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UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA
MUSEO
( FACULTAD DE CIENCIAS NATURALES)
REVISTA
DEL
MUSEO DE L.A PLATA
DIRECTOR
SAMUEL A. LAFONE QUEVEDO, M. A. ( Cantal). )
Doctor honorís cansa
en la Facultad «lo filosofía y letras (Universidad de llnenos Aires) etc., etc.
TOMO XXIV
(SEGUNDA SERIE, TOMO XII)
(PRIMERA PARTE)
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LA PLATA
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PUBLICACION! S DLL AAUSi O UL LA PLATA
SEGUNDA SERIE
l a segunda serie ríe las publicaciones del Musco ríe 1.a Plata, comprende los
siguientes grupos:
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En entregas en 4° mayor, y en las cuales se publican las memorias originales
del personal científico del Museo, que a causa de las planchas de gran formato
que las acompañan, no pueden incluirse en la Revista.
REVISTA
Volúmenes en 8° mayor de 25 pliegos por lo menos, y en los cuales se publi-
can, también, las memorias originales del persona! cienlilico del Museo y las
de los colaboradores tanto del país como del extranjero.
BIBLIOTECA
Volúmenes en 8° inenoi ríe 25 pliegos por lo menos, que contienen traduc-
ciones de oblas y estudios publicarlos en el extranjero, relacionarlos con asuntos
cpie sean tema ríe investigaciones en el Museo; lo mismo que series ríe artículos
de vulgarización científica.
CATÁLOGOS
I n volúmenes en 8" menor, en los que se incluyen los inventarios razonarlos
o simplemente enumerativos de las diversas colecciones riel establecimiento.
UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA
REVISTA
DEL
MUSEO DE LA PLATA
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v Tienta y****^'"
MUSEO DE LA PLATA
CONSEJO ACADÉMICO
Presidente: doctor Samuel A. Lafone Qtievedo, M. A. (Canlab. ).
Consejero titular: doctor Enrique Herrero Ducloux.
— doctor Santiago Rotli.
— doctor Guillermo F. Schaefer.
— doctor Juan Carlos Delfino.
— doctor Luis M. Torres.
— doctor Miguel Fernández.
Consejero suplente: señor Carlos Bruch.
— doctor Enrique J. Poussart.
Secretario: doctor Carlos E. Heredia.
ACADÉMICOS HONORARIOS
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ESCUELAS DE CIENCIAS NATURALES
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Doctor Angel Gallardo (Buenos Aires), 1907.
Doctor Carlos Spegazzini (La Plata), 1912.
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Doctor Juan B. Ambrosetti (Buenos Aires), 1907.
Doctor Francisco Latzina (Buenos Aires), 1907.
Señor Miguel Lillo (Tucuinán ), 1907.
Ingeniero Francisco Seguí (Buenos Aires), 1907.
ESCUELA DE CIENCIAS QUÍMICAS
ACADÉMICO HONORARIO
Doctor Juan J. J. Kyle (Buenos Aires), 1907.
MUSEO DE LA PLATA
ACADÉMICOS HONORARIOS
Y CORRESPONDIENTES EXTRANJEROS
ESCUELAS DE CIENCIAS NATURALES
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S. A. S. Albert I de Monaco, 1910.
Doctor Eugen Biilow Warming (Dinamarca), 1907.
Doctor Albert Gaudry (Francia), 1907 f.
Doctor Ernest Haeckel (Alemania), 1907.
Doctor Tliéodore Jnles Ernest Hamy (Francia), 1907 f.
Doctor Enrico Hillyer Giglioli (Italia), 1909 f.
Profesor William H. Molmes (Estados Unidos), 1907.
Doctor Otto Nordenskjóld (Suecia), 1907.
Doctor Santiago Ramón y Cajal (España), 1907.
Doctor Joliannes Ranke (Alemania), 1910.
Profesor Ednard Sness (Anstria-Hnngría), 1907 f.
Profesor Frederic Ward Putnam (Estados Unidos), 1909 f.
ACADÉMICOS CORRESPONDIENTES
Doctor Henry Fairfield Osborn (Estados Unidos), 1907.
Doctor Hermann von Ihering (Brasil), 1907.
Doctor Yosliikiyo Koganey (Japón), 1907.
Doctor Albert Angnste de Lapparent (Francia), 1907 t-
Doctor Abraliam Lissaner (Alemania), 1907 f.
Doctor Richard Lydekker (Inglaterra), 1907.
Doctor Rndolf Martin (Suiza), 1910.
Doctor Stanilas Mcnnier (Francia), 1910.
Doctor Ginseppe Sergi (Italia), 1907.
Doctor Gustav Steinmann (Alemania), 1907.
Doctor Paul Vidal de la Blache (Francia), 1907.
Profesor J. Wardlaw Redvvay (Estados Unidos), 1907.
ESCUELA DE CIENCIAS QUÍMICAS
ACADÉMICO HONORARIO
Profesor Wilhelm Ostvvald (Alemania), 1907.
ACADÉMICOS CORRESPONDIENTES
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Profesor José Rodrígiiez Carracido (España), 1908.
Profesor Harvey W. Wiley (Estados Unidos), 1907.
MUSEO DE LA PLATA
PERSONAL DIRECTIVO Y CIENTÍFICO
DOCTOR SAMUEL A. LAFONE QUEVEDO, M. A. (Cailtab.)
Director
DOCTOR ENRIQUE HERRERO DUCLOUX
Vicedirector
DOCTOR CARLOS E. HEREDIA
Secretario y bibliotecario
ESCUELAS DE CIENCIAS NATURALES
DOCTOR SANTIAGO ROTH
Jefe de sección y profesor de Paleontología
DOCTOR GUALTERIO SCHILLER
Jefe de sección y profesor de Geología
SEÑOR AUGUSTO C. SCALA
Jefe de sección y profesor de Botánica
SEÑOR CARLOS BRUCH
Jefe de sección y profesor de Zoología
DOCTOR MIGUEL FERNÁNDEZ
Profesor de Anatomía comparada
SEÑOR HORACIO ARD1TI
Profesor suplente de Zoología
DOCTOR SAMUEL A. LAFONE QUEVEDO
DOCTOR ROBERTO LEHMANN-NITSCI IE
Jefe de sección y profesor de Antropología
DOCTOR LUIS MARÍA TORRES
Jefe de sección y profesor de Etnografía
INGENIERO N. BF.SIO MORENO
Profesor de Cartografía
INGENIERO VICENTE ANÓN SUÁREZ
Profesor suplente de Cartografía
DOCTOR SALVADOR DEBENEDETT1
Profesor adjunto de Arqueología
Profesor de Lingüistica
DOCTOR PABLO MERIAN
Profesor de Geografía Física
INGENIERO MOISÉS KANTOR
Jefe Je sección y profesor de Mineralogía
DOCTOR EDUARDO CARETTE
Profesor adjunto de Paleontología
ESCUELA DE CIENCIAS QUIMICAS
DOCTOR ENRIQUE HERRERO DUCLOUX
Director y profesor de Química analítica
DOCTOR FEDERICO LANDOLPH
Profesor de Química orgánica
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Profesor de Química general
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Profesor de Terapéutica
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Profesor de Higiene
DOCTOR MANUEL V. CARBONELL
Profesor suplente de Higiene
DOCTOR GUILLERMO F. SCHAEFER
Profesor de Química analítica especial
DOCTOR PEDRO T. V1GNAU
Profesor de Análisis Mineral
DOCTOR ALEJANDRO COGLIAT1
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Profesor suplente de Química General
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Profesor de Dibujo cartográfico y de relieve
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Profesor de Caligrafía
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Profesor suplente de Dibujo de arte y pintura
UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA
MUSEO
(FACULTAD DE CIENCIAS NATURALES)
REVISTA
DEL
MUSEO DE LA PLATA
DIRECTOR
SAMUEL A. LAFONE QUEVEDO, M. A. (Cantab.)
Doctor honoris musa
en la Facultad de filosofía y letras (Universidad de Buenos Aires) etc., etc.
TOMO XXIV
(SEGUNDA SERIE, TOMO XII)
(PRIMERA PARTE)
LA PLATA
TALLER DE IMPRESIONES OFICIALES
1910
DOS PñLnBRflS
Publica el Instituto del Museo de La Plata, como primera parte del
volumen vigésimo cuarto de su Revista, un trabajo de verdadero mérito reali-
zado por el doctor Lutz Witte, geólogo al servicio de la Dirección de Minas
y Geología de la Provincia de Buenos Aires. Y el hecho de no pertenecer
este distinguido hombre de ciencia al personal técnico del Instituto y las
circunstancias especiales de esta publicación, nos obligan a explicar como
hemos podido incorporar a la serie de la Revista del Museo tan interesante
contribución al estudio de la geología argentina.
Podría muy bien decirse que se trata de una de las tantas manifesta-
ciones de decidido apoyo prestado por el Gobierno de la Provincia a la
Universidad desde 1906, primer año de su nacionalización, queriendo, sin duda,
significar con tal actitud que comprende la importancia de la Institución dentro
y fuera del pais y la unión íntima que debe existir siempre entre las repar-
ticiones técnicas nacionales y provinciales consagradas a los mismos estudios.
En efecto, cuando el Director de Minas y Geología de la Provincia,
Profesor doctor Santiago Roth, — que es también Jefe ad honorem de la
Escuela de Ciencias Geológicas en el Museo — propuso al señor Ministro de
Obras Públicas, doctor Eduardo Arana, que se autorizase al citado Instituto
para reproducir iu extenso el estudio presentado por el doctor Lutz Witte,
la iniciativa ftié acogida con verdadero entusiasmo y se impartieron sin de-
mora las órdenes necesarias a los Talleres de Impresiones Oficiales, para que
todo se hiciese con arreglo a nuestros deseos, obligando así nuestro agra-
decimiento.
La obra del doctor Witte es el resultado de largas y pacientes inves-
tigaciones, poseyendo el doble mérito de aclarar problemas múltiples poco
estudiados hasta hoy y plantear cuestiones que proporcionarán tarea a otros
especialistas, en el inmenso campo de nuestra costa atlántica, ora busquen la
forma de mejor explotación de nuestras riquezas naturales, ora investiguen
los movimientos del océano a través de los siglos, ora estudien los estratos
descubiertos por la acción destructora de las olas y de las corrientes sobre
el borde continental.
Al presentar esta nueva contribución al conocimiento de nuestra geo-
logía, formulamos votos fervientes porque continúe esta colaboración de la
Dirección de Minas y Geología de la Provincia con el Museo de La Plata en
una obra que tan directamente interesa a la pntria y a la ciencia.
L.a Dirección del Aíuseo.
ESTUDIOS GEOLOGICOS DE LA REGION DE SAN BLAS
( PARTIDO DE PATAGONES)
CON ESPECIAL ATENCIÓN A LOS DEPÓSITOS DE PEDREGULLO, QUE SE HALLAN EN LA COSTA
Por LUTZ WITTE
Geólogo.
Estudio practicado por la Dirección de Geología y Minas
por orden del Ministerio de Obras Públicas
de la Provincia de Bs. As.
con 2 planos, 5 láminas de perfiles
y 23 de fotografías
INTRODUCCIÓN
Mirando un mapa de la provincia de Buenos Aires se ob-
serva en la parte sur, entre las bocas del Río Negro y Río Co-
lorado, una punta sobresaliente en forma de cabo, llamada Pun-
ta Rubia. Desde esa punta, en dirección a la boca del Río
Negro, la costa forma una curva convexa hacia el mar, encon-
trándose en algunos parajes barrancas casi a pique, de poca
altura. En dirección al Río Colorado presenta una curvatura
ligeramente cóncava, formando en la parte sur la Bahía San
Blas, en cuyo frente existen varias islas.
La costa en esta parte es playa; en baja mar quedan en des-
cubierto grandes extensiones de la ribera, y en las grandes
mareas penetra el mar muy adentro de la tierra firme por an-
gostos canales, llenando grandes lagunas, de las que algu-
nas quedan cortadas del mar en tiempo de reflujo.
Esta parte tiene mucha analogía con la costa de Alemania
en el Ma~ del Norte, señalada con el nombre «Wattenküste».
La analogía no se manifiesta solamente por la circunstancia
de que la agrupación de islas, que existen enfrente, son de for-
mación marina muy moderna, sino también por una serie de
otros fenómenos típicos de esta clase de costas.
Pero estudiándola en sus detalles, resulta, sin embargo, que
hay entre ambas costas una diferencia de alguna importancia.
Mientras que en Alemania los depósitos marinos modernos se
componen únicamente de arenas y de limo fangoso, llamado
«Schlick», en la costa, de la que tratamos, se encuentran enor-
mes capas aluviales de rodados, análogos a los que cubren las
mesetas patagónicas, y cascajos de una arenisca que aflora en
algunas partes de la costa, y que forma bancos submarinos.
De suma importancia económica es que la isla, o mejor dicho la
península de San Blas, designada también con el nombre de «Isla
del Jabalí», está constituida casi exclusivamente de los mencio-
nados pedregullos.
Por su facilidad de explotación ha llamado la atención del
Gobierno, y esto es lo que ha motivado la investigación cien-
tífica que he efectuado en esta región y cuyo resultado expon-
dré a continuación.
Desde los primeros días del mes de Abril hasta fines de Ju-
lio del año 1912, acompañé a la Comisión encargada del estu-
dio de las tierras fiscales del partido de Patagones, con el fin
de hacer un levantamiento geológico de esta región.
Comencé las investigaciones en la costa del Río Negro in-
ferior, cuyo resultado forma parte del presente informe.
Durante este trabajo tuve la oportunidad de visitar algunas
veces San Blas. Los datos que tomé en esas ocasiones, los en-
tregué con fecha 10 de Julio de 1912 al señor Director del Ma-
pa Topográfico y Geológico de la provincia de Buenos Aires,
en un informe preliminar sobre los depósitos de pedregullo que
allí existen.
Más tarde, el señor ingeniero Armin Reinmann confeccionó
un plano topográfico detallado, en una escala de 1: 10.000, de
la faja costanera de la península. Este mapa, que fué aumen-
tado en la Oficina a una escala de 1:5.000, me ha servido de
base para los estudios geológicos que he efectuado desde Ene-
ro hasta principios de Junio del año 1913.
Para el plano geológico de los alrededores de San Blas, me
he servido de ¡os planos topográficos levantados por las Co-
misiones del Mapa Topográfico y Geológico en los años 1906
y 1907.
Por fin tuve la suerte de practicar algunas observaciones
complementarias importantes, en ocasión de un viaje que efectué
durante el mes de Mayo para informar sobre algunos yacimien-
tos de ipedregullo en las cercanías de Carmen de Patagones. Es-
pecialmente conseguí estudiar la ribera del Río Negro más arriba
de Carmen de Patagones. De este viaje proceden la mayor parte
de las fotografías que acompañan el presente trabajo.
— 9
DATOS GEOGRÁFICOS DE SAN BLAS
La Isla de San Blas, denominada erróneamente así, pues en
realidad es una península, se extiende en forma de lengua de
norte a sur. Por su formación, origen y situación respecto al
continente, es muy parecida a formaciones existentes en ei
Mar del Norte y Mar Báltico, conocidas con el nombre de «Neh-
rung». Así se llaman las penínsulas muy extendidas a lo largo,
que sin sobresalir de la dirección general de la costa del conti-
nente, separan del mar abierto las desembocaduras de ríos o la-
gunas. Estas penínsulas deben su origen a la acción de las ma-
reas, lo que parece ser el caso también de la península de San
Blas.
Tiene una extensión en su eje longitudinal de tres leguas
y media, siendo su ancho en la parte más estrecha de unos 370
metros, alcanzando hasta una legua y media en la parte donde
la península está en conexión con la tierra firme.
La dirección general de la península es 'la misma que lleva
la costa continental, separando así del mar un sistema de la-
gunas y canales, señalados estos últimos como arroyos en el
mapa adjunto. Esta denominación errónea seguramente es
debida a la fuerte corriente producida por las mareas.
Las lagunas están en conexión con el mar abierto por un
estrecho canal situado en la parte noroeste de San Blas. En
la parte sudeste existe otra comunicación; pero aquí entra el
agua del mar solamente cuando hay mareas muy altas acom-
pañadas de fuertes vientos del sur. Entonces este paraje forma
una verdadera isla. La parte que constituye en tiempo nor-
mal la conexión de la península con la tierra firme se llama
Paso Seco.
El aspecto general de San Blas es el de una planicie ondu-
lada. Las ondulaciones son producidas por cordones de pe-
dregullo que corren paralelos, separados a veces por anchos
bajos, llamados «matorrales». Las costas hacia el mar abierto
son bordeadas de médanos, en parte fijos y en parte móviles.
El paraje es desolado por la escasez de la vegetación, faltando
casi absolutamente los montes, que dan a las mesetas del in-
terior un aspecto menos monótono.
La superficie de San Blas es aproximadamente de seis mil
hectáreas. Su situación exacta, según una determinación de la
10
Subprefectura del Resguardo, es de 40" 41’ 45” latitud sur y 60°
13’ 39” oeste de Greenwich.
La península la ocupa casi en su totalidad la familia de Mul-
hall, que fraccionó en lotes una parte para formar un pueblo, exis-
tiendo en la actualidad unas quince casas con una población de se-
tenta a ochenta habitantes.
También existe una sociedad anónima inglesa que posee un
terreno de veinte hectáreas más o menos, con edificaciones e
instalaciones para la explotación de la Salina de Piedras, que
se halla a una distancia de ocho leguas al sudoeste de San Blas.
La fábrica se encuentra actualmente paralizada por liquida-
ción de la citada sociedad.
Afuera del pueblo, en la costa, existen los terrenos de la
Aduana, de la Subprefectura y del Correo, así como también
una propiedad de dos hectáreas pertenecientes al señor En-
rique G. Rhode, quien tiene allá una casa de negocio.
Estando formada la isla en casi su totalidad por médanos,
bancos de pedregullo y algunos «matorrales» salitrosos, no es apta
para la agricultura; pero algo distante de la costa existe una lonja
utilizable (2ÜÜÜ hectáreas más o menos), habiéndose sembrado
en el año pasado unas mil quinientas hectáreas de trigo y avena,
con un resultado poco favorable.
Las comunicaciones de San Blas con las demás poblacio-
nes del partido se efectúan en malas condiciones, por no exis-
tir un puente que facilite el paso en el riacho del Jabalí. Este
se puede atravesar solamente en dos pasos, por el de Los
Caños y por el Paso Lucero, que son intransitables en tiem-
po de marea alta. Otro camino, que pasa por el citado Paso
Seco, ofrece más dificultades a causa de los numerosos mé-
danos y arenas movedizas, y además, para ir a Carmen de
Patagones, hay que dar una vuelta de tres leguas.
En cambio, la comunicación por vía marítima se presenta
muy favorable, puesto que San Blas tiene un puerto natural
muy bueno, amparado por la Isla de Gama, que se halla en-
frente. Según juicios competentes debe ser uno de los mejo-
res de la costa atlántica de la América del Sur. Lo cierto es
que buques de gran calado pueden anclar en las inmediacio-
nes de la costa.
No quiero entrar en detalles sobre el clima, pero doy más
abajo una tabla de las lluvias caídas en San Blas durante los
años 1908 hasta 1913, por las relaciones que tienen con unos
31
fenómenos hidrogeológicos de San Blas, que trataré en uno
de los 'capítulos siguientes. He compuesto la tabla según las
anotaciones meteo-ológicas de la Subprefectura.
TABLA DE LAS LLUVIAS CAÍDAS LN SAN III.AS DURANTE LOS AÑOS 1908-1913
PARTE I
Descripción geológica de la región del Río Negro inferior (*)
Literatura. — Los trabajos geológicos, que tratan de la re-
gión del Río Negro inferior a base de estudios en el terreno
misino, son los siguientes (**) :
1. D’Orbigny A. D. - Voy age dans VAmérique Mcridionale,
volume 111, part 111, Paris et Strasbourg, 1842.
2. Darwin Ch. — Geological notes made during a survey of
the south and i vest coasts of South America in the years 1S32-35.
«Proc. Geol. Soc.», London, 111, 1842.
Traducción castellana: — Geología de la América Meridional .
traducida por Alfredo Escuti Dorrego^ Santiago de Chile, 1906.
3. Doering A. — Informe oficial de la Comisión Científica
agregada al Estado Mayor GenerqJ. de la expedición al Río Ne-
gro. Entrega 111. Geología. Buenos Aires, 1882.
4. Siemiradzki I. V. • — Apuntes sobre la región subandina del
alto Limay. «Rev. Mus. La Plata». Tomo 111, La Plata, 1892.
Forschungsreise in Patagonien. «Petermanns Mitteilungen»,
1893.
5. Zapai.owicz H. — Das Río Negro Gebict in Patagonien.
Denkschrift der k. k. Akademie der Wissenschaften. Math. Na-
turwissenschaftliche Klasse». Wien, 1893.
6. Roth S. — Apuntes sobre la geología y la paleontología
de los territorios del Río Negro y Neuquen. «Rev. Mus. La Plata».
Tomo IX, 1898.
7. Roth S. — Bcitrag zur Gliederug der Sedimentablagerun-
gen in Patagonien und der Pampasformation. «Neues Jahrbuch
für Mineralogie», etc. Beilage Band XXVI, 1908.
(*) Esta parte es un estudio preliminar sobre la geología de esta región,
así que me ocuparé, acá solamente, con los resultados de mis investigaciones,
sin entrar en detalles y discutir la literatura en general sino la especial que
trata de estos territorios.
(’:*) Para no repetir inútilmente las fuentes bibliográficas, cada vez que las
mencione, las obras llevarán solamente el número entre paréntesis, al lado del
nombre del autor respectivo.
¡4
*
La literatura geológica sobre la Patagoaia es muy abundante.
El señor Wilckens (*) ha hecho un resumen crítico sobre ella
hasta el año 1905, tratando especialmente cuestiones cronoló-
gicas.
En este trabajo, Wilckens trataba de demostrar especialmente
la interpretación errónea de las relaciones estratigráficas en el
territorio de la Patagonia hecha por el señor Florentino Ame-
ghino, pero tuvo que apoyarse exclusivamente en trabajos de
otros, por no haber visitado este territorio y por haber estudiado
solamente las colecciones de fósiles marinos de estas formacio-
nes. Roth en su réplica (7), que trata el mismo problema, se basa
en observaciones propias, entrando en mayores detalles sobre la
geología del terreno que nos ocupa, y Wilckens pasó casi por alto
un trabajo publicado por el autor mencionado en el año 1898 (6).
Wilckens parte del principio, que toda la formación pampeana
es realmente de edad cuaternaria, mientras que Roth, en todos
sus trabajos, ha sostenido que hay horizontes pampeanos que co-
rresponden a la terciaria.
Respecto a esta cuestión, ¡as divergencias entre Ameghino,
quien se ha ocupado varias veces de los terrenos del Río Negro
inferior, y Roth consisten en que el primero considera toda la
formación pampeana como terciaria, mientras que el segundo
da a los horizontes superiores una edad cuaternaria.
En el capítulo correspondiente trataré más detenidamente la
cuestión de las edades.
Generalidades. — La región entre Bahía Blanca y el Río Ne-
gro, de la cual San Blas forma parte geográficamente, es cono-
cida como zona de transición entre la llanura pampeana y las me-
setas patagónicas. Esta transición se manifiesta tanto en el cam-
bio paulatino de la composición geológica del suelo como por el
cambio que se nota en la vegetación.
En esta comarca tenemos la clave de algunos problemas no re-
sueltos o al menos hasta ahora no suficientemente aclarados.
Encontramos en esta región no solamente una explicación del
(*) Wilckkns O. Die M eeresa blagerungen iler Kreidc- and Tertiacrformation
in Patagonien. Nenes Jalirbuch fiir Mineralogie , etc. Iíeilage- Baiid XXI. 1905.
¡5
origen de los depósitos de rodados patagónicos, como lo sospe-
chaba ya Nordenskjóld (*), sino también una prueba más de que
la formación pampeana, es en parte terciaria y no de edad dilu-
viana, como lo sostienen todavía casi todos ¡os geólogos euro-
peos, apoyados en la opinión del señor Steinmann.
Aquí podríamos establecer si la formación marina terciaria de
Patagonia se ha depositado contra los depósitos terrestres de la
formación pampeana de la provincia de Buenos Aires, que for-
maba parte de un antiguo continente central sudamericano, o
si dichas capas pasan debajo de esta formación. En este último
caso los rodados patagónicos poco potentes en la región inferior
del Río Negro y Río Colorado, y los que representan la época
glacial, deberían corresponder a los enormes depósitos del loess
pampeano, que en Bahía Blanca tienen un espesor de doscientos
cincuenta metros, como lo prueban las perforaciones ejecutadas
en esta región por nuestra repartición.
La región entre el Río Colorado y el Río Negro forma una pla-
nicie ondulada con los típicos arbustos y pastos fuertes de la ve-
getación patagónica. Término medio esta llanura, en la parte que
corresponde a la Provincia, tiene una altura de treinta a cincuen-
ta metros sobre el nivel del mar, y se encuentra interrumpida
frecuentemente por depresiones más o menos grandes, cuyo fondo
se compone generalmente de tierras salíferas. Por esta razón
son conocidas vulgarmente con el nombre de «salitrales», sin que
la tierra contenga salitre. Las depresiones se presentan en dos
formas: en forma de hoyas, sin desagüe o en forma de cañado-
nes longitudinales. Ya D’Orbigny llamó la atención sobre su di-
rección predominante de oeste a este o de noroeste a sudeste.
La superficie de las mesetas es compuesta de arenas y de ro-
dados. Pero a menudo se observa que aflorece una arenisca poco
consistente, de color predominantemente gris. En las paredes de
las depresiones, como en las barrancas del valle del Río Negro y
de la costa del mar, esta arenisca está más descubierta. Así que en
la región del Río Negro podemos distinguir dos formaciones: una
de areniscas, que forman el yacente, y otra de sedimentos suel-
tos, que las cubren.
(*) Nordenskjold Otto. Ucbcr die posttertiaeren Ablagerungen der Magel-
lanstaendrr, etc. Svenska expeditionen titl M apella nslacndern a. Vol. I, número 2
p. 15. 1898.
16
LOS DEPÓSITOS DI AUl ÑISCA
Esta formación se compone de dos horizontes bien distingui-
bles: uno inferior de origen marino, y otro superior, continental,
depositado en la tierra firme, como se verá más adelante.
La formación marina , que aflorece en la parte más baja de las
barrancas, se compone de una arenisca de grano grueso de es-
tratificación horizontal, formando bancos hasta de medio metro de
espesor.
Los granos son cementados por carbonato de calcio y por subs-
tancias ferruginosas. La consistencia es variable; a veces es bas-
tante friable y otras veces tan dura, que es utilizable para edifi-
caciones. Esta arenisca, de grano grueso, es bastante homogénea,
y proviene de la descomposición de las rocas eruptivas de la cor-
dillera. Los granos de arena que la componen son idénticos a los
que actualmente se depositan en las playas de la costa de este
territorio. A veces la arenisca es bastante arcillosa. En el límite
entre el horizonte inferior y el superior se encuentra casi siem-
pre uno o dos bancos de una arcilla rojiza o gris de espesor va-
riable, y que en partes desaparece. Por los fragmentos de ro-
cas de distinto tamaño que se hallan en los aluviones modernos en
la costa del mar, y que probablemente provienen de barrancas
submarinas, se puede deducir que a mayor profundidad las are-
niscas alternan con bancos de conglomerados y areniscas calcáreas.
En esta formación se encuentran los bancos de ostras descrip-
tos primeramente por D’Orbigny.
En los estratos superiores de la formación marina se observan
frecuentemente las características ondulaciones que produce el
oleaje del mar en las costas. Tanto esta circunstancia como la
presencia de ostras y otros moluscos del mar ribereño y la es-
tructura de las areniscas, prueban que estos bancos han sido de-
positados en un mar muy playo.
Este horizonte forma el yacente de las areniscas; su límite su-
perior se halla más o menos al mismo nivel del mar en tiempo de
marea mediana. En el interior es visible únicamente en las depre-
siones más bajas y en muy pocas partes. Mejor se puede estu-
diarlo en las barrancas de Río Negro, en donde aparece en tiempo
de agua baja. Más visibles son los bancos marinos en las barran-
cas del mar; desgraciadamente la barranca más grande no se halla
en territorio de la provincia de Buenos Aires, sino al sur del Río
17 —
Negro, cerca del faro, al sur de la desembocadura del río, y como
yo tenía que practicar investigaciones únicamente en la Provincia,
me faltaba el tiempo para un estudio detenido de estos lugares tan
importantes. Es justamente allá donde se hallan mejor desarrolla-
dos los bancos de ostras y otros moluscos; pero durante los pocos
días disponibles para visitar este punto, no pude hacer grandes
colecciones. Las fotografías (lámina II, figura 1 y láminas III y IV)
representan esta barranca. En las tres vistas se ve claramente
en la base de la pared el mencionado banco de arcilla, que se
distingue muy bien de las areniscas por su color mucho más
claro. En la sobrelámina de la lámina III está indicada la rela-
ción entre el horizonte de las areniscas marinas y los horizontes
superiores terrestres. También se ve muy claramente en aquella
fotografía el banco de ostras, que he mencionado más arriba.
En la costa del mar, al norte de la desembocadura del Río Ne-
gro, es decir, en territorio de la provincia de Buenos Aires, exis-
ten dos barrancas en donde aflorece la formación marina. Una
de éstas está representada por la fotografía lámina II, figura 2;
pero los 'bancos están tapados en casi toda su extensión por arena.
Tampoco se encuentran fósiles marinos en tanta abundancia como
en la Barranca del Sur.
No he podido sacar fotografías de la llamada Segunda Ba-
rranca, que se halla cerca de la estancia de Buckland. En el
plano geológico de los alrededores de San Blas, que adjunto,
aparece a la derecha una parte de aquella barranca.
En varias de las vistas de la barranca del Río Negro que acom-
pañan este trabajo, se distingue claramente el horizonte de las
areniscas marinas, las que se conocen fácilmente por los bancos
horizontales y sobresalientes, que se conservan debido a su
mayor resistencia contra la acción erosiva del agua. En ellos no
pude encontrar restos de ostras, a pesar de un estudio muy
prolijo y minucioso. Sin embargo, el doctor Roth me afirmó ha-
ber encontrado una ostra igual a las de la Barranca del Sur, a
una distancia de unos trescientos metros de la Subprefectura de
Carmen de Patagones, en dirección río arriba, cuando había un
nivel del río sumamente bajo. Yo encontré allá solamente unos
pequeños brachiópodos en los bancos, que aparecen en tiempo de
marea baja; pero se hallaban en un estado tan alterado, que era
imposible su determinación.
La formación terrestre, que se halla encima de las capas mari-
nas, se compone de una arenisca de color gris claro, de estratifi-
18
cación muy irregular, llamada estratificación falsa o transversal
(«Kreuzschichtung»). Es ésta el «gres azuré» descri.pto por D’Or-
bigny y la arenisca del Río Negro de Rotli.
En el límite entre ésta y los depósitos inferiores se encuentran
en muchas partes los mencionados bancos de arcilla, formando
lentes de una extensión considerable entre las dos formaciones
Lentes de arcilla aparecen también de vez en cuando en los es-
tratos superiores de la arenisca de Río Negro.
La estratificación transversal es muy singular en esta arenisca;
la he podido observar en todas partes donde está en descubierto,
tanto en la Barranca del Sur como en las depresiones o cañado-
nes de las mesetas hasta Tres Bonetes, que es el paraje más
al norte que he estudiado.
La arenisca es de poca resistencia, friable y de estratificación
muy delgada. Los granos son muy pequeños y variables en ta-
maño. Muchas veces puede notarse que los granos presentan una
descomposición que han sufrido, según parece, antes de ser ce-
mentados. A veces la arenisca tiene cierta semejanza con un
loess muy arenoso.
El color predominante es, como he dicho, gris claro, que varía
entre azul y pardo.
También he observado las calizas dendríticas que menciona
D’Orbigny, las cuales están diseminadas como pequeños estratos
de unos centímetros de espesor, tanto en el horizonte superior
como en el inferior. Esta caliza es de considerable dureza y muy
rica en carbonato de calcio; según un análisis efectuado en nues-
tra oficina química contiene noventa y dos por ciento y más de
esta substancia. Esta circunstancia hace suponer que se trata de
una materia secundaria segregada de las aguas de filtración igual
a las toscas de luess, con la que tiene muchas analogías. Lo que
hace más probable este origen es el hecho de que los pequeños
bancos de cal se hallan con preferencia depositados sobre los es-
tratos arcillosos, de los cuales trataré después. Por fin tengo que
mencionar todavía que esta caliza es, del punto de vista estra-
tigráfico, según mi concepto, completamente diferente de aque-
lla que se halla encima de las areniscas y directamente debajo
de los rodados patagónicos o mezclada con éstos. Según toda
probabilidad, de esta última proviene el carbonato de calcio di-
suelto en las aguas de filtración, de las que se formaron luego
por segregación los mencionados pequeños bancos diseminados
en la arenisca.
19 —
En la formación de la arenisca del Río Negro, — para mantener
el nombre dado por Roth a estos depósitos, — no he podido en-
contrar fósiles, a pesar de haber prestado mucha atención. Pero
me dice el doctor Santiago Roth, que él ha encontrado, aproxi-
madamente una legua arriba del pueblo de Carmen de Patago-
nes, un banco que contenía pequeños moluscos de agua dulce.
D’Orbigny (1) menciona también haber encontrado fósiles de
agua dulce (Unió y Chilina) así como huesos de mamíferos (Me-
gamys) en las areniscas de las barrancas, y según sus perfiles
pertenecen los estratos en que los ha encontrado al horizonte su-
perior. Pero dice que existe en la Barranca Sur, en medio de
su llamado «gres azuré» un banco marino con ostras patagónicas.
Yo no lo he visto, a pesar de haber seguido la barranca una legua
hacia el sur del faro y de haber prestado atención especial a esta
cuestión. Estas afirmaciones tampoco han sido constatadas por
otros viajeros que han practicado estudios en esta región.
El carácter típico de la arenisca del Río Negro es la estratifi-
cación transversal o falsa. Se puede decir que no existe una ex-
tensión de dos o tres metros donde no se observe este fenómeno,
y es por esa circunstancia que me he convencido que se trata de
una formación continental de médanos.
La estratificación transversal es considerada como depositada por
aguas con corrientes muy variables o como depósitos de médanos.
Contra la primera hipótésis de que las areniscas sean una for-
mación puramente fluvial o de delta, habla la enorme extensión
que ocupan. En contra de la suposición que hayan sido deposi-
tadas por las corrientes producidas de las mareas de un mar ri-
bereño, habla el hecho de que no se encuentran fósiles marinos en
las areniscas y sólo raras veces fósiles terrestres o de agua dulce.
Por estas razones no encontré al principio una explicación sa-
tisfactoria respecto a su origen, hasta que en San Blas tuve oca-
sión de ver en los médanos móviles la misma estratificación
transversal, y comparándola con las mencionadas areniscas me
convencí que se trata de un fenómeno análogo. Esta analogía
se ve claramente en las respectivas fotografías. Las areniscas del
Río Negro están representadas en las láminas II, III, IV, IX, figu-
ra 1, y láminas X y XI, figura 2. Esta última la he puesto en la
misma lámina que las vistas que representan la estratificación
falsa de los médanos (lámina XI, figuras 3, 4, 5 y 6), para poder
confrontarlas bien. En las dunas se puede ver únicamente en
ciertas ocasiones su estructura, porque su superficie está cu-
20
bierta generalmente por arena suelta. Pero lu importante es que
yo haya podido comprobar que también en los médanos como en
las areniscas del Río Negro esa estratificación transversal es de
carácter general.
Por esas razones estoy convencido del origen terrestre de es-
tas areniscas, que considero como médanos fosilizados. Por la
extensión tan considerable que ocupan en esta región, se podría
suponer que se trata de un desierto de los tiempos geológicos,
si no existiesen los mencionados fósiles de agua dulce. Esta cir-
cunstancia demuestra que en aquella época ya existía en esa re-
gión un sistema de ríos ramificado en numerosos brazos que
cambiaban continuamente su lecho, a causa de que las arenas
móviles les cerraban el curso. En las lagunas de agua dulce,
que se formaban como consecuencia de este fenómeno, se depo-
sitaban los estratos de arcilla mencionados más arriba, que se
hallan diseminados en las areniscas en forma lenticular, como
lo demuestran muy bien las fotografías láminas VIII y IX.
Este antiguo río tenía más o menos la misma dirección que el
Río Negro actual, y así se explica que todos los cañadones y de-
presiones que atraviesan las mesetas, tienen una dirección de
oeste a este o de noroeste a sudeste.
Hechos análogos se conocen actualmente del interior de la
República, y mejor todavía de la Centralasia, en donde la cono-
cida cuenca del Tarim representa, según mi juicio, un fenómeno
igual a aquel que la arenisca del Río Negro tiene como origen.
EDAD Y DESARROLLO DE LAS ARENISCAS
Respecto a la edad de las areniscas nunca han existido dudas
por parte de los géologos que las han estudiado, de que aquélla
sea terciaria, pero sí han surgido divergencias sobre la época del
período terciario a que pertenecen.
La edad relativa de estos terrenos y su desarrollo es el si-
guiente: la arenisca marina inferior debe su origen a una trans-
gresión marina, que tuvo lugar en tiempo terciario, según los fó-
siles encontrados en sus estratos.
Habiéndose retirado el mar se formaron sobre estos depósitos
las areniscas del Río Negro de estratificación transversal y de
origen terrestre. Así, pues, esta formación representa una época
de regresión en nuestra región. El aspecto que ofreció el paisaje
en esa época, lo he expuesto más arriba, y se puede decir que
21
el relieve de la comarca que nos ocupa ha sido formado en sus
grandes rasgos ya en ese tiempo remoto.
El continente se extendía en esa época más hacia el este que
actualmente; lo prueban las altas barrancas expuestas a la ac-
ción destructora del mar de hoy.
Prefiero no dar todavía mi opinión definitiva sobre la edad
geológica de las areniscas, limitándome solamente a discutir las
últimas publicaciones sobre estos territorios y sus relaciones con
las demás partes de la Patagonia.
Santiago Roth, quien en sus trabajos del año 1898 (6) todavía
no habla de la edad de estos terrenos, en su trabajo que trata de las
relaciones estratigráficas de los depósitos cretáceos y terciarios de
Patagonia (7), considera los depósitos marinos del Río Negro
contemporáneos a la formación marina entrerriana, colocándolos
al fin del mioceno y paralelizándolos con el piso de Santa Rosa.
Los depósitos de estratificación transversal, cuyo origen con-
tinental ya afirma en su trabajo anterior, los pone en el plioceno,
dándoles el nombre de «Piso Ríonegrense».
El señor Otto Wilckens, en su estudio crítico sobre los traba-
jos científicos de la geología de la Patagonia (*) , insiste, apoyán-
dose en el trabajo del señor A. Borchert (**), que la formación
marina terciaria de Paraná pertenezca al plioceno, y que consti-
tuye la última época terciaria en la Patagonia, originada por una
transgresión marina. En este piso coloca también las areniscas
del Río Negro.
El trabajo del señor Borchert sobre la edad pliocénica de los
depósitos terciarios de Paraná fué refutado por varios autores
sudamericanos.
Sin embargo queda probado que las areniscas terciarias de las
barrancas del Río Negro se dividen en dos horizontes distintos,
de los cuales el inferior, el «Piso Entrerriano», proviene de una
transgresión, mientras que el superior, o «Piso Ríonegrense», se
ha depositado en tierra firme durante una época correspondiente
a una regresión marina.
Florentino Ameghino hace mención en varios de sus trabajos
de las areniscas del valle inferior del Río Negro, pero como ha
modificado muchas veces sus teorías, sólo me ocuparé de su úl-
(!) Wilckens Otto. Die Mccresablagenmgen, etc. <• Nenes Jalirb. f. Min.
Qeol. etc.» Beil. Bd. XXI 1905.
( ■ ' ) Borchf.rt A. Die Moluskenfanna and das Alfer der Parandstufe. «N.
Jahrb. f. Min. etc.» Beil. Bd. XIV. 1901.
