ; C, pelo glanduloso
Fig. 41. — Aroeirn : Scltinus Mulle L.
(Epid. inf.)
Fig. 4‘2. — Cunóla do vendo : Hclietta
cuspidata (Engl.) Cliod. ei ilusa)
(Epid. inf.)
149 —
Fig. 43. — Catigmi : Trichilia Oatiguá
A. Jiiss. (Bpid. inf.)
Fig. 44. — Sasgafrns : Ocolea Sassafras
Mez. (Epid. inf.)
Fig. 45. — Eugenia uniflora L.
(Epid. inf.)
Fig. 46. — Guabiyú : Eugenia Guabiyú
liorg. (Epid. inf.)
3 50
Fig. 49. — Laurel o Laurel negro : Pkoebe
porphyria (Gris.) Mez. (Epid. iuf.)
Fig. 50. — Canela fedorenta : Nectandra
myriantha Meissn. (Epid. iuf.)
Fig. 51. — Laurel negro : Pkoebe sp.
(Epid. iuf.)
Fig. 52. — Nectandra angusti/olia
(Epid. inf.)
Fig. 53. — Laurel (Bs. As.) : Ocotea
acutifolia (Nees.) Mez (Epid. iuf.)
151
Eig. 55. — Aguay : Chrysophyllum
lucumifolium Gris. (Epid. inf.)
Eig. 50. — Araticú : Cordia salicifolia
(Epid. inf.)
Fig. 57. — Candína tií-puitíí : fíuarea Fig. 58. — Siete «ingrima. (Epid. inf.)
trichilioides L. (Epid. inf.)
Fig. 59. — Aroeira Manea : Lithraea
molleoides (Vell.) (Epid. inf.)
Fig. 00. — Pinicnta. (Epid. inf.)
152 —
Fig. 01. — Sombra (lo toro : Maytenus
ilicifolia Mart. (Ep. inf.)
Fig. 03. — Agnay-guazú : Pouteria
neriifolia (Hoolc ot Arn.) Kadlk.
(Epid. inf.)
Fig. 05 — María preta : Diatenopteryx
sorbi/olia Kadlk. (Epid. inf.)
Fig. 02. — A guay (Sta. Fe) : Pouteria,
suavis Houisl. (Epid. inf.)
Fig. 04. — Incienso Myrocarpus
frondosus Allem. (Epid. inf.)
Fig. 06. — Guayaibí : Patagonula
americana I.. (E)iid. inf.)
153
Fig. 67. — Palo amargo : Picrasma
Palo amargo Speg. (Epid. sup.)
Fig. 08. — Villarexia megaphylla
(Epid. sup.)
Fig. 69. — Yerba-mato : llex Fig. 70. — Mico : llex brevicuspw
paraguaricnsU. (Epid. sup.) (Epid. sup.)
Fig. 71. I’cHigucro bravo (Prunos loa-
híüciisíh) : Prunas sphacrocarpa . (Epid.
sup.)
Fig. 72. — llex llamona. (Epid. sup.)
154 —
Fig. 73. — llex Humosa. (Puntos
obscuros ttiim. 10 veces)
Fig. 75. — Villaresia Congonha viu\
pungens. (Epid. sup., con las estrías
cuticulares.)
Fig. 77. — llex afinis. (Epid. sup.)
Fig. 74. — Yerba-mate : llex paragua-
riensis. (Epid. sup., con las células en
parte cubiertas por las estrías cuticu-
lares.)
Fig. 70. — Villaresia Oongonha var. pun-
gens. (Epid. sup. sin las estrías cuti-
culares de la tig. 75.)
155
Fig. 79. — Ilabo amarillo : Croton sp.
(Epid. sup.)
Fig. 80. — Guamiui. (Epúl. sup.)
Fig. 81. — Guamiui. (Puntos pelúcidos
aum. 10 veces)
Fig. 82. — Yillaresia Congonlia
(Epid. sup.)
Fig. 83. — Guaviríl-mi : Campomanesia sp.
(Epid. sup.)
Fig. 84. — Guaviril-mí : Campomane-
sia sp. (Puntos pelúcidos, aumcnt.
10 veces.)
156 —
Fig. 85. — Caución : Jiapanea
Lorentziana. (Epid. sup.)
4CS
Fig. 80. — Caución : Jiapanea Lorent-
ziana. (Puntos obscuros, aumento
10 <li:ím.)
Fig. 89. — Canela fedorenta : Ncc-
tundra myriantha. (Puntos pelúci-
dos, 10 veces aumcut.)
Fig. 90. — CatiguA : Trichilia c legan s
(Epid. sup.)
157
Fig. 91. — Guayaibí-rá : Terminalia
triflora. (Epid. sup.)
Fig. 93. — Canelón : Mapanea
laetevirens. (Epid. sup.)
Fig. 95. — Canelón : Mapanea guyanensis
(Epid. sup.)
Fig. 92. — Aguay-guazü (Corrientes)
Citharexylon barbinerve (Epid. sup.)
Fig. 94. — Canelón : Mapanea lae-
tevireus. (Puntos obscuros, au-
ment. 10 veces).
Fig. 90. — Canelón : Mapanea guyanensis
(Puntos obscuros, aument. 10 veces)
— 158
Fig. 97. — Guabiyú : Eugenia Guabiyú
(Epid. snp.)
Fig. 98. — Guabiyú : Eugenia Guabiyú
(Puntos pelúcidos, aumeut. 10 veces)
Fig. 99. — Aguay (Santa Fe) : Pouteria
suavis. (Epid. snp.)
Fig. 100. — Aguay-gnazú : Pouteria
neriifolia. (Epid. sup.)
Fig. 101. — Canela de veado ; lielietta
cuspidata. (Epid. sup.)
Fig. 102. — Canela do veado : Ue-
lietta cuspidata. (Puntos pelúcidos,
aumeut. 10 veces.)
159 —
Fig. 103. — Aratfcú : Cordia salicifolia
(Epid. sup.)
Fig. 104. — Gualiiril : Abbenillea
Klotzkiana. (Epid. sup.)
Fig. 107. — Cerosa o Cerollia (Euge-
nia ccrasifolia) : J'J. retusa. (Pun-
tos pelúcidos, aunicnt. 10 veces.)
Fig. 108. — Araticú : Itollinia cmarginata
(Epid. sup.)
160
Fig. 109. — Aguay-sayyú (Formosa)
Labal ia glomerata. (Epid. sup.)
Fig. 110. — Caima : Syinplocos uniflora
(Epid. sup.)
Fig. 111. — Aguay : C'hrysophyllum
lueumifolium. (Epid. sup.)
Fig. 112. — Kangapirí : Eugenia uniflora
(Epid. sup.)
A C <¿e.L
Fig. 113. — ííangapirí : Eugenia uniflora
(l’uutos pelúcidos, anment. 10 veces)
Fig. 114. — Laurel (lis. As.) : Ocotea
acutifolia. (Epid. sup.)
161
Fig. 115. — Laurel (lia. As.) : Oco-
lea acutifolia. (Puntos pelúcidos,
aument. 10 veces.)
jtiCS
Fig. 117. — Sassafras
(Puntos pelúcidos, aument. 10 veces)
Fig. 116. — Sassafras. (Epid. sup.)
Fig. 118. — Aguay-guazú (Corrientes)
Citharcxylon barbinerve (Epid. sup.)
Fig. 119. — Amarillo : Terminalia
australis. (Ep. sup.)
Fig. 120. — Guayaibi : ratagónula
americana. (Epid. sup.)
REV. MUS. I.A ri.ATA.
T. XXVI
11
<5 0
162
Fig. 121. — 1‘iinenta : Mirtáceas
(Kpid. snp.)
Fig. 122. — Vintenia : Mirtáceas
(Puntos pelúcidos, tumi. 10 voces)
Fig- 123. — Aroeira : Lithraea molleoides
(Epid. snp.)
Fig. 124. — Siete sangrías. (Ep. snp.)
163
Fig. 127. — Pac mi : Platonia insignia
(Epid. sup.)
Fig. 129. — Sombra de toro
(Puntos pelúcidos, aument. 10 veces)
Fig. 130. — Camboatá-puitá : Guaren
trichilioidcs. (Epid. sup.)
— 164 —
I* ig. 133. — Catiguú : Trichilia Catiguá
(Epid. SUp.)
Fig. 134. — Guatambú : lia l/ou rodea-
dron liiedelianum. (Epid. sup.) (De-
jando ver el tejido de empalizada,
cou células cristalíferas.)
Fig. 135. — Guatambú : Iialfourodcn-
dron liiedelianum. (Epid. sup.) (Cé-
lulas epidérmicas como en la tig. 134
desprovistas de células de empalizada.)
Fig. 13C. — Guatambú : Halfouro-
dendron liiedelianum. (Puntos pe-
lúcidos, Humen!. 10 veces.)
Fig. 137. — Nectandra angustifolia
(Epid. sup.)
Fig. 138. — Laurel negro. (Epid. sup.)
Fig. 139. — Carne «le vaca : Slyrax
leproms. (Epid. sup.)
Fig. 140. — Laurel amarillo : Ocotea
puberula. (Epid. sup.)
Fig. 14!. — Laurel negro : Phoebe
porphyria (Epid. sup.)
Fig. 142. — Laurel negro : Phoebe
porphyria. (Puntos pelúcidos, mi-
íucnt. 10 veces.)
DESCRIPCIÓN DE HONGOS MIRMECÓFJLOS
Pon CARLOS SPEGAZZINI
Académico honorario del Museo de La I'lata
Locellina Mazzuchii Speg. (n. sp.)
Diag. Phacota, myrmecophila, gigantea, solitaria v. paucigregaria , car-
nosa, carne ubique immutabili ; piteas primo e globoso hcmisphaericus,
dein expansus convexo- applanatus , semper plañe exumbonatus, ubique
laevis v. leniter undulatus, glaber, quandoque hiñe inde squama majus-
Fig. 1. — Locellina Mazzuchii Speg.
eula arete adnata oruatus v. Jibrillososquarrulosus (veli vestigiis),
margine incurvo rotundato laevi v. saepe frustulis volvae pcndulis
appendiculato, in juventute cremeus, dein e centro peripheriam versus
sensim obseurior et in oram marginalem latam sordide isabellinam
transicns; caro compacta alba crassa sensim marginan versus alten-na-
ta, centro in umboncm inferum percrassumin caritate stipitis intrante
producía; lamellae crassiuscule membranaceac confertae, acie integer-
rimae et vix obscuriores, non marmoratae, primo isabellinae, dein
167
nmbrinae, postremo fuligineae, ambitu snbacute angustato-attenuaiae,
postice sinuato-rotundatae supremo ápice stipitis non v. vix adnatae ;
stipes erectus rectus teres , deorsum leniter incrassatus, inferné rotun-
datus , ac volea crassiuscule submembranacea alba, arete adnata mar-
gine augusto libero donata, vestitus , alhus, laevissimus v. obsoletissime
longitudinaliter subfibrillosus, ad quartum supremum sub pilco pulchre
Ínter rapte subir regular it erque subannulatim isabellino-marmoratus,
a píleo fiadle secedcns, intus late fistulosas candidus, caritate cylin-
drico-obconoidea ah ápice basin versus sensim angustata, par id ibas te-
nacellis, fabrica eximie longitudinaliter fibrosa. Cystidia milla ; basi-
dia clavulata normaba omnia isomorpha ; sporae ellipsoideae mediocres
laeres, umbrino-atrae, non v. 1-guttulatae. Odor funginus satis gratus ;
sapor dulcís non invisus.
Spccies a genere volea membranácea basi stipitis arete adnata et vix mar-
gine angusto libera, nec non sporis fuligineis nonnihil recedens.
Obs. En febrero de este año tuve el agrado de recibir del señor don
Andrés Mazzuchi, inspector del ferrocarril Central norte argentino, una
interesante carta en la que me comunicaba haber hallado a lo largo de la
línea del ferrocarril, por los alrededores de la estación Bandera, provin-
cia de Santiago del Estero, sobre un hormiguei’o de hormigas podadoras
(Atta Vollenweideri For.), un hongo de dimensiones colosales, remitiéndo-
me al mismo tiempo dos fotografías, una de las cuales ilustra este traba-
jito;pedí entonces al amable remitente mayores aclaraciones que fueron
inmediatamente satisfechas, siendo obsequiado con los restos maso menos
conservados del coloso, con buena cantidad de hormigas del hormiguero
y con un gran número de datos; mas, a la mitad del mes de junio recibí
del mismo señor un ejemplar fresco y casi vivo del gigante, lo que me ha
permitido completar y perfeccionar la descripción de este liimenomiceta,
ciertamente mirmecófilo, y fijar con seguridad el lugar que le correspon-
día en los cuadros taxonómicos. Los ejemplares estudiados pesaban de
dos a tres kilos, cada uno y su estatura variaba de 37 hasta 42 centíme-
tros de altura; el sombrero, algo elíptico del primer individuo, ostentaba
un diámetro mayor de 42 y uno menor de 37 centímetros; la carne de
todos era blanca, compacta, de color inalterable, de olor agradable y sa-
bor dulce, apetitoso cuando frescos, que con la descomposición se torna-
ba hedionda y repugnante.
Los sombreros al principio son hemisféricos, con la edad se extienden,
volviéndose plano convexos (30-42 cm diám.) con bordes lisos obtusos,
algo encorvados y que no sobresalen de las laminillas, ofreciendo una
superficie lisa, levemente ondulada, sin grietas ni estrías, a veces con al-
guna grande escama o algún punto algo fibrilloso, jamás viscosa ni lu-
ciente, en la juventud de color crema, más tarde algo obscura y en la
- 168 —
vejez con una faja marginal más o menos parda; las laminillas membra-
nosas (0,5 mm espesor) anchas (15-17 mm anch.), de margen entero algo
más obscuro, numerosas tupidas, variables en su longitud (8-12 cm
lng.), suavemente enangostadas hacia la parte externa, donde terminan
en punta obtusa, redondeado-sinuadas en la parte posterior adhiriéndose
algo al extremo ápice del estípite, al principio de color blanquecino su-
cio se vuelven con la edad pardas, concluyendo en un color sepia obscu-
ro; los estípites son derechos (25-37 cm lng.), cilindricos (8-10 cm diám.),
se desprenden con facilidad de los sombreros y siempre más o menos en-
grosados al extremo inferior (10-12 cm diám.), lisos sin libras ni escamas,
Fig. 2. — Locellina Mazzuchii Speg. ('/s <lel tamaño natural)
del mismo color del sombrero, en su cuarto superior algo más pálidos y
generalmente adornados de varias manchitas sucias ordenadas en anillos
sobrepuestos interrumpidos; dichos estípites al interior son anchamente
huecos (cavidad de 5 a G cm de diám.) disminuyendo dicha cavidad pau-
latinamente hacia la base donde termina; las paredes son fibroso carno-
sas blancas, algo tenaces; lavolva membrani forme, bastante espesa, está
fuertemente adherida a la base engrosada de los estípites, pero siem-
pre bien visible, ostentando tan sólo un borde libre angosto (5-10 mm
ancho) entero y que a veces deja fragmentos en forma de escamas sobre
la superficie o como apéndice cortiniforme al borde de los sombreros,
siendo de color blanco que se torna con frecuencia acanelada por el polvo
de la tierra que se le adhiere; tanto la carne del sombrero (al centro de 3
a 4 cm de espes.) como la del estípite es de naturaleza compacta más o
menos fibrosa, cándida, inalterable por el contacto del aireen lasseccio-
169 —
nes; parece que la carne del sombrero produzca una especie de grueso
pezón que cuelga en la cavidad de la parte superior del estípite.
Los caracteres microscópicos observados son : fibras de la carne cilin-
dricas (5-10 cltám.) incoloras de paredes delgadas, con numerosos tabi-
ques transversales sin nudos y pocas ramificaciones; mezcladas con estos
elementos se observa algunas fibras más cortas, algo ramificadas, sin
tabiques y con muchos y grandes núcleos, a veces engrosadas y clavífor-
mes en las extremidades.
Basidios claviformes normales (25-30 ¡a X 10 i-»-) incoloros con 4 este-
rigmas y jamás acompañados de oistidios, los que tampoco existen en el
mismo borde de las laminillas.
Esporas elípticas o levemente ovaladas (8-10 ja X 5-6 ¡a) lisas, pardas,
a la madurez casi negras, pelúcidas, generalmente con un pequeño núcleo.
Lamento no haber podido examinar las bongueras délos hormigueros
para definir si el micelio está provisto de los góngilos que generalmente
se notan en los hongos mirmecófilos.
Xylaria mierura Speg. = Speg., Fng. arg. n. v. cr. (1899) n. 574.
Bargellinial Bel ti Speg. = Speg.» 1. c., n. 718.
Rhizomorpha formiearum Speg. = Speg., 1. c., n. 876.
Desde mis primeras investigaciones mico lógicas en la Argentina, co-
nociendo las observaciones sobre los Nest of leaf cutting Ant, publicadas
por Tilomas Belt en su libro The Naturalist in Nicaragua ( London, 1874),
tuve siempre ojo a los nidos de hormigas podaderas, y toda vez que se
me ofreció la ocasión, examiné con detención los micelios que hallé en
sus cuevas, comunes y abundantes en toda la provincia de Buenos Aíres.
Por largo tiempo mis cuidados resultaron vanos, pues ni en las bongue-
ras naturales ni en los fragmentos de las mismas, cultivados cuidadosa-
mente en cámaras húmedas, jamás llegué a encontrar órganos multipli-
cadores ni reproductores bien definidos; sólo notaba con gran frecuencia
que las liifas superficiales de las almohadillas m ¡célicas ofrecían unos
abultamientos globosos o piriformes que solían a menudo contener uno
o dos gruesos núcleos más o menos esféricos, simulando esporas, y me
resolví, en 1899, a publicar esa forma con el nombre provisorio de Bar-
gellinia? Belti , dedicándola al valiente naturalista inglés, que fué el pri-
mero en descubrir y publicar la mieofilia de ciertos grupos de hor-
migas.
En el año 1887, hallándome, casualmente, en una quinta cerca de Pa-
lermo (Buenos Aires), al levantar un gran disco de madera que tapaba el
hoyo de un hormiguero, destruido a pala, hallé, saliendo de los trozos de
bongueras som i podridos, una forma estromática estéril interesante, la
que volví a hallar algunos años después de nuevo, en condiciones más o
REY. MUSEO LA PLATA» — T. XXVI
12
170 —
¡nenos iguales en los alrededores de La Plata, describiéndola in loe. cit.
con el nombre de Ehizomorpha formicarum.
Por fin, en febrero de 1888, paseándome por el terraplén del ferrocarril
de La Plata a la Ensenada, me encontré con una Xylaria fructífera que
asomaba de entre los residuos vegetales que cubrían las bocas de un enor-
me y viejo hormiguero de Acromyrmex , y que, examinada al microscopio,
ofrecía caracteres peculiares muy diferentes de todas las especies hasta
entonces conocidas, por lo cual en los
mismos Fungí, argentini novi v. critici ,
le hice ver la luz con el nombre de
Xylaria mientra. Esta misma especie
tuve, más tarde, la suerte de hallarla
varias veces en los años siguientes en
varios puntos del país, pero siempre
saliendo de hormigueros de Aeromyr-
mex I/undi Guér.
Habiendo leído desde su divulga-
ción el trabajo de Moeller sobre los
Pilzgarten , quedé sugestionado por
esta obra, de modo que esperaba una
vez u otra hallar la Agaricinea que
respondería a las lufas gongilóforas
de la pretendida Bargéllinia ; en es-
tos últimos años solamente pude apar-
tarme de esa idea preconcebida por
tres razones concurrentes : Io porque
en los nidos de Acromyrmex lAtndi, ja-
más había hallado liimenomicetas 5 2o
porque de dichos nidos sólo había vis-
to nacer Xyla r ías; 3o porque en los hor-
migueros de otras especies de hormiga
podaderas habíase descubierto hon-
gos aseomicetas y 110 liimenomicetas.
Entonces quedé convencido y bien seguro que el micelio cultivado por
Acromyrmex Lundi era el de la Xylaria mientra, lo que recién llegué a
confirmar de hecho, extrayendo de ella, en marzo de 1919, un hermoso
ejemplar entero, completo y vivo, emplantado aún en la bonguera de un
hormiguero que un caballo acababa de desfondar con sus patas en el
Parque de La Plata al lado de la entrada del cuartito de la máquina bom-
beadora.
Entonces me convencí que la Bargéllinia , la Ehizomorpha y la Xylaria
no eran sino estados evolutivos de un mismo organismo y que las hitas
micelianas de ápice hinchado, o góngilos, no eran exclusivas de los hi-
Fig. 3. — Xylaria mientra Speg.
(tamaño natural)
171
menomicetas rnirmecófilos, sino de todos los micelios cultivados por las
hormigas de las diferentes familias; fácilmente, las hifas sometidas a
constantes y sucesivas esquilas, toman todas, por la influencia de una
misma causa excitadora, caracteres morfológicos parecidos, y, por lo
tanto, todos los hongos rnirmecófilos a cualquier familia que pertenezcan
resultan gongilóforos.
Poroniopsis Speg. (n. gen.)
Char. Stromata stipitato-pi leata, pilco sublenticular i, cxtus lacte colora-
ta , intus alba subsuberoso-carnosa ; pcrithccia pilei superficie superiore
infossa, subglobosa , tenuiter tunicata, ostiolata ; asci fusoidei, octospo-
ri aparaphysati ; sporae lineares , mox in articulis bacilliformibus so-
lutae, liyalinae.
Gemís Hypochreacearum, habitu Poroniae, sporarum fabrica autem
Ilelminthasco acccdens, ab ómnibus cognitis satis riteque distinctum.
Poroniopsis Bruchi Speg. (u. sp.)
Diag. Stromata solitaria v. pauci gregaria saepeque confluentia; stipites
selerotio subrliizomorphoideo cylindraceo gracili myeelio villoso panno-
so- vestito plus minusve evoluto (10-50 mm long. X 1,5-2 mm diam.)
substrato infosso acr ogeni, obclavati v. crasse ovati sursum attenuati
et in pilco abrupto expansi, farcti, laeves , glabri, e testaceo isabellini;
pilci discoidei (5-15 mm diam.), súpome primo concavi dein plus mi-
nusve valide convexi, margine saepius acutí, integri v. denticulati,
saepius minute reticulato -rugulosi, e coccíneo rubro -laterita, inferné
applanati pallide testaeei, non rarius rugulis radiantibus crassiuscu-
Us parum elevatis notati; caro sclerotii , stipit.is nec non pileoli alba
immutabilis compacta, in vivo sufmolliuscula, in sicco subsuberosula,
cortice arete adnato, non separabili, colorato vestita; peritliecia sub
cortice disci (a margine rcmotiuscula tamen) nidulantia, non promi-
nula, subglobosa (200-300 [,. diam.), plus minusve confería, saepe con-
Jluentia atque difformia, túnica tenuissima ochroleuca carni stromatis
valide adnata, pulpa mollea pellucida farcta, ostiolo rotundo , per aeta-
tem latissimo difformi pertusa ; asci e columella carnosula centrali ra-
diantes, cylindraceo fusoidei (100-120 8-10 y.) utrinque attenuati,
brevissime pedicellati, aparaphysati, octospori; sporae lineares asco-
rum longitudine v. parum breviores, sub lente valida liyalinae, mox (in
eodem asco) in artículos 6-8 longiusculos ( 10-15 p, X 1,5-175 p ) rectos
dilabentia.
Obs. Mieroiniceta sumamente interesante, sea por su biología, sea por
su morfología, que debemos a la incansable actividad del doctor Carlos
Bruch, al cual me complazco en dedicarlo, por mérito y justicia.
172
El substrato, antigua bonguera del Acromynnex (Moellerius) Heyeri
Ford, está formado por fragmentos de graminaceas de 4 a 5 milíme-
tros de largo, densamente apelmazados, simulando casi bosta de bovinos
o de suinos, y fuertemente vinculados por un micelio filamentoso, más
o menos abundante (poco visible a simple vista), de color pardo páli-
do, que debajo del microscopio resulta constituido por liifas muy largas
y delgadas (2-4 \j. diám.), lisas, flojamente tabicadas, por lo tanto con ar-
tículos mayores de 50 g, ramificadas más o menos regularmente en siin-
podio; en las partes periféricas se observan numerosas ramitas simples
más o menos arqueadas engrosadas y fusiformes (6-10 diám.) de ápice
por lo general obtuso y que recuerdan los góngilos de Moeller, resul-
tando siempre estériles; sobre la superficie del substrato mencionado,
aparecen los aparatos ascóforos del bongo; estos aparatos sobresalen de
5 a 15 milímetros, bailán-
dose a veces solitarios, a
veces en gru pitos de 2 a
5 y a menudo se entre-
soldán, recordando a pri-
mera vista a los micetas
coprófilos llamados Pora-
nia, por su forma de cla-
vos o tachuelas; estos es-
treñías se bailan consti-
tuidos por tres partes : un
esclerocio rizomorfoideo
emplantado y escondido
en el substrato, cuya for-
ma es de un cordón más o menos largo, vertical, no muy grueso, recto o
ligeramente flexuoso maciso, blanco al interior y revestido de una capa
afelpada y bastante espesa parda, el cual lleva en su ápice uno o dos estí-
pites; un estípite acachiporrado u ovalado que, como acabamos de decir,
remata el esclerocio, siendo saliente del substrato, adelgazado en su parte
superior, terminando bruscamente en una cabezuela; la parte interna del
estípite esmacisa compacta fibrosa; la parte externa es lisa o, a veces, con
algunas finísimas arruguitas longitudinales, lampiña y de color avellana
más o menos claro; las cabecitas apicales discoideas que rematan los es-
típites (a veces se observan dos y basta tres colaterales sobre un mismo
estípite que entonces resulta muy grueso y casi tuberculi forme), al prin-
cipio son en formado platillo cóncavo con bordes delgados anchos y dobla-
dos hacia arriba, pero pronto su parte central se va engrosando, el borde
se hace horizontal y más angosto y la parte central y todo el disco toma for-
ma convexa más o menos pronunciada; hiparte inferior de dichas cabecitas
adultas es plana y casi horizontal, del mismo color del estípite, lisa, pero
173
en muchos individuos se observan algunas arruguitas radiantes gruesas
obtusas y poco salientes, parecidas a las que constituyen el himenio de
ciertos Gantharellus ; la cara superior de las cabecitas maduras y conve-
xas luco un color rojo-sangre o rojo ladrillo vivo, hallándose su superficie
revestida de una delgada cutícula roja muy adherenteala substancia es-
tromática interna (que es igual por el color y la estructura a la del estí-
pite, pero con fibras más cortas y ramificadas), a veces casi lisa, pero lo
más a menudo adornadas de un retículo irregular de pequeñas arrugas;
cortando verticalmente estas cabecitas debajo de la cutícula aparecen los
peritecios más o menos numerosos a veces hasta confluentes, típicamente
globosos, más tarde bastante deformes, revestidos de una membrana poco
aparente rojiza y rellenos de una pulpa amarillenta color de miel; dichos
peritecios en la juventud parecen ástomos, pero en la vejez, por reabsor-
ción de la cutícula estromática, ostentan una boca u ostíolo algo irregu-
lar más o menos ancho, que se abre en los hoyitos o surquitos que ador-
nan la superficie del disco; la pulpa peritecial está constituida por una
columela central, basal, estéril, de la que irradian numerosos y tupidos
ascos cilíndrico-fusoideos, octosporos sin paráfises, cuya membrana se
absorbe inmediatamente al llegar a la madurez; las esporas filiformes
forman un manojo dentro de cada asco, siendo del mismo largo o algo
más cortas, y fragmentándose en seis u odios artículos cilindricos rectos
continuos, lisos e incoloros.
174
ESTUDIOS MIRMEC O LÓGICOS
Pon CARLOS BRUCH
1
DOS REINAS DE HORMIGAS LEGIONARIAS
[Eciton (Acamatus) Strobeli Mayr y E. (Labidus) praedator Sm.)|
Eciton (Acamatus) Strobeli Mayr
CT Mayr, Annuario delta Societd del Naluralisti , Modena, torno III, página 166, 1868.
í) Eciton nitens Mayr, loe. cit., página 168, 1868.
Briich, Revista del Musco de La riata, tomo XXIII, páginas 294-295, í), cf , 1916 ;
Gallardo, Anales del Musco nacional de historia natural. Buenos Aires, tomo
XXX, páginas 351-357, cf, 1920.
Desde que vengo ocupándome con el estudio de nuestras hormigas,
lie tenido especial interés en conseguir la reina de algún Eciton , género
representativo de las llamadas « hormigas legionarias » o de « correc-
ción». Mi pretensión era tanto más justificada, cuanto que ninguna de
esas maravillosas reinas había sido encontrada en el país. Por otra parte,
estas formas femeninas existen, en contados ejemplares, en coleccio-
nes extranjeras y solamente las conocemos por las descripciones de los
autores, más o menos perfectas y no siempre a nuestro alcance '.
1 Whhiílkr, William Morton, Observations on army ants in British Guiana, iu
Procccdings of the American Academy of Arta and Sciences, vol. 56, número 8, páginas
291-328, figuras 1-10, 1921.
En este interesante estudio sobro las hormigas legionarias, menciona el profesor
VVheoler (pág. 325) un total de 8 especies do reinas conocidas hasta ahora, que son
las siguientes : E. (L.) coecnm Latr. ; E. (A.) opacithorax Emory ; E. (A.) Schmiüi
Emory; E. (A.) carolinense Emory; E. (L.) praedator F. Smith ; E. Burchclli Westw. ;
E. vagans üliv. ; incluyendo E. (A.) Strobeli Mayr que describo ahora.
176 —
No obstante mi empeño, poco éxito tuvieron mis buscas. Cada vez
que encontraba hormigas legionarias, se trataba de colonias errantes,
sin reina, cuyo verdadero habitáculo, por circunstancias desfavorables,
no podía alcanzar. Quedaba así el descubrimiento a la merced del azar,
a la espera de esas casualidades que, para el naturalista, son a veces
más oportunas que largas y pacientes investigaciones.
Muchísimo he celebrado, pues, el feliz hallazgo de una de estas reinas
en Punta de Balasto, al sur del valle de Santa María (provincia de Ca-
tamarca). La descubrió mi excelente amigo ingeniero Vladimir Weiser,
el 12 de noviembre de 1920, al dirigir unas excavaciones arqueológicas
practicadas en ese lugar.
Sobre ese hallazgo refiere el señor Weiser lo siguiente :
« El nido se encontraba entre el grueso rodado, embutido en tierra y
arena, en la terminación de una quebrada próxima al río de Santa
María.
« El peón había cortado una pared a pique, cuando comenzaron a apa-
recer muchísimas hormigas pequeñas y de mayor tamaño, que al princi-
pio tomé por Solenopsis. De pronto, otro corte de pala descubrió la cavi-
dad del nido y en seguida brotó de ésta una masa amarilla de hormigas
totalmente enmarañadas. Eran miles y miles. Al quitar el peón esa masa
del hoyo, notó un insecto de mayores dimensiones, que creyó cuidado
por las mismas hormigas. Pensando aún en los Solenopsis , se me ocurrió
fuera una larva melolontoide, atacada por éstas, pero, al examinarla
más de cerca, recordé de pronto a los JEciton que usted me había reco-
mendado.
« Era, en efecto, una de esas reinas, cubierta por centenares de obre-
ras, que por nada querían desprenderse de ella ; la eché al frasco de
aserrín con éter acético, conservándola, más tarde, en alcohol.
« La reina tenía el cuerpo rígido y bastante compacto. No pude obser-
var su manera de caminar, ni tampoco establecer con exactitud la posi-
ción que ocupaba dentro del nido. El peón, quien vio primero la pelota
de hormigas, manifestó que «colgaban como racimos» desde el techo
de aquella cavidad.
« El nido se hallaba ubicado a unos 50 centímetros de profundidad. La
cavidad medía unos 20 centímetros de largo por unos 10 centímetros de
altura; era, al parecer, construida por las mismas hormigas, con paredes
perfectamente alisadas. El suelo a esta profundidad era algo húmedo y
bastante arcilloso. No se ha podido observar un sistema de canalículos
o pasajes que condujeran hasta el nido, pero, en la superficie, como en-
cima de éste, había un pequeño orificio, de unos 5 milímetros de abertu-
ra, por donde salían las hormigas durante la excavación.
« La colonia era muy numerosa, pues ocupaba casi toda la cavidad, y
177
las liorni igas, totalmente enmarañadas, formaban una sola masa, tan
unida como un tejido de fieltro. Una vez tiradas sobre el suelo, se dis-
persaron, y, como es su costumbre, siguiéndose en procesión, formaron
un ancho camino. »
Las circunstancias fortuitas de este hallazgo, no dejan duda alguna
de que nuestra reina corresponda a la especie Eciton (A.) Strobeli Mayr.
La narración de mi diligente colaborador coincide con cuanto sabemos
hasta la fecha sobre las costumbres de estas hormigas, detalles que no
necesito repetir, desde que están cuidadosamente recopilados por el
doctor Gallardo en su última monografía
A las figuras que ofrezco de la reina, he creído conveniente agregar
las del macho y de las correspon-
dientes obreras 1 * 3, que pueden dar
una idea cabal del exagerado poli-
morfismo en individuos de una mis-
ma casta, tan característico para
las Do ri linas, a cuya subfamilia
pertenecen las hormigas legiona-
rias (lám. I, tig. 1-5).
Descripción de la hembra o reina.
— La reina difiere notablemente
de las obreras, no sólo por su gran
tamaño y el abdomen desmesura-
damente hinchado, sino también
por la conformación de su antecuerpo y otros detalles.
Mide en total 28 milímetros de largo, de los cuales corresponden 8,5
milímetros al antecuerpo, incluido el pecíolo; la altura máxima del ab-
domen es de 10,5 milímetros.
Tiene el color de las grandes obreras : un bello rojo castaño ; las man-
díbulas son apenas más obscuras, los segmentos o placas del abdomen y
1 Las hormigas de la República Argentina. Subfamilia Dorilinas, en Anales del Mu-
seo nacional de historia natural de Buenos Aires, tomo XXX, 1920, páginas 2GI-410,
con 35 figuras y mapas.
- Entre la reina y obreras enviadas por el señor Weiser, se encontraban algunas
larvas y ninfas, que, por su forma y tamaño, corresponden a las obreras de los mis-
mos Eciton. Ambas son incoloras, de un blanco lechoso (fig. 1).
Las larvas tienen el tegumento liso, cubierto de una pubescencia pálida, no muy
larga y poco densa. Su forma es sublinear, estrechada hacia adelante y redondeada
atrás ; el cuerpo es moderadamente comprimido y los segmentos son bastante bien
separados.
La ninfa es libre, no envuelta en capullo, como los verdaderos Eciton. No ofrece
ninguna particularidad y representa a la obrera en posición encogida.
Fig. 1. — a, larvas; 6, ninfa tío la §
mayor do E. (A.) Strobeli Mayr
KEV. MUS. LA PLATA.
T. XXVI
13
178
los miembros algo más claros. El tegumento del gáster, (membranas in-
tersegmentarias) es blanquecino, subopaco, de aspecto ceroso.
Toda la superficie de las antenas, mandíbulas y miembros, es lustrosa,
casi del todo glabra y linísi mámente punteada. Oon fuerte aumento se
advierte una escultura alutácea (chagriné), compuesta de mallas finísi-
mas al rededor de espacios lisos, los que llevan los puntos. Esta puntua-
ción es más notable sobre las antenas, mandíbulas, la frente y parte
posterior de la cabeza, como también sobre las coxas y miembros, pero
es casi obsoleta en los segmentos del abdomen.
Pubescencia y pilosidad, son escasas. En la parte anterior de la ca-
beza y costados del tórax, se nota algunos pelos muy cortos y acosta-
dos; rala pubescencia en las antenas; el clipeo y borde interno de las
mandíbulas son ligeramente pilígeros ; algunos pelos cortos, amarillos,
guarecen el borde anterior del pronoto, el inferior del epinoto y la base
del pecíolo ; los fémures y tibias son glabros ; los tarsos llevan pocas
setas; el segmento anal está cubierto por setas de un lindo amarillo
oro.
La cabeza, casi tan ancha como larga, es muy convexa, hacia adelanto
angostada y dilatada en sus costados ; sus ángulos posteriores son re-
dondeados, el borde occipital poco escotado (fuertemente en la mayor).
El escapo es subcilíndrico, algo encorvado ; el flagelo adelgazado hacia
la punta, se compone de 11 artículos, de los cuales el 1° es corto, el ter-
minal largo y los demás son entre sí subiguales. Las mandíbulas son
cilindricas, moderadamente curvas, terminando en punta. El clipeo es an-
chamente bilobulado, la incisión mediana poco profunda ; en sus costa-
dos es anguloso. El área frontal es triangular, estrecha atrás ; el surco
frontal corto, no más largo que la misma área ; los lóbulos están forma-
dos por burletes, poco destacados, estrechados hacia el ápice, terminan-
do delante de las fosetas antenales. Los ojos, como en la $ mayor, indi-
cados solamente por un puntito pálido, en el primer tercio, a los costa-
dos de la cabeza.
El tórax, visto de arriba, tiene contorno elipsoidal, de costados para-
lelos. Su dorso es rectilíneo de adelante hacia atrás y moderadamente
convexo de un lado a otro; no se advierte en él suturas ni segmentación
alguna. Sus ílancos son verticales y en ellos se observa dos manchas
negruzcas, algo hendidas, que corresponden a vestigios de las alas ; de-
bajo de los estigmas metatorácicos hay un profundo surco, limitado
arriba por una arista aguda, que separa el epinoto de los esternitos; y
una incisión, a la altura de las coxas anteriores, termina en una débil
sutura del pronoto. La cara inferior del epinoto está formada por un
plano casi vertical, algo ondulado.
El pecíolo es subrectangular (no nodiforme), dos veces y media más
ancho que largo, adelante estrechado e inclinado en curva suave; sus
179 —
bordes laterales y ángulos posteriores son muy pronunciados, los costa-
dos declinan oblicuamente; la porción ventral, bien visible en las figu-
Fig. 2. — Eciton (A.) Strobeli Mayr Q : 1, antecuorpo, vista doran!; 2, ídem, vista ventral; 3,
ídem, vista lateral; 4, cabeza, de lado; 5, parte anterior do la cabeza con mayor aumento; 6,
piezas bucales de la Q ; G a, ídem de la § ; 7, liipopigidio; 8, pigidio, segmento anal e liipopi-
gidio, do costado ; 9, último segmento tarsal, con las uñas y almohadilla.
ras 2 y 3, lleva un pedúnculo corto que articula con el tórax. 131 postpe-
cíolo se oculta casi del todo debajo del pecíolo y está soldado al primer
segmento del gáster : tiene forma de anillo, estrechado y cortado en los
180
costados, confundido en la parte inferior con la membrana articular del
abdomen.
El primer segmento del abdomen lleva las dos placas, dorsal y ven-
tral, unidas; las subsiguientes están separadas por las membranas inter-
segmentarias, por encontrarse el vientre repleto de huevos. Las placas
dorsales son subrectangulares; en sus bordes, convexas; las dos ante-
riores son adelante estrechadas, muy redondeadas, pero sus ángulos
posteriores, como en las restantes, bien pronunciados. La tercera y
cuarta placa son mayores, casi rectangulares y miden 4,5 por 2,5 milí-
metros.
El pigidio está, formado por una cápsula fuertemente abovedada, es-
trechada hacia el ápice, con el borde posterior algo replegado. Debajo
del pigidio asoma el segmento anal, que termina en un ancho lóbulo
superior y dos inferiores; a cada lado, y dentro de la cavidad cloacal, se
advierte una placa quitinosa, redondeada, provista de los orificios del
último par de estigmas. El aguijón, con sus apéndices, se encuentra libre
en la cavidad de la cloaca, debajo del segmento anal.
Los esternitos ventrales son más angostos que las placas dorsales ;
el tercero y cuarto, subcuadrados ; el segundo, el más pequeño, adelante
angostado y de 2,4 por 1,8 milímetros. Todos los esternitos son, adelante,
ancha y profundamente escotados, y este borde es más grueso y negruzco.
Un quinto esternito, corto, muy escotado, forma parte del hipopigidio y
está limitado de éste por dos hendiduras oblicuas, convergentes hacia
el medio, donde terminan en dos profundas losetas.
El hipopigidio es poco convexo en su cara ventral, de contorno sub-
triangular y bilobulado en el ápice.
Los estigmas, en número de ocho pares, de orificios largos, lineares,
con bordes laterales paralelos, algo destacados y obscuros, están distri-
buidos en el metatórax, en los costados del pecíolo, en la región antero-
lateral de los cuatro segmentos dorsales, en los costados del pigidio y
del último segmento abdominal.
Las patas son relativamente delgadas y largas; el primer par, con las
tibias y tarsos más cortos y más robustos. Las coxas son bastante com-
primidas; las anteriores subtriangulares; las demás son amplias, de for-
ma elíptica, muy semejantes a ciertas semillas de leguminosas ; en sus
costados antero-externos son fuertemente excavadas. Los trocánteres
son pequeños, subtriangulares. Los fémures, bastante comprimidos, son
más anchos en la base y angostados hapia el ápice. Las tibias y los tar-
sos son menos comprimidos, casi cilindricos. Las uñas son más bien dé-
biles, moderadamente encorvadas, las almohadillas (puloillia) muy bien
desarrolladas.
181
Eciton (Labicius) praedator F. Sm.
9 Liiderwaldt, Revista Musen Paulista, tomo X, páginas 54-60, figura, 1918 ; Ga-
llardo, Anales del Museo nacional de historia natural. Buenos Aires, tomo XXX,
páginas 335-338, 1920.
Alienas terminado el estudio de la reina de E. (A.) StrobeU, recibí de
mi colega, señor H. Liiderwaldt, a quien, lo mismo que al señor direc-
tor del Museo Paulista, agradezco por esa exquisita atención, el ejem-
plar típico de la reina de Eciton (L.) praedator. Esta especie abunda en
el Paraguay y Brasil y lia sido señalada también para la Argentina, por
sus obreras, del Chaco, Misiones y de Jujuy. Por lo mismo, me pareció
muy oportuno de aprovechar esta circunstancia para comparar ambas
formas ; de mis investigaciones lia resultado una descripción comple
mentaría de esta otra reina, la cual acompaño de los dibujos y fotografía,
que le sirven de base.
9 La reina de E. praedator es tan distinta de sus correspondientes
obreras, como difiere de la especie precedente. Su antecuerpo es de otra
Fig. 3. — Eciton (L.) fpraedator F. Sm. Q : dos veces y media aumentada
conformación, corto y recogido en la parte anterior del abdomen, que es
largo y cilindrico.
Mide en total 33 milímetros, de los cuales corresponden solamente 7
milímetros al antecuerpo; la altura máxima del abdomen es de 10 milí-
metros y su mayor anchura, 11 milímetros.
De color pardo-rojizo; algo más amarillento en las antenas, clipeo, pla-
cas ventrales y patas; las membranas intersegmentarias del gáster son
blanquecinas, opacas; la pilosidad es amarilla.
La superficie (excepto las membranas) muestra, con fuerte aumento,
una escultura al uta cea, finamente re ti culada. La cabeza es subopaca,
debido al reticulado más grosero; en los costados, vértice y occipucio se
nota puntos impresos, que se hallan rodeados por un espacio anular liso
— 182 —
(iig. 5). El mesonoto lleva gruesos puntos impresos. Las placas dorsales
y ventrales son bien pulidas y glabras ; las primeras con una puntua-
ción profunda en el disco.
con mayor aumento;. 6, pecíolo y postpecíolo, desde arriba; 7, hipopigidio; 8, pigidio, segmento
anal e hipopigidio, de costado.
Las antenas y patas están cubiertas por una pilosidad corta, adya-
cente y bastante densa. Sobre la región antero-laterul del pro-mesonoto,
un grupo de setas; además una pilosidad, más o menos rala, se observa
183 —
sobro, las mandíbulas, el i peo, frente, borde occipital y debajo de la cabeza,
en la parte inferior del tórax, epinoto y pecíolo, lo mismo en las
coxas y trocánteres ; el liipopigidio lleva en su ápice algunas setas y el
segmento anal una pubescencia fina bastante densa.
La cabeza, en posición vertical, es la mitad más alta (larga) que an-
cha; sus costados, paralelos; la región frontal, subplana, y el occipucio
ampliamente convexo. Las mandíbulas, clipeo y aristas frontales son
parecidos a los de E. Strobeli ; las primeras son más cortas, algo menos
arqueadas, el borde an-
terior del clipeo es más
lobulado y las aristas
frontales son más débi-
les. El área frontal, trian-
gular, con el surco que
termina en un pequeño
hoyo, como en la mitad
de la cabeza. El escapo
es comprimido, con una
arista en su cara infe-
rior. Los ojos, como en
las grandes obreras, es-
tán representados por
una faceta pigmentada
de amarillo.
El tórax, como la mi-
tad más largo que alto,
es fuertemente giboso
en su región anterior y,
desde el metanoto, ocul-
tado por el gáster. No
se distingue sutura pro-
mesonotal ; la sutura metatorácica es bastante notable. La forma del
tórax queda suficientemente explicada por nuestra figura 2. En sus cos-
tados se distingue perfectamente los vestigios de las inserciones alares,
semejantes a las de E. Strobeli. Los estigmas metatorácicos son muy
grandes; debajo de ellos un surco, como en aquella especie.
El pecíolo está formado por una placa corta, subcuadrada, cóncava en
su cara anterior y con bordes bien acusados. Su margen superior es an-
chamente escotado, los ángulos salientes; el pedúnculo es corto, apenas
distinguible desde arriba. El postpecíolo está soldado al primer segmento
del gáster, y representado solamente por un estrecho anillo (en el dorso
y costados), de superficie finísimamente estriada.
El primer segmento dorsal del gáster es muy convexo, fuertemente
Fig. 5. — la y 2«, contornos de las placas ventral y dorsal
del 3o segmento de la Q de E. (A.) Strobeli ; Ib y 2b, las
mismas de la Q de E. (L.) praedator F. Sm.
184
abultado e inclinado Inicia adelante, replegado Inicial abajo, igualmente
muy convexo en su porción infero-lateral ; su parte antero-mediana es
cóncava. Los tres segmentos (o placas) siguientes son subiguales, trans-
versales, casi cuadrados, hacia adelante estrechados, y con sus ángulos
redondeados; sus bordes anteriores y laterales son estrechamente con-
vexos, replegados hacia abajo. El pigidio como en E. Strobeli. La prime-
ra placa ventral es estrecha, unida con la dorsal ; su margen anterior
anchamente escotado, el posterior rectilíneo. Los demás esternitos son
más pequeños que las placas dorsales, en sus bordes anteriores profunda
y angulosamente escotados; sus bordes laterales, convexos, doblados
hacia arriba. El hipopigidio es más ancho que largo, plano, hacia atrás
estrechado y bilobulado en el ápice ; su borde anterior es anchamente
emarginado. El segmento anal es parecido al de E. Strobeli, pero el tubo
anal, largo, con pilosidad fina en vez de setas.
Las patas son mucho más cortas que en E. Strobeli ; los fémures y
tibias fuertemente comprimidos, los primeros en su extremo distal con
una excavación, para recibir las tibias. Las coxas son mucho más grue-
sas que en la especie citada, casi cuadrángula res ; las intermediarias y
posteriores, en su cara interna, planas. Las uñas son más débiles que en
E. Strobeli ; las almohadillas también, menos desarrolladas.
II
DESCRIPCIÓN DE ALGUNAS HORMIGAS INTERESANTES
Stigmatomma (Fulakora) elongata Santa, st. Barretoi n. st.
<£. Largo : 3 milímetros. Obscuro castaño rojizo, casi negro; parte ante-
rior de la cabeza, borde posterior del pronoto y lados del epinoto, lo
mismo que el abdomen, apenas más claros, rojizos; mandíbulas de un rojo
testáceo subido; antenas y patas más claras, amarillentas.
Liso y muy lustroso, con puntos pilígeros dispersos, bastante gruesos,
sobre la cabeza y en los costados del tórax; mucho más finos y escasos
sobre el dorso de este último, como sobre el pecíolo y gáster. La pubes-
cencia es muy tenue, blanquecina, semiacostada, más larga y erecta en
la parte posterior del gáster y anterior de la boca. Mandíbulas y ángulos
anteriores de la cabeza finamente estriados.
La cabeza, de contorno subrectangular, es una quinta parte más larga
que ancha; sus bordes laterales son paralelos en su mitad anterior, estre-
chándose hacia atrás. Los ángulos anteriores terminan en una pequeña
y fina espina; los posteriores son redondeados, el borde occipital es mo-
deradamente escotado. Los ojos están representados por un pequeño pun-
185
to amarillento, apenas notable. Epistoma, aristas frontales y mandíbulas
como en 8. elongata Sants. Un corto surco frontal detrás de las aristas
muy aproximadas. El escapo excede apenas la mitad de la cabeza.
El pronoto es bastante convexo, no más largo que ancho, subcircular
en sus contornos y sin ángulos anteriores; el boi'de posterior es ancha-
mente escotado, debajo del cual se distingue el mesonoto en forma de
una estrechísima cinta.
El metanoto está sol- / A
dado con el epinoto, sin
vestigios de sutura, for-
mando ambos una sola
pieza cónica, más larga
que ancha. La base del
metanoto es como un ter-
cio más estrecho que el
ápice del epinoto, cuyos
bordes laterales son ne-
tamente pronunciados ;
su cara declive es obli-
cua, bastante abrupta,
ligeramente cóncava y
de sección elipsoidal.
El pecíolo es subcua-
drado, apenas más ancho
que el epinoto; en sus
ángulos anteriores, re-
dondeado. El postpecío-
lo, semejante al pecíolo.
El gáster es algo más
ancho que los dos seg-
mentos precedentes.
Ee esta CUliosa pone- F¡g. — i, Stigmatomma (F.) elongata . Santa, st. Iiarretoi
riña poseo cinco ejem- Brncb, § : vista dorsal ; 2, ídem, vista lateral ; 3, cabeza do
St. (F.) elongata Sants. (dibujo dol autor) j 4, oaboza do St.
pial eS, que he encoiltra- ( F. ) armigerum Mnyr, según ejemplares do Córdoba.
do entre los residuos de
un nido de « Tucotuco » (Gtenomys talar um Tilomas), en la estancia San
Jerónimo, Monte Veloz, provincia de Buenos Aires.
Esta raza tiene mucho parecido con el tipo de la especie 8. elongata
Sants. y con S. chilensis Mayr. Me es grato dedicarla al señor Benjamín
M. Barreto, en reconocimiento de las múltiples atenciones recibidas du-
rante mis investigaciones en la estancia de su propiedad.
El género Stigmatomma no había sido aún señalado en la Argentina.
— 186 —
El subgénero Fulalcora fué establecido por Mami ', para las especies con
los lóbulos frontales muy aproximados. A la lista de nuestros represen-
tantes se debe incorporar también la especie siguiente :
Stigmatomma (Fulakora) armigerum (Mayr)
Amblyopone armígera Mayr, Verh. zool.-bot. Ges., Wien, página 517, 3, 1887.
Toco después de haberme ocupado de la interesante hormiga que pre-
cede, encontré en Alta Gracia (Córdoba), debajo de una piedra, seis ejem-
plares de otra especie congénere, cuya clasificación ya no me ofreció
dificultad alguna. Sus características, salvo insignificantes detalles, coin-
ciden perfectamente con la descripción de S. armigerum Mayr, especie
mencionada, hasta la fecha, solamente de Santa Catharina (Brasil). Tal
vez, de una comparación con ejemplares típicos, pudiera resultar, para
los nuestros, una variedad o raza local, pero, como no tengo de aquéllos
a mi disposición, debo dejar la cuestión hasta otra oportunidad. Para fa-
cilitar consultas futuras, doy aquí una traducción de la descripción ori-
ginal.
« <£. Largo : 5,5 milímetros (completamente estirada). Negra, las man-
díbulas y antenas rojo ferrugíneas, los bordes posteriores de los segmen-
tos abdominales y las patas, amarillo rojizos. Pubescencia, en todo el
cuerpo, moderadamente abundante, corta y erecta. Las mandíbulas lon-
gitudinalmente estriadas, bastante rectas, hacia la punta arqueadas; su
borde interno con dientes, casi siempre dispuestos por pares y notable-
mente encorvados hacia atrás (como en Amblyopone pallipes Haldem.).
La cabeza, en la mitad anterior (algo más atrás, en la parte superior),
aguda y longitudinalmente arrugada, y dispersamente punteada; en la
mitad posterior lustrosa, lisa y dispersamente punteada; más ancha
adelante que atrás, casi tan larga como ancha adelante; sus ángulos
anteriores terminan en una espina aguda, que es más larga que ancha
en su base. El borde anterior con cinco dientes, de los cuales el mediano
es transversal mente truncado y más ancho que los vecinos; el clipeo se
inserta entre la parte apical de las aristas frontales, que son muy acerca-
das, contiguas. No hay área frontal. El escapo es transversal mente arru-
gado, los artículos 2 a 0 del flagelo son algo más gruesos que largos.
Los ojos, muy pequeños, están un poco más detrás de la mitad de los cos-
tados de la cabeza. El tórax es lustroso, pulido, con puntos muy disper-
sos; la sutura pro-mesonotal es notable, la meso -metanotal del todo bo-
* The ante of the llritish Salomón Tslands, in Bullelin of Ihe Muecum of Campar ulive
Zoology. Harvard College, LXI1I, 7, página 376 (191!)).
187
rrada; el pronoto es convexo, el dorso del metanoto aplanado, adelante
más estrecho que atrás, el plano declive es casi vertical, trans verso-ova-
lado y pulido. Pecíolo y abdomen pulidos y muy lustrosos, con pun-
tos muy dispersos, el primero arriba más aplanado que en A. pallipes
Hahlem. »
Las pequeñas diferencias que sospecho ver en los individuos de Cór-
doba, se manifiestan por la coloración (antenas, mandíbulas y miembros
de un mismo color rojo testáceo subido) y por la escultura. Las arrugas
longitudinales de la cabeza se extienden por todo el vórtice; la parte pos-
terior es bastante fuertemente punteada, no más lustrosa que el resto de
la cabeza. Además el diente mediano del clipeo es netamente Infido. En
lo demás son idénticos a la descripción precedente.
Dorymyrmex Moreno! u. sp.
Largo : 4, 5-5, 3 milímetros. Pálido amarillo testáceo; ápice de las
mandíbulas pardo obscuro, vértice y tórax de un castaño rojo, más obs-
curo sobre el dorso y la escultura de este último; abdomen más o menos
pardusco.
Opaco, con excepción de las mandíbulas, clipeo y frente, que son sub-
opacos; el abdomen es lustroso.
188
Superficie con escultura alutácea (chagriné), formada por finísimas
mallas impresas y por un reticulado de aristas destacadas.
Pilosidad y pubescencia bastante escasas, más o menos como en 1). en-
sifer Forel.
La cabeza es tan ancha como larga; los costados a la altura de los ojos,
bastante convexos; el borde occipital, moderadamente escotado. El clipeo
es amplio, convexo, su borde anterior apenas arqueado. Las aristas fron-
tales son casi rectas y divergentes; el área frontal es pequeño, subtrian-
gular, mal limitada; el surco, cortoy débil. El escapo sobrepasa del occi-
pucio como '/4 de su longitud. La superficie de la cabeza, con escultura
alutácea; sobre la frente un reticulado de finísimas aristas, mezcladas
con tenues arrugas longitudinales.
El pronoto es amplio; visto de arriba parece globoso; como el meso y
metanoto, está cubierto por un reticulado mucho más grosero que en la
cabeza, que es bastante irregular sobre el dorso del tórax. El meso y me-
tanoto son más cortos y más convexos que en J). ensifer. El epinoto es
sobre todo muy diferente de esta última especie; es más largo que alto;
su dorso se desliza casi en línea recta hacia la espina apical, que es muy
característica : fuertemente comprimida, ancha y redondeada en la punta.
La escultura del epinoto es muy grosera, con pronunciadas aristas lon-
gitudinales negruzcas.
El pecíolo lleva el nudo en forma de cuña redondeada en el vértice,
bastante convexo en su cara declive, que termina en pedúnculo largo, y
presenta también finas aristas transversales.
El gáster es menos comprimido en los costados que en 1). mucroncitus
y ensifer ; su plano anterior es más convexo y apenas cóncavo en la línea
anterior mediana; toda la superficie es alutácea, en los costados inferio-
res se encuentran puntos hundidos dispersados.
9- Largo : 7,5-8 milímetros. Color general de la obrera, excepto el tó-
rax, cuyos mesonoto y escudete son más o menos pardo rojizos; sobre el
escudo una mancha obscura, subrectangular, se prolonga adelante en dos
fajas divergentes hasta las bandas marginales del mismo segmento.
El dorso del epinoto es más o menos pardusco y el diente apical, obscuro.
Los segmentos del gáster son parduscos, salvo una ancha faja amari-
llenta en su extremidad.
La 9 es menos opaca que la $; el dorso del tórax hasta el epinoto, bas-
tante lustroso.
La pilosidad es más abundante.
La cabeza es más ancha que larga, con anchura máxima en su mitad
posterior: adelante es bastante estrechada; los costados son poco conve-
xos, con el borde marginal agudo; los ángulos posteriores son bien redon-
deados; el occipucio es notablemente cóncavo, con un borde inferior angu-
389
loso. Los escapos sobrepasan poco de la cabeza. Las mandíbulas son anchas
y convexas, armadas de 5 a G dentículos, de los cuales los posteriores son
más pequeños ; el diente apical (distal) es bastante largo. El el i peo es
ampliamente convexo, su borde anterior apenas arqueado. Las aristas
frontales son divergentes, más anchas, pero menos rectas que en la <£; el
área frontal es mayor, triangular y bien circunscrita; el surco, débil,
llega casi hasta los ocelos. Los ojos son más grandes que en la <£. Los
palpos maxilares muy largos y pilígeros; su forma la da el correspon-
diente diseño. La superficie de la cabeza presenta una escultura mucho
más fina que en la <£; la frente es muy fina y longitudinalmente arrugada.
Abundantes setas psamóforas sobre el borde occipital inferior y en los
costados de la cabeza; unas 8 de las mismas sobre el clipeo; sobre las
antenas, algunas setas más cortas.
El pronoto presenta una concavidad anterior, en la cual se ve algunas
aristas. El tórax, con escultura alutácea, que es obsoleta en las partes lus-
trosas (dorso) y más visible en sus costados, sobre todo en el epinoto.
Este último es casi dos veces más alto que ancho; su plano basal es rec-
190
to, inclinado, termina en un diente corto, comprimido y anchamente re-
dondeado; su plano declive, más largo que el basal, cae verticalmente
con poca inclinación. El epinoto muestra una escultura de aristas seme-
jante a la de la
El pecíolo lleva su escama alta, cónica, con el vértice en punta aguda;
convexa adelante y plana, ligeramente cóncava en su cara posterior, la
cual, en posición normal, se encuentra embutida en el segmento anterior
del gáster.
Este es largo, subcilíndrico; su superficie, con escultura alutácea, más
pronunciada que en la <£; la pilosidad, excepto las psamóforas, es más cor-
ta, rala.
Las alas son hialinas, algo irisadas y apenas pubescentes, con la vena
subcostal pardusca, las demás apenas amarillentas. Largo del ala ante-
rior : 8,7 milímetros.
(j1. Largo : 3,4 milímetros. Amarillo testáceo, pálido; cabeza (sobre el
vértice), dorso del tórax (epinoto excepto) y gáster algo más obscuros,
Fig. 9. — Dorymyrmex Morenoi Brucli C? : «. cabeza de fíente
parduscos; borde anterior de las mandíbulas castaño; miembros muy pá-
lidos, casi incoloros.
Bastante más lustroso que la 9> íl,in en sus Pai'tes opacas; cabeza,
costados del tórax, epinoto y pecíolo, subopacos.
Pilosidad muy escasa; pocas cilias psamóforas; sobre el tórax se nota
algunos pelos cortos, [tero en el abdomen son más abundantes, largos.
La escultura alutácea, obsoleta en toda la superficie del cuerpo y de los
miembros, es más pronunciada en el dorso del tórax que en el abdomen,
e imperceptible sobre la frente y región interocular, que es lustrosa; las
mejillas y la parte posterior de la cabeza muestran un reti culado de finí-
191 —
simas aristas, de las cuales hay algunas sobre los lóbulos frontales. Cabe-
za y tórax con inultos pilígeros.
La cabeza es un poco más larga que ancha, bien redondeada en sus
contornos, adelante más estrechada, y el borde occipital ligeramente re-
cortado. Los ojos son muy grandes, sin ser excesivamente convexos. Los
escapos, cortos, llegan apenas hasta el ocelo anterior. Las mandíbu-
las son débiles, poco convexas, pero bastante anchas; su diente apical es
agudo, el borde anterior lleva G dentículos, de los cuales los tres anterio-
res son más desarrollados. El clipeo es muy convexo, su borde anterior
recto. Las aristas frontales, divergentes, menos destacadas que en la $ y
9 ; no se distingue surco frontal. Los ocelos son bastante grandes.
El tórax, de igual anchura que la cabeza, es bien abovedado; el escu-
dete, muy convexo y muy sobresaliente. El epinoto, con el plano basa!
poco más largo que el declive, cuya transición es apenas acusada por un
vértice obtuso, sin rastros de espina o protuberancia; en su porción infe-
rior, sin embargo, algunas débiles aristas transversales.
El pecíolo es corto, pero grueso; el nudo bajo, adelante convexo, en su
cara anterior con finísimas aristas transversales.
Las alas como en la 9? algo más irisadas, pero con las venas casi in-
coloras, transparentes. Largo total del ala : 4,3 milímetros.
Esta especie corresponde al grupo de mucronatas Em., y se acerca al
Dorymyrmex ensifer Forel, pero se distingue fácilmente por la escultura
peculiar y la conformación de la espina epinotal, como por su coloración
y opacidad.
La dedico a la memoria de mi antiguo ex jefe y amigo, el doctor Fran-
cisco P. Moreno, quien ha facilitado con tanto empeño mis estudios en-
tomológicos.
Las tres formas de esta hormiga proceden de Ampajango, provincia
de Catamarca, donde el ingeniero Weiser las recogió (12, XII, 1920),
junto con algunas obreras de la estirpe laevigata Gall., en un mismo nido.
Este caso de simbiosis o parabiosis en los Dorymyrmex arenícolas, ya
10 he observado también varias veces entre D. ensifer y D. exsanguis '.
1 Forkl, Mém. Soc. Ent. Belg. XX, página 39 y 42, 1912. Brucii, Rev. Museo La
Plata, XXIII, página 335, 1916.
192
nr
COSTUMBRES Y NIDOS DE DORMÍ GAS
Acromyrmex Lundi Guér.
(Nombro vulgar : « Hormiga negra »)
Como funda tina hormiga negra una nuera colonia. — Aunque el ori-
gen de las colonias de micetomirmicinas está plenamente comprobado
por los estudios publicados por von lhering, Goeldi y Huber, en el Bra-
sil, sobre la «hormiga saúba » (Alta sexdens), no recuerdo que se hayan
hecho investigaciones posteriores con otras especies de hormigas poda-
doras, ya que éstas pudieran servir de comparación, ya para confirmar
los hechos observados por los autores citados. Con ese propósito me he
ocupado de nuestra « hormiga negra», empleando parales experimentos
los métodos usuales que a continuación describiré, junto con los resul-
tados de mis observaciones.
La cría de estas futuras colonias no ofrece mayores dificultades;
solamente requiere algún cuidado. Lo esencial, es mantener a las hormi-
gas en un ambiente artificial, adecuado para la progresión del micelio, y
procurar molestarlas lo menos posible durante las observaciones. LTn
exceso de humedad causa la degeneración del micelio o la aparición de
un hongo extraño y dañino para las mismas hormigas.
Como Goeldi y Huber, he usado de nidos artificiales de yeso con pa-
redes de vidrio y cápsulas Petri, como también las cajitas de pastillas
Valda, las cuales empleo a menudo para guardar hormigas. Para con-
seguir la humedad necesaria, en los nidos de yeso les suministré gotas
de agua por una delgada mecha; en los otros recipientes coloqué trozos
de papel secante mojado. Para observar cómodamente a las hormigas,
había cubierto los nidos artificiales con tapas y vidrios amarillos : de
esta manera, y con, un sencillo dispositivo, fuérne posible tomar algunas
fotografías en plena luz. Las vistas de las bongueras en formación han
sido sacadas directamente, a diez aumentos, con una cámara vertical,
aprisionando mientras tanto a las reinas.
Para estas observaciones he dispuesto de 35 hormigas hembras fecun-
dadas, recogidas ya ápteras, después de los vuelos nupciales en las ma-
ñanas del 18 de octubre y 2 de noviembre de 11)18. Los ejemplares fue-
ron en seguida aislados y convenientemente instalados. Del total de los
individuos cautivos, diez reinas permanecieron completamente estériles
y murieron poco a poco. En cambio, quince de ellas establecieron cada
193 —
tilia su jardín de hongos, u bonguera, y pusieron los huevos en forma
más o menos normal, como so verá más tarde. Las diez reinas restan-
tes no lograron formar bonguera alguna, pero comenzaron a poner hue-
vos después del tercer día ; tres de éstas se mantuvieron casi un mes
con vida. De la serie principal, solamente una de las reinas ha vivido
liasta el 45° día, tiempo apenas suficiente para el completo desarrollo de
las primeras larvas.
Sabido es que, antes de abandonar el nido materno, las hormigas hem-
bras se llevan en la cavidad bucal una bolilla de substrato vegetal, que
contiene las partículas del micelio, sacada de las viejas bongueras. Des-
pués de la fecundación, que tiene lugar durante el vuelo nupcial, estas
hembras, convertidas en reinas ápteras, penetran en el suelo, para esta-
blecer en el sitio y a profundidad apropiados, la cámara inicial del futuro
nido. Substituida, ahora, aquella cámara por un ambiente artificial, re-
lataremos el comportamiento de nuestras reinas cautivas.
El primer día de cautiverio, todas las reinas se mostraron bastante
inquietas, algunas más ágiles que otras. En los recipientes se notaba a
menudo pequeñas gotas de una substancia viscosa e incolora, que su-
pongo arrojada por las vías bucales.
A la mañana del segundo día, casi todas las reinas (las 15 de la serie
principal) habían arrojado las bolillas; tres de ellas hicieron lo mismo
después délas 34 horas de su aislamiento, y otras dos durante la segunda
noche.
Las bolillas son más o menos esféricas, miden de 0,40 hasta 0,60 mi-
límetros de diámetro ; de aspecto igual a la cera de abejas, son de color
amarillo pardusco.
Desde el primer instante, la reina prodiga sumo cuidado a la bolilla ;
no la abandona jamás, teniéndola en continuo contacto con las antenas
y llevándosela entre las mandíbulas tan pronto como se siente molesta-
da. La ubica a distancia conveniente del secante mojado, pegándola fre-
cuentemente sobre los vidrios de los nidos de yeso, si éste se encuentra
demasiado saturado de agua.
A las 24 horas de haber arrojado las bolillas, aparecen en toda su
periferia las hifas del hongo, formadas por lulísimos filamentos blanque-
cinos que van aumentando rápidamente (lámina II, figura 1). lloras des-
pués, las bolillas son despedazadas y extendidas, sin duda para facilitar
el crecimiento de las hifas y ampliar el campo de cultivo.
Al cuarto día, por la mañana, comienzan las reinas a poner los prime-
ros huevos, siempre en número de dos, que se eleven a cuatro, a veces
hasta seis durante este mismo día.
Para la puesta del huevo, la hormiga toma una postura muy caracte-
rística : irguiéndose sobre los cuatro miembros posteriores, levanta el
REY. MUS. LA PLATA.
T. XXVI
14
194
abdomen hacia adelante, mientras que inclina el antecuerpo y la cabeza
para poder alcanzar el huevo, que va asomando por la abertura anal.
Luego lo lleva entre las manos, por decir así, teniéndolo, pues, con los
tarsos de sus miembros anteriores, apoyado a las mandíbulas, para de-
positarlo junto a la bonguera. Durante toda esta maniobra las antenas
desempeñan siempre un papel muy activo.
El huevo, de un blanco plateado, tiene forma cilindrica, con los extre-
mos bien redondeados ; la superficie es lisa y muy lustrosa; mide de
0,55 a 0,G0 milímetros de largo por 0,32 a 0,30 milímetros de anchura.
Es casi imposible controlar el número de huevos de las posturas dia-
rias, desde que las reinas utilizan, a éstos como alimento, dejando sola-
mente una parte de ellos para el desarrollo de la futura generación.
Después del duodécimo día se produce la eclosión de las larvas.
La alimentación de éstas consiste también de la substancia vitelina
de los huevos; pero no sabría afirmar si las reinas no le procuran
igualmente micelio, del cual ellas mismas quizó participen. Abrigo tal
sospecha, por el decrecimiento súbito que he observado alguna vez en
las pequeñas bongueras.
En las dos primeras semanas, la mayor parte de nuestras bongueras
progresaron muy bien (lámina II, figuras 1-4), aumentaron notablemente
de volumen, gracias al abundante abono que les proporcionan las rei-
nas con sus propias defecaciones.
En verdad, la atención que prodiga una reina a su bonguera, supera
■en mucho al cuidado que presta a los huevos. Cuando ella ha adquirido
ya cierto desarrollo, después de la puesta y consumo de los primeros hue-
vos, la reina la estercola con frecuencia, aplicándole, casi siempre di-
rectamente, las pequeñas gotas parduscas de sus defecaciones. Su actitud
es entonces muy semejante a la que adopta para la puesta de huevos.
También lleva su cuerpo más o menos erguido, sirviéndose siempre
de sus miembros anteriores, mientras que trabaja la bonguera (véase
lám. III, figs. 1 a 3).
Los ensayos para substituir la falta de bongueras por otro micelio,
aun el obtenido de los nidos de la misma «hormiga negra», como los
de Trachymynnex y Apterostigma, no dieron ningún resultado. Las rei-
nas desparramaron en seguida los fragmentos suministrados por los reci-
pientes.
Mis experimentos terminaron finalmente con la degeneración de las
bongueras o muerte de la reina, antes de haber sido posible obtener una
generación de obreras.
En varios casos, que supongo normales y con bongueras perfectamente
desarrolladas, del total de las puestas, quedaron 10 a 15 huevos al octavo
día y 10 a 20 huevos después del duodécimo.
195
En otra ocasión (lám. II, íig. 0), una bonguera, muy pobre en micelio,
tenía a su lado 32 huevos al vigésimo día, de los cuales habían nacido
trece larvas. La reina murió al vigésimoquinto día, infectada por hon-
gos extraños, que en forma de hermosos ramilletes cubrían todas sus
articulaciones y orificios respiratorios.
Por último, representa la figura 7, lámina II, la mayor de las bongue-
ras, obtenida a los 40 días, cuando degeneró súbitamente, tal vez por
exceso de humedad. Su correspondiente reina murió a los 47 días, des-
pués de haber consumido casi todos los huevos y también las jóvenes
larvas, dejando solamente cuatro larvas adultas.
Sumamente interesantes me parecen también algunos hechos, obser-
vados con reinas que no habían logrado formar bongueras; ellos reflejan
claramente reminiscencias de sus primitivos instintos. Quizá, ya por la
preocupación de subsanar dicha falta, su comportamiento era muy dife-
rente del de las otras. Varias veces las había observado entretenidas en
desfibrar el secante, cuando, con la consiguiente sorpresa, pude presen-
ciar también la fabricación de bolillas de papel, de igual tamaño y tan
perfectas como aquéllas originarias del hormiguero madre, preparadas
poco antes de abandonarlo.
En la confección de las bolillas, las hormigas proceden como en todos
sus trabajos : las fibras de papel las manejan con «las manos», apretán-
dolas fuertemente con las mandíbulas, mientras que las antenas les ayu-
dan para obtener la forma esférica.
Otro detalle vemos en este curioso hecho, no solamente en la multipli-
cación de estas bolillas de papel, sino en el empeño de las reinas de es-
tercolarlas, lo cual comprueba la coloración que algunas habían tomado al
absorber las defecaciones. Más tarde, las bolillas artificiales eran aban-
donadas, dispersas por las cápsulas, como si las hormigas se hubiesen
dado cuenta de su esterilidad.
Aunque la mayor parte de las reinas tenían por costumbre de des?ni-
gajar el secante, solamente tres de ellas fabricaron estas bolillas: una
de ellas dos, la otra cuatro y la tercera reina, nueve bolillas (véase lám.
II, fig. 8). Esta última tenía el dorso envuelto en una capa formada por
las partículas del secante; cuando pereció quedaban en la cápsula las
nueve bolillas y 31 huevos.
Antes de terminar esta somera exposición de mis primeros experimen-
tos, queda por referir todavía otro caso interesante, donde he ensayado
encerrar a dos reinas juntas. Para tal objeto me he servido de un nido
horizontal de yeso, de forma de cubeta, con paredes inclinadas y tapa
de vidrio. Una de las reinas, que habitaba ya el nido, tenía una pequeña
ñonguera de cuatro días, que la otra no había producido.
196
La presencia (leí huésped produjo en aquélla cierta molestia, pues alzó
inmediatamente la Longuera, tratando de esquivar cualquier encuentro,
mientras que ambas caminaban por el nido, sin manifestar hostilidad.
Al siguiente día, se encontraban las dos hormigas sobre el borde in-
clinado del nido, una frente a la otra, las antenas en contacto con la bon-
guera única, que estaba pegada sobre el vidrio de la tapa (lám. III, fig.
4). Más o menos en esta misma actitud y, aparentemente en buena amis-
tad, se mantuvieron estas dos reinas unidas durante quince días. Al prin-
cipio permanecieron casi inmóviles sobre el borde de la cubeta, en cuya
base se veía al quinto día nueve huevos. Luego, optaron por instalarse en
el fondo del nido, donde la Longuera tomó más desarrollo, aumentando
considerablemente el número de huevos. Pero, poco después, el micelio
degeneró y la pequeña Longuera desapareció, probablemente por la falta
de abono, pues no recuerdo haber notado las defecaciones,, indispensa-
bles para su progreso. Desde entonces, las reinas vivieron más aparta-
das, cada una con un montoncito de huevos, que se hallaban además
desparramados por el nido. Ellas hicieron poco consumo de los huevos
y perecieron, una en la tercera, la otra en la cuarta semana, sin dejar
larva alguna.
Hasta aquí mis primeras investigaciones, cuyos resultados muestran
perfectamente la semejanza de las costumbres de nuestra « hormiga ne-
gra » con la grande « saúba » del Brasil. Las fases subsiguientes de su
desarrollo son naturalmente idénticas : las larvas adultas se convierten
sucesivamente en ninfas y de éstas resulta la primera generación de obre-
ras. Probablemente, en condiciones normales, tendríamos, después de
unos sesenta días, alrededor de 15 a 20 individuos adultos. Con la apari-
ción de estas obreras cambia también la reina su modo de vida y se de-
dica en adelante únicamente a la postura de huevos. Las obreras se en-
cargan luego de los trabajos : aumentan en seguida la pequeña Longuera
con fragmentos de los vegetales que cortan y acarrean desde afuera; ellas
se alimentan ahora del micelio, suministrando el mismo a la cría de lar-
vas y aun a la reina en forma ya bien conocida.
Las pequeñas cámaras iniciales del futuro hormiguero se encuentran
generalmente a poca profundidad del suelo. Al examinar colonias jóve-
nes, varias veces he hallado una segunda, hasta tercera cámaras, repletas
de Longueras. En estos casos, las Longueras eran libres, no cubiertas con
fragmentos de vegetales como en los viejos nidos. Recién entonces, los
nidos típicos de esta hormiga constan de una Longuera única, tapada
por una espesa capa de fragmentos de vegetales, que descansa en una
gran cavidad vulgarmente llamada « hoya ». Las dimensiones de ésta
exceden a veces medio metro de diámetro, y la profundidad en que se
encuentra varía según las condiciones hidrostáticas del terreno.
197 —
Otras observaciones. — Mis experimentos de cultivar el micelio de la
« hormiga negra », hasta conseguir fructificaciones del hongo, no dieron
resultado alguno. Empero, no he extrañado estos fracasos, desde que co-
nocidos micólogos como Mollee y Spegazzini, no tuvieron mejor éxito con
largas y pacientes investigaciones Las ñongueras de viejos nidos, des-
provistas de hormigas y mantenidas en distintos ambientes artificiales,
experimentaron siempre una rápida degeneración del micelio característi-
co. Este mismo fenómeno he obser-
vado también con las bolillas quita-
das a las reinas, y guardadas en
diferentes substratos, produciéndo-
se entonces las mismas hitas aéreas
(Luftmycel) , finos y largos filamen-
tos, ondulados en forma de tirabu-
zones (lám. II, fig. 5).
Moller ha comprobado en el Bra-
sil, que Afta discigera cultiva el mi-
celio de un hermoso agárico, que
clasificó como liozitcs gongylophora
(Moller, l. c., 1893, pág. 65, lám. I
y IV a).
Los hongos desarrollados de Aero-
myrmex Lundi corresponden a la
Xylaria micrura Speg. y fueron, co-
mo aquéllos, encontrados también
sobre los montículos de vegetales
agotados, expelidos por las hormi-
gas. Personalmente los encontré en
los sótanos del Museo (II, 1918),
brotados de los viejos substratos y
más tarde (I, 1919), debajo de una
pileta de lavar, en idénticas cir-
cunstancias. Una tercera vez, el se-
ñor Nicolás Oeppi me obsequió con una Xylaria , que había sacado
del borde de un viejo hormiguero.
Con más frecuencia fueron observados estos hongos por el doctor
Spegazzini, y debemos a la colaboración del sabio micólogo, el estu-
dio sistemático de otras dos nuevas formas 2, que enriquecen núes-
Fig. 10. — Xylaria micrura Speg. Porción apical
del hongo, aumentada 7 veces
* Moller Alfred, Dic Pilzgarten einiger südamerilcanischer Ameisen, 127 páginas,
con 7 láminas y 4 ligaras cu el texto. Jena, 1893.
- Spegazzini Carlos, Descripción de hongos mirmecófilos , en Revista del Museo de La
Plata, tomo XXVI, páginas 201-209, figuras 1-5, 1921.
198 —
tros conocimientos respecto íi la micetofilia de las hormigas podadoras.
Estos descubrimientos demuestran, además, que cada especie de hor-
miga ha de cultivar el micelio de su hongo predilecto, cuya fructificación
requiere condiciones especiales, las que no encuentra en ei interior del
nido.
No quisiera terminar este capítulo, sin reproducir dos breves anota-
ciones hechas sobre otras costumbres de nuestra « hormiga negra », su-
poniéndolas de algún interés.
liecorriendo una vez los sitios donde ocho días antes hubo numerosas
irrupciones de individuos sexuados (vuelos nupciales), me llamó la aten-
ción la cantidad de hormigas hembras aladas, vivas, pero con el pedúnculo
y abdomen amputados. Muchas de ellas eran recogidas por obreras de
Pheidole Bergi y arrastradas a sus nidos, mientras que otras corrían por
el suelo y muros próximos. En un principio atribuí estas mutilaciones a
las mismas Pheidole, hasta que pude cerciorarme que de varios nidos
salían algunas hembras, sin abdomen y perseguidas por obreras.
¿A qué causa obedecía entonces este hecho'?- No recuerdo ninguna cita
a ese respecto, pero me inclino a creer que se trata, tal vez, de hembras
rezagadas, que las obreras obligarían a abandonar el nido, después de
sufrir la amputación.
Otra observación curiosa se refiere a dos individuos femeninos, alados
convertidos en recolectores de vegetales. El nido de las hormigas se en-
contraba debajo del piso de una habitación. Las obreras solían salir por
los orificios del marco inferior de la puerta y recogían a menudo frag-
mentos de alimento y el alpiste, caídos de una pajarera.
A principios de octubre (1919) noté la aparición prematura de algunas
hormigas sexuadas que anduvieron por la habitación. No prestó mayor
importancia al hecho, hasta que observé con sorpresa, a dos hormigas
hembras con alas, que caminaban a la par de las obreras, llevando tam-
bién fragmentos de alpiste hacia el nido. Varias veces he observado
esas pseudo-obreras, que eran formas femeninas típicas. Su porte era sin
embargo distinto de las obreras, pues se notaba muy bien la dificultad
en apoderarse de una presa y su falta de orientación en el camino trans-
currido. El hecho me parece digno de ser señalado.
Acromyrmex (Moellerius) Heyeri Forel
(Nombro vulgar : « Hormiga colorada »)
Esta especie es tan dañina como la « hormiga negra » (Acrom, Lundi),
aunque menos conocida entre nosotros y menos temida, desde que habita
regiones más alejadas de nuestros centros urbanos y agrícolas. Ella es
.199
fácil de distinguir de aquélla, por su color más o menos rojo sanguíneo.
La liemos encontrado con bastante frecuencia en el sudoeste de la
provincia de Buenos Aires, en Martín García, cerca del Rosario de Santa
Pe y en los alrededores de Alta Gracia (Sierra de Córdoba). Además te-
nemos ejemplares de San Luis, Mendoza, Salta, Tucumán, Entre Ríos,
Chaco y Formosa. Se propaga también por el Paraguay, Bolivia y Brasil.
$. La obrera mayor es subopaca, tiene la cabeza y el tórax de un rojo
ladrillo más o menos vivo; las antenas, los nudos del pecíolo, abdomen
y patas (con el 1er artículo
tarsal) parduscos, lo mismo
que el ápice de las espi-
nas ; los cuatro artículos
de los tarsos son amari-
llentos. Se diferencia de
A. Lundi , por la disposi-
ción de las espinas tornéa-
les, que son también más
robustas y todas más di-
vergentes, las mesonotales
anteriores dirigidas hacia
atrás y muy divergentes,
mientras que en A. Lundi
se dirigen casi paralela-
mente hacia arriba.
9. La hembra es bas-
tante más robusta que la
de A. Lundi ; difiere por
su coloración roja; la es-
Fig. 11. — Acromyrmcx (21.) Hcyeri Forel,
aumentada 5 veces
mayor
cultura de la superficie es
más grosera, subrugosa, en forma de estrías longitudinales sobre la ca-
beza, menos notables en el tórax.
La cabeza es mucho mayor y más ancha; las mandíbulas son más cor-
tas y robustas. El occipucio es profundamente excavado; su borde, esco-
tado (casi recto en A. Lundi). Las espinas epinotales son bastante más des-
arrolladas y mucho más divergentes. El borde interno de las mandíbulas
y el clipeo negros, lustrosos. Los funículos (ápice excepto), el área y las
aristas frontales, el margen posterior del pronoto, el mesonoto, ápice de
las espinas, escudo y parte del pecíolo, lo mismo que los miembros, son
más o menos negruzcos. Sobre el mesonoto, un adorno que consiste en
una mancha mediana basal adelante bifurcada, formando dos bandas
que corren por el margen lateral del mismo. Las alas son obscuras, par-
do amarillentas como en A. Lundi.
— 200
C?. El macho tiene más semejanza con el de A. Lundi que las otras
formas. Su cuerpo es negro, algo más robusto y más opaco, por la escul-
tura de la superficie más densa y poco más fina. La cabeza es más grande
y más globosa, las estrías longitudinales son más finas. Las mandíbulas
son más cortas, relativamente más anchas. Las antenas tienen igual lon-
gitud en las dos especies (lo mismo en las hembras). Las espinas epinota-
les son más anchas en la base y también más divergentes.
No he notado diferencias en los órganos copulatorios, como lo in-
dica el profesor Emery ; en un estudio aparte me ocuparé de este parti-
cular.
Nidos. — Durante los últimos años he tenido oportunidad de examinar
muchos nidos de Aeromyrmex ( M.) Ileycri. Corresponden éstos, casi siem-
pre, a un tipo bien caracterizado. Constan de una sola bonguera que,
cuando subterránea, se encuentra a escasa profundidad y está cubier-
ta por un amplio montículo, o sea cúpula formada por fragmentos de ve-
getales. Raras veces se encuentra nidos desprovistos de cúpulas o ubica-
dos en el subsuelo de las habitaciones. Nunca he encontrado de estos
nidos a grandes profundidades, como los menciona Berg (1890).
Frecuentemente, algún retofio de tala, u otra planta, sirve de sostén a
la cúpula y a la misma bonguera; a veces también ocupan las hormigas
el hueco de algún tronco viejo.
Los hormigueros en las cercanías de Alta Gracia (lám. IV, fig. 1) son
del todo idénticos al tipo cupuliforme que construye Aeromyrmex lobi-
cornis var. pencosensis en la Sierra de la Ventana, que he descrito años
atrás La cúpula es subcónica, bien redondeada, en término medio de
unos 0m60 de alto, con más de un metro de diámetro en la base. Por
fuera está recubierta con palitos y trozos de vegetales bastante grandes,
mientras que la capa inferior está formada por una masa más compacta
y terrosa, que resulta también de la descomposición de los residuos ve-
getales. Debajo de esta cubierta, surcada más o menos por galerías y
canalículos, descansa la bonguera.
Hacia el montículo convergen siempre ¡argos senderos, desprovistos
de pasto : los orificios de entrada se encuentran generalmente en la base.
El substrato agotado de las bongueras se compone de fragmentos de
gramíneas, que las obreras expelen por otras salidas, depositándolos en
una espesa capa a un lado del nido.
Hongos. — Estos residuos me proporcionaron en Alta Gracia (XII,
1920 y Iir, 1921), no solamente buen número de pequefios coleópteros
' BnUCH, Costumbres y nidos de hormigas, en Anales de la Sociedad Científica Argen-
tina, tomo 83, páginas 315-317, figuras 10 y 11, 1017.
201
mirmecófilos, de los cuales me ocuparé en otra oportunidad, sino tam-
bién las fructificaciones del bongo que, en estado vegetativo, es cultivado
por las hormigas.
Encontré los primeros ejemplares de este hongo el 15 de marzo (1921)
sobre los restos de varios nidos, que meses antes había destruido en
busca de los mirmecófilos. La excesiva humedad de aquella estación de-
bió favorecer, sin duda, el desarrollo de estos hongos que, en los días
entre el 20 y 30 del mismo mes, aparecieron también sobre los demás
hormigueros. Jamás los encontré en otra parte. En la superficie de los re-
siduos aparecen generalmente por pequeños grupos (lám. IV, fig. 2). Su
forma es muy variable.
Los esclerocios bastante
largos, rizomorfoideos; los
estípites, muchas veces re-
fundidos, de color avella-
na, terminan en las cabe-
citas del hongo, circulares
y subplanas, con la su-
perficie do un bello rojo
ladrillo. Algunos ejempla-
res, crecidos sobre la mis-
ma cúpula del nido, pre-
sentaban esclerocios mu-
cho más largos, que pene-
traban profundamente en
ésta.
La relación de este mi-
cromiceta con el micelio
de la bonguera, no deja
lugar a dudas. De su es-
tudio, confiado a mi distinguido amigo el doctor Spegazzini, se despren-
de que se trata de un nuevo género y una nueva especie de hongo, des-
crito con el nombre de Poroniopsis Bruclú Speg. *.
En cuanto al micelio de las bongueras, que he podido examinar in
situ, éste es bastante distinto de aquel que cultiva nuestra hormiga
negra (Acrom. Lundi). El substrato, compuesto casi exclusivamente por
diminutos fragmentos de gramíneas, está cubierto por una densa capa
do hifas, de 4 a 8 ¡. > , de diámetro, enmarañadas y entrelazadas, formando
Fig. 12. — Micelio de la Iionguera de A. (M.) Ueyeri For.
aumentado 170 voces
* Revista del Museo de La Plata, tomo XXVI, páginas 206-208, figuras 4 y 5, 6-10, 1921 .
La tercera especie (lo hongo, descrita por el doctor Spegazzini, loo., cit., páginas
201-204, figuras 1, 2 y 5, 3-5, es Locellina Maszuchii Spog., lo cultiva nuestra « hor-
miga isaú » (A tta Vollenweideri For.).
— 202
hebillas; en sus terminaciones, se producen hinchazones que, en su má-
ximo desarrollo, resultan agrupaciones tupidas de góngilos : los llama-
dos « repollitos » de Mdller.
Estas esterillas, mucho menos desarrolladas en A. Lundi, alcanzan un
diámetro de 50 a 70 ¡a; contienen, como Jas hilas, un protoplasma linamen-
te granulado, grisáceo, con vacuolos translúcidos. El número y extensión
de estos vacuolos varía según la afluencia de la substancia protoplasmá-
tica que es visible al microscopio. En su conjunto, la bonguera repre-
senta una masa esponjosa, blanco-grisácea, ricamente abonada con dimi-
nutas gotas parduscas y amarillentas, las defecaciones de las hormigas.
Acromyrmex (Traehymyrmex) Itieringi Em. var. tucumana Forol
Forel, Bull. Soo. Faud. So. Nat., 50, 184, página 282, g, 1904.
Los ejemplares típicos de esta variedad proceden de Concepción
(Tucuinán) ; ha encontré también en la Sierra de Córdoba, al oeste de
Alta Gracia, donde es bastante común.
Los individuos de esta última localidad son de coloración algo más fe-
rrugínea; el tegumento es más liso, los tubérculos pi ligeros menos abun-
dantes; la pilosidad, corta y encorvada, es más escasa y las setas negras
del gáster son algo más largas que en la var. tucumana. Las espinas epi-
notales y los nudos del pedúnculo parecen ser más robustos. Estas dife-
rencias, aunque muy poco acentuadas, pudieran, tal vez, corresponder a
una variedad local que llamaré provisoriamente var. cordovana.
9 (aún no descrita). Largo : 4,8 milímetros. Más obscura que la
¡lardo ferrugínea, el abdomen negruzco. Parecida a la <£, pero los tubér-
203
culos pilígeros do la superficie mucho más numerosos y reunidos por ru-
gosidades bien manifiestas. La pilosidad es más abundante, sobre todo
los pelos cortos encorvados y amarillentos, que son diseminados por to-
das partes, mientras que las setas erectas son algo más cortas y más es-
casas que en la <¡>.
Las mandíbulas tienen la punta más larga y encorvada, el borde con
5 dentículos, de los cuales el apical bastante agudo. Los lóbulos básales
del escapo son mucho menos desarrollados. Las espinas laterales superio-
res del pronoto son casi tan grandes como en la las espinas epinotales
son algo más robustas, pero como un tercio más cortas. El escudo tiene
dos dientes apicales cortos.
Las alas son bastante obscuras, pardo-amarillentas, con ligeros refle-
jos irisados, y hacia la punta ahumadas; toda la superficie con una densa
pubescencia microscópica. Largo del ala anterior : 5 milímetros.
De esta forma he tomado dos ejeinplai'es sobre el cráter tubular en el
instante de salir del nido, el 25 de marzo de 1921.
Nidos. — Todos los nidos, después de fuertes lluvias, ostentaban bo-
nitos cráteres, formados por la tierra expelida en diminutas bolillas. Es-
tos cráteres, de 8 a 10 centímetros de diámetro y 3 a 4 centímetros de
altura, en forma de valla con vértice agudo, llevan en el centro el orificio
de entrada, con la torrecita tubular característica para los Trachymyr-
viex. Estas torrecitas miden algo más de un centímetro de altura; están
construidas con delgados palitos entrelazados con otros fragmentos de
vegetales; los orificios, apenas de 4 milímetros.
Las cámaras y las bongueras (lám. VI, fig. 1) son muy parecidas a las
de Trachymynnex pruinosa Em. ', con la diferencia, que las primeras
son menos regulares, sus cavidades pequeñas, de apenas 5 centímetros
de diámetro, raras veces completamente esféricas, debido al terreno muy
desigual y pedregoso. Un corto canalículo conduce a las cámaras super-
puestas, generalmente a escasa profundidad, una cerca de la otra, de
las cuales, por lo común, una o dos están ocupadas con bongueras. Estas
últimas cuelgan de las raíces en forma de delicadas laminillas. En aquella
estación (fines de marzo), las obreras acarreaban fragmentos do vegeta-
les; es probable que ellas utilicen también excrementos de orugas, como
suelen hacer sus congéneres. Tienen, como aquéllas, la costumbre de fin-
girse muertas, tan pronto como se creen en peligro.
1 Brucii, Costumbres y nidos de hormigas, cu Anales de la Sociedad Científica Argen-
tina, tomo 83, página 308-313, figuras 4-9, 1917.
- 204
Apterostigma Bruchi Sauts.
Santschi, Anales de Ja Sociedad Científica Argentina, tomo 87, página 49, figura 5, 8,
1919.
El doctor Santschi lia descrito solamente la forma obrera de esta
Attina ; los individuos sexuados obtuve más tarde de una colonia que aún
tengo cautiva. Por el hecho de encontrarse la descripción original en una
revista del país, fácilmente con-
sultable, daré solamente las
principales características de
la obrera, y a continuación, las
descripciones de las formas se-
xuadas.
Según Santschi, esta especie
es vecina de Apterostigma Was-
manni Forel, pero es más ro-
busta. En Ai pilosnm Mayr, el
cuello es más largo, la escultura
más débil.
A. Steigeri Sauts., señalada
del Uruguay y de Buenos Ai-
res, es, en cambio, más pequeña
y desprovista de cuello.
Fig. 14 — Apterostigma Bruchi Sauts. Q
aumentada 9 veces
<£. Largo: 4, 5-5, 2 milímetros.
— De un pardo negruzco, más
o menos rojizo ; el escapo, man-
díbulas y miembros, pardo-roji-
zos ; la clava antenal y los tar-
sos más amarillentos. Opaco;
la superficie con diminutos tubérculos pilígeros, más largos sobre el gás-
ter y más o menos reunidos por débiles arrugas. Todo el cuerpo y
miembros con abundante pilosidad destacada, más perfilada y menos
oblicua (pie en A. Wasmanni. Funículos finamente pubescentes.
9 (aún no descrita). La hembra mide 5,5-G milímetros y es en todas
sus partes más robusta que la obrera. Tiene más o menos el mismo color,
con igual escultura y pilosidad.
La cabeza es algo más estrecha que el tórax; el cuello es más largo
que en la <¡>; los ojos son más grandes, las mandíbulas semejantes, con los
nueve dientes algo más agudos, los básales menos desarrollados; el vér-
tice con una protuberancia subcuadrada.
205
El contorno del tórax es elipsoidal, visto desde el dorso. El cuello del
pronoto es algo más largo que en la Los bordes del inesonotó son agu-
dos, replegados en su mitad posterior. El escudo es profundamente es-
cotado, trilobulado en el ápice, la superficie con algunas arrugas trans-
versales. El epinoto apenas más corto, en lo demás igual al de la $.
Sobre el vértice prevalecen las rugosidades transversales, las que co-
rren en el tórax más bien en sentido longitudinal ; esta escultura es me-
llos regular sobre el abdomen, subreticulada, como en la <£.
El pecíolo es muclio más grueso que en aquélla ; más alto, su pedúncu-
lo algo más corto, su cara declive, visto desde arriba, es rectangular,
una cuarta parte más largo que ancho. El postpecíolo es piriforme, más
bien cam panul ¡forme,
más grueso que en la
; el gáster es también
más grueso.
Las alas anteriores
miden 4,5 milímetros
de largo ; tienen un
tinte pardo-amarillen-
to, más obscuras en su
porción antero-basal ;
la mancha negruzca
es alargada, hacia el
ápice más clara y des-
vanecida.
(jí* (aún no descrito) Fig- 15. — Apterostigma Bruchi Sants. c? : aumentado 0 veces
El macho mide 5,5 mi-
límetros de largo; su cuerpo es negro, opaco: las antenas, patas y ápice
del gáster son pardo-rojizos, las tibias un poco más claras; la punta de
las mandíbulas y los tarsos son amarillentos. La pilosidad es mucho
más escasa y más fina que en la $ y 9 ; el funículo está cubierto por
una pubescencia muy corta, tenue y densa. La superficie es casi lisa,
los diminutos tubérculos aislados no están reunidos por rugosidades;
éstas últimas son bastante pronunciadas en los costados del tórax, en
menor grado sobre la cabeza y el dorso.
La cabeza es suboctagonal ; sus costados anteriores (delante de los ojos)
son paralelos ; los posteriores no muy convexos ; la extensión del borde,
desde los ojos hasta el cuello, es algo menor que el diámetro de los ojos ;
el cuello es bastante ancho, mide la mitad del largo del borde posterior
de la cabeza. El funículo es muy largo (4,4 nun.). El escapo, corto, no
más largo que los primeros dos artículos del funículo reunidos. El 1er ar-
tículo de éste es muy corto, subesférico; el 2o tan largo como el apical
206
y el 3o algo más largo que los demás, que son subiguales, aumentando
de anchura liaeia la punta. Los lóbulos frontales, dirigidos hacia arriba,
son apenas divergentes e hirsutos; entre ellos se nota una corta línea
frontal; algunas arrugas convergen hacia una alta protuberancia del
vértice, ocupada por los ocelos. El epistoma es muy prominente en su
mitad basa!. Las mandíbulas son débiles, convexas ; su borde anterior
es liso, sin dientes, la punta bastante aguda.
El pronoto muestra de cada lado, próxima a la sutura pro mesonotal,
una ancha callosidad. El mesonoto es amplio ; en su mitad antero-dorsal
se observa dos débiles carenas. Los parápteros son muy salientes, for-
mando un ancho lóbulo triangular. El escudo tiene la escotadura más
profunda que en la 9? sus lóbulos apicales son algo oblicuos y las arru-
gas más pronunciadas sobre la superficie. El epinoto llevados finas aris-
tas paralelas, que se alargan a cada lado en un pequeño diente. El pecío-
lo y postpecíolo son parecidos a los de la 9 5 e* primero es algo más
grueso, pero mucho más alto, su cara declive un poco más corta; el se-
gundo es algo más pequeño, sus costados menos arqueados. El gáster es
algo más alargado que en la <£, su superficie lisa, solamente con tubércu-
los aislados.
Las alas anteriores miden 5 milímetros de largo; son un tono más
obscuras que en la 9 , Lv mancha es parda, más extendida y más desva-
necida ; la finísima pubescencia que cubre a las alas es mucho más den-
sa que en la 9-
Nidos y costumbres. — Esta especie difiere mucho, como sus congéne-
res, de nuestras hormigas podadoras comunes (Acromyrmex y Afta),
tanto por su aspecto como por sus costumbres. Las obreras son monomór-
ficas, más esbeltas, y desprovistas de las características espinas de las
podadoras; en cambio son muy hirsutas y su tegumento opaco.
Su porte es distinto de las podadoras; caminan lentamente, llevando
las cargas colgadas perpendiculannente. Cultivan también micelio, pero
jamás cortan vegetales ; y emplean como substrato las defecaciones de in-
sectos, casi siempre de pequeñas orugas que buscan por el suelo. Esta-
blecen sus nidos en cavidades naturales, viviendo en colonias poco nu-
merosas.
En octubre de 1918, por primera vez, encontré de esta Apterostigma
tres colonias, en un terreno removido a un costado del terraplén de la vía
férrea, detrás del bosque de La Plata.
En uno de los nidos, la bonguera ocupaba todo el hueco entre piedras
y terrones, que medía unos 7 centímetros de diámetro; en los otros dos,
las cavidades tenían mayores dimensiones, pero las bongueras eran más
pequeñas (lámina Y, figura 1). Los tres nidos se encontraban a unos 40
centímetros de profundidad, apenas un decímetro distantes uno del
— 207
otro; el terreno estaba cubierto de grandes plantas de cardo, tapando
una de ellas todo el perímetro, encima de los nidos.
Sobre la superficie del suelo se distinguía solamente un pequeño ori-
ficio de entrada, sin cráter y pocos residuos de substrato desparramados.
La tierra, semiarcillosa, tenía muchas grietas, que facilitaban el paso de
las hormigas hacia la salida única. Por lo visto, no había aquí ninguna
construcción artificial, fuera del alisamiento y aseo en las paredes (lelos
huecos ocupados.
Las bongueras cuelgan sujetas a las raíces. Están constituidas por el
amontonamiento de pequeñas bolillas de excrementos de orugas, forman-
do delgados tabiques y numerosos agujeros, habitados por las hormigas
con sus crías.
La bolsa o envoltura de las bongueras, que consistiría de un micelio
diferente, y la cual Mol ler cita como característica para las Apterostigma
del Brasil, no hemos encontrado en nuestros nidos; tampoco se ha pro-
ducido en el ambiente artificial.
De nuestros hallazgos, hemos guardado una colonia y los fragmentos
de su bonguera en un nido de yeso de tipo vertical ; otra colonia pusi-
mos en una cápsula ele cristal de unos 12 centímetros de diámetro y 5
de altura. Esta última colonia conservarnos aún, después de tres años, en
perfecto estado. Por causas ignoradas, perecieron al octavo mes una
veintena de obreras, entre ellas también la única reina cautiva.
Del reducido número de larvas obtuvimos tres individuos sexuados,
un macho y dos hembras, cuya aparición notamos a principios de agosto
del siguiente año; se mantuvieron vivas hasta diciembre, caminando
frecuentemente sobre las bongueras y en el recipiente. Algunas otras
observaciones que hicimos en cuanto al comportamiento de nuestra co-
lonia, referimos a continuación.
Unas sesenta obreras, que el 20 de octubre de 1918 instalamos en la
cápsula, comenzaron inmediatamente a reconstruir su bonguera. Al ter-
cer día quedó ésta terminada, la mayor de su superficie arrimada a la
pared vertical y apoyada sobre el fondo del recipiente. Los residuos de-
positaban las hormigas al lado opuesto de la bonguera. No obstante ha-
ber sido éstos retirados en seguida y sucesivamente, aquel sitio quedó
reservado, desde entonces, para el mismo fin. Una semana más tarde,
procuramos excrementos frescos de pequeñas orugas del limonero (Papi-
lio toanthiades) y de otros lepidópteros, que fueron inmediatamente reco-
gidos y transportados a la bonguera que, en término de un mes, había
aumentado casi el doble de su volumen (lám. Y, fig. 2). Como el desago-
tamiento del substrato se produce muy lentamente, las bongueras, ricas
en micelio, duran generalmente varias semanas, aun meses, sin necesi-
dad de otro abono que el de las defecaciones de las hormigas. En ocasión
208
que la bonguera se- encontraba ya suficientemente abonada, el substrato
fresco no fue ya utilizado, sino depositado junto a los residuos.
Desde un principio pudo observarse en estas hormigas cierta manse-
dumbre y ninguna preocupación notable para todo lo que pudiera serles
molesto, como, por ejemplo, la luz, los movimientos, o el tocarlos. Nunca
se fingen muertas, como suelen hacerlo las otras especies congéneres.
Al suministrarles abono, súbitamente acuden y esperan, precisamente
en el mismo sitio donde acostumbramos a echarlo.
Las obreras parecen incapaces de despedazar vegetales, rarísimas veces
fragmentan una bolilla de excremento, en el caso que ésta excede las
dimensiones requeridas. Ordinariamente no las emplean más grandes de
medio milímetro de diámetro ; cuando son mayores y demasiado pesadas,
las llevan mantenidas entre las patas ante-
riores y las pasan a los residuos antes de des-
pedazarlas. Desmigajando antesel excremen-
to de grandes orugas, se consigue hacerlo
apto para el uso. Las defecaciones de mánti-
dos o de otros insectos creófagos, jamás fue-
ron aceptadas, lo mismo aquellas de ciertas
langostas como Ghromeris miles.
Los ensayos con vegetales frescos, aunque
fueran de las mismas plantas, habitadas por
las orugas cuyas defecaciones utilizaban y,
también finamente trituradas, han fracasado
siempre. Pero, sometidas ciertas hojas a una
cocción previa, sus partículas, semihúmedas,
eran alguna vez aceptadas. Por mera ocurren-
cia hicimos una vez la prueba con yerba-mate (lie x paragnariensis) tra-
tada en esta forma, y obtuvimos un resultado inesperado. Dichos frag-
mentos, semihúmedos, los emplea nuestra Apterostigma a la par del abo-
no de las orugas, facilitando pues ese vegetal' un abundante desarrollo
del micelio. La fariña y cáscara de naranjas, que según Móller fueron
utilizadas por las especies del Brasil, han sido siempre rechazadas pol-
la nuestra.
El micelio de las bongueras de Apterostigma fíruchi es enteramente
parecido al que cultivan las especies congéneres del Brasil, pero muy di-
ferente del que poseen nuestras hormigas podadoras.
Por la particularidad del substrato que recubre el micelio, a simple
vista, una bonguera, parece formada por diminutos capullos blancos de
algodón. Con algún aumento se distingue una aglomeración tupida de
góngilos hifales, los «repollitos», pero aquí sin las esterillas terminales,
reproducidas en la figura 12.
Kig. 18. — Micelio (le la bonguera
do Aptcrustii/ma liruchi Santa.,
aumentado 170 veces.
Rkvista dkl Musno i > i: La Plata, tomo xxvi
LÁMINA I
6*. Ilt'Krh, fot.
Revista dei. Mi smo de I.a Plata, tomo xxvi
Lámina II
-1
Itruch. Jüt.
Plata, tomo xxvi Lámina 111
Revista dkj. Museo de I.a Reata, tomo xxvi
Lámina 1\'
Revista del Meseo he I.a Plata, tomo xxvi
Lámina V
C. Jtnic/i. fot.
Revista del Mesko hi': La I'i.ata. tomo xxvi
Lámina VI
209
El examen microscópico del micelio muestra una espesa capa basal de
finísimas lufas muy enmarañadas, de 3 a 5 g de grosor. Hacia la perife-
ria estas hilas se ensanclian en forma de maza, con estrangulaciones más
o menos acentuadas. Los góngilos pocas veces alcanzan más de 20 \j. de
grosor. El protoplasma del micelio es transparente, completamente inco-
loro; en las hincliazones se encuentra poquísimos granulos grisáceos y
algunos vacudos, escasamente de unos 2 a 4 \j. de diámetro. Las fructifi-
caciones del hongo nos son aún desconocidas.
Camponotus (Myrmothrix) rufipes F. var. magnifica Foro!
Nidos. — En mi artículo sobre huéspedes de hormigas de Córdoba
(Physis, t. IV, pág. 4, 1918), mencioné los nidos de este gran Campono-
tus, suponiéndolos construidos con fragmentos de vegetales, parecidos a
estiércol seco de caballo. Más tarde pude comprobar, que precisamente
las hormigas utilizan este material, desmigajándolo y aglutinándolo
luego, para darle más o menos la consistencia que antes tenia. Durante
varios viajes a la misma localidad (Alta Gracia), tuve ocasión de obser-
var muchas nulificaciones de la variedad magnifica , desde su estado ini-
cial hasta las construcciones típicas, habitadas por colonias de muchísi-
mos individuos.
Al fundar una nueva colonia, la reina se refugia casi siempre debajo
de alguna piedra, donde hace una pequefia excavación de corte elipsoidal,
dennos 2 centímetros de largo y de poca concavidad, perfectamente ali-
sada. En caso de que el contacto de la piedra con el suelo no hubiese sido
perfecto, la reina construye entonces una valla con partículas de tierra
y fragmentos de vegetales. La fotografía lámina VI, figura 2, muestra uno
de estos nidos iniciales, con su reina, 1 1 huevos, 4 larvas y 3 capullos de
ninfas. Estos vil timos correspondían a obreras pequeñas ; las larvas se
encontraban en diferentes estados de desarrollo. Los huevos son peque-
ños, blancos, casi transparentes y de superficie lustrosa; miden 0,8 mi-
límetros de largo y 0,45 milímetros de ancho.
A menudo se encuentra también las reinas acompañadas de las pri-
meras generaciones de obreras, ordinariamente de unos 5 a 10 indivi-
duos y éstos siempre obreras pequeñas o medianas, nunca de formas
mayores.
Muchas veces se tropieza también con colonias más o menos numero-
sas, ubicadas debajo de una piedra o de algún tronco u otro refugio,
pero los nidos más característicos son los montículos levantados de ex-
crementos secos de caballo.
Las hormigas prefieren ¡os lugares altos, construyendo sus nidos entre
los grandes Cercas o afirmándolos entre grupos debromelias que envuel-
REV. MUS. LA PLATA. — T. XXVI
15
210
venen gran parte (lám.VI, fig. 3). Los montículos alcanzan a veces 50-70
centímetros — y más aún — de diámetro en la base, y 40 a 50 centímetros
de altura. Su superficie forma una capa bastante resistente y ¡isa; pocos,
orificios pequcfios de entrada, generalmente en la parte inferior del
nido. Su interior presenta numerosas galerías laberínticas, casi de un
centímetro de diámetro, las que penetran más o menos en el suelo.
Las hormigas demoran durante el día en el interior del nido, salen tan
pronto como se sienten molestadas, con una ligereza y agresividad extra-
ordinarias. Muchas veces he observado, por la tarde, las obreras reco-
rriendo las grandes piedras a orillas del arroyo, dando caza a otros in-
sectos, principalmente a los tricópteros Chimarrha canosa Nav., por los
cuales tienen especial predilección.
EXPLICACIÓN DE LAS FIGURAS DE LAS LÁMINAS
Lámina I. Fig. 1. — Reina de Eciton (A.) Strubcli Mayr, vista lateral ; dos veces y
media aumentada.
Fig. 2, — La misma, vista dorsal; dos veces y media aumentada.
Fig. 3. — La misma, antecuerpo; cinco veces aumentado.
Fig. 4. — Macho alado; obreras mínima, medianas y mayor de Eciton
(A.) Strobcli; dos veces y media aumentados.
Fig. 5. — Obrera mayor de la misma especie; cinco veces aumentada.
Lámina II. Fig. 1. — Bolilla de substrato con liifas a las 36 horas de ser arroja-
da por la reina; diez veces aumentada.
Fig. 2. — La misma bolilla despedazada a los tres días, con 4 huevos;
igual aumento.
Fig. 3. — La misma bolilla a los ocho días, con 12 huevos ; igual aumento.
Fig. 4. — La misma bolilla a los doce días, con gotas do defecaciones y
16 huevos; igual aumento.
Fig. 5. — Una bolilla de substrato cultivada en gelatina íícida, a las 36
horas; igual aumento.
Fig. 6. — Pequeña bonguera a los treinta días, con 32 huevos; igual
aumento.
Fig. 7. — Longuera máxima obtenida a los cuarenta y un días; igual
aumento.
Fig. 8. — Huevos y nueve bolillas fabricadas por la reina con libras de
papel secante; igual aumento.
Lámina III. Fig. 1. — Reina tomada en el instante de poner un huevo; cinco veces
aumentada.
Fig. 2. — Reina pegando un huevo sobre el vidrio del nido artificial ;
igual aumento.
Fig. 3. — Reina tomada en el instante do estercolar su bonguera; igual
aumento.
Fig. 4. — Dos reinas amigas cuidando una bolilla única, pegada sobre
el vidrio del nido artificial; igual aumento.
211
Lámina IV. Fig. 1. — Corte vertical por un nido do Acromyrmcx (M.) Heyeri Forel;
en la base nótase la bonguera; en primer término, a la izquierda, el
substrato agotado expelido; '/» del natural.
Fig. 2. — Hongos desarrollados (Poroniopsia liruchi Spcg.) sobre el subs-
trato de la anterior bonguera; '/, del natural.
Lámina V. Fig. 1. — Nido do Aptcrostiyma Bnichi Sants. ; cavidad natural con la
bonguera caída; aproximadamente tamaño natural.
Fig. 2. — La misma bonguera reconstruida en un recipiente de vidrio;
alimentada con abundantes excrementos de orugas; tamaño natural.
Lámina VI. Fig. 1. — Corte vertical por un nido do Acromyrmcx (T.) Iheringi var.
tucumana For. ; nótase en la parte superior, encima do la bonguera, el
tubo o torrecilla do entrada; s/4 dol natural.
Fig. 2. — Nido inicial de Camponolus (M.) rwfipcs var. magnifica For., con
la reina y 3 capullos visibles; aproximadamente tamaño natural.
Fig. 3. — Nido de una colonia numerosa de la misma especie, formado
con excremento seco de caballo; '/„ del tamaño natural.
soiuíh la (¡Undula pelviana y formaciones similares
EN DESDENTADOS RECIENTES Y FÓSILES 1
(CON NUEVE LÁMINAS)
Por ki. doctor MIGUEL FERNANDEZ
Profesor do zoología en la Kscucla do Ciencias nal niales del Museo de La Plata
i
Las glándulas pelvianas de « Dasypus villosus» Desm.
GENERALIDADES Y DATOS HIOMÉTR1COS
El caparazón pelviano de Dasypus villosus y de otros representantes
del mismo género, existen, sobre la línea media, una serie de orificios por
los (pie el animal puede emitir, cuando se halla agitado, unas gotas de
un líquido aceitoso y de olor característico. Se trata, pues, de glándulas,
las que por su ubicación llamaré en este trabajo «glándulas pelvianas».
Organos de posición parecida existen además en uno que otro represen-
tante de órdenes de mamíferos del todo diferentes, siendo mejor cono-
cida la llamada glándula dorsal de Dicotyles (Brinckmann, 1908; Houy,
1910) y de Dendrohyrax (Mollison, 1905).
En Dasypus el caparazón óseo forma, en su cara interna, debajo de cada
orificio, una protuberancia o botón hueco (íig. 3 y -1), que encierra una
cavidad colectora o cisterna déla glándula. En ella se abren, perforando
el hueso de la protuberancia, numerosas glándulas, las que en su mayo-
ría se hallan reunidas en un cuerpo en forma de herradura que rodea la
protuberancia ósea de adelante y de los lados. Como vervmos, el cuerpo
está constituido por glándulas sudoríparas modificadas; pero además se
abren en la cisterna glándulas sebáceas de diverso tamaño, y en menor
número que aquéllas.
Me ocuparé en este trabajo, primero de la distribución de dicho aparato
en las diferentes especies del género Dasypus, luego de su anatomía micros-
cópica y de su embriología en D. villosus, intentando, por último, una ex-
plicación morfológicade las distintas formas de glándulas que lo componen.
* Trabajos del laboratorio de zoología del Museo de La l’lata. Número 20.
213
El primero en llamar la atención sobre estas formaciones fué Lahille
(1895), quien describe los orificios y los botones óseos que les correspon-
den de la cara interna en Das y pus sexcinctus, villosus y minutas.
Existen, según él, en D. sexcinctus 4 y aún 5 aperturas; en el peludo
2 (sobre la .‘3a y 4a hilera del caparazón pelviano), y a veces una tercera
sobre la quinta, mientras en D. minutas no so encontró sino una sola vez
un orificio, el cual se hallaba sobre la cuarta hilera. Los bordes de los
agujeros, así como un cierto número de placas de las hileras posteriores,
suelen estar corroídos por la secreción glandular. Lahille, quien sólo
pudo investigar caparazones secos, cree, erróneamente, que el tejido
glandular se halla dentro del botón, que formaría por tanto algo así como
un órgano de protección para aquél.
Recién en 1913 fueron publicados por Pocock algunos nuevos deta-
lles. Í31 encontró que estos órganos están, en ambos sexos, igualmente
desarrollados y que en el vivo es posible exprimir de ellos unas gotas de
un líquido que tiene el olor característico del animal. Da también un
corte longitudinal por la región glandular de un recién nacido, del que
resulta que las aperturas de las cavidades colectoras, que aquí tienen la
forma de sacos ciegos, están dirigidas hacia caudal, mientras que el tejido
glandular alcanza su mayor desarrollo del lado craneal. Sin embargo,
también Pocock opina (pie la protuberancia ósea rodea a las glándulas
por su cara ventral.
Formaciones que, por su posición, deben considerarse como homologas
a la glándula pelviana de D. villosus se encuentran, como resulta ya del
trabajo de Lahille (1895), en el piclii (J). minutas), el quirquincho (D.
vellerosus) y en D. sexcinctus, faltando en cambio en el mataco ( Tolypeu ■
tes) y en el género Tatusia. El rabo mole (Gabassus unicinctus ) tampoco
parece poseerlas, a juzgar por las únicas dos pieles, ya armadas, que
posee el Museo, mientras que en Priodontes existen órganos que, por lo
menos fisiológicamente, les son comparables. Finalmente, entre los fósi-
les, Docdicurus antiquus posee una formación de ubicación parecida a las
mismas (Lydekker, 1894).
Parece que en las especies de mayor tamaño también las glándulas
pelvianas fueran mayores, no sólo en tamaño sino también en número.
En un caparazón de Dasypus sexcinctus se hallan agujeros glandulares
sobre la escama mediana del 9o al 12° anillo ', siendo las correspondien-
1 Para indicar la posición de los anillos, prefiero comenzar a contar por el primer
anillo libre y no por el primero del caparazón pelviano, pues aquél puedo identifi-
carse siempre con toda exactitud, por existir una separación neta entre él y la coraza
escapular. En camino, no hay en realidad un limito fijo entro los anillos libres y la
coraza pelviana; el primor anillo pelviano está generalmente soldado al segundo sólo
en la línea media, pero queda libre hacia los costados, pudiendo ser la unión entre
ambos, según los casos, mús o menos extensa. Resulta así que muchas veces puede
— 214
tes protuberancias óseas del anillo 10° y 11° grandes, las del 9o y 12°
más pequeñas, pero no rudimentarias.
En cambio, en las especies pequeñas, como Dasypus minutus y vellero-
sus, las glándulas parecen estar poco desarrolladas. Así los tres quir-
quinchos (1). vellerosus Gray) embalsamados del Museo, poseen una hen-
didura bien neta, pero no un hondo saco ciego como el peludo.