— 22
timo trabajo sobre los depósitos cretáceos y terciarios de la Pa-
tagonia (*). En esta obra dicho autor coloca la arenisca mari-
na en el «Piso Paranense» de su formación entrerriana, en la
cual figura como horizonte más reciente el «Piso Mesopotámico»,
considerándolo correspondiente al oligoceno superior.
En el perfil que acompaña su trabajo, y también en el texto,
dice que el «gres bleu» del Río Negro (esto es: la arenisca de eo-
tratificación transversal o falsa), descansa en discordancia sobre
la arenisca marina, faltando el «Piso Mesopotámico».
A pesar de un muy detenido estudio no he podido observar
ningún fenómeno que justifique que entre las dos formaciones
falte un piso, como pretende Ameghino. Todo lo contrario: la re-
lación estratigráfica entre los dos horizontes demuestra que a me-
dida que se retiró el mar durante la regresión, se depositaron en
seguida y consecutivamente las arenas móviles que hoy forman
la arenisca de estratificación transversal. En ninguna parte he
visto efectos de una erosión, que deberían notarse en caso que
hubiese existido una época intermediaria.
A las areniscas azules del Río Negro las coloca en su «Forma-
ción Araucana» de edad miocena inferior. Respecto a su origen,
dioe que son un depósito fluvial.
Las teorías del señor Florentino Ameghino sobre estos depósi-
tos, así como también sobre los rodados patagónicos de los cua-
les nos ocuparemos en los capítulos siguientes, carecen de todo
fundamento, y se puede decir que hasta ahora ningún geólogo
que se haya ocupado de esta materia, ha participado de las ideas
de dicho sabio.
Mi opinión respecto a la edad de estas areniscas diverge muy
poco de la de S. Roth, como se ve en el cuadro de los depósitos
del Río Negro inferior, que adjunto (véase página 48). Sola-
mente no puedo afirmar, que la arenisca marina inferior pertenez-
ca al mioceno superior, como sostiene Roth, o si es pliccena, como
lo afirma Wilckens. Pero si tuviera razón Wilckens, habría que
suponer que en el mismo plioceno hubiese habido una transgre-
sión y una regresión, teniendo en cuenta que éstas se extienden
sobre una región muy considerable y, como se atribuye a tales
fenómenos generalmente grandes lapsos de tiempo, me inclino
más bien hacia la teoría de S. Roth.
(*) Ameghino F. Les J'onmitions séditnentaires du trelacó supórtale ct du
tertiaire de Palagonie, etc. ( Anales del Museo de Buenos Aires , tomo XV (serie 3a
tomo Vlll), 1006.
23
LOS DEPÓSITOS DE SEDIMENTOS SUELTOS
Bajo esta denominación reúno todas las capas posterciarias.
Como se verá más adelante, es imposible hacer una subdivi-
sión por las diferencias que presentan estas capas, sino por sus
caracteres morfológicos, es decir, geográficos.
Creo conveniente tratar esos depósitos primeramente según
su composición litológica y su procedencia. Por estos caracteres
los distribuyo en las tres categorías siguientes:
Ia Cantos rodados.
2a Tierras arenosas.
3a Tierras arcillosas y salíferas, salinas.
LOS CANTOS RODADOS
Todos los geólogos que han viajado por la Patagonia, ¡hablan
de una capa de rodados de bastante espesor, que cubre casi toda
la Patagonia desde el pie de la Cordillera hasta la costa del mar.
Esta capa disminuye de espesor en dirección hacia el Río Colo-
rado, perdiéndose por completo antes de llegar a Bahía Blanca.
También se nota un aumento paulatino bien claro del tamaño de
los rodados desde la costa hacia la Cordillera. Cerca del Río Colo-
rado su tamaño mediano es el de una avellana; cerca del Río Ne-
gro es ya el de una nuez, y alcanza hacia el interior gradualmente
el de un puño y hasta el de un huevo de avestruz.
La composición de los cantos es en todas partes la misma. El
material grueso está mezclado con sedimentos finos transporta-
bles por los vientos.
En los rodados predominan los de origen volcánico: andesitas,
basaltos, traquitas, pórfidos cuarcíticos, que varían entre rocas
macro-cristalinas y cripto-cristalinas, como también rocas, que
presentan solamente una masa hyalofelsítica, pareciendo en este
estado a petrosílex o jaspe. Como elementos accesorios encon-
tramos granitos modernos, rocas calcedónicas, lava vesiculosa y
piedra pómez.
La mayor parte de la Cordillera de la Patagonia está for-
mada de estas rocas neo-eruptivas, y también fuera de la Cordi-
llera, en la región tabular, existen centros volcánicos de la misma
clase de rocas; de manera que no hay duda que los rodados pro-
ceden de estas regiones.
Respecto a la edad de estos depósitos de rodados, la opinión de
24
los geólogos estaba dividida: hoy se consideran pertenecientes a
la época glacial.
Sin embargo existen todavía divergencias entre los autores
respecto al origen, o mejor dicho, sobre la forma del transporte
de esta gran masa de rodados esparcidos de una manera tan uni-
forme en todo el territorio de la Patagonia.
Mientras que Darwin, Ameghino y Hatcher los consideran de
origen marino, Doering, F. P. Moreno, Hauthal, Roth, Steinmann
y Nordenskjóld sostienen que son depósitos fluvioglaciales.
Personalmente he tenido ocasión de estudiarlos solamente en
el territorio del Río Negro inferior y en la región entre este río
y el Río Colorado, en la parte situada en la provincia de Bue-
nos Aires.
En esta región los cantos presentan condiciones estratigráfi-
cas bastante variadas. En las mesetas los rodados forman una
capa de poca potencia frecuentemente interrumpida (véase las
fotografías láminas IV, VI, figura 2, y láminas XII, XIII y XV, fi-
gura 1), en la costa del mar forman bancos de conchilla.
Por el contrario, en la costa del mar se transforman en bancos de
considerable espesor (véase fotografías láminas XIX y XX), los
que se hallan situados en mayor altura del actual nivel del mar,
mientras que en la playa forman aluviones recientes (véase las
fotografías lámina VIII, figuras 1 y 2), y por fin existen en el
valle del Río Negro escalones así como bancos depositados en su
mismo cauce.
Primeramente haré una corta descripción de las condiciones
que presentan las capas de rodados en las diversas localidades y
luego trataré de los demás sedimentos.
a), los rodados que cubren las mesetas
Estos forman un manto de poco espesor colocado directamente
sobre las areniscas del Río Negro. Los cantos por su parte están
generalmente cubiertos por una capa de arenas eólicas, que des-
cribiré después. Muy a menudo el manto de rodados está interrum-
pido, y entonces la capa eólica descansa directamente sobre la
arenisca. A veces desaparecen, y la arenisca se presenta en la
superficie.
Los rodados están frecuentemente mezclados con una caliza
blanca en forma de polvo, que a veces se convierte en una liga,
produciendo así una especie de conglomerado. Generalmente los
estratos inferiores son más ricos en cal que los superiores. Cerca
25
de Carmen de Patagones se explotan estas capas para el arreglo
de las calles del pueblo. Las fotografías (láminas XII y XIII) re-
presentan la cantera municipal.
Esa caliza se halla también algunas veces en estado puro, for-
mando pequeños bancos bajo las capas de los rodados. Por lo ge-
neral los bancos son de poca potencia; excepcionalmente tienen
un desarrollo mayor y un espesor de medio metro y más y con-
teniendo un porcentaje de carbonato de calcio bastante elevado,
se ha podido explotarlo con éxito para quemar cal. En la cantera
del señor Napoleón Papini, situada al fondo de la quinta del doc-
tor Marouiller, donde anteriormente se ha explotado esta caliza,
pude comprobar que el banco llega a alcanzar hasta un metro de
espesor. Esto no es lo regular; y además, generalmente los ro-
dados están mezclados con arena.
Los depósitos de cantos de tamaño mediano, que, como ya he
dicho, es el de una nuez y llega hasta el de un huevo de gallina,
se encuentran tanto en las depresiones como en los puntos más
elevados de la región. Su mayor desarrollo lo he encontrado en
las lomas de la barranca de Río Negro en una altura de treinta
hasta treinta y cinco metros sobre el nivel del mar.
Lo que llamó especialmente mi atención, fué la circunstan-
cia de que la capa de los rodados se encuentra generalmente
mucho más desarrollada en las lomas que en los terrenos bajos
de las mesetas.
En ciertos lugares de la barranca, en donde la capa de rodados
se halla generalmente cubierta por médanos, he encontrado en-
tre los cantos recientemente destapados de la arena de las dunas
fragmentos de conchillas marinas de especies que actualmente
viven en el mar vecino, entre las cuales abunda una voluta. Uno
de estos puntos muestra la fotografía lámina VI, figura 2. Este
hecho demuestra que los rodados fueron depositados en los lu-
gares mencionados, por el mar, cuando tenía un nivel más elevado
que el actual.
Entre el material que forma estos depósitos, he encontrado
fragmentos de la caliza dendrítica que se halla en la arenisca del
Río Negro, como también cascajos de la arenisca misma y frag-
mentos de grandes ostras petrificadas ( ostra patagónica), que
abunda en los bancos marinos terciarios de la Barranca del Sur.
Todo eso confirma mi opinión de que esos rodados, en la región
donde yo los he estudiado, son depósitos marinos. En el capítulo
correspondiente trataré más ampliamente esta cuestión.
20
Debo hacer presente, empero, que en las mesetas de la misma
altura, que se encuentran más al interior y lejos de la barranca
del Río Negro no he podido descubrir restos de conchillas mari-
nas de ninguna clase, a pesar de haber prestado atención es-
pecial.
Cerca de la costa atlántica la capa de los rodados aumenta en
ciertos sitios sensiblemente de potencia, y allí se encuentran con-
chillas marinas en abundancia, mezcladas con los cantos, en pun-
tos que se hallan a una altura de quince metros o menos sobre
■el nivel del mar, sin que se pueda precisar un límite fijo entre
los depósitos con o sin fósiles. Tanto unos como otros están su-
perpuestos directamente a las areniscas terciarias.
Il) . IOS RODADOS 1) E LA CUSIA l)L MAK
En la costa del Atlántico y en sus inmediaciones se encuen-
tran capas de rodados que corresponden a la misma clase de los
que cubren las mesetas. Aquí forman a veces terrazas con líneas
bien visibles de la antigua costa. Estas pasan paulatinamente a
los rodados que forman los aluviones marinos modernos depo-
sitados por el mar actual.
Los yacimientos de pedregullo de San Blas forman parte de es-
tos rodados costaneros, y por esta razón los trataré más detalla-
damente en la geología especial de San Blas.
En lugares donde existe una barranca submarina de las are-
niscas terciarias, los pedregullos contienen grandes fragmentos
planos de esta roca en un estado poco gastado por el roce origi-
nado en su transporte y el movimiento de los rodados. Esos se
encuentran tanto en los aluviones modernos como en los bancos
más antiguos caracterizados por las líneas de antiguas costas.
A veces estos fragmentos prevalecen de una manera tal, que los
depósitos presentan el aspecto de verdaderas brechas, como ocu-
rre, ipor ejemplo, en el campo de Buckland.
Hago notar que estos depósitos se hallan generalmente sobre-
puestos a las areniscas terciarias. El mar ha destruido las anti-
guas barrancas, y de su material ha formado de nuevo las men-
cionadas brechas, colocadas en discordancia bien visible sobre
las antiguas formaciones.
c). LOS RODADOS EN EL VALLE Y EN EL LECHO DEL RÍO NEGRO
He estudiado el valle del Río Negro sólo desde su desemboca-
dura hasta unas seis leguas arriba de Patagones.
— 27
En el valle del citado río se pueden distinguir dos regiones: la
del actual lecho del río que, como veremos más adelante, ha su-
frido varias modificaciones, y la del valle antiguo delineada por
las altas barrancas del norte y del sur, y que más bien se asemeja
a un antiguo estuario.
Los depósitos de este último están compuestos en parte de
bancos de rodados, cubiertos generalmente de una capa de tierra
arenosa o de limo salífero.
Además se encuentran bancos de rodados en el mismo cauce ac-
tual del río, tanto en las orillas, donde forman terrazas fluvia-
les, como en su mismo lecho. Uno de estos bancos se halla en-
frente de Carmen de Patagones, hallándose en tiempo de baja
marea fuera del agua.
Todos los depósitos de estos rodados se componen de ¡a misma
clase de rocas que forman las mesetas, faltando, empero, los fó-
siles marinos. En cuanto al tamaño, encontré en el mencionado
banco enfrente de Carmen de Patagones, muchos que son más
grandes que un puño.
Los rodados, en las terrazas fluviales de la orilla del río, son
más pequeños y mezclados con arena y tierra vegetal en una
proporción considerable.
l.OS DEPÓSITOS ARENOSOS
La arena, que forma una parte integrante de los sedimentos
sueltos que cubren esta región, se compone de los mismos ma-
teriales que los rodados recién descriptos, distinguiéndose de és-
tos por su tamaño más pequeño.
Generalmente se observan tres clases de depósitos de arena:
fluviales, marinos y cólicos.
Los primeros tienen poca importancia en la región estudiada
por mí.
Los depósitos de arena de origen marino, que se encuentran en
la costa del mar o en las lagunas, que antes estaban en conexión
con éste, casi nunca se encuentran en estado puro; generalmente
se hallan mezclados con otros sedimentos de los aluviones marinos.
La arena que arroja la marea con la resaca a la playa, una vez
seca, es transportada en gran parte por los vientos hacia el inte-
rior, quedando en la orilla del mar los materiales más pesados.
De la arena arrastrada por los vientos se forman las dunas
costaneras, mientras que el material pulverulento liviano es ele-
28
vado a alturas considerables y llevado a grandes distancias de la
costa.
En la región entre el Río Negro y la península de San Blas,
los médanos movedizos ocupan en algunos parajes una faja de
la costa de una a dos leguas de ancho. La arena de los médanos
es generalmente de grano más fino que la de los aluviones de
la costa y contiene mucho hierro en forma de magnetita y pe-
queños fragmentos de conchillas. En las inmediaciones de la
costa predominan los médanos movedizos transformándose en
médanos fijos, cuando están cubiertos de vegetación, que es lo que
se produce más hacia el interior.
En los parajes donde las areniscas terciarias o los rodados no
están a descubierto, existe en las mesetas una capa de tierra are-
nosa, que también es de origen eólico. Esta capa tiene en unas
partes solamente pocos centímetros de espesor y en otras alcanza
hasta tres metros y medio; se puede calcular que tiene por tér-
mino medio dos metros. Generalmente está depositada sobre los
rodados, y solamente donde éstos faltan queda colocada directa-
mente encima de la arenisca terciaria.
La arena que forma la capa eólica de las mesetas proviene, se-
gún mi opinión, en su mayor parte de los aluviones marinos, lle-
vados por los vientos a estos lugares; pero en parte proviene tam-
bién del efecto erosivo que producen los vientos en los rodados,
y de la descomposición de las areniscas terciarias.
Una pequeña parte de esta arena ha sido traída por los vien-
tos desde la Cordillera, procediendo el material de erupciones de
volcanes y de la descomposición de las rocas.
El grano fino pulverulento, que caracteriza a esta capa eólica,
la que a veces tiene el aspecto del locss, es debido a la circuns-
tancia de que el viento, transportador del material, desempeña
también una acción erosiva muy intensa por la frotación continua
que se produce en los sedimentos, pulverizándose los materiales
movidos por el viento.
Otro agente importante para la formación de la capa eólica es
la vegetación. De la misma manera que transforma las dunas
móviles en fijas, retiene los sedimentos cólicos consolidándolos
y al mismo tiempo activa muy eficazmente la descomposición de
las rocas. Donde falta en las mesetas la vegetación, encontramos
los rodados o la arenisca al descubierto.
Esa transformación de la arena en tierra lucssosa se nota con
más frecuencia en los terrenos altos que son al mismo tiempo
29
los más antiguos, y donde por consecuencia la influencia de la ac-
ción erosiva del viento ha sido mayor.
Lo que me llamó la atención en toda la región tabular es la es-
casez de tierra humosa vegetal.
I AS TURRAS ARCILLOSAS V SALÍFERAS ( SALINAS ) .
Estos sedimentos, a primera vista tan heterogéneos, los trato
en conjunto, porque deben su origen a los mismos factores, y por-
que casi siempre se encuentran juntos. Ocupan sin excepción las
depresiones, donde forman los conocidos salitrales de la región.
En casi todos ellos se encuentra una tierra arcillosa salífera for-
mando un piso llano como un plato. Los más modernos están por
lo genera] sin vegetación y los más antiguos tienen una flora es-
pecial halófila, cuyas plantas facilitan a su alrededor la acumu-
lación de arenas, que con el tiempo dan lugar a que crezca una
vegetación igual a la de las mesetas.
La tierra salitrosa es una especie de arcilla muy poco plás-
tica, probablemente a causa de las sales que contiene. La canti-
dad de éstas es muy variable. A veces es tan abundante, que pro-
duce eflorescencias que cubren la superficie de las depresiones
en una forma tal que parecen cubiertas de nieve.
Las sales que impregnan la arcilla de los salitrales no tienen
nada que ver con el salitre, como lo indicaría su nombre. Son,
fuera del cloruro de sodio (sal común), sulfatos alcalinos; abunda
en ellas, además, el yeso.
La proporción de sal que contiene la arcilla de los salitrales,
varía mucho. A veces es tan reducida que admite una escasa ve-
getación, mientras que en otra parte las salinas están desprovis-
tas de ella.
Son éstas los depósitos de sal común o sal gema casi pura, que
se hallan en los centros más bajos de algunas depresiones, en
medio de los llamados salitrales. La sal que se halla sobre la arci-
lla salífera es de color blanco o rosado.
En cuanto al origen de estos depósitos de arcilla salífera y de
las salinas, no titubeo en designarlos como depósitos marinos.
Es sabido que en grandes depresiones continentales sin des-
agüe se forman depósitos salíferos, y que muchos de los yaci-
mientos de sal que se conocen, son de origen terrestre. De este
hecho se podría deducir que también estas sales que contienen
los depósitos en cuestión y que se hallan sin excepción en depre-
30
siones, sean de procedencia continental. Pero un golpe de vista
sobre un mapa de esta región enseña que todas estas depresio-
nes sin desagüe en que se encuentran los depósitos salíferos son
de una extensión relativamente pequeña. Comparando la exten-
sión de recepción de cualquiera de estas cuencas, por ejemplo, la
de la Salina de Piedras, y la cantidad de sales acumuladas en su
fondo, se ve claramente que no es posible admitir que esta masa
de sales puede haber sido extraída por las aguas de las lluvias de
los terrenos situados dentro de la cuenca de recepción.
En cambio existen muchos hechos que ponen en evidencia el
origen marino de estos depósitos salíferos.
En varios salitrales y salinas, como por ejemplo, en el Sali-
tral Grande, en la Salina del Inglés, etc., encontré conchillas ma-
rinas y en otros hallé debajo de la arcilla salífera arena gruesa,
completamente idéntica a la arena que arroja el mar aún actual-
mente a la costa, que es diferente de la que cubre las mesetas.
Pero lo que más evidentemente demuestra el origen marino
es el hecho que estos lugares se hallan en las inmediaciones del
mar, donde hoy todavía podemos presenciar el proceso por el cual,
en tiempos pasados, se formaron las salinas y los salitrales.
Más adelante tendré ocasión de demostrar que toda esta costa
del Atlántico se encuentra actualmente en un período de regre-
sión. A medida que el mar se retiraba, su fondo quedaba en
seco, y en consecuencia, las depresiones submarinas se transfor-
maban en salitrales. Cuando éstas quedaron cortadas del mar
por completo, el agua represada en ellas, en parte se infiltraba
hacia el subsuelo y en parte se evaporaba, precipitándose las
sales.
Al principio las depresiones quedaron en comunicación con
el mar, formando lagunas, pudiéndose distinguir dos tipos: lagu-
nas en comunicación continua con el mar por medio de canales y
lagunas a las que el mar tiene acceso solamente en tiempo de
mareas muy altas. En las primeras se forman con el tiempo los
salitrales, y en las segundas las salinas.
Los alrededores de San Blas presentan en la actualidad las
condiciones en que se puede estudiar este fenómeno en todos sus
detalles. En el sistema de lagunas, delante de las que se halla
situada la mencionada península en forma de una barra, siendo
aquel el resultado del último movimiento regresivo del mar, están
representados todos los tipos de que hablé más arriba. En él se
repite ahora y visiblemente el proceso de la formación de sali-
31
trales y salinas del mismo modo que se desarrollaban anterior-
mente los que se encuentran más en el interior en un estado de
formación completa.
iEl proceso es el siguiente:
En las ensenadas, donde la corriente de la marea no es sufi-
cientemente fuerte para arrastrar materiales gruesos, es decir,
rodados y arena, se deposita la materia más fina que el agua
lleva en suspensión, y que consiste en un limo fangoso, conocido
con el nombre alemán «Schlick». Este es completamente idén-
tico a las tierras arcillosas que se encuentran en las depresiones
del interior. Favorece la deposición, o más 'bien dicho la preci-
pitación de esa materia, la circunstancia que el agua de las la-
gunas es siempre algo más salada que el agua del mar afuera.
Pero mientras que el «Schlick» en otras costas, en donde la
cantidad de lluvia es mayor que en nuestra región, forma una
tierra muy fértil, v. g., en el Mar del Norte, cuyas tierras se co-
nocen con el nombre de «Marschen», el limo fangoso de las cos-
tas sur de la República Argentina es casi estéril, debido a la^.
sales que contiene, lo que es motivado por las siguientes circuns-
tancias que paso a explicar.
Todo depósito arrojado por el mar a la costa, en terreno si-
tuado entre el nivel de la marea alta y el de la baja, queda mez-
clado con agua marina. Ahora bien; si los depósitos son permea-
bles, como lo son la arena y los rodados, el agua circula por ellos
casi con la misma prontitud, con que se retira la marea, mientras
en los depósitos poco permeables o impermeables, como son las
materias arcillosas, el agua del mar queda retenida como en una
esponja hasta que vuelve otra vez la marea alta.
En costas muy playas, como en el presente caso lo son espe-
cialmente los alrededores de San Blas, grandes extensiones de
terreno quedan en seco durante el intervalo entre la marea alta
y la baja. En países de clima húmedo y de lluvias copiosas, como
lo son las regiones septentrionales de Europa, esos terrenos vuel-
ven a desalarse con mucha prontitud, mientras que en regiones
como las nuestras sucede lo contrario. En este territorio la inso-
lación y, como consecuencia de ésta, la evaporización, es muy fuer-
te, mientras que las lluvias son muy escasas. Resulta de esto, que
durante la marea baja se produce un enriquecimiento de mate-
ria salina en los limos fangosos que durante la marea alta están
cubiertos por el agua del mar, y en vez de disminuir la concen-
tración de sales se aumenta cada vez que aquélla penetra en las
— 32 —
depresiones. Por otra parte, el agua de mar que entra en las la-
gunas, se pone también siempre más salobre, como ya he de-
mostrado más arriba, y esto produce un aumento de la precipita-
ción de las materias arcillosas que lleva en suspensión.
Este proceso se repite diariamente en las lagunas situadas de-
trás de la península de San Blas, las que en el mapa son desig-
nadas como arroyos, nombre que les han dado erróneamente los
vecinos de la región, probablemente por su forma estrecha y pol-
la fuerte corriente causada por el cambio de las mareas.
Durante cada marea baja quedan en seco por algunas horas
vastas áreas de su fondo y se produce el efecto arriba descripto.
En las partes donde llegan solamente mareas muy altas, y que
quedan a descubierto por mayor tiempo, la concentración pro-
gresiva de sales en el terreno es aún más intensa.
La formación de las salinas es muy análoga. La diferencia con-
siste, como he dicho, en que éstas se pueden formar única-
mente en lagunas sin desagüe a las que el mar tiene acceso sola-
mente durante mareas muy altas o sicigias, y en las que el agua
estancada se evapora paulatinamente. Se pueden distinguir dos
casos diferentes. El primero es el siguiente: el agua se evapo-
ra por completo en el tiempo entre una y otra marea sicigia, y
entonces sobre la capa de sal formada en consecuencia de la
evaporación, se deposita primerante la arena y la materia ar-
cillosa acarreada en la nueva marea sicigia. Este es un proceso
que se repite continuamente. Después de cada marea alta se de-
positan en primer término los sedimentos, y luego se forma una
costra de sal al evaporarse el agua. El resultado de este proceso
es la formación de capas alternantes de sal, de arcilla y de arena.
En el otro caso la cantidad de agua que entra en las depresio-
nes durante las mareas sic'gias, es tan grande, que no puede eva-
porarse por completo hasta la marea siguiente. Entonces las ma-
terias que el agua lleva en suspensión, se precipitan, pero la sal
queda en solución, produciéndose así una concentración cada
vez mayor. Cuando a consecuencia de la regresión del mar, el
agua, ni en mareas altísimas, tiene más acceso a las depresiones,
entonces se evapora por completo, formándose así las grandes
salinas, como ocurrió, por ejemplo, en la Salina de Piedras, del
Inglés, etc. Constaté el caso primeramente descripto en el salitral,
cerca de La Colonia, en la parte extrema noroeste de la región
marcada en el plano adjunto. Allí encontré baju la capa super-
ficial de limo arcilloso capas de sal que alternan con estratos de
— 33
arena marina verduzca, la que contiene restos de moluscos ma-
rinos.
Los dos casos se hallan combinados a veces. Así, por ejemplo,
en la Salina de Espuma, situada a unas cinco leguas arriba de
Carmen de Patagones, encontré debajo del limo arcilloso estratos
de sal, que alternan con arcilla y arena, al parecer de origen
marino.
He tenido oportunidad de estudiar detenidamente la Salina
de Espuma. En medio de la depresión se halla un depósito de
sal gema de color algo rosado, de la cual no se ha hecho análi-
sis, pero seguramente es más o menos la misma que la de la Sa-
lina del Inglés. Esta última, como la de la Salina de Piedras,
es cloruro de sodio casi puro, con un contenido muy pequeño de
cloruro de potasio. El análisis que se ha hecho de la sal de la Sa-
lina del Inglés en la Sección Química de esta repartición, ha
dado el siguiente resultado:
Cloruro de sodio 99.655
Cloruro de potasio 0.354 %
Anhídrido sulfúrico Vestigios
En esta salina se pueden distinguir distintas zonas. En el cen-
tro se encuentran las sales, que quedaron en solución hasta el fin
de la evaporación del agua, y que se hallan encima de la arcilla
salífera en forma de una cubeta. En su alrededor se observa una
zona compuesta de arcilla salífera, que contiene, además de
cloruro de sodio y de potasio otras sales, que se cristalizaron an-
tes que aquéllas. Después sigue una zona exterior caracterizada
por las grandes cantidades de yeso que contiene. Los cristales
de yeso en forma de flechas casi transparentes e incoloros, se
hallan diseminados en un limo negro algo bituminoso de olor de
fango podrido (sapropelo).
Estas tres zonas son, según mi concepto, la parte de la depre-
sión, donde se ha producido el proceso final de la evaporación del
agua de mar.
Sería sumamente interesante pn estudio químico-geológico
más detenido de estas salinas.
En el laboratorio químico de esta repartición se ha hecho un
análisis de una legía de la Salina de Piedras, pero no de una
que resulta de la evaporación directa del agua de mar, sino de
una solución secundaria producida por las aguas de lluvia, fenó-
meno que se repite en cada invierno en casi todas las salinas y
3
34
salitrales, donde se forman en esa época lagunas de mayor o me-
nor extensión. La Salina de Piedras la conozco solamente de
paso; pero no tengo duda que ésta se halla en las mismas condi-
ciones de las demás.
El resultado del análisis es el siguiente:
EN CIEN MIL CENTÍMETROS CÚIIICOS DE LA LEOÍA ESTÁN CONTENIDOS
Gramos
Cloro 17 001,8
Anhídrido sulfúrico 430,8
Acido carbónico de bicarbonatos 17,6
Acido carbónico total 17,6
Anhídrido silíceo 36,0
Hierro y aluminio en óxido 16,0
Amoníaco 14,2
Sodio en óxido 14 744,8
Potasio en óxido por dif 532,7
Calcio en óxido 188,0
Magnesio en óxido 450,8
Residuo fijo a 105° 31 368,0
Pérdida al rojo 1 880,0
Estos datos expresados en combinaciones posibles, dan el re-
sultado siguiente:
Es claro que las sales contenidas en esta solución no se hallan
en la misma proporción como lo eran en la legía primitiva proce-
dente de la evaporación del agua marina, pero comparándolas
con un análisis cualquiera del residuo de agua marina, llama la
atención, de que su composición cualitativa es casi la misma, lo
que es otra prueba del origen marino de estas salinas.
En la Salina del Inglés, cuya parte más al norte entra to-
davía en el plano de los alrededores de San Blas, abundan los
35
restos de moluscos marinos, y como la Salina de Piedras, la del
Algarrobo y la Salina de Espuma no difieren de la Salina del
Inglés, no cabe duda, que tienen el mismo origen, si bien en ellas
no he observado restos de organismos marinos. En el salitral del
Arroyo Barrancoso y en el Salitral Grande, que figuran también
en el plano antedicho, y en los que se encuentran lejos de la costa
del mar, se hallan fósiles marinos en abundancia, lo que com-
prueba su origen marino. En algunos salitrales que se hallan en el
interior del territorio, y en cuyas capas superiores no se observan
fósiles marinos, el origen marino está demostrado por la natura-
leza de los sedimentos. En los salitrales que están en formación,
el material que el mar deposita actualmente es completamente
idéntico a la arcilla limosa que se encuentra en salitrales donde
el mar no llega más. Su procedencia sería difícil de explicar en
otra forma; no es admisible suponer que esta arcilla limosa salí-
fera fuese de origen eólico o arrastrada a las depresiones por las
aguas de lluvia.
Entre las fotografías que acompañan el presente trabajo se
hallan algunas que representan salinas y salitrales.
En la lámina XIV, figuras 1, 2 y 3, se ve la Salina del Inglés.
En el primer término se destaca muy bien el ribazo compuesto
de una brecha de conchillas, y entre éste y el centro de sal pura
y conocible por su color más claro, se halla el terreno compuesto
de la arcilla limosa salífera.
La lámina XV, figuras 1 y 2 representa, una vista panorámica
del Salitral Grande.
La lámina XVI 1 1 es la vista de un salitral en su estado de for-
mación. Es el paraje del extremo noroeste de la península de
San Blas. Las sobreláminas dan las explicaciones necesarias.
SUBDIVISIÓN DE LOS DEPÓSITOS SUELTOS
En los capítulos anteriores hemos tratado según su composi-
ción las diferentes clases de sedimentos sueltos que se hallan co-
locados sobre la formación de las areniscas terciarias. Ahora me
ocuparé de la edad y de la posición estratigráfica que ellos pre-
sentan con relación a las areniscas y entre sí mismos.
No cabe duda que los depósitos sueltos en conjunto son de
edad posterciaria, es decir, cuaternaria, y en esta opinión coinci-
den casi todos los autores. El señor Florentino Ameghino es el
único que sostiene que parte de los rodados patagónicos o tehuel-
30
ches son del tiempo mioceno inferior, lo que desde todo punto de
vista geológico no es posible.
La parte más antigua de los depósitos sueltos forma los ro-
dados que se encuentran colocados directamente sobre las are-
niscas de estratificación transversal, y que son los verdaderos
«rodados tehuelches». Sobre su difusión y sobre las diferentes
opiniones respecto a su origen marino o fluvioglacial ya he ha-
blado.
He manifestado que, según mi opinión, son de origen marino,
basado en el hallazgo de unos fósiles marinos en altura de unos
treinta metros sobre el nivel del mar actual, y lo comprueba, ade-
más, lo demostrado anteriormente respecto al origen marino de
las salinas y salitrales. He 'prestado especial atención a este pro-
blema e hice perforaciones alrededor de varias de las depresio-
nes con el fin de estudiar si éstas han estado en conexión con el
mar por medio de canales, y luego han sido rellenadas; en este
caso no sería de necesidad suponer un nivel del mar mucho
más elevado que el actual. Si en cambio estas depresiones, que
están rodeadas por completo de barrancas compuestas de la are-
nisca del Río Negro, hubiesen existido antes, forzosamente ha-
bría que admitir que el mar después del período terciario hu-
biese alcanzado una altura tal que hubiera podido pasar por en-
cima de las barrancas más elevadas.
Mis observaciones confirman esta última suposición. Alrede-
dor de la Salina de Piedras, por ejemplo, la barranca no baja
en ningún punto de veinticinco metros, y la parte más baja está
situada en dirección hacia la costa, es decir, donde la depresión
estuvo probablemente el mayor tiempo en conexión con el mar.
Tanto en este punto como en todos los alrededores de la salina
pude constatar, por medio de perforaciones, que la arenisca del
Río Negro, de estratificación transversal, se halla en una pro-
fundidad no mayor de dos metros bajo la superficie. Igualmente
he podido comprobar que las barrancas al alrededor de las de-
presiones, y aun de las que se hallan más cerca del mar, están
formadas de esta arenisca. En el capítulo correspondiente he
probado que la arenisca del Río Negro es una formación conti-
nental y que el continente en aquella época se extendía aún más
hacia el este que actualmente, cosa que está probada por las ba-
rrancas del mar excavadas en esta arenisca. Por consiguiente, te-
nemos que admitir que después de esta época terciaria continen-
tal ha habido otra transgresión marina en la cuaternaria.
37
El caso de la Salina de Piedras prueba que esta transgresión
alcanzó una altura de más o menos veinticinco metros sobre el
nivel actual del mar. El hallazgo de restos de moluscos marinos
entre los rodados en la barranca del Río Negro de que hago
mención anteriormente, indica aún un nivel más alto (treinta
y cinco metros). La barranca alrededor de la Salina de Alga-
rrobo no baja en ningún punto de treinta y cinco metros (*).
No tuve ocasión de practicar perforaciones, pero no existe nin-
gún indicio que deje suponer que las condiciones sean distintas
de las que presenta la Salina de Piedras.
En las cercanías de la Salina del Algarrobo las barrancas al-
canzan ya una altura de sesenta a sesenta y cinco metros, y tam-
bién aquí encontramos estos rodados. Las explicaciones que he
dado hasta ahora demuestran únicamente que la transgresión
postpliocena ha alcanzado una altura de treinta y cinco metros
más o menos sobre el actual nivel del mar, que es aquella en que
se hallan restos de moluscos y de fragmentos de la arenisca mez-
clados con los rodados. Como éstos que se encuentran en una
elevación de sesenta a sesenta y cinco metros, se hallan en las
mismas condiciones como los depósitos de origen indudable-
mente marino, tengo la convicción de que también estos últimos
han sido traídos por el mar a los puntos que ahora ocupan.
Además hay otras consideraciones que hablan en favor del
origen marino y no fluvioglacial de los rodados. He observado
que las mayores acumulaciones de estos depósitos no se encuen-
tran en los valles, es decir, en los puntos más bajos de la re-
gión, sino en los más elevados. Teniendo en cuenta esta circuns-
tancia, se podría explicar un origen fluvial de los rodados sola-
mente en el concepto de que la región hubiese formado antes un
paisaje completamente llano, cubierto uniformemente de ellos
durante una época de sedimentación fluvial, y que después hu-
biese entrado un período de erosión también fluvial que le ha dado
el aspecto actual.
Todo indica, empero, que las mesetas no deben su origen a la
acción fluvial sino a otros fenómenos que datan de la época ter-
ciaria, como se verá más adelante. El paraje ya anteo de deposi-
tarse los rodados, presentaba a grandes rasgos el mismo aspecto
que ahora.
(*) Las costas de las barrancas de la Salina de Piedras y de la del Algarrobo
fueron tomadas del plano original del partido de Patagones, que se encuentra-
en el archivo de la Dirección Geología y Minas.
38
A mi parecer no es imposible explicar la presencia de los roda-
dos en los puntos más altos de la región por medio de la acción
fluvial. Pero si nos figuramos que la región haya sido cubierta por
un mar playo, la presencia de los rodados en los puntos más altos
se explica fácilmente, como lo demostraré cuando me ocupe de
la geología especial de San Blas.
Por fin tengo que mencionar que muy a menudo se hallan es-
tratos de yeso intercalados entre los rodados y la arenisca, los que
igualmente como la caliza, de la que hablé anteriormente (véase
página 15), no se pueden explicar sino como procedentes de
una transgresión marina.
Todo lo antedicho no excluye que después de la transgresión
marina los rodados hayan sido removidos y redepositados en pe-
queña escala por corrientes fluviales; pero esta acción fluvial
está limitada solamente a las cercanías del río y a algunas de-
presiones, donde se han formado pequeños valles laterales.
No puedo discutir sobre la extensión que alcanzó la trans-
gresión hacia el interior, por no conocer más que la región de
la costa. Basado en las observaciones que he hecho, me limito
por el momento a fijar la altura que ha alcanzado el mar, de
cincuenta hasta sesenta metros sobre el nivel actual. Aceptada
esta altura como mínimum, hay que admitir también que los
rodados patagónicos que se encuentran en el partido de Pa-
tagones sean todos de origen marino. Sería de gran valor cien-
tífico hacer una investigación sobre la extensión que tuvo esta
transgresión hacia el interior y fijar el límite donde empiezan
los depósitos fluvioglaciales; este estudio aclararía mucho las
cuestiones hidrogeológicas de la Patagonia.
Si se hiciese una comparación entre los fenómenos glaciales
que en el hemisferio norte se han estudiado muy detallada-
mente, y los fenómenos de transgresión y regresión en nuestra
región, sería quizá posible establecer alguna relación entre am-
bos. En cierto modo la transgresión y las diferentes fases de regre-
sión son comparables al avance y retroceso de las grandes gla-
ciaciones.
En los detenidos estudios que he practicado en la región de
Patagones, he podido constatar en un espacio de terreno re-
lativamente pequeño cinco distintos estadios de regresión,
que son los siguientes, principiando con el más antiguo:
— 39
I. Estadio: Rodados sobre las mesetas en una altura de
más de 15 metros sobre el nivel actual del mar.
Fósiles marinos y muy raros fragmentos de rocas
provenientes de las barrancas terciarias.
II. Estadio: Rodados cerca de la costa en una altura en-
tre 8 y 15 metros sobre el nivel actual del mar.
Fósiles marinos y abundantes fragmentos de are-
niscas de las barrancas terciarias.
Antiguas costas
destruidas por la
erosión.
III. Estadio: Depósitos y bancos de rodados o brechas
en capas compactas cerca de la costa. Fósiles y
fragmentos de arenisca en abundancia. Estratos
depositados en discordancia sóbrelas areniscas in-
feriores. Altura 8 metros sobre el nivel del mar
actual.
IV. Estadio: Depósitos de arena, pedregullo y brechas
ile arenisca terciaria, formadas de fragmentos en
acumulación muy suelta, situados en la costa y co-
rrespondientes a un nivel de mar 2 metros mayor
que ahora.
Antiguas costas
bien distinguibles.
V. Estadio: Aluviones actuales del mar.
La subdivisión de los sedimentos sueltos cuaternarios puede
hacerse únicamente según las relaciones estratigráficas que
presentan entre sí, por pertenecer los fósiles marinos que se
encuentran en los depósitos a especies de moluscos que viven en
la actualidad.
Coloco en la época aluvial o al holoccno, el IV" y el Vo de
estos cinco estadios, y los tres restantes en la época diluvial,
por las razones que expondré en la parte de este estudio que
trata de la geología especial de la Península de San Blas.
Observaciones sobre vestigios de antiguas costas se han he-
cho ya hace mucho tiempo en las costas de la parte sur deí
continente sudamericano.
Darwin (2) fué el primero que encontró fósiles marinos idén-
ticos a los actuales en una altura de cuatrocientos diez pies
(ciento cuarenta metros más o menos) sobre el nivel del mar,
a una distancia bastante grande del mismo, y dedujo de estos
hechos, que había observado en varios puntos, un levantamien-
to continental muy reciente de la Patagonia.
También D’Orbigny (1) ha visto antiguas líneas de costas
en San Blas. De sus observaciones nos ocuparemos más ade-
lante.
40
Agassiz (*) y luego Hatcher (**) creen que las lagunas salí-
feras sean relictos marinos.
Los últimos autores que se han ocupado de este fenómeno,
O. Nordenskjóld (***) y Thore G. Halle (****), han llegado
a otras conclusiones, pero los dos han hecho sus observaciones
en regiones más al sur.
Nordenskjóld ha constatado en una altura de cincuenta y
cinco metros sobre el nivel del mar líneas bien visibles de una
antigua costa, y admite un cambio de nivel de sesenta metros
como máximum. Combate la opinión de Darwin y de Agassiz,
los que dedujeron, basados en sus hallazgos de conchillas ma-
rinas en una altura de cuatrocientos diez pies, un cambio de
nivel del mar, y cree que los fósiles marinos encontrados por
Darwin hayan sido llevados a estos lugares por los vientos o
por las aves. En cuanto al hecho de haber encontrado Agassiz
moluscos marinos vivos en una laguna salobre situada de cien
a ciento cincuenta metros sobre el nivel del mar, opina Nor-
denskjóld, que éstos hayan sido llevados probablemente a ella
por los indios. Su opinión es que los cambios de nivel no hayan
alcanzado más que una altura aproximada de sesenta metros,
los que se deben a un alzamiento continental postglacial, y
que aún en la actualidad se puede constatar un ligero levanta-
miento del continente.
Yo, por mi parte, creo que la opinión de Darwin se debe to-
mar seriamente en cuenta, pues he podido comprobar siempre
que este célebre sabio inglés ha procedido en todas sus con-
clusiones con una escrupulosidad extraordinaria y poco común.
Estoy seguro de que Darwin se ha basado en observaciones evi-
dentes, de que los fósiles hayan sido traídos por el mar y no
por los vientos o las aves, es decir, que proceden de una trans-
gresión marina más extensa de la que admite Nordenskjóld,
pues aquel sabio manifiesta terminantemente que no es verosímil
(*) « Nature » VI. ( 1872).
(**) «Am. Jouni. of Science» Sept. 1897. número 21.
(***) Nordenskjóld Orro. Über die posttertiarcn Ablagerungen der Magel-
lansldnder nebst einer kurzcn Übersicht ihrer tertiaren Gcbilde. Svenska Exp.
til) Magellanslánderna tom. I. N° 2. Stockholm 1898.
(****) Oh quaternciry deposits and changos of lev el in Pata ironía and Tierra
del Fuego, by Thore G. Halle en «Bull. üeol. Inst. Univ. Upsala», tom. IX.
pág. 93-117. 1908-1909. Upsala 1910.
41
que las conohillas encontradas por él hayan sido transportadas
a estos lugares por otros medios que por el mar.
El señor Thore G. Halle, quien hizo sus investigaciones prin-
cipalmente en los territorios de Magallanes, ha observado, en
muchísimos puntos, líneas de antiguas costas que indican una
elevación del nivel del mar de cincuenta metros como má-
ximum.
Confrontando mis observaciones con las de Nordenskjóld y
Halle, es posible 'que los depósitos del estadio In de mi subdi-
visión correspondan a las líneas de antiguas costas constata-
das por ellos más al sur; al menos la diferencia que dichos au-
tores han observado entre el nivel del mar actual y las anti-
guas líneas de costa, coincide más o menos con la altura de la
transgresión marina durante el estadio I", que provisoriamente
acepto como máximum.
Pero también podría aducirse que los niveles que ellos men-
cionan, correspondan al estadio IIIo de mi subdivisión, el que
está caracterizado igualmente por líneas de antiguas costas
bien distinguibles. Esta hipótesis es aún más admisible, toman-
do en cuenta que en las regiones más al sur la acción de la
erosión debe ser mayor que en la región seca del norte, es de-
cir, que en el mismo espacio de tiempo líneas antiguas de una
costa deberían haber sido destruidas más rápidamente en el
sur que en el norte, y no al revés.
En este caso, los depósitos que coloco en el Io y IIo estadio
de mi subdivisión, corresponderían a los depósitos marinos
de las mesetas que han observado Darwin y Agassiz.
Todos estos autores deducen de sus observaciones una ele-
vación del continente posterciaria, y con esta hipótesis queda
perfectamente explicada la diferencia de la altura de las an-
tiguas costas en las regiones donde las han hecho y las mismas
que he estudiado en la península de San Blas.
Por razones cuya explicación me llevaría demasiado lejos,
me inclino, sin embargo, más a la opinión de que el fenómeno
de la transgresión y regresión no sea debido a un movimiento
de la tierra firme, sino a un cambio del nivel del mar. La ma-
yor amplitud de la transgresión hacia el sur en un mismo pe-
ríodo, es decir, el fenómeno de que en un mismo estadio el
mar alcanzaba una altura mayor en el sur de la Patagonia que
en el norte, se puede atribuir tal vez a mayores acumulacio-
nes de agua hacia los polos durante la época glacial. 'Esta hi-
*12
pótesis ha sido establecida primeramente por Penck (*) ; pero
luego fué impugnada por Drygalsky (**) y Hergesell (***) ;
mas bien puede ser que el hecho de que las mareas aumentan
mucho a medida que avanzamos hacia el sur hasta alcanzar una
diferencia de más de doce metros en Río Gallegos, esté rela-
cionado con este fenómeno.
Volviendo a nuestra subdivisión de los depósitos sueltos, se
ve de las condiciones estratigráficas que presentan, que durante
el primer estadio toda esta región estuvo cubierta por el mar y
que se depositaron en ese tiempo los rodados más antiguos que
se encuentran en las mesetas.
Durante el período de regresión, cuando se retiró el mar al
nivel que ocupó en el estadio II", se formaron los salitrales y
las salinas del interior, los que en esa época representaban
probablemente el mismo aspecto como actualmente las lagunas
detrás de la península de San Blas.
Durante el estadio IIo, la tierra firme avanzaba más hacia
la costa de este tiempo. Se depositaron los rodados, los que
difieren de los anteriormente tratados, por la gran cantidad
de conchillas marinas que contienen, y asimismo de los del
estadio IIIo, por la falta de antiguas líneas de costa. Las sali-
nas y los salitrales, que se formaron durante el estadio pri-
mero, quedaron cortados completamente del mar, por haberse
éste retirado al nivel del estadio IIo. Una de aquéllas, por ejem-
plo, es la Salina de Piedras.
Más cerca de la actual costa empezaron a formarse nuevas
salinas, como la del Inglés, etc. El valle del Río Negro, en su
curso inferior, donde actualmente está situado el pueblo de Vied-
ma, formó un estuario.
Los dos estadios siguientes se caracterizan por sus líneas de
antiguas costas bien conservadas, las que constaté por primera
vez en las cercanías de San Blas, habiéndolas observado ya
D’Orbigny. En mi último viaje a Patagones pude constatar
terrazas fluviales correspondientes a estas antiguas costas,
(*) Penck A. Schwankungen des Aleeresspiegels, en « Jalirbuch der Geogra-
pliiscíien Gesellscliaft zu Muenclien , íom. VII. 1882 y tiraje aparte.
(**) Drygalsky Erich von. Die Geoiddef'onnationen der Eiszeit. En «Zeit-
sclirift der Gesellscliaft fiir Erdkunde zu Berlín», tom. XXII. 3 ft 4 y tiraje
aparte. 1887.
(■***) I li RiíESi i i II. Úber die Aendcnmg der (.ileicligcwicldsjiiiehen der i.rde-
durch die üildung polarer Eismassen and die dtidureh vemrsaehten Schwiinkun
gen des Meeresniveaux. Inaugural Dissertation. Stuttgart 1887.
43
y me pareció que mirando de lejos se destacaban en la barranca
del río líneas horizontales, las que corresponderían al nivel más
alto del estuario durante los estadios anteriores. Pero sobre
esta cuestión hay que hacer observaciones más exactas.
Las terrazas de los estadios IIIo y IVo se destacan claramente
y no dejan duda de su origen, siendo muy bien desarrolladas
en una distancia de tres leguas más o menos de Carmen de
Patagones río arriba. En las fotografías lámina V, figuras 2
y 3 y lámina VI, figura 1, se las distingue con bastante nitidez,
viéndoselas mejor en la lámina V, figura 2, en cuya sobrelá-
mina están señaladas. El escalón más abajo pertenece al es-
tadio actual o Vo, y muestra la línea máxima que alcanza la
erosión de las crecientes actuales. El escalón del estadio IV,
que sigue, tiene una altura aproximada de un metro y cincuenta
centímetros sobre el nivel del río y corresponde a los terre-
nos marinos mencionados en el cuadro de los diferentes es-
tadios. El de más arriba, perteneciente al estadio IIIo, también se
destaca claramente y está situado en una altura de ocho hasta
diez metros sobre el nivel mediano del río, correspondiendo
evidentemente a los depósitos costaneros caracterizados por
las líneas de antiguas costas bien definidas.
Otro cordón saliente, que se nota a mitad de la barranca,
designado en la sobrelámina con una (?), tal vez corresponda
al estadio IIo.
Durante el estadio IIo el valle inferior del Río Negro for-
maba, como ya he mencionado, un gran estuario, que existía
todavía en el estadio IIIo, pero de menor extensión. La zona
de agua salobre se encontraba entonces más cerca de la costa
actual, como lo demuestran los depósitos de la terraza co-
rrespondiente a este estadio. En las vistas lámina VI, figura 1
y lámina V, figura 3, las terrazas no son tan bien visibles como
en la fotografía lámina V, figura 2; pero siguiendo las lincas
en las sobreláminas, los dos escalones se pueden reconocer fá-
cilmente. Aquellas vistas son tomadas cerca del punto que repre-
senta la fotografía lámina V, figura 2, pero un poco más hacia
el pueblo de Carmen de Patagones. En esta parte la barranca
es muy interesante, porque la naturaleza de los sedimentos
depositados en los dos escalones de los estadios IIIo y IVo de-
muestra claramente su origen fluvial; quiere decir, que durante
el estadio IIIo, en esta parte del estuario la acción acumula-
dora del río prevalecía ya sobre la del mar.
44
Tanto los depósitos del escalón del estadio IIIo, como los del
IVo, se componen de una arena humosa mezclada con roda-
dos aislados de pequeño tamaño. En los estratos del escalón
del estadio IVo se encuentran, además, válvulas de Unió en
gran cantidad. Durante el estadio IVo, la parte inferior del Río
Negro ya no formaba más un estuario, sino un delta con va-
rios brazos, que corrieron en el lecho del antiguo estuario;
las lagunas que existen en el lado sur, son los últimos vesti-
gios de ese tiempo.
Réstame decir unas palabras respecto a los depósitos de ro-
dados que se encuentran en el lecho del Río Negro y en el valle,
los que ya he mencionado anteriormente al tratar de los estra-
tos de la región según su composición petrográfica. Se podría
suponer que éstos fuesen de origen fluvial, por la situación
en que se hallan; pero lo que acabo de exponer de las condi-
ciones que presentaba el valle inferior durante los estadios pa-
sados, hablan más bien en favor de un origen marino. Es muy
posible que los bancos que se hallan dentro del cauce del río
sean marinos y que fueron descubiertos por sus corrientes.
Mi opinión se funda principalmente en los datos sobre la velo-
cidad de la corriente del Río Negro, publicados por el ingeniero
Carlos Wauters (*), que son los únicos que conozco basados en
observaciones exactas. Estas se practicaron en un punto del Río
Negro llamado Primera Angostura, situado a una distancia más o
menos de quince kilómetros de Pringles, río arriba. Allí todas las
aguas del río corren en un solo brazo. Las observaciones se hicie-
ron con toda precaución en un mismo perfil durante varios días
correspondientes a diferentes alturas del río. La velocidad mayor
de la corriente se ha observado el día 14 de Mayo de 1906, cuando
ya había empezado la creciente de otoño, y era: 1,727 m/seg. en
medio del rio a 0,10 metros bajo la superficie, y de 1,026 m/seg.
a 0,20 metros sobre el fondo. Cuando la crecida aumentó, no se
continuaron las medidas, así que no conocemos en este paraje el
máximum de su velocidad.
De los datos mencionados nos interesan solamente los que
se refieren a la velocidad cerca del fondo del río. Según Heiin
(*) Wauters Carlos. Aprovechamiento délas aguas del Río Negro en el Par-
tido de Patagones. La Plata, 190S.
45
la fuerza motriz del agua corriente sobre rodados, es la si-
guiente:
Rodados de 0,8 ctms. de diámetro
» » 1 ,0 ctms. » »
» » 1,5 ctms. » »
» » 2,7 ctms. » »
» » 0,0 ctms. » »
» » 8,0 ctms. » »
se mueven
» »
» »
» »
» »
» »
a
»
»
una velocidad de 0,748 m s
» » » 0,897 m s
» » » 0,923 m/s
» » 1,123 m/s
» » 1,589 m s
» » » 1,S00 m/s
Comparando los resultados publicados por Heim con la ma-
yor velocidad medida en el fondo del Río Negro, se ve que esta
corriente no puede mover rodados de mayor tamaño de dos
centímetros de diámetro. Es verdad que durante crecidas ex-
traordinarias la corriente puede alcanzar mayor velocidad. Pero
hay que tomar en cuenta que la cota 1,026 m/seg. medida du-
rante el día 14 de Mayo de 1906, es la máxima que se ha obser-
vado en todo el perfil y en una parte de su extensión muy li-
mitada, siendo el promedio de la velocidad en el fondo del río
mucho menor. Por otra parte, tenemos que considerar que la
mensura se ha hecho en un paraje donde el río corre con mayor
rapidez debido a la angostura de su lecho.
Además hay que tener en cuenta que los bancos en cuestión
en frente de Carmen de Patagones, en los cuales se encuentran
rodados hasta de un diámetro de ocho a diez centímetros, se
hallan en un punto donde el río tiene mucha mayor anchura y,
por lo tanto, la corriente menor velocidad.
Por todas estas razones considero que estos bancos de ro-
dados no han sido acarreados por el río en su estado actual,
sino que fueron depositados por el mar, cuando esta región
era aún un estuario.
Mi afirmación de que el río no tiene suficiente fuerza para
arrastrar los rodados de mayor tamaño hasta su desemboca-
dura, se basa solamente en observaciones hidrográficas hechas
durante un tiempo muy corto, las que deberían ser ampliadas
mucho más para resolver en definitiva este problema.
Con estas explicaciones creo haber demostrado que una gran
parte de los rodados patagónicos no son de origen fluviogla-
cial, como opinan los geólogos en general, sino marino, debido
a una transgresión, que empezó después de la época continen-
tal en el último tiempo terciario, y a la regresión que siguió a
este avance del mar.
46 —
Pero fuera de estos depósitos de origen marino, formados
por los rodados, las salinas y los salitrales, existe en la región
que nos ocupa una capa superficial de arena de origen cólico.
Esta capa cólica se formó durante todo el tiempo de la regre-
sión y continúa formándose aún en la actualidad a medida
que el mar retrocede. Las capas más antiguas de las mesetas
se distinguen de las más recientes, que se hallan cerca de la
costa, por una descomposición de mayor intensidad, y por esto
tienen un aspecto parecido al loess. Las arenas modernas son
por lo general de grano grueso. Las formaciones más recientes
de origen eclico son los médanos de la costa, que corresponden
al estadio actual o Vo.
Para terminar con esta parte de mi informe doy un breve
resumen del desarrollo geológico de la región, el que está re-
presentado en una forma concisa y sinóptica en el cuadro de
la relación estratigráfica de los distintos horizontes en la pá-
gina 48.
RESUMEN
A la transgresión entrerriana, como la denomina Roth, al
mioceno o posiblemente al plioceno inferior, en la que nues-
tra región se hallaba cubierta por un mar de poca profundidad,
siguió en el plioceno una regresión general. Los territorios del
Río Negro inferior formaron entonces un paisaje ondulado de
médanos y en él un sistema de ríos precursor al del Río Negro.
Ese río corrió en varios brazos, que muchas veces cambiaron
sus cursos, lo que se ve por la dirección que llevan las depre-
siones en esta región, las que corresponden a antiguos cauces
del río de aquella época. El continente tenía al fin del plio-
ceno mayor extensión hacia el oriente que en los tiempos pre-
sentes. No puedo afirmar si esta regresión abarcaba toda la
Patagonia o si se extendía solamente sobre la parte norte del
territorio patagónico. En este caso, estratos superiores de la
formación de los Fairweatherbeds forman tal vez el equiva-
lente marino de las areniscas de estratificación transversal del
Río Negro.
A la regresión pliocénica siguió nuevamente una transgre-
sión marina en la época cuaternaria. Ignoro hasta dónde llegó
este avance marino hacia el interior. Por varias razones, que
aquí no puedo exponer, me inclinaría a creer que éste llegaba
47 —
hasta la Cordillera; pero geólogos que han estudiado los ro-
dados tehuelches de la Patagonia interior afirman categórica-
mente que son de origen fluvioglacial (*).
Por ahora tengo que limitarme a afirmar que esta trans-
gresión ha alcanzado -en nuestra región por lo menos una ex-
tensión tal, que cubrió todo el territorio hasta una altura de
cincuenta o sesenta metros sobre el actual nivel del mar.
A fines de la época glacial tenemos una nueva regresión del
mar. En las depresiones del tiempo terciario quedaron como
«relictos» o se formaron los salitrales y salinas. En las mesetas
y en la región de la costa quedaron los rodados. En las prime-
ras forman una capa uniforme, y en la costa bancos de consi-
derable espesor. Estos últimos presentan las líneas de anti-
guas costas -e indican así los diferentes estadios de la regresión.
En parte están colocados en discordancia sobre las areniscas
terciarias.
Durante toda la regresión se depositaron, a medida que re-
trocedió el mar, estratos eólicos, que forman actualmente las
capas superiores de la región del partido de Patagones. Por
las condiciones que presentan las capas, que se depositaron
durante el retroceso del mar, se puede ver que éste se efec-
tuaba a veces gradualmente y otras repentinamente. La regre-
sión continúa aún en la actualidad, y por lo tanto se puede
decir que el continente crece lentamente en esta región.
(*) El Dr. Santiago Rotii, en su publicación: La construcción de un canal de
Bahía Blanca a las provincias andinas, etc., en la página 176 de la «Revista del
Museo de La Plata», tomo XVI. (2-1 serie, tomo III) trata detenidamente de este
problema.
RELACIÓN ESTR ATI GRÁFICA DE LA REGIÓN DEL RÍO NEGRO INFERIOR
DEPÓSITOS MARINOS
DEPÓSITOS 1 EKKESTRLS
Médanos móviles y
fijos.
Terrenos del delta
del Rio Negro. Es-
calón inferior de
las terrazas latera-
les del valle del río.
Segunda terraza
del valle del Río
Negro tres leguas
aguas arriba de
Carmen de Patago-
nes. (Desemboca-
dura del río en el
estuario de este es-
tadio)?.
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PARTE II
Geología especial de la península de San Blas
CAPÍTULO I
CORRELACIÓN ESTRATIGRÁFICA DE LOS DEPÓSITOS DE SAN BLAS
CON LAS FORMACIONES DE LAS COMARCAS VECINAS
El único geólogo que anteriormente ha practicado estudios
en el terreno mismo de San Blas, fué D’Orbigny, quien durante
su gran viaje de exploración a la América del Sur permaneció
por algún tiempo en este lugar. En su obra, que contiene el
resultado de este viaje (1), dedica algunas páginas a la geo-
logía de esta costa. Después de hablar sobre el origen de las
islas Larga, de Gama y del Hambre, que considera formadas por
aluviones modernos marinos, se ocupa de los depósitos de San
Blas y sus alrededores, paralelizando los rodados que allí se en-
cuentran, con los que cubren todo el suelo de la Patagonia. El ya
se daba cuenta de la existencia de antiguas costas. En un punto
que llama el Riacho del Inglés, y el que posiblemente es el Arroyo
de Wálker, había encontrado un banco con moluscos marinos sobre
las areniscas terciarias, a una distancia de una legua del mar y
en un paraje de medio metro arriba de su nivel, que alcanzan las
mareas equinocciales. Este banco, que se compone de especies
idénticas a las actuales, se halla en su posición natural, lo que
llamó especialmente su atención. De la presencia de estos fósiles,
deduce que el continente ha sufrido una elevación al menos de
diez metros sobre el nivel actual del mar después de haber apa-
recido la fauna actual (*). En los alrededores de este lugar hasta
una estancia, llamada de los Jabalís, encontró muchísimos frag-
mentos de conchillas, y ha podido distinguir una antigua costa
situada cinco a seis metros más alta que el banco mencionado.
Todos estos depósitos los atribuye a la época actual, parale-
(*) D’Orbigny fué uno de los autores que han sostenido siempre la teoría
de los grandes cataclismos.
4
50
lizán dolos con los terrenos de Bahía Blanca, en los cuales
Darwin encontró fósiles idénticos a los actuales, y con los
bancos de conchillas de Montevideo y San Pedro.
Es deplorable que los parajes en que D’Orbigny hizo sus
observaciones no puedan ser identificados. Hoy no se conoce
ninguna estancia de nombre de los Jabalís, ni un Riacho del
Inglés. Las indicaciones de las alturas tampoco corresponden a
las actuales. Por ejemplo: habla de una diferencia de ocho metros
entre las mareas más altas y más bajas, cuando actualmente esa
diferencia no pasa de cuatro y medio metros como máximum.
Desde que D’Orbigny practicó estudios en esta región, han trans-
currido unos ochenta años; y como la costa se encuentra en es-
tado de regresión, sería de gran importancia si se pudiera esta-
blecer con exactitud, cuánto ha crecido el continente en el trans-
curso de este tiempo y qué modificaciones se han producido en
la costa. De la descripción de D’Orbigny, por ejemplo, casi se
podría deducir, que el mar haya llegado en aquel tiempo hasta
el mismo pie de la Barranca del Norte, situada a unas tres le-
guas al norte de la desembocadura del Río Negro. Hoy esta ba-
rranca se encuentra de doscientos a trescientos metros distante
de la orilla del mar y está cubierta parcialmente de médanos
movedizos; pero los datos que suministra D’Orbigny, son algo
vagos, y nada concreto se puede decir al respecto. En adelante
no sucederá lo mismo; hemos dejado señales bien determinadas,
que servirán de puntos de partida para los estudios futuros; ade-
más se podrán establecer los cambios que se producen en la costa,
por las numerosas fotografías tomadas en esta región.
Por las razones mencionadas puede decirse solamente que
D’Orbigny ya reconoció que en la región de San Blas se des-
arrollaron fenómenos que causaron cambios en las relacio-
nes entre el nivel del mar y la tierra firme en épocas poster-
ciarias, los que él atribuye a un levantamiento del continente.
Doering menciona también los depósitos de la península de
San Blas (3), pero sin haberlos visto.
El divide la época posterciaria en los pisos siguientes:
V. Piso pampeano lacustre (preglacial).
VI. Piso tehuelche (glacial), cantos rodados y conglome-
rados de la meseta patagónica.
Vil. Piso querandino (diluvial).
VIII. Piso platense (diluvial superior).
51
Los depósitos marinos de San Blas los pone junto con los de
San Nicolás, Belgrano, Mar Chiquita, etc., en el piso querandino.
Hay que tener presente, que los conocimientos que poseemos
hoy de los grandes fenómenos de la época glacial, los debemos
en su gran parte a investigaciones científicas posteriores al
trabajo del señor Doering. Sin embargo, es importante que este
geólogo ya ha reconocido, que a un período continental de
terciario superior siguió una transgresión pleistocena (véase
página 440 de la citada obra) y que — como dice el autor en
la misma página — -en la época actual presenciamos un retro-
ceso oceánico, es decir, un avance gradual e insensible de la
tierra firme hacia la región atlántica.
Florentino Ameghino y muchos otros como Stelzner, Bur-
meister, Heusser y Claraz, etc., se ocupan de los depósitos ma-
rinos cuaternarios en la costa atlántica de la provincia de Bue-
nos Aires. El primero pone también todos estos bancos en el
piso querandino, pero los considera sincrónicos con los depó-
sitos del piso píntense, dándoles una edad cuaternaria. (Ame-
ghino en sus subdivisiones separa los aluviones del cuaterna-
rio designándolos recientes). Stelzner y Burmeister, quienes
consideran la formación pampeana de edad diluvial, afirman
que los depósitos marinos de la costa atlántica deben su origen
a un levantamiento continental. Pero como estos autores no
se ocupan mayormente de San Blas, creo que no es necesario tra-
tar más detalladamente en este informe los trabajos respec-
tivos.
En la primera parte de mi informe he dado una descripción
general de las condiciones geológicas del terreno litoral en
la región del Río Negro inferior, del que San Blas forma parte.
Para formarse un juicio exacto en todos sus detalles de las for-
maciones que existen en esta península, hay que establecer la
correlación estratigráfica entre éstas y las de los terrenos ve-
cinos.
Por eso me pareció necesario levantar, además del plano
geológico detallado de la faja litoral de la península de San
Blas, el mapa correspondiente de sus alrededores. Comparando
estos dos planos entre sí y los perfiles transversales que he
trazado, las relaciones entre los terrenos de San Blas y los de
la región inferior del Río Negro, son bien visibles. Para la me-
jor comprensión de los planos, sirven las siguientes explica-
ciones:
52
En los dos planos los colores para terrenos geológicos de la
misma edad o procedencia son iguales. Para la representación
cartográfica de los diferentes terrenos en el mapa, procedí de
la manera siguiente: El color de fondo indica una cierta época
geológica; así el amarillo anaranjado significa el mioceno su-
perior o plioceno inferior; el amarillo fuerte, el plioceno supe-
rior; el cuaternario inferior o el diluvio, está indicado por un
color siena muy claro; el cuaternario superior o el aluvio por
un gris azulado igualmente muy claro. Las subdivisiones de estas
épocas geológicas, sea según la edad o sea según las fases, se
conocen por un rayado o sombreado en diferentes colores o
direcciones.
Como en el mioceno superior o plioceno inferior, al que co-
rresponde el piso entrerriano, y en el plioceno superior, al que
equivale el piso ríonegrense, no existen subdivisiones, sus res-
pectivos colores no necesitan sobreimpresión. Los depósitos
diluvianos, en cuanto se encuentran en nuestra región, están
subdivididos en tres estadios, pero de éstos solamente el úl-
timo se encuentra en la faja litoral representada en el plano
especial de San Blas. Como no tuve tiempo suficiente para un
levantamiento detallado de los alrededores de la península, los
tres estadios de los depósitos diluvianos no están marcados se-
paradamente en el respectivo plano. Los diferentes rayados sig-
nifican en este caso las dos diferentes fases; uno representa
los depósitos marinos de los estadios I", II" y III", y el otro la
capa eólica superior. En cambio las subdivisiones de los alu-
viones, es decir, los estadios IV" y V", están marcados separa-
damente. Además creí conveniente representar también, por un
rayado especial, los depósitos eólicos de esta época, que son las
dunas móviles y fijas.
Por fin existen en los planos otras sobreimpresiones de sig-
nos convencionales. Estos no tienen, por lo general, nada que
ver con la condición geológica del terreno propiamente dicho.
Representan únicamente las diferencias de la composición del
suelo independientemente de sus relaciones estratigráficas,
salvo en casos especiales. Sucede a menudo, que una formación
geológica indicada en el plano con el color respectivo, se halla
cubierta parcialmente por otra formación más nueva de ex-
tensiones tan pequeñas, que la escala del plano no permite re-
presentarlas con su color correspondiente. Por ejemplo, las ba-
rrancas de arenisca del piso ríonegrense, indicadas en el plano
— 53
con color amarillo, están cubiertas parcialmente de rodados
sueltos, los cuales son de edad diluviana. Estos están indicados
sobre el fondo amarillo del piso ríonegrense con sus signos y
el color que corresponde a depósitos diluvianos. Otro caso es
el siguiente: los estratos del estadio IVo, en la parte este de
San Blas, son formados por rodados mezclados con arena de
origen marino. Por consiguiente, se representan en el plano por
sus signos convencionales de color azul. Muchas veces estos es-
tratos se hallan cubiertos por grandes médanos; entonces des-
aparecen el rayado y los signos azules, y se substituyen por el
rayado y los signos verdes, pertinentes a los médanos. Pero a
veces los estratos marinos del estadio IVo quedan cubiertos
solamente por pequeñas acumulaciones aisladas de arena de
dunas; en este caso los terrenos del estadio IVo no llevan úni-
camente los signos azules convencionales, sino también pun-
tos de color verde, que indican las acumulaciones cólicas. El
suelo de una gran parte de San Blas está formado por bancos
de rodados pertenecientes al estadio IIIo y representados en
el plano con sus colores y signos correspondientes. Pero en la
superficie, la arena mezclada con los rodados se transformó
en parte en tierra vegetal, proceso que se ha verificado en
tiempo más moderno. Por eso el signo (H), que representa el
humus, lleva color verde, mientras que los signos que repre-
sentan la arena y los rodados, llevan color marrón, que les co-
rresponde como depósito perteneciente al estadio IIIo.
Hablando de los signos convencionales tengo que mencionar,
por fin, que indican también la proporción en que se hallan
los diferentes componentes de un depósito, lo que se puede ver,
por ejemplo, comparando los depósitos de pedregullo del esta-
dio IIIo, en los cuales prevalecen los cantos, con los del esta-
dio IVo, que llevan mayor cantidad de arena que los del IIIo.
En el distrito representado por el plano de los alrededores
de San Blas, las areniscas inferiores terciarias pertenecientes
al piso entrerriano, afloran solamente en pocos lugares, como
por ejemplo, al sur de Punta Rubia Falsa, en el Salitral Gran-
de, y en la costa de la península de San Blas al oeste de la es-
tancia de Mulhall.
Las areniscas de estratificación transversal del piso ríone-
grense forman las barrancas de casi todas las depresiones,
como, por ejemplo, las del Salitral Grande (las que se ven tam-
bién en la fotografía lámina XV, figura 2) del Arroyo Barran-
54
coso, etc., etc. Estas areniscas forman en las mesetas la base
de los estratos marinos diluvianos de los estadios I" y IIo, que
la cubren por completo. Los depósitos marinos del estadio 111°
están colocados directamente sobre las areniscas inferiores
con una discordancia bien visible (véanse los perfiles). La capa
eólica de las mesetas correspondiente a los estadios 1° has-
ta el IVo, es la que cubre la mayor parte de la superficie de la
región, mientras los depósitos eólicos modernos de los méda-
nos quedan limitados a la región litoral.
El plano especial que representa la faja costanera de la pe-
nínsula de San Blas, demuestra que allá se encuentran sola-
mente formaciones de los estadios III" hasta el V". Lo mismo
se puede decir de toda la península, salvo un solo punto, como
ya lo he mencionado, en donde existe un pequeño afloramiento
de las areniscas del piso paranense.
Al otro lado del Arroyo del Jabalí, empero, se hallan roda-
dos del estadio 11°, colocados directamente sobre las areniscas
del piso ríonegrense, que en estos lugares tiene poca poten-
cia a causa de la acción erosiva del mar antes que éste depositó
los rodados. Más hacia el interior la arenisca aumenta de es-
pesor paulatinamente, y los rodados del estadio II" son reem-
plazados por los del estadio I" sin transición notable. En el
mismo sentido crece también el espesor de la capa cólica.
CAPÍTULO 11
ESTRATIGRAFÍA DE LA PENÍNSULA DE SAN ULAS
Los sedimentos que forman la península de San Blas y que
se componen únicamente de depósitos de los estadios ÍII", IV"
y Vo, se hallan directamente sobrepuestos en discordancia a la
arenisca del piso paranense, como lo demuestra el perfil nu-
mero 3. En la descripción anterior he tratado primeramente
los terrenos más antiguos para terminar con los más modernos.
En esta parte procederé, por diversas razones, en sentido inver-
so; es decir, empezaré con los depósitos más modernos para
terminar con los del estadio IIIo.
EL ESTADIO Y‘> O LOS ALUVIONES MODERNOS
Estos se dividen en depósitos eólicos y marinos. Me ocuparé
primeramente de los últimos.
55
Estos son formados del material que acarrea el mar en su
cambio cotidiano del flujo y reflujo y durante las mareas equi-
nocciales. La diferencia entre las mareas bajas y más altas es,
según las observaciones hechas por la Subprefectura del puer-
to, como también por el señor ingeniero A. Reinmann y por las
mías, tres metros y sesenta centímetros aproximadamente. El
señor ingeniero Reinmann ha tomado como cota 0 de su plano
el nivel de la marea baja (*), así que el nivel de las mareas
más altas correspondería a la curva ideal de tres metros y se-
senta centímetros. Esta coincide con el límite hacia tierra aden-
tro de los aluviones más modernos, los que rodean toda la pe-
nínsula en forma de una faja, que varía en su ancho, según el
lugar y la configuración de la costa.
<Por las distancias entre las curvas de nivel se puede ver el
carácter de la costa; en la parte más al oeste, por ejemplo, es
muy playa. En la costa sud, donde linda con el Arroyo Jabalí,
las curvas se aproximan una a otra. Aquí la costa forma una
barranca bastante inclinada en casi toda su extensión, la que
está representada en el plano especial. En frente de la fábrica
de sal la costa se transforma otra vez en una playa ; la barranca,
que antes formaba la costa, se dirige hacia tierra adentro, for-
mando una antigua costa de un estadio anterior, a la cual las
mareas ya no llegan más.
Siguiendo la costa de la península por el lado nordeste, ob-
servamos que ésta forma también una barranca. Al principio
es muy poco más elevada que la línea que alcanza la marea alta.
Pero gradualmente se eleva hasta formar una barranca casi a
pique de seis metros y más de altura. Representan esta parte
de la barranca las fotografías lámina XV 1 1 1 , figura 2 y lámi-
na XIX. Al norte de la fábrica de sal se nota una ligera dobla-
dura de la costa. Allá la barranca alcanza el máximum de su
altura y vuelve a disminuirse otra vez paulatinamente hasta
llegar a un punto denominado La Caldera. En esta parte de
la costa se sacaron las fotografías lámina XVI 1 1 , figura 1, la
que representa el paraje alrededor de La Caldera, láminas XX,
XXI, XXII y XXIII. Más hacia el sudoeste y sud, el litoral forma
una playa.
Según el carácter de la costa, la faja de los aluviones moder-
(*) Las curvas 0 y 1 metro no están trazadas en el plano. La curva, que co-
rresponde en el mapa al límite de la tierra firme, es la de 2 metros.
56
nos varía mucho en su anchura. Donde la costa forma barranca,
la zona de los depósitos modernos es muy estrecha, mientras que
en las partes donde hay playa, la faja es de un ancho consi-
derable.
Más adelante se verá que la forma de la costa no tiene sola-
mente influencia en la abundancia de los aluviones que se de-
positan en ella, sino también en la composición del material
que arroja el mar.
La acción de sedimentación litoral es efectuada por las mareas
en combinación con el oleaje. El material que se deposita por esa
acción combinada, son rodados, arena y fango ‘limoso («Schlick»).
Los dos primeros forman el fondo del mar, el último está en
parte mezclado con los primeros y en parte suspendido en el
agua del mar. Estos tres elementos son depositados según su
peso: los rodados más puros, donde ¡a costa es barrancosa, es
decir, donde su pendiente es muy inclinada; la arena, sea pura
o mezclada con rodados, preferentemente en las playas, y el
limo fangoso en las lagunas y en los riachos. Esta separación
de los materiales es motivada por la circunstancia siguiente:
En una costa de pendiente rápida, las olas, que arrastran ma-
terial mezclado, al retroceder vuelven a llevar consigo los se-
dimentos livianos, dejando solamente los rodados y los cantos.
Como se ve, la marea efectúa una verdadera separación me-
cánica natural de los aluviones, cuyo resultado es distinto,
según la configuración de la costa. Por esta razón en las la-
gunas y riachuelos protegidos por barreras, los depósitos se
componen casi exclusivamente de limo muy fino, que se pre-
cipitó, debido a que el agua allá es más tranquila. Este pro-
ceso está favorecido aún por la circunstancia que el agua en
aquellas lagunas es más concentrada en sal que en el mar
abierto. Lo contrario resulta en agua blanda, como, por ejem-
plo, en la del Paraná, donde estas materias se conservan en
solución coloidal, por lo que tiene siempre un aspecto turbio.
*
En costas playas el proceso de sedimentación se desarrolla
de otra manera. La corriente del flujo en su avance pierde
mucho de su fuerza y deja, por consiguiente, primeramente
los cantos más gruesos llevando a la orilla la arena mezclada
con guijarros pequeños, fragmentos de conchillas, etc., y al re-
— 57
troceder lleva únicamente las partículas, que se hallan en sus-
pensión, las que se depositan solamente en aguas muy tran-
quilas.
En la parte extrema oeste de San Blas hay una pequeña
península en forma de una lengua, que está formada casi ex-
clusivamente de rodados pertenecientes al estadio Vo, y que
aumenta de una manera rápida. Esta península forma una es-
pecie de malecón natural que defiende el terreno que se halla
atrás contra el fuerte oleaje que viene de enfrente. Por esta
causa se depositan en los lugares amparados por aquel «ma-
lecón» los materiales que el agua lleva en suspensión, formán-
dose capas de arcilla salitrosa de la manera descripta anterior-
mente.
Siguiendo la costa noroeste a una distancia de unos cien me-
tros, hay una punta algo saliente. Desde aquí la faja de los
aluviones recientes es más estrecha y forma un escalón apo-
yado contra los depósitos del estadio IVo. Dichos aluviones se
forman de cantos mezclados con poca arena. El escalón se pue-
de reconocer perfectamente bien en la fotografía lámina XVI 1 1 ,
figura 2, que ha sido tomada durante una marea muy baja. Se
ve que la costa consiste de tres escalones. El superior, desig-
nado con letra A, se compone de depósitos de pedregullo del es-
tadio IVo, los que forman la barranca principal. A éste se apoya
un cordón de rodados modernos, indicado con letra b; el tercero
e inferior escalón, que está solamente a descubierto en tiempo
de marea baja, se compone de arena mezclada con escasos cantos.
En estas condiciones la faja de aluviones modernos continúa
sin cambiar de carácter hasta frente de la fábrica de sal. La
única diferencia consiste en la circunstancia de que a una dis-
tancia de tres kilómetros del punto más al noroeste de la pe-
nínsula, los aluviones se apoyan directamente contra depósitos
del estadio IIIo, los que forman una barranca más elevada que
los del estadio IVo. A una distancia de seis kilómetros del úl-
timo punto los aluviones modernos se hallan otra vez en con-
tacto con los depósitos del estadio IVo, los que forman una pe-
queña barranca. 'Esta disminuye paulatinamente hasta llegar
a la quinta de Mulhall, donde desaparece. Desde aquí la faja de
los aluviones es bastante más ancha y pasa tierra adentro en
transición casi imperceptible a los depósitos del estadio IVo. El ma-
yor desarrollo tienen enfrente de la aduana y de la casa del
señor Rhode. Dicha parte de la costa es representada por la
58
vista lámina XX 1 1 1 . Se puede ver muy bien que hacia el mar los
depósitos forman un cordón de rodados bien definido, el que
se compone de los materiales últimamente arrojados por el
mar. La lámina XXI muestra este cordón visto de frente. El mu-
chacho, quien tiene un metro y cincuenta centímetros aproxi-
madamente, sirve de escala para apreciar la altura y la impor-
tancia del cordón, que continúa en esta forma, algo más estre-
cho, hasta el punto llamado La Caldera. Desde aquí la costa
cambia su aspecto transformándose poco a poco en una playa,
al mismo tiempo que la faja de los aluviones aumenta de an-
cho. Mientras los depósitos se componían antes casi de pedre-
gullo puro, empiezan a mezclarse ahora con la arena hasta
que a una distancia de unos cien metros de la playa parecen for-
mados exclusivamente de arena. Sin embargo contienen una pe-
queña proporción de pedregullo. La causa porque aquí predo-
mina la arena, se debe a la circunstancia arriba explicada, es
decir, a que el reflujo no tiene la fuerza necesaria para hacer una
separación de los materiales gruesos de los más finos. Pero se
puede ver, donde la costa es algo inclinada, que el oleaje efec-
túa una separación de lus elementos más pesados de los más
livianos, acción que se nota por un enriquecimiento de la are-
na con granos de olivina y magnetita. Desde La Caldera ha-
cia el sudeste los aluviones contienen fragmentos de areniscas
algo calcáreas, que deben provenir de una barranca submarina.