De 18' caparazones del pichi (I), minutus Desm.) encontré en uno una
pequeña hendidura en la placa mediana del anillo 11°, en otro una en la
del décimo. En tres ejemplares la placa del anillo 11° (4o déla coraza pel-
viana) estaba perforada en el lugar que ocupa en el peludo el oriñcio de
la glándula (extremo craneal del área media) por numerosos pequeños
orificios, del mismo aspecto que los agujeros glandulares que se encuen-
tran siempre, también en el peludo, entre el área media y las exteriores
(lig. 1). También en las placas vecinas puede haber a veces, en el extremo
del área media, una mayor abundancia de orificios. Podría deducirse de
esto, que las glándulas pelvianas del peludo y de J). sexcinctus se han
formado por una multiplicación de las glándulas comunes de las esca-
mas en la región correspondiente al extremo craneal del área media,
opinión que deberá ser algo modificada por los resultados de la embrio-
logía, y que ya fué emitida, aunque no con toda claridad, por Pocock
(1918), quien se basaba en una observación en la glándula pelviana de
D. sexcinctus.
En los mencionados tres ejemplares del pichi falta, pues, la cisterna
de D. villosus y sexcinctus, y en ellos, como también en los otros dos, la
protuberancia ósea del lado ventral. En los 13 individuos restantes no
existe siquiera un aumento del número de aperturas en las placas media-
nas de los anillos correspondientes.
Para D. villosus la ubicación de la glándula o, dicho con mayor precisión,
de la protuberancia ósea, fué determinada en 50 corazas *, hallándola :
dudarse cuál do las hileras debe considerarse como la « última libre », y cuál como
la « primera do la coraza pelviana ».
En el ejemplar en cuestión de D. sexcinctus el noveno anillo sería al mismo tiempo
el tercero de la coraza pelviana. En I). villosus existen normalmente siete anillos
libres, siendo por lo tanto la denominación « décimo anillo », en general, sinónima a
« tercero » del caparazón pelviano.
' La gran mayoría de ellas corresponden a animales hembras, pues so trata de un
material recogido con linos embriológicos ; cuatro ejemplares serían machos según
las etiquetas, y unos pocos no llevan indicación del sexo. No lie separado los anima-
les según los sexos por no poder ofrecer garantía de que las etiquetas no fueron cam-
biadas por el personal al hacer las pieles. Creo, sin embargo, que con respecto a la
ubicación déla glándula no existen mayores diferencias entre macho y hembra, pues
un cierto número de fetos machos y otros hembras muestran, tanto unos como otros,
la misma distribución de la glándula que el material « mixto », en cuanto al sexo, de
la tabla.
215 —
Por ciento
Eu la hilera 10 y 11, on un ejemplar 2
— 10, 11 y 12, en sieto ejemplares 14
— 10, 11, 12 y 13, en (los ejemplares . . . 4
— 11, en cuatro ejemplares ........... 8
— 11 y 12, en veintitrés ejemplares.... 46
— 11, 12 y 13, on doce ejemplares 24
— 12 y 13, oa un ejemplar 2
O, lít glándula existo :
En la hilera 10, en diez ejemplares. 20
— 11, en cuarenta y nueve ejemplares. . 98
— 12, en cuarenta y cinco ejemplares.. 90
— 13, en quince ejemplares 30
Como resulta de las tablas que anteceden, en D. villosus existen en
general dos o tres glándulas pelvianas, las que, las más de las veces,
están sobre el anillo 11 y 12. En cuanto al tamaño de la glándula o, me-
jor dicho, de su protuberancia ósea, se obtuvo los resultados siguientes :
Resulta, de esta tabla, que la protuberancia mayor se halla, por lo
general, sobre la hilera 11 (o sea la 4a de la coraza pelviana). Parece
digno de notar, que si existen tres glándulas, no siempre la del medio es
1 « Rudimentaria », on la última columna, significa quo la protuberancia os apenas
perceptible.
216
la mayor, sino que: encontrándose las glándulas sobre el anillo 10, 11 y
12, lo es la del medio, pero si se hallan sobre las hileras 11, 12 y 13 sólo
en el 50 por ciento de los casos, corresponde el mayor tamaño a la de la
hilera 12, mientras que en los otros 50 por ciento, la más craneal, o sea
la de la hilera 11, es la más desarrollada.
También de los datos de I), minutus y vellerosus resulta que la hilera
11a lleva la glándula con mayor frecuencia que cualquiera otra, y me pa-
rece que la gran concordancia de las tres especies, en cuanto a la ubica-
ción de las glándulas pelvianas, no carece de un cierto interés.
Ya Laliille y Pococlc han hecho notar que la forma de las placas que
llevan las glándulas difiere algo de las vecinas, y que la escultura de su
superficie suele ser además menos neta, sobre todo en lo referente a sus
áreas craneales, menos con respecto a las de los costados. El orificio
glandular suele estar siempre en el extremo craneal del área media, es
decir, en el lugar ocupado en las placas comunes déla misma región pol-
las áreas centrales.
Tratándose de una glándula bien desarrollada, el orificio (fig. 1, 2 y 4)
tiene unos 2 milímetros de diámetro en cualquier dirección. Por él se
llega a una cisterna (fig. 4) de unos 5 a 0 milímetros de largo e igual
diámetro transversal, y unos 4 a 5 milímetros de profundidad (medida
desde la superficie). Pero, existiendo debajo del orificio un «cuello» o
conducto de unos 2 milímetros de alto, la profundidad real déla cisterna
alcanza sólo a unos 2 milímetros. Los ya mencionados botones o protu-
berancias óseas semiesféricas, de la cara ventral de la placa (fig. 3), se
deben a que toda la pared de la cavidad colectora está cubierta por una
gruesa capa de tejido óseo. El botón ocupa la mitad craneal de la placa,
y sólo en caso de ser muy grande se extiende también algo sobre la caudal.
En el caparazón de la figura 3, la protuberancia de la glándula anterior
tiene í) milímetros de diámetro transversal, 8 milímetros de ántero-pos-
terior y una altura de 4 milímetros. En la posterior, las medidas corres-
pondientes son : 7, 0 y 3 milímetros. La protuberancia de una tercer
glándula es apenas perceptible. Como resulta déla comparación de estas
medidas con las de la cisterna, la pared ósea que cubre a ésta es muy
gruesa (fig. 4).
El hueso de la protuberancia está provisto de muchas y profundas
sinuosidades y cavidades muy netas (en que están alojados lóbulos de
las glándulas), resultando así una escultura irregular característica. Ha-
cia craneal y lateral, rodea a la protuberancia un surco en forma de hoz,
esculpido dentro del hueso del caparazón y que forma más o menos las
tres cuartas partes de un círculo. El surco tiene, si está bien desarrolla-
do, más de 2 milímetros de ancho y 1 de profundidad, extendiéndose no
sólo sobre la placa de la glándula sino también sobre las vecinas do la
misma hilera y el extremo posterior de la craneal (fig. 3).
217
La formación del surco se debe a que la masa principal de las glándu-
las (el «cuerpo» glandular) rodea en forma de herradura el extremo
craneal y los lados de la protuberancia ósea. A ello se debe también
que la pared anterior de ésta sea vertical con respecto a la placa y
que hasta exista en su base una hendidura como continuación del
surco arriba mencionado, y para alojar el cuerpo glandular, mientras
que la pared caudal de la protuberancia es de posición más bien incli-
nada (fig. 4).
Del fondo de la cisterna ósea se levanta, en todos los ejemplares, exa-
minados con mayor detención, una cresta que a veces no alcanza a un
milímetro de alto, pero que en otros ejemplares es tan pronunciada que
llega al mismo nivel de la apertura externa. En la glándula caudal del
ejemplar figurado (fig. 1 y 2) esta cresta está unida al área media de la
placa glandular.
Al examinar cortes por la cisterna (fig. 4), se observa que se abren en
ella numerosos orificios, correspondientes a los conductos de las distin-
tas glándulas. Existen orificios dedos clases :
Io Donde el « cuello » se continúa en la cavidad, o algo más hacia
adentro de ésta, existe una serie de orificios dispuestos en círculo, cuyo
tamaño es el mismo como el de los existentes en los surcos entre las
áreas de las placas óseas comunes.
Su número es de 12 en la glándula anterior del caparazón aserrado
en sentido longitudinal, y de 11 en la posterior del mismo. En la glán-
dula mayor de otra coraza cortada en serie transversal, sólo existen 7 de
ellas. Estas aperturas están bien separadas las unas de las otras, podien-
do existir entre ellas rodetes óseos dorsoventrales que luego se conti-
núan sobre el interior de la cavidad. Por estos orificios pasan los con-
ductos de las glándulas sebáceas solitarias.
2o Las demás aperturas comienzan aproximadamente! milímetro más
hacia adentro, y su número es tan considerable que todo el fondo y los
lados de la cisterna parecen perforados como un colador. En la glándula
caudal de la coraza aserrada (fig. 4) aparentan estar dispuestas en hile-
ras longitudinales poco netas, pero una tal disposición no se observa en
la craneal. La hilera superior está constituida por agujeros más peque-
ños que las demás. En estas últimas puede observarse que en cada uno
de los orificios mayores desembocan varios más pequeños, lo que es
debido a que los canales de varias glándulas se reuuen para formar un
corto canal terminal común. Todos estos orificios corresponden a glán-
dulas sudoríparas modificadas, o «glándulas principales», como las lla-
maré en adelante, pero las grandes aperturas pueden encerrar además
pequeñas glándulas sebáceas, que, como veremos, pueden unirse a los
conductos de las glándulas principales. En las pequeñas aperturas de
las hileras dorsales, sin embargo, parecen no existir estas glándulas
218
sebáceas accesorias, conteniendo cada una sólo un canal de una glán-
dula principal de los lados del cuerpo glandular.
ANATOMÍA MICROSCÓPICA
Parala investigación por medio de cortes fueron utilizadas las glán-
dulas pelvianas de dos hembras, ambas muertas el 2G de junio de 1915,
es decir, en un mes que no es ni la época de los celos, ni de la preñez. Al
agarrarlo inmediatamente antes de ser cloroformado, uno de los animales
evacuó por cada uno de sus dos orificios glandulares una gota de líquido
aceitoso del olor característico. En el otro animal la glándula no entró,
según parece, en acción antes de la muerte, por lo menos no fue evacua-
do líquido.
Las glándulas y las placas óseas a que están adheridas fueron fijadas
en líquido de Zenker y luego decalcificadas durante unas dos semanas en
alcohol al 80 por ciento con 3 por ciento de ácido nítrico concentrado. La
mayor délas dos glándulas que habían entrado en función, fue coloreada
conjuntamente con su placa en hematoxilina Delafield y luego los cortes
pasados por eosina, naranja G, ácido pícrico o líquido de Yan Gieson,
tratándose posteriormente algunos cortes con hematoxilina férrica y
eritrosina. Algunas partes de la glándula del segundo animal fueron so-
metidas directamente a este último método.
En los cortes (fig. 5 a 8) obsérvase que la cisterna está completamente
tapizada por la epidermis, cuyas capas superficiales están queratiniza-
das, y han sido empujadas dentro del hueco al efectuarse el corte. El es-
pesor de la capa de Malpigio alcanza a unos 25 a 30 ¡j. y la capa córnea
tampoco es más gruesa, siendo, por lo tanto, mucho menos desarrollada
«pie en las escamas de la coraza. Entre la epidermis de la cisterna y el
hueso que la rodea existe la misma delgada capa de tejido conjuntivo
que entre las escamas y las placas óseas y que está formada por células
y una red de fibras conjuntivas ya más finas, ya más gruesas, entre las
que hay mucho espacio libre. Su espesor varía entre 35 y 100 ¡j..
Como ya he mencionado, desembocan en la cisterna, tanto glándulas
sebáceas como glándulas sudoríparas.
1. Glándulas sebáceas (fig. 7 y 8). — Existen glándulas sebáceas de
dos tamaños : unas más grandes, las glándulas sebáceas solitarias, que,
en el ejemplar en cuestión, en número de siete, se agrupan al rededor del
borde interno del cuello de la cisterna (véase arriba); y otras más peque-
ñas, las glándulas sebáceas accesorias, ubicadas en su fondo, donde éste
se continúa en las paredes laterales. Estas últimas están dispuestas de
cada lado en dos hileras poco netas, una más medial y otra más lateral,
219 —
correspondiendo en el ejemplar examinado a cada hilera de la derecha
cuatro glándulas, a cada una de la izquierda cinco, y existiendo, ade-
más, una en posición muy oral, en el plano mediano de la cisterna y
otra muy hacia dorsal del lado derecho. El número total de las peque-
ñas glándulas sebáceas en este ejemplar es, pues, de 20.
Ambas variedades de glándulas sebáceas están siempre situadas den-
tro de cavidades de la pared ósea de la cisterna, las que suelen tener un
volumen algo mayor que el de su cuerpo. Las cavidades que encierran
las accesorias, son, en general, esféricas con un diámetro de 450 a 500 g,
mientras que las de las solitarias poseen una extensión dorso ventral de
un milímetro por término medio, alcanzando su diámetro transversal de
000 hasta 700 ¡z.
A veces dos glándulas accesorias pueden ocupar una cavidad ósea
común. El conducto de la glándula sebácea accesoria es, por lo general,
muy corto (250 ¡z o menos) y con frecuencia suele unirse al de una glán-
dula principal, de manera que ambas poseen una parte terminal común.
Los conductos de las glándulas solitarias y los canales óseos en que
están situados son mucho más largos (050-700 ¡z). Por lo común parten
(lig. 7) del centro de la cara de la glándula dirigida hacia el cuello de
la cisterna, corriendo en dirección más o menos paralela a la superficie
de la placa, o, lo que es lo mismo, perpendicularmente con respecto al
eje longitudinal de la glándula.
En cuanto a su estructura ambas glándulas son muy parecidas. Los
lóbulos glandulares, tanto de las unas como de las otras, están rodeados
por un abundante tejido conjuntivo laxo-reticular, formando un cuerpo
glandular compacto, el cual, probablemente, llenaba por completo su ca-
vidad ósea antes de contraerse por la fijación. El tejido conjuntivo en-
cierra aveces una que otra vacuola, que probablemente contenía gotas
de grasa, y está en comunicación con él del cutis y subcutis, y con el de
las demás cavidades óseas por medio de fascículos que corren dentro de
canales óseos y en algunos de los que pudieran distinguirse fibras ner-
viosas sin recurrir a métodos especiales.
El cuerpo glandular de las glándulas accesorias está compuesto pol-
linos pocos, el de las solitarias por 10 a 20 lóbulos, que no parecen apre-
tados los unos contra los otros, como en las glándulas sebáceas de las
placas comunes, sino separados por abundante tejido conjuntivo. Varios
lóbulos juntos forman a su vez un lóbulo mayor, cuyo producto de se-
creción es evacuado dentro de una parte basa! común, reuniéndose a su
vez varias de éstas para formar el conducto de la glándula. En las glán-
dulas accesorias no existen más de una o dos partes básales. Éstas cons-
tituyen siempre en las glándulas solitarias, casi siempre en las acceso-
rias, ensanchamientos piri formes de hasta 100 ¡j, de ancho, los que,
aunque en el corte aparezcan vacíos, sin embargo, en vida llenarían Las
220 —
funciones de depósitos para los productos de secreción. No sólo los con-
ductos, sino también estas partes básales están tapizadas por epitelio
pavimentóse, no difiriendo los lóbulos de ambas variedades de glándu-
las en cuanto a su fina estructura de las glándulas sebáceas comunes.
El conducto de las glándulas solitarias debe considerarse, del punto
de vista morfológico, como folículo pilca!, pues en el recién nacido el
pelo llega en él a igual desarrollo como en los esbozos existentes en los
surcos entre las áreas de las escamas comunes. Aunque el pelo desapa-
rezca por lo general completamente, en una de las glándulas las tres
partes básales se abren directamente en un folículo con pelo bien des-
arrollado, lo que prueba la exactitud de esta explicación. Mu cambio,,
nunca pude observar pelo alguno en los conductos de las glándulas acce-
sorias; pero también sus conductos deben considerarse como folículos de
pelos rudimentarios, pues en el recién nacido ellas constituyen esbozos
de pelos, aunque mucho menos desarrollados que los de las otras.
Las escasas diferencias estructurales existentes entre las glándulas
sebáceas de la glándula pelviana y las de las placas comunes, consisten,
pues, en que : Io a su conducto sigue una cavidad central ensanchada
que no se observa en las glándulas comunes; 2o su cuerpo está rodeado
por un tejido conjuntivo mucho más abundante, el cual penetra también
entre los lóbulos, que son más ramificados y de forma mas esbelta que
en éstas.
Hacia caudal de la apertura, de la glándula pelviana, existen en la
misma placa ósea varias glándulas sebáceas más, que se abren direc-
tamente en la superficie del cuerpo, las que tienen la misma forma
(pie las glándulas sebáceas solitarias, aunque, por lo general, sean algo
más pequeñas.
2. Glándulas sudoríparas o principales (lig. 5 a 1 1 l>). — El verdadero
cuerpo de la glándula pelviana está constituido exclusivamente por glán-
dulas sudoríparas, y envuelve, en forma de herradura, a la protuberancia
ósea en su base, con el extremo abierto dirigido hacia caudal. Siguien-
do al cuerpo glandular, la placa ósea posee en su cara ventral una hendi-
dura (lig. 3), la que se continúa sobre los lados y la cara craneal de la
protuberancia que así adopta casi forma de hongo (lig. 4). Existen, además,
sobre la parte más prominente (e. d. más ventral) de la protuberancia
muchas pequeñas masas glandulares aisladas, ubicadas cada una en una
de las muchas cavidades esculpidas dentro de ella (lig. 3 y 0 a 8). Las
crestas óseas existentes entre las mismas se continúan en tejido con-
juntivo fibrilar, que se introduce a manera de septos entre las pequeñas
masas glandulares (fig. 7 y 8). He la misma manera se fijan por un lado
en las placas óseas vecinas, y por el otro a las caras laterales de la pro-
tuberancia, anchas fajas de tejido conjuntivo, las (pie internándose unas
— 221
<>,ii el cuerpo glandular y pasando otras por debajo de él, lo fijan en el
hueso.
El número de glándulas principales es muy considerable; en el ejem-
plar cortado he contado 95 conductos de ellas.
Mientras que las glándulas sebáceas se encuentran del todo dentro de
la substancia ósea, es decir, en el dermis, las principales están ubicadas
entre él y el tejido adiposo subcutáneo; tienen, pues, una posición más
profunda que aquéllas. También en las placas comunes las glándulas
sudoríparas se hallan debajo, es decir, a mayor profundidad que las se-
báceas, aunque ambas estén alojadas en una cavidad esférica común
dentro del hueso. Debido a su ubicación los conductos secretores de las
glándulas principales tienen que perforar todo el ancho del hueso a fin
de llegar a la cisterna y son debido a ello largos (por lo menos 800 g).
lío siempre el conducto de una glándula desemboca por aislado en la
cisterna, sino que es frecuente, sobre todo en el extremo craneal de
ésta, que varios se reúnan paulatinamente, constituyendo una parte
terminal común (fig. 6). Los conductos son siempre delgados, y su hueco
alcanza apenas a 15 hasta 20 \>. de diámetro. Su diámetro total oscila al-
rededor de 100 ¡i, pero hay muchos en que no llega a más de 40 ¡a, sien-
do en este caso el hueco apenas perceptible. Su pared es, eu los cortes,
siempre obscura y está constituida en su parte terminal por el mismo
epitelio pavimentoso compuesto, incluso su estrato córneo, que también
tapiza la cisterna. Mientras los conductos aún se hallan dentro del hue-
so, el epitelio compuesto es substituido por otro, también pavimentoso,
pero simple, y constituido por células muy pequeñas. El conducto con-
serva esta estructura en todo su trayecto fuera del cuerpo glandular. So-
bre este trecho el hueco del conducto, de unos 20 de diámetro interno,
está rodeado en el corte transversal por unas 4 ó 5 células de cada lado.
Una vez dentro del cuerpo glandular general, el conducto de cada glándu-
la se ensancha repentinamente, para formar su cavidad central, de la que
recién toman origen los túbulos secretores. En la misma glándula a que se
refieren las medidas arriba mencionadas, la cavidad central tiene apro-
ximadamente unos 150 ¡;, de diámetro; no es posible determinar esta me-
dida con exactitud, por no estar delimitados netamente los túbulos se-
cretores con respecto a la cavidad. El origen délos túbulos y su relación
con la cavidad central pueden observarse con mayor facilidad en el re-
cién nacido que en el adulto (fig. 28 a). La cavidad central está tapizada
por un epitelio de células grandes. En la glándula mencionada encon-
tramos inmediatamente antes de estrecharse la cavidad para dar salida
al conducto, siete células de cada lado sobre un ancho de 55 ¡a. Las cé-
lulas del epitelio de los túbulos secretores son aún de diámetro mayor.
Los túbulos (pie toman su origen en la. cavidad central, so ramifican a su
vez, podiendo tomar origen de uno cuyo diámetro interior es de 85 ¡a
— 222
otros de sólo la mitad de anelio, y aúu de un ancho menor, hasta de 35 g.
De ahí que sobre los cortes se encuentren tubos de muy distinta mag-
nitud. Todos los túbulos de algunas glándulas aparecen más bien an-
chos, los de otras más bien angostos, pero siempre su hueco es muy es.
pacioso en comparación con el espesor de su pared. Los túbulos están
cubiertos hacia afuera por una capa simple de células musculares lisas
con núcleos largos y delgados (lo a 20 de largo), indicación de su ca-
rácter de glándulas sudoríparas.
Los túbulos (fig. 9 a 11) están, en general, tapizados por un epitelio
pavimentoso, cuyas células poligonales tienen de 10 a 13 ¡;. de diámetro,
y 5 ¡;. de alto. En algunas partes las células están más cerradas las unas
contra las otras y son algo más altas. Sus núcleos, unas veces más re-
dondeados, otras más ovalados con 5,5 a 7 ¡j. por 7 a 9 \j. de diámetro, to-
man por la hematoxilina Delafield casi siempre un tinte violáceo gene-
ral; después de tratados los cortes (por la glándula que no había entra-
do en función) con la hematoxilina férrica, siempre eran netos los granos
de eromatina.
En los núcleos, se hallan con frecuencia vacuolas claras, de las que
as más pequeñas apenas alcanzan al p, de diámetro, mientras las más
grandes ocupan por completo el núcleo, el cual aparece entonces como
una vesícula delimitada por un fuerte borde obscuro (fig. 9, 9a y 96). Una
parte de la pared es más delgada que la otra, y en algunas partes gra-
nos obscuros hacen prominencia en el hueco de la vesícula. Los granos
y el borde están formados, probablemente, por la eromatina apretada
por el contenido de la vacuola contra la membrana nuclear. Comparados
con los núcleos normales los vesiculares pueden aumentar de volumen,
legando atener 10 |¿y aún más de diámetro. Entre ellos y los núcleos
con pequeñísimas vacuolas, existen todos los estadios de transición. Los
núcleos degenerados no se encuentran en todas las regiones de las glán-
dulas. En preparados propicios, sobre todo en las paredes de túbulos
vistos de lado o cortados tangencialmente, se observa a veces áreas
bastante considerables cuyos núcleos son todos vacuolosos y aproxi-
madamente del mismo volumen, llegando el número de los que se ha-
llan juntos, a veces a varias docenas. Pero también es frecuente encontrar
núcleos muy inflados entremezclados con otros con vacuolas pequeñas y
hasta sin ellas, siendo posible seguir en estos casos la transformación
del núcleo paso a paso en una región muy limitada de un túbulo. Tam-
bién se hallan con frecuencia núcleos, cuyo tamaño no es mayor que el
de los normales y que, sin embargo, están ocupados por una sola vacuo-
la, la que ha apretado toda la substancia cromática del núcleo hacia su
pared. Parece probable que la vacuola del núcleo haya contenido en el
vivo una gota de secreción formada dentro del mismo y que ha sido ex-
traída por el tratamiento.
223 —
Es probable que los núcleos, una vez que se baya formado en ellos una
cantidad de secreción suficiente, caigan en el hueco de los lóbulos, de-
generando las células, pues en muchas regiones se hallan dentro de esos
huecos, numerosas vesículas del mismo aspecto que los núcleos de de-
generación vacuolosa. Son ellas transparentes, de pared muy neta y del
gada, a la que están acolados un número mayor o menor de granos de
substancia cromática. El tamaño de las mayores coincide con el de los
grandes núcleos vesiculares dentro de las células, pero las hay también
más pequeñas, del tamaño de los núcleos comunes y aún mucho más
chicas (fig. 10); lo que indica la posibilidad de que, una vez en el hueco
del túbulo, pueden perder de a poco su secreción, contrayéndose en-
tonces la membrana nuclear. Hallándose entre estos cuerpos vesicula-
res más pequeños que los núcleos normales y los grandes con mucha
frecuencia todos los estadios de transición y existiendo entre las vesí-
culas medianas y grandes, libres dentro del hueco tubular por un lado
y ios núcleos de degeneración vacuolosa, por el otro, la mayor semejan-
za, sean ellos de volumen normal o aumentado me parece seguro, que to-
das las mencionadas vesículas libres son, en efecto, núcleos degenerados.
Aunque en general se encuentren estas vesículas en pequeños gru-
pos, nunca existen en masas tan compactas que llenen completamen-
te el hueco de los tribuios, como las esferas formadas por secreción
cupuliforme; en cambio, el número de tribuios en que se hallan es más
considerable que el en que se encuentran éstas. De vez en cuando
existe entre las vesículas descritas, una que otra muy grande, de pa-
red sumamente delgada y en parte rota y deformada; es probable que
sea el resto de uno de los núcleos que fué extendido al máximo antes
de evacuar su contenido.
Siempre los núcleos degenerados dentro del hueco de los tríbulos están
rodeados por un coágulo de estructura filoso- granular (fi g. 10) que con fre-
cuencia adopta la configuración de una red de mallas irregulares. Es pro-
bable que sea el producto de secreción de los núcleos rotos, mezclados a
partículas protoplasmáticas de las células a que pertenecían y a restos de
las mismas membranas nucleares, trozos de las que aún pueden identifi-
carse por su forma.
En los tríbulos de ciertas regiones pudieron observarse muy buenos
ejemplos de la «secreción cupuliforine », parecidos a los figurados por
Brinkmann (1909) de las glándulas axilares délos antropoideos y por
Johnson (1914, fig. 8 y 9) de las laterales de los sondaos. Especialmen-
te cortes de la glándula, que aparentemente no había producido secre-
ción antes de la muerte del animal (355) y que fueron tratados con he-
matoxilina férrica dieron al respecto imágenes muy claras. En todo el
corte por el túbulo, o en gran parte de él, las células de su epitelio son
cilindricas (p. e. de unos 12 ¡j. de alto por 5 ¡x de ancho) con el núcleo en
— 224
la base, sobresaliendo como las dos terceras partes del cuerpo celular
libremente en el hueco del tííbulo (fig. 11 y 11 a). El núcleo puede ya ser
obscuro con red cromática neta, o bien estar modificado en forma alveolar,
como fue descrito en el párrafo anterior. Cada célula se halla aislada, se-
parada de sus vecinas por un espacio neto. Su extremo libre es con fre-
cuencia abultado o forma lobopodios irregulares. En el cuerpo celular
se encuentran Vacuolas, las (pie se hacen más frecuentes hacia el extremo
libre (fig. 1 1 a) ocupado a menudo por una gran vacuola única, delimitada
poruña capa delgadísima de protoplasma. La vacuola es, en general, más
grande que el diámetro celular, y a veces parece estar adherida al cuer-
po de la célula como un globo de jabón. Hasta se observa en casos ais-
lados, que la vacuola, y un poco de plasma que le está adherido del ex-
tremo basal, sólo quedan unidos a la célula por medio de un delgado
hilo, y en caso de romperse éste, la vacuola con su resto protoplasmá-
tico caería en el hueco del tábido. Esto, en efecto debe suceder normal-
mente (fig. 11 ó), pues con frecuencia hállase el hueco del tillado realmen-
te abarrotado por esferas huecas de unos 7 ¡;, de diámetro, a las que se
halla adherido un pequeño nodulo de protoplasma y (pie son del mayor
parecido con las partes ensanchadas que forman los extremos de las cé-
lulas. Es casi característico que si un tábido contiene de estas vesículas,
ellas se hallan siempre en grandes cantidades, llenando por completo su
hueco y no en número relativamente pequeño, como sucede con los nú-
cleos degenerados. Tanto la pared de la vesícula, como el nodulo que le
está adherido, sólo toma el colorante plasmático, mientras ni la hemato-
xilina Delaficld ni la férrica los tiñen.
Resulta de estas observaciones que, además del coágulo arriba men-
cionado, se hallan en el hueco de los tábidos :
a) Núcleos degenerados en forma alveolar;
b) Esferas protoplasmáticas huecas, producidas por «secreción cupu-
1 i forme ».
Por su frecuencia, ambos productos deben ser formaciones normales
en la secreción de las glándulas principales de 1). villosns, las que, aun-
que glándulas sudoríparas transformadas, producen una secreción por
degeneración de sus células, como es conocido para varias otras grandes
glándulas cutáneas del tipo tubular. Eo disponiendo de la literatura ne-
cesaria, no puedo asegurar si la elaboración de productos de secreción
dentro del núcleo mismo, como parece tener lugar en />. viUosux , ya finé
señalada para glándulas de esta naturaleza.
Por ahora no es posible indicar si ambos fenómenos son fases distin-
tas producidas por una misma célula, o si no tienen mayor relación en-
tre sí, aunque se efectúen en tábidos de una misma glándula.
225
EMBRIOLOGÍA
Embrión 326 (largo total, vértice-coxis, 33 inm. ; largo déla cabeza 15
mili.; fig. 12). — Solamente las cisternas de ambas glándulas pelvianas
están esbozadas en este embrión y constituyen abolladuras muy poco
profundas, visibles en el total sólo con iluminación muy oblicua. El diá-
metro transversal de la cisterna anterior, que es la más grande y neta,
es de 400 \i. De cortes transversales resulta que su epitelio dermal
alcanza el doble espesor de el de los alrededores, lo que es debido a que
su estrato inferior se vuelve cilindrico y que encima de éste se bailan 3
a 4 capas de células pavimentosas, en lugar de una sola. Las células del
tejido conjuntivo debajo déla cisterna forman una aglomeración de unos
170 ¡i de espesor, más o menos, parecida a la que se baila debajo del lla-
mado «botón» del esbozo de la escama (Fernández 1921-22).
Embrión 259 y 330 (259 : largo total, vértice-coxis, 40 mm. ; largo de la
cabeza 20 mm. ; 330 : largo total, vértice-coxis, 45 mm. ; largo de la cabeza
20 mm.; fig. 13). — En ambos embriones las abolladuras que constituyen
los esbozos de las cisternas se lian ahondado. Aún parecen estar situa-
das, como en el embrión anterior, entre dos hileras consecutivas de esca-
mas, exactamente delante del «listón» de la escama mediana de la
hilera caudal, siendo aquélla más corta que las vecinas, y llegando su
extremo anterior hasta el límite caudal de la cisterna (véase Fernández,
1922). La pared anterior y las laterales de la cavidad parecen haberse
levantado algo en forma de rodete.
De cortes transversales resulta que el fondo déla cisterna se levanta
imperceptiblemente hacia caudal hasta, continuarse en la superficie del
cuerpo, mientras hacia craneal es siempre de mayor profundidad, levan-
tándose aquí su pared en forma abrupta. En el embrión 330 la cisterna
anterior, que es la mayor, se extiende en dirección cráneo-caudal sobre
unos 550 \j. del largo, llegando a tener en su extremo craneal una profun-
didad de 190 [j. sobre un ancho de 400 ¡a, mientras su anchura alcanza en
los cortes más caudales por ella hasta G00 g.
El epitelio de Ja cisterna aumenta en espesor hacia craneal, llegando
en el extremo anterior del fondo a unos 50 ¡;, de alto, de los que 15 ;j. per-
tenecen a la hilera basal de células cilindricas. Siguen a ella algunas
capas poco netas de células irregulares y sólo la más superficial es pavi-
mentosa. Hacia los lados y caudal el epitelio se continúa en el de las
bandas aparentemente no pertenecientes a escamas, que aún existen
entre cada dos hileras de éstas. Sólo tiene la mitad del espesor del de la
cisterna.
En la capa celular inferior de la cisterna, en parte también en la que
REV. MUS. LA PLATA.
T. XXVI
10
226 —
le sigue, las niitosis son más frecuentes que en la epidermis común.
Las células del cutis forman debajo y alrededor del esbozo de la cis-
terna una zona de unos ICO ¡j. de espesor, en la que las células vecinas
al epitelio están algo menos apretadas las unas contra las otras «pie en
las más alejadas. Inmediatamente delante del extremo craneal, la zona
llega a su espesor máximo.
Embrión 258 (largo total, vértice-coxis, 48 min.; largo de la cabeza 22
min.; flg. 14). — Los esbozos de las cisternas se lian hecho más profun-
dos y difieren además de los anteriores en que su extremo craneal
comienza a formar un saco ciego, aún muy poco pronunciado, pues su
hueco sólo se halla en la cisterna caudal en 2 cortes (45 ¡;.), en la craneal en
4 a 5 (90-110 ¡a, íig. 14). Faltan aún por completo los esbozos glandulares.
En la figura de conjunto (véase Fernández, 1922) se observa que el
extremo craneal del « listón » perteneciente a la escama detrás de la cis-
terna craneal, llega hasta dentro de la parte caudal de ésta, lo que com-
prueban los cortes.
Embrión 344 (largo total, vértice-coxis, 63 mm.¡ largo de la cabeza 27
mm. ; fig. 15 a 18). — Ya en el estadio anterior (258) las partes de las
escamas situadas hacia craneal del área media (listón) comenzaban a
aparecer, y debido a ello las aperturas glandulares no aparentaban estar
ya en la zona libre entre dos hileras de escamas como en los embriones
anteriores, sino que no puede caber duda que se hallan dentro de una
única escama, cuyo listón delimita a cada una de ellas por el lado cau-
dal. Pero esta ubicación no era aún tan fácil de distinguir como en el
estadio 344, más adelantado al respecto. La parte craneal de la escama
es ahora perfectamente neta y bien delimitada, habiéndose formado en
las zonas que antes parecían libres las áreas anteriores de las escamas
de la hilera que le sigue hacia caudal. De ahí que ahora los agujeros de
las glándulas pelvianas se hallen, como en el adulto, dentro de una esca-
ma, y no delante de su extremo craneal, como antes parecían estar.
Existen en este embrión tres esbozos de glándulas pelvianas, es decir,
tres cisternas, de las que la del medio es la mayor. Ellas constituyen,
como en los embriones anteriores, fosas anchas y abiertas, cuyo fondo
se levanta poco a poco hacia caudal, mientras la pared craneal es casi
perpendicular. La profundidad máxima es para la primera de 350 ja ;
420 {). para la segunda y sólo 250 ¡j. para la tercera.
El epitelio del fondo y de los lados (fig. 16 y 18) de las cisternas es
muy grueso; unos 80 ¡a para la primera y tercera, 100 ¡a para la segunda.
El número de sus capas celulares lia aumentado mucho; siguen a la capa
basal de células cilindricas por lo menos 8 capas irregulares, más y más
chatas hacia la superficie. A partir de la segunda hilera de abajo, más o
227 —
menos, los límites celulares son líneas muy netas, y en las capas más
superficiales las células se vuelven pavimentosas, no siendo fácil distin-
guir ni a ellas ni a sus núcleos.
Hacia los lados este epitelio grueso sólo, alcanza hasta una zona lon-
gitudinal, en la que brotan los esbozos de las glándulas sebáceas solita-
rias, y fuera de la que el epitelio es delgado, llegando a tener sobre el
borde de las cisternas un espesor menor que el que posee en la superfi-
cie del cuerpo.
Los esbozos de las glándulas sebáceas solitarias están situados, como
acabo de mencionar, de cada lado a lo largo de una línea longitudinal,
que coincide con el límite entre el epitelio grueso y el delgado. Cons-
tituyen en las tres glándulas un escaso número de protuberancias délas
capas profundas de la epidermis hacia el tejido conjuntivo, de disposi-
ción perfectamente simétrica. El par más caudal está ubicado muy atrás,
donde la cisterna es apenas perceptible, y tiene mucho parecido con los
esbozos délos pelos o glándulas sebáceas de las placas comunes del mis-
mo estadio, solamente que es algo más pequeño (85 ¡a de ancho en su
base, sobre 50 p. de alto). Sus núcleos son, en parte, algo más coloreados
y más comprimidos que los de aquéllas. Los pares más craneales son
más prominentes; así el segundo de la cisterna más craneal posee en su
base un ancho de 85 ¡a y un alto igual (figura 10) el tercero (siempre par-
tiendo del lado caudal) tiene más o menos las mismas dimensiones; el
par más craneal es más pequeño, pero sus medidas no pueden tomarse
con exactitud.
.En todas las cisternas los dos esbozos del medio (en la craneal el* se-
gundo y el tercero fig. 16) están muy juntos, el uno inmediatamente
sobre el otro, como si se hubieran formado de un esbozo común.
Creo que no se cometerá error, al considerar a estos esbozos como homó-
logos a los esbozos pilíficos que se hallan en las escamas comunes al re-
dedor del área media en el punto de arranque de los surcos entre las
áreas externas. Concuerda con esta suposición que en las tres escamas
con cisterna se halla caudal a ésta, pero aun sobre la escama, otro par de
esbozos pilíficos más, el más caudal de los gérmenes entre el area media
y las externas.
Si comparamos la posición de los esbozos con la de las glándulas se-
báceas solitarias de la cisterna en el adulto, resulta que deben ser las
mismas formaciones : son, pues, los gérmenes pilíficos de los que éstas to-
marán su origen.
Si la derivación de las glándulas sebáceas solitarias de determinados
pelos puede considerarse asegurada ya por el estudio de este embrión,
en cambio no es posible dilucidar, por los datos que él nos ofrece, el ori-
gen do las «glándulas principales». Ellas so presentan en este estadio en
la forma siguiente : el epitelio del extremo craneal de cada una de las cis-
— 228 —
ternas forma (fig. 15 y 17), como ya estaba indicado en el embrión anterior,
pro! iterando con mayor intensidad, un saco ciego corto, dirigido Inicia
craneal y obliterado por completo por células de la epidermis. Este saco
es asimétrico en las tres cisternas, extendiéndose más Inicia un costado.
El saco ciego de la cisterna más craneal y el de la más caudal se divi-
den inmediatamente en dos esbozos situados el uno en posición dorsal
con respecto al otro, continuándose ambos sobre 4 a 5 cortes más, (90-
110 ¡x ; (fig. 15). Son achatados en sentido dorso-ventral y la capa de sus
células germinativas toma la liematoxilina con mayor intensidad que La
del epitelio de la cisterna. Las células de su interior están muy apreta-
das las unas contra las otras, sin que sus límites sean netos; sus
núcleos son obscuros. Este aspecto del epitelio indica que no se que-
ra tinizará como el de las cisternas, sino que permanecerá vivo. Re-
sulta además de la comparación con la segunda glándula pelviana más
desarrollada del mismo individuo (véase abajo) y con el estadio siguiente,
que de estos esbozos achatados proliferarán las glándulas principales.
Además, en los cantos más laterales de la cisterna, más o menos desde el
punto de partida de los dos sacos ciegos aeliatados basta el par más
craneal de las glándulas sebáceas solitarias la capa germinativa del epi-
telio está constituida por células obscuras, dispuestas muy juntas las
unas contra las otras, las que en algunas partes hacen prominencia ha-
cia el tejido conjuntivo, como si fueran estadios muy tempranos de glán-
dulas en formación.
La segunda glándula pelviana es no sólo más grande, sino también
más adelantada en su desarrollo que 3a primera y tercera.
También ella forma en su extremo craneal un saco ciego (fig. 17) que
existe sobre 8 a 9 cortes (180-200 ) y tiene en su base una anchura de
550 y una altura de sólo 150 ¡x. Su estructura es la misma que la de la
cisterna. Arrancan de ésta (fig. 17 y 18), tanto hacia lateral como hacia
dorsal y ventral, pero ante todo hacia craneal, evaginaciones, unas más
largas, otras más cortas, que considero como esbozos de glándulas prin-
cipales o quizá sólo como piezas terminales comunes de las que recién
más tarde tomarán su origen varias glándulas principales a la vez. Del
saco ciego salen 7 de estas evaginaciones, pero se las encuentra tam-
bién más hacia caudal en la región media de la cisterna-, allí donde ésta
ya es grande (fig. 18). Tienen en esta región casi siempre dirección late-
ral. Las mayores alcanzan un largo de unos 200 ¡x, sobre 70 \¡. de ancho.
En su base encuéntrase a menudo una pequeña protuberancia de las
capas básales de la epidermis en forma de botón, la que puede ser un
estadio temprano del esbozo de una glándula principal o quizá la de una
glándula sebácea accesoria, o con mayor exactitud, del pelo del que ésta
tomará su origen. Protuberancias de esta índole, sean ellas más peque-
ñas o más grandes, se forman también directamente de la cisterna.
229
El epitelio ele todos estos esbozos se colorea fuertemente y es parecido
al de los dos sacos ciegos achatados del extremo craneal de las dos otras
cisternas. Su capa basal (germinativa) es más bien cúbica (8 \i de alto) y
las células de las capas siguientes no constituyen masas compactas, sino
más bien flojas, faltando entre ellas límites celulares marcados. Sus nú-
cleos son muy obscuros.
Resulta de las observaciones que anteceden, que las glándulas princi-
pales brotan de la región craneal, en parte también de los lados de la
cisterna, pero no del extremo caudal.
Aunque los primeros estadios de las glándulas principales, mientras
constituyen sólo pequeños botones epiteliales, no pueden distinguirse
con seguridad de esbozos pilíficos, sin embargo, no existen ya semejan-
zas entre unos y otros una vez que comienzen a crecer en longitud (como
los niás adelantadas de este embrión).
El estadio descrito (344) difiere del siguiente en que en las glándulas
principales aún falta la diferenciación en conducto y tribuios secretores,
y que los esbozos son aún sólidos, sin huecos. Tampoco forma el tejido
conjuntivo alrededor del total de los esbozos de las glándulas una cáp-
sula bien delimitada.
Embrión 338 (largo total, vértice-coxis, 72 inm. ; largo de la cabeza 32
inm.; fig. 19 a 22). — De las dos glándulas pelvianas de este embrión la
caudal es mucho más grande, y en lo que atañe el desarrollo de las glán-
dulas principales también más avanzada que la craneal.
Como en el embrión anterior el fondo de ambas cisternas se levanta
hacia caudal poco a poco hasta la superficie, mientras su pared anterior
es casi perpendicular, pero el hueco de las cisternas es muy reducido en
comparación con sus gruesas paredes. Sólo la pared ventral y las latera-
les hasta el punto de arranque de las glándulas sebáceas solitarias son
gruesas, mientras los bordes laterales son delgados. En estos últimos el
epitelio no alcanza sino a 50 y. de espesor, mientras la pared ventral
llega en su parte craneal a 180 ¡a, adelgazándose paulatinamente hacia
caudal a medida que la cisterna se hace menos profunda. Debido a la
gran diferencia en el espesor del epitelio, la región del cuello de la cis-
terna está bien diferenciada con respecto a su fondo.
Dentro del cutis, inmediatamente debajo del epitelio de las cisternas
y en parte también entre las células de la capa basal del mismo están de-
positados escasos granulos de pigmento parecidos a los del epitelio de las
escamas. En las capas medias del epitelio grueso se hallan a veces pe-
queñas perlas, formadas por células «algo qneratinizadas, alrededor de las
que las células se ordenan en forma concéntrica. Perlas parecidas se
hallan también de vez en cuando sobre los esbozos pilíficos de las esca-
mas comunes. Las capas superficiales del epitelio de la cisterna están ya
230
muy adelantadas en su queratinización. Las más externas se lian levan-
tado llenando en parte el hueco de la cavidad. El epitelio está por lo
tanto mucho más queratinizado que el de las escamas del mismo em-
brión. (Véase Fernández, 1922).
El saco ciego craneal, completamente ocupado por las células de su
epitelio, está muy desarrollado en ambas cisternas y dirigido tanto en la
una como en la otra en forma muy asimétrica hacia la derecha (iig. 21 ). Es
posible que ello dependa de la posición de las escamas que llevan estas
cavidades, las que no están situadas en la línea media, sino bastante a la
izquierda. De ahí que, dirigiéndose los sacos ciegos hacia la derecha,
sus extremos craneales y el cuerpo glandular lleguen a ocupar aproxi-
madamente su posición normal en la línea media.
Glándulas sebáceas solitarias. — De la cisterna salen de cada lado cerca
del límite entre el epitelio grueso y el delgado 4 esbozos en la glándula
anterior y 7 en la posterior, los que son muy parecidos a pelos en forma
ción, y que por su posición deben considerarse como pelos de los que
luego tomarán su origen las glándulas sebáceas solitarias. En la cister-
na posterior se halla además hacia el fondo y detrás del tercer esbozo
de la izquierda otro igual. En ambas cisternas los esbozos están dispues-
tos (menos el recién mencionado) de manera perfectamente simétrica, en
pares, abriéndose el par más craneal del lado dorsal en el saco ciego
craneal (fig. 20). Hacia caudal de la cisterna se hallan aún sobre la mis-
ma escama de la glándula pelviana otros tres esbozos pilílicos, primero
uno sobre el lado derecho y luego otro par más.
Los tres esbozos pilíficos recién mencionados son cilindricos y en el
par más caudal se encuentran ya esbozadas las glándulas sebáceas a
igual de lo que sucede en el último par de las escamas vecinas. Los es-
bozos en el interior de la cisterna también se hallan en el mismo estadio
como los de las escamas comunes, pero con frecuencia no son cilindricos
sino piriformes (por ejem. uno de 120 ¡j. de largo y de 70 \j. de ancho en su
extremo cerrado es en su base sólo de la mitad de ese ancho). En nin-
guno de ellos está esbozada una glándula sebácea y por lo tanto son al
respecto menos desarrollados' que el par más caudal déla escama. (Tam-
bién en las escamas vecinas los esbozos de glándulas sebáceas faltan aún
en todos los pelos). En cambio los esbozos pilíficos más caudales dentro
de la cisterna están más desarrollados (pie los que se hallan fuera de ella
por tener en su extremo cerrado una hendidura, es decir, una papila,
pilífera en formación. Ésta falta a los esbozos más craneales de la cis-
terna, los que, como en las escamas comunes en general, están menos
desarrollados que los caudales.
En todos los gérmenes pilíficos el pigmento se halla fuertemente aglo-
merado en su extremo libre.
Además de estos esbozos típicos se hallan en la cisterna craneal del
— 231
lado izquierdo, cerca de la entrada, dos grandes gérmenes chatos en
forma de botón, (150 ¡;. de ancho sobre sólo 80 g de alto). Por su posición
podrían considerarse también ellos como pelos productores de glándulas
sebáceas solitarias que, sin embargo, no habrían alcanzado el mismo
grado de desarrollo de las otras.
Existen muy pocos esbozos que podrían considerarse como correspon-
dientes a glándulas sebáceas accesorias (o a pelos de los que éstas toma-
rán su origen) :
Io En el fondo de la cisterna caudal se halla un esbozo piriforme del
mismo aspecto que un pelo, pero sólo de 80 \j. de largo sobre 70 ¡j. de
ancho máximo ;
2o Acolada al esbozo de una glándula principal que se abre muy su-
perficialmente del lado izquierdo en la cisterna caudal se. halla una pe-
queña evaginación (70 de largo por 40 g de ancho), la que sin duda al-
guna es un germen pilífico (fig. 21). Otros pequeños gérmenes pareci-
dos, pero nunca tan netos, so notan en los puntos de partida de varias
otras glándulas principales. Como en el recién nacido y en el adulto las
glándulas sebáceas accesorias se encuentran con frecuencia en esta
misma posición con respecto a las principales, creo que su interpretación
como tales es bastante segura.
Glándulas principales. — Parten de la cisterna craneal 10, de la caudal
30 tubos relativamente largos y que se ramifican aún más por brotación.
No es posible indicar su número con precisión, pues no siempre los lími-
tes entre la cavidad y los esbozos que toman su origen de ella son netos,
siendo por lo tanto más de una vez dudoso qué parte debe considerarse
como tubo glandular primario y cuáles como tubos secundarios brotados
de él. También en el adulto es frecuente, que varios conductos de glán-
dulas principales parten de la cisterna por una pequeña evaginación co-
mún. Además existen en ambas cisternas muchas pequeñas evaginacio-
nes en forma de botón, que considero como primeros indicios de glándu-
las de la misma clase.
Correspondiendo a su asimetría, salen del lado izquierdo de las cister-
nas en este embrión sólo escasos esbozos, y se forman la mayoría de ellos
en el extremo craneal, y las demás del lado derecho del saco ciego sóli-
do arriba mencionado.
En esbozos bien desarrollados de las glándulas principales puede dis-
tinguirse en general un conducto más delgado (50 g) y una parte termi-
nal ensanchada (fig. 20 y 21). Ambas partes están formadas por una capa
externa y una masa laxa de células que ocupan el interior, y cuyos nú-
cleos son algo más pequeños y obscuros.
En el conducto hállase, pero no siempre, un hueco de unos 5 ¡j. de diá-
metro (fig. 19), y en este caso, también las células de la masa interna
adoptan una disposición epitelial.
232
Las partes terminales no son piriformes como las de los pelos, sino
que deben su aumento de volumen a la fuerte proliferación de tú bu-
los glandulares producida en ellas (fig. 19-22). Mientras estos tábidos
secundarios no hayan alcanzado cierto tamaño, las partes terminales
ofrecen un aspecto verrugoso irregular. Sin embargo la brotación de nue-
vos tábidos no se efectúa sólo en la parte terminal, sino también en el
conducto del esbozo glandular, aunque con poca frecuencia.
En los tábidos secundarios, por lo general aún cortos, se distinguen
las mismas capas de células que en los primarios. El pigmento es en las
partes terminales de las glándulas principales muy escaso, o lo que es
más frecuente, falta por completo; debido a este carácter resulta relati-
vamente fácil el distinguirlas de los esbozos de pelos siempre fuerte-
mente pigmentados.
Habiendo el tejido conjuntivo, que rodea la mayor parte de los tubos
glandulares, adoptado un color más claro y una estructura menos densa
que el resto del cutis, el cuerpo glandular (íig. 19) de este estadio está
ya bien delimitado. Es sobre todo grande en la glándula caudal, donde
se extiende hacia craneal sobre 350 g más que la cavidad colectora.
.. Recién nacido (cf, largo total, vértice- coxis, 90 mm. ; largo de la cabe-
za 40 mm.pfig. 23 a 28 a). — Las cisternas del individuo estudiado (exis-
ten dos de ellas) difieren de las del estadio anterior principalmente por
ser su saco ciego hueco y de mayor volumen, extendiéndose en la glán-
dula craneal sobre 500 g, en la caudal sobre 380. En el extremo caudal
falta aún en ambas cisternas un saco ciego, siempre existente en el adul-
to (fig. 4) y el fondo de la cisterna se levanta, como en los estadios
hasta ahora estudiados poco a poco al nivel de la superficie del cuerpo.
Lo mismo puede verse en los cortes longitudinales de Pocock (1913). En
cortes transversales existe una neta región del cuello, pues el fondo de
la cavidad es mucho más ancho que la entrada (fig. 28).
Como hasta ahora, el epitelio del fondo es más grueso que el del cue-
llo, no alcanzando éste más de 50 \¡. de alto, mientras aquél llega a 120 g
y más, sin contar las capas córneas que están separándose de él; más o
menos la mitad de su espesor corresponde a la capa basa! de altas y
muy delgadas células cilindricas, cuyos núcleos o son ovales y están
situados entonces más hacia el hueco, o son largos y delgados, hallán-
dose entonces en una posición más basal.
Los células cilindricas muy altas son características parala capa basal
déla cisterna; en cambio en los esbozos pilíficos y en los ductos secreto-
res de las glándulas principales, aquella capa está formada por células
mucho más bajas con núcleos fuertemente coloreados. Tampoco las cé
luías de la capa correspondiente de las escamas alcanzan una altura y
delgadez comparables a las de la cavidad colectora. En la base del epi-
233
telio existe un pigmento algo más abundante que en el embrión anterior,
pero nunca lie visto cantidades tan considerables de él como las dibuja-
das por Pocoek.
En el hueco de las cisternas hállase una capa queratinizada, formada
ya por muchas lámelas que se han separado del epitelio. lío sólo ha dis-
minuido el alto absoluto del epitelio, con excepción del de la parte del
cuello, sino que también el número de las capas celulares que lo com-
ponen es menor que en el embrión anterior. Como además el hueco de
las cisternas ha aumentado mucho en volumen, comparado con el del
estadio 338, sobre todo por el crecimiento del saco ciego craneal, es
probable que el proceso de queratinización, ya comenzado en aquel em-
brión, se haya extendido sobre más capas celulares sin formarse un nú-
mero correspondiente de capas nuevas. El aumento de volumen del hueco
de las cisternas y del saco ciego craneal será debido, por lo menos en gran
parte, a la degeneración do las capas celulares que lo rodean.
La disposición y extractara de las glándulas coincide en ambos esbozos,
sólo que en el craneal, que es ehn ás grande, también su número es mayor.
Daré sólo una descripción detallada de las glándulas del esbozo craneal.
Glándulas principales. •— Debido al estado adelantado en que se hallan
las glándulas principales y su gran número, ya existe un « cuerpo glan-
dular» compacto que rodea a la cisterna en forma de herradura por su
extremo craneal y por los lados (fig. 23 y 25). Las glándulas principales
ludíanse en dirección craneo-caudal sobre 3,3 mm. de los que 1,5 mm.
están delante de la cisterna formando la parte central del cuerpo glan-
dular. Este tiene un espesor de 550 ¡¿, mientras el ancho máximo de un
lado de la herradura al otro (cuerpo glandular -f- cisterna -j- cuerpo
glandular) es de 2,8 mm.
En total se abren en la cisterna 90 glándulas principales, de las que
30 en la parte delante de su apertura (es decir, en el saco ciego craneal).
El cuerpo glandular está compuesto por todas las glándulas que desem-
bocan en la cisterna del lado craneal o de los lados, mientras que las que
se hallan sobre su cara ventral, quedan aisladas, no tomando parto en la
formación del cuerpo.
En las glándulas que forman el cuerpo sigue al ducto glandular cuyo
hueco es angosto (5 a 10 ¡j.) una amplia cavidad central, que atraviesa todo
el ancho del cuerpo hasta su borde externo (lig. 28 a). Una de ellas, cortada
en dirección propicia, alcanza a más de 500 ¡;. de largo sobre 140 ¡j. de an-
cho. Salen de la cavidad central numerosas evaginaciones de diámetro
algo menor, que a su vez pueden volver a dividirse, pero cuyo hueco
también es ancho en comparación con el espesor de sus paredes. Los
sacos ciegos así formados son algo alargados y de forma irregular, pero
no largos y delgados canales arrollados como las glándulas sudoríparas
comunes.
234
Los d netos glandulares (fig. 27 y 28) están tapizados por un epitelio
del mismo carácter que el de la cisterna, el que, hacia el orificio, por el cual
desemboca en ésta, puede llevar capas córneas, mientras hacia la cavidad
central de la glándula misma, el número decapas disminuye hasta trans-
formarse casi repentinamente en su epitelio cilindrico.
Las paredes de la cavidad central (íig. 28 y 28 a) y de sus prolongaciones
poseen en general una estructura idéntica y están formadas por un epite-
lio cilindrico de unos 15 a 20 ¡j. de alto como término medio, con núcleos
esférico -oval es de 5 a G ¡x, ubicados cerca de la base. Hacia el extremo
libre de la célula sigue con frecuencia al núcleo una vacuola clara, que
ocupa como aquél todo el ancho de la célula, no llegando sin embargo has-
ta el borde libre de ésta, donde siempre subsiste una zona de protoplasmn
bien coloreada en la que pueden hallarse pequeñas vacuolas aisladas.
En general, un número considerable de células de este aspecto se hallan
unas al lado de las otras, siendo sus vacuolas sobre todo bien visibles
en cortes tangenciales por los sacos ciegos que salen de la cavidad cen-
tral de la glándula. De vez en cuando la vacuola puede llegar a ser muy
grande, adoptando entonces la célula un aspecto caliciforme con núcleo
comprimido. Puede finalmente quedar destruido el extremo libre de la
célula, como si la vacuola hubiera aumentado de volumen más y más,
hasta evacuar su contenido. Es de lamentar, que habiéndose fijado el
material recién algunas horas después de la muerte, no sea posible de-
terminar si las fases observadas corresponden a ciertos estadios de la
secreción o si son modificaciones postmortales.
Siempre en las regiones de este aspecto, pero también en otras, existe
en el hueco glandular un coágulo granuloso.
Los largos y delgados núcleos de las fibras musculares lisas son netas
en todas partes.
Las pequeñas glándulas principales (íig. 20 y 28) que se abren sobre
la cara ventral de la cisterna y que no toman parte en ¡a formación del
cuerpo glandular, recuerdan algo más la estructura de las glándulas
sudoríparas comunes. Su conducto se divide al llegar al límite entre
cutis y tejido adiposo subcutáneo, en varios cortos tábidos secretores, de
hueco casi tan angosto como el suyo propio, faltando por lo tanto la
amplia cavidad central.
Existen hacia lateral, es decir, hacia el borde interno de los lados del
cuerpo glandular, numerosas formas de transición entre ellas y las gran-
des glándulas que componen aquél.
Glándulas sebáceas solitarias (íig. 27). — Sobre la escama en que se.
abre la cisterna de la glándula pelviana craneal, existen en total cinco
pares de esbozos pilíficos muy adelantados, cuyas glándulas constituirán
las glándulas sebáceas solitarias del adulto.
Los cuatro pares craneales están ubicados en el cuello de la cisterna:
— 235 —
el primero, más craneal que la apertura de aquella, se abre en la pared
dorsal del saco ciego craneal ; el segundo par ocupa una posición lateral
con respecto a la apertura, mientras el cuarto se halla completamente so-
bre su borde caudal, allí donde la cisterna sólo está indicada. Pero una
vez que esta parte caudal comienzo a invaginarse en forma de saco ciego,
como siempre sucede en el adulto, es probable que también el orificio del
4o par, al igual del 2o y 3o, desemboque en el borde interno del cuello.
El 5° par se halla del todo caudal de la cisterna y es probable que las
glándulas que de él tomen su origen no se abrirán en aquélla. Es posible
que al igual del último pardo la placa glandular más craneal de la figu-
ra 1 lleguen a ocupar el mismo borde posterior de la apertura.
Todos estos esbozos se hallan en el mismo estadio que las glándulas
de las placas comunes de la región (véase Fernández, 1922), no estando
sus pelos propiamente dicho menos desarrollados que en éstas (fig. 27).
Es, sin embargo, posible que sus glándulas sean algo mayores : los lóbu-
bos del primer par están netamente separados los unos de los otros y
sus dimensiones son: unos 300 g de ancho, 350 \¡. de extensión craneo-
caudal y 120 \j. de diámetro dorso-ventral. Los esbozos de los otros pares
son aproximadamente del mismo tamaño, y sólo los del tercero algo más
chicos.
Las glándulas sebáceas solitarias de la cisterna se comportan pues
como las de las escamas comunes. Unas y otras son esbozos pilíficos,
cuyo pelo al principio alcanza un desarrollo completo, para desaparecer
luego en la vida postembrionaria. Sin embargo en ninguno de los esbo-
zos — excepción hecha del de la derecha del 5o par, que, como hemos
visto, se halla por completo fuera de la cavidad colectora — se observa
la formación de una glándula sudorípara.
También en las placas comunes existe una fuerte tendencia a la rudi-
mentación de las glándulas sudoríparas de las cavidades esféricas cra-
neales. Como ya he mencionado antes, las glándulas sebáceas solitarias
deben considerarse como los esbozos glandulares de la parte craneal de
las escamas medianas, las que, por la formación de la cisterna, han llega-
do a ocupar una posición más profunda. La falta en ellas de glándulas
sudoríparas cuadra, pues, perfectamente dentro de lo observado en las es-
camas comunes.
Glándulas sebáceas accesorias (fig. 2(3 y 28). — En la cisterna craneal
existen 33 esbozos, ubicados exclusivamente en el fondo, en parte hacia
sus bordes donde éstos se continúan en las paredes laterales, en parte
más hacia la línea media. Están, por lo tanto, ubicadas en dos hileras,
una más medial y otra más lateral, aunque ambas no sean netas. En
vista de su posición, no puede caber duda que de ellas se formarán las
glándulas sebáceas accesorias.
Constituyen estos esbozos evaginaciones mas o menos cilindricas, ra-
236 —
ras veces también piriformes, de la pared de la cisterna, y cayos extre-
mos cerrados, algo más gruesos y fuertemente pigmentados, están inva-
ginados. Ofrecen el aspecto de jóvenes esbozos pilíficost cpie se bailan,
en lo principal, en el mismo estadio, como los correspondientes a las glán-
dulas sebáceas solitarias del embrión anterior, aunque aparentemente
difieran algo de ellas, debido a la evolución mayor de la epidermis. La
papila pi tífica es muy estrecha en comparación con el ancho del esbozo
total.
Los esbozos craneales son menos desarrollados que los caudales. Mien-
tras aquéllos son sólidos, se halla en el eje de éstos una hilera de cé-
lulas de diferenciación especial, que constituye un estadio temprano del
pelo propiamente dicho. Este es especialmente neto en el esbozo más
caudal, que debido a ello y a la glándula sebácea muy grande, represen-
taría un estado intermedio entre las glándulas sebáceas solitarias y las
accesorias. En los gérmenes craneales aun falta un esbozo glandular, el
que casi siempre está desarrollado en los más caudales, apareciendo en
el vigésimo por primera vez.
Resulta de la descripción que antecede, que las glándulas sebáceas
accesorias se forman de esbozos pilíficos, que aparecen mucho más tarde
que los de las solitarias. Es posible que el verdadero pelo no llegue
nunca a un desarrollo tan avanzado como en éstas y hasta que en las
más craneales no llegue ni a esbozarse.
Las glándulas sebáceas accesorias de la mitad craneal de la cisterna
se hallan casi siempre aisladas, y sólo rara vez están al lado de la aper-
tura de una glándula principal. En cambio las más caudales se hallan
con mucha frecuencia en esta posición, y a veces una glándula está tan
cerca de la otra, que ambas poseen una apertura común (fig. 28). Existen
en este caso, unidas la una a la otra, las tres componentes típicas de un
esbozo pileal: pelo, glándula sebácea y glándula sudorípara, aunque
esta última esté algo modificada, y el primero sea rudimentario.
En aquellas glándulas principales, que no forman parte del cuerpo
glandular y se hallan sobre el lado ventral de la cisterna, la unión con
el esbozo pilífieo-sebáceo es especialmente fácil de notar.
Aunque en la parte craneal de la cisterna las glándulas principales
no se hallan unidas a aquellos esbozos, el comportamiento de las cauda-
les permite suponer que también para ellas haya existido una unión se-
mejante, la que sin embargo se ha perdido, debido al excesivo desarro-
llo y la modificación de la estructura de la glándula principal, que aquí
entra a formar parte del cuerpo glandular.
Como resulta del embrión 344, las glándulas principales y las sebá-
ceas solitarias aparecen más o menos en el mismo estadio. Existe, sin
embargo, un avance en cuanto a la aparición de las primeras, si se las
compara con las glándulas sudoríparas comunes; pues éstas no están
— 237
esbozadas ni en el embrión 338. Por el otro lado las glándulas sebáceas
accesorias que aparecen recién en estadios posteriores a 338, se hallan
en retardo con respecto a las sebáceas de las placas comunes. Es permi-
tido suponer que el primer fenómeno se deba al fuerte desarrollo de las
glándulas sudoríparas al transformarse en principales, el segundo al es-
tado rudimentario de las glándulas sebáceas accesorias, y que en ciertos
antepasados del peludo el pelo, la glándula sebácea y la glándula sudo-
rípara como antecesora de la principal, hayan constituido un conjunto.
El número mucho mayor de las glándulas principales comparadas con
el délas glándulas sebáceas accesorias, no contradice a esta suposición,
pues, como he podido probar, existe en los esbozos pilíflcos, délos que se
originan las glándulas sebáceas y sudoríparas de las cavidades esféricas
más caudales de las placas comunes, la tendencia de aumentar el núme-
ro de las glándulas sudoríparas originadas de un sólo esbozo. Así en una
placa (véase Fernández 1922) se hallaron en cada uno de las cuatro ca-
vidades posteriores 2 glándulas sudoríparas sobre una sebácea, y en el
par delante de éstas, 3 sudoríparas sobre una sebácea. El número de
glándulas sudoríparas es por lo tanto en estas cavidades de 2 a 3 veces
mayor que el de las sebáceas, proporción que no difiere de la existente
entre las glándulas principales y las sebáceas accesorias de la glándula
pelviana del recién nacido, (90 : 33) y poco del de la placa del adulto
arriba descrita. (95 : 20).
Como ya he hecho notar, las glándulas sebáceas solitarias son homo-
logas a las de igual clase que rodean en las escamas comunes la parte
craneal del área media, subsistiendo las caudales en las placas de las
glándulas pelvianas en igual forma como en las comunes.
Queda, sin embargo, por aclararla cuestión, si en las escamas comunes
existen pelos que puedan considerarse como homólogos a los que han
dado origen a las glándulas principales y alas sebáceas accesorias déla
cisterna.
No he hallado formaciones que podrían llenar este fin ; pues no se es-
bozan, como probaré en otro trabajo (1922), en las escamas de I). villo-
sus más ¡lelos que las cerdas del extremo caudal y los arriba menciona-
dos de que toman origen las glándulas entre las áreas.
No queda entonces otra alternativa que suponer que las glándulas
principales y las sebáceas accesorias, o mejor dicho los esbozos pilíflcos
de que toman su origen, son filogenétieamento formaciones nuevas, apa-
recidas más tarde que los demás pelos del animal. Sobre la forma, cómo
su adquisición pudo efectuarse, es quizá posible obtener datos por el es-
tudio de formas que como el quirquincho (1). vellerosus) y el piehi (I),
minutus) poseen apenas indicios de glándulas pelvianas.
238 —
II
Cavidades glandulares en el caparazón de Priodontes, Glyptodon
Hoplophorus y Doedicurus
En otro trabajo ya terminado, y que se publicará en el tomo subsi-
guiente de esta revista demostraré que los poros existentes en los surcos
que delimitan las distintas áreas de cada una de las placas del caparazón
de Dasypus villosus , se abren en cavidades esféricas dentro del hueso,
las que encierran glándulas sudoríparas y sebáceas muy grandes, ha-
biendo desaparecido en general los pelos que les corresponden. En unión
con los datos que anteceden, este resultado puede servir de base a una
interpretación bastante segura de las cavidades u orificios del caparazón
de varios otros desdentados recientes y fósiles.
Priodontes (fig. 30 a 32). — En el caparazón pelviano de Priodontes
encontró Lahille (1895), después de sacar las escamas córneas, unos «agu-
jeros pilíferos» muy grandes, no visibles en la coraza cubierta por las
escamas córneas. Dice al respecto : « Dans toute la région céntrale du
bouclier pelvien et jusqu’á la naissance de la queue, les trous piliféres
sont én orín es et forment de profundes capules disposées vérticalement
sur les ligues suturales. En alian t de la eroupe sur les cotés les trous
dcviennent de moins en moins grands et reprennent leur position liabi-
tuelle. Dans la portion posterieure du bouclier les échancrures des pla-
ques antérieures et laterales empiétant en arriére et sur les cotés des
plaques adjacentes, il en résulte que celles-ci ont une forme arrondie et
dentelée sur tout leur pourtour. »
He tenido ocasión de revisar el mismo caparazón que sirvió a Lahille
para sus investigaciones, y cuyo largo es de G0 a 05 centímetros y ade-
más otro de 70 centímetros de largo, correspondiendo ambos por tanto
a animales no del todo adultos, y agregaré a la descripción de Lahille
que las primeras grandes cavidades se encuentran sobre el borde caudal
de las placas mediales de la última banda libre, y las más caudales in-
mediatamente delante de la base de la cola. La región de las grandes ca-
vidades ocupa un área ovalada de unos 30 centímetros 1 de largo por 22
centímetros de ancho máximo, alcanzando este último en la 7a hilera de
placas del caparazón pelviano. Las placas que forman el área se distin-
guen de las demás por una porosidad algo mayor de su hueso. Mientras
en las placas craneales y laterales del área el número de las cavidades
no es aún mayor que el de los agujeros setígeros en las placas comunes
Midiendo su proyección sobre la horizontal sólo 25 centímetros.
239 —
del caparazón (fig. 31, a la derecha) su número aumenta hacia el centro
del óvalo, no hallándose entonces los agujeros sólo en los límites entre
dos hileras de placas, sino también entre dos placas de una misma hi-
lera (fig. 31 a la izquierda y tig. 30), llegando, a partir de la 7a hilera del
caparazón pelviano, a 12 el número de cavidades alrededor de una placa,
la (pie debido a ello toma el contorno dentado mencionado por Lahille.
Las cavidades son caliciformes, tienen unos 5 milímetros de diámetro
y una profundidad algo menor (3 a 4 mm). Solamente algunas perforan
por completo el caparazón, mientras que en general están cerradas del
lado ventral por una lámina ósea sumamente delgada, formada por la
parto basa! de las placas. En el centro de la cavidad esta lámina está in-
terrumpida por la sutura que separa las placas.
Lahille ya observó que las cavidades caliciformes se achican más y
más hacia los lados de las hileras, hasta transformarse en los agujeros
pilíferos o setígeros existentes en el borde posterior de todas las placas
comunes. No cabe ni la menor duda que aquellas son una simple modi-
ficación de éstos, pues se observan todos los estadios de transición entre
unos y otros (fig. 31).
En el caparazón intacto de Priodontes las escamas grandes de las ban-
das libres están rodeadas por los lados y por su extremo caudal por pe-
quefias escandías intercaladas; las primeras son delgadas y aproxima-
damente del mismo largo que las escamas grandes, las segundas son irre-
gulares. En el caparazón escapular y pelviano las eseamitas del borde
caudal de cada hilera separan a ésta de la que le sigue, hallándose, por
lo tanto, cada escama rodeada por una serie de eseamitas.
Tanto los canales pilíferos comunes como las cavidades caliciformes,
contienen cerdas bastante delgadas (más delgadas que las del peludo) de
color blanquecino, que salen por pequeños orificios situados en las ban-
das libres entre las grandes escamas (o las delgadas y alargadas que al-
ternan con ellas) y las pequeñas eseamitas que les siguen, mientras en
el caparazón pelviano aparecen más bien entre estas últimas. Los orifi-
cios son bien visibles en la parte inferior de la figura 30.
En los dos ejemplares secos, pero intactos, que pude examinar, las
cerdas son en todas partes muy cortas, como si estuvieran quebradas,
siendo sin embargo, algo más largas sobre la carapaza pelviana, es decir
en la región ocupada por las grandes cavidades.
Pero tampoco en ella alcanzan a 1 centímetro do largo, ni son más
gruesas que en otras regiones. Su longitud algo mayor en la región pel-
viana, quizá sea debida a que entrarían menos en contacto con la tierra
que las de las partes anteriores, cuando el animal cava.
Lahille ya hizo notar, que en la carapaza intacta cubierta por sus es-
camas córneas no es posible ver las grandes cavidades ; y en efecto las
cerdas fijadas en ellas salen sólo por pequeñísimos orificios, que en los
— 240 —
ejemplares secos a mi disposición parecen quizá ser algo más grandes
que los de las cerdas de otras regiones (fig. 30). En todo caso las aper-
turas do las cavidades están cubiertas por la epidermis, quizá también
por una delgada capa del cutis, y éstas sólo « comunican » con el exte-
rior por el oriíicio por el cual pasa la cerda, es decir, por el espacio exis-
tente entre ella y su folículo.
En el borde posterior de las escamas del peludo existen, como es co-
nocido, cerdas mucho más desarrolladas que las de Priodontes y que es-
tán implantadas en largos y delgados canales. Además, posee el peludo
en los surcos entre las áreas de una misma placa, pequeños orificios que
conducen a grandes cavidades esféricas ubicadas dentro del hueso déla
placa. Éstas contienen glándulas sudoríparas y a veces también sebá-
ceas muy desarrolladas, cuyos pelos, en general, desaparecen por comple-
to. Los folículos de estos pelos rudimentarios sirven de conducto secre-
tor a las glándulas y desembocan por los mencionados orificios en los
surcos entre las 'áreas de las placas (véase Fernández 1922).
El gran diámetro de las cavidades caliciformes de Priodontes hace
suponer, que deben contener otros órganos además de las cerdas, pues,
para la implantación de éstas, bastarían delgados canales como los del
extremo posterior de las placas de otras regiones. Al igual de lo que su-
cede con las cavidades esféricas de las placas del peludo, las glándulas
del pelo que encierran se habrán desarrollado mucho, resultando de ahí
un aumento de volumen de la cavidad que contiene el pelo y sus ane-
xos. No es posible decir', disponiendo sólo de la carapaza seca, si sólo las
glándulas sudoríparas, o las sebáceas o ambas a la vez han participado
en este crecimiento, tanto más si se tiene en cuenta, que en el peludo no
en todas las cavidades existen ambas formas de glándulas.
Aunque las cavidades esféricas del peludo se encuentren dentro déla
placa, bajo los surcos entre las áreas de ésta, mientras que las cavidades
caliciformes de Priodontes están en los límites entre dos escamas o pla-
cas, existe entro ambas quizá una cierta homología. Porque, como trataré
de probar en mi trabajo sobre la embriología de la escama del peludo (192 1
y 1922), los pelos y sus glándulas actualmente dentro de una placa, debe-
rán considerarse como primitivamente situados a lo largo de su borde.
Aunque por la comparación con el peludo la existencia de glándulas
muy desarrolladas en las cavidades caliciformes de Priodontes parezca
bastante bien fundada, sería de mucho interés estudiar el contenido de
estos agujeros en material conservado en forma apropiada, ante todo, por-
que partiendo de ellos, es posible llegar a conclusiones más o menos
exactas con respecto a otras formaciones análogas de los gliptodontes fó-
siles como veremos en las páginas siguientes.
En el individuo de 70 centímetros de longitud he observado también
en el caparazón escapular un área parecida al del pelviana y que se ex-
241
tiende de la segunda a la séptima hilera de placas, siendo su diámetro
craneo-caudal de unos 8 centímetros, el transversal de irnos 20. Sus ca-
vidades no alcanzan el gran desarrollo de las pelvianas, pues su diáme-
tro nunca es mayor de 2 centímetros y su número con respecto a cada
placa es apenas mayor que en las regiones no modificadas de la carapa-
za; tampoco existen cavidades en las suturas entre dos placas de una
misma hilera, como es frecuente en el área pelviana. Como en ésta, las
cavidades son caliciformes y relativamente poco hondas en relación a su
diámetro y están sobre los limites mismos de las placas de dos hileras
subsiguientes, a las que afectan casi por igual. No se internan, pues,
sólo en la. placa anterior como los canales pilíferos comunes.
En el caparazón que sirvió a los estudios de Lahille el área glandular
escapular está apenas esbozada. Sus cavidades no llegan «a ser calicifor-
mes y conservan el aspecto de canales pilíferos, aunque sean bastante
más voluminosas que las de las placas comunes.
Dedúcese de las observaciones que anteceden, que el área glandular
escapular es una formación mucho menos desarrollada que la pelviana.
Como no tuve a mi disposición más que dos ejemplares, casi del mismo
tamaño y no del todo adultos, no me es posible establecer si, aunque su
aparición en el animal joven fuera relativamente tardía, no podrá alcan-
zar en el adulto un desarrollo igual o poco menor que la pelviana.
Glypiodon (fig. 33-87). — En los surcos que delimitan las áreas en las
placas óseas de los gliptodontes existen en aquellas regiones en que las
placas tienen forma de roseta (la dorsal y dorsolateral) con mucha fre-
cuencia cavidades de mayor o menor profundidad, que Burmeister inter-
pretó como canales para dar paso a nervios y vasos (1870-74, pág. 359),
Ameghino como agujeros pilíferos (1889, pág. 783), pero ambos sin tra-
tar de fundar sus respectivas opiniones. Lydekker (1894) creyó tener
que intepretarlos como agujeros vasculares, por no poder observar sobre
ellos perforaciones de la capa córnea en un ejemplar en que ésta estaba
aún conservada, aunque en estado imperfecto. No me ha sido posible
identificar en la colección del Museo Ja pieza en que Lydekker se basa,
pero dudo que en una substancia de difícil conservación en los fósiles,
como el cuerno, sea posible distinguir canales de un diámetro tan redu-
cido, que ni en todas las escamas córneas del peludo es posible observar
siempre con facilidad.
Por lo tanto la indicación negativa de Lydekker carece de valor. ÍSn
cambio, se debe deducir de la falta de una apertura más o menos consi-
derable en la cara inferior de la placa ósea, que no puede tratarse de ca-
nales vasculares.
En (ilyptodoi), en general, estas cavidades suelen estar ubicadas en los
puntos en que se unen los surcos «radiales» con el surco « circular »
JIEV. MUS. LA PLATA. — T. XXVI
17
242 —
(véase íig. 34), aunque a veces se encuentren también en medio de un
surco radial o en cualquier parte del circular. Tienen, pues, una disposi-
ción parecida a las cavidades esféricas de las placas del peludo.
Su tamaño y número es muy variable: pueden ser tan pequeñas que
casi pasan desapercibidas o llegar a un tamaño muy considerable como
en el Glyptodon perforatus de Amegliino (1889, pl. 54, lig. 5). Ameghino
indica para muchas de sus especies de Glyptodon el tamaño de los agu-
jeros, y revisándolos caparazones del Museo de La Plata, se ve también
que existen grandes diferencias al respecto entre las distintas corazas.
En una coraza de 1,55 a 1,0 metros de largo, clasificada según su eti-
queta como Glyptodon reticulatun (5a vidriera del centro), las cavidades
alcanzan hasta 0 a 7 milímetros de diámetro por 8 milímetros de profun-
didad en las placas de la región del dorso, mientras que hacia los lados
se hacen poco a poco más pequeñas, a medida que las placas pasan de
la forma hexagonal regular a la rectangular. Hacia caudal y craneal ios
agujeros disminuyen de tamaño en forma más abrupta, y sólo en las úl-
timas hileras, más próximas a los bordes, son pequeños. Existe por tanto
una zona dorsal, sin límites netos, de la mitad a un tercio del ancho to-
tal de la coraza aproximadamente, en la que los agujeros son muy gran-
des. En todos los trozos de coraza lo suficiente extensos es posible dis-
tinguir esta región.
Entre diez trozos de corazas montadas y clasificadas como Glyptodon
rcticulatus seis poseen agujeros de un tamaño igual o poco menor (pie
la anterior, lo mismo una coraza muy grande clasificada como Glypto-
don clavipcs (reproducida en la pl. 1 de Lydekker) en que el diámetro
de los agujeros así como el área en que se extienden parecen ser algo
menores que en la primera.
En otro caparazón (0a vidriera; 1er ejemplar), que, aunque grande (1 ,7 5 a
1,80 metros de largo), debe pertenecer a un animal joven, pues sus pla-
cas no están soldadas las unas a las otras, en la región dorsal las cavi-
dades llegan sólo a unos 4 milímetros de diámetro y son bastante más
pequeñas que las del primer ejemplar.
En otro ejemplar muy pequeño (1,30 m. de largo, figurado en pl. 2 de
Lydekker), y que es con seguridad un animal joven, por no estar unidas
sus placas, existen muy pocas diferencias entre el diámetro de los agu-
jeros en las placas dorsales y las laterales, no llegando aquéllos ni al ta-
maño de los del caparazón anterior.
Existen, sin embargo, también trozos de coraza de animales adultos,
en las que los agujeros son muy pequeños. (Vidriera 7, 1er ejemplar a. la
derecha).
En una coraza grande 1 (1,80-1,85 m. de largo, probablemente idén-
No filé posible identificar los ejemplares que Lydekker denomina con los mí-
243 —
tica con el ejemplar 1, pág. G de Lydekker) los agujeros son pequeños,
de 2 a 3 milímetros como máximo en las placas del dorso; pero el área
central de estas placas es fuertemente cóncavo, a veces hasta calicifor-
me o en forma de embudo, probablemente como lo indica AmegMno
pág. 780) para Glyptodon claripes . Ignoro el significado fisiológico de
(esta concavidad.
Las cavidades caliciformes déla placas de Glyptodon, cuando bien for-
madas, tienen el mayor parecido con las del área pelviana de Priodon-
tes ; esta semejanza indica que podrían tener la misma función fisio-
lógica. Como las de Priodontes, también las cavidades de Glyptodon
habrán estado cerradas en el animal vivo por la epidermis, en la que
quedaba sólo una pequeña apertura para dar paso a una cerda, la que no
puede haber sido muy desarrollada, sino relativamente corta como en
Priodontes, pues la escasa profundidad de las cavidades no sería sufi-
ciente para permitir la implantación segura de una cerda muy larga. Los
gliptodontes no habrán estado cubiertos por pelos o cerdas relativamen-
te desarrollados, como los del peludo, pichi o quirquincho, sino que su
coraza más bien habrá aparecido «desnuda», como la de Priodontes,
con sólo cortas cerdas que sobresalían sobre ella.
En cambio el ancho de las cavidades indica, que también en los glip-
todontes éstas deben haber contenido otros órganos más voluminosos
que los bulbos de las cerdas, y basándonos en el contenido de las cavi-
dades esféricas del peludo y las conclusiones a que llegamos en Prio
dontes debemos suponer que encerraban glándulas *.
Sin embargo en algunas regiones del cuerpo, a lo menos de ciertas es-
pecies o variedades de gliptodontes, las cerdas pueden haber alcanzado
un tamaño mayor, aunque sin llegar a ser verdaderas púas, pues en al-
gunos trozos, por ejemplo en uno que corresponde a la pelvis (como re-
sulta de los restos del endoesqueleto que le están soldados), los agujeros
llegan a mayor profundidad y no tienen posición vertical sino bastante
oblicua (fig. 34). En el trozo mencionado los agujeros más grandes (figu-
ra 33 y 34) alcanzan una profundidad máxima de 2 centímetros sobre un
ancho de 7 a 8 milímetros y a veces de 1 centímetro, siendo los ejes lon-
gitudinales de todos ellos oblicuos pero paralelos entre sí, ¡o que hace
pensar que quizá existieran en ellos cerdas largas que se sobreponían las
unas a las otras. Pero aún en este caso el gran ancho de los agujeros
indica que servían ante todo como albergue de glándulas pilíferas muy
desarrolladas.
¡ñeros 2 a 11, pues los caparazones del Museo no están numeradas. Todos los ejempla-
res menos el 1, aquí mencionado, están rotulados como Gl. reticulatm.
' También las 2 a 3 grandes cavidades de las placas do Peltepliilus habrán ence-
rrado glándulas y no manojos de pelos o cerdas como lo indica Scott. Sólo las cavi-
dades que rodean las placas habrán contenido pelos. (Scott, pág. 88 y pl. 16, fig. 8.)
244
De los (los caparazones de animales jóvenes puede deducirse, aunque
no con plena seguridad, que el crecimiento en volumen de las cavidades
se efectuaba recién en el animal joven, y que al nacer, las glándulas eran
relativamente poco desarrolladas. Queda por saber, a qué se deben las di-
ferencias tan notables (pie existen en cuanto a su tamaño entre los ca-
parazones adultos : si podría tratarse de diferencias entre especies o va
riedades, o entre los sexos, o simplemente de variaciones individuales.
Sin querer emitir un juicio sobre esta cuestión, voy a mencionar que las
glándulas cutáneas parecen variar muclio de un individuo a otro en los
desdentados, como resulta del tamaño y número muy variable de las
glándulas pelvianas del peludo.
Mientras lo expuesto se refiere a trozos de caparazones sin duda norma-
les, se observa con frecuencia (fig. 3o a 37) que las cavidades son exce-
sivamente grandes en regiones en que la cara externa del caparazón
lia perdido la escultura característica, desapareciendo los límites de
las placas y sus áreas y tomando la superficie del hueso una estructura
esponjosa. La cara interna del caparazón puede conservar el aspecto
normal, distinguiéndose netamente los límites délas placas desaparecidas
en el lado externo, o puede también estar modificada, como en un trozo
de coraza en que el lado interno se levanta en forma de una fuerte promi-
nencia, llegando la placa ósea a tener doble espesor del normal. La dis-
tribución de los agujeros es en las regiones así modificadas, en general,
irregular, y su número menor del de las placas normales que las rodean,
cuyos agujeros no pasan por lo general de ñ milímetros de diámetro.
Es probable que en estas partes el caparazón córneo y parte del óseo
fué destruido en vida del animal, o por alguna herida o afección cutá-
nea, regenerándose luego, y el tamaño excesivo y escaso número de las
cavidades será debido a que sólo las glándulas de algunas de ellas ha-
bían quedado subsistentes, destruyéndose las demás y adquiriendo por
lo mismo aquéllas mayor desarrollo, a fin de suplir la falta de éstas. De
ahí que al regenerarse al rededor de ellas el hueso, también las cavida-
des caliciformes resultaran mayores, lío estará demás observar aquí que.
de los desdentados modernos con coraza, por lo menos las mulitas, pare-
cen estar muy expuestas a una o varias variedades de sarna y la afec-
ción ofrece en ellas con frecuencia mayor gravedad de la comúnmente
observada en animales de denso pelaje. (Paralas otras formas no existen
observaciones, según parece.)
Wolfl’huegel (1908) ha descrito en la mulita ( Tatusia hybrida Desm.)
una sarna producida por Sarco ptes scabiei, que afectaba las partes blan-
das de la piel (las zonas entre los anillos y el lado ventral en general) y
ha tomado en varios ejemplares del parásito medidas detalladas.
Entre las muchas mulitas que he tenido en cautividad en los años de
1900 a 1908, se hallaba con frecuencia una que otra tan atacada poruña.
245
sania que el caparazón estaba densamente cubierto por costras basta des-
aparecer en gran parte su escultura característica. En estos casos la
afección (cuyo verdadero carácter yo entonces ignoraba) se extendía
dentro de pocos días a los demás animales de la jaula.
Según pude comprobar por 3a piel de un individuo muy infectado que
aún se conserva en seco en el Museo (9 A 2) las costras se bailaban, no
como en los casos observados por Wolfí'buegel sobre las partes blan-
das sino sobre el mismo caparazón, cuya afección es tan intensa que
interesa no sólo las escarnas, sino también el caparazón óseo, mien-
tras las partes blandas de la piel parecen ilesas. La escultura de las
placas óseas es mucho menos neta que en animales sanos y no es posible
distinguir las partes correspondientes a las distintas escamas intercala-
das (Belegscbuppen). La superficie clel hueso es irregular y rugosa, no
lisa como en el animal sano, y los orificios de las cavidades glandulares
son mucho más grandes que en éste (fig. 29 a y 29 b). En ambos carac-
teres existe, pues, una cierta semejanza entre el caparazón «le la mulita
con afección cutánea y las partes respectivas de las de Glyptodon.
Pudieron aislarse del caparazón mencionado varios restos de acarios,
el mejor conservado de los que poseía aún partes de las extremidades,
teniendo su cuerpo, cuyo largo era de unos ICO g, en general, parecido con
un sareóptido. No es posible afirmar si es distinto o igual a los observa-
dos por Wolíihuegeh
Existiendo cierta semejanza entre la superficie de! caparazón afec-
tado con las regiones modificadas de las «le los gliptodontes, podría
ser que estos animales también hubieran estado afectados por alguna
sarna.
Hoplophorus (fig. 38). — En las placas de Hoplophorus las cavidades
se hallan distribuidas en la misma forma como en Glyptodon, pero debi-
do a su pequenez fácilmente pasan desapercibidas. Sin embargo existen
en el borde dorsal y lateral de la escotadura anterior que corresponde
al cuello, unas dos o tres hileras de placas ya descritas y figuradas por
Burmeister (1870, pl. 17, fig. 4, y pl. 20, fig. 6) en las que las cavidades
mencionadas aumentan de tamaño, llegando a ser tanto más grandes,
cuanto más cerca del borde se encuentra la placa respectiva. Como de
los dibujos de Burmeister no resulta bien el carácter de estos agujeros,
doy de esta región una fotografía según un ejemplar del Museo, en el
cual el borde del lado derecho está casi intacto, y sólo en el ángulo dor-
sal se tuvo que volver a colocar una placa que había caído. El borde iz-
quierdo en cambio falta por completo.
Las cavidades son relativamente tan grandes que la substancia de la
placa llega a constituir entre ellos sólo delgados tabiques, apareciendo el
área central de ha placa como rodeado por un círculo de celdas. Las cel-
das tienen un diámetro hasta de 6 milímetros sobre una profundidad de
más de 8.
Eu una placa en que todas las celdas estaban muy bien desarrolladas
resultaron las siguientes medidas: diámetro externo de la placa 21 i X
27 milímetros; grueso máximo (en el centro) 1 0 milímetros. Diámetro
del área central : 11 X 14 milímetros. Esta está rodeada por 9 celdas de
las que cada una tiene un diámetro que oscila al rededor de 4 milímetros
sobre 7 milímetros dé profundidad. El eje de las celdas está dirigido en
ésta y las demás placas oblicuamente hacia el centro de la placa y los
tabiques que la separan son siempre delgados; por lo general oscilan
al rededor de 1 milímetro, pero hay partes en que están perforados debi-
do a su excesiva delgadez.
Creo que tampoco en Iloplophorus puede dudarse de (pie las celdas
tan anchas en comparación con su profundidad hayan contenido ante
todo glándulas. Si éstas habrán substituido por completo los pelos co-
rrespondientes, no puede afirmarse; pero el diámetro mínimo de las ca-
vidades del caparazón en general, indica que Hoplophorus no puede
haber tenido sino una escasísima cubierta pilífera.
Doedicurus (fig. 39 y 40). — Lydekker (1894) ha descrito en Docdicu-
rus antiquus una elevación en forma de cráter con apertura irregular si-
tuada en la línea media de la parte posterior del caparazón, a corta dis-
tancia detrás de la línea de fijación del ileón y opina que, como «el »
agujero de la coraza pelviana del peludo, está destinado a dar salida ala
secreción de una glándula.
He creído interesante volver a describir con más detención las dos
piezas de la colección del Museo, que tuvo a su disposición Lydekker
por ser ellas hasta ahora únicas, agregando una fotografía de la parte
posterior del trozo mejor conservado, después de hacer sacar la parte
detrás del cráter, reconstruida en yeso, que muestra la figura de aquel
autor. El borde anterior y casi todo el derecho del agujero forma parte
de un gran trozo de coraza de unos 35 centímetros de largo y 50 a 05
centímetros de ancho, que se halla intacto, sin refacciones de ninguna
clase; por lo tanto no hay duda que la curiosa elevación capul ¡forme en
cuyo extremo se encuentra la apertura sea real (fig. 39).
La parte de la coraza que forma el borde izquierdo y posterior iz-
quierdo del agujero está quebrada y filé vuelta a colocar, según pare-
ce en su posición natural (fig. 39 y 40); entre ella y el trozo grande
falta sin embargo en el ángulo anterior izquierdo del agujero un pe-
dazo de unos 1,5 a 2 centímetros de diámetro antero-posterior y unos
4 a 5 centímetros transversal (lig. 40). En el extremo caudal del borde
derecho fueron colocadas dos placas caídas, como se ve en la misma
figura.
247 —
En general, los bordes propiamente dichos del agujero parecen estar
bien conservados en casi todas sus partes.
La apertura del cráter es piriforme, ancha en la parte craneal, an-
gosta en la posterior y tiene un largo de unos 8,5 centímetros sobre 4,5
centímetros de ancho. Su contorno es irregular, en unas partes más, en
otras menos saliente; el ángulo anterior derecho forma un pequeño
seno dirigido hacia adelante y lateral y paree» qué el izquierdo haya te-
nido la misma configuración, aunque ello no sea bien -neto, debido a la
falta de la pequeña pieza arriba mencionada.
El extremo caudal de la apertura se continúa en una estrecha cisura
mediana (fig. 40), pero como esta región ha sufrido las refacciones men-
cionadas, la existencia de la cisura en la coraza intacta no puede darse
por establecida con seguridad ; pues, en el caso de estar mal colocados
los dos trocitos del lado derecho, la apertura del cráter habría tenido
forma distinta, y es posible que la cisura no hubiera existido.
El borde anterior de la apertura está a unos 13 centímetros detrás del
punto de inserción más medial del ileón en la coraza, y el borde del crá-
ter se levanta a unos 4 centímetros sobre el plano del dorso delante de
él (fig. 39). (Debido a la curvatura del caparazón esta medida es sólo
aproximada.) Por debajo del cráter pasa la placa perpendicular formada
por la fusión de los procesos espinosos de las vértebras que siguen a la
unión entre ileón y coraza. La cresta se ensancha en su borde dorsal y
sólo está conservada en un trecho de unos 11 centímetros de largo, es
decir hasta el extremo caudal del cráter. El borde anterior del cráter
está a unos 8,5 a 9 centímetros sobre la cresta.
El espesor del hueso que rodea el cráter es considerable, sobre todo el
de su pared anterior, llegando en la línea media, allí donde ajusta a los
procesos espinosos, a 3,5 centímetros. Los bordes laterales y los caudales
son de paredes más delgadas, pero siempre más gruesas que las placas
comunes que rodean la región, y que oscilan al rededor de 1 centímetro
de espesor.
El interior de la pared del cráter, bastante liso, fue revisado cuidado-
samente a fin de descubrir posibles cavidades secundarias dentro del
hueso de la coraza que hubieran comunicado con la cavidad del cráter,
pero no se hallaron otros agujeros que los comúnmente existentes eu la
cara inferior de ¡as placas. Sólo del lado derecho existe en la base de la
pared anterior una cavidad relativamente grande, que sin embargo parece
más bien debida a una rotura. No parece haber comunicado por lo tanto
la cavidad del cráter con otras accesorias, situadas dentro de la coraza.
Las partes del caparazón hacia caudal del cráter faltan ; sólo del lado
izquierdo se ha conservado una única placa que fué repuesta y cuyo
borde medial delimita junto con las que le preceden un semicírculo abier-
to hacia la línea media (marcado con * en las fig. 39 y 40). El aspecto de
— 248 —
estos bordes no es el de suturas entre placas, sino el de bordes libres,
los que en algunos puntos están intactos, en otros un poco rotos. Son
algo irregulares y más delgados que el centro de sus placas.
Si, como es probable, del lado opuesto las placas hubieran formado
otro semicírculo parecido, habría existido en la línea inedia un agujero
de unos 4 a 5 centímetros de diámetro transversal y otro tanto antero-
posterior, cuyos bordes, sin embargo, no se levantaban en forma de cráter
como los del primero.
El segundo trozo de coraza, mucho más pequeño que el primero, con-
serva sólo una parte del borde anterior e izquierdo de una sola apertura
en buen estado, faltando todo lo demás. Parece que en este ejemplar el
cráter se habría levantado en forma menos abrupta que en el primer
agujero del otro.
No caben casi dudas que el «cráter» ha servido para evacuar la se-
creción de vina glándula, como lo supuso Lydekker, y es probable que su
interior encerrara una cisterna en la que, como en las glándulas pelvia-
nas del peludo, desembocaran a su vez una gran cantidad de glándulas
pequeñas.
Si estas glándulas eran preferentemente sudoríparas o sebáceas trans-
formadas, no es posible establecer, pero en vista de que el cuerpo délas
glándulas pelvianas del peludo está constituido sólo por las primeras,
siendo el número de las sebáceas que se abren en la cisterna muy redu-
cido, es más que probable que también en I). antiquus fuera así.
En el peludo la cisterna está delimitada, sin embargo, en el lado ven-
tral por el hueso, lo que en Doedicurus no fué el caso. El hallazgo de otra
apertura detrás de la primera es interesante, pues demuestra aún mayor
analogía con la existente en el peludo, y si nos acordamos que en los
Dasypodidac recientes el número de glándulas pelvianas aumenta con
el tamaño del animal (D. minutus posee una sola, en general rudimenta-
ria o ninguna, 1). villosus en general 3, D. sexcinetus 4 a 5), bien podría
ser que Doedicurus antiquus no haya tenido sólo las dos glándulas cuyos
restos aún muestra el fragmento de la coraza en cuestión, sino una serie
de ellas, una tras- otra.
En vista de que todos los representantes del género Dasypus poseen
las glándulas pelvianas, o bien desarrolladas o por lo menos indicios de
ellas, es de esperar que entre los Doedicurus no exista sólo en /). unti-
quus sino también en otros, aunque hasta ahora no fuera hallado en ellos.
He revisado dos trozos de caparazón de />. clavicaudatus existentes en el
Museo. En uno de ellos la región de la línea media no está conservada
en aquellas partes donde podrían estar las glándulas. En el otro, figura-
do por Lydekker (pl. 27), el extremo caudal de la región medial existe
sobre un largo de unos 45 centímetros; pero como hacia craneal le si-
gnen en seguida algunas enmiendas y como toda la mitad derecha y una
Lámina I
R K VISTA DEL Ml'SEO DE LA PLATA. TOMO XXVI
4
Revista del Museo de La Plata, tomo xxvi
Lámina i i
co
Revista »ki. Museo de La pi.ata. tomo xxvi
Lámina III
11 a
11 b
Revista del Museo de La Plata, tomo xxyi
Lámina IV
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Revista del Museo de La Plata, tomo xxvi
Lámina y
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Revista del .Museo de 1.a Plata, tomo xxvi
Lámina Yl
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Revista del Museo de La Plata, tomo xxvi
Lámina VIII
36
Revista del Museo de La Plata, tomo xxvi
Lámina
249 —
cierta extensión de la mitad izquierda, bastante próxima a la glandular
están reconstruidos en yeso, no me parece que se pueda afirmar con se-
guridad que la glándula baya faltado en />. clavicaudatus, aunque este
caparazón no la muestre. Según resultado la literatura, los caparazones
conservados en otros museos parecen ser aún menos completos.
EXPLICACIÓN DE LAS LÁMINAS
Las figuras 1 a 28 se refieren a Das y pus villosus, Desm.
Figura 1. Región media de un caparazón pelviano con los orificios de lastres
glándulas, vista por su cara dorsal después do sacadas las escamas córneas. X -R5
Figura 2. Las dos placas glandulares más craneales del mismo caparazón
con mayor aumento. X 3
En las figuras 1 y 2 nótase la protuberancia ósea que se levanta del fondo
de la. cavidad colectora general o cisterna y aparece en el centro del orificio
glandular : en la segunda placa está unida al « área media » de la misma.
Detrás del orificio se hallan en ambos casos varios agujeros relativamente
grandes (de 1/3 nnn. de diámetro aproximado) que conducen a huecos con
glándulas iguales a las existentes entre las áreas de las placas comunes, pero
quizá con- la estructura de las « grandes » glándulas sebáceas. Los pequeños
poros que se notan en todas partes en la figura 2 sirven para dar paso a fascí-
culos de tejido conjuntivo, etc. (canales de Volkmann).
Figura 3. La misma región de la figura 1, vista por su cara ventral, con un
aumento algo mayor. En las dos placas glandulares más craneales llaman la
atención los dos botones o protuberancias óseas cuya superficie es de aspecto
esponjoso. Hacia craneal y lateral la protuberancia está rodeada por un semi-
canal en forma de herradura, dentro del cual se halla ubicado el « cuerpo glan-
dular ».
EL botón de la glándula más caudal está apenas indicado. (En la hilera más
caudal y a la derecha se observa una pequeña prominencia, que corresponde a
uno de los puntos de fijación de la cintura pélvica.)
Figura 4. Corte longitudinal por las tres placas glandulares de otro capa-
razón. La glándula más craneal es rudimentaria, al revés de lo que sucede en
el caparazón de las figuras 1 a 3. En las dos cavidades glandulares bien desa-
rrolladas distínguese el cuello y la cisterna más desarrollada hacia craneal que
hacia caudal. En el cuello (sobre todo hacia súbase) obsérvanso unos orificios
relativamente grandes que corresponden a los conductos de glándulas sebáceas
solitarias, mientras el gran número de orificios más pequeños que se abren den-
tro de la cavidad colectora corresponden a los conductos de glándulas princi
pales con o sin glándulas sebáceas accesorias. X 2
Figura 5 a 8. Cuatro cortes transversales por la «placa glandular» con su
protuberancia y el cuerpo glandular de un animal adulto. (9 358) X 10
El corte de la figura 5 pasa por el cuerpo glandular, craneal de la protube-
rancia. Nótase dentro del cuerpo varias trabéculas óseas cortadas (más obscu-
ras) y fascículos de tejido conjuntivo (más claros) que en parte arrancan délas
250
trabéculas óseas. A los lados vése cómo las fibras conjuntivas se unen a las
placas óseas, sirviendo de sostén a la masa glandular, la que del lado ventral
está, rodeada por el grueso panículo adiposo.
En la figura G, el corte pasa por la pared craneal de la protuberancia ósea, a
los lados de la que se observa la masa principal del cuerpo glandular. A la
izquierda se nota muy bien cómo, del tejido conjuntivo que une la placa ósea
de la glándula con la vecina, se separan gruesos fascículos que se dirigen ha-
cia medio- ventral y se unen a las prolongaciones o crestas óseas de la protu-
berancia. Entre éstas se hallan pequeñas masas glandulares separadas del cuer-
po principal. Pasando este córte sólo algunos décimos de milímetro craneal de
la cisterna, ya existe en el centro de la protuberancia ósea un hueco irregular
lleno de tejido conjuntivo, dentro del que se hallan varios conductos (cuatro
muy gruesos en el centro, cuatro medianos hacia abajo, tres más pequeños arri-
ba a la derecha y un grupo de muy pequeños, arriba a la izquierda) correspon-
diendo a glándulas principales de la región craneal « del cuerpo >> (lig. 5) . Los más
gruesos son partes terminales comunes formadas por la unión de varios conduc-
tos. El borde obscuro de los conductos está formado por epitelio queratin izado.
Las figuras 7 y 8 pasan por la cisterna, cuyo fondo se levanta en forma de
cresta monos alta que en las figuras 1 y 2. El corte 7 pasa por una región más
craneal que el otro y en él la apertura externa de la cavidad aún no está inte-
resada. El epitelio derinal tapiza la cavidad, y su parte queratinizada aparece
como una gruesa línea obscura ; entre el epitelio y el hueso hay una tenue capa
de tejido conjuntivo.
En la figura 7 existe a ambos lados del « cuello » una glándula sebácea solita-
ria. El conducto de la de la izquierda está cortado casi en toda su extensión. En
la pared de la protuberancia ósea ventral de la cisterna existen tres glándulas
sebáceas accesorias, correspondiendo las dos de los extremos a las hileras late-
rales de cada lado, la que se halla entre ambas a la hilera medial de la derecha.
En la figura 8 están cortadas dos glándulas sebáceas accesorias ; contigua a
la de la derecha desemboca en la cisterna la parte terminal de una glándula
principal. Además está cortado en ambos lados un conducto de una glándula
principal (pie parte del cuerpo glandular, siendo el de la izquierda más ancho.
En el cuello se halla, del lado derecho, la terminación de un conduelo de una
glándula sebácea solitaria.
Figura 9. Corte poi el cuerpo glandular del individuo que había producido
varias gotas de secreción antes de morir (Q 358) (Hematoxilina Delafield,
eosina). X 300
En la figura aparecen varios tóbalos, de los que la mayoría cortados tangen-
cialmente. En éstos se nota un fondo semiobscuro, algo estriado, formado por
la musculatura de los tóbalos, y sobre él se destacan los núcleos de las células
del epitelio glandular, de las que unas son pequeñas y de aspecto uniforme,
otras grandes, con el contorno muy obscuro y el interior claro. Estos son nú-
cleos en los (pie se ha formado una vacuola.
En las partes en que los túbulos están cortados transversalmente, sus pa-
redes aparecen obscuras y no se distinguen diferenciaciones. En el tóbalo
grande, del que aparece sólo una parte en el borde superior de la figura, se ve
un núcleo dentro del hueco acolado a la pared.
251
Figura O a. Parte de un tallullo de uua glándula principal del individuo que
no Pabia producido secreción antes de la muerte (9 355). El túbulo está cor-
tado en la parte inferior más bien tangencialmente, y allí se ven cuatro gran-
des núcleos modificados en forma vesicular : hacia La derecha y algo arriba de
ellos otro igual, pero deformado ; en el borde izquierdo del túbulo se notan,
aunque ya no enfocados, pequeños núcleos normales obscuros y debajo de los
vesiculares otros alargados correspondientes a las fibras musculares lisas. He-
matoxilina férrica. X 525
Figura .9 b. Corte transversal por parte do otro túbulo ele la misma glándula.
En el borde inferior los núcleos están modificados en forma vesicular y han au-
mentado do volumen aunque no tanto como los de la figura anterior ; en el su-
perior la mayoría es de aspecto normal. Hemafcoxilina férrica. X 525
Figura 10. Corte por parte de un túbulo de una glándula principal del indi-
viduo que había producido secreción antes de la muerte (9 358). La banda
obscura del lado inferior es la pared del túbulo. Caídos en el hueco de éste se
ven dos grupos de núcleos degenerados en forma vesicular, la mayoría de ellos
de tamaño mediano, y dos muy pequeños. (En otros planos ópticos existen en
el mismo lugar aún muchos núcleos más.) Hacia arriba se nota la red fibrosa-
granular que existe muy a menudo en el hueco de los tríbulos. Hematoxiliua
Delafield-eosina. X 700
Figura 11. Corte por un túbulo de una glándula del individuo que no había
producido secreción antes de morir (9 355). La pared del tabulo muestra una
capa muscular externa y un epitelio interno, cuyas células están aisladas las
unas con respecto a las otras, llevando muchas de ellas una vacuola clara en su
extremo líbre. Esto es especialmente neto en valias células del lado derecho.
En el centro del hueco núcleos y células degeneradas mezclados a productos de
secreción. Hematoxiliua férrica, eritrosina. X 300
Figura 11 a . Parte de la pared de un túbulo de una glándula principal de la
9 355. Están enfocadas dos células con grandes núcleos vesiculares y que
muestran hacia el hueco cada una, una gran vesícula, y la izquierda además en
la base de éstos como dos nodulos más obscuros (protoplasmáticos ?) (secreción
eupuliforme) . Hematoxilina férrica, eritrosina. X 700
Figura 11 b. Corte por un túbulo de la misma glándula. El interior está lle-
no de vesículas a las que está adherido una pequeña masa protoplasmática y que
han sido producidas por secreción eupuliforme como la muestra la figura ante-
rior. En el borde izquierdo varios núcleos en degeneración vesicular y más
hacia abajo otro igual que parece estar ya dentro del hueco del túbulo. Hema-
toxilina férrica, eritrosina. X 700
Figura 12. Embrión 326. Corte transversal por el esbozo de la cisterna cra-
neal apenas indicada. X 30
Figura 13. Embrión 330. Corte transversal por el esbozo de la cisterna cra-
neal ya bastante más honda que la del embrión anterior. X 30
Figura 14. Embrión 258. Corte transversal por el saco ciego de la cisterna
craneal. X 30
Figuras 15 a 18. Cortes por los esbozos glandulares del embrión 344. Las
figuras 15 y JG se refieren al esbozo más craneal, .17 y 18 al segundo. X 30
Figura 15. Corte por los dos sacos ciegos que salen hacia craneal de la cis-
252
tenia y de los que tomarán origen varias glándulas principales. La prominen-
cia (pie la epidermis forma encima de los sacos ciegos es el « listón >> de la es-
cama glandular.
Figura l(i. Corte por ¡a cisterna de la que sale de cada lado el segundo esbozo
pilííico (glándula sebácea solitaria) del lado derecho ; el tercer esbozo está in-
dicado de bajo del segundo. El epitelio de la cisterna es muy grueso y comienza
a queratinizar.
Figura 17. Cisterna del segundo esbozo : corte por el saco ciego craneal,
achatado en dirección dorso-ventral y del (pie toman origen los esbozos de va-
rias glándulas principales ; el más adelantado hacia la derecha, otro hacia dor-
sal y otro hacia lateral en el borde izquierdo y además algunos apenas indicados
en forma de pequeñas prominencias. Como en 15 el saco ciego se halla debajo
del « listón » de la escama glandular.
Figuráis. Cisterna caudal j corte por su región media. Del lado izquierdo
toma origen el esbozo de una glándula principal ya bastante alargada y en
cuya base arranca hacia ventral una pequeña prominencia obscura (? una glán-
dula sebácea accesoria). Del borde derecho hay otra glándula principal, no
cortada en toda su extensión, la que por eso aparece más corta, y del lado dor-
sal de ella el esbozo de una glándula sebácea solitaria en forma semiesférica y
muy obscura pero cortada sólo tangencialmente. Una comparación entre las li-
garas 1G y 18 muestra, cómo en este embrión la glándula caudal está más ade-
lantada que la craneal.
Figuras 19 a 22. Cortes por los esbozos glandulares del embrión 338. Las fi-
guras 19 a 21 se refieren a la glándula caudal, la 22 a la craneal. X bO
Figura 19. El corte pasa por el cuerpo glandular, hacia craneal de la cister-
na. El cuerpo es, en el corte, de forma ovalada, y está formado por un teji-
do conjuntivo claro dentro del cual hay varios esbozos de glándulas principa-
les, algunos provistos de un hueco central muy angosto (en la figura, menos de
1 mm. de diámetro). Sus paredes son gruesas, formadas por una capa de dis-
posición epitelial hacia afuera y una masa irregular de células hacia adentro.
En varios esbozos se nota la proliferación de tóbalos : así, en el del borde iz-
quierdo, en el dorsal y en el de la derecha. Al lado hacia adentro de este últi-
mo se hallan varios tóbalos del mismo, que en el corte aparecen ya perfecta-
mente separados de la parte basal.
Figura 20. Corte más hacia caudal que el anterior, por el saco ciego cra-
neal de la cisterna, del que toman origen hacia craneal las glándulas cortadas
en la figura 19. El saco ciego carece sobre este corte de hueco : a la derecha
sale de él una glándula principal, cuyo extremo comienza a dividirse en tóba-
los. Hacia lateral de ella existen varios tábidos pertenecientes a otra glándula
principal, y el cuerpo triangular obscuro que se halla hacia ventral y más hacia
medial es el extiemo de otra glándula igual. Del lado dorsal toma origen de ha
cisterna el esbozo del primer par do glándulas sebáceas solitarias, de las que
el de la derecha está cortado favorablemente y a su lado aparece el extremo
de la glándula del segundo par. Los esbozos de las glándulas sebáceas solita-
rias son fuertemente pigmentados, lo (pie no se ve en la fotografía. Ninguno
de los esbozos del lado izquierdo está cortado en toda su longitud. El corte co-
rresponde a la figura 17 del embrión anterior.
253
Figura 21.. Algo más hacia caudal, por la región inedia de la cisterna. Se
nota la fuerte asimetría. Las capas superficiales de la epidermis dentro de la
cavidad están queratin izadas. Del lado derecho sale una glándula principal ra
orificada: el esbozo superior del lado izquierdo es un pelo rudimentario del
que tomará origen una glándula sebácea accesoria ; debajo de ella sale una
glándula principal apenas tocada en este corte. El pequeño óvalo obscuro que
se halla más a la izquierda dentro del tejido conjuntivo es un corte por una
glándula principal.
Figura 22. Por la cisterna craneal, menos desarrollada en este embrión que
la caudal. A la izquierda sale el esbozo pilífico más caudal, del que tomará ori-
gen una glándula sebácea solitaria, a la derecha una glándula principal menos
adelantada que las de las figuras 19, 20 y 21.
Las figuras 23 a 28 se refieren al recién nacido.
Figuras 23 a 25. Vistas de conjunto. X 16
Figura 23. Por el cuerpo glandular caudal delante de su cisterna, corres-
pondiendo a la figura 5 del adulto. El cuerpo se interna entre cutis y tejido
adiposo subcutáneo, pero aún no se ha iniciado la osificación del primero. (En
ésta y la figura siguiente existen dentro del cutis, a ambos lados, numerosos
cortes por cerdas en forma de círculos obscuros.)
Figura 24. Por el cuerpo glandular craneal, delante de su cisterna, aunque
ya muy cerca de ella ; correspondiendo, en cuanto a su ubicación, a la figura tí
del adulto (el corte está algo roto en la línea media). El cuerpo glandular ya
aparece en forma de dos masas separadas, entre las que corren varios conduc-
tos, pertenecientes a glándulas principales de las partes más craneales del
mismo.
Figura 25. Por la cisterna craneal, correspondiendo a una ubicación algo
más craneal que la figura 7 del adulto. Además de las dos masas laterales del
cuerpo glandular existen del lado ventral numerosas glándulas principales ais-
ladas, menos transformadas (fig. 28), resultando cortados longitudinalmente
dos de sus conductos y otro do una glándula de la porción izquierda del cuer-
po glandular, mientras los conductos de glándulas principales situados más ha-
cia craneal se hallan cortados transversalmente. (Hacia los lados y dorsal de la
cavidad.) Del lado izquierdo entran en la cisterna dos conductos uno al lado
del otro. El centro do la cisterna está ocupado por partes queratinizadas sepa-
radas de su epitelio.
Figura 26. Trozo de la pared ventral de la cisterna de la que sale el esbozo
de una glándula sebácea accesoria, y a la izquierda do ésta la parte terminal
riel conducto de una glándula principal de la región medio-caudal, que no for-
ma parte del cuerpo glandular. Se distingue bien la estructura del epitelio de
la cisterna, del cual se han separado varias capas córneas. Las dos hendidu-
ras semicirculares de su superficie son el punto de partida de las glándu-
las. X 80
Figura 27. Parte de un corte ubicado entre los de la figura 24 y 25. Está
cortada transversal mente la más craneal de las glándulas sebáceas solitarias,
en la que se distinguen 5 lóbulos y que posee además un pelo bien desarrolla-
do. Debajo do ella so halla el extremo craneal de la pared de la cisterna, per-
forada por varios conductos de glándulas principales (tres grandes y uno pe-
254
queño). A la derecha <le ambos, dentro del tejido conjuntivo, un conducto
grande de una glándula principal cortado transversalmente, y en el borde de-
recho de la ligara una pequeña parte del cuerpo glandular. X 80
Figura 28. Trozo de un corte ubicado mucho más hacia caudal que el de
la ligara 25, y en el que la cisterna comunica ampliamente con el exterior.
En e! ángulo izquierdo superior parte de la cisterna, cuya pared se continúa
hacia la derecha en el epitelio del cuerpo. Hacia la derecha y abajo, el extre-
mo derecho posterior del cuerpo glandular, constituido por dos partes. En la
más dorsal distínguese además de los tóbalos, unos más anchos y otros más an-
gostos, trozos de varias cavidades centrales muy voluminosas. En la cisterna
se abren : en su ángulo latero-dorsal el conducto grande de una glándula prin-
cipal ; en el hatero- ventral, unidos el uno al otro, el esbozo de una glándula
sebácea accesoria y hacia medial de ella, una glándula principal muy peque-
ña, poco ramificada en su extremo, y (pie no forma parte del cuerpo glan-
dular. X 50
Figura 28 a. Corte aún algo más caudal (pie el anterior y en el (pie la cavidad
central de una glándula principal está cortada en casi toda su longitud, obser-
vándose cómo los tóbalos arrancan de aquélla. X 70
Figura 29 a y b. Región mediana de los primeros anillos del caparazón pel-
viano óseo de una mulita sana (29 a) y de otra afectada por sarna (29 bj, am-
bas después de levantada la cubierta córnea. En las figuras aparece además
parte del último anillo libre. X 2,25
Figura 30. Priodontes giganteas. Parte mediana de la región pelviana del
caparazón de un ejemplar embalsamado, de unos 60 centímetros de largo, de la
coraza. El ejemplar tenía numerosas hileras incompletas intercaladas entre las
demás, por lo que no puede indicarse el número de orden de cada una. Lases-
camas son de color negruzco, mientras las pequeñas escandías intercaladas entre
ellas son más claras. Entre estas últimas se observan unos pequeños agujeros
de un diámetro menor de un milímetro, especialmente bien visibles en los lími-
tes entre las tres últimas de las hileras figuradas, y que conducen a las cavi-
dades caliciformes déla figura 31. Tamaño natural.
Figura 31. La misma región de otro caparazón de aproximadamente igual ta-
maño después de sacar las escamas córneas, y mostrando las cavidades calici-
formes bien desarrolladas. El fondo délas cavidades queda en la sombra y por
tanto es mal visible ; el número de orden de las hileras del caparazón pelviano
está indicado al margen. Tamaño natural.
Figura 32. Región más lateral de tres hileras de placas de posición algo más
craneal que las déla figura anterior para demostrar que existen todos los esta-
dios de transición entre los canales angostos no modificados y las cavidades
caliciformes. Tamaño natural.
Figura 33. Glyptodon sp. Trozo de coraza de la región pelviana con grandes
cavidades de posición oblicua y cuyos ejes son paralelos entre sí. X 1/2
Figura 31. Una placa del mismo en tamaño natural.
Figuras 35 a 37. Glyptodon sp. Diversas regiones de un trozo de coraza con
superficie en parte patológica. Tamaño natural.
Figura 35. Límite entre la región normal y la patológica, en el cual solo la
parte dirigida hacia arriba aparece poco modificada.
255
Figura 36. Región en parte normal, en parte fuertemente modificada, con
cavidades glandulares muy grandes y de disposición irregular.
Figura 37. A unos 20 centímetros de la anterior. La coraza está muy modi-
ficada ; en la figura se ve una cavidad de diámetro muy grande, pero de escasa
profundidad.