La falta de estos fragmentos en los depósitos situados al nord-
este de La Caldera hace suponer que sea debida a la circuns-
tancia de hallarse protegida esta parte de la península de San
Blas por la Isla de Gama, que está enfrente. Por eso el olea-
je es menos fuerte y evita la destrucción de los bancos subma-
rinos de la arenisca, que forman la base de los depósitos más
modernos de la isla.
Esa misma circunstancia nos explica también por qué el
puerto de San Blas conserva siempre su profundidad, mien-
tras que más al norte y al sur la costa es vadosa. Aquí tene-
mos un caso muy singular: la corriente combinada con el olea-
je, en vez de acumular material, activa más bien ¡a acción ero-
siva, en el fondo del mar. Ya he dicho repetidas veces que la
marea y el oleaje acarrean en esta región continuamente sedi-
mentos, aumentando así la tierra firme en la costa. En el puerto
de San Blas, que está protegido por la Isla de Gama, empero,
el acarreo de materiales es inferior a la cantidad que el oleaje
59
arrastra del fondo y deposita en las costas de ambos lados; de
esto resulta que el puerto no solamente conserva su actual
profundidad, sino que ésta más bien aumenta. En la parte de
la península que no está protegida por la isla citada, sucede
lo contrario. La acumulación de materiales es muy grande,
pues donde la corriente y el oleaje tienen libre acceso a la
costa, depositan en la orilla no solamente el material que arras-
tran desde mayores distancias, sino también el que arrancan
de los bancos submarinos.
iEn la costa sur de la península los depósitos de aluviones
son de poca importancia. En los parajes playados se deposita
limo fangoso formándose salitrales, y en las pendientes aumen-
ta poco el material. Los depósitos eólicos contemporáneos al
estadio Vo, consisten en médanos y otras acumulaciones de
arenas, que los vientos llevan al interior de los cordones de
resaca arrojada por el mar a las playas.
Los médanos cerca de la costa son por lo general móviles y
representan los depósitos eólicos más modernos, encontrándose
algunos hacia tierra adentro en estado medio fijo y cubiertos
de una escasa vegetación especial, característica de las dunas.
Estos son más antiguos y me ocuparé de ellos cuando trate del
estadio IVo.
Las dunas existen en grupos, como lo demuestra la fotogra-
fía lámina XI, figura 1, que representa el paraje conocido con el
nombre de Cementerio de Indios, o en forma de cordones.
Las fotografías lámina XI, figuras 3, 4, 5 y G son muy instruc-
tivas, porque hacen ver la estratificación transversal o falsa, que
se observa en la arenisca terciaria del piso ríonegrense. Son to-
madas en el mismo lugar que representa la lámina XI, figura 1, y
allí tuve ocasión de estudiar la manera cómo los vientos forman
esa estratificación tan singular. Las arenas en la superficie
de los médanos están por lo general muy sueltas, así que no
se ve ninguna estratificación; pero en tiempo de lluvia la are-
na se solidifica en forma tal, que se puede caminar sobre las
dunas casi sin dejar huellas. Las lluvias en esta región están
acompañadas casi siempre de vientos fuertes que activan en
forma erosiva en el lado de los médanos, que está frente a la
dirección del viento, mientras que en el lado opuesto deposi-
tan arena. La arena depositada en estado seco, no presenta
estratificación alguna; pero en mojado, se forma una estratifi-
cación paralela a la inclinación del terreno sobre el cual ha
60
sido depositada. En cada lluvia se repite el mismo fenómeno, y
cada vez que cambia la dirección del viento cambia también la
estratificación. El resultado de esos procesos es la estratifi-
cación irregular que se ve en las fotografías citadas. Esta clase
de estratificación transversal es, como se observa, producida
por acción erosiva y acumulativa del viento en combinación
con la lluvia.
También los vientos efectúan a veces una separación me-
cánica de los elementos en la arena de las dunas, llevando los
materiales livianos y dejando los más pesados, como ser la mag-
netita, que se halla en abundancia en estos depósitos. Esta
queda en la superficie dando a las dunas un aspecto negruzco
bien característico.
LOS DEPÓSITOS DEL ESTADIO 1VO
Si caminamos de cualquier punto de la costa donde los alu-
viones modernos no están en contacto directo con los depó-
sitos del estadio IIIo, hacia el centro de la península, observa-
mos, después de haber cruzado la faja de los aluviones recien-
tes, otros depósitos que casi no se destacan de aquéllos por
componerse de los mismos materiales. Lo característico es que
se encuentran en lugares donde actualmente las mareas altí-
simas no llegan más, y como son de origen marino, tenemos
forzosamente que admitir que durante el tiempo en que los se-
dimentos han sido depositados, el mar ha tenido un nivel más
alto que hoy. Más al interior de la península se encuentra, salvo
en corta extensión, una pequeña barranca en forma de escarpa, que
es una antigua costa, la que corresponde a un mar más alto que
el que depositó los sedimentos que se hallan entre ésta y la faja
de los aluviones más modernos del estadio Vo.
Incluyo esos estratos en el estadio IVo, y de varias observacio-
nes hechas deduzco, que durante el tiempo en que se deposi-
taron dichos sedimentos, el mar tenía un nivel mayor de un
metro y cincuenta centímetros aproximadamente que en la
actualidad.
El límite entre los depósitos del estadio IVo y los más mo-
dernos, forma una curva hipotética de tres metros y sesenta
centímetros en el plano, mientras que la mencionada barranca
constituye el límite entre los terrenos del estadio IVo y IIIo.
Los límites de los depósitos de los diferentes estadios indi-
can los contornos que tenía la península al fin de cada estadio.
61
En el plano especial se distingue fácilmente que en la costa
los depósitos del estadio Vo se hallan en muchas partes en con-
tacto directo con los del estadio IIIo, faltando los del estadio
IV", que en cambio están más desarrollados en el este y en el
sur de la península.
En los parajes donde los depósitos del estadio V" están en
contacto directo con los del estadio IIIo, las barrancas son
bastante elevadas, lo que prueba que estas últimas tuvieron
antes una extensión mayor que actualmente, y que fueron des-
truidas por la acción del oleaje marino durante el estadio IVo.
El conjunto de los estratos del estadio IV", en la parte nor-
oeste de San Blas, es muy parecido al de los del estadio Vo, por
no haber cambiado mucho las condiciones topográficas de esta
región. Encontramos en su parte extrema dos cordones de pe-
dregullo, que demarcan la orilla de la península durante el es-
tadio IVo, y los que formaron entonces dos lenguas salientes
al mar. Detrás de ellas se depositaron en la misma forma, como
lo vemos actualmente, el limo fangoso, que forma los ex-
tensos salitrales y matorrales en esta parte de San Blas. En
aquella época los bancos, que consisten de materiales del es-
tadio IIIo, formaron pequeñas islas separadas por estrechos
canales, en los que se depositó el limo fangoso. Por el lado de
la Bahía San Blas, las mareas acarreaban al mismo tiempo ro-
dados en una cantidad bastante grande, indicados en el plano
con los colores y su signo correspondientes.
■Entre los cantos los hay del tamaño de un puño y de una forma
chata, lo que prueba que fueron depositados en una costa in-
clinada, donde el roce continuo producido por el oleaje los ha
desgastado.
Estos rodados contienen muy poca arena y constituyen un
yacimiento de pedregullo casi puro. Tampoco contienen frag-
mentos de arenisca y se distinguen muy fácilmente de ¡os de-
pósitos de pedregullo del estadio IIIo por su acumulación suelta
y por la falta de vegetación.
Los demás depósitos del estadio IVo, que se hallan en esta
parte de la península, consisten en limo fangoso, cubierto a
veces de pequeños cúmulos de arena eólica, designados con el
signo convencional de la arena por color verde. Solamente
al este hay estratos casi rodeados per depósitos del estadio IIIo,
compuestos de arena mezclada con rodados.
En la parte noroeste y este de ’a península, los depósitos del
62
estadio IVo son mucho más desarrollados. En frente de la fá-
brica de sal, la antigua costa del estadio IIIo se dirige hacia
tierra adentro, corriendo luego paralela con la actual en una
distancia de doscientos cincuenta metros aproximadamente.
El terreno entre las dos costas (la antigua y la actual), lo ocu-
pan los depósitos del estadio IVo. Cerca de la esquina este del
ejido del pueblo de San Blas, la antigua costa se dirige de-
finitivamente hacia el interior de la península. Entre ella y
el Paso Seco, el terreno pertenece exclusivamente al esta-
dio IVo.
Todos estos depósitos se componen en su mayor parte de
rodados mezclados con mucha arena y restos de conchillas.
Desde La Caldera hacia el sudeste contienen también fragmentos
de areniscas.
Los rodados son generalmente mayores que los de los esta-
dios Vo y IIIo. Algunos llegan hasta tener el tamaño de un
huevo de avestruz. Su forma es generalmente redondeada.
Los bancos no tienen las características formas de ondulaciones
de los del estadio III". Estos dos hechos nos demuestran que los
estratos no fueron depositados lentamente por el cambio continuo
del flujo y reflujo que tienen los rodados siempre en movimiento,
sino que fueron depositados en una playa por las mareas equi-
nocciales.
En algunas partes los depósitos del estadio IV” se hallan en
un nivel más bajo que las mareas altas, y por eso se podría
suponer que pertenecieran al estadio Vu, si no hubieren otros
hechos que hablaran en contra. Estos terrenos se hallan rodea-
dos por completo de bancos marinos, los que por la altura que
tienen pertenecen seguramente al estadio IVo, y sobre los cua-
les las mareas actuales ya no pueden pasar. Los depósitos del
estadio IVo en estos bajos se componen de limo fangoso, que,
según la localidad, se presenta más o menos salífero. En algu-
nas partes forman esos sedimentos la superficie del terreno,
en otras están cubiertos de arena de dunas.
Anteriormente he manifestado, que durante la segunda parte
del tiempo cuaternario se verificó en nuestra región un avance
continuo de la tierra firme hacia el este, debido a la regresión
marina. El retroceso del mar se efectuó a veces espontánea-
mente y a veces gradualmente. En el primer caso la regresión
del mar se manifiesta por un escalón de una antigua costa,
que se encuentra en el interior y lejos de la costa actual, lo que
03
prueba una baja instantánea del nivel del mar; el segundo se
conoce por la subida paulatina del terreno litoral hacia el in-
terior, a una altura superior a la que alcanzan las mareas en
la actualidad. La configuración del litoral que nos ocupa, de-
muestra estos dos diferentes movimientos del mar. La anti-
gua costa, a veces bastante alta y con una pendiente muy in-
clinada, significa la regresión brusca del mar, con la cual ter-
minó la fase 111 del tiempo cuaternario. Los terrenos del es-
tadio IV" demuestran, al contrario, su retroceso lento y pau-
latino. Para estudiar cómo se efectuó la regresión, ninguna re-
gión se presta mejor que los terrenos en la parte este de San
Blas, que mencioné más arriba, los que constituyen la cone-
xión de la península con la tierra firme. La comunicación de
San Blas con el continente, que todavía en tiempo del esta-
dio IIIo formaba una isla, se estableció debido a que durante
el estadio IVo se depositaron sucesivamente sedimentos contra
la antigua costa de la isla; así que después del último retro-
ceso del mar, San Blas quedó unido con la tierra firme forman-
do una península. Como he dicho, los depósitos del estadio IV"
no presentan escalones de antiguas costas bien definidas, por-
que el mar retrocedió paulatinamente. Sin embargo podemos
constatar una sucesión de líneas entre la Punta Rubia y el
Paso Seco, que demarca el retroceso gradual del mar. Mirando
el mapa especial de San Blas, se ve que la antigua línea de
costa, que constituye el límite de los depósitos del estadio IIIo,
corre más o menos paralela a la costa actual hasta la esquina
nordeste del ejido de San Blas. Allá dobla repentinamente y se
dirige hacia el interior de la península, tomando un rumbo
al sur.
También las dunas presentan condiciones análogas. Cerca
de la costa actual corren paralelas con ésta, conservando su di-
rección aún en el punto donde la antigua costa dobla tierra
adentro. De estos cordones principales, paralelos a la costa ac-
tual, se ramifican secundarios, que se dirigen uno tras otro
hacia el interior, corriendo paralelos a la antigua costa. Estos
forman grandes semicírculos, primero con la antigua costa y
después entre sí, dentro de los que se hallan los depósitos mari-
nos pertenecientes al estadio IVo. Cada uno de estos semicírcu-
los representa el aumento sucesivo del terreno durante la re-
gresión del mar, así que el cordón que se halla más cerca de
la antigua costa del estadio IIIo, encierra el terreno más anti-
61
guo del estadio IVo, y el más cercano de la actual costa, el más mo-
derno de este estadio. Se puede decir que cada uno de los cor-
dones de- médanos que se dirigen hacia el interior, representa
una costa de la regresión gradual durante el estadio IVo. Tam-
bién en la actualidad se desarrolla el retroceso marino en una
forma igual, como demuestra el terreno perteneciente al esta-
dio V" cerca de La Pirámide, el que se halla separado de la costa
actual por unos cordones de dunas todavía móviles.
Hay además otro indicio, que comprueba que los terrenos
dentro del semicírculo más aproximado de la antigua costa
correspondiente al estadio 111°, son más antiguos que los que
se hallan más hacia el este, pues los sedimentos del estadio IVo
en la parte interior de este semicírculo están cubiertos por una
capa de arena eólica de un metro a uno y veinte centímetros de
espesor, que en su superficie se ha transformado en tierra ve-
getal.
La capa de arena que cubre los depósitos marinos del semi-
círculo sucesivo, en el que se halla el jagüel bajada (véase el
plano especial), ya es menos potente, teniendo solamente un
espesor de cincuenta centímetros a un metro; además es menos
humosa que la del semicírculo anterior. Esto prueba que esta
parte de la península se halla menos tiempo emergida del mar
que la otra.
Los estratos marinos del estadio IVo, en el último semicírculo
de la serie, aún están descubiertos; se encuentran solamente
en algunos médanos aislados. Estos sedimentos se componen
de limo fangoso, en parte bastante salífero. Aquí se nos pre-
senta el caso singular que ya hemos mencionado. Los estratos,
a pesar de pertenecer al estadio IV, tienen un nivel más bajo
que el de las actuales mareas altas.
Se puede estudiar todavía actualmente en la región de la
Bahía de San Blas cómo se ha producido este fenómeno. En
riberas vadosas, como son parcialmente aquéllas, se forman
bancos donde el mar es poco profundo, los que con el tiempo
se transforman, debido a las mareas equinocciales, en verdade-
ras barras, formando lagunas. Dichas barras se convierten en
una especie de rompeolas, y es en estos lugares donde se de-
posita la mayor parte de los sedimentos, llegando solamente
a las lagunas las materias que el agua lleva en suspensión, y
que consisten de limo fangoso, que se asienta debido al pro-
ceso que ya he explicado más arriba. Delante de ellas se de-
65
positan continuamente nuevos sedimentos, que arrastra el
oleaje, ensanchándose siempre más y aumentando también de
altura, mientras que en la parte que forma lagunas, el cre-
cimiento es. mucho menor. Cuando estas barras han adquirido
un desarrollo tan considerable que el oleaje, aun en las mareas
mayores, no las franquea, se forman médanos encima, y enton-
ces en las lagunas no se deposita material o muy poco; al se-
carse éstas, resulta que el nivel de su fondo se halla más bajo
que el del mar.
Este proceso nos explica asimismo el hecho que depresiones
hoy distantes de la costa presentan una cota de superficie in-
ferior al nivel del mar actual, a pesar de corresponder al es-
tadio anterior de la regresión cuando ese nivel era más alto.
Esto es debido a la circunstancia que al haberse separado las
lagunas del mar en el estado anterior y haber quedado en seco
en virtud del proceso arriba descripto, su profundidad impor-
taba más que el descenso del mar a consecuencia de la regresión.
iEn el cuadro que explica las relaciones estratigráficas de los
diferentes terrenos y horizontes de la región que nos ocupa,
he colocado los depósitos del estadio IV" a la época aluvial más
antigua, mientras que clasifico los estratos del estadio 111"
como pertenecientes a la época diluvial, basándome en las con-
sideraciones siguientes:
Al sudeste del punto donde dobla la antigua costa del esta-
dio III" hacia el interior de la península, hay un paraje con
médanos móviles, señalado en el plano Cementerio de Indios.
Estas dunas están colocadas sobre un subsuelo compuesto de
sedimentos marinos, que pertenecen al estadio IV" de mi sub-
división. Consisten éstos de limo negruzco bastante arenoso, en-
cima del cual se hallan esparcidos rodados en gran cantidad. (El
paraje está representado por la fotografía lámina XI, figura 1).
Entre los cantos se encuentra en abundancia huesos y artefactos
humanos. Rodados partidos y trabajados y otros vestigios se en-
cuentran en toda la región litoral desde el Cementerio de Indios
hasta La Pirámide, lo que prueba que estos lugares estaban po-
blados anteriormente por indios. La mayor parte de estos res-
tos de la industria humana se encuentra en el paraje del men-
cionado Cementerio de Indios. Entre ellos abundan flechas, bo-
leadoras, morteros, fragmentos de ollas, en parte ornamentos,
y otros útiles. Entre los huesos predominan los de peludo, gua-
60
naco, gama, lobo de mar y moluscos, que seguramente servían
de comida a los salvajes. He tratado de ver con mucha atención,
si entre esos restos se hallaban huesos de caballo, de vaca o de
oveja, pero no he podido descubrir ningún vestigio proveniente
de estos animales, lo que prueba con evidencia, que se trata de
un paradero de indios precolombinos. Entre las flechas y puntas
de lanza encontré algunas muy bien trabajadas, que indican un
arte bastante avanzado; por el contrario, otras son trabajadas tan
toscamente, que se podría suponer que procediesen de una edad
mucho más antigua.
Este paradero de indios está situado de trescientos a cua-
trocientos metros de la costa, en una de las depresiones men-
cionadas, que se hallan más bajas que el actual nivel del mar.
Entre esta depresión y la costa existe una loma compuesta de
sedimentos del estadio IVo. El subsuelo del cementerio se com-
pone en gran parte de un limo fangoso negruzco, que fué
usado por los indios para la fabricación de sus alfarerías. Todo
esto indica que cuando éstos se establecieron en aquel lugar, el
mar del estadio IVo se había retirado ya a su actual nivel, y
que no bañaba más este paraje aun en tiempos de mareas equi-
nocciales. Tratándose de una población precolombina, queda
comprobado, que los estratos respectivos tienen que ser de una
edad bastante antigua. Ahora bien: toda esta industria de in-
dios se encuentra en la superficie o cubierta parcialmente de
arena movediza. Encontré en otro lugar, entre el Cementerio
y el Jagüel Bajada, un segundo yacimiento de igual industria,
cubierto de una capa de tierra humosa de un metro o menos
de espesor, y la que proviene seguramente de pobladores mu-
cho más antiguos. También este lugar, que se encuentra en el
segundo semicírculo, y donde se halla también, como puede
verse en el mapa, el Jagüel Bajada lia tenido que estar comple-
tamente en seco cuando lo poblaron los indios.
Teniendo en cuenta que los objetos de industria humana en
el paraje del Cementerio, los que indiscutiblemente son preco-
lombinos, se hallan en la superficie de la tierra o tapados de
arena movediza reciente, es decir, de sedimentos del estadio Vo,
y que el otro yacimiento más antiguo se encuentra en la zona
de la que el mar se retiró paulatina y no repentinamente, juzgo
que los depósitos del estadio IVo, que tienen que ser más anti-
guos que los paraderos de indios, corresponden al menos al
horizonte aluvial inferior.
67
En tal caso tenemos que adjudicar a los estratos del esta-
dio IIIo, que forman el subsuelo de las anteriores, una edad
diluviana, de manera que el movimiento instantáneo de regre-
sión al fin del estadio IIIo termina la época diluvial y la lí-
nea de antigua costa resultante de este retroceso, forma un lí-
mite bien visible y definido entre los depósitos del período di-
luvial y aluvial.
Debo hacer presente, que hago esta separación en razón de
las relaciones estratigráficas que presentan estos depósitos;
pero siempre hay que tener en cuenta, que también en Europa,
donde las condiciones del tiempo cuaternario son mucho más
conocidas que aquí, el límite entre los dos períodos está tra-
zado en una forma bastante arbitraria. E. Kayser (*), en su
subdivisión del cuaternario hace figurar, basándose sobre G.
Anderson, un tiempo glacial reciente y uno postglacial, que
representa el último período diluvial y el tiempo neolítico como
aluvial más antiguo. A mi parecer el estadio IIIo puede correspon-
der más o menos al tiempo postglacial y el estadio IVo al aluvio
antiguo de esa subdivisión, mientras que el estadio Vo, al aluvio
más moderno.
Antes de terminar con los estratos aluviales debo hacer to-
davía unas observaciones respecto a los depósitos de rodados
pertenecientes a estos horizontes.
Como he dicho, los rodados en la parte este de San Blas son,
por lo general, de mayor tamaño que los de la parte oeste y se
distinguen de estos últimos por su forma más redondeada, y
por contener mucha más arena y fragmentos de rocas de la
barranca submarina. Llama la atención, que entre éstos se en-
cuentran cerca de La Pirámide fragmentos de una cuarcita
blanca completamente idéntica a las cuarcitas de las sierras
antiguas de la provincia de Buenos Aires. Además encontré
enre los rodados de Cementerio de Indios cantos de un anti-
guo granito de un tamaño grande completamente diferente de los
que se encuentran en los rodados tehuelches, y los que pro-
vienen de las rocas graníticas más modernas de la Cordillera.
Los cantos de antiguo granito son redondeados pero no tanto
como los demás rodados. Los fragmentos de cuarcita, en cam-
bio, son octangulares, lo que prueba que no han sido trans-
portados de muy lejos. La procedencia de estas rocas es difí-
(*) Emanuel Kaiser. Lehrbuch dcr Gcologie. II. Bd. Stuttgart, 1913.
GS
di de explicar, teniendo en cuenta que en el curso del Río Ne-
gro o cerca de las costas más australes no se encuentran sie-
rras o afloramientos de esta clase de piedras. Es posible que se
halle en esta región una sierra sumergida o cubierta por los
estratos terciarios.
Los demás rodados del estadio 1VU provienen de la misma
clase de rocas que los de los rodados tehuelches, que ya he
tratado suficientemente.
LOS DEPÓSITOS DEL ESTADIO 1 1(0
En la parte de la península de San Blas, representada en el
plano especial, los depósitos de este estadio son mucho más
uniformes que los de los estadios IVU y Vu. Se componen casi
exclusivamente de rodados mezclados con arena, predominan-
do los primeros y faltando los fragmentos de areniscas. Res-
tos de moluscos marinos idénticos a los actuales son abundan-
tes en los estratos inferiores, no existiendo en las capas supe-
riores por haber sido destruidos por la acción de los agentes at-
mosféricos. Los rodados se componen de las mismas clases de
rocas que los anteriormente descriptos; su tamaño es, térmi-
no medio, algo mayor que una nuez, y por lo general son acha-
tados. Están colocados en filas de bancos, uno tras otro, formando
esas ondulaciones que dan a los parajes de San Blas, donde los
cantos del estadio IIIo forman la superficie, un aspecto muy ca-
racterístico, lo que prueba que los cantos se depositaron por el
oleaje continuo de las mareas cotidianas.
La arena en los estratos superiores está transformada en
tierra vegetal muy humosa de aspecto negro. Solamente al
nordeste de la estancia de Mulhall se encuentran sedimentos de
una tierra arcillosa, que pertenecen a este estadio, pero son de
poca importancia.
Se puede decir que los bancos de pedregullo del estadio III"
constituyen la masa fundamental de San Blas, contra la cual
están depositados- los sedimentos del IV" y Vo. Como ya he di-
cho, y como se puede ver muy bien en el plano especial de San
Blas, los depósitos del estadio IIIo, señalados en el mapa con
su color respectivo, formaron durante este tiempo una, o me-
jor dicho, varias islas. Sus confines son demarcados por las lí-
neas de antiguas costas, que se destacan claramente en el te-
rreno de la península. Los bancos de pedregullo de este esta-
dio se distinguen, además, de los anteriores por su sedimenta-
69 —
ción más compacta, teniendo a veces el aspecto de un conglo-
merado (véase la fotografía lámina XIX). La diferencia entre
los bancos de rodados de los diferentes estadios se ve muy bien
comparando dicha fotografía con la de la lámina XX, que repre-
senta depósitos del estadio IVo y con la de la lámina XXI, que
demuestra los de la actualidad.
Ya he dicho anteriormente, que el fin del estadio IIIo se se-
ñala por un retroceso repentino del mar, mientras la transi-
ción del estadio IVo al Vo se desarrolló más paulatinamente.
Pero también durante el estadio IIIo parece que la regresión
se haya efectuado en dos retrocesos que tuvieron lugar en dis-
tintos tiempos, como lo prueban las dos líneas de antiguas
costas bien marcadas. En los perfiles especiales de la península
de San Blas, que acompañan el presente trabajo, están indica-
dos estos dos diferentes retrocesos.
OBSERVACIONES
SOBRE L\ ACCIÓN DE LOS AGENTES DESTRUCTORES Y CONSTRUCTORES
EN I A FORMACIÓN DE LA COSTA
En varias ocasiones he hablado en el presente trabajo de la
acción acumuladora como también destructora de las aguas
del mar. Considero, empero, este problema de tan grande im-
portancia, que para explicar el desarrollo de la formación del lito-
ral y la procedencia de los pedregullos de San Blas, creo conve-
niente dedicar a estas cuestiones un capítulo especial, aun a ries-
go de tener que hacer algunas repeticiones.
Los agentes principales que han contribuido a la construc-
ción morfológica de la región costanera, son las aguas del mar
y el viento; pero su acción depende de la configuración de la
costa; resulta que el mismo factor no puede producir en dos
partes un efecto completamente contrario.
La acción del mar se produce por el cambio del flujo y re-
flujo combinado con el oleaje y su rompimiento, y por las co-
rrientes marinas. En conjunto efectúan el transporte de los
materiales que acarrean los ríos y de los que saca el mar de las
barrancas, esparciéndolos a lo largo de la costa y formando
así la plataforma submarina continental («Kontinentalschelf»).
En esta forma llevan ellos los rodados a grandes distancias.
Parece que la dirección principal de este transporte es de sur
a norte. Así se explica que en toda la costa patagónica se en-
cuentren, entre los aluviones marinos, rodados de un tamaño
70
bastante grande. La enorme distancia a que se hace sentir esta
acción, la pude apreciar en un viaje que hice a Miramar en la pro-
vincia de Buenos Aires, habiendo encontrado en la costa de
este balneario cantos que desde las costas australes, el mar úni-
camente ha podido traer a este lugar.
Sin embargo, llama mucho la atención la enorme cantidad
de pedregullo en un estado bastante puro acumulado en la Ba-
hía de San Blas, que está situada a una distancia de ochenta
kilómetros de la boca del Río Negro, y de ciento veinte de la
del Colorado.
Supuse primeramente que al principio del tiempo cuaterna-
rio, un antiguo brazo del Río Negro, que desaguaba en la Bahía
San Blas, hubiese acarreado los rodados a este sitio. Pero las per-
foraciones que practiqué en esta región demostraron con toda
seguridad, que si el Río Negro ha corrido realmente por esta
región, ha sido en épocas terciarias, es decir, en tiempos an-
teriores a aquellos que corresponden los rodados patagónicos.
Además, las areniscas de estratificación transversal demues-
tran que el río en aquel tiempo no ha acarreado materiales
gruesos en su curso inferior. Por consiguiente tenemos forzo-
samente que admitir que los pedregullos de San Blas han sido
traídos por las corrientes del mar de parajes más al sur.
He tenido ya ocasión de manifestar que en muchas partes de
nuestra región, las mareas y especialmente el rompimiento de
las olas efectúan dos clases de cambios en la costa. En costas
barrancosas la oleada desarrolla una acción destructora y ella
vuelve a depositar el mismo material arrancado a las playas,
las que a veces se encuentran a corta distancia. Puede llegar
el caso, que en el mismo paraje donde el mar ha destruido la
tierra firme, deposite más tarde nuevamente sedimentos.
Para mí no hay duda de que este fenómeno está íntimamente
relacionado con el movimiento de regresión en esta región. El
proceso se desarrolla de la manera siguiente: por el retroceso
marino quedan sucesivamente en seco partes de la plataforma
submarina continental («Kontinentalschelf») .
Hay que tener presente que ésta, en las cercanías del lito-
ral, no tiene un declive regular, paulatino y llano, sino un relie-
ve bastante accidentado, debido a ¡as corrientes de las mareas.
Retirándose el mar, los contornos de la costa siguen natural-
mente, en primer término, las irregularidades de la plataforma,
pero después empieza otra vez la acción del mar, el que siem-
71
pre tiende a formar una costa uniforme con la dirección ge-
neral anterior.
El croquis esquemático adjunto demuestra gráficamente
este proceso.
ESQUEMA EXPLICATIVO PARA DEMOSTRAR EL DESVÍO DE COSTA
A CAUSA DE REGRESIÓN
La línea A representa la antigua costa, y las curvas hipsomé-
tricas o más bien dicho bajimétricas de 1 a 12 indican el relieve
de una plataforma submarina, como se nos presenta en mu-
chos puntos. Retirándose, por ejemplo, el mar a un nivel nueve
metros más bajo que antes, la nueva costa se hallaría en la
curva que está indicada con la línea punteada B, si la regre-
sión se hubiese efectuado repentinamente.
Lo que antes era un banco submarino, es ahora una punta
saliente de la costa, y a los dos lados, donde el mar era más
profundo, se encuentran pequeñas ensenadas. Al mismo tiempo
72
que el banco empieza a emerger del agua, el mar desarrolla su
acción destructora y acumuladora. El rompimiento y el oleaje
producen el mayor efecto en la punta saliente, la que pronto
es destruida por el efecto de la erosión, mientras que en las
playas, a los dos lados, se deposita el material que resulta de
esta destrucción, aumentándose asi la costa. Finalmente la
ribera representará una configuración, como la indica la línea C.
Aquélla ha recuperado su línea regular con la dirección gene-
ral anterior. Donde antes se hallaba la punta saliente, se en-
cuentra ahora una barranca a pique, delante de la cual empe-
zará a formarse nuevamente una playa, cuando el mar no ejer-
za más su acción erosiva por no encontrar otros puntos de agre-
sión. En el caso de una regresión paulatina, la plataforma sufre
ya las mismas modificaciones arriba mencionadas durante el re-
troceso del mar. En las partes de la costa de San Blas, donde exis-
ten barrancas a pique, todas éstas se han formado de la manera
que acabo de describir. A mi ver prevalece en la región que nos
ocupa, la acción constructora del mar: solamente en parajes donde
existían bancos submarinos salientes puestos en descubierto
por la regresión, se notan efectos de erosión, pero una vez que
la costa ha recuperado su dirección general, el mar deposita
nuevamente aluviones, donde antes sacaba ¡materiales.
El avance de toda esta costa, debido no solamente a la regre-
sión marina, sino también, como ahora he demostrado, a la
acción constructora del mar, es evidente. Por los perfiles geo-
lógicos y por el levantamiento topográfico de San Blas, que se
hicieron con toda exactitud, se podrá calcular en un futuro
el aumento de la tierra firme. Especialmente se han medido
y fijado por medio de mojones varias líneas en diferentes
puntos de la costa, que luego facilitarán este cálculo. De estos
perfiles hablaré más detalladamente en la parte de este trabajo
dedicada a la geología económica.
La mayor acumulación de materiales en la costa se nota a los
dos lados de las desembocaduras de los ríos Negro y Colorado,
conservándose canales, los que en la configuración de la plata-
forma continental se presentan como pequeñas depresiones.
Todas las circunstancias ¡indican que en las inmediaciones de
San Blas existen análogas depresiones submarinas, que corres-
ponden a las depresiones continentales, situadas tierra aden-
tro al oeste de San Blas, y que son probablemente, como ya
lo he dicho, los relictos de un río terciario. Debido a esa de-
73
presión, la parte litoral de la plataforma submarina tiene cerca
de San Blas una inclinación mayor que al norte y al sur de la
bahía. A consecuencia de la separación mecánica de los sedi-
mentos que efectúan el oleaje, el rompimiento y las mareas, y
los que, como hemos visto, producen en costas de mayor incli-
nación acumulaciones de materiales gruesos, como ser, cantos
rodados, tenemos en San Blas esta enorme cantidad de éstos
a veces casi puros, que han sido acumulados durante los tres úl-
timos estadios de mi subdivisión.
La manera cómo se efectúa la formación de nuevos terrenos
en una costa playa, la he explicado en el capítulo dedicado a los
depósitos del estadio IVo. He demostrado, que en este caso las
mareas altas o equinocciales son los factores que producen ma-
yor efecto, y que obran en combinación con los vientos.
No sucede lo mismo en una costa con pendiente muy incli-
nada; las mareas sicigias, por lo general, no ejercen una ac-
ción más eficaz que las regulares. Las primeras pueden pro-
ducir más bien en este caso un efecto contrario a las regu-
lares, es decir, un efecto erosivo. La acción acumuladora de
las mareas diurnas en estas costas es apenas visible, y a veces
se limita solamente a mover el material ya depositado. Esta
acción se conoce bien por la forma chata de los rodados, pro-
ducida por el roce continuo que han sufrido.
Mientras que casi todos los depósitos del estadio IVo se han
formado por el efecto de las mareas equinocciales, los del es-
tadio IIIo, que están situados en la península de San Blas, de-
ben su formación a la acción de las mareas regulares o diurnas.
Una gran parte de la península se ha formado así y presenta
un relieve muy singular, de un aspecto sumamente caracte-
rístico.
Se ve por las curvas hipsométricas del plano especial en
casi toda la parte noroeste de San Blas, que los bancos de pe-
dregullo corren en largos cordones paralelos situados uno tras
otro en distancias más o menos iguales, formando las ondula-
ciones de la superficie del terreno. Los cordones secundarios
tienen la configuración de curvas muy tendidas, que convergen
con uno o más cordones principales más altos y que se diri-
gen oblicuamente a aquéllos. Se puede estudiar en el extremo
noroeste, cómo se desarrolla la formación de este sistema de
bancos tan característico. En el plano se ve que la costa cons-
tituye allí una angosta lengua saliente, rodeada del mar. Los
74
bancos se componen de rodados casi puros y libres de arena,
amontonados de una manera que tienen la semejanza de un
malecón. Su formación se efectuó de la manera siguiente: Al
principio se formó en la plataforma submarina un banco de
rodados como prolongación de la tierra firme hacia noroeste.
Debido en parte a la acumulación continua de nuevos mate-
riales por las mareas cotidianas y, principalmente, por las
equinocciales, este banco se levantó de tal manera, que en
mareas comunes las olas no pudieron pasar más por encima,
quedando en seco en mareas bajas el terreno en su alrededor.
El banco primitivo sirve ahora de barrera y rompeolas; así
que en su parte exterior se depositan constantemente nue-
vos materiales, aumentándose continuamente su anchura. Pero
como el banco no forma una barrera completamente cerrada, sino
interrumpida por aberturas, que dan paso a las mareas muy altas,
se depositan también materiales en el lado interior. Los pedre-
gullos, que las mareas sicigias arrastran a través de estas aber-
turas, se depositan detrás de la barrera en forma de cordones
secundarios con una dirección oblicua al banco principal.
En la fotografía lámina XVII, que ha sido tomada durante
la marea baja, se ve bien la distribución de los bancos; se
puede observar también que el terreno bajo entre los bancos
se inunda en las mareas altas.
A causa de la configuración especial de la actual costa en
la parte extrema noroeste de la península, que deja solamente
un estrecho canal entre ésta y el continente, resulta que de-
trás de la mencionada barrera el oleaje y el rompimiento es
casi nulo. Por eso los cordones secundarios se componen úni-
camente de cantos, que las mareas equinocciales han llevado
y llevan todavía por las aberturas al otro lado del banco prin-
cipal. Entre los bancos secundarios se deposita, por las ra-
zones ya varias veces explicadas, solamente limo fangoso,
lo que se puede ver en la fotografía. Es muy posible que la
configuración de la costa durante el estadio IIIo fuera tal, que
detrás del banco principal, que servía de rompeolas, se des-
arrollaba un oleaje tan fuerte, que podía depositar rodados, lo
que motivó la prolongación de los bancos secundarios y un relle-
namiento de pedregullo, de los espacios entre ellos. Pero nunca
los cordones secundarios alcanzan una altura tan grande como los
principales, los que se distinguen además por la mayor pureza del
pedregullo.
75
La parte extrema noroeste de la península de San Blas es
muy instructiva también por otras razones. Allá está sepa-
rada, como he dicho, del continente por un estrecho canal.
Este se halla cerrado parcialmente ya por la mencionada ba-
rrera formada de un banco de pedregullo, que está aumentán-
dose continuamente tanto en su ancho como en su largo, y
llegará el momento que el canal se cierre por completo, de
manera, que el agua del mar no podrá penetrar más a las
lagunas situadas detrás de la península, o solamente durante
mareas altísimas. Entonces las lagunas Arroyo Wálker y Arro-
yo del Jabalí quedarán cortadas del mar, y se repetirá el caso
de la formación de salitrales o salinas, que anteriormente he
descripto.
En la actualidad todavía pueden entrar en el canal detrás de
la península barcos de poco calado durante la alta marea.
Pero en poco tiempo la boca quedará también cerrada para
esta clase de embarcaciones. En la fotografía lámina XVII,
que representa esta extremidad de la península, pueden verse
nuevos bancos en formación, que obstruirán pronto la comu-
nicación.
HIDROGE.OLOGÍA DE SAN BLAS
Esta cuestión ofrece mucho interés, porque en casi toda
la península se encuentra agua dulce de buena calidad. La
situación geográfica de San Blas haría suponer lo contrario;
está rodeada casi completamente por el mar o por lagunas,
y el litoral del continente tierra adentro está formado en su
totalidad de salitrales, es decir, de terrenos muy salíferos.
Además, las aguas de los brazos del mar al sur y al oeste de
la península son más ricas en sal que la del mar. Las aguas
subterráneas de la primera napa en los campos alrededor
de San Blas son casi todas saladas. Donde hay pozos de
agua dulce, ésta se halla siempre en las capas superiores,
proviene de las lluvias y forma depósitos muy aislados.
En algunos puntos de los alrededores de San Blas se han
hecho perforaciones para buscar agua buena, tanto en el campo
de Buckland y enfrente de San Blas, como en el campo de Se-
rrantes. El resultado de todos estos sondeos fué negativo. El
agua que se encontró era salada, y me dijeron que empeoraba
a medida que se avanzaba hacia abajo. Las perforaciones fue-
76 —
ion ejecutadas todas en las mesetas, y se han alcanzado pro-
fundidades de 70 a 80 y hasta 150 metros.
'Es verdad que en todos los puntos del litoral, donde hay
médanos, se encuentra agua dulce. Es sabido que las dunas
sirven de depósitos de las aguas de lluvia, pero estos hallaz-
gos son locales y no tienen mayor importancia. En la penín-
sula de San Blas, la napa de agua dulce se extiende sobre todo
el terreno, obteniéndose buen resultado en cualquier punto
donde se haga un pozo. Citaré los siguientes, indicando su
profundidad y la relación entre el nivel del agua dulce y el
de la alta marea (tres metros y sesenta centímetros sobre la
cota 0.00 metros del plano especial).
Además de los mencionados pozos, se encontró agua dulce
en todas las perforaciones efectuadas a poca distancia de la
costa entre el Resguardo y la señal marítima llamada La
Caldera, en una profundidad de dos metros más o menos
(un metro bajo el nivel de las mareas altas). En una perfo-
ración que hizo el ingeniero Molinari en terreno del litoral,
que se cubre en alta marea, se encontró, según me manifes-
taron, agua dulce. Se me informó que en todos los puntos
mencionados que se hallan cerca de la costa, el agua dulce
77
baja y sube en ios pozos con la marea. He constatado yo mis-
mo este hecho, en el pozo del terreno del señor Rhode. (N° 13).
Resulta de estos datos, que el nivel de la napa en el cen-
tro de la península coincide más o menos con la altura me-
diana del mar, mientras que cerca de la costa concuerda más
con el nivel de las mareas altas, sufriendo la influencia del
flujo o del reflujo.