.Figura .18. JJoplophor-un ornatus (Owen) Ilurm. Mitad derecha de la escota-
dura craneal de la coraza, cuyas cavidades pilíferas están transformadas en
grandes criptas. X 1/3
Figura .7.9. Doedicurus antiquns, Amegli. Parte caudal del ejemplar figurado
por Lydekkcr ; el asterisco indica la segunda apertura glandular. Aprox. X l/‘^
Figura 40. El mismo : las dos aperturas vistas por el lado dorso-caudal. La
más caudal indicada por un asterisco está sólo delimitada por su borde iz-
quierdo, faltando el derecho. Dentro de la apertura anterior asoma la placa
perpendicular formada por la fusión de los procesos espinosos, la que debido
a un efecto de luz aparenta estar unida al ángulo anterior derecho de la aper-
tura. x
LITERATURA CITADA
1889. Amicghino, Fe., Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de la Re-
pública Argentina, en Actas de la Academia nacional de ciencias de Córdoba, tomo VI.
* 1908. Brinkmann, A., Die Rueckendruesc von Dicotyles, in Anat. Hefte, I. Abt., Rd.
36, página 281.
1909. Brinkmann, A., Ucber das Vorlcommcn von Hauidruesenor ganen bei den anlhro-
pomorpbcn Affcn, in Anal. Anz. , Bd. 34, página 513.
1870-74. Burmkister, tí., Monografía de los Glyptodontcs en el Musco público de ■
Buenos Aires, cu Anales del Musco público de Buenos Aires, tomo 2.
1921. Fernándkz, M., Scliuppc, Haar und Hoarscheibe der Saeugctiere, in Anat. Anz.
Bd 54.
1922. Fernández, M., Sobre Ja embriología y anatomía microscópica del caparazón
del peludo. Aparecerá en el tomo subsiguiente de esta revista.
* 1910. Houv, It., Ucber dic Entwicklung der Rueckendruesc von Dicotyles, in Anat.
Hefte, 1, Abt. Bd. 40.
1914. Jotinsen, S., Ucber die Seitcndrucsen der Soricidcn, in Anat. Anz., Bd. 46, pá-
gina 139.
1895. Laiiillk, F., Contribulion a l’étude des édentés a bandes mobilrs de la Républi-
que Argén tiñe, en Anales del Museo de La Plata, sección zoológica, 2.
1894. Lydkkkkr, It., The extinet Edentatcs of Argentina, en Anales del Musco de
La Plata, Paleontología argentina, 3.
* 1905. Mollison, Tu., Dic Rueckendruesc von Dendrohyrax terrícola. Morph. Jahrb.,
tomo XXXIV, páginas 417-424.
1903-5. Scott, W. B., Mammalia of the Santa Cruz, Beds. I, Edentata, en Rcp.
Princeton University Expcd., volumen V.
1908. Wolffhuegicl, K., Sobre Demodicidae y Sarcopidae parásitos en los animales
domésticos en la República Argentina, en Revista del Centro de estudiantes de agronomía
y veterinaria, Buenos Aires, año 1, número 2, páginas 20-26.
No filó posiblo consultar el original de los trabajos marcados con *.
LOS SEDIMENTOS MARINOS
LÍMITE ENTRE EL CRETÁCEO Y TERCIARIO DE ROCA
EN LA PAT AGONIA SEPTENTRIONAL
(con siete láminas)
Pon el doctor WALTHER SCTIILLER
Profesor «le geografía física eu la Escuela ilc Ciencias Naturales
ilel Musco de La Plata
Sobre la margen izquierda del río Negro, 40 kilómetros aguas abajo
de la confluencia de los ríos Neuquen y Limay, está situado el pueblo
de, G eneral Roca. Hacia el norte, 7 a 8 kilómetros, encuéntrase el « lu-
gar clásico », tan discutido especialmente en la literatura paleontoló-
gica ', de aquellos depósitos que fueron amontonados por una de las
primeras invasiones de mar — y seguramente desde el lado atlántico
— después de haber sido continente toda la Sud-América extra andina,
desde los.. tiempos paleozoicos. Son denominados piso Bocanense, Boca-
Stufe, Étage Bo cunéen, y algunos los toman por el Cretáceo más superior,
otros por el Terciario más inferior. Hace casi una edad humana que gran
parte de sus innumerables fósiles fueron descubiertos por Roth 1 2. Ellos
1 Véase la lista «lo publicaciones al final (pág. 312).
* Sin embargo, hay que recordar que ya conocía el hallazgo el capitán del ejército
(más tarde coronel) Georg Rohde, pues en la obra de Doring (1881 [1882], pág. 473;
compárese también el referido de Stelzner, 1884, pág. 212) so encuentrau las frases
siguientes que escaparon a la atención de Roth : « ... pero indudablemente per-
tenecen a esto horizonte» (a saber: al «Piso Paranonse», el que corresponde más
o monos al Piso Rocanenso do la nomenclatura de hoy. W. Sch.) « las (sic) estratos
fusil ¡foros ostreros... de Eresno-Menoco en el rio Negro, cerca de la coniluacion de
los ríos Limay y Neuquen, entrecalados entre la formación pelmenoho y la mesopo-
támiea, si las observaciones del Sr. Rohde so conlirman». Fresno Menoeo (— Pis-
que [no : « Tisqnc »] Menoeo) es el lugar donde estaba ubicada antes la población
«le Roca. También en la página 442 del mismo trabajo, Doring menciona oslas capas.
Él mismo no las ha visto, como lo manifiesta en la página 501. Parece <|iio Fl. Ame-
ghino (1889, pág. 10; reproducido por Roth, 1908, pág. 105, sin darse cuenta que se
trata de Roca) se apoya sobro el dato de Rohde. De todos modos, limbos nombres do
Rohde y Roth están ligados con el «1c Roca.
257 —
»y oíros, recogidos' posteriormente, lian sido descritos por Burckhardt,
Hollín, von Ihering y Canil. Casi todos, y además Windhauseu, que
visitó el lugar, y Wilckens, lian trabado esta fauna como algo uniforme ;
sólo Bolnn, en 1903, llamó ya la atención sobre el lieclio de que en ella
hay representantes típicos del Cretáceo , Eoceno y Mioceno.
En ¡as páginas que siguen he hecho el ensayo, a base de propias obser-
vaciones sobre el terreno, de dividir el piso Rocanense en unos cuantos
horizontes. Y veremos cómo se explica la teoría de Bohm , de que se trate
<9
de tina mezcla de faunas.
Mis resultados fueron obtenidos en tres' viajes cortos: en febrero de
1 920, en enero-febrero de 1921 y en mayo del mismo año. La primera vez
fui solo, la segunda en compañía del doctor Santiago Roth, encargados
ambos por el Museo de La Plata, y últimamente junto con los doctores
Eduardo Carette *, Roth y Luis María Torres, director del mismo insti-
tuto, con el objeto de ampliar esas y otras observaciones. Las coleccio-
nes hechas en estas ocasiones son propiedad de este establecimiento.
Nuestro profundo agradecimiento debemos al doctor Torres y a la seño-
rita Victoria Aguirre; sólo por el interés del primero y por la subven-
ción de esta dama, nos filé posible efectuar los dos últimos viajes.
V
I
AFLORAMIENTOS GEOLÓGICOS DESDE VILLA
HASTA 20 KILÓMETROS AL NOl
(Confróntese las láminas I y II)
Para llegar al lugar, llamado clásico, de fósiles del Rocanense, se sube
desde el nuevo pueblo de General Roca, el que ha sido edificado sobre
un enorme cono de deyección 2, en el lecho seco y desolado, como 100
metros de ancho, de un río 3 suavemente curvado; declive alrededor de
' El doctor Carette tiene el propósito de estudiar las colecciones paleontológicas
del Rocanense, a base de los nuevos puntos do vista estratigráficos. Hemos traído
también algunos géneros y especies no conocidos, a lo menos de aquel paraje.
s La antigua colonia ha sido arrastrada por una inundación ; ¡la nueva, algún día,
tendrá la misma suerte! Hasta, la fecha existe aún, y se extiende desde dos y medio
kilómetros hasta, cuatro y medio al oeste de la estación do Río Negro (altura de los
rieles : 230,94'" sobro el nivel normal del Riachuelo en la Boca [Buenos Aires]), entre
los kilómetros 1149 y 1151 del Ferrocarril Sud (contados desdo Buenos Aires, esta-
ción do Plaza Constitución, vía Pringlcs-Bahía Blanca).
3 El peta ruissean de Burckhardt ([1901], 1902, pág. [3] 207, nota 2).
KEV. MUS. J.A PLATA.
T. XXVI
18
258
un grado. En el primer trecho no existen formaciones más antiguas
que el Cuaternario '.
Después de tres cuartos de hora, a paso de marcha, habiendo ascen-
dido desde las últimas casas de Boca en el fondo del valle, avanzan sobre
la mano derecha las primeras colinas hasta muy cerca del río. Consisten
casi enteramente de capas más modernas que el piso Bocanense : tobas
amarillentas, con concreciones aisladas de SiO., sobre las cuales des-
cansa un banco amarillo-gris de arenisca, de un espesor de pocos decí-
metros; se trata de la fotmación de transición de Both, o capas de Chi-
chínales de Wichmann (siguiendo a Doring), que son de origen terrestre,
y cuya edad es infra- o mediotereiaria. Tienen aquí aproximadamente
una posición horizontal. En adelante hablaré más detalladamente de
ellas. Están' revestidas, como casi en todas partes, por una capa de los
rodados tehuelches o rodados pata ¡jónicos 2 que son formaciones fluviales
de una edad que debe corresponder al Terciario superior o Cuaternario
antiguo. En este lugar contienen bivalvos si deificados, arrastrados del
piso Bocanense, especialmente Oryphaea Burckhardti Bóhm y Ostrea
Ameghinoi rocana v. Iher., los que evidentemente, en la lucha por la
existencia, después de su muerte, son los más resistentes, prescindiendo
del hecho que son, lejos de los demás, los más abundantes de todos los
fósiles de Boca.
Subiendo otro cuarto de hora en el mismo cauce del río se notan
(¡fácilmente pasa uno sin percibirlas!) sobre la orilla oriental areniscas
a m ar i 1 1 ento-gr ises con estratificación cruciforme pronunciada, aflorando
en varios bancos; ya antes, también en el lecho, yacen dos grandes bloques
solitarios de la misma roca, pero probablemente son rodados. La incli-
nación de los bancos parece ser preferidamente 10°-25° hacia el norte
20°-4ü° este, y será también nada más que estratificación cruciforme ; la
verdadera caída no es visible, pero debe ser más o menos = 0o, pues se-
guramente se trata, también en este hallazgo, de la formación de transi-
ción y de un piso inferior al délas tobas amarillentas, recién descritas1 * 3.
1 Windliausen (1914, edición castellana, pág. 29 ; [1914] 1915, en alemán, pág.
345) dice erróneamente que en Roca salen a flor de tierra areniscas más antiguas
= « Capas del Jagüel » con petrificaciones del Rocanénse ; esto ya ha sido rectificado
por Rotli ([1920] 1921, pág. 270-271). Aquellas capas del Jagüel, según Windhausen,
forman la base del Kocanense. En el texto de la edición alemana las menciona en este
sentido, en los renglones correspondientes (pág. 345), pero en el perfil al respecto
(pág. 347) adoran capas encima del Koeanense, mientras que las Capas del Jagüel
no alcanzan la superficie. En el texto castellano (pág. 29) llama estas últimas « el
pendiente » y las dibuja en el perfil (pág. 30) en el mismo sentido.
s Rodados Tehuelches elaborados, con cemento blanco de cal, ya se ven más abajo
al este del río seco.
3 Do la misma opinión es el doctor Eotli, al que enseñé este afloramiento.
259 —
lín líi pequeña quebrada (lámina X, ílg. 1 a) que sube, poco antes de llegar
al lugar en cuestión, desde el valle principal en dirección al naciente,
salen las mismas areniscas grises que contienen aquí impresiones inde-
terminables; en este arroyito, desde su desembocadura, como 150 metros
más arriba, encima de las areniscas : tobas arenosas color amarillo páli-
do con estratificación torrencial = Formación de transición.
Si se sigue caminando en el río seco principal hacia el norte, encuén-
trase, cinco minutos más tarde, sobre la margen occidental un pequeño
corte de tobas grises blanquizcas que seguramente representan el equi-
valente de las tobas y tobas arenosas amarillentas arriba mencionadas.
Se repiten aún varias veces sobre la mano izquierda, una vez vuelven a
asomar directamente en el borde del lecho.
Diez minutos más allá del primer afloramiento, al oeste, aparece en la
barranca este, donde el río forma un codo algo más pronunciado, un pe-
ñón de las mismas tobas chiras un poco arenosas, inmediatamente sobro
la orilla, las que apenas dejan ver la estratificación suavemente incli-
nada — tanto como el lecho de la cuenca — hacia el sud; tienen aspecto
de loess, como ciertos aluviones del mismo valle que se hallan en varios
lugares. Las tobas contienen concreciones blancas de Si02, con aspecto
de raíces o huesos, y — aunque raras veces - — madera silicificada de
árboles ¿de follaje f más escasamente todavía restos de huesos. En
seguida, al este, descansan encima areniscas cuarcíticas, bastante des-
pedazadas por la erosión de las tobas básales, de color blanquizco, gris,
moreno-rojizo hasta rojo, que alcanzan un metro de espesor, con nume-
rosos troncos de Arboles ¿ de follaje f hasta de un metro de diámetro,
cuyo material es (calcedonia y) ópalo de muchos colores. Encima del
todo descansan los rodados tehuelches. En un lugar muy reducido del
bajo parece que es visible también la base de todo el conjunto : las pri-
meras arcillas o margas migajosas friables verdoso-amarillentas 4 del
piso Eocanense t
Continuando la marcha aguas arriba, en seguida se nota a la izquier-
da, sobre el borde del sudoeste, un pequeño corte de toba gris-blanquizca.
Luego, a la derecha, sigue un afloramiento algo más largo de tobas
gris-claras que forma la barranca, antes de que el cauce vuelva a doblar
considerablemente hacia la izquierda (oeste).
Siete a diez minutos más tarde, sobre ambos lados, emergen nueva-
mente tobas gris-blanquizcas, recién antes de la última curva a la dere-
cha hacía el norte y poco antes de llegar a los dos hornos de cal 1 2, hoy
1 Compárese Comven tz (1884 [1885]).
2 No « de yeso » ; uno de los dos, como un faro, bien visible desdo grandes distan-
cias. Su ubicación es 7 si 8 kilómetros al N 10° W (magnético) desde el nuevo pue-
blo de General Roca.
260
abandonados. Y ahora viene el sitio que representaba siempre el foco del
interés. Pero resulta que uno queda algo desengañado, pues, es cierto,
aquí tenemos el lugar clásico del piso Rocanense 1 2 — ¡pero en qué estado !
Sin límite visible con las tobas claras superpuestas de la formación de
transición, sale aquí a la lux del día el fundamento: una ruina gigan-
tesca de margas y calizas de color amarillo hasta gris claro, de calizas
porosas gris-obscuras y de yesos blanquizcos o grises; sugiere el cuadro
de un edificio derrumbado. Este caos tiene varias causas; sobre todo es
que las masas sólidas de capas superiores lian bajado desde mayores
alturas a consecuencia de la destrucción del zócalo margoso blando
( linter waschung) ; además, es probable que el yeso haya producido dislo-
caciones, por absorción de agua ; y terceramente, el hombre ha deshecho
las capas, explotando la cal y el yeso. Aquí, pues, no hay esperanza de
poder estudiar las capas sin peligro de equivocarse. Sólo el que ha visto
los detalles déla estratigrafía más al norte, será capaz de descifrar aquí
los documentos semiborrados de la naturaleza. Entonces reconocerá que,
v. gr., la bien conocida Gryphaea Burckhardti Bohm, tan abundante y
tal vez predominante entre los rodados lluviales cuaternarios, en este
punto casi no existe , de ningún modo junto con la petrificación más nume-
rosa, después de la primera, la Ostrea Ameghinoi rocana v. Iher. Y se con-
vencerá que esta última compone casi exclusivamente un banco entero
en los pisos superiores del Rocanense, y que siguen más arriba las cali-
zas porosas y, localmente, depósitos considerables de yeso, los dos
en posición bastante complicada (por las razones arriba enumeradas).
Sobre esté piso Rocanense se superponen las mismas tobas de la for-
mación de transición que nos han acompañado en cierto trecho de
ambos lados del valle. Ellas contienen, en el primer horno de cal *, en su
parte basa], fragmentos de rocas y fósiles del Encánense traídos por el
viento (eingeu'eht), naturalmente sobre todo los de las capas superiores
de este último piso (pues ellas estaban aquí próximas a la superficie de
aquel tiempo) y los más livianos, es decir, respecto a lo animales: Io la
Ostrea Ameghinoi rocana, y 2o mayormente las conchas más pequeñas de
esta especie, sobre todo en niveles algo más altos3 de las tobas de tran-
sición. Subiendo al cerro hacia el oeste permanecen aún las mismas
tobas blancas de aspecto de loess hasta alrededor de 100 metros sobre
el fondo del valle, coronadas de un banco gris de arenisca, como de un
metro de espesor, con gruesos troncos silieificados de árboles (véase
pág. 259). Lo que ignoro es : si este horizonte será idéntico con la tapa,
irregularmente hundida, del otro lado del valle, de la cual hablé en
1 Conocido por Roth desdo 1895.
2 El viejo, 100 metros ¡vi sur de la torre alta del segundo.
3 Con respecto a la superficie do la discordancia hnsal.
261
la página 259. Encima del todo descansan los rodados telmelclics.
Desde aquí, dirigiéndose al norte, los afloramientos de rocas anterio-
res al Cuaternario son más escasos, y a veces se reconoce con dificultad
el conexo de las series de estratos. Enormes masas de deyección relle-
nan la vasta depresión monótona, cubierta de arbustos bajos, la que ofrece
en todas las estaciones del año un lugar inhospitalario, debido a la falta
de agua y por las pol vaderas de cal, yeso y tobas.
Por lo pronto, encontramos, como partes más antiguas, los bancos
superiores (calizas porosas y yesos *) del Kocanense, que vienen bajando
en dirección sur desde la barranca amarilla, visible a lo lejos y forman-
do en el último término el margen que limita la caldera ancha y chata
del valle. Existen varios lugares al respecto, como uno a dos kilómetros
al norte del recién tratado hallazgo clásico del Kocanense, v. gr. : los
bordes del brazo principal del río seco, luego las canteras de yeso 5, al
oeste de ellos; en partes de estos dos sitios hay los perfiles más instruc-
tivos que existen en toda la región en cuanto se refiere a las capas más
recientes del piso Kocanense.
Siguiendo camino hacia arriba, aparecen — casi siempre muy borra-
dos — los miembros inferiores y básales del Kocanense, tan antiguos
como ni al sur ni más al norte. El fundamento , probablemente las capas
con Dinosaurios del Cretáceo superior , no aflora en el lado norte del río
Negro hasta grandes distancias.
Ahora nos acercamos a la meseta alta con sus barrancas amarillas
como la muralla de una fortaleza, las cuales cortan el panorama hacia el
norte. Álzanse bruscamente, pero apenas más de 20 metros, sobre la de-
presión que, hasta ahora, había ascendido paulatinamente, y se extien-
den en una distancia mínima de 7 a 8 kilómetros desde el primer punto
de hallazgos Roeanenses (dos hornos!, al nordeste este y al oeste en un
trecho de muchos kilómetros. ¡ Y recién aquí se puede decir que se haya
llegado a un lugar modelo 3 ! Si es cierto que el zócalo está escondido
' Estos no corresponden a la formación de transición, como lo supone Windliau-
sen ([1914] 1915, edición alemana, pág. 346), a la" cual llamaba en aquel tiempo
« Arenisca del Río Negro ».
2 Se destacan a la distaueia por algunos ranchitos.
3 A pesar de eso aquel perfil estaba muy desconocido. Unicamente Windhausen
(1914, castellano, pág. 29; ¡1914] 1915, alemán, pág. 346; 1918, Amer. Journ., pág.
20, 21 ; 1919, Memoria Dirccc. Gen., pág. 46-47) dice que existe allá Ostrea Ameghinoi
rocana, y que descanse sobre arcillas yesíferas con Gr;/phaca liurckhardli y dientes
de peces, una capa con Nautilns Yalencienni, sobro la cual siguen los sedimentos cal-
cáreos y margosos que llevan la mayoría de las petrificaciones. Por lo demás, do este
paraje habían llegado solamente los fúsiles a las colecciones de institutos (tal ve/,
con pocas excepciones al Museo Nacional de Historia Natural y a la Dirección Ge-
neral de Minas, Geología e Hidrología, ambos en Hítenos Aires).
262 —
casi en todas partes, los bancos intermedios y superiores se revelan bas-
tante claramente. Y si se examina atentamente el perfil en los distintos
puntos — conviene en este caso hacerlo de arriba para abajo — enton-
ces pronto no cabrá duda que tenemos aquí una serie continua , sin discor-
dancias: en la parte basal consiste de arcillas y margas, con bancos de
cal aislados, las que llevan todas invertebrados característicos para el Cre-
táceo, en el medio está formada por margas y calcáreos margosos con una
fauna mixta (Oretáceo-Terciario), y los horizontes superiores se componen
de margas, calizas margosas, calcáreos y calizas porosas 1 que encierran —
salvo estas últimas, estériles — formas pronunciadamente terciarias (véa-
se más abajo). Este complexo de rocas forma un anticlinal muy débil 2 3 ;
hacia el sur tiene una inclinación de un grado, y pocos grados al sur, si-
guiendo al norte, se nota una caída sumamente suave en dirección norte.
Arriba, separada por una discordancia bien marcada de erosión, yace la
formación de transición o capas de (Jliichinales, de varios metros de po-
tencia, presentándose aquí como conglomerados gris-pardos de grano
algo grueso o más lino, que contienen raros huesos indeterminables. La
tapa final del todo la forman también aquí los rodados tehuelches.
He aquí un esquema compilado de la serie total de capas al norte de
villa General Roca, la que se puede observar empero mayormente en la
misma barranca amarilla recién descrita por todas partes, aunque tam-
bién en esta mucho está deshecho y tapado por el ripio de las faldas, sin
contar lo que han destruido la obra del hombre como consecuencia de la
explotación de la cal \
1 Los yesos, al parecer, no existen en esta barranca ; habrán sido mayormente víc-
tima de la erosión, y antes de la depositación de sedimentos más jóvenes (Forma-
ción de transición); lo mismo las cales porosas sólo en pocos lugares aún lian sido
salvadas de la destrucción.
5 Dislocaciones algo más intensas, evidentemente, no han tenido lugar. Aislada-
mente obsérvanse pequeñas fallas, tal voz superficiales.
3 Por estas razones no es admisible apoyar hipótesis a base de fósiles aisladamente
hallados, aun en el caso que so encuentre uno u otro de ellos muy arriba, mientras
que su yacimiento, al parecer, realmente es más abajo. Esto podría explicarse por el
hecho de que caminan allá pequeñas majadas de caballos, chivas, etc. (pues hay una
aguada encima déla meseta), y si los pastores levantan piedras, ¡tara tirar a los ani-
males, entonces muy a menudo son grandes ostras, etc., que llevan en las manos.
263
II
SINOPSIS COMBINADA DE CAPAS DE LA REGIÓN
DESDE VILLA GENERAL ROCA HASTA 20 KILÓMETROS AL NORTE
(Confróntese las ¡¡toninas II a VII)
5. Escombros de faldas, material lavado por las lluvias, rodados fluviales.
Aluvio (terrestre).
4. Bancos de cantos rodados (rodados telmelelies elaborados) con cemen-
to blanco de cal. Cuaternario (terrestre).
Discordancia tectónica
3. Rodados, mayormente sueltos, hasta del tamaño de una cabeza, con
rastros de erosión eólica.
Terciarlo superior — Cuaternario antiguo = « Ro-
dados Teliuelches » (fluviales), capa delgada.
2 C. Manto de arenisca de color blanquizco, gris-
pardo y rojo, en parte cuarcítica, con tron-
cos silicificados de árboles (¿de follaje?)
hasta de 1 metro de diámetro. (Capa hasta
de un metro de espesor.)
b. Tobas blanquizcas, también amarillentas,
casi sin estratificación, con concreciones
silíceas blancas, parecidas a raíces o hue-
sos y con madera (¿de árboles de follaje?)
silicificada (rara) y huesos (raros). En la ba-
se, en contacto (discordante) con 1 f y le:
fragmentos do caliza, Ostrca Amcghinoi ro-
cana v. Iher. (mayormente ejemplares pe-
queños), etc. (Capas como de i 00 metros
de espesor.)
Tobas arenosas ama rillentas con estrati ficación
cruciforme. Equivalente de las tobas blan-
quizcas. (Capa de poco metros de espesor.)
1 La relación recíproca de las diferentes capas del número 2 pudiera ser aclarada
únicamente por una investigación más minuciosa. Es probable que del número 2
proceda una pieza que he encontrado una sola vez, y como rodado, algunos kilóme-
tros al norte de Roca, en el río seco; según la opinión dol doctor Miguel Fernández,
profesor de zoología en el Museo de La Plata, so puedo compararla con cierta razón
a un fragmonto do caparazón quo pertenece a un roprosontanto do los Glyplodontia
(j Encinrpcltm ?). En caso quo litera la coraza do una tortuga, podría sor también del
piso Rocanense.
Conglomerados ,
gruesos hasta fi-
nos, con tobas,
atravesados por
concreciones sili-
cosis blancas pa-
recidas a raíces o
huesos, conte-
niendo huesos de
vertebrados (ra-
ros). (Capa como
de 10 metros de
espesor.)
264
a. Arenisca gris-clara liasta gris-amarillenta
con estratificación cruciforme muy fuerte
y con impresiones indeterminables. (Capa
«le algunos metros, aisladamente).
Terciario inferior o medio = « Formación de Tran-
sición» o «Capas de Cli i chin al es» (en parte de
agua dulce, en parte eólicas).
Discordancia de erosión
1. h. Yesos, blanquizcos, grises o amarillentos. (Capas de varios me-
tros de espesor.)
g Caliza porosa , en partes muy yesosa, a menudo en masas
semiesférícas lamelosas concéntricas 1 2, en general de‘/2 a 1 */*
metros de diámetro, que a veces ofrecen una semejanza lejana
con corazas de glyptodontes, pero que no tienen nada que ver
con ellos, sólo se podría tomarlas por algas calcáreas . En par-
tes, bancos enteros3, fuertemente doblados 4 5 6 *. (capas de pocos
metros de espesor.)
f. En el límite discordante con la formación de transición super-
yacente : costras de calcedonia y ópalo amarillas hasta gris-
azulejas.
Calizas 6 pardas, en par.te cristalinas, ásperas por los ata-
ques «le la intemperie, a primera vista bastante pobres de fósi-
les. Empero, mirando bien, especialmente con un vidrio de au-
mento, nótase en varios lugares una verdadera brecha de frag-
mentos de erizos de mar y de sus púas 15 (estas no raras veces
subparalelas: estructura fluidal), lo mismo que muchos cara-
eolitos pequeños. Fácilmente se destacan los fósiles de cierto
tamaño : Ostreas pequeñas, la gran Ostrearionegrensis v. Iher. ",
O. Wückensi v. Iher., Venericardia Iheringi Bohm, pequeña
Panopaea sp. y otros bivalvos, Turritella sp., Aporrhais sp.,
gran Voluta (Athleta) sp. (rara), Verraca stroemia Miill. var.
rocana Steinm. 8. (Capas de pocos metros de espesor.)
1 El origen y los detalles de la estratigrafía todavía no han sido aclarados.
2 Véase las figuras de la lámina V.
3 Véase la fotografía, lámina VI. Compárese también Rotli [1920] 1921, págs, 272-273.
* Probablemente producido por dislocaciones en los yesos superpuestos (en conse-
cuencia do absorción de agua).
5 En primer lugar son éstas las que se emplean para cocer la cal.
6 Espontáneamente uno se acuerda del « Conglomerado de Equinodermos » de Co-
penhague, que tiene una edad infrapaleocéuica.
’ Hasta más de 15 centímetros de largo. Con hriozoarios (raros).
8 Encima de Ostrea Wilckenni.
265
e. Banco de marga con fragmentos de erizos de mar , briozoarios,
Osirca Wilekensi v. 1 her., pequeña Os t rea, casi exclusivamente
O. Ameghinoi rocana v. I her. 1 (cantidades colosales y sola-
mente aquí), pequeña O. aff. Ameghinoi v. I her. 2 (muy rara),
Ostreas que recuerdan a Grgphaea (muy raras), Voluta sp.
(rara), Turritella sp. (rara), Verraca stroemia Miill. var. rocana
Steinm. 3 * * * (de vez en cuando). (Capa de 3-4 metros de espesor.)
d. Bancos de marga y calcáreo margoso con Lintliia (?) Joannis
Bochnú Oppenli. (no común), briozoarios ', Ostrea Wilekensi v.
llier., ¿O. rionegrensis ? v. llier., 0. ¿ Ameghinoi rocana ? v. llier.
(muy rara) O. sp. que se asemeja a Grgphaea , ¿Grgphaea?
(rara), Leda sp., tal vez algunos otros bivalvos, ¿N atica? sp.,
Arrhoges (Aporrhais) gregaria Wilek. (= ¿Aporrhais Coss-
mannif v. llier.), Aporrhais (Rostellaria) ltothi v. llier. (en
abundancia, sólo aquí), Nautilus sp. 5 (no común), Verraca stroe-
mia Miill. var. rocana Steinm. " tijeras de cangrejos. (Capa de
¿1 metro? de espesor.)
C. Horizontes superiores :
Bancos de marga y caliza , con
pequeña Ostrea, ¿ Trigonia ?
sp. (« Venericardia [ Car dita]
Ameghinorum» v. llier.) 7, Ve-
nericardia, ¿Cardium? sp., JJo-
sinia Burckhardti v. llier., Te-
llina Burmeisteri v. I her., Stra-
th iolareU a ( Struth iolaria) Ame-
ghinoi v. llier. sp., « Struthio-
lariopsis» túmida Wilek.
Bancos de marga y caliza
margosa con la mayoría de los
fósiles rocanenses conocidos.
Además de los enumerados en
la columna izquierda, que tal
vez en gran parte correspon-
den al número 1 c entero (desde
abajo hasta arriba), aun hemos
hallado, sin poder detallar la
posición estrati gráfica : ¿Jli-
1 Véase las figuras 3 a-b, 4 a-b de la lámina 111.
2 Véase las figuras 5 a-b, 6 a-b de la Minina III.
3 Encima de O. Wilekensi, valva más chica de O. Ameghinoi rocana y O. aff. Ame-
ghinoi.
1 Véase las dos notas siguientes.
ri Con bribzoario ( Manbranipora impressata Canu).
0 Sobre Ostrea Wilekensi y Aporrhais Ilolhi. Estos tres animales, al parecer, han te-
nido una predilección especial el uno para el otro; a menudo encuéntrase A. Rolhi
tapada por O. Wilekensi, la que, a su vez, queda incrustada por V. stroemia, mien-
tras que esta última no se encuentra, casi nunca, v. gr., en la O. rionegrensis, tan
parecida a la O. W., una observación que ya había hecho v. Ihering (1907, pág. 14 ;
él la llama lialanus). Para completar la simbiosis so agregan a veces briozoarios (v.
gr. : KrocheUa clon gala Canil y l'orclla), que están pegados sobre la Verraca, por lo
demás, naturalmente, también sobre Ostrea, Scrpala, etc.
7 Véase las figuras de la lámina IV.
266
Horizontes inferiores :
Bancos (le margas y calizas
margosas, en partes fuerte-
mente limoníticas, con Linlhia
(?) Joannis Boehmi Oppenli.,
briozarios \ Ostrca Wilckensi
v. Ilier., 0. neuquena v. Ilier.,
pequeña 0. sp., 0. sp. parecida
a Gryphaea , Gryphaea Rotlii
Bdlnn (¿rara?), G. cf. B-urck-
hardti Bolán 1 * 3 4 *, Myochlamys
( Ch lam ys - Peden ) 8a lam an ca
v. Ilier. o M. jorgensis v. Ilier.,
¿ Arca ? sp., Nucida sp., Malle-
tia (Nucida) ornata Sow. sp.,
¿ Trigonia ? sp. (« Venericardia
[Cordita] Avieghinorum » v.
Ilier.)6, gran Venericardia grue-
sa, V. Iheringi Bolnn, Phacoi-
des rocana v. Ilier., ¿ Cardium f,
Dosinia Burclchardti v. Ilier.,
Tellina Burmeisteri v. Ilier.,
Panopaea inferior Wilck. (—
P. Thomasi v. Ilier.), Turritella
Burclchardti v. Ilier., Turrite-
lla sp., Caiyptraea,Pseudotylos-
toma Romero-i v. Ilier. ", Arrho-
ges ( Apo r ritáis ) g regar iaW ilck.
(— ¿ Aporrhais Gossmannif v.
Ilier.), Nautilus (Aturia) Ro-
meroi v. Ilier., N. (A.) Valen-
drozoariost l, briosoarios %
Modiola ajf. araucana d’Orb. o
M. ají'. andina Ortm., Nucida
dyuastcsv. Ilier., Venericardia
(Gardita) Burmeisteri Bolnn
sp., i Astar te f sp., ¿ Cardium i
sp., tubos de perforación de
^Teredo? sp.f varios bivalvos no
determinados aún, Trocíais,
Boreoscala (Scala = Scalaria)
rugulosa Sow. sp., Asperi scala
(Scala — Scalaria) cf. bella. s-
triata(jíi\'\).sp., Turritella Bur-
clchardti v. ilier., T. Doeringi
Bolnn (en abundancia), Culyp-
traea ¿ pilcólas ? d’Orb. (= C.
aperta [Solander] Bülnn), Na-
ti ca, Aporrilléis (Rostellaria)
striatissima v. Ilier. (—A.clm-
butensis v. Ilier.), ¿Strombusf
sp., Str-uthi olar ella (Struthio-
laria), ¿Pseudoliva ?, ¿Fnsusf,
¿ Fasciolariat , ¿ Voluta ? sp.,
¿ Volutilithesf, diversos otros
caracoles aun no clasificados,
Serpula sp., Rotularía, Verra-
ca stroemia Miill. var. rocana
Steinni.7, dientes de tiburones,
v. g. Odontaspis ajf. cuspidata
Ag. sp. = Lamna , 0. Rutoti
Winkler sp .= Lamna, Lamna
1 Casi siempre sobre los moldes de bivalvos diferentes. .
s Al parecer, mayormente Conopeum (Mombranipora) arborcum Cano (suelto), Mem-
branipova impressata (rara) sobro Ostrca sp. y ¿ Trigonia t sp. (« Venericardia Ameglti-
norum»), ¿ Diastopora ( Uerenicea ) o Actinopora? (suelta).
3 Mombranipora impressata Canil, etc. ; encima de fragmentos de eriios de mar, Os-
trea JVilckensi, 0. sp. y ¿Trigonia? sp. (« Venericardia Ameghinorum »).
‘ Nunca be visto en el horizonte 1 c la valva menor tan característica.
“ Véase las figuras de la lámina IV.
6 Hasta 15 centímetros do alto.
7 Además de las asociaciones ya mencionadas, la be visto sobre un ¿Strombusf sp.
2(57
cienni Ilupé, tijeras de emigre- Vincenti Winlder sp., Otodus
jos. aff. obliquus Ag. o Lamia ap-
pendiculata Ag. sp. y dientes
de rayas (¿ Myliobatis? ' ).
(Capa de ¿10 metros1 *? de espesor.)
b Arcillas y margas migajosas friables gris-obscuras basta ver-
diamarillentas con fajas blanquizcas de cal margosa , como de
10 centímetros de espesor cada una, y con muellísimas vetas
de yeso. En las arcillas margosas encontré briozoarios, Ostrea
sp., Gryphaea rostrigera v. llier. 3, G. Rothi Bohm (numerosa),
Exogyra callophylla v. llier. 4 (rara), Myochlamys ; en las cali-
zas : tijeras de cangrejos. (Capa de varios metros de espesor.)
a \ Material de rocas desconocido. Briozoarios (¿ Micropora conve-
xa? Canil, rara) 5, Ostrea (Alectryonia) aff. Clarae y O. Clarae
v. llier. 0 (las dos únicamente aquí), O. ncuqnena v. llier., Gry-
phaea Burclihardti Bohm (predominante, sólo aquí con seguri-
dad), G. rostrigera v. llier., Exogyra callophylla v. llier. (nume-
rosa). (Capa adorando ¿varios metros? de espesor.)
Senoniano- Eoceno = «Piso Kocanense» (marino).
En resumen, obtenemos, pues, un cuadro del piso Rocanense con los
rasgos principales siguientes:
1 h : Yesos.
1 g : Cal porosa.
1/: Calizas con concreciones silicosas, horizonte de la Ostrea rione-
gr ensis.
1 e : Margas con Ostrea Amcgliinoi rocana.
1 d: Margas con Aporrhais Rothi.
1 c: Margas (y calcáreos) con la mayoría de los fósiles liocanenses; en
las capas básales encuéntrase aún Gryphaea Rothi.
1 b: Arcillas (y calizas) con Gryphaea Rothi, Exogyra callophylla.
1 a : Composición petrográfica desconocida. Con Ostrea Clarae, Gry-
phaea Burclihardti, G. rostrigera, Exogyra callophylla.
1 El doctor liotli, al cual lo enseñó aquellos, es do esta opinión.
- El conocimiento de estos dos horizontes es incompleto, pués el número 1 b
ofrece sólo en ciertos lugares cortes naturales o artificiales, mientras que en 1 a pa-
rece que no existe ninguno. Tampoco era posible constatar si hay una superficie de
discordancia entre 1 c y 1 b o entre 1 6 y 1 a.
3 No es seguro del todo, si procede realmente de esta capa 1 b.
1 ¿ Solamente en los estratos básales de 17»?
" Sobre la valva menor de Exogyra callophylla.
f’ Véase las figuras 1 a-b, 2 a-b do la lámina III.
268
1 #/-l e forman la barranca amarilla de 20 metros de la meseta, i b está
medio tapado y 1 a tal vez no aflora en ninguna parte.
Horizontes más antiguos no son visibles. Hay que suponer que abajo
siguen, seguramente separados por una discordancia de erosión no más,
los estratos terrestres con Dinosaurios , supracretácicos. Probablemente
en ellos queda escondida otra intercalación marina , más antigua , que debe
pertenecer al Senoniano. .Ella sería con seguridad la primera inmisión
de mar en la Argentina extraandina después de los tiempos paleozoicos ,
y, al parecer, desde el este o sudeste. A esta corresponden ciertas forma-
ciones más allá en el noroeste basta la parte austral de la provincia de
Mendoza, las cuales son investigadas justamente en estos «lías, de parte
de Paul Grober y Richard Wicbmann, detalladamente; coetáneos serán
también los depósitos salobres ( brackisch ), ¿o de agua dulce?, al sur del
río Negro, frente a Villa General Roca, quelia descrito Wiclunann (1916;
1918-1919; 1919), además los estratos marinos en el territorio (goberna-
ción) del Cliubut, dentro de la formación con Dinosaurios, v. gr. : en el
río Chico al norte del pico Salamanca % en el subsuelo de Comodoro
Rivadaviá, etc.
III
RESULTADOS ESTRATIGRÁFICO-PALEONTOLÓGICOS
RESPECTO AL PISO ROOANENSE
(Véase también las láminas III y IV)
En el sentido estratigráfico-tectónico ha resultado que el perfil arriba
tratado representa una serie ininterrumpida de capas del j)iso JRocanense,
por lo menos desde 1c hasta 1 h. Consideremos ahora la fauna, contenida
en ella, en cuanto tiene importancia para la determinación déla edad.
Solamente en la base 1 2 3, Ja del liocanense, se bailan, al gr. : Qstrca aff.
1 No confundir con el río del mismo nombre en el territorio de Santa Cruz.
2 Ya be demostrado antes (Geologische Rundschau, X, 1, Leipzig, 1919, pág. 18-19)
que no puede sostenerse el término « Piso Salamanqueano » en el sentido de v. ¡lie-
ring, según Carlos Ameghino. Esto último, hace poco, me manifestó oralmente que
no so acuerda exactamente dónde había encontrado el horizonte así designado, y
bien sería posible que dicho hallazgo lucra más al norte, y dentro de la formación
con Dinosaurios. Efectivamente, adoran como 10 kilómetros al norte del mencionado
cerro capas marinas (redeseubiertas por Windhausen y Grober), y dentro del Cretáceo
terrestre, emergiendo del subsuelo en la playa y siguiendo a gran distancia hacia
el norte. Pero la posición estratigráliea del Salamanqueano había sido delinida por
C. Ameghino de tal modo que debiera ser encima de las capas con Dinosaurios, o sea
el equivalente del liocanense.
3 A lo menos, yo nunca las be encontrado más arriba, a pesar do que buscaba, du-
— 269
(llame, O. Claras y Gnjphaea Burclchardti. O. aff. Claras e¡i efecto,
lleva el sello de un tipo anticuado = Alectryonia . Existen, por ejemplo,
ya en el Jurásico superior formas que parecen ser idénticas. G. Burclc-
hardti es considerada unánimemente como típica para el Cretáceo inferior.
Además de estas dos especies, ludíanse todavía Orí rea neuquena , Gry-
phaea, rostrigera y Exogyra callophylla La segunda vale por cretácica, y
la tercera, es también un fósil característico de la misma formación.
Algo más arriba , en 1 h, existen todavía los dos bivalvos últimamente
llamados 3, y junto con ellos Gryphaea Rolhi en cantidad, una especie
¿ infra? -cretácica.
En en el número 1 c vuelve 3a O. neuquena y sigue la G. Rothi , aunque
esta última debe ser sólo muy rara. Además, aparecen aquí animales de
diferentes clases, unos también todavía con caracteres puramente cretá-
cicos, otros ya de un tipo moderno, mientras que la mayoría está repre-
sentada tanto en el Cretáceo como en el Terciario. Quiero enumerar aquí :
G. cf . Burclchardti 4, ¿ Trigonia ? sp. (« Venericardia Ameghinorum» 5),
Panopaea inferior, Pseudotylostoma Romeroi, Arrhoges gregaria , « Strv-
thiolariopsis » túmida, las que todas son representantes atrasados del
Cretáceo ; Odontaspis Rutoti y Otodus obliquus % los dos procedentes, en
otras partes del mundo, del Paleoceno , Eoceno y de la Formación Pata-
gónica [de Tobas] o Molasa Patagónica, (tal vez Oligoceno) ; Linthia (?)
Joannis Boehmi, correspondiente al Eoceno intermedio ; Calyptraea ¿.pi-
lcólas f — aporta , propia del Eoceno- Mioceno ; las dos especies de Nautilos
(Aturia) que hablarían a favor del Eoceno-Mioceno ; La m na Vincenti,
rante seis días, arrodillado, en un perfil de más o menos 10 kilómetros de largo, y
aprovechando unos cuantos cortes bien limpios. ¡Y hemos dirigido, a varios, nuestra
atención especial a la distribución de las petrificaciones en los distintos horizontes !
* Las ilustraciones de esta especie en las publicaciones de v. Ihering (1907, lám.
I, fig. 6 a, lám. II, fig. 6 b-c) y' Wilckeus (1921, lám. II, íig. 61 no son suficientes. El
profesor Martín Doello-Jurado, encargado de sección del Museo Nacional de Historia
Natural de Buenos Aires, tuvo la amabilidad de comunicarme que los originales de
mis figuras 1-2 de la lámina III, que lo había mandado para compararlos con los
ejemplares de v. Ihering, sean idénticos con estos.
s Astillas de la valva más pequeña, tan típica, encuéntrense en las faldas, aun a
la altura, del horizonte 1 c inferior; puedo ser que hayan sido transportadas por el
viento.
3 La presencia do O. neuquena no queda comprobada; la déla G. rostrigera no, con
seguridad absoluta.
4 La valva menor, tan fácilmente reconocible de la especie germina, nunca la
hemos encontrado en este horizonte.
r’ Las ilustraciones dadas por v. Ihering (1907, lám. III, fig. 13 a-b) no llevan ca-
racteres muy pronunciados.
" i O Lamna appcn diculata f ; esta ha vivido desdo el Alíñense hasta el Eoceno más
inferior.
270
conocida del Eoceno-Mioceno inferior ; Odontaspis aff. cuspidata, alcan-
zando desde el Eoceno inferior hasta el Plioceno inferior (todavía en la
formación Entrerriana o piso Paranacme — supraterciario) ; Myochlamys
jo r (¡cusís, Mallctia órnala Borronéala rugulosa y títruthiola relia Ameghi-
noi, las cuatro existentes también en la Formación Patagónica ; Vernica
stroemia, en otras regiones desde el Terciario joven ; notable es la seme-
janza perfecta de una Scalaria a la Asperiscala hellastriata actual .
En la capa qne sigue Inicia arriba, 1 d, parecen estar extinguidas las
innumerables Gryphaeas verdaderas que han persistido de 1 a hasta 1 c;
transiciones a las Ostreas no son raras. Siguen viviendo en aquella épo-
ca : Linthia (?) Joannis Boelrni, Arrhoges gregaria, Nautilus sp. y Verraca
stroemia var. rocana. Agrégase tal vez ya aquí — con seguridad recién
en 1/ — Ostrea rionegrensis, que se asemeja tanto a ciertas Ostreas de la
formación Patagónica (O. d’ Orbignyi v. 1 her., O. Philippii Ortm., etc.)
que se las puede confundir.
Ahora, en 1 e, llegamos a formaciones casi indudablemente terciarias \
Eneuéntranse las Ostreas gryphaeoides muy solitarias. En cambio, apa-
rece, como de golpe, Ostrea Ameghinoi rocana 1 * 3, que se considera como
típica para el Eoceno. Quizá tiene afinidad algo más íntima con la O.
Clarae. La O. Ameghinoi 4 * 6, tan semejante a la O. A. rocana y raras veces
encontrándose junto con ella, tal vez representando una variedad, era
considerada hasta ahora como perteneciente al piso Salamanqueano del
sur. Pero ya fué dicho que este horizonte no existe, y realmente la Ostrea
en cuestión proviene allá de la formación Patagónica, y mayormente de
los estratos superiores \ (Creo, pues, que sea la sucesora directa de la
O. A. rocana.) Por estas razones, me parece probable que el horizonte
1 c del Itocanense tenga edad terciaria. A favor de esto habla también
la presencia de una especie grande de Athleta. Lo mismo queda repre-
sentada Verraca stroemia var. rocana.
1 v. Iliering (1907, pág. 4-5) no tenía a su disposición ejemplares determinables ;
compárese también Wilckens (1921, pág. 8). Yo lie tenido la suerte de recoger con-
chas bien conservadas.
1 Quisiera llamar la atención en el hecho de que ya el Daniense, con seguridad,
hace poco, queda declarado Paleoceno.
:l Aquel fósil os el más abundante respecto a individuos de lodos del Rocanense,
por lo menos en cuanto están en su yacimiento primario (la petrificación predomi-
nante en absoluto entre los aluviones es la Grypliaea íiurckhardli) ; al mismo tiempo
es el más característico y, entro todas las ostras sudamericanas, la más extraña,
tan singular que se puede denominarla el fósil do guía de Roca.
* Wilclcens (1921, pág. 12) la compara con O. lurkestanensis líom., de la cual no
he podido ver ninguna ilustración.
6 La he juntado desde Comodoro Rivadavia hasta 50 kilómetros al norte de su
yacimiento primitivo.
271
El horizonte fósil if ero más alto del Rocancnse, 1 f, no aloja, al ]>arecer,
tampoco tipos cretácicos sino, se puede decir exclusivamente, tales
que llevan el sello netamente terciario : Ostrea rioncgrensis, con valvas
hasta más de 15 centímetros de largo, y Verraca stroemia var. rocana.
Después de haberse depositado toda la citada serie de arcillas, mar-
gas y calcáreos que encierran una fauna tan variada • — por lo menos 70
especies — debe haber tenido logar una transformación del mar de Boca
en un lago continental (por Abschniirung ), y una evaporación ele sus
aguas, lo que acentuó también Windhausen (1914. castellano, pág. 37;
[1914] 1915, alemán, pág. 352; compárese además Botli, [1920] 1921,
pág. 265-200) para las capas inferiores al Bocanense. Y, una vez termina-
da la formación de las calizas porosas y yesos, el fondo se levantó para
nunca más volver a ser inundado por un mar, hasta nuestros días.
Resumen
De las consideraciones anteriores se desprende el resultado de que, al
parecer, en el norte de Roca reconocemos un lugar, como la tierra
NO LOS OFRECE SINO MUY ESCASOS, a Saber : EL CRETÁCEO HA PASADO
paulatinamente al terciario en FAOIES marina. La mezcla de fau-
nas, sostenida por Rólim 1 2 3, existe efectivamente, sólo con la diferencia
de que no kan acontecido invasiones oceánicas repetidas , sino, para repa-
sarlo, que debe haber perdurado un mar desde el Senoniano hasta el Eoce-
no. Hay que mencionar que ni en las capas básales, 1 a y 1 hasta la
fecha se lia podido constatar rastro de Ammonites 3 o Belemnites.
IV
APÉNDICE : BREVE SINOPSIS DE OTROS AFLORAMIENTOS
DEL PISO ROCANENSE
(Víase la Minina VII, figura 3)
Prescindiendo de los alrededores del pueblo de Roca, salen petrifica-
ciones de formaciones marinas .coetáneas 4 aun en localidades qoe distan
una de la otra considerablemente.
1 La Trigonia sp. (« Vcncricardia Ameghinorum »), enumerada del número le, cierto
es, podría ser hallada tal vez aún en este nivel.
2 Véase el comienzo de esta publicación.
3 Indicaciones contrarias a! respecto son erróneas.
4 No se han tomado en cuenta aquí los «simios intercalados entre los depósitos conli-
— 272
Ia La barranca, amarilla del Roca n en se, 15 kilómetros al norte de villa
General Roca, se extiende, especialmente liacia el oeste y noroeste, sobre
la costa oriental del río Neuquen, con interrupciones locales, hasta la
parte austral de la provincia de Mendoza. Las investigaciones más
recientes al respecto, de Paul Gróber, Hans Keidel, Wichmann y Wind-
hausen, aún no han sido publicadas, y en parte ni terminadas. Yo mismo
no conozco estos sitios por propia vista.
2a Otro hallazgo, aislado, de fósiles Rocanenses es en el Bajo de Gua-
lichú, sobre la orilla sur del río Negro inferior. Compárese Wichmann
(1918-1919; 1919). Yo mismo no he visitado tampoco este paraje.
8a Un tercer lugar bien interesante donde hay bivalvos del Rocanense
fué descubierto por mí en febrero de 1920 *. Yendo en ferrocarril desde
la ciudad de Neuquen en dirección oeste hacia Zapala, se llega poco
más allá de Chali acó s (81 kilómetros desde Neuquen) a la altura de dos
cerros bajos, cuyo primero, cupuliforme, queda algo más retirado, mien-
tras que el déla derecha, estirado y un poco más alto, dista como 5 kiló-
metros. (Entre los dos se alza, sobre la depresión- suavemente curvada —
es el Portezuelo de Carrizo, al que atraviesa el camino de Challaco al
cerro Lotena 3, conocido de la literatura geológica-paleontológica — la
alta meseta lejana y solitaria de los Cerros Bayos, llamada también Ce-
rros Colorados, en forma de una muralla larga de color rojizo). En la
parte más alta de la cumbre de este último, que tendrá poco más de 000
metros sobre el nivel del mar, yacen 1 en los rollados Tehuclches supra-
tereiarios, encima de capas con Dinosaurios del Cretáceo superior, bival-
vos mayormente silicificados y espléndidamente conservados, sobre todo
Gryphaea Burclchardti Bolim y Ostrea Ameghinoi rocana v. Iher. Pero en
val de se busca, a grandes distancias, por la patria de estos fósiles que
proceden sin duda alguna del piso Rocanense ; la roca matriz habrá sido
víctima de la descomposición por la. intemperie. En cuanto alcanza el co-
conocimiento, es este el único hallazgo de rastros del Rocanense en el
areal entre los ríos Neuquen y Limay. Agrego una fotografía (lig. 3 de la
lámina VII) que sólo tiene por fin facilitarla identificación del sitio;
neníales (leí Cretáceo en los territorios (gobernaciones) del Nenqncn, del Chnbut, etc.,
<1 no muchas veces se confunden con el piso Rocanense; serán tratados únicamente
aquellos que están en el límite cretáceo-terciario .
1 Como supe posteriormente, el joven señor Angel Rondanina, déla estancia « La
Licia», cerca do Challaco, conocía estos moluscos.
- No es el panto llamado así en el Gran Jilas Geográfico de Stieler (Gotha, 190!))
sobre el curso inferior del río Limay, sino que está situado al noroeste de él.
3 No « Lote no ».
1 ¡ Puede ser que ya esté agotado el hallazgo ! Se trata de una superficie muy re-
ducida.
273 —
actualmente no liay todavía mapas algo detallados de la región que
interesa en este caso.
4a Un ailo justo después que yo encontró Roth 1 un nuevo yacimiento
de bivalvos rocanenses, y al este del río Liinay, no lejos de un punto
<pie se denomina « (Ierro de la Policía » (al rededor de 140 kilómetros —
sobre el camino carretero — al ¡3SYYr del pueblo de Neuquen). Se
trata, Jo mismo, especialmente de Gryphaea Burckhardti y Ostvea Ame-
ghinoi, ciertamente elaboradas 2, que yacen, según Roth, en la formación
de transición. La roca primaria es desconocida aún 3 * * 6. Yo mismo no
estuve. No debo olvidar de mencionar aquí lo que dice brevemente
Willis (1914, pág. 724), a saber: que Cliester W. Wasliburne baya en-
contrado el piso Eocanen.se en el sur basta Maquiucbao (como 275 km
al SSW de villa General Roca, sobre el 41 '/4° lat. S.).
De lo diebo bajo 3a y 4a resalta que el mar rocanense ocupaba un area to-
davía más amplio de los territorios del Neuquen y Río Negro que lo que
marca Windhausen (1918, Americ. Journ pág. 16, 33, 36 37 ; 1918-19,
Reun. Rae. Tucumán, pág. 88; [1918] 1919, Bol. Acad. Córdoba, p. [37]
353). En cambio, en el sur, territorio del Chubut , hay que borrar varios
terrenos, pues los depósitos marinos de aquellos parajes, que este autor
declara como tapa sobre la formación con Dinosaurios, atribuyéndolos
antes al Senoniano, últimamente al Paleoceno superior o Eoceno infe-
rior, están, por lo menos en gran parte, intercalados en el Cretáceo
terrestre.
OUSERVACIONKS A LAS ILUSTRACIONES DE LAS LÁMINAS I A Vil 1
Lámina I. — Croquis topográfico-geológico (como 1 : 50.000) del trecho desde la
nueva villa General Roca hasta 7 u 8 kilómetros al norte, al hallazgo llamado
clásico de los fósiles rocanenses. Levantado el 13 y 14 de febrero de 1920 y el
31 de enero de 1921.
Las curvas del río seco, para hacerlas resaltar más, han sido algo exagera-
das; por oso las direcciones dibujadas no corresponden perfectamente alas ver-
daderas. El norte magnético coincide aproximadamente con el lado longitudi-
nal de la lámina.
1 Comunicación verbal.
? Esta es mi opinión, basándome especialmente en los hechos discutidos en las pá-
ginas 258, 2(50, 263 y 272. -Wichinaun, según conversaciones personales, ha hecho
observaciones análogas. Kotli, sin embargo, las toma por primitivas.
3 Según mi modo de ver.
1 El señor Paul Schweizer, en Buenos Aires, dibujó los clisés, y el señor Ernst
Seouer, en la misma capital, sacó las fotografías do los fósiles.
Las cifras y letras do los horizontes en las figuras, con excepción de la figura 5 y
6 de la lámina III y de la figura 3 do la lámina Vil, son las mismas como en el cua-
dro sinóptico de capas (pág. 263 a 268).
ltEV. MUS. I.A PLATA.
T. XXVI
10
— 274
Leyenda
5. Lecho del río seco. Jimio.
4. Bancos de rodados (Rodados Tchnelchcs en lugar secundario) con cimiento
de cal blanca. Cuaternario.
3. Cantos rodados, en parte muy gruesos, de las altiplanicies.
Supratereiario — Hadados Tchnelchcs.
2 c. Banco de arenisca gris-amarillenta, gris, más raramente (2 c,) blanca o
roja, hasta de 1 metro de espesor; a menudo (2 c,,) con troncos do árboles sili-
. cificados, alcanzando 1 metro de diámetro.
2 b. Tobas blancas, también (2 b,) amarillas pálidas, e. p. arenosas, con con-
creciones de SiOt; localmente (2 bn) con fragmentos de caliza y fúsiles del Roca-
líense.
2a. Arenisca gris-amarillenta con estratificación cruciforme pronunciada;
impresiones indefinibles.
Infra- o Medio- Terciario = Formación de Transición
o Capas de Chichínales.
1 g. Caliza porosa, capa' derrumbada, inclinaciones lo más variadas.
I c-f. Margas y calcáreos, ricos en fósiles (diversos horizontes, formando un
caos a consecuencia do derrumbamientos).
¿1 bi Arcillas y margas migajosas, color verdoso-amarillento.
Senoniano- Eoceno — Piso Hocancnse.
Fig. 1 a. Croquis detallado de la pequeña quebrada al rededor de 4 kilóme-
tros al norte de Roca.
Lámina II. — Fig. 1 : Perfil geológico, aproximadamente 1 : 100.000 de escala lon-
gitudinal desde Roca hasta más o menos 15 kilómetros al norte; alturas como
10 veces exageradas. Los signos coinciden con los de la lámina 1.
Fig. 2 : Ala izquierda de la figura precedente, aumentada.
Lámina III *. — Figuras 1 a-b y 2 a-b. Ostrea aff. Clarae y O. Clarac v. Iher., •/,, de
las capas básales (1 a) del piso Rocanense : Senoniano, 8-12 kilómetros al norte
del nuevo pueblo de Roca, no encontrados en su yacimiento primario. Colección
Roth-Schiller, 1921. Los originales son propiedad del Museo de La Plata.
Figuras 3 a-b y 4 a-b. Ostrea, Amegliinoi rocana v. Iher., */, , de los estratos su-
periores (le) del Rocanense : ¿ Eoceno t, 7-8 kilómetros al norte de Roca. Colec-
ción Schiller, 1920. Originales propiedad del Museo de La Plata.
Figuras 5 a-b y 6 a-b. Ostrea Amcghinoi v. Iher., '/,> de la Formación Patagónica
inferior : ¿Oligocenoi, de la Bahía Solano (cerro de mesa 4-5 km tierra adentro,
al rededor de 12 km al sud-siuloeste del pico Salamanca) en el sudeste del terri-
torio del Chubnt, y de la formación Patagónica superior : ¿ Oligoceno- Mioceno ? ,
5 kilómetros al oeste de puerto Figueroa Alcorta (puerto Visser), al norte de la
bahía Solano. Colección Schiller, 1920. Originales en el Musco de La Plata.
Lámina IV. — Figuras 1 a-b, 2 y 3 -. ¿Trigonia t sp. (« Fenericardia [ Cordita ] Ameghino-
1 lín las figuras 1 a, 3 a, 4 a y 5 5 los contornos han sillo reproducidos algo ine-
xactamente.
- Del original do la figura 1 se ha desprendido un pedacito, después de hacer la
fotografía 1 a, y antes de tomar la do la 1 5; de manera que la esquina izquierda de
1 b ya no es simétrica a la derecha de 1 a. Tanto en 1 b como en 3 los vértices (Wirbel)
están algo retocados, porque la fotografía pura no los hizo resaltar de ningún modo.
275 —
rnm» v. Iher.), */,, do las capas intermedias (1 c) Rocauenses : ¿ Senoniano- Eoce-
no?, 15 kilómetros al norte de Koca. Colecciones Scliiller, 1921 ; Carotto-Roth-
Schiller-Torres, 1921 ; y Schiller, 1921. Originales en el Museo de La Plata.
Lámina V. — Figuras 1, 2y3 a-b. Capas de caliza porosa (¿ alijas calcáreas?), '/, resp.
disimulando caparazones de Glyptodontes, do los niveles más altos (1 g) del
Rocanense: ¿ Eoceno ? 8-12 kilómetros al norte do Roca. Número 4031 de la co-
lección de Koth, 1895-1890. Originales en el Musco de La Plata.
Lámina VI. — Niveles más altos do las capas Rocaneuses, 1 <7-1 h, sobre la orilla
oriental del valle seco, más o menos 10 kilómetros al norte de Roca.
Caliza porosa, yesosa, meándrica, 1 g ; encima los -yesos, 1 h.
Fotografía sacada por Eduardo Carette.
Lámina VII. — Figura 1 (con sobrecroquis) : Vista tomada desde el pie de la mese-
ta, como 10-18 kilómetros al nor-noroeste de la nueva población de Roca hacia el
sudeste y sur.
Delante : la barranca amarilla del piso Rocanense, 1 c. Los arbustos del pri-
mer término son casi exclusivamente diferentes especies de Jarilla (sobre todo
Larrea divaricata Cav.), que tienen una predilección para suelos arcilloso-mar-
gosos, contrastando así con la mayoría de las demás plantas de la « estepa de
arbustos » o « Formación del Monte » do aquel paraje.
En el centro del segundó término, el alto horno de cal, luciente de lejos (no se
destaca en el clisó), a mitad del camino desde Roca, y el que se levanta en me-
dio del hallazgo del Rocanense, conocido de la literatura.
Más atrás, en el medio, la « Punta Blanca» deWindhauson (1914, castellano,
pág. 29; [1914] 1915, alemán, pág. 345), que está ubicada, según mi medida y
cálculo, desde el alto horno en dirección S. 54° E. (maguét.) y seguramente no
mucho menos que 5 kilómetros. Ella y la loma a la derecha en la misma altura
se componen de las capas de Chichínales.
En el fondo la población de Roca.
Más allá la altiplanicie, ya sobre la costa sur del río Negro; consisto abajo
e. p. do Estratos con Dinosaurios del Cretáceo, arriba y localmente, desde su
fundamento, de las capas de Chichínales.
Figura 2 (con sobrecroquis) : Mirando a la falda de la meseta como 15 kilóme-
tros al norte do Roca.
Horizontes intermedio y superiores del Rocanonso, lc-1/.
El cuadro es la continuación geológica a la izquierda do la figura 1, empero
so trata de una colisa que queda retirada cerca de un kilómetro respecto a la
barranca de la figura 1.
Vista tomada por E. Carette.
Figura 3 (con sobrecroquis) : Cerro dos kilómetros al noroesto del Portezuelo
del Carrizo en la. parte central del territorio del Ncuquen ; su ubicación es 11
kilómetros al ocste-sudoesto do la estación do Challaco y en la misma distancia,
al sudeste de la parada « Kilómetro 1297 » 1 2 del Ferrocarril Sud (Plaza Huineul)y
tendrá como 200 metros de altura más que la línea férrea en Challaco a. Lacinia
1 Antes « Kilómetro 102 » (a contar desde la estación do Neuquen F. C. S.). Hace
poco se conoce la parada, que en breve será transformada en una estación oficial, bajo
el nombre « Kilómetro 1349 » ; esta cifra de kilómetros elevada ha sido croada para
justificar el aumento do Hete sobrecargas, el que so impone do Neuquen hacia arriba.
2 Altura de los rieles en la estación : 394,54 m sobre el Riachuelo en la Boca
(Buenos Aires).
— 276
su eleva unos 100 metros al norte-noroeste del esquinero norte del lote número
26, en la V sección, « Zona Confluencia» Desde la vía del ferrocarril entre
Challaco y Kilómetro 1297 se le reconoce fácilmente con ayuda de la fotografía
presente.
Encima, en la punta más alta de dicho cerro, se pueden recoger en los Roda-
dos Telmelches supraterciarios, que alcanzan aquí 5 metros de potencia, dis-
persados fósiles siliciíicados del Bocanense, que deben haber venido de yacimien-
tos que, en otros tiempos, afloraban más al oeste. Base : sedimentos cretácicos
con Dinosaurios.
Punto fotográfico : Casas nuevas de la estancia « La Licia », del doctor Juan
José Yzaurralde, como 10 kilómetros al sudoeste de la estación de Challaco F.
C. S., 5-6 kilómetros al este-sudeste del cerro.
PUBLICACIONES G ECLÓGICO -PALEONTOLÓGICAS MÁS IMPOUT ANTES
SOHIÍE LA HKGIÓN DE VILLA GKNE1ÍAI. IlOCA
1. 1881 [1882]. Adolfo Dokiiing, Geología. Informe oíicial déla comisión científica
agregada al Estado mayor general de la Expedición al Rio Negro (Patagonia)
realizada en los meses de abril, mayo y junio de 1879, bajo las órdenes del ge-
neral don Julio A. Roca, Buenos Aires, 1881, entrega III, 3a parte, Buenos Ai-
res, 1882, páginas 295-530. Con dos figuras en el texto 2. (Referido por A[lfred]
Stelzner en Nenes Jahrbuch fiir Mineralogie, Geologie und Palaeontologic. Jahrgang
1884, I. Batid, Stuttgart, páginas 209-216.)
2. 1884 [1885]. II[ugo Wilhelm] 3 Conwentz, Sobre algunos árboles fóailes del Rio
Negro, en Boletín de la Academia nacional de Ciencias en Córdoba (República Ar-
gentina), tomo VII, entrega 4a, Buenos Aires, 1884 [1885], páginas 435-456.
(Referido por [Hermana Theodor] Geyler en Nenes Jahrbuch fiir Mineralogie, etc.
Jahrgang 1886, I. Band, Stuttgart, 1886, pág. 159-160.)
3. 1889. Fi.ouicntino Amicgiuno, Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles
de la República Argentina. Obra escrita bajo los auspicios de la Academia nacio-
nal de Ciencias de la República Argentina, para ser presentada a la Exposición
universal de París de 1889, Buenos Aires, 1889, páginas i-xxxu, 1-1027. Con 33
figuras en el texto. Con 1 atlas: páginas i-xi y láminas 1-98.
4. 1890. [Conkad] Lakowitz, Betuloxylon Geinitzii nov. sp. und die fossilen Birkcnhdl-
zer, en Schriften der N aturf orschcnden Gesellschaft in Danzig. Nene Folgo. Siebenten
Bandos drilles Hcft. Danzig, 1890, páginas 25-32. Con lámina I yláin. (cuadro)1.
5. 1892. JosÉi’ii de Si km i a a dg k i , Apuntes sobre la región sub-andina del Alto Lirnag
y sus afluentes con un croquis geográfico, en Revista del Museo de La Plata, tomo III,
La Plata, 1892, páginas 305-312 [1-8]. Con 1 lámina.
6. 1893. Josef v. Siemikadzki, Zar Geologie von Nord- Patagónica (Nota prelimi-
nar), en Nenes Jahrbuch fiir Mineralogie, Geologie und Palaeontologic, Jahrgang
1893, I. Band, Stuttgart, 1893, páginas 22-33.
1 Compárese el mapa : « Ministerio de Agricultura, Dirección general do Tierras y
Colonias. Arrendamiento de tierras fiscales en el territorio del Neuquén. Buenos Ai-
res, agosto 18 de 1915. » 1 : 500.000.
2 En el título se dice: «con plano». Pero este no ha sido agregado; había sido
anunciado para la entrega IV, la cual no ha aparecido nunca.
3 No « llorín. ».
1 Esta última en la entrega número 4.
277
7. 1893. Joskf v. Siemiradziíi, Eine Forschnngsreise in Faiagonien, en J)r. A. Feter-
manns Mitteilungen aus Justas Perl lies ’ Geographischer Anstalt, 4 0. Bañil, 1893,
Gotha, 1893, III, páginas 49-62. Con lámina 5.
8. 1893. Hugo Zapalowicz, Das Rio Negro- Gébiet in Faiagonien, en Denkschriftcn
der Kaiserlichen Akademie dcr JVisscnscliaflen, Mathematisch-Naturwissenschaftliche
Classe, LX. Band, Wieu, 1893, páginas 531-564 [1-36]. Con 11 figuras en el texto
y 2 láminas. (Referido por J[ean] Valentín en Anales de ¡a Sociedad científica ar-
gentina, t. XLII, Buenos Aires, 1896, pág. 486-488.)
9. [1898] 1899. Santiago Rotii, Apuntes sobre la geología y la paleontología de los
territorios del Rio Negro y Ncuquen (diciembre de 1895 a junio de 1896). Musco de
La Plata. Reconocimiento de la región andina de la República Argentina, en Revista
del Musco de La Fíala, tomo IX, La Plata [1898] 1999, páginas [1-57] 141-197.
Con 1 figura en el texto y láminas I-VIL (En castellano con resumen alemáu.)
(Referido por M[ax] Sehlosser en Nenes Jahrbuch fiir Mineralogie, etc., Jalirgnng
1902, 1. Band, pág. 303-305; por [Gustav] Steiuniann, ibid., pág. 433-434.)
10. 1899. Florentino Amegiiino, Sinopsis gcologico-paleon tologica. (En Segundo censo
nacional de la República Argentina, tomo I, páginas 111 a 255 con 105 figuras, Bue-
nos Aires, 1898, en folio). Suplemento (adiciones y correcciones), julio de 1899,
La Plata, 1899, páginas 1-13.
11. 1900. Santiago Roth, Einige Bemerkungcn iiber Herrn Amcghino’s « Sinopsis geo-
lógico y paleontológica», en Nenes Jahrbuch für Mineralogie, etc., Jahrgang 1900,
I. Band, Stuttgart, 1900, páginas 224-230 '. Con 4 figuras en el texto.
12. 1900. Santiago Roth, Sonic Remarks on the latest Publication of Fl. Amcghino, en
The American Journal of Science, vol. IX, april 1900, New Haven, Connecti-
cnt 1900, Art. XXV, páginas 261-266. Con 4 figuras en el texto. (Casi el mismo
trabajo como la edición alemana 1900.) (Referido por M[ax] Sehlosser en Nenes
Jahrbuch fiir Mineralogie, etc., Jahrgang 1903, II. Band, pág. 131-132.)
13. 1900-1902. Florentino Amegiiino, L’Age des Formations sédimen taires de Faia-
gonie, en Anales de la Sociedad científica argentina, Buenos Aires, tomo L, 1900,
páginas 109-130, 145-165, con 2 figuras en el texto, 209-229; tomo LI, 1901,
páginas 20-39, 65-91; tomo LI1, 1901, páginas 189-197, 244-250; tomo LIV,
1902, páginas 161-180, 220-249, 283-342. [Tirada aparto páginas 1-231, con 2
figuras en el texto]. Véase tomo LIV, páginas 318 y 341. (Reforido por Otto
Wilckens en Nenes Jahrbuch fiir Mineralogie, etc., Jahrgang 1905, I. Band, Stutt-
gart, 1905, páginas 133-135, 136-143.)
14. [1901] 1902. Cari, Burckhardt, Le Gisement supracre'taciqnc de Roca (Rio Negro),
en Revista del Museo de La Plata, tomo X, [1901] 1902, páginas [1-17] 207-223.
Con una figura en el texto y láminas I-IV. (Reforido por Otto Wilckens en
Nenes Jahrbuch, etc., Jahrg. 1904, I. Band, pág. 432-433.)
15. 1903. Joh[annes] Büiim, (Ostreen von General Roca am Rio Negro), en Zeitschrift
der J)cut8chen gcologischcn Gcscllschaft, 55. Band, 4. Heft, Monatsberichto (Ver-
haudlungen), Borlin, 1903, páginas 71-72. (Referido por Otto Wilckens en Nenes
Jahrbuch, etc., 1904, I, pág. 433-434.)
16. 1903. II[ermann] von Iiiering, Les Mollusques des Terrains crétaciques supérieurs
de l’Argentine oriéntale, en Anales del Museo nacional de Buenos Aires, serio 3a,
tomo II, Buenos Aires, 1903, páginas 193-229. Con láminas l-II. (Referido por
Otto Wilckens en Nenes Jahrbuch, etc., 1904, II, pág. 286-288.)
17. 1904. 1I[ermann] von Iiiering, Nuevas observaciones sobre moluscos cretáceos y
terciarios de la Fatagonia, en Revista del Museo de La Plata, tomo XI, La Plata,
En la página 227 (renglón 22) hay que leer, en vez de « Rosa», « Roca».
278
1904, páginas 227-244 [1-18]. Con ilos láminas. (Referido por Otto Wilekens en
Nene s Jahrbueh, etc., 1904, II, pag. 288-289.)
18. [1905] 1906. Orro Wilckens, Die Meeresablagerungcn der Kreidc-und Tertiurfor-
mation in Patagónica, en Nenes Jahrbueh fiir Mineralogía, etc., XXI. Beilage-Band,
Stuttgart, [1905] 1906, páginas 98-195. Con 3 ligaras en el texto y lámina V.
19. 1906. Florentino Amegiuno, Les Formations sédimentaires dn ('retacé supúrieur
ct du Terliaire de Patagonie avec nn Paralléle entre leiirs Fannes mammalogiques et
cetles de Vancient Continent, en Anales del Museo nacional de Buenos Airee, serie
3a, tomo VIIÍ, Buenos Aires, 1906, páginas i, 1-568. Con 358 ligaras en el texto
y láminas l-III. (Referido por Otto Wilekens en Nenes Jahrbueh fiir Mineralogie,
etc., Hundertster Jalirgang 1907, II. Band, Stuttgart, 1907, pág. 108-113; lo
misino por M[ax] Sclilosser ibid., pág. 272-282.)
20. 1907. II[krmann] von Iueking, Les Mollusqucs fossiles du Tertiaire cl.du Crétaeé
supórieur de V Argentino, en Anales del Museo nacional de Buenos Aires, serie 3a,
tomo VII, Buenos Aires, 1907, páginas i-xm, 1-611. Con 16 figuras en el texto
y láminas I-XVIII.
21. 1908. Santiago Rom, Beitrag zar Gliederung der Sedimentablagerungen in Pata-
gónica uud der Pampasrcgion. Nenes Jahrbueh fiir Mineralogie, etc., XXVI. Beila-
ge-Band, Stuttgart, 1908, páginas 92-150. Con una lámina (serie de capas) y
láminas XI-XVII.
22. 1911. Feudinand Canu, Iconographie des Bryozoair es fossiles de V Argentine. Deu-
xiéme partie, en Anales del Museo nacional de Buenos Aires, serie 3a, tomo XIV,
Buenos Aires, 1911, páginas 215-291. Con láminas I-XII.
23. 1912. Anselmo Windiiausen, El yacimiento de « Rafaelita » de Auca Mahuida
( territorio del Neuquen). Extracto del « Boletín del Ministerio de Agricultura». Infor-
mes preliminares de la Dirección general de Minas, Geología e Hidrología, número 1 ,
Buenos Aires, 1912, páginas 1-30. Con 15 figuras en el texto y láminas I-VI.
24. 1912-1913. G[aetano] Rovereto, ¿ Audi di Geomorfologia argentina. III. La Valle
del Ilio Negro, en Bolletino della Societá geológica italiana, Roma, vol. XXXI-1912,
páginas 181-237, con 41 figuras en el texto y láminas 1II-YII; vol. XXXII-1913,
páginas 101-142, con 20 figuras en el texto y láminas III-V.
25. 1914. Bailay Willis, Forty-first Parallel Surveg of Argentina. Congres géologi-
que internacional. Compte rendue de la A 'IIa session, Ganada, ll)¡3, Ottawa, 1914,
páginas 713-731. Con lámina I y lámina (mapa). Véase página 724.
26. 1914. Hkiimann von Iueking, Catalogo de Múllaseos cretáceos e terciarios da Ar-
gentina da Colecgdo do Auctor. Katalog der Mollusken aus den Kreidc-und Tertidr-
Ablagcrungen, Argentiniens, enthalten in der Sammlung des Verfassers. Musen Pan-
lista. Notas preliminares editadas pela redactan da Revista do Musen Paulista,
vol lime I, fascículo númeroS, Sao Paulo, 1911, páginas 1-148. Con láminas 1-3.
(En parte portugués, en parte alemán.)
27. 1914. Anselmo Windiiausen, Contribución al conocimiento geológico de los terri-
torios del Rio Negro y Neuquén, con un estudio de la región petrolífera de la parte
central del Neuquén (cerro Lotena y Comineo) RepúblicaArgentina, en Anales del
Ministerio de Agricultura, Sección Geología, Mineralogía y Minería, tomo X, número
1, I. Geología, Buenos Aires, 1914, páginas 1-60. Con 7 figuras en el texto y lá-
minas I-IX.
28. [1914] 1915. A[nselm] Windiiausen, Einige Ergebnisse zweier Reisen in den Terri-
torial Rio Negro und Neuquén. Nenes Jahrbueh fiir Mineralogie, etc., XXX Vil 1.
Beilage-Band, Stuttgart, 1915, páginas 325-362. Con 6 figuras en el texto y lá-
minas VII-XV. (Casi idéntico con el trabajo anterior.)
29. 1916. Ricardo Wichmann, Las capas con Dinosaurios en la costa sur del Río Ne-
279
(jro, frente a General Iloca, en Physis, revista de la Sociedad argentina de Cien-
cias naturales, tomo II, Rueños Aires, agosto 14 do 1916, número 11, Rueños
Aires, 1916, páginas 258-262. Con 3 figuras en el texto.
30. 1918. A[nselm] Windhausen, The Problem of the Cretaccous-Tertiary Boundary in
South America and the stratigraphic Position of the San Jorge- Formal ion in Pata-
gonia, cu The American Journal of Science, Fourth Series, vol. XLIV, u°. 265,
Jauuary 1918, New Haveu, Conuecticut, 1918, páginas 1-53. Con 3 figuras en
el texto.
31. [1917] 1918 '. Edwakii W. Berry, Age of certain plantbcaring Formations in South
America, en Bulletin of the Geological Society of America, voluino 29, Nutnber 4,
Decemlier 1918. Proceodings of the Paloontologicnl Society (Washington, D. C.
1917), páginas 637-648. Con 1 figura en el texto y 1 lámina.
32. 1918. P[aul] Groeber, Edad y extensión de las estructuras de la Cordillera entre
San Juan y Nahucl-Huapí, en Physis, revista de la Sociedad argentina de Cien-
cias naturales, tomo IV, Buenos Aires, 20 de diciembre de 1918, número 17,
Buenos Aires, 1918, páginas 208-240. Con 1 figura en el texto y 1 lámina.
33. 1918-1919. R[ichahi>] Wiciimann, Sobre la constitución geológica del territorio del
Río Negro y la región vecina especialmente de la parte oriental entre el río Negro y
Valchcta, en Primera Reunión nacional de la Sociedad argentina de Ciencias natu-
rales, Tucumán, 1910, Buenos Aires, 1918-1919, páginas 90-107. Con lámina II.
34. 1918-1919. Anselmo Windiiausen, Consideraciones generales sobre el límite entre
el Cretáceo y el Terciario con referencia especial a la edad y posición estrati gráfica del
Piso de San Jorge en la Argentina (resumen), ibid., Buenos Aires, 1918-1919,
páginas 87-89. Con 1 figura en el texto.
35. [1918] 1919. Anselmo Windiiausen, Rasgos de la historia geológica déla planicie
costanera en la Patagonia septentrional, en Boletín de. la Academia nacional de-Cien-
cias en Córdoba (República Argentina), tomo XXVIII, entregas 3a y 4a, Córdoba
(ltep. Arg.), [1918] 1919, páginas [1-48] 319-364. Con 3 figuras en el texto.
36. 1919. Ricardo Wiciimann, Contribución a la geología de la región comprendida
entre el río Negro y arroyo Valchcta. Con una descripción ¡ideográfica de las rocas
eruptivas y metamórficas por Franco Pastoro, ltopública Argentina, en Anales
del Ministerio de Agricultura de la Nación, Sección Geología, Mineralogía y Mine-
ría, tomo XIII, número 4 ; Dirección General de Minas, Geología e Hidrología,
Contribución al conocimiento geológico de la República Argentina. IJI. Informes y
comunicaciones, Buenos Aires, 1919, páginas 1-45. Con láminas I-IX.
37. 1919. A[nselm] Windiiausen (Breve informe sobre el valle del Río Negro, cerca de
Roca), Memoria de la Dirección General de Minas, Geología e Hidrología, correspon-
diente al año 1910. Rep. Argentina), en Anales del Ministerio de Agricultura de
la Nación, Sección Geología, Mineralogía y Minería, tomo XIII, número 5, Buenos
Aires, 1919, páginas 1-120. Con 32 láminas. Véase pág. 46-47.
38. 1920. Ferdinand Canu y Ray S[mith] Bassleií, Norlh American Iiarly Tr.rtiary
Bryozoa, en Smithonian Institution United States National Museum, Bulletin 106,
Washington, 1920, Text : páginas i-xx, 1-879. Con 279 figuras en el texto. Pin-
tes : láminas 1-162. Con 162 páginas de explicaciones. Véase text : páginas 13,
14, 86, 111, 147, 156-158, 163, 227 (con íig. 61 G), 253-254, 256-257, 274, 275
(fio-. 77), 415-416.
39. [1920] 1921. Santiago Rom, Investigaciones geológicas en la llanura pampeana
(con un estudio petroquímico y sobre absorción del loess pampeano por Fede-
rico Bade) Universidad de La Plata, en Revista del Museo de La Plata, tomo
Apareció después del trabajo de Windiiausen (1918).
XXV (3a serie, t. 1), Buenos Aires, [1920] 1921, páginas 135-342. Con 21 liga-
ras en el texto, 4 láminas químicas ile color y láminas VII-XVIII/XIX.
40. 1921. Otto Wilckens, Beitrüge zur Paldontologie ron Patagonien. Alit einem Bci-
trag ron G[uslav] Steinmann, en Nenes Jahrbuch fiir Alineralogic, etc., Jahrgang
1921, I. Band, Stuttgart, 1921, páginas 1-14. Con láminas 1-111.
41. 1921. II[einrich] Gerth, D¡e Fortschritte dcr geologischen Forschung ¡n Argenti-
nien und einigen Naclibarstaaten wiihrend des Weltkriegs, en Geologischc Rundschau,
Band XII, Heft 1/2, Leipzig, 1921, páginas 73-87. Véase páginas 83-86.
42. 1917 — II[ans] Keidel, Ueber das patagoniscbe Tafelland, das patagoniscbe Gerbll
und ikre Bcziehungen zu den geologischen Erscheinungen Un argcntinischen Andengc-
biet und Litoral, en Zeitsvhrift des Deutschen Wissensehaftlichen Vereins zur Kultur
--- und Landeskunde Argentiniens, Buenos Aires, 1917, [Band 111], Heft 5, páginas
219-245; 1917, [Band III], Heft 6, páginas 311-333, con 1 ligara en el texto y
1 lámina; 1918, [Band IV], Heft 1, páginas 33-59, con 1 figura en el texto y lá-
minas I-V; 1918, [Band IV], Heft 3, páginas 139-161, con 1 figura en el texto;
1919, [Band V], Heft 1, páginas 1-27, con 1 figura en el texto. [Como tirada
aparte han sido publicados sólo : 1917, Heft 5-6, pág. 1-52, con 1 lig. en el texto
y 1 lám.] Véase 1917, Heft 5, páginas 227- 228 [11-12].
Durante la impresión del presente trabajo acaba de aparecer :
43. 1921. Anselmo Windhausen, Ensayo de una clasificación de los elementos de es-
tructura en el subsuelo de la Patagonia y su significado para la historia geológica del
Continente, en Boletín de la Academia nacional de Ciencias de Córdoba (República
Argentina), tomo XXV, entrega Ia y 2a, Córdoba (Rep. Arg.) [Buenos Aires],
1921, páginas 125-139 [1-17]. Con una figura en el texto. Véase el mapa, página
139.
44. 1 En prensa: Anselmo Windhausen, Estudios geológicos en el valle superior del
Rio Negro, en Boletín de la Dirección general de Alinas, Geología e Hidrología <
1 La conclusión no ha aparecido aún.
Cumbres (fono t00«»
sobre el r»o seco )
Sciiiixkr, Cretáceo -Terciario de Toca
Lámina 1
Croquis «le los alrededores al norte do Hora (Uto Negro). 1 . 50 000
Senil. leu, Crctáceo-l'cniario de Roca
Lámina II
Fig. 2 : Ala izquierda del perfil precedente, aumentada
Schiller, Cretáceo-Terciario de Roca
Lámina III
Fig. 1 a-b. — Ostrea aff. Claras v. Ilier. ’/. • Valva izquierda, do afuera y do adentro.
(Valva derecha no encontrada.) Rocauense inferior
Fig. 2 a-b. — Ostrea Clame v. Ilier. '/ ,. Valva izquierda, de afuera y de adentro.
(Valva derecha casi igual.) Kocaneuse inferior
Fig. 3a-6. — Ostrea Ameghinoi rocana
v. Ilier. '/ Valva mayor, de afuera y
de adentro. Kocaneuse superior.
Fig. 4 a-b. — Ostrea Ameghinoi rocana v.
Iher. '/ ,. Valva menor, de afuera y de aden-
tro. Rocauense superior.
Fig. 5 a-b. — Ostrea Ameghinoi v. Iher. ’/i- Val-
va mayor, de afuera y de adentro. Formación
Patagónica.
Fig. 6 a-b. — Ostrea Ameghinoi v. Iher. Val-
va menor, do afuera y do adentro. Formación
Patagónica.
Schiller, Cretáceo-Tcrciario de lioca
Lámina JV
Fig. 1 a-b. — ¿ Trigonia ? sp. («Venericardia [Cordita | Ameghinorum» v. Iher.). '/>•
Molde, visto hacia la valva izquierda y derecha. Koeanense intermedio
Fig. 2. — ¿ Trigonia ? sp. («Yencricardia
Ameghinorum » v. Iher.). '/, • Molde, visto
hacia la valva derecha. Koeanense inter-
medio.
Fig. 3. — i Trigonia ? sp. («Fcnc-
ricardiá Ameghinorum » v. Iher.).
'/,• Molde, visto do arriba. Roca-
nense intermedio.
Fig. 3 a-b. — Capa concéntrica (II) de la caliza porosa de la figura 1. '/a* Fragmento,
visto desde arriba y en una fractura transversal. Kocanense superior
Fig. 2. — Núcleo del estadio de comienzo (I) de la caliza porosa de la figura 1. '/.■
lioea líense superior
Schillek, Cretáceo- Terciario de Roca
Lámina Y
Fig. 1. — Corte esquemático de las capas de caliza porosa
pare idas a « Glyptodontia » (¿ algas calcáreas ?). Al rede-
dor de */»• Rocanense superior.
REV. MUS. LA PLATA.
T. XXVI
20
ScuiLLKii, Cretáceo- Terciario de Ituca
Lámina VI
Perlil natural N-S del piso Rucanease superior, 10 kilómetros al norte de Roca (Río Negro).
(Bancos de la caliza porosa de la lámina Y) (Fot. E. Carettc.)
Sciiim.kk, Crctiico / i
LÁMINA VII
F¡ír. 1 iliaco (Nciiquiiu)
(Fot. E. Caretto.)
Sriill.f.KR, f'trhur.
Lámina \* 1 1
II kilómetro* ni SW «li- (‘Imllacu (Nemiuru)
Sciiii. i. Kit, Crctáceo-Tcrciario de Jioca
Lámina Vil
MONTE HERMOSO
EN RELACIÓN CON EL ORIGEN DEL LIMO Y LOES8 PAMPEANO
Por el ingeniero MOISÉS KANTOR
•Jefe !¡c los departamentos de geología y mineralogía del Museo de La Plata
Consideraciones generales
Carlos Darwin es el primer explorador que describe la barranca de
Monte Hermoso. Él distingue cuatro capas diferentes, que a simple
vista aparecen horizontales, pero que en realidad resultan algo más
gruesas en la dirección NO. El corte, según Danvin, es de una altura-
de 100 pies aproximadamente, correspondiendo a la capa superior un
espesor de unos 20 pies, la que describe como una arenisca blanda, en-
trecruzada-, que contiene muchos rodados de cuarzo y pasa en la super-
ficie a ser arena suelta. La segunda capa, tan sólo de un espesor de seis
pulgadas, se señala como arenisca de color obscuro. La tercera capa es
el limo pampeano de color claro y la cuarta es de la misma- composi-
ción, pero ele color más obscuro, y contiene en su parte superior capas ho-
rizontales de concreciones rojizas y no muy compactas de rocas de tosca.
Danvin menciona que el fondo marino se compone de tosca y limo
pampeano rojizo hasta una distancia- de varias millas de la costa y una.
profundidad de 20 a 30 metros
Florentino Ameghino estuvo por primera vez en Monte Hermoso
en 1887, En su descripción no da un perfil completo de la barranca.
Refiriéndose a los fósiles, alude a su extremada riqueza diciendo:
« La barranca de Monte Hermoso, compuesta de estratos de arena
y arcilla formando masas compactas y duras como piedra, coronadas
por capas de areniscas y cenizas volcánicas, está atestada de fósiles.
En todas partes se ven asomar puntas de huesos : aquí una mandíbula,
22, página 119.
282
allí un cráneo, más allá nmi pierna, por otro lado un caparazón mons-
truo; uno camina de sorpresa en sorpresa »
Unos veinte años más tarde relata en Las formaciones sedimentarias
tic la región litoral , tratando de Monte Hermoso: «El aspecto de ¡a
barranca no sólo es muy variable en pequeñas distancias, sino que
varía también rápidamente en el transcurso del tiempo 1 * 3 * 5. »
Amegiiino indica en este trabajo que la denominación de loess que se
da a la roca del liermosense es falsa : « el hermosease consta principal-
mente de arena lina endurecida y no comprendo cómo algunos autores
pueden calificar el depósito con el nombre de loess, con el cual no tiene
en realidad ningún parecido. En algunos puntos el elemento arenoso
es tan predominante que puede considerarse la masa como verdadera
arenisca.
Según Bravard J, las capas del liermosense se elevan hasta una
altura de 19 metros y están cubiertas por 17 metros de arena estra-
tificada, pero a solo 200 metros de distancia, el liermosense apenas se
eleva a 7 metros, cubierto por unos 2 metros de arena y guijarros es
tratificados, cubiertos a su vez por arena movediza de los médanos
actuales con un espesor de 24 metros.
Florentino Amegiiino describe Monte Hermoso, por última vez, en
el año 1910 : «Encontré las barrancas de esta localidad modificadas en
una forma muy distinta de como yo las había conocido. Las capas de
arenas y areniscas estratificadas que descansan encima del liermosense
y constituyen el piso puelelicnse, antes visibles en un pequeño trecho
de sólo unos 40 metros, ahora aparecen a lo largo de la barranca en una
extensión de varios cientos de metros y en mayor espesor. En la parte
superior de esta formación de arenas estratificadas descubrí una capa
de unos 40 centímetros de espesor que contiene un considerable nú-
mero de fragmentos de cuarcita de formas variadísimas e irregulares,
todos o easi todos angulosos y cortantes, de los cuales, dada la premura
del tiempo, sólo pude recoger una pequeña serie '. »
Bailey Willis, en 1912, da un perfil completo de la barranca de
Monte Hermoso, con la indicación detallada del espesor de las capas
diferentes.
El distingue: limo loéssico o arenisca loéssica, una tierra pardo
rojiza de l-lm50 de espesor, tosca, localmente desarrollada en unas
láminas irregulares; limo loéssico de color amarillo-pardo de 2"“50 a d
1 b página 4.
- 2, página 414.
3 2, página 413. Cito según Amegiiino. lili las obras de fíravard no so encuentra
esta indicación.
1 3, páginas 1-5.
— 283 —
metros de espesor, arena estratificada, ceniza volcánica (20-40 cm.) y
arena de médanos de formación reciente '.
La última descripción de Monte Hermoso, anterior a la nuestra, la
encontramos en Wichmann 8 : « Las capas tienen aquí (en Monte Hermo-
so), en la barranca de la costa del mar, un espesor de cerca de 10 metros
sobre el nivel de la playa y constan de arcilla pampeana firme, com-
pacta y sin estratificación, que en su parte inferior es de color rojo y en
su parte superior amarillento. Es muy rica en cal, y, según sus compo-
nentes, casi se la podría clasificar como toba \ En la mitad inferior del
complejo se encuentran pequeños tubérculos y masas mayores irregu-
larmente formadas de una tosca dura y blanca hasta rosada.
Las caitas presentan una bóveda suave que, aproximadamente en
dirección NO-SE, está cortada por el mar en más de un kilómetro de
extensión. Sobre la arcilla pampeana descansa una capa de arena de
unos 8 metros de espesor que en parte se ha consolidado en arena más
dura, llamando la atención por la estructura entrecruzada. En el borde
oriental de la localidad encontré también en arena suelta que estaba
más o menos a la misma altura, pero no en la típica arenisca con la es
tructura entrecruzada, algunos fragmentos de rodados de canto agudo
con concoides de percusión, como lo menciona Ameghino, que lo con-
sidera como eolitos. Según su edad, estas capas de arena dícese per-
tenecer al puelchense, de modo que aquí faltaría el chapalmalense.
Estas arenas están cubiertas por recientes formaciones de dunas. »
Observaciones en el terreno
He seguido un itinerario distinto de mis antecesores, debido al per-
miso obtenido de las autoridades navales para viajar en el tren militar
hasta Las Baterías, que quedan a mitad de camino de Monte Hermoso.
El resto del camino, unas cuatro leguas, lo seguí por Ja playa.
La costa del mar, desde Bahía Blanca hasta Monte Hermoso, está
cubierta de médanos, en parte compuestos de arena movediza, que
aumentan en altura en la dirección SE. La monotonía del paisaje entre
Bahía Blanca y el faro Recalada, en una distancia de 15 leguas, es in-
terrumpida tan sólo por la barranca de Monte Hermoso.
Un trípode de 50 metros sobre el nivel del mar, colocado encima del
médano que cubre la barranca de Monte Hermoso, permite distinguirla
a distancia. Los médanos vivos (de arena movediza) forman una faja de
' 29, página 362.
5 53, página 16.
8 De acuerdo con el estudio microscópico hecho por Biicking, véase 19, página 82.
284
uno o dos kilómetros do ancho, pasando paulatinamente a médanos
fijos por la vegetación; tienen un rumbo, donde los pude observar,
MO-SE y son de color amarillo, amarillo gris. Es sorprendente con qué
facilidad se dejan fijar por la plantación de árboles (álamos y otros).
El Puerto Militar, en un terreno medanoso, está transformado en un
jardín, lo mismo que el faro Recalada y algunas estancias de parti-
culares. En cuanto a la composición de la arena de los médanos, su-
Fig. 1. — Monte Hermoso. Bloques de limo separados
por hendeduras en dirección SE-NO
pongo (pie poco o nada varía de la de Mar del Plata : se distingue en
la misma, a simple vista, y mejor con el lente: cuarzo, feldespatos,
magnetita, y granos de diferentes colores : amarillos, rojizos, negros,
que yo considero como pórfidos cuarcíferos, habiendo dado una expli-
cación de su origen en un trabajo anterior
Las lentas corrientes de marea con una dirección general S-N trans-
portan material patagónico en forma de rodados, los que se encuentran
junto con las rocas de la sierra de la Ventana arrojados en la playa;
32, píígina 10.
285
el material más fino de estos rodados se mezcla con los productos apor-
tados por los ríos, con numerosas conchillas, etc., formando el se-
dimento marino de la plataforma continental y, arrojado a la playa
y transportado por el viento, los médanos de la costa marítima.
La barranca de Monte Hermoso (se trata en realidad de dos barran-
cas, como explicaré más adelante) corre en la dirección SE-NO, te-
niendo una altura variable y está cubierta por médanos. La altura de
los médanos sobre el nivel del mar llega basta unos 30 metros, siendo
de importancia para el estudio estratigrúfico tan sólo la barranca
misma, que en toda su longitud, que es de 1700 metros, no alcanza una
altura mayor de 12 metros.
La barranca está sometida al trabajo de la erosión marina (abrasión):
dorante la marea alta las olas la alcanzan hasta una altura de 1 me-
tros. El trabajo de erosión está facilitado aquí por hendiduras en direc-
ción SE-NO que atraviesan el limo inferior y junturas que van para-
lelamente a la estratificación. El mar se introduce por estas hendiduras,
separando a veces bloques enormes, como lo ilustra la fotografía nú-
mero 1.
286
Las paredes de la barranca están cubiertas hasta cierta altura por
una delgada capa de sal, (pie proviene de la evaporación del agua de
mar que penetra en la roca.
I n proceso análogo de invasión y retrocedo del mar en bajos que
después quedan separados del mismo, dió origen a la formación de las
salitreras, abundantes en la región de Bahía Blanca.
Es interesante observar cómo millares de insectos (coleópteros y
otros) excavan sus nidos en la barranca, dejando como perforada la
Fig. 3. — Monte Hermoso, con lo capa delgada
de ceniza volcánica
roca. También digno de mención es que en el limo inferior, (pie se ex-
tiende centenares de metros bajo las aguas del mar durante la marea
baja, aparecen adheridos numerosos balanus e incrustados millares de
ejemplares de mytilus sp.
En la barranca se distinguen con toda claridad cinco capas distintas.
Ea relación de las capas es la siguiente: La roca de la capa inferior esta
compuesta de un limo arcillo-arenoso. Su color pardo no es característi-
co. Ya al observar las muestras algo desecadas se nota un tránsito del
color pardo al color rojizo.
La roca es de un grano sumamente lino y es difícil distinguir sus
componentes macroscópicamente.
287
Sólo en esta capa se encuentra tosca , en forma ele concreciones nodu-
lares que siguen con interrupción en toda la parte inferior de la ba-
rranca, pero casi en un misino horizonte. La tosca es de color amarillo,
no muy dura, casi siempre con pintas elendríticas, lo que significa la
infiltración de soluciones con hidrato ferroso y manganeso.
El espesor del limo inferior es variable, de pocos centímetros hasta
4 metros. Entre el limo inferior y el superior hay una marcada discor-
dancia.
El limo inferior continúa hasta unos 12 kilómetros en dirección SE,
lo que se puede observar durante la baja marea.
Encontré fósiles de vertebrados muy escasos, procedentes de esta
capa. El limo superior es de color amarillo, que varía hasta amarillo
grisáceo y gris. Su espesor es de pocos centímetros hasta 4 metros
como máximo; aumenta el espesor en dirección SE, mientras (pie con
la misma dirección disminuye el del limo inferior. En esta capa se en-
cuentran restos de fósiles vertebrados en mayor abundancia (pie en la
anterior.
La arena aparece recién a una distancia de unos 700 metros del ex-
tremo NO de la barranca, presenta una estratificación entrecruzada, es
poco consistente y se compone de granos que a simple vista y con
— 288 —
ayuda del lente en nada se distinguen de la arena de los médanos re-
cientes. Su espesor varía, pero no supera 4 metros.
Interpuesta en la arena entrecruzada se observa una capa horizontal,
muy delgada, de pocos milímetros hasta 20 centímetros de espesor, que
llama mucho la atención. Es de color gris hasta blanco, áspera al tacto,
muy liviana, lo que hace suponer que contiene como componente ceniza
volcánica. Esta capa se presenta con interrupciones y en muchas partes
se da a conocer por fragmentos desprendidos debido a la intemperie
(véase fig. 3).
Fig. 5. — Monte Hermoso. En el plano inferior canales
en el limo, visibles durante la marea baja
Por fin, la arena de los médanos, de grano bastante grueso, en la
que se distinguen : cuarzo, feldespatos, magnetita y pórfido euarcífero,
cubre la barranca en un espesor diferente, faltando por completo en el
extremo NO de la misma, donde se ha formado una terraza de unos
12 metros de ancho encima del limo amarillo, que está cubierta por
rodados de distintos tamaños y de forma variada que difieren, por lo
menos en parte, de los que están en la orilla del mar: así, faltan por
completo los rodados patagónicos que de vez en cuando se presentan
en la costa, lo mismo que la tosca amarilla. La barranca que fue objeto
de todos los estudios anteriores termina no lejos del trípode, donde la
— 28!) -
costa da una vuelta brusca, desapareciendo la barranca por completo,
pero al continuar el viaje en dirección SE hacia el faro Recalada se
ve en una distancia de solo 2 kilómetros, otra barranca de 1 kilómetro
de largo aproximadamente. Es de menor altura, el limo inferior es de
poco espesor, le siguen: el limo superior, arenisca y ceniza volcánica,
pero en la base de la arena de los médanos li ay numerosos rodados,
incluidos en la arena, que presentan el mismo carácter que los rodados
Fig. G. — Monte Hermoso. Análogo a figura 5
arriba mencionados. Se trata, según toda evidencia, de una formación
fluvial y reciente. Mucho llama la atención que una cantidad de los
rodados mencionados sean quebrados, rajados, y tengan formas como
si fuesen intencionalmente elaborados por el hombre.
Por el cambio de temperatura diurna y nocturna se producen en las
rocas tensiones que, al disolverse, ocasionan su quebrantamiento, dando
origen a la formación de fragmentos muy variados, con. fracturas fres-
cas, como si fuesen producidas intencionalmente.
En cuanto a los fósiles encontrados en Monte Hermoso: hay que divi-
dirlos, de acuerdo con nuestras observaciones, en cuatro grupos:
a) Los fósiles de la capa del limo inferior;
‘290
b) Los fósiles de la capa del limo superior;
c) Los fósiles que se encuentran sueltos encima de la terraza que
forma la barranca ;
d) Los fósiles (pie se coleccionan en los canales del limo inferior que
se prolonga bajo el mar y quedan descubiertos durante la marea baja
Valor realmente científico tienen únicamente las colecciones a y b;
los fósiles c siempre se pueden considerar como procedentes de la ba-
rranca, pero en cuanto a los fósiles d no hay ninguna seguridad si son
de la barranca o proceden de algún otro sitio, siendo muy probable que
procedan en parte del sur y arrastrados por las corrientes de marea en
la dirección paralela a la costa se apresan en los canales formados por
el limo inferior. Los huesos que aquí se encuentran son rodados y pu-
lidos por el trabajo de las olas.
En cuanto a la cantidad de fósiles que se presentan puede decirse
que aumenta en razón inversa a su valor científico.
En las capas del limo inferior y superior se encuentran sólo pequeños
fragmentos; encima de la barranca algunos huesos más grandes y durante
la marea baja en los canales del limo inferior huesos fósiles completos.
De los fósiles por mí coleccionados tiene importancia, según el doctor
Santiago lioth, el hallazgo en el limo amarillo de una mandíbula de
Typotherium , que él determina como Typotherium moendrum (?) Aniegli.
]\Ie dijo al respecto : « Este hallazgo demuestra que Carlos Ameghino
tiene razón en sostener que el loess amarillento, parecido al ncopam-
peano que se encuentra directamente en discordancia encima del loess
inferior, corresponde todavía al horizonte eopampeano o sea montcher-
mosense, porque el género Typotherium ha desaparecido antes de la se
dimentación del horizonte neopampeano y los géneros que se encuen-
tran en el mesopampeano son de una estatura mayor. »
Rocas de Monte Hermoso
Io Limo rojizo compacto, bastante resistente, sin estructura porosa.
En una masa isótropa se ven pequeños granos de cuarzo, plagioclasa,
vidrio, biotita y magnetita.
Predomina plagioclasa. Biicking 2 señala en la roca de Monte Hermoso,
además de plagioclasa: cuarzo, sanidina, augita y hornblenda, pequeños
rodados de andesita hasta el tamaño de tres cuartos de milímetro J y su-
1 Véase figuras 5 y 6, la parte inferior.
2 19, pagina 82.
-1 Se trata, probablemente, de un error de imprenta : debería leerse :l/,„ milímetros.
La microíbtografía agregada al trabajo de Biicking (19 entre pág. SI y 85), confir-
ma nuestra suposición.
— 291 —
pone, que la roca pertenece, por su composición, a una toba andesüica.
2o Tosca, forma concreciones en el limo rojizo, de color rojizo amari
liento, arcillosa, con pintas dendrítieas, de poca dureza; contiene granos
de calcita y granos que componen el limo rojizo.
3" Limo amarillo pardusco, de grano fino, sin la estructura típica eólica,
arenoso. Microscópicamente muestra la presencia de plagioclasa, cuarzo
y vidrio. Accesoriamente : Iiornblenda, piroxeno, apatita y magnetita.
Mucho material criptocristalino. En una concentración de esta roca
VVriglit y Fenner 1 encontraron ¡os siguientes minerales: plagioclasa
de distintas composiciones, cuarzo, piroxeno, Iiornblenda, biotita, apa-
tita, zircón, magnetita, espinela (o granate) y epidota; también consi-
deran posible la presencia de ólivino y monazita y de algunos otros
minerales que no lian podido ser identificados.
4o Areniscas con estratificación entrecruzada, contienen numerosos
granos de diferente color (blanco, gris, rojo, pardo y negro), de diámetro
de 1 milímetro a 1 centímetro, son mayormente redondos.
Los granos arenosos consisten en plagioclasa y cuarzo, coloreados por
óxido de hierro. En menor cantidad piroxeno, magnetita, espinela. En
notable cantidad vidrio volcánico. Algunos rodados tienen la compo-
sición de calcedonia con su típica estructura fibrosa. Algunos granos
contienen tanto óxido de hierro que aparecen opacos.
5o Ceniza volcánica, blanca, blanco-grísacea, microscópicamente casi
por entero compuesta de vidrio volcánico. De este material tenemos
un análisis químico hecho por Federico Bade 2.
i’or su composición, la ceniza volcánica se parece a una piedra pómez
liparítica, cuyo análisis damos a continuación -1 :
1 54, página 83.
2 44, página 228.
:l 42, página 273.
292
Como las cenizas de las liparitas y sus vidrios no se distinguen, por
su composición, de la roca compacta, suponemos que se trata de una
ceniza 1 i parí tica. Como lo demuestra la investigación química de Fe-
derico Bade, este material es poco descompuesto: sólo 5,88 por ciento
se disuelven en TICl y 0,71 por ciento en II ¿SO,. Esta ceniza volcánica
corresponde probablemente a la ceniza a de Doring
Sobre la diferencia en las distintas observaciones
Darwin indica la altura de Monte Hermoso en unos 30 metros, lo que
corresponde a su altura actual con los médanos que cubren la barranca,
pero según el perfil que traza, las capas inferiores del limo pampeano
tienen un espesor de unos 20 metros. Más tarde, Bravard da como es-
pesor de las mismas 17 metros y Florentino Amcghino indica que el
aspecto de la barranca varía en el transcurso del tiempo. El espesor
máximo de las capas de limo pampeano que corresponden al liermo-
sense no supera, según mis observaciones, unos 8 metros. Eso coincide,
por lo general, con los datos de Bailey Willis y de Wielimann y po-
demos afirmar que el aspecto de la barranca no lia variado notable-
mente durante los últimos diez años.
Los datos mencionados más arriba (de Darwin, Bravard y Ameghino)
son, sin embargo, insospechables y hay que buscar una explicación
a este cambio de aspecto que presentaba la barranca en los distintos
períodos de observación. Consideramos que la modificación de la ba-
rranca fué producida por la erosión marina. liemos señalado la impor-
tancia que tiene, sobre todo debido a las grietas en dirección SE-NO
que atraviesan la barranca y que facilitan su destrucción por medio de
las olas. En el tiempo de Darwin el corte de Monte Hermoso se ha pre-
sentado en condiciones distintas porque correspondía a rocas hoy des-
truidas por la erosión. Es posible que las capas de limo desaparezcan
debajo de los médanos ya a poca distancia del mar y que en tiempos no
muy lejanos la barranca será destruida, por completo. Bi no coincide la
23, página 173.
293
indicación de la altura de las distintas capas de la barranca con la obser-
vada actualmente, su relación recíproca, señalada por Darwin, es gene-
ralmente la misma que boy. Efectivamente, las capas tercera y cuarta
corresponden a nuestro limo inferior y superior; Darwin no separa la
arenisca blanda, entrecruzada, de la arena de los médanos, y en realidad
el tránsito de la primera a la última es paulatino. Algo en duda es-
tamos respecto a la tercera capa que Darwin indica de un espesor de
seis pulgadas y señala como arenisca obscura, y además, en nuestro
perfil ligara una, capa delgada de ceniza volcánica, interpuesta entre la
arena blanda entrecruzada de unos 20 centímetros de espesor, que no
está en el perfil de Darwin. En las dos capas de limo pampeano, sobre
todo en la capa inferior, Darwin encontró muchos huesos de mamíferos
extinguidos, algunos en su posición relativa correspondiente, otros en
pequeños fragmentos sobre un corto trayecto. Todos los huesos eran
compactos y muy pesados, algunos de ellos coloreados en rojo con su-
perficies pulidas, algunos huesos pequeños eran negros.
La lista de los fósiles de Monte Hermoso fue aumentada por las in-
vestigaciones posteriores, sobre todo de Florentino Amegbino. Damos
a, continuación la nómina completa de los géneros, de acuerdo con un
estudio hecho por Kovereto '.
MAMMAI.IA
Protypotherinm , Pachyrucos, Tremacyllus , Typotherium , Pseudotypothe-
rium, Xenotlieriim, Toxodon, Xotdon, Alifoxodon n. gen., Trigodon, Epi-
therium, Eoauchenia, Diplasiotherivmn. gen., Promacrauchenia, Microtra-
gulus, Proatlicrura. Eocastor n. gen., Eumysops, Tribodon, JJicoeloplionts,
Phtoramys , Platacmmys, Piihantomya, Viscaccia, Tetrastylus , Mcgam ya, Pa-
I aeocavia , Microcavia, Dolichotis, Gaviodon, Protoltydrochoervs n. gen.,
Phugatherium, Argirolagus, Paradidelpliys, Hyperdidclphys , Cladodidcl-
phya, Didelphya, Parahyaenodon , Acroliyaenodon, Pachynasua , Aviphi-
eyon, Rathymotherium, Megatherium, Chlamydotherium, Proeuphractus,
Dasypus, Enfatúa, Macroeuphractns, Scclidodon, Sclerocalyptus, Ploliopho-
rua, Nopachtus, Neuryurus , Plaxhaplna , Xotocynua, Tetraprothomo s.
AVES
Hetcrorhea n. gen., Tinamisornis n. gen., Hermosiornis n. gen.
' 46, páginas 11 y 12.
* llnllicka, y Marccllin limito (véase 15, píig. 4 32), niegan la existencia, del Trlrn-
p rol homo.
KEV. MUS. I,A PLATA.
T. XXVI
21
294
11EPTILIA-LACERTILIA
Tupinambis.
Testudo.
GIIEL0N1A
BATRACÍIIA-ECANDATA
Geratophrys.
Durante los diez días de mi permanencia en Monte Hermoso en-
contré muy pocos restos fósiles en las condiciones indicadas bajo a y b ;
solamente pequefios fragmentos de huesos, de color negro, en condi-
ciones indicadas bajo c ; fragmentos más grandes y huesos pulidos y ro-
dados en condiciones indicadas bajo d.
En un viaje efectuado a Monte Hermoso por el doctor Carette, de una
duración todavía mayor (unos 20 días) durante el año 1018, se obtuvo
un resultado análogo : los restos fósiles se encontraron en poca can-
tidad y de pequeño tamaño. Este fenómeno: el empobrecimiento de los
hallazgos de fósiles, no es accidental. Darwin encontró en Punta Alta,
en un yacimiento de fósiles que ocupaba un espacio de tan sólo 200
metros cuadrados los restos de nueve grandes cuadrúpedos y nume-
rosos huesos sueltos. Junto a esos fósiles Darwin encontró 23 especies
de moluscos. Después nunca se encontraron en Punta Alta fósiles ver-
tebrados. Eósiles invertebrados existen en varias partes cerca de Punta
Alta, así en el Puerto Militar y en el kilómetro 7 del ferrocarril Bue-
nos Aires-Bosario, donde fueron descubiertos por el ingeniero Arnim
Iteinmann. Las especies que allí predominan son Trochos patagónicas,
Pitar rostratum Koch, Mytilus darte inianus , Plicatula yibbosa. Pero no
se encontró allí ni un solo resto fósil de vertebrado.
La edad geológica de las capas de Monte Hermoso
Ameghino dió el nombre de hermosense a. las capas de limo en Monte
Hermoso y el de puelchense a las capas de arena estratificada, conside-
rando que todas esas capas pertenecen al mioceno superior. El error más
notable de esta opinión es atribuir a las arenas estratificadas de Monte
Hermoso una edad terciaria, liemos indicado más arriba que. Darwin
no separa estas capas de los médanos actuales. Efectivamente no hay
diferencia entre ellas, y el paso de unas a otras es paulatino. En estas
arenas nunca se encontraron fósiles de ningún género. Bu edad gen-
295
lógica es muy poco distante de la reciente. Amegliino da una indica-
ción exacta de que a unos 20 kilómetros más al este de Monte Hermoso,
en el punto designado con el nombre de « La playa del Barco», des-
aparece el liermosense para ser reemplazado por la arena estratificada.
También es cierto que se encuentran aquí restos de vertebrados fósiles,
pero no cabe la menor duda que estos restos provienen del limo de Mon-
te Hermoso, siendo transportados por las corrientes de marea y arroja-
dos por las olas a la playa. •>
El error cometido por Amegliino se vuelve doblemente grave cuando
declara la piedra quebrada y rajada que se encuentra en estas arenas
como productos de una industria humana del mioceno superior ', cuando
en realidad la intervención natural de cambios de temperatura diurna y
nocturna explica satisfactoriamente su formación.
También Roth considera el liermosense como del mioceno superior.
¡Se basa en la analogía (pie presentan los fósiles de Monte Hermoso con
los restos de mamíferos «pie están mezclados con los fósiles marinos
en las capas de Entre Ríos, y llega a la conclusión de que el loess del
horizonte eopampeano forma el equivalente de las facies marina y llu-
vial de la transgresión entrerriense.
« Si se comparan los restos mamíferos que están mezclados con los
fósiles marinos en las capas de Entre Ríos, con los que se encuentran en
las de Monte Hermoso y la base de las barrancas de Los Lobos, entre
Mar del Plata y Miramar y Chasicó, las que forman el horizonte eopam-
peano, como también con los que se hallan en las capas de areniscas de
las sierras de Catamarca y en las nacientes del río Mayo, en Oliubut,
resulta que todos ellos corresponden a una misma fauna que representa
un período de desarrollo. No muestran más diferencia que cualquier
otra fauna proveniente de distintas regiones. En conjunto presentan el
mismo grado de evolución y en todas estas capas se encuentran numero-
sos tipos comunes que faltan en los depósitos más antiguos y más moder-
nos. El loess del horizonte eopampeano forma, por consiguiente, el equi-
valente de las facies marina y fluvial de la transgresión entrerriense \
El entrerriense, sin embargo, corresponde, según Borchert y Wil-
kens, al plioceno, pero Roth, basándose en el estudio de los vertebrados,
considera el piso paranense, lo mismo que las capas de Monte Hermoso,
del mioceno superior.
Eovereto, como Amegliino y Roth, atribuye una enorme importancia
a la evolución de la fauna de los vertebrados; dice : « Steinmann y Wil-
kens declararon que Monte Hermoso es cuaternario, lo cual es un
absurdo, pues después de la fauna de Monte Hermoso hay aún ocho
1 3, páginas 1-5.
5 44, página 281.
— 296
faunas distintas» 1 ; a pesar de eso Roveveto atribuye el liermosense al
plioceno. V. Iliering, el primero que se ocupó del estudio de los moluscos
fósiles encontrados en capas marinas de la formación pampeana, llega a
la conclusión, no muy segura, de que el pampeano inferior (en el sentido
de Amcghino) pertenece al plioceno superior; «es todavía una cuestión
abierta, si el pampeano inferior representa la parte superior del plioce-
no, como parece serlo, según nuestros conocimientos actuales 2».
V. Iliering emite la opinión que los moluscos no pueden suministrar
informaciones decisivas sobre la distinción de capas del plioceno su-
perior de las del pleistoceno y que debemos guiarnos sobre todo por los
mamíferos y sus migraciones para reconocer las formaciones sincró-
nicas de diversas partes del continente americano.
El liermosense, más antiguo que el pampeano inferior en el sentido
de Amegliino, lo consideraba v. Iliering como plioceno inferior.
Tenemos así indicadas para la determinación de la edad geológica de
las capas de Monte Hermoso todas las edades geológicas posibles entre
el mioceno superior y pleistoceno (mioceno sup., Amegliino y Rotli;
plioceno inf., ltovereto, v. Iliering; plioceno sup., Steinmann; pleisto-
ceno, Wilkens y otros).
El problema sale de los límites de la determinación de las capas de
una pequeña localidad y adquiere una importancia que se extiende
a toda la formación pampeana de la República Argentina, que por dis-
tintos autores es considerada de diferente edad geológica.
Es imposible armonizar los resultados obtenidos; las diferencias con-
sisten, en último término, en la diversidad de los métodos de investiga-
ción que fueron empleados.
El método más adecuado es siempre el estudio de las capas con condo-
lías fósiles que se encuentran intercaladas en el depósito pampeano en
sus pisos superiores. En el hallazgo de Punta Alta, Darwin determinó la
edad de la capa donde se encontraban los restos fósiles de los vertebrados
y varias especies de conchas, basándose en la relación de las especies de
moluscos encontrados con las que viven actualmente, y no en los gigan-
tescos cuadrúpedos de los que Darwin sabía que eran más diferentes de los
de la época actual que los más antiguos cuadrúpedos terciarios de Europa \
Amegliino y Roth trataban de determinar la edad geológica del
depósito pampeano basándose en los fósiles vertebrados; Amegliino
tomando en consideración la evolución que muestran las faunas com-
1 46, página 9.
s 27, página 118.