Es sabido que el agua dulce proveniente de las lluvias se
halla en las costas encima del agua salada, que filtra del mar
por el subsuelo, lo que es debido a su peso específico infe-
rior. Este fenómeno está explicado detalladamente en la obra
de Keilhack, que trata de las aguas subterráneas y de ma-
nantiales (*).
En este estudio se ocupa detenidamente de las condiciones
hidrogeológicas de la costa del Mar del Norte y de las Islas
Frisias, que presentan mucha analogía con la región que
nos ocupa. Sin embargo existe entre las dos regiones una
diferencia muy importante; mientras que en la costa del Mar
del Norte el clima es húmedo y las lluvias son muy frecuen-
tes y copiosas, tenemos en nuestra región un clima seco con
escasas lluvias y una insolación muy considerable. Según las
observaciones hechas en San Blas, las lluvias alcanzan por
año, término medio, trescientos milímetros. Teniendo en cuenta,
que debido a la evaporación a consecuencia de la fuerte in-
solación, gran parte del agua de lluvia no llega al subsuelo,
la presencia de una napa de agua freática es algo sorpren-
dente. Por esta razón creía en un principio, que pudiese pro-
venir de corrientes subterráneas. Por observaciones hechas
en mi último viaje, en otra parte del litoral, en el partido de
Patagones, me he convencido de que se trata de un fenómeno
análogo al de las islas del Mar del Norte, y que la napa subte-
rránea de agua dulce de la península de San Blas procede ex-
clusivamente de las lluvias acopiadas durante largos años. Pero
mientras que en fas Islas Frisias el espesor de la columna de
agua dulce, que descansa sobre la salada, alcanza a cincuenta o
sesenta metros, el espesor de la de San Blas es, naturalmente,
mucho más reducido y se agotará con mayor prontitud si el eon-
(*) Kf.iuiack Dr. Konrad. Lehrbnch dcr Grundwasser n/id QucUenkundc.
Berlín 1912. Verlag von Oebr. Borntraeger.
7S
sumo aumenta mucho. En las Islas Frisias, por ejemplo, utili-
zadas como balnearios casi todas, se observa que durante la
temporada del verano, en época de mayor concurrencia, el con-
tenido de cloro en el agua sube considerablemente debido al
gran consumo.
En caso dado podría hacerse por medio de estudios deta-
llados, un cálculo bastante exacto del espesor de la napa de
agua dulce.
RESULTADOS ECONÓMICOS
Hay varias cuestiones que se relacionan con la geología de
San Blas y que ofrecen interés práctico: una es el aumento
de la tierra firme debido a la regresión y a la acción acumu-
ladora del mar, que se efectúan actualmente; la otra es la
explotación de los yacimientos de pedregullo, y como tercer
punto se puede agregar la situación muy favorable a este
mismo fin comercial, que presentan las salinas situadas en
los campos fiscales de esta región. Esta última, empero, re-
quiere un estudio especial.
No se puede expresar en metros el aumento anual de la
tierra firme por falta de datos exactos basados sobre obser-
vaciones anteriores. Se puede constatar solamente el hecho de
que la costa avanza hacia el mar. La manera cómo ésto se veri-
fica, la he expuesto en el capítulo correspondiente. El aumen-
to de la tierra es general y relativamente rápido en casi toda
la costa, desde la boca del Río Negro hacia el norte en direc-
ción a Bahía Blanca. Pero ésto se produce, según la locali-
dad, con diferente intensidad. En algunas partes aisladas se
nota una destrucción de la tierra firme, pero este es, como
ya he demostrado, un caso solamente transitorio.
Para poder determinar el aumento anual o periódico de
la tierra firme en números exactos, se necesitan puntos fijos
de observación bien determinados. Con este fin el ingeniero
A. Reinmann, que ha hecho el levantamiento topográfico de
esta región, ha trazado cuatro perfiles con puntos bien de-
finidos a base de una nivelación exacta. (Véase lámina XXXI).
El primer perfil se ha trazado y amojonado cerca de la to-
rre situada unos kilómetros al sur del Paso Seco. Se han
colocado tres estacas: una al lado de la torre, que sirvió como
punto de salida, y una cerca de la costa, que representa el
punto nivelado, y la tercera se ha puesto en un médano en-
79
tre las dos anteriores. Esta sirve de dirección para encontrar
la segunda en caso que se cubriera de aluviones.
Para el segundo perfil cerca de La Caldera se ha tomado
como punto de partida la estaca XV del polígono que ha ser-
vido para el levantamiento del plano especial. Esta forma un
ángulo de 90" con La Caldera y el punto nivelado, que está
situado sobre el cordón costanero de pedregullo a una distan-
cia de treinta y dos metros y cincuenta centímetros de la
mencionada estaca.
El punto de partida para el tercer perfil es una estaca al
lado del mástil de la Subprefectura. El punto determinado se
halla también sobre el cordón costanero, como el del perfil
anterior y el del siguiente, y está situado a una distancia de
nueve metros y cincuenta centímetros de la estaca, formando
la prolongación de la línea entre la esquina del Resguardo
y el mástil.
El cuarto perfil arranca de una estaca al lado de la esquina
noroeste de la casa del señor Enrique G. Rhode. La línea ni-
velada es la prolongación del costado de la casa hacia la
costa. Las cotas están indicadas en el croquis mencionado.
Los cuatro perfiles fueron levantados en el mes de Febrero
de 1913, y basándose sobre ellos se podrá comprobar en cual-
quier tiempo si la tierra firme aumenta y en qué proporción.
Dado el caso que el levantamiento geológico del partido de
Patagones continuase, sería conveniente determinar perfiles
de iguales condiciones en muchos otros puntos de la costa.
Muy ventajoso sería también, si se colocaran mareógrafos auto-
registradores en algunos puntos, como, por ejemplo, en San
Blas mismo y en el faro recién construido en la barranca de
la costa en campo de los señores Buckland.
Una riqueza muy grande constituyen los pedregullos, que
forman casi la totalidad del terreno de la península, dada su
situación inmediata a un puerto bueno, que facilita tanto la
explotación como el transporte de estos materiales tan im-
portantes para diferentes clases de obras.
Ya hace más de diez años que se han explotado los bancos
de pedregullo en dos diferentes puntos de la península para
la construcción del puerto militar de Bahía Blanca. Uno de
estos puntos se halla enfrente de las casas de la Aduana y del
señor Rhode, a ambos lados del antiguo muelle. El otro se
¡o
encuentra entre el Resguardo y La Caldera. En aquel tiempo
se sacó el pedregullo solamente de la superficie.
Hace cuatro años más o menos que se empezó nuevamente
la explotación para la construcción del puerto militar, y se
continuó hasta el mes de Junio de 1914. Durante el tiempo que
yo he estado en San Blas, se sacaba el pedregullo de la misma
costa por medio de una draga, cargando directamente el mate-
rial en chatas y de éstas a buques de transporte, los que se re-
molcaban a su punto de destino.
El lugar, donde se extraía el pedregullo, está marcado en
el mapa especial por una entalladura que presenta la línea
costanera cerca del muelle antiguo. La vista panorámica, lá-
mina XXIII, representa la draga trabajando; la de la lámi-
na XXII, la excavación que la draga había ejecutado en la
tierra firme hasta el 24 de Mayo de 1913, día en que he sa-
cado las fotografías. Hasta esta fecha la draga había pene-
trado cuarenta y nueve metros en la costa, medidos desde la
línea que alcanzan las mareas altas, o sea algo más de cin-
cuenta metros a partir del nivel mediano del mar, y cin-
cuenta y nueve metros de la orilla de las mareas bajas.
Respecto a las cualidades y las condiciones que presentan
los bancos de rodados para una explotación futura, como
también referente a la existencia de material utilizable, se pue-
de decir lo que sigue:
Tanto la calidad como las condiciones para una explota-
ción no son en todas partes las mismas, sino que varían mu-
cho, según su situación. Todos los bancos de pedregullo del
estadio IIIo son por su composición muy uniformes, de sedi-
mentación muy compacta y contienen relativamente poca
arena, pero los rodados son, por lo general, de forma chata
y algo más chicos que los del estadio IVo. Los depósitos de
este último estadio no se componen como los anteriores ex-
clusivamente de bancos de rodados; entre ellos hay, como se
ve en el plano, grandes extensiones de limo fangoso y tam-
bién de arena con muy pocos rodados. Los bancos de pedre-
gullo, designados en el plano especial por sus signos conven-
cionales respectivos, contienen en comparación con los del es-
tadio IIIo mucho más arena, y los cantos son, debido a la ma-
nera de su sedimentación, por lo general, más grandes. La di-
ferencia se ve muy bien comparando las fotografías lárni-
8!
ñas XIX y XX. La primera representa rodados del estadio IIIo
y la segunda rodados del IVo. En la parte noroeste de la pe-
nínsula existe un yacimiento de rodados del estadio IVo casi
puro, sin mezcla de arena, el que se distingue fácilmente en
el plano. Los demás bancos de rodados en esta parte están
mezclados con muchísima arena, y algunos otros depósitos se
componen de limo fangoso.
Al norte de la fábrica de sal se ve que los depósitos del es-
tadio IIIo forman la barranca del mar en una extensión bas-
tante grande.
Los depósitos del estadio IVo situados al sudeste de esta
barranca entre los bancos del estadio IIIo y la costa, contie-
nen relativamente poca arena hasta el punto denominado
La Caldera. Desde este punto hasta el Paso Seco la arena en
los bancos aumenta, siendo los rodados de un tamaño mayor;
en el paraje llamado La Pirámide, por ejemplo, los de ta-
maño de un huevo de avestruz no son raros. Desde la punta
extrema noroeste de San Blas hasta La Caldera, los depó-
sitos del estadio actual o Vo se componen de rodados bastante
puros con poca arena, y más hacia el sudeste predomina la
arena. Los bancos del estadio Vo forman una faja muy es-
trecha, pero como el pedregullo que se extrae se reemplaza
en tiempo relativamente corto por nuevos materiales de
igual pureza, que arroja el mar a la ribera, estos yacimientos
son en cierto modo inagotables.
La cantidad total de pedregullo en San Blas es enorme. Los
yacimientos se extienden mucho más allá del terreno repre-
sentado en el plano especial, y sumarían en totalidad por lo
menos el doble de los bancos que se encuentran en la parte
relevada. Para el cálculo de la cantidad exacta de pedregullo,
que existe en San Blas, sería necesario conocer el espesor de
los yacimientos. A fin de conseguir esto, habría que practicar
numerosos sondeos, cuya ejecución es muy difícil y costosa,
por tratarse de pedregullo. La única forma, como he podido
obtener datos, fué mediante mediciones de las excavaciones
ya existentes de los pozos. Estos, por lo general, llegan sola-
mente a la profundidad de la napa de agua dulce, que corres-
ponde a la cota de dos metros más o menos del plano espe-
cial. Exceptuando 'los pozos números 3, 4 y 11, que se encuen-
tran en tierra limosa, en todos los demás he podido consta-
ra
82
tar que el pedregullo llega hasta el fondo y que, con toda
probabilidad, continúa a mayor profundidad. En el pozo de la
manzana 88 pude constatar que el fondo es formado por una
capa de arena negruzca, pero bien puede ser que se trate
de un pequeño banco intercalado entre los rodados. Por lo
general en las capas inferiores aumenta la arena.
También las barrancas bastante altas de la costa al norte
de la fábrica de sal, se componen de pedregullo desde arriba
hasta abajo. Solamente en los bancos del estadio IVU hay a
veces intercalaciones pequeñas de arena, pero son insignifi-
cantes. De todas estas observaciones tendría que deducirse
que el límite inferior de les bancos de pedregullo se halla
a una altura de un metro y cincuenta centímetros más o me-
nos sobre la cota 0.00 del plano especial, si la configuración
y el aspecto de las mencionadas barrancas no indicasen cla-
ramente que el límite inferior se encuentra más abajo, lo que
está confirmado, además, por dos datos concretos. La draga
sacaba el pedregullo hasta una profundidad de ocho metros,
lo que corresponde a una profundidad de cinco metros más o
menos bajo la cota 0.Ü0 del plano. En la parte inferior el pe-
dregullo no era tan puro, sino mezclado con limo fangoso.
Cerca del punto donde se explotaba el pedregullo, se hizo an-
teriormente un sondeo. Los datos de éste, que me proporcionó
el señor Enrique G. Rhode, son los siguientes:
0,00 5,00 m. Pedregullo.
5,00 — 5,70 ni. Arena con muy poco pedregullo.
5,70 6,50 ni. Pedregullo.
6,50 — 8,20 ni. Pedregullo chico y mezclado con bastante arena.
8,20 — 0,00 ni. Pedregullo.
Admitiendo que el punto donde ha sido ejecutada la per-
foración tenga una altura de cinco metros, según el plano
especial, resulta que la capa de pedregullo llega por lo menos
a una profundidad de cuatro metros bajo la cota de 0.00 del
plano.
No se puede decir, naturalmente, que esta profundidad
sea general, pero al menos nos puede servir para hacer cálcu-
los aproximados.
Los datos que siguen, se relacionan solamente con la parte
de la península representada en el plano especial.
S'J
Ante todo debo observar, que la enorme cantidad de pedre-
gullo existente en San Blas, no presenta en toda la península
lar. mismas condiciones favorables para la explotación. Hay
partes donde están cubiertos de médanos, y habría que descu-
brir primeramente los bancos, lo que originaría grandes gas-
tos. También hay que tomar en cuenta el gasto de acarreo, en
cuanto se refiere a los yacimientos que se hallan situados más
al centro o separados por cordones de médanos de la costa, de
manera que habría que construir vías de fácil transporte. Por
otra parte hemos visto que entre los depósitos del estadio IVo
hay muchos bancos de pedregullo, que son menos puros que los
de los otros estadios. En la explotación se trata naturalmente del
destino que se quiere dar al material. Para ciertas obras poco
importa si contiene algo más de arena.
Los yacimientos de pedregullo que presentan mayor ven-
taja en todo sentido para una explotación, son los del esta-
dio Vo. Desde el paraje llamado La Caldera hasta el punto
extremo noroeste de la península forman en la ribera un cor-
dón continuo. En toda esta extensión los pedregullos son muy
uniformes, muy puros, con poca arena y utilizables para cualquier
obra que necesite un material escogido. La ventaja para la ex-
plotación consiste, además, que en cualquier punto de esta ri-
bera se puede atracar con embarcaciones, de manera que no ne-
cesita acarreo. Por lo expuesto más arriba hemos visto que estos
yacimientos son en cierto modo inagotables por renovarse con-
tinuamente con nuevos materiales que arroja el mar a la costa.
Procediendo en la extracción en forma metódica, es decir, prin-
cipiando a excavar en La Caldera y avanzando paulatinamente
en dirección noroeste, antes de llegar a la extremidad de la penín-
sula, se depositaría otra vez tanto material en el punto de partida,
que se podría comenzar de nuevo la misma operación. Si se li-
mita la explotación únicamente al material renovable por la acción
del mar, debe sacarse solamente el pedregullo que se halla en la
parte del cordón costanero, el que no pasa de tres metros y cin-
cuenta centímetros de altura, la que es, más o menos, hasta donde
llega la marea alta; pero a fin de evitar derrumbamientos, hay
siempre que dejar una cantidad suficiente de pedregullo, para
que no se afecte la pendiente máxima del declive de la costa. En
esta forma no se extraería material de terrenos particulares, ni
de los cincuenta metros reservados para el camino costanero, lo
04
que quiere decir que se explotaría únicamente pedregullo de
indiscutible propiedad de la Provincia. La extracción se tendría
que hacer en este caso por medio de dragas, excavando hasta
una profundidad de cuatro metros bajo la cota 0.00, sin tocar
la línea actual de la costa, ni el fundamento de la península
para evitar derrumbamientos. Si se diese en alguna parte con
bancos de los otros estadios, éstos se hallarían siempre en la
zona que aun en marca baja queda cubierta de agua y donde el
material se renueva.
Los yacimientos utilizables del estadio V", que correspon-
den, como he demostrado, a los aluviones más modernos, es-
tán limitados a la costa norte de la península entre La Cal-
dera y la punta extrema noroeste. En la costa sur, por el
lado del Arroyo Jabalí, figuran en el plano también depó-
sitos de rodados de este estadio, pero se trata de capas muy
superficiales y de poca importancia. Estas no se renuevan,
porque en esta parte el mar no acarrea material grueso.
En cuanto a los depósitos del estadio IVo, que también per-
tenecen en sentido geológico a los aluviones, ocupan mucho
mayor extensión en el terreno de la península que los ante-
riores, como se puede ver en el plano. En el capítulo que trata
de la edad de los distintos horizontes, he demostrado que los
terrenos de este estadio, a pesar de llamarse «aluviones», son
bastante antiguos y seguramente de origen precolombino, y
no sé si se comprenden entre los aluviones que la ley designa
como propiedad del Estado. Pero esto es asunto de derecho
y no de geología.
Por los estudios geológicos practicados en esta región se
ha podido establecer con toda evidencia, que el mar se halla
actualmente en estado de regresión, y que la tierra firme
en la costa crece continuamente, tanto por causa del retro-
ceso marino como de los aluviones que arroja el mar contra
la costa. Pero nos faltan datos exactos de las condiciones que
presentaba anteriormente la ribera para poder establecer
cuánto es el aumento en un tiempo determinado. Con el le-
vantamiento del plano topográfico y geológico en que se ha
determinado la altura de más de tres mil puntos, y con las
estaciones de observaciones fijadas con toda exactitud, en lo
futuro no sucederá lo mismo. Aparte del interés científico
que presenta este levantamiento, por medio del cual se pue-
den hacer observaciones exactas sobre las oscilaciones secu-
S5
lares o el retroceso continuo de la línea de costa, es de suma
importancia para la Provincia, porque en adelante se podrá
establecer con precisión matemática el aumento de la tierra
firme en esta ribera.
En varias ocasiones ya he demostrado que los depósitos del
estadio IVo no presentan condiciones tan favorables para la
explotación del pedregullo como los del IIIo. Los sedimentos de
aquel estadio se componen en gran parte de materiales finos,
limo y arena, y donde existen bancos de rodados, éstos están
frecuentemente cubiertos de médanos, y también por su ca-
lidad son inferiores, por estar mezclados con otros materiales.
Las condiciones más favorables, en cuanto a la calidad, se pre-
sentan en la región desde el Cementerio de Indio? en direc-
ción a noroeste hasta el punto donde los bancos del esta-
dio IIIo llegan hasta la misma orilla del mar. Otro yacimiento
de calidad tan buena como la de los bancos de los otros esta-
dios se halla antes de llegar a la punta extrema noroeste de la
península. (Véase plano especial).
Los sedimentos del estadio IIIo son indudablemente los que
tienen mayor importancia para una explotación, porque se
componen casi en su totalidad de bancos de pedregullo y ocu-
pan una gran parte del terreno de la península. Hemos visto
que los bancos son muy compactos, y que en algunas partes
tienen casi el aspecto de un conglomerado. Su material es
muy uniforme y, dondequiera, de una calidad igualmente bue-
na. En la ribera forman en una Sarga extensión el segundo
escalón de Sa barranca, contra el cual están depositados los
sedimentos del estadio Vo o más reciente, como se puede ver
en algunas de las fotografías. Por las razones ya expuestas,
no considero los depósitos del estadio IIIo como aluviones,
sino que los coloco en los terrenos de edad diluvial.
Para la explotación del pedregullo del estadio II I" es de
gran importancia, que en muchas partes los bancos llegan hasta
la orilla del mar, y que hay barrancas que tienen siete y ocho me-
tros de altura sobre la cota 0.00 de nuestro plano. Los perfiles
geológicos transversales de la península dan una idea más clara
de la distribución y de la importancia de los depósitos de pedre-
gullo correspondientes a los diferentes estadios, que una descrip-
ción detallada.
Los medios cómo la Provincia podría aprovechar los pe-
86
dregullos de los dos estadios IVo y IIIo, sin tocar terreno de
propiedad discutible y sin disminuir la extensión del terreno
en la costa, sería sacar únicamente la parte de los bancos si-
tuada arriba de 'la cota de cuatro metros veinte en la faja re-
servada para el camino de la costa. Explotando únicamente el
material a la altura mayor que alcanza la marea alta, no se
afectaría ni el camino, ni se disminuiría la costa actual de
la península. Es claro que en este caso las capas no serían re-
novadas, y por lo tanto, la explotación se podría hacer sola-
mente una vez. Pero asimismo se obtendría una cantidad enorme,
pudiéndose explotar no solamente los bancos en la costa hacia
el puerto, sino también en la del Arroyo Jabalí, y no se afec-
taría en nada la explotación de los depósitos del estadio Vu
que se renueven. (Para mejor comprensión véase perfil figura 3).
Me he ocupado aquí solamente de los procedimientos que
se deben observar en la extracción de pedregullo de indiscu-
tible propiedad del Estado, no tomando en consideración los
que se hallan en terrenos de propiedad no bien definida.
Para la explotación de todo el material existente en la pe-
nínsula pueden emplearse dos procedimientos que ya he men-
cionado: uno por medio de dragas, cargándolo directamente
en las embarcaciones, y el otro acarreándolo del interior por
medio de «Decauvilles» a la costa, o combinando los dos.
En el primer caso se puede explotar el pedregullo hasta una
profundidad de cuatro metros bajo la cota 0.00 del plano,
avanzando paulatinamente de la ribera tierra adentro. Se en-
tiende, que de esta manera se disminuiría la extensión de la
superficie. Para tal extracción se prestaría especialmente la
parte de la península, que se extiende desde el estableci-
miento de la fábrica de sal en dirección noroeste hasta la
punta extrema de la misma. Esta zona presenta la ventaja Je
tener una costa muy larga, que permite la extracción en todos
lados. El terreno se halla fuera del pueblo y tiene un valor
muy escaso para agricultura por componerse de pedregullo
casi puro. El segundo modo de explotación se puede aplicar
en toda la extensión de la península. Es más costoso; pero
explotando el material solamente hasta la profundidad de
cuatro metros y cincuenta centímetros sobre la cota 0.00 del
plano, se conservaría el terreno en todos sus contornos. En
este caso hay que hacer una distinción del terreno, del que está
cubierto de médanos y donde los bancos llegan a flor de tierra.
PERFIL DEMOSTRATIVO PARA LA EXTRACCION DE PEDREGULLO
Informe sobre el levantamiento topográfico
en la Bahía San Blas
El levantamiento adjunto se extiende desde la Punta Oeste,
llamada El Rincón hasta un poco más al sur de La Pirámi-
de, cerca de la Punta Rubia, siguiendo la costa en un ancho
de mil a mil quinientos metros.
La parte oeste hasta frente de la fábrica de sal, es una penín-
sula de ochocientos a mil metros de anchura, formada por un
brazo de mar bastante ancho y hondo, el que continúa desde acá
en dirección al sur.
Toda esta parte está formada de bancos de pedregullo, los cua-
les están cubiertos de médanos solamente en pocas partes. En
cambio, en la parte este, los médanos cubren una zona en una
extensión de ochocientos a novecientos metros desde la costa, al-
canzando alturas hasta de catorce metros y con pocas excepcio-
nes están provistos de vegetación.
En la primera fila de médanos en la costa del mar se encuen-
tra una excelente agua potable; más al interior se vuelve salada
y tanto más cuanto más uno se retira del mar. Saliendo de la re-
gión de los médanos, toda el agua es salada. Interesante es el
hecho que el nivel del agua potable en los pozos cerca de la
costa cambia con las mareas altas y bajas.
El levantamiento topográfico tenía que ser muy detallado, y
siendo la configuración del terreno apropiado para el releva-
miento taquimétrico, he elegido este sistema, tanto para eco-
nomizar tiempo como dinero.
Los instrumentos empleados fueron: el taquímetro, el nivel,
una cinta de acero de cincuenta metros y miras corredizas de
4.27 de la casa Otto Hess.
El taquímetro, que naturalmente servía al mismo tiempo de
teodolito, tenía el limbo horizontal (limbus) movible, permi-
tiendo así medir los ángulos por el procedimiento de. repetición.
El círculo horizontal permitía una lectura de 20”, pero fácilmen-
te se podía apreciar 10”. La misma precisión se obtenía con el
círculo vertical. El anteojo, de bastante poder en alcance, tenía la
90 —
constante = 100, quiere decir que la diferencia entre las lecturas
del hilo superior e inferior sobre una mira a 100 metros del ins-
trumento, era igual a un metro.
El nivel usado fué un Bartolemy, el que permite eliminar los
errores por inversión del anteojo y dcble lectura.
En primer lugar recorrí el terreno para hacer un reconoci-
miento general y tomar las disposiciones convenientes.
Como base de levantamiento sirvieron dos polígonos con un
lado común, en lugar de uno solo, que resultaría muy alargado.
Los dos polígonos siguen más o menos la periferia del terreno
levantado.
La proporción del lado menor al mayor corresponde más o
menos a 1 : 2. La configuración del terreno hacía conveniente no
formar lados mayores de mil quinientos metros. Los puntos de
las poligonales fueron fijados por medio de estacas de quebracho
de 90 x 10 x 10 centímetros.
Estos puntos sirvieron después de estaciones taquimétricas.
La numeración de los puntos es de I a XII en el primer polí-
gono y en el otro de XIII a XXXI, inclusos VI y VII que perte-
necen a los dos.
Los ángulos fueron repetidos seis veces en posición derecha y
otras tantas en inversa del anteojo.
El primer polígono con doce ángulos y 13.188,95 metros de
largo cierra con 10”; el segundo con diez y ocho ángulos y
20.833,07 metros, cierra con 14”. Son resultados que quedan
bien dentro del límite permitido.
Para la nivelación hice colocar a cada doscientos cincuenta me-
tros estacas más chicas. Esta cerró en el primer polígono con
0,040 metros, y en el segundo con 0.061 metros.
Como no existía en ninguna parte un punto de altura conoci-
da, había que adoptar una que podía servir de base. Para no te-
ner alturas negativas en el plano he elegido como altura = 0 la
marea baja media, frente a La Pirámide.
De las observaciones hechas por la Subprefectura en los últi-
mos tres años, resultó que las diferencias entre marea alta y baja
en tiempo de los equinoccios eran iguales a 3.26 metros. En la
entrada del canal a Sam Blas (frente a La Pirámide) esta di-
ferencia es de 3.66, resultando una diferencia entre ambos de cua-
renta centímetros. Entonces resulta, que en el momento de em-
pezar a subir la marea en la entrada del canal o de la Bahía, el
— 91
agua aún baja en su interior, y como la correntada va hacia el
lado de la entrada, el nivel del agua es naturalmente más alto en
el primer lugar. Lo contrario pasa cuando la marea empieza a
bajar. Por estas razones se comprende que las aguas medianas
tienen la misma altura, tanto en la entrada, como en el interior
de la Bahía. En cambio en el interior la marea baja es de 20
centímetros más alta y la marea alta 20 centímetros más baja,
es decir, en cada caso la mitad de la diferencia de las ma-
reas.
Estas cotas sirvieron de base para las cotas de nivelación.
Como puntos fijos fueron colocadas dos estacas bien grandes
de quebracho, enterradas hasta flor de tierra, una pegada al más-
til de la Subprefectura con la altura 'de 4,637 metros y la otra con-
tra la esquina norte de la casa del señor Enrique Rhode con la al-
tura de 4,606 metros.
Basándome en el polígono y en la nivelación hice el levanta-
miento taquimétrico. Los puntos principales para colocar el ins-
trumento fueron naturalmente los del polígono, porque éstos per-
mitían al mismo tiempo una verificación de la exactitud del tra-
bajo. Desde estos puntos fueron elegidas después las otras es-
taciones, de manera que quedaba bien visible todo el terreno al-
rededor.
Los lugares verticales de estación a estación fueron medidos
adelante y atrás; igualmente las distancias. Como resultado defi-
nitivo tomé el medio entre las dos mediciones, resultando así
muy justo. No habiendo funcionado la brújula, fué orientado el
instrumento siempre sobre la estación anterior. Después de ter-
minado el levantamiento en una estación, verificaba cada vez
sobre el punto de salida. La lectura de los hilos fué hecha
siempre con el mayor cuidado, igualmente la lectura de los án-
gulos verticales; en cambio los horizontales fueron leídos sin
servirse del nonio, no tratándose de estaciones o de puntos muy
importantes. Con el fin de trabajar más ligero, levanté los pun-
tos de poca diferencia de altura con la estación, mediante un án-
gulo vertical = 0o, quiere decir, que fueron nivelados. La d;s-
92
tanda hasta donde fueron levantados los puntos era de trescien-
tos metros, pero llegaba frecuentemente a quinientos metros
cuando se trataba de puntos de menor importancia. Muchas ve-
ces la configuración del terreno no permitía otra lectura que el
hilo medio y el hilo superior o inferior, lo que me obligaba a pro-
ceder con mayor exactitud. Los ángulos verticales mayores no
pasaban de 5". De vez 'en cuando se hacía una verificación so-
bre el mismo punto desde dos estaciones diferentes. La cantidad
de los puntos levantados de cada estación dependía de la confi-
guración del terreno. En terreno uniforme la distancia de un
punto a otro era de unos ochenta pasos de hombre, mientras que
en terreno accidentado era mucho menor, tanto que no quedaba
un cambio bien pronunciado entre dos puntos.
En cada estación levanté un croquis que acompañaba el rele-
vamiento instrumental, para facilitar después la confección del
plano.
Fueron levantados unos seis mil quinientos puntos.
Para determinar el sitio de La Pirámide (señal para la na-
vegación) medí los ángulos desde los tres lados XIX-XX; XX-
XXIV y XXIV -XXV.
Para la orientación del plano determiné el azimut para el lado
común Vil-Vi de los dos polígonos. A este propósito efectué ob-
servaciones de alturas correspondientes de unas estrellas cir-
cumpolares.
Para la confección del plano había que construir primero el
polígono, a fin de poder reconocer en seguida un error al trans-
portar las estaciones. Con objeto de obtener la exactitud necesa-
ria, calculé las coordenadas. Una vez transportado el polígono
fueron ubicadas todas las estaciones taquimétricas. Solamente
después de cerrar bien con el polígono, tanto por los ángulos ho-
rizontales, como por las distancias, empecé el transporte de los
detalles. Los puntos fueron ubicados con el transportador de me-
dio círculo (manera de Moinot), indudablemente la manera mas
sencilla y más rápida. Una vez ubicados todos los puntos, cons-
truí las curvas de nivel, en terreno uniforme por interpolación y
en terreno accidentado valiéndome de los croquis.
Las curvas tienen una equidistancia de un metro.
La Plata, Marzo 31 de 1913.
A. Reinmann.
Explicaciones de las láminas, perfiles y planos
Lámina I. — Vistas panorámicas del Valle del Río Negro.
Figura 1 presenta el contraste entre las mesetas del hábitus
patagónico con sus característicos arbustos y pastos duros y el
valle con su abundante vegetación. Se ve, que en las mesetas
la capa de sedimentos sueltos es bastante delgada y que la are-
nisca del Río Negro está en algunos puntos a flor de tierra. Las
islas en el río, tanto la grande como las pequeñas en el fondo,
corresponden a la terraza del estadio IV de mi subdi visión.
Figura 2 presenta la barranca de la ribera norte del río, que
continúa en la misma forma desde la desembocadura y hasta el
Meridiano V. En la parte inferior de la barranca se ve una línea
clara, que corresponde a la terraza del estadio IV.
Lámina II. — Barrancas Sur y Norte a ambos lados de la des-
embocadura del Río Negro.
En la sobrelámina están indicadas las relaciones estratigrá-
ficas.
En la figura 1 (Barranca Sur) se ve, que el banco de arcilla
roja forma más o menos la línea de separación entre el piso río-
negrense y el entrerriano. P. P. significa un banco de piedra pó-
mez entrecalado en forma de lente en las areniscas del Río Ne-
gro. Se ve, que el mar en marea alta llega hasta el pie de la
misma barranca, lo que ya no ocurre más en Ha Barranca del
Norte (figura 2), que parcialmente se halla cubierta de méda-
nos móviles.
Lámina III. — La Barranca del Sur, con el banco de « Ostrea
patagónica».
En esta fotografía aparece el banco de las Ostreas patagónicas,
solamente visible durante la marea baja. También se ve muy bien
el mencionado banco de la arcilla roja, límite entre la arenisca de
estratificación transversal del piso ríonegrense y de la marina del
del piso entrerriano.
94
Lámina IV. — Vista parcial de la Barranca del Sur.
La sobrelámina demuestra la situación de los rodados patagó-
nicos sobre la arenisca del piso ríonegrense y la de la capa eólica
sobie aquéllos. La capa de rodados encima de la arenisca ríone-
grense pertenece al estadio I de mi subdivisión, mientras que en
la parte inferior de la fotografía se ven rodados pertenecientes a
los aluviones más modernos o al estadio V.
Lámina V. — Figura 1. Paraje cerca del Rio Negro, a dos le-
guas de Carmen de Patagones, río abajo.
En el fondo se ve la barranca formada de arenisca del piso río-
negrense, y el río a la derecha. Cuando la barranca retrocede algo
de la ribera del río, se forman abras, rodeadas por aquella ba-
rranca en forma de un semicírculo, iguales a la que represenia
la fotografía. El piso de estas abras corresponde a una terraza
del río.
Figura 2. Terrazas de la barranca del Río Negro, a dos leguas
y media de Carmen de Patagones rio arriba.
En esta vista se ven las terrazas del río pertenecientes a los es-
tadios II (?), III, IV y V. La del II se conoce solamente por un
pequeño salto en la pared de la barranca.
Figura 3. Barranca del Río Negro a dos leguas de Carmen de
Patagones río arriba.
También en esta fotografía se ven las terrazas de los estadios
III, IV y V, aun con menos claridad. Pero se presentan mejor las
relaciones entre ellas y las areniscas terciarias. En la base de la
barranca aflorecen bancos de la arenisca del piso entrerriano,
sobre los cuales están depositados aluviones modernos, que for-
man el escalón inferior de las terrazas fluviales. Se ve muy bien
la línea, hasta donde llega el río crecido. Entre la arenisca ríone-
grense y los rodados tehuelches del estadio I, se halla un banco
de yeso, indicado en la sobrelámina.
Lámina VI. — Figura 1. Vista parcial de la barranca, represen-
tada en la fotografía lámina V , figura 3.
Representa como las anteriores las terrazas fluviales del río.
El hombre delante el escalón inferior da una idea de su altura.
Es en la terraza del estadio IV donde se halla en mayor abundan-
cia la Unió spec.
95
Lámina VI. — Figura 2. Meseta cerca del río. Vista tornada a
dos leguas y media de Carmen de Patagones , río abajo.
La vista representa el sitio donde he encontrado, entre los ro-
dados tehuelches, restos de moluscos marinos y fragmentos de la
barranca de las areniscas terciarias en una altura de treinta y
cinco metros más o menos sobre el nivel del mar. Los rodados,
que en la mayor parte de la fotografía se hallan a flor de tierra,
están parcialmente cubiertos por médanos medio fijos, que el
viento lleva poco a poco, descubriéndolos.
Lámina VIL- — Barranca del Río Negro, a dos leguas de Car-
men de Patagones, río abajo.
Se ve que en la parte donde está sacada la fotografía, el río
activa en forma erosiva en la barranca formada por la arenisca
del piso ríonegrense.
Lámina VIII. — Barranca del Río Negro a dos leguas y media
de Carmen de Patagones, río abajo.
En la barranca se ve uno de aquellos lentes de arcilla entreca-
lados en las areniscas ríonegrenses.
Lámina IX. — Vista parcial del paraje anterior.
Se ve el mismo banco de arcilla, más claro. En la sobrelámina
está indicada la relación estratigráfica de las diferentes capas que
forman los pisos ríonegrense y entrerriano.
Lámina X. — Corte de camino que conduce de la Subprefec-
tura al pueblo de Carmen de Patagones.
Esta vista demuestra muy bien la estratificación transversal de
la arenisca del piso ríonegrense.
Lámina XI. — Demuestra fenómenos estratigráficos produci-
dos por los vientos.
Figura 2 representa la estratificación transversal de las arenis-
cas ríogrenses, y la figura 3 a 6 distintas formas de estrati-
ficación producidas por los vientos y las lluvias en los mé-
danos actuales.
Lámina XII. — Cantera de pedregullo de la Municipalidad de
Carmen de Patagones.
Lámina XIII. — Cantera de la Municipalidad de Carmen de
Patagones. (Vista parcial de la anterior).
Las dos fotografías representan rodados del estadio I, mezcla-
dos con polvo de caliza. Se ve que los rodados están cubiertos por
una capa delgada de arena cólica. El yacente de los rodados está
formado por la arenisca ríonegrense.
El material que se explota en esta cantera se utiliza para la
construcción de calles en el pueblo de Carmen de Patagones.
Lámina XIV. — Vista panorámica de la Salina del Inglés.
Se indica en las sobreláminas la naturaleza del terreno.
Lámina XV.- — Vista panorámica del Salitral Grande.
Las dos fotografías representan todo el horizonte, y están to-
madas desde un punto del interior de la depresión cerca del bor-
de sur. Las relaciones de los diferentes terrenos están indicadas
en la sobrelámina.
Lámina XVI. — Vista del valle del Río Negro, a cinco leguas
arriba de Carmen de Patagones. (Estancia «El Carbone») .
Los terrenos que se ven en esta fotografía pertenecen a la te-
rraza del estadio IV y están situados en una de las abras.
Lámina XVII. — Parte extrema noroeste de San Blas.
Esta fotografía demuestra la formación de los cordones parale-
los de pedregullo, que da a la península de San Blas un aspecto
tan característico.
En el fondo de la vista se ve la barranca del otro lado del Arro-
yo Jabalí, que separa ¡a península de la tierra firme, y cuya entra-
da se distingue perfectamente bien. Al lado de esta entrada, indi-
cada en la sobrelámina, empieza el cordó'n de pedregullo prin-
cipal, y que en esta parte forma una faja muy estrecha. De este
— <J7
cordón principal se ramifican los cordones secundarios, indicados
en la sobrelámina. En el banco principal se ven pequeñas abras,
por las cuales entra en tiempo de marea alta el agua de afuera,
arrastrando consigo los rodados y ensanchando con ellos los cor-
dones secundarios. Entre éstos se ven depósitos de arcilla salí-
fera (limo fangoso), los que se hallan en las depresiones entre
los bancos secundarios.
La fotografía ha sido tomada durante marea baja.
Lámina XVI 1 1. — Figura 1. Costa de San Blas, cerca de «La
Caldera ».
En esta vista se ve bien la formación sucesiva de los bancos
principales.'
Figura 2. Costa barrancosa del lado noreste de San Blas.
Se ve en esta vista cómo el mar deposita aluviones recientes
contra una barranca de depósitos del estadio III. En la sobrelá-
mina he dado un pequeño perfil para demostrar las relaciones en-
tre la barranca y los depósitos modernos.
Lámina XIX.- — Vista de la costa noreste de San Blas, sacada
en un punto designado en el plano con xxx.
La barranca está formada de rodados del estadio III.
Lámina XX. — Vista de la costa noreste de San Blas sacada
en un punto designado en el plano con xx.
Barranca formada de rodados del estadio IV.
Lámina XXL — Vista de la costa noreste de San Blas sacada
en un punto designado en el plano con x.
Cordón principal visto de frente con declive fuerte formado
de depósitos de rodados del estadio V.
Lámina XXII.- — Entalladura en la costa efectuada por la ex-
plotación del pedregullo.
Lámina XXIII. — Vista general de la costa de San Blas , donde
se practica la extracción de pedregullo y sacada mientras traba-
jaba la draga.
— 98
El cordón costanero ha sido formado nuevamente después de
haberse extraído el pedregullo hace diez años más o menos. A
la derecha se ve la altura que tenían los depósitos de rodados
del estadio IV antes de su explotación.
Lámina XXI V. — Plano topográfico y geológico de la región
de Bahía San Blas. (Partido Patagones).
Las líneas designadas con Perf. 1, II, etc., indican los rumous
que siguen los perfiles de la lámina siguiente.
Lámina XXV. — Perfiles geológicos transversales correspon-
dientes al plano de los alrededores de Bahía San Blas.
Los seis perfiles de esta lámina corresponden al plano de la lá-
mina anterior. El espesor de las dos capas superiores (capa de
los depósitos marinos cuaternarios y capa de arena eólica) esta
algo exagerado.
Láminas XXVI y XXVII. — Plano topográfico y geológico de
la península de San Blas (Jabalí). Partido Patagones. (Hoja
1 y 11).
Los dos planes representan la faja costanera noreste de la pe-
nínsula de San Blas. (Véase plano lámina XXIV). Los signos x,
xx y xxx indican los puntos donde han sido sacadas las vistas lá-
minas XIX, XX y XXL Las líneas designadas con Perf. I, II, etc.,
indican los rumbos que siguen los perfiles de las láminas si-
guientes.
Láminas XXVIII, XXIX y XXX. — Perfiles transversales de la
península San Blas.
Los ocho perfiles de estas láminas corresponden a los planos
láminas XXVI y XXVII. El perfil VIII b, es la continuación del
VIII a.
En el perfil III se ven los cordones paralelos de pedregullo en
un corte transversal. En los perfiles V, VI, VII y VIII se ven las
líneas de la antigua costa del estadio III. En el perfil VI se ve
que hay dos líneas paralelas de antigua costa, lo que prueba que
durante el estadio III ha habido por lo menos dos movimientos
— 99 —
'bruscos de retroceso. En el perfil VIII a y b están indicados los
semicírculos mencionados en el texto, cortados en dirección trans-
versal, que demuestran el retroceso lento y paulatino del mar
durante el estadio IV.
Lámina XXX. — Perfiles nivelados para determinar el aumen-
to de la costa.
Son estos los perfiles trazados y amojonados en la costa de la
península de San Blas, para poder comprobar en lo futuro el re-
troceso del mar y el aumento de la tierra firme.
Revista del Museo de La Plata.
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina I.
Fig. 2. — La barranca de la ribera norte del Río Negro cerca de su desembocadura, vista de la ribera sud de la estancia del señor Oscar Scliauffler
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Revista del Museo de La Plata.
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina II.
Fig. 1. — La barranca del sur, al sur de la desembocadura del Río Negro
Fig. 2. — La barranca del norte, al norte de la desembocadura del Río Negro
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Revista del Museo de La Plata. Lutz NVitte. Estudios Geológicos. — Lámina III.
La barranca del Sur, con el banco de «Ostrea Patagónica
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Revista del Museo de La Plata. Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina III.
a barranca del Sur, con el banco de Ostrea Patagónica
Vista parcial de la barranca del Sur
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ALUVIONES MODERNOS
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Revista del Museo de La Plata
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina IV.
Vista parcial de la barranca del Sur
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Fig. 2. — Terrazas de la barranca del Río Ni
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Fig 3. Barranca del Rio Negro a dos leguas de Carmen de Patagones, río arriba
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Revista del Museo de La Plata.
Lutz Witte. Estudios Geológicos. ■ — Lámina V.
— Terrazas de la barranca del Río Negro, a dos leguas y inedia
de Carmen de Patagones, rio arriba
Fig. 3. — Barranca del Río Negro a dos leguas de Carmen de Patagones, río arriba
Revista del Museo de La Plata.
Lutz Witte, Estudios Geológicos. — Lámina VI.
- Vista parcial de la barranca, representada
por la fotografía lámina V, fig. 3
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Fig. 2. Meseta cerca del río, vista tomada a dos leguas y media
de Carmen de Patagones, río abajo
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Revista del Museo de La Plata.
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Fig. 1. — Vista parcial de la barranca, representada
por la fotografía lámina V, fig. 3
Fig. 2. — Meseta cerca del río, vista tomada a dos leguas y media
de Carmen de Patagones, río abajo
Revista del Museo de La Plata.
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina VIL
Barranca del Río Negro, a dos leguas de Carmen de Patagones, río abajo
Revista del Museo de La Plata. Lutz Witte. Estudios Geología Lámina VIII.
Barranca del Río Negro a dos leguas y media de Carmen de Patagones, río abajo
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Revista del Museo de La Plata. Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina VIII.
Barranca del Río Negro a dos leguas y media de Carmen de Patagones, río abajo
Revista
Museo de La Plata.
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ARENISCO OE
ESTRO ITHCACION
TRONVERSAL
SONCO De ARO
RODA ENTRE U)
DOS PISOS
ARENISCA .JE
ESTROTi FICO CIO A
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ARENISCA RE
ESTPATí FICACJON
TRANSVERSAL
BANCO OE ARCILLA
iANCíi VE ARCILLA
ROJO
ARENISCO OE
ESTRO ITFICOCION
HORIZONTAL
. ista pardal de la lámina anterior
ALUVION E S
fVI O D S R N O S
5 O H 91 5 Cl O rv*i
a a woivuja
Revista del Museo de La Plata.
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina IX.
Vista parcial de la lámina anterior
Revista del Museo de La Plata. Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina X.
Corte del camino que conduce de la Subprefectura al pueblo de Carmen de Patagones
Revista del Museo de La Plata.
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XI.
Fig. 4. — Estratificación transversal en un médano reciente
Fig. 5. — Estratificación transversal en un médano reciente
Fig. 6. — Estratificación transversal en un médano reciente
Revista del Museo de La Plata. Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XII.
Cantera de pedregullo de la Municipalidad de Carmen de Patagones
Revista del Museo de La Plata. Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XIII.
Cantera de la Municipalidad de Carinen de Patagones. (Vista parcial de la anterior)
Revista del Muse
ilógicos.
Lámina XIV.
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Lutz Witte. Estudios C
nos. — Lámina X l\
Revista de
?HMCA Je ^REHISCft QUE ROPCfl LA DEPRESION
BRECHA CONCWILLRS
fig. 1. — Vista pa
BARRANCA DE ARENISCA ^ U c RODIFA LA DEPRESION
CAPA DE SAL PURA
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BRECHA DCT CNCH ILLAS
Vista pa
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CAPA |3 E SAL PURA
DE L* ARCILL» (LIMO FANGOSO) SAUPEBA
BRECHA D E C O H C M I L. I- A S
BRECHA CE GNCHILLA5
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BARRANCA PE ARENISCA. QUE RODEA LA D g F> R g s I Ó N
ARCILLA S A L I PER .A
CAI- A O E SAL PURA
ZONA CE LA ARCILLA
PPM GüSO )
SO 3 5ALIf£RS
BRECHA DE CONCHILLfl!
I
Revista del Museo de La Plata.
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XIV.
Fig. 3. — Vista panorámica de la Salina del Inglés
Ci
La Plata.
Revista del Mi
Lutz Witte. £5
SARBAhCA DE ARENISCA TERCIARIA <? U E RODEA LA DEPRESION
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ARENISCA 08 ESTAATIFICACIOI
TRANSVERSAL ^ piso rionesíense)
DEPOSITOS LIMO FANGOSO
A R C < L. LA
^ SALIFERO Y A ^ E N A DEL ESTADIO HT .
Vista panorámica
L> M O
SAL' FERO
FAMGOSO í ARCILLA )
V ARENA DEL ESTADIO HI.
i A D O- S
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ARENISCA OI ESTRATIFICACION TRANSVERSAL. (^PlSO RIOn E'SPENSE j
DERQ S ITOS LIMO
FANGOSO ( ARCILLA ) SALIFERO V ARENA
D EL E ST A O I O
nr.
Revista del Museo de La Plata.
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XV.
Vista panorámica del Salitral Grande
Vista panorámica del Salitral Grande
Revista del Museo de La Plata. Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XVI.
Vista del valle del Río Negro, a cinco leguas arriba de Carmen de Patagones. Estancia El Carbone
Revista del Mu
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XVII.
itc San Bla:
I
„ ARROYO JA6AU
ENTRADA AL ARROYO JABALI
DEPRESIONES EN EL BANCO PRIMO PAL
F ANCO DE REDRETGULCO DEL (^ESTADIO 332TJ
Revista del Museo de La Plata.
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XVII.
Parte extrema noroeste de San Blas
La Plata.
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XVIII.
Revista del
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1
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J
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PEDREGULLO DEL (ESTADIO III )
C
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Revista del Museo de La Plata.
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XVIII.
Fig. 2. — Cosía barrancosa de! lado noreste de San Blas
designado en el plano con x
Revista del Museo de La Plata. Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XIX.
Vista de la costa noreste de San Blas, sacada en un punto designado en el plano con xxx
Revista del Museo de La Plata. Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XX.
Vista de la costa noreste de San Blas, sacada en un punto designado en el plano con xx
Revista del Museo de La Plata. Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XXI.
Vista de la costa noreste de San Blas, sacada en un punto designado con x en el plano
Revista del Museo de La Plata. Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XXII.
Entalladura en la costa efectuada por la explotación del pedregullo
O^itte. Estudios Geológicos. — Lámina XXIII.
Revista del Museo de La Plata.
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — LXmina XXIII.
Vista de la costa de San Blas, en donde se lia extraído el pedregullo
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XXIV.
Revista del Museo de La Plata.
PLANO DE UBICACION
VVSVAWO
SKN
PUNTA RUBIA
Salib-ai
PLANO
TOPOGRAFICO Y GEOLOGICO
DE LA REGION
Pernr._
LEVANTADO POR EL MAPA TOPOGRAFICO Y
GEOLOGICO OE LA PROVINCIA OE
BUENOS AIRES
■ancoso
Rincón
estancia
REFERENCIAS
DEPOSITOS
MARINOS
TERRESTRES
.SIGNOS CONVENCIONALES
ALUVIONES MODERNOS
MARINOS
(ESTAO/O Y.)
DEPOSITOS EOllCOS
MODERNOS
MÉOANOS
\ RODADOS
\ HUMUS
I ALUVIONES ANTIGUOS
MARINOS
I (ESTADIO IS)
i DEPOSI TOS O/L U VIA NOS
MARINOS
| (ESTADIO I. U r m.J
SfTTTí/fO ,
ARENA
CAPA EÓL/CA
OE LAS MESETAS
' etkSTD&Hi Or
PUNTA RUBIA
FALSA
TERRENOS SAUEEROS
PISO ENTRE RIAN O
A'OS/Zf.S MARINOS
ESCALA
Perf VI
Revista del Museo de La Plata.
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XXV.
Perfiles geológicos transversales correspondientes al plano de los alrededores de Bahía San Blas
REFERENCIAS
Arenisca marina del Piso Entrerriano
Arenisca de estratificación transversal
del Piso Rionegrense
Depósitos marinos diluvianos
de los estadios I, II y III
Capa eólica de las mesetas
Aluviones antiguos del estadio / V
Aluviones recientes del estadio V
Depósiios cólicos modernos (médanos)
ESCALAS Horizontal = 1 .• 75000 Vertical = 1:2000
Canal de entrada del Arrovo Tahalí
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XXVI
fico y
Canal de entrada del Arroyo Jabalí
Revista del Museo de La Plata.
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XXVI.
Plano Topográfico y Geológico de la Península de San Blas (jabalí)
Curvas equidistantes: 1 metro
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XXVI 1.
Revista del Museo de La Plata.
zSgfSill
MUELLE
\ ;a- \
| DESIGNACION PETROGRAFICA DE LOS SEDIMENTOS
DESIGNACION DE LOS COLORES GEOLOGICOS
LEGAMOSO
\ RODADOS
DEPOSITOS EOL ICOS, ME OANOS.
EstamoV
SSTANUA MUL V/ U_
TERRENOS SALIFEROS
ALUVIONES MARINOS MODERNOS
ESTAOialt
\ ARENA
¡ALO /IONES MARINOS ANTIGUOS
estabioJIL
Plano Topográfico y Geológico de la Península de San Blas (Jabalí)
Partido de Patagones
' DE FOSN OS .
MARINOS
Curvas equidistantes: 1 metro
XXVII.
Revista del Museo de La Plata.
Lutz Witte. Estudies Geológicps. — Lámina XXVIII.
Perfiles transversales de la península San Blas
Perfil 1
H
METROS
Perfil III
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XXIX.
irsales de \¿
Perfil I
w
Perfil 1
lstadioRL'
:staoioIÍL
Revista del Museo de La Plata.
Lutz Wjtte. Estudios Geológicos. — Lámina XXIX.
Perfiles transversales de
la península
San
Blas
Perfil IV
Perfil V
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XXX.
%
Bahí
SEDIMENTOS
«RENOS SALIFEROS
■espondientes.
Revista del Museo de La Plata.
Perfiles transversales de
la península San
Blas
Perfil VII
marea alta
marea baja
Perfil VIIIa
Lutz WrrtE. Estudios Geológicos. — Lámina XXX.
ESCALAS
Horizontal = 1 :2500 Vertical = 1 :400
N ota — Los rumbos que siguen los perfiles están indicados en los planos correspondientes
Perfil VIII8
Revista del Museo
Revista del Museo de La Plata.
Lutz Witte. Estudios Geológicos. — Lámina XXXI.
Perfiles nivelados para determinar el aumento de la costa
Perfil N° 1
La torre
PUBLICACIONES DLL MUSLO DE LA PLATA
PRIMERA SERIE
I as diversas publicaciones correspondientes a la primera serie, se bailan
de venta en el Musco a los precios siguientes:
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SUCCION ZOOLOGICA
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Segunda parte 0.00
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Tercera parle agotada
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Tomo XIV (segunda serie, tomo I)
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Tomo XVIII a XXIV' (segunda serie, lomo V' a XII)
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MUSEO
(FACULTAD DI! CIENCIAS NATURALES)
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DEL
DIRECTOR
SAMUEL A. I.A FON E OUKVKDO, M. A. (Cantal). )
Doctor holioris rnnsn
en la Facilitad de filosofía y letras (Universidad de Rítenos Aires), etc., efe.
TOMO XXIV
SEGUNDA PARTE
(SECUNDA SERIE, TOMO XI/ SEGUNDA PARTE.)
í‘ •
BUENOS AIRES
IMPRENTA DE JOSÉ TRAGANT
HUI. GRANO, 43S Al 472
I 9 1 9
I í .
Universidad Nacional de La Plata
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UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA
MUSEO - FACULTAD DE CIENCIAS NATURALES
CONSEJO ACADÉMICO
Presidente: doctor Samuel A. Lafone Qttetedo, M. A. (Cantab.)
Consejero titular: docto: Pedio I Vigilan.
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ACADÉMICOS HONORARIOS
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Doctor Juan l¡. Ambroselli (Buenos Aires), 1 907
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Doctor Miguel Lillo (Tucumán), 1907.
Ingeniero F 1 ancisco Segui (Buenos Aires), I907.
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Doctor Juan J. J. Kyle (Buenos Aires), 1907.
MUSEO -FACULTAD DE CIENCIAS NATURALES
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Doctor Alberto Gattdry (Francia), 1907 -j-
Doctor Ernst Haockel (Alemania), 1907 y.
Docior Théodore Jules Ernest Hamy (Francia), 1907 y.
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Profesor William H. Holmes (Establos Unidos), 1907.
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VII
ESCUELA ANEXA DE DIBUJO
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Piofesor de Dibujo Geom. y de persp.
SR. A. BOUCHONVII.LE
Prof. de Dibujo cartog. y de relieve
SR JOSÉ FONROUGE
Prof. de Dibujo natural
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Picf. de Complementos de Física
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UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA
MUSEO
(FACULTAD DE CIENCIAS NATURALES)
REVISTA
DEL
MUSEO DE LA PLATA
DIRECTOR
SAMUEL A. LAFONE QUEVEDO, M. A. (Cantab.)
Doctor honnris cansa
cu la Facultad de filosofía y letras (Universidad de Ituenos Aites), etc , etc.
TOMO XXIV
SKíiUNDA I’AKTR
(SEGUNDA SERIE, TOMO XI, SEGUNDA PARTE)
BUENOS AIRES
IMPRENTA DE JOSÉ TRAGANT
BEI.GRANO, 438 AL47Í
1919
INDICE
pAgina
Carlos Bruch, Cerambícidos argentinos nuevos o
poco conocidos 5
R. Lehmann - Nitsche, Mitología sudamericana.
I. B1 diluvio según los Araucanos de la Pampa 28
Samuel A. Lafone Quevedo, Rasgos psicológicos de
indios sudamericanos 63
Max Birabén, Sobre algunos cladóceros de la Repú-
blica Argentina 82
O. A. Gardner, El uso de tejidos en la fabricación
de la alfarería prehispánica en la provincia de
Córdoba (República Argentina) (con versión
inglesa) 128
M. Kantor, Nota sobre el ónyx- mármol de la pro-
vincia de San Luis ........ 169
Carlos Bruch, Observaciones biológicas sobre Tem-
nocera spinigera Wied. (Diptera-Syrphidae). . 176
R. Lehmann - Nitsche, Mitología sudamericana. II. La
cosmogonía según los Puelche de la Patagonia 182
R. Lehmann - Nitsche, Mitología sudamericana.
III. La marea alta según los Puelche de la Pa-
tagonia .. 206
CERAMBÍCIDOS ARGENTINOS
NUEVOS O POCO CONOCIDOS
POR
Carlos Bruch
A. Especies del género HOLOPTERUS Blandí.
De seis especies descriptas hasta la fecha del género Ilo-
loptcrus Blanch., cuatro de ellas podemos considerar como tí-
picas de la fauna chilena y dos de la nuestra. Una de aquéllas
he incluido en mi catálogo (l) por encontrarse también de este
lado de los Andes, en el territorio de Santa Cruz.
Habiendo recibido últimamente diversos ejemplares de es-
tos curiosos longicornios, me vi obligado a clasificarlos. Re-
sulta de ese estudio, que ahora podemos aumentar la lista de
las especies argentinas, agregando las cuatro nuevas que a
continuación voy a describir.
Como consecuencia de la misma revisión tengo que señalar
un error de clasificación en que incurrí, al citar en mi catálogo
II. chilensis para Santa Cruz, cuando sin duda, se trata del
II. annulicornis Phil. Debe, pues, figurar solamente esta última
especie entre la lista de las argentinas, mientras no consten
hallazgos de otras formas chilenas en nuestro territorio.
Comparando ahora las especies conocidas de cada país, ad-
vertimos de pronto que ciertos caracteres morfológicos separan
(i( Catálogo sistemático do los Coleópteros de la República Argentina , para VIH , en Revista
Museo I*a Plata, t. XVIII, 1912, p. 193.
— 6 -
unas de otras, de tal manera, que sospechamos se trate sino
de tres, por lo menos de dos tipos, genéricamente distintos.
El mismo Lacordaire tuvo ya este parecer al ocuparse de //.
subhneatus F. et G., la única especie argentina conocida entonces.
Las especies chilenas: II. annulüornis I'hil., chilensis Blanch.,
compressicornis F. et G. y laevigatus Phil., han sido reestu-
diadas por Germain b) con su acostumbrada escrupulosidad, lo
que me exime de ocuparme nuevamente de ellas. Además,
conozco solamente a las dos primeras in natura: un q de 11.
chilensis de la ex-coleceión Berg, y una + enviada por mi
amigo profesor Porter, quien me prestó otro 1 loloptcrus, idén-
tico al H. annulicornis que poseo de Santa Cruz. Los tres
ejemplares referidos proceden de Valdivia.
En lo tocante al género lloloptcrus, propongo una división,
por lo menos en dos subgéneros, basada en las características
siguientes :
A — Grandes especies de color amarillo aleonado, más o
menos grisáceo. La cabeza muy prolongada adelante en ros-
tro comprimido de costados paralelos, con una impresión clipeo-
frontal en forma de V bien marcada. Las antenas con los ar-
tículos 3 al ii° ya trigouos, ya cuadrangulares, generalmente
del 3 al io° angulosos en el ápice, pero nunca dentellados en
su borde externo. El labio es bilobado. El protórax adelante
muy angostado, más largo que ancho, con cuatro tubérculos
cónicos, dispuestos en línea transversal en la mitad anterior:
dos dorsales y dos laterales algo mayores. Los élitros son muy
largos, levemente estrechados hacia el ápice, terminando en
punta y casi siempre en una espina aguda. El prosterno es
lameliforme, entre las ancas arqueado y dilatado en el ápice.
El mesosterno de anchura variable, según la especie, y ahor-
quillado en el ápice........... Subgen. holoptbrus Blanch.
A este corresponden las cuatro especies de Chile.
B — Una sola especie (subhneatus) grande, las otras me-
dianas y pequeñas, de color amarillento o negruzco y de un
aspecto muy distinto a los del grupo A. La cabeza no muy pro-
( i ) Apuntes Entomológicos , Anales de la Universidad de Santiago de Cliile, 1898, p.
773-797> sep. p. 151-175-
— 7
longada adelante, el rostro corto y no linear, la impresión
clipeo-frontal poco notable. Las antenas con sus artículos 3
al ii° comprimidos, del 3 al 10o angulosos en el ápice; en cuatro
especies, cuadrangulares y dentellados en su borde externo. El
labio apenas lobulado. El protórax es más corto que en el
grupo anterior, anguloso en los costados y con gibosidades
sobre el dorso, distintas según las especies. Los élitros son
mucho más cortos que el abdomen, sumamente estrechados hacia
el ápice, aquí más espesos, redondeados en forma de espátula
(solamente en //. sublineatus menos estrechados y provistos de
espina apical). El proceso prosternal es corto, muy delgado y
oculto entre las ancas. El mesosternal es bastante estrecho, de
costados paralelos y escotado en el ápice, de anchura distinta,
según las especies, pero delgado, subtriangular en H. subli-
neatus Subgen. holopteridius nobis.
Este subgénero comprende por ahora todas la sespecies
argentinas.
Doy a continuación la bibliografía principal de todas las
especies del género y la descripción de las representadas en
nuestro país.
Tribu: Holopterini
Lacordaire, Gen. Col., vm, 1869, p. 393.
Gen. HOLOPTERUS Blandí.
Blanchard, Gay Hist. Chile, v, 1851, p. 475. — Thoms. Syst.
Ceramb., 1864, p. 413. — Lacord., Gen. Col., vm, 1869, p. 394. —
Germain, An. Univ. Chile, 1898, p. 773, sep. 161.
Subgen. holopterus s. str.
H. annulicornis F. Pliil. An. Univ. Chile, xvi, 1859, P- 674. —
Germain, 1. c., 1898, p. 780, sep. 158.
araneipcs Fairm. et Germ. Ann. Soc. Ent. Fr., 1859, P- 500,
— 8 —
Germain cita para esta especie un área de dispersión muy
extensa, señalando ejemplares de Chiloé, Valdivia, valle del
Renaicó, Talcahuano, Valparaíso y Ouillota. Un individuo q de
mi colección fué capturado por mi malogrado amigo, Ing. Luis
Alvarez, en el borde oriental del Lago Argentino (Santa Cruz).
Corresponde perfectamente a la amplia descripción de Ger-
main. Mide 33 milímetros de largo por 6 mm. de ancho. Su
forma y otros detalles
muestran las figuras
L pág- 15, y 1 a-b.
El color del tegu-
mento es un testáceo
aleonado, más o me-
nos obscuro (castaño
rojizo) en la cabeza,
el protórax, el escu-
dete, los fémures, en
ambas extremidades
de las tibias y en los
tarsos y las ancas; la
extremidad del esca-
po, todo el 2.0 artículo
y el ápice de los ar-
tículos 3 al io.° de
las antenas son igual-
mente obscuros.
Toda la superficie
está cubierta por una
pubescencia amari-
llenta, densa y recos-
tada, más fina y más
rala sobre las antenas
y patas, pero más lar-
ga y tupida sobre el
pecho y algo arremolineada sobre el protórax y la cabeza. Esta
última presenta un surco mediano, que arranca de la impresión
clípeo frontal ocupando también el vértice.
Las antenas alcanzan la punta de los élitros, tienen los ar-
tículos 3, 4 y 5 cilindricos. El 5.0 artículo presenta en el borde
externo en su tercio apical, una escotadura o excavación, que
se repite en toda la extensión de los artículos siguientes, pero
Hig. I. — Holopterus (//.) annulicornis F. Pliil
(3 veces aumentado)
9 —
está interrumpida por un estrecho puente transversal mediano.
Los artículos 6 al io.° son angulosos en el ápice.
El protórax está dotado de cuatro tubérculos cónicos, muy
destacados, los laterales algo más grandes.
Los élitros son (en el q) m^s largos que el abdomen, poco
dehiscentes, pero terminan en ángulo declive, muy agudo y
convexo con una espina negra; encima son aplanados, la pun-
tuación es muy fina, tapada por la pubescencia apretada y re-
gular; las cuatro costillas son muy obsoletas.
El proceso prosternal es algo dilatado en el ápice; el del
mesosterno rectangular, estrecho (la mitad del ancho que en
//. chilensis ) con una incisión en el ápice.
El abdomen tiene el segmento anal anchamente escotado y
de la válvula asoman dos fuertes espinas.
Los fémures y las tibias posteriores juntos tienen exacta-
mente él largo de los élitros, de manera, que los primeros no
sobresalen de éstos.
H. chilensis Blanch. en Gay, Hist. Chile, V, 1851, p. 476, t. 28,
fig. 6. — Germain, A11. Univ. Chile, 1898, p. 791, sep. 169.
Esta especie, fácil de reconocer por la puntuación acentuada
de sus élitros, parece propia de la región austral de Chile; por lo
expuesto ya antes, tenemos que excluirla de la lista de nuestros
representantes.
H. compressicornis Fairm. et Germ., Aun. Soc. Ent. Fr., 1859,
p. 501.
Parte austral de Chile. — Germain no describió tan exten-
samente a este I lolopterus, como lo hizo con los otros, pero
considera la especie como válida y no sinónima de la siguiente.
H. laevigatus F. Pili!., An. Univ. Chile, 1859, p. 675. — Germain,
An. Univ. Chile, 1898, p. 785, sep. 163, t. 2, f. 18. — Conocido
de los mismos lugares (Valdivia) que los precedentes.
HOLOPTERIDIUS 11. Sllbgeil.
Habitus ab ¿lio IIOl.Ol’TiiRl sen. str. satis distinctus. Capul pa-
rum rostrato-protractum. Antennarum comprcssarum articuli, a
tertio ad decimum usque, angulati, saepe ápice quadrangularcs
et multidenticulati.Protliorax variabilis sed tilo Hoi.OPTKRI brevior.
Elytra abdomine conspiciu
i ' r C/Píi// 1 1' .
fin H. SUBün HATO s pínula
annata}. Processus proster-
■nalis brevis, tennis.
H. sublineatus Fairm. Aun.
vSoc. lint. Fr., 1864, p. 273.
— Cuyanus Burm. Stett.
íint. Zeit., 1865, p. 174.
— Stenophantes longipes
Burm. Reise La Plata
Staat., 1861, p. 134 ( lió-
me n nudum).
En el suplemento I, p.
558, de mi catálogo he rec-
tificado la sinonimia de
esta especie típica de la re-
gión cordillerana de Men-
doza. De allí proceden todos
los ejemplares que me son
conocidos: los descritos por
Fairm ai re y Burmeister,
otro de laex-colección Berg,
y tres muy hermosos de la
mía, recogidos en Potreri-
1 los, que debo a la señorita
Carolina Spegazzini.
Es esta la mayor de las
especies argentinas y fácil
de distinguir de las demás, por su color uniforme de un amarillo
testáceo, cubierto densamente de pelos sedosos dorados. Basta-
ría la somera descripción de Burmeister para reconocerla, pero,
ni este autor, ni Fairmaire han mencionado ciertos caracteres,
— Ilolopterus (// ) sublineatus Fairm.
veces aumentado)
aun más manifiestos en las especies siguientes, que justifican,
a mi modo de ver, la subdivisión genérica propuesta.
El ejemplar típico mide solamente 28 milímetros; los míos
son más largos y todos de 36 rnm. La pubescencia es abun-
dante, recostada, arremolineada sobre el protórax y algo sobre
la cabeza, más larga sobre el metatórax, corta y escasa sobre
las patas, el escapo y 2.0 artículo antenar; las antenas son opa-
cas, microscópicamente granuladas.
La cabeza es poco proyectada hacia adelante, provista de
un surco mediano que corre hasta el vértice. Los ojos son glo-
bulares, grandes, casi contiguos en la parte inferior, separados
solamente por una estrecha línea. El submentón lleva algunas
arrugas transversales. El labio es en el ápice redondeado. El
artículo terminal de los palpos es oblougo-ovalar, redondeado
en el ápice y 110 netamente truncado; los otros artículos son
subtriangulares.
Las antenas son más largas que el cuerpo, el escapo es
corto y grueso, tan largo como el tercer artículo, que mide casi
la mitad del /j.° y este es una cuarta parte más corto que el 5.°;
los subsiguientes aumentan de largo. Desde el 3.0 artículo son
las antenas comprimidas, subopacas y finamente granuladas;
los artículos 4 al io.° son angulosos en el ápice externo.
El pronoto es estrechado adelante, formando de cada lado
una salida angulosa o tubérculo cónico, algo comprimido. Su
borde anterior es levantado, apenas escotado en el medio; so-
bre el dorso se distinguen una línea impresa entre algunas
rugosidades, dos pequeños tubérculos y detrás de ellos, dos
leves protuberancias casi ocultas por la pubescencia arremo-
lineada.
Los élitros son largos, pero más cortos que el abdomen,
alcanzando apenas la mitad de su cuarto segmento. En la base
son más anchos que el pronoto, estrechados notablemente hacia
atrás; su margen interno o sutural es recto, redondeado el
borde apical que termina en una pequeña espina. Cada élitro pre-
senta dos costillas obtusas, de las cuales la interna es abreviada;
los espacios entre estas costillas y el mismo borde sutural re-
sultan algo hendidos en la región basal. La pubescencia es
apretada y regular, igual como en el abdomen.
En esta especie, el mesosterno es parecido al prosterno
(véase pág. 15, fig. 2 b.), el proceso corto, terminando en punta
aguda, intercalada entre las ancas.
12
Las patas medianas y posteriores son largas, mucho más
largas que en las especies del subgen. / lolopterus s. str. Los
fémures son comprimidos, hacia la extremidad algo engrosados
los posteriores sobresalen muy poco de los élitros; el fémur junto
on la tibia miden 34,5 milímetros.
H. patagonicus n. sp.
I.ong. 25-3° miu .
Spccies H. SUBL1NEATO
Fairm. si-milis, sai magis par-
va, nigricans, pubesccntia rufo-
ci/ierascente mimes densa ads-
persa, et elytris brcvioribus,
magis obtusis, ápice non spi-
nigeris recedit.
Caput, scapi, thorax, fému-
res tibiaeque //igra ; abdomen
nigricans ápice infuse at um.
Antennae rubro-testaceae ely-
tra magis cinerascentes.
Antennae q el + cor por is
longitudine breviores. Elytra
vix ultra sccundum segmen-
tum abdominis producía, cos-
tal is duabus obsolctis nota lis.
Esta especie tiene todo el
aspecto de la precedente, pero
se distingue por su menor
tamaño, por su color general
negro, la pubescencia más
grisácea, menos abundante, y,
entre otras, por la forma de
sus élitros, que son todavía más cortos, obtusos y sin espina
apical.
La cabeza, los escupos, el tórax, los femares y las tibias
son negros; los tarsos y las mismas tibias son a veces más
rojizos. Las antenas son testáceas, parduscas en la base y allí
i . 3. — Holopterus (//.) patagonicus
Bruch (* veces aumentado)
— 13 —
algo lustrosas, en el resto subopacas y finamente granuladas.
Los élitros tienen el color de las antenas con un tinte más
grisáceo.
La pubescencia está distribuida del mismo modo que en
II sublineatus, pero es más corta y menos abundante, de un
color más grisáceo.
La cabeza lleva el surco entre los ojos; éstos son más se-
parados en la parte inferior que en aquella especie y el sub-
mentón es groseramente punteado.
Las antenas en ¿ y + son más cortas que el cuerpo, sus
artículos 3 y 4.0 son algo más cortos que el 5.0.
El pronoto es apenas más largo que ancho, sus ángulos o
tubérculos laterales son poco salientes y las gibosidades apenas
pronunciadas; está provisto de la línea mediana impresa des-
igual y glabra con gruesos puntos a los lados.
Los élitros son cortos, sobresalen muy poco del segundo
segmento del abdomen; hacia atrás son notablemente enan-
gostados, luego otra vez dilatados y engrosados, obtusos e
inermes en el ápice. Las costillas son muy obsoletas, los es-
pacios entre ellas subplanos.
El pro y mesosterno semejantes a los de la fig. 2 b, pág. 15.
Los fémures posteriores sobresalen de los élitros como por
un tercio de su largo; las patas son en relación más cortas
que en H. sublineatus ; el fémur junto con la tibia miden 23
milímetros en el q y 20 milímetros en la +•
Debo a la amabilidad del profesor don Martín Doello Ju-
rado, seis ejemplares de esta especie, que recogió en Comodoro
Rivadavia (Chubut), en donde serían bastante abundantes. Antes
de esto yo lo había encontrado en la Colonia 16 de Octubre a
fines del verano de 1902. El señor Richter tiene otro ejemplar
procedente del Chubut.
H. antarcticus Auriv.
Aurivillius, Arkiv fór Zoologi, VII, 3, 1910, p. 6.
No conozco de vista este Iloloptcrus, que fué recogido en
Tierra del Euego por Otto Nordenskjóld.
Mide 19 milímetros de largo y según el autor, es vecino
(4
de II. sublineatus Fairm., pero más pequeño, de color más cla-
ro; la pubescencia de la superficie es más esparcida. Sobre
todo es distinto, por la forma de sus élitros, mucho más es-
trechados atrás, recortados en el margen sutural poco después
del escudete, y por tener los artículos de las antenas dente-
llados, semejante, pero más finamente que el género Sco~
lecobrotus. Transcribo también las características de la diagno-
sis original, que puede servirnos de comparación con las espe-
cies siguientes, con antenas también dentelladas.
o De un color ferrugíneo pálido; los costados, meso y me-
tasterno, ápice de las tibias, los élitros, excepto su base y las
antenas (escapo excepto) son más o menos parduscos; la pu-
bescencia es fina, blanquecina, sedosa. Iva cabeza es obsoleta-
mente punteada, surcada entre los ojos. El protórax es algo
más corto que ancho en la base, adelante muy estrechado, tu-
berculado de cada lado y encima, cerca del medio bicalloso.
El escudete es triangular, redondeado. Los élitros son en la
base algo más anchos que el pronoto entre los tubérculos y
por dentro, después de la base son poco a poco estrechados,
dehiscentes, atrás lineares y en el ápice obtusos; encima llevan
dos costillas obsoletas, de las cuales la interna abreviada. Las
antenas son algo más cortas que el cuerpo, comprimidas, los
artículos 5 y n.° del lado externo finamente dentellados y en
el ápice angulosos, dentados en serrucho; el escapo es lige-
ramente encorvado, alcanza al pronoto.
H. ochraceus n. sp.
I.ong. 19 inm.
H. ANTARCTICO Auriv., secundum diagnosin, peraffinis, sed
colore uniformi ochraceo ( flavescenti -lestaceo ) nec non prono ti
fabrica diversa recedit.
Antennae corpas parum superantes, post articula»! tertium
carenatae, post juartum denticulatae.
Elytra conspicuo latiora quam pronoti pars ínter tubérculos
laterales, ápice crassa atque obtusa ; a atice subimperspicue tn-
costata, postice valde angustata, costilla única inagis nianifesta el
confine nt ¿a anteriorum constituía nótala.
Processum prostérnate breve ct tenue, niesosternale autem obco-
nicum, ápice obtusatum.
— 15 ~
He vacilado en describir a este Holopterus, algo incompleto
temiendo que pudiera referirse a la especie precedente; sin em-
bargo, por las características apuntadas se observa, que éstas
no coinciden del todo con la diagnosis de Aurivillius.
Mi ejemplar procede de la precordillera del Chubut; conser-
va solamente una antena hasta su octavo artículo.
l ig. 4. — ifolt'frícnts (//.)
oc /i raer us Brucli (* ve-
ces aumentado)
Cabezas y otros detalles; la y ib de //. an-
uulicornis. 2a y 2b de //. sublineatus . 3a de
11. fialagontcus. 4a de //. Reedi . 5a y 5b de
H . Richteri .
H. ochraceus es de un color uniforme flavotestáceo y poco
lustroso; cubierto de pubescencia tenue, poco densa, algo más
larga en los costados del pronoto y en las metapleuras, más
corta sobre los élitros
Los escapos, la frente y el vértice son fina y dispersamente
punteados; los puntos son más gruesos en los lados del cuello,
groseros y mezclados con arrugas en la garganta. La cabeza es
longitudinalmente surcada. Las antenas (los ocho artículos exis-
tentes) son desde el 3.0 artículo en ambas superficies carena-
das y opacas, desde el 4.0 artículo irregularmente dentelladas,
el sexto artículo y subsiguientes son angulosos en el ápice.
El pronoto es tan ancho como largo, fuertemente estrechado
en su tercio anterior, provisto de los tubérculos laterales carac-
i6 —
terísticos; su disco es subplano, distinguiéndose dos protube-
rancias anteriores, detrás otras, apenas notables, entre ellas una
leve elevación mediana.
Los élitros llegan hasta la mitad del cuarto segmento ab-
dominal; son fuertemente enangostados después de su primer
tercio, luego lineares y en el ápice algo dilatados, obtusos y
espesados. Dos o tres líneas apenas perceptibles y confluyentes,
forman una costilla bien marcada en la parte angostada, todo
el margen y borde sutural están ribeteados o carenados.
El escudete es triangular.
El proceso prosternal es como en sublineatus, el mesoster-
nal más ancho, triangular y redondeado en el ápice, como el
mesosteAo bastante fuertemente punteado.
Los fémures posteriores llegan hasta la punta del abdomen;
miden con sus correspondientes tibias 15,5 milímetros.
H. Reedí 11. sp.
I.Ollg. 16-17 nuil.
Spccics fusco-castanea. Antennis, pronoto, saitello, elytris (basi
excepta), pedibus et tarsis nigricantibus ; capitis parte antera palli-
díore ferniginea. Pubescentia brevissima, relaxata, ad metasternum
tan tilín parum longior ac magís conferta. H. patagónico gracilior.
Antennae quam corpas sat longiores, quorum articulo, tertius
ad deci mumpri mum usquc, co/npressi, viargiuibus, supero et infero,
carinati, interno antevi irregulariter dcnticulati et quinfas ad dc-
cimuni ángulo dentiformi terminati.
Elyt ra costilla única basi dilatata percursa ápice obtusa, parían
infra basin marginis suturalis emarginata.
S pedes antennis denticulatis facillime recognoscenda.
De color castaño; las antenas, el prouoto, escudete, los éli-
tros (la base excepta), las patas incluso los tarsos, más o menos
negruzcos; la parte anterior de la cabeza, frente y tubérculos
anteníferos son más claros, ferrugíneos. La pubescencia es
muy corta y esparcida, en el metasterno más larga y más abun-
dante. El insecto es algo más esbelto que el II. patagónicas, y
por sus antenas dentelladas nunca confundible.
La cabeza está surcada desde la base del clípeo hasta el cuello.
La puntuación es semi rugosa sobre la frente, que es plana y
limitada en los lados por una impresión paralela al surco me-
diano. Los ojos son bastante separados en la cara inferior, allí el
espacio interocular irregular
y transversalmente arrugado.
Las antenas son bastante más
largas que el cuerpo; los ar-
tículos 3 al ii.°, comprimidos,
fuertemente carenados tanto
encima como por debajo; del
lado externo son notablemen-
te dentellados, pero los dien-
tes irregulares, escasos en el
tercer artículo; los artículos 5
al io.° terminan en ángulo
dentiformeagudo. Los escapos
son cortos, sobrepasan apenas
del borde anterior del prono-
to; son algo lustrosos puntea-
dos y pubescentes como el 2°
artículo; en el resto las ante-
nas son opacas, cubiertas por
una pilosidad microscópica.
Fd protórax es tan largo como ancho en la base, de forma
más cilindrica que en las especies precedentes; los tubérculos
laterales y las gibosidades son bien pronunciadas: las antero-
laterales tuberculiformes y dos callosidades detrás de éstas,
alargadas y algo oblicuas; el espacio discoidal es arrugado, con
una pequeña foseta en el centro.
Los élitros alcanzan apenas al cuarto segmento del abdo-
men; son parecidos a los de II patagonicus, pero en el borde
sutural y poco después de la base se estrechan más brusca-
mente, casi como en antarcticus, del cual difieren por tener so-
lamente una costilla, ensanchada y borrada hacia la base. Allí
presentan los élitros una ancha depresión cerca de sus ángulos
humerales; toda la superficie es subrugosa, la pubescencia
corta y escasa; todo el margen interno y externo es anchamen-
te ribeteado, sobre todo en su mitad apical, muy fina y trans-
versalmente arrugado.