5 22, página 154. Véase también Daiuyin, Origen de las especies, capítulo XI y
Mattiikw W. I)., Climate and Evolulion, en Anual of Ihe New York Aoademy of Scien-
ces, volumen XXIV, 1915.
— 297
paradas y Eotli la proporción de las especies, géneros y familias ex-
tinguí'das en relación con las vivientes. Contra este método hace una
advertencia el mismo autor de la teoría evolucionista.
« Debemos tener sumo cuidado, diese Darwin, al juzgar sobre la anti-
güedad de una. formación de acuerdo con la diferencia, por grande que
sea., con las especies vivientes de cualquier clase de animales; hasta
debemos cuidarnos en admitir la fórmula general según la cual han de
estar necesariamente en correlación el cambio de formas orgánicas y la
duración del tiempo '. » Si los hallazgos paleontológicos, ulteriores a Dar-
win, han demostrado, según detallados estudios de los hermanos Aiueghi-
no, Eotli, Eovevetto y otros, la existencia, por lo menos, de tres ciclos
de faunas distintas : la santacruceña, la herinosense y 3a pampeana, cu-
ya evolución, desde la santacruceña hasta la pampeana, queda indiscu-
tible, es siempre insuficiente el solo método paleontológico (basado en
los vertebrados) para determinar el orden cronológico de las capas.
El estudio del origen y dirección de las migraciones de los compo-
nentes de las faunas en discusión debería, según Scott 1 * * 4 y Matthew :l,
últimamente también según v. Ihering 4, aportarnos datos nuevos sobre
el problema. W. P. Matthew dice al respecto : « Si, como es opinión
prácticamente unánime de los autores europeos y norteamericanos,
la gran mayoría de los mamíferos terciarios y modernos se originó
en el norte, es evidente que la edad geológica de los estadios equiva-
lentes será más reciente en Patagonia que en el mundo boreal. Si, como
cree el doctor Ameghino, ¡a Patagonia fué el centro de dispersión de la
mayoría de los mamíferos terciarios y modernos, lo recíproco será lo
verdadero. En el primer caso la fauna patagónica será más reciente de
lo que parece; en el segundo será más antigua. » Matthew llega a la
conclusión de que el pampeano medio y superior se derivan con seguri-
dad en gran parte, o tal vez en su totalidad, do Norte América, por una
migración no más antigua que el principio de pleistoceno. El pampeano
inferior (en el sentido de Eotli) puede ser quizá más antiguo.
«Cualquier otra fuente que no sea Norte América para la fauna in va-
sera implicaría cambios geográficos de un carácter altamente improbable.
«La existencia de un puente terrestre entre África y Sud América
al fin del terciario debería suponer evidentemente una comunidad de
faunas, la que no existe 4. »
Las enormes dificultades que presenta la estratigrafía del depósito
1 22, página 156.
4 36, página 466.
:1 En Junáis of llic New York Acadcmy of Sciences, volumen XIX, número 7,
parto II, 1909.
4 28, página 12.
298
pampeano y el interés que ofrece su esclarecimiento, obligan a buscar
otro método, sino para resolver el problema, por lo menos acercarse
a su resolución. Para ese objeto debería investigarse en primer término
la roca misma del depósito pampeano, cuyo conocimiento inseguro o in-
completo ya se revela en los distintos nombres con que se la bautiza :
arcilla pampeana, loess o limo pampeano. Un fundamento indispen-
sable para la estratigrafía, dice Andrée, es el conocimiento de las rocas
de las capas discutidas; es su petrografía *. Las distintas clasificaciones
que se han dado a las rocas sedimentarias demuestran hasta qué grado
están distanciados del objeto propuesto en este campo. « Ocupados del
contenido paloantológico de las rocas sedimentarias, se han olvidado
del recipiente, cuya composición también puede suministrar datos im-
portantes *. » Se puede, dice Andrée, en cierto sentido hablar de roca,
de guía, como se habla de fósil de guía. Pero una investigación precisa
para llegar a conceptos bien claros que podrían servirnos de punto de
apoyo en el estudio estratigrálico del depósito pampeano necesita otros
métodos y no una simple descripción macroscópica de la roca.
Nuestro objeto será, por lo tanto, ver si el conocimiento de la petro-
grafía y constitución química de la roca pampeana no podrían darnos
algunos datos paleogeográficos.
Limo, loess, laterita
En la bibliografía existente sobre el problema discutido no encon-
tramos un criterio único para la designación de la roca que forma el
depósito pampeano. No solamente los autores más antiguos emplean
términos diferentes (D’Orbigny habla de arcilla pampeana, Danvin de
limo, Heusser y Clarz por primera vez introducen el término de loess,
habiendo supuesto una semejanza entre la roca pampeana y el loess del
liliin de Alemania), pero también en la actualidad continúa esta diferen-
cia en la nomenclatura (Bodenbender habla de arcilla y limo, Dóring
de arcilla y loess, Itoth de loess, Walter, en el Uruguay, de limo, etc.)
Bodenbender escribe en 18Í14: « La investigación microscópica y quí-
mica al objeto de distinguir arcilla, loess arcilloso y loess, no está con-
cluida. Sin embargo, tal distinción bien caracterizada parece ser impo-
sible 3. » La dificultad aumenta hoy día por la necesidad que tenemos de
distinguir del limo y del loess, la laterita si queremos comprender la
naturaleza de la roca pampeana.
' 6, página (51.
2 6, página (54.
:l 13, página 18 «leí tiraje aparte.
29» —
El limo, el loess y la laterita tienen sin duda mucho de común; con-
tienen casi los mismos componentes químicos (Si02, A1203, Fea03, MgO,
CaO, TiO,, K,0 y Na, O) hasta cuantitativamente pueden aparecer
como formaciones semejantes, por cuanto un análisis de loess puede en
poco diferir de un análisis de limo o de la laterita, pero sí queremos
distinguirlos como formaciones de distinto origen, debemos encontrar
una diferencia en la composición mineralógica, sobre todo demostrar
que existe un distinto proceso de descomposición para estas formaciones.
No es suficiente distinguir el limo del loess porque el uno está estra-
tificado y el otro no lo es ', es necesario encontrar un criterio químico-
mineralógico para distinguir uno del otro.
Según Zirkel f Petrographie, III, pág. 707) el limo debe considerarse
esencialmente como una arcilla mezclada con arena sumamente fina
y con carbonato cálcico y coloreado por hidrato férrico. Loess, en cam-
bio, es un acumulado de cuarzo clástico, sumamente fino, con una can-
tidad de arcilla no muy elevada, con o sin Ca0O3, de un grano uniforme
de un diámetro 0mm053 aproximadamente, como término medio.
Las aguas con CO, decalcifican el loess, transformándolo en limo.
Los elementos accesorios son, según Zirkel : hojuelas de mica, óxido
de hierro, más raro granos de feldespatos.
Como laterita designa Zirkel un limo férrico con los restos de las ro-
cas descompuestas, y distingue lateritas autóctonas (in loco), por ejemplo,
las del Brasil, de lateritas alóctonas , por ejemplo, de la isla de Ceylan.
Las definiciones de Kosenbuscli son esencialmente las mismas para limo
y loess; laterita, en cambio, la califica, de acuerdo con datos más nue-
vos, como rocas que contienen hidrato de aluminio. En la formación de
laterita desaparecen de un modo más o menos completo los álcalis y las
tierras alcalinas, quedando una mezcla de arena cuarzosa con hidrar-
gilita Al (OH)3 y limonita. «Mientras que el limo (producto último de
la descomposición común) presenta un silicato de alúmina hidratada, la
laterita es un hidrato de aluminio areno-ferruginoso 1 2. »
De los estudios nuevos sobre el loess indicaremos los de W. Meigen
y II. (1. Schering. Según éstos, el loess verdadero posee en todas partes
donde se presenta los mismos rasgos característicos. Hasta de distritos
muy distanciados el material tiene una misma o análoga composición
mineralógica y química.
1 « En contraposición a la muy aceptada opinión de que la arcilla pampeana no
tiene ni la más mínima señal do estratificación, me consta por experiencia que en
todos los depósitos que lie estudiado en las regiones do los ríos se hallan indicios
de estratificaciones aunque a veces no muy claros. » llodenhondor en 6, página 17
del tiraje aparte.
2 42, página 81.
300 —
Mineralógicamente representa carbonato calcico en cantidad varia-
ble, cuarzo y en pequeña cantidad silicatos, entre los que predomina
el feldespato y, sobre todo, ortoclasa.
lín cantidad reducida se encuentran también : muscovita, biotita,
liornblenda, epidota, disteno, zirkon, rutilo, turmalina, apatita, stauro-
lita, zoisita, granate, rara vez corindón, brookita y ghuicofun. Por la
descomposición el loess se transforma en limo : por el proceso de des-
composición se eliminan los carbonatos, alterándose los silicatos, sobre
todo los feldespatos.
Durante esta alteración se combinan OaO, MgO, Na.O, KsO con
el Cüj de las aguas de la superficie, y los carbonatos se transportan en
estado disuelto Según esta definición tenemos el derecho de atribuir
al limo un grado de descomposición superior al del loess y debemos
esperar encontrar en el limo, menos partículas no descompuestas que
en el loess si se tratara de la misma roca, primaria o secundaria, que
dió origen a ambos. Keilhack 2, en una interesante conferencia sobre
el loess, admite en el estudio de esta roca todo un problema insoluble de
acuerdo con las teorías actuales sobre su origen. Keilhack ve las dificul-
tades del problema loessico en su distribución geográfica, en lo enorme
de sus masas, en la uniformidad de su composición y en la inseguridad
de su origen.
Indicaremos sus ideas con cierta detención, para concluir si, de
acuerdo con sus datos, se puede hablar de un loess argentino.
El loess, dice Keilhack, evita la zona fría y cálida de la tierra y se
limita, por lo general, a la zona de temperatura mediana.
La superficie total ocupada por el loess la calcula en 2fi millones
de kilómetros cuadi’ados (de éstos 5.000.000 km2 corresponden a la
América del Sur). El espesor medio del loess lo indica en 30 metros
para Galicia, 79 metros para Besarabia, varios centenares de metros
para China y sólo 10 metros para las pampas sudamericanas. En toda
la historia terrestre, dice Keilhack, conocemos un solo período de for-
mación de loess, el diluvio. Por más prolijamente que estudiemos las
rocas de los períodos de tiempo anteriores no encontraremos ninguna
que pudiéramos designar como parecida al loess o de él derivada. En
la actualidad el loess no se produce más y los datos que al respecto se
mencionan resultan siempre erróneos.
El loess es una roca fósil y una roca de guía del cuaternario más anti-
guo del diluvio o del tiempo glacial \ La composición mecánica del loess,
según Keilhack es :
* 38.
* 30.
:1 30, página 155, subrayado por nosotros.
301
302
El tamaño predominante es de */,„ á */5 de milímetro.
La composición mineralógica del loess, según Keilhack es:
Rocas calcáreas 10 a 25 °/0
Cuarzo 60 a 70
Silicatos arcillosos. . ' 10 a 20
La mica falta por completo en el loess según el autor citado. Tam-
poco están presentes los grupos de anfibol y piroxeno.
Los granitos y otras rocas eruptivas, las pizarras cristalinas, las pi-
zarras arcillosas y las granvacas, las areniscas de grano medio y grano
grueso, son totalmente impropios, según Keilliack, como material de
origen para la formación del loess. A raíz de sus observaciones e inter-
pretaciones del problema loessico, este autor llega a la conclusión de que
el loess debe tener un origen extraterrestre. Esta nueva teoría sobre
el origen cósmico del loess es combatida por Zimmermann, quien sos-
tiene la veracidad de la teoría eólica.
¡Si el loess, como lo declara Keilhack, es una roca de guía para el
cuaternario, aceptando que la roca pampeana fuera loess, la edad cuater-
naria de la formación pampeana sería indiscutible, pero esta roca, deno-
minada por muchos como loess, no corresponde, como veremos más ade-
lante, a los caracteres generales indicados para el loess por Keilhack y
otros autores '.
Antes de hacer una comparación de la roca pampeana con el loess de
otros países, necesitamos determinar de una manera, en lo posible exac-
ta, la naturaleza de la laterita.
Los estudios sobre laterita, hoy ya bastante numerosos, permiten esta-
blecer una definición química y petrográfica de esta roca.
Esa definición, a nuestro juicio, la dió Mei gen s.
La laterita se compone, según Meigen, en lo principal de hidrato de
aluminio (llidrargillita), mayormente mezclado con óxido de hierro. El
hierro parece encontrarse en la laterita como un óxido pobre en agua o
anhidro. El proceso de formación de laterita es debido a una división de
los silicatos por el agua pura, acentuada todavía en temperaturas altas.
1 30, página 157.
a 37, página 200.
303
La descomposición de las rocas es distinta en los países tropicales y en
los países de clima moderado, y la diferencia proviene de la interven-
ción del COj en la descomposición de las rocas en los países. templados
y en la acción hidrolítica sobre los silicatos del agua en estado puro en
los países tropicales. Por la acción de hidrólisis, un feldespato, por ejem-
plo, se descompone en hidrato de aluminio y silicato alcalino, que a su
vez puede separarse en hidrato alcalino y Si O., libre.
Según Bauer el feldespato se lateritiza más fácilmente que la augita
y la liornblenda. Laterita es un producto de descomposición superficial,
pero, en países tropicales, las capas lateríticas pueden llegar hasta una
profundidad de 100 metros 1 2 (Weinsclienk).
Según Arsandaux 3, la formación de laterita se produce poruña hidra-
tación de los silicatos (feldespatos y otros), al principio bajo la formación
de combinaciones micáceas. En la descomposición posterior, una parte
del óxido de aluminio queda unida ai Si02, transformándose finalmente
en caolina, mientras que la. otra forma alúmina libre. El producto final
es una mezcla de caolina con hidrargillita.
Por la disolución en NaOII, el óxido de aluminio se disuelve, y tene-
mos así un método químico para poder juzgar hasta qué grado el proceso
de lateritización ha tenido lugar en la formación de la roca pampeana.
Pero el análisis químico debe también ayudarnos a reconocer la natura-
leza déla parte isótropa o de débil refracción doble que la investigación
microscópica no puede distinguir.
Van Beinmelen demostró el primero, que los silicatos descompuestos
pueden separarse en una parte soluble en IIC1 y otra insoluble en HOl,
pero soluble en IJ,SQ4.
La parte soluble en IIC1 contiene cantidad de Si03 variable y la rela-
ción molecular de AI2G;, : Si02 es mayormente >*1:2. La parte soluble
en HjSO, se considera, comúnmente como caolina, por lo menos, la rela-
ción molecular en los análisis indica ALO, : SiG2 = 1:2.
La relación en que están mezcladas ambas partes (una soluble en HC1
y otra soluble en ILSO,) es muy variable, pudiendo faltar la parte cao-
línica. Junto con estos componentes puede encontrarse, en la parte des-
compuesta, alúmina libre (p. ej. : en la laterita) e hidrato férrico.
La parte soluble en 1101 es la substancia en que ocurren la mayor
parte de los movimientos químicos y físicos, así la absorción del agua y
sales, el intercambio de bases. La masa principal de la parte soluble en
1 1 01 se encuentra indiscutiblemente en un estado coloidal.
Debido a esas indicaciones de van Beinmelen, tenemos un medio quí-
1 11.
2 52.
1 8, 9.
304
mico para conocer los diferentes componentes de la tierra pampeana y
juzgar sobre el modo de su alteración.
Podemos reconocer en la roca pampeana: los minerales no descom-
puestos, y estos también microscópicamente cuando las dimensiones de
los granos no son muy pequeñas; las substancias caolínicas que provie-
nen de la solución en HjS04 y las substancias coloidales provenientes
de la jíarte soluble en 1 1 01, que al principio no tienen una combinación
química definida, y sólo, probablemente en muy largos períodos, se trans-
forman en substancias cristalinas.
Por la disolución de la tierra pampeana enNaOlí, o en la solución
Punge, podemos determinar también la cantidad de SiO, y APO„ en
estado libre. Buscando coordinar los datos referidos sobre limo, loess y
laterita, llegamos a la siguiente consideración.
La roca menos descompuesta de las tres es el loess; sus componentes
mineralógicos son : cuarzo, que predomina, carbonato cálcico y, en pe-
queña cantidad, substancias arcillosas. Como elementos accesorios se
encuentran granos de feldespatos, predominando ortoclasa, mica y otras;
aunque el contenido de carbonato cálcico no se considera obligatorio, lo
señalan, sin embargo, casi todos los análisis '. En el loess típico, el car-
bonato cálcico envuelve los granos de cuarzo.
Químicamente el loess representa: anhídrido silícico en cantidad pre-
dominante, alúmina generalmente <C 1 0 por ciento, CaO, MgO, Na./), KsO
en pequeñas cantidades. El grado de alteración del loess, que se revela
por la solución en HOl y naSO¡, no es muy grande, lo que podría rela-
cionarse con su origen cólico o cólico glacial.
Existen sumas dificultades para distinguir un loess típico de un loess
removido.
Se puede considerar como seguro, dice Kayser 1 2, que una gran parte
de los yacimientos loéssicos actuales no representan una formación pri-
mitiva, sino que se produjeron de una remoción múltiple.
El limo es un producto más descompuesto que el loess; contiene una
cantidad mayor déla parte soluble en HOl y menor cantidad de partícu-
las de minerales no descompuestos. El limo puede tener como material
de origen el loess. Y Analmente la laterita se caracteriza, para nosotros,
desde el punto de vista mineralógico y químico, por la presencia de lly-
drargillita, NCjOj, y sílice en estado libre.
Desde estos puntos de vista consideraremos el depósito pampeano.
1 Véase tablas números III y IV.
2 31, página 168.
305
Limo y loess pampeano
El estudio petrográfico y químico de la roca pampeana * es de data
bastante reciente y aún poco adelantado. Se conocen unos veinte análi-
sis químicos de toda la vasta formación pampeana y sólo dos estudios
petrográficos hechos del limo y loess pampeano por Me i gen y Werling,
en Alemania, y Wriglit y Fenner, en Estados Unidos, sin contar una que
otra investigación microscópica accidentada de Büeking, Zirkel y otros.
He reunido todos los datos analíticos en la tabla I. Para facilitarla com-
paración entre los diferentes datos analíticos los he calculado por mate-
ria seca (tabla. II). He dividido el material en dos grupos: el uno, limo y
loess pampeano, con un predominio de potasio sobre sodio (tabla Y), y
el otro, limo y loess pampeano con predominio de sodio sobre potasio
(tabla YI); he dividido el material en tres grupos, de acuerdo con la dife-
rente procedencia: limo y loess pampeano : Io de la costa marítima (ta-
bla VII); 2o de Ja costa del río Paraná (tabla VIII); 3o de Córdoba (ta-
bla IX); en la tabla X figuran las partes del limo y loess pampeano solu-
bles en II 01 ; en la tabla. XI están indicadas las partes solubles en HC1,
descontando el CaCO,, MgCO;1, FeCO, y partes solubles en EaOH; y en
la tabla XII figuran las relaciones moleculares de las partes solubles en
IICJ, tomando ALO, = S.
PROCEDENCIAS DEL LIMO Y LOESS PAMPEANO
1, Loess de la base de, la barranca de Lobería : L,.
2, Loess de la división inferior de la misma barranca : L¡.
3, Loess de la división inferior de la misma barranca: L;l.
4, Loess del pampeano superior de la misma barranca: L,=
5, Loess del pampeano superior de la misma barranca: L,.
(», Loess del pampeano formación lacustre de ha misma barranca : Lr..
7, Loess de Mira mar (eopampeano lioth): M.
8, Loess de Paradero (neopampeano Roth) : B.
9, Loess de Tala 1 , « loess pardo », según Meigen y Werliug, limo loes-
si co : T,.
10, Loess de- Tala 4, « loess pardo », según Meigen y Werling, una for-
mación parecida al loess (lossahnliche Bildnng) : T,.
11, Loess de Córdoba (Malagueño), color pardusco claro, con partícu-
las «le mica visibles macroscópicamente, muy parecido al loess alemán,
1 Hablamos do «roca, o do tierra pampeana» para evitar los términos loess o
limo, que están en disensión.
306
«le una profundidad de 20 metros, corresponde a la capa h de Doering:
M. C.
12, Loess de Alvear (mesopampeano Rotli) : A.
13, Loess de Alvear 2, loess pardo típico, sobre lodo en las partes su-
periores, con pequeños tubos y partes negruzcas irregulares, débilmente
estratificado, sobre todo en la base; según W. Meigen y P. Werling, un
limo loéssico (Losslehm) : A,.
14, Loess de Alvear 0, «loess pardo típico» análogo al anterior, con
una cantidad considerable de tosca muy ramificada; según W. Meigen y
1\ Werling, un limo, ya por su aspecto exterior: A„.
15, Rosario, « loess amarillo » ; según Meigen y Werling, de un aspecto
más bien pardusco, parecido al loess de Alvear, poco descompuesto: R¡.
10, Loess de Córdoba (Cañadón de Pucará), loess parecido al ante-
rior : P.
17, Loess de Córdoba, 2 metros debajo de la superficie, granos cuar-
zosos basta más de 2 milímetros : C.
18, Loess de Villa María, 2 metros debajo de la superficie; los granos
cuarzosos más grandes 0,um15 a 0mm20 de diámetro : V.
19, Loess de Kosario, 2m50 bajo la superficie cerca déla estación, gra-
nos cuarzosos de 0mm04 a 0mm08 de diámetro : R,.
1-0, Analizado por el doctor Enrique Herrero Ducloux
7 y 8, Analizado por el doctor Federico Bade 1 2 *.
9, 10, 11, 13, 14, 15, 10, Analizado por W. Meigen y P. Werling a.
12, Analizado por J. G. Fairchild 4 5.
17, 18, 19, Analizado por Adolfo Doring \
1 39, página 176.
a 42, páginas 213-236.
a 37, páginas 1-26 (del tiraje aparte).
* 27, página 60.
5 24, páginas 113 y 114.
Tabla I. — Limo y lóese pampeano
307
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309
Tabi.a III. — Loess con predominio de potasio, según las labias de Linde
Procedencia
154, Loess, Ilaida (Sajouia), analizado por Werliug.
155, Loess, Altkircli, analizado por Werling.
156 y 160, Loess, Wasenweiler, analizado por Schering.
157, Locas, Unistatt (llcssen), analizado por Werling.
158, Loess, Haarlass. b. Heidelberg, analizado por Werliug.
159 y 161, Loess, ltingsheim, analizado por Sclicring.
173, Loess, Langen- Wcddingcn, analizado por Werling.
Tabi.a IV. — Loess con predominio de sodio, según las tablas de Linde 1
Procedencia
37, Loess, Wicksburg, Mississipi.
99, Loess, Kansas City, Mississipi.
169, Loess, Umstatt (Hessen), analizado por Werling.
170, Loess, Gottenheiin, analizado por Scliering.
171, Loess, Ilolmlieim, analizado por Werling.
172, Loess, Haidingsfeld, analizado por Werling.
174, Loess, Matier a. d. Elsenz, analizado por Werling.
' Do esta lista liemos excluido los análisis del loess argentino que allí figuran
(Nos 162-168) debiendo anotar la diferencia notable que existe entro los datos do
Meigon y Werling que seguimos y los análisis indicados por el autor.
REV. MUS. I.A PI.ATA.
T. XXVI
22
310
Tabla V. — Limo y loess pampeano
(K,0 > Na, O)
Tabla VI. — Limo y loeee pampeano
(Na, O > K,0)
311
Taiu.a VII. — Limo y locaa pampeano de la coala marítima
Xofa. — 1 y 6, analizados por oí doctor Enriqiio Herrero Ducloux ; 7, por el doc-
tor Baile.
Tahi.a VII r. — Limo y loesa pampeano del río Paraná
312
Taiíi.a IX. — Limo y loens de Córdoba
Taisi.a X. — Limo pampeano
(Partes solubles eu 1IC1)
313
Tamba XI. — Limo y loes s pampeano 1
(Partea solubles en 11C1, descontando el CaC03, el MgC03 y el FeCOa)
Taih.a XII. — Relaciones moleculares
(A1,03 = 1)
Como material de comparación lignran unos datos analíticos indicados
por Linde (tablas III y IV).
I)e los datos referidos vemos que existe una enorme diferencia entre
1 En el limo do Malagueño y Pucará hay un exceso do CO. sobre CaO y so puedo
admitir cpic también el MgO cu estas muestras so presenta como carbonato.
El exceso de CO, sobro CaO y MgO lo contamos como carbonato ferroso.
* Partes solubles en la solución de Lungo y Millberg (1 °/0 NaOH, 5 °/0 Na„C03).
314
el loess de otros países y el depósito pampeano. Con una sola excepción
(Tala 4), la roca pampeana es pobre en Ca0O3, o totalmente libre del
mismo. La cantidad de SiO., varía entre 60 y 70 por ciento en la roca
pampeana y de 60 a 87 por ciento en el loess (véase tablas de Linde). El
loess típico es mucho más rico en cuarzo que la roca pampeana. En cam-
bio, la roca pampeana contiene casi dos y media veces más AL03 que
el loess. En las tablas de Linck tenemos para el ALG3 4 a 8 por ciento,
mientras que la roca pampeana contiene 10 a 18 por ciento de AL03.
Este dato revela inmediatamente una diferencia notable en el mate-
rial; el óxido de aluminio puede encontrarse en ambos casos, o como
componente de minerales no descompuestos (p. qj., feldespatos), o como
caolín, o en estado libre hidratado (como hydrargillita).
La mayor cantidad de AL03 en la roca pampeana obliga a suponer
una mayor complexidad en su composición mineralógica, como así es
efectivamente.
El contenido en MgO varía en límites más grandes en el loess que en
la roca' pampeana (de 1 hasta 8 °/u en el primer caso, de 0,5 hasta 2 °/„
en el segundo). Mientras que en el loess, MgO mayormente se encuentra,
en combinación con COj, representa en la roca pampeana un componen-
te de silicatos y, probablemente, también, en forma de hidrato de mag-
nesio, el mineral llamado Brucita.
El contenido en Fes03 es generalmente inferior en el loess que en la,
roca pampeana, en cambio, contiene la última menos EeO, presentando
así la roca pampeana un grado de oxidación mayor que el loess. La roca
pampeana es, generalmente, más rica en Na.O que el loess.
En resumen, un análisis químico permite perfectamente distinguir un
loess de otros países (los datos de Linck se refieren casi exclusivamente
a Alemania *) de la roca pampeana.
La cantidad de Si02, ALO;l, OaO, MgO, es muy distinta es ambos
casos y sobre todo consideramos muy significativo la cantidad diferente,
de A1.,03. Pero también, se distingue la roca pampeana por su composi-
ción mecánica del loess. Se ha considerado, con mucha razón, como ras-
go típico del loess, la íineza de sus granos, efecto de su origen eólico.
Ahora bien : la roca pampeana se compone de granos mucho más grue-
sos que el loess. Según los análisis mecánicos de Meigen y Werling,
la roca pampeana contiene de 20 a 65 por ciento granos de un diámetro
0 0,05; de 27 a 54 por ciento granos de un diámetro de 0.01-0,05; y de
14 a 39 por ciento granos de un diámetro <; 0,01.
Según datos de E. Ramann a, que agregamos a, los de Keilhack, el loess
1 La denominación « loess » para la roca pampeana proviene de la comparación
con el loess de Alemania.
5 Ramann, Jlodcnkundc, 1907.
— 315 —
contiene tan sólo 2 a, 4 por ciento de un diámetro superior de 0mm05 y
ÍM) jhh- ciento de un diámetro -< 0mm05 a >Om“ül.
El loess, por lo tanto, se compone, de granos más pequeños y también
más uniformes (pie la roca pampeana, en la que está menos separado el
material relativamente más grueso del material fino.
Se distinguen microscópicamente en la roea pampeana tres compo-
nentes principales : feldespatos, sobre todo plagioclasa, vidrio volcánico
y cuarzo, además un material isótropo o de una débil birrefringencia,
cuya naturaleza es posible reconocer tan sólo mediante su solubilidad
en los ácidos.
Además de los minerales indicados se reconoce también, sin necesi-
dad de concentrar previamente el material, biotita, muscorita, hornblen-
da, magnetita. En un material concentrado encontraron Wriglit y Fen-
ner una gran variedad de minerales.
Así en el material concentrado de un loess verdoso, determinaron la
presencia de : Io plagioclasa (andesina y labradorita); 2o cuarzo; 3o sani-
dina; 4o piroxeno (diopsido, augita y augita titanífera); 5o hornblenda;
0° vidrio con n = 1,50-1,54, de color blanco y pardo; 7o magnetita; 8o bio-
tita; 9" epidota; 10° zoisita; 11° zircón; 12° turmalina; 13° titanita; 14°
apatita; 15° gránate; 10° espinela (probable); 17° brucita (probable); 18°
a 22° cinco minerales que no lian podido ser identificados.
De mucha importancia sería determinar con exactitud la presencia de
fragmentos de rocas en el depósito pampeano, lo que contribuiría a reco-
nocer su origen; tenemos al respecto un solo dato de Biicking, referente
a Monte Hermoso; en el limo de Monte Hermoso, Biicking encontró pe-
queños rodados de andesita de 3/4 milímetros de espesor. Comparada la
composición mineralógica de la roca pampeana con la del loess típico,
encontramos una notable diferencia, tanto cuantitativa como cualita-
tiva. La presencia de vidrio volcánico en el primer caso y su falta en el
segundo, el predominio de plagioclasa sobre ortoelasa en el primer caso
y el predominio de ortoelasa sobre plagioclasa en el segundo, una canti-
dad menor de cuarzo en la roca pampeana, la frecuencia relativa de mi-
nerales, como piroxeno, hornblenda y magnetita, más raros en el loess,
todos esos son datos que permiten y tal vez obligan a no confundir la
roca pampeana con el loess típico. Es cierto que las diferencias señaladas
proceden también de la diferencia del material que dió origen a la roca
pampeana y al loess que nos sirve de punto de comparación, pero veremos
más adelante que la sola diferencia del material de origen, no basta para
explicar todos los fenómenos (pie se relacionan con la roca, pampeana.
Junto con los minerales no descompuestos (feldespato y otros) se en-
cuentran en la roca pampeana minerales descompuestos que se pueden
dividir en dos grupos: a) solubles en IIOl; b) insolubles en HG1, pero
solubles H,SO(.
— 3 1 (i —
Cuantitativamente la parte soluble en 1 101 es superior, tal vez dos ve-
ces más grande en la roca pampeana que en el loess típico Eso significa
que la roca pampeana es un sedimento mucho más alterado que el loess
típico y hace poco probable un origen cólico para la primera. Salvo Mala-
gueño con 13,4 partes solubles en HC1 y Alvear con 53,0 partes, la roca
pampeana contiene de 20 a 30 por ciento de minerales solubles en II OI.
Federico Bade, en un estudio reciente ‘, admite que la parte soluble
en HC1 de la roca pampeana corresponde a substancias zeolíticas amol -
las del tipo de thomsonita y natrolita, basándose en las relaciones mole-
culares entre Al.Oj : Si02.
Es sin duda de mucha importancia el reconocimiento déla naturaleza
de los minerales solubles y el ensayo, desde este punto de vista, bien
explicable, pero la conclusión a que llegó el doctor Bade no nos parece
acertada. Como se ve en la tabla XI I, las relaciones moleculares de A1203 :
: Si02 dan valores poco semejantes y coinciden con los análisis hechos
por Bade (Baradero y Miramar) tan sólo en Malagueño y Alvear 0.
De importancia son, naturalmente, también las relaciones moleculares
de la suma de CaO, Na,0, K2C> : ACO.,, pero en los análisis de Bade fal-
tan los datos referentes a la cantidad de K20 y Na,0 solubles en HC1,
lo que dificulta una interpretación exacta.
Contra la suposición de la presencia de substancias zeolíticas en la
roca pampeana, habla el contenido de MgO y de Fe20:l en la parte solu-
ble en JI01, ambos componentes que faltan por completo en las zeolitas.
El peso específico de substancias zeolíticas amorfas debería ser menor
aún que el peso específico de zeolitas cristalizadas (1,9, 2,5) y eso debe-
ría revelarse en la densidad total de la roca pampeana, que, según Bade,
contiene hasta la cuarta parte de substancias zeolíticas.
Si fuesen zeolitas los minerales solubles en HC1 deberíamos conside-
rarlos como productos de descomposición de silicatos, en primer término
de los feldespatos, pero tal descomposición en los feldespatos es muy
escasa, no podiendo bastar para una alteración de masas tan enormes
(hasta '/i de toda la roca).
Las zeolitas son, a su vez, substancias que fácilmente se descomponen
en substancias coloidales-areillosas, con mayor facilidad que los feldespa-
tos, y su presencia, al lado de feldespatos no descompuestos, se hace poco
verosímil.
Las zeolitas se consideran, generalmente, como formaciones típicas de
acciones termales; encuéntrase su mayor distribución en las zonas exte-
riores délas rocas eruptivas o como impregnaciones en tobas volcánicas
o en rocas sedimentarias, en la proximidad de rocas eruptivas.
Los estudios de absorción en el suelo hicieron suponer que éste con-
43, páginas 213-255.
317
tiene silicatos hidratados, y buscando entre los minerales aquellos que
demuestran una capacidad análoga, encontraron que son, en primer tér-
mino, zeolitas, lo que dio motivo a hablar de componentes zeolíticos del
suelo. 151 estudio del fenómeno de absorción en la i'oca pampeana fue
también el motivo que llevó a Bade a la afirmación de que la roca pam-
peana se compone, en buena parte, de substancias zeolíticas. Sin embar-
go, de las consideraciones sobre la. absorción en la roca pampeana, se
puede deducir con exactitud tan sólo que proviene de la parte soluble
en IlCI, pero en cuanto a la. naturaleza zeolítica de las substancias solu-
bles debe ser negada por ahora.
En forma cristalizada las zeolitas, como producto de descomposición,
nunca fueron constatados.
«Si bajo el nombre de zeolita queremos entender minerales definidos
— dice Weinschenk — y substancias cristalizadas análogamente cons-
tituidas, debe insist ió se (pie nunca y en ninguna parte (subi'ayado por el
autor) se han visto individuos semejantes en los productos de descom-
posición, por lo tanto, tampoco en el suelo laborable; en todos los casos
que estos minerales fueron constatados con seguridad, se trataba del
dominio de una acción volcánica.»
Sin embai'go, los fenómenos de absorción estudiados por Bade obligan
a aceptar que la parte de la roca pampeana está formada de substancias
hidratadas , y esta suposición se confirma con la presencia de agua en la.
roca pampeana, que se elimina recién a altas temperaturas y que pode-
mos considerar como agua de constitución, que pertenece, en gran parte,
a las substancias solubles en HOl y en escala menor a las partes arcillo-
sas insolubles en 1101, pero solubles en II2S04.
¿Cuáles son las substancias hidratadas solubles en 1101 %
¿ Qué minerales representan ? ¿ Cómo se han formado de los silicatos
<pie les dieron origen (feldespatos y otros) ? Son todas preguntas cuya
solución debemos buscar en las relaciones moleculares de los componen-
tes solubles. Éstos son : Si02, AL03, Fe203, CaO, MgO, Na30 y K,0, y
proceden muy probablemente de ortoclasa y sanidina, plagioclasa, piro-
xeno, liornblenda y biotita, por una parte, y de los vidrios volcánicos
de una composición análoga a los feldespatos, por otra; Fe203 se encuen-
tra probablemente en forma libre y presenta el producto de oxidación
de Feü de los minerales del grupo de piroxeno y honiblenda.
Se trata de una mezcla de distintas substancias hidratadas y, como lo
demuestran las relaciones moleculares en la tabla XII, en cantidades di-
ferentes.
Los procesos de descomposición no son análogos en todos los casos.
Las redaciones moleculares de la suma de (K20, Na20, CaO) : A^O,
varían de una muestra, a otra,, lo mismo que las relaciones moleculares
entre A1203 : SiU2, lo que puede provenir de dos causas: a) de distinto
818
material de origen; y b) de diferente proceso de descomposición o tal vez
de una combinación de ambas. En cuanto a diferente material de origen,
es seguro que a la formación de la roca pampeana lian contribuido muy
diferentes rocas eruptivas y sedimentarias, y en cuanto al distinto pro-
ceso de descomposición, es de suponer que lia sido una descomposición
por medio de aguas con un contenido de CO,, en una parte, y por medio
de hidrólisis por agua libre de COá en altas temperaturas, por otra parte.
El proceso de hidrataeión es típico para la laterita. La presencia de
alumina libre en la roca pampeana, lo mismo que de SiCL amorfo y de
limonita señala un proceso de lateritización indiscutible en la misma.
Las investigaciones posteriores demostrarán con mayor amplitud que
una parte déla roca pampeana debería llamarse limo laterítico.
Hay lateritas que, por su composición, en poco o en nada difieren de
la roca pampeana, así W. Brulms y IT. Bücking 1 2 mencionan un análi-
sis de laterita con la composición siguiente :
SiCq 68.50 °/„
Ala03 17.87
Fo,03... 5.46
CaO 1.37
MgO 2.56
Pérdida al roj o 4.26
Sólo la falta de los álcalis hace distinguir esta roca de la roca pam-
peana. Pero lo que caracteriza la laterita es la presencia de ALO, en
estado libre y casi todas las muestras ensayadas demuestran una can-
tidad considerable de ALO,, probablemente hidratada (en forma de hi-
el rargil lita).
En los análisis referidos, sólo Malagueño no contiene ALO, libre; en
Miramar y Baradero no llega el contenido en alúmina a 1 por ciento, en
los demás se aproxima al 2 por ciento, llegando al máximo (2,7 a 2,8 °/„)
en Al vea r G y Pucará.
Si del loess típico de acuerdo con K ay ser % no se puede mayormente
afirmar con seguridad que se encuentra en su lugar primitivo donde
fué depositado por la acción cólica, mucho menos aún se puede decir
de la roca pampeana que se encuentra siempre in situ.
El rol del diagénesis en la formación del depósito pampeano
El origen de la roca pampeana no depende, según llotli, de la com-
posición del material, ni de la manera del transporte. «. Existe un pro-
1 18, página 468.
2 31.
319
ceso de loessijicación que se origina en el material depositado. Debido
a ese proceso una arcilla puede transformarse en loess '.
«Todos los autores (Bravard, ltichthofen, Bailey Willis y otros), dice
Kotli, suponían que los sedimentos habían sido transformados en loess
antes de haber sido transportados; esto no es cierto, a lo menos no está
en armonía con los fenómenos que se observan en la formación pam-
peana. » lis evidente que en la formación del depósito pampeano han
intervenido también procesos diagenéticos, pero el alcance de esta in-
tervención no debe ser exagerado. Bajo «diagénesis» comprendemos
las transformaciones mecánicas y químicas (diferentes del metamor-
fismo) en las rocas sedimentarias substraídas a la acción de los agentes
geológicos que actúan en la superficie. Diagénesis es, por lo tanto, dis-
tinto de descomposición.
Andrée separa netamente una de otra; por ejemplo, la alteración
de los feldespatos es un proceso de descomposición y no de diagenésis.
En la formación de los sedimentos clásticos Andrée señala tres mo-
mentos: Io la descomposición de una roca primaria o sedimentaria; 2o
el transporte del material así formado; 3o el depósito del mismo. Des-
composición y depósito son fases necesarias en la formación de cualquier
sedimento clástico \
Fenómenos diagenéticos son los cambios que se producen en condi-
ciones normales en todos los sedimentos después de su depósito. Bajo
diagénesis entiende Andrée las reposiciones (Umeagerung) moleculares
y químicas que se producen en el material sedimentado debido a la
influencia del medio en que ha sido depositado.
J. Walther entiende bajo diagénesis « todos los cambios físicos y quí-
micos que se producen en una roca después de su depósito, sin la inter-
vención de la acción dinámica, ni del calor».
Como fenómenos principales de diagénesis Andrée reconoce la recris-
talización, la formación de concreciones, el endurecimiento y descalcili-
eación. Andrée describe la serie de los fenómenos que se producen en
el largo camino desde la formación de un sedimento reciente hasta que
se transforma en una roca sedimentaria fósil :
1° Descomposición de la roca, transporte y depósito de los produc-
tos descompuestos : sedimentación;
2" Diagénesis;
3" Descomposición.
Estos tres momentos podemos distinguirlos también en la formación
de la roca pampeana :
' 43, página 212.
3 43, página 178.
5 6, página 08, véase también sobro diagénesis Haug, 26, páginas 112-127.
— 320
1° Descomposición <le rocas eruptivas o sedimentarias o metamórfieas
que dan origen a las rocas pampeanas. En contra de la opinión de Eotli,
son estos productos de descomposición en lo esencial semejantes a la
roca que llamamos limo o loess pampeano; transporte de estos pro-
ductos lluvial o cólico, fluvipglacial o eolomarino; sedimentación de los
productos transportados ;
2o Diagénesis. Como proceso diagenético más importante en la roca
pampeana consideramos la formación de la tosca. Es muy posible que
también la formación de las tierras cocidas y escorias sean del mismo
origen
.3“ Descomposición. Este proceso es constante y puede ser de una
naturaleza laterítica, por lo menos en parte. Debido a la descompo-
sición, el loess se transforma en limo y el limo en arcilla. Consideramos
imposible un proceso inverso: la arcilla no puede transformarse en loess.
El término «loessificación » es inaceptable para explicar la formación
de la roca pampeana. Con más razón se puede hablar de una desloessiji-
cacivn. A los procesos diagenéticos en el loess hay que atribuir en
primer término la formación de las concreciones y no la formación de la
roca pampeana misma.
El origen del depósito pampeano
Steimmanu *, excelente conocedor de las formaciones loéssicas en
Alemania, compara la roca pampeana con el loess alemán y llega a las
siguientes conclusiones: «Las formaciones pampeanas media y supe-
rior corresponden al loess antiguo y al más reciente en ¡a región del
alto lili i n y el postpampeano es equivalente a nuestro loess de trans-
porte secundario, pero el depósito del horizonte más antiguo de la Re
pública presenta un contraste evidente con los demás; también es du-
doso que tenga una distribución tan general como aquélla. En los per-
files de loess en la región de Córdoba, estudiados tan prolijamente por
Bodenbender, pueden reconocerse, a pesar de las facies fluviales, allí
predominantes, todas las divisiones de la formación pampeana, menos
el piso más antiguo. Este. piso podríamos más bien compararlo con las
capas de Jujuy, tanto más cuanto que ambos se formaron durante una
época de fuertes erupciones de tobas volcánicas. Así como tenemos que
buscar el equivalente de las capas de granos gruesos de Jujuy en los
1 Sobre la tosca hablamos con más detención en un trabajo : Estudios oceanó-
graficos, que será publicado en los Alíales del IIo Congreso nacional de ingeniería.
El tema de «tierras cocidas» y «escorias» lo trataremos en un próximo trabajo.
* 48, página 12 del tiraje aparte.
321
más antiguos mantos de rodados de Europa, deberíamos comparar el
piso de Monte Hermoso con las tobas y arenas pliocenos superiores.
De nuestra comparación se deduce un resultado muy interesante;
existe entre la región del loess argentino y del Alto Rliin gran analo-
gía estratigráñca, lo (pie sería inexplicable si el loess de las dos regio-
nes no se hubiese formado de igual manera y al mismo tiempo. ¿Qué
explicación nos suministra Sud América respecto al origen del loess ?
Agua y viento lian contribuido conjuntamente, es la contestación
general, y las opiniones difieren tan sólo en este sentido : ¿a cuál de
estos dos agentes hay que atribuir la mayor participación? Para la pre-
sencia del loess pampeano rigen generalmente las mismas reglas que
para el do Europa; en diferencia con todos los otros depósitos análogos
se extiende independientemente de los cursos de los ríos modernos
o anteriores, de manera que si quisiéramos declararlo por un depósito
de agua tendríamos que recurrir al concepto antediluviano del diluvio
universal.
Se levanta desde los terrenos bajos de la Pampa hasta por encima de
las tierras pampeanas, envolviéndolas como en un manto; con todo esto
conserva su composición independiente de la composición del suelo;
también encima de capas sin cal es originariamente rico en carbonato,
igual al nuestro; por lo tanto es exótico. Esto demuestra decididamente
que su origen es cólico, y el agua no puede haberlo transportado sino
secundariamente '.
Para producir el loess son indispensables inmensas cantidades de
arena finísima seca, expuesta a los vientos, que incesantemente la
arrojarían sobre extensa superficie. Si nos preguntáramos: ¿cuándo
y dónde en tiempos diluviales han existido tales condiciones? halla-
ríamos, según me parece, una sola contestación satisfactoria, dada en
primer lugar por Jcntzsch. Las morenas de fondo son lavadas y pre-
paradas por el agua del deshielo allí donde se derriten grandes masas
de hielo continental; los rodados y la arena gruesa, fina y finísima son
distribuidos sobre la superficie; como este material está triturado me-
cánicamente y no descompuesto químicamente se presenta suelto y no
unido; es al mismo tiempo rico en carbonato, allí donde las morenas se
hallan en sierras calcáreas. Al entrar en acción el segundo factor, el
viento que reina constantemente con bastante violencia desde los gla-
ciares en dirección al cernidor, queda depositada ¡a arena gruesa en el
suelo en forma de dunas y la más fina es llevada como polvo por el aire.
Así se verifica una separación del material con diminución del ta-
maño de los granos en la dirección del polo hacia el ecuador 3.
48, página 13 dc.l tiraje aparte.
48, página 14.
322 —
En el sur, hasta aproximadamente la altura del río Chaira t (44°), pre-
dominan morenas y rodados; de allí comienzan a predominar las arenas
según lo ha demostrado Roth, y recién desde el río Negro (a 40°) apa-
rece el loess que se puede observar hasta el círculo tropical *.
« En Sud América, ya en tiempo glacial, reinaban las mismas dife-
rencias climatéricas que hoy, y como lo mismo está constatado en ex-
tensas regiones de Europa, resultan de allí otras conformidades impor-
tantísimas de la semejanza de relaciones entre ¡as muy apartadas zonas
de los dos hemisferios. Procederemos entonces acertadamente, si re-
nunciamos definitivamente a cualquier pretensión de dar explicaciones
sobre las épocas glaciales que no sean de carácter general 1 2 3. »
Efectivamente, la teoría dominante hoy para explicar el origen del
loess en Europa, Asia y Norte América es cólica-glacial. La relación
con el diluvio glacial se puede observar en todas partes del mundo
donde, el loess se encuentra. « En el hemisferio norte el loess, según
lveilhack, se presenta circumpolar. En Europa pasa desde la costa
atlántica, por Francia, Bélgica, Suiza, Alemania, Austria, Hungría, los
países balcánicos y la parte sur de Rusia sin interrupción hasta los
límites de Asia, y aquí también se desarrolla regularmente por el sur
de Siberia, Persia, Afganistán, Tibet y China hasta la costa del océano
Pacílico. En América del Sur se extiende el límite norte de formación
pampeana por Bolivia y el sur de Brasil, el límite sin- entre 40 a 42° la-
titud sur. Semejante distribución podría hablar en favor de una relación
causal entre el período glacial y la formación del loess (véase fig. 7).
Pero si tal causalidad existiese, objeta lveilhack, debería suponerse
una relación directa entre la superficie ocupada por el loess y la super-
ficie de las morenas antiguas. Sin embargo, en Europa la superficie
ocupada por el loess es muchas veces superior a la superficie ocupada
por las partes libres de las morenas viejas, las que no habrían podido
proporcionar, según Keilhack, más del 1 por ciento de la masa loéssica \
Esa objeción es de mayor importancia aún si se la relaciona con la
formación del supuesto loess del depósito pampeano. Aquí la forma del
continente sudamericano excluye la posibilidad de que la roca pam-
peana provenga exclusivamente de morenas antiguas.
Aún tomando en cuenta la línea isobática de 200 metros, que incluiría
las islas Malvinas al continente sudamericano y que representaría el
límite entre el continente y el mar a fines del plioceno y al principio
del pleistoceno, la relación entre la superficie ocupada por antiguas
morenas y la superficie cubierta por el loess pampeano sería muy des-
1 48, página 14.
2 48, página 15.
3 30.
323
igual. Tomando en consideración todavía el espesor del depósito pam-
peano, que es muy superior al aceptado por Keilliack (10 m.) y que podría
calcularse en 50 metros tan solo en las partes visibles de las barrancas,
llegamos a la conclusión deque es imposible una relación genética entre
el depósito pampeano en su totalidad y las morenas antiguas.
La participación de vidrio volcánico es común a casi toda la roca
pampeana y no sólo al pampeano inferior, como lo pensaba Steinmann.
A base de este último hecho formó su teoría Doring; fundándose en
el estudio de la formación pampeana en Córdoba, Doring supone que
el depósito pampeano se compone en general de ceniza volcánica en
estado más o menos descompuesto. Cuanto más seco sea el clima me-
nos descompuesta se presenta la capa de ceniza (ejemplo Córdoba) y vi-
ceversa. «En efecto, dice, cuando el clima es húmedo las capas primi-
tivas de ceniza volcánica, como por ejemplo en la provincia de Buenos
Aires, no se encuentran más en la forma primitiva y su origen no es
reconocible sino por su estructura o tal vez también por la presencia
de partes minerales difícilmente descomponibles, que han ofrecido a la
descomposición, por la humedad, una resistencia más grande.
«Que las lluvias de cenizas considerables que se han extendido desde
el centro de los Andes hasta el océano y aún más allá, hayan podido
contribuir a. la extinción de mamíferos de la maravillosa fauna pampea-
na, es un hecho bien comprensible y explicaría tal vez el por qué de la
desaparición de estos animales gigantescos de la superficie pampeana '.»
Es difícil admitir que el depósito pampeano, que tiene en algunas par-
tes un espesor de centenares de metros y se extiende por una superficie
tan vasta como en la República. Argentina, sea un producto de constan-
tes lluvias de cenizas volcánicas, pero el hecho que más nos parece en
pugna con esta teoría es el siguiente. En los materiales de proyecciones
volcánicas se produce una separación en tobas cristalinas (IcrystalltnlJ'c)
y en tobas de grano más fino y sin cristales. En efecto, el estudio petro-
gráfico de la roca pampeana, en la provincia de Buenos Aires, demuestra
que no ha habido tal separación : contiene cristales que se presentan bas-
tante gruesos (hasta 0m”15). Tampoco se podría explicar, de acuerdo con
la teoría de Doring, cómo se lian conservado capas de ceniza volcánica
no alterada dentro de la. masa alterada química y mineralógicamente.
Es muy probable que durante la formación de la roca pampeana ha-
yan ocurrido una o varias proyecciones de cenizas volcánicas s, y a ellas
podría pertenecer la ceniza de Monte Hermoso, pero considerar todo
el depósito pampeano como ceniza volcánica no nos parece acertado.
1 36, página. 187.
a Vóaso la inierofoliognil'ín. de una coniza volcánica procedente de la provincia do
Córdoba, de una formación llamada «lacustre».
324
Es cierto que, de acuerdo con la teoría de Doring, sea fácil explicarse
la extinción déla fauna gigantesca de la formación pampeana, pero difí-
cil sería, en cambio, según esta teoría, comprender cómo lia podido vivir
y desarrollarse esa fauna en un ambiente catastrófico de proyecciones
volcánicas tan formidables. Proyecciones de ceniza, intermitentes, más
bien locales que generales, aciertos intervalos uno del otro, que podrían
haber ocurrido durante la edad pampeana, estuvieron tal vez en relación
con la rapidez de la evolución de la fauna pampeana.
Keidel rechaza la teoría do un origen eolo-glacial del loess por la «des-
proporción evidente entre la cantidad de las antiguas acumulaciones
verdaderamente glaciales, generalmente exageradas y la masa extraor-
dinariamente grande del manto del loess» ', y admite la posibilidad de
una conexión entre « la formación de gruesas capas del loess en las par-
tes montañosas del poniente y la distribución del manto del loess en el
litoral ».
Con sumo cuidado, Keidel se refiere a la edad de los depósitos pam-
peanos : « la cuestión de la edad de los depósitos del manto de loess nos
conduce a uno de los problemas más importantes, pero todavía poco
esclarecido, de la estratigrafía argentina».
Keidel compara el loess del litoral con materiales queso han formado
por el desmoronamiento délas montañas en la región árida «lelos Andes
y que «se pueden Humar loess con la misma razón como muchos de los
depósitos denominados así en el litoral 2 y que representa el produe-
lo más fino de la separación «leí desmoronamiento por el agua corriente
y distribuido sobre grandes espacios en el borde de los conos de de-
yección que en las cuencas, cuyo fondo se ha bajado por movimientos
progresivos, se superponen unos a otros, formando a veces hasta largas
series b
«Si existe una conexión entre la formación de las gruesas capas del
loess en las partes montañosas del poniente, donde en algunos puntos
se han acumulado en series con espesor de varios millares de metros, y
la distribución del manto del loess en el litoral, se puede contar con un
espacio de tiempo mucho mayor que si el loess no fuera otra cosa, más
que el producto más fino lavado de las morenas cuaternarias, llevado
por el viento 4. »
Durante todo el tiempo de la formación del loess, éste ha sido trans-
portado de la región andina hacia el naciente.
Después de nuevas insistencias sobre la complexidad del problema,
' 34, página ‘14.
2 34, página 45, subrayado por nosotros.
3 34, página 45.
4 34, página 45.
Kanthh, Moa i
Lámina
so x su x
Limo pam pea lio. ltío IV', Cúrilulia Limo pampeano, Laguna Chica
(lacustre)
F = Ortoclaan.
1’ •— Plagioelasn .
= Cuarzo.
C = Calcita.
II -- lloinUlomla.
M = Muscovita.
I¡ = lí ¡otila.
V = Vidrio volcánico.
I'1 = Ortoclaaa.
L* -.= Plrtgioclasa .
(v) = Cuarzo.
C = Calcita.
II ^ HoruMomlji .
M = Muscovita.
I* = I» i otita.
V ~ N idrio volcánico.
.uhiioUlirioli — II
. iilivOfiMii J/l = M
.Mtiloill — 'I
.ii')iiii:'>liiv ni'ilii'/ - V
.HKiilaot'jO = ’'1
. iwiilaoigíil'I = ‘I
.ihV'MlllO = J)
./tlialiiO = l)
Kaxtdh. MdiiIi Hermoso.
Lámina
8U X
Limo pampeano, Jíio I \" , Córdoba
(mesopampeano)
80 X
Limo pampeano. Tandil
325 —
Keidel llega, sin embargo, a la conclusión de que el loess es en gran parle
verdaderamente de edad terciaria.
« Es casi seguro que en la formación de las cuencas del litoral lian
participado, como en los Andes, movimientos modernos. La posición
profunda de una parte de los grandes mantos de rocas básicas y de for-
maciones del terciario superior, descansando sobre ellas, al lado del
curso inferior del río Paraná en las provincias de Corrientes y de Santa
Fe, y de arcillas de la primera transgresión del terciario, que se ba exten-
dido basta la parte oriental de la provincia de Córdoba y basta cerca de
la Pampa central, nos da una idea de la magnitud y de la extensión de
los movimientos regionales que lian encorvado el subsuelo déla Pampa.
«Se puede suponer que las grandes ondulaciones de rocas antiguas que
salen a la luz debajo del manto de loess en las sierras déla provincia de
Buenos Aires, continuarían en los alrededores más lejanos con el mismo
rumbo general, escondidos en la profundidad bajo los depósitos terres-
tres modernos '. »
Si Keidel se inclina a reconocer una edad terciaria a la gran parte del
loess argentino, al referirse al manto del loess en las sierras de la pro-
vincia de Buenos Aires, atribuye al último más bien una- edad cuater-
naria.
« Es muy probable que el manto compuesto por el loess en las sierras
de Buenos Aires representa gran parte de la época cuaternaria 2. »
Sobre el loess de la provincia de Buenos Aires liace una observación
importante: «aunque la distribución originaria del loess es indepen-
diente, por lo menos basta cierto grado, de las condiciones de la superfi-
cie, el levantamiento cartográfico y la investigación detallada de su compo-
sición muestran francamente que su posición y las formas de su superficie
son determinadas principalmente por la acción del agria corriente » 3.
Sería de mucho interés una investigación mineralógica y química de
aquellos productos fluviales en la región de los Andes, de los que Kei-
del dice que «se puede llamarlos loess con la misma razón que muchos
de los depósitos denominados así en el litoral », pero ya con los datos
que poseemos no parece posible afirmar que no existen motivos para lla-
mar loess los productos fluviales de la región de los Andes, ni los depó-
sitos denominados así en el litoral.
En ambos casos se tratará muy probablemente de limo arcilloso, o
arcilla, o limo laterítico. Al evitar llamar loess una roca sedimentaria,
cuyo origen cólico no queda demostrado, al excluir el uso de la denomi-
nación «loess» para productos fluviales, se evita la dificultad de aceptar
' 34, página 17.
2 34, página 50.
3 34, página 42, subrayado por nosotros.
REV. MUS. LA PLATA.
T. XXVI
23
— 326 —
para el loess argentino (en su mayor parte) una edad terciaria, cuando en
todo el mundo el loess es cuaternario y se considera como fósil de guía
del cuaternario.
Aplicación industrial de la tierra pampeana para la fabricación
de alumino férrico
Desde abril de 1917 se prepara en las obras sanitarias de la capital
un coagulante para la depuración de las aguas del río de la Plata,
empleando como material la tierra pampeana y como disolvente ácido
sulfúrico
Se obtiene así un sulfato de aluminio y de hierro, pero se lia adoptado
para el producto el nombre de ahím ino-férrico, porque el valor real del
coagulante lo determina la presencia de los óxidos.
La tierra pampeana, empleada en la fabricación del coagulante, se
extrae de los terrenos que poseen las obras sanitarias en San Isidro y
tiene la composición química (pie indicamos en la tabla XIII.
Tabi.a XIII. — Limo pampeano de San Isidro ( provincia de Buenos Aires)
empleado para la fabricación de al ú mi no -férrico
Nota. — Los análisis de (I) a (6) fueron hechos por A. A. Bailo, de [1] a [3] por la
comisióu de la Sociedad Química argentina. Los números 20-28 son los que comple-
mentan las tablas I y II.
1 Comisión nombrada por la Sociedad Química argentina. Fabricación de alúmino-
férrico en el Establecimiento Recoleta. Informe. Buenos Aires, 1020 (folleto), también
en Anales de la Sociedad Científica argentina, tomo XC1, entrega I-VI, enero-junio
1021.
A. A. BadO y M. L. Nkghi, Fábrica de alúmino-férrico en las obras sanitarias de la
Nación (folleto), Buenos Aires, 1920.
327
Comparando estos análisis con los que figuran en las tablas I y II
notamos junto con una analogía general, una cantidad menor de álcalis
y otra algo mayor de óxido térrico y de óxido de magnesio, mientras
que la cantidad de Ai203 es casi la misma.
De la acción del ácido sulfúrico de 55-50° Beaumé sobre la tierra pam-
peana a temperaturas que varían entre 90 y 119°0 durante 20 horas
de reacción continua y de la disolución del alumino -férrico, mediante
cuatro lavajes con agua que se agita con aire comprimido, resulta un
líquido de color amarillento y opalino que contiene al rededor de 15 por
ciento de sulfato de aluminio y de hierro.
Concentrando el líquido se obtiene alúmino-férrico sólido de color verde
claro, de sabor astringente, fácilmente soluble en el agua, proporcionan-
do así una solución capaz de provocar en el agua del río de la Plata un
coágulo que aprisiona la arcilla y gérmenes del agua natural y producir
la formación de lacas con la materia orgánica disuelta '.
Tahi.a XIV. — Composición del ahímino- férrico sólido
Nota. — Los aníílisis de 1-6 realizados por A. A. liado.
El aníílisis 7 realizado por la Comisión de la Sociedad Cientílica.
El ácido sulfúrico ha disuelto sólo una mínima cantidad del óxido
cálcico, otra pequeña de álcalis, mucho óxido de aluminio y de hierro y
una cantidad elevada de óxido de magnesio.
I, Cómo se han formado los componentes del coagulante?
Es sabido que las arcillas, en general, se descomponen por el ataque
con ÍI,S04, y podría pensarse que son la substancias arcillosas que sufren
la descomposición, pero en el caso citado no se procede con la tierra
pampeana como con las arcillas típicas; no se la somete a una calcina-
ción previa antes del ataque con el ácido para obtener un resultado favo-
Véase liado y Negri, página 15.
328
rabie (el máximo de rendimiento) como se hace comunmente con las
arcillas. No se puede admitir por lo tanto qne el óxido de aluminio y el
óxido de hierro procedan, por lo menos en sn mayor parte, de las subs-
tancias arcillosas pue se encuentran en el limo.
Sabemos del estudio de Bade que la tierra pampeana no contiene
mucha cantidad de substancias arcillosas (Miramar 5,4; Baradero,
8,14).
Parece por lo tanto más adecuado admitir que el óxido de aluminio y
el óxido de hierro se encuentran en la tierra pampeana en parte en
estado libre.
El porcentaje de A1203, muy probablemente en forma de llidrargiUi-
ta, debe ser bastante elevado, lo queso puede juzgar por el rendimiento
del Establecimiento de Recoleta.
GO.OOü kilogramos de tierra pampeana suministran GG47,34 kilogra-
mos de óxido de aluminio y de hierro lo que equivale al 11,07 por ciento ;
de ellos corresponde el 7 por ciento (aproximadamente) al AlsO, y el
resto al óxido férrico.
Los datos referidos confirman nuestra suposición de que la tierra
pampeana sea en parte limo laterítico.
En cuanto al óxido de magnesio atribuimos su elevada cantidad en el
coagulante a la presencia en la tierra pampeana de hidrato de magnesio
en forma de Brucita (MgO . 11,0).
Conclusiones
La cantidad de los estudios petroquímicos sobre la tierra pampeana
no es suficiente para permitir conclusiones definitivas; hemos visto que
se han estudiado tan sólo muestras de tres regiones: de Córdoba, río
"Paraná y de la costa marítima. En relación a la enorme extensión que
tiene el limo de la República Argentina, la parte investigada científica-
mente es pequeña. De mucho interés sería someter a un estudio deta-
llado las muestras obtenidas en terrenos donde el limo cubre directa-
mente rocas eruptivas o esquistos cristalinos. No existe, a nuestro juicio,
ninguna razón para considerarlo alóctono, transportado por la acción
eólica; podría muy bien resultar que se tratara de un material descom-
puesto in sita debido a un proceso laterítico.
No obstante haberse hecho muchas perforaciones en el terreno de la
formación pampeana, el material obtenido en esas perforaciones no fué
sometido a estudios científicos y la denominación de las rocas, reducida
únicamente a las observaciones macroscópicas, fué en muchos casos ba-
sada en la intuición.
Déla sistematización délos resultados de trabajos ya realizados se
— 329 —
puede, sin embargo, sacar algunas conclusiones, las que, esperamos,
serán confirmadas por investigaciones posteriores.
Ia La tierra pampeana, por lo general, no es « loess » en el sentido en
que comúnmente se emplea esta palabra en otros países; no presenta ni
la composición química, ni mineralógica de un loess típico; tampoco
puede considerarse loess por su composición mecánica, ni presenta un
grado análogo de descomposición al del loess típico.
trincamente se podría indicar la parte de la tierra pampeana, que
corresponde al loess, a base de estudios microscópicos y químicos.
Suponemos que esta parte no es considerable.
2a El alto grado de descomposición de la tierra pampeana sólo puede
explicarse por la acción del agua, y la roca debe considerarse como sub-
acuática y no como subaérea (eólica), lo que, además, está confirmado
por muchas observaciones geológicas. Decir, en los casos de indudable
transporte fluvial, que se trata de «loess removido», es precisamente
afirmar el hecho de la acción del agua y dejar como hipotética la acción
eólica.
3a La tierra pampeana contiene laterita, lo que demuestra, en primer
término, la cantidad de alúmina libre que señalan los análisis.
4a La tierra pampeana no contiene productos zeolíticos, como lo afir-
ma Bade.
5a La tierra pampeana no se forma debido a procesos diagenéticos; en
cambio, la formación de la tosca de «tierra cocida» y de «escoria» es
debida a estos procesos.
0a La tierra pampeana no es ceniza volcánica más o menos alterada,
como opina Dóring, aunque el vidrio volcánico forma uno de sus compo-
nentes principales y se presentan capas de ceniza volcánica de mayor o
menor espesor intercaladas en la misma.
7a A la explicación del origen do la tierra pampeana no se oponen las
dificultades que señala Keilhack para la explicación del origen del loess.
Su composición mineralógica y química permite considerarla como pro-
ducto de descomposición de rocas eruptivas, de esquistos cristalinos
y de algunas rocas sedimentarias.
8a En cuanto a la edad geológica de la tierra pampeana, bien podría
ser que una gran parte de la misma, sobre todo aquella que se ha recono-
cido por las perforaciones, fuese de una edad terciaria, pero la roca que
allí forma el terciario no es loess eólico sino, según toda verosimilitud,
arcilla, limo o marga.
9a La tierra pampeana no debería llamarse por lo general loess, sino
limo y, según sus componentes, limo arcilloso, limo arenoso, limo late-
rítico.
— 330
BIBLIOGRAFÍA
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Buenos Aires, 1887.
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INVESTIGACIONES GEOLÓGICAS El LA REGION NORTE D8 LA PATAGONIA
DUltAN T 15 LOS AÑOS 1 897 A 1899
Por kIj Dr SANTIAGO ROTH
Jefo <lel Departamento de paleontología (vertebrados) del Museo de La Plata
ADVERTENCIA
El presente trabe jo es un extracto de los diarios de viajes e informes
presentados en su tiempo al doctor Francisco P. Moreno y forma la
continuación de Reconocimientos de la región Andina , que se publicó
en la Revista del Museo de La Plata, tomo IX, 1899, bajo el título
Apuntes sobre la geología y paleontología de los territorios de Río Negro
y Ncuquén.
Los viajes a la cordillera de la Patagonia, que lie efectuado en los
mencionados años, tuvieron por objeto principal estudiar las condi-
ciones hidrológicas y las causas que motivaron el desvío de la división
de las aguas continentales. Estos estudios se practicaron con el fin de
determinar el límite entre las Repúblicas Argentina y de Chile. Los
informes han servido de base al doctor Moreno en los respectivos ca-
pítulos de la Evidencia argentina, pero no han sido publicados en ex-
tenso. En varios trabajos geológicos posteriores me he referido a fenó-
menos observados en aquellos viajes, sin entrar en explicaciones y
pormenores, lo que ha dado lugar a interpretaciones erróneas.
Por estas razones he creído oportuno publicar en este tomo de home-
naje al doctor Moreno las observaciones y resultados de las explora-
ciones de aquellos años.
Tratándose de regiones poco conocidas, los datos e interpretaciones
que ofrezco pueden servir de guía liara futuras investigaciones locales
más amplias.
La tectónica de la cordillera de la Patagonia suelo compararse fre-
cuentemente con la de los Alpes, suponiendo que las montañas de toda
REV. MUSEO LA PLATA. — T. XXVI
24
— 334
la cordillera so hayan ('orinado como las de los Alpes por compresiones
que plegaron las capas sedimentarias, debido al enfriamiento de la cos-
tra terrestre, lo que no es el caso en la zona visitada por mí.
En el presente trabajo se verá que la alta cordillera central en esta
región, se ha formado exclusivamente por acción volcánica y que ésta
ha ocasionado en algunas partes el plegamiento de las capas sedimen-
tarias y en otras las ha sepultado.
Debo hacer presente que se trata de un reconocimiento general, y
que en cortos viajes de exploraciones no es posible resolver todos los
problemas tectónicos que se presentan en tan vasta región. Admito que
por estudios geológicos amplios mis interpretaciones puedan sufrir mo-
dificaciones en sus detalles, pero tengo la convicción (pie ellos demos
trarán que las conclusiones generales a que he llegado son acertadas
en los puntos siguientes :
Io Que la Cordillera central entre los lagos Naliuel Huapí y Due-
ños Aires no está formada por cadenas de montañas de plegamientos,
sino de grupos de macizos de origen volcánico, y que todas las grandes
depresiones con sus numerosos lagos se hallan en hendeduras producidas
por hundimientos del terreno, y que no son exclusivamente de erosión,
como los valles transversales en los Alpes.
2o Que en toda 3a región de la Patagón i a boreal ha habido una gran
actividad volcánica durante los tiempos mesozoicos y todo el terciario,
la (pie, del lado del Pacífico, continúa hasta la actualidad, y que el de-
tritus primario de las formaciones sedimentarias del cretáceo y ter-
ciario proviene de las erupciones volcánicas, que tuvieron lugar en
aquellas épocas.
3° Que desde el tiempo cretáceo superior hasta la actualidad no han
habido movimientos orogénicos en esta región, producidos por compre-
siones, debidas a un enfriamiento de la costra terrestre, y que las per-
turbaciones que se observan en las capas son ocasionadas por el magma
volcánico que ha atravesado los depósitos sedimentarios.
En el mapa que acompaña la segunda parte del presente trababajo he
intentado exponer el carácter morfológico propio de. la región, pero siendo
a una escala tan reducida no ha sido posible hacer figurar detalles, así que
da solamente una idea general del relieve del terreno. Su confección se
hizo de acuerdo con copias fotográficas de un mapa que construí con En-
rique A. S. Delachaux, según los croquis que he levantado durante mis
viajes por la Patagonia. Eué necesario hacer este mapa con mucha preci-
pitación para ser enviado, sin terminarlo, al doctor Moreno, a Londres,
en el año 1899. Como las copias fotográficas que de él conservo presentan
deficiencias, he resuelto hacer construir nuevamente el mapa, agregándole
pormenores que figuran en otros mapas de lugares que no he visitado.
La nomenclatura es la (pie figura en los planos de la comisión de
335
límites. He tratado de conservar los nombres usuales entre los habi-
tantes primitivos de las respectivas comarcas, pues en los mapas publi-
cados en los últimos años muchas denominaciones están cambiadas y
un mismo lugar figura con diferentes nombres. Mencionaré un ejemplo:
En el territorio del Chubut existen dos lagos, uno de gran extensión,
que por su poca hondura tiene el aspecto de laguna, y el otro es de
mayor profundidad, pero menos extenso. Son estos los dos únicos lagos
en la región tabular de la Patagonia y están separados por un angosto
cordón de sierras; el más pequeño se halla del lado oeste y el grande al
este del cordón. En el año 1877 el doctor Moreno bautizó el primero
«lago Musters» y decía: «Aunque en las antiguas cartas figura uno
con el nombre Coolu-Huapi, que bien puede ser éste, le he dado en mi
mapa la denominación « lago Musters ». Referente al otro más grande
decía: «Esa extensa laguna ha sido nombrada «lago Dillon» por el
señor Thomas, quien me ha pedido que conserve la denominación. » En
el mapa que ha publicado el capitán Musters el año 1871 figura un
solo lago que llama « Coluguapi » y que suponía que desaguaba en el
río Deseado. Pues bien, estos lagos figuran con los nombres siguientes
en mapas oficiales :
Los indios que habitaron esta región llamaron al lago más pequeño,
en el que desemboca el río Senguerr «lago Colimé», lo que quiere
decir «lugar colorado », y al grande en el lado este « Colliuapí », que
significa «isla colorada».
En todo caso, si se quiere conservar el nombre «Musters» se lo de-
bería emplear para el lago más pequeño, que se halla al oeste, por tener
con prioridad este nombre.
Muchos nombres muy conocidos de los pobladores de una respectiva
región no figuran en los mapas. Así el camino del río Chubut al lago
— 336
Colimé cruza dos cañadoncs, uno conocido por Cañadón Colorado y el
otro por Cañadón Blanco, llamados así por el color de las barrancas.
Muchos restos de fósiles que encontré en estas barrancas figuran en las
colecciones del Museo de La Blata como procedentes de estos lugares,
y no apareciendo estos nombres en ningún mapa, más tarde no se sabrá
de donde provienen.
Por otra parte, hay machos nombres repetidos : Sierra Nevada, Cerro
Colorado, Loma Baguales, Río Chico, etc., y en cambio importantes
cordones de sierras, montañas y planicies están sin denominación.
Como todo esto tiene que ocasionar confusiones que dificultan las
descripciones geográficas y geológicas, he señalado algunas sierras y
lugares que tengo que mencionar, con nombres.
Me he servido con preferencia de apellidos de personas que han te-
nido participación destacada en las expediciones militares al Río Negro
y a los Andes, de exploradores e ingenieros que lian practicado es-
tudios en el terreno o de aquellos que han contribuido directamente
al adelanto del conocimiento geográfico de la Patagonia.
Se ha utilizado el sistema de curvas de nivel para caracterizar el
modelado de las montañas, y éstas no indican las alturas, las que están
expresadas en números. Los colores no los he empleado, como es usual
en la geología, sino rae he servido de ellos para diferenciar tanto los sis-
temas orográficos como las formaciones geológicas.
Las montañas agrupadas en filas en una misma dirección, figuran
en el mapa como cordones, las agrupadas en forma radial como ma-
cizos y las mesetas de mayor o menor extensión como planicies. A los
picos más importantes en los cordones y macizos en mapas de mayor
escala habrá que proveerlos de nombres propios, lo mismo que a los
promontorios en las planicies.
Por encargo del doctor Luis María Torres, director del Museo de La
Plata, he efectuado en los primeros meses del presente año, en com-
pañía del doctor W. Schiller un viaje de estudio geológico y paleonto-
lógico en la región norte de la Patagonia. Gracias a esta oportunidad he
podido revisar y ampliar mis observaciones en la zona volcánica cretá-
cea al sur del río Limay que en los viajes anteriores había podido pasar
sólo ligeramente. Los resultado de estas investigaciones los expondré en
un capítulo especial.
— 337
1
LA REGIÓN AL SUR DEL LAGO NAIIUEL HUAPÍ HASTA LA PAMPA
DE MAITÉN
A fines del mes de diciembre de 1897 llegamos al lago Naliuel Huapí
y tuvimos que demorar unos oclio días para que se repusiese la tropa,
que se encontraba en mal estado a causa de las marchas forzadas.
Aprovechó esta estada para cortas excursiones en sus alrededores,
las que dieron buenos resultados, convenciéndome del todo, que en es-
tas montañas hay granito y gneis de edad terciaria. En mi viaje del año
1890 observé ya esta clase de rocas, que por la posición que ocupan
deben ser más recientes que el cretáceo, pero no me atreví a publicarlo
en mi informe de aquel tiempo.
Habló de este descubrimiento a los doctores Hauthal, Wehrli y Burck-
hardt, y estos tres geólogos opinaron que no era admisible que haya gra-
nito y gneis de edad terciaria, y que debía tratarse de complicaciones
tectónicas no bien claras.
Es conocido que muchos geólogos consideran el gneis y las rocas de
estructura granítica como primordiales (Urgesteine), los do estructura
porfírica paleovolcánicos y los efusivos de estructura basáltica neovol-
cánicos '.
Esta división cronológica de las rocas eruptivas está en completa
contradicción con los hechos que se observan en la cordillera de la Pa-
tagonia. Aquí existen rocas graníticas que seguramente son más recien-
tes qiie las porfíricas, y basálticas. Hay parajes donde el granito ha
atravesado los depósitos de tobas y brechas porfíricas y he observado
también que el granito había dislocado la toba gris terciaria.
En las zonas donde el granito está en contacto con las rocas porfíri-
oas y basálticas, así como con las tobas, no sólo éstas son metamorfiza-
das, sino que se encuentra a veces granito presentando el aspecto de
brechas.
En el magma completamente cristalino hay cantos angulosos de otras
rocas mas o menos metamorfizados en forma que no se puede admitir
que se trate solamente de una variación en la cristalización.
Parece que el doctor Wehrli se convenció también de que en esta re-
gión existen rocas graníticas muy recientes. En su informe del año pa-
1 Para evitar un ¡nal entendido, hago presente, que cuando hablo do rocas neovol-
cánicas, comprendo todas aquellas que so han consolidado de magma do edad queno-
zoica, de cualquier estructura y composición.
— 338 —
sailo 1 d i ce : Toutprds de San Carlos, on troupe un a f]leurement trds curieux
de granit qui parait alterner avec les sédiments et qui semble montrer des
formes de refroidissement d’une lave néovolcanique.
Hace mención también de depósitos sedimentarios plegados, que
alloran en algunas partes en la gran pampa, al este del lago Nalmel
Iluapí, donde se encuentran la casa de Tauschek y la estancia de l>er-
nal, y dice que tienen que ser más lucientes que el cretáceo superior. Es
una lástima que él no baya visitado el cerro Leones, que se halla en este
paraje cerca de la desembocadura del lago, de donde he traído en mi
primer viaje una roca muy particular que tomé por pizarra y que resultó
ser, según Welirli, una roca por fí rica.
Se trata de un pórfido de masa homogénea y de estructura laminosa,
que presenta el aspecto de una pizarra arcillosa y no de una roca de
magma volcánico. Las láminas tienen más o menos un milímetro de es-
pesor; cada lámina está cubierta de una delgada corteza amarilla, y
la masa interna es más obscura. El cerro Leones está separado del
cerro Carmen de Villegas por un valle; se eleva aisladamente en la
pampa, es mucho más bajo que este último, y es formado por varios
pliegues invertidos, replegados unos encimado otros, en forma isoelinal.
Los grandes pliegues presentan una estructura arrugada, formando pe-
queños pliegues secundarios, como se los observa con frecuencia en las
capas pizarrosas y de gneis en los Alpes. Al lado del cerro principal hay
otros más bajos, formados también de rocas porfíricas, que no presentan
la estructura estratificada, sino que forman una masa homogénea de co-
lor chocolate con pintas de otros colores. Como este pórfido no está es-
tratificado, no se notan en él tampoco plegamientos. En el pórfido lami-
noso existen también capas de algunos centímetros de espesor, atrave-
sadas de poros en forma de pequeños agujeros redondos. Seguramente
las dos clases de pórfido tienen su origen de un mismo magma volcánico;
lo curioso es que el del cerro central haya sufrido una compresión tan
intensa, que se ha plegado y arrugado, lo que debe haberse, produci-
do en estado plástico del magma antes de enfriarse y consolidarse del
todo. Resulta, pues, que no se trata de un plegamiento posterior a su
origen, como es el caso en las capas sedimentarias plegadas, que se en-
cuentran a corta distancia en la misma pampa. No me ha sido posible
averiguar si se trata de pórfido de edad cretácea o terciaria, porque
la zona de contacto con los depósitos sedimentarios y con los del ce-
rro de Carmen de Villegas se halla cubierta de rodados glaciales. En
este último cerro hay rocas porfíricas, principalmente tobas y brechas
de la formación de arenisca roja cretácea muy desarrollada a ambos
lados del Limay superior, pero también rocas efusivas basálticas que
Rapport préliminairc, etc., en Revista del Muevo de La Ríala, tomo IX, 1809.
339 —
puedan ser terciarias, porque se hallan encima de las capag cretáceas.
Las capas sedimentarias (pie afloran en la gran pampa del campo del
general Berna! ', se componen principalmente de arenisca y estratos ar-
cillosos que contienen mucho material volcánico. En estos depósitos se
notan algunas capas no muy espesas, de color muy blanco, que tienen el
aspecto de creta, y más al sur he encontrado en ellas pequeños caracoles
y conchillas de agua dulce. * ^
Estos estratos contienen impresiones de plantas, que remití con las
encontradas en otras localidades al doctor Kurtz de Córdoba para su de- 1 ,
terminación, y Kurtz me ha escrito asegurándome que se trata de una
ilora de aspecto mioceno. Esta determinación me parece acertada. En
muchas partes lie visto estas capas sedimentarias en posición primitiva
horizontal, en forma discordante encima de la toba gris con mamíferos
fósiles de la formación patagónica.
En la pampa del campo del general Berna! se hallan en posición dis-
locada; parece que forman una isoclina! parada, en que los arcos anti-
clinales han desaparecido por la erosión y los arcos sinclinales no se ven
por encontrarse a mayores profundidades. Estos depósitos afloran sola-
mente en algunas localidades; generalmente están cubiertos de rodados
glaciales. En una colina que se encuentra antes de llegar a la casa de
negocio de San Garlos, he notado encima de las capas dislocadas otros
depósitos lacustres en posición horizontal. Se hace muy difícil el estu-
dio geológico en estos parajes a causa del material suelto y de la vege-
tación.
En la colina, que se extiende de San Carlos hasta el arroyo Gutiérrez
y la que tiene más de 1000 metros de altura % hay también capas sedi-
mentarias en posición perturbada, pero las dislocaciones presentan otro
carácter que en la pampa Berna!.
No se notan en ellas plcgamientos anticlinales ; las inclinaciones son
muy irregulares y se ve que han sido producidas por las rocas volcáni-
cas, que han atravesado los depósitos sedimentarios. Es en esta colina
en la que Wehrli encuentra que el granito alterna con capas sedi-
mentarias. A uno o dos kilómetros de la casa de negocio de San Carlos
aflora en la orilla del lago una roca muy particular de color gris amari-
llento claro. A primera vista se podría creer que se trata de piedras
litográficas. Ella es muy dura y forma bancos con distinta estructura;
hay capas compuestas de sedimentos muy finos y homogéneos, que al-
ternan con otras que a primera vista parecen ser una arenisca de color
gris.
Resulta, empero, que no está formada de granos de arena, sino que
1 Esto campo so conoco hoy con ol nombro do San Ramón.
5 Este cerro figura eu los mapas actuales con el nombre de cerro Otto u Ottoshoelic.
340 —
so trata de .una acumulación de materiales volcánicos; lo mismo que en
los bancos que se asemejan a roca arcillosa y los que se componen de
ceniza volcánica muy lina. No cabe duda que constituyen una acumula-
ción de detrito volcánico como la toba, pero silicificado y por esta ra-
zón la roca es tan dura. Se encuentran en estos depósitos impresiones
de vegetales y de troncos de árboles petrificados, de los que algunos
están carbonizados. Es la primera vez que be visto carbón silicificado.
Estas capas se encuentran en posición ligeramente inclinada en forma
de una monoclinal, pero no se observan en ellas flexuras. Un poco más
arriba aflora granito en muchas partes.
Debo hacer presente que con esta denominación señalo todas las ro-
cas del grupo de grano-dioritas y con la de pórfido toda la serie de rocas
porfíricas de origen efusivo, como también la toba maciza y brechas,
cuando la masa que une los fragmentos, es porfírica; y cuando hablo de
roca de estructura basáltica, entiendo toda la serie de roca efusiva mo-
derna, como son : el basalto, andesita, traquita, etc. Las muestras de ro-
cas que coleccioné, tienen que ser determinadas por un petrógrafo.
Encima del granito se observa en algunas partes capas do conglome-
rados, areniscas y estratos arcillosos; estos últimos contienen también
plantas fósiles, pero tan mal conservadas que no se las puede determi-
nar. En ellas no he hallado madera petrificada, la que abunda en los de-
pósitos inferiores. Creo que se trata de sedimentos más recientes que los
que se encuentran abajo.
En los conglomerados faltan los rodados de roca granítica, lo que es
muy significativo.
En los depósitos sedimentarios del terciario superior y sobretodo en
los depósitos glaciales abundan estas rocas graníticas, así como otras
neovolcánicas.
Este hecho indica que los sedimentos arriba mencionados son más an-
tiguos que el granito que forma los macizos de la cordillera central.
Por el lado del puerto Moreno he encontrado en considerable altura,
antes de llegar a la cumbre, en una roca efusiva de color obscuro y de
estructura porfírica, moldes de moluscos marinos. Es claro, que son mal
conservados y deformados. He coleccionado algunos de los que quizá
puede determinarse el género. Es la primera vez que he visto un yaci-
miento marino tan retirado de la costa atlántica y no está excluido que
sean moluscos del Pacífico; seguramente son terciarios
1 En marzo ilo 1922 lie visitado otro yacimiento marino, encontrado por el señor
Iluber, que vivo en la Playa Bonita y quien tuvo la amabilidad de acompañarnos
al señor Schiller y a mí. Esto yacimiento se halla también casi en la cumbre del ce-
rro Otto, en el quo abundan los moldes de moluscos y hemos coleccionado ejempla-
res (pío so pueden determinar. A juzgar por su carácter general, parece que se traía
— 341 —
Las faldas de estas sierras están cubiertas de materiales sueltos y de
espesos montes, por cuya razón los depósitos sedimentarios y las rocas
volcánicas afloran en pocas partes, y no se ve el contacto de unos con
otros. Sin embargo, en la forma como alternan las dos clases de rocas,
no deja lugar a duda que el granito ba atravesado las capas tobíferas
(pie se hallan en la base y que se pierden debajo de las aguas del lago, de
manera que el granito resulta más reciente. Así lo ha interpretado tam-
bién el doctor Welirli.
Desde la cumbre se divisa en dirección sur otras sierras más altas,
separadas por un ancho valle, que comunica con la depresión en que co-
rre el arroyo Gutiérrez, y con la pampa de Bernal. Este valle formaba
antes un brazo del lago Nahuel Huapí, hoy rellenado de sedimentos.
En aquellas sierras se observa de lejos un arco que parece corres-
ponder a un pliegue anticlinal. Como tuve interés de practicar investi-
gaciones en la península San Pedro, mandé a Carlos Habegger a buscar
algunas muestras, habiéndole indicado los puntos donde debía sacarlas.
Kesulta que aquellas sierras están formadas en gran parte de granitos,
pero que el arco se compone de una roca gris de estructura no del todo
cristalina; hay cristales bien formados en un magma homogéneo del
mismo color.
En la península San Pedro, al noroeste entre Puerto Moreno y el
Brazo de la Tristeza llama mucho la atención un cerro cónico. Por su
formase podría creer a primera vista que se tratara de un volcán re-
ciente, resultando empero que ha adquirido esta forma por efecto de
denudación. En la precordillera se observa con bastante frecuencia
esta clase de denudaciones. El cerro Perro, antes de llegar a Junín
de los Andes, parece también un volcán moderno, lo mismo que el cerro
Pico Quemado.
151 cerro cónico en la península está formado de rocas de magma efu-
sivo; el material detrítico, que arrojan los volcanes y que forma sus
conos, falta por completo. En su base aflora el granito.
La masa fundamental de las serranías en los alrededores del lago
Jahuel Huapí es granito. En la península, por el lado norte, donde pe-
netra el brazo Huemul, predomina también esta roca. El cerro Chileno,
(pie se eleva bruscamente del lago, a gran altura, está formado do gneis-
granito.
En un viaje por la Patagonia en el año 1892, antes de entrar al ser-
de una fauna contemporánea con la do la formación patagónica, si bien que faltan
lasOstreas, que abundan en aquellos depósitos. Los moldes so encuentran en una ro-
ca porfírica de colores obscuro y amarillo ; encima hay pórfido laminoso como el del
cerro Leones y todo indica que éste os contemporáneo a la fauna, e$ decir, que los
moluscos lian sido envueltos en el magma en estado fresco.
— 342 —
vicio del Museo, lie observado en las colinas al sudeste del lago Naliuel
Huapí, en una gran bajada al cañadón Comallo, en medio de rocas gra-
níticas, bancos de gneis bien esquistoso de poco espesor. En esta región
la toba gris con restos de mamíferos característicos de la formación
patagónica es muy desarrollada. En muchas partes de estos depósitos
adora granito en niveles más altos que la toba, y me parecía que lian
atravesado a este sedimento. En aquel tiempo empero todos los geó-
logos consideraban el granito y el gneis rocas muy antiguas. Supuse
entonces que estas rocas formasen parte de un sistema de sierras anti-
guas, como las que hay en la provincia de Buenos Aires, muy denu-
dadas, con cumbres que sobresalen de los depósitos más recientes, y
que estas capas se hayan depositado en las quebradas y valles, pero no
me explicaba cómo el granito viniese a quedar en algunas partes en-
cima de tobas terciarias.
Ahora que conozco la cordillera central y que lie visto que el magma,
que dió origen al granito y a otras rocas volcánicas efusivas, de que están
formadas las montañas en la cordillera, lia atravesado los depósitos sedi-
mentarios del terciario inferior, me explico las interposiciones de gra-
nito en la masa de toba gris en la región de Comallo, y resulta que el
gneis es también una roca neógena.
Referente al origen del lago Nahuel Huapí puedo asegurar que no
se formó por efecto de erosión glacial, como se supone. Esta gran
cuenca con sus numerosos brazos, ensenadas, penínsulas e islas, es
de origen tectónico del tiempo terciario inferior, es decir, se lia forma-
do en hendeduras volcánicas. Antes era de mayor extensión; en ella
se han depositado las capas lacustres de edad pliocena, las que se ob-
servan en las partes que han quedado en seco. En tiempos glaciales
estaba helada, y el hielo transportaba el detrito afuera de la cordillera ',
obstruyendo el antiguo desagüe que se encontraba más al sur. Recién
después del deshielo se abrió la angosta salida del actual río Limay que
desagotó parcialmente el lago.
En la pampa que se extiende hasta la angostura, donde se hallaba
antes el fortín Chacabuco, se observa dos altas terrazas que forman
parte del antiguo fondo del lago, que se ha rellenado de estratos la-
custres pliocenos y de rodados glaciales. En este último viaje me he
convencido que la alta cordillera en esta región se ha formado por
acciones volcánicas y no por compresiones tangenciales, las que ple-
* Para el lector que no conoce el régimen de los glaciares diré : Que los glaciares
no forman una masa de hielo sólido sin movimiento, sino tanto el de los ventis-
queros en las montañas, como el de las llanuras y on el mar, están en continuo
movimiento y corren con mayor o menor lentitud. Los ventisqueros que bajan de
las sierras forman ríos de hielo con diferentes corrientes; en el centro, por lo ge-
neral, se mueve con mayor velocidad que en las orillas.
— 343
garon las capas sedimentarias unas encima de otras, como se admite
para el origen do los Alpes. El doctor Wclirli, como el doctor Bnrckhardt,
se lian equivocado al comparar la tectónica de la cordillera con la de
los Alpes. Como se verá más adelante, la cordillera central, donde
existen las montañas más altas, está formada de rocas de magma vol-
cánico y las capas sedimentarias plegadas son muy raras.
El magma que surgía del interior de la tierra y que ha dado origen
a los altos macizos, lia ocasionado hundimientos en el terreno, formán-
dose las grandes depresiones y los angostos brazos que cruzan la cor-
dillera en todas direcciones. Es a la acción volcánica que la cuenca del
lago Nahuel Huapí debe su origen y no al hielo. Admito que la acción
glacial lia contribuido en su forma actual, como ha contribuido también
en el modelado del relieve actual de las sierras, pero la gran cuenca,
como los angostos brazos son tectónicos. Mientras que en los Alpes
muchos de los grandes valles se han abierto por la erosión durante el
plegamiento de las capas sedimentarias y gran parte de los lagos se for-
maron recién en tiempos postglaciales, las depresiones en la cordillera
son en gran parte de origen volcánico, y los lagos se formaron en ellas
en tiempos terciarios; muchos de ellos se desagotaron por completo,
como se verá más adelante, y otros parcialmente én tiempos postgla-
ciales.
El Tronador constituye el macizo central de una zona eruptiva, del
que se desprenden, en forma radial, cordones y grujios de montañas
más bajos. En la base de todos los cerros, tanto en los más antiguos
como en los volcanes que todavía están en actividad, afloran rocas gra-
níticas; en la j>arte superior predominan las rocas de estructura por-
fírica y basáltica, acomj>añadas de brechas y materiales detríticos. El
magma, que ha dado origen al granito y a las otras rocas efusivas no
está consolidado del todo en mayores honduras y produce todavía, del
lado del Pacífico, en el presente tiempo erupciones, mientras que en la
parte de la República Argentina no hay ningún volcán en actividad.
En el cordón noroeste, que se desprende del Tronador y se extiende
hasta el lago Llanquihue, hay dos volcanes actuales : Osoruo y Cal-
buco, los que en tiempos postglaciales han estado en actividad. Los
lagos Todos los Santos y Llanquihue so formaron en una depresión
tectónica y estaban antes unidos. Una corriente de lava que bajó del
Osorno, no solamente ha interrumpido la comunicación de los dos lagos
sino ha rellenado una parte de ellos, y se ve que lava muy reciente se
jn'erde bajo el agua. Esta corriente de lava ha motivado que el nivel
del Todos los Santos se halla cien metros más alto que él del Llanquihue
y que el río Petrolme desagua directamente al seno Reloncaví. Los dos
lagos no han estado nunca directamente en comunicación con el Pa-
cífico, a pesar de que existen depresiones en que estrechos del mar entran
344
al interior de las serranías y uno «le ellos se junta casi con el brazo
Cay uta e del Todos los Santos. Todas estas depresiones son de origen vol-
cánico, relativamente reciente y no glacial, y el hielo ha modificado úni-
camente los contornos,,
De un proceso volcánico análogo se lia formado el lago Nuliuel Iluapí
en el tiempo terciarlo (véase la lám. VIII).
Saliendo «leí lago Nahuel Iluapí para Corral Foyel se atraviesa la-
pampa de Bernal, que formaba untes una parte del lago, la que se lia
rellenado de estratos lacustres y de rodados glaciales. Hemos tenido
que pasar por varios cordones bastante altos, formados de detritos gla-
ciales. Aquéllos no presentan el carácter de verdaderas morainas ter-
minales; se trata de una acumulación de rodados como los depositan
los grandes ríos, formados por torrentes, que salen de los ventisqueros.
En estos cordones faltan los grandes cantos erráticos, en cambio se
encuentra enormes bloques de granito en la falda de una colina de más
de 1200 metros de altura, que existe antes de llegar al río Curnleufú
La depresión en que se halla la pampa de Bernal, puede tener unos
30. kilómetros de ancho y llega hasta cerca del cerro Pico Quemado.
Las serranías en su alrededor están formadas, en su mayor parte, de
rocas volcánicas efusivas, de tobas y de brechas. En una distancia de
menos de una legua que lie bordeado el río Nirihuau, lie observado en
varias partes capas sedimentarias lacustres, que presentan un ligero
declive en dirección a la depresión, pero parece que no se trata de una
dislocación posterior a ¡a sedimentación sino de un fenómeno cstrati-
gráfieo. Las capas han sido depositadas contra la falda de una colina,
y es por esto que presentan un declive; en su parte superior hay es-
tratos en posición casi horizontal. En cambio, en la colina que separa
esta pampa de otra depresión, por donde corre el río’Guruleufú, las
capas sedimentarias se encuentran en una posición casi vertical.
A primera vista podría creerse que se tratara de un sistema isoclinal,
formado de varios pliegues anticlinales normales; resulta empero que
el ángulo de declive de todas las capas es ligeramente convergente al eje
de los pliegues. En los isoclinales parados, formados por pliegues nor-
males, el declive es convergente en la parte smelinal del eje del pliegue.
No puede tratarse sino de pliegues en forma de abanico, en que los
arcos superiores han desaparecido por efecto de erosión y los inferiores
no añoran. La colina ha sido muy denudada, probablemente por acción
glacial, y está cubierta de depósitos glaciales con cantos erráticos. Un
poco más abajo de la cumbre hay unas barrancas compuestas de sedi-
mentos homogéneos, que en color y estructura son semejantes al loess
pampeano y que presentan efectos curiosos de erosión.
* En los mapas más recientes se señala con el nombro de Pichileufú.
345
Antes de llegar al río Curuleufú liemos tenido que pasar por arriba de
una alta colina, formada de una moraina. Seguimos este río, que cerca
del cerro Colorado se divide en dos brazos. El principal dobla al sur y
nace en altas sierras nevadas, y el otro nace en una pequeña pampa que
se baila al pie del cerro Colorado y la que forma una división de las
aguas continentales.
So trata de una depresión tectónica, que está en comunicación con los
valles de los ríos Curuleufú y Villegas. La pampa es pantanosa, con varias
lagunas, en que nace un afluente del Curuleufú y varios pequeños arro-
yos, que se unen con un afluente principal del Villegas. Este baja por
una quebrada que separa el ceri'o Colorado de un cordón de altas mon-
tañas que se extienden en el lado norte hasta el río Manso. La pampa
era todavía en tiempo postglacial un pequeño lago. Donde termina la
pampa, el afluente del río Villegas pasa por una estrecha garganta, y hay
que faldear la sierra de la izquierda, subiendo a unos 1450 metros. La
bajada es muy rápida, y se ve que la pampa forma un antiguo fondo de
lago; las capas presentan la característica estratificación cruciforme de
los depósitos lacustres. En menos de dos leguas el río desciende cerca
de 300 metros.
Según mis observaciones barométricas, la pampa se halla a una altu-
ra de 1140 metros y el valle de Villegas a 800. Cerca de la bajada el río
recibe otro afluente, que sale de una quebrada que desciende de las altas
sierras nevadas.
Desde este punto el río corre por un valle transversal ala cordillera
Central y recibe varios otros afluentes de menor importancia que bajan
de las sierras.
El valle es de origen tectónico, a pesar de ser muy estrecho; tiene
menos de 1 legua do ancho por 7 a 8 leguas de largo con dirección sud-
este. Las faldas de las sierras son muy empinadas, cubiertas de espesos
montes hasta casi la cumbre, lo mismo que el valle, y hemos tenido que
cruzar el río catorce veces. Los montes dificultan mucho las investiga-
ciones geológicas. Por lo que he podido ver al pasar, estos macizos están
formados principalmente de una roca de magma gris claro, de estructura
granítica, la que alterna con otras rocas semicristalinas del mismo color,
en que los cristales bien formados están en una masa aparentemente
amorfa, como es el caso en la roca porfírica de color amarillento.
Rocas obscuras basálticas no he visto en la base de la montaña, pero
encontré algunas en los rodados de transporte en el valle, provenientes
de las cumbres.
Tampoco observé capas sedimentarias como las que se hallan bajo
el granito en las sierras del lago Nahuel Huapí. IJe visto solamente
depósitos postglaciales en las faldas y en los desfiladeros. En la baso
de las montañas se ven a veces capas sedimentarias depositadas con-
— 346 —
tra el granito en posición horizontal, que puedan ser de edad pliocena.
En el curso inferior del río Villegas el valle está obstruido por coli-
nas y mesetas ; el río se ha abierto una estrecha pero muy profunda
garganta, de manera que no se puede seguir su curso.
Después de cruzar un cordón compuesto de rodados de unos 40 me-
tros de altura, el camino sube a una ancha meseta, y antes de llegar a la
depresión del valle del río Manso hay que pasar varias otras mesetas más
bajas. La meseta principal se halla en el centro de la depresión, la que
puede tener aproximadamente la misma altura que la pampa, donde na-
cen el río Villegas y el Curuleufú. En este lugar bifurcan varios valles
en forma parecida a los brazos dellago Nahuel iluapí. (Jno de ellos for-
ma el valle de Villegas, otro toma, la dirección a Corral Foyel y se une
con el valle Nuevo, un tercero se dirige a los lagos Steffen, Martín, Mas-
cardi, etc.
La meseta más grande está cubierta de espesos montes, y en el llano
existen varias lagunas, cuyas aguas tienen el aspecto de leche cuajada,
pero en vez de ser de color blanco, es pardo. Me llamó la atención que
al pasar con la tropa, el agua se cortaba como suero. Al examinarla con
el lente, resulta ser una masa gelatinosa, proveniente de la descomposi-
ción de vegetales y no de arcilla; si se secaran las lagunas por completo,
se formarían estratos de una especie de carbón pardo reciente. En la
parte superior hay capas de guijarros y de tierras aluviales finas, en la
inferior predominan los estratos arcillosos y arenosos lacustres que, en
los lugares donde los he visto, conservan la posición horizontal.
El río Villegas ha abierto su angosto cauce a través de la meseta y
desciende cerca de 400 metros en una distancia de unos 15 kilómetros.
Según mis observaciones, en los dos aneroides, el valle, antes de entrar
el río en la garganta, tiene una altura de 840 metros, y donde sale, 400.
Nosotros entramos en el brazo de la depresión que va en dirección a
Corral Foyel, siguiendo el curso de un afluente del río Manso. El camino
faldea las altas sierras que se hallan al sudoeste de este curso.
En la base de las faldas de estas montañas hay una arenisca tobífera
de color obscuro, que no es común en la arenisca. Las capas se encuen-
tran en posición perturbada, y se nota que las dislocaciones han sido
producidas por el magma volcánico, que dió origen a las altas sierras
vecinas. No se observa un plegamiento en forma isoclinal como es el caso
en la pampa de Bernal de la región del lago Nahuel Iluapí, donde las
capas corren con nimbo fijo. En dichas sierras cambian el rumbo y el
declive a corta distancia, en una tienen una dirección paralela al valle y
en otra casi transversal. No presentan tampoco el carácter de pliegues
invertidos, puestos unos encima de otros, y no se observan arcos anticli-
nales, ni sinclinales. Mientras que en la pampa de Bernal las capas sedi-
mentarias parecen comprimidas lateralmente, aquí están arrastradas ha-
— 347
cía arriba por el magma, si bien que no se observan flexuras. A fin de
poder decir algo seguro sobre su tectónica, hay que practicar estudios
más detallados en toda la región y poseer un mapa exacto y de mayor
escala que el mío.
Aproximadamente una legua antes de llegar al puesto de Corral Fo-
yel, encontré en la orilla del río un yacimiento marino; los fósiles se ha-
llan en la misma clase de arenisca t obífera obscura, que tiene el aspecto
de ser metamorflzada, y las capas están dislocadas. He coleccionado mu-
chos moluscos que se pueden determinar; en su carácter general la fau-
na es algo semejante a la de la formación patagónica, pero me llamó
mucho la atención la falta completa de las ostras grandes, que son tan
abundantes en las capas marinas del litoral atlántico, tanto en el hori-
zonte entrerriano como patagónico. Creo que se trate de un yacimiento
fosilífero terciario inferior y no cretáceo, al menos no hay Amonitas, ni
tampoco encontré la Gryphaea y la Ostrea que caracterizan la fauna de
ltoca en el Río Negro, y a la que el doctor Burckhardt considera cretá-
ceo superior.
Es muy probable que se trate de una fauna terciaria inferior del Pa-
cífico ', pues no es admisible que una transgresión del Atlántico haya
llegado en tiempos terciarios hasta la cordillera Central, puesto que la
toba gris patagónica en la región subandina es de origen terrestre. La
presencia de fósiles marinos atlánticos en Corral Foyel se podría expli-
car únicamente admitiendo que las capas se hubieran depositado en un
estrecho como el de Magallanes, que atraviesa todo el continente, y en
tal caso la fauna estaría mezclada de tipos atlánticos y pacíficos. Lo se-
guro es que la sedimentación fué anterior a la formación de la cordille-
ra, pues las capas presentan una monoclinal, levantadas por el magma
volcánico.
' Estando el presente trabajo listo para la imprenta, recibo una publicación de la
Dirección general de minas, geología o hidrología de la Nación. Boletín, número 28,
serio 13, 1922. Apuntes geológicos sobre los hallazgos de carbón al sur del lago Nahv.cl
Huapí, por el doctor Juan Rassmuss. Parece que él lia visitado el mismo yacimien-
to marino que yo he descubierto en el año 1898 en Corral Foyel. Él lo considera do
edad «Senoniano», diciondo que la fauua es muy parecida a la descrita por Wilc-
kens, do la Patagonia austral. Si esto fuera cierto, resultaría más antigua quo la
del piso rocanense, lo que seguramente no es el caso.
Él habla también de granito antiguo, quo supone haber visto en varias localida-
des ; esto es otro error. En el vallo del río Chubut que menciona, no asoma en nin-
guna parte granito quo puedo ser do edad paleozoica.
El magma, quo ha dado origen a esta roca ha dislocado en la cordillera al sur del
lago Nnhnol Iluapí capas sedimentarias terciarias, y en el río Chubut superior existo
un dique do granito quo atraviesa capas porfíricas, quo a lo sumo puedan sor cre-
táceo superior (véaso lám. IIJ). Granito quo acompaña la gran serie do rocas porfí-
ricas mesozoicas, he visto únicamente en la región tabular, al este de la cordillera.
— 348
Hicimos campamento en el puesto Corral Foyel para practicar inves-
tigaciones en las serranías vecinas y para intentar de llegar de este lado
a las altas cumbres, donde nacen los afluentes de los ríos Manso y
üliubut.
El puestero me diio que en una barranca del río existía una mina de
carbón, y al día siguiente fui a visitarla. Él me acompañó, y para llegar
al sitio de la mina, tuvimos que escalar una alta meseta que está en me-
dio de la depresión cubierta de monte, y siguiendo una senda, llegamos
a una barranca muy a pique, la que desciende directamente al río muy
correntoso. La supuesta mina, a la que el puestero daba tanta importan-
cia y que casi no me quiso mostrar, temiendo de perder su derecho de
descubridor, no es explotable. Se trata de lignita que se baila en un de-
pósito limoso, situado en la mitad de altura de ¡a barranca. En la base
existe una toba arcillosa de color gris que contiene moluscos marinos y
seguramente pertenece al mismo yacimiento que el que está más abajo
del valle, en la arenisca obscura, si bien que las capas están en posición
casi horizontal. En la parte superior de la barranca predominan los
estratos biliosos lacustres y de guijarros, como es el caso también en la
meseta del río Villegas.
Intenté subirá las cumbres délas altas sierras nevadas por la quebrada
en que corre este afluente del río Manso, y resolví hacerlo a pie, acompa-
ñado de dos hombres, llevando poca provisión. Cruzamos algunas mesetas
y colinas cubiertas de espeso monte en que las vacas han abierto sendas,
y llegamos sin mayor dificultad hasta la quebrada adentro. Faldeando
el curso del río alcanzamos a subir una buena distancia hasta dar con
una pared casi perpendicular, y a causa de la fuerte corriente no se pudo
caminar en el mismo río. Todas las faldas de la montaña están cubiertas
de tupido monte bajo, y en vista de que sin abrir picada no era posible
llegar a la cumbre, resolví regresar al campamento.
El mismo resultado negativo tuvo mi tentativa de llegar a las cum-
bres, siguiendo el curso del río Foyel. Éste baja por otra quebrada de la
misma sierra, pero al entrar a la depresión toma su curso por el lado
oeste de la sierra, donde existen las mencionadas areniscas. En esta par-
te de la depresión hay también numerosas altas mesetas y colinas, com-
puestas de estratos lacustres.
Me llamó la atención que en ellas falta el material glacial o por lo
menos es escaso, pero existen depósitos postglaciales. Las grandes mo-
rainas se encuentran recién donde la depresión comunica con la pampa
de Maitén.
En la región oeste y sudoeste del lago Nahucl Huapí se observan dos
sistemas orogenéticos; uno forma las altas serranías con potentes ven-
tisqueros, compuestas principalmente de agrupaciones de macizos de
rocas volcánicas, y el otro se constituye de mesetas y colinas más bajas,
349 —
compuestas de sedimentos en su gran parte lacustres, los que se hallan
en las depresiones.
Por las investigaciones que he podido practicar en tan corto tiempo,
he llegado a las conclusiones siguientes: Que la cordillera central, al
sudoeste del lago Nahuel Iluapí, se ha formado de magma volcánico en
el tiempo terciario, que al consolidarse ha adquirido diferentes estruc-
turas, y que los depósitos sedimentarios de origen marino y terrestre dis-
locados que se observan en la base de las montañas, son insignificantes
en comparación con las rocas volcánicas.
Las erupciones que dieron origen a estas rocas, son posteriores a la
sedimentación de las-capas estratificadas tobíferas dislocadas, y anterio-
res a los estratos lacustres en posición horizontal. La acción, que ha dis-
locado las capas sedimentarias no ha sido tangencial, sino fué produci-
da por el magma, que en parte las sepultó y las arrastró arriba y en
parte ¡as metamoríizó de tal manera que han tomado la estructura de
las rocas volcánicas, como lo demuestran las rocas efusivas con moldes
do moluscos marinos, que no se diferencian, ni en estructura, ni en color
de las rocas porfíricas y basálticas. El magma, que surgió del interior
de la tierra, ocasionó hundimientos, produciendo grandes depresiones y
«angostos valles. En ellos se formaron numerosos lagos, que comunicaban
unos con otros por estrechos, como se observa actualmente en el litoral
del Pacífico. En éstos se depositaron los estratos lacustres que constitu-
yen las actuales mesetas y colinas.
La parte superior del curso del río Manso, donde recibe numerosos
afluentes, formaba el centro de una de las grandes depresiones, y dé ella
se ramificaron los estrechos que comunicaron con los lagos y que forman
actualmente ¡os valles en que corren los ríos.
En tiempos pliocenos uno de los estrechos se unía por Corral Foyel
con la depresión del Valle Nuevo, el que a su vez se ligaba con la de-
presión que existe en la pampa de Maltón. Otro estrecho comunicaba en
dirección norte con los lagos Menéndez, Mascardi, Gutiérrez y Nahuel
Huapí, al oeste con los de Vidal Górniaz, Hess y Fonck, y hacia el sud-
oeste con los lagos Stefí'en y Martín.
Todas estas cuencas y los estrechos son de origen volcánico, como los
senos y estrechos del Pacífico, y se distinguen bien de ¡as quebradas de
erosión, que bajan de las altas serranías. Se entiende que simultánea-
mente que se formaron los macizos de rocas volcánicas hubo una gran
actividad de denudación, y en los parajes, .donde descendían fuertes
corrientes de las montañas, la sedimentación fué muy activa, lo que
explica la presencia de mesetas formadas de estratos lacustres en las
depresiones, que representan los antiguos fondos de los lagos. Las
altas montañas formaron en aquel tiempo penínsulas o islas más o me-
nos grandes, iguales a ¡as sierras que se elevan en los senos del Pacífico.
KEV. MUSEO LA PLATA. — T. XXVI
25
350
En muchas de las penínsulas e islas ha habido lagos, algunos en un
nivel más alto que los lagos principales. En el lago Nahuel Huapí exis-
ten en la isla Victoria y en la península San Pedro pequeños lagos en
un nivel más alto que el lago y sus brazos. Si la salida por el Limay se
ahondara 400 metros, el fondo del lago presentaría en una pequeña es-
cala una comarca análoga a la cordillera central, en la cuenca superior
del río Manso. En las partes más hondas se conservarían lagos, y los
brazos menos hondos formarían valles, en que correrían ríos y arroyos.
El río Manso, que ha desagotado parcialmente los antiguos lagos que
en tiempos glaciales existían en la cordillera Central, ahondó su cauce
más de 400 metros, como lo demuestran las angostas gargantas por don-
de corren sus afluentes.
En la suposición de que el lago Nalniel Huapí se desagotara en la for-
ma mencionada, habría valles en nivel más bajo que el del río Villegas,
el que por su configuración longitudinal presenta un aspecto análogo al
Brazo de la Tristeza. La pampa al pie del cerro Colorado representa el
fondo de un pequeño lago, como los hay en la península San Pedro, que
pueden vadearse, en partes, a caballo (véase la lám. VIH).
Como acabo de demostrar, la cuenca superior del río Manso formaba
en tiempo plioceno el centro de un enorme lago, del que se ramificaban
estrechos, que llegaban hasta la precordillera Oriental.
Durante el tiempo glacial toda la cordillera Central formaba un maí-
do hielo continental, como es el caso actualmente en el sur del lago Bue-
nos Aires, y todo indica que el movimiento del hielo ha sido en dirección
oriental. Es en este lado de la cordillera que se observan las grandes
morainas terminales, de las cuales los ríos transportaron los rodados
fluvioglaciales a la región tabular hasta la costa atlántica.
Recién en tiempos postglaciales el río Manso se abrió paso a través
de la cordillera Central, y entonces comenzaron a desagotarse los grandes
lagos por el lado del Pacífico, conservándose en las partes más profundas
algunos, como sor : Mascardi, Guillermo, Stellén, Martín, Hess, Vidal
Górmaz, etc., los que se hallan en la depresión noroeste de la cuenca
central del río Manso. El gran lago que existía en la depresión del va-
lle Nuevo, se ha desagotado casi por completo, quedando el lago Escon-
dido y otros más pequeños, los que son más bien lagunas.
Las corrientes que bajaron de las altas sierras y desaguaron antes
en los lagos, se abrieron cauces en los antiguos fondos, formando las an-
gostas gargantas, que son todas postglaciales, algunas de ellas muy re-
cientes. Los ríos forman su Thalweg, y recién ahora principian a ensan-
char lateralmente los cauces. Lo cierto es que estos lagos, en tiempo
terciario, han tenido sus desagües al Atlántico.
En vista de que no me fué posible cumplir las instrucciones de explo-
rar del lado occidental las nacientes de los ríos Eoyel y Cliubut, trasla-
•— 351 —
dé nuevauiente el campamento al ])ie del cerro Colorado para ver bí
hubiese posibilidad de subir en esta parte a las cumbres del grupo de
macizos, donde nacen, no solamente los dos mencionados ríos, sino tam-
bién afluentes del Villegas y Curuleufú.
Para orientarme ascendí primeramente el cerro Colorado, desde don-
de noté que la parte superior de las serranías del lado sudoeste está des-
provista. de monte, pero que las cumbres son muy accidentadas, forman-
do crestas aginias parecidas a dientes de serrucho, y que no existen pla-
nicies como las que hay al este del lago Naliuel Iluapí.
Desde la cumbre del cerro Colorado se goza do un grandioso panora-
ma. Se divisa la región tabular y las altas serranías con sus ventisqueros
del lado sudoeste; el macizo del Tronador domina toda la zona volcánica?
y se alcanza a distinguir el volcán Osorno, el que sobresale en forma de
cono a las montañas en el noroeste, y también se ve una parte del lago
Nahuel Huapí. Allí arriba puede uno darse cuenta de la construcción de
la cordillera; se observa bien claramente que ella no forma cadenas, que
corren paralelas, como es el caso en los Alpes, sino agrupaciones de ma-
cizos, separados unos de otros por depresiones tectónicas, las que son
muy distintas a las quebradas de erosión. Los lagos Gutiérrez, Mascar -
di, Martín, Steffen, etc., que se encuentran más aproximados al cerro
Colorado que el Nahuel Huapí, no se ven porque están en hondas de-
presiones de la cordillera Central.
He tomado una vista fotográfica de todo el horizonte y envió a Lon-
dres los clichés, adjuntando una copia con las indicaciones inherentes
(véase la lám. I).
Podrá así formarse por ella un juicio exacto de la construcción oroge-
nétiea de la cordillera Central, y se verá que es completamente dife-
rente a las montañas tabulares de la zona subandina '.
El cerro Colorado que tiene, según mis observaciones barométricas,
una altura de 2220 metros, presenta una forma semicónica, más o menos
aislada. Por el lado este está separado del cordón de altas montañas, en
que nace el río Cliubut, por la depresión en que se baílala pequeña pam-
pa y el valle superior de los ríos Curuleufú y Villegas; por el costado
sur y sudoeste por un valle, o mejor dicho gran quebrada, en que corre un
afluente del río Villegas; solamente en la parte noroeste se une con el
1 Existiendo muchos cordones y macizos aún sin denominaciones, lio dado en el
mapa a los más importantes los siguientes nombres : un cordón he dedicado al doctor
Amancio Alcorta, quien, siendo ministro de Rolaciones exteriores, ha ordenado las
investigaciones en la cordillera de la Patngonia ; los macizos los he dedicado a los
generales César Díaz, Nicolás Palacios y coronel Policiano Torres, por haber actuado
cu forma destacada en las memorables expediciones militares que lio recordado ; otros
dos a los ingenieros Gunardo Pango y Ernesto Gramondo, quienes lian trabajado en
la comisión de límites. La posición geográfica so puede ver bien cu la lámina.
— 352
cordón de serranías, en que nace el río Niriliuau. Este cerro está menos
cubierto de montes que los que se hallan a ambos lados del valle Ville-
gas y los de la región de Corral Foyel ; hay árboles altos que permiten
pasar a ínula, y en las partes denudadas puede estudiarse su construc-
ción.
La roca predominante consiste en tobas y brechas porfíricas de color
rojizo o bayo, compuesta de una aglomeración de ceniza lina y de mate-
riales más gruesos, triturados por la acción volcánica, los que están ci-
mentados por una masa del mismo color. Se trata de una acumulación de
detritos, como los que arrojan los volcanes actuales ; la diferencia con-
siste en que están consolidados en una roca compacta, y que son de color
más o menos rojizo, mientras que en los volcanes modernos no están
consolidados y son generalmente de color obscuro.
Entre la toba y brecha hay interposiciones de rocas efusivas que for-
man diques y mantos de color bayo y obscuro; los últimos predomi-
nan en la parte superior. Los mantos de magma homogéneo, como el ma-
terial triturado, se encuentran en posición horizontal e inclinada.
La cumbre está construida de paredes en forma semicircular, destrui-
da parcialmente por la erosión, y aparentad aspecto de un cráter, abier-
to en el lado este, que comunica con una quebrada, en la cual corre un
arroyo que desemboca en el Ouruleufú.
También en la falda sur bajan algunos arroyos que se unen con el
afluente del río Villegas, que corre por la mencionada quebrada, y ésta
separa el cerro Colorado de los macizos vecinos. La mayor parte de es-
tos arroyados nacen en pequeños campos de nieve.
Como las rocas efusivas son más resistentes a la acción de denuda-
ción, que la toba y la brecha, forman murallas y crestas sobresalientes.
Próximo a la cumbre encontré en una roca efusiva de color obscuro
moldes de moluscos marinos, parecidos a los que contienen las rocas
efusivas en el cerro citado del lago Nahuel Huapí. Si bienios moldes en
gran parte están deformados, se ve que son géneros semejantes a los que
se hallan en la formación patagónica. La estructura y el color no difie-
ren en nada de la roca efusiva que predomina en la parte superior
de casi todas las montañas de la cordillera ; si no se encontrase moldes
de moluscos en ella, se la tomaría por una roca basáltica. En d presente
caso no se trata de una metamorfosis de contacto, como se observa con
frecuencia en parajes donde los mantos efusivos cubren la toba gris,
sino de una diagénesis volcánica, en que los sedimentos se han fundido y
el magma se ha consolidado en una masa homogénea, lo que puede ser
debido a que los moluscos se encontraron en una toba de ¡a misma com-
posición del magma. Este hecho nos explica que en los macizos de la
cordillera Central, formados de grandes masas de granito, las interposi-
ciones de capas sedimentarias son relativamente escasas, porque éstas
353 —
han sido refundidas por el magma y han perdido su estructura primiti-
va sedimentaria.