El prosterno como en las otras especies, pero el proceso
mesosternal es más ancho, obcónico y en el ápice escotadoi
íS -
igual al de la especie siguiente, pág. 15, fig. 5 b. El nietas,
terno es anchamente surcado en sus dos tercios posteriores.
Los fémures posteriores sobrepasan a los élitros como ‘/s de
su largo total; fémur y tibia juntos miden 15 milímetros. Los
tarsos presentan una ancha línea glabra, más angosta en las
especies precedentes, y solamente una estrecha hilera de pelos
a los costados de ésta.
Dos ejemplares típicos, al parecer q y + , fueron recogidos
por mi hermana, a la luz de la lámpara, el verano pasado,
en Villavicencio, cerca de Mendoza. Me es grato dedicar esta
especie a mi distinguido amigo el Profesor Carlos Reed, a
quien debo también muchos insectos interesantes de la misma
provincia.
Por sus antenas dentelladas y forma de sus élitros se ase
meja, como la especie siguiente a H. antárcticas, pero éste
tiene los artículos 3 y 4 no dentellados, los élitros con dos
costillas obtusas; además el protórax, coloración y pubescencia
muy diferentes. Aurivillius no menciona en nada las carenas
antenales, diciendo solamente que son comprimidas.
H. Ricliteri n. sp.
Long. 14 ruin.
Specics H. ANTARCTICO Auriv. peraffinis, articulis antenna-
rum, a tertio ad deciniumprimum usque, denticulatis donata.
Color generalis rubescenti-castaneus ; elytrarum bases, femares
ct tibiac vi x niagis flavescentes ; antennarnm arhcah, tribus in -
fimis exceptis, tibiarum ápices nec non tarsi plus minusve in-
fascati. Superficies tota ( articulis tribus basalis antennaruvi
exceptis ) nitens ; pabescentia totius corporis brevissima relaxata,
vix perspicua.
Antennae quani corpas ¿ongiores, marginibus, supero et infe-
ro, carinatis ; earumdem articuli, a quinto ad decimum usque,
acate angulati.
Fabrica pronoti ab illa ceterarum spccierum omnino aliena
( Pdg ■ i.5> f¡g- 5 d)-
Elytra semipellucida, subglabra, a tertio basah ab rapte an-
gustata, costilla única obsoleta nótala, ápice crassa atque obtusa.
- i9 -
Un solo ejemplar, con procedencia del Chubut, me fue ama-
blemente cedido por el señor Juan Ricliter, a quien tengo el
gusto de dedicar esta nueva especie. Se distingue fácilmente
de las otras con antenas dentelladas, por la conformación de su
protórax y su pequeño tamaño, pues
mide solamente 14 milímetros.
De color castaño rojizo; la base de
los élitros, fémures y tibias (excepto el
ápice de éstas) son apenas más amari-
llentos; las antenas desde el 3.° artículo,
la mitad posterior de los élitros, el abdo-
men, ápice de las tibias y los tarsos
son más o menos pardo obscuros. Toda
la superfiie, excepto las antenas desde
el 3.0 artículo, es lustrosa ; la pubescen-
cia es sumamente corta y esparcida,
apenas notable.
La cabeza es como en la especie pre-
cedente: el mismo surco e igual frente,
pero la puntuación más acentuada; los
ojos son debajo bien separados y el es-
pacio entre ellos es punteado entre las arrugas transversales.
Las antenas son más largas que el cuerpo, comprimidas,
tanto por encima como por debajo fuertemente carenadas; los
artículos 3 al ii.° todos dentellados, y desde el 5.0 al 10. 0 en
el ápice agudo angulosos. Los artículos 3 al 5.0 van aumen-
tando en largo, el 6.° es igual al precedente, los subsiguientes
son más cortos, subiguales y como el 4.0 artículo. Del lado
externo de la carena muestran una superficie granulada, del
lado interno una pubescencia microscópica.
El pronoto es algo más corto que ancho en la base, cónico,
hacia adelante estrechado, sus ángulos laterales salientes, ob-
tusos. S11 borde anterior no es alzado, en cambio el posterior,
sobre el disco presenta dos gibosidades, anchas y transversales y
en medio una débil impresión. La puntuación es irregularmente
distribuida, subrugosa y desigual.
El escudete es suborbicular, punteado, y en el medio lige-
ramente excavado.
Los élitros llegan hasta la mitad del 3.0 segmento del ab-
domen; son semitransparentes, lustrosos y desde el tercio an-
terior muy bruscamente enangostados. Se distingue sólo una
20
costilla muy obsoleta en la base; en todo su margen, interno
y externo, son ribeteados, más anchamente hacia el ápice donde
están fina y transversal mente estriados.
El prosterno tiene el proceso muy corto, oculto entre las
ancas. El proceso mesosternal, (pág. 15, fig. 5 b) es mucho más
ancho, obcónico, en el ápice truncado y escotado. El metasterno,
como en todas las especies congéneres, presenta una línea me-
diana impresa, la puntuación es bastante gruesa y dispersa;
la pubescencia fina y rala.
Los fémures son bastante comprimidos; los posteriores so-
bresalen de los élitros casi por la mitad de su largo y junto con
las tibias miden 10,5 milímetros. La pubescencia debajo de los
tarsos es abundante la línea glabra mediana, angosta.
B. Otros cerambícidos braquípteros
Methia argentina n. sp.
I.ong. 7 111111
M. ARIZONICAK Schaeffer próxima. Fusca; elylris pallidc
flavotestaceis ápice fumosis ; scapis et J ron te rubescentibus, an-
tennis basi obscuris, apicem versus pallide flavescentibus ; trocan-
teribus flavescentibus. Pubescentia elytrarum tennis atque brevis,
illa capicis prouotoque nonnihil magix laxa, illa partís inferae
corporis, abdomiuis ncc non pedían sal confertior, tibiarían pos/c-
riorum pars interna dense pilosa.
Antennae duplo quam totum corpus longiores , artículo secun-
do bene perspicuo ; articulo tertio quinqué seque ntibus breviore,
ómnibus supra tenuissime pubesccntibus, infra pilos lilis.
Oculi profunde sinuati, lobulis superis aproximatis, injerís
remotis. Punctuatio capitis grossa.
Pronotum longitudine latitudinem aequante donatum , subey-
lindricurn , ad latera rotundatum, impressionibus prebasalibus
levibus , punctuat/one rugulosa ac minuta, disco tenuiter orbicu-
lariterque reticulato praeditum.
Elytra abdomiuis segmentum secundum attingentia, basi lata,
dehiscentia, ápice singulatim rotundata.
Segmentum quintum abdominale late profundeque emargi-
natum.
Patria: La Rioja, prima generis Methiae Argentina s pedes.
21
Creo que esta especie corresponde al género Methia Ne\vm.}
conocido hasta ahora solamente de Centro y Norte América.
El ejemplar típico me fué
amablemente cedido por el
doctor Stuart M. Penning-
ton, quien lo recibió a su
vez del doctor Giacomelli,
de La Rioja (Ih
Exceptuando la confor-
mación de los élitros, su se-
mejanza con ciertas espe-
cies del grupo de los Oe-
inini, me ayudó a llegar al
de los Methiini, precisa-
mente mal ubicado en los
Genera de Lacordaire, cuya
obra me servía de guía;
quizás ni habría razón en
separar estos últimos de
los Oemini, como lo hizo
presente el autor del Co-
Icopterorum Catalogáis , 1912,
p. 38, nota.
La nueva especie es
muy próxima de Methia
ar izo nica Schaeffer.
De un pardo negruzco, los élitros flavo-testáceos, en el
ápice ahumados. La frente y los escapos son rojizos; las an-
tenas obscuras en la base y hacia el ápice amarillentas; los
trocánteres son flavos.
Todo el coleóptero está cubierto de una pubescencia pá.
lida, muy tenue y corta sobre los élitros, algo más rala sobre
la cabeza y el pronoto, más abundante en la parte inferior y
las patas; las tibias posteriores son del lado interno densa-
mente pilosas.
La cabeza es fuertemente punteada, los puntos son gruesos so-
bre la frente y tubérculos antenales, algo más pequeños y más se-
parados sobre el vértice y cuello ; la garganta es lisa, no punteada.
(!) I'or las dudas que abrigaba sobre la procedencia exacta de este longicornio
escribí al doctor Giacotnellii quien me informó que éste es con seguridad de la provin-
cia de La Rioja.
Fig. 7. — Methia argentina lirucli (7 veces
aumentada)
Las antenas tienen dos veces el largo del cuerpo ; el ar-
tículo 2.0 es bien visible; el escapo es como una cuarta parte
más corto que el 3.° artículo, y éste algo más corto que los cinco
artículos subsiguientes, pero tan largo como los tres terminales.
Los ojos son profundamente escotados, sus lóbulos unidos
solamente por unas cuantas fosetas; los superiores muy aproxima-
dos, los inferiores separados, más o menos como su diámetro ver-
tical. U11 surco longitudinal corre desde la frente hasta el cuello.
Las mandíbulas son robustas, triangulares; las maxilas y el la-
bio, como sus correspondientes palpos, muy pequeños, casi ocultos.
El protórax es subcilíndrico, tan ancho como largo, en los
lados poco redondeado, notándose una leve impresión delante
i Palpo maxilar; la labio y palpo; ib mandíbula de .)/. argentina. — 2 Palpo
maxilar de Oeme ech i no sea p u s Goun.
del escudete y de cada lado otra más débil; toda la superficie
es fina y rugosamente punteada, sobre el dorso se observan
mallas redondas, poco destacadas.
Los élitros llegan hasta el 2.0 segmento del abdomen, son
anchos en la base, moderadamente estrechados hacia el ápice
y allí separadamente redondeados; sus bordes, el marginal e
interno, son ligeramente ribeteados y sobre el disco hay trazos
de cuatro costillas abreviadas.
El quinto segmento del abdomen es ancha y profundamen-
te escotado, como el pigidio densamente pubescente.
La pilosidad del lado interno de las tibias es abundante,
amarillo aleonada. El primer artículo de los tarsos posteriores
es tan largo como el cuarto, pero más largo que los dos ar-
tículos intermedios reunidos.
— 23 —
Parepimelitta n. gen.
Gcu us Ei’IMKUTTar Bates ncc non Phygopodae Tilomas
affi.no ; ab ut roque o culis ut ñusque sexus eximio separatis, anten-
narum fabrica , callositat/bns prothoracis, elytris metathoracein non
suferantibus, fono ribas fe dúo medianorum posteriora mijar Ion ge
pedan cu hit is atqne abdomine femores posteriores nonn ¿hit superante
rece d en s.
Vecino de los géneros Epimelitta Bates (= Chatis Newm.) y
Phvgopoda Thoms. Difiere de éstos por los ojos bien separados,
el protórax con callosidades y por los élitros que son muy
cortos, no más largos que el metatórax; los fémures de las patas
medianas y posteriores no sobresalen el abdomen.
La cabeza es corta detrás de los ojos, hacia adelante poco
prolongada; la frente ancha, plana e inclinada.
Las antenas sobresalen a la mitad del abdomen, son engro-
sadas hacia el ápice donde sus artículos son cilindricos, nin-
guno de ellos dentado; los artículos son desiguales en largura,
el 3-c es apenas más largo que el 6.°.
Los ojos son separados, bastante escotados; su lóbulo ante-
rior es amplio y subtriangular.
El protórax es subeilíndrieo, más largo que ancho, algo más
angosto adelante que atrás, lleno de callosidades.
Escudete semicircular.
Los élitros son muy cortos, dehiscentes, estrechados en su
mitad posterior y no sobresalen al metatórax.
El metatórax es amplio, surcado en el medio.
El proceso prosternal es dilatado en el ápice; el mesosternal
ancho, de costados paralelos, impreso en la base y termina en
dos lóbulos destacados.
Los fémures medianos, sobre todo los posteriores, son lar-
gamente pedunculados, paulatinamente engrosados en forma de
maza; estos últimos alcanzan solamente la extremidad del 4.0 seg-
mento abdominal. Las tibias tienen el largo de sus correspondien-
tes fémures, son ligeramente hinchados hacia el ápice. El primer
artículo de los tarsos es tan largo como los demás juntos; los tar-
sos tienen solamente el 3.0 artículo por debajo esponjoso-piloso.
El abdomen es poco estrechado adelante y hacia atrás no-
tablemente atenuado.
— 24
P. Gounellei n. sp.
I.ong. 15 mili.
Subopaca, mgra; abdomine, vietapleuris, ante ¡mis ( scapo excepto)
ct pedibus plus miuusve rubescentibus, pedunculis femorum me dia-
no ruin posterioruvique ac parte tibiarum intermedia rubris; vitta
pallida flavescente apicem octavi ar ti culi, totum articulum nonum
et basin sequentis obtegente; vitta altera duostertios apicales articula
pnmi atque articulum secundum totum tarsorum posteriorum ves-
tiente donata
Ejusdem superficies grosse irregulariterque punctala, pubescen-
tía tenui canescente dispersa praedicta ; scutellum etiam flavo-
pubescens ; macula pilosa flavens ad apicem niela pleurarum nec
non ad abdominis latera observatur.
Longicornio subopaco, negro, con el abdomen, las meta-
pleuras, antenas (escapo excepto) y las patas con los tarsos más
o menos rojizas; el pedúnculo de los fémures intermedios y
posteriores lo mismo que las tibias en el medio rubros. Las
antenas ostentan una faja amarilla pálida que ocupa todo el
9.0 artículo, el ápice del precedente y la base del io.°; en los
tarsos posteriores, los dos tercios apicales del i.° artículo y todo
el segundo son también amarillos.
Toda la superficie (abdomen excepto) es grosera e irregu-
larmente punteada, cubierta dispersamente de pelos finos y blan-
quecinas. Sobre la punta de las metapleuras hay una mancha
de pelos amarillos, que forman también una estrecha banda
sobre los costados anteriores del abdomen y cubren todo el
escudete.
La cabeza es fuertemente punteada; los puntos son disper-
sos y faltan en el medio de la frente; en el vértice son apre-
tados, gruesos y entreverados con arrugas en las mejillas y la
garganta. Entre las antenas se distingue una línea fina y una
impresión entre los mismos tubérculos antenales. El labio es
bilobado. Los palpos labiales y maxilares tienen el artículo
terminal obcónico, truncado en el ápice.
Las antenas tienen el escapo corto y grueso, bastante ar-
queado y dispersamente punteado; los artículos básales son p¡-
lígeros, los apicales finamente pubescentes.
El protórax presenta callosidades, de las cuales una me-
— 25 —
diana alargada más prominente y otras laterales entre gruesos
puntos y arrugas irregulares.
Los élitros llevan grandes puntos impresos que son más
apretados en la base y faltan casi en las impresiones oblicuas
!:ip. — /yarr/>intcli//a Cionnellri Hruch (4 veces aumentado)
al lado, cabeza, labio, inaxila y pedio
y sobre el ribete que circunda su borde marginal y sutural.
K1 pro y mesosterno, lo mismo la pleuras son fuertemente
punteados. El metasterno tiene gruesos puntos en los costados
V adelante, otros más diseminados mezclados con muy finos
que cubren toda la superficie. Las alas son obscuras, parduscas.
El abdomen es muy finamente reticulado y pubescente;
tiene puntos pilígeros aislados, algo más gruesos en el primer
segmento.
Los fémures llevan finos pelos destacados y otros muy te-
— 26 —
núes apretados; la pubescencia de las tibias es corta y oblicua.
Conservo aún tres ejemplares de los que recogí en Puerto
Blest y Lago Lacar en 1898. Por las bandas amarillas de las
antenas y de los tarsos posteriores recuerda este longicornio a
las dos especies de Platynoeera (= Stenorho palas) que encontré
también en los mismos lugares.
Lo dedico a la memoria de mi malogrado colega y amigo
O O y o
Kmile Gounelle.
Pasiphyle auricollis n. sp.
í.ung. 9 mili.
Nigra; bas/s tarsorum postor ¿orum vitta rubra nótala; pu-
bescen tía ad pronotum long/uscitla confería, ad caput atque ad ely-
tras brevior et n/inus densa, tola au reo-flava ;
pubescentia autcin partís corporís inferae
densa et alineante; puuctualio eapi/is, pro-
no// nec non elytrarum grossa et crebra.
Abrigo cierta duda en cuanto la posi-
ción sistemática de esta especie, colocán-
dola provisoriamente entre el género Pasi-
phyle Thoms., no obstante de haberme
aconsejado Gounelle la formación de un
Esta pequeña especie es negra, sola-
mente los tarsos posteriores son en la base
rojos. El pronoto está cubierto por una
pubescencia tupida, arremolineada, de un
lindo amarillo de oro, la cual es corta y
esparcida sobre la cabeza y los élitros, blan-
quecina y apretada en la parte inferior; la
pubescencia sobre las antenas y patas es ne-
gruzca. La cabeza, pronoto y élitros llevan
una puntuación bastante gruesa y densa.
La cabeza tiene los puntos más gran-
des sobre el vértice y cuello; está bastante alargada hacia atrás,
termina en rostro no muy largo, entre las antenas y los ojos
está ligeramente impresa. Los ojos son profundamente escota-
dos, no muy aproximados. Las antenas llegan hasta la mitad
del abdomen, son algo engrosados hacia el ápice, cilindricos
y no dentados; el 3.0 artículo es el más largo; el escapo es
punteado y alcanz apenas el pronoto.
El pronoto es subcilíndrico, poco más largo que ancho, ape-
nas estrechado adelante, con un ligero dilatamiento lateral ante-
basal y está desprovisto de callosidades.
El escudete es semicircular, transversal.
Los élitros son muy cortos, cuneiformes; no sobresalen por
el metatórax; su borde sutural es largamente recortado desde
la base, sus ángulos apicales externos son redondeados. Los
humeros son bien destacados, formando un corto margen pleu-
ral; a su lado interno se nota una breve impresión basal. Por
la pubescencia tenue y dispersa, adquieren los élitros un tinte
verdoso.
El prosterno y la garganta son groseramente punteados
y arrugados. El abdomen y metatórax son densamente pun-
teados v rugosos, los puntos más gruesos sobre los costados de
este último. Til proceso prosterna! es bastante ancho, algo di-
latado en el ápice; el proceso mesosternal es amplio, transver-
sal, en la base dos veces más ancho que largo.
Las alas son negruzcas.
Las patas anteriores y medianas son proporcionales al cuerpo
del insecto, los fémures medianos largamente pedunculados. Las
patas posteriores son muy largas. Los fémures sobresalen por
el abdomen, son largamente pedunculados terminando en maza
muy gruesa; las tibias son algo arqueadas en la base e hincha-
das hacia el ápice. Los tarsos nosteriores son también muy
desarrollados, su primer artículo es más largo que los demás
reunidos. Fémures y tibias tienen la superficie subreticulada,
transversalmente arrugada. Las patas llevan una pilosidad obli-
cua, más notable en la extremidad de las tibias y en los tarsos-
estos últimos tienen solamente el 3.0 artículo por debajo espon-
joso-piloso.
Los dos ejemplares de esta especie proceden de Metán, pro-
vincia de Salta, y fueron coleccionados por el señor Luis Di-
nelli; uno de ellos quedó en la colección de Gounelle.
MITOLOGÍA S U D A M E I< I C AN A.
I
EL DILUVIO
SEGÚN LOS ARAUCANOS DE LA PAMPA
POR
R. Leu m an n - Nitsche
./ Car /os J. Sil /as,
amistosa mr uto , rl autor.
i nt ROnrceiÓN
El alto interés que las tradiciones autóctonas, respecto al
origen del mundo y respecto a las épocas míticas, han des-
pertado y despertarán entre los intelectuales que se dedican
al estudio del alma primitiva, justifica lo suficiente la publi-
cación especial de un breve texto que hemos conseguido, gra-
cias a una de las tantas sorpresas agradables que a veces
suelen interrumpir la labor monótona que representa el arre-
glo de un material sistemáticamente recolectado. Era en una
de las sesiones de la Junta de Historia y Numismática Ame-
ricana, de Rueños Aires, que mi distinguido amigo, el conoci-
do historiador y bibliógrafo doctor Carlos J. Salas, me obse-
quiara con una «tradición ranquelina», apuntada en Chimpay
(Gobernación del Río Negro), el 15 de enero de 1917, por el
señor Dardo Romero, permitiéndome al mismo tiempo su pu-
blicación si la creyera interesante. Dábame yo cuenta, inme-
diatamente, del valor extraordinario que el relato del indio
ranquelche ofrece no solamente para la mitología de las otras
tribus araucanas, sino para la mitología sudamericana en ge-
neral, y en vez de guardar el texto entre manuscritos inéditos,
resolví entregarlo cuanto antes a la imprenta.
— 29 —
Respecto al grupo de los Araucanos que han conservado la
leyenda, motivo de este trabajo, observo que se trata de los
descendientes de los Ranquelche, popularizados por la célebre
«Excursión a los indios Ranqueles» del general Lucio V. Man-
silla, obra que goza de lama bien merecida y de la cual hay
varias ediciones. Preferimos, sin embargo, la designación Ran-
quclchc que mejor corresponde a los componentes araucanos:
ranciil, carrizo, totora y che, gente; ranquelino, substantivo o
adjetivo, es derivación moderna muy usada actualmente en el
lenguaje poptdar castellano que se habla en la Pampa y la
Patagonia setentrional. Chimpay, como oficialmente se escribe
el nombre del paraje donde fué apuntado nuestro texto, sig-
nifica, según la interpretación corriente: «Salida»’ e. d. la sali-
da de una travesía a la derecha del Río Negro no muy lejos
de Choclc-Choel (') y tal explicación corresponde a t hipan,
«salir en general, partir de algún lugar» (1 2); Thipai o Chipai—
salió, es pues, la forma correcta de aquel nombre geográfico
que en boca española, fué cargado con una in para facilitar la
pronunciación de la !h = ch.
La designación : «Araucanos de la Pampa» que va en el
título, necesita al fin una breve justificación. El paraje Chim-
pay, por cierto, pertenece tanto a la Patagonia setentrional
como a la Pampa, pero debo recordar que los Ranqueles, re-
lacionados siempre con el centro araucano de Chile, se exten-
dían principalmente en dirección hacia el Noreste e. d. la
Pampa, y no hacia la Patagonia propiamente dicho. Muy poco,
al fin, importa la aplicación de una u otra designación geo-
gráfica, tratándose de comarcas, limítrofes entre las dos regio-
nes indicadas.
Transcribimos a continuación el texto que luego se analizará
en el comentario:
EL TEXTO DE CHIMPAY
Antes la tierra era toda agua y los pobres indios tuvieron que re-
fugiarse en las montañas para no morir de hambre.
Llovía siempre con fuerza y era de noche.
Y también en las montañas se refugiaron los avestruces, los
(1) MlLANESIO, Etimología araucana, p. 17. Huenos Aires, 190.
(2) I''fbrés, Calepino chileno-hispano , Lima 1765. Reimpresión de Juan M. Larsen,
p. 244-245. Buenos Aires, 1882.
peludos y los guanacos y así tuvo el indio de que alimentarse.
Y como los indios tenían que pasar de un cerro a otro para buscar
leña y el aire era negro, pidieron al sol que les alumbrara el camino
durante la noche para no ahogarse en las lagunas que habían forma-
do las lluvias [y que impidiera que los espíritus de los muertos malos
entraran en el corral de los muertos],
Y el sol mandó a su mujer la luna, que se fuera a los cielos y des-
de allí alumbrara a los indios de la tierra, e impidiera que los espíri-
tus de los muertos malos entraran en el coi ral de los muertos.
Y como la luna se puso en camino durante la lluvia llevando e!
fuego en sus manos, éste se enfrió en el camino y por eso la luna
alumbra con luz fría y que no tiene calor.
Y así los espíritus malos no pudieron entrar nunca en el corral de
los muertos y quedaron errando en el aire.
Y cuando las aguas bajaron, los indios se fueron a vivir en los
campos donde hay pastizales y donde viven los avestruces 3' los gua-
nacos.
COMENTARIO COMPARATIVO RESPECTO A CIIII.E
Empieza el mito a narrar un gran diluvio, producido a causa
de lluvias continuadas, y sigue ocupándose de los dos astros
tan importantes para la mitología, el sol y la luna.
Como entre las leyendas araucanas ya hay antecedentes
respecto a estos dos motivos, trataremos en seguida el primero,
o sea:
r. 1, diluvio
En la famosa obra del padre Diego de Rosales, escrita al
fin del siglo XVII y publicada en 1877 por benjamín Vicuña
Mackenna, hallamos la narración más antigua y, al mismo tiempo,
más completa sobre la creencia de los aborígenes de Chile res-
pecto al diluvio. Parece que la edición del viejo códice no llegó
a difundirse lo suficiente en el mundo científico, pues ninguno
de los mitólogos que han dedicado al célebre motivo de la
inundación, monografías especiales ( 1 ), conocen el libro de
aquel historiador; sólo en los trabajos de los modernos autores
chilenos, está mencionado o extractado con relativa frecuencia.
(1) Andree, Die blutsngen. Jith uograph isch betrachtet. Braunschweig, 1891.
Winternitz, Die Flutsagen des Altertums utid der Naturvolker . Afifteilutigen der An-
th ropo logisch e n Gcse/lsr/iafi in lTien, XXI, p 30S 333- 1901.
-- 3 1
Para nuestros fines, es imprescindible reproducir el texto tal
cual lo relata Rosales: (J)
Tienen muy creído que cuando salió el mar y anegó la tierra an-
tiguamente sin saber cuándo (porque no tienen serie de tiempos ni
cómputo de años), se escaparon algunos indios en las cimas de unos
montes altos que se llaman Tenten, que los tienen por cosa sagrada. Y
en todas las provincias hay algún Tenten o cerro de grande venera-
ción, por tener creído que en él se salvaron sus antepasados de el dilu-
vio general, 3' están a la mira para si hubiere otro diluvio, acogerse a
él para escapar de el peligro, persuadidos deque en él tienen su sagra-
do para la ocasión... Añaden a esto, que antes que sucediese el dilu-
vio o salida de el mar que ellos imaginan, les avisó un hombre pobre y
humilde, 3' que por serlo no hicieron caso de él... En la cumbre de
cada uno de estos montes altos llamados Tenten, dicen que habita una
culebra de el mismo nombre. . . 3’ que antes que saliese el mar, les dijo
lo que había de suceder, 3r que se acogiesen al sagrado de aquel mon-
te, que en él se librarían 3' él los ampararía. Mas que los indios no lo
creyeron y trataron entre sí que si acaso sucediese la inundación que
decía Tenten (-), unos se convertirían en ballenas, otros en peje espa-
da, otros en lisas, otros en róbalos, otros en atunes 3' otros pescados ;
que el Tenten les favorecería para eso: para que si saliesen derrepen-
te las aguas y no pudiesen llegar a la cumbre de el monte, se quedasen
nadando sobre ella transformados en peces...
Fingen también que había otra culebra en la tierra y en los luga-
res bajos llamada Caicai-Vilu, 3T otros dicen que en esos mismos cerros,
y que ésta era enemiga de la otra culebra Tenten (1 * 3 4) y asimismo ene-
miga de los hombres, y para acabarlos hizo salir el mar, y con su
inundación quiso cubrir y anegar el cerro Tenten 3^ a la culebra de su
nombre, y asimismo a los hombres que se acogiesen a su amparo 3-
trepasen a su cumbre. Y compitiendo las dos culebras Tenten y Caicai,
ésta hacía subir el mar y aquélla hacía levantar el cerro de la tierra 3-
sobrepujar al mar tanto cuanto se levantaban sus aguas (*). Y que lo
que sucedió a los indios cuando el mar comenzó a salir y inundar la
tierra, filé que todos a gran prisa se acogieron al Tenten, subiendo a
porfía a lo alto y llevando cada uno consigo sus hijos 3' mujeres, 3’ la co-
(1) Rosales, Historia general de el reyno de Chile, edición Benjamín Vicuña Mackenna,
I, p. 4-6. Valparaíso, 1677.
I.a parte que nos interesa, también está reproducida, aunque con omisiones (com-
párese página 3 r , primera linca) en: Medina, /.os aborígenes de Chile, pág. ?9-3t. Santia
go, 18S1. — Según este libro, la leyenda del diluvio, abreviada y arreglada, fué insertada
por Alberto del Solar en su Huincahual, narración araucana , pág. 64-67. París. 1888. No
sabemos en qué se basa el novelista cuando atribuye la causa de aquel diluvio a una
lluvia copiosísima que cayó sobre la tierra en torrentes y no cesó durante lunas enteras.
(a) Tenten se llamó entonces aquel hombre «pobre y humilde»; la narración espa-
ñola, en muchos detalles de su estilo reproduce el original araucano — Nota de R. I.. N.
(3) Resulta, pues, que aquel hombre «pobre y humilde», de nombre Tenten, era una
culebra así llamada que se había trocado en hombre al presentarse a los indios.— Nota
de R. I,. N.
(4) Motivo del «cerro creciente». — Nota de R. I,. N.
mida que con la prisa y la turbación podían cargar. Y a unos les alcanzaba
el agua a la raíz de el monte y a otros al medio, siendo muy pocos los
que llegaron a salvarse a la cumbre. Y a los que alcanzó el agua, les
sucedió como lo habían trazado, que se convirtieron en peces y se con-
servaron nadando en las aguas, unos transformados en ballenas, otros
en lisas, otros en róbalos, otros en atunes y otros en diferentes peces.
Y de estas transformaciones, fingieron algunas en peñas, diciendo: que
porque no los llevasen las corrientes de las aguas, se habían muchos
convertido en peñas por su voluntad y con ayuda deelTenten. Y en
confirmación de esto muestran en Chiloé una peña (pie tiene figura de
mujer con sus hijos a cuestas y otros a los lados, (pie el autor de la
naturaleza la crió de aquella forma que parece mujer con sus hijos. Y
tienen muy creído que aquella mujer en el diluvio, no pudiendo llegar
a la cumbre de el Tenten, le pidió transformarse en piedra con sus hijos
porque no la llevasen las corrientes, y que hasta ahora se quedó allí
convertida en piedra. Y de los que se transformaron en peces, dicen
(pie pasada la inundación o diluvio, salían de el mar a comunicar con las
mujeres que iban a pescar o coger mariscos, y particularmente acari-
ciaban a las doncellas, engendrando hijos en ellas ; y que de ahí pro-
ceden los linajes que hay entre ellos de indios que tienen nombres de
peces, porque muchos linajes llevan nombres de ballenas, lobos mari-
nos, lisas y otros peces ('). Y ayúdalos a creer (pie sus antepasados se
transformaron en peces, el haber visto en estas costas de el mar de
Chile, en muchas ocasiones, sirenas que han salido a las playas con
rostro y pechos de mujer y algunas con hijos en los brazos. »
Asentadas estas fingidas transformaciones y soñado diluvio, queda
la dificultad de cómo se conservaron los hombres y los animales ; a lo cual
dicen : que los animales tuvieron más instinto que los hombres, y que
conociendo mejor los tiempos y las mudanzas, y (pie conociendo la inun-
dación general, se subieron con presteza al Tenten y se escaparon délas
aguas en su cumbre, llegando a ella más presto que los hombres (pie
por incrédulos fueron pocos los que se salvaron en la cumbre de el
Tenten. Y que de éstos murieron, los más, abrasados de el sol. Por-
que como fingen que las dos culebras, Cacai y Tenten, eran enemigas,
y que Cacai hizo salir las aguas de el mar para que, sobrepujando a los
montes, anegasen a los hombres y al monte Tenten y a su culebra (pie
los favorecía, y que Tenten, para mostrar su poder y que ni el mar le
podía inundar ni sobrepujar con sus aguas, se iba suspendiendo y
levantando sobre ellas. Y que en esta competencia la una culebra que
era el Demonio, diciendo caí caí hacía crecer más y más las aguas, y
de allí tomó el nombre de Caicai. Y la otra culebra, que era como
cosa divina, que amparaba a los hombres y a los animales en lo alto
de su monte, diciendo ten ten (-), hacía que el monte se suspendiese
(1) Rasgos característicos del totemismo.— Nota de K I,. X.
( 2 ) Caí caí, respectivamente ten ten, son entonces, según la fonética araucana, las
transcripciones del grito característico de cada víbora. I.os zoólogos modernos no están
de acuerdo respecto a los sonidos producidos o no por los ofidios ; en la creencia popu-
lar, seguramente hay mucha exageración, por otrapaite.es error considerar les ofidios
como mudos. — Nota de K. I,. N.
— 33 —
sobre las aguas (*), y en esta porfia subió tanto que llegó hasta el sol.
Los hombres que estaban en el Tenten, se abrasaban con sus ardores,
aunque se cubrían con callanas y tiestos, la fuerza de el sol, por estar
tan cercanos a él, les quitó a muchos la vida y peló a otros, y de
ahí dicen que proceden los calvos. Y que íntimamente el hambre los
apretó de suerte que se comían unos a otros. Y solamente atendieron
a conservar algunos animales de cada especie para que multiplicasen»
3r algunas semillas para sembrar.
En el número de los hombres que se conservaron en el diluvio,
hay entre los indios de Chile grande vaiiedad, que no puede faltar en-
tre tantos desvarios. Porque unos dicen que se conservaron en el
Tenten dos hombres y dos mujeres con sus hijos. Otros, que un hom-
bre solo 3' una mujer a quienes llaman Llituche, que quiere decir en
su lengua principio de la generación de los hombres (2 3), sean dos, o
cuatro con sus hijos. A éstos les dijo el Tenten que para aplacar su
enojo (-1) y el de Caicai, señor del mar, que sacrificasen uno de sus
hijos, y descuartizándole en cuatro (4) partes, las echasen al mar para
que las comiesen los re3Tes de los peces y las sirenas, y se serenase el
mar. Y que haciéndolo así, se fueron disminuyendo las aguas 3r vol-
viendo a bajar el mar. Y al paso que las aguas iban bajando, a ese
paso iba también bajando el monte Tenten hasta que se asentó en su
propio lugar (5 6), Y diciendo entonces la culebra: ten ten, quedaron ella
y el monte con ese nombre de Tenten, célebre 3' de grande religión
entre los indios.
Extractos de la misma leyenda se hallan en las obras de
otros antiguos cronistas que escribieron sobre la historia de
Chile, y también en los trabajos lingüísticos de aquella época,
va intercalada una que otra breve noticia al respecto. Para
completar nuestro estudio, reproducimos todos esos párrafos,
más o menos en orden cronológico, pues por más cortos que
sean, comprueban por lo menos el interés que la leyenda di-
luvial de los Araucanos despertara en el mundo intelectual de
aquel entonces.
Escribe el padre Pedro deCórdoba y Figueroalo siguiente
(1) No está bien claro si se trata del motivo del «cerro creciente» o del «cerro flo-
tante», ver más adelante — Nota de R. I ,. N.
(2) Ehrri-'S (obra citada, p. 141) escribe: « llifn, el principio y comienzo de cualquier
cosa; l/i/nn, principiar (activo y neutro).» -- Nota de K. I„ N.
(3) La leyenda no explica el enojo de Tenten que lia de ser el «señor de la monta-
ña», enemigo de Caicai, señor del mar.— Nota de R. N.
(4) «Cuatro es el número sagrado de los mapuches lo mismo (pie de muchas otra
tribus americanas» — Nota de R. Lenz al ocuparse del texto de Rosales ( Tradiciones ,
etc., p. 17, ver más adelante).
(5) Esta frase se refiere al motivo del « cerro flotante », ver las notas 4, página 31 y
1, página 33 — Notas de R. L. N.
(6) Córdoba v Eiouf.ro A, Historia de Chile [c. 1740-1745). Colección de historiadores de
Chile v documentos relativos a la historia nacional, II, p. 26-27. Santiago de Chile, 1862.
— 34 —
«Tenían noticia del universal diluvio, bien que adulterada con
ridiculas circunstancias, como el que ciertos montes a quienes llaman
Thcgtheg (‘), que el día de hoy aun los mencionan, crecían excediendo
siempre a las aguas, y que en ellos se libraron algunos, de los cuales
se había multiplicarlo el linaje humano».
El padre Miguel de Olivares es más explícito cuando
dice :
«lis particular superstición y muy circunstanciada la que tienen en
tiempo de temblores grandes: luego que ha pasado la mayor violencia
del movimiento, se aperciben hombres y mujeres de cosas de comer y
de platos grandes en la cabeza, y cargando con sus hijuelos y su pobre
ajuar se encaminan al monte más cercano de los que llaman Tenten,
que son los que tienen tres puntas que van en declinación hasta lo
más bajo de la llanura, y sólo puestos en su cima se dan por seguros.
Dan la razón de este hecho, diciendo : que en semejantes terremotos
como sale el mar algunas cuadras fuera, así es de temer que inunde
toda la tierra, según tienen por tradición que sucedió en tiempos de
mucha antigüedad. Que este Tenten, tiene la buena cualidad de sobre-
nadar las aguas, y que puestas sobre él con sus alimentos se manten-
drán el tiempo que durare la inundación. Más preguntando por los
platos, dicen con grande aseveración que pueden subir tanto las aguas
y el Tenten sobre ellas que lleguen hasta el mismo globo del sol, en
cuyo caso aquel plato que llevan en la cabeza, los defenderá para no
abrasarse. Lo más admirable de su simplicidad es que aquellos platos
no son de barro ni de metal, sino de madera, y con todo eso los juz-
gan exentos de los incendios de aquel astro fogoso!» ( j
U) A pronunciarse Jheug iheng, e. d. con n nasal como en la palabra francesa bátan ,
etc. Este sonido, en los antiguos documentos iué impreso con la letra j,', generalmente
de un tipo distinto. Más adelante, al reproducir los antiguos textos, hemos reemplazado
la¿' respectiva con los consonantes^.
Esa palabra araucana adquirió carta de ciudadanía en el idioma de los Patagones
y también en el lenguaje popular castellano que se habla en 1‘atagonia , pero no redupli-
cada sino simplificada en chenque con lo cual se designa una tumba indígena situada en
la cumbre délos cerros altos y construida de piedras amontonadas en círculo.- Nota de
K. E. N.
(2) OLIVARES, Historia militar, civil y sagrada de Chile [mitad del siglo XVIIJ]. Colec-
ción de historiadores de Chile y documentos > día i ¿vos a la historia nacional , VI, p. 53. San-
tiago, 1804.
(i) El origen de esta leyenda se refiere, pues, a ia época en la cual el sol filé con-
siderado persona como en el texto de Chimpay; los platos llevados a la cabeza, 110
tenían, pues, otro objeto que transportar los víveres. Como en lodos los textos chilenos,
el sol ya no es más antropomorfizado sino considerado como loque es realmente o sea
foco del calor, la mente de los aborígenes buscó relacionar esta modernización de
ideas primitivas, con uno que otro detalle de la tradición, en el presente caso, ese de
los platos, sin tomar en consideración que eran de material inflamable, pues los platos y
utensilios de cocina fueron fabricados y lo están hoy en día todavía, por los Arauca-
nos, casi únicamente de madera. I,os textos modernos han adaptado, sin embargo,
aquella clase de vianda a los rayos solares, reemplazando aquellos platos de made-
ra por ollas de greda (ver nota 3, página 41); ver también nota 2, página 36. — Nora
DE K L. N.
— 35 —
Los conocidos gramáticos padres Bernardo Havestadt y An-
tonio Pebres, intercalan en sus obras, fragmentos de la leyen-
da diluvial en la siguiente forma:
«Algunos miles de años lia, diz que los ríos tuvieron una grande
avenida, los mares también vinieron a salir para tierra adentro, con
esto fué subiendo el agua sobre la tierra, sobre los árboles grandes,
sobre los cerros, y de esta suerte se ahogó toda la gente en todo el
mundo, ocho sólo se libraron, cuatro hombres y cuatro mujeres, en un
cerro llamado Thengtheng; éstos engendraron todos los otros hom-
bres...» (’)
iChengcheng o Thengtheng , unos cerros donde dicen se escaparon del
Diluvio aquellos de quienes descienden».