La construcción del cerro Colorado indica que se trata de un volcán
de los tiempos terciarios. Comparándolo con los volcanes modernos, que
han estado en actividad en tiempos postglaciales, no se nota otra dife-
rencia que la que en este cerro faltan los materiales detríticos sueltos;
todas las tobas están consolidadas, y no hay capas sedimentarias mo-
dernas.
En el volcán Galbuco, por ejemplo, se observan acumulaciones de ce-
niza y lava encima de depósitos glaciales. En algunas partes las ca-
pas sedimentarias recientes alternan con rocas de magma homogé-
neo, que se hallan en posición completamente horizontal y en otras
partes inclinadas. He visto que una corriente de magma, que descendió
de la cumbre, plegó capas sedimentarias en forma de una anticlinal
simétrica.
El cerro Colorado presenta análogas condiciones, pues hay tobas y
rocas efusivas en posición horizontal e inclinada.
Al sur de este cerro existe una colina denudada, en que se observa un
pliegue en forma de abanico. Esta colina corresponde ya al cordón de
de las sierras Bayas. Las capas se componen de tobas arcillosas de co-
lor rojizo, análogo al pórfido del cerro Colorado (véase la lám. II).
No he encontrado fósiles en ellas, y en su carácter litológico tienen
semejanza a los depósitos en que se hallan los restos de dinosaurios y la
madera petrificada, pero los moluscos en el cerro Colorado indican de
que se trata de una formación de edad terciaria.
Las faldas de las sierras del lado sur del cerro Colorado están cubier-
tas de espeso monte casi hasta las cumbres. Intenté llegar a las nacien-
tes de los ríos Cliubut y Foyel por la quebrada en que corre el afluente
principal del río Curuleufú, suponiendo que se pudiese marchar en su
lecho. El resultado fué negativo, igual a las tentativas anteriores en Co-
rral Foyel, pues dimos con altas cascadas, enteramente imposibles de
franquear.
Practiqué unas investigaciones en una colina del lado derecho de la
quebrada. En gran parto está denudada, y se ve que es formada de ca-
pas tobíferas más o menos arcillosas o arenosas de color rojizo, que al-
ternan con otras de color gris, parecidas a la toba de la formación pata-
gónica. Ellas se encuentran en posición casi vertical; los arcos de los
plegamientos no se notan, y asoman solamente los cabezales de las capas.
Se trata aquí de una isoclinal parada, en que las capas corren paralelas
en dirección noreste. En la falda do esta colina he observado al lado de
una veta basáltica, que lleva la misma dirección que las capas arcillo-
sas, estratos con carbón. En una barranca, a la izquierda del río, .hay
una arenisca tobífera de color obscuro, parecida ala del yacimiento ma-
— 354 —
vino en Corral Foy el, que contiene impresiones de plantas no bien con-
servadas. He coleccionado algunas por si acaso so pueda determinarlas,
lista arenisca se encuentra también en posición perturbada, pero las ca-
pas son menos inclinadas ; no llevan el mismo rumbo que las anteriores,
y forman una monoclinal, levantada por una masa de magma de co-
lor obscuro, de aspecto basáltico. El contacto directo de las areniscas
con la roca volcánica no me fue posible divisar, pero en el pre-
sente caso no hay duda de que su color obscuro es debido a la. meta-
morfosis de contacto. Encontré en la roca efusiva grandes troncos de
árboles petrificados, y me llamó mucho la atención que no mostraron
ninguna modificación en su estructura.. Al principio creí (pie se tratara
de trozos de madera petrificada, que se hallase solamente encima del
basalto, pero encontré grandes troncos envueltos por el magma. Si fue-
ran solamente moldes que hubiesen dejado los árboles después de que-
marse, como es el caso con los moluscos hallados en la cumbre del cerro
Colorado, podría explicarse el fenómeno, pero se trata de madera silicifi-
eada, en que se ve la estructura.
En vista de que por este lado tampoco era posible pasar ala cumbre
de las sierras nevadas sin abrir picadas, operación que hubiese demora-
do mucho mi viaje, resolví seguir la ruta por Maitén, tomada por la co-
misión chilena, que el año pasado trató en vano llegar a las nacientes
de los ríos Chubut y Foyel.
Seguimos el río Curuleufú, aguas abajo, más o menos una legua, y des-
pués de cruzar un cordón de morainas, llegamos a una zona de colinas
(pie se extiende del lado este de la alta cordillera hasta el cerro Pico
Quemado. Hicimos campamento al costado de la loma Stopoa en el arro-
yo Bayo. Se trata aquí de una comarca muy interesante de una estruc-
tura orogénica, como no he observado en la región de la Patagonia, ni
en ninguna otra parte. He ascendido una colina de unos 800 metros de
altura con el fin de tomar una vista fotográfica de todo el horizonte. En
ella se ve hacia el oeste las sierras Bayas, y se alcanza a distinguir el
lago Naliuel lluapí. El cerro Pico Quemado, que se halla donde termina
este cordón, no se destaca en la fotografía por haber dado el sol al obje-
tivo, quedando una mancha blanca. Del lado este hay otro cordón, que
comienza en el cerro Carmen de Villegas y concluye también en el cerro
Pico Quemado. Envié a Londres una copia con las indicaciones necesa-
rias y la placa.
Las colinas entre los dos cordones desierras son mucho más bajas que .
las montañas en cada costado. Esta zona preséntala forma de una cuña,
que en la parte más ancha puede alcanzar de fi a 7 leguas y (pie termina
en el cerro Pico Quemado. Las colinas son más altas a ambos lados que
en el centro de la zona y forman cordones longitudinales ; entre ellas
está la loma Stopoa. Esta, así como los cordones de colinas de cada lado
— 355
de las sierras, están interrumpidas por pequeños valles transversales,
abiertos por arroyos que se unen con los ríos que cruzan esta zona. To-
das ellas se componen do capas sedimentarias con un declive más o me-
nos vertical ; en ellas predomina una toba arcillosa silicificada, parecida
a la que hay en el lago Nahuel Huapí, pero en vez de ser gris, es de co-
lor bayo. Ésta alterna con arenisca de grano fino del mismo color y con
capas de toba gris, igual a la de la formación patagónica.
No he visto capas de conglomerados de material grueso y todo pre-
senta el aspecto de un complexo de capas depositadas en el centro de un
lago. Los únicos fósiles que he encontrado en ellas, son impresiones de
plantas y delgadas vetas de carbón.
El doctor Kurtz, que determinó las plantas, dice que puede tratarse
de una flora miocena. Si esta determinación fuese exacta, resultaría que
la precordillera en esta región tendría que ser de origen más reciente
que mioceno, pues es el magma, que constituyo las sierras, el que ha
dislocado las capas sedimentarias. Todas las colinas pertenecen a un
mismo sistema isoclinal parado, construido de pliegues en forma de aba-
nico. Los arcos de los pliegues han desaparecido por la denudación y
afloran solamente los cabezales de las capas. He visto únicamente antes
de llegar al cerro Pico Quemado, donde termina el cordón de la loma
Stopoa, un núcleo de un pliegue de abanico, cuyo ángulo de declive es
convergente al eje.
A medida que las capas se plegaron hacia arriba, los dobleces o arcos
desaparecieron por efecto de denudación. Y esta particularidad es muy
significativa para formarse juicio de la tectónica; si se tratare de un
sistema isoclinal, formado de pliegues invertidos, se observaría en algu-
nas partes los dobleces.
La falta completa de pliegues invertidos demuestra que se trata de
un movimiento orogénico diferente al de los Alpes, donde los pliegues
están estivados unos encima de otros; aquí se encuentran en posición
vertical en filas y puestos uno contra otro.
Las capas presentan en las colinas un plano de erosión más o menos
ondulado y encima hay capas de rodados que en el terreno bajo, en don-
de corren los ríos y arroyos, son do considerable espesor.
Lo singular de esta zona de plegara i ento consiste en la circunstancia
de que el rumbo y el ángulo de declive de las capas son divergentes.
Mirando desde el cerro Pico Quemado el rumbo de los cabezales de
las capas que afloran, se observa que éstos se abren en forma de las va-
rillas de un abanico en dirección al lago Nahuel Huapí; y en las partes
donde se ve la inclinación de las capas casi paradas, ésta es convergente
al eje de los pliegues. Otra singularidad, aún más significativa, consiste
en el hecho que en un complexo de caquis plegadas de 25 a 30 kilómetros
de ancho, no las hay más antiguas que terciarias. Esto nos demuestra
356
que las capas más antiguas se lian hundido, y las terciarias lian sido com-
prensadas hacia arriba. Si éstas hubiesen sido plegadas por empuje en
sentido horizontal unilateral, se habrían estivado unas encima de otras,
y se encontraría capas más antiguas, por lo menos de edad cretácea, las
que existen en la precordillera, El empuje ha tenido que producirse de
los dos lados por el magma volcánico que ha formado las sierras vecinas
de la zona y que comprenso las capas en forma de pliegues de abanico.
El empuje mayor ha tenido que producirse en la parte superior, pues ¡as
capas terciarias reventaron hacia arriba, y las más antiguas se hundie
ron al magma líquido o en los huecos que éste había dejado al surgir a
la superficie del terreno. Esta interpretación, por lo menos, explica que
todo el complexo de pliegues forma un sistema isoclinal parado, en que
falta todo vestigio de capas más antiguas que las terciarias.
Esta región merece ser estudiada por un especialista en geología di-
námica en todos sus detalles, porque ofrece fenómenos que están en
contradicción con las teorías actuales que explican el mecanismo de la
formación de altas serranías.
El geólogo se convencería que el plegamiento en esta zona no se ha
formado por presión tangencial, debida al enfriamiento de la parte su-
perior de la tierra, sino por fuerzas volcánicas y de que el magma pro-
duce no solamente dislocaciones monocl inales con fallas y flexuras loca-
les, sino también sistemas de isoclinales de considerables extensiones.
El hecho es que en la zona de plegamientos en esta comarca se formaron
únicamente colinas bajas, y que las altas montañas que las rodean son
construidas de rocas de origen volcánico.
En el cerro Pico Quemado las condiciones geológicas cambian repen-
tinamente. En el lado oeste esto cerro está ligado con un cordón de se-
rranías, sin denominación *, en que nace el arroyo Seco, y del lado este
se halla separado de las sierras de la región tabular por una quebrada
en que corre el arroyo Ghacaihuarruca, que se junta con el arroyo Ohu-
quiñién. Estos dos arroyos nacen en la misma sierra que se halla en la
parte occidental del Pico Quemado, pero uno corre por el sur y el otro
por el norte del cerro, y después de unirse atraviesan la sierra del lado
este, desaguando en un cañadón que sólo tiene localmente un curso su-
perficial. La mayor parte de los ríos y arroyos que nacen en la precor-
dillera, pierden su curso superficial en la región de las mesetas.
El cerro Pico Quemado, de unos 2000 metros de altura, es de for-
ma cónica, parecida a un volcán moderno, pero en la base predominan
las rocas graníticas, y la parte superior está formada de una roca, efusiva
1 En mi mapa lo lio señalado con el nombre «Cordón Guevara», dedicándolo al
ingeniero Ramón Guevara, que lia hecho levantamientos topográficos en el norte de
la Patagón ia.
— 357 —
basáltica muy obscura, y por esto lleva el nombre « Pico Quemado ».
Las tobas y brechas son de menor importancia.
Para ir a la pampa de Maitén hay que subir un paso de 1340 metros
de altura. Hacia el sur del cerro el paisaje presenta el carácter tabular,
algo semejante a las mesetas del río Collón-Curá, solamente que son
menos planas a causa de la erosión. En las barrancas aflora toba gris,
que en Collón-Curá contiene restos de mamíferos de ¡a formación pata-
gónica; no encontró en este lugar ninguna clase de fósiles. Hay también
estratos lacustres y mantos de rocas efusivas, pero la correlación estra-
tigráfica es menos clara, porque todo está revuelto por el magma que
los lia dislocado; sin embargo se ve que la toba gris forma el yaciente
de las capas lacustres. Los conglomerados y capas de rodados sueltos
que se hallan en la parte superior de las mesetas, conservan su posición
primitiva.
Los conglomerados presentan mucha semejanza con ciertos depósitos
que en Suiza se llaman «Nagelfluli». Se observan barrancas de 300 y
más metros de altura, compuestas de Nagelfluli en posición horizontal,
pero hay también cordones formados de morainas terminales de consi-
rable altura.
Nosotros acampamos en el curso del río Ñorquinco. En dirección a
Fofo-Calmel se divisan mesetas y colinas, que vist.as de lejos parecen
pertenecer al mismo sistema tabular, a pesar de ser más altas. En las
capas sedimentarias he visto carbón (liguita) de mayor espesor que en
Corral Foyel. No está excluido de que, si se practicara un estudio geo-
lógico detenido en todas estas comarcas, se encontraría carbón explota
ble. Para esto se necesita tiempo, porque todo está muy revuelto, y por
ahora no se podría explotarlo, puesto que el flete sobrepasaría en mucho
al valor del carbón.
Como se me ha recomendado especialmente de ocuparme de investi-
gaciones huiro-geológicas en la cordillera, donde existen las divisio-
nes de las aguas continentales, no he querido perder tiempo en estudios
geológicos en la región tabular y trasladó el campamento al río Chubut.
El camino a la Puerta Apichig, que constituye la entrada a la pampa
de Maitén, pasa por terreno muy accidentado. Hemos tenido que cruzar
varias altas colinas, algunas formadas de morainas. La Puerta se halla
eu una altura mayor de 900 metros y puede tener una anchura de medio
kilómetro. Se trata de una abertura preglacial a través de un dique de
roca volcánica, y el zócalo está cubierto de rodados glaciales. Es muy
posible que en tiempos terciarios esta abertura formase un desagüe del
lago que existía eu la depresión de la pampa de Maitén.
Los cerros, a ambos lados de la entrada a la pampa, tienen una altura
aproximada de 1500 metros, al menos son más altos que el paso en el
cerro Pico Quemado. Cerca do la Puerta Apichig baja el río Seco de la
— 358 —
sierra por un angosto valle. He seguido más o menos una legua su curso,
y después de atravesar algunos cordones de rodados glaciales, hice cam-
pamento sobre el río Okubut en un lugar donde éste ha cavado su cauce
a través de una moraina. En este trayecto no alloran capas lacustres,
ni de otros sedimentos terciarios.
En la depresión hay solamente cordones de rodados glaciales, como
los depositan los torrentes que salen de los ventisqueros, y las morainas
terminales se encuentran más arriba en la quebrada «le las sierras.
He subido a una colina de irnos 1100 metros de altura, que se halla
entre los ríos Cliubnt y Seco, con el fin de sacar una vista fotográfica
general de toda la depresión en que se encuentra la pampa de Maitén,
y de las serranías en sus alrededores, y he mandado a Londres una
copia con indicaciones y las placas. Esta vista es muy instructiva para
formarse una idea de las grandes cuencas tectónicas en la cordillera.
Supuse primeramente que toda esta alta colina formase una enorme
moraina que terminare en el lugar donde establecimos el campamento,
porque ella está cubierta de cantos glaciales hasta la cumbre. Entrando,
empero, en las quebradas, he visto que las barrancas están formadas ele
capas sedimentarias más antiguas, y que las glaciales se hallan encima
de ellas. En los depósitos sedimentarios en posición muy perturbada
predominan margas y areniscas de color rojizo, que aparentemente
pueden corresponder a la formación de arenisca roja del cretáceo su-
perior.
Estas capas son acompañadas de estratos limosos y de conglomerado,
los que seguramente son terciarios. Si aquéllas resultaren ser realmente
de edad cretácea, serían las primeras capas de la formación «le arenisca
roja que he observado desde que salimos del lago Naliuel Huapí.
Restos «le Dinosaurios no encontré en ellas, en cambio hay una marga
de color rojo que contiene moluscos marinos. Los fósiles son mal conser-
vados y escasos; he coleccionado algunos, entre ellos, un Mytilus, que
se encuentra tanto en eí cretáceo superior como en el terciario inferior,
así que el yacimiento bien puede ser cretáceo.
En el río Deseado hallé el año pasado un depósito parecido, que no
está dislocado.
En aquella localidad, la formación «le arenisca roja con restos de Di-
nosaurios está muy desarrollada, y unas veinte leguas antes «le llegar al
lago Buenos Aires, encontré en la parte superior, en una marga roja,
moluscos marinos. En las «los localidades falta todo vestigio de Amoni-
tas, como también las Grypaheas que caracterizan el yacimiento «le Roca,
«le manera que la edad «le los depósitos es dudosa.
Al pie de la colina he visto, en la barranca de una quebrada, estratos
lacustres en posición horizontal y discordante encima «le las capas dis-
locadas. En ¡as inmediaciones de la pampa de Maitén las colinas están
— 359
formadas de morainas; próximo al río Oliubut existe un enorme bloque
errático, que llama la atención a los viajeros porque se baila en medio
de guijarros, y todos hablan de la piedra parada, como se habla en Bue-
nos Aires de la piedra movediza del Tandil.
Teniendo en cuenta las dificultades de marchar con toda la tropa al
curso superior del río Chubnfc, resolví dejar el campamento general en
la pampa do Maitén. Salí con una sola muía cai’guera con los elementos
más indispensables y acompañado de dos hombres. Faldeamos la sierra
del lado oeste del río hasta llegar a una angostura parecida a la Puerta
Apichig. La abertura es tan angosta que la corriente del río ocupa todo
el espacio, y tan torrentosa que no permite transitar en el mismo lecho.
Hemos tenido que subir a gran altura en una falda muy empinada, cu-
bierta de grandes fragmentos de piedras, para alcanzar el otro lado de
la abertura. El río lia abierto paso a través de un dique granítico de
menos de cien metros de espesor.
He tomado una vista fotográfica de este punto, porque lo considero
de gran interés geológico (véase la lára. III).
Según las teorías de Rosenbuscli, las rocas que se han cristalizado,
do magma volcánico, so dividen por su origen en tres grupos : i’ocas de
profundidad (Tiefengesteine), rocas de filón (Oanggesteine) y rocas de man-
tos o efusivas (Ergussgesteine). El granito, que pertenece a la primera
categoría de rocas, puede cristalizarse, según esta teoría, únicamente de
magma, que se halla a mayores profundidades. Para el origen de Jas
rocas porfírieas se admite que se han consolidado de magma que ha
penetrado en hendeduras, mientras que de magma que se derramó en la
superficie del terreno, se ha formado la roca de manto de estructura
basáltica y vitrea. Por la teoría de Rosenbusch resultaría que de un
mismo magma pueden formarse las tres clases de rocas, y que la diferen-
cia de estructura depende del lugar donde se ha consolidado. Aquí se
trata de un fenómeno inverso; la masa constituyente de la montaña
se compone de rocas porfírieas, y el granito forma un dique. Se observa
con frecuencia en la precordillera y en la zona tabular que los diques de
granito alternan con los porfíricos; diques de granito so conocen tam-
bién en otras regiones. Lo singular, empero, es que en algunas locali-
dades de la Patagonia norte, hay rocas graníticas cuyo magma se ha
derramado encima de toba gris terciaria, rellenando las desigualdades
del terreno, de manera que no se trata de un fenómeno como se presen-
ta comúnmente en los lacolitos. Por todas estas razones, lie tocado li-
geramente en este informe el problema del origen de las rocas volcá-
nicas.
El dique en el río Chubut, que se eleva en forma de una muralla me-
nor de 100 metros de espesor, tiene también otra importancia, pues nos
demuestra, con toda evidencia, que el granito en esta sierra es más re-
— 360 —
cíente que los depósitos porfirices y la toba gris terciaria, puesto que el
magma los ha atravesado y perturbado. Además, en la masa granítica se
notan fragmentos angulosos de otras rocas que lian sido fundidas y cris-
talizadas en forma que presenta el aspecto de brecha granítica. No hay
duda que el magma, que ha dado origen al granito, lia abierto una bre-
cha, como sucede en los diques porfirices.
Pasada la angostura, se puede marchar nuevamente en la orilla del
río; un poco más arriba se llega a una gran abra, qúe parece cruzar toda
la sierra del lado oeste, y en ella corre un afluente del río.
En la altura de unos 1200 metros se unen los dos brazos que forman
el río Cliubut, Uno baja por una quebrada de la sierra, y el otro sale de
una gran depresión, que se extiende hacia el oeste. En todo este trayecto-
hay varios otros afluentes de menor importancia. '
La depresión presenta el aspecto de una enorme caldera volcánica,
abierta- del lado del río Olmbut y está rodeada de sierras, cuyas cumbres
se elevan en forma de dientes de serrucho de 1000 a 1500 y más metros
sobre el nivel de la cuenca. En los lugares donde he podido examinar las
rocas, resulta que las sierras en los alrededores do esta hoya no están for-
madas de acumulaciones detríticas, como arrojan los volcanes, sino de
rocas de magma efusivo. En la base predomina el granito, arriba las ro-
cas porfídicas y basálticas; las tobas y brechas son de menor importancia.
El centro de la caldera es muy llano, elevándose el terreno en los cos-
tados, y formaba antes, seguramente, un lago; ahora está cubierto de alu-
viones y de espeso monte bajo intransitable (véase la lám. IV).
Penetramos en ella por una picada de menos de una legua de largo,
que había abierto el año pasado la Comisión chilena. Seguimos después
caminando en el lecho de un arroyo que describe continuas vueltas, y al
cabo de muchas horas de marcha penosa, nos encontramos otra vez a
menos de una legua distante del punto, donde termina dicha picada y
vi que el arroyo bajaba de una sierra del lado sur. El día siguiente en-
tramos en otro arroyo, que se halla más al norte y que tiene la dirección
general hacia el centro de la cuenca ; este serpentea aún más que el de!
día anterior. Lo seguimos hasta que perdió su curso fijo, como es e! caso
en los arroyos de los esteros. En-esta parte había menos montes, en cam-
bio el terreno era tan pantanoso que dificultaba la marcha. Resulta que
el centro de la depresión es formado de una especie de estero con lagu-
nas y pantanos, y solamente en el invierno, cuando todo está helado, se
puede cruzarlo. Volvimos a la horqueta, donde se juntan los dos afluen-
tes principales del río Olmbut, sin haber llegado a las sierras, donde
cruza el río Foyel, pero no tengo ya duda de que los dos ríos tienen su
origen en el mismo estero, que es el resto de un lago desagotado. Todos
los arroyos que bajan de las sierras en los alrededores de la depresión,
desaguan en este estero.
— 361
Ahora me explico, por qué la comisión chilena había desistido de le-
vantar un plano detallado de la división de las aguas continentales en
este grupo de sierras. Las dificultades son muy grandes, y habría que
abrir varias picadas y no una sola, para poder construir un plano de esta
región.
A fin de no regresar sin haber obtenido algún resultado satisfactorio,
subí por una quebrada, marchando en un arroyo, a la cumbre de un cerro
de más de 2000 metros de altura, y tomó una vista general de la hoya
con las serranías en sus alrededores, de la que envié también una
copia y las placas a Londres (véase la lám. 1Y).
En ella se ve, bien claramente, que todos los arroyos que nacen en las
cumbres nevadas, desaguan en el estero del centro de la depresión, y a
pesar de haber mucho monte, so distinguen algunas lagunas. Se obser-
va en la fotografía que de ellas se apartan zanjones, los que se unen en
dos corrientes do agua principales y que serpentean igual al río Fénix.
• Una de estas corrientes se dirige hacia la abra que se divisa en la ex-
tremidad sudoeste de la sierra. No hay duda, que por esta abra pasa uno
de los afluentes del río Manso, probablemente el río Foyel. La otra co'
rriente se junta con el brazo principal del río Chubut, que baja déla
quebrada al noroeste de la sierra. Aparentemente la cuenca desaguaba
antes por la abra que existe en el sudoeste, porque de aquel lado se al-
canza a distinguir una barranca de arroyo, la que he marcado en la foto-
grafía. En el lado noroeste de la cuenca no hay barrancas, y el agua
corre por la roca viva. La quebrada, en el curso superior del río Chubut,
parece ser de erosión postglacial, pues en ella faltan los depósitos gla-
ciales; recién pasando el dique de granito, comienzan las morainas.
Las cumbres de las sierras son formadas de diques de rocas efusivas,
yes por esta razón que presentan una denudación tan singular. Más aba-
jo, donde se juntan los dos brazos del río Chubut, aflora el granito, y se
nota el contacto de las dos clases de rocas. En la masa granítica hay
fragmentos angulosos de otras rocas refundidas, formando brecha.
El resultado de mi excursión a las sierras Serrucho consiste en haber
podido establecer que la división de las aguas continen tales no se halla en
las altas cumbres, sino en la cuenca. Repito, que todas las corrientes
que nacen en los ventisqueros, que hay en este lado, desaguan en el cen-
tro de la cuenca, y del estero se ramifican afluentes de los ríos Manso y
Chubut.
Una de las más grandes divisiones de las aguas continentales forma
la pampa de Maitén, que se halla en la precordillera y no en la Cordille-
ra Central. Esta pampa se encuentra en una depresión formada por un
hundimiento del terreno. Ningún geólogo podrá demostrar, objetivamen-
te, que esta gran cuenca se haya formado por efecto de erosión. En tiem-
pos terciarios existía aquí un enorme lago, que comunicaba por el lado
362
noroeste con él, que luí habido en el Valle Nuevo, y del lado sudoeste con
otro gran lago que se hallaba en la Colonia 10 de Octubre. El lago ter-
ciario era muy profundo y se rellenó de materiales lacustres glaciales y
postglaciales. En el tiempo glacial estaba helado; las corrientes de hielo
continental tenían una salida hacia el oriente y transportaban el detrito
de la alta cordillera a la zona subandina.
En los alrededores de las sierras existían inmensos glaciares, de los
cuales, al entrar el período de deshielo, se quedaron las morainas que
se observan en todas las quebradas. La mencionada piedra parada es un
bloque errático transportado por una corriente de hielo continental des-
de la Cordillera Central a la orilla del actual río Chubut.
Todavía hoy los ríos y arroyos acarrean material de las antiguas mo-
rainas, levantando paulatinamente el terreno do la pumita. Como éste
tiene poco declive, y la salida del río Chubut se halla casi en el mismo
nivel de la pampa, éste, én vez de cavar un cauce, corre poruña especie
de terraplén. Todos los ríos y arroyos que bajan de quebradas de las
sierras, forman en el terreno llano cordones de guijarros. Es por esta
razón que en el centro de la pampa y en el lado este, por donde corre el
río Chubut, no adoran los estratos lacustres, pero se puedo observarlos
en la parte noroeste, en el punto de la unión de la pampa de Maitén con
el gran Valle Nuevo. En este paraje hay una abra en las sierras llamada
« Portezuelo del Oeste », que conduce a una depresión en que corre el
arroyo Repollo. Toda esta comarca presenta condiciones análogas a la
región de la cuenca superior del río Manso. En aquella depresión se ele-
van altas mesetas y colinas, compuestas de capas lacustres. También
acá los arroyos han cavado profundos cauces a través del antiguo fondo
del lago, y la única diferencia consiste en que en esta localidad hay
grandes morainas, las que faltan en la región de Corral Eoyel. En la
sierra, donde se encuentra la abra, hallé en una roca volcánica cristali-
na algunas pocas laminillas de oro, el que a primera vista puede confun-
dirse con mica amarilla.
A ambos lados del Portezuelo del Oeste, hay en las sierras una divi'
sión délas aguas continentales, parecida a la de la vega de Maipú, al
norte del lago Lacar.
Los arroyos, que nacen en la falda de una misma sierra, se juntan
unos con el arroyo Repollo, el que se une en el Valle Nuevo con el río
Azul, y otros son alluentes del arroyo Maitén, que desagua en el río Chu-
but. Resulta que aquí tampoco son las altas cumbres que dividen las
aguas continentales, sino únicamente los arroyos (pie nacen en una mis-
ma falda; unos se juntan con un río, (pie desagua al Pacífico, y otros con
el río Chubut, que corre al Atlántico.
El terreno de la pampa de Maitén, en la parte sur y sudoeste, es muy
pantanoso, y existen numerosas lagunas, en (pie nacen también alluentes
363
del río Cliubufc y de ríos que corren a la Colonia 1C de Octubre, y de
éstos me ocuparé en el capítulo siguiente.
Al frente de la estancia Maitón, establecida en la orilla del río Chu-
but, existe la colina Cagui-Huincal, que se eleva en forma de una isla
transversal de la pampa. En ella nacen algunos pequeños afluentes del
río Clmbut y del arroyo Epuyén, que desagua en el Valle Nuevo, de suer-
te, que en medio de la pampa Maitón bay una división de aguas conti-
nentales. Merced a esta colina el río Clmbut superior conserva su curso
primitivo. En la parte noreste, donde practiqué algunas investigaciones,
afloran rocas efusivas, que lian dislocado estratos lacustres que parecen
ser areniscas de edad pliocena. Si esto fuese el caso, resultaría que ha
habido en este lugar erupciones volcánicas posteriores a la formación
de la cuenca.
Al este del río Clmbut se extiende un angosto cordón de sierras que
corren paralelas con el río. Éste comienza en la puerta Apichig, y en el
sur está separado por una abra do la sierra Lelej, por donde pasa el río a
la región tabular. La sierra se compone principalmente de rocas volcá-
nicas ; en ellas afloran granito y otras rocas neovolcánicas. Acá se halla
el pasaje principal, por donde desaguaba el lago terciario, y donde tenían
su salida en tiempos glaciales las corrientes de hielo continental ; hoy
da paso al río Chubut. Al oriente de la abra el paisaje presenta análo-
gas condiciones geológicas, como en el sur del cerro Pico Quemado. La
cumbre del cerro Lelej está cubierto de nieve, y en la base afloran rocas
efusivas de diferentes estructuras, así como tobas y brechas de color
amarillo y gris. Las mesetas y colinas son más altas que en el curso su-
perior del arroyo Norquinco, pero se componen también de capas sedi-
mentarias tobíferas muy dislocadas por los diques y mantos de rocas
efusivas, y existen terraplenes compuestos de conglomerados y guijarros
sueltos de considerable altura. En un depósito limoso encontré en dos
colinas moluscos, al parecer de agua dulce. Se hallan muy mal conser-
vados y están tan frágiles que no era posible extraerlos enteros; saqué
algunos terrones que llegaron todos desechos al Museo.
Existen colinas en que el magma volcánico ha revuelto todos los de-
pósitos sedimentarios, y en otras las capas conservan su posición pri-
maria.
Las colinas, por donde cruzan los arroyos Leppa, Arileufú, Maya
Leufú, Temenhoan, hasta las Tres Torres presentan iguales condiciones
geológicas como las ya mencionadas. En la barranca del arroyo Leppa
encontró también, en depósitos limosos, impresiones de moluscos, y aquí
las capas son menos dislocadas y tienen el aspecto de estratos lacustres.
Las colinas hacia las Tres Torres son menos altas, el terreno es menos
quebrado y tiene más el aspecto do mesetas. Los bajos están rellenados
de materiales glaciales que cubren también las mesetas.
La pampa Esqnel presenta la forma de una hoya tectónica de unos
40 kilómetros de largo por 15 a 20 de ancho con varias lagunas. Ignoro,
si en ella había antes también un lago, porque todo está cubierto de
rodados glaciales y de aluviones modernos.
El paraje de las Tres Torres formaba antes igualmente un pasaje de
las corrientes de hielo continental. Todo el terreno bajo está rellenado
de materiales glaciales, que cubren también las colinas y mesetas.
Si uno ve estas salidas de ríos de hielo continental, se da cuenta de
la procedencia de los rodados lluvio glaciales, que se extienden sobre
gran parte de las mesetas hasta la costa atlántica, para los cuales el
doctor Adolfo Doering ha creado el nombre « Rodados Tehuelches». De
éstos habla ya Darwin, quien supuso que fuesen de origen marino,
por haber encontrado en algunas localidades del litoral moluscos mari-
nos en estos depósitos.
flay autores que han confundido éstos con otros depósitos de roda-
dos mucho más antiguos. Carlos Ameghino encontró en capas de roda-
dos algo parecidas la Ostrea patagónica, y basándose en este hecho,
Florentino Ameghino dedujo que el tiempo glacial comenzaba en la
Pat agonía en el mioceno, lo que es un grave error. Si se quiere conservar
el término «rodados tehuelches», se lo debe aplicar exclusivamente a
los rodados ttuvio-glaciales, los que se caracterizan por la gran abun-
dancia de cantos de rocas graníticas y otras neovolcánicas, las que fal-
tan en los conglomerados y capas de guijarros sueltos más antiguos.
Por lo expuesto es evidente que en la región entre el lago Naliuel Hua-
pí y la pampa de Maitén no son las altas cumbres de la cordillera que
constituyen la división de las aguas continentales ; he demostrado, obje-
tivamente, que en muchos casos ésta se halla en las depresiones y a ve-
ces en las faldas de las montañas al oriente de la cordillera central. No
existe tal división de aguas en forma de un techo de casa de dos aguas,
como pretendía demostrarlo Barros Arana. Es un error el imaginarse
de que las corrientes que nacen en el lado oriental, corran al Atlántico
y las del lado occidental al Pacífico. No hay que perder de vista que la
cordillera central no forma una cadena de montañas de plegamientos,
que corre de norte a sur, como se puede suponer según los mapas, sino
una agrupación de macizos, separados unos de otros por depresiones
tectónicas. En los lugares donde la división de las aguas continentales
no se halla en las depresiones, los ríos y arroyos (pie nacen en una misma
falda, frecuentemente los unos corren al Atlántico y los otros al Pacífico.
La única cundiré que constituyo realmente una división (lelas aguas
continentales es la del Tronador. Las corrientes que salen de los ven-
tisqueros del lado noi’oeste y sur de la cumbre, desaguan en los lagos
Todos los Santos y Mascardi, y el ventisquero del lado noroeste baja
hasta cerca de la laguna Fría.
— 365 —
Esta laguna era antes un brazo del lugo Nalinel Huapí. Las barran-
cas del río que une los dos lagos, se componen de estratos lacustres
cubiertos de depósitos glaciales; la separación Sia sido motivada, por la
circunstancia que una parte se lia rellenado de detritos,
lín el cerro Colorado, que se halla al oriente de la cordillera, no es la
cumbre que divide las signas ; los arroyos en este cerro desaguan en los
pantanos de la pampa que se lui]la al pie del mismo, y de ellos salen
afluentes de los ríos Villegas y Cu rulen fii. Es pues la pampa y no la
cumbre que forma aquí la división de las aguas continentales.
Hemos visto (pie los arroyos que corren en las quebradas de la falda
noroeste de las sierras al sur del cerro Colorado, unos se juntan con el
río Villegas y otros con el Curuleufd, y que del estero que existe en
medio de las altas montañas que rodean la depresión en el alto Chubufc,
salen afluentes de los ríos Chubut y Manso, y por lo tanto es el estero
que forma una.de las divisiones de aguas continentales y no las cumbres.
Iguales son las condiciones hidrológicas más al sur, pues no son las
cumbres que dividen las corrientes continentales, sino la división se
halla en el terreno más o menos llano de la pampa de Maitén, y en las
faldas orientales de algunas montañas nacen afluentes del arroyo Repo*
lio y del Maitén, etc.
Con excepción del Tronador, en todas las otras altas serranías los
arroyos y ríos que corren por quebradas, entran en las depresiones en
que antes existían lagos que tenían su salida por la zona subandina al
Atlántico. Estas salidas quedaron obstruidas por materiales glaciales,
que depositaron las corrientes de hielo al retirarse Ios-glaciares ala cor-
di 11 era central.
El tiempo glacial no lia terminado aún en la Pa fagonia ; al sur del
lago Buenos Aires hay todavía una extensa zona de hielo continen-
tal, parecida a la que hay en las regiones australes. También más al
norte existen vastos campos de nieve; el Tronador, por ejemplo, está
cubierto de un mar de hielo, y hay ventisqueros que tienen su base en
un nivel más bajo, que el del lago Nahue.1 Huapí; éste se halla a 755 me-
tros sobre el mar, y la muralla del ventisquero en Casa Pangue está a
370 metros sobre el Pacífico.
Al entrar el período del deshielo general, el agua quedó represada en
las cuencas. Después, en vez de abrirse nuevamente los antiguos cauces
a través de los depósitos glaciales, tomó el curso por una quebrada
que el hielo había abierto en la cordillera central, y los lagos comenza-
ron a desaguarse por el río Manso. Como la pendiente del lado occiden-
tal es más rápida que en la parte subandina del este, el agua abrió pro-
funda,s gargantas en los antiguos fondos de lagos.
Hemos visto que en ¡a cuenca superior del río Manso los afluentes
corren actualmente por angostos canales de 400 metros de profundidad,
REY. MUSEO LA PLATA.
T. XXVI
26
3(¡ü —
cavados en fondos de Jagos. Esta es la causa del desvío de las aguas
continentales de esta región. En la actualidad el sistema del río Manso
forma el desaguadero de toda la inmensa zona andina entre el Tronador
y la pampa de Maitén.
11
LA REGIÓN DE LA COLONIA 1G DE OCTUBRE Y DEL RÍO COR1NTOS
La colonia 10 de Octubre se baila también en una gran depresión,
como la pampa de Maitén, pero no presenta como esta última, un paraje
más o menos llano, sino muy quebrado.
Mientras que el lago, que en tiempos terciarios se bailaba en la depre-
sión de la pampa de Maitén, lia sido rellenado y nivelado por depósitos
glaciales y preglaciales, de manera que, si no se ve el antiguo fondo, se
puede estudiar éste en todos sus detalles en la depresión de la colonia
1G de Octubre. El fondo del primero seguramente tampoco no lia sido
plano; tenía que liaber tenido grandes honduras y terrazas. Todas estas
irregularidades que presentan los fondos de todos los lagos, lian sido
niveladas en tiempos postglaciales con materiales como los que acarrean
todavía boy los ríos y arroyos de las morainas y de las faldas de las
sierras, lo que demostré ya en el capítulo anterior.
En la depresión de la colonia 1G de Octubre no es así; bay conside-
rables honduras y partes elevadas que forman colinas y todas están
atravesadas de ríos y arroyos, que cavaron lechos de 200 y más me-
tros de profundidad, de manera que lian descubierto capas lacustres
antiguas.
El paraje, bajo y pantanoso, al sur del cerro Situación, por donde
corre el río Fetaleufú, tiene, según Emilio Frey, sólo 300 metros de
altura sobre el mar, mientras que la colina llamada Terraplén, formada
de depósitos lacustres y de rodados glaciales, alcanza 590 metros.
Es ésta una comarca muy instructiva para estudiar las capas lacus-
tres de los tiempos terciarios y los depósitos glaciales y preglaciales
basta la actualidad. El gran lago que lia existido en esta depresión no
se ha secado del todo ; aún existen algunos pequeños lagos, como son,
el de Rosario a G00 metros de altura y el de Staleufú 1 a 475. El gran
lago terciario de la colonia 1G de Octubre estaba ligado del lado este
por dos estrechos con otro lago que existía en la depresión, por donde
corre el río (Jorintos. En estrecho pasaba entre el grupo de las sierras
Nalmelpan y Langley, y el otro más angosto entre estas últimas y un
1 Eu los mapas figura con el nombre Fetaleufú, pero su nombre primitivo es
Staleufú.
— 367 —
cordón más al sur, que se une con el cerro Cuche. Del lado noroeste se
ligaba, con los lugos Staleufú, Rivadavia, Cliolila, etc., y por el lado
sudoeste con la cuenca del río Garrenleufú. La colonia 16 de Octubre
se halla más o menos en el centro de la depresión, la que seguramente
es de origen tectónico, lo mismo que las estrechas hendeduras que hoy
forman valles, en que corren ríos. Estos estrechos tienen el aspecto de
héndeduras, que se apartan en forma radial de la gran depresión, y la
erosión lia modificado únicamente sus contornos. Toda la región pre-
senta el carácter de un centro volcánico, y las dos depresiones son com-
parables a enormes calderas volcánicas, rodeadas de altas montanas, en
las que existían calderas secundarias. Todas las sierras al rededor de
las depresiones se componen principalmente de rocas volcánicas de
magma; las tobas y brechas son insignificantes en comparación con las
rocas efusivas, y se observan solamente capas sedimentarias cretáceas
y terciarias en la parte sur y este. Los estratos lacustres que hay en las
depresiones son del terciario superior y glaciales.
Las montafias se elevan bruscamente a gran altura, con paredes muy
perpendiculares, y no hay contrafuertes como en las sierras de plega-
mientos.
El cordón de la sierra Situación, por ejemplo, se compone de granito
y de otras rocas neovolcánicas, y los estratos lacustres del terciario su-
perior, que se hallan en posición horizontal, llegan hasta el mismo pie.
La parte más baja de la cuenca 16 de Octubre está en una altura do
300 metros sobre el mar, y la cumbre llega a 2040, resultando que en
una distancia de unos dos kilómetros hay una diferencia de nivel de
1700 metros. Además, hay que tener en cuenta que los lagos en la cor-
dillera son muy profundos. Se han practicado sondeos en el lago Naliuel
Huapí, y en una parte, a los mil metros, no se encontró fondo, lo que
demuestra que éste se halla por lo menos a 260 metros más bajo que el
nivel del mar.
Admitiendo que el lago terciario de 16 de Octubre presentara aná-
logas condiciones, tendríamos una diferencia de altura de 2300 metros
en una distancia de menos de una legua. Tales diferencias de niveles
en tan cortas distancias no se observan en las cadenas de montañas,
formadas por plegamientos, lo que revela que no se trata de depresio-
nes hechas por efecto de erosión.
Es un carácter general en todas las zonas volcánicas de la cordillera
de la Patagonia, donde la base de las montañas se compone de rocas
graníticas, que los cerros se elevan repentinamente a grandes alturas.
El actual cordón de la sierra Situación formaba en tiempos terciarios una
isla con montañas de 2040 metros de altura. Otra isla mucho más grande
estaba formada por el grupo existente en medio de las dos depresiones,
al que pertenecen los cerros Colorado de 1070 metros de altura, Minas
308
(le 1000 y Langley de 1900. El cerro Tilomas de 1700 de elevación,
formaba otra isla más pequeña, y el grupo de las sierras Nahuelpan con
alturas hasta 2000 metros, formaba una península.
Nosotros entramos a la depresión de la colonia 10 de Octubre por la
abra de las Tres Torres, en que se encuentran tres montañas que se
elevan aisladamente y cuyo pico más alto alcanza a 1050 metros. La
abra está rellenada de depósitos glaciales, y las rocas en su base están
pulidas y estriadas por los glaciares. Las tres montañas se hallan en el
medio, entre el cordón Esquel y el grupo de los cerros Nahuelpan.
Hemos tenido que subir un angosto paso de unos 800 metros de altura
para entrar en una depresión, que se halla en el centro del grupo de las
sierras Nahuelpan, donde existe una toldería de indios.
La depresión tiene la forma de una caldera volcánica; en su contorno
se alzan paredes muy perpendiculares, a gran elevación, y tiene una
salida por una angostura del lado sur, por donde corre el arroyo Nahuel-
pan, el que más abajo se junta con el río Corintos.
Las sierras se componen de rocas graníticas y de otras rocas neovol-
cánicas; no he visto allí detritos sueltos como los hay en los volcanes
recientes. En la pared de una montaña, en frente de la toldería, he obser-
vado un arco sinclinal en medio de una masa volcánica, la que a pri-
mera vista podría tomarse por un pliegue de capas sedimentarias. No
he podido llegar hasta el arco, pero de trozos de rocas que se habían
desprendido de él, resultó que está formado de rocas volcánicas, pare-
cidas a las del arco anticlinal que existe en el cerro de la Ventana al
oeste del lago Nahuel Huapí. Se trata de una roca que se ha conso
1 idado de magma gris claro, con cristales bien formados en una masa
amorfa, que se ha segregado en forma de estratos. Como en las otras
sierras, en el contorno de la caldera no existen depósitos sedimentarios,
me sorprendió que en medio de rocas de magma hubiera capas sedi-
mentarias plegadas. Es muy sabido que el magma efusivo puede se-
gregarse en forma de estratos o columnas, pero no deja de ser curioso
de que se pliegue en forma de arcos anticlinales y sinelinales o en
pliegues invertidos, como hemos visto, que es el caso en el cerro de
Leones. Esto puede dar lugar a interpretaciones erróneas respecto a la
tectónica de las sierras en que se encuentran.
La hoya está rellenada de estratos lacustres y cubierta de materiales
sueltos. El arroyo ha cavado en la salida de la angostura profundos
cauces, y en las altas barrancas- se nota que éstas son formadas de es-
tratos lacustres de limo, arenisca y conglomerado en posición primaria
con un ligero declive hacia el oriente, contrario al curso actual del
arroyo Nahuelpan (véase la lám. VI). Un poco más abajo, donde
este arroyo se une con el río Corintos, en medio de estratos limosos, se
encuentran grandes cantos erráticos, como se los observa en las mo-
369
minas terminales. En el presente caso no se trata de una moraina, sino
de depósitos lacustres bien típicos. En las morainas terminales, donde
abundan más los grandes bloques erráticos, la acumulación do mate-
riales forma una masa confusa; en medio de detritos finos y cantos
angulosos se encuentran grandes trozos de peña que se lian desprendido
de las montañas. En el caso presente no es así, pues los sedimentos
están separados según su tamaño, y los estratos de limo alternan con
arenisca y conglomerados, como se observa en todos los depósitos la-
custres. La particularidad consiste en el beclio de que en medio de los
estratos hay enormes bloques erráticos. Estos han tenido que ser trans-
portados a este sitio únicamente por hielo flotante, «icebergs». La pre-
sencia de bloques erráticos en medio de estratos lacustres prueba con
evidencia que han sido transportados a estos lugares en tiempos post-
glaciales, cuando el lago ya estaba libre de hielo.
En el período glacial toda esta región formaba un gran campo de
hielo continental; las corrientes glaciales llevaron entonces el detrito
afuera de la Cordillera, y recién cuando entró el período de deshielo
general y los ventisqueros llegaron solamente hasta la orilla del lago,
se desprendieron de ellos grandes masas de hielo en forma de icebergs,
como se lo observa actualmente en algunos lagos en el sur de la Pata-
gonia. Únicamente así puede explicarse la presencia de bloques errá-
ticos en el antiguo fondo del lago de 16 de Octubre.
Este hecho no deja de tener mucha importancia para determinar el
tiempo en que se ha producido el desvío del desagüe de las dos cuencas,
las que tenían antes su salida por el río Techa, mientras que hoy todos
los arroyos y ríos que cruzan las depresiones, corren al Pacífico. Pero
antes de discutir el problema del desvío del divortium aquarum, es me-
nester conocer las condiciones geológicas de las dos cuencas y de las
sierras en su contorno.
Desde la toldería de Nahuelpan continuamos la marcha por el arroyo
y seguimos más o menos una legua el río Corintos, atravesando luego
unas colinas cubiertas de materiales glaciales. Establecimos el cam-
pamento general próximo al molino que hay sobre el río Percey, para
hacer excursiones.
Primeramente ascendí a un cerro del lado este del río para tomar una
vista fotográfica de la cuenca y de las serranías en su contorno. De ella
se envió a Londres las indicaciones y también las placas.
Este cerro corresponde al grupo de ííahuelpau y está separado de él
de las sierras do Privada via por la depresión en que corre el río Percey.
Esta parte de la depresión se extiende en dirección a las Tres Torres
y continúa en forma de un valle entre el cordón de las sierras Esquel y
Pivadavia hasta más al norte del cerro Pelado. Toda la depresión re-
presenta un paisaje de colinas bajas, cubiertas de depósitos glaciales,
370 —
que son atravesados por el río Percey y de numerosos afluentes, los que
cavaron hondos cauces en el fondo del antiguo lago. En las barrancas
afloran capas lacustres compuestas principalmente de areniscas tobífe-
ras, que alternan con estratos limosos, bancos de conglomerados y de
mantos o vetas de rocas efusivas. Encontré en la arenisca moldes de
moluscos de agua dulce y trozos de carbón de madera de apariencia muy
fresca, y si no hubiera sido hallada dentro de la arenisca, se podría creer
que proviniese de quemazones recientes de montes. En algunas partes
las capas presentan ligeras perturbaciones sin formar pliegues, las que
seguramente se produjeron por magma, que ha dado origen a las vetas
y mantos de las rocas volcánicas, lo que demuestra que la actividad vol-
cánica continuaba aún después del hundimiento de la depresión.
El grupo de las sierras de Rivadavia se introduce en forma de una
cuna dentro de la depresión y la separa en dos ramas que corren para-
lelas desde la cuenca de 10 de Octubre en dirección norte hasta comu-
nicar con la depresión de la pampa de Maitén. En esta parte la depre-
sión presenta el carácter de los estrechos del Pacífico, los que comuni-
can con los golfos y se introducen adentro de las altas montañas. El
estrecho principal se bifurca al norte de las serranías de Rivadavia en
tres brazos. Uno dobla hacia oeste; en este brazo se halla encajonado,
dentro de altas montañas, el lago Oholila, que recibe sus aguas de un
río que corre por un angosto valle. No visité este lago, lo he visto sola-
mente desde la alta cumbre de una montaña, pero me han dicho que lo
alimenta un gran río que sale de las serranías del lado del Pacífico. Las
otras dos ramas, que corren paralelas, están separadas por un angosto
cordón de colinas las que en algunas partes alcanzan alturas de unos
1000 metros. Las he visto únicamente del lado de la pampa de Maitén,
donde están formadas de tobas y de otras capas sedimentarias disloca-
das en que existen yacimientos carboníferos, o mejor dicho, de lignita.
En el valle, entre el cordón de estas colinas y la sierra Lelej, corre un
arroyo.
Un colono galense, que pasó por esta depresión, me manifestó de que
es casi intransitable por los pantanos, producidos de los arroyos que
descienden de las sierras, y que se pierden en lagunas, de las que una,
antes de llegar al valle del río Blanco, se parece más bien a un lago.
El río Blanco nace también en el lado sur de la pampa de Maitén en
terrenos pantanosos y corre por la depresión, que se halla del lado oeste
del mencionado cordón de colinas, y en la cual hay numerosas lagunas.
Según el plano que poseo, el río Blanco, después de unirse con otro río
que sale del lago Oholila, toma el nombre de río Fetaleufú y entra más
abajo en el lago Rivadavia, que está rodeado de altas montañas. Des-
pués de salir do este lago, recibe un fuerte afluente del lago Menéndez y
luego desagua en el lago Staleufú (Fetaleufú en los mapas).
371
Todos estos lagos se hallan en el medio de altos macizos de la Cordi-
llera Central; las pedas forman precipicios que descienden directamen-
te a grandes profundidades.de los lagos. Como no existen playas, no es
posible sin botes practicar estudios en esta comarca. Los he visto única-
mente desde la cumbre de un cerro que se halla al sudeste del lago Sta-
leufú. Éste tiene actualmente su salida por un río que corre, en una
angosta quebrada del lado oeste do la sierra Situación formando varios
rápidos. El ingeniero Emilio Frey, quien intentó bajar por este río, per-
dió el bote y su tripulación, salvándose ól milagrosamente.
Pasados los rápidos, el río Fetaleufú entra en una depresión de ori-
gen tectónico: casi no tiene corriente y forma varios pequeños lagos. En
el costado oeste recibe un afluente caudaloso, que sale de un gran grupo
de montanas, en las que predomina el cerro Pirámides; y donde termina,
la sierra Situación dobla dentro de la cuenca de 16 de Octubre. Esta es
la parte más baja de toda la depresión ; el terreno es muy pantanoso, y so
ve bien que antes formaba el fondo de un lago, el que se secó hace poco.
He tomado una vista fotográfica de este paisaje pintoresco; en ella se
observan los altos cerros nevados que rodean la depresión, y el río tiene
el aspecto de un lago con islas y penínsulas (véase la lám. Y).
El brazo sudeste del lago Staleufú está separado de la gran depresión
de la Colonia 16 de Octubre por una colina llamada «Terraplén», laque
se eleva a 620 metros sobre el mar, o sean 320 sobre la parte más baja
de la cuenca.
En la base de esta colina afloran estratos lacustres, y la parte supe-
rior, donde se encuentra el lago Terraplén, está formada de rodados gla-
ciales.
La pendiente, hacia el lago Staleufú, está cubierta de espesos montes,
y Frey abrió una picada para poder llegar a su orilla, que solamente en
esta parte es playa. Este lago se halla en el centro de altas montanas
con peñas casi perpendiculares, y no se le puede faldear.
En las rocas graníticas, que forman la base de la sierra Situación, se
ven estrías glaciales; todo parece limado por los glaciares, lo que indica
que en este lado ha pasado una corriente de hielo continental, pero el
cordón del Terraplén no está formado de una moraina frontal, sino es cu-
bierto de cantos, como los depositan los torrentes que, salen de los ven-
tisqueros.
Siguiendo el pie de la sierra Situación, se notan en las barrancas de
los arroyos estratos lacustres que se encuentran directamente sobre el
granito; en algunas quebradas hay también pequeñas morainas, mien-
tras que en el centro de la depresión se observan solamente rodados
fluvio-glaeiales.
La región en que se hallan los lagos Staleufú, Menéndez, liivada-
via, etc., presenta el carácter típico de las zonas volcánicas de la Cordi-
372
llera Central de la Patagonia. Si se escala una de las cumbres de las
altas montañas, se ve que los grupos de macizos están rodeados de de-
presiones tectónicas, y que en cada grupo predomina un cerro. En las de-
presiones existen lagos que comunican uno con otro, y los que, como ya
dije, casi no tienen playas. Las montañas se elevan directamente del
agua a grandes alturas, como es el caso en los estreelios del Pacífico.
Toda la morfología demuestra claramente que el magma lia surgido de
profundas hendeduras, formando diques de rocas volcánicas de 2000 y
más metros de altura. Tenemos aquí otro centro volcánico, parecido al
que existe en el oeste del lago Nalrnel Iluapí.
En el lugar donde el río Fetaleufú forma un codo y entra en la de-
presión de la colonia 10 de Octubre, existe una ancha abra que separa
el cordón de la sierra Situación de otro cordón, el que se extiende en di-
rección sur hasta la cuenca inferior del río Corcovado. Este cordón pre-
senta el mismo carácter morfológico que el anterior. Las cumbres ter-
minan en crestas, con picos sobresalientes, como, por ejemplo, el cerro
Cónico de 2200 metros de elevación 1 (véase la lárn. VI).
Del lado oriental de este cordón se extiende una planicie, que se levan-
ta unos 300 metros sobre la parte más baja de la cuenca de 10 de Octubre.
Mientras que en el centro de éste último el terreno es accidentado, la
parte del lado sur es llana con un declive general de noroeste a sudoeste
en dirección a la cuenca inferior del río-Corcovado; hacia las sierras el
terreno se eleva gradualmente. En el centro la planicie tiene una altura
de 000 metros sobre el nivel del mar y en algunas partes llega a unos
800 metros. Toda ella está cubierta de espesos montes, y en partes el
terreno es muy pantanoso. Próximo al cerro Langley se ha conservado
el lago Rosario, del que sale el arroyo Antefal, que se une con el río Co
rintos.
El río Frío corre por el centro de la planicie; en este lugar el terreno
presenta el carácter de un estero. Frecuentemente no tiene el río un
curso fijo; su agua se derrama en lagunas, y de éstas se desprenden zan-
jones que forman nuevamente un río. En su curso inferior recibe consi-
derables corrientes que bajan por quebradas del cordón de las sierras
del lado sur, y antes de unirse con el río Corcovado forma varios peque-
ños lagos.
Por lo que he podido ver en las barrancas de los arroyos y zanjones,
la parte superior de la planicie se compone de depósitos de rodados gla-
1 En el lado oeste del río Fetaleufú, se elevan varias montañas con grandes ven-
tisqueros sin denominaciones. Dos de ollas figuran en mi mapa con los nombres
«Macizo Stegmann » y «Macizo Iturbe ». Los he dedicado a los ingenieros Adolfo
Stegmann y Atanasio Iturbe, quienes han desempeñado altos cargos en la comisión
de límites con Chile (véase la lám. VI).
373
cíales y de aluviones modernos. No se trata aquí de morainas sino de
materiales, como los transportan los ríos que salen de los glaciares. La
parte inferior está formada de estratos lacustres que se hallan en posi-
ción horizontal. La planicie, que tiene más o menos la misma altura que
el terraplén, que separa la cuenca de 1G de Octubre del lago Staleufú,
presenta exactamente la misma construcción, y no hay duda que ambos
son antiguos fondos del lago terciario que ha existido en esta comarca.
He subido a un cerró de 1720 metros de elevación, que se levanta
bruscamente de una angosta depresión, la que constituye una pampa en
(pie nacen un afluente del río Corintos y uno del río Frío, a fin de sacar
una vista fotográfica general de las dos cuencas y de las serranías en
sus alrededores. En la copia, con las indicaciones pertinentes, que se
ha enviado a Londres, podrá formarse una idea de las condiciones mor-
fológicas de esta región. Del lado este se distingue el cordón de la sierra
Tecka, que se extiende de sur a norte hacia los cerros Tres Torres, y se
puede divisar el cordón Esquel. Al noroeste de este cordón se observan
las altas cumbres de las sierras liivadavia, y en el oeste de la depresión
los dos cordones de la sierra Situación y de los Cerros Cónico y Los Mo-
rros. En la parte sur hay otro cordón, que comienza en el curso inferior
del río Frío, y que se une con el cerro de Cuche ', el que presenta un
gran contraste con las otras serranías. En esta vista se nota también
que el grupo de montañas, formado por los cerros Langlcy, Minas y Co-
lorado, se eleva en forma de una isla entre las dos cuencas.
En la parte norte se encuentra el cerro Tilomas, que está separado de
los anteriores por la depresión en que corre el río Corintos, y también
del grupo de las sierras Nahuelpan por otra angostura, en que el arroyo
del mismo nombre ha cavado un profundo cauce.
En todos estos cerros predominan las rocas volcánicas ; únicamente
en el cerro Langley se observan capas sedimentarias en posición per-
turbada. En este lugar las montañas, formadas de rocas volcánicas, se
hallan en contacto con las colinas que se extienden hasta la cuenca
inferior del río Corcovado, las que se componen en gran parte de depó-
sitos sedimentarios de edad cretácea e infraterciaria.
Del lado del lago Kosario afloran en la base del cerro Langley tobas
y areniscas de color rojo y gris en posición perturbada ; encima hay ro-
cas volcánicas de diferente estructura y color, y sobre éstas se encuen-
tran otra vez capas sedimentarias muy dislocadas. La cumbre está cons-
truida de un espeso manto de rocas efusivas de estructura basáltica,
que en algunas partes presenta el aspecto de altas murallas de fortalezas.
1 También este cordón do sierras no tiene denominación; lo he señalado en mi
mapa con el nombre « Cordón Guglielmetti », dedicado al ingeniero Guglielmetti,
(¡tiieu ha practicado estudios topográficos en esta zona.
— 374 —
Se distingue bien, que el magma volcánico luí atravesado los depósitos
cretáceos e infra terciarios.
Las sierras Langley están separadas del mencionado cordón de coli-
nas (cordón Guglielmetti) por una angosta depresión que unía antes los
dos lagos. Actualmente forma una pampa, en parte pantanosa, en que
nacen, como ya se lia dicho, un afluente del río Frío y uno del Oorintos.
.Las barrancas de las colinas del lado sur se componen de capas de to-
bas de color rojo y gris que alternan con bancos de arenisca, y conglo-
merados •, éstos son menos dislocados que los del cerro Langley, y en
algunas partes se hallan en posición primitiva. No he encontrado en
ellos otros fósiles que madera petrificada, pero a mi parecer no hay
duda que pertenecen a las mismas formaciones de arenisca roja cretá-
cea y a la toba del terciario inferior que están muy desarrolladas en la
región del lago Golhuapí.
A primera vista se nota que estas colinas pertenecen a un sistema
de serranías más antiguas que los macizos de la cordillera. De ellas me
ocuparé en el capítulo siguiente.
Las colinas que se hallan del lado oriental de la sierra Langley, que
limita la cuenca de Corintos, son formadas en su base de sedimentos de
edad cretácea e infraterciaria y cubiertas de depósitos glaciales. Los
arroyos que bajan de las altas sierras por quebradas, lian abierto a tra-
vés de las colinas profundos cauces, y en la base de las barrancas afloran
en muchas partes capas de arenisca y tobas de color rojo y gris; direc-
tamente encima de ellas se hallan los depósitos glaciales, faltando las
capas lacustres del terciario superior. Esto demuestra que las colinas
han estado expuestas un largo tiempo a la denudación, y que el origen
de la cuenca es posterior a su sedimentación. En cambio afloran capas
lacustres en la base de las barrancas del profundo cauce del río Corin-
tos, que cruza el centro de la depresión. El afluente principal de este
río nace en el cordón de colinas del lado sur, cordón Guglielmetti, donde
tiene su origen también uno de los afluentes del río Huemules. El río Co-
mí ios, como los arroyos que desembocan en él, han abierto cauces de
100 a 200 metros de profundidad en el antiguo fondo del lago que exis-
tía antes en esta cuenca. He tomado una vista fotográfica, de esta co-
marca (véase la lám. Vil, figura primera).
En ella se ve claramente el antiguo fondo del lago y los profundos
cauces que han cavado el río y los arroyos, como también las colinas y
las serranías en su contorno.
Las capas más antiguas que afloran en el fondo de los cauces, se com-
ponen en gran parte de un limo estratificado, consistente, con interposi-
ciones de creta blanca, en que hay caracoles y pequeños moluscos de
agua dulce. Encima de ellas se halla una capa de rodados de 100 a 200
metros de espesor en forma de escalones. El primer escalón constituye
— 375 —
el centro de la depresión, y del lado snr liay otro más «alto. Los dos es-
calones se componen exclusivamente de rodados sin interposiciones de
arena y limo ; los guijarros parecen en esta parte surtidos y lavados por
fuertes corrientes, mientras que en Las barrancas del curso inferior del
río Coriutos se encuentran, en medio de materiales finos, grandes cautos
erráticos. Revisando los rodados resulta que se trata de material pro-
cedente de la Cordillera Central. En él predominan los guijarros de rocas
graníticas de color gris claro; Las de basalto, que constituyen las cum-
bres de las sierras vecinas, son escasas, y Las de arenisca y tobas porfíri-
cas, de que están formadas las colinas más cercanas, faltan por completo.
Por la dirección que llevan los esc.alones se puede deducir que el ma-
terial lia sido transportado por una corriente de hi,elo continental que
venía del sudoeste basta las inmediaciones del antiguo lago. Los torren-
tes, que salían de la muralla glacial lian rellenado esta parte del lago
con los guijarros más pesados, mientras que el material finóse depositó
más al centro y más al norte.
Cuando los glaciares se retiraron hacia el sur, se formó el segundo
escalón. Esta separación de material por las corrientes de agua nos ex-
plica que en los depósitos de guijíirros de la parte sur del antiguo lago
se encuentran granos de oro. Es sabido que en todos los depósitos gla-
ciales en la Patagonia hay un poco de oro, que se halla generalmente
en la arena que rodea los grandes cantos glaciales. Acá los granos de
oro se encuentran diseminados en toda la espesa capa de rodados, y a
causa de su peso específico qued.aron en la parte sur del lago. Se intentó
explotarlo y se formó la « Compañía Mina de Oro de Corintos », pero no
tuvo éxito, porque a, los rodados no se puede lavar, como a la arena
aurífera.
Todos los arroyos que nacen en las sierras y colinas que rodean la
depresión de Corintos, se unen con el río del mismo nombre, y éste des-
íigua en el río Fetaleufú, de manera que la cuenca de Corintos no forma
una división de las aguas continentales, como la pampa de Maitén. En
esta comarca el divortium aquarum está completamente afuera de la cor-
dillera en las serranías del sistema subandino.
En tiempos postglaciales el lago de la cuenca de 10 de Octubre des-
aguaba en el lago de Corintos, y éste tenía su salida por una gran abra que
se halla entre el Teclea y Las Tres Torres. Las barrancas del ancho caña-
dón de Teclea se componen de capas de areniscas y limos, parecidos a los
del río Negro, que son de edad supraterciaria. Se conoce claramente
de que se trata de estratos fluviales depositados por un gran río que
salía de un lago, en que quedó el material más grueso.
Encima de los depósitos fluviales hay una espesa capa de rodados flu-
vio-glaciales.
Todos los hechos, que se observan en las dos cuencas de esta comarca,
376 —
indican evidentemente, <jue en la cuenca de Corintos se unían dos co-
rrientes de hielo continental, una que venía del lado sudoeste, y otra
del noroeste, las que transportaron el detrito glacial por las abras que
existían entre los cerros Tres Torres y el cordón de las sierras de Techa,
obstruyendo el antiguo cauce del río. Los numerosos torrentes que sa-
lían de los glaciares, se derramaron en todas direcciones sobre la plani-
cie del antiguo río Techa, depositando sobre los estratos fluviales los
rodados íluvio-glaciales, y al mismo tiempo rellenando los cauces de los
arroyos, que antes desembocaban en el río. Así se explica que se obser-
van en la zona tabular del río Techa capas de rodados Alivio-glaciales
de 100 a 200 metros de espesor, depositadas contra las antiguas barran-
cas, compuestas de. estratos lluviales.
Se podría suponer que los torrentes que se desprendían de las mura-
llas debido, se hubieran abierto nuevos cauces, pero esto precisamente
no sucedió ; se observa en los ventisqueros actuales, que terminan en
un ancho valle, que las corrientes que salen de ellos, dispersan el mate-
rial detrítico sobre todo el valle, levantándolo continuamente. De este
tema tendré que ocuparme nuevamente más adelante.
Hemos visto que en los tiempos terciarios el lago de Corintos y él de
10 de Octubre estaban unidos por un estrecho que se encuentra entre
las serranías Langley y Nahuelpan. Este estrecho ha sido rellenado,
antes del deshielo, de materiales de acarreo, por arroyos que salen de
estas sierras, y después los dos lagos se comunicaron por un río. Lo im-
portante es que el lago de 10 de Octubre desaguaba en el de Corintos,
es decir, en sentido inverso del curso actual del río Corintos. Esto puede
constatarse con toda evidencia, pues los estratos lluviales en las barran-
cas, donde este río pasa por el estrecho, presentan un declive contrario
a su curso de hoy día.
Esta clase de separaciones de lagos se observa con frecuencia en la
cordillera. Un ejemplo muy típico presentan los lagos Filohuelnién, Fal-
kner y Villarino. En esta comarca se distingue claramente que los tres
formaron antes un solo lago en una depresión transversal de la precordi-
llera, como el actual lago Traful.
Entre el lago Eilohuehuén y el Falkner hay una pampa más o menos
de dos leguas de largo, y en ella existe todavía un pequeño lago muy pro-
fundo; el valle esta rellenado de detritos, que acarrean los arroyos que
bajan de las sierras a ambos lados, y que todavía hoy continúan for-
mando pequeños terraplenes en la pampa. El lago Villarino está separado
del Falkner solamente por un terraplén de menos de un kilómetro, y las
corrientes que bajan délas sierras, siguen llenando los dos lagos.
El estrecho que unió los dos lagos terciarios de la cuenca de 16 de
Octubre y Corintos, se halla igualmente, como hemos visto, entre tres
sierras: la de Langley, de Tilomas y de Nahuelpan. De ellas bajan mime-
— 377
rosos arroyos que llenaron el estrecho ante del deshielo general, y ahora
éstos han cavado profundos cauces en su antiguo fondo.
Cuando los glaciares continentales se retiraron a la cordillera central,
el lago déla cuenca de Oorintos quedó libre de hielo, mientras que en
el de 10 de Octubre los icebergs que se habían desprendido de los glacia-
res, llegaron hasta el estrecho, dejando el detrito en esta parte, y por
esta razón se encuentran acá, los grandes bloques erráticos entre los es-
tratos lacustres.
Al retirarse el hielo continental en dirección noroeste, a la Cordillera
Central, donde todavía hoy existen grandes ventisqueros, se formó el
terraplén que separa el lago Staleufú de la cuenca 1 6 de Octubre,
liste puede haberse formado en el segundo período de la retirada de los
glaciares continentales, lo que dió origen también al escalón más alto
en la cuenca de Corintos. Igualmente la planicie del lado sur de la cuenca
de 10 de Octubre debe corresponder a este período de deshielo; ésta
tiene más o menos la misma altura que el terraplén, y en ambos se han
conservado pequeños lagos.
Los rodados Alivio glaciales que en esta planicie se hallan encima de
los estratos lacustres, deben provenir de una corriente de hielo que
pasó por la cuenca inferior del río Corcovado, de manera que en el lago
de la cuenca de 10 de Octubre desembocaron dos ríos glaciares en el se-
gundo período de deshielo.
Por todo lo que acabo de demostrar, se tiene que llegar a las conclu-
siones siguientes : I a Las dos cuencas, tanto la de 16 de Octubre, como
la de Corintos, no pueden ser de origen glacial, pues no han sido cava-
das por los glaciares, porque las corrientes las habrán llenado de detritos;
2a Que son de origen tectónico del tiempo terciario, como todas las de-
presiones en esta parte de la Cordillera de los Andes, y se han formado
al surgir el magma que dió origen a las rocas volcánicas, que constituyen
los macizos centrales en esta zona; 3a Que en tiempos terciarios existían
aquí dos grandes lagos, que aun en épocas recientes desaguaron al
Atlántico por el río Teclea; y 4a Que las corrientes de hielo continental
han dispersado los rodados fluvio-glaoiales sobre la planicie del río
Teclea.
Constatados estos hechos, quedan por examinar las causas que ocasio-
naron el desvío de las aguas de esta región, y el tiempo en que se efectuó.
Actualmente los ríos que nacen del lado este de la alta cordillera,
en la zona entre la pampa de Maitén y la cuenca inferior del río Corco-
vado, desaguan por el río Fetal eufú al Pacífico, con la excepción única
del río Frío, él que nace en la planicie sur de la cuenca de 1G de Octu-
bre y desagua en el río Corcovado. Por las exploraciones del ingeniero
Hoot, quien siguió desde el Pacífico el curso del río Yelcho, se sabe
ahora que el Fetaleufú es el afluente principal de este río, y que en la
— 378
cordillera hay gargantas que no tienen 10 metros de ancho. Este solo
hecho prueba que se trata de una abertura de tiempos muy modernos,
pues si el río Fetaleufú, que desagua los numerosos lagos que existían
ya en tiempos terciarios en la cordillera central, hubiera corrido al Pa-
cífico, tendría que haber abierto un ancho valle.
De antemano está descartado de que los dos lagos terciarios de las
cuencas de 1(5 de Octubre y Corintos han tenido antes la salida al
Pacífico, pues los estratos lluviales en las barrancas del cañadón de
Tecka nos señalan claramente el antiguo desagüe al Atlántico. Hay que
tener en cuenta también que los mencionados lagos en la cordillera cen-
tral estaban unidos por estrechos con el de 1(5 de Octubre, lie demos-
trado que de la gran masa de hielo continental se apartaban brazos
que se extendían hasta la región tabular del río Tecka, resultando
que el desagüe de los glaciares se verificaba fuera de la Cordillera.
La enorme cantidad de agua congelada que quedó represada en las
cuencas, forzosamente tenía que cavar anchos cauces de desagüe, cuan-
do entró el período del deshielo. Efectivamente se ve que en tiempos
postglaciales el agua cavó un ancho cañadón a través de los depósitos
de rodados fluvio-glaciales, y en el antiguo lecho del río Tecka en mu-
chas partes afloran en las barrancas estratos fluviales.
Hoy no corre casi agua en este cañadón, y no es admisible suponer,
que las pocas corrientes que salen de las sierras vecinas, hayan formado
un valle que en algunas partes tiene más de una legua de anchura,
mientras que la enorme cantidad de agua de la cordillera hubiese abierto
en el mismo tiempo solo una garganta de diez metros de ancho. Esta es
una de las divisiones de las aguas continentales más recientes que se
conoce en la parte de la cordillera que he recorrido. A juzgar por lo
que he visto, opino que los lagos en las cuencas de Corintos y de 1(5 de
Octubre comenzaron a desagotarse por el río Corcovado, que es el afluente
principal del Careen leu fú, y no por el Fetaleufú. Primero quedaron en
seco el lago de la cuenca de Corintos y la planicie del lado sur de la
depresión de 10 de Octubre, y entonces el río Corintos cavó el profundo
cauce en los rodados fluvio-glaciales, desaguando en el lago que se ha-
bía conservado en la parte más baja de la depresión de 1(5 de Octubre.
Esta parte presenta, como he manifestado, aun hoy, el aspecto del
fondo de un lago, el que parece haberse desagotado hace poco tiempo ;
el terreno es muy pantanoso, y solamente del lado de la sierra Situación
se puede llegar al río Fetaleufú.
No es admisible que en tiempos glaciales el hielo haya abierto gar-
gantas de menos de diez metros de anchura; más bien se podría supo-
ner que un afluente del río Yelcho hubiese llegado hasta la depresión
del río Fetaleufú, y que entonces se hayan formado estas gargantas.
Las cuencas de Corintos y de 1(5 de Octubre no pueden haber tenido
379 —
una salida al Pacífico en los tiempos glaciales y mucho menos en los
terciarios. Este desvío del divortium aquarum es seguramente más re-
ciente que el de la pampa de Maitén y de las depresiones más al norte.
III
LA REGIÓN ENTRE EL RÍO TECKA SUPERIOR Y EL RÍO CORCOVADO
Trasladé el campamento de Mina Corintos a la casa de Pecoraro que
se halla en el cañadón del río Tecka. En esta parte la cuenca Corintos
está separada del cañadón de Tecka por un cordón de sierras que co-
mienza en el cerro Tecka y se une con el cerro Cuche; el primero tiene
una altura de 1400 metros y el segundo de 1705 metros sobre el mar.
En este cordón que tiene una dirección de nordeste a sudoeste, no
existe ninguna abra por donde podía comunicar el antiguo lago de Co-
rintos con el río Tecka.
Hay numerosas quebradas en que corren arroyos, desaguando unos
en el río Corintos y otros en el río Tecka,, resultando que este cordón,
que se halla en plena zona subandina, forma una división de las aguas
continentales. Si se trazara la línea divisoria entre la República Argen-
tina y la de Chile por el divortium aquarum, la cuenca de Corintos que'
se halla al oriente de la cordillera, correspondería a Chile, y para llegar
a su territorio los chilenos tendrían que pasar forzosamente por terreno
argentino.
El camino general de 16 de Octubre al río Clin bu t pasa al norte del
cerro Tecka; nosotros cruzamos con la tropa el cordón en la parte donde
se halla el lago Cronómetro. Pasamos primero por una colina de cerca
de mil metros de altura, compuesta de rocas efusivas, características
para la región tabular de la Patagonia. En la barranca de un arroyo
que corre a la depresión de Corintos, afloran capas de arenisca y limo
en posición horizontal, que se hallan directamente encima de las rocas
efusivas. En una pequeña depresión tectónica sin desagüe se encuentra
el lago Cronómetro. Esta clase de hoyas sin desagüe se observa con
frecuencia en la región tabular, donde existen los centros volcánicos de
roca efusiva. La colina está cubierta en parte de depósitos glaciales
y en otra no, lo que demuestra que ha habido una fuerte erosión post-
glacial. Pasando la colina de rocas efusivas se llega a una zona de de-
pósitos sedimentarios, compuestos principalmente de la toba gris del
terciario inferior. Antes de arribar al cañadón Tecka tuvimos que cruzar
otra colina más alta, formada también de rocas efusivas, pero en este
lugar afloran granito y brechas. Se ve bien que el magma de las rocas
volcánicas ha atravesado la toba gris, y lo que me llamó la atención es
380
que no las ha perturbado mucho, y que, a pesar de haber granito, no
hay profundas depresiones como en la cordillera. Se trata de apófisis de
rocas de profundidad que se extienden desde los grandes centros vol-
cánicos de la alta cordillera hasta la región tabular, y por esta razón
no se han producido grandes hundimientos.
El río Teclea, en la altura de la casa de Pecoraro, presenta todo
el carácter de los anchos cañadones que cruzan la región tabular eu
todas direcciones. Este río es poco caudaloso, a pesar de nacer en las
serranías situadas en el este del río Corcovado y de recibir fuertes
corrientes, de las que algunas son más caudalosas que el río principal
en la zona subandina. Es característico en todos los ríos que cruzan la
región tabular, que en sus nacientes son más abundantes de agua que
en la zona subandina. Cuando los afluentes entran en los cañadones, se
dividen en zanjones que se pierden en una especie de esteros, y el
curso principal se ramifica con frecuencia en brazos, los que a veces se
pierden en pantanos. Hay muchos cañadones en que el agua corre sub-
terráneamente; en los hondos zanjones se ven aparecer fuertes co-
rrientes que a poca distancia se vuelven a perder, y el río no tiene un
curso superficial.
En uno de mis informes anteriores he descrito el régimen del río
Deseado. El río Teclea presenta análogas condiciones, solamente que el
cañadón es mucho más ancho que el valle del Deseado.
El cañadón de Teclea atraviesa una planicie que se halla entre el
cordón mencionado y las sierras Quicliaurra y Tepuel. A ambos lados
del cañadón hay barrancas de 100 a 150 metros de altura, elevándose
la planicie gradualmente hacia las sierras y presentando el carácter de
bajas colinas. Este paisaje tiene mucha analogía con las mesetas en el
río Collón-Curá, que se hallan entre las serranías de Ohapeleo y las de
Angostura, descritas y publicadas en mi informe anterior. Las mesetas
en las dos regiones están cubiertas de rodados fiuvio-glaciales. Las
barrancas en el río Tedia son formadas de estratos fluviales en posición
primaria, compuestos en gran parte de una arenisca gris azul, como las
areniscas pl i ocenas en el río Negro. Aquí no afloran depósitos más
antiguos, mientras que en el Collón-Curá las areniscas se hallan encima
de la toba gris patagónica, de la que se construyen gran parte de las
barrancas; en cambio, en Teclea, las capas fiuvio-glaciales que hay en-
cima de la arenisca, son más potentes.
Siguiendo el arroyo Caquel, que nace en el cerro Cuche, se nota que
las areniscas están depositadas directamente sobre incas efusivas; antes
de llegar al pie de este cerro hay que pasar por una alta colina, com-
puesta de un dique de rocas efusivas de color obscuro. Cruzando la co-
lina se observa en las altas barrancas que las capas sedimentarias de
arenisca y limo tobífero, que alternan con conglomerados, se liaban en
381
posición inclinada .sin formar verdaderos plegamientos. Encima se en-
cuentran en posición discordante capas de areniscas plioccnas. En el
limo tobífero que forma el yaciente de la serie de capas sedimentarias,
lie hallado pequeños moluscos y caracoles de agua dulce, pero son tan
frágiles que no me fue posible sacarlos enteros. Por ellos se hubiera
podido quizá hacer conclusiones respecto a la edad de estos depósitos,
líe cortado algunos terrones, pero llegaron todos deshechos al Museo.
Creo que estos depósitos correspondan en edad a la toba gris, que con-
tiene los restos de mamíferos más antiguos de la formación patagónica.
El cerro Cuche se compone del lado este en gran parte de rocas neo-
volcánicas de diferente estructura. En la masa granítica hay una ancha
veta de cuarzo con pirita, que contiene un poco de oro. Se ha cons-
truido una costosa galería; parece, empero, que no se ha obtenido buen
éxito; por lo menos se abandonó el trabajo. Mas después encontré al
minero que dirigió los trabajos de la Compañía de Minas de Corintos,
y al preguntarle sobre los resultados me contestó que eso era un se-
creto. En la parte superior del cerro Cuche predominan las rocas efu-
sivas de manto. No hay duda para mí que también aquí los magmas
han dislocado los depósitos sedimentarios, lo que quiere decir que las
erupciones son posteriores a la sedimentación de las capas en posición
inclinada, pero anteriores a la arenisca terciaria superior que se halla
encima de las rocas efusivas.
He hecho dos ligeras excursiones; una a las sierras Quichaurra y la
segunda a las de Tepuel. Las primeras corresponden a un sistema de
sierras bajas, características de la región tabular; son estos centros
volcánicos que se hallan en medio de las formaciones sedimentarias
cretáceas e infraterciarias. Los depósitos sedimentarios se componen
esencialmente de detritos volcánicos primarios, es decir, no de mate-
riales provenientes de la descomposición de rocas. Estos depósitos son
atravesados por diques y filones de rocas efusivas y cubiertos de
espesos mantos de la misma roca. En la zona subandina las colinas se
traban con el sistema de la cordillera de tal manera que solamente me-
diante un estudio muy detenido es posible separar un sistema del otro.
Uno de los mejores apoyos para una separación es la presencia de gra-
nito que predomina en la cordillera central, y el que es escaso en la zona
subandina, faltando por completo en la región tabular.
He seguido un arroyo que nace en la sierra Quichaurra, y encontré
que las condiciones geológicas son más complicadas aquí que del lado
del cerro Cuche. Las barrancas en la planicie son formadas de arenisca
plioeena y encima hay depósitos glaciales. Antes de llegar a la sierra
hay que cruzar una loma en que afloran depósitos sedimentarios que
están atravesados por un dique de rocas volcánicas. En el lado oeste
del dique las capas de edad terciaria inferior tienen una inclinación
KKV. MUSEO LA PLATA. -• T. XXVI
27
— 382
hacia el río Teclea. Encima hay capas de arenisca plioeena en posición
horizontal. Del lado este las capas del terciario inferior presentan un
declive contrario, y las del plioceno faltan. Se podría suponer que
se tratara de un pliegue normal anticlinal, pero resulta que son dos
pliegues monoclinales.
El magma volcánico ha atravesado aquí los depósitos terciarios in-
feriores arrastrándolos hacia arriba, y del lado del río Tecka se han
depositado encima de ellos estratos de areniscas fluviales pliocenos, los
que faltan en la parte oriental. Toda esta loma está cubierta de un es-
peso manto de rodados Alivio-glaciales. Entre esta loma y la sierra
existe un ancho valle cubierto de materiales recientes. He subido a una
sierra que termina en tres picos; en el más bajo afloran rocas de es-
tructura basáltica; el cerro que sigue está formado de un dique porfirice
cubierto en la cumbre de un manto de rocas basálticas. Este pico está
separado del más alto por una profunda quebrada en que afloran de-
pósitos sedimentarios, principalmente de toba gris, los que contienen
restos de mamíferos de la fauna más antigua de la formación patagó-
nica. Directamente encima hay en el cerro del lado este rocas efusivas
basálticas, que forman el tercer pico. La toba gris presenta frecuente-
mente una estructura pizarrosa, o mejor dicho, laminosa; no es conso-
lidada como la pizarra, y se descompone en la superficie en pequeñas
láminas. En este lugar la toba pura alterna con capas de arenisca
y limo tobífero y con bancos de conglomerados. Al examinar los gui-
jarros que componen los conglomerados resulta que son formados en
gran parte de rocas ealcedónicas, faltando las de granito y de otras
rocas neovolcánicas, que abundan, como hemos visto, en los rodados
fluvio-glaciales. Todos estos depósitos sedimentarios se hallan en posi-
ción perturbada. La parte superior de las montañas y mesetas de esta
sierra está cubierta generalmente de espesos mantos de rocas efusivas.
Mientras que se observan en las planicies y en las lomas bajas grandes
acumulaciones de rodados fluvio-glaciales, éstas faltan en las altas sierras,
y en las quebradas hay solamente cascajos que se desprendieron de las
paredes. Lo característico para las serranías de Quicliaurra, que perte-
necen al sistema subandino, es que son formadas de cordones de mon-
tañas no muy altas, las que se elevan frecuentemente en forma de conos,
y que dan a este paisaje un aspecto algo semejante a los Puys de Fran-
cia. Aquí no se trata, empero, de conos formados por acumulación de
detritos volcánicos, como en los volcanes actuales, sino de rocas efu-
sivas que han atravesado los depósitos sedimentarios, y que lian adqui-
rido una forma cónica por denudación'.
En la parte donde he visitado estas sierras las capas más antiguas
que afloran son del terciario inferior, las que, como hemos visto, han sido
atravesadas y dislocadas por magma volcánico, que en algunos lugares
— 383
las lia cubierto. Después lia habido una denudación, y luego se han depo-
sitado contra las antiguas barrancas los estratos lluviales de edad su-
praterciaria, formando la planicie del lado del río Teclea, la que está
cubierta de rodados fluvio-glaciales. La falta de mora inas en la sierra
demuestra que el hielo continental de la cordillera no ha llegado hasta
la sierra Quiehaurra.
Las serranías de Tepuel forman la continuación del cordón de Qui-
cliaurra, pero en ellas encontré depósitos sedimentarios mucho más anti-
guos. Desde la casado Pecoraro me señalaron una barranca que se divisa
de lejos por su color blanco, en la que un minero encontró un cráneo
de mamífero fósil, e hice una ligera excursión a esa sierra.
La planicie a ambos lados del caííadón del río Tecka tiene un ancho
de 10 a 15 kilómetros; en dirección a sudeste los estratos fluviales
están recostados contra unas brechas que llaman la atención por su
color vivo y variante. Be trata de brechas formadas do fragmentos
angulosos de rocas porfíricas, cimentadas de una masa del mismo color.
Mu cortas distancias las brechas de color rojo alternan con otras de
color pardo, azul, verde, etc., y son acompañadas de tobas del mismo
color abigarrado. Aun cuando no he encontrado en ellas fósiles, no hay
duda que pertenecen a la formación de la arenisca roja cretácea, la que
en la región del lago Colhuapí contiene los restos de los grandes Dino-
saurios. Sobre estas tobas y brechas porfíricas se halla discordante la
toba de color gris uniforme, bien estratificada en posición dislocada.
Iín ella he encontrado restos de peces, lo que indica que estas capas
han sido depositadas en un lago. Más arriba, en dirección al río Genoa,
hallé restos de mamíferos en las barrancas que me señalaron desde la
casa de Pecoraro las que están formadas de una toba gris clara. La
toba gris de la formación patagónica de facie terrestre, forma una acu-
mulación de ceniza volcánica granulada muy homogénea, sin estratifi-
cación, con muchas pequeñas partículas de piedra pómez, mientras que
la que hay en estas barrancas, está estratificada en forma de bancos
más o menos espesos y do estructura pizarrosa, como la de la sierra
Quiehaurra. Algunos bancos se componen de ceniza volcánica muy
fina, semejante a arcilla, y se descomponen en la superficie en un polvo
parecido a harina. Otros bancos son formados por detritos volcánicos
más gruesos y mezclados con arena; éstos son mucho más consistentes
que los anteriores. Los restos de mamíferos no son escasos, pero muy
rodados y mal conservados. Hemos buscado con gran empeño, y he en-
contrado únicamente un trozo de maxilar con los dientes gastados de
un género del grupo Leontinia. En otra localidad al sur de la Pampa
Grande hallé en la misma toba restos de mamíferos que no dejan duda
de que se trata de la fauna pyrotheriana de Ameghino. En esta comar-
ca aflora una roca exótica, es decir, estrada a la región, la que no
384
lie visto en ninguna parte, desde que salimos del lago Naliuel Iluapí.
Se trata de una roca muy dura, difícil de romper con el martillo, de
color gris azulado y de una masa homogénea no cristalizada. Por su es-
tructura y color tiene alguna semejanza con unas rocas de dolomita
mesozoica, que se hallan en los Alpes de Suiza, y las que se conocen por
su forma de denudación singular con el nombre de « Karrenfelder ».
Aquí empero no presentan esta denudación particular. En el lugar don-
de las lie visto, las capas forman una isoclinal, en que los arcos de plie-
gues han desaparecido por la denudación. Esta roca contiene escasos
moldes de moluscos marinos, mal conservados; habiendo buscado con
todo mi personal casi un día entero, encontramos solamente impresiones,
entre ellas unas Amonitas, que indican que se trata de un yacimiento
jurásico. El descubrimiento de esta formación ha sido una gran sorpresa
para mí. A primera vista comprendí que se trataba de una antigua
sierra, extraña a la cordillera y a la zona subandina. Por la relación
estratigráfica con las otras formaciones de la región y por sus condicio-
nes morfológicas es comparable con la antigua sierra de cuarcita, que
asoma en algunas partes entre Mar del Plata y Miramar, con la diferen-
cia, de que en esta última localidad la cuarcita está cubierta de loes
pampeano, mientras que las capas jurásicas en la sierra de Tepuel se
hallan debajo de la toba porfírica cretácea e infraterciaria. En ambas
regiones se trata de antiguas sierras que han desaparecido en gran
parte por la denudación.
Más adelante se verá que a! oeste del río Gcnoa y en el lago Pontana
hay también yacimientos marinos jurásicos, que seguramente pertene-
cen al mismo sistema.
Cuando en el año 1897 descubrí el yacimiento marino en el lago Fon-
tana (que Burclviiardt cree que es jurásico superior), he manifestado en el
respectivo informe que se tratado un sistema de sierras más antigua del
de la cordillera, sepultado en parte debajo de formaciones más recien-
tes, y que se traba en el lago Fontana con la alta cordillera. Hice pre-
sente, entonces, que las enormes capas de conglomerados que existen eu
la formación de arenisca roja, no pueden provenir de la actual cordillera,
siendo esta de origen más reciente y formada de clases de rocas que
faltan en los conglomerados. Los cantos como el material déla arenisca,
que alternan con la toba abigarrada porfírica, tienen (pie proceder de un
gran sistema de sierras que han desaparecido en parte por la denuda-
ción o que están cubiertas de capas cretáceas y terciarias, como es el
caso también en las antiguas sierras de la llanura pampeana.
En la parte de la sierra Tepuel donde yo he estado, las condiciones
morfológicas demuestran que ha habido dos acciones orogénicas que se
efectuaron en distintas épocas. Hubo un movimiento de compresión que
plegó las capas jurásicas, (pie después lian estado durante un largo
385
tiempo expuestas a la erosión. Más tarde se depositaron encima de los
planos denudados la toba abigarrada y las areniscas rojas del cretáceo
superior, como también la toba gris del terciario inferior. Durante su
sedimentación se produjeron repetidas perturbaciones locales por el
magma que lia atravesado estos depósitos. Así' se explica que en algu-
nas partes las capas cretáceas y terciarias han conservado su posición
primitiva horizontal y en otras no.
Las sierras y colinas al sur de las cuencas de Corintos y de 10 de Oc-
tubre, de las que tengo que ocuparme continuamente en adelante, co-
rresponden al sistema cretáceo y terciario inferior. Todos estos cordo-
nes corren en dirección de norte a sur y están en contacto con el sistema
volcánico de la cordillera, es decir, del gran centro volcánico de la cor-
dillera central salían en forma radial corrientes de magma, que atra-
vesaron la precordillera y llegaron hasta la zona subandina. Por el
hecho que los cordones de sierras de esta comarca corren más o me-
nos paralelos de norte a sur, se podría creer que se tratara de cadenas
de plegamientos, formadas por una acción tangencial, lo que no es el
caso, pues las cumbres están compuestas generalmente de rocas efusivas,
y donde faltan las rocas de magma, las capas conservan su posición
primaria.
De Teclea trasladé el campamento general a la casa de Vargas en el
río Corcovado, para practicar estudios en esta cuenca y en las serranías
de esta región.
Hemos seguido el río Teclea en dirección de sus nacientes. Este des-
cribe una gran curva al rededor del cerro Cuche y recibe afluentes del
lado este, sur y oeste. En el norte nacen en el mismo cordón de sierras
afluentes de los ríos Corintos y Huemules, resultando que el cordón de
la sierra Cuche forma una división de aguas continentales, pues allí na-
cen tres sistemas de ríos, de los que dos corren en distintas direcciones
al Pacífico y el otro al Atlántico.
En la planicie las barrancas a ambos lados del río Teclea están forma-
das, como en su curso inferior, de las areniscas pliocenas cubiertas
de rodados glaciales. Unas dos leguas más arriba del lugar donde el
río forma una rápida curva hacia el oeste, encontré los primeros diques de
rocas efusivas que atraviesan capas sedimentarias, probablemente ado-
cenas. Estos depósitos se componen principalmente de estratos limosos
y arenosos tobíferos y alternan con conglomerados, en los que faltan los
guijarros de rocas graníticas y efusivas, lo que prueba que son más anti-
guos que la cordillera. En los estratos limosos, que están ligeramente
dislocados, encontré impresiones de moluscos de agua dulce. Próximo a
los diques se observan brechas que a veces tienen el carácter de conglo-
merados.
El río Tecka retóbe en la curva dos grandes afluentes que salen de
— 38ü —
las sierras de Putrachoique, donde nacen también afluentes del río Ge-
noa. Cerca déla Pampa Grande se unen tres brazos; uno nace en la
parte oeste de la sierra Cuche, otro en el costado este de la sierra Ni-
xen, y el tercero tiene su origen en pantanos de la cuenca superior del
río Corcovado.
Cada uno de estos brazos tiene más agua que el río Teclea en la altura
de la casa Pecoraro. El brazo que nace en la cuenca del río Corcovado,
pasa entre dos cordones de colinas formadas de arenisca roja y toba
porfírica; un cordón se junta con la sierra Nixen, y el otro se extiende
hasta la sierra de Putrachoique. Según el plano levantado por el ingenie-
ro Guglielmetti los pantanos donde nace este brazo, tienen 755 metros
de altura sobre el mar, y donde éste se une con el río Tecka, 710 metros.
Primeramente hice una excursión al rededor de las sierras Nixen. En el
curso inferior del río Corcovado el valle presenta el carácter de un estre-
cho, como los del Pacífico. El paraje donde se hallan las casas de Stein-
kamp, Day y Greflin, forma una gran depresión, la que está en comuni-
cación con la cuenca de la Colonia Ití de Octubre. En esta depresión se
unen los ríos Huemules y Frío con el Corcovado, el que después de pa-
sar por una pampa, toma el nombre de río Carrenleufú y desagua en el
río Palena.
Antes de llegar ala gran depresión el río Corcovado pasa por una es-
trechura. En el lado oeste se eleva bruscamente un grupo de macizos, al
que pertenecen los cerrros Fierro, Herrero de 1800 metros de altura,
Central de 2050 metros y otro sin nombre de 2140 metros '. Todos
estos macizos, que corresponden a la cordillera central, están cubiertos
de enormes ventisqueros; del lado este se alza el macizo Nixen con
picos de 1700 a 2000 metros de altura. En esta parte la base de la
sierra es formada de granito pulido y estriado por glaciares que han
pasado por este estrecho. El granito ha atravesado acá depósitos de toba
gris. Kecostados contra las altas peñas hay terraplenes de 800 y más
metros de elevación, compuestos de rodados glaciales. En el costado
suroeste del cerro Nixen hay una planicie en que se ha conservado el
pequeño lago Williams.
Al salir de la casa Vargas y antes de llegar a este lago se pasa por
una colina que se une con el cerro Nixen, y la que se compone de rocas
detríticas, porfíricas y de arenisca roja. En las barrancas de los arroyos
<pie cavaron sus cauces en esta colina, se ven capas lacustres deposita-
das contra los sedimentos porfíricos, y encima de ellos hay rodados ñu
vio-glaciales.
1 En mi mapa lo denomino « Macizo Irigoyen », en recuerdo del doctor Herminio
de Irigoyen que, en su carácter de ministro secretario de Estado, en el departamen-
to de Relaciones exteriores, intervino en los tratados do limites con Chile (véase la
lám. VII, tig. 2).
— 387 —
Cruzando la estrechura próxima a la casa Greffin, encontré en un
depósito de toba gris, atravesado de granito, restos de peces y de tor-
tugas. Gil esta angostura se repite el mismo fenómeno que hemos visto
en la Colonia 10 de Octubre entre las sierras Langley y Naliu el pan; las
capas de terraplenes tienen un declive contrario al curso del río Corco-
vado ; parece, empero, que este estrecho se haya rellenado recién en
tiempos postglaciales.
En la cuenca inferior del río Corcovado había en tiempos terciarios un
lago, que comunicaba por el estrecho con otro lago, que existía en el
curso superior, y que se extendía hasta el lago General Paz. Toda esta
comarca formaba en el período glacial un campo de hielo continental,
que tenía su corriente en dirección sureste, y que transportaba el detrito
a las mesetas del río Tecka. Gn tiempos relativamente recientes los gla-
ciares se retiraron hacia las cumbres de los altos macizos que se hallan
en el oeste del río, y entonces los torrentes, que salían de sus murallas,
llenaron de materiales todo el estrecho, formando dos lagos, que comu-
nicaban por un río, como lo he explicado en otras ocasiones. Saqué una
vista fotográfica de este interesante paraje (véase la lám. VII, flg. 2). Gn
ella se puede ver que las cumbres están cubiertas de grandes ventisque-
ros, y que los torrentes que bajan por las quebradas, transportan aún hoy
materiales a la estrechura. Se distingue también claramente que el te-
rraplén tiene un declive contrario al actual curso del río, lo que prueba
que el lago en la cuenca comunicaba en un tiempo, por un río, con otro
que se hallaba en la parte superior, y que se extendía hasta el actual
lago General Paz. Cuando empezaba a desagotarse el lago que existía en
la depresión inferior, el otro en la parte superior comenzaba a desaguarse
en dirección opuesta, y el río Corcovado cavó con el tiempo una honda
garganta en el fondo del antiguo estrecho.
Se nota también aquí, como en el estrecho de las cuencas de 1G de
Octubre y de Corintos, dos escalones ; el inferior se eleva unos 300 me-
tros sobre el actual curso del río, y el otro es por lo menos 100 metros
más alto.
G1 primero indica claramente la antigua salida del lago formada en
la cuenca inferior, la que existía en el curso superior del actual río Cor-
covado. Cuando se formó el segundo escalón, el agua se represó hasta
la Pampa Grande, en la que se observan en muchas partes depósitos
lacustres muy recientes y se ha conservado el lago Williams, que se
halla en la planicie del terraplén, la cual tiene una altura «aproximada
de 850 metros. •
G1 paraje de la cuenca inferior del río Corcov.ado ofrece semejanza
con la comarca de Cholila. Gn el lado norte se halla el cordón de coli-
nas que se extiende hasta el cordón de las sierras de Teclea, el que se-
para las depresiones de la Colonia 1G de Octubre y de Corintos de la
388
Pampa Grande y de la euenca del Corcovado inferior. En esta parte
se han conservado los lagos Fearbal, Huemules, Yaca, ¡Salto y otros más
pequeños, y del lado sudoeste, entre el cerro Fierro y el cordón de las
Tobas, existe una pampa cruzada por el río Carrenlenfú, que présenla
todavía hoy el carácter de un fondo de lago.
En las inmediaciones de la casa de Day se encuentra el arroyo del
Carbón, que nace en el cordón de colinas. Las barrancas se compo-
nen de capas de toba, arenisca y limo, que alternan con espesos bancos
de conglomerados en posición perturbada como en las colinas de Clio-
lila, con la diferencia que aquí existen depósitos de la formación de
arenisca roja cretácea. La correlación de los estratos cambia continua-
mente en cortas distancias. Aquí se halla una 'toba porfídica muy ca-
racterística de la formación de la arenisca roja. En una masa de ceniza
lina muy dura hay cristales de cuarzo, que dan a esta toba el aspecto de
arenisca, pero en vez de ser formada de granos redondeados como en la
arenisca común, son cristales arrojados conjuntamente con la ceniza du-
rante la erupción. El rumbo general de las capas es de norte a sur con
un declive al este, pero como cambia frecuentemente la dirección, se ve
que los antiguos pliegues han sufrido dislocaciones posteriores. Al nor-
este de la casa de Day hay una colina, en que afloran rocas graníticas, y
se nota que estas han dislocado nuevamente las capas sedimentarias
cretáceas y del terciario inferior. En unos estratos de limo t obífero hay
pequeñas vetas de carbón. Pregunté al minero Day, si más al interior
de la colina existían yacimientos de carbón explotable, y me contestó que,
efectivamente, había capas más espesas, pero que todo estaba muy re-
vuelto, y que habría que practicar perforaciones. Según su opinión, en una
región con tantos montes la explotación de carbón sería un mal negocio.
Encima de las capas sedimentarias dislocadas se observan en las ba-
rrancas estratos lacustres de limo y de arenisca y espesos bancos de
conglomerados en posición completamente horizontal, que llegan de 300
a 400 metros más arriba de la cuenca en que se halla la casa de Day.
Esto prueba que el nivel del antiguo lago de la cuenca inferior del río
Corcovado alcanzaba una altura de unos 750 metros.
Siguiendo el río Huemules, las barrancas en su curso inferior presentan
el mismo aspecto como en el arroyo Carbón, y antes de llegar a la casa de
Aviles afloran rocas graníticas y porfíricas. En esta parte se observan
hermosos fenómenos de metamorfosis de contacto. En la masa granítica
hay fragmentos de rocas porfíricas, lo que demuestra que el granito ha
atravesado acá los depósitos porfíricos. Las dos clases de rocas alternan
varias veces. Cerca de la casa de Aviles predomina el granito. Estas
rocas están pulidas y estriadas, y se ve que en este paraje ha pasado una
corriente glacial.
Antes de llegar a la casa de Aviles se observan en una barranca ca-
ROTtr. fnvcstígacit
ones genlógict
Capas sedimentarias plegadas en forma de abanico al sud del Cerro Colorado, correspondiente;
Roth, Investigaciones geológicas en el norte de la Patagonia LÁMINA III
Dique de rocas graníticas en el río Chubut superior
Rom Inv
LÁMINA IV
Según fotografía de S, Roth
USO
Roth. Investigaciones geológicas en el norte de la Patagoiiia
LÁMINA IV
Divoi'tium aquaium interoceánico en una antigua caldera volcánica donde nacen afluentes de los ríos Cliubut y Manso
Rotii. Investigaciones geológicas en el norte de la Patagonui LÁMINA
Vista de un antiguo fondo de lago, atravesado por un arroyo, en la depresión de la Colonia 16 de Octubre
Lámina VI
Según fotografía de S. Roth
Cordon Situación
m.
RO'i’if, investigaciones geológicas en el norte de la Vatagonia
Lámina
VI
Cerro Cónico Falso
Macizo Cónico
2260 m.
2050 m.
Macizo Iturbe Peni nsu
1 2010 m.
/Macizo Steó>man
21 00 m.
Río Fetaleufü en la parte donde comunica con la depresión de la Colonia 1G de Octubre (300 ni.)
Rotu, TnvestiyacWnes ycolóyicns en el norte de la Patayunia
Antiguo fondo de lago en la cuenca del Río Corintos
Antiguo c/tsayuc por e/ Río Teche.
Lámina vil
Grupo de macizo granítico en el valle inferior del río Corcovado, demostrando el fondo de un antiguo lago que desaguaba antes en el Atlántico
ROTU, Investigaciones geológicas en el norte (le la Pataffpnia
LÁMINA VIII
Vista del lago Nahuel Huapí con los pequeños lagos en la península de San Pedro (765 ín.)
389 —
pas de arenisca tobífera depositadas directamente encima del granito.
En ellas encontré restos de Protypotherium , Ncsodon, placas de Propa-
laeoplophorus y Peltepliilus , que son géneros que abundan en la for-
mación patagónica. En los mismos estratos hallé también dientes de los
géneros Toxodon y Xotodon, así como un trozo de maxilar de un Me-
(/ athcrium de tamaño tan grande como el del loess de Monte Hermoso.
A primera vista se podría suponer que correspondiesen a depósitos de
la formación patagónica/ pero los tres últimos géneros demuestran
que se trata de una fauna que forma la transición entre la del piso san-
tacrucense y la del entrerriense. Más al sur, en el río Frías, encontré la
misma mezcla de tipos, y sobre esta fauna F. Ameghino lia establecido
un nuevo piso, llamándolo «Friasense» (Friaséen).
La población Aviles se halla en una pampa de unos 15 kilómetros de
largo, por más o menos dos de ancho, la que está cubierta de aluviones,
pero se ve bien que so trata de un antiguo fondo de lago. La llanura
parece tener un suave declive hacia el este, y está atravesada por el río
Huemules, que no tiene en esta parte barrancas. Los peones que me
acompañaron, decían: « Este río corre cuesta arriba». La corriente es
tan suave que hemos tenido que hacer flotar un papel para poder cons-
tatar su verdadera dirección. Como los arroyos describen muchas vuel-
tas, parece que corriesen en distintas direcciones. Los peones sostenían,
que eran dos ríos: de que uno era el Huemules, y que el otro corriese pol-
la Pampa Grande al río Techa. Hemos tenido que hacer varias veces la
prueba con el papel para asegurarnos de que todos estos arroyos son
afluentes del río Huemules. El fenómeno se explica por la circunstancia
de que en el tiempo preglacial la abra entre el cerro Nixen y el cordón
del lado norte, por donde corre ahora el río, no existía. El antiguo lago
de este paraje estaba unido con otro en la Pampa Grande, y los dos des-
aguaban por el río Tecka. Las rocas pulidas y estriadas en la abra de-
muestran que en esta parte pasaba una corriente glacial, la que ha pro-
fundizado la abra de tal manera que el lago se desagotó entonces por el
lado del río Corcovado. Después de haberse secado los arroyos que ba-
jan de las sierras, no abrieron cauces en el antiguo fondo del lago, sino
derramaron sus aguas en los pantanos, de los que salen zanjones que se
unen con el afluente principal del río Huemules.
Entre esta cuenca y la Pampa Grande existen varias pequeñas coli-
nas, en que afloran rocas graníticas y capas detríticas cretáceas. Estas
colinas están separadas unas de otras por valles de erosión, en los que
hay arroyos o mejor dichos zanjones con agua ; unos entran en la Pam-
pa Grande, y otros se juntan con el río Huemules. Este paraje presenta el
aspecto de un estero con colinas bajas, y forma una división de las aguas
continentales.
En la Pampa Grande, que se extiende hasta el río Corcovado, hay
— 390
varios esteros, que son los restos del gran lago que existia antes en esta
comarca, y todo indica que éste no lia sido tan profundo como los que
lia habido en las depresiones tectónicas de la Cordillera central.
En uno de los esteros próximos del río Corcovado en las inmediacio-
nes de la casa Vargas, nace un afluente del río Tecka. El estero se halla
en un terraplén formado de depósitos glaciales que apenas se eleva
unos 20 metros sobre el río Corcovado; no obstante, éste no ha conser-
vado su antiguo curso. Este fenómeno se explica por la circunstancia
que la pendiente del terreno es mucho mayor hacia la cuenca inferior
que en dirección a la Pampa Grande, y por eso el río ha abierto el cauce
a través de los depósitos glaciales por aquel lado. La casa Vargas se
halla a 725 metros sobre el mar, y pasando la angostura en Nixen hay
solamente 420 metros de altura, mientras que la Pampa Grande, donde
se unen los diversos afluentes que salen del estero, con el río Tecka,
tiene 710 metros de altura. Resulta pues que el actual curso del río
Corcovado, en una distancia de 20 kilómetros, tiene un declive de 300
metros, siendo el declive del terreno en dirección a Tecka solamente
unos 20 metros. Si se construyera un dique en la angostura entre los
cerros Nixen y Herrero, el río Corcovado tomaría otra vez su antiguo
curso por la Pampa Grande, y el lago General Paz desaguaría por
el río Tecka. Con esta obra se obtendría una represa de agua suficiente
para poder regar la planicie en Tecka y Genoa.
El afluente del río Tecka que nace en los esteros de esta cuenca,
cruza, antes de llegar a la Pampa Grande, el cordón de colinas que se
extiende desde el cerro Nixen hasta las serranías Putraehoique. Este
afluente pasa por un valle a través de las colinas, las que en esta parte
se elevan apenas 50 metros sobre la Pampa; más al sur hay picos que
pasan de mil metros de altura.
En estas colinas afloran tobas y brechas porfirices, cruzadas por di-
ques de rocas de magma, y encima se hallan en posición discordante ca-
pas de toba gris, en las que encontré restos de mamíferos. Se ve que des-
pués de la sedimentación de la toba porfirice cretácea ha habido un
tiempo de denudación, y que luego se depositó la toba gris. En ella
hallé una mandíbula de JPropachyrueus , molares de Arcliaeohyrax, un
maxilar superior y un inferior mal conservado de un género del subor-
den Toxodontia, un diente bilobado de un gravigrado, que puede perte-
necer a una especie pequeña de Octodontotherium, una mandíbula con
dientes cilindricos de un gravigado desconocido y placas de Vraeeuphrac-
tus y Prodasypus, Con excepción del género Propachyrucus todos los
demás tipos corresponden a la fauna pyrotheriana de Ameghino Según
‘ F. Ameghino ha establecido sobro esta fauna un nuevo piso, llamándolo Tecka-
ncnsc (Tequéen), y lo coloca en la parte basal de la formación patagónica.
391
mi opinión, no liay duda, que los restos de mamíferos que encontré en
la toba gris en la sierra Tepuel y los de aquí, correspondan a un mismo
horizonte geológico. En el oeste de la casa de Vargas hay un grupo de
colinas con alturas de mil metros, formado de depósitos correspondien-
tes a la formación de la arenisca roja cretácea] Estos depósitos se com-
ponen principalmente de tobas de color abigarrado, como se lo observa
en la región del lago Colhuapí, donde abundan los restos de los grandes
Dinosaurios.
He encontrado en estas colinas únicamente madera petrificada. El
color predominante es rojo, alternando con amarillo, verde, azul, blanco,
etc. También en la estructura varía mucho la roca. Hay estratos que
parecen ser arcilla, pero en realidad no se trata de un producto de des-
composición de rocas feldespáticas, sino de ceniza volcánica muy fina,
la que ha sido lavada del detrito más grueso arrojado en las erupcio-
nes. Todo el complexo de capas tiene el aspecto de estar depositado por
el agua en forma de bancos más o menos espesos, y hay capas que no pa-
san de 5 centímetros de espesor, y otras tienen más de un metro.
Aquí se observan rocas de estructura muy particular ; en medio de
capas que parecen arenisca, se encuentran vetas de color amarillo claro,
que a primera vista podrían tomarse por una roca de magma, pero re-,
sulta que es tan dura que raya el vidrio, como la piedra chispa, y pre-
senta todo el carácter de ágata. También hay capas que parecen arenis-
ca, tan dura que apenas se puede romper con el martillo, y mirándola
bien, se observa que no son granos de arena redondeados, sino fragmen-
tos detríticos volcánicos, muy consolidados. Aquí he visto un conglo-
merado muy singular. Se compone de diferentes piedras calcedónicas
del tamaño de avellana, ligadas con una masa silícea, que también raya
el vidrio y se asemeja a un conglomerado de ágata. Todos estos sedi-
mentos parecen ser petrificados por aguas termales silíceas.
En ninguna de estas colinas he visto rocas graníticas u otras neovol-
cánicas, sino solamente diques de rocas porfíricas, lo que es muy signi-
ficativo, pues nos prueba de que se trata de un sistema de sierras más
antiguas que la cordillera. Por esta razón las capas sedimentarias están
menos revueltas que en las partes donde han sido atravesadas de rocas
neovolcánicas. Las capas llevan un rumbo fijo más o menos de norte a
sur con un declive al oeste; aquí se nota una isoclinal bien caracteriza-
da por las capas que se repiten.
Todas las sierras de esta comarca han estado durante largos espacios
de tiempo expuestas a la erosión; aquí faltan los depósitos de la toba gris,
y en cambio se observan en su base, sobre los planos denudados, estratos
lacustres pliocenos; una prueba de que aquí existía un lago en el tiempo
terciario. Además las rocas porfíricas están pulidas y estriadas por las co-
rrientes de hielo que tenían su salida a las mesetas de la zona subandina.
392
Por todo 3o que lie visto en el río Corcovado y en la Pampa Grande,
lie llegado a la conclusión que en este paraje liay dos cuencas de dife-
rente origen. La del curso inferior que se llalla entre los macizos graní-
ticos, es de origen tectónico, mientras que la del curso superior y de la
Pampa Grande, es de erosión. En las dos cuencas existían antes grandes
lagos que tenían su desagüe por el río Teclea y el de Genoa. Cuando en
el tiempo postglacial el río Carrenleufú se abrió paso al través de la
cordillera central, se comenzaron a desagotarse por este lado no sola-
mente los lagos que existían aquí, sino los de las depresiones en Corin-
tos y 1 0 de Octubre.
La particularidad, de la comarca del río Corcovado y de la Pumpa
Grande consiste por una parte en el hecho de que los macizos graníti-
cos de la cordillera central se traban directamente con los cordones de
montañas y de colinas formadas decapas sedimentarias, plegadas en tiem-
po del cretáceo y terciario inferior, faltando el sistema de la precordille-
ra, que forma más al norte la transición entre los macizos de rocas vol-
cánicas y la zona sedimentaria subandina. Por otra parte existían aquí
lagos en depresiones tectónicas y en antiguas cuencas y valles, forma-
das por la denudación.
En el capítulo siguiente se verá que más al sur se hallan engrandes
cuencas de erosión enormes depósitos sedimentarios lacustres y lluvia-
les, que tienen mucha semejanza con la molasa en los Alpes de Suiza
( Continuará.)
RK VISIÓN I) 10 LAS FORMAS EXTINGUIDAS PAMPEANAS
Por EDUARDO CAKETTE
El renombrado zoólogo que en vida fué Sir Richard Lydekker, colabo-
rador del doctor Francisco P. 1M oreno en el estudio de nuestras faunas
de mamíferos fósiles, terminó sus tareas en el Museo Británico con un
catálogo razonado de los rumiantes, cuya última parte, aparecida des-
pués de su fallecimiento, y dedicada casi enteramente al grupo de los
Cérvidos, me lia sugerido este trabajo de revisión de nuestros ciervos
fósiles que ahora someto a la benevolencia de mis colegas ; con ella me
he iniciado en este grupo inmigrante en Sud América, tan interesante
para nuestros estudios de zoogeografía actual como para nuestros en-
sayos de correlación geo-paleontológica, apenas reveladas.
Por ello mismo, creo cumplir con una sagrada deuda al reunir aquí
los nombres de los dos ilustres maestros que encabezan esta memoria: el
del doctor Moreno, a quien debemos los paleontólogos del Museo de La
Plata el abundante material de estudio que será siempre nuestro orgullo;
y el do Sir Richard Lydekker, que nunca no ha dejado de estar ligado a
nuestra institución desde el día en que puso su talento al servicio de la
ciencia argentina.
No he de ser yo quien diga si he conseguido el objeto que modesta-
mente me proponía al escribir estas páginas; deseoso, primeramente, de
ofrecer tan sólo una revisión de las formas fósiles de Cérvidos hasta la
fecha descritas para Sud América, cuyo material típico pertenece casi ex-
clusivamente a nuestras colecciones, me he visto después llevado a con-
siderar la sistemática de las formas actuales, e insensiblemente esta in-
grata tarca me ha comlucido a someter a un atento examen los cuadros
taxonómicos de zoólogos y paleontólogos. El resultado de mis cavilacio-
nes sobre ese tópico es el proyecto de clasificación que sin otra preten-
— 394 —
sión ofrezco a la crítica, y la nueva distribución genérica y específica de
los ciervos fósiles pampeanos con que termina mi trabajo.
Puede que me haya equivocado e, involuntariamente, haya repetido
lo que otros más sabios ya dijeran. Sirva en mi defensa la escasez bi-
bliográfica a que he tenido que ceñirme, no obstante mis empeños en
busca de tales fuentes.
A este respecto debo manifestar que he sido ayudado eficazmente pol-
los señores doctor Roberto Dabbene y profesor Félix F. Outes, quienes
pusieron a mi alcance obras para mí, sin esta su amable intervención,
inaccesibles. Me es grato expresarles aquí mi agradecimiento; lo mismo
(pie al doctor Luis M. Torres, director del Museo, por el interés que ha
tomado en la publicación de estas páginas, y a mi buen amigo el doctor
Carlos Bruch, quien, con su bien conocida pericia, liase encargado de
su ilustración gráfica.
I
Historia de los descubrimientos de Cérvidos fósiles americanos
Los Cérvidos han dejado numerosos restos en las capas terciarias neo-
génicas : en Europa, especialmente, se señala por millares los trozos de
cornamentas y sus restos esqueléticos hallados en los estratos diluviales.
En América, tales materiales fósiles no faltan seguramente, pero son
mucho más escasos y muy incompletos, circunstancias que han dado
origen a una profusa y engorrosa lista de especies nuevas, cuya enu-
meración cronológica debemos considera]- previamente a toda discusión
morfológica.
Como para muchos otros grupos de mamíferos sudamericanos, encon-
tramos la primera noticia respecto de los Cérvidos fósiles en las obras
de Lund sobre la fauna de Lagoa Santa. A mediados del siglo pasado,
Lund anunciaba el hallazgo de tres especies fósiles de Cervus , muy se-
mejantes a formas vivientes y representadas por buen número de res-
tos, que designa como Cervus ajf. simplicicorni, C. ajf. paludoso y C.
ajf'. campestri '.
Algunos años más tarde, el paleontólogo Bravard inicia la explora-
ción geo paleontológica de nuestro territorio, y en 1857 y 1858 da a co-
nocer, en sus Observaciones geológicas sobre la hoya del Plata y en una
Monografía de los alrededores del Paraná , los resultados paleontológicos
' Lund, 11 lile pan llrasiliens dy rever den, ec. Denska Vid. Selsk Skr., IX, 1812, y Mcd-
delelse af det udbytte de i 1844 undersogte knoglelmter have afgivet til kundskalen um
llrasiliens dyreverden... Vid. Selsk. mil. ug muth AJ'h . , XII, Lagoa Santa, 1844, pági-
nas 8G-89.
395
<le sus investigaciones reproducidos más tarde por P. Gervais (1867-
09) 1 2 y Bunneister (1879) 3 * * * : de la reseña de estos autores resultaría que
Bravard había señalado cuatro especies fósiles de Cervus : el C. magmis
de las arenas pampeanas pliocenas, el C. diluvianns, y los C. pampaeus y
entreriamis de las arenas pampeanas de Paraná ; todas ellas no carac-
terizadas.
En 1804, Bunneister, en el tomo I de los Anales del Museo público de
Buenos Aires, al ofrecer una Lista de los mamíferos fósiles del terreno di-
luviano % dice respecto de los Cervina : «dos especies muy parecidas a
Cervus paludosas y C. campcstris lian vivido en la época diluviana y hay
restos (de ellas) en el Museo y en la colección de don Manuel Eguía.
Bravard lia llamado la mayor C. magnas y la menor C. pampaeus : pro-
bablemente son idénticas a las halladas por Lund en las cavernas de
Minas Geraes ». En el Suplemento a los caballos fósiles de la formación
pampeana , y en la J)escription physiquc de la Republique Argcntine, tomo
111 (1875-1879) % Bunneister se ratifica en esa opinión, considerando
como perteneciente a C. paludosas y C. campcstris el material fósil que
Bravard tenía por característico de sus C. magnas y C. pampaeus.
En 1880 aparece la Antigüedad del hombre en el Plata 6 ; Florentino
Ameghino anuncia entonces el hallazgo de numerosísimos restos de
ciervos en los paraderos del hombre prehistórico y dentro de las capas
pampeanas : esos restos, que con igual abundancia nunca se habrían vuel-
to a encontrar, corresponderían a muchas especies fósiles de Cérvidos,
unas ya reveladas por las exploraciones de Lund y Bravard, otras descri-
tas por el mismo Ameghino en colaboración con Ilenri Gervais, y alguna
que otra enteramente nueva. En efecto, en la enumeración de los Mamí-
feros fósiles de Sad América , Gervais y Ameghino 7 habían adoptado las
1 A. Bravard, Observaciones geológicas sobre la boga del Plata, Unenos Aires, 1857;
y Fauna plioccna de la América del Sur, en Geología de las Pampas, llcgislro estadístico
del estado de Buenos Aires, tomo I, 1857, página 10, Buenos Aires, 1858.
5 P. Gnu vais, Nouvellcs recherches sur les auimaux vertébres vivante ct fossilcs, 1er
serie, 2C partie : Recherches sur différents groupes de mammiferes fossilcs de V Amcrique
méridionale, en Zoologie ct Palcontologie genérales, París, 1807-69.
3 G. Buumici, STK.it, Enumeratio spccicrum mam malium formationem quaternariae pam-
peanae, etc. Apéndice de Los caballos fósiles de la formación pampeana, página 84,
Buenos Aires, 1879.
1 G. Burmeister, Fauna argentina: Mamíferos fósiles, en Anales del Museo público
de Buenos Aires, tomo I, páginas 234-5, Buenos Aires, 1864-69.
r' G. Burmeister, Mammiferes. Descripiion pliysique de la République Argcntine,
tomo III, páginas 459-466, Buenos Aires, 1879.
“ Fu. Ameghino, La antigüedad del hombre en el Plata, 1880, tomo I y II y edición
Cultura Argentina, Buenos Aires, 1918.
7 Gervais ct Ameghino, Les mammiféres fossilcs de V Amcrique méridionale, nu-
niéros 175 a 187, páginas 122-129, París-Buenos Aires, 1880.
especies de Lund y, en su mayoría, las de Bravard, subsistiendo, pues,
para esos autores, como buenas especies, los G. aff. campestri, G. aff.
simplicicorni, C. aff. paludoso, G.pampaeus, G. diluvianas, G. entrerianus
(estos dos últimos no caracterizados ni descritos) y el G. pampaeus tenido
por próximo del actual G. campestris ; desapareciendo, en cambio, de la no-
menclatura el Gervus magnus Brav. por idéntico al G. aff. paludoso.
Fuera de estas especies ya conocidas y de G. rufas Cuv., Gervais y
Amegbino, a base de nuevos materiales, describen brevemente una se-
rie de formas dudosas y tres especies nuevas que son las siguientes :
1. Gervus dxtbius (n° 179) : representado por «un cráneo provisto de
un cuerno con un solo mogote corto y delgado», procedente de Bolivia,
en donde lo habría recogido Castelnau con restos d e Scelidotherium (aun-
que, en verdad, no parece citado en la reseña zoo-paleontológica del
correspondiente viaje).
2. Cervus tuberculatus (n° 181): esa especie nueva está fundada en un
trozo de mandíbula, con dos molares y dos premolares, caracterizados
« por la existencia en su cara interna de un pequeño tubérculo situado
en los molares al nivel del surco interno, y en los premolares en la par-
te anterior del lóbulo posterior».
3. Gervus brachyceros (n° 185) : la representa un fragmento de cuerno
coii rastros de dos mogotes, « uno de dirección anterior y otro prolonga-
ción del eje principal, de dirección póstero- superior » (fig. 1, n° 1).
A las especies dudosas (n° 183, 184) pertenecen tres fragmentos de
cuernos, dos de ellos «depositados en las colecciones de (Jope» : el pri-
mero sería de «forma parecida a la del reno»; el segundo, «muy delgado,
sin tubérculos en la superficie, provisto de cuatro mogotes quebrados»;
en cuanto al tercero, igualmente desprovisto de tubérculos superficiales,
pero adornado por surcos longitudinales muy acentuados, Gervais y
Amegbino lo consideran como una forma « diferente del Blastócero sud-
americano por la presencia de un mogote basal muy desarrollado».
En la ya recordada Antigüedad del hombre, Amegbino enumera nue-
vamente todas estas formas, agregándoles la mención de tres especies
inéditas y una nueva, el Gervus mcsolithicus, « extinguida muy reciente-
mente», y que en cuanto a los demás ciervos se caracterizaría « sobre
todo por la curvatura muy pronunciada del borde inferior del cuerpo de
la mandíbula, como también por el espesor y solidez del mismo hueso».
JSro solamente en la Argentina se iba señalando Cérvidos fósiles : en
1875, Tli. Wolf1, que fuera explorando la región ecuatoriana de llío Bam-
ba, daba cuenta de haber hallado en Punin los restos de dos Gervus Ib
1 Tu. WOLiq Knoohenschlucht von Punin bci Iliolamla, in Nenes Jahrbuch fiiv Min.
Geol. k. Palaeontologie, 1880, página 155 (citado por Franco).
— 397
siles, uno de grandes dimensiones, el C. Chimhorassi y otro posiblemente
idéntico con Cervus chilensis, el C, Eiobambensis. Desgraciadamente es-
te autor no acompaña esta noticia ele ninguna descripción.
La fauna fósil de Punin fué reestudiada en 1883 por W. Branco quien
disponía de las colecciones obtenidas en los mismos yacimientos por
Keiss y Stiibel : los Cérvidos estaban representados allí por restos esque-
léticos, fragmentos de cuernos, además de al gima dentadura, todo ello muy
incompleto y .sólo suficiente para reconocer una especie, el C. aff. chi ten-
sis, y tres a cinco « formas dudosas» que Branco declara no poder iden-
tificar por la falta de material de comparación. Los cuernos del G. aff.
chilensis llevan, dice Branco, además de los tubérculos característicos
para la especie viviente, profundos surcos longitudinales, más marcados
que en G. campestris y acompañados de fuertes tubérculos en su parte
proximal ; a regular distancia de la base nace un mogote subbasal. Un
fragmento de cuerno de la misma colección le hace pensar en G. capreo-
lus de Europa; un tercero, casi liso y con rama muy encorvada, en Cervus
dama. A una especie de mayor tamaño habrían pertenecido todo un
grupo de otros fragmentos de cuernos, los cuales, por la inserción de la
rama ocular, según Branco, recuerdan al Cervus elaphus. En cuanto a los
dientes, molares y premolares inferiores, bastaría su solo tamaño, para
indicar la presencia de dos especies fósiles igualmente cercanas de Cer-
vus dama : todos o casi todos esos dientes llevan columnas básales que
para los M3 son hasta dobles y triples. Los restos del esqueleto corres-
ponden, en parte, a una especie de dimensiones semejantes al Cervus
capreolus.
Mientras tanto, se había descubierto también algún material en el Bra-
sil : Lydelcker 1 2, al hacerla revisión délos restos de mamíferos fósiles del
Museo Británico, da cuenta do lá existencia entre la fauna fósil de las
cavernas de Minas G era es, del Cariacm ru/us y de otros Coassina , repre-
sentados por series molares ; éstas, por su diverso tamaño, forman tres
grupos que recuerdan a G. simplicieornis , C. memorivagus y Pudu. En
su mismo catálogo de 1885-1887, Lydekker cita un calvarium que habría
pertenecido a la colección Bravard y sería el tipo del Cervus magnus
(le ese autor, idéntico, como lo quería Burmeister, al actual Cervus pa-
ludosus Desm,
Con el año 18S8 comienza una nueva época para el conocimiento de
los Córvidos fósiles americanos, especialmente los argentinos : en cfec-
1 W. Branco, Ucber cine f oasile Siingeiierf aunnvon Punin bei Biobamha... Falaeonlol.
Abhandl., Bel. I, II. 2, p. 130, Taf. XVIII, fig. 1-5, Berlín, 1883.
5 R. Lydrkkrk, Catalogue of ihe fossil Mmnmalia tu the BrUish Museum, Pt. II y Y,
supplement ; página 78-139 y 329, Londou, 1885-87.
REV. MUSEO LA PLATA. — T. XXVI
28
— 398
to, hasta entonces, y sin (Inda que por cansa de la exigüidad de los res-
tos fósiles, los autores se han limitado casi exclusivamente a reconocer
en las formas extinguidas la semejanza o afinidad con las vivientes, pues
de las nuevas especies debemos hacer casi completa abstracción: o son
simples nomina nuda (las de Brava rd, Wolf, etc.), o son tan pobremente
caracterizadas qne, a falta de las piezas originales, resulta casi inútil
ensayar de identificarlas.
En 1888, Florentino Ameghino, entonces encargado de nuestra sec-
ción paleontológica, hace público un breve trabajo titulado Rápidas di Ag-
nosis *, exclusivamente fundado en el material fósil depositado en el Mu-
seo; él es el punto de partida de todos sus escritos posteriores sobre los
Córvidos, por más que allí ubica aún todas las especies argentinas den-
tro del único género eurasiático Gervus.
De las especies descritas en colaboración con Henri Gervais, ahora
sólo menciona el G. brachy ceros, objeto de una redescripción : por lo de-
más, trae a colación nueve especies nuevas, las cuales, de acuerdo con
la morfología de los cuernos, distribuye en cinco grupos :
Grupo A. — Cuernos cilíndrico-aplastados, más o menos cilindricos en el curso
de la rama principal, muy arqueada, aplastados en las bifurcaciones, y con
casi todas sus ramificaciones colocadas a un mismo lado y de dirección án-
tero-externa. Mogote ocular colocado muy arriba de la base.
O. fragilis, C. ensenadensis Amegh.
Grupo B. — Cuernos cilindricos, rectos, cortos, gruesos, con ramificaciones re-
gulares a ambos lados, la primera bastante alejada de la base. ( Blastocerus
Gsay) . ' G, azpeitianus Amegh.
' Grupo C. — Cuernos cilíndrico-aplastados, con mogote ocular basal, de direc-
ción ántero-superior. C. brachijceros Gerv. & Amegh., C. lujanensis y
C. palaeoplatensis Amegh .
Grupo D. — Cuernos divididos en la base, o un poco arriba de ella, en dos ra-
mas cortas de dirección anterior y posterior, subdivididas o no.
G. sidcatus, G. seleniticus Amegh.
Grupo E. — Cuernos muy grandes, aplastados en todo su largo, fuertemente
ensanchados en las bifurcaciones (con aspecto de reno o de Mcf/aceros).
G. ultra Amegh.
Aunque esos grupos creados por Ameghino no vengan señalados por
ninguna denominación, debemos acordarles el valor de subgéneros, pues
¡a mención qne hace el autor de la equivalencia de su grupo B. con
Blastocerus no significa otra cosa. Veamos ahora cómo están caracteriza-
das las especies y cuál es el material que les ha servido de fundamento.
1 Fl. Amkgiíino, Rápidas diagnosis de mamíferos fósiles nuevos, etc., números 14-22,
páginas 11-14, Buenos Aires, febrero 1888.
Eduardo Cahktte, Córvidos actuales y fósiles de Sud America
Lámina I
Cornamentas típicas de: 1, Furcifer soléalas Amegli. ; 2, Blastóceras campestres fossilis Amegli. ; 3,
Faraccros frapilis Amegli. ; 4, Cercas lujanensis Amegli. ; 5, Cervics brachyceroii Amegli. Emendo ;
6, Furcifer seleniticus Arnegli. ; 7. Paroleros ensenadensis Amegii. ; H. Antifer ultra Amegli.; 9.
lSlastoccrus azpeitianus Amegli. ; lo. Cercas palacoplalensis Amegli.
— 399
La especie G. fragilis (n° 14) se distingue por sus cuernos largos,
delgados, casi enteramente cilindricos, ramificados y adornados con pe-
queños surcos longitudinales, poco aparentes. La representa un trozo
basal de cuerno, con tres mogotes dirigidos lateralmente, el cual proce-
de del pampeano medio del río Arrecifes (lám. I, fig. 3).
El C. ensenadensis (n° 15) viene a ser una especie de mayores dimen-
siones ; sus cuernos serían caracterizados por su base casi cilindrica, la
rama principal muy aplastada, una cara anterior enteramente lisa, algo
convexa, y la posterior casi chata y fuertemente surcada longitudinal-
mente. Se funda esta especie en un corto trozo basal de cornamenta con
una sola ramificación, que procede del pampeano inferior de la Ensena-
da (lám. 1, fig. 7).
El G. azpeüianm (n° 16), del pampeano lacustre de Luján, pertenecería,
como hemos visto, al grupo Blastóceros de Gray : está representada esta
forma por la « parte superior de un cuerno con una larga rama princi-
pal, muy aplastada al nivel de las bifurcaciones y subdividida en tres
secundarias », la que Aineghino considera como ramificación accesoria
de otra mayor. Por la disposición de las ramificaciones, esta especie se
alejaría, según el autor, de G, paludosus , lo mismo que por el aspecto
superficial del cuerno, cuyas típicas verrugas son reemplazadas por aca-
naladuras longitudinales poco profundas (lám. I, fig. 0).
La especie número 17 es el G. brachyceros , ahora caracterizado por un
asta principal larga, aplastada en toda su longitud, de diámetro bastante
uniforme, doblemente encorvada en forma de S, provista de un mogote
ocular subdividido en tres puntas, y de dos mogotes superiores dirigi-
dos hacia afuera. Este cuerno incompleto procede del pampeano superior,
(lám. I, fig. 5).
El G . lujanensis (n° 18) es bastante parecido al anterior, pero de tama-
ño algo mayor, aunque con cuernos más delgados. La rama principal en
éstos se vuelve más aplastada a medida que se aleja de la base : su cara
ántero-interna está cubierta por verrugas altas y aisladas que, cada vez
más ralas, son reemplazadas en la parte superior de las astas por leves
surcos longitudinales ; la cara póstero-externa es lisa o longitudinalmen-
te surcada. Lo mismo que en G. brachyceros, hay un mogote ocular y dos
ramificaciones superiores. La pieza típica de la especie es un cuerno in-
completo (lám. I, fig. 4); es propia del pampeano superior y del lacustre.
La tercera forma del grupo O., el Cervus palaeoplatensis (n° 19), igual-
mente proveniente del pampeano de Luján, y representada por un cuerno
muy incompleto ; es considerada por Ameghino como forma de grandes
dimensiones caracterizada por sus cornamentas sin verrugas, inferior-
mente muy aplastadas, y adornadas con tres ramificaciones, la última
«en forma de lámina delgada que se va ensanchando gradualmente y se
encorva sobre sí misma formando un principio de espiral » (lám. 1, fig. 10).
— 400 —
Los C. sulcatus y seleniticus (nos 20-21), del pampeano superior de Are-
no y Olivera, representan el cuarto grupo del género Cervus ; la primera
forma (lám. I, tig. 1), es conocida tan sólo por un cuerno incompleto,
de base muy comprimida, bifurcado a tros centímetros de ella en
dos ramificaciones, anterior y posterior, que forman « un ángulo más
abierto que en el huemul», adornadas ambas con profundos surcos lon-
gitudinales. La otra especie, G. seleniticns, de la cual existe parte del
cráneo (lám. I, fig. G), al parecer más robusto que el de C. campestris,
también muestra en los cuernos la misma base comprimida y la misma
bifurcación próxima a la «corona»: la ramificación anterior es larga,
gruesa, dirigida hacia adelante y afuera, y luego encorvada ; de allí que el
cuerno tenga un aspecto de « media luna », origen del nombre específico.
El G. ultra (n° 22) lo constituye un trozo (superior) de cuerno de enor-
mes dimensiones que habría llevado cuatro ramificaciones, tres superio-
res y una basal (?) colocadas todas en un mismo lado. La rama principal
es tan aplastada, que se reconoce en ella dos caras convexo-cóncavas,
adornadas con fuertes acanaladuras y rugosidades tubereuliformes. Es
otra especie propia del pampeano superior (lám. I, fig. 8).
En junio do 1888, Amegliino 1 agregó a todas estas especies de Cervus,
una nueva forma designada como C. avius ; la caracterizan su talla y sus
cornamentas cilíndrico-aplastadas, con grandes acanaladuras longitudi-
nales que se prolongan hasta las ramificaciones superiores. C. avius sería
la especie más antigua del género en íáud América : procede de los es-
tratos miocénieos de Monte Hermoso (fig. 1, n03 2 y 3).
Por su lado, en el curso del mismo año 1888, el doctor Francisco P.
Moreno 2 daba a conocer muy brevemente, en un sencillo Informe preli-
minar, unas cuantas especies nuevas de Cervus, tres también proceden
tes de las capas de Monte Hermoso y una del pampeano superior de
Tapalquen, caracterizadas como sigue :
1. Cervus patachonicus : base de un cuerno con estrías rugosas, cilin-
drico como en C. paludosas; de igual talla, a juzgar por ese cuerno y un
metatarso completo.
2. C. minor : húmero del mismo tamaño que el de C. campestris, cuer-
nos cilíndricoaplastados.
3. C. intermedius : húmero de talla inferior al de C. patachonicus, pero
proporcionalmente mucho más fuerte.
4. C. tapalquenensis : el cuerno completo tiene 05 centímetros de altu-
1 Fl. Ameghino, Lista de las especies de mamíferos fósiles del mioceno superior de
Monte Hermoso hasta ahora conocidas, página 16, Buenos Aires, 1888 (junio).
5 F. P. Moiíkno, Museo La Plata. Informe preliminar de los protjrcsos del Museo de
La Plata durante el primer semestre de 1888, en Boletín del Museo de La Plata (prov.
«le Buenos Aires), páginas 13 y 19, Buenos Aires, 1888.
401 —
ra y es de distinto aspecto que los conocidos del pampeano. Es una es-
pecie ésta contemporánea de Glyptodon , Panochthus, Mylodon, etc.; su
descripción debía ser objeto de un trabajo ulterior no aparecido.
El tratado de Florentino Amegbino sóbrelos Mamíferos fósiles 1 signi-
fica el momento culminante para el conocimiento de las faunas fósiles
del pampeano: además de representar una recapitulación crítica de to-
das las investigaciones anteriores, esa célebre obra de nuestro paleon-
tólogo nacional contiene muchos elementos nuevos, a los cuales poco se
ha agregado más tarde, respecto de las últimas faunas terciarias y cua-
ternarias de Sud América.
En lo que se refiere al grupo que estudiamos, si bien el material nue-
vo que Amegliino tuviera entonces a su disposición era escaso, los Ma-
míferos fósiles nos muestran a las claras el espíritu innovador que ani-
maba a Amegliino en el campo de la paleontología.
El cuadro de los Cérvidos fósiles argentinos que ofrecíanos la breve
comunicación de 1888 ha sido, en 1889, asegurado en sus lineamientos, a
la vez que extendido : los cinco grupos de Gervus se convierten entonces
en ocho distintos géneros, siempre basados en la morfología de las cor-
namentas. Se reparten en dos grupos principales : Coassus, Furcifer y
el nuevo género Fpieuryceros representan el primero, de cornamentas
cortas y poco o nada ramificadas ; Cermis, Blastóceras y los nuevos gé-
neros Faraceros y Antifer, todos provistos de cuernos largos y muy rami-
ficados, forman el segundo grupo, osea el block principal de los Cérvidos
fósiles argentinos. Las ideas taxonómicas de Amegliino están claramen-
te expuestas en la clave que reproducimos a continuación :
I. Cuernos cortos, sin ramificaciones, o en corto número.
1. Un solo mogote recto y puntiagudo (cuernos sencillos). Coassus.
2. Dos grandes ramas en horquilla encima de la corona (cuernos bi-
furcados). Furcifer.
3. Cuerno en abanico desde la base, con pequeñas ramificaciones termi-
nales. Fpieuryceros.
II. Cuernos largos, con numerosas ramificaciones.
1. Mogote ocular muy arriba de la corona. Grupo Blastocerino.
a) llama principal cilindrica, con ramificaciones a ambos lados.
Blastóceras.
h) Rama principal cilindrica o cilíndrico-aplastada, y con rami-
ficaciones a un solo lado. Paraceros.
2. Mogote ocular colocado inmediatamente encima de la corona.
Grupo Cervino.
' Fl. AmkgíUNO, Contribución al conocimiento de los Mamíferos fósiles de la Repú-
blica Argentina, páginas 599-614, planchas XXXVI-XXXIX. Buenos Aires, 1889.
— 402 —
a) Iiaiua principal cilindrica o cilíml rico-aplastada, con ramifica-
ciones a un solo lado. Cervus.
b) Rama principal aplastada, lo mismo que sus ramificaciones, y
ensanchada en las bifurcaciones. AnliJ'cr.
1. Epieuryceros, nuevo género monotípico, es caracterizado por sus
cuernos cortos, anchos «en forma de abanico que se ensancha inmedia-
tamente encima de la corona >>; la especie E. truncas es conocida por un
trozo de cuerno procedente del ensenadense (puerto de La Plata). Su ba-
se, casi circular, soporta dos ramificaciones, una muy corta (?) y la prin
cipal adornada por estrías y verrugas en sus caras interna y externa.
2. En Paraceros , igualmente género nuevo, están comprendidos los ex
Cervus ensenadensis, frágil is y avius, además de la nueva especie Parace-
ros vulnéralas : de modo que se puede considerarle como equivalente al
grupo A, del cuadro taxonómico de 1888. Caracterizado a la vez por sus
cuernos largos y cilíndrico-aplastados, y por sus ramificaciones bilatera-
les e inclinadas hacia los lados y hacia atrás, Paraceros se distingue de
los otros grupos, dice Amegliino, por « su mogote ocular dirigido hacia
adelante y alejado de la corona». El Cervus ensenadensis Amegh. 1888
viene a ubicarse en ese género por presentar un mogote ocular horizontal
(?) a 9-10 centímetros de la base, como C. fragilis Amegh. 1888 ; dife-
renciándose ambos por su respectivo tamaño, por caracteres de los cuer-
nos precedentemente indicados, y además por su diversa posición crono-
lógica en el pampeano (lám. I, figs. 3 y 7). A C. avius , más antiguo, pues-
to que procede de Monte Hermoso, Amegliino lo identifica a la vez con
las tres especies que Moreno señalara del mismo lugar; esa identificación
no deja de ser hipotética, puesto que el material de Moreno es incom-
pletamente descrito y dos de sus formas están basadas exclusivamente
en huesos de las extremidades. C. avius pertenecería al género Parace-
ros por la forma cilindrico aplastada de sus cuernos, limitados a trozos
tan exiguos, que por esa sola consideración podría atribuírselos al
género vecino Cervus. En cuanto a la nueva especie, Paraceros vulnera-
tas , su autor la funda en un cuerno incompleto de Lujan; muestra una
corona casi circular, una rama principal surcada, ci 1 í ndr ico-api as tada en
las bifurcaciones y una primera ramificación sencilla, achatada, de di-
rección ántero-superior, que nace a unos diez centímetros de la base ;
por el tamaño de esa pieza, Amegliino considera a la especie como de
talla intermediaria entre Paraceros ensenadensis y Paraceros fragilis
(»g. 1, n° 5).
3. El tercer género nuevo, Antifer , corresponde al grupo E, de 1S8S
(Cervus ultra Amegh.). A los caracteres ya indicados como diferenciales
para el grupo : cuernos muy grandes, aplastados en todo su largo, cón-
cavo-convexos, acanalado-tubérculo-rugosos, muy anchos en las bifurca-
403
dones, con aspecto de reno o Megaceros, Ameghino agrega : « con las
ramificaciones colocadas en un mismo lado» (lám. I, fig. 8).
4. El género Ccrvus, propiamente dicho, se diferencia de Paraceros y de
Antifer por su cuernos largos, cilíndrico-aplastados, unilateralmente ra-
mificados, y ante todo, por la dirección án tero-superior y la posición del
mogote ocular basal, que nace inmediatamente arriba de la corona (carac-
teres, sin embargo, que deben ser considerados como de valor muy re-
lativo, pues las piezas típicas de las especies no los confirman) (lám I,
íigs. 4, 5 y 10). Así delimitado por
Ameghino, el género Ccrvus viene a
corresponder al tercer grupo del cua-
dro de 1888, que comprendía los C.
bracliy ceros, lujanensis y palaeopla-
tensis, descritos en la misma ocasión,
pero cree deber agregar a ese grupo
dos especies : el C. tuberculatus Gerv.
& Amegh. 1880, cuya ubicación for-
zosamente ha de ser dudosa por no
conocérsele sino por sus dientes mo-
lares superiores, y una nueva forma,
C. latas (fig. 1, n° 4), conocida por la
«parte inferior de un cuerno con un
mogote ocular, y dos ramificaciones
que nacen de la rama principal aca-
nalada, la primera muy cerca de la
corona y la segunda, encorvada, más
arriba». Según Ameghino, la especie
C. tapalquencnsis Moreno 1888, es si-
nónima de Ccrvus brachyceros Gerv.
& Amegh.
5. Blastóceras comprende tres for-
mas fósiles : Bl. azpeitianus (Amegh. 1888), Bl. campestris foss. (lám. I,
ligs. 2 y 9) y Bl. paludosas foss.; y de los otros géneros se distingue por
sus cuernos cortos, poco aplastados, casi rectos, con ramificaciones a
ambos lados y con mogote ocular colocado bastante arriba, más o menos
a un tercio de su altura. Blastóceras azpeitianus (Cervus azpeitianus
Amegli. 18SS) se asemeja al Bl. paludosas, pero difiere de él y del cam-
pestris esencialmente por el aspecto de sus cuernos lisos, levemente aca-
nalados y desprovistos de verrugas, por la dirección de la primera ra-
mificación, horizontal (?) y por el especial achatamiento de las bifurca-
ciones.
G-7. Furcifer está representado por las dos especies del grupo D, los
C. sulcatus y C. seleniticus (lám. 1, figs. 1 y G), además déla forma F. bi-
Fig. 1. — 1, Cornamentas do Cervus brachyce-
ros Gerv. y Amegh. (molde) ¡ 2 y 3, Cervus
avius ; 4, Cervus lalns; 5, Cervus vulnéralas
(según Amegh. 1889).
— 404 —
sulcus fossilis , que según Ameghino admitiría como sinónimo a la espe-
cie descrita en 1883 por B raneo como G. aff. cliilensis. Inútil es insistir
sobre los caracteres específicos de esas formas, enumeradas más arriba.
Tampoco merecen mayor atención las especies subfósiles (Goassus ru-
fus , G. rufinus, G. nemorivagus) y fósiles (G. mcsolithicus Amegli. 1880),
que constituyen el género Goassus.
A esta reseña sistemática de los Cérvidos fósiles sudamericanos, que
lie compendiado en lo posible, Florentino Ameghino agrega considera-
ciones geológicas y filogenéticas que examinaremos en otro lugar.
De las mismas formas Zittel 1 lince una ligera enumeración en su céle-
bre tratado de Paleontología; pero las considera como insuficientemente
caracterizadas; y en modo especial los géneros Antifer y Epieuryceros.
Por lo que atañe a Paraceros, en opinión de Zittel no es sino un sinó-
nimo de Blastóceras.
Las piezas originales de Ameghino forman parte, en su mayoría, délas
colecciones de nuestro Museo; a la vez que otras descubiertas por los
colaboradores del doctor Moreno, fueron las mismas que permitieron a
sir Richard Lydekker de emprender la revisión de los Cérvidos que, con-
juntamente con la de otros grupos de Ungulados, hizo conocer por nues-
tros Anales en el año 1893
Ameghino había repartido los restos de nuestros ciervos fósiles en el
mayor número posible, por decir así, de especies y géneros : Lydekker
parte de un principio diametralmente opuesto y afirma ante todo que
todas las especies pampeanas deben ser incluidas dentro del género ame-
ricano actual Cariacus Cuy., cuyas formas más típicas, norteamericanas
(G. virginianus, etc.), caracterizadas por un mogote vertical recto que
nace de la cara interna de la rama principal (mogote subbasal), serían
aparentemente ajenas a nuestra fauna fósil.
Las siete especies que Lydekker tiene por válidas, son las siguientes:
1. Gariacus brachyceros (Gerv. & Amegh.) : el autor la considera como
una especie enteramente peculiar; por sus cuernos muy desarrollados,
achatados, desprovistos de ramificación basal interna, parécele alejarse
de toda otra especie viviente. No obstante su gran desarrollo, la rama
principal es considerada por Lydekker como rama posterior comparable
a la de Gariacus ; de ella, cubierta por numerosos tubérculos, que con los
años irían desapareciendo, y probablemente dicotómica en su vértice,
1 C. vox ZitteIj, Traite de Palcontologie, Palóozoologie, tomo IV, páginas 400-405,
París, 1894.
5 R. Lydekker, A study of the extinct Ungiilates of Argentino (Estudios sobro los
Ungulados extinguidos de la Argentina), en Paleontología Argentina, II, páginas 74-
82, planchas XXIX-XXXI. Anales del Museo de La Plata, La Plata, 1893.
405
nacen dos ramificaciones sencillas, en el ejemplar típico. La rama anterior
normalmente sería dicotómica, como la posterior; pero con la edad, una y
otra se muestran más ramificadas, especialmente la posterior, en cuyo es-
tadio final se cuenta hasta ocho o nueve puntas o mogotes — de las cua-
les la inferior por sí sola suele ser doble y hasta triple — y dos bifurca-
ciones (/orlen) terminalmente ramificadas. El Cervus lujanensis de Ame-
gbino no sería sino la forma joven de la misma especie; el C. palaeopla-
tensis, una simple anomalía (lám. II, figs. 1 y 4).
2. Cariacus fragilis (Amegli.) es una especie, según Lydekker, bien ca-
racterizada por la forma cilindrica de sus cuernos; posiblemente aliada a
Cariacus campcstris, representa un tipo más evolucionado. En ella, tam-
bién interpreta Lydekker la rama posterior o principal y el mogote ocu-
lar que describe Amegbiuo, como dos ramificaciones nacidas a ángulo
recto de la bifurcación subbasal : subdividiéndose nuevamente la rama
posterior, y ramificándose dicotómicamente la respectiva hinder-tine,
resultaría en conjunto, en esa especie, un cuerno de cinco mogotes (lám.
II, íig. 5).
3. Cariacus ultra (Amegh.) (lám. I, fig. 8) admite en su sinonimia a Epi-
eunj ceros truncas Amegh. Sería una forma fósil suficientemente caracte-
rizada por sus cuernos de gran tamaño y muy achatados, aunque vecina
de Cariacus paludosus. El trozo de cuerno que sirve de tipo a C. ultra no
es, en opinión de Lydekker, sino la porción superior a la bifurcación
principal del mismo; la rama anterior, ausente, habría sido sencilla y la
posterior se habría subdividido dicotómicamente. En cambio, el trozo de
asta que caracteriza a Ep. truncus resultaría ser la porción inferior a la
misma bifurcación subbasal ; de ella quedarían los rastros de las dos ra-
mas resultantes, y habría sido mucho más próxima a la base que en
Cervus paludosus.
4. Cariacus azpeitianus (Amegh.) es especie igualmente aliada con C.
paludosus ; diferénciaso de él por ser la bifurcación principal do los
cuernos, más alejada de la base, y las dos ramificaciones secundarias de
la rama posterior diversamente inclinadas que en la especie viviente
(lám. I, fig. 9).
5. Cariacus selcniticus (Amegh.), al que parece equivaler C. sulcatus ,
es vecino del C. chilensis viviente ; pero de él se distingue por sus cuer-
nos mayores en tamaño y diversamente configurados, especialmente en
lo que se refiere a la bifurcación, formando aquí la rama anterior un án-
gulo recto con la posterior (lám. I, fig. G).
G. Cariacus paludosus foss. está representado por diverso material ; de
él no se puede separar específicamente el Faraceros ensenadensis (sería
una variedad de cuernos menos rugosos).
7. Cariacus camyestris fossilis : no difiere del ciervo actual.
En 1894, al criticar toda la obra realizada por Lydekker en su breve
406 —
estada en la Argentina, Atnegliino 1 dedica unas cuantas páginas al ca-
pítulo de los Cérvidos. No da mayor importancia a la unificación gené-
rica de todas las especies fósiles argentinas, pues su ubicación común
dentro del género Cariacus « es una sencilla cuestión de apreciación de
los caracteres que no merece discusión » ; pero, en cambio, se opone te-
nazmente ala identificación que de sus diversas especies había hecho el
célebre paleontólogo británico ; únicamente aceptaría la equivalencia
de Furcifer sulcatus con F. seleniticus. Veamos los argumentos de Ame-
gil i no :
a) Cervus lujanensis en su opinión no puede ser forma juvenil de C.
brachy ceros : de él bien se distingue por su rama ocular sencilla, por la
colocación de las dos ramas anteriores más alejadas una de otra, por la
diversa curvatura de la rama principal y por el aspecto verrucoso de la
misma. Tampoco se puede, según Ameghino, identificar C. palaeopla-
tensis con brachyceros o lujanensis , pues de ambos a la vez se separa por
los cuernos, no ya vomicosos, sino adornados por leves surcos longitu-
dinales ;
b) Nuestro paleontólogo admite que Genius (Paraceros) ensenadensis
presente mucha semejanza con Cariacus paludosas; pero sus cuernos son
más robustos, más achatados, y, sobre todo, procede esa especie de un
piso geológico (pampeano inferior) en que todas las formas fósiles son
diferentes de las modernas, y en donde Cariacus paludosas y campcstris
son justamente ausentes ;
c) Fpieuryccros truncas , fundado en una pieza muy incompleta, de-
muestra sin embargo ser «una forma de Cérvido muy diferente de todas
las conocidas»: erróneo es considerar la pieza original como la base del
cuerno de Cariacus ultra ; presenta una rama principal perfectamente
recta, que, terminando por una daga o una bifurcación (?), nunca pudo
tomar la forma del cuerno de Antifer , por el rápido adelgazamiento de la
parte superior rota y del borde posterior.
No obstante las otras concesiones que hace a la opinión de Lydekker,
posteriormente, en la breve reseña sistemática que escribió para el Se-
gundo Censo , Florentino Ameghino - cita, como representando en la Ar-
gentina la familia de los Cérvidos, a los siguientes géneros y especies fó-
siles :
1 l'1!,. Amicgiiino, Sur Ies Ongulés fossilcs de V Argentino. Examen critique de l’ouvrage
de M. R. Lydekker etc., Ccrvidac, cu Revista del Jardín zoológico, tomo II, páginas 292-
94 y 296, Buenos Aires, 1894.
5 Fi.. Amkgiiino, Sinopsis geológico-paleontológica, en Segundo censo de la República
Argentina (1895), tomo I (Territorio), 3a parte, páginas 167-171, Buenos Aires, 1898.
Eduardo Caiikttk, Cérvidos actuales y fósiles de Suü América
Lámina II
Cornamentas típicas ile : 1. Morenelaphus Lydekkeri Car. (= Cariacus bracliyceros Lydekk.j;
2, Pampaeocervus platensis Car.; 3, Morenelaphus Jíotlii Car.; 4, Morenelaphus pseudoplaten-
sis Car. (= Cariacus brachyceros juv. Lyilekk.) ; 5. Morenelaphus fray ilis (Amegh.).
u ■■
— 407
Coassus Gray, con cuernos simples en forma de daga: rufas, mcsolitliicus,
nemorivagus , todos del postpampeano.
Oervus L., cuernos con un mogote ocular anterior basal. muy ramificados en
brachgceros, menos en lujanensis , ambos del pampeano superior.
Paraceros Amegh. : cuernos largos, poco ramificados, con mogote ocular ante-
rior colocado muy arriba de la base : cnsenadensis, de gran talla ; fragüis,
con cuernos delgados y muy largos; vulnéralas, avias , imperfectamente
conocidos. Se extieuden desde el liermosenso hasta el pampeano superior
lacustre.
Ozotoccros Amegh. nom. nov. por Blastóceras : campesiris y azpeitianus, éste más
grácil, del pampeano superior Lacustre.
Antifer Amegh. de talla gigantesca y con cuernos excesivamente ensanchados
y palmeados: ultra, propio del pampeano superior.
Furcifcr Gray : salcatas y selcniticas, ambos del pampeano superior.
Epieuryceros Amegh. : con cuernos simples, muy cortos, rectos, achatados y
sumamente anchos, que indican una talla considerable : truncas , del pam-
peano inferior.
En unas breves Notas sobre mamíferos fósiles del valle de Tarija, agre-
ga Ameghino en 1902 a este elenco, dos nuevas especies pampeanas y
reedita la antigua forma Cervus tuberculatus Gerv. & Ameg., caracteri-
zada por sus molares superiores que, cuando gastados, « presentan un
aspecto más complicado que en la mayoría de los ciervos conocidos».
Una de las especies nuevas es el Hippocamclus (Furcifer) incógnitas,
aliado del huemul, pero de talla más pequeña y cuyas muelas inferiores,
reducidas y muy comprimidas, son provistas de uno o dos tubérculos
interlobulares; su tercer lóbulo es también proporcionalmente mucho
más grande que en la especie viviente. La otra especie nueva la repre-
senta un gran ciervo, el Cervus percultus (subgénero indefinido), de talla
comparable a Blastóceras paludosas, conocido solamente por sus muelas
superiores : en ellas la corona es relativamente alta, la cara externa es
deprimida y con aristas poco marcadas, y el esmalte es arrugado verti-
calmente : además « la punta posterior del lóbulo semilunar ántero-in-
terno es dilatada en forma de estribo transversal ».
Con posterioridad, el doctor Ameghino no ha vuelto a ocuparse de los
Cérvidos, salvo para describir una especie dudosa de Mazama (M. sp.t
nemor ivaga Cuv.), representada por un trozo de maxilar superior con
molares de leche procedente de las cavernas de Yporanga (Brasil)1 2. Puede
1 Fl. Ameghino, Notas sobre algunos mamíferos fósiles nuevos o poco conocidos del
valle de Tarija, en Anales del Museo nacional de Buenos Aires, serie 3a, tomo 1, página
250, lámina III, figuras 16-17, Buenos Aires, 1902.
2 Fl. Ameghino, Notas sobre una pequeña colección de huesos de mamíferos de las
grutas calcáreas de Iporanga, estado de Sao Paulo, en Revista do Musca Paulista, tomo
VII, página 62, 1907.
408
decirse que sus ideas taxonómicas respecto del grupo de los Cérvidos
fósiles argentinos se hallan condensadas, aunque algo modificadas en
cuanto a la nomenclatura genérica, en el Catálogo de los mamíferos ac-
tuales y fósiles y respectivo Suplemento, publicados por Trouessart en los
años 1898 y 1904 De ellos, extraigo el siguiente cuadro de las espe-
cies fósiles sudamericanas :
Blastóceras azpeitianus Amegli., cntrcrianus Brav., bracli ¡/ceros Gerv. &
Amegh.
Antifer ultra Amegh.
Epicuryceros truncas Amegh.
Ilippocamclus seleniticus Amegh. (= silicatos Amegh.), bisulcas Mol.
Mazama mcsolithica Amegh.
Odocoilcus ( Paraceros) enscnaílensis Amegh., fragilis Amegh., avias Amegh.,
vulnerabas Amegh.
Odocoileus ( Odocoilcus) lujanensis Amegh., latas Amegh., palaeoplatcnsis Amegh.,
taberculatas Gerv. & Amegh. , ? dubius Gerv. & Amegh., argentinas Gerv.
& Amegh. percultus Amegh., chimborassi Wolf, riobambensis Wolf.
Desde la aparición de esta recopilación sistemática de Trouessart se
han publicado por otros autores algunos trabajos interesantes.
En el tomo XT de esta misma Revista el doctor Santiago Koth 1 2 3 descri-
bió una nueva especie de ciervo, el Cerras (Coassus) entrerrianus Roth,
neo Bravanl ; la representa un solo molar superior, que en cuanto a
forma y tamaño se asemeja a los de Coassns nemorivagus, pero de ellos
se distingue por el « menor desarrollo de los estilos labiales y de las
aristas medias de los lóbulos, por la falta de púa en la fosa lobular in-
terna y por la existencia de un tubérculo en la cara labial ». Roth cree
que esta especie «miocena» bien pudiera pertenecer a un género desco-
nocido de Cérvidos.
En 1900 Winge 4 dióla descripción de números restos fósiles de cier-
vos de las cavernas de Lagoa Santa (colecciones de Lund), los cuales cla-
sifica como Sábulo campestres, paludosas , simplicicornis y rafas ; respecto
1 E. L. Thouessakt, Catalogas mamemaliam tam viventium quam fossiliam, tomo II,
página 691, et appendix, página 1 350, Berlín, 1898-99; ídem, Supplementum quinqucn-
nale mino 100-1, páginas 690-708, Berlín, 1904.
2 Corresponde al número 191, Antílope argentina, basada en la extremidad de un
cuerno « perteneciente sin duda a un antílope » según los autores.
3 S. Rom, Noticia t preliminares sobre nuevos mamíferos fósiles del cretáceo superior ?/
terciario inferior de la Patagonia. (Apéndice), en Revista del Museo de La Plata, tomo
XI, página 158, 1904.
4 H. Winge, Jordfundne og nulevende Hovdgr (Ungalata) fra Lagoa Santa, in E. Mu-
seo Lundi, III (1), Kopenhague, 1906.
409
de la especie G. percultus Amegh. parece considerarla como distinta de
G. paludo sus.
Lín criterio enteramente distinto del de Ameghinoyde la mayoría de
los paleontólogos lia seguido observando Lydekker 1 en su obra de 1898
sobre los ciervos actuales. Allí ubica todas las formas fósiles sudameri-
canas en el género Maza m a Gray (scnsu lato), que considera como sinó-
nimo de Gariacus. En las páginas que dedica a las respectivas formas
extinguidas, da cuenta de cuatro especies fósiles argentinas:
1. Mazama bracliy ceros (Gerv. & Amegh.) (lám. II, fig. 1), que siempre
admite como sinonímicas las formas lujancnsis y palaeoplatcnsis de Ame-
ghino. Se caracteriza así : cuernos muy grandes, en los que la ramifica-
ción posterior que nace de la bifurcación principal excede en mucho ala
anterior, tanto en longitud como en complexidad; de ello resultaría la
confusa dicotomía. En las cornamentas adultas de brachyceros, la rami-
ficación anterior (inferior) es sencillamente bifurcada: en cambio la
posterior se subdivide en no menos de seis mogotes, todos ellos, a excep-
ción de uno, colocados en su borde anterior. En general, el cuerno es
muy achatado y su bifurcación principal se produce a corta distancia de
la base.
Lydekker considera este tipo de cornamenta como mucho más compli-
cado que el G. paludosas y como una indicación de que la forma simétri-
camente dicotómica sería un carácter de no mayor importancia.
2. Mazama ultra (Amegh.) (lám. I, fig. 8), como la anterior, aliada de
Mazama paludosa, es de tamaño considerablemente mayor. Sus cuernos,
mucho más achatados, se subdividen dicotómicamente en el modo usual :
la ramificación anterior es sencilla; en cambio la posterior da origen a
otra bifurcación que termina en un hinder-tinc subdividido. Lydekker
sigue creyendo, respecto del fragmento tipo de Epieuryccros truncas,
que sea meramente la porción basal de un cuerno de individuo muy viejo
de M. ultra ; esta especie, si así fuera, se diferenciaría de M. paludosa,
por la mayor proximidad de su bifurcación principal con la base.
3. Mazama frágil is (Amegh.) (lám. II, fig. 5), posiblemente aliada de
la otra especie actual, M. campestris, se separa de ella por sus cornamen-
tas mucho más complexas : son cilindricas, bifurcadas en ángulo obtuso
a cierta distancia de la base, y constituidas por dos ramificaciones, an-
terior y posterior, aquélla al parecer sencilla, la última mucho más des-
arrollada y ramificada en modo dicotómico hasta formar en total cinco
mogotes.
4. Mazama sclcnitica (senelitica, sic) ( = F. sulcatus Amegh.) demuestra
ser muy vecina de los representantes actuales del grupo furci ferino,
pero sus astas son más grandes y se bifurcan a ángulo recto en dos ra-
1 Lydickkkr, Deer of all Lands, página 291 y siguientes, Lomlon, 1898.
KEV. MUSEO LA PLATA. — T. XXVI
29
— 410
mas, encorvándose la anterior hacia arriba y hacia adelante (lám. í, íig.
(¡) ; de la posterior, quebrada en la base, nada se puede decir. Vecina
especie es Mazama chilensis (antisensis), que ha dejado restos fósiles en
el Ecuador.
En su obra postuma sobre los Ungulados (11)15), Lydekker 1 2 anota en-
tre los sinónimos de Blastóceras Sund. a los géneros creados por Amc-
gliino, Bar aceros, Antifer y JEpieury ceros, sin otro comentario.
Careciendo de la bibliografía indispensable (las obras, ya antiguas,
de Leidy, Cope y sus sucesores), no me es posible seguir páralos ciervos
del continente boreal como para el austral la evolución de los descubri-
mientos de las formas fósiles y dar una completa reseña de ellas. Trou-
essart en sus catálogos ha compilado una lista de las especies boreales
extinguidas, y a su obra remito al lector. Básteme hacer notar al res-
pecto la relativa pobreza de restos de Cérvidos en el terciario superior
de Norte América, que hace que la gran mayoría de las especies fósiles
sean fundadas en restos esqueléticos, dientes sueltos y trozos de corna-
mentas.
Como síntesis se puede consultar la clásica obra de Osborn, The age
of mammals % que en distintos capítulos da cuenta de restos de Odocoi-
leus, o de un posible antecesor pliocénieo, y de Gervus, Alces y Cervalces
pleistocénicos. Tendremos ocasión de volver sobre este argumento al
considerar la aparición cronológica de nuestros propios Cérvidos.
1 R. Lydkkiíkh, Catalogue of tlie Ungulate mammals in the British Muscum (N. H.),
IV, página 186, London, 1915.
En su obra do 1906, Les formations sédimentaires (p. 344), sólo presenta una
enumeración cronológica de góneros reducida a Paraceros, Epieuryceros , Antifer,
U(locoileii8, Hippocamelus y Mazama. De ella se podría deducir, pues, que entonces
Aineghino también consideraba a Cerras y Blasiocerus como sinonímicos de Odocoi-
lens. No ha dado nunca ninguna noticia al respecto.
Acaba de llegar a mis manos la obra de revisión sobre los mamíferos fósiles
de Tanja, que han compilado los paleontólogos franceses M. Boule y A. Théveuin
por cuenta de la misión científica dirigida por Créqui de Monfort et Sénéclial de
la ürange. En un muy corto capítulo que aquellos autores dedican a los Cervidae
(«pág. 168-171), so limitan a citar como representados cu el pampeano y cavernas del
Brasil los géneros actuales Coassus (Mazama), Pudo, Furcifer (Hippocamelus), Blas-
tóceras y Odovoileus, mencionando como mal definidas o próximas de las vivientes, las
especies que Ameghino señalara para aquella localidad \;n 1903 : Hippocamelus incóg-
nitas, Cerras tuherculatus y C. percutías. Sigue un corto capítulo sobre la historia pa-
leontológica de los ciervos sudamericanos a base de la obra de Matthew.
En un reciente trabajo relativo a ios estratos de Miramar (1920), el doctor J.
Frenguelli hace mención en el preensenadensc (chapalmalense) de una especie de
Cerras (Paraceros ?), representada por un fragmento de mandíbula con un molar.
2 F. O.snoüN, The age of mammals in Europa, Asia and Xorth- America, New York,
1910.
411
En resumen, nos encontramos, en cuanto a los Cérvidos fósiles del
Nuevo Mundo, con un sinnúmero de especies, en gran parte mal defini-
das, que es preciso referir a sus géneros propios. En 1885, Lydekker
declaraba que este problema entrañaba una dificultad considerable,
especialmente cuando se trata de los Cérvidos, limitados de ordinario,
cuando extinguidos, a dientes aislados y a cornamentas más o menos
coiu pletas.
Lydekker y Ameghino resolvieron el punto en un modo contradictorio:
éste, creando una buena serie de nuevos géneros y especies; aquél, redu-
ciendo las formas descritas precedentemente a un único género y a al-
gunas especies afines de las actuales.
Probablemente la verdad es equidistante entre ambos extremos. Para
llegar a ella, necesitamos examinar la evolución de la familia; su paren-
tesco con las familias afines, los diferentes criterios taxonómicos que
lian guiado a los mamálogos para repartir los numerosos ciervos actua-
les en irnos pocos grupos principales. Comenzaremos poruña breve revi-
sión de los caracteres de los Cérvidos en general, luego los estudiaremos
en su taxonomía.
II
Cervidae y familias afines
Los Traguloideos, dentro del superorden de los Artiodactyla Sclenodon-
tia aparecen como un grupo de los más homogéneos entre los Ungula-
dos; las familias que lo constituyen, tanto por su probable común origen,
como por su convergente evolución, son tan próximas una de otra que
sus límites mutuos responden en general a la opinión personal de cada
autor. Y especialmente, la delimitación de los Cérvidos con los Traguli-
dac es tan imprecisa (pie ya uno, ya otro de sus grupos secundarios se
suele adjudicar sistemáticamente a entrambas familias, si, para salvar
la dificultad, no se recurre a elevarlos a la categoría de familias propias.
En general, sin embargo, hoy en día los autores considei'an a los Tra-
íl ido ¡dea como representados por tres familias típicas : Cervidae , Tragu-
lidae e Hypertragulidae. La primera con abundantes especies vivientes,
la segunda con un solo género actual y la tercera completamente extin-
guida desde el plioceno.
Antes de emprender la revisión taxonómica de los Cervidae, creo
conveniente fijar sus caracteres esenciales.
Los Cervidae habrían hecho su aparición quizá ya en el oligoceno,
más seguramente en el mioceno inferior, de Eurasia; algo más reciente-
mente en América. Desde entonces el phylum ha producido numerosísi-
412 —
mas formas, buena parte desaparecidas, muchas aún vivientes. Durante
esta larga evolución, sin duda los caracteres propios de la serie se han
ido fundiendo con caracteres de pura adaptación, inevitablemente adqui-
ridos por las migraciones intercontinentales. Este hecho, que por lo
demás es común a todas las ramas de mamíferos, explica las largas
diagnosis con que los mamálogos suelen caracterizar la familia en sus
rasgos actuales; las abreviaremos reduciéndolas a los caracteres osteo-
lógicos esenciales, o sea a los que interesan la morfología del cráneo, el
sistema dentario y las extremidades.
, Cráneo. — Es notable el cráneo de los Cérvidos, sobre todo en las
formas más modernas, por el peculiar desarrollo de ciertos elementos
óseos : lacrimal, nasal, vómer, entre otros; y principalmente por la exis-
tencia de los cuernos sólidos que adornan el frontal, en el cual se in-
sertan por un pedículo o processus frontal-i s. Estos cuernos, deciduos
(epodiocerata) , cuyo desarrollo progresi vo se puede seguir a través de
las épocas geológicas, son aún hoy sumamente sujetos a variación, no
solamente en cuanto al desarrollo en el individuo (masculino siempre,
salvo RangiJ'er), en el cual se van complicando con los años, sino tam-
bién para cada especie.
Entre los huesos de la cara, llama la atención la región del hueso lacri-
mal por el desarrollo excesivo de la fossa lacrymalis en donde desemboca
el canal respectivo por dos forámenes generalmente situados en el pro-
pio margen del hueso. Otra particularidad de la misma región lo es la
extraordinaria extensión que suele tomar la fossa o vacío suborbital (la-
chrymal pit, Uth m o i d a Unclce), limitada por lacrimal, nasal y maxilar, que
comunica con la cavidad nasal, y en vida está cubierta por una sencilla
membrana. .
Igualmente interesantes son las relaciones de las nasales con los pre-
maxilares en las diversas especies pues la articulación entre ambos no
es constante. Pero sobre todo lo es el grado de osificación que presenta
el vómer, que en un grupo de géneros divide, en otros no, los choanae
posteriores en dos cámaras distintas.
Sistema dentario. — Los Cérvidos responden a la fórmula i ^ c ------
3 3
P tt m -• Como todos los rumiantes, carecen de incisivos superiores, a ve-
ces también de los mismos caninos : éstos, regularmente ausentes en
los individuos femeninos, pueden adquirir en ios <f (especies primitivas),
dimensiones tales que semejan grandes defensas encorvadas ; en cambio,
los caninos inferiores son siempre incisiviformes. En cuanto a los mola-
res, selenodontes, son por lo común braquiodontes; pero con tendencia
marcada hacia la hipselodontia (braqui-hipselodontes) en ciertos casos;
además de un esmalte arrugado, suele caracterizarlos la presencia de
— 413 —
mía, pequeña columna, accesoria ( Basalpfcilcr ), colocada en la cara labial
o lingual «le las respectivas muelas inferiores o superiores. En los géne-
ros más recientes lia desaparecido el primer premolar inferior. Las formas
antiguas se lian caracterizado por la existencia, en el molar, de un pliegue
especial, la Palaeomeryxfaltc , inexistente ya en las formas pliocenas.
Extremidades, — Se señalan en la familia por interesantes ejemplos
«le soldadura y reducción adaptativa de los elementos esqueléticos. Proxi-
malmente, la ulna se coosifica con el radio y ¡a fíbula se reduce a un sen-
cillo hueso maleolar que se fusiona más o menos con la extremidad infe-
rior «lela tibia. En el carpo y tarso, son normales en todas las especies
la fusión del os magnum con el trapezoidenvi y la del naviculare con el
cuboideum ; menos frecuente, excepcional, la de éstos con el unciforme ;
en los meta, podios anterior y posterior, los dos huesos medianos (í ií-IY)
se sueldan en todo su largo (cannon-bone) reduciéndose simultáneamente
los laterales (II- Y), y dedos respectivos. Este último proceso de reduc-
ción es desigual en metacarpos y meta tarsos : mientras que éstos han
conservado por lo regular su entera longitud, aquéllos quedan limitados
en las diferentes especies y géneros, ya sea a su porción próxima! (ple-
siometacarpia), ya sea a su porción distal (telemetacarpia).
En las especies vivientes se ha dado importancia taxonómica a la pre-
sencia o ausencia de determinadas glándulas tarso-metatarsales y me-
chones de pelos, como lo veremos más adelante.
La mayoría de los caracteres apuntados, y de otros en que no insisto
por exclusivos de las formas actuales, son, como se puede suponer desde
luego, sumamente variables. Esto ha permitido a zoólogos y paleontólo-
gos desmembrar la familia cervidea en varios subgrupos (Aloschinae, Cer-
vulinae , Cervinae , Gelocinae, Protoceratinae ...), algunos considerados,
como ya lo dije antes, como verdaderas familias y excluidos, por lo tanto,
de la serie principal.
Los Gervulinae que se tienen hoy por equivalentes en evolución a los
+ Palaeomerycinae del mio-plioceno de Europa y Asia (Ampliitragu lus,
Palaeomeryx , Dicroceros , Gervavus), son representados por uno que otro
género arctogeos ( Gervulus , Elaphodus ) que los zoólogos agregan por ¡o
común a los Cervinae ; sin embargo, de ellos se diferencian por el exiguo
o nulo desarrollo de sus cuernos, a lo más dicotóinicos, por, su inserción
en largos pedículos (tipo « dicrocerino »), por la transformación en de-
fensas de sus caninos superiores, por 3a normalidad de la articulación
premaxilo-nasal; en síntesis, por una serie de caracteres primitivos que
permiten mirar a los Gervulinae sensu lato como probables antecesores
de los modernos Ciervos del hemisferio oriental. En común con ellos tie-
nen la plesiometacarpia (metapodios laterales anteriores exclusivamente)
y la incompleta osificación del hueso vomeriano.
— 414
Los Cervinae comprenden todas las formas más evolucionadas de la fa-
milia Procervus, Capreolus, Elaplius, f Megaceros). Se distinguen mor-
fológicamente de los Cervulinos y otros subgrupos por la presencia de
cuernos en general muy complexos en estructura; perla existencia de fosas
lacrimal y suborbital, ambas bien desarrolladas; por la duplicación del fo-
ramen lacrimal; y por la avanzada reducción de los caninos superiores de
los* d*, la cual puede ser basta total. Otros caracteres, pero menos preci-
sos por su variabilidad, son el relativo desarrollo de la rama ascendente
del premaxilar y el del nasal (articulan o no entre sí); la reducción adap-
tativa de los huesos de los metapodios, ya plesio, ya telemetacarpeos; la
fusión de los lmesecillos tarsales;y la osificación completa o incompleta
de la lámina vertical del vóuier. Estos extremos de variación han sido
utilizados muy diversamente por los mamálogos para la distribución
taxonómica de los Cervinae ; lo veremos en detalle más adelante.
Los Moschidae, a que se atribuye representantes muy antiguos (¿oligo-
eenos?) y un único sobreviviente arctogeo, Moschus moschiferus L., care-
cen de cuernos; igualmente carecen de la glándula preorbitaria caracte-
rística de los verdaderos ciervos, y también del vacío suborbital res-
pectivo; a la vez, su canal lacrimal queda reducido a un solo orificio. Los
caninos superiores forman grandes defensas; el intermaxilar articula
perfectamente con el correspondiente hueso nasal. A todos estos carac-
teres primitivos se contrapone la reducción avanzada de los metacarpos
y metatarsos laterales, limitados a sus apófisis distales (telemetacarpia-
telemetatarsia) que, sin embargo, soportan dedos de tamafio normal.
Los tíelocidae (o Gelocinae) quedan reducidos en la actualidad a un
solo género, Gelocus , que se puede seguir en Eurasia hasta el oligoceno
o eoceno superior. Este pequeño grupo es, sin embargo, sumamente
interesante, pues sus caracteres osteológicos propios le hacen interme-
diario entre los Cervidaey Tragulidae , familias con que se le suele reunir
alternativamente; por las íntimas semejanzas que con ellas demuestra,
tanto en su sistema dentario como en sus metapodios, Stehlin ha mi-
rado a los Gelocinae como estrechamente relacionados con los ciervos
europeos, y Schlosser los tenía hasta por sus directos antecesores filoge-
néticos. Fundándose en la ausencia de los cuernos, los zoólogos acercan
más bien Gelocus a los Tragulidae. Una peculiaridad de esta pequeña
familia es la reducción sui generis de los metacarpos laterales, a la vez
plesio-y telemetacarpeos.
Los Tragulidae carecen de cuernos; pero su fórmula dentaria
y la morfología de sus metapodios indican, sino un parentesco, una evolu-
ción paralela con la de los Cervidae en general. Como a éstos, faltan les los
— 415 —
incisivos superiores y los caninos son especializados, los superiores como
grandes defensas, los inferiores como incisivos. Si los primeros premolares
no lian desaparecido aún completamente en todos los géneros vivientes,
suelen faltaren aquellos tipos más progresivos; los otros premolares,
alargados, comprimidos lateralmente, están reducidos a coronas cortan-
tes; salvo el Pjh4, los molares son cuadrituberculares, y en los superio-
res hay un fuerte cingulum basal. En los metapodios es visible la misma
influencia adaptativa que en los Cervidae; los medianos son mucho más
robustos que los colaterales, y muestran tendencia a fusionarse en un
solo cannon-bone — en ciertos géneros son separados, en otros se suel-
dan, — mientras que los últimos se van paulatinamente reduciendo. En
los más antiguos Tragúlidos que se conocen para el oligoceno en Europa
(\ Cryptomeryx), todos los metapodios son aún completos, pero desde el
mioceno superior y plioceno, con el género f Dorcatherium, aparecen sol-
dados los mctatarsos centrales (III-IV), quedando los metacarpos libres.
Los huesecillos cárpales y tarsales muestran las mismas características
que en los Cervidae en cuanto a relaciones mutuas : se sueldan, espe-
cialmente el cuboideo y navicular, y luego los cuneiformes. Un carácter
aberrante sería el de la ulna, que se comporta diversamente que en los
Cérvidos: en los Tragulidae nunca se suelda con el radio (Tragulus).
Los Hypertragulidae americanos son muy vecinos de los Tragúlidos
eurasiáticos; tan vecinos, que en otra época se ha creído que éstos hubie-
ran llegado al nuevo continente durante el neogeno. Hoy se ha desecha-
do este origen migratorio reciente para los Hypertragulidae y se les con-
sidera como una familia esencial y exclusivamente norteamericana —
algunos opinan hasta que autóctona, otros lo discuten, — representada
desde el eoceno superior u oligoceno inferior por tres o cuatro phyla, uno
de los cuales sería, en opinión de Osborn, Matthew, etc., el tronco de ori-
gen de los Cérvidos actuales de Norte y Sud América.
Los primeros Hipertragúlidos carecen de cuernos ( f Leptomeryx , f Blas-
tomeryx) ; pero en las formas más evolucionadas (miocénicas) aparecen
en el mismo modo, sencillos, deciduos, y siempx-e recubiertos por la piel
como en los primitivos Cervulinos, no pasando del tipo bifurcado. Otros
caracteres comunes con los Cervidae son : la presencia de una fossa subor-
bitalis, la desaparición de los incisivos superiores y reducción progresiva
de los correspondientes caninos, generalmente pequeños; la transfor-
mación de los inferiores en incisivos, la braquiodontia de los molares
cuadrituberculares, etc. En lo que atañe a los metapodios, se nota pri-
meramente la fusión de los medianos posteriores en un cannon-bone , a la
vez que la reducción progresiva de los dedos laterales y la soldadura de
ciertos huesecillos tarsales (cuboideo, navicular, cuneiforme 2 -f- 3). Con
posterioridad a, parece, en las especies de Blastomcryx, la fusión íntima
de los metacarpos III y IV y, en el carpo, del trapezoideo y magno; pero
— 416
contrariamente a lo que se ve en los Cervidae , los metacarpos laterales
son siempre bien desarrollados. Al mismo tiempo la ulna, como en los
Tragulidae , queda libre respecto al radio.
Según Sclilosser, el único carácter diferencial entre Ilypertra g u lidae
y Tragulidae consistiría en la ausencia, en los molares inferiores de los
primeros, de un cierto pliegue interno del metaeónido y medialuna an-
terior. Además de similitud con los Cervidae y Tragulidae, los Hypertragu-
lidac parecen tener íntimas relaciones en los Camelidae, y Mattliew los ba
considerado como posibles antecesores de todos los Pécora.
III
Taxonomía de los Cervinos
Los tratados de mamalogía de otras épocas comprendían a la mayoría
de las formas cervinas dentro del viejo género lineano Cerras. Ayudada
por la paleontología, la moderna zoología ha ido poco a poco disociando
ese artilicial assemblage de formas, reconociendo las diferencias funda-
mentales que separan las numerosas especies y sobre todo poniendo de
manifiesto, aunque bien lentamente, las afinidades de los ciervos actua-
les y fósiles.
La sistemática moderna de la familia Cervidae data de unos cuarenta
años; su objeto mediato ha sido sin duda determinar, a base de inves-
tigaciones anatómicas, el parentesco de las tan abundantes especies y
variedades vivientes. No se puede decir que en ese sentido se haya
arribado aún a un resultado enteramente satisfactorio, pero hay que
reconocer que no han escaseado los ensayos taxonómicos que trataran
de solucionar tan interesante problema.
Hoy este asunto se relaciona íntimamente con las hipótesis filogenéti-
cas que los autores norteamericanos y europeos han ofrecido en cuanto al
origen de los Cervidae , generalmente considerados como una serie poli-
filética. Por lo mismo, resulta interesante seguir los esfuerzos de los zoó-
logos y considerar cuál es el valor científico de los diversos criterios
sistemáticos que los lian guiado hasta la fecha. Desgraciadamente, es
éste un tema que no puedo agotar : la escasez bibliográfica a que me he
tenido que ceñir en todo el curso de mis investigaciones, me obliga a
hacer sólo una reseña «le las más conocidas tentativas de clasificación.
Bastará ello, sin duda, para mostrar la evolución de las ideas sistemá-
ticas aplicadas a los Cervidae.
Aunque en la generalidad de las obras modernas ha sido adoptada la
clasificación llamada de Broolce, el punto de partida de la taxonomía ac-
417
tual parece ser el Catálogo de rumiantes, publicado por sir Edward Gray,
en 1872 '.
Desde 1830, Gray liabía llamado la atención de los mamálogos sobre
la posición en la cara externa del metatarso, y en la posterior del tarso
de los ciervos, de ciertos mechones de pelos relacionados al parecer con
la presencia de determinadas glándulas y en modo especial con la glán-
dula metatársica. En el dicho Catálogo pone a contribución este carácter
externo (pie resulta, con otros, diferencial para Cervinos y Cervulinos, y
subdivide aquéllos en tres grandes grupos, que se puede denominar:
Io Ciervos propiamente dichos (curas i áticos); 2o Ciervos norteamericanos ;
3o Ciervos sudamericanos.
I. Cotí glándula metatarsal colocada arriba de la mitad de la cara externa del
metatarso. Cervus : Elafinos, Rusinos, Capreolinos.
II. Con glándula metatarsal colocada debajo de la mitad de la cara externa del
metatarso. Cariacos , Fucervus.
III. Sin glándula metatarsal externa.
Blastóceras, Furcifcr, Xcnelaphus, Coassus, Pudu.
Aparte de este carácter puramente apreciable en las especies vivien-
tes, Gray había adoptado una serie de otros rasgos morfológicos o ana-
tómicos que le permitían ante todo separar del género Cervus L., los tres
afines Alces , Jtangifcr y Ccrmlus, y de ellos hacer los tipos de otras tan-
tas familias en el orden de los Cap r col i. Estos caracteres primordiales
son :
La conformación de los cuernos;
El desarrollo de los caninos;
La forma de la parte anterior del cráneo (cavidad nasal) y de la arti-
culación premaxilo-nasal ;
La longitud de la cola.
Agrupando todos estos caracteres, Gray construye las diagnosis de
sus 4 familias de Ciervos, resultando, en síntesis, el siguiente cuadro
taxonómico :
Alcadae : Cuernos extendidos o palmeados ; nasal muy corto ; cavidad nasal muy
grande. Gén. Alces, con cuernos desprovistos de mogote ocular basal an-
terior.
Bangi/eridae : Cuernos palmeados en su extremidad y provistos de un grande
mogote ocular basal anterior : cavidad nasal de dimensiones moderadas ;
maxilar reducido, alcanzando apenas el hueso nasal. Gén. Bangifer.
Cérvidas : Cuernos bien desarrollados ; cavidad nasal moderada ; caninos pe-
1 J. E. Ge. a Y, Catalogue of ruminant Mammalia (Pécora L.) in the British Museum,
páginas 65-99, Lomlon, 1872.
— 418 —
queíios, rudimentarios ; premaxilar articulando generalmente con el nasal :
cola corta o alargada.
Cervulidae : Metatarso sin glándula externa; caninos exsertos ; cola alargada.
El examen de estas diagnosis, que presento abreviadas, revela el valor
excepcional que los cuernos tienen en opinión de Edward Cray para la
distribución sistemática de los Cervidae; este valor es aún lnás manifies-
to cuando se considera los caracteres diferenciales que da para los sub-
géneros de Cennis ( Cervidae sensn st victo) :
I. Glándula metatarsal proximal (ciervos del hemisferio oriental) :
Cuernos en general redondos y erectos, provistos de 1-2 mogotes ocu-
lares básales, anteriores, muy próximos a la base Elafmos.
Cuernos subcilíndricos, ramificados en su porción superior (Panolia,
liucervus) o simplemente bifurcados (Rusa, Ilyelaphus , Axis), provistos
de un único mogote ocular anterior basal, sin mogote mediano y sopor-
tados por un pedículo más bien alargado Rusinos.
Cuernos desprovistos de mogote ocular basal anterior, naciendo la
primera ramificación a considerable distancia de la base Capreolinos.
II. Glándula metatarsal distal (ciervos norteamericanos) :
Cuernos con o sin mogote subbasal interno, y diversamente ramifica-
dos Cariacinos.
III. Glándula metatarsal ausente (ciervos sudamericanos) :
Cuernos sin mogote ocular anterior basal, erectos, bifurcados o sen-
cillos y rudimentarios, a veces provistos de mogotes cónicos (anomalía)
Blastoccriuos, etc.
La taxonomía ulterior de Gray se funda en los caracteres de la cola
(longitud y aspecto) y del pelaje, a la vez que en la forma, distribución
y dirección de los mogotes en las cornamentas. No creo necesario insis-
tir en ella.
Los sucesores de Gray no lian consagrado sus grandes divisiones en
familias distintas de los Cérvidos para los Aleúdeos y liangiféridos, que
lian vuelto a ocupar su puesto al lado del gran grupo Cervus ; pero, en
cambio, debidamente aprovechadas lian sido sus otras indicaciones sis-
temáticas.
El primero que las puso a contribución fué Garrod *, en 1877, sino
para fundar un cuadro de clasificación, por lo menos para demostrarlas
afinidades de géneros y especies cervinas. Garrod insiste en el valor que
para su debida clasificación tienen la posición proximal o distal de la
glándula metatársica y el desarrollo tan variable del intermaxilar en
relación con la articulación nasal; pero va más lejos que Gray en el sen-
1 a. ir. g aiíhod, Notes on the visceral anatomy and osteoloyy of the ruminants, in Pr.
Zool. Soc. London, 1877, páginas 2-18.
— 419 —
tirio filogenético rio la sistemática y trata rie hallar un parentesco entre
las especies zoogeográl! cántente aisladas; estudia con atención la ana-
tomía riel cráneo rie los ciervos y señala por primera vez el diverso des-
arrollo que corresponde al liueso vomeriano.
El trabajo rie Garrori no fue apreciado como merecía, pero no escapó
el valor rie esas investigaciones a Brooke que años más tarde buscara
rie fundar una sistemática natural rie los Cervidae. Al discutir las afini-
dades indicadas por Garrori, Brooke examina con detención los caracte-
res anatómicos que eran base de aquéllas. Mas los pospone a otras con-
sideraciones morfológicas que descubre en el esqueleto de las extremi-
dades anteriores, las cuales responden justamente a la diversa reducción
adaptativa de los metapodios colaterales y se relacionan con el fenó-
meno de la plesiometacarpia y telemetacarpia.
De acuerdo con ese carácter principal, Brooke 1 divide los Cervidae en
tres grupos, uno de Plcsiometacarpi y dos de Tclemciacarpi, completando
sus diagnosis con caracteres indicados anteriormente por Gray y Ga-
rrori, y que en su orden de importancia son los siguientes :
1. Reducción, proximal o distal, de los metacarpos laterales (Brooke).
2. Osificación completa o incompleta del vómer (Garrod).
3. Posición proximal o distal de la glándula metatársica (Gray).
4. Articulación efectiva o no del premaxilar y nasal (Gray Garrod).
En opinión de Víctor Brooke, son caracteres secundarios y pueden
únicamente utilizarse para la distinción de géneros, subgéneros, especies
y variedades, aquellos que suministran: la forma de los cuernos, la confor-
mación del cráneo, el aspecto del rhinarium (hocico), la coloración del pe-
laje, la posición y grado de desarrollo de las glándulas cutáneas, etc.
El cuadro taxonómico original de Brooke es el que sigue :
A. Plcsiomctacarpi :
Extremidades proximales de los metacarpos laterales subsistentes.
Porción posterior de la cavidad nasal no dividida por el vómer en dos
cámaras distintas. Mechón de pelos de la cara externa del metatarso,
cuando existente, colocado arriba de la mitad del hueso. Mechón de la
cara interna del tarso siempre ausente. Ramos ascendentes del interma-
xilar articulando generalmente con los nasales respectivos.
Cérvidas, Elaphodns , Cervus, Dama.
B. Tclemciacarpi:
Extremidades distales de los metacarpos laterales subsistentes. Por-
ción posterior de la cavidad nasal no dividida por el vómer en dos cá-
maras distintas. Mechón metatársico externo, cuando presente, situado
arriba de la mitad del hueso. Hydropotes, Caprcolus , Alces.
1 V. Buookic, Oh (he classification of the Cervidae, in Croe. Zool. Soc. London, 1878,
páginas 883-928.
— 420
C. Telemctacarpi :
Extremidades distales de los metacarpos laterales persistentes. Por-
ción posterior de la cavidad nasal dividida por el vómer en dos cámaras
distintas. Mechón metatársieo, cuando existente, situado debajo de la
mitad del hueso. Mechón társico interno a menudo presente. hamos as-
cendentes del premaxilar no alcanzando generalmente los nasales.
Cariacus, Pudua, Pangifer.
La indiscutible superioridad de la clasificación de Broolce, comparada
con las anteriores, sedujo a los especialistas casi sin excepción; la en-
contramos vulgarizada en los tratados de Flower & Lydekker (¡891),
Max Weber (1904), Osborn (1911), etc., pero modificada en un modo tan
fundamental que, teniendo presente sus antecedentes, aparece totalmen-
te desfigurada; en efecto, los autores modernos han hecho abstracción de
los caracteres que Gray y Garrod transmitieran al sistema de Broolce,
o los han tenido por puramente accesorios. El resultado de esta simpli-
ficación es la reducción a dos de los tres grupos básicos, Plesiometacarpi
y Tclemetacarpi. Al parecer lógica, sin embargo trae como consecuencia
la destrucción de las correlaciones anatómicas y zoogeográficas que ha-
bían guiado al autor, y una seria confusión en lo que concierne el paren-
tesco filogenético de los ciervos eurasiáticos y americanos, que había
entrevisto Garrod, quizá ya el mismo Gray.
Como ejemplo de la evolución de la clasificación de Brooke, evolución
que podemos pues, desde luego, tachar de errónea, se puede elegir el
cuadro sistemático que ofrece la obra de Weber para los Cervinue 1 :
A. Telemetacarpalia :
Metacarpos de los dedos laterales reducidos en su parte proximal a
una tuberosidad nodular que se suelda al cannon-bone , bien desarrolla-
dos en su porción distal, lo mismo que las falanges. Generalmente (sal-
vo en Capreolus, Alces c lígdropotes) el vómer se osifica y prolonga ha-
cia aboral, dividiendo los choanac posteriores en dos cavidades. Los
premaxilares no articulan o articulan con el nasal respectivo.
Gén. ¡Iijdropotes, Cariacus, Furcifer, Blastóceras,
Coassus, Pudua, Capreolus, Pangi/er, Alces.
B. Plesiometacarpalia :
Sus metacarpos laterales persisten como huesos estiloideos. El vómer
no se osifica suficientemente como para dividir en dos cavidades los
choanac y el premaxilar articula casi siempre con el nasal.
Cervulina : Cérvidas, Elaphodus.
Cervina (?) .• Cerras, Dama , Axis, Pasa, Pseudaxis,
Puccrvus, Elaphurus.
1 M. WicBEli, l)ie Stiugetiere. Ein/ührung in die Anatomie nuil Systematik der rezenter
and fossilen Mammalia, página 665 y siguientes, Jena, 1904.
— 421
Esta no es la única transformación que lia sufrido la clasificación broo-
kiana en manos de zoólogos y paleontólogos; pero antes de examinar
esas otras derivaciones, conviene llamar la atención sobre el sistema
morfológico que en 1892 propuso, en la revista Ficld, Sir Gordon Ca-
meron
No puedo decir cuál baya sido el origen de la clasificación de Carne-
ion, ni tampoco cuál la razón que le lia llevado a repudiar las aleas
taxonómicas dominantes entonces; su obra no está a mi alcance, pero
bastan las breves referencias de Pocock a su respecto, para sospechar
que lia descartado toda consideración anatómica para cefiirse a los ca-
racteres que podían proporcionarle los cuernos y otros órganos exter-
nos. Desgraciadamente le lian bastado para dar forma a ciertas ideas
filogenéticas que lian resultado completamente equivocadas.
En cuanto a las cornamentas de los Ccrvidae, Cameron se guía por
tres criterios :
1. Su presencia o ausencia en los dos sexos;
2. Su posición respecto del cráneo;
3. Su tipo de ramificación y la situación de la rama ántero-inferior.
Los dos primeros caracteres le permiten reconocer tres secciones prin-
cipales de Córvidos, que recuerdan la clasificación en familias de Gray:
I. Jlangifer : Con cuernos en ambos sexos ;
II. Alces : Con cuernos en cf, extendidos lateralmente respecto del cráneo;
III. Ciervos propiamente dichos : Con cuernos solamente en el sexo masculino,
erectos o suberectos.
Esta tercera sección abarca, pues, el stock de los Cervidae; Cameron
le lia subdividido en consideración al tipo de ramificación que muestran
los cuernos y principalmente de acuerdo con la presencia o la ausencia
de un mogote ocular, brow-tine, en la baso del cuerno :
Subsección A (cierros del viejo mundo) : Cuernos con brow-tine ; rama prin-
cipal ramificada : Cervus , Cérvidos...
Subsección B (ciervos americanos, Cagireolus, Elaphurus): Cuernos sin brow-
tine; rama principal bifurcada.
En definitiva, como dice Pocock, y aquí traslucen las ideas filogené-
ticas a que hiciera referencia anteriormente, Cameron admite en los Cer-
vinos cuatro grupos principales, que podrían designarse como:
A. Rangif crino : correspondería a un tipo primitivo por la temprana
aparición en el individuo de los cuernos existentes, además, en ambos
sexos;
1 Am.an Goudon Camicron, The Field, 1892 (citado por Pocock).
— 422
B. Alcino, igualmente primitivo en razón de la singular posición late-
ral de los cuernos sobre el cráneo;
O. Car ¡atino (americano) representante de un phylum caracterizado
por sus cuernos bifurcados o dicotómieos sin verdadera brote-tiñe (rama
ocular);
D. Cervino (eurasiático), más evolucionado, con cuernos más o me-
nos complexamente ramificados siempre provistos de un mogote ocular
basal.
Los fundamentos de la clasificación de Cameron lian sido discutidos
por Pocock desde 1910 1 ; este autor los tiene por erróneos, no obstante ha-
ber sido apoyados por Sir Richard Lydekker en su célebre obra Deerof all
Lands. Veremos más adelante cuáles son los argumentos de que se vale
Pocock; por el momento bástenos examinar el sistema taxonómico que él
mismo propone volviendo a las características osteológicas que habían
aducido Garrod y Brooke.
Pocock adopta las dos grandes divisiones que propician los secuaces
de Brooke, dando pues a la telemetacarpia y plesiometacarpia un valor
primordial; opone de esta manera a los Cervinae, los Capreolinae, cuyo
género típico es Capreolus , pero que comprenden además las formas
americanas. Una y otra subfamilias se subdividen primeramente según
el grado de fusión de los huesecillos del tarso y la presencia o ausencia
de glándulas tarso-meta tarsales ; entra además en consideración entre
los ciervos telemetacarpeos el grado de osificación del vómer. El cuadro
taxonómico de Pocock sería el siguiente:
TelemetacarpaUa (Capreolinae) :
Naviculo-cuboideo soldado con el cuneiforme, sin glándula pedal,
tarsal, ni metatarsal Pudu.
Naviculo-cuboideo
no soldado con
el cuneiforme;
glándula pedal
presente.
Vómer com-
pleto
Vómer incom-
\ pleto
a) con glándula me- [ Eucervus,
tatarsal ( Doreelaphus.
¡Jllastocerus , llip-
, ,,
))OC(l1)lCl 118 . 1(1-
[ c) con glándula me- f
\ tatarsal pequeña )
(a) con glándula me- (
tatarsal )
b) sin glándula me- ^
1 tatarsal )
f c) con glándula pe- i
quena o ausente )
Hanyifer .
Capreolus.
l¡!/dropotes.
A lees.
* 11. J. Pocock, On the specializcd citlaiteous <j lands of Ituminanis ¡/ On antler-groceth
of the Cervidae, etc., in Croe. Zool. Soc. London, 1912.
423
Plesiometacarpalia (Cervinne) :
Navieulo-cuboidco soldado con el cuneiforme ..... Cervulus, Elaphodus.
Navicnlo-cuboideo no soldado con el cuneiforme. . . Ccrvus , Dama , Ela-
pliurus, etc.
La clasificación propuesta por Pocock es, pues, una derivación del
sistema de Brooke; ¡o mismo sucede con el cuadro taxonómico que en
su obra sobre evolución de los mamíferos (1910), nos da el paleontólogo
Osborn ', quien adopta directamente ese sistema con la única diferencia
del aislamiento de los Cervideos (plesio y telemetacarpeos) de los
grupos primitivos Ccrvulinae y Moschinae.
Un criterio semejante manifiesta Seldosser en el Manual de Paleonto-
logía de Zittel (edic. 1911) 5 : considerando la morfología de los cuernos,
la de los dientes y la de las extremidades, este autor reparte los Cérvi-
deos propiamente dichos en tres subfamilias :
Moschinae, sin cuernos, con grandes caninos superiores en forma de defensas,
y tres premolares, y los metapodios anteriores y posteriores reducidos a
su porción distal ( Moschus , Hydropotes) ,
Ccrvulinae, sin cuernos o con cornamentas dicotómicas soportadas por un largo
pedículo, deciduas en las formas más recientes, con grandes caninos supe-
riores en forma de defensas, y con metapodios anteriores generalmente
plesiometacarpeos, rara vez telemetacarpeos ( f Amphitragulus, \ Dremo-
therium , f Palaeomeryx, f Dicrocerus, f Cerraras, Cervulus).
Cervinne, con cornamentas deciduas, varias veces dicotómicas, soportadas por
un corto pedículo, con caninos superiores pequeños o nulos, y con meta-
podios anteriores plesiometacarpeos (en los ciervos del viejo mundo) o te-
lemetacarpeos (en los ciervos americanos, exc. Cervus canadensis) : Alces,
Eangifer, Cervus, Capreolus, Elaphurus, Odocoileus, Blastóceras, llippoca-
melus, Mazama).
Es conveniente hacer notar que en el cuadro de Seldosser el carácter
principal de la clasificación de Brooke — la plesio-telemetacarpia — ha
sido relegado a un lugar accesorio, respecto de los caracteres que pro-
porcionan las coi’namentas y el sistema dentario.
La última tentativa de clasificación de los Cervidae es la que Sir Ki-
chard Lydekker 1 * 3 parece adoptar en el Catálogo de los Ungulados del
British Museum, que apareció con posterioridad a su fallecimiento; pre-
cediendo al cuerpo de la obra, un cuadro o « clave » de los géneros de
1 OsnoitN, The age of mammals, etc., página 551 y siguientes.
* Schi.OSSIíh, Sangetcre in JTandbuch der Palaeontologie, página 276.
3 R. Lydickkei?, Catalogue of the Ungulate mammals in ihe British Museum, etc., IV,
páginas 7-8, 1915.
— 424 —
Cérvidos nos permite hacernos una idea de las opiniones taxonómicas
de Sir Richard Lydekker, que parece aún inspirarse en la clasificación
de Carne ron, propiciada en su obra anterior; por los caracteres de las
cornamentas él constituye tres grupos principales de Cervidae que
responden a los géneros Hydropotes y Jlangifer y a los. Cervinos en
general; de éstos separa los CervuUnos por el desarrollo de los caninos
superiores :
I. Cuernos ausentes tanto en o* como en la 9- Hydropotes.
II. Cuernos presentes en o* y 9- Bangi/er.
III. Cuernos presentes en <j*, ausentes en la 9*
A. Caninos superiores en forma de defensas.
Cervulinae ( Muntjacus , Elapbodus).
B. Caninos superiores de dimensiones normales o nulos.
Cervinae ( Cernís , Mazama).
Para fundar las subdivisiones ulteriores, Lydekker ha adoptado los
puntos de vista de Pocock, respecto de la soldadura de los huesos tar-
sales y glándulas del pie; de Brooke, sobre plesio y telemetacarpia; de
Cameron, sobre posición de la ramificación anterior en las cornamentas
(brote -Une o subbasal snag : mogote ocular basal o subbasal); de Cray,
sobre longitud de la cola, etc.
Combinando la clave preliminar con la distribución de géneros y sub-
géneros en el Catálogo , se obtendría el siguiente cuadro taxonómico :
1. Cuernos generalmente existentes en el nunca en la 9-
A. Caninos superiores en el o*, en forma de defensas :
Cuernos ausentes; navicular soldado con el cuboideo,
cuneiforme libre.
Cuernos relativamente pequeños, insertos en largos pe-
dículos; navicular soldado con el cuboideo y el cu-
li.
| 1 . Hydropotes.
) 2. Muntjacus.
. . \ 3. Elaphodus.
neitorme. ]
Caninos superiores en el cf, cuando presentes, nunca desarrollados en
forma de defensas :
Plesiometacarpi
o con meta-
carpos latera-
les ausentes.
Cuernos palmeados j
Can. sup. ausentes. 1
Cuernos no franca-
mente palmea-
dos. Can. supe-
riores general- ’
mente presentes
Cuernos bifurcados a cierta distancia
de la base, con el mogote anterior
también bifurcado. Cola larga.
Cuernos con un mo-
gote ocular basal
o subbasal y otros
dos mogotes pol-
lo menos. (Cola
corta o mediana.)
L
4. Dama.
Cervus.
(i. Elaphurus.
— 425 —
3
¡o
i ’pL
! S
'3
¡>
£
e
Navicular y cu-
boidoo solda-
dos, cunei-
forme libre.
Glándula metatarsal nor-
malmente presente, tar-
sal siempre desarrollada;
cuernos complexos con
mogote subbasal y rama
anterior déla bifurcación
principal desarrollada a
expensas de la posterior.
Cuernos bifur-
cados, dico-
tonneos, sin
mogote sub-
basaí y con
Glándulas I más de dos
metatar- 1 mogotes en
sales au- 1 total .
sentes. | Cuernos sim-
plementebi-
furcados.
Cuernos senci-
llos, en for-
ma de daga.
7. Odocoileus.
8. Blastocerus.
9. Uippocamelus.
10. Mazama.
Glándulas metatarsales, tarsales y
pedal ausentes. Cuernos dimi-
nutos
43
5
'S
>
Navicular, cu
boideo y cu
nei forme sol
dados .
Cuernos con tres mogotes, divergentes de la
sutura mediana frontal en + 40°. Glándu-
1 las faciales ausentes. Cola rudimentaria, etc. )
Cuernos con mogotes múltiples, a menudo palmea- 'j
11. Pudit.
I
12. Capreolus.
13. -4/ccs.
dos, divergentes de la sutura frontal en + 90°.
\ Glándulas faciales presentes. Cola corta, etc. )
Cuernos existentes en el cf y en la Q. Telemetacarpi. Vómer completo.
14. Bangi/er .
IV
Sistemática y morfología
Del breve examen histórico a que hemos sometido la taxonomía actual
de los Ciervos, resulta evidentemente que los autores han respondido en
general a dos principales ideas directrices : unos han seguido un criterio
prevalentemente morfológico (Cray, Cameron, Lydekker) ; otros han ape-
lado a fundamentos anatómicos (Garrod, Brooke y sus sucesores).
Los morfólogos se basaron en caracteres externos de las cornamentas,
del pelaje, del sistema glandular, del apéndice caudal, etc. Los anato-
HKV. MUSEO LA PLATA. — T. XXVí
30
mistas dieron, en cambio, preferencia a los rasgos internos diferenciales
que proporcionaban el cráneo y los inetapodios. Veamos cuál es el valor
sistemático de unos y otros.
GLÁNDULAS DE LAS EXTREMIDADES
La presencia y ausencia de estos órganos cutáneos, y su variable des-
arrollo, son caracteres que han sido utilizados en la taxonomía cervina
antes por Gray ', y recientemente por Pocoek % quien otorga una singu-
lar importancia al sistema glandular del tarso, metatarso y pie. En su
última clasificación (año 11)15), Lydekker 1 * 3 ha puesto igualmente a con-
tribución este carácter puramente exterior, y, como Pocock, llega así
a aislar el género Pudú de todos los demás ciervos telemetacarpeos y a
subdividir el grupo neártico en dos o tres series.
Sin embargo este sistema glandular de las extremidades en los Cerri-
dae no ofrece la constancia que sería dado exigir para que con él fuera
posible establecer una clasificación natural. En no pocas especies, en
efecto, esas glándulas son rudimentarias, de modo que la verificación de
su presencia o ausencia depende de atentas investigaciones que habría
que llevar a cabo en numerosos individuos. Y no faltan los casos de géne-
ros, tan íntimamente vinculados por caracteres más salientes, y que en
consideración de su sistema glandular se debería separar definitivamen-
te : ejemplos lo son Pudu, Mazama, Blastocents, Odocoileus, etc.
MECHONES DE PELOS TARSALES Y METATARSALES
Gray que propuso este criterio distintivo de los Cervinae, lo relacio-
naba con la presencia y posición de las glándulas metatarsal y tarsal ;
si esta relación es exacta y constante, el valor de este carácter sería el
mismo que el de las respectivas glándulas adoptado por Pocock. Si bien
no se le puede, pues, reconocer el valor exagerado que le han atribuido
los mamálogos morfólogos del siglo pasado, hay que tener presente, como
lo hizo notar Garrod ‘, que muestra una coincidencia sugestiva con los
caracteres de la osificación del vómer y otros rasgos del cráneo.
Desgraciadamente, como carácter puramente externo al igual que el
sistema glandular, y sin relación con el sistema óseo, carece de todo valor
cuando se quiere aplicar a las formas extinguidas. Por lo mismo, no puede
ser el fundamento definitivo e indiscutible de una clasificación natural.
1 (i hay, Catalogue of ruminant Aíammalia, página (!5.
* R. .1. Pocock, Oh the specializeil cutaneous glauds of ruminaiits, 1010.
3 R. Lydkkkkr, Catalogue of the Ungulate mammals, tomo IV.
‘ A. H. Gaiírod, Afotes on the Visceral anatomy, etc., página 16.
— 427
LONGITUD DE LA COLA Y ASPECTO DEL MECHÓN CAUDAL
La cola en los ciervos es de varia longitud; igualmente es variable en
ella la distribución del pelo que la reviste. Gray que ba anotado estos
extremos de variación, les dió una importancia extraordinaria dividien-
do los ciervos de ambos continentes en dos series 1 :
a) De cola corta: Cervus, Panolia, Rucervus, Rusa, Capreolus, Elaphu-
rus, Blastóceras ;
b) De cola larga : Pscudaxis, Pama, Hyelaplius^ Axis, Cari acus.
Lydekker, en su obra postuma, recoge de Gray este criterio diferencial;
sin embargo, hay que argumentar en contra de este carácter, igualmente
aplicable a las solas formas vivientes, que separa géneros muy próximos
como ser Odocoileus y Blastóceras, en nuestro grupo americano.
Menor valor taxonómico puede darse aún al mechón de pelos cauda-
les, indudablemente.
CANINOS SUPERIORES
Los caninos superiores, en los individuos masculinos de los Ccrvidae,
suelen adquirir un desarrollo extraordinario en aquellas formas que se
consideran como más primitivas, por ejemplo las especies de Ccrvulus y
Elaphodus. De allí la aparente relación que se nota entre la presencia de
caninos tuslc-like — a modo de defensas — y la ausencia o escaso des-
arrollo de las cornamentas.
Las formas extinguidas del terciario europeo se caracterizan, justa-
mente, por el desarrollo de sus caninos superiores; entre los Cérvidos
americanos, Matthew 2 considera que los caninos superiores han sufrido
una reducción progresiva desde su supuesto antecesor mio-pliocénico,
Blastomeryx, reducción que en los respectivos géneros actuales ha lle-
gado a ser total, o casi total, ya que estos caninos no aparecen sino en
la dentición de leche (Mazama, Odocoileus).
El extraordinario desarrollo de los caninos superiores puede caracte-
rizar únicamente la subfamilia Cervulinae frente a los evolucionados Cer-
vinae ; si se quiere utilizar la presencia de los caninos superiores para
distinguir los géneros recientes, se obtiene resultados nada decisivos,
pues no solamente los géneros vecinos se comportan muy diferente-
mente, sino también las mismas especies dentro de un mismo género.
Burmeister ha señalado, por ejemplo, la presencia de caninos supe-
1 Giíay, Catalogue of the rnminant Mammalia, página 65.
* W. D. Máttiikw, Ostcology of Blastomeryx and phylogcny of American Cervidac,
in Bull. Amer. Mus., XXIV, 1908, página 535-562.
428 —
riores tardíos en Blastocerus paludosas y su ausencia en Bl. campestris.
Según Lydelcker carecen de caninos superiores los géneros:
a) Del hemisferio oriental : Caprcolus, Dama ; los tienen, maso menos
desarrollados: Axis , Ilusa, (Jervillas, Mlaphodus , Hydropotes ;
b) Del hemisferio occidental : Mazama (en adulto!), Puilu, Blastocerus,
Odoeoileus, Alces ; los tienen Hippocamelus (no siempre), Bangifer (en
C? y 9, como los cuernos).
Basta considerar esta lista, tan incompleta, para negar todo valor sis-
temático a este carácter evolutivo, por lo menos tomado aisladamente.
MOLARES
Riitimeyer1 2 lia estudiado especialmente el sistema dentario y la confor-
mación del cráneo de los Cérvidos; desgraciadamente las investigacio-
nes del célebre paleontólogo suizo han versado, para los grupos america-
nos en particular, sobre un número exiguo de ejemplares : quizá esta
circunstancia explique porqué Rütimeyer no ha conseguido anotar sino
estadios de evolución más bien que características del sistema dentario
de los ciervos considerados en sus diversos grupos : los Goassina, por
ejemplo, se relacionarían, por la morfología de sus molares, con los Cer-
val i na ; Odoeoileus, Blastocerus e Hippocamelus mostrarían, en loque
concierne los molares, afinidades con los verdaderos ciervos holártieos
(Capreolus, Dama , etc.). En cambio, Bangifer y Alces , y especialmente
este último, ocuparían un lugar aislado frente a todos los Gerridae .
Posteriormente a Iíütiineyer ningún mamálogo se lia ocupado del sis-
tema dentario de los ciervos, salvo para fundar algunas consideraciones
íilogenéticas (Schlosser, Mattliew). Los sistemáticos se han limitado a re-
gistrar la presencia en ciertos géneros de una pequeña columna accesoria
en los molares superiores e inferiores; la presentan Basa, Bucervus, Axis,
Odoeoileus, Mazama, pero puede también faltar, quizá de acuerdo con la
edad de los individuos. Es un carácter que necesitaría ser investigado
con mayor detención y en series suficientemente numerosas; en la actua-
lidad, nose puede otorgar gran valor sistemático a las escasas noticias
que al respecto registran las descripciones.
La hipselodontia y braquiodontia de los molares tampoco pueden
servir de base a una clasificación, pues la braquiodontia es aún dema-
siado general en todo el grupo, y la hipselodontia excepcional.
1 It. Lvdkkkiík, Catalo/jue of tlie Unguhile mammals, 1915.
2 G. RUtimicyich, NatiirUche Geschichte (lev llivsche, in Abh. der Sch veizev paliionl.
Geselhchaft, Ziirich, 1880-83, tomos VII-X.
— 429
VíÉUEll
En 1877. Garro ti 1 Lacia expresamente remarcar que el cráneo de los
Cérvidos muestra caracteres que coinciden en su diferente comporta-
miento con la distribución geográfica de las especies actuales (fig. 2).
En todos los ciervos del viejo mundo, dice (págs. 12 y 13) con excep-
ción del reno, el hueso vomeriano no es tan osificado como para dividir
las fosas nasales posteriores en dos orificios distintos, mientras en Jian-
(jifer y todos los ciervos del nuevo mundo, salvo A lees y Cervus canaden-
sis , tal división es completa. Es que en este último caso el vómer está
Fig. 2. — Corte longitudinal del cráneo de Hippocamchis ehilensis (la línea de puntos indica
el contorno del vómer en el grupo de los siervos euroashUicos)
completamente osificado en su parte posterior, loque se ve perfectamen-
te en todo cráneo macerado; allí las fosas nasales posteriores o clioanae
son prolongadas hacia afras, en aboral de los huesos palatinos, por la
osificación de la lámina vertical que, naciendo de la cara inferior del vó-
mer, se prolonga suficientemente hacia abajo y hacia atras como para
anquilosarse con la lámina horizontal de los palatales y formar un sep-
tum nasal completo. En los ciervos de Europa y Asia esa lámina vertical
del vómer nunca, en cambio, alcanza los procesos horizontales de los pa-
latales, ni forma tampoco un principio de septum 2.
1 A. H. Garrod, Notes on thc Visceral anatomi/, etc., página lfi.
- Hueso craneano impar, el vómer ocupa la línea mediana de la cavidad nasal
desde el cuerpo del esfenoides hasta el premaxilar. Su borde inferior descansa eu la
sutura mediana de los procesos palatiuos de los huesos maxilares; en aboral ocupa
el fondo del intervalo de los apófisis pterigo-palatinos, continuándose allí la lámina
vertical del hueso hasta la sutura pterigo-basisfeuoidea y dividiéndose en dos al( ¡e
por una incisura situada más o menos al nivel del hamulus pterygoideus.
— 430
Este carácter tan decisivo para la repartición de los ciervos actuales
fué tenido en cuenta por Brooke, quien dividió en consideración a la osi-
ficación del vómer a su grupo Telemeta car}) i en dos subgrupos. Desgra-
ciadamente los autores no supieron apreciar en todo su valor la reserva
de Brooke y dieron al carácter vomeriano un lugar secundario. Beapare-
ce Pocock, tampoco le da con la importancia que merece.
En efecto, el vómer es un hueso cuya morfología es bastante constante
en el grupo de los Ungulados, y se le puede considerar como substraído
a la influencia de la adaptación, salvo en aquellos grupos que, como Ma-
crauchenia , presentan una conformación característica del aparato nasal.
Y es verdaderamente curiosa la casi coincidencia de ese distinto modo
de ser en la osificación de la lámina vertical — tanto en las formas jóve-
nes como en las adultas, en las pequeñas como en las grandes — con la
tele-y plesiometacarpia, y con la ubicación del mechón metatarsal.
ARTICULACIÓN PREMAXILO NASAL Y OTROS CARACTERES ANATÓMICOS
DEL CRÁNEO
Ya dije que Eiitimeyer 1 había estudiado muy cuidadosamente la con-
formación del cráneo en los Cervulina , Moschina , Cervina y Coassina,
y que sus investigaciones no habían podido ser aprovechadas por la sis-
temática, necesitando por lo demás ser ampliadas, especialmente en lo
que concierne nuestros géneros neogeos.
Hasta ahora la taxonomía lia dado una cierta importancia, entre otros,
al carácter tan variable de la articulación premaxilo-nasal. Gray 2 ya
acordaba sumo valor taxonómico al grado de desarrollo del proeessus
nasalis de los huesos premaxilares, que, en consecuencia, se unían o no
a los huesos nasales, igualmente variables en su longitud: el hecho
de articular o no el premaxilar y nasal guió, en parte, a Gray para sub-
dividir los ciervos en las tres familias, Alcadae , Rangiferidae y Cervidae,
propiamente dichos, como lo hemos visto precedentemente.
Garrod 3 generalizó las anotaciones de Gray respecto de la articulación
de los procesos nasales o rami ascendentes con los huesos nasales y ob-
servó que esa articulación se verifica en todos los Ciervos del viejo mun-
do. pero no en las formas del continente americano, salvo alguna excep-
ción de cada parte: Cervulus reevesi, Elapliodus en el grupo eurasiático;
Odocoileus virginianus , Hippocamelus antisensis, Alces , Rangifer, etc., en-
tre los ciervos americanos.
1 Rütimeíer, Xatiirliche Gescliichte der Hirsclie, etc.
- J. E. Giíay, Catalogue of rinninant Mammalia (recova), etc.
3 A. H. Garrod, Xotc-s on tlic Visceral anatomi/. etc.
Luis María Torres, Arqueología de la península San Blas Lámina
\ ista do la costa nordeste de San Blas y del depósito de rodados. En la superficie los médanos y los rodados del estadio TV. según AVittc
— 431
Broolce 1 utilizó este carácter para distinguir uno de los dos grupos tele-
metacarpeos del plesiometacarpeo; al reducir a una sola las dos primeras
series, los autores que adoptaron la clasificación de Brooke limitaron
forzosamente el alcance de este carácter anatómico; asi dice Weber
para los Telematacarpalia, « los premaxilares articulan o no articulan
con los nasales» y para los Plesiometacarpalia : «el premaxilar articula
casi siempre con el nasal ».
Este carácter diferencial ha sido abandonado después por Pocock,
Lydekker, Sclilosser... Como dice Lydekker, es un carácter, en efecto,
bastante variable; hasta en un mismo género las especies se comportan
diferentemente a ese respecto : en Capreolus, Odocoileus, Mazama, Pudu,
el desarrollo del premaxilar, tan diverso, hace que la articulación se
produzca o no en ciertas formas. En Rangifcr los premaxilares alcanzan
apenas los nasales ; en cambio, en otros géneros aparentados a los cita-
dos, la línea de sutura de ambos huesos es hasta considerable: en Blas-
loceras, llippocamclus, como es el caso en los Moschidae y Tragulidae.
En las formas fósiles, el mutuo comportamiento de premaxilares y
nasales sería también variable : Cérvidas tiene premaxilares largos, Dre-
motherium los presenta reducidos. La mayoría de los autores conside-
ran el desarrollo del premaxilar en relación con el hecho de la articula-
ción : Matthew % en cambio, indica como carácter de evolución en el grupo
americano el variable desarrollo de los nasales que habrían ido ensan-
chándose y acortándose en la serie filogenética Blastomcryx — Mazama —
Odocoileus ; largos y estrechos en el primero de esos géneros, son lo más
anchos y lo más cortos en el último. Pero es posible que en la efectivi-
dad de la articulación premaxilo nasal intervenga algún otro carácter
(anchura de la cavidad nasal en Alces , desarrollo del cráneo facial y es-
pecialmente de los maxilares, etc.); de cualquier modo la variabilidad
de ese carácter no permite utilizarlo por sí sólo en la división de los
Cervidae.
En 1877, 3 Garrod llamó igualmente la atención sobre otro carácter
craneano de los Cervidae : la posición del proceso estiloideo o tympano-
hyal en la cara posterior del os petrosum, delante del proceso paramas-
toideo del occipital. En cuanto a ese carácter y a las relaciones del pro-
ceso en cuestión con la bulla tympani (bulla ossea), los Cervidae so com-
portan diferentemente: los ciervos el afinos, rusinos y aliados, etc.,
parecen vincularse con los Cavicornia ; en cambio, los verdaderos
ciervos americanos, excepto Cervus leucotis , y Rangifer, Alces , Capreo-
' V. Brookic, Oh the classi fication of tlie Cervidae, etc.
3 W. I). Mattukw, Osteology of the Blastomeryx and phylogeny of American Cervi-
dae, etc.
3 Garrod, loe. cit.
— 432
lus, Dama , Cervultis, Elaphodus, se alejan del tipo bovino. [Ninguna
mención se Lace en sistemática de ese carácter anatómico señalado por
Garrod ; sólo alguna que otra indicación sobre el aspecto de la hulla
tympani y su desarrollo, que varía en formas muy vecinas por lo que,
dice Lydekker (1915), parece merecer la atención de los zoólogos; en la
descripción de formas fósiles, jamás he hallado indicación al respecto.
CORNAMENTAS
Por su extrema variabilidad y tan diversa complexidad, los cuernos
tienen para los Cérvidos actuales un valor sistemático innegable: sin
exagerar, se puede afirmar que la morfología de las cornamentas es la
casi única base de la taxonomía genérica y específica en esa familia,
aparte de algunos rasgos accesorios, como ser la forma general del crá-
neo, la coloración del pelaje, etc.
Paleontológicamente, los cuernos de los ciervos tienen un valor siste-
mático aún más considerable ; como dijo Polilig *, significan para las res-
pectivas formas fósiles lo que los molares páralos elefantes; y serían, en
su opinión, más apropiados que cualesquiera otros restos para demostrar
en modo evidente el parentesco de las formas extinguidas. En verdad
que muchas de ellas, la mayoría, no son conocidos sino por los restos
más o menos completos de cuernos que han dejado.
liemos señalado más arriba qué importancia tenía para la antigua
sistemática morfológica la estructura de los cuernos ; en ese sentido qui-
zá Gray muestre tendencias más naturales que sus antecesores; pero la
reacción contra ese criterio unilateral se evidencia con Garrod y Brooke.
Garrod 1 2 decía respecto de los cuernos y de su valor taxonómico : «en
ciertas formas — Elafinos, Rangifer — su complexidad, que se traduce
por una duplicación de los mogotes, se asocia posiblemente con el tama-
ño de esos apéndices, antes que con cualquier otra particularidad ; por
lo que se refiere a la palmation de Dama, por ejemplo, es un carácter
(pie carece de mayor significación ».
En opinión de Garrod, la diversidad de los cuernos en los Cérvidos se
reduce, pues, a una cuestión de mayor o menor desarrollo, desarrollo
que es relativo cuando se compara una y otra de sus ramas principales:
rara vez iguales, generalmente una so desarrolla a expensas de la otra
— de ordinario la posterior respecto de la anterior; — de allí el aspecto
tan variable de los cuernos cervinos.
1 II. Poiimg, Die Cérvida i der thiiringischen Diluvial-Travertines mit Bcitriige iiber
aitdere dilitviale und recente Hirschfovmen. Palaeontogmphica, XXXIX, página 215, 1892.
4 Gakkod, loe. cit.
— 433 —
Brooke 1 admite, sin embargo, que la forma de las cornamentas puede
servir de criterio esencial para la distribución de las especies en géneros
y subgéneros ; más aún, ese carácter morfológico constituiría, dice,
una de las pruebas más claras del parentesco de las especies, por más
que la estructura de los cuernos no representaría sino un carácter de evo-
lución progresiva que, partiendo de formas muy sencillas, se desarrolla
en formas más complexas, gracias a una constante variabilidad transmi-
sible por herencia.
Comparadas con la opinión de Garrod y la de Brooke, las exageradas
ideas de Cameron 2 y de Lydekker 3, quienes toman como base de sus
grupos principales la forma de la ramificación de los cuernos, significan
un retroceso en la sistemática. Pocock 1 se ha encargado de demostrarlo,
y al efecto ha estudiado los cuernos en su desarrollo ontogenético en cier-
vos europeos y americanos : recordemos que Cameron los separaba por
la presencia o ausencia de una ramificación basal anterior o brow-tine.
Según Pocock, en todos los ciervos, el cuerno nace como una yema in-
divisa, que con el crecimiento inicial viene a corresponder a una daga
(spike). En las especies más evolucionadas, pronto esa yema inicial
muestra un principio de división en dos ramas, anterior y posterior, que
crecen en sentido opuesto y casi con igual rapidez : este es el estado in-
cipiente del tipo bifurcado (forlced type) o biramoso. Avanzando más rá-
pidamente el crecimiento de la rama posterior, se obtiene, en un momen-
to dado, un cuerno que podría describirse como constituido por una rama
principal sencilla, provista de mogote ocular basa!, y que conserva el
aspecto bifurcado. En verdad, la casi equivalencia de ambas ramas es
cada vez menos evidente; la rama posterior sigue alargándose, adquiere
un desarrollo excesivo comparada con la anterior, que se detiene en su
crecimiento ; así, aquélla da origen a un número variable, que aumenta
con la edad del individuo, de mogotes accesorios, mientras que la última
suele conservar su aspecto indiviso (cuernos elalinos, etc.) (fig. 3, n° 10).
Esta evolución del cuerno deciduo en el individuo viene pues a co-
rresponder a la del cuerno en los diferentes géneros actuales y extin-
guidos; como dice Matthew, la historia geológica de los cuernos en la
serie cervina corresponde exactamente con su historia en cada indivi-
duo actual, a medida que aumenta en edad.
Considerando su conformación general, se ha distribuido las corna-
mentas en tres o cuatro tipos distintos :
' Brooke, loe. cit.
2 Cameron, loe. cit.
2 Lydkkicer, Decr of all Lamia.
' 11. Pocock, On anllcr-growlh of lite Cervulae, etc., i» l'roc. Zool. Soc. Loado u,
1912, páginas 773-783.
- 434 —
a) Sencillo (spilce, Spessgeweih), en forma de daga ; es el común en las
pequeñas especies sudamericanas, y lo constituye un mogote despro-
visto de toda ramificación (fig. 3, n° 1) ;
b-c) Bifurcado ■ dicotómico (forked, dichotomous type ), también llamado
tipo dicrocerino en su forma más sencilla, por su frecuencia en los Cer-
vulinos fósiles de Burasia. En él, justamente encima de la base (hurr)
o algo arriba de ella, nacen dos ramas principales a modo de horqueta :
a menudo, en las especies primitivas, quedan indivisas (forhed type ,
tipo bifurcado propiamente dicho) ; a veces, sin embargo, estas ramas an-
terior y posterior continúan subdividiéndose por bifurcaciones sucesi-
vas (tipo dicotómico). La dicotomía perfecta es rara, pues la rama ante-
Fig. 3. — Tipos «le cornamentas «le Cervidae actuales : 1, Sencillo «lo Coassus; 2, 3, 4 y 8, Bifur-
ciulo-dicotómico «lo liippocamelus, Axis, Ilusa y Capreolus ; 5, (i, 7, i) y 10, Itumiíiniulo «le Sika,
Dama, Alces, licmgifer y Oervus; 10, Estadios de desarrollo «su Uerous elaphus (según Weber).
rior generalmente sufre una detención en su desarrollo, mientras que
en la posterior prosiguen las bifurcaciones; se comprende que entonces
la dicotomía sea bastante confusa (fig. 3, nos 2, 3, 4, 8) ;
d) Ramificado (ramified type) : es el propio de las grandes especies de
de Gervus, y en él se reconoce una rama principal (beam), de cuya ca-
ra anterior generalmente — a veces de la posterior — nacen un núme-
ro variable de ramificaciones secundarias, cuyo distinto aspecto y direc-
ción se utilizan para reconocer especies y razas (fig. 8, nos 5, 9 y 10).
La complexidad del tipo ramificado lia obligado a los morfólogos a
adoptar una nomenclatura especial, derivada de los términos usados por
los cazadores europeos. La rama anterior, por su proximidad a la frente
y su dirección, se designa como mogote ocular 1 ; la rama posterior, que
es generalmente la principal, se lia llamado asta (!) a. De estas ramas
nacen ramificaciones secundarias; las de la anterior por su rara apari-
1 Andouiller d’ccil, broic-tine, augenspross.
* Marvain, beam, atange.
— 435 —
ción, no reciben denominación especial; las de la rama posterior, esca-
lonadas a lo largo de ella, tienen importancia en cada especie, pues mar-
can la edad en años de los individuos ; eso mismo explica su nombre
diverso en los idiomas de Europa central : la primera ramificación de la
rama posterior (segunda del cuerno) es el andouiller defer o bez-tine ',
la segunda (tercera del cuerno) es el andouiller moyen o tres-tiñe *. Estas
ramificaciones tienen una situación anterior ; el tercer mogote de la
rama posterior (cuarto del cuerno), en cambio, es generalmente posterior
y forma a veces una palmation muy desarrollada: es la liindertine Al
nivel de las ramificaciones, el cuerno suele ensancharse a modo de pal-
ma : de allí el nombre de cmpaumure, con que se designa esa parte por los
autores franceses ; en su porción superior o vértice, suele bifurcarse,
dividirse a modo de horqueta (enfourchure), o formar una serie más
numerosa de puntas (croion). Generalmente los autores, y especial-
mente el doctor Amegliino, llaman «corona» la base tuberosa que se-
para el cuerno propiamente dicho de su pedículo óseo ; es un error, y
a falta de término castellano sería preferible usar alguno extraño: burr ,
meule o Bosenstock.
Los susodichos tipos de cuernos no se pueden delimitar con precisión :
no es raro ver cuernos sencillos, dagas, de Mazama con indicaciones de
ramificación, pero especialmente es fácil confundir los tipos dicotómico
y ramificado, cuando el primero es imperfecto, como sucede de ordina-
rio. Basta para ello que aborte alguna de las ramificaciones secunda-
rias o terciarias, hecho bien explicable si se tiene presente lo dicho por
Brooke respecto de la evolución y variación de las cornamentas en los
Gervidae.
La imprecisión en los límites de los tipos de cuernos, tipos que repre-
sentan, antes que caracteres, «estadios o etapas de evolución », lia
hecho que los taxonomistas buscaran en las cornamentas un carácter de
mayor fijeza. Gray y Cameron distinguen en los Ciervos dos grupos de
cuernos : cuernos con rama ocular basal y cuernos con rama ocular sul>-
basal, o sea cuernos con brote-tiñe, propiamente dielia, y cuernos con
subbasal snag.
Esta diferenciación, basada en la diversa altura de la primera ramifi-
cación (rama anterior) del cuerno respecto de la base, permitió a Gray, en
1872, separar los ciervos europeos en general de los ciervos americanos:
Cameron reprodujo la diferenciación de Gray en 1892 con sus dos sub-
secciones en los ciervos propiamente dichos, combinándola con los tipos
ramificado o bifurcado de los cuernos ; así reúne, a los ciervos americanos,
* Andouiller • de fer, bez-tine, eisspross.
1 Andouiller moyen, tres-fine, mittelsproes.
3 Hindertine, hinterspross.
436 —
los géneros eurasiáticos Capreolus y Elaphurus ; Lydekker adoptó la
opinión de Cray y Camerún, basta en su último cuadro de clasificación
de 1915.
Sin embargo, desde 1878, Brooke 1 se había ocupado de esta inter-
pretación y había demostrado la homología de la dicha brow-tine con
el suhbasal snag . Pocock ha vuelto a considerar esta distinción de Ca-
meron y la tiene por errónea en razón, del paralelismo que se nota en el
desarrollo de los cuernos de los típicos grupos el afino y dorcelañno : la
única diferencia entre la brow-tine del primero y el suhbasal snag del
segundo, estribaría en la posición interna de éste ; pero hay que tener
bien presente que la típica brow-üne también es variable en cuanto a
dirección y estructura, hasta en formas muy cercanas. Pocock 2 va más
lejos y considera a brow-tine y suhbasal snag, homólogos, como equiva-
lentes al resto del cuerno (beam), cuyo tipo primitivo sería pues el
bifurcado (forlced). Esta oposición de la rama anterior inferior a la rama
posterior está en contradicción con las opiniones sustentadas por los
autores, en particular por Weber, y requeriría investigaciones más com-
pletas en todos los grupos de Gervidaes.
META PODIOS LATERALES Y HUESOS DE EXTREMIDADES
El modo de reducción de los inetapodios anteriores es el criterio esen-
cial que había adoptado Brooke 1 -para fundar su clasificación. Los auto-
res que posteriormente se han inspirado en ella, como liemos visto,
dieron aún a ese carácter anatómico una mayor preponderancia en la
sistemática, dividiendo los Ciervos todos en dos clases, Plesiometacar-
pales y Telemetacar pales (fig. 4).
El grado de fusión de los huesos tarsales — navicular, cnboideoy cu-
neiformes — ha sido utilizado en correlación con aquel otro carácter para
constituir el cuadro de clasificación que ofreció Pocock en 1910 y en
el cual los Capreolinos y Cervinos, o sea ciervos plesiometa cárpales y
telemetacarpales, se reparten respectivamente en dos subgrupos, según
haya o no haya soldadura del hueso cuneiforme con el naviculo-cuboideo.
Aparte de estos interesantes hechos anatómicos, hemos visto que en
las extremidades de los Gervidae se .producen otros fenómenos de coo-
sificación y reducción do elementos esqueléticos; la coosificación de los
inetapodios medianos anteriores y posteriores, la coosificación de los
huesos cárpales inferiores, la reducción de la alma y fíbula, y su coosi-
ficación con el radio y la tibia.
' BlíOOKK, loe. cit.
* Pocock, Oh antler-growth of thc Gervidae, etc.
437 —
Todos estos caracteres anatómicos, de los que la sistemática ha trata-
do de sacar partido, responden a un solo hecho: el digitigradismo pro-
gresivo que es peculiar del entero grupo do los Ungulados, tanto para-
xonios como mesaxonios. Ya Lie tenido ocasión, al considerar las familias
afines a los Cernidas , de señalar cómo que iguales fenómenos de reducción
y coosificación se observan en Moschidae , Tragulidae e Hypertragulidae /
las diferencias que se puede anotar entre estas familias y los Cérvidas
residen únicamente en el diverso grado de evolución
de sus extremidades. Es que, como dice Abel la
cspecialización se ha realizado entre los Paraxonia
con tan distinta rapidez, que se puede reconocer
hasta cinco tipos de reducción dig-itigrada represen-
tados en la fauna actual por Hippopotamus , Sus ,
Dicotyles, Cernís, etc. Corresponden a sucesivos
grados de adaptación (Anpassungsteigerungen) y re-
presentan una serie adaptativa, una Stufenreihe pe-
ro no una serie filática.
Aparte de la desigual rapidez que se observa en
la « reducción adaptativa » de los metapodios, par-
ticularmente como consecuencia del progresivo di
gitigradismo, hay que notar que la reducción de los
radios colaterales entre los Artiodáctilos se verifica
por diversos modos : o se conserva de ellos un rudi-
mento próxima!, o uno distal, o a la vez uno próxi-
ma! y uno distal. Ejemplos de este diverso compor-
tamiento tenemos en los Cérvidas telemetacarpeos
y plesiometacarpeos y en la familia de los Gelocidae ,
cuyas extremidades anteriores son plesio-teleraete-
carpeas a la vez. Pareciera que el proceso de reduc-
ción comenzara por la diálisis del metapodio, pro-
siguiendo luego con rapidez desigual en dirección
próximo-distal y disto-proximal, obteniéndose así los tipos Tragulino, Ge-
locino, Cervulino y Moschino. Interesante es también recordar que la ra-
pidez de la reducción adaptativa de los metapodios laterales es también
desigual cuando se compara en un mismo grupo las extremidades ante-
riores con las posteriores, pues, en general, éstas son retardadas en su
evolución respecto de aquéllas.
La reducción de los metapodios laterales está en íntima relación con
la fusión de los respectivos huesos medianos ; es una directa consecuen-
cia de ella y del aumento en tamaño del correspondiente cannon-bone re-
sultante. Volviéndose a-funcionales los metapodios laterales, se desvin-
ciervos teleinetccnrpeos
y plesiomotncnrpoos (se-
gún Brooke).
’ O. Abel, Grundzüge der Palaeobiologie der Wirbcltiere, páginas 236-245.
— 438
culan enteramente del mesocarpo y mesotarso. Ha sido ésta una conse-
cuencia del digitigradismo de máxima importancia para la superviven-
cia de los grupos ungulados, que Kowalewsky distinguió, en razón délas
relaciones consiguientes entre los huesos cárpales y tásales, como tipos
adaptativo e inadaptativo. La coosificación entre los ciervos de los
huesos cárpales (magnum -f- trapezoideum) y tarsáles ( cuboideum -J- navi-
culare -f- cuneiforme 3 et 2) pertenece a estos fenómenos indirectos del
digitigradismo. Pero, así como la reducción de los metapodios no les es
peculiar, tampoco lo es esta coosificación que encontramos en todos los
rumiantes en un grado más o menos avanzado : Hyeemoschus, Tragulus
en este sentido coinciden con los Cervidae.
La fusión de ulna y fíbula con radio y tibia respectivamente, después
de reducidos aquellos elementos a procesos estiloideos, es otro fenómeno
que acompaña generalmente al digitigradismo, del mismo modo que la
reducción de las falanges. Curioso es, sin embargo, que la reducción de
aquellos huesos epipodiales pueda producirse también con desigual ra-
pidez, de tal modo que se les encuentre representados por un elemento
completo o por rudimentos proximal o distal (huesos maleolares).
Estos hechos anatómicos, fácilmente observables en los Cervidae ac-
tuales, pero apenas mencionados para los fósiles por la escasez de huesos
de las extremidades bien completos, demuestran que, tanto la reducción
de los metapodios laterales como la fusión de los huesos tarsales, entre
otros, no son caracteres anatómicos bien fijados y suficientemente pre-
cisos como para basar (como lo pretenden los mamálogos en general) una
clasificación natural délos Cervidae. Como lo hace notar Abel, justa-
mente, géneros muy próximos como Capreolus y Cerras se comportan al
respecto muy diferentemente; y en cuanto a la plesio-telemeta carpía
no falta algún tipo cervino intermediario, como ser Alces, que viene a
demostrar la imprecisión de esos caracteres adaptativos. ¿ Qué será de
la clasificación de los autores que corrigieron a Brooke cuando se conoz-
ca mejor los géneros y especies fósiles de Cervidae ?
Y.
Sistemática y zoogeografía
Siempre ha llamado la atención de los zoólogos dos hechos de la dis-
tribución geográfica de los Cervidae : Io La entera ausencia de esta fa-
milia en el continente africano y en el australiano; 2o La casi completa
diversidad de las formas americanas en cuanto a las eurasiáticas.
En efecto, ningún Cérvido viviente es oriundo de Africa o tic Austra-
— 439
lia. Pero lo que es más interesante aún, es que durante las pasadas épo-
eas geológicas tampoco parece haber existido en esos continentes nin-
guna especie de ciervo, salvo, en cuanto a África, en aquella porción
boreal que estaba en relación con la Europa mediterránea. Este hecho
paleozoogeográfico tiene para nosotros, sudamericanos, una gran impor-
tancia, pues, de ser indudable, descartaría por completo la hipótesis de
una conexión entre África y América durante el neogeno superior, y tam-
bién la de un origen euroafricano para las faunas sudamericanas de la
misma época.
La distribución geográfica actual del grupo cervino sin duda ha in-
fluenciado a los sistemáticos. Gray, por el carácter de la glándula meta-
tur sal, trata de separar los ciervos del hemisferio oriental de aquellos
del hemisferio occidental ; Garrod, por los caracteres de los huesos na-
sales y del vómer, distínguelos ciervos del Nuevo Continente de los del
Viejo Mundo: «es evidente, dice (pág. 17), que hay razones anatómicas
para separar los Cérvidos del viejo de los del nuevo mundo. »
Hemos visto que Cameron, considerando las cornamentas, también
busca de diferenciar ambos grupos, aunque lo realiza imperfectamente.
En cuanto a Brooke, sus preocupaciones zoogeográíieas son evidentes :
a ellas sacrifica la unidad de su grupo Telemctacarpi que distingue en
exclusivamente americanos (C ariacus, Rangifcr, etc.), y holo-neárticos
(Hy dr opotes, Caprcolus, Alces).
Los sucesores de Brooke no se han percatado del valor que este autor
otorgaba al factor geográfico y no han trepidado en hacer abstracción de
él (Flower & Lydekker, Lydekker, Pocock, Weber, etc.). Sin embargo, no
deja ello de ser un error grave, pues la distribución zoogeográfica es una
resultante, muchas veces, de la evolución filática y debe ser tenida en
cuenta por la taxonomia. Bien lo viene a demostrarlas modernas hipóte-
sis sobre la filogenia de los Ccrvidac que hacen partir los ciervos eura-
siáticos y los americanos de orígenes enteramente distintos.
VI
Sistemática y filogenia
Actualmente es admitido de ordinario por los paleontólogos que los
ciervos del Viejo Continente y los del Nuevo Mundo tienen, en efecto,
un origen distinto. Estas ideas filáticas descansan en las investigaciones
de Schlosser por una parte, y en las de Osborn, Matthewy otros paleon-
tólogos norteamericanos, por otra; estando los dos troncos respectivos
representados por miembros de la subfamilia Cervulinac y de la familia
Hypertragulidae.
440 —
Scblosser ', para basar la evolución de los verdaderos ciervos (Cervus
L.), considera como caracteres de los más importantes la forma y estruc-
tura del sistema dentario. Hace notar que los ciervos del mioceno me-
dio de Europa 3 (Cervulinae) a ese respecto son caracterizados por po-
seer en la cara interna de la medialuna anterior de sus molares infe-
riores un pliegue de esmalte, Palaeomeryxfalte . En los Cervulinos del
plioceno inferior ( Cervavus) este pliegue se va reduciendo más y más
desapareciendo enteramente en las especies más recientes de Cervus.
Simultáneamente, en las coronas de los dientes molares se ve un au-
mento continuo de la altura, basta las especies vivientes. Teniendo en
cuenta estos diversos estados de desarrollo, Scblosser llega a recons-
truir, por lo menos, dos series filáticas, paralelas, que conducen al género
polifilético Cervus L., series que desde el mioceno medio lian dado ori-
gen a los géneros Palaeomeryx, Dicrocerus , Gervavus y Cervus.
En la obra de Matthew 1 * 3 sobre Blastomeryx y los Hypertragulidae pode-
mos bailar la síntesis délas opiniones de los paleontólogos del norte so-
bre la evolución de los ciervos americanos. Desde los Blastomeryx del
mioceno inferior basta los géneros actuales, Mattbew anota los mismos
becbos de reducción de la Palaeomeryx-fold en los molares inferiores, como
Scblosser en los ciervos asiáticos. Este pliegue es apenas marcado en los
Blastomeryx del principio del mioceno; en las especies del mioceno supe-
rior ya no existe ; tampoco en los ciervos del neogeno superior y moder-
nos. Otros fenómenos dentarios de la serie interesan la cara interna de
los molares inferiores y las medialunas internas de los premolares que
se van complicando poco a poco desde Blastomeryx basta Mazama, Odo-
eoileus y Rangifer. Al propio tiempo se reduce el tamaño de los caninos
superiores que, desaparecidos del todo en Blastóceras y Odoeoileus,
pueden todavía reaparecer en la dentición de leclie.
Otros fenómenos de evolución, según Mattbew, vienen a apoyar los
que suministra el sistema dentario y a robustecerlos : son aquellos que
conciernen la anatomía del cráneo y la de las extremidades, además de
los que se van notando en la conformación de las cornamentas y en el
tamaño del cuerpo en general. Éste aumenta progresivamente, a la vez
que los cuernos se alargan y complican : las especies de Blastomeryx son
pequeñas y tienen cuernos rudimentarios; las de Mazama, igualmente
pequeñas, tienen cuernos generalmente sencillos ; los Odoeoileus, de ta-
maño mayor, llevan cornamentas con 3-5 mogotes.
1 L. Scnr.osSKU, Die fossilen Sangeticre Chinas, in Abhan di. der k. bayr. Akad. der
Wissensch. , II kl., B(l. XXII, Abt. I, Miincher, 1903; y en Ama., Grundtiige der l’a-
laeubiologie der Wirbeltiere, página 630.
* Dremotherium, Amphitragulus, Palaeomeryx.
3 W. D. Matthkw, Osteology of Blastomeryx and phylogeny of American Cervidae ,
in Bull. Amer. Mus., XXXIX, 1908.
— 441
En el cráneo, los huesos nasales, de largos y estrechos que eran en
Blastomeryx? se acortan y ensanchan más y más, hasta Odocoüeus. Para
las extremidades, son dignos de atención todos aquellos fenómenos que
caracterizan el progresivo digitigradismo : alargamiento de los metapo-
dios, reducción de la ulna, reducción «le metacarpos y metatarsos latera-
les, «pie, todavía completos en Blastomeryx , son reducidos a su extre-
midad dista! en Mazama, Odocoüeus y Rangifer .
Mattliew considera, pues, en tesis general, que los actuales Cérvidos
americanos derivarían de representantes de la familia extinguida de los
Hypertragulidae ( f Leptomeryx , f Blastomeryx ), representando los géneros
Mazama , Farcifer , Blastóceras y Odocoüeus aproximadamente los diver-
sos estadios de la evolución del grupo Aunque por lo incompleto de
nuestros conocimientos respecto «le las formas extinguidas, especial-
mente las pliocénicas, no se puede todavía trazar una serie genética
exacta.
Las ideas emitidas por Mattliew lian sido aceptadas por el paleontólo-
go austríaco Abel quien hasta opina que el género Mazama debería de
reunirse «a los Hypertragulidae. Respecto de los términos superiores, la
sucesión filogenética no es tan clara, sobre todo en lo que concierne
Rangifer. Este género, a la par de Alces , era considerado erróneamente
por Cameron como representante de un tipo primitivo ; Pococlc comba-
tió fácilmente esta opinión, considerando a ambos géneros como formas
especializadas del grupo Dorcelafino o Cariacino, por ser sus corna-
mentas claramente referibles al forlced-t-ype . Mattliew al respecto no es
categórico, pero parece admitir a Rangifer entre las formas derivadas de
Mazama : apoyaría esta opinión 3a igual osificación del vómer y ¡a tele-
metacarpia común; en cambio Alces , por los mismos caracteres, sería for-
ma aberrante.
Los phyla que conducen a los Gervus y a Odocoüeus actualmente, de-
ben haber sido separados desde época muy remota ; sin embargo, las
innegables semejanzas en ambos han hecho pensar que los antecesores
comunes debieron originarse en un común centro de dispersión exis-
tente en el norte de Asia, y desde el cual las migraciones se habrían
producido en dos sentidos contrarios : hacia Europa para Palaeomeryx ,
Dicroccros, Gervavus , que tienen representantes fósiles en China, India
y Europa; hacia Norte América y, cuando lo permitió la conexión pa-
nameña, hacia Sud América, para Leptomeryx , Blastomeryx y formas
cari aci ñas. Así, pues, la filogenia vendría no solamente a servir de base
a 3a sistemática, sino que también explicaría la peculiar distribución
geográfica de los Cérvidas .
1 O. Anuí,, Die Stümme der Wirbelticve, página 805.
REY. MUSEO LA PLATA. — T. XXVI
31
442
VII
Ensayo de clasificación de los Cérvidos
En resumen, la taxonomía de los Cervidae se puede fundar en :
Io Caracteres externos o morfológicos;
2o Caracteres anatómicos; unos que pueden considerarse como influen-
ciados por los fenómenos de adaptación, otros que no parecen responder
a esa influencia ;
3o Motivos de distribución geográfica ;
4o Razones filogenéticas.
Al primer acápite corresponden aquellos rasgos que se relacionan con
las glándulas cutáneas (metatársica, tarsal, pedal, facial, etc.), mecho-
nes de pelos, longitud de la cola. Salvo que influyeran en la estructura
del esqueleto, carecen de valor taxonómico por ser así sólo apreciables
en las especies vivientes ; además, no tienen, en general, suficiente preci-
sión para permitir una clasificación irreprochable de los Cérvidos.
Entre los caracteres anatómicos, son de evolución o de adaptación
aquellos que se relacionan con las extremidades, los caninos superiores
y molares, y las cornamentas. La plesio telemetacarpia carece de fijeza y
parece llevara resultados contradictorios cuando se la aplica exclusiva-
mente. Los caninos superiores, cuando bien desarrollados, indicarían la
primitiveness délas especies respectivas (Cervulinae) ; pero no es sufi-
ciente por sí sólo ese carácter para separar o acercar los géneros más
evolucionados. Los molares no dan tampoco en ese último caso resulta-
dos apreciables. En cuanto a las cornamentas, su diverso desarrollo in-
dica más bien estadios de evolución en cada grupo — estadios que hay
que apreciar con mucha amplitud — (pie un parentesco filogenético, como
lo admitía especialmente Cameron.
El grado de la articulación premaxilo nasal no tiene mayor valor que
los precedentes caracteres anatómicos por su impresición y su gran va-
riabilidad (valor específico, muchas veces). Los otros caracteres cranea-
nos secundarios necesitarían ser estudiados con mayor atención.
El único carácter de esa especie que parecería francamente aceptable
es el de la completa osificación, o incompleta, del vómer que propiciara
Garrod como correspondiendo casi exactamente con la distribución geo-
gráfica de los Genndtie actuales y con otros rasgos morfológicos y anató-
micos. En mi opinión, este carácter que podría retenerse como substraído
a la influencia de los fenómenos de adaptación, pues la adaptación no
puede interpretar sus variaciones constantes en todos los géneros y
especies, cualesquiera sean su desarrollo y su edad, debe considerarse
para los Cérvidos como primordial, y debe servir de guía para la taxo-
nomía de las especies vivientes. Esperemos que futuras investigaciones
en la formas fósiles demuestren su verdadero valor taxonómico.
De acuerdo con la osificación del vómer (fig. 2), en correlación con los
caracteres osteo-morfológieos de las extremidades, de los caninos su-
periores y del premaxilo-nasal, se puede construir el cuadro sistemático
siguiente :
A. Gervinac propiamente dichos (Ciervos euro-asiáticos).
1. Vómer incompletamente osificado (sin lámina vertical).
2. Plesio o teleinetacarpia.
3. Mechón de pelos del metatarso, cuando existente, proximal.
4. Caninos superiores en forma de defensas, o hasta nulos.
5. Premaxilar generalmente articulado con el nasal.
B. N'eocervinae (Ciervos americanos).
1. Vómer completamente osificado (con lámina vertical).
2. Telemetacarpia.
3. Mechón de pelos metatarsal, distal o inexistente.
4. Caninos superiores nunca en forma de defensas, o nulos.
5. Premaxilar generalmente no articulado con el nasal.
Fig. 5. — Cornamentas <lo fíervinae y Xenccrvinac. Serio superior : 1, J [mama; 2, llippocame-
lns; 3 y 4, Jllastocerus ; 5 y (i, Odocoiletis ; 7, llangifer. Sorio inferior : 1, Ccrvulus; 2, Caprco-
lus ; 3, FAaphurus; 4, Ilusa ; 5, I’scudaxis ; 6, Cervus ; 7, Dama (según lirooke).
Dentro de cada uno de estos grupos que propongo, puédese diferen-
ciar los géneros respectivos por alguno que otro carácter : fusión de
huesos tarsales, desarrollo del sistema glandular, etc. Pero sin duda los
caracteres de mayor importancia han de ser (hasta que investigaciones
sobi’e el sistema dentario y la osteología craneana no se hayan realizado
en numerosos ejemplares) los que suministran las cornamentas por su
tamaño y complicación crecientes (fig. 5).
444
Considerando los cuatro tipos que hemos mencionado al discutir este
criterio de clasificación y teniéndolos por «estadios de evolución », po-
demos demostrar el paralelismo de ambos grupos dentro de su evolución
Bien entendido que con estas series evolutivas, en cierto modo adapta-
tivas (Stufenreihen, A npassungsre i lien), no tengo la pretensión de cons-
truir la filogenia de los ciervos del Viejo Mundo y del Nuevo Continente,
sino de llenar los claros respectivos que han dejado todavía los pobres
documentos paleontológicos de que disponemos en la actualidad.
Veamos ahora los caracteres diferenciales (pie corresponden según los
autores a nuestros distintos géneros actuales de ciervos americanos.
vni
Ciervos americanos actuales (Neocervinae)
Representan un grupo mamalógico muy compacto, sin duda. Como
ha dicho Lydekker *, han sido siempre un stumbling-block para los zoólo-
gos que, ya los consideraron como pertenecientes a un único género
(Cariacus, Mazama) subdividido en subgéneros, ya los distribuyeron en
cuatro o cinco series, de acuerdo con el desarrollo de sus cornamentas.
Brooke admitía dos géneros tan sólo : Cariacus (subgéneros Cariacus,
Blastóceras, Furcifer, Coassus) y Pudu. Truc aislaba a Coassus como
grupo aparte. Hoy predomina la tendencia de considerar a cada subgé-
nero como género especial, como lo indican Pocock y Lydekker. fisto,
último en su obra postuma cita los seis géneros siguientes, ordenados
según la evolución progresiva:
1 It. Lydickkkk, liorna añil Hoofs, Lomlon, 1 893.
445
MAZAMA Rafuiesquo 1817
Syu : Sábulo 'Smith; Coassus Gray; Nanelnphus Pitziuger, etc.
Vómer completo y metacarpos laterales telemetacarpeos.
Cráneo semejante al de Odocoilem y Blastóceras pero algo diverso en
razón de las menores proporciones, especialmente por el perfil facial
menos arqueado. Los caninos superiores, no siempre desarrollados : se
suelen presentar ocasionalmente en. los individuos masculinos de edad
«avanzada. Los molares presentan a menudo columnas accesorias. Las
fosas lacrimales son variables en cuanto a profundidad; igualmente los
premaxilares, triangulares, en cuanto a longitud, pues según las espe-
cies, articulan ellos, o no, con los correspondientes huesos nasales.
Los cuernos son muy sencillos, en forma de daga, sin ramificación, y
no suelen exceder en longitud la mitad de la cabeza.
Las especies de Mazama son numerosas — • una docena • — y se distri-
buyen desde Guatemala por todo el continente americano austral hafeta
la zona templada (sur del Brasil, Paraguay, etc.).
PUDU Gray 1850
Syn : Pitdua Garrort ; Nánelaphus Fitzinger, ote.
Este género coincide en sus caracteres generales, principalmente en
el cráneo y metacarpos, con Mazama , aunque sus especies son aún más
pequeñas (del tamaño do una liebre). Presenta., sin embargo, pecu-
liaridades en la estructura de los premaxilares: articulan o no sus
rami ascendentes con los nasales: en la de su fosa lacrimal, que es des-
arrollada o no, de acuerdo con la presencia o ausencia de la glándula fa-
cial respectiva; en la de su primer incisivo inferior, que es mucho más
grande, o no, que el vecino segundo. Los molares carecen de columna
accesoria y faltan los caninos superiores. En el tarso, se suelda en Pudu
el ectocuneiforme con el návículo-cuboideo. Los cannon-boncs son entera-
mente cortos.
Las cornamentas, como en Mazama , tienen forma de daga indivisa,
pero son diminutas.
De acuerdo con la morfología de ha fosa lacrimal, del incisivo 1 y de
los premaxilares, se reparten las dos especies andinas (Chile y Ecuador),
P. pudua y P. mepisthophiles , en los subgéneros Pudu y Pudella.
446
HIPPOCAMELUS Leuckart 1810
Sjrn : Furcifer Wagner; Xenelaphua Gray; Annmaloceva Cray; etc.
Yóraer completo, formando un septum que divide los choanae poste-
riores ; telemetacarpeos.
Cráneo : fosa lacrimal profunda, pero de extensión moderada, llamos
ascendentes de los .premaxilares articulados con los nasales. Incisivos
centrales excediendo ligeramente en tamaño a los incisivos vecinos; ca-
ninos superiores de ordinario desarrollados en ambos sexos (no son cons-
tantes).
Cuernos del largo de la cabeza, de estructura dicotómica sencilla : un
poco arriba de la base, o de ella, nacen a ángulo recto dos ramas desigua-
les, la anterior algo más delgada y corta 1 que la posterior, ambas en-
corvadas, sobre todo la anterior. A veces, y con cierta frecuencia, los
cuernos son anómalos y presentan algunas ramificaciones accesorias
que pueden darles un aspecto enteramente distinto (Xenelaphus Gray).
Se suele admitir en este género andino dos especies, principalmente
caracterizadas por la posición de la horqueta de los cuernos, algo dis-
tanciada de la base o no : son II. bisulcus (Mol.) — syn. II. chilensis Gay &
Gervais — y II. antisensis d’Orb. *.
BLASTOCERUS Smidevall 1844
Syu : Blastóceros Fitzinger; Ozotoceros Ameghino; etc.
Con vómer completo y subdividiendo los choanae posteriores; tele-
metacarpeos.
Cráneo muy semejante al de Odocoilcus, por lo menos en sus rasgos
esenciales; la fosa lacrimal, profunda; los incisivos centrales son igual-
mente algo espatulados y más desarrollados que los laterales. Los cani-
nos superiores, generalmente presentes en el cf.
Cuernos relativamente grandes, algo mayores en longitud que la ca-
beza y bastante complexos en estructura; irregularmente dicotómicos,
las ramas anterior y posterior (beam) son desiguales en tamaño, aquélla
siempre menor que ésta; en los adultos, ambas se suelen bifurcaría pos-
terior siempre, la anterior con menos frecuencia, dando lugar a 3-4-0
mogotes.
Este género, que difiere de Odocoilcus, además, por la longitud de la
cola, siempre corta, admite dos únicas especies, Bl. üicliotom us (Illig.) y
1 Broolce dice lo contrario.
* Ver el trabajo del doctor R. Daiusknu, Sobre la existencia del huemul, etc.
447
BL bezoavticns (L.) propias de Sud América, distribuidas entre las Gua-
yanas y el norte de la Patagonia.
BL dichotomus, más conocido por Bl. paludosus Desm., preséntase con
cuernos grandes y rugosos, con ambas ramas principales generalmente
gubdivididas más de una. vez y la posterior mayor que la anterior.
BL bezoarticus (L.), o sea BL campestris F. Cuv., menor en tamaño,
tiene cuernos de estructura más sencilla: la rama anterior u oculares
indivisa, la posterior dos o tres veces bifurcada, siendo tres a cuatro el
total de los mogotes, de ordinario.
0D0C0ILEUS Rafinesquo
Syn : Cariacus Lesson ; Mazama H. Smith ; Macvoti» Wagner ;
Dorcelapliw Ljdekk. ; Encevvns Gray ; etc.
Con vómer completamente osificado y dividiendo los clioanae poste-
riores en dos cámaras; telemetacarpeos.
Cráneo alargado y estrecho, con fosa lacrimal moderada, más o menos
profunda y el vacío preorbitario muy grande. Caninos superiores no
desarrollados; los molares a veces provistos de pequeñas columnas acce-
sorias; los incisivos centrales ligeramente espa tillados.
Cuernos grandes, pero no excediendo en mucho la longitud de la ca-
beza, soportados por cortos pedículos y formando un marcado ángulo con
el plano mediano de la cara. Cuando enteramente desarrollados, son ra-
mificados dicotómicamente, o no: una rama anterior (subbasal snag o
rama ocular), corta y erecta, nace abreve distancia de la base, en la cara
áutero interna del cuerno; la rama posterior (beam), mucho más desarro-
llada, es encorvada hacia adelante y lleva en su cara posterior, convexa,
uno o más mogotes generalmente sencillos y erectos. Según el aspecto,
no dicotómico o dieotómico de los cuernos, Brooke admite dos grupos de
Odocoileus, cuyos representantes típicos son el O. virginianus y el O.
liemionus ; este tipo del ex género Eucervus. Las especies correspondien-
tes se distribuyen por toda América del Norte; por el sur alcanzan
hasta el Perú, Bolivia y Brasil, incluyendo un gran número de varieda-
des locales o razas, reconocibles especialmente por la diversa estructura
de sus cuernos (en algunas reducidos a sencillas dagas) y el variable
color de su pelaje.
RANGIFER II. Smith
Syn : Tatandus Billb. ; Pvocervus Blainv, ; etc.
Con vómer completamente osificado; telemetacarpeo.
Cráneo con fosa lacrimal mal definida y vacío preorbitario relativa-
— 448
mente grande. Nasales bien desarrollados. Caninos superiores presentes
en ambos sexos; molares braquiodontes, con el tercer lóbulo posterior
del M, abortado.
Cornamentas grandes, complexas, generalmente con algunos de los
mogotes palmeados, de tipo ramificado; la rama anterior, a veces multi-
furcada, nace a corta distancia de la base, en la cara ántero-externa del
cuerno; la posterior o principal, encorvada, lleva una hinder tine , en don-
de suele formar un codo pronunciado, y por lo demás, o es pobre en
ramificaciones o las lleva abundantes en su cara póstero-superior (li. ta-
randus montanus), terminando por una palmation multidigitada. Ambos
sexos llevan cuernos.
Se considera representado por una especie, li. íarandus L„, con 10 va-
riedades, cuya distribución abarca el norte de ambos hemisferios.
Las respectivas especies de los ciervos americanos son relativamente
escasas, pero en cambio las variedades son de las más abundantes y tan
íntimamente aliadas, que es muy engorroso hallar entre ellas caracteres
diferenciales; a tal punto que, según los especialistas, la tarea de dcter
minación específica de individuos aislados es casi imposible, si faltan
exactos datos geográficos. Una de las especies, a ese respecto más nota-
ble, es el Odoeoileus virginianus que admite más de veinte variedades o
razas diferentes, en las cuales los cuernos pasan del tipo dicotómico-rami-
ficado normal al tipo sencillo, en forma de daga. (Juvier, en sus Osse-
ments fossiles ya había hecho remarcar la notable variabilidad de esa es-
pecie o de la vecina O. Iiemionus. No insistiremos por el momento en ello.
IX
Neocervinae fósiles
Recapitulando nuestro bosquejo cronológico de los hallazgos de res-
tos fósiles de Cérvidos en Sud América, podemos dividir los trabajos pu-
blicados desde las primeras noticias de Lund hasta el momento actual
en dos series : la primera, en que las formas son descritas como pertene-
cientes al género Cervus L. sensu Jato; la segunda, en que los autores en-
sayan de referir las diversas especies a los géneros actuales o a ciertos
géneros extinguidos (véase el cuadro adjunto).
A. Cervus scnsii lato
1830. Lund : C. uff. campestris, aff. paludosas, aff. sinipUcicornis , aff. rufas (de
las cavernas de Lago» Santa).
449 —
18f)7. Bravard : C. magnas (= C. paludos as seg. Burm .) , diluvianas, pampaeus
(— C. campes tris seg. Burm .) entrerianus (de la formación de la Pampa
y Paraná).
1864. Burmeister : C. paludosas, campestres (del diluvium pampeano).
1880. Gervais & Amegliino : C. dubius, tuberculatus, brachyceros , mesolithicus
y otros ya citados (del pampeano de Buenos Aires y Tarija).
1880. Amegliino : C. pampaeus, campes tris , magnas, diluvianas, entrerrianus,
dubius, tuberculatus, brachyceros, aff. simplicicornis, mesolithicus, rufas
(del eolítico y paleo-mesolítico de la Argentina).
1881. Wolf : C. chimborassi, riobambensis (del Ecuador).
1885. Branco : C. aff. chile asís, aff. capreolus ?, aff. dama?, aff. elaphus ? (de
Punin, Ecuador).
1887. Lydekker : C. rufas, simplicicornis, nemorivagus, pudo (de las cavernas
de Minas Geraes) .
1888. Amegliino : C . fragilis, ensenadensis, azpeitianus, brachyceros, lujanen-
sis, palacoplatensis , saleadas, seleniticus, ultra, avias (de la formación
pampeana y Monte Hermoso).
1888. Moreno : C. patachonicus , minor ^ intermedias, tapalqucncnsis (del pam-
peano de Buenos Aires y Monte Hermoso) .
1902. Amegliino : C. percultus, tuberculatus (del pampeano de Tarija).
13. Cariacos (— Mazama, Sábulo ) sensn lato.
1891. Lydekker : C. brachyceros, azpeitianus, fragilis, ultra , seleniticus, cam-
pestres, paludosas.
1898. Lydekker : M. brachyceros, fragilis, ultra, scncliticus ( sic ).
1906. W' inge : S. canpcstris, paludosas, simplicicornis, rufas.
Cervus sensu stricto, Blastóceras, Paraceros, etc.
1889-1906. Amegliino : Cervus ( — Odocoileus) brachyceros, lujanensis, palaco-
platen8is, latas, tuberculatus. Paraceros ensenadensis , fragilis, vnlnc-
ratus, avias. Blastóceras (—? Odocoileus) azpeitianus , paludosas , cam-
pestris. Antifcr ultra, llippocamelus ( = Furcifer) sulcatus, seleniticus,
bisulcas, Epicuryccros truncas. Mazama (— Coassus ) rufa, nemorivaga,
rufina, mesolithica.
1904. Roth : Coassus entrerrianus.
En un primer período que se extiende desde 1830 basta 1888, lianse
descrito unas dos docenas de especies por Lund, Bravard, Gervais y
Amegliino, Wolf, Branco, Lydekker. En un segundo período este número
aumenta en poco gracias a los esfuerzos de Amegkino, de Lydekker,
de Roth, etc., pero es sobre todo interesante la distribución que do to-
das ellas hace Amegliino en seis-siete géneros. Vamos a examinarla pre-
viamente, pues discutir el valor propio de esos géneros es nuestro prin-
cipal objeto.
450 —
Hemos visto que, haciendo abstracción de las pequeñas formas de
Mazama , Lydekker ha opinado que los Ciervos fósiles sudamericanos eran
representantes extinguidos o no, y, cuando extinguidos aliados, de las
especies vivientes del género Cariacns (— Blastocervus — Mazama ) sensu
lato. Para adelantar esta opinión, Lydekker 1 cree que los cuernos de
todas las formas descritas por Amegliino pertenecen o derivan de un
solo tipo estructural, el dicotómico, propio de los Cariacinos. En 1894,
Amegliino parecía plegarse a esa opinión tan categórica del célebre
paleontólogo inglés, pero en definitiva volvió más tarde a su primera
idea de la multiplicidad de los géneros entre los Cérvidos sudameri-
canos.
Personalmente, creo que Amegliino haya tenido razón, pero des-
graciadamente los nuevos géneros que ha creado fueron basados en
caracteres insuficientes o erróneos : ejemplos de ello son Antifer y
Epieuryceros, ambos representados por fragmentos de cuernos que se
caracterizan sobre todo por su considerable talla y por su excesivo en-
sanchamiento y achatamiento. A falta de mayores restos de Epieuryceros
truncas , especie que no puedo discutir con mayor dedicación, por no
permitirlo la figura respectiva de los Mamíferos fósiles (pl. 38, fig. 1), creo
«pícese género puede pasar sin dificultad a la categoría de sinónimo de
Antifer } como lo proponía Lydekker desde 1891, considerando a Antifer
como género vecino del Blastóceras actual.
Dos ejemplos de erróneas diagnosis nos ofrecen en cambio los géne-
ros Cercas Amegliino nec L. y Paraceros Amegliino. El primero se diferen-
cia del segundo, en sus cornamentas igualmente ramificadas (por más que
Amegliino diga lo contrario), por tener el mogote anterior basal y no sab-
basal. Hemos visto que es éste un carácter muy variable, hasta en un
mismo género, y que en opinión de los modernos sistemáticos carece de
valor taxonómico. Por eso mismo quizá, había creído conveniente Trou-
essart 2, de reunir ambos grupos bajo la denominación de Odocoileus,
aunque sin duda esta interpretación sea también errónea, pues se funda
tan sólo en la mayor complicación que este género del norte presenta
en sus cornamentas cuando se le compara con las formas sudamericanas
actuales.
El doctor Amegliino se equivocó cuando creyó que el género Cerras
podía haber existido en Sud América durante el pliooeno y el pleisto-
ceno $ también se equivocó cuando creyó poder diferenciar dos géneros
en formas esencialmente semejantes como lo son Paraceros fragilis y
Cerras brachyceros , lujanensis ; pero estaba en lo cierto cuando sostenía
que ni una ni otra podían corresponderá las especies conocidas deAmé-
1 li. Lydiokkkr, Paleontologi argentin, Anales del Musco de La I’lata, 1893.
- TUOUUSSakt, Catalogas mammalium el supplemcntum, 1898-1901.
— 451
rica por la evidentemente mayor complicación de sus cornamentas. Lo
demuestra, a mi modo de ver, todo el material fósil depositado en el Mu-
seo de La Plata y en parte aprovechado por Lydekker durante su breve
estada de 1891.
Las futuras investigaciones paleontológicas sobre la fauna pampeana
han de demostrar acabadamente la íntima relación de esas formas extin-
guidas de Gervus = Paraceros, que reconoció el doctor Ameghino desde
1888, con los Neocervinae americanos actuales. Por el momento nuestro
material se reduce casi exclusivamente a cornamentas, molares y trozos
del cráneo, que no son suficientes para afirmar la existencia en ellos de
los rasgos característicos para el grupo
Sin embargo, y fundándome en que la especie típica de Paraceros ,
<pie es P. enscnadensis Ameghino 1888, pertenece sin duda a un Blastó-
ceras, me permito proponer la creación de un género nuevo — que com-
prende casi todas las formas extinguidas de ciervos sudamericanos con
cornamentas ramificadas, — el cual denominaré, en honor del fundador
de este Museo, Morenelaphus , eligiendo para tipo del mismo la notable
pieza descubierta en Tapalquen, designada por el mismo doctor Mo-
reno en 1888 como Gervus tapalquenensis , y referida por Ameghino y
Lydekker al Gervus brachyceros Gervais & Ameghino 1880.
El nuevo género Morenelaphus representaría el término superior de
la evolución de la serie neocervina, con sus cornamentas francamente
ramificadas. Un grupo intermediario entre él y Blastóceras lo constitui-
ría otro nuevo género caracterizado por sus cuernos redondeados, dico-
tómico-ramificados, el género Pampaeocervus, distinto de Antifer Ame-
ghino.
Aparte de estos géneros extinguidos, exclusivamente basados en cuer-
nos enteros o casi enteros, existe en la fauna pampeana restos de los
actuales Mazama, Hippocamelus y Blastóceras ; la determinación gené-
rica de las respectivas especies no ofrece ninguna dificultad, por lo me-
nos para aquellos restos que han estado a mi alcance en nuestras co-
lecciones : son ellas el Hippocamelus sulcatus y seleniticus Ameghino,
Blastóceras azpeitianus Ameghino, paludosas Desm., campestris Ouv., y
Paraceros ensenadensis Ameghino el que, reducido a un trozo basal de
cuerno, coincide casi completamente con la misma parte del cuerno de
Bl. dichotomus Ulig. actual.
1 Eu ol cráneo incompleto de C. lujanensis Ameghino, figurado en 1893 (Anales
del Museo de La Plata, II, lám. XXX), el vómer ha sido quebrado en su baso, pero
por lo que quedado la región, casi me atrevería a asogurar quo ese hueso fuó más
desarrollado que en los ciervos ouroasiáticos.
Las respectivas especies lian sido descritas con mucho cuidado por el
doctor Ameghino en los Mamíferos fósiles Posteriormente Lydekker J,
revisando el material original de nuestro paleontólogo, lia creído deber
reducir las formas ameghinianas a siete y luego a cuatro especies. A
este efecto, a unas formas las considera como anómalas y a las demás
como variaciones de otras descritas, extinguidas o vivientes.
Lydekker tiene muchas veces razón, sin duda, pero el material fósil
de que disponemos es tan escaso que hay que mostrarse muy cauto antes
de afirmar ciertas sinonimias.
En las especies vivientes, la variabilidad de las cornamentas es bien
conocida. En 1878, Brooke había notado una constante tendencia en ellas
a la variación; como él lo dice muy claramente, no hay dos cuernos de
ciervo que sean exactamente iguales. Pero las variaciones no son sola-
mente individuales, sino que se pueden transmitir y fijar por herencia :
por este hecho se explicaría la aparición de variaciones raciales y hasta
de ciertas variaciones específicas.
Entre las variaciones individuales una de las más frecuentes es la que
tiene su origen en la edad del respectivo animal; deciduas, las corna-
mentas de los ciervos caen cada año y son reemplazadas por nuevos
apéndices más complicados (dentro de ciertos límites) que los preceden-
tes. Bien conocida al respecto es la evolución progresiva de los cuernos
del Cervus elaphus europeo (fig. 8, n° 10); para nuestras formas aborí-
genes encontramos en las obras de Burmeister 1 * 3 algunos datos sugeren-
tes. Cervus paludosas, dice este autor en la Description physique, tiene
en el segundo año una sencilla daga; en el tercer año, dos ramas casi
iguales; en el cuarto año, tres o cuatro mogotes, según se hayan subdi-
vidido ambas ramas o solamente la anterior; ulteriormente, cada una
de las ramas principales adquiere una tercera ramificación inferior, de
modo que el cuerno puede llevar 5-0 ramificaciones, que es su número
máximo (en general los mogotes alcanzan a 4).
2sTo solamente hay diversidad en cuanto a número de mogotes de un
individuo a otro, sino que en el mismo individuo la asimetría de los
cuernos es muy común. El mismo Burmeister nos dice a este respecto
para C. paludosas adulto, que cuando un cuerno lleva 5-0 mogotes, el
otro siempre trae un número menor; igual cosa pasa con C. campestris
en donde el número normal de mogotes, tres, puede alcanzar en una
1 Fe. Amicgiii.no, Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles déla República
Argentina, páginas 381-396, planchas XXXVI-XXX1X.
1 Lyimck KlCK, Paleontología argentina, Ungulados, en Anales del Museo de La Plata,
1893.
3 G. BUKMKI8TKK, Description physique de la Republique Argentine, tomo 111 (mam-
miféres, página 460, y Ueber Equus bisulcas Mol. in IViegmann’s Archiv fiir Eaturgc-
schichte, página 19, 1875.
— 453
de las cornamentas a cuatro o cinco. listas variaciones, también seña-
ladas en nuestras especies argentinas por Lydekker, dependen de la
diversa bifurcación de las ramas anterior o posterior, a veces también
de la aparición de mogotes accesorios que nacen a diversa altura del
cuerno. Cuanto más complicado el cuerno, más frecuentes son las varia-
ciones respectivas (ej. Od ocoi leus virginianus).
Otro grupo de ciervos en que las cornamentas están sujetas a una
extrema variabilidad, quizá individual, quizá también racial, es el génc-
Fig. C. — Variaciones individuales en cornnmontns do Uipjiocamelus chilensis
y Blastóceras jtaludosus
ro Eippocamelus. De las colecciones zoológicas de nuestro Museo, sin
embargo relativamente pobres en material de ese género, lie elegido una
serie de cuernos del huemul chileno, las cuales ilustran suficientemente
el grado de variabilidad de esa especie y de Blastocerus paludosus (fig. 6).
Permitáseme recordar el hecho que Gray creyó deber fundar un nuevo
género, Xcnelaphus , sobre los cuernos de un Eippocamelus antisensis
extraordinariamente desarrollados. Goeldi ha llamado la atención so
bre hechos semejantes en los ciervos del Brasil '.
' E. A. Gorcuu, Esludos sobre o desenvolví ¡nenio da annapao dos vendos gnlhciros do
Untsil (Cervus paludosus, C. canipeslris, C. Wíctjnianni), on Mcmor, do Musen Goeldi,
III, Río do Janeiro, 1902.
•154
Las especies fósiles no demuestran ser menos variables que las actua-
les. Estudiando abundantísimos restos del Cervus euryceros procedentes
del diluvhm de Turingia, en 1892 Ilans Pohlig 1 pudo clasificarlas «des-
viaciones» en la forma de las cornamentas en el modo siguiente:
• 1. Deformaciones o monstruosidades : son las manifestaciones de carác-
ter patológico que aparecen sobre todo en los cuernos de los individuos
viejos o debilitados.
2. Anomalías : a ellas corresponden aquellas variaciones accidentales,
rarísimas, individuales, pero no patológicas, que consisten en la duplica-
ción de los mogotes, en la aparición de ramas accesorias, etc.
.'i. Variaciones propiamente dichas : son aquellos modos de desarrollo
que se presentan constantemente en cada especie pero que no se expli-
can por aislamiento geográfico o geológico, ni son debidas a hechos de
domesticación.
4. Variaciones raciales, o subespecíficas, lo son aquellas constantes va-
riaciones que justamente deben su origen a aislamiento local o a domes-
ticación, y que dentro de una especie son, en su principio al menos,
insuficientes como para crear una forma específica nueva. Un ejemplo
muy instructivo, siempre lo es Odocoileus virginianus.
Para el Cervus elaphus antiqui, Polilig ha podido señalar un gran
número de anomalías : se refiere a la aparición en el heam de mogotes
accesorios más o menos desarrollados, entre la brow-tinc y la hez-tiñe
(hecho frecuente en el actual Cervus canadensis) ; a la dicotomía de la
misma brow-tine, a la diversa altura de ésta en el cuerno, etc. Igua-
les variaciones se han verificado en Alces, Dama, Rangifer, etc., y han
servido de fundamento a autores inexpertos para crear nuevas espe-
cies.
Un atento estudio de las cornamentas es pues indispensable en las
especies actuales y lleva, cuando se trata de las formas fósiles, a con-
siderar con mucha circunspección toda creación de nuevos nombres,
principalmente a base de material tan incompleto y escaso como el
nuestro.
Un ejemplo, sin duda, de monstruosidad nos ofrece, éntrelas especies
sudamericanas, el trozo de cuerno que Ameghino bautizó con el nombre
de Cervus palaeoplatensis (lám. I, fig. 10); en sus otros caracteres corres-
ponde al Cervus lujanensiSj y a esta especie lo refirió Lydekker, con
razón, desde 1893.
Un ejemplo de anomalía me parece constituir la especie Cervus latas,
representada por un trozo de cuerno (lám. XXX Vil, fig. (> del Atlas
1 II. Poiilig, Die Cerviden der tliiiringischen Diluvial — Travertiues mil Beitrcige ¡iber
andaré diluviale and recente Hirecli formen, ralaecnluijraphica, XXXIX, páginas 215-
263, Taf. XX1V-XXVII, 1692.
455
de los Mamíferos fósiles) que Amegliino parece diferenciar esencialmente
por la posición basal de la primera ramificación (fig. 1, 11o 4); podría refe-
rirse al Cervus brachyceros o al Gervus lujanensis del mismo autor, quizá
al primero antes que al segundo, pero con piezas tan incompletas como
ésta, mal se' puede reconocer especies. Este último argumento es válido
para Paraceros arins, tan pobremente representado por trozos de corna-
mentas que dejan sólo pensar en su posible ubicación en el género Blas-
tóceras (fig. 1, nos 2 y 3).
Otro ejemplo de anomalía podría darse con Blastocerus azpciiianus, que
solamente difiere del fíl. dichotomus actual, según Lydekker (quien lia
respetado esta especie de Amegliino), por la diversa dirección de las rami-
ficaciones de sus cuernos; Amegliino insistía más bien en su aspecto liso
y en la forma aplastada de la bifurcación basal (lám. I, fig. 9) Difícil-
mente lia de subsistir esta especie en la nomenclatura paleontológica;
lo mismo sucede con Paraceros vulneratus y Paraceros cnsenadensis, evi-
dentemente pertenecientes ambas al género Blastocerus, y quizá equiva-
lentes al Blastocerus dichotomus Illig. viviente, no obstante sus posibles
diferencias de tamaño con esa especie; los otros caracteres existentes en
esos trozos de cuerno, sin la menor duda son insuficientes para fundar
especies ; ni siquiera bastarían para reconocer variedades (lám. I, figs.
Gy 7).
Un tercer caso de anomalía paréceme representado por llippocamelus
seleniticus respecto de 11. sulcatus Amegli., si es que ambas especies no
deberán más adelante ser consideradas como meras sinónimas del H.
chilensis actual (lám. I, figs. 1 y 6). Lydekker lia creído oportuno iden-
tificar ambas especies fósiles; el mismo beclio de separar boy día H.
chilensis de 11. antisensis por la diversa altura, encima de la base, de la
bifurcación del cuerno queda, cuando se compara un material suficien-
temente abundante, completamente desvirtuado.
Ya liemos visto a qué discusiones entre Amegliino y Lydekker lia
dado lugar el trozo de cuerno tipo de Epieurflceros truncas que aquél
considera como un cuerno casi entero y sencillo, y éste como trozo basal
del cuerno de Antifer ultra. Este problema, mientras no se disponga de
una pieza más completa, será insoluble. A igual indecisión obligan las
especies como ser Gervus tubcrculatus , Gervus dnbius, Cervus pereultus de
Amegliino y los Gervus patachoniciis , intennedius y minor de Moreno,
fundadas aquéllas en molares sumamente gastados y las últimas en tro-
zos exiguos de cuernos y restos del esqueleto, pues es absolutamente
imposible referirlos a ninguna de las especies válidas descritas en cor-
namentas. No se puede decir otra cosa de la especie de Mazama, M. me-
solithica, que Amegliino considera diversa por su talla de las actuales,
pero que desgraciadamente está sólo representada hasta la fecha por
una rama mandibular con tres molares.
— 456 —
En 1880, Gervais y Amegliino 1 describieron como Cervus brachyceros
un insignificante trozo basal de cuerno (ftg. 1, n° 1) que consideraban
no obstante como casi completo y formado por una ramificación anterior
y una rama posterior muy corta. En 1888, Amegliino 2 identificó con
esta problemática especie un cuerno con rama principal larga, aplasta-
da y encorvada, provista de un mogote ocular trifurcado (lám. I, fig. 5).
Esta identificación es verdaderamente errónea; igualmente la que él
adoptó en 1889 en cuanto a otro trozo de cuerno con una rama princi-
pal y tres ramificaciones anteriores. Sin embargo, Lydekker 3, en 1893,
aceptó estas identificaciones y la de Cervus tapalqucncnsis Moreno, ad-
mirablemente representado por un cuerno de 70 centímetros de longi-
tud (lám. II, fig. 1). Personalmente rechazo absolutamente ambas iden-
tificaciones de mis predecesores, pues la pieza típica de Gervais y
Amegliino, de la cual Amegliino dejó molde de yeso en nuestras colec-
ciones, lo mismo que la insuficiente descripción de aquellos autores, no
lo permiten.
Tampoco acepto las ideas que Lydekker emitiera respecto de la iden-
tificación de G. lujanensis Amegli. con C. brachyceros Gerv. et Amegli.,
considerando a aquélla como forma juvenil de ésta. En paleontología, a
menos de disponer de un material muy abundante que muestre los diver-
sos estados de desarrollo de una determinada especie, es difícil hablar
de formas juveniles, sobre todo cuando esas formas juveniles son tan fre-
cuentes o más que las adultas. El argumento de Lydekker sobre desapa-
rición, con la edad, de los tubérculos que caracterizan a Cervus lujanen-
sis ¡ , me parece igualmente un argumento a contrario , pues en lasespecies
de ciervos europeos fósiles los autores señalan en cambio el crecimiento
con la edad de los procesos tubercul i formes. Por lo demás, la forma de
ramificación de las cornamentas de G. lujanensis hablan en favor, por su
constancia, de una especie característica.
La validez de Paraceros fragilis no es discutida ; la apoya igualmente
el reducido tamaño de los cuernos que le pertenecen y su siempre idén-
tica ramificación (lám. I, fig. 3 y lám. II, fig. 5).
En definitiva, los géneros y especies fósiles de ciervos sudamericanos
serían los siguientes :
1 Gnu va is et Amugiiino, Lea mammiferea f oasilcs de V .huerique méridionale, núme-
ro 185.
2 Fi,. Amugiiino, ¡lápidas diagnosis, etc.
3 li. Lydmkkkr, Ungulados, eu Paleontología argentina, A nales del Museo de La Pla-
ta, 1893.
457
1. MAZAMA Rafiuesque
Caernos sencillos en forma de daga, cortos, sin ramificaciones o con
ramificaciones incipientes.
El doctor Amegliino lia señalado como especies fósiles tres formas
actuales :
Mazama, americana (Erxleben) = M. rufa Illig.
3l.a zama simpUcicornis Illig. = 3[. ncmorivaga Cuv.
Maza ma rufina Pudieran.
Y una forma que considera extinguida,
3íazama mcsolithica Amegli.
Todas estas determinaciones, y especialmente la última, se fundan en
material escaso, consistente en molares o trozos más o menos completos
de maxilares, y sobre todo en caracteres de relativo valor en ese caso,
como pueden tenerlo las medidas absolutas de los respectivos restos.
Los rasgos que el doctor Amegliino anota en el mandibular de ilf.
mesolithica, sólo podrían adquirir un cierto valor, si se conociera debi-
damente los caracteres osteológicos de las especies actuales, de las
cuales hasta la fecha los mamálogos poco se han ocupado. En definitiva,
sólo se puede otorgar a las especies citadas por el doctor Amegliino un
carácter provisorio, principalmente en consideración a su edad reciente.
En cambio, la especie descrita como Mazama (?) entrerriana (Roth),
representada hasta hoy por un solo molar, nos ofrece otra importancia
si se acepta, como lo afirma su autor ', que pertenece efectivamente a la
formación paranense.
Pues, do ser así, sería el más antiguo representante de los Cervidac
en Sud América, y ya cabría preguntarse si su asignación a Mazama , no
obstante la aparente primitivenes de este género actual, es verosímil.
Interesante sería, a este respecto, comparar la muela en cuestión con
los respectivos molares de los últimos Hypertragulidae (Blastomeryx) do
Norte América; desgraciadamente carecemos de tal material de compa-
ración.
Provisoriamente se puede, para no recargar la nomenclatura con nom-
bres inútiles, colocar la especie Cervus ( Coassus ) entrerrianus Roth den-
tro del género Mazama ; lo mismo cabe hacer con una nueva forma de
ciervo de la misma formación paranense que está representado por el
' R. Ro m, Noticias preliminares sobre nuevos mamíferos fúsiles del cretáceo superior y
terciario inferior de la Patayonia (Apómüco), en liceísta del Musco de La Plata, tomo
XI, 1904.
KEV. MUSEO LA PLATA. — T. XXV[
32
— 458 —
momento por dos muelas y que por sus dimensiones, sin duda superiores
a la anterior, describiré como Mazama Lafonequevedoi en honor del ex
director del Museo, doctor Samuel A. Lafone Quevedo, de quien recibí
los i'estos respectivos, procedentes de una perforación practicada en Santa
Fe. El doctor Santiago liotli afirma provenir esta especie igualmente
del horizonte paranense.
2. HIPPOCAMELUS Leuckart.
Cuernos de desarrollo mediano, bifurcados un poco encima de la base
(burr) o en la misma base, y formando dos ramas encorvadas, sencillas o
provistas de ramificaciones incipientes.
I)e este género se han señalado restos de la especie actual R. bisulcas
(Mol.), y de tres especies extinguidas :
Hippocamelus sulcatus Amegh.,
Hippocamelus scleniticus Aniegli.,
Hippocamelus incógnitas Amegh. ;
las dos primeras fundadas en cornamentas y restos del cráneo incom-
pletos, la tercera en muelas inferiores. Para ésta me remito a la adver-
tencia que ya hice respecto del valor do los caracteres de molares en
supuestas especies fósiles, que requerirían un atento estudio de compa-
ración con una gran serie de formas recientes.
Itespecto de las otras dos especies extinguidas del pampeano de Bue-
nos Aires, creo muy aceptable su reducción a una sola que había pro-
puesto Lydekker 1 desde 1893, pues el carácter de la diversa altura en que
nace la bifurcación es tan variable en los ciervos, y especialmente en las
formas vivientes, que por sí sólo no permite separar especies. Únicamente
quedaría como carácter distintivo de la respectiva forma extinguida
que habrá de denominarse Hippocamelus sulcatus (Amegh.), la morfología
de las cornamentas, más esbeltas y más encorvadas que las de las es-
pecies actuales. A falta de material más abundante se la puede aceptar
como tal especie extinguida, si bien le correspondería quizá mejor la
denominación de variedad.
3 BLASTOCERUS Snndovall
Cuernos relativamente robustos, algo arqueados lateralmente (con
convexidad externa), irregularmente dieotómieos, algo achatados, con
rama anterior menos desarrollada que la posterior y naciendo siempre a
breve distancia de la base (burr).
Lydkkkiür, Ungulados, en Paleontología argentina, loe. cit.
459
Los restos do Bl. dichotomus (lllig.) = BL paludosus y de Bl. bczoarti-
cu (L.) = Bl. campestris no son raros en los estratos superiores de la for-
mación pampeana; las respectivas cornamentas no difieren esencial-
mente de las actuales.
Sobre cornamentas algo diferentes en su forma, el doctor Ameghino lia
descrito dos especies extinguidas de ciervos : el Bl. azpeitianus (Amegh.)
muy semejante al actual ciervo paludoso, y el Bl. ensenadensis (Amegli.)
que consideraba como Paraccros, y que Lydekker lia equiparado a la
misma especie, aunque sus cuernos serían algo más robustos y más lisos
en la base, única porción existente. Ambas son dudosas, provisorias.
Blastocerus azpeitianus (Amegli.)
De él se conoce un solo cuerno cilindrico casi liso (fosilización ?), algo
arqueado lateralmente. Carece de-la base (burr) ; la rama que nace a 19
centímetros continúa el pedúnculo; algo encorvada, lleva algunas leves
tuberosidades en su borde anterior; no termina distalmente. La rama
posterior se bifurca a diez centímetros de su origen ; algo encorvada, es
cilindrica y achatada en las empaumures ; la ramificación anterior sigue
casi en línea recta la dirección del beam ; la posterior, más desarrollada,
tiene una dirección más o menos horizontal, formando con la congénere,
aproximadamente, un ángulo recto. Ambas son incompletas distalmen-
te (lám. I, íig. 9, y fig. 7, n° 2).
Bl. ensenadensis (Amegh.)
líepresenta a esta especie (variedad de Bl. dichotomus ?) un trozo pro-
ximal de cuerno algo encorvado lateralmente, provisto de acanaladuras
longitudinales en su caras posterior e interna, casi cilindrico encima de
la base, achatado. Luego la primera ramificación (rama anterior) nace a
unos doce centímetros de la burr, es decir, a menor distancia de ella
que en la generalidad de los ciervos paludosos actuales; de ella no que-
da nada, y apenas de la rama principal, quebrada unos centímetros más
arriba (lám. I, fig. 7).
4. t ANTIFER Amegh.
Cuernos robustos, muy anchos y achatados lateralmente, arqueados
con convexidad externa, irregularmente dicotómicos, con la rama ante-
rior recta y la posterior bifurcada, ambas adornadas con fuertes surcos
oblicuos, longitudinales.
400 —
Antifer ultra Amgli.
El único resto que se conoce de esta especie es un cuerno incompleto,
sumamente achatado, externamente convexo, internamente cóncavo-apla-
nado; lo adornan fuertes acanaladuras longitudinales, oblicuas, bien
marcadas sobre todo cerca del borde posterior, que se continúan por
todo el cuerno hasta la rama superior (lám. I, fig. 8).
La base es incompleta, y no se puede afirmar, como lo hace el doctor
Fig. 7. — Gornaimintiis do Neoccrvinac fósilos : 1, Antifer ultra Amugli.; 2, Blastóceras azpei-
tianus Amegli. ; 3, Morenelaphus psemloplatcnsis Car. ; 4, l'ainpaeocerous platensis Car. ; 5, .l/o-
renelaphus Lyilekkeri Car.; 6, Morenelaphus fratjilis (Amegli.); 7, Morenelaphus Kothi Car.
(todos vistos de frente).
Ameghino, que la rotura ántero-inferior represente el origen de una rama
anterior. Esta, fuertemente acanalada, nace a 20 centímetros de altura
sobre la base proximal y, quebrada, muestra un corte tetragonal.
La rama posterior se bifurca a unos 15 centímetros más arriba, en
una ramificación anterior rota y una posterior de corte triangular, que
es continuación del bordo posterior del cuerno, el cual alcanza un largo
total, allí, de 55 centímetros.
5. t PAMPAEQCERVUS n. gen.
Cuernos grandes, cilindricos, levemente arqueados en forma de S, con
la rama anterior subbasal (recta o bifurcada?) y la posterior (beam) muy
461
desarrollada, dicotómica en su extremidad, provista de una ramificación
de dirección antero-externa a la mitad de su altura.
Tipo : P. platensis n. sp.
Pampaeocervus platensis n. sp.
Cuerno casi cilindrico; se ensancha algo hacia su extremidad distal.
La superficie, mal conservada.
La rama anterior, cercana a la base, tampoco conservada. La rama pos-
terior o beam es algo encorvada y se bifurca a unos 45 centímetros de
la base, dando origen a una rama anterior cilindrica, algo encorvada
(incompleta) y a una rama póstero-superior que a unos 14 centímetros
de su nacimiento se vuelve a dividir en dos ramas (ulteriormente dico-
tómicas ?) en nuestro ejemplar. A 22 centímetros de la base del cuerno, y
casi a ángulo recto, nace de la rama posterior un mogote corto, cilin-
dro-cónico, de dirección ántero-superior (lám. II, fig. 2, y fig. 7, n° 4).
Pampaeocervus lujanensis (Amegh.)
En 1888, el doctor Ameghino 1 dió la descripción de un trozo de cuerno
que designó como Cervus lujanensis ; lo caracterizaba por la posición
subbasal de su rama anterior, por la morfología (tubérculos y curvatura)
de la posterior, por la posición intermedia de su segunda ramificación y
por la forma achatada de la bifurcación terminal, desgraciadamente que-
brada en su origen (lám. I, fig. 4).
La forma general de este trozo de cuerno recuerda enteramente a Ja
de la especie precedente, P. platensis, lo mismo que su ramificación distal
que parecería indicar una bifurcación semejante a aquélla. Estos carac-
teres me llevan a ubicar provisoriamente el Cervus lujanensis Ameghino
en el nuevo género Pampaeocervus.
6. t MORENELAPHUS n. geu.
Cuernos bien desarrollados, cilindricos, terminados por una leve pal-
mation o croicn bi o trifurcada. La rama anterior, subbasal o basal,
lleva uno o dos mogotes accesorios; la posterior (beam), esbelta, es mar-
cadamente arqueada en S y soporta uno o dos mogotes de dirección
ántero-externa y un mogote posterior.
Tipo: M. Lydelckeri nom. nov.
Fj.. Amkghino, liápidas diagnosis, etc.
— 4G2
Morenelaphus Lydekkeri uom. nov. = 0. brachyceros Amegli. neo Gerv. et Amegli.
= C. brachyceros Lyilekker, neo Gerv. et Amegh.
En 1880, Gervais y Amegliino 1 creaban una nueva especie fósil de
Cervus sudamericano a base de un pequeño trozo de cuerno constituido
por una porción proximal del beam y una rama anterior incompleta. De
este resto el doctor Amegb i no lia cedido al Museo un molde de yeso que
lie tenido a la vista, el cual en modo alguno es comparable, si se consi-
dera la dirección de las respectivas ramificaciones, con los trozos de
cuerno que Amegliino atribuyó en 1888 y 1889 a esa especie s. En 1898,
Lydekker 3, inducido en error por esa falsa interpretación del doctor Amo-
glano, creyó deber atribuir a la misma un cuerno de ciervo completo
descubierto en Tapalquen y señalado ya en 1888 por el doctor Moreno,
como especie propia, bajo el nombre de G. tapalquenensis (nomen nudum).
Propongo para la misma el nombre de Morenelaphus Lydekkeri conside-
rándolo como tipo del nuevo género cuyos caracteres ya lie dado pre-
cedentemente (lám. II, fig. 1, y lig. 7, n° 5).
El cuerno nace del cráneo con una burr bien pronunciada en todo su
contorno. A dos o tres centímetros encima de ella, más o menos, se ori-
gina la brote-tiñe o rama anterior, que forma un ángulo obtuso con la
principal. Esta rama anterior, según la edad del sujeto, es sencilla,
b i ramosa o lleva hasta tres mogotes cilindro-cónicos por bifurcación de
la ramificación superior, la que es recta cuando sencilla, y ligeramente
encorvada cuando dicotómica (véase el tipo de Amegliino); la ramificación
inferior, colocada a continuación de la broio-tine, recta basta entonces,
es más encorvada y forma como un principio de gancho dirigido hacia
arriba. La brow tine lleva unos pocos tubérculos en su cara anterior;
posteriormente es lisa y achatada; tiene 18 a 20 centímetros de largo.
La rama principal (beam), vista de frente, es ligeramente encorvada en
S ; de costado es casi recta. Más o menos cilindrica, encima de la base
lleva surcos y tubérculos poco marcados ; superiormente se achata en las
caras interna y posterior, y ensancha, especialmente en distal del naci-
miento de la hinder-tine (mogote posterior), terminando en tres rami-
ficaciones cónicas y rectas como lo indica claramente la fotografía ; a
esa altura lleva tubérculos y surcos en la cara posterior.
La primera ramificación del beam (tres-tiñe f) nace a unos 15 centíme-
tros de la rama anterior, y alcanza en el cuerno típico unos 14 centíme-
tros de largo ; en el ejemplar descrito por Amegino su longitud es un
* Gervais et Ameguino, Les mammiféres fossiles (le l’ J manque du Sud, etc.
" Fi,. Amegiiino, ¡lápidas diagnosis y Contribución al conocimiento de los mamíferos
fósiles, loe. cit.
3 Lydekker, Ungulados, en Paleontología argentina, loo. cit.
4G3
tercio mayor. Nace del beam a ángulo recto o poco agudo, y toma una
dirección francamente ántero-superior ; achatada en la base, es cilindro-
cónica en su porción terminal.
La segunda ramificación del beam es casi cilindrica en su base; se
achata más adelante tomando la forma de una costilla. Incompleta en
nuestros ejemplares, era probablemente muy larga y encorvada hacia
adentro. Nace con ángulo más agudo que la primera, a 12-18 centímetros
encima de ella.
La tercera ramificación es posterior y aparece a 13 centímetros en-
cima de la segunda. Forma un ángulo casi recto con el beam y en el
animal vivo debió tomar una dirección póstero-inferior. Su base es casi
cilindrica; nada se puede afirmar sobre su longitud. La ramificación an-
terior de la crown se separa del beam a 17 centímetros más arriba y las
posteriores a 25 y 29 centímetros respectivamente.
En total, el cuerno de Morenelaphus Lydelckcri alcanza unos 70 centí-
metros de longitud.
Morenelaphus pseudoplatensis n. sp.
En 1893, Lydekker 1 atribuyó a Cariacus brachy ceros, y considerándolo
erróneamente como forma juvenil de tal especie, un cráneo con dos
cornamentas incompletas que parecían tener en común con G. lujanensis
Amegh., la disposición de las ramificaciones proxi males y la forma de
los tubérculos (fig. 7, n° 3).
Pero, aparte de diferencias en la estructura externa y la forma gene-
ral de la rama principal, estos cuernos son distintos de los del verdade-
ro C. lujanensis Amegh. principalmente por carecer de todo rastro de
bifurcación. Este hecho me induce a creer que representaría una forma
do Morenelaphus, si no se trata de un género especial; provisoria-
mente propongo para esta forma la denominación de 1 Morenelaphus pseu-
doplatensis.
A unos pocos centímetros (2 o 3) de la base nace la rama anterior,
algo achatada ; posiblemente se bifurcaba en el mismo modo que en las
otras especies do Morenelaphus : lo indicaría un trozo de cornamenta que
en sus demás caracteres coincide con los cuernos del cráneo considerado
por Lydekker.
La rama principal (beam) es casi cilindrica, más redondeada que en
M. Lydelclceri, aunque algo aplanada en las empaumures ; levemente ar-
queado hacia afuera, está adornado por numerosos y fuertes tubérculos
en su cara y borde interno posteriores, que tienen una forma alargada
transversal. La primera ramificación del beam nace a 10 ó 18 centíme-
‘ R. Lydkkkku, Ungulados, en Paleontología argentina, loe. cit.
— 464 —
tros arriba de la rama anterior; quebrada, presenta un corte elíptico.
Superiormente, continúa el beam con tubérculos menos marcados y con
dirección casi rectilínea, sin dividirse, por el espacio de 30 centímetros;
es, sin embargo, incompleto.
Morenelaphus fragilis (Amegh)
Esta especie, de pequeña talla, está representada por dos cuernos
casi completos y otros trozos más o menos importantes, en nuestras co-
lecciones. Sus cornamentas alcanzan a 35-40 centímetros de largo y son
gráciles, cilindricas y lisas, sin tubérculos. En la base, la burr es bien
dibujada. La rama anterior nace con ángulo obtuso a 0 centímetros arri-
ba de ella, es casi cilindrica, corta ; su dirección debió ser án tero-externa.
La rama principal, por su curvatura externa y supero-internn, tiene una
forma de lira, como lo muestra la figura; su primera ramificación nace
a 1G centímetros más arriba de la rama anterior, la segunda a 12 centí-
metros de la anterior y la tercera a una distancia algo mayor. La primera
ramificación de la rama principal es cilindro-cónica y ligeramente encor-
vada; toma desde su nacimiento, en ángulo agudo, una dirección distal y
ántero-interna. La segunda nace con ángulo más agudo que la primera y
es igualmente encorvada; la tercera y última ramificación, más corta,
formaría con la continuación de la rama principal, una bifurcación o
corona, en donde el beam se ensancha levemente (lám. II, fig. 5, y lig. 7,
n° 6).
Morenelaphus Rothi n. sp.
Los dos ejemplares de cornamentas de esta especie que tenemos en
nuestra colección, han sido descubiertas por el doctor Santiago Koth en
el ensenadense de Baradero (comunicación oral del mismo).
Este tipo de cornamenta recuerda al de Morenelaphus Lydelclceri, pero
parece ser una forma más evolucionada : so reducen en ella las ramifi-
caciones del beam en el mismo estilo que en ciertas especies de Rangifer,
y en cambio toma mayor desarrollo la rama ocular anterior. La corona
es igualmente diferente (lám. II, fig. 3, y fig. 7, n° 7).
El beam, ligeramente encorvado, sobre todo en su porción superior,
coincide, cuando visto de frente, con el de la especie nombrada. Es tam-
bién de forma casi cilindrica; por la fosilización, la superficie no revela
¡a presencia de tubérculos.
La rama anterior parece muy cercana a la base o burr , no bien con-
servada pero pronunciada; formando un ángulo obtuso con la posterior,
toma una dirección ántero-externa; a los once centímetros más o menos
de su nacimiento se bifurca, dando origen a uh largo mogote cilindrico,
delgado, algo encorvado, que tiene una dirección casi vertical y alcanza
— 465
una longitud de 25 centímetros. La continuación de la rama anterior
forma pronto una curvatura bien pronunciada y toma una dirección casi
paralela a aquélla; su longitud es menor. Esta rama anterior puede ser
basta trifurcada; posiblemente, de acuerdo con la edad del individuo. En
este caso, los tres mogotes que salen de ella forman como un tridente
nacido de su borde superior y constituido por tres puntas casi paralelas,
algo encorvadas, de las cuales la mayor es la mediana (véase la figura).
La primera ramificación del beam, y vínica anterior, pues hasta la
corona no ha llevado otra, aparece a unos 18 centímetros de la brow-
Une; es grácil, puntiaguda, cilindro-cónica y tiene unos 18 centímetros
de largo.
A ese nivel la rama principal comienza a achatarse; a 32 centímetros
de aquella ramificación llevaba una ramificación posterior (rota), al pare-
cer de dirección póstero-superior.
Un poco más arriba, el beam, convexo-cóncavo y algo ensanchado, ter-
mina por una bifurcación formada por una rama anterior vertical y una
póstero-iuferior, ambas puntiagudas, muy achatadas y de bordes cor-
tantes.
El cuerno de esta especie alcanza una longitud de 80 centímetros.
X
Distribución geológica de los Neocervinae
Burmeister 1 distribuía las especies fósiles de Cervus señaladas por
Bravard entre las capas superiores de la formación pampeana : a una
época antigua, pero contemporánea del hombre, correspondían Cervus
magnus y Cervus pampaeus, equivalentes a los Blastocerinos actuales.
En 1880, en su famosa obra sobre la Antigüedad del hombre, Ame-
gliino 2 distribuye cronológicamente los ciervos fósiles entre el plioceno
superior (pampeano o eolítico) y el cuaternario o meso-paleolítico. Al
pampeano (superior), segunda época de la cronología de Burmeister,
corresponden los restos de ocho o diez especies de ciervos ; C. pam-
paeus , magnus, entrerianus de Bravard, dubius, tuberculatus , brachyceros
de Gerv. & Amegli., aff. simplicicornis Lund «y otras tres especies ex-
tinguidas, aún inéditas, y muy diferentes de las actuales»; al pampeano
lacustre, tercera época, pertenecen los restos (huesos) del C. pampaeus
1 G. Burmeister, Fauna argentina. Mamíferos fósiles, etc., en Anales del Museo
público de Filenos Aires, I, etc.
5 Fr.. Ameoiiino, La antigüedad del hombre en el l'lata, cd. La Cultura Argentina,
tomos í y 11 (Lista do rumiantes), página 16G, Buenos Aires, 1918.
— 466
«especie o variedad muy cercana del actual C. campestris »„ Al post-
pampeano lacustre, o cuarta época, que representa una formación cua-
ternaria de agua dulce, pertenecen el subfósil G. campestris , el G.
diluviamis Bravard y el G. mesolithicus Amegh., «especie extinguida
intermediaria entre G. campestris y paludosas». El Cervus paludosas y
el C . rufas aún no están representados en esta fauna mesolítica, pero en
cambio el G. campestris sería tan abundante que los innumerables res-
tos, consistentes en cornamentas, dientes y huesos, representarían, según
Ameghino, más de mil individuos ! En cambio, el G. mesolithicus es escaso
y está representado por la mitad incompleta de una mandíbula. En este
mismo cuaternario acompañan a G. diluvianas otros rumiantes, como
Palaeolama mesolithica y Anchenla diluviana. En los aluviones más
modernos, quinta época, van apareciendo con el C. campestris, el G. palu-
dosas y G. rufas. Be modo que en aquella fecha, Ameghino atribuía el
block de los Cérvidos fósiles al terciario superior.
En 1888 y 1 889 *, ya los reparte en toda la serie pampeana, desde el
piso hermosease hasta el querandino, y considera los primeros represen-
tes del grupo como de edad miocénica :
Piso Ediul Cervitlao
Querandino ) ( Mazama mesolithica , etc.
[ Cuaternario ■. n. . ir
dátense 5 ' Jilastocerus. M azuma.
I Cervus lujanensis, G. palaeoplatensis. Para-
Lujanense J \ ceros vulnéralas. Jilastocerus azpeitianus.
Bonaerense ) ^ loccno supeiioi \ Qervus lujanensis, C. brachyceros. Antifer ul-
\ tra. Furcifer sulcatus.
Belgranense Plioceno medio Paraceros frágil is.
Ensenadense Plioceno inferior Paraceros ensenadensis. Epieunjceros truncas.
Hermosense Mioceno superior Paraceros avius.
Lydekker 5 consideraba al contrario, que todas estas diversas formas,
reducidas en el modo que hemos visto a unas pocas especies, son cuater-
narias. En 1898, Ameghino 1 * 3 persistió, sin embargo, en su anterior opi-
nión y en 1902 cita como provenientes del pampeano inferior y superior
de Tanja (ensenadense y bonaerense), además del ya conocido Cervus
tuberculatus , las nuevas especies Hippocamelus incógnitas y Cervus pcr-
cultus que allí habrían coexistido con Arctotherium , Palaeolama, Tupirás,
1 Fi,. Amkgiiino, Rápalas diagnosis y Contribución al conocimiento de los mamíferos
fósiles.
- R. Lydkkkisr, A sludy of extinct Ungulates of Argén Une, cu Paleontología argen-
tina, II, loe. cit.
3 Fr,. Amicgiiin'O, Sinopsis gcológieo-palcontológica, en Segundo censo de la República
Argentina, tomo I.
— 4(57
Hydrochaerus , Smilodon, Gavia, Felis, Megatherium, Pseudolestodon , Les-
todon, Glyptodon y Dasypus.
En 1904, el doctor Santiago Botli 1 describía el molar de Mazama entre-
rriana como procedente del paranense; y dos años más tarde, en sus For-
mations sédimentaires , el doctor Amegliino 2 nos ofrecía un cuadro de
distribución geológica de los géneros de Cérvidos, que es el siguiente :
( Canidae, etc.
En resumen, respecto de la distribución en el tiempo de la familia de
los Gervidae para Sud América, nos encontramos con dos opiniones con-
tradictorias: la del doctor Amegliino que, teniéndbles por oriundos de
la Argentina, los daba por representados ya (sino antes) en el plioceno
inferior; y la de Lydekker, que \ siempre los lia creído exclusivamente
cuaternarios o pleistocenos.
La opinión de Lydekker lia sido y es compartida por autores europeos
(Zittel, Sclilosser 3) y norteamericanos (Osborn 4, Scott 5, Mattbew %
1 S. Rom, Noticias preliminares sobre nuevos mamíferos fósiles, ote.
5 Fl. Ameghino, Les formations sédimentaires du crétacé snpérieur et du tertiairc de
Patagonie, página 344, Buenos Aires, 1906.
3 Sciilossicu, Sdugcticre, in Zittel, Handbnch der Palaeontologie, 1911.
* OsitORN, The age of Mammals, etc.
5 W. B. Scott, A Historg of land Mammals in the western Hemisphere, New York,
1913.
" W. D. Mattiikw, Climatc and evolution, in Aun. of the New-Yorlc Academg of
Sciences , XXIV, página 241 y siguientesj New York, 1915.
— 468 —
etc.). Estos últimos, a lo más, admitirían que los Cérvidos estuvieran
representados desde el plioceno superior de Sud América.
En los estratos terciarios europeos ningún verdadero ciervo es cono-
cido con certeza antes del plioceno inferior ; durante el mioceno, inferior,
medio y superior, los Cérvidos están allí representados por formas muy
primitivas — Gervulinae o Palaeomerycinae — tales como Amphitragulus,
Dremotherium, Palaeomeryx, Micromeryx, Lagomeryx, Dicroceros , etc.
Durante el plioceno inferior, subsistentes aún Palaeomeryx y Cercanas
en el continente asiático, ya hace su aparición Caprcolus; pero los Ger-
vidae pertenecen sobre todo al plioceno superior y al pleistoceno du-
rante el cual la rama holáctica alcanza su apogeo con Axis, Rusa , Ela-
]>hus, Polycladus, Dama, Megaceros, Alces , etc.
En América del Norte ningún Cérvido es conocido todavía para el
mioceno; la familia entonces está reemplazada por los Hypertraguli-
dae — Leptomeryx, Dromomeryx, etc. — cuyos últimos miembros, ciertas
especies de Blastomeryx que conservan caracteres primitivos, que los
acercan a Amphitragulus y a Moschus, se han perpetuado hasta el plio-
ceno medio y en esa época pudieran haber pasado a Sud América a tra-
vés del istmo de Panamá.
Los Cérvidos en Norte América no aparecen, pues, sino con el plioce-
no ; los primeros restos (Rattlesnake ?) — escasos dientes de un Odocoi-
leus (?) o de un antecesor — son muy dudosos en cuanto a edad y se cree
que la formación que los contenía (Alaehua clays) pueda atribuirse
al plioceno medio (Blanco beds), justamente cuando se verifica la cone-
xión entre Sud y Norte América y arriban al continente boreal nuestros
gravigrados y gliptodontes.
Durante el plioceno superior y el pleistoceno inferior, cuyos estratos
son relativamente escasos en Norte América, solamente se señalan du-
dosos restos de Odocoileus ( ? ) procedentes de la formación de Peace
Creek, en la cual se mezclan formas de diversa edad y de diverso ori-
gen : Olyptotherium y Megalonyx con Tapirus, Equus, Hipparion, Ele-
phas, Mastodon...
Con el pleistoceno medio y el superior, representados por la célebre
fauna de Megalonyx y la fauna llamada Aftoniana, van apareciendo suce-
sivamente los géneros Odocoileus, Alces, Cer calces y Cercas; mezclados
que están con numerosos inmigrantes australes como Megalonyx, Mylo-
don, Paramylodon, Megatherium y otros elementos aborígenes más o me-
nos modernos como Mastodon, Equus, Tapirus, Smilodon, Eelis , Canis,
Arctotherium, Ursas, Lama, Dicotyles, etc., en la forest fauna y en los
yacimientos de Port Kennedy Cave, Erankstown Cave, Ashley Eiver,
Rancho La Brea, Potter Creek Cave, Washtuana Lake, etc. (Véase la
obra de Osborn, The Age of Mammals, 1910.)
Si se aceptan las teorías lilogenéticas de Schlosser y Matthew, se debe
469
igualmente admitir que el centro de dispersión de los Cérvidos baya
sido boreal y posiblemente situado' en el continente asiático, Sebaríí lia
sostenido que pudiera haber sido el continente austral la cuna de los
Weocervinae el doctor Amegliino que éstos derivaran de Ungulados
sudamericanos; son hipótesis que no apoya ningún otro fundamento.
Lo más verosímil es que desde Asia los antecesores de los Cérvidos
primitivos ( Cervn linae-Hypertragulidae) hayan emigrado respectivamente
hacia Europa y hacia Norte América, originándose aquí una serie de
phyla; de los cuales uno sólo sería el tronco de nuestros. Keocervinae.
Algunos autores (Boulanger) sostienen que durante el mioceno medio,
a la vez que con -S iberia, Norte América estaba en comunicación con
Centro y Sud América; podría, pues, en caso de ser este hecho cierto,
haber migrado a nuestro continente algún Hypertragúlido ( Lagomeryx,
Blastomeryx) , pero nunca un Cérvido.
La primera migración no parece, sin embargo, haber sido anterior
al plioceno medio ; y los más antiguos mamíferos boreales de nuestra
fauna corresponden posiblemente a los escasos Gañid ae, Ursidae , Ocr-
vidae y liquidas, que en nuestro territorio se han citado para la forma-
ción de Paraná ( Ampfoicyon , Proarctotlierium, Mazama?, Hipphaplus) y
para los estratos de Monte-Hermoso (Microtragulus, Palaeocyon , Arcto -
therium , etc.).
Durante el pleistoceno, los intercambios de mamíferos entre Sud y
Norte América se sucedieron sin interrupción, como lo demuestran los
respectivos cuadros cronológicos que nos ofrecen Osborn y Amegliino.
Para nosotros, el « ensenadense » significa una franca modernización de
la fauna por los abundantes elementos progresivos que se instalan en el
continente ; elementos que hallamos citados para el pleistoceno inferior
de Norte América ( Tapirus , Maslodon , Ganis, Gamelops). Si se tiene en
cuenta que la migración de esta fauna boreal no puede haber sido re-
pentina, sino que ha requerido un espacio de tiempo más o menos largo,
seguramente no se adjudicará a la fauna ensenadense una edad anterior
al pleistoceno inferior, quizá hasta medio, al contrario del doctor Ameg-
hino que 3a consideró como típica del plioceno inferior.
A la emigración ensenadense han seguido otras más abundantes, y
especialmente la que corresponde al pampeano medio y superior de Ame-
ghino o belgranense-bonaerense: a esta edad corresponden los Lama ,
LJquus , Tapirus , Mastodon , Smilodon , Arctotherium , Felis, Ganis , etc., que
justamente caracterizan las faunas del pleistoceno medio y superior de
Norte América y al mismo tiempo corresponden allí a la Blütezeit del
grupo de los Cérvidas ( Odocoileus , Alces , Cervalces , Bangifer ) y al mayor
desarrollo de la fauna de procedencia austral ( Megatherium , Megalonyx,
Mylodon , Paramylodon , etc.). De modo que por ese respecto tampoco debe
haber dificultad en ubicar en las correspondientes épocas pleistocéni-
470 —
cas nuestros estratos pampeanos superiores que Ameghino, en 18Sí), con-
sideraba como esencialmente pliocénicos.
En ese sentido, los Gervidae sudamericanos, tan bien desarrollados du-
rante el neopampeano, coinciden entonces por la abundancia de sus es-
pecies, con sus congéneres de Europa y Norte América, aunque quizá
superando a éstos en exuberancia de formas — probablemente por con-
secuencia de la migración a un nuevo ambiente — y vienen a confirmar
las hipótesis cronológicas que anteriormente nos habían sugerido sus
compañeros de viaje, los Mastodontes *.
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ARQUEOLOGIA DE LA PENINSULA SAN BLAS
(provincia urc buenos aires)
Por LUIS MARÍA TORRES
Director del Museo de La Plata
PRELIMINAR
La región meridional de la provincia de Buenos Aires, hacia el sur
y sudoeste de las sierras de Balcarce, en una gran extensión del litoral
marítimo, y aun en la cuenca del río Salado, ha sido objeto de importan-
tes investigaciones, particularmente desde los puntos de vista geoló-
gico, paleontológico y arqueológico. En estas investigaciones, que com-
prenden el período de los últimos diez años, han participado, a más de
los especialistas de los museos de La Plata y Buenos Aires, los que
colaboraron en el Mapa topográfico y geológico de la provincia de Bue-
nos Aires y aun los que dependen de la Dirección de geología y minas
de la Nación.
Son ya muy conocidos en el país y en el extranjero los principales
resultados de dichas exploraciones en las referidás comarcas y en otras
adyacentes a ellas, habiéndose recogido en mayor proporción las obser-
vaciones geológicas y arqueológicas.
Adscrito y en el carácter de topógrafo de la repartición provincial
que realizara sus trabajos bajo la dirección del doctor Santiago Rotli,
visitó por algún tiempo el extremo sur de la provincia el extinto inge-
niero Armin Reiumann,que tuvo a su cargo el relevamiento topográfico
déla localidad de San Blas. Antes y posteriormente ala estada del inge-
niero Reinmann por aquellos sitios, había cumplido satisfactoriamente
con su misión el doctor Lutz Witte, practicando estudios geológicos, que
luego publicara y a los cuales me referiré en las páginas siguientes, cuan-
do describa en sus rasgos generales el territorio ocupado por los impor-
tantes yacimientos arqueológicos que constituyen el tema de este trabajo.
UKV. MUSEO LA PLATA. — T. XXVI
33
— 474 —
Las series de objetos, instrumentos y armas que describiré y las obser-
vaciones generales que sugieren los restos culturales de aquella región,
propiamente patagónica, se deben, en primer término, a la paciente su-
cesión de exploraciones del ingeniero Reinmann y a su acompañante, el
colono de San Blas don Tobías Bóchele. Los datos y distingos de valor
estratigráíico que lograra establecer el doctor Witte, de algún interés
para este estudio arqueológico, se tienen en cuenta, como es natural,
dada la importancia que indudablemente debe atribuírseles para fijar la
edad relativa délos yacimientos.
Esta descripción del material arqueológico retirado de las estaciones
y cementerios de San Blas, debió haber aparecido con mucha anteriori-
dad a la presente publicación del tomo XXVI de la Revista del Museo
de La Plata; pero la necesidad de comprobar los datos o indicaciones
sobre los principales caracteres de los hallazgos, me imposibilitaron de
cumplir con la promesa que hiciera cuando, el señor Reinmann y el
colono Bóchele, pusieron a mi disposición las series de instrumentos
y armas con los datos de procedencia.
Durante el otoño de 1919 llevé a cabo una excursión de diez días por
aquellos campos, hoy ya poblados y sumamente transitados. Las obser-
vaciones recogidas en el propio terreno, amplían las que me fueron anti-
cipadas, y confirman las más acertadas referencias de Tobías Bóchele,
que en cada caso trataré de referir con la mayor ful él i dad.
La colección que forma la serie general de objetos de cultura neolítica
de la península San Blas, ha sido incorporada al acervo arqueológico de
nuestro museo, gracias a las discretas exigencias de la señora viuda de
Reinmann, quien además se ha complacido en ofrecer algunos ejemplares
en donación, y todo el material prolijamente ordenado y conservado.
Dadas las circunstancias de haber sido el fundador del Museo de La
Plata, doctor Francisco P. Moreno, uno de los primeros exploradores de
esa región de nuestro litoral marítimo, y la de prepararse, en esta opor-
tunidad, el conjunto de contribuciones con las que el personal científico
del museo rinde homenaje a su memoria, he elegido de los estudios que
tengo en preparación, el que más encuadra, por su índole, con la ten-
dencia de los trabajos científicos de Moreno, y muy en particular con el
de esta descripción de la cultura de los pueblos que habitaron la zona
de transición entre las pampas bonaerenses y ¡as mesetas patagónicas.
475
PRIMERA PARTE
La península San Blas
CAPÍTULO I
DESCRIPCIÓN GENERAL
Partiendo del puerto de Bahía Blanca hacia el sur, frente a ¡a isla
Verde, se pronuncia en la costa firme, después de un ligero cambio de
dirección hacia el sudoeste, una entrada hacia el mar muy extendida
entre «los extremos de avance máximo, punta Rubia y punta Rasa.
Los yacimientos arqueológicos que visitara y explorara por primera
vez el doctor F. P. Moreno *, y de los cuales debo ocuparme en esta con-
tribución, gracias a los nuevos elementos aportados por los señores A.
Reimnann y T. línchele % se encuentran situados no propiamente en lo
que viajeros y geógrafos denominan bahía San Blas. Voy a referirme a
aquella región del litoral atlántico que el doctor Lutz Witte J, con cri-
terio acertado, considera península San Blas.
« La isla de San Blas — ■ dice Witte, — denominada erróneamente así,
pues en realidad es una península, se extiende en forma de lengua de
norte a sur. Por su formación, origen y situación respecto al continente,
es muy parecida a formaciones existentes en el mar del Norte y mar Bál-
tico, conocidas con el nombre de «Nehrung». Así se llaman las penínsu-
las muy extendidas a lo largo, que sin sobresalir de la dirección general
de la costa del continente, separan del mar abierto las desembocaduras
* F. P. Moreno, Viaje a la Patagonia septentrional, en Anales de la Sociedad cientí-
fica argentina, I, 186, Buenos Aires, 1876.
4 Don Tobías Biichele es un viajero observador que lia recorrido nuestro país
particularmente en su región austral. Bus impresiones y juicios sobro la vida y cos-
tumbres en la Patagonia — vida de cazadores de lobos y de excursionistas bravios,
entre indígenas y gentes de extraño origen' — las publicó en un librito que os un
ensayo sencillo pero de verídica descripción, con el título de An der Kiiste von Pata-
gonien, Leipzig, 1896. En cuanto a sus apreciaciones sobre la comarca ríonegrense,
donde colonizara unas tierras por espacio de diez años, las dió a conocer, así como
los resultados de sus excursiones arqueológicas, en el Neue Deutsche Zeitung, 121,
noviembre 9 de 1921.
3 L. Witte, Estudios geológicos de la región de San Blas (partido de Patagones), etc.,
publicado por la Dirección de geología y minas do la provincia de Buenos Aires, 1916.
Esta misma publicación de Witte comprende la primera parte del tomo XXIV de la
Revista del Museo de La Plata.
— 476
de ríos o lagunas. Estas penínsulas deben su origen a la acción de las
mareas, lo que parece ser el caso también de la península de San Blas '. »
Y el puerto San Blas, tal vez uno de los puntos más accesibles de la
costa marítima patagónica, ha sido frecuentado desde el siglo xvm, y con
propósitos científicos desde la época de los expedicionarios de la lieagle
y de la Adventure , lo que puede comprobarse en las anotaciones de sus
derroteros % así como en las descripciones de A. d’Orbigny \
Las observaciones fi Biográficas generales de los viajeros antiguos y
contemporáneos, y entre estos últimos, los que mayor conjunto de indi-
caciones han anotado: F. P. Moreno, F. y (J. Ameghino, S. Jioth y L.
Witte, describen la comarca adyacente al puerto San Blas de modo
uniforme, exceptuando, bien se comprende, a aquellos distingos de valor
estratigráfico. Desde el punto de vista arqueológico, las descripciones o
noticias se reducen a las ya citadas de Moreno, y a las contemporáneas
de II. T. Martin 1 * * 4, W. H. llolmes 5, Witte y F. F. Out.es
Las observaciones sobre ios caracteres de los yacimientos y ia misma
colección de objetos arqueológicos que logré en la excursión efectuada
en marzo de 1919, confirmaron las indicaciones de mis informantes,
quienes, si bien es cierto que consideran problemas de diversa catego-
ría, no han dejado de contribuir a la interpretación acertada de las rela-
ciones del medio geográfico con la vida de aquella población indígena.
De las aludidas descripciones contemporáneas resulta que la penín-
sula San Blas y alrededores, en su máxima parte y particularmente en
las cercanías de los talleres, estaciones y cementerios que han propor-
cionado el material de objetos neolíticos, presenta el aspecto de una
planicie ondulada, debido a los cordones de pequeños rodados, recubier-
tos de una arena fina cuaternaria, que se extienden paralelamente entre
ellos, y a la vez paralelos a la costa. Dichos cordones se encuentran
separados de bajíos, allí llamados «matorrales».
En la superficie de la península San Blas, con indicios de haber sido
habitada por los indígenas, a la que se atribuye algo más de cinco mil
1 Witte, Ibid., páginas 6-7.
’ R. Fitz-Roy, Narra tive of Ihe surveying voyagea of His magesty's sliips « Adven ture»
and «.lieagle», etc., II, I1G-117, Lomlon, 1839.
1 A. n'OmuoNY, Voyagc dan» VAmóriquc mcridionalc, III, l’aris, 1813.
* Véase II. T. Martin, South American archeological notes, en h'ansas Univcrsly
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1907.
477
hectáreas, el agua dulce es escasa y la vegetación pobrísima. Las costas,
hacia el mar abierto y en la extensión que la visitara, están cubiertas
de dunas, en partes consolidadas. Las hondonadas se suelen cubrir por
las mareas en una considerable extensión, y a una distancia mayor de
diez kilómetros de la costa, se ven mesetas constituidas de areniscas, poco
consistentes, de color gris. Estos y otros caracteres fisiográíicos ya ano-
tados por Witte en Estudios geológicos de San Blas, se consideran como
elementos de juicio que permiten asentar la observación de que aquélla
es una zona de transición entre las llanuras pampeanas y las mesetas
patagónicas.
Así como en la zona entre los ríos Colorado y Negro se observan ondu-
laciones suaves del terreno con arbustos y pastos de la vegetación pata-
gónica, en las inmediaciones de San Blas, sobre las mesetas, se encuen-
tran, hoy en proporción mínima, varias plantas de las familias de las
leguminosas, ramacáceas, etc., y algunas especies que producen frutos
comestibles.
Las hondonadas, próximas a la costa, suelen verse invadidas por las
crecientes periódicas del mar; y aunque la vegetación es escasa y las
sendas llenas de obstáculos, que en tiempos pasados debieron hacer difí-
cil el tránsito y estada de una población más o menos numerosa en
esos lugares, los indígenas parece la hubieran frecuentado mucho por la
posibilidad de encontrar agua dulce, y hasta se supone que debieron
realizar allí cacerías de guanacos y otros animales comarcanos, gracias
a la configuración del terreno, el cual, en su extremidad próxima al
Hincón de Walker, o sea de puerto San Blas hacia el noroeste, se estre-
cha la tierra firme hasta quedar completamente rodeada por el mar. Esta
configuración del terreno parece que hubiera sido aprovechada por los
indígenas para realizar sus arreos y cacerías.
La posibilidad de encontrar en la base de los médanos agua a poca
profundidad, la bondad relativa de los campos más inmediatos a la
costa y la abundancia de productos del mar aptos para la alimentación,
pueden explicar la presencia de aquellas estaciones indígenas.
CAPÍTULO II
SITUACIÓN DE LOS TALLERES, ESTACIONES Y CEMENTERIOS
Para el propósito que me guía, bastará saber que los restos de indus-
tria neolítica descubiertos por aquellos sitios se encontraban, general-
mente, inmediatos a la costa del mar. Los yacimientos ocupaban y aun
puede comprobarse que comprenden una considerable superficie: el Ce-
menterio de los Indios más de cuatro hectáreas, literalmente cubiertas
— 478 —
de residuos de fabricación y aun de instrumentos y objetos de piedra y
de cerámica.
Los yacimientos explorados por los señores Reinmann y Bóchele se
encuentran aún visibles, por la presencia de nuevos ejemplares, en la
base de los médanos, principalmente en tres de los sitios indiciados en la
carta que acompaña a esta descripción, y que son el ya recordado cemen-
terio y los talleres y estaciones de La Pirámide (de siete hectáreas) y
punta Rubia Falsa, cerca de las estancias de McCorry y Bucldand (de
veinte hectáreas).
Para explicarnos, en lo posible, el valor de la antigüedad de unos y
otros yacimientos, conviene que nos reñíamos, preferentemente, a las
observaciones del doctor Witte.
De todas las observaciones y distingos que asienta en su estudio,
son de especial interés aquellos que agrupa en el capítulo II, dedicado
a la estratigrafía de la península San Blas, y más en particular lo que
expresa sobre «el estadio Y o los aluviones modernos». Están allí con-
siderados los principales fenómenos ñsiográficos generales que pueden
interesarnos y mediante los cuales se habrían producido cambios muy
acentuados en las condiciones de aquel suelo para la vida de los indí-
genas.
Pero de todas esas observaciones, encuentro que las que transcribo a
continuación tienen una importancia singular.
Para explicar el orden de disposición de las formaciones más moder-
nas se detiene en la descripción del paraje denominado Cementerio de
los Indios, y dice : « Estas dunas están colocadas sobre un subsuelo com-
puesto de sedimentos marinos, que pertenecen al estadio IV de mi sub-
división. Consisten éstos de limo negruzco bastante arenoso, encima del
cual se hallan esparcidos rodados en gran cantidad. Entre los cantos se
encuentran en abundancia huesos y artefactos humanos. Rodados parti-
dos y trabajados y otros vestigios se encuentran en toda la región litoral
desde el Cementerio de Indios hasta La Pirámide, lo que prueba que estos
lugares estaban poblados anteriormente por indios. La mayor parte de
estos restos de la industria humana se encuentran en el paraje del men-
cionado Cementerio de Indios. Entre ellos abundan flechas, boleadoras,
morteros, fragmentos de olla, en parte ornamentados, y otros útiles. En-
tre los huesos predominan los de peludo, guanaco, gama, lobo de mar y
valvas de moluscos, que seguramente servían de comida a los salvajes.
He prestado mucha atención por si entre esos restos se hallaban huesos
de caballo, de vaca o de oveja, pero no he podido descubrir ningún ves-
tigio proveniente de estos animales, lo que prueba con evidencia que se
trata de un pai'adero de indios precolombianos. »
Las observaciones que he podido recoger en mi excursión por aquellos
parajes, guiado por las anotaciones del doctor Witte, en cuanto a las
479
relaciones y distingos sobre los estadios III y IV del mencionado autor,
me hacen considerar que la posición de los yacimientos arqueológicos de
toda aquella región peninsular no podría ser juzgada, por aliora, de ma-
nera que se atribuya a unos mucha mayor antigüedad que a otros. La
ausencia de ciertos restos faunísticos que indicaran la presencia moder-
na de los indígenas en aquellos sitios, no puede afirmarse terminante-
mente, y aun en esc supuesto, habría que proceder con suma cautela en
cuanto a la elección de los elementos indicadores del carácter actual o
relativamente antiguo de la habitación en San Blas de aquellos grupos
étnicos.
Sobre este particular agrega el doctor Witte algunas apreciaciones
que, por sus fundamentos, debí tener presentes y que, a todas luces,
contribuyen a plantear con seriedad un nuevo problema estratigráfico
en sus relaciones con la posición de este estrato cultural que considero,
y sobre el cual debí dirigir mi atención y hasta considerarlo motivo de
la visita a la localidad.
«Encontré en otro lugar — dice Witte, — entre el Cementerio y
el Jagüel Bajada, un segundo yacimiento de igual industria, cubierto
de una capa de tierra humosa de un metro o menos de espesor, y la que
proviene seguramente de pobladores mucho más antiguos. También este
lugar, que se encuentra en el segundo semicírculo, y donde se halla
también, como puede verse en el mapa, el Jagüel Bajada, ha tenido que
estar completamente en seco cuando lo poblaron los indios.»
Si es evidente que se encuentra vestigios de industria, en sus diver-
sas formas, en la superficie de los aluviones del denominado estadio V
no está probado, a mi juicio, que sea anterior la que parece que está
depositada en la base del mismo, y sentar como conclusión que los
yacimientos inmediatos al mar son más modernos. Una afirmación, en
cambio, admisible, es la que concierne al orden y disposición de los ho-
rizontes que allí se observan, los que, a mi juicio, pueden explicarse
como lo propone Witte en un parágrafo especial, en el que trata del límite
entre los depósitos de los períodos diluvial y aluvial.
Sólo me propongo llamar la atención sobre estos diversos aspectos del
problema estratigráfico local que tanta influencia pueden tener sobre la
determinación de la antigüedad relativa de los restos arqueológicos.
El material de rodados que por allí se encuentra, presenta algunas
diferencias que Witte ha anotado. Los que yacen en las inmediaciones
de la costa, hacia el este de San Blas, son de mayor tamaño y de forma
más redondeada con respecto a los que se depositaron en la zona oeste.
« Además, encontré — dice el doctor Witte — éntrelos rodados del Ce-
menterio de Indios, cantos de un antiguo granito, de un tamaño grande,
completamente diferentes de los que so encuentran en los rodados tehuel-
ches, y los que provienen de las rocas graníticas más modernas de la cor-
480
dillera.» Afirma, asimismo, liaber determinado la presencia de fragmen-
tos de cuarcita blanca, «octangulares», parecida o idéntica a la de las
sierras antiguas de la provincia de Buenos Aires. De las investigaciones
realizadas basta la fecha, puede presumirse (pie la presencia de estas
rocas se debería a la existencia, en esta región, de una serranía sumer-
gida y cubierta por los depósitos terciarios.
Sea de ello lo que fuere, las antecitadas observaciones de Witte cons-
tituyen un aporte serio para los que, en adelante, nos proponemos cono-
cer mejor la fisiografía de aquella zona de transición entre la Pampa y la
Patagonia, y el primer ensayo geológico-estratigráfico que puede influir
en las explicaciones sobre la antigüedad relativa de sus yacimientos
arqueológicos.
No habrá que lamentar, pues, en este caso, que se hayan omitido las
imprescindibles anotaciones que permitan formular, en lo posible, la
noción de valor estratigráfico de los yacimientos y otros caracteres corre-
lativos.
Si dichas observaciones, como la reunión de pruebas para demostrar-
las, no alcanzan a presentar el valor absoluto que exigen los preceptis-
tas — que jamás se equivocan — , en conjunto estos nuevos elementos,
reunidos y apreciados armónicamente, podrán ofrecernos un verdadero
progreso en el conocimiento de los tiempos prehistóricos y protohis-
tóricos del norte de la Patagonia. Y, si no fueren suficientemente claros
los resultados que surgen del material extraído de los yacimientos que
estudio en esta descripción, las notas que poseo y las nuevas que me pro-
curará Tobías Biichele, nos aguardan interesantes sorpresas. Otros ya-
cimientos aun no han sido explotados, como los inmediatos a la estancia
La Verde, bocas del río Negro y Colorado, etc.
SEGUNDA PARTE
Los yacimientos y las industrias
CAPÍTULO I
DIVERSAS CATEGORÍAS I)E YACIMIENTOS
En la zona comprendida entre puerto San Blas y punta Rubia Falsa,
partido de Patagones, extremidad sur de la provincia de Buenos Aires,
que comprende la península de formación relativamente reciente, en
— 481
forma de una faja de terrenos medanosos sobre el mar, se han determi-
nado varios lugares bien caracterizados como talleres, paraderos o esta-
ciones, de hallazgos aislados y, por último, de cementerios.
De los más próximos al puerto San Blas proceden, posiblemente, los
restos recogidos por P. I\ Moreno, (1. Amegbino y por los enviados de
la Universidad de K ansas, señores Adams y Martin.
Las series (pie describiré fueron reunidas por lo ya citados señores
Iteinmann y Biichele en el taller y Cementerio de los Indios y en los di-
versos sitios que figuran debidamente indicados en la carta arqueológica,
con los signos y leyendas de que soy autor en colaboración de E. Boman
y aceptados en la Primera reunión nacional de la Sociedad Argentina
de Ciencias Naturales.
Según los datos que Biichele me comunicara y que, en parte, he podido
comprobar, las superficies ocupadas por los yacimientos son, aproxima-
damente, las siguientes : taller y Cementerio de los Indios, en las cerca-
nías de la estancia de los señores Mulhall, con una superficie de cuatro
hectáreas, a 200 metros de la costa; taller de La Pirámide, de siete hec-
táreas y muy inmediato a la costa; cementerio-taller de punta Kubia
Falsa, de 20 hectáreas, inmediato al establecimiento del señor E.
Buckland (b.). Este yacimiento es el que se encuentra más próximo
al mar, y en él, como en el de los Indios, se observan muchos amonto-
namientos de residuos de cocina. Del hallazgo cercano al sitio denomi-
nado Jagüel Bajada, que según Witte está más distante del mar y
presenta caracteres de mayor antigüedad, los objetos allí recogidos no
difieren de los anteriores.
En unos y otros puede observarse que los rodados de mayor tama-
ño, material que fuera utilizado casi en absoluto para la fabricación
de los instrumentos, armas y objetos [de piedra, se encuentran depo-
sitados sobre una capa de sedimentos marinos que, a la vez, quedan
cubiertos por los médanos movedizos. Entre los cantos rodados se en-
cuentran, además, en cantidades muy considerables percutores, lascas,
láminas y el instrumental variado y altamente interesante que nos
han proporcionado los diligentes coleccionistas que he recordado tan-
tas veces.
La localidad comprendida entre el Cementerio de los Indios y La
Pirámide tuvo todos los caracteres de un inmenso taller, entre cuyos
vestigios aparecían, a veces reunidos en un centenar de metros cuadra-
dos, fragmentos de cerámica, huesos partidos y quemados de guanaco,
peludo, ciervo campestre, lobo marino, valvas, etc., pero, estos últimos
no afectaban sino el carácter de pequeños amontonamientos.
En cuanto a la posición estratigráfica de los distintos yacimientos,
el doctor Witte hizo una distinción que no pude verificar, cuando visi-
482
té aquella localidad y a la cual 1 ya me he referido en párrafos anterio-
res, y que ahora deseo repetir.
« Teniendo en cuenta — agrega — que los objetos de industria huma-
na en el paraje del Cementerio, los que indiscutiblemente son precolom-
bianos, se hallan en la superficie déla tierra, tapados de arena movediza
reciente, es decir, de sedimentos del estadio Y [aluviones actuales del
inarj y que el otro yacimiento más antiguo se encuentra en la zona de la
que el mar se retiró paulatina y no repentinamente, juzgo que los depó-
sitos del estadio IY, que tienen que ser más antiguos que los paraderos
de indios, corresponden al menos al horizonte aluvial inferior. »
Dada la circunstancia deque el doctor Witfce ha hecho esa distinción,
me pareció conveniente recordarla en este parágrafo, destinado a la enu-
meración y descripción general de los yacimientos, pero la considero,
por ahora, insuficientemente demostrada.
CAPITULO II
INSTRUMENTOS, ARMAS Y OBJETOS DE PIEDRA
1 . El instrumental y su clasificación
Para dar comienzo a la descripción de las armas y objetos de piedra
que forman la colección Reinmann-Biichele, considero que es de impor-
tancia dejar establecidas las fuentes de información en lo que se refiere
a las clasificaciones y nomenclaturas observadas, prefiriendo a aquellos
autores que lian descrito materiales arqueológicos de análoga catego-
ría, y, particularmente, de procedencia sudamericana (relaciones arqueo-
lógicas temporarias limítrofes) % y que pueden ser objeto de comparacio-
nes con los que en esta monografía se dan a conocer.
La formación de rodados que constituye uno de los estadios de los
depósitos cuaternarios de aquella costa atlántica, es la que ha faci-
litado, principalmente, el material para la fabricación de estos obje-
tos e instrumentos. W. H. Holtnes, en su Handboolt of aboriginal ame-
rican antiquities 3, se ocupa, preferentemente, de estudiar y determinar
las diferencias en los yacimientos del material primario, de donde el
' WlTTK, lbid., página 64. .
* Vdase Tokkks, en colaboración, Manual de historia de la cirilizaeión argentina, 1,
48, Buenos Aires, 1917.
3 Parte primera, capítulo XII, página 155 y siguientes; boletín 60 de la Smithso-
nian inslituiion burean of american cthnology, 1919.
Referencias
4 ZaHer-neolitico V \
h- ístacion ;pccrad/TOTie£>lítuo
♦■A- TtJüLerYcem/iUrríoT^ólitXjCo
%JHaUazffO axsLcuio
CARIA_AR0ÜEOIÓGICA_
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Península SánÍlás
Y SUS ALREDEDORES
Basatlaenlos levantamiento s
'OCX
Mapa Topográficoy Geológico de
LA PROVINCIAoe BUENOS AIRES
483 —
hombre lia extraído los elementos para obtener los instrumentos y
armas que podían satisfacer sus necesidades. Es bien sabido que W. H.
Holmes había descrito, sucesivamente, los principales caracteres de las
aboriginal quarries or mines , y, últimamente, también, en su manual
Los yacimientos explotados por los indígenas de San Blas para la fabri-
cación de los utensilios de piedra estarían comprendidos en la categoría
d, o sea, las quarries of botclders of brittle stone, de este autor, que inter-
preta las diferencias más acentuadas de la industria neolítica en los Es
tados Unidos de América del Norte.
De la ya citada obra de Witte reproducimos una vista que da idea do
los depósitos de cantos rodados de la península San Blas, (véase lám. I),
muy inmediatos a los talleres, paraderos y cementerios indígenas; y tan
inmediatos que todos los elementos constitutivos de un taller de esa
naturaleza se encuentran mezclados entre las miríadas de rodados.
Debido a la presencia de ciertos objetos, no sería improbable que
entre los pocos con que cuenta esta colección, en rocas cuarcíticas,
fueran fabricados con aquellos restos de que habla Witte cuando se
ocupa de los depósitos del estadio IV s.
Se trata, como es sabido, de grandes fragmentos octangulares de
cuarcita, completamente idénticos a los de las cuarcitas blancas de
las sierras de la provincia de Buenos Aires, que habrían sido utili-
zados como nodulos. La utilización de cuarcitas se advertiría también,
sino por la abundancia, por la presencia de ejemplares de láminas y
lascas.
Dadas las singularidades de esta colección formada por contados ins-
trumentos, pero de un variado y bien seleccionado conjunto de puntas
de flecha y otras armas y objetos de rocas talladas y pulidas, de material
compacto, de difícil manipulación, pero que revela un franco progreso
en los medios de adaptación, he debido tener en cuenta los ensayos
de clasificación y las diagnosis generales que les fijan una posición de-
terminada en la evolución de las culturas del extremo meridional de
la América del Sud.
Partiendo de las clásicas distinciones de J. Evans 3 para la Euro-
pa occidental, incorporadas a las más concienzudas exposiciones so-
bre los períodos de la edad de la piedra en general, que han podido
encontrar su aplicación en el material de objetos paleo y neolíticos
de muchas otras procedencias geográficas, y en los estudios del
' Véase página 369.
■ Página 65.
.1. Evans, The anden l alone implcmcnts, iccaponx and ornamenta o f Grcat llritain,
Loiulon, 1897.
— 484
arqueólogo americano Tomás Wilson ', en los que se ha trazado la
clasificación de las puntas de Hecha, etc., fundamentaré las princi-
pales distinciones de e6ta clasificación. Considero, asimismo, de inte-
rés singular el criterio adoptado en las descripciones por los señores
Figueira, Verilean, Holmes y Outes, pero de escasa precisión y clari-
dad, las indicaciones que se formulan, sobre estos problemas para los
arqueólogos americanos, en el lleport of the Committee on archeological
nomenclature \
No obstante los inconvenientes que en esa nomenclatura puedan se-
ñalarse, la tendré en cuenta, en el sentido de observar las principales
distinciones del material, procedimientos de factura, formas y sus par-
tes, tamaños máximos y mínimos, etc.
Dada la importancia de los especialistas que contribuyeron a redac-
tarlas y el dictamen dirigido y aceptado por la Asociación antropológi-
ca americana, la dirección del Museo de La Plata tratará de divulgarla,
con algunas adiciones, en la primera oportunidad.
Como antecedentes más inmediatos o directos, particularmente en lo
que se relaciona con la clasificación debo recordar, también, a las con-
tribuciones de W. H. Holmes y C. T bomas, que cita y ha seguido W.
K. Moorehead ', en su ensayo de resumen general y en el que expone,
con lujo de ilustraciones, los problemas más importantes de la clasifica-
ción de las formas del instrumental primitivo.
El profesor José H. Figueira ensayó, treinta años lia, una descripción
metódica délos instrumentos y armas de piedra procedentes de las esta-
ciones neolíticas del Uruguay, iniciando con ella, en estos países, la pri-
mera aplicación de un criterio que, por entonces, se fundamentaba en
las nuevas investigaciones, y que luego se observaría, con mayor preci-
sión, entre los especialistas americanos *.
Por último, los antecedentes más directamente relacionados con estas
nuevas investigaciones corresponden — como ya se ha establecido —
1 T. Wilson, Arrowpoints, spearheads and knives of prehistoria times, Washington,
1899.
* Véase en American anthropologist, nueva serie, volumen II, número 1, fojas 114-
119, 1909.
5 W. K. Moohehkad, The stone age in North America, dos volúmenes, Londres, 1911.
Estas cuestiones previas de la clasificación están expuestas en los primeros capítulos.
Se remite, el autor, a los estudios más serios sobre el particular. Los especialistas
americanos han sido consultados casi en su totalidad : Wilson, Holmes, Fowko,
Tilomas, Me Güiro, Hodge, Wright y otros.
4 José II. Figueira, El Uruguay en la Exposición hislórico-amcricana de Madrid, etc.,
Montevideo, 1892. Figueira planea la clasificación do las puntas de Hecha y considera
ciertas distinciones en perfecta armonía con las observaciones más corrientes y bien
fundadas de su tiempo. Véase el parágrafo IV.
— 485
íi F. P. Moreno, que exploró repetidas veces los territorios del norte de
la Patagonia; y las memorias descriptivas, generales y especiales, basa-
das en observaciones y materiales propios o que les procuraron diversos
exploradores, a los señores llené Verilean ', W. H. Holmes 5 y Félix
F. O utes J.
COLECCIÓN REINMANN-BÜCHELE PROCEDENTE DE LA PENÍNSULA SAN 1JLAS
' R. Vernkau, Les anciens patagons, Mónaco, 1903. En la segunda parte (etnogra-
fía) se describen algunos ejemplares interesantes de instrumentos y armas de piedra.
5 W. H. Holmes, Early men in South America, 144 y siguientes.
3 F. F. Outes, La edad de ¡a piedra en Patagonia, Buenos Aires, 1905. Había publi-
cado el señor Outes, durante ese mismo año, una breve monografía sobre La alfare-
ría indígena de Patagonia, y, luego, en 1907, Arqueología de San Blas, proponiéndose,
en todas o en la mayoría de sus contribuciones, la aplicación del criterio comparati-
vo, do suma importancia en estas primeras investigaciones prehistóricas, más o
monos sistematizadas. Figucira, en 1892, y Outes, en 1905 y 1907, tienen on cuenta
los mismos fundamentos para la clasificación de las puntas de (locha.
— 486
Objetos
Puntas tle llecha, excep., tipo 15, v. a (20-30).
— excep., tipo B, v. b (20-30).
— excep., tipo C, v. a (17-30).
— excep., tipo C, v. b (19-30).
— excep., tipo D, v. a
— excep., tipo D, v. b. . . . . .
— excep., tipo D, v. c
— excep., tipo E, v. a.. ... .
Puntas do jabalina, tipo A (70-90)..'.
— tipo B (70-90)..
— tipo C (70)
Bolas arrojadizas, naturales
— sin cintura
Bolas con cintura transversal
Bolas, tamaño menor, con cintura
— sin cintura
Placas grabadas.
Adorno labial (tembetá)
Dudoso
Adornos auriculares (?).....
Cuentas discoidales grandes.
Cuentas semidiscoidales pequeñas. .
Peso para el huso
Objetos de piedra, do uso desconocido : lá-
minas prismáticas
Objetos do uso incierto. .
Punzón de hueso y fragmentos
Retocador de hueso y fragmento
Cuentas discoidales de conchas de moluscos
del género pedúnculos.
Residuos de cocina
Vaso incompleto
Fragmentos de vasos
Fragmentos y láminas de metal
2. Lámina, raspador, cuchillos, sierras , perforadores
Lámina. — La colección de objetos, instrumentos y armas de piedra
que los señores Keinmaun y Biiclielü formaron en tres de los yaci-
mientos de la península San Blas, no cuenta con un conjunto de láminas
apreciable para cualquiera consideración de carácter sistemático.
iSTo vale la pena, pues, que aluda a la clasificación de las láminas,
planteada por varios especialistas, y sus aplicaciones por los autores
nacionales que han descrito alguno» ejemplares. Dada la exigüidad
— 487
de ejemplares, en éste como en muchos otros casos, considero aventu-
rado presentar una descripción de formas y caracteres predominantes.
Eigueira, primero, y Outes, en sus ya recordadas monografías, se han
ocupado de dar a conocer algunos tipos de láminas que confirman las ob-
servaciones de arqueólogos americanos y europeos sobre esta categoría
de instrumentos.
La colección no cuenta más que con un ejemplar de lámina poligonal,
de GO milímetros de largo, y fragmentos de otros dos. Los caracteres
son bien definidos 1 en su tipo; por sus bordes vivos, sin retoque alguno.
Es de calcedonia, con pátina muy superficial. Este
ejemplar procede del Cementerio de los Indios.
Raspador. — Una de las láminas planas presenta,
a la vez, indicios de retoques en su superficie exter-
na y en uno de sus bordes, con verdadera precisión,
que la caracterizan como raspador. Es un solo ejem-
plar, de 50 milímetros de largo, en calcedonia blan-
quecina.
Es, tal vez, el tipo más común de raspador, según
lo han descrito varios autores y particularmente los
que se han ocupado de las industrias neolíticas rio-
platenses.
Cuchillos. — Son seis ejemplares, con dos tipos
bien definidos, en los que predomina la calcedonia
de diversos colores y con ligeros rastros de defla-
ción en una de sus superficies.
Tipo A „• Un ejemplar, obtenido en una lámina
asimétrica, poligonal, de GO milímetros de largo
(véase fig. 1). Es de los ejemplares que se retiraron délas inmediaciones
de La Pirámide. La roca es calcedonia amarillenta, tallada en la super-
ficie externa, y retocada en uno de sus bordes. La base del instrumento
aparece fracturada y se observan pequeñas incrustaciones o vestigios
de una grieta en el borde opuesto, en casi toda la superficie del biselado.
Ejemplares análogos han descrito varios autores rioplatenses, y par-
ticularmente Eigueira y Outes, aunque no con el mismo criterio, como
pasaré a comentarlo más adelante.
Tipo B : De los rodados tallados en ambas caras se han fabricado es-
Fig. 1. — Cuchillo, ti-
po A. La Pirámide,
n° 21001.
1 De las descripciones y clasificaciones que comprenden láminas, raspadores y
-cuchillos de piedra, por ejemplo, de J. Evans, Holmes, Abbott, Wilson, Cliamberlain,
Wright, Fowke, Stewart, prefiero la que observa el primero en su obra fundamen-
tal: The ancient s tone implemcnts, etc. Puede decirse que, salvo tal cual carácter muy
especial, las contribuciones de los modernos arqueólogos americanos confirman las
principales distinciones del especialista que acabo do nombrar.
KEV. MUSEO I.A PI.ATA. — T. XXVI
34
488
tos ejemplares de forma más o menos amigclaloide, con trabajo secunda-
rio en los bordes. En los cinco ejemplares los retoques se presentan en
uno de los bordes, pero en desigual extensión, y el tamaño de los cuchi-
llos varía entre 50 y 90 milímetros de largo, por 4o milímetros de ancho.
Los cinco son de calcedonia, y el de la figura 2 procede de La Pirámide.
Después délas noticias sobre descubrimientos de láminas, raspado-
res, cuchillos y armas de piedra, publicadas por Moreno, Ameghino y
Lovisato, que son muy conocidas,
el señor J. II. Figueira ', recordó,
en un pasaje de su descripción,
ciertas reflexiones de G. de Morti-
llet sobre el destino de las láminas
sin retoques en los bordes por él
denominadas cuchillos, y, a la vez,
la designación que convenía adop-
tar para las láminas con trabajo
secundario (sierras).
K. •Yerneau, posteriormente
planteaba la misma cuestión con
diverso criterio, o sea, más en el
sentido de T. Wilson 3. Para este
autor, muchos de los instrumentos
considerados por algunos arqueó-
logos como puntas de flecha o de
lanza, han sido cuchillos. El mis-
mo Yerneau al aplicar dichas ob-
servaciones y distingos acierta, y,
a nuestro juicio, exagera después ¡.
Pero la sucesión de descubri-
mientos y descripciones posteriores a la aparición de la obra de Ver-
ilean. realizados en las distintas regiones de América, en las que se han
verificado exploraciones arqueológicas, los caracteres, que podríamos
llamar genéricos de estos instrumentos han quedado mejor definidos,
por haberse seleccionado todos aquellos elementos de juicio que podían
resolver, por lo menos en ciertos casos, sobre el enmangado de algunos
tipos o variedades de ellos.
' FiGUF.ira, Los primitivos, etc., página 172.
2 Vkhnkau, Les ancicns patagona, página 260.
3 Wii.sox, Avroirpoints, spearheads and knives of pvehistoric times, 1899; Wilson,
Classifioation , etc., XIIo Con gres international d’anlhropologie el d’arclicologie préhislo-
riques, página 322, 1902.
1 Véase la explicación que ofrece del ejemplar reproducido en la figura 62, consi-
derado por i\ Ameghino como punta de flecha.
489
No es mi propósito, en esta oportunidad, el presentar reunidos todos
los antecedentes a que lie hecho alusión, que, por otra parte, son cono-
todos de los que se dedican a estas investigaciones. A las series clasi-
ficadas por Tilomas, Abbott, Udden, Masón y otros, como a las colec-
ciones descritas por investigadores americanos contemporáneos, que
recuerda Moorehead, en su repertorio ', muy escasas son las nuevas
descripciones sobre el particular aparecidas en la América del Sud, al-
gunas de las cuales creo que exigirían una rectificación1 2 3.
Las investigaciones en la Argentina y territorios colindantes, to-
mando como término fundamental de comparación a las amplísimas
mesetas y valles patagónicos, son las realizadas por el personal científi-
co del Museo de La Plata, por el señor Carlos Ameghino, y, en el sur de
la provincia de Buenos Aires, en las localidades de Miramar, Mar del
Sur, Lobería y Necochea, por el autor de esta monografía y el propio
señor Ameghino; de cuyas exploraciones el Museo de La Plata ha forma-
do un espléndido material de objetos, instrumentos y armas de piedra.
Los cuchillos están representados por ejemplares muy especializados.
Sobre estos instrumentos, procedentes de yacimientos neolíticos pa-
tagónicos, y sus diversos tipos, el señor F. F. Cutes ensayó, en 1905,
una descripción sistemática 3.
De la pequeña serie de cuchillos que cuenta la colección Reinmann-
Büchele, los de forma amigdaloide son los representados en menor nú-
mero en la que estudia Cutes. En todo caso, constituyen modelos inte-
resantes por sus proporciones, simetría y tallado, tanto primario como
secundario.
1 Mooheiíead, The stone age, etc., tomo I, capítulo IV.
2 A la enumeración «le estudios descriptivos, generales o parciales, que citan los
autores recordados en las presentes páginas, puedo agregar, para una futura revisión
de los antecedentes, a : Max Uhle, Sobre la citación paleolítica de Taltal, en Publica-
ciones del Museo de etnología g antropología de Chile, tomo I, página 31 y siguientes,
Santiago de Chile, 1916; A. Capdeviulk, Notas acerca de la arqueología de Taltal, en
Boletín de la Academia nacional de historia, tomo II, páginas 3, 4 y 5, Quito, 1921;
.1. Jijón y Caamaño, Una punta de jabalina en Pucngasí (con láminas), en Boletín de
la Sociedad ecuatoriana de estudios históricos americanos, año I, número 2, Quito, 191.3;
I’. Iíivkt y R. Vn única u, Etnographie ancienne de VÉquateur, lámina VI, París, 1912;
.1. Jijón y Caamaño, Una nueva contribución al conocimiento de los aborígenes de la
provincia de Imbabura, etc., en Boletín de la Sociedad ecuatoriana, etc., tomo IV, pá-
ginas 10 j 58, Quito, 1920.
3 F. F. Guies, La edad de, la piedra en Patagonia, etc., página 354. Publicó,
además, sobre instrumentos neolíticos de esta clase, Arqueología de ffucal (goberna-
ción de la Pampa), en Anales del Museo nacional de Buenos Aires, tomo XI (serie III,
IV), 1904; Instrumentos y armas neolíticos de Cochicó (provincia de Mendoza), en
Anales del Musco nacional de Buenos Aires, serie III, tomo VI, págiua 277 y siguien-
tes, 1906; Arqueología de San Blas, etc., págiua 255.
490
Los instrumentos considerados como cuchillos por la mayoría de los
autores, procedentes de la región patagónica, y los que se lian retirado
délos yacimientos del litoral marítimo sur de la provincia de Buenos Ai-
res, presentan, particularmente éstos últimos, caracteres propios, regio-
nales. Comprendo en esta distinción a los constituidos por láminas planas
y poligonales poco alargadas, con y sin retoques, y a láminas con trabajo
secundario de importancia, en ambas superficies y bordes. Las formas
predominantes, muy simétricas, son: ovales, amigdaloides, elípticas.
Los caracteres, en conjunto, del instrumental a que me refiero, se acer-
can más a los que se atribuyen como típicos del paleolítico superior
de Europa central y occidental, época auriñaciense, etapa de Cliatel-
Perron, que a las clásicas láminas planas y anchas Levallois.
Se puede indicar semejanzas de algunas formas con ejemplares aná-
logos procedentes del litoral marítimo uruguayo, y particularmente con
las amigdaloide, elíptica y oval. El grupo de los cuchillos asimétricos
tiene que estar, desde luego, también representado. Unas y otras for-
mas de este interesante instrumental se han determinado en la parte
norte de Chile, Ecuador, Panamá, Yucatán, California, Maine, New-
Jersey, Wisconsin, Missouri, Toronto, Alaslca y otras localidades '.
Sierran. — Como es sabido, en este caso se trata siempre de la diversa
adaptación de las láminas para la fabricación de instrumentos que, sin
haber tenido un uso exclusivo, se diferencian entre
sí por caracteres bien especiales.
Los ejemplares de sierra que he determinado en
esta colección alcanzan al número de tres, bien redu-
cido, por cierto.
Son láminas irregulares, planas, de distinto tama-
no, en uno de cuyos bordes se lia realizado el retoque.
En el ejemplar que aparece en la figura 3, los reto-
ques han sido hechos en dos de sus bordes, siendo
Fig. 3. — Sierra, Ce- los del costado izquierdo de factura más neta.
mea torio de los In-
dios, n» 22094.
Délos tres ejemplares uno es de pórfido cuarcífero
y los otros dos de calcedonia.
La sección del borde con los pequemos dientes alcanza, en uno de los
ejemplares, a 30 milímetros. El ejemplar mejor caracterizado lleva el
número 22094 y procede del Cementerio de los Indios.
Con diverso criterio, en cuanto a los caracteres diferenciales entre los
cuchillos y sierras y a la cuestión del enmangado dennos y otros instru-
mentos, se han ocupado provechosamente J. H. Figueira1 2 y F. F. Cutes 3.
1 Mooriciiead, Ibul., página 48 y siguientes, y la ya citada literatura.
- Figueira, Ibul., página 171 y siguientes.
Oc i es, La edad de la piedra en Palagonia, página 344. En el repertorio ilustra-
491
Verilean no trata de esta clase de objetos en sn clásica obra sobre Pa-
tagonia.
Dada la rareza de estos instrumentos en nuestras estaciones paleolí-
ticas y neolíticas, y particularmente en la Patagón i a, donde aparecen
con frecuencia las formas mustierenses, auriñacienses y solutrenses, con
singular profusión e interesante variedad, creo que tienen importancia
las consideraciones que a dicho respecto hicieran J. Evans y G. deMor-
tillet, y que comentaran Figueira y Outes entre nosotros.
« Estas consideraciones — dice Félix F. Outes — hechas a propósito
de objetos si bien paleolíticos, idénticos a los neolíticos, es oportuno re-
cordarlas en el caso de las láminas dentelladas de cabo Blanco. Par-
ticipo de la opinión de Evans, de que se trate de verdaderas sierras, con
las cuales los patagones cortaban a lo ancho, los huesos que destinaban
a la confección de collares y brazaletes; las he ensayado prácticamente
y he obtenido un resultado excelente.»
Perforadores. — José II. Figueira es el autor rioplatense que primero
nos ha descrito instrumentos de esta clase; que ensayó una explicación
de su uso y hasta una clasificación de las formas más constantes. Les
llama taladros y agrupa en una lámina trece figuras (53-05 de la serie
que formara en territorio uruguayo) '.
Posteriormente, describieron ejemplares recogidos en diversos yaci-
mientos neolíticos de la Patagonia, los señores li. Verneau y F. F. Ou-
tes, como veremos más adelante.
Los ejemplares que forman parte de esta colección de la península
San Blas, proceden del Cementerio de los Indios como del taller inme-
diato a la estancia de Buckland.
Son treinta y cinco ejemplares, algunos en fragmentos, pero que pue-
den determinarse como perforadores con toda seguridad.
Después de haber tenido en cuenta las clasificaciones de los perfo-
radores americanos y especialmente la de Outes 2, en el material que
tengo a la vista pueden hacerse, a mi juicio, cuatro distinciones bien
marcadas.
Tipo A : Base o pedúnculo, para el enmangado, de cuerpo resistente,
constituyendo las dos terceras partes del instrumento; el ápice o extre-
midad cuidadosamente trabajada y de sección transversal, ligeramente
angular. Los ejemplares, incluyendo los fragmentos, suman 25; predo-
do de Moorehead se citan ejemplares de sierras enmangadas, de diversos tipos, que
forman parte de las colecciones norteamericanas. Véanse las noticias e ilustraciones
sobre estos instrumentos cu las figuras 134, 135, 136 y siguientes. W. II. Ilolmcs, en
su Haitdboolc, explica el uso de estos instrumentos, página 325.
' Figubira, Los primitivos, etc., páginas 189 y 190.
2 Véase La edad de la piedra, 347.
492
mina, en absoluto, la calcedonia, y sus tamaños varían entre 40 y 70 milí-
metros de largo (véase flg. 4).
Tipo B : Tres ejemplares de caracteres bien especificados, de 40 a 50
milímetros de largo. De aspecto grácil, base o
cuerpo cóncavo, con extremidades en ligera forma
de aletas y el ápice alargado, comprendiendo más
de las dos terceras partes del instrumento, aguza-
do de una manera gradual y corte transversal del
ápice, ligeramente anguloso. 171 ejemplar figurado,
número 22044, como los otros dos lian sido fabri-
cados en calcedonia.
Tipo C : Fundado en tres ejemplares, dos de los
cuales son los que están mejor caracterizados, pues
el tercero, en fragmento, presenta, ala vez, algunas
dentelladuras en las aristas que pudieron diversi-
ficar el destino del finísimo y admirable instru-
mento de piedra.
En cuanto a este tipo de perforador, que, por su
gracilidad y perfecta factura en sus más mínimos
detalles, hiciera dudar de su uso posible a cuantas
personas lo examinaran, se presenta sin pedúnculo o base de enmangado
aparente; como una ligerísima aguja de cuerpo cilindrico y en las
exactas proporciones que lo demuestra el grabado de la figura 6. El
ejemplar figurado lleva el número 22091. El corte transversal de la
lámina es ligeramente anguloso, el trabajo de retoque
sumamente prolijo, y la extremidad superior de una
agudeza sorprendente.
Todos los ejemplares se han fabricado en calce-
donia.
Tipo I) : Proceden cuatro ejemplares «le este tipo,
y los cuatro en fragmento, del taller inmediato a la
estancia «le Buckland, cerca de Punta Rubia Falsa-
Son de factura más grosera, de tamaño, en longi-
tud. mayor a siete centímetros y de un cuerpo que
comprende casi la totalidad «leí perforador. La base o
pedúnculo es recio y sin escotaduras. El ejemplar
reproducido está registrado con el número 22087. Este,
como los tipos ya descritos, es de calcedonia.
Si bien es cierto que el número «le ejemplares no es
muy abundante, considero que no es dudosa la clasificación que acabo
«le proponer para los perforadores «le esta colección.
Los diferentes tipos de perforadores descritos en esta memoria tienen
también sus representantes, diré, en las series estudiadas por Figueira y
F¡g. 5. — Perforador,
tipo P». Cementerio de
los Indios. n° 22044.
- 493 -
Oates. Después ele las explicaciones que conozco sobre su uso, par-
ticularmente entre las poblaciones indígenas de América, me incli-
no a creer que, en general, se los adaptaba a un mango o
astil.
En el territorio de la Bepública Argentina los ejemplares
de perforadores lian ido apareciendo desde que los explora-
dores lian recorrido los yacimientos arqueológicos con algún
cuidado, y desde ya puede afirmarse que constituyen, una
clase de instrumentos que aparecen entre los elementos del
outillagc indispensable de los habitantes de la Patagón i a y
entre los indígenas del sudeste del territorio de los Estados
Unidos, como lo hicieran notar varios autores.
Ya se ha dicho que los perforadores de piedra, con pre-
ferencia, han servido para horadar huesos, madera, valvas
de moluscos, y aun las mismas rocas que ofrecen menor gra-
do de dureza. La forma general de la lámina subcilíndrica
y retocada de mayor a menor, y en algunos ejemplares con ti^0
aristas algo más vivas, denota que c. Cemente-
podía ser muy eheaz para horadar ,i¡os. ,,«22091.
mediante una hábil manipulación.
\Y. II. Holmes 1 2 * expresa : «The primitive
drilling arts were of prime importance to the
aborigines and are of exceeding interest to the
Student of primitive technics. Stone was rougli
carved by picking, pecking, chip]iing and goug-
ing, where particular depth or relief were not
callet for, but for deep excavation and perfora-
tion the rotary processes were especially effec-
tive. »
Tratándose de ciertas formas de perforadores,
de tamaño menor, como la mayoría de los ejem-
plares descritos en este estudio, que debieron
utilizarse enmangados, Holmes nos describe de
la manera que debieron manipularse, agregando
al texto algunas ilustraciones interesantes 5.
« The simplest form of unhafted rotary drill is the pointed stone held
between the tumb and tinger tips and twirled back and forth (fig. 214),
or an implement of somewhat T shape (fig. 21o), held in the liaud as a
1 Holmes, Handboolc of aboriginal american cüiiiquilies, tomo I, capítulo XXXII,
página 350.
2 Figuras 210, 214, 215, y las que denomina «primitive metliod of drilling», en
as páginas 354 y 355.
Fig. 7. — Perforador, tipo O.
Cementerio de Punta Kubia,
n° 22087.
494 —
geimlet and twirled back and fortb witch pressure, producing the desir-
ed boro. Tlie ordinary form of shafted resol ving drill (fig. 210) is rotat-
ed back and fortb between the palios of the liaos after the manner of the
fire drill, or between one palin and the thigh. These inethods were in
common use throughout America, and Mac (luiré questions whetlier
any other more ellicient form of mechanical device for mounting and
operating the drill poing than this was in use among the tribes south
of Alaska in pre columbian times. Drawings representing drills, found
in the ancient Mexican códices, all represent the onetype (fig. 217). »
Tenemos, pues, en los yacimientos arqueológicos neolíticos de la Pa-
togenia formas de un instrumental que aparece, con mayor frecuencia,
en los territorios del sur y este de América del Norte, respondiendo a un
procedimiento generalizado para la perforación '.
Warren K. Moorehead en su compilación parece seguir el criterio
aconsejado por el Committee on archeological nomenclature , y agrega las
formas irregulares.
Sean o no aplicables estas bases para la clasificación de los perfora-
dores que hasta hoy se conocen como procedentes de América en gene-
ral, la información iconográfica de Moorehead demuestra que los tipos
de la colección lteinmann línchele, todos están allí representados 2. Pol-
la homogeneidad en la forma y las rocas empleadas, son altamente inte-
resantes los quince ejemplares que exhibe en la figura 109.
P. P. Outes no describe ejemplares de perforadores en su eontribu-
bución, Arqueología de San Blas , y al í-eferirse en su obra, La edad de la
piedra en Patagonia, a estos instrumentos dice que, por entonces (1905),
muy escasos eran los nuevos descubrimientos en Sud América a. Pero
una de sus observaciones acertadas, a mi juicio, es aquella, que atribu-
ye al tipo B de esta clasificación, o sea al 7o de la que es autor, un pre-
dominio de caracteres sólo observados en la cuenca del río Negro. Sin
considerarlos, por ahora, « exclusivos », es más prudente admitir como
predominantes al norte de la Patagonia, o, si se quiere, en la cuenca del
río Negro, a los tipos A y 11 de esta clasificación.
' Se lian referido a esta clase de instrumentos de piedra Mac Güiro, Masen, Abbott,
Uldden y otros.
5 MookicukaI), Ibid., tomo 1, capítulo XII. Véase la lámina en colores, en la ante-
portada.
2 Las investigaciones arqueológicas de los últimos diez años al norte de Chile,
Ecuador, Colombia y Venezuela y cuenca del Amazonas, sobre las que han aparecido
algunas comunicaciones, no dan cuenta de hallazgos de esta clase, en número ni por
sus caracteres estables, suficientemente especificados, que den pie a una observa-
ción comparativa. Se trata de las tareas que instituciones americanas dedicadas a las
investigaciones prehistóricas, realizan en los dominios territoriales de sus respectivos
países, y aun de instituciones estadounidenses que han venido a la América del Sud.
495
3. Puntas de flecha, jabalina, y bolas arrojadizas
Puntas de flecha . — En el cuadro general del material de instrumen-
tos, armas y objetos de piedra, las puntas de lleclia constituyen el nú-
mero más importante, los tipos y variedades de mayor interés. Como ya
advirtiera Rene Verilean en su obra Les anciens patagons «les pointes
de Héclies de la l’atagonie sont d’une facture extrémement remarquable
et il mi cst beaucoup <|iii jieuvent se comparer aux plus bolles pieces
néolithi(¡ues de l’Europe. Ellos sont toujours taillés sur les deux faces
et soigneusement retoucliées sur les bords et á la pointe. Leur symé-
trie cst par faite dans les plus grand nombre des cas, et leurs formes fré-
(piemmcnt élégantes ».
Estas apreciaciones se confirman si se tienen presentes a los nuevos
ejemplares que, desde los viajes de H. de la Vaulx, se lian recogido
en los numerosos yacimientos de toda la extensísima región patagónica,
tanto al norte como al oeste, y también en los amplios valles que consti-
tuyen las cuencas que la cruzan de oeste a este.
No creo <pie sea necesario volver a recordar los antecedentes sobre
las clasificaciones de esta clase de armas, ni a los fundamentos de las
distinciones entre puntas de Hecha, jabalina y lanza 1 2.
1 Página 271.
2 Los <|uo se propongan especializarse en estos problemas prehistóricos encontra-
rán en las obras de conjunto; de arqueólogos europeos contemporáneos, los primeros
y más importantes ensayos do clasificación de puntas de Hecha y jabalina, por ejem-
plo : los de J. Evans, J. Lubbock y A. de Mortillet. Pero son de mayor utilidad
y aplicación las que han expuesto algunos escritores americanos: C. C A nitor, The
slone age in Ncio-Jcrscy, en Re por t, of thc Smithsonian Insliintion, 1875; Abijot, Pri-
müive industrie, 1881; T. Wii.son, Arrowpoints, spearheads and kin ives of prehistoric
times, 1899; W. H. Hoi.mics, Stone implemcnts of tlie Potomac-Cliesapeake Tidewater
province, en Fifteenth animal report of thc Burean of cthnologie, 1897; y los autores
que han descrito después a variadas series, sin mayor sujeción a ciertas reglas que
pueden interpretar el desarrollo do las formas, entre las colecciones de estas armas,
obtenidas en yacimientos de la industria neolítica de América del Norte, entre los
cuales pueden citarse a Hawkes y Linton, sobre la cultura Prc-Lonapc y do Parker,
relativa a los primitivos Iroqueses, etc.
La exhibición do conjunto que ofrece W. K. Moorehead, de diversas procedencias,
en su ya citada obra, tomo I, capítulo VI, no despeja, ni en sus grandes líneas,
el problema de la más adecuada o posible clasificación. No son muy claros asimismo,
los términos que tratara de divulgar la ya recordada comisión do nomenclatura
arqueológica, en su informe a la Asociación Antropológica Americana.
Para el propósito que me guía prefiero contribuir a la confirmación de los puntos
de vista expuestos y ensayados, primero, por Figueira en el Uruguay, y ampliadas,
en parte, por Cutes al estudiar el material procedente de la Patagón ia. La clasifica-
ción que adopta Verneau, no es muy detallista, ni puede decirse que corresponda a
— 496 —
En este capítulo me ocuparé de las armas, o sea de las puntas de He-
cha, jabalina y bolas perdidas que forman el conjunto más valioso de la
colección Kemimiim-Büchele.
Para precisar mi pensamiento sobre estas cuestiones, diré que ¡as
principales y únicas distinciones que admito en esta clasificación de las
series de estas armas neolíticas consisten : Io puntas de flecha y puntas
de jabalina 2o las puntas de Hecha las subdivido en : a) sin pedúncu-
lo; b) con pedúnculo; c) excepcionales2; que idéntico criterio aplico para
las puntas de jabalina.
Las puntas de Hecha, «le uso común, para las cacerías o la guerra,
creo que deben tener un largo no inferior a 30 milímetros, ni superior a
70. Jais puntas de jabalina considero que excederían, en la mayor parte
de los casos, esta última cifra 3.
Las puntas de Hecha inferiores a 30 milímetros de largo las conside-
ro de valor excepcional y porque sobre su uso no se conoce una demos-
tración evidente 4. En esta última categoría estarán comprendidas, asi-
las ideas genéralos de los dos autores rioplatenses. Cita., exclusivamente, descrip-
ciones de usos y costumbres indígenas do la Pampa y Patagón ia, observadas por
Moreno y Ameghino.
1 Por los fundamentos que expusiera F. P. Moreno, en su Description des cimetié-
res, etc., en Re vite d’anthropologie, tomo líí, 1870; por los mismos comentarios de R.
Vekneau, en los Anciens patagona, página 268; y la contribución de F. F. Ou-
i'ES, La edad de la piedra, etc., página 411.
s Sigo ¡as ideas generales de J. II.’ Figueira y F. F. O lites, que constan en las
ya citadas obras de ambos autores.
3 Véanse los fundamentos para análogas distinciones en Figukiua, ib id., página
172, O unes, Jbiil., página 37.
* Puede comprobarse en Figuhiua, Ibid., página 199; Yeiínicau, Ibid., página
270 y siguientes, que no las trata en particular, no obstante que la colección por
él descrita reúne interesantes ejemplares de esa clase, y, por último, O unes, en
Ibid., página 395, dice : « El ástil en que colocaban los patagones protohistóri-
cos y modernos las puntas de piedra, era de cana, corto y liviano ; do esa clase los
vieron Pigafetta, Cavendish, De Noorfc, etc. Como es natural, todos los tipos de
Hecha fueron usados indistintamente para la caza o la guerra., aunque debo hacer
una salvedad para aquellas de muy pequeño tamaño que, es indudable, no tuvieron
objeto práctico, tanto más cuanto que los patagones jamás se dedicaron a la caza de
pájaros. A mi entender, y así también en parte lo pensaba Lovisato, las mencionadas
puntas tendrían un objeto votivo o sino quizá fueron utilizadas por los shamanes
en sus exorcismos, en aquellas ceremonias públicas en que al enfermo se trataba de
despojar del daño de que se suponía había sido objeto y para lo cual, después de
una serie do manipulaciones ruidosas, enseñaban al auditorio una punta de (lecha,
o un simple guijarro extraído del cuerpo del paciento y al que se atribuía la causa,
do la enfermedad. »
Los conjuntos admirables do pequeñas puntas de Hecha, verdaderamente excep-
cionales, que han dado a conocer algunos autores estadounidenses, con diámetros de
longitud mínima hasta do ocho milímetros — Brower, Murdoch, Grant Macourdy —
497
mismo, las puntas de Hecha excepcionales por su forma. Y, por último,
dada la necesidad de precisar, en lo posible, la descripción y la termi-
nología en estos artefactos, usaré, con preferencia, las de Figueira y
Cutes, que en muy poco coinciden con las que divulgan G. Fo’wke ',
primero, y W. K. Mooreliead % después, en el capítulo de su obra dedi-
cado a estas armas.
CLASIFICACIÓN DE LAS PUNTAS DE FLECHA 3
l. Puntas de
flecha, sin
pedúnculo
Tipo A, elíptico.
Tipo B, amigdaloide.
Variedad a
Ti j)0 C, trian-
gular
equilátero, base recta.
Variedad b : equilátero, base cóncava.
Variedad c : isósceles, base convexa.
Variedad d : isósceles, base recta.
Variedad e : isósceles, base cóncava; sub-
variedad e\ bordes convexos dentella-
dos.
I Tipo A, losángico.
Variedad a : limbo triangular, bordes
Í¡ convexos.
I Variedad b : limbo triangular, bordes
Tipo B, sin ale- ' rectos.
tas l Variedad c : limbo triangular, bordes
/ dentellados.
I Variedad d : limbo y pedúnculo trape-
zoidal, punta aguzada.
1 Tipo C, con ale- l Variedad a : limbo triangular.
\ tas ( Variedad b : limbo dentellado.
no han podido ser fijadas en su verdadero destino. Pueden consultarse las descrip-
ciones de mayor contenido de material y de precisión científica en la clasificación de
estos objotos : G. Fowkic, Slone art, en Tkirtecnth animal report óf thc Burean of
cthnology, página 143 y siguientes, 1897, y demás autores que citara Chites en su
capítulo especial. W. K. Mooreliead trae una demostración gráfica interesante sobre
las series más ricas en ejemplares, excepciones por su tamaño y la extravagante
distribución de sus líneas. Véase como este autor sintetiza las distintas versiones,
Jbid., 101 y siguientes.
* Fowkic, Ibid., página 143.
3 Moorehkad, Ibid., página 100.
3 Esta clasificación tione particularmente en vista las series de la colección Rein-
mann-Uiicliole, y aun las descritas por Figueira, Verilean y Outes. He tratado de
interpretar el desarrollo do la forma dentro do los caracteres propios de la. punta do
lloclla, sin dar importancia a-caracteres do detalle, instables, debidos a un golpo
nadoeuado del retocador.
— 498
III. Puntas de flecha
excepcionales
Tipo A, elíptico.
Tipo B, sin pe- ^ Var. a, base cóncava.
dónenlo / Var. b1 bordes dentellados.
Tipo C, con pe- i Var. a , limbo triang., sin aletas,
dónenlo l Var. b, limbo triang., con aletas.
Var. a, sin pedúnculo.
Tipo I), limbo \
trapezoidal. I
Var. ó, con pedúnculo.
Var.
c, con aletas.
Puntas de jabalina
Tipo E, limbo cilindrico, con aletas y pedúnculo.
Sin pedúnculo
^ A, elíptico.
, B, lanceolado.
Con pedúnculo
O, triangular.
A, limbo elíptico.
\ B, limbo triangular.
I C, limbo con aletas.
I), pedúnculo cuadrado.
I. Puntas de flecha sin pedúnculo. — Tipo A : Como lo establecieron
los dos autores rioplatenses, la elaboración de puntas de flecha, utili-
zando el material de rodados, tan abundante en la península San Blas,
se ha iniciado, sin duda alguna, mediante el trabajo primario, con un
perfeccionamiento de las formas generalmente
elíptica y ovoide de las rocas.
Si bien es cierto que las formas, y en este caso •
los ejemplares que considero, no representan una
obra terminada, reúnen en sí, ¡os principales ca-
racteres de la clase de puntas de flecha sin pe-
dúnculo, tendientes a las formas generalmente
consagradas como primitivas: elíptica, lanceola-
da, amigdaloide, etc.
La colección Reinmann-Biichele cuenta con
seis ejemplares de calcedonia y pórfido: con diá-
metros mínimos y máximos de 40-60 milímetros
Proceden del Cementerio de los Indios.
Tipo B : Los ejemplares de este tipo son 24,
El figurado en esta descripción es el más perfec-
to en su forma clásica, el que se ha obtenido de una roca cuarcítica. Los
diámetros oscilan entre 40 y 50 milímetros. La mínima parte de los
ejemplares provienen del taller contiguo al Cementerio de los Indios, y
algunos del ubicado en La Pirámide.
Tipo C : Entre los ejemplares de puntas de flecha sin pedúnculo, pue-
de considerarse al tipo triangular con sus variedades, un predominio
Fig. 8. — Punta de flecha sin
pedúnculo, tipo A, Cemente-
rio de los Indios, 11o 2100G.
Considero con preferencia el diámetro máximo.
499
casi absoluto, entre todas las del conjunto, indudablemente después de
las puntas pedunculadas.
Los ejemplares de nuestra colección, en número de más de 200, dis-
tribuidos en seis variedades , están fabricados, el
80 por ciento, de calcedonia. También se anotan
ejemplares de basalto y pórfido.
En las seis variedades los diámetros mínimos
de largo llegan, como se ha establecido, a 30 mi-
límetros, y los máximos a 70 milímetros.
Como en las distintas clasificaciones que he
tenido en cuenta se trata de interpretar, a más
de los caracteres generales propios del objeto y
su destino, ciertos otros rasgos que le imprimen
una evidente perfección,
habiéndose seguido, en
lo posible, una especie de
evolución de la forma
geométrica.
Con este último propósito he tratado de selec
clonar las principales variedades del tipo trian
guiar ; y después del tipo amigdaloide, que co
rresponde al primer paso, diré en el sentido de
la fijación de los caracteres fundamentales de la
punta de flecha sin pe-
dúnculo, las otras varie-
Fig. 9. — Punta de (lecha, sin
pedúnculo, tipo B, Cemén
terio de los Indios, n« 21016
Fig. 10. — Punta de flecha, tipo
C, v. a, Cementerio de los In-
dios, n° 21041.
dades netamente trian-
gulares se diversifican en
la dirección o forma de los bordes y de la base.
Sin atender a las diferencias o singularizacio-
nes de detalles que no siempre tienen valor inten-
cional, aparecen ejemplares que se aproximan a
un triángulo equilátero de base recta o base cón-
cava ; como a las líneas ya más correctas del
triángulo isósceles, de bases convexa, recta y
cóncava. A cada una de las cinco variedades co-
rresponden, a mi juicio, los ejemplares 21041,
21074, 21173, 21118 y 21232. Fis- n- - Punta nec,ia’
tipo G. v. Cementerio de
En la figura 15 (ejemplar n° 21254) tengo el i08 Illrti„s, 21074.
ejemplar elegido entre tres análogos de la misma
procedencia, de ima subvariedad que, a mi juicio, representa una punta
en triángulo isósceles, de bordes ligeramente convexos y base cóncava.
Los caracteres específicos del ejemplar, consisten en la mayor perfección
de sus líneas y en el retocado y dentell adura de sus bordes. Es el caso
500
de la aplicación acertada y habilísima del retocador. Éste, como la
máxima parte de los ejemplares de formas triangulares, está lieclio de
i- calcedonia, y uno que otro
presenta en sus superfi-
cies, pequeñas regiones
en sus limbos, de primiti-
va fractura. En otros ejem-
plares se advierte, asimis-
mo, este fenómeno, pero de
apariencia muy reciente.
De las anotaciones que
poseo se deduce que la
inmensa mayoría de los
ejemplares descritos, pro-
ceden del taller contiguo
al Cementerio de los In-
dios, y puede decirse de
todos los ejemplares, que
fueron encontrados cu-
biertos por las arénasele los médanos, o sea de los depósitos del esta-
dio V, según Witte. De los otros yacimientos, particularmente del taller
en La Pirámide, sólo se cuenta un 15 por ciento de estas puntas de
flecha sin pedúnculo, amigdaloides y triangula-
Fig. 12. — Punta <le flecha,
tipo C, v. c, Cementerio de
los Indios, n» 21173.
Fig. 13. — Punta de flecha,
tipo C, v. d, Cementerio de
los Indios, n° 21118.
Fig. 14. — Punta de flecha, ti-
po C, v. e, Cementerio de
los Indios, n° 21232.
res, incluyendo la de la figura 15.
II. Puntas de flecha con pedúncu-
lo. — En este segundo grupo de
la clasificación que ensayo, y de
acuerdo con los puntos de vista de
Figueira y Outes, y aunque sin en-
trar a los detalles de la clasifica-
ción de este último, considero que
así como tenemos una forma im-
perfecta para iniciar la serie de las
puntas de flecha sin pedúnculo, la
que ahora me ocupa se inicia tam-
bién, con láminas trabajadas en
ambas superficies y con trazos del
retocador que le imprimen o insi-
núan una forma nueva, que surge,
Fig. 15. — Punta
de flecha, tipo C,
v. e', La Pirámi-
de, n° 21254.
diré, de una más primitiva o clip-
fica, y que después de ser amigdaloide o triangular, presenta una estre-
chez inmediata a la base, que divide la punta en dos partes : el limbo y
el pedúnculo.
50J
En las formas sucesivas se. lian de tener en cuenta, no sólo a las varia-
ciones del limbo, sino a las más acentuadas y persistentes de las aletas,
a la forma del pedúnculo (pie depende del carácter
y profundidad de la muesca o escotaduras, y de la
misma base del pedúnculo.
Tipo A : Fundo este tipo con 1 1 ejemplares de
forma aproximada de losange.
Cutes en su obra La edad de la piedra en Patago-
nia considera a esta forma como la intermediaria
entre las que se lian descrito, pertenecientes a la
primera categoría, y las que paso a considerar, o
sea a las puntas con pedúnculo. Aunque dicho autor
no dice de cuántos ejemplares dispone para fundar
su tipo y aun las variedades, estos ejemplares que
proceden de San Blas pueden servir para confirmar
su suposición.
Los largos mínimos y máximos varían entre 35 y
60 milímetros. El 90 por ciento de los ejemplares
son de calcedonia y provienen del taller de La Pirámide.
Tipo B : Este tipo de puntas con pedúnculo y sin aletas1 2, forma un
conjunto apreciable de ejemplares. Cinco de ellos
proceden del taller inmediato a la estancia de
Buckland, los restantes de La Pirámide. El ejem-
plar que se reproduce (fig. 17) proviene de dicho
taller.
Estos ejemplares de la variedad a, son 05 y en
su casi totalidad son de bordes convexos, directa-
mente derivados del tipo A. Los diámetros varían
entre 30 y 05 milímetros. En ésta como en casi
todas las variedades de este tipo los pedúnculos
son trapezoidales, con una ligera escotadura en la
base. El material predominante, calcedonia. En la
variedad b, el limbo es triangular (fig. 18, n°
21334), con bordes rectos. En los 185 ejemplares
que se han recogido de La Pirámide, todos presen-
tan caracteres muy homogéneos, correspondiendo
al limbo las dos terceras partes del objeto. El pedúnculo, en todo caso,
1 Páginas 383 y 384.
5 Voy a reproducir la explicación que ofrece Félix F. Outes en la parte de su
descripción cuando se ocupa de este carácter de forma que es, a la vez, una moda-
lidad de la técnica de fabricación de las puntas de tlecha y jabalina; y la reproduz-
co, por la consideración que me merecen, para este caso, las expresiones geométri-
cas. Dice Outes, página 381 : « Así he obtenido tres grandes clases: la primera for-
Fig. 17. — Punta de fle-
cha, con pedúnculo, tipo
11, v. a, Punta Rubia ,
n» 2152S.
Fig. 16. — Punta de fle-
cha, con pedúnculo, fi-
po A, La Pirámide, n»
212C1 .
502
l'ig. JS. — Punta (le flcclia,
con pedúnculo, tipo 15, v. b.
La Pirámide, n° 2 1 3154 .
Mm.
l ¿ ¡f'h \
' y-f-
es fuerte y cou una ligera escotadura en la base. El 70 por ciento de
calcedonia, y los otros de pórfido y cuarzo.
La variedad c está representada por 55 ejem-
plares. Predominan los diámetros en longitud de
40 milímetros, con el agregado de ser los bordes
dentellados y los pedúnculos trapezoidales. En
estos ejemplares el limbo se retrae para dar ma-
yor expansión al pedúnculo.
Por último, en cuanto a la variedad d, está
fundada en 19 ejemplares de calcedonia. El ejem-
plar figurado proviene del
cementerio inmediato a la
estancia de Bucklaud. y los
ejemplares tienen de 30 a
50 milímetros de largo má-
ximo.
La estructura del pedún-
culo es trapezoidal, con li-
gero retoque en la base, pe-
ro el limbo presenta la ex-
tremidad aguzada, adquiriendo, a la vez, una for-
ma también trapezoidal. Véase la figura 20. siendo
el ejemplar número 21998, unos
de los de tamaño mayor y carac-
teres más perfectos.
Para no exagerar el valor de
los caracteres especiales he pre-
ferido dar a dicha modificación, en la extremidad del
limbo, la posición que he creído más oportuna, es de
cir, el de una variedad dentro del tipo B. Sólo consi
dero en grujió aparté a estos artefactos cuando son
excepcionales por el tamaño, o por su desvío de las
líneas normales de la estructura, en los conjuntos de
ejemplares de la misma clase, categoría o tipo, y a los
cuales pueden denominarse aberrantes.
Tipo C : Se trata de ejemplares de puntas «le flecha,
con pedúnculo y aletas, y que comprendé, por lo gene-
ral, dos variedades, la primera a, con limbo triangular y la segunda h,
con limbo dentellado.
l’ig. 19. — Punta de fle-
cha, con pedúnculo, tipo
15, v. c. Punta Kubia,
n» 21174.
l'ig, 20. — Punta do
flecha, con pedúncu-
lo, tipo 15, v. d, Pun-
ta Kubia, n° 2199Í'’.
muda por ejemplares cuya periferia corresponde más o menos a la de un losange; la
segunda, que llamaré sin aletas, cuando la línea de la base del limbo forma ángulos
rectos u obtusos cou el eje central del pedúnculo, y la tercera, con aletas, si esa
misma base forma ángulos agudos con el eje mencionado. »
503
Fig. 21. — Tunta
de Hecha, ex-
cepcional, tipo
A , La Pirá-
mide, 11° 21S54.
de flecha, ex-
cepcional, tipo
B, v. o, La
Pirámide, n°
21774.
En la colección que est udio, comprendiendo, bien entendido, a los
ejemplares de 30 milímetros de diámetro mínimo, sólo encuentro repre-
sentantes de este tipo y variedad a, pero no de la b. Esta variedad, que
suele encontrarse en otras colecciones, aparecería, seguramente, en una
nueva y prolija exploración de los yacimientos de San Blas. Outes las
describe en las ligaras 104, 105, 100, 107, 108 y 109, de su Edad de la
piedra , etc.
111. Puntas de flecha excepcionales. — En cuanto a las puntas de He-
cha de tamaño menor, de 12-30 milímetros de diámetro, entre la línea
de la base y el ápice, todos los ejempla-
res presentan sus caracteres bien defini-
dos, no obstante la pequenez de algunos, y
la suma fragilidad de las rocas elegidas, en
otros, para su delicada manipulación.
Tenemos aquí, también, puntas con o sin
pedúnculo, de limbo dentellado, de aletas
desproporcionadamente grandes con respee- Fig. 22. —Punta
to al limbo y ¡d pedúnculo, etc., es decir,
el grupo tercero de este ensayo de clasifica-
ción, o sea excepcionales por el tamaño y la
forma.
Tipo A : La lámina, ya muy retocada y reducida a una porción pe-
queña , se define en esta categoría de puntas con contornos perfecta-
mente amigdaloides. Los cuatro ejemplares son de calcedonia y tienen
rn largo que varía entre 25-30 milímetros. Proceden de La Pirámide.
Se inicia con ésta las formas (pie pertenecen a las puntas de Hecha sin
pedúnculo.
Tipo B: Observando el mismo criterio que el aplicado para las pun-
tas de Hecha mayores de 30 milímetros, en
esta categoría aparecen las formas triangula-
res, sin pedúnculo.
El tipo B presenta la variedad a, con bor-
des rectos y base cóncava, ejemplar número
21774; y la variedad b, número 21833, con
la base cóncava pero los bordes dentellados.
En ambas variedades se encuentran mode-
los muy pequeños y entre las dos figuran 294
ejemplares. En su máxima parte proceden de
La Pirámide.
Tipo G : Al limbo triangular, tendiendo
hacia la forma de triángulo isósceles, se agrega en muchos casos una
factura muy segura del pedúnculo.
Tratándose de piezas tan pequeñas, se notan ligeras variantes en las
Fig. 23. — Punta
de flecha, ex-
cepcional, tipo
B, v. b. La
Pirámide, n°
21833.
Fig. 24. — Punta
de flecha, ex-
cepcional, tipo
C, v. a, La
Pirámide, n°
21404.
KKV. MUSEO I.A l’I.ATA. — T. XXVI
35
Fig. 25. — Punta
(le flecha, ex-
cepcional, tipo
C. v. b, La Pirá-
mide, n° 21094 .
Fig. 26. — Punta <!o
flecha, excepcional,
tipo 1). v. a, La Pi-
rámide, 11° 22017.
proporciones y distribución de ios caracteres del pedúnculo, pero en todas
ellas predomina un limbo cortado rectamente, o en cambio, la dispo-
sición de las muescas convergentes le imprimen el carácter de aletas.
En esos caracteres se fundarán las dos variedades del
tipo C, de las pequeñas puntas de flecha con pedúnculo.
Los ejemplares de este tipo proceden
de La Pirámide.
Son 90 ejemplares, con largos entre
17 y 30 milímetros.
Tipo D : Variedad a. Sin pedúnculo,
base cóncava, limbo trapezoidal y ápice
acuminado.
El ejemplar 22017 procede de La Pi-
rámide, fabricado de calcedonia. La va-
riedad b, con pedúnculo, limbo trapezoidal y ápice acuminado. Número
22015, figura 27. Variedad c, de limbo trapezoidal, bordes cóncavos y
con aletas, número 22008.
TipoE : Se trata de un ejemplar su mámente interesante, obtenido en una
calcedonia blanquizca transparente, de 2S milímetros de largo (fig. 29).
Presenta un limbo casi cilindrico, aletas y pedúnculo. Esta pieza es-
taba destinada, a mi juicio, a ser fijada en un ástil, y la disposición de
las aletas para asegurar la aprehensión del objeto Quedaría excluida la
suposición de que fuese un ejemplar de perforador.
Puntas ñe jabalina. — De los 28 ejemplares de puntas de jabalina,
tres proceden del taller inmediato al Cementerio de los Indios, los res-
tantes al taller de Punta Rubia. Al primero pertenece el
único ejemplar con pedúnculo que figura en esta colección.
Las variantes no son muy abundantes ni
acentuadas y salvo tal cual pieza bien ter-
minada, esta serie de armas amplían muy
poco nuestros conocimientos sobre el ins-
trumental perteneciente a las culturas
neolíticas de la Patagonia en general.
Las puntas de jabalina, como las puntas
- Punta do
excepcio-
nal, tipo I), v. b,
La Pirámide, n°
22015.
de flecha, las he clasificado teniendo en
Fig. 2S. — Funfn.
de flecha, excep-
cional, tipo 1),
v, c, La Pirámi-
de, n° 22008.
cuenta ensayos anteriores y, desde luego,
el propio material que debía considerar.
Y esos ensayos anteriores, me refiero ¡i los de J. H. Figueira y F. F.
Outes, trazan las dos categorías principales basándose en la ausencia o
presencia del pedúnculo.
Se lia dicho también (pie estas armas, destinadas — según las suposi-
ciones más corrientes — a la guerra, tienen, por lo general, un diámetro
longitudinal máximo de 70 milímetros y un espesor, también mínimo.
505
Fig. 29. — Punta
de flecha, ex
cepcional, tipo
E, La Pirámi-
de, u° 22064.
que en el tercio medio inferior dé la hoja debe presentar su mayor po
tenóia, de 8-10 milímetros.
Entre las puntas de jabalina sin pedúnculo poseo, en esta colección,
dos tipos :
Tipo .4. : De forma elíptico-lanceolada, con tallas muy
groseras, obtenidas en rocas porfirices, con diámetros de
longitud de 70-90 milímetros.
Los tres ejemplares presentan los mismos caracteres de
factura y aparecen, en una de las
caras, rastros de deflación. Sin
que pueda atribuírsele mayor im-
portancia, por ahora, a la locali-
zación de algunos caracteres, pa-
rece que los ejemplares mejor
terminados, delineas muy armónicas y pro-
porciones simétricas, son los que proceden
del Cementerio de los Indios. El ejemplar de
la figura 30 número
22009, procede del ta-
ller del Cementerio de
los Indios.
Tipo B : Son 21 ejem-
plares de forma trian-
gular, bordes y base
rectas, de 70 a 90 mi-
límetros de largo y es-
pesor, en el tercio in-
ferior del limbo, de
8 milímetros, término
medio. Los 24 ejein-
Fig. 30. — Punta de jabalina, tipo A, , i j i /i
r, . ■ , , , ,■ „ piares proceden del Ce-
Cemcnteno de los ludios, r.° 22069 1 1
menterio de los Indios.
El ejemplar figurado lleva el número 22075.
Tipo C : Es un ejemplar obtenido de una lámi-
na gruesa de basalto. No puede afirmarse (pie la
pieza esté terminada, pues el pedúnculo aparece,
podría decirse, ligeramente bosquejado, y los
bordes muestran aún pequeñas superficies intac-
tas, con restos de deflación.
En ninguna de las descripciones conocidas de
armas neolíticas de la Patagonia se da a conocer
ejemplares de puntas de jabalina de limbo triangular, bordes convexos
y pedúnculo imperfectamente trazado. Debido a esta última circunstan-
Fig. 31. — Punta «le jabalina,
tipo B, Cementerio de los
Indios, u° 22075.
506
cia y a la de ser este ejemplar inconcluso, lie creído, por ahora, señalarlo
solamente sin dar la fotografía. La pieza tiene 70 milímetros de largo.
Después de la descripción de los tipos y variedades de puntas de He-
cha, especialmente las del grupo tercero o excepcionales, como las limi-
tas de jabalina, y siendo algunas de las series relativamente reducidas,
creo que, en todo caso, pueden considerarse como nuevos elementos
confirmatorios de algunos de los caracteres de la evolución industrial
de aquellos pueblos prehistóricos y protohistóricos.
He recordado, en parágrafos anteriores, las principales contribucio-
nes que describen materiales de la misma procedencia geográfica,
debidas a autores nacionales y extranjeros. En dichas obras se lian
tratado de esbozar los distintos aspectos de esta arqueología y sus rela-
ciones inmediatas, su determinación local, así como las relaciones tem-
porarias limítrofes y generales en América '.
Bolas arrojadizas. — Entre las armas de piedra que considero una de
las manifestaciones industriales originadas por las necesidades materia-
les del medio, y que aparecen con mayor frecuencia en las estaciones
neolíticas de una considerable extensión del litoral lluvial y marítimo
de los países del Río de la Plata, es la llamada « bola arrojadiza ».
Los ejemplares recogidos en los talleres y estaciones de los indígenas
del norte de la Patagón ia, y, particularmente, de San Blas, son de ta-
maño menor y mediano. No se conocen datos o noticias que puedan con
siderarsc referibles a la presencia, por aquellos sitios, de grandes ejem-
plares de rocas esféricas, con o sin surco ecuatorial, parecidas a las
descubiertas, repetidas veces, en las inmediaciones de los lagos Colhue-
Iíuapi y Mnsters (gob. del Chubut), y de cuyo tipo se conservan algu-
nos ejemplares en el departamento de arqueología y etnografía del Mu-
seo de La Plata.
No debo insistir en las demostraciones que E. P. Moreno, R. Ver
neau, M. del Lupo, E. E. Outes y otros autores lian ensayado sobre el
1 Las primeras, por las diagnosis de D’Orbigny, Sfcroliel, Mnsters, Lovisato, Mo-
reno, Ameghino, Burmeister, Lista, Ambrosctti, llyadcs y Deniker, Heauvoir, Mila-
nesio, Cojazzi, Verilean, Figueira, de la Vanlx, Ontes, Daldiene, Ihering, Ilolmes,
ete., comprendidas en obras especiales, que, sino exentas de omisiones, constituyen
un paso muy franco en el sentido del progreso de estos estudios. Las segundas
participan del carácter de obras de mayor alcance y de rico material de compara-
ción, entre las que consideran al material de armas, con preferencia, las puntas de
Hecha y jabalina, como las de C. C. Almorí’, Chipped alone implements, 1*79; T.
Wií.son, Arrowpoints, etc., 1899; G. Fowkic, Stone arl, 1896; C. O. tV ii.i.ougiuiy,
Prehistoria hurial Jlaces in Aíaine, en Peabody Mnseiim Archaelogical and Etimológica I
Papera, tomo I, páginas 390-400, 1888-1904; \V. Hor.Mics, Flint implemcnta, and
foaail remains from a snlphur spring ni A/ton, planchas 10, 12; y los últimos y ya nu-
merosos tratados de vulgarización.
507
origen, uso, dispersión y caracteres de forma de esta arma de piedra,
bajo una denominación de sentido tan amplio.
Sólo me propongo comunicar el número de los ejemplares y sus tipos,
<pie constituyen esta colección de la península San Blas, y permitirme
algunos comentarios.
Ante todo, debo llamar la atención sobre la presencia, en esta colec-
ción, de bolas arrojadizas de forma natural; de tres ejemplares de un con-
glomerado calcáreo fino, esféricas, aunque con ligeras desigualdades;
conglomerados procedentes, con toda probabilidad, de la formación de
dinosaurios o de las areniscas araucanas del líío Negro y Clmbut. En
esos territorios suele encontrarse localidades en las que aparecen sobre
la superficie por millares, como al norte de 01 1 al 1 acó (E. O. S.).
Los ejemplares de bolas arrojadizas, de carácter artificial, son 11.
Tipo A : Sin cintura, esféricas, de G0-70 milímetros de diámetro. Son
fies ejemplares; uno de gabbro y los dos restantes de pórfido cuarcífero.
lie creído innecesaria la reproducción en fotograbado de estos como de
los modelos subsiguientes.
Tipo />; Semiesféricas, tres ejemplares, de pórfido y toba cuarcífera.
Surco transversal, con alguna semejanza al ejemplar esquematizado en
la figura 13(5, de la obra de Outes '. La factura del surco es grosera y
está inconclusa en todos los ejemplares.
Tipo G : Tres pequefias bolas con cintura ecuatorial muy fina, de
25 a 30 milímetros de diámetro mínimo. Están fabricadas en caliza par-
da amarillenta.
Manijas. — Dos ejemplares esféricos de caliza, que corresponderían a
las bolas de tamaño menor. Tienen un diámetro que no alcanza a 25
milímetros, y en sus superficies se notan varias fracturas recientes.
Algunos de los ejemplares descritos presentan las superficies con mar-
eados vestigios de deflación.
Ya lie aludido a las explicaciones que estimo más satisfactorias sobre
la procedencia y caracteres de esta arma.
Los antecedentes históricos y los datos comparativos reunidos por
Félix F. Outes en su memoria La edad de la piedra en Patagonia, basta-
rían para una primera clasificación del material procedente de los Kul-
turlager de la Patagonia oriental. Pero deseo llamar la atención de los es-
pecialistas sobre algunas referencias relativas al origen y época probable
de su uso entre las agrupaciones indígenas de los. territorios al sur de
la ciudad de Buenos Aires, que aparecen comentadas por este autor en
su capítulo «Proyectiles arrojadizos».
Dice Outes \ «Al ocuparme del hombre patagónico, he dicho quere-
1 La edad, ote., página 420.
5 Página 427 y siguientes.
508
cien adoptó el uso de la « bola» arrojadiza en las postrimerías del siglo
xvm. Trataré de detenerme sobre este punto para disipar cualquier
duda que pueda existir sobre el particular. »
En párrafos subsiguientes ordena el autor sus anotaciones histórico-
cronológicas para afirmar que los patagones del sur del Bío Negro no
conocieron el uso de la bola hasta fines del siglo xvm. « De modo, que
el empleo de la «bola» para la guerra y la caza, es una práctica adqui-
rida con plena seguridad en el contacto con los indígenas que vivían al
norte del Bío Negro *. »
Más adelante atribuye, con mejores fundamentos, el uso frecuente
de esa arma — en la que pueden determinarse formas de especializa-
eión muy sorprendentes — a los complejos étnicos diversos desde distin-
tos puntos de vista, de la región cisplatina, anteriores, contemporáneos
y posteriores de la época de los descubrimientos, hispano-lusitanos, en
el litoral lluvial uruguayo y argentino. Pata terminar asienta su argu-
mentación en la siguiente relación de hechos y su interpretación :
«Destruidos los Querandíes en las luchas sangrientas que mantuvieron
con los conquistadores y por el régimen brutal de las «encomiendas»,
las tribus de Puelches que habitaban al sur y al oeste del territorio en
que vivían aquellos indígenas, avanzaron hacia Buenos Aires y frecuen-
taron en más de una ocasión el villorio reconstruido por Juan Gara y. En
una de esas visitas, realizada en 1599, el gobernador de las provincias del
Bío de la Plata, Diego Bodríguez Valdez y de la Banda, pudo observar
que los indígenas usaban para cazar huanacos, la « bola perdida », en
igual disposición (pie la empleada por los Charrúas, Beguáes y Queran-
díes. Es evidente, pues, que los Patagones en su contacto con los Puel-
ches, adoptaron el uso de la « bola » arrojadiza a. »
Los fundamentos de esta explicación del origen, edad atribuida al uso
del arma y distinciones étnicas en la Patagonia al norte y sur del río Ne-
gro 1 2 3 , son de absoluto valor histórico, posponiéndose evidentemente,
1 Outks, La edad, etc., página 427.
2 Outics, La edad, etc., página 429.
3 Después de discutidas las principales cuestiones que encierran los párrafos trans-
critos, por autores tan avezados en el conocimiento y selección do textos como los
señores Lcguizainón, Outos, Cardoso y Lolnnanu-Nitsche, sólo nos corresponde de-
clarar que, en cuanto a las atribuciones de edad, no nos satisfacen las que unos y
otros hayan podido extraer como conclusiones del examen de los documentos.
Desde el punto de vista étnico — y sin querer dar mucha extensión a estas obser-
vaciones — será necesario aclarar qué so entiende por patagones y por puelches, y si
bajo el segundo nombro deben comprenderse a varias agrupaciones étnicamente dis-
tintas, según T. Falkner.
Despejada esta cuestión habrá que admitir, como consecuencia, que varias de las
agrupaciones de puelches (concepto gooétnico explicado por Falkner, en su obra
509 —
conio en otras contribuciones sobre el mismo asunto, los elementos de
juicio de valor arqueológico y estratigráfico. Quiero advertir, además,
que no puedo considerar a los testimonios históricos como fundamentos
casi exclusivos para establecer en este caso, la data cronológica relativa,
(pie es, en realidad de verdad, el problema arqueológico debatido.
En cuanto a la interpretación que correspondería adoptar sobre la an-
tigüedad de los restos del estrato cultural de San Blas, dentro del estado
neolítico de la cultura de los pueblos del norte de la Patagonia, sería para
mí otro el punto de partida. Tomando como base los caracteres tecnológi-
cos del complejo de las manifestaciones industriales, sin desvincular a
ninguno de sus elementos, por discutible que fuere su valor indicador, y
relacionándolas con las demostraciones de valor geológico — estratigráfi-
co— que en este caso el especialista ha afirmado que corresponde, por
inferencia, a una antigüedad prehispánica ', admitiría una aclaración
documental pero menos categórica sobre el uso de las bolas arrojadizas
para fines del siglo xvm entre los indígenas del sur del río Negro, desde
que los del norte, que estoy considerando, vinculadísimos antropológica
y etnológicamente a ellos, las conocían ya a fines del siglo xvi, como sur-
ge de la propia argumentación de Outes.
Considero atribución de edad más acertada aquella que vincula a
todas las manifestaciones de las industrias neolíticas de la Patago-
nia— por el mismo valor de los términos y el de los objetos y armas
consideradas como arquetipos — -a los tiempos protohistóricos. Acepto,
a la vez, que el uso de ciertas armas, se habría intensificado entre las
agrupaciones que tuvieron como habitat más o menos permanente, las
llanuras del sur y oeste de la actual provincia de Buenos Aires, y en las
que se conocieron las especies animales, a las cuales se las destinaba por
necesidad material. Las bolas arrojadizas aparecen preferentemente en
zonas o regiones donde, desde una antigüedad geológica reciente, se ha
comprobado la existencia de restos de guanacos, ciervos, avestruces, pu-
mas, etc., en una gran extensión y entre muchos pueblos de América.
Estas consideraciones generales sobre la dispersión de la bola arroja-
diza; me recuerdan otras, que no debí interrumpir, y que se refieren a las
puntas de flecha y jabalina, pero es claro, a las series de ejemplares de
una y otra clase, que han sido descritas mediante los suficientes datos
.4 dcscription of Patagonia, etc., pág. 99, 1774), ya sean del litoral marítimo o de los
llanos, valles y mesetas en una enorme extensión de los territorios del sur, cono-
cieron el uso de la bola arrojadiza : unas en el siglo xvm y otras en tiempos muy an-
teriores. Pero todos estos supuestos están en un terreno admisible, y pueden exami-
narse como otros tantos hechos que explican la regla general, poro nunca para dar
a la excepción un valor que no tiene.
1 Witth, Ibid., página 6G.
510
de procedencia y que lian permitido interpretar algunos délos caracte-
res locales de nuestras culturas neolíticas.
A las noticias, pues, de F. P. Moreno, F. y C. Amegliino, en las
que hicieron conocer los primeros tipos de las armas de piedra, descu-
biertas en esos territorios, suceden las descripciones más serias de E.
H. G-iglioli, M. del Lupo, J. II. Figueira, J. T. Medina, 1L Yerneau, F.
F. Outes, los autores de JSarly man in South
America y H. ¡I. Urteaga '. En las últimas con-
tribuciones constan todos los antecedentes (pie
deben tenerse en cuenta para futuros estudios
comparados y que tan sólo merecerían un agre-
gado en aquellas referencias sobre el propio terri-
torio del sur bonaerense.
Placan (/rabadas. — Los dos ejemplares de pla-
cas grabadas que forman parte de esta colección
fueron recogidas en el taller de La Pirámide, por
el señor Biichele.
El ejemplar número 22372 es de pizarra caliza
arenosa, color madera. Un trozo de 10 centímetros
de largo por 4 */, de ancho y 2 ‘/a de espesor.
Pulimentada, bordes romos y algo acanalada en
la superficie en que aparecen los grabados. Está
fracturada y ha sido restaurada pero sin retoque,
ni agregado alguno. Los grabados son finos y se
hacen muy poco perceptibles a simple vista, pero
se advierten en los contornos guardas en forma
Pig. 32. — placa gratada, de meandros irregulares,
upo n. La Pirámide, n° Tiene mayor interés el ejemplar número 22370.
Grabada en una de sus superficies, de pizarra cal-
cárea margosa, color gris obscuro; de forma alargada pero natural, con
sus contornos redondeados por frotamiento. Es el ejemplar reproducido
en la figura 32 en tamaño natural.
1 W. II. Holmes en la obra citada (colaboración de A. Hrdlicka, B. Willis, F. E.
Wriglit y C. N. Fenner) y las distintas ampliaciones y comentarios que los dos prime-
ros hicieran, y que sería excesivo recordar, se ocupa de los yacimientos arqueológi-
cos de San Blas, en donde el doctor Hrdlicka estuvo y recorrió por algunas horas. F.
F. Outes, publicó después: Arqueología de San Blas (provincia de Buenos Aires), 1907 ;
Sobre una facies local de los instrumentos neolíticos bonaerenses, en líerista del Museo de
La Plata. XVI (2:l serie, t. 111), páginas 819 a 389, 1909; y Sobre algunos objetos
de piedra de forma insólita procedentes de Pat agonía, en Physis, I, páginas 378-380,
1911. El señor Urteaga se ha ocupado, acertadamente, de la bola arrojadiza, en su
artículo El ejército incaico : su organización, sus armas, en Boletín de la Sociedad geo-
gráfica de Lima, XXXVI, 305, 1921.
511
La superficie grabada se destaca y los ornamentos, aunque de trazos
linos, pueden verse sin ayuda de dispositivo especial.
Ambos ejemplares no presentan perforación ni vestigios de pintura.
En los yacimientos arqueológicos neolíticos de San Blas se había
determinado, anteriormente, la presencia de estos objetos, tan interesan-
tes como son, en realidad, para el conocimiento de los Kulturlager de
esa región de la Patagón i a, las hachas insignias y las placas grabadas
Concretándome ala descripción del ejemplar más interesante, el déla
figura 3.5, y con el propósito de contribuir a la clasificación que en lo
futuro se trazará de estos objetos, considero que, desde el punto de vis-
ta morfológico, puede comprenderse en el segundo grupo del ensayo de
F. F. Outes % que define así : « El segundo comprende ejemplares entre
otros, alargados, cuyas extremidades son redondeadas y de las cuales una
parece ser más punteaguda que la otra. » Se basa esta categoría, en los
caracteres esenciales que se advierten en algunos ejemplares dados a co-
nocer por Verneau y de la Vaulx 1 * 3, Lehmann-Nitsehe 4 y el mismo Outes \
El ensayo de Outes es útil, máxime cuando puede ser considerado
como un primer paso Inicia la clasificación de estos objetos, después de la
revisión de. todo el material conocido. Pero sobre los más persistentes y
deliberados caracteres de forma y tamaño que los indígenas hayan po-
dido fijar a las placas grabadas, considero que su verdadera clasifica-
ción debe fundarse, en lo posible, en las categorías de sus sistemas de
grabados. En este último orden de ideas, Lehmann-Nitsehe y Outes se
han esforzado en ofrecer una base de posible aplicación.
Debo dejar bien establecido, ya sea para las hachas-insignias como
liara estas placas grabadas, que si bien son muy loables todas las
tentativas de definir y precisar los elementos, combinaciones y catego-
1 Véanse: F. F. Outes, Arqueología de San lilas, píígina 268; R. Leumann-Nit-
sciiic, Hachas y placas para ceremonias, etc., en Revista del Masco de La riata, tomo
XVI (2a serie, t. III), páginas 204 y siguientes, 1909; F. F. Outes, Las hachas-
insignias patagónicas, etc., Buenos Aires, 1916; F. F. Outes, Tms placas grabadas de
Patagonia, en Revistado la Universidad de Buenos Aires, tomo XXXII, página 611
y siguientes, Buenos Aires, 1916; R. Lehmann-Nitschk, Nueras hachas para ceremo-
nias, procedentes de Patagonia, en Anales del Museo Nacional de historia natural de Bue-
nos Aires, tomo XXVIII, páginas 409-426, Buenos Aires, 1916.
W. II. Holmes comunica la presencia en San Blas de un ejemplar de hacha, en el
capítulo Stone impleme.nts ofthe Argentino litoral, do la obra Early man in South Ame-
rica, página 144, figura 138. El ejemplar presenta grabados, distribuidos en un re-
gistro que reúne dos guardas paralelas.
“ F. F. Outes, Las placas grabadas, etc., página 612.
3 R. Veiineau y E. de i,a Vaulx, Les anciens habitants des vives da Colimé Huapi
Patagonia), en Congres international des amóricanistes, Xlle session tenue a I’aris eh
1ÜOO, página 137, figuras 17 y 18, París, 1902.
K R. Lkhmann-Nitsciie, Nachas y placas, etc., lámina VI.
0 F. F. Outes, Arqueología, etc., figura 37.
512
rías de la ornamentación primitiva, no me sugestionan las explicaciones,
por sagaces que fueren, de atribución ideográfica.
Este grabado en una como laja de pizarra calcárea, fracturada, a mi
juicio, antes de ser incisa, presenta una serie de combinaciones orna-
mentales perfectamente coherentes.
Y sin pretender que he de suplir o aclarar con mi descripción, los de-
talles que pueden observarse en la figura, creo que se advierten, primero,
una combinación de líneas en forma de reticulado que se distribuyen
en dos cuerpos, en los extremos superior e inferior de la pieza; se-
gundo, trazos de líneas más o menos horizontales no siempre de igual
nitidez y corrección; tercero, registros transversales, en los que se ad-
vierten diversas combinaciones de líneas rectas, quebradas, paralelas, con
trazos cortos y tan repetidos (pie cubren los espacios, algunos en orden
rítmico, particularmente en el segundo registro, y, por último, sobre el
campo reticulado inferior un motivo o figura altamente interesante. En
los bordes se notan incisiones cortas y profundas.
No me atreveré a afirmar demasiado en cuanto a la antigüedad y suce-
sión de los posibles sistemas ornamentales que puedan distinguirse, por
ahora, en las placas grabadas de la Patagouia ', pero considero que, en
los ejemplares cuya ornamentación responde a un concepto coherente y
representativo (le un objeto real, en la máxima parte de los casos se ad-
vierte imitaciones de tejidos, de sus propios ornamentos, o de rasgos que
tratan de reproducir algún objeto fabricado por el hombre, armas en ge-
neral y las mismas hachas-insignias, es decir, de ornamentación eskeio-
mórfica.
En cuanto a la figura o tema principal de esta composición ornamen-
tal, creo más en la interpretación de un objeto que en el trazado de una
combinación geométrica, y sin más reminiscencias de motivos mitológi-
cos que los que se pueden atribuir, según las mejores versiones, a un
origen puelche, por influyentes (pie sean, para algunos autores, ciertas
otras infiltraciones — como la araucana — debido a la proximidad de
las dos zonas de cultura. Cuando me ocupe, en páginas siguientes, de la
ornamentación de la alfarería de San Blas, volveré a considerar estos
mismos elementos de juicio para definir con mayor amplitud el carácter
de esta cultura neolítica del noroeste de la Patagouia.
Además, fué en 1903 que el profesor Rene Verilean asentó que las
placas grabadas debieron tener un valor de talismán \
1 Véanse los estudios de Ambrosetti, Lehmanu-Nitselie y Outes, que examina de-
tenidamente este último en sus revisiones y críticas.
1 lí. Yeknhau, Lea ancieus patagona, en página 302, expresa a propósito do estas
placas : « Nous n’essaierons pas de cliercher la signiiication de cetle pierrc gravee;
rimagination a lo cliamp libre et nous crindrions do passor a cftté de la véritable
interprétation. Depuis que nous avions éerit cette plirase, nion opinión no s’est pas
513 —
A partir de esta explicación, los profesores Lelimann-Nitsclie 1 y Ou
tes % lian contribuido más bien a confirmarla, sino con fundamentos irre-
fragables, de absoluto valor probatorio, que no se conocen, por lo menos
con razonamientos de valor etnográfico, que excluyen cualquier su-
puesto de un grave error de 'principio. Podré repetir, pues, — hasta que
nuevos elementos de información nos expliquen, aun por inferencia, el
carácter fundamental de ciertas instituciones primitivas y sus formas de
exteriorización — que dichas placas grabadas han debido considerarse
por los indígenas como amuletos.
Adornos labiales. — Las cuatro piezas de la colección lieinmann-Biichele
que me van a ocupar me llamaron la atención desde el primer momento.
Sin abrigar duda alguna sobre la procedencia de los ejemplares, dada la
intervención de los mencionados coleccionistas, sino todos, pero sí la que
llevad número 22098, figura 33, la consideré, prima facie, como tembetá.
Cuando, en esta misma Revista , el doctor Roberto Lelmiann-Nitsche
publicaba una breve noticia sobre Botones labiales y discos auriculares
de piedra 3 etc., procedentes de la comarca noreste del territorio de Río
Negro, mi curiosidad no quedó satisfecha al relacionar la certidumbre
de las afirmaciones de este autor con los caracteres de los objetos y las
costumbres de esos indígenas.
Voy a reproducir los párrafos de esta comunicación, en los que se
plantea para esta parte del territorio argentino el problema de la exis-
tencia del tembetá : « Cuando, en 1900, estudiábamos — dice el autor —
en varios museos etnológicos de Europa las colecciones americanas,
llamó mucho nuestra atención una pieza conservada en el museo de la
Sociedad geográfica y etnográfica de Zurich. Era un disco de piedra,
blanquizco, tirando al verdoso gris, una de cuyas caras tiene un borde
bastante saliente. No tan curiosísimo es la designación enigmática y el
tamaño notable de la pieza, cuyo diámetro mayor es de G,9 centíme-
tros, como ante todo su procedencia : Valle del Río Negro, Patagonia,
donde el objeto en cuestión fue hallado, en diciembre de 1884, por el
señor Jorge Claraz, colono suizo que buenos años de su vida había
pasado en la República Argentina, y especialmente en Patagonia, y que
en colaboración con el señor Heusser escribió una monografía sobre
modifico. » Y más adelante agrega : « L’hypothóse qni j’ai éinise plus liaut, et q ni
consiste ¡V voir en ces piorre des anmlettes, ponrrait se jnstifier par des comparaisons
ethnographiqnes. »
1 Lkiímann-Nitschk, linchas y placas, etc., página 227.
2 Outks, Las placas, etc., página 619.
:l Véase tomo XXIII (2® serie, t. X), páginas 285-280, Hílenos Aires, 1910. Las
descripciones del doctor Lehmann-Nitsche, en esto caso particular, no dejan do ser
objetables. So me ocurro que, sin perjudicar la claridad, pudo suprimir las digre-
siones comparativas.
5H
la constitución geológica de la provincia de Buenos Aires. Al parecer,
la aludida pieza era un adorno primitivo de los indígenas, destinada
a ser llevado en el perforado labio inferior (tembetá, botoque) o en el per-
forado lóbulo auricular. Opúsose a esta interpretación la falta absoluta
de otras piezas análogas en la indicada región, y la presencia de uno
que otro ejemplaV de tembetá en Chile, no nos . parecía suficiente para,
afirmar que también en el norte de la Patagonia, sobre la costa atlán-
tica, baya existido antaño tal costumbre bizarra, Resolvimos, pues,
pedir datos sobre aquel objeto hallado por don Jorge Claraz, y esperar
otros hallazgos, comprobantes de tal novedad etnográfica de Patagonia.
El conocido americanista doctor Otto Stoll, catedrático de la Univer-
sidad de Zurich, tuvo la gentileza de remitirnos una descripción deta-
llada de la interesante pieza susodicha y permitirnos su publicación.
En lo que hace al segundo punto de vista, hemos esperado años, pero
se cumplió nuestra expectativa: al efectuar, al principio de 1910, un
viaje de estudio al valle de llío Negro, subvencionado por el Museo
de La Plata, parábamos algunos días en Carmen de Patagones y en
Viednia, al sur de este pueblo; conocíamos allá varias personas colec-
cionistas de objetos prehistóricos y etnográficos que por nada quisieron
separarse de sus pasatiempos, pero que con el mayor gusto nos permitie-
ron el estudio de todo lo que parecía importante. Al inspeccionar aquellas
colecciones cuya cantidad es muy diferente, halló, con gran sorpresa
mía, la solución del problema referente a la pieza enigmática de Zurich ;
¡ había, en realidad una época, en la cual los antiguos moradores de la
costa atlántica, al norte de la desembocadura del Río Negro, usaban bo-
tones labiales y discos auriculares! carácter ergológico que relaciona a
aquellos Patagones con ciertos indígenas de Chile, Bolivia y del Brasil. »
Los nueve ejemplares que describe Roberto Lehmann-Nitsche pro-
ceden de las estaciones del hombre neolítico del noreste de la Pata-
gonia, ubicadas precisamente en el sector de costa atlántica compren-
dida entre la península San Blas y la desembocadura del río Negro.
Y distingue este autor, entre las piezas que comunica, los «botones
labiales de los discos auriculares».
Este y otros supuestos de carácter ergológico, con el agregado de
pruebas semiplenas de valor antropológico sobre una corriente o in-
fluencia de los complejos étnicos del litoral mesopotámico y prepam-
peano sobre los de la Pampa y parte de la Patagonia, constituyen mi
tesis en las explicaciones de las relaciones, migraciones e influencias
entre los pueblos indígenas prehistóricos y protohistóricos de esa exten-
sa región de nuestro país '.
1 L. M. Ton mes, Los primitivos habitantes del Delta del Paraná, en 1 Hblioteca Cen-
tenaria, IV, 558 y siguientes, Buenos Aires, 1911.
— 515 —
No entraré, por ahora, a considerar este punto. La monografía que
tengo en preparación lo trata con amplitud por considerarlo de impor-
tancia principal.
Cuando Ladislao Netto 1 daba a conocer toda su excelente informa-
ción sobre el tembetá (podra do labio), sus formas diversas y su uso,
particularmente entre los- indígenas del Brasil, — con el agregado de
observaciones sobre costumbres análogas o vinculadas con ella entre
indígenas extrasudamericanos — decía: «Nao anticipemos, porém, con-
cluso es á que tetemos de chegar sómente conducidos pelos deacobrí-
mentos da Archeología. Bestrinjamo-nos, por emquanto, na órbita das
hypótlieses, e desta mesma órbita col hamos apenas o que mais irrecu-
savel nos parecer ou nos auctorisar a crer a observagáó dos hábitos,
a similitude das inclinares e finalmente a analogía dos caracteres etlino-
grapliicos dos salvagens actúa es. »
Es, pues, la región cis platina y una gran extensión del sureste de
Bolivia y sureste del Brasil, la patria del tembetá en Sud América.
Así lo determinan las más viejas descripciones de viajeros etnógrafos
y los descubrimientos arqueológicos de la época actual.
No ocurre lo mismo con otras zonas de culturas prehistóricas o pro-
toliistóricas, como la que estoy estudiando.
A los nuevos hallazgos y las formas aberrantes que se han atribuido
a determinadas categorías de objetos pertenecientes a las viejas razas
sudamericanas, como en este caso ocurre con diversas familias de los
puelches, de la clasificación de T. Falkner, muy escasas son las refe-
rencias histérico-etnográficas que pudieron ilustrarlas. A esa carencia
de datos se debe que Outes en su Edad de la piedra en Patagonia 2, no
haya podido ampliar sus explicaciones sobre los usos y costumbres de
los pueblos indígenas protohistóricos de la Patagonia, y solo fundán-
dose en una versión incompleta del navegante inglés Francisco Drake 3,
expresa lo siguiente sobre el uso de ciertos adornos faciales : « También
los hombres de ciertos clanes protohistóricos, usaron un curioso adorno
constituido por un fragmento de madera o hueso que se colocaba liora-
1 Ladislao Nktto, Aponiamenios sobre os Tembelás (adornos labiaes de podra) da
vollecgao archeologica do Musen Nacional, en Archivos do Musen Nacional de Rio de
Janeiro, II, páginas 105-163, 1870.
« Tembetá (de Tembé, labio, e i id, podra) parece ser o lióme cosn que era espe-
cialmente conhecido entre as naques americanas cisandinns o adorno de podra, da
"omina-resina, e (entre os Chiriguanos) de metal, que Ibes pendía do labio.»
« A rodella de madeira que usavain e aínda hojo trazem os botoendos, mettida no
labio inferior, o chamada, na litigan barbara datjuoHos sclvagens, em gratulo parte
si.nthropopha.gos, quinina, gnimiA ou quima, c a que llies pende das orelhas quima (a. »
2 Confróntese página 258.
3 F. Dkakh, The world encompassed, piíginas 49-50.
516 —
dando la ternilla de la nariz y otro fragmento que se ubicaba en el
labio. »
Rene Verilean, que no trata esta cuestión, en su obra tantas veces
citada en esta memoria, trae, sin embargo, en el parágrafo Objefs de
partiré ', una indicación breve y (pie, a mi juicio, el objeto a que ella se
refiere podría ser uno de los adornos nasales, tan comunes entre los in-
dígenas del litoral fluvial argentino. Dice Verilean : « II ne reste plus
á signaler qu’un morceau d’ambre (pl. XIV, fig. 14) découvert a Sauten,
dans le Oliubut; il mesure 23 millimétres de longueur. Soigneuse-
inent travaillé, il n’est pas cependant parfaitement cylindrique, car il
présente une petite face plarie. Le Patagón qui en était possesseur
n’a pas pu ou crn devoir le perforer dans le sens du grand axe ou en
travers. »
Considero como adorno labial (variedad del tembetá que conocieron
los complejos étnicos del litoral fluvial argentino, urugua-
yo y brasileño) al ejemplar número 22098 de esta colec-
ción, procedente de San Blas.
Esta pieza fué recogida en la estación o paradero de
La Pirámide, blide 10 milímetros de largo, por 5 de diá-
metro en la línea media del cuerpo cilindrico, y la extre-
midad o cara interna, con una superficie más amplia, dis-
coidal, de S milímetros de diámetro.
La extremidad diría distal, es cilindrica, cortada con nitidez. Está
fabricada de una roca sedimentaria, toba volcánica verdosa 1 2.
Otro ejemplar de esta misma colección y de procedencia inmediata,
Cementerio de los Indios, está fabricado en una toba volcánica ama-
rillenta, pero lo considero dudoso como adorno labial.
Sus características están no en su tamaño, peso o material, cuanto en
la extremidad proximal poco adaptable al uso supuesto. Es el ejemplar
número 22387, que, por ahora, no podría considerarlo como adorno labial
por la razón indicada.
Como nuevos elementos y sólo por proceder de la misma localidad
(facilitados por su propietario el doctor R. Lehmann-Xitsche) y, en este
caso, sin dudas sobre su origen, agrego a esta breve noticia las figu-
ras de otros dos ejemplares, a mi modo de ver, también adornos labia-
les 3. El de la figura 34 es de toba volcánica amarillenta y pequeñas
Fig. 33. — Ador-
no labial, La
Pirámide, n°
•22008.
1 Vkiixeau, Les ancicns, etc., página 266; confróntese lámina XIV, figura 14.
i L. Xctto en la explicación do las figuras de las láminas A' 1 1 1 y IX, indica para
los ejemplares de las figuras 1, 4 y 7 rocas de color verde.
3 El señor Outes describe un fragmento cilindrico y alargado de espato flúor muy
bien pulimentado, procedente de la bahía Sanguinetti. Supone, Outes, que habría
pertenecido a un collar o quizá fuera una pendeloqiie. Lo considero adorno labial.
Véase figura 156, página 418 de su obra, La edad, etc.
— 517
Fig. 34. — Adorno labial,
San Blas, colección
Leliinaun-Nitsclie.
manchas negruzcas, y el de la figura 35 de carbonato de calcio, de una
columela de voluta fusifonnis ?
Durante las exploraciones en el litoral marítimo sur de la provincia
de Buenos Aires, realizadas por el autor de esta memoria y el señol-
earlos Ameghino, en el verano de 1913, fué descu-
bierto en las inmediaciones de las barrancas y al
piede ellas, que se encuentran en la desembocadura
del arroyo Mal acara, partido de Lobería, un cilin-
dro, prolijamente trabajado, de una lámina ósea de
concha marina, de unos 25 milímetros de largo por
3 de diámetro, que supongo fabricada para adorno
nasal. Entre los descubrimientos comunicados re-
cientemente pueden anotarse, asimismo, los que comunica J. Gijón y
Caamaño, verificados en las localidades de Cayambe y Cochasqui *.
Adornos auriculares f — Los adornos auriculares a que hicieron refe-
rencia O utes 2 3 y Lehmann-Nitsche 2 estarían, según aquellas explicacio-
nes, también representados en esta colección. Proceden del taller inme-
diato al Cementerio de los Indios y son 4 ejemplares un tanto fractura-
dos. Los diámetros máximos se aproximan a 60 milímetros.
Como los ejemplares descritos y figurados por Lehmann-Aitsehe, éstos
están constituidos por discos de 9-11 milímetros de espesor, con profun-
dos surcos, de más de 5 milímetros en la superficie de los contornos o
periferia: algunos ejemplares son algo cóncavos en el cen-
tro, y sns bordes romos. El ejemplar déla figura 36, núme-
ro 22380, es el de mayor tamaño. Procede de La Pirámide.
La perforación central de dos de estos discos indicarían
otro destiño, tal vez posterior, que sería difícil de determinar.
En todo caso los discos o adornos auriculares de tamaño
análogo y aun mayor que los de estas colecciones, que se
conocen de uso en otras tribus sudamericanas, no presen-
tan los mismos caracteres morfológicos; y no sería extraño,
asimismo, que alguno de esos objetos no correspondieran a
semejante categoría de adornos.
Collares. — Entre los adornos o abalorios que usaban estos indígenas
pueden considerarse los collares de grandes y gruesos discos de piedra,
micaesquisto clorítico, de 25 milímetros de diámetro por 5-8 de espesor.
Son 5 ejemplares de forma análoga a los que describe Verneau l.
En el mismo parágrafo de la obra que acabo de citar, se da noticia
Fig. 35. — Ador-
no labial, San
Blas, colección
Leliniaun - Xit-
sche.
1 Véase. Los aborígenes de la provincia de Tmbabura, 1-18 y 149, lámina XI. I.
5 O utes, La edad, etc., página 149.
3 Leitmaxx-N itsci i e, Ibid., páginas 4, 5, 6, 7 y 8.
* Vkkxkau, lbid., página 293, véase plancha XIV, números (>, 9, 12, 15 y 1(5.
- 518
de otras pequeñas láminas semidiscoiilales que lian pertenecido a colla-
res aun más pequeños.
En la colección (pie estudio se encuentran estas últimas también re-
Fig. 3G. — Adorno auricular, La Pirámide, 11o 223S0
crisocola ? verde azulado, dureza + 5; toba volcánica, verdosa y pizarra
seriática gris. La amazonita es un cuerpo verdaderamente extraño, que
sólo se conoce, según loque se me informa, en Colorado, Estados Unidos
de América.
Peso para el huno. — Este parágrafo no puede ser muy rico en noti-
cias y descripciones sobre una serie de objetos que, en Patagonia, no
parecen muy generalizados.
Las memorias de carácter arqueológico, que lie venido recordando,
tampoco traen datos que bagan presumir
en la práctica del llamado arte de tejer
entre las agrupaciones indígenas de
aquella región del país, tanto prehistó-
ricas como protoliistóricas.
Las noticias de los exploradores de la
Patagonia muy poco traen sobre esta ma-
nifestación de la cultura de sus pobla-
ciones neolíticas. Escasas fueron, al pa-
recer, las i > i ezas del ajuar doméstico que
se conocieron entre los habitantes de los
actuales territorios de la Pampa, Pío
Negro, Cliubut y Santa Cruz, tejidas de lana de guanaco y aun de oveja.
En esta colección se cuenta con una sola pieza, (pie podría ser atri-
buida a un peso para el huso. Es de toba volcánica, color gris claro. Pre-
senta una perforación en el centro del disco, de caracteres muy regula-
res. En la figura 37 aparece en tamaño natural, y correspondería al
tipo primero del ejemplar que reproduce E. F. Outes *. Este autor ma-
Fig. 37. — Peso para el lmso
La Pirámide, 11o 22373 -
presentadas en número de
27. Son irregulares, de tres
milímetros de espesor, térmi-
no medio, y decolores vivos,
entre cuyos materiales se
pueden determinar a los si-
guientes : amazonita = mi -
crodina, dureza >5,5, verde
claro con vetas rosadas, des-
conocida en nuestro país con
este carácter: pizarra elorí-
tiea muy verde, dureza +3:
' Página t-K).
519 —
nifiesta la imposibilidad de establecer con precisión, páralos puelches
en general, desde qué época o etapa de su evolución cultural, inicióse el
uso de esos objetos.
Pero no quiero dejar de llamar la atención, a propósito de las técni-
cas del tejido, que algunos de los ejemplares considerados en esta des-
cripción entre los adornos auriculares, no sería extraño que hubieran
correspondido a piezas de algún sistema de fabricar tejidos, de lana,
fibras o tientos de cuero, etc., que nos sea absolutamente desconocido.
Algunos de esos discos presentan, como se ha explicado, profundos
surcos en su periferia, y otros no ; así en los pequeños como en los más
amplios. Un ejemplar de pizarra ofrece las particularidades de presentar
sus superficies ligeramente cóncavas, y el surco, en una de las secciones,
está trazado de una manera muy superficial.
Objetan de destino desconocido. — La colección Reimann-Biichele com-
prende, también, un pequeño lote de objetos de piedradeuso desconocido.
Se trata de tres láminas prismáticas, triangulares, de basalto color
rojo muy obscuro, de superficies ásperas, de bordes muy bien cortados ;
y de otros dos fragmentos de pizarra, uno de los cuales tiene forma tra-
pezoidal, de contornos curvilíneos.
CAPÍTULO III
INSTRUMENTOS Y OBJETOS DE HUESO Y CONCHA
1. Instrumentos de hueso
1. Punzón de hueso. — Es un fragmento de hueso largo de ave, muy
pulimentado y aguzado. Tiene 00 milímetros de largo, con una fractura
en la base. Presenta, además, una superficie muy pulida y ligeramente
rojiza.
2. Retocador. — En los ya numerosos tratados de prehistoria, encuén-
transe capítulos en los que se explican, con bastante precisión, los di-
versos procedimientos observados para la fabricación de los instrumen-
tos y armas de piedra.
Para no recordar sino a uno de ellos y prefiriéndolo por referirse a las
industrias líticas de América, como por la misma claridad expositiva y
gráfica, aun cuando no exento de omisiones, el del profesor W. H. Ilol-
mes, tiene un interés especial.
Entre las distintas etapas, diré, que pueden admitirse en el proceso
de la talla por presión, particularmente en los objetos pequeños, puntas
de flecha, entre otros, el uso del retocador se hace imprescindible.
:¡r,
REV. MUSEO LA PLATA.
T. XXVI
520
Holines documenta muy bien en las páginas de su manual, la mani-
pulación (pie requiere tal cual propósito de tallado intencional, y creo
(pie el uso más común del retocador, como el de la colección (pie estu-
dio, es el comprendido en su explicación d «Flaking
brittle stone lield on a rigid surface or otlierwise fixed by
pressing oft flakes with a bonepointed imjilement inounted
in a long sliaft, whicli is set against tlie cliest or slioulder
of tlie operator to increase tlie ])ressure, tlius producing
flake knife blades. »
Cutes, en la obra ya citada 1 2, dice que siempre supuso
(pie los patagones fabricaron por presión sus armas e ins-
trumentos de piedra, valiéndose de un JiaJcer de hueso, y
cita el ejemplo de los onas.
El objeto a que se refiere el .autor es de hueso, probable-
mente de una astilla de la diálisis de un metatarso de
guanaco o de ciervo campestre. «El objeto de que me ocu-
po — dice Cutes — presenta el curioso detalle de estar cu-
bierta su superficie de cortes no muy profundos»...
El ejemplar de retocador que aparece en la figura, en ta-
maño natural, tiene muchas semejanzas con el que conside-
ra dicho autor. El que procede del yacimiento de La Pirá-
mide es más completo.
3. Cuentas de concha. — En los talleres y cementerios de
La Pirámide y Punta Rubia como en el de los Indios, se
han encontrado muchísimos fragmentos de valvas de mo-
luscos. Entre los restos aparecen innumerables fragmentos
de discos perforados, y aun ejemplares completos, de ta-
maños diferentes y, en muchos casos, casi regulares.
En esta colección figuran 29, con diámetros entre 3 0 y 20
milímetros. Son muy pocas las piezas de collar que ofrecen
proporciones regulares, y no están los artífices de estos
abalorios a la altura de los fabricantes de puntas de flecha.
Las valvas corresponden al género PcctnncuJus. No han
aparecido, entre los restos de moluscos marinos, ejemplares
do Urosalpinx Rushi, -Pilsbry.
4. Residuos de cocina. — Sin que las apariencias sean
muy llamativas, en todo ese sector de costa, es muy común encontrar
residuos de cocina. Esos residuos se hacen notar aún más en las pro-
ximidades o dentro del perímetro de los talleres y estaciones.
En esos sitios, y muy próximos a la costa del mar, se notan pequeños
Fig. 38. — líe-
tocador, La
Pirámide, n°
22007.
1 Hoi.mes, Handbook, tomo I, página 305.
2 La edad, etc., página 504.
— 521
amontonamientos de lineaos, espinas, valvas, etc., entre los cuales se
encuentran no sólo de animales marinos sino también terrestres, de las
especies actuales, con algunas ausencias, según Witfce, que más ade-
lante trataré de verificar.
Hasta que diclio estrato de cultura no sea debidamente explotado, y
ios cementerios muy en particular, no puedo adelantar observación al-
guna sobre las condiciones y estado particular «le los restos esqueléticos
y las relaciones que los vinculan con el complejo de restos arqueológicos
que lie estudiado.
CAPÍTULO IV
CERÁMICA
1 . Procedencia de los ejemplares
1. Caracteres generales de los hallazgos. ■ — Por lo que pude observar
en San Elas cuando realicé la excursión, y los antecedentes directos
(¡ue conocía *, atribuidos a restos de vasos de regiones limítrofes, más
las muy apreciables indicaciones de Büchele, verbales y escritas, 3a ce-
rámica de estos yacimientos demuestra que sus fabricantes la destruían
en el propio lugar, después de haberla usado, por algún tiempo. Esta
costumbre era muy general entre los indígenas de América.
Tratándose del conocimiento de las culturas indígenas de América
meridional, se lian divulgado las primitivas versiones que atribuyen
a los indígenas la costumbre de romper y dispersar los fragmentos de
cerámica al abandonar las respectivas estaciones. Büchele ha recor-
dado en un artículo publicado en Nene Deutsche Zeitung , que en San
Elas, no obstante la gran cantidad de fragmentos, le fué siempre difícil
encontrar dos o tres que pertenecieran al mismo vaso. Por otra parte,
teniendo en cuenta los ornamentos grabados y sus variantes que no
son, en manera alguna, indefinidos y no obstante la frecuente repetición
de motivos en esos grabados no fué posible encontrar tres o cuatro
piezas que permitieran ni una restauración parcial. Esta observación se
ha realizado mediante pacientes ensayos de búsqueda en los tres talle-
res y estaciones más ricas en restos, por espacio de ocho años.
2. .Los vasos y sus fragmentos. — El ejemplar más completo de todos
los de por allí retirados, o tal vez el único que permita comprender la
1 Las publicaciones «lo Moreno, Adama y Martin, O utes, Holmes, Witte y Biiclie-
le, que he citado en las páginas preliminares de esta monografía. En realidad, las
dos últimas son las que han reunido el más rico conjunto do elementos.
522
forma aproximada del vaso, es el descubierto en el Cementerio de los
Indios que reproduzco en la figura 39. en la mitad del tamaño natural.
Forman parte de la misma pieza otros dos fragmentos del borde y cuer-
po que no parecen corresponder en línea y superficie continua al que re-
produce el fotograbado.
Lo considero de forma subcilíndrica. Su diámetro máximo en la parte
del cuerpo habría alcanzado a 30 centímetros, más o menos. El cuello
lia comprendido una tercera parte de la altura total y los bordes ligera-
mente dirigidos hacia afuera. Su color es negro.
Fig. no. — Vaso subcilímírico, Cementerio de loa Indios. '/3 tamaño natural, 11o 223(18
La arcilla ha sido muy bien preparada, despojándola de cuerpos 0 par-
tículas gruesas que siempre alteran su composición.
líestaurado. en lo posible, se pueden observar dos fracturas antiguas
que, a mi juicio, han sido reparadas mediante las perforaciones que se
ven a ambos costados y a derecha e izquierda de las grietas o fractu-
ras. Fu todo caso, esta suposición me parece admisible para las dos
perforaciones (pie están inmediatas a la boca del vaso.
La ornamentación está distribuida sobre el cuerpo y comprende la
sección cilindrica más estrecha y próxima a la boca. Se trata de series
de elementos rectilíneos y sobre dos líneas paralelas, líneas cortas, en
zigzag, trazadas por presión vertical y no oblicua. Por lo demás, en
párrafos subsiguientes me ocuparé de los caracteres que he podido ob-
servar en esta ornamentación de la cerámica de San Blas.
523
Los fragmentos; entre lisos y ornamentados, grabados por incisiones,
etc., forman un conjunto de 249 ejemplares.
Entre ese conjunto no se encuentran fragmentos pintados, y en los
tamalios parece que predominaran los medianos. Las formas abiertas las
considero excepcionales, y por la disposición de los bordes, la máxima
parte de los vasos son subesféricos y derivados : con cuerpo y pie, y, en
algunos casos, la ligera concavidad o estrechez de la boca le insinúa
un cuello sumamente corto.
La casi totalidad de las piezas demuestran (píela alfarería ha sido
construida por el conocido procedimiento a rodetes. Y así dice, el seilor
Biiehele, haberlo oído referir aún a algunos indígenas del Río Negro.
La arcilla negruzca, bien batida en unos casos, y aun en otros, algo
mezclada con partículas de cuarzo, calcedonia, etc., permitieron a una.
hábil manipulación trazar los interesantes ornamentos de los cuales
paso a ocuparme con la extensión que creo oportuna, dado el número de
las piezas de cerámica con que cuento en esta colección.
Sobre la aparición de la cerámica como manifestación de cultura de
los pueblos indígenas de la Patagonia, tenemos noticias antiguas y, parti-
cularmente, hallazgos arqueológicos que determinan, para ciertas co-
marcas de esos extensos territorios y los restos de poblaciones en ellas
existentes, un estado francamente neolítico en su desarrollo, con mar-
cadas muestras de especialización en los territorios del noroeste.
Y entre los estratos de la cultura neolítica patagónica el que mayor
proporción ha ofrecido de restos de cerámica es el de San Blas.
Como bien se sabe, se han referido al uso de vasijas do barro cocido,
por los indígenas de la costa atlántica, varios exploradores, desde R.
Fitz-Roy hasta F. P. Moreno.
Las noticias circunstanciadas sobre el particular las han ordenado
cronológicamente Rene Verilean 1 y F. F. Cutes3, en sus memorias espe-
ciales sobre la Patagonia, sus razas, pueblos, usos y costumbres.
Los autores que acabo de recordar han logrado revelarnos una serie
de nuevos elementos de juicio y de aspectos no bien entrevistos hasta
„ el momento de sus publicaciones, sobre las culturas australes de Amé-
rica del Sur, y con la ayuda valiosísima de los exploradores modernos,
desde la época del viaje de Alcides d’Orbigny, han fijado con mucha
justedad los puntos o cuestiones esenciales y abordables, hoy por hoy,
en el conocimiento de los usos y costumbres de los patagones proto-
históricos y modernos.
' Vkiíneau, Ibid., página 280.
* Oírnos, La alfarería indígena de Patagonia, en Anales del Musco Nacional de line-
aos Aires, XI, serio III, tomo I V, página 33, Buenos Aires, 1904; Ocies, La edad,
etc., página 200; O cries, Arqueología de San Blas, etc., página 263 y siguientes.
524
Considerando el conjunto de observaciones de los arqueólogos sobre
Patagonia en general, en San Blas tenemos pruebas de que allí se lian
combinado una serie de caracteres culturales, de tal manera lijos y es-
pecificados que no pudieron ser algo así como un episodio en la brusca
transición que los pueblos indígenas tuvieron que operar después en
sus hábitos, a principios del siglo xix.
Particularizándose con la ornamentación de la cerámica ha dicho Ver-
ilean que es de carácter geométrico. « Le plus commun de tous est le
décor en chevrons » Y Outes asienta : « Los ornamentos de éstas últi-
mas (fig. 28-30) ocupan una faja situada junto al lado externo de la pe
riferia, y consisten en líneas quebradas, rectas, que se entrecruzan, se-
ries rítmicas de pequeñas depresiones rectangulares, puntas alargadas,
impresiones curvilíneas hechas con la uña y verdaderas líneas curvas
(fig. 21) a 30). En algunos casos, los mencionados adornos se .han gra-
bado profundamente hasta dos milímetros, pero, por lo general, son más
superficiales, y se han hecho mediante una simple punta aguzada, o ya
valiéndose de un fragmento cuadrado de madera con el cual se ha ejer-
cido presión oblicuamente para formar los grabados de las figuras 31 y
32, por ejemplo » s.
Por ahora es poco menos que imposible la determinación de un pro-
ceso en las formas de la cerámica de Patagonia; y la misma clasifi-
cación de su ornamentación, para llegar, alguna vez, a bosquejar las
divisiones reales o posibles del período neolítico en nuestro país, par-
tiendo del material que han proporcionado los estratos culturales de la
región austral, tendrá que experimentar adiciones y correcciones conti-
nuas, por tratarse de una categoría de bases para dicha clasificación,
(pie aquí como en Europa Central, han ofrecido graves dificultades, de
interpretación.
Esta cerámica con decoración grabada, por incisión y presión, en ge-
neral, es la que ha presentado mayores inconvenientes y laque, por sus
mismos cánones primitivos, parece la más importante y abundante en
Europa de los tiempos neolíticos ; lo mismo puede decirse que ocurre
con la cerámica de las primeras etapas de transición del estado paleolí-
tico al neolítico de la América del Sur.
En efecto, en estos restos encuéntranse diversos aspectos tecnológi-
cos, mediante los cuales, en ciertos casos, el artífice ha logrado, verosí-
milmente, revelar una tendencia, y hasta imitar una forma natural o ar-
tificial, imprimiendo cierto carácter al proceso local.
Se encuentran motivos rectilíneos, curvilíneos y sus derivados; aisla-
dos, en registros o en zonas. La decoración parece comprender sólo el
1 Página 291.
2 Outics, Arqueología de San Blas, páginas 2(37 y 2t¡8.
525 —
cuerpo del vaso hasta la boca y sobre la línea ecuatorial, pero rara vez
con la amplitud de la decoración incisa del grupo clásico denominado
« vasos caliciformes», de la cerámica neolítica europea.
Los motivos ornamentales predominantes se distribuyen en zonas,
por lo común bien delimitadas. Suelen presentarse espacios interlinea-
les punteados, cuadriculados, espiralados, etc.
Los contornos de las líneas principales y la distribución de las secun-
darias, con los diversos elementos fundamentales de esta ornamentación,
suelen bosquejar un objeto fabricado por el hombre y, a mi juicio, hasta
la imitación de los tejidos de lana y fibras vegetales que si bien fueron
poco conocidos, al parecer, les ofrecieron nuevos modelos que imitar o
Fig. -10. — Grabados incisos, de- carácter primitivo
Cementerio de los Indios, 11o 221 1S
interpretar. Puede admitirse, verosímilmente, la posibilidad de influen-
cias extrañas en el concepto del adorno como en la habilidad técnica
para ejecutarlo.
Bien, esos diferentes motivos de la ornamentación de la alfarería los
ejecutaron en una pasta un tanto grosera, pero también en arcilla muy
fina y blanda, mediante los procedimientos de la incisión, de trazos
plenos o punteada, cuadrada y circular, continua o alternada1; del
grabado por presión, en bajo y alto relieve, y por presión vertical,
en líneas rectas y curvas gruesas, simples y .dobles, horizontales, en
zigzag, y sus combinaciones (fig. 41 y 42) 2. No he podido reconocer, no
1 Estos ejemplares son muy comunes en esta colección. En los de la figura 40,
aparecen sus primitivos elementos combinados.
2 Véase las figuras 31 y 32 de Ocies, Arqueología, página 2G6, y de esta monogra-
526
obstante toda mi buena disposición de ánimo, impresiones de cordele-
ría. ni cestería, etc. Las impresiones unguiculares son muy comunes
y variadas y aparecen en combinación con los anteriores elementos y
en desigual intensidad '.
Este complejo, diré, de caracteres ornamentales reunidos, constitu-
yen el valor indicador de la cerámica de los yacimientos de San Blas;
pero así como en todo ese conjunto se advierten elementos combinados
(pie contribuyen a fijar cierto «estilo» propio de la Patagonia, de su
zona noroeste, supongo que algu-
nos de esos « cánones » podrían ser
atribuidos, como lo voy a proponer,
unos a épocas anteriores, del co-
mienzo de la evolución neolítica, y
otros a manifestaciones posibles
de un orden más avanzado y mo-
derno desde el punto de vista de
la técnica de la ornamentación.
Advierto que en algunos ejem-
plares de esos fragmentos de cerá-
mica aparecen reminiscencias de
los grabados incisos primarios y
otros que bosquejan, en ciertos modelos, figuras de objetos fabricados
por el hombre, que también aparecen en las placas grabadas, y hasta
imitaciones de las hachas insignias patagónicas 2. Los primeros, y tal
vez los segundos, serían para mí las modelos de la ornamentación de la
cerámica patagónica que provienen de las primeras etapas.
En cuanto a los elementos más modernos, considero serían aquellos
(pie demuestran una ejecución muy segura de la técnica de presión, es-
pecialmente vertical; en bandas horizontales y en las que pueden verse
imitaciones de tejidos 3, y aun de algunos ejemplares en que el modela-
Fig. 41. — Ornamentación por presión
Cementerio (lo los Indios, n° 22146
fía ejemplares elegidos de un conjunto muy numeroso y homogéneo. Holmes repro-
duce en la descripción de los objetos de San Blas, varios fragmentos de estos últi-
mos caracteres; véase la lámina y la descripción, página 151.
' Véase el ejemplar de la figura -15 de esta monografía y el de la 35 de la mono-
grafía de OüTKS, Arqueología de San Blas, página 267.
- Confrontar las figuras números 4-1 y 45 de esta contribución con la que publica
Holmes, lámina 15, segunda inferior, a la derecha, con los grabados de las placas
publicadas por Vhrxeau, Les anden» patagons, etc., XV; Oütks, Placas, etc., pági-
na 12 a y b, 13; Lehmaxx-Ni tschk, Hachas g placas, etc., páginas 21, 22, 24, 25,
26, 36, 38.
3 Considero comprendido en esa categoría el fragmento 22146, que en la colec-
ción que estudio está muy repetido, así como otros de ornamentación muy aná-
loga.
527
do comienza a manifestarse, como consecuencia de esa técnica de pre-
sión vertical, en una superficie, por reducida que fuere
Entre los fragmentos de esta serie no existen ejemplares pinta-
Fig. 42. — Ornamentación por presión Fig. 43. — Ornamentación incisa, eskeiomórfica
Cementerio de los Indios, n° 22262 Cementerio de los Indios, n° 22178
dos, ni grabados o pintados en la superficie interna. No se encuentran
asas, ni vestigio alguno de plásticas, ya sea como vasos completos, o
mucho menos como aditamentos ornamentales de los mismos. Tampo-
Fig. 44. — Ornamentación incisa,
eskeiomórfica, Cementerio de los
Indios, u» 22147.
Fig. 45. — Ornamentación por impresio-
nes unguiculares, Cementerio de los
Indios, n° 22251.
co se hallan pequeños pies en forma de mamelones, pero son varios
los ejemplares con perforaciones que considero destinados a la supen-
2 Confrontar, Outes, Arqueología de San Blas, figura 32, en nuestra colección
existen pocos pero interesantes ejemplares.
528 —
si ó n, uparte de aquellos especialmente destinados a la reparación de
fracturas.
Las diversas observaciones que lie dejado expresadas, con respecto a
la cerámica, creo que podrán contribuir a la determinación del valor de
los restos de cultura de la península San Blas; a la de sus relaciones
inmediatas, primero, con la corriente del sur, a mi modo de ver, más pri-
mitiva, y a la que considero muy relacionada con la de Miramar, y,
segundo, a las de las mediatas, o sean las culturas de las planicies
orientales de las sierras de la Ventana y Tandil, tal como las bosqueja-
ra en una síntesis anterior
TERCERA PARTE
Resumen general
CAPÍTULO I
OBSERVACIONES ARQUEOLÓGICAS
El conjunto de los caracteres típicos déla cultura revelada por los
restos reunidos en los talleres, estaciones, enterratorios, etc., de San
Blas — a los que habría que agregar unos vestigios de pequeñas láminas
de cobre y aun un pequeño aro de este mismo metal, todos ellos de
escaso valor indicador, — opino que corresponden a un franco y hasta
definitivo estado neolítico.
Fundado en diversas anotaciones estrati gráficas sobre la posición de
los yacimientos y tal cual carácter que denuncia la prolongada estada
en aquellos sitios de una población numerosa, no sería impropio admi-
tir que esa evolución, dentro de los elementos que la han constituido, se
habría manifestado, desde épocas muy próximas al momento histórico
de la conquista del territorio por los europeos.
Como ya se ha supuesto para una extensa zona de la Patagonia, será
posible demostrar, en breve, las más importantes superposiciones de
Kulturlager ; y por lo que es evidente en la costa marítima bonaerense
desde el cabo Corrientes para el sur, hasta la desembocadura del río
Negro, incluyendo su tercio inferior, han existido por lo menos tres yux-
taposiciones de culturas diferentes, en una probable sucesión cronoló-
gica que, por ahora, comprendo así : Ia la de Miramar, planicies y
1 Vóase Toukks y colaboradores, Manual, etc., página 48.
529 —
mesetas patagónicas ; 2a la del valle del río Negro inferior y península
San Blas; 3a la más generalizada y epígona de la rionegrense, o sea de
las planicies al sur y al oeste del río Salado, comprendiendo un sector
del litoral marítimo de los partidos de Necochea y Tres Arroyos.
La cultura a que me refiero, que comprende, como etapa neolítica final,
la de San Blas, pertenece en su plenitud a los tiempos protohistóricos,
es decir, a los primeros tiempos de la conquista de nuestro territorio
por los europeos.
MI proceso cultural, de manifiesto en San Blas, lo considero produ-
cido en la localidad, con algunas manifestaciones de extrafias proceden-
cias. Que por ahora no se pueden atribuir a los indígenas de San Blas
una preferencia en la fabricación de ciertas formas de instrumentos,
armas u objetos. Que ellas corresponden, en general, a los tipos pata-
gónicos, y se diferencian de los tipos bonaerenses del centro y sur, con
similitudes que son una consecuencia de la adaptación al medio geo-
gráfico y al carácter americano de algunos instrumentos y armas del
ciclo de transición entre los estados paleolítico y neolítico.
En este estrato cultural de San Blas, con la etapa posible que indi-
cara el doctor Wittc, se advierten reminiscencias primitivas que ha-
brían que atribuirlas a pueblos y culturas de la zona más austral y pre-
cordillerana, y otras más modernas como resultado de sus vinculaciones
con los pueblos bonaerenses.
Por último, y como contribución a lo que ya se ha logrado establecer
sobre estas cuestiones arqueológicas, el estrato cultural de San Blas
presenta grandes similitudes con las formas especializadas de instru-
mentos y armas neolíticos que arqueólogos estadounidenses han des-
crito como procedentes de las regiones del sur y sudeste de América
del Norte.
El período neolítico de la Patagonia, en general, ha sido de un prolon-
gado desarrollo, y estas nuevas observaciones sólo aspiran a confirmar
los distingos y ensayos de interpretación en sus etapas, trazados por
autores nacionales y extranjeros que primeros lo han estudiado.
CAPÍTULO II
OBSERVACIONES ÉTNICAS
Si bien está a las claras que, en cuanto a las manifestaciones de cul-
tura, los grupos étnicos que tuvieron su habitación al sur y oeste del
territorio bonaerense, habían llegado en su casi totalidad, a un estado
neolítico, con ligeras variantes en los medios de adaptación, y que la
descripción de los restos de sus industrias ha confirmado suficiente-
530
mente, no es menos cierto que aquellos pueblos de la Pampa y Patago-
nia, nómadas en su máxima parte, no hablaron un mismo idioma.
Varios autores modernos, que poseen un conocimiento muy serio de
las fuentes histórieo-etnográficas, relativas a los pueblos, usos y costum-
bres del extremo meridional de los territorios de Chile y Argentina, han
puesto al servicio del esclarecimiento del problema de la clasificación
étnica, toda su actividad investigadora.
Y entre nosotros lian contribuido al progreso de estos conocimientos
Roberto Lehmann-Nitsche ', y Félix F. Cutes 1 2.
Sin que me proponga discurrir sobre el grado de mayor riqueza de ele-
mentos aportados, de acierto en los procedimientos y de seguridad in-
terpretativa de los primeros que ensayaron esta clasificación, como de los
novísimos autores — que los lectores informados al respecto conocen —
la síntesis de unos y otros puede corresponder al capítulo final de una
monografía de esta naturaleza.
No puede haber duda, después de lo establecido por la etnología mo-
derna, que será necesario, cada vez que fuere posible, proceder a la subs-
titución de las «designaciones geográficas» délos grupos étnicos, por la.
nomenclatura que responda a una distinción de carácter lingüístico. Con-
viene que así sea, aunque para lograrlo deban mediar de toda suerte de
ensayos, con exceso o escaso aparato erudito, o por sutiles o frágiles
que sean algunas, sino las más de esas « inofensivas investigaciones
lingüísticas ».
ltoberto Lehmann-Nitsche se ha propuesto explicar en su última con-
tribución, en qué se fundan los principales equívocos — porque en ma-
teria de clasificación étnica de los indígenas de la Pampa y Patagonia,
parece que los hubiera de distinta importancia — y aunque al examinar-
la tuviéramos que entrar a reflexionar sobre los mismos vicios de razo-
namiento, será de equidad prestar atención a sus apreciaciones.
«Indios patagones», se denominaron, por los improvisados etnógra-
fos de la primera época, a los habitantes de los territorios al sur del río
Negro, posteriormente, o sea para la época de Tomás Falkner, quedaron
comprendidos en esta designación, aun los que merodeaban por las pam-
pas, al sur y sudoeste de la ciudad de Buenos Aires.
Esa designación geoétnica de contenido tan amplio, filé substituida
1 lióme uro Liciimann-Nitsciiic, El grupo lingüístico Tshon de los territorios ma-
gallánicos, en Revista del Musco de La Plata, XXII, páginas 217-270, 1914; Lehmann-
Nitsche, El grupo lingüístico -het de la Pampa argentina, en Anales de Sociedad cientí-
fica argentina, LXXXV, página 321 y siguientes, 1919; Lehmann-Nitsche, El grupa
lingüístico « Iíct », de la Pampa argentina, en Revista del Museo de La Plata, XXVI 1,
páginas 10-85, 1922.
2 Félix F. Outes, Vocabularios inéditos del Patagón antiguo, en Revista de la Uni-
versidad de Rueños Aires, XXI, página 474 y siguientes, 1913.
— 531
por otra, también de valor geoétnico, me refiero ala denominación puel-
che. Con ella distinguía el padre T. Falkner, a numerosas agrupaciones
«¡ue representaban unidades lingüísticas diferentes. Lelunann-Nitsclie lo
ha reiterado sin esfuerzo de argumentación.
Así, pues, entre los puelche o gente del este , según la designación de
los araucanos, quedaban comprendidas las tribus do los actuales terri-
torios, al oriente de la cordillera, desde el río Primero de Córdoba y sus
adyacencias, hasta el estrecho de Magallanes. El propio Falkner hace
notar que no todos los puelche hablaban el mismo idioma, y particulari-
zándose con los tehuelhet o -gente del sur — denominación del idioma
het — afirma que tenían un idioma diferente del corriente éntrelos otros
puelche ; «y esta diferencia — agrega - — no sólo se encuentra en ¡os vo-
cabularios, sino también en sus declinaciones y conjugaciones, no obs-
tante que algunas veces están usadas por ambas naciones»
Cincuenta años después. el naturalista Alcides d’Orbigny aplica la
denominación puelche con mayor precisión, a los indígenas que habita-
ban las riberas del río Colorado y Negro 8.
La tentativa final, o diría actual, consiste, como se ha dicho, en preci-
sar las diversidades lingüísticas ; y sea cual fuere la suerte de ¡as posi-
bles comprobaciones a que tendrán que someterse, nuestros pobladores
de la península San Blas, comprendidos deben quedar entre esos puel-
che.
Avanzando en el sentido de la individualización diré, de las unidades
lingüísticas del grupo puelche, Lelimann-Nitsche asienta’ :
<j Pero nadie, hasta la fecha, se ha dado cuenta que el -het, es un idio-
ma especial, independiente del idioma -che y del idioma -Icünnii, que re-
presenta la lengua autóctona del sur y sudoeste de Buenos Aires, la que
se extinguió al fin del siglo xvm. »
Dice Falkner — - asimismo — - en uno de los pasajes del capítulo IV de
su libro, que los puelche se llaman de diferentes modos, según la situa-
ción de sus tierras o porque en su origen eran de generaciones diferen-
tes. Los que se hallan hacia el norte llevan el nombre de tal u het ; al sur
y oeste están los dihuihet; al sudeste los eheehehet.
Las tribus de eheehehet, vivieron hasta fines del siglo xvnr, según se
afirma o se infiere de ciertas relaciones de aquella época, manteniendo,
en lo admisible, su estructura y unidad lingüística y tribal. Se compren-
de que, disgregados después, se habrían incorporado a las poblaciones
’ T. Falkner, Descripción de la Patagona y de las partes contiguas, etc., en Biblio-
teca Centenaria, I, páginas 98-99, 1911.
2 A. d'Oimhgny, Voyayc dans VAmériqne méridionale, I í , página 228, 1813. Véase
Lhumann-Nitsciik, ¡il grupo lingüístico «Het», página 24.
3 Lkiimann-Nitsche, Ibid., página 23.
532 —
de indios afines y aun a los núcleos de los primeros villorrios españoles.
Según Falkner y su intérprete, Lelimann-Nitsche, tuvieron sus aduares
sucesivos en los territorios comprendidos entre los ríos Sauce Grande y
Negro; o mejor dicho, en las inmediaciones y siguiendo las riberas de
los ríos y arroyos que desembocan en el mar, en el amplio sector de cos-
ta comprendido entre los recordados Sauce Grande y río Negro.
Eran, los eheclieliet, altos y bien desarrollados, como sus vecinos los
teliuelhet, pero su idioma es diferente, asegura Falkner.
Sus incursiones se dirigían, con preferencia, hacia el norte, hasta me-
rodear por las cercanías de los pueblos y caseríos inmediatos a la ciudad
de Dueños Aires, en busca de caballadas alzadas, y acompañados por
otras tribus bravias, con el propósito de hacerse de provisiones, y aun
para destruir, incendiar campos y viviendas, matar y robar.
No han sido escritas, y aun pasan por ignoradas de los actuales pobla-
dores de las campañas bonaerenses, las escenas a que dieron motivo los
procedimientos de la conquista del desierto; tan harteros e inhumanos
fueron ellos como los que arbitraron para repelerlos aquellos hijos de la
Pampa, con toda la violencia de la furia salvaje.
A principios del siglo xvm las tribus de clieehehet habían quedado
diezmadas, reducidas en grado sumo, debido a la peste de la viruela que
adquirieran en uno de sus avances hasta los alrededores de Buenos
Aires. Así lo afirman el jesuíta Tomás Falkner y varios otros religiosos
y expedicionarios que trataron o combatieron a los indios, en los últimos
decenios de aquella centuria.
Y previa advertencia de que el nombre de una tribu indígena no su-
pone que ella hable la lengua a la cual perteneza su nombre, admito por
ahora, la posición étnica que el intérprete de Falkner atribuye a los
chechehet.
Que, al parecer, estas tribus lian constituido el núcleo principal del
grupo lingüístico denominado het, cuyo habitat compartido con tribus
de análoga denominación geoétnica y aun de otras afines, particularmen-
te del norte, parece hubiórase encontrado, desde tiempos muy anteriores
a la estada de Falkner, tahto en las riberas del mar, como en las de los
numerosos ríos y arroyos que en él desembocan, como otras unidades
étnicas merodearon, posteriormente, por toda la zona prepampeana.
Atribuyo, pues, a los chechehet y afines los restos de industria neolítica
«pie proceden de las estaciones, talleres y enterratorios de San Blas.
En el Museo de La Plata, diciembre 31 de 1922.
ÍNDICE
Advkiíticncia Vil
Doctor Francisco P. Moreno, fundador y primer director del Museo. Noticia
bio-bibliográfica, por Luis María Torres 1
Mitología sudamericana : IV, Las constelaciones del Grión y de las Diadas
y su pretendida identidad de interpretación en las esferas eurasiática y
sudamericana, por R. Lehmann-Nitsche 17
Contribución al conocimiento histológico de la yerba-mate y sus falsificacio-
nes, por Augusto C. Scala 69
Descripción de hongos mirmecófilos, por Carlos Spegazzini 166
Estudios mirmecológicos, por Carlos Bruch 175
Sobre la glándula pelviana y formaciones similares en desdentados recientes
y fósiles, por el doctor Miguel Fernández 212
Los sedimentos marinos del limito entro el Crotácco y Terciario de lloca en
la Patogenia septentrional, por el doctor Walther Sohiller 256
Monte Hermoso en relación con el origen del limo y loess pampeano, por el in-
geniero Moisés Kantor .' 281
Investigaciones geológicas en la región norte de la Patagonia durante los años
1897 a 1899, por el doctor Santiago Roth . 333
Cérvidos actuales y fósiles de Sud América. Kevisión délas formas extingui-
das pampeanas, por Eduardo Carette. 393
Arqueología do la península San Blas, por Luis María Torres 473
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Austin 1997