« Thengtheng o Chengcheng, unos cerros, en donde dicen se escaparon
del Diluvio SUS antepasados; hiñe non tierno montes Armenias interpreta-
tns est.t (1 2 3)
«Montes in quibus Majores suos, aiunt, diluvium evasisse, teng-
teng .» (■’)
Más amplio es el texto que el abate Juan Ignacio Molina
publicó ya al fin del siglo XVIII en su Saggio sobre la histo-
ria de Chile, obra que alcanzó bastante circulación en Europa;
por consiguiente, la leyenda araucana del diluvio cuando es
tratada por autores europeos, p. ej. por Andree y Winternitz
(cuyos trabajos ya fueron citados), está extractada del libro de
(1) FEBRÉS, Arte de la lengua general del reyno de Chile..., No. 268. Lima, 1765. —
Reimpresión dejuan M. I.arsen, Buenos Aires, 1884.
El texto continúa como sigue:
«Ast fué; se fué esparciendo Ingente por toda la tierra, y llegó a esta tierra, asf se
volvió a llenar de gente. Después que pasaron muchísimos años, estando bien poblado
Chile, diz que apareció un hombre blanco, llamado Thomé, que tenía su porte, su cara
y sus cabellos parecidos a estos españoles que ahora están; diz que dijo, muchas bue-
nas noticia?; os traigo, es a saber, cosas del cielo: hay un grande señor que todo lo
sabe, todo poderoso, señor del cielo y señor de la tierra, que todo lo gobierna, el cual
crió el sol, la luna y las estrellas, y a nosotros nos crió también en la tierra, todas
estas noticias vino a dar, y otras grandes cosas anduvo contando por esta tierra ; llegó,
dicen también, a tierra de tico, hacia la ciudad de Mendoza, para dar a toda esa gente
las noticias que traía ; pero éstos no hicieron caso, no quisieron, dicen, dar oído a es-
tas cosas; por esta causa vengan acá las zorras, hubo de decir ese hombre que vino,
o sea español; ya que no quieren oir los hombres, vengan a oir las zorras, los leones,
los guanacos, los otros animales; entonces (¡qué grande maravilla vió esa gente!) vi-
nieron a estar oyendo las zorras, los leones, los lagartos y otros animales, vinieron a
estar sobre una grande piedra, y en ella dejaron sus huellas, y ese español dejó pues-
tas sus pisadas en la piedra, y todavía se ven ahora».
Hemos reproducido el largo párrafo pues su principio recuerda bastante la tradición
peruana de Viracocha.
(2) FEBRÉS, Catepino chileno-hispana , etc., p. 1 7 , 741.
(3) I T AVESTADT, ' h ilidnngu sive res ch ¿¡cuses . . 1 1 7 77] • Reimpresión de Julio Platzman,
N'o. 492. I.ipsiae, 18S3.
36 —
Molina; hace algunos años, el infatigable historiador chileno
José Toribio Medina, a cuya labor tanto debe la ciencia uni-
versal, ha intercalado en su Colección de historiadores de Chile,
una traducción castellana de la cual copiamos los párrafos si-
guientes (*):
« Se conserva entre ellos la memoria de un gran diluvio, en el cual
dicen que no se salvaron sino pocas personas, sobre un alto monte di-
vidido en tres puntas, llamado Thengtheng , esto es, el tonante o el cente-
llante, que tenía la virtud de fluctuar sobre las aguas. De aquí se infiere
que este diluvio no vino sino después de alguna erupción volcánica,
acompañada de grandes terremotos, y verosímilmente es muy diverso
del noético. Efectivamente, siempre que la tierra se sacude con vigor,
aquellos habitantes procuran refugiarse a los montes que tienen cuasi
la misma figura, y por consecuencia, la misma propiedad de nadar;
diciendo ser de temerse que después de un fuerte temblor salga el mar
otra vez fuera e inunde toda la tierra. En estas ocasiones llevan con-
sigo muchos víveres y platos de madera para preservarse la cabeza del
calor, en el caso que el Tengtheng , elevado por las aguas, subiese hasta el
sol. Peto cuando seles opone cpie para este objeto serían más acertados
los platos de tierra que son menos sujetos a quemarse, dan una res-
puesta que es también entre ellos muy común, esto es, que sus antece-
sores lo hacían siempre así >
Desde que los antiguos cronistas transmitieran el mito
araucano respecto al diluvio, han pasado más de cien años
hasta que el interés para tales cosas, renaciera en la patria de
aquellos indígenas. Puede decirse que el doctor Rodolfo Lenz
es el iniciador de una nueva era de investigaciones de esta
índole, y aunque él mismo no logró conseguir versiones mo-
dernas de la antigua tradición — hecha excepción de una breve
observación que va más adelante — el empuje dado por sus
Estudios araucanos, hizo notarse en estudios posteriores sobre
el idioma y el folklore de los aborígenes chilenos. Respecto
al diluvio, don Tomás Guevara, bien conocido por muchas obras
sobre materia araucana, varias veces hace mención de la le-
yenda respectiva. La primera vez, después de referirse breve-
mente al texto de Rosales, escribe (:i):
(1) Molina, Compendio de la historia civil del reino de Chile .. II. Colección de histo-
riadores de C iiile y documentos relativos a la historia nacional , XXVI, p. 174. Santiago de
Chile, 1901.
(2) Ver la nota 3 de la página y nota t de la págmu.ji. Los « untecesorcs lo hacían
siempre así», ¡por que no tenían otra clase de platos ! — Nota de R. L .N.
(3) Guevara, Historia di la civilización de Araucania , I, p. 89. Santiago de Chi-
le, 1898.
- 37 -
< Al presente, los indios conservan aún esta tradición y todavía
creen que algunas rocas salientes de los cerros y llanos, huitralcura j1),
son los cuerpos petrificados de los antiguos. Conservan también algu-
nas alturas la denominación de Tenten o Tretitren , como una en Los
Sauces, departamento de Angol, de 606 metros sobre el mar, y otras
en las provincias de Cautín y Arauco (2).»
Eu otra (le sus obras que trata especialmente de la parte
psicológica de los Araucanos, el mismo autor escribe: (3)
€ Las leyendas del mapuche acerca la cosmogonía parecen inven-
tadas para distraer a los niños. Conservan la relativa al diluvio, y hasta
no hace muchos años huían en los temblores a guarecerse a la cumbre
de los cerros altos, trentren. Sobre la creación del hombre no conseivan
leyenda alguna; sólo daban antes el nombre de i>eñi epatun a los prime-
ros habitantes de la tierra ai ancana, sin saber quienes eran ni de donde
vinieron.
< Los animales salieron del interior de los cerros del Este, los Andes.
« El temblor era un toro colosal que sacudía las espaldas debajo de
la tierra.
« Todas las antiguas ideas cosmogónicas han sido reemplazadas hoy
por la acción de Ngiíncchen , espíritu director del mundo araucano : las
múltiples manifestaciones de la naturaleza, vientos, conmociones terres-
tres, lluvias, tempestades, se deben a su voluntad.»
En el penúltimo libro de Guevara, al fin, no hay más que
el dato siguiente: (4)
« Los viejos no han olvidado la leyenda del diluvio, de unos cerros
muy altos llamados Trentren , donde se salvaron muy pocas personas de
las aguas que cubrieron el territorio... Los jóvenes no poseen noción
alguna sobre estas tradiciones. »
En sus Estudios sobre la lengua veliche, el dialecto más aus-
tral del idioma araucano, Alejandro Cañas Pinochet (5) tam-
(1) II nitral cura , de hura, piedra; huitml , probablemente de huitran , levantarse. — Nota
de r i,. :í.
(2) Francisco J. Cavada, dice que cerca de Castro hay un cerro de nombre Tenten,
que, como su homónimo en la isla Tancolón, de grupo de las Chanques, encierra una
tradición, de origen indígena, y después de citar los párrafos de Guevara, arriba re-
producidos, agrega : «Al occidente d* la Isla [de ChiloéJ existe también el cerro Caicay,
del vocablo cay que significa «señor del mar» y que... era el nombre de la culebra
autora de la inundación de (pie habla ¡a leyenda y cuyo silbido anuncia las salidas de mar
o los diluvios.» ( Cavada, Chiloé y los chitóles... Revista chilena de histeria y geografía, III, p.
446, 1912 = Revista de folklore chileno , V, p. 89, 1914.)
(3) Guevara, Psicología del pueblo araucano , p. 326. Santiago de Chile, 1908.
(4) Guevara, Las últimas familias y costumbres araucanas , p, 276. Santiago de Chile, 1913.
(5) Cañas Pinochet, Estudios de la lengua veliche. Trabajos del cuarto Congreso científico
\latino americano) ( f.o pan- americano) , celebrado en San'iago de Chile del 25 de Diciembre de
1908 al 5 de Enero de 1909 , XI ( = 3, I ), p. 755, 326.
- 33
bién menciona el Cai-cai (*) ) el Tren-tren y dice respecto al
«Cay», que es (según la creencia actual de los indios) el
«Señor o Dios del mar. Ks el Cay Cay de Rosales y de otros
cronistas que suponen una culebra autora del desbordamiento
del mar que causó el diluvio, inundó las tierras bajas y ahogó
a los hombres que no alcanzaron a refugiarse en los Trren
Trren . » Cita en seguida nombres geográficos compuestos con
la designación de aquel reptil, a saber:
Cay- Cay-Vilu, lugarejo de Sauzal, en el departamento de
Cauquenes; vilu = víbora.
Caymacahnin, lugarejo en Rere; cay, el dios del mar; vía,
por fa, este, esto, esta, aquí; cahuín, reunión, reunión bullicio-
sa o simplemente bullicio;
Cay-maco ; cay, ma, ver arriba; co, agua;
Caypulli, en Valdivia; pulli, alma, espíritu;
Caycura, en Osorno; cura, piedra;
Licay; Un, según Cañas Pinochet, altura, cerro, cueva;
Cay Un, isla de Chiloé, ídem.
El Trren-Trren (como escribe Cañas Pinochet), también
sirve a formar nombres geográficos: «Son conocidos esos em-
pinados cerros con el nombre de Ten-Ten; y los hemos visto
en Ñame (departamento de Cauquenes), cerca de Castro; en
Puerto Montt, en Río Bueno, inmediato al pueblo de Arauco,
en las islas Chauques en Chiloé y en la tercera subdelegación
del departamento de Lebu, llamado Antilhue. »
No obstante de que algunos autores lian asegurado que hoy
en día, la leyenda de aquel diluvio es desconocida a los indí-
genas, hay textos modernos relacionados con este tema. Tomás
Guevara publicó uno en 190? (* 2 3 4), agregándole más tarde el
original araucano (;i), a base del cual, R. Eenz (') dió en 1912
una versión castellana más literal. Según las fuentes indicadas,
la narración del indio Nahuel Huinca puede reproducirse en
la forma siguiente:
(1; Cañas Pinochet cree cine cay tiene relación con el idioma quichua donde «significa
el Ser Supremo, Dios. I{s el infinito de cani que significa ser: se compone con nombres,
sustantivos, adjetivos y participios », etc. Dejamos constancia, que para los araucanos, caí
caí es el grito de un ofídeo (como or cr él del cerdo, uárr uárr él del zorro, etc., según nues-
tras investigaciones ) y nada tiene que ver con una forma verbal .
(2) Guevara, Psicología, etc. p. 335-336
(3) Guevara, Folklore araucano.. ., p. 105-106. Santiago de Chile, *911.
(4) I.KNZ, Tradiciones e ideas de los Araucanos acerca de los terremotos . Anales de la Univer-
sidad de Chile, CXXX, p. 763-764 ; tiraje aparte p. 10-n. Santiago de Chile, 1912.
— 39 —
Naluiel Huinca era joven todavía en el tiempo del terremoto. Cuatro
adivinos llamados Maripil, Paran, Ruquil y Paillal, anunciaron a los
caciques un temblor que iba a durar seis días. Dijeron que de una la-
guna iba a salir un caicai ( mito ) para juntarse con el llun-llun (') (animal
forma de gato). Si se juntaban los dos, se acabaría el mundo. Así di-
jeron los adivinos.
Entonces los caciques hicieron un ngillatun (parlamento) en Pitan
clio, a la orilla de la laguna fie la cual había de salir el cai caí. Mataron
borregas negras, y a un mapuche llamado Antío lo mataron con lanza
y le dijeron que no dejara pasar al cai cai. El cuerpo del muerto fue
echado a la laguna.
Al cuarto día del temblor sintieron como un remolino de viento desde
la laguna donde el caí cai había de salir. Era en efecto el cai cai. Ee ti-
raron el lazo y lo atajaron entre todos con lanzas y lo hicieron volver
a la laguna. Entonces ya no tembló más.
La tradición, sin embargo, ya empieza a desfigurarse
entre los mismos indios, pues uno de ellos describió a T
Guevara el cai cai, en vez de víbora, como cuadrúpedo acuá-
tico: (1 2)
<¡ Cai cai es un animal que tiene la forma de un caballo recién nacido.
Le arrastra la melena. Vive como el Llul llul en el agua. »
Otro de los textos modernos relacionados con la antigua
leyenda del diluvio, se debe al capuchino bávaro Fray Félix
José de Augusta quien lo publicó en original mapuche y tra-
ducción castellana, como capítulo de sus importantísimas Lec-
turas araucanas. Como a nosotros sólo interesa la parte mito-
lógica del «cuento », lo relatamos a base de la versión española
que hemos modificado y pulido para facilitar su lectura; helo
aquí «la visión de una machi [curandera]»: (3)
(1) según l'‘ray Félix José de Augusta ( Lecturas araucanas... p. 236. Valdivia, igio
el « señor del mar » o ngucnlafqncn , es un gato merino ñullñull. « Dicen de él los indios
que produce el ruido del mar, y que con cambiarse de un lugar a otro se oye este ruido
en distintas direcciones. Do respetan y probablemente lo invocan para tener suerte en
la pesca, y temen mucho matarlo o aprisionarlo, porque ’al que se atreve a hacerlo, le
persigue el mar subiendo tras él en los riscos y se lo traga, si 110 deja su presa’. »
I.a palabra Uun Ilnn o ñu/l ñull, está emparentada con lloclla , del idioma quichua,
compárese el dato siguiente :
«Hoy se dice en quechua Lloclla una, el diluvio; ya que Lloclla, es avenida torren-
tosa, abundante; los vocabularios de Mossi y Holgufn, le dan la misma acepción...»
( Horacio A. Urteaga, en su comentario a la edición de Ckistórai. de Molina, Re-
lación Re las fábulas y ritos de los Incas... Colección de libros y documentos referentes a la
historia del Perú, I, p. 5, nota 5. Dima, 1916.)
(2) Guevara, Psicología . etc., p. 324.
(3) Augusta, Lecturas araucanas ( narraciones , costumbres, cuentos, canciones, etc.), p.
8-9, 268-269. Valdivia, 1910.
— 40
«Así dijo la machi : Se me apareció un hombre pequeño, un extran-
jero que había salido del medio del agua y subido al cielo. De allá
bajó y conversó conmigo:
« Yo pensaba cómo encontrarte; hoy te he encontrado y hablaré con-
tigo. Ha de salir el mar; a los extranjeros mataré con agua; vosotros
tendréis que sufrir inocentemente con ellos; son, pues, los extranjeros
los que debo matar; los indígenas no tienen culpa; con los extranje-
ros pues, acabaré. Diez y ocho días faltan para salir el mar. Kn todas
partes, pues, dirás: Se ha hecho oir la serpiente Kaikai; una vez se ha
hecho oir; si se hace oir otra vez, saldrá el mar.»
K1 mismo indígena agregó como notas explicativas, lo si-
guiente:
«La serpiente Kaikai relincha cuando el mar ha de salir; ella está
en la cima del cerro Trengtreng (■) y sube junto con él (-) al salir el
mar. Como ella relincha y grita muy fuerte, se la oye en todas
partes.
«El cerro Trengtreng tiene cuatro patas y al salir el mar, sube; en-
tonces queda unido con el cielo. El agua, pasados cuatro días, recala
y vuelve a juntarse hasta que ya no hay agua; entonces baja otra vez
el Trengtreng.»
Al comparar el texto del Padre Diego de Rosales con el
moderno recién reproducido, dice Fray Félix José de Augusta,
que son algo diferentes, y continúa: «Mas de eso no se dedu-
ce que dicha forma [la antigua] sea la primitiva y la nueva
solamente la adulteración de aquella antigua, pues es muy po-
sible que en la época del citado historiador, se contara el
mismo mito con diversas variantes.»
En su Diccionario araucano (1 2 3), nuestro autor condensa
nuestra leyenda para los artículos kaikaifihi y treng treng , res-
pectivamente, y termina el último con la observación, que al pie
de los cerros llamados treng treng, los indígenas no sembraban.
El último de los textos modernos se debe a la labor de
Eulogio Robles Rodríguez, socio de la « Sociedad de folklore
chileno», y dice como sigue (4) :
(1) Se ve que 1a tradición ya empieza a confundirse ; en el Trengtreng^ vive la víbora de
este nombre y no el ofidio acuático caicai.
(2) Motivo del ccerro creciente*. — Notas deR. I,. N.
(3) Augusta, Diccionario araucano-español y español araucano , 1, p. 73, 22S. Santiago
de Chile, 1916.
(4) Robles Rodríguez, Costumbres y creencias araucanas: C uillaiunes . Anales de la Uni-
versidad de Chile¡ CXXVII, p. 166- 168 = Revista de la Sociedad de folklore chileno , I, p.
239-41. I9I'.
— 41
« Hace mucho tiempo... hubo tina grande inundación. Un enor-
me lagarto salió del centro de la tierra y gritó: Cai-Cai! La tie-
rra se agrietó por muchas partes. Gruesos borbollones brotaron de
esas grietas y llenaron de agua los campos. La gente se refugió
en una altura llamada Tren- Tren. Con rapidez ascendieron también a
ella toda clase de seres: leones, venados, pájaros y 'grandísima canti-
dad de sabandijas’^). Cubierta la superficie de los campos, el nivel
del agua se elevaba más y más. Empero no podía llegar a la cumbre
del Tren-Tren que crecía en altura a medida del ascenso del agua. (’)
Subía y subía el Tren-Tren y llegó tan arriba que casi tocó al sol.
La temperatura se hizo insoportable. Tara refrescarse la gente se po-
nía sobre sus cabezas, ollas de greda (1 2 3 4) llenas de agua. En la cumbre
del Tren-Tren, espacio reducido, era peligroso moverse con tanta sa-
bandija y 'tanta culebrería', según la gráfica y textual expresión de
uno de nuestros informantes, y las mujeres tuvieron que amarrarse
estrechamente las extremidades de sus vestidos para librar las piernas
de las ofensas de esos bichos. Oyóse el grito: Tren-Tren!, y las aguas
comenzaron a bajar, como a subir cuando se oyó el de: Cai-Cai!
«Los indios celebraron entonces su primer guilla tun. Sacrificaron
un niño huérfano para obtener la sangre que se empleó en la ceremo-
nia. En pos de este sacrificio vino el de gallos y gallinas cuya sangre
iban vertiendo en las aguas que se retiraban»
Observa el señor Eulogio Robles Rodríguez, que solo tres
indios relacionaban el mito de aquella gran inundación con
el origen de los «guillatunes» o fiestas rogativas que describe
en su monografía, y agrega una variante, oriunda de la costa
de Arauco:
«El agua no provino del seno de la tierra: filé una salida de mar.
Precedió a su irrupción un animal que surgiendo de él, gritaba: hupe!
hupe! Cuando se retiraron las aguas, el animal se fué mar adentro
gritando: cai! cai! Era un monstruo con cuernos sin forma determina-
da ('), del color de las aguas, y fué visto de costado en medio del
oleaje. En la altura del Tren-Tren, los refugiados debían soportar si-
lenciosos que culebras y lagartijas se pasearan libremente por su cue-
llo y rostro y si proferían palabras, al momento quedaban convertidos
en piedras. Al comienzo de la inundación, se vió un mapuche nave-
gando en un bote a dos remos en el agua que invadía la tierra, y
cuando bajó, el mismo indio se fué mar adentro perdiéndose de vista.
Era el dueño de las aguas».
(1) liste detille coincide con et texto de Cliimpay: «Y también en las montañas
se refugiaron los avestruces, los peludos y los guanacos.» — Nota de R. t,. N.
(2) Motivo del «cerro creciente.» — Nota de R I,. N.
(3) Con el andar de los tiempos, los platos de madera fueron sustituidos por esas
«ollas de greda», mejor adecuadas para resistir a los rayos solares; ver la nota 3,
página 34 y nota 2, página 36. — Nota de R. I,. N.
(4) Otm comprobante para la transformación paulatina de la leyenda. — Nota de
R. L. N.
— 42 —
El primero de los dos textos publicados por E. Robles Ro-
dríguez. va acompañado de la siguiente nota, firmada por el
doctor Rodolfo Lenz :
«He oído la misma leyenda a algunos indios de Ilicura (provincia
de Arauco); pero cuando les pregunté de donde la sabían, me dijeron,
con toda ingenuidad, que así se lo había contado un seño/ cura de Angol (!).
No cabe duda de que la conservación de este mito se debe exclusiva-
mente al hecho de que el Padre Rosales lo ha narrado en su Historia.
Será difícil, sino imposible averiguar si existía realmente entre los
mapuches» . . .
Nosotros, al fin, al hacer investigaciones mitológicas entre
los Araucanos de la Pampa que dieron por resultado un am-
plio manuscrito de textos, inéditos todavía — hecha excepción
de una que otra leyenda — , no hemos hallado rasgos de la
tradición diluviana; de ella había quedado, como eco agoni-
zante, el grito de una de las víboras: caí caí; así, explicóme
Nahuelpi, grita la serpiente llamada filu en su idioma.
La suposición del padre F. J. de Augusta respecto a la
existencia de variantes clel mito diluvial, queda confirmada,
me parece, por otra leyenda también transmitida por el ya
citado P. Diego de Rosales, y es curioso que esta segunda,
no haya llamado la atención de los especialistas chilenos; su-
pongo que por el parecido que tiene con la tradición bíblica
de Sodoma y Gomorra — parecido que fué exagerado por el
mismo Rosales, cuyo punto de vista explica lo suficiente tal
proceder — fué considerada como simple reflejo de la enseñan-
za de aquellos misioneros. Veremos, sin embargo, que el mito,
sacado el barniz bíblico que le fué puesto por el cronista, bien
puede ser autóctono americano. Rosales, al mencionar en su
descripción geográfica las lagunas llamadas lagua-Tagua G),
continua como sigue : ('-)
«Caen estas lagunas veinte leguas al sur de la ciudad de Santiago,
cerca del pueblo de Mayoa; tienen seis leguas de circunferencia, mu-
chas truchas, varios géneros de peces y muchedumbre de pajarería de
varios colores que sobre las aguas forman un hermoso jardín de flores
vivientes. Tiene en medio una pequeña isla que muchas veces se ve
nadar por encima de la laguna y moverse con el impulso de los vien-
tos... Lo singular y de grande enseñanza es que conserva una tradi-
ción de tiempo inmemorial entre los indios que en aquel sitio antigua-
(1 ) *Thahua-thahua% nombre de cierto pato» (Feurés, Calepino , etc., p. 234.)
(2) Rosales, Historia general, etc., p. 2SS-259.
- 43 —
mente, antes de la venida de los españoles, había un hermoso valle muy
ameno y poblado de infinita gente, y que no había laguna ni señal de
ella, sino mucha amenidad y sementeras en abundancia para las deli-
cias de los naturales... Era que con la abundancia y el regalo eran
sus costumbres tan estragadas y tan enormes sus vicios, que, no con-
tentándose con la muchedumbre de mujeres propias y ajenas, se desentre-
naban (como bestias) en los torpísimos vicios de la sodomía y bestialidad.
«Entraron un día en aquel valle dos hermosos mancebos en el traje
y rostros nunca vistos, y en la hermosura y gravedad admirables, que
en la realidad eran ángeles, y les dijeron a todos los habitantes de
aquella tierra que venían enviados del Señor del cielo y la tierra, del
mar y de los vientos, del sol, luna y estrellas, y que venían a reque-
rirles de su parte como los requerían, que se enmendasen de tan enor-
mes vicios y obscenidades con que gravísimamente ofendían al autor de
la naturaleza y a su Dios y señor a quien debían todo amor y obe-
diencia; y que si no se enmendaban, serían del Señor gravísimamente
castigados en esta vida y más rigurosamente en la otra con eternas
penas y tormentos. Y dicho esto, desaparecieron y no los vieron más.
Causóles alguna novedad al principio, pero no enmienda, porque per-
severaron en sus torpezas. ¡Oh gran paciencia de Dios y grande su
misericordia que no se contentó con este aviso!, sino que, pasados al-
gunos años, volvieron los dos ángeles en figura humana y en el traje
y hermosura dando muestra de que r.o eran hombres terrenos, sino
espíritus celestiales. Volviéronles a requerir a los indios, afeándoles sus
vicios y dijéronles que estaba ya cercano el castigo de Dios si no se
enmendaban de sus pecados. Desapareciéronse, y los indios, endureci-
dos en sus malas costumbres y ciegos a tanta luz, perseveraron en sus
delitos, incrédulos del castigo como los de Sodoma. Mas, después de
pocos días, vino el castigó de Dios sobre ellos, porque tembló la tierra
y se estremeció con tanta furia, que, abriéndose en diferentes grutas y
diversas bocas, pronunció la sentencia y ejecutó el castigo, vomitando
tanta cantidad de agua que inundó todo aquel valle y anegó a cuantos
en él había, sus casas, sus haciendas y sementeras, sin dejar memoria
de aquella tan nefanda gente, y quedando para eterna memoria y es-
carmiento de los demás, aquella laguna que hoy se ve y ha permane-
cido después de tantos años que ha sucedió este tan maravilloso caso
digno de eterna memoria» . ..
Como ya fué dicho, el revoque bíblico es tan fuerte que
cubrió del todo el fondo indígena; por lo menos el doctor R.
Lenz, en su ya citada monografía sobre las tradiciones de los
Araucanos acerca de los terremotos, no menciona el segundo
texto de Rosales, aunque en éste se dice que « tembló la tierra
y se estremeció con tanta furia», etc. Ricardo E. Latcham(1)
es más esplícito cuando escribe:
(i) Utcham, Ethnology of the Araucanos. Journal of the Roy al Anthropological Instiiute.
XXXIX, p. 349, 1909.
— 44
«Here \ve llave a legend, the formation of which is based
on strict geological truth, as a bricf study of the neighbourhood
reveáis, but the causes deduced are undoubtedly of a much
later date, and are clearly an addition to the original tale, re-
calling immediately the story of Sodoni and Goniorrah. That
tliis part of the legend has not been invented by ludían agency
is clear from the fait that none of their deities are attributed
witli any desire or interest in the goodness of niankind and
also that to the Araucano sin has no particular meaning...».
Creemos, sin embargo, que la leyenda bien puede ser ame-
ricana; reconocemos también el parecido de su urdimbre con
la historia de Sodoma y Gomorra, aunque el carácter de la ca-
tástrofe final es distinto y corresponde a la leyenda de Noé,
habiéndose reemplazado la erupción volcánica con lava ar-
diente, etc., por un terremoto y maremoto, con la inundación
consecuente; pero tal cambio puede explicarse por las expe-
riencias locales de los indígenas. Queda entonces por examinar
el fondo de la leyenda, bien parecido, es cierto, al texto bíblico
de Sodoma. Destáranse en éste dos motivos, «la maldad de la
gente» y « el anuncio de la catástrofe»; pero advertimos que
ambos motivos se hallan también en el asunto Noé. Consul-
tando la monografía de Winternitz (') (que sólo menciona el
diluvio noético), resulta que el primer motivo se halla en no
menos de 23 leyendas de 17 pueblos de todo el orbe, o sea,
en casi la tercera parte de todos los mitos diluviales recogidos
hasta la fecha. El anuncio de la catástrofe, en nuestro texto
araucano, está hecho indirectamente por aquellos dos «ángeles»
que amenazaron con un castigo sin especificarlo; anuncios in-
directos no se mencionan en aquella monografía, pero sí di-
rectos que corresponden a nueve leyendas y a nueve pueblos
de todo el mundo menos Africa (1 2). Ambos motivos son, pues,
universales, y como tienen su importancia tanto en el diluvio
noético cuanto en la erupción volcánica de Sodoma, es difícil
resolver con cuál de estas dos tradiciones tiene relación nuestro
texto araucano. Sea como fuera, el segundo mito de Rosales
representa algo de intermedio entre las dos tradiciones bíblicas(
y los autores que vuelven a ocuparse de la mitología comparada,
ya no deben — como lo hicieron Atidree y Winternitz — omitir la
historia de Sodoma y Gomorra cuando tratan de mitos diluviales.
(1) Winternitz, obra citada , p. 315.
(2) Íbidemí p. 321.
45 -
SOL Y LUNA
En el texto de Chimpay, sol y luna aparecen antropomor-
fizados y como matrimonio, correspondiendo el rol de marido
al sol, el de la mujer a la luna. Es por la primera vez, que yo
sepa, que en una leyenda araucana se indica esta relación con
palabras sencillas e inequivocables ; las tradiciones, ya proce-
dentes del siglo XVIII, ya de la época moderna, sólo hablan,
de vez en cuando, de la luna como mujer del sol, pero no dicen
absolutamente nada respecto a las acciones de la parte mascu-
lina o sea del astro solar. Quiere decir esto, que ya en el
siglo XVIII la base de la leyenda estaba olvidada y que se
conservaba sólo un fragmento relacionado con la luna. Hoy,
gracias a una benévola casualidad, disponemos de un texto que
también al sol, atribuye cierta actitud, directa y de importancia
no desapreciable: ¡manda el marido a su mujer! El texto de Chim-
pay es pues muy antiguo y presenta elementos primitivos y ar-
cáicos I1 2 3).
Comuniquemos en seguida todo lo que los cronistas chilenos
y los investigadores modernos dicen respecto a la luna en su ca-
rácter de mujer del sol:
« La antigüedad pagana colocó a los héroes entre los hombres y
dioses, haciéndolos más que aquéllos y menos que éstos; en cuya línea
tenían los indios a la Anchimalgiien que decían les noticiaba de lo ad-
verso para precaverlo, o de lo próspero para celebrarlo : -reputábanla
por su deidad tutelar >
« La anchuma llacin ':)) , quiere decir mujer del sol, es para ellos una se
ñora joven tan bella y ataviada como benigna, y es cosa rara que
no teniendo algún particular respeto al sol, se lo tengan tan grande
a la que piensan ser su esposa. Como sobre esto ellos no discurren ni
responden cosa de provecho, mi conjetura es que como en los tiempos
pasados de las guerras se apareció algunas veces en medio de las hues-
tes contrarias aquella bella mujer que se viste del sol, se corona de es-
trellas y se calza de la luna, defendiendo a los cristianos y sin hacer-
más daño a los infieles que retirarlos con la majestad de su divino
semblante, y ellos mantienen la memoria de los sucesos muy notables
(1) Un eletne o primitiva es también el aire consilerado como substancial cuando
se dice: «el aire era negro». Corresponde este término al concepto primitivo de la luz
y de la noche como dos substancias, independientes de los astros cósmicos, concepto
que puede comprobarse para otras leyendas de América, Asia y Oceanía (Ehrenriíich,
Die Mythen itnd I. emenden der siidamerikanischen Urrelher und Un e Besiehungen zu denen
Nordamerikas und der alten Wctt, p. 14 (nota), ;g. Berlín, 1905).
(2) Córdoba Y Fiqueroa, Historia de Chile , etc., II, p. 25.
(3) Debe ser error de imprenta en vez de : a n chuma ttgh in . — Nota de K. L. N
— 46 -
por la tradición de padre a hijo, se conserva en ellos el sér de la
madre de Dios, bajamente expresado en la apelación de mujer del
sol.» (')
«Reconocen también otra divinidad, pero que no se sabe en qué orden
la pongan, ni de qué cualidades la revistan, esto es la Antumalghen o
sea la mujer del sol, a la cual conceden la divinidad que niegan a su
marido, a quien no conceden ni aún que sea ente viviente.» (j
« Ros ulmenes de la jerarquía celeste araucana son los genios, los
cuales presiden particularmente a las cosas creadas y de acuerdo con
el buen Meulen , procuran equilibrar la enorme prepotencia del Güecubu.
Hay allí varones y hembras: éstas permanecen siempre vírgenes, por-
que la generación no tiene lugar en el mundo intelectual. I.os varones
se nombran gen , que quiere decir los señores... Las hembras, pues, las
llaman anchi-malghen, esto es, las ninfas espirituales: las mismas hacen
acerca de los hombres el oficio de Inri o de espíritus familiares. No hay
algún araucano que no se alabe de tener una a su servicio. Nien caí ñi
Anchi- malghen : yo tengo aún mi ninfa, dicen, cuando salen bien en
cualquier negocio. » (;!)
De los antiguos gramáticos, sólo el Padre Bernardo Iiave-
stadt menciona aquella deidad lunar, pues escribe
« Anttí, sol, dies, tempus.
« Anchú malúen, solis amica, paella, virguncula. Hanc fingunt mederi
plagis, vulneribus, morbis; quibus a magis affliguntur: et suos Machi
(ita suos médicos appellant) eam secum liabere; illamque considere: alr
qui dicunt illis Diabolum in figura liujus jmellae apparere.»
€ Af aliñen, virgo, pueda, foemina, mulier» . . .
De los autores modernos, hay algunos que lian hallado la
luna entre la mitología o más bien dicho, demoniología arau-
cana, pues el concepto que tenían los aborígenes chilenos, de
otra época, respecto a nuestro trabante, mucho ha cambiado
desde entonces. Veamos lo que escribe Tomás Guevara sobre
(1) Olivares, Historia militar , etc., p. si-52.
K1 texto de Olivares fué utilizado por José Pérez García, cuando escribe:
«I<a anchumallhuén, que es decir mujer del sol, y dicen es una señora joven tan bella
y ataviada como benigna. Extrañamos que sin tener respeto al sol, se le tenga tanto a
su mujer, por lo que conceptúa el Padre Miguel de Olivares en el lugar citado, que
como en algunas batallas -¡e les apareció aquella señora que viste del sol, se corona de
estrellas y se calza de la luna, ellos mantienen la memoria imperfecta, aun pregunta-
dos, no responden cosa que satisfaga. »( Pérez García, Historia de Chile [1810]. Colección
de historiadores de Chile y documentos relativos a la historia nacional , XXII, p. 44- Santiago»
1900).
(2) Gómez de Vidaukre, Historia geográfica, natural y civil del reino de Chile [ se-
gunda mitad del siglo XVIII], Colección de historiadores de Chile y documentos relativos a
la historia nacional , XIV, p. 317. Santiago de Chile, 1889.
(3) Molina, Compendio, etc., p. 170.
(4) 1 1 avestadt, C hilidttngu, etc., núm. 681, 772.
47 “
este asunto, después de enumerar los espíritus maléficos de los
araucanos (x):
«Entre tales genios del mal, se menciona en la antigua teogonia de
estos bárbaros una deidad amable y protectora, la Anchimalguen , mujer
del sol que les noticiaba de lo adverso para precaverlo y de lo prós-
pero para celebrarlo (1 2). Era una deificación de la luna. Pero ha lla-
mado la atención la extraña circunstancia de que los indios tributaran
homenaje a la luna y no al sol, siendo que el culto reodido a ambos,
se ha identificado en las razas que lo han tenido (3 4). La influencia de
la invasión incásica, ¿no dejaría ningún vestigio del culto al sol? ¿Se
perdería con el tiempo? Por lo que hace a los araucanos, nada concreto
puede afirmarse por ahora. Lo cierto es que un grupo social de tipo
inferior modifica sus mitos o adopta otros, conservando los suyos, si
se relaciona con otra raza superior que ha hecho su evolución en otro
medio.
«La verdad es también que los mapuches contemporáneos conocen
esta deidad con caracteres diversos de sus primitivos atributos. Creen
que la Anchímallen desempeña el papel de agente de los brujos y que
tiene la forma de una llama errante y fugaz. Aparéeese de prefe-
rencia a los viajeros en los caminos y métese debajo del caballo. Cuan-
do se intenta enlazarla, huye a esconderse a la casa del brujo. General
es entre los araucanos esta creencia. En 1897 apareció en Guadava
una Anchímallen , cerca de la casa de un viejo y famoso cacique, Penchu-
leo, postrado oor una enfermedad. Sabedor de semejante ciicunstancia,
dijo que significaba su próxima y segura muerte, y en efecto, pronto
dejó de existir.»
En otro trabajo, después de extractar las indicaciones de
Molina, Córdoba y Figtteroa, Gómez de Vidattrre y Pérez Gar-
cía, continúa Tomás Guevara, respecto al Auchimallen, como
sigue (*):
«No cabe duda que esta representación protectora traía su origen
de la mitología totémica, pues fuera de la bondad que se ie atribuía,
propia del tótem, su etimología ( anchú , sol, y malguen, mujer) demuestra
que filé personificación de la luna, llamada etr el lenguaje figurado del
hombre inferior, «mujer del sol.»
Más en adelante dice respecto a. las supersticiones mo-
dernas :
(1) Guevara, Historia de la civilización araucana , etc., I, p. 227-228,
(2) Córdoba y Figueroa, Historia , etc., p. 26; Olivares, Historia , etc., p. 51. Los
cronistas escriben anchimalhuen y el Padre Pebres (debe ser Molina, R. L. N.) anchimal-
ghen que se pronuncia anchimalguen. Lds mapuches dicen hoy auchimallen. — Nota de
Tomás Guevara.
(3) Pérez García, Historia , etc., capitulo X. — Nota de Tomás Guevara.
(4) Guevara, Psicología , etc., p. 295, 299, 32^.
- 4S -
«La Anchimalguen , mujer del sol en la mitología pretérita, lia cam-
biado en su etimología 3' en su significado. Hoy es Anchimallen y re.
presenta un genio enano que no sobrepasa de la altura y grosor de un
niño de pocos meses. Posee la propiedad de transformarse ya en fuego
tenue 3' fugaz, 301 en pequeños reptiles.
< El Anchimallen cuídalos animales del que se pone bajo su protección,
lo secunda en sus venganzas, le da riquezas y salud y lo preserva de
maleficios. Pero dispensa todos estos favores a un precio 111113' exorbi-
tante: se alimenta de sangre humana y el beneficiado debe entregarle
periódicamente un miembro de su familia para que apague su terrible sed.
• Corren entre los indios mil cuentos (*) de individuos que lian ido
perdiendo á sus parientes unos en pos de otros, sacrificados sin com-
pasión por el Anchimallen ...»
«El mito antropomórfico actual llamado Anchimallen , enano maléfi-
co, se ha construido sobre el mito espíritu Anchimalguen. Ahora obra
activa y personalmente, ñero 110 tiene la propiedad de incorporarse a
los objetos que el mapuche atribuye a los espíritus».
Últimamente, T. Guevara escribió sobre nuestra materia
lo siguiente (1 2 3):
«De la representación astral Anchimalguen han formado un mito mo-
derno, el Anchimallen, sanguinario y grotesco; es un ser enano, de sexo
indeterminado, que se alimenta con los deudes de la persona que lo
ha tomado a su servicio para adquirir riquezas, causar daño y con-
servar el ganado. Se transforma en fuego errante, reptil y pastor para
cuidar el ganado de su dueño. En los cuentos míticos figura como
devorador insaciable de familias enteras».
En el tomo octavo de su serie, el mismo autor nos facilita
los siguientes pormenores (:i) :
«Antiguamente mataban las madres araucanas los hijos contrahe-
chos, engendrados bajo la influencia del ivekttf, poder maléfico, o naci-
dos así porque la embarazada había mirado un uaillepeñ, animal míti-
co deforme. Esta reencarnación no representaba un espíritu bueno.
Idéntico era el concepto sobre los gemelos, que traían desgracias a
la familia, por lo cual se eliminaba a uno de ellos o se le cedía para
alejarlo de la casa.
Hasta hace poco, solían encontrarse en las escavaciones, grandes
ollas con restos de párvulos que habrían sido, a no dudarlo, de uno
de los gemelos.
En la costa, desde Arauco para el sur, corría uniformemente la
tradición de que el mito ígneo anchimallen, se hacía de un recién nacido
(1) lín las páginas 330-331, 33J-340, 351-353 (le la Psicología ti til pueblo araucano , hay
mitos donde el Anchitnallen desempeña su papel. — Nota dií R. I*. N.
(2) Guevara, Zas últimas familias, etc., p. 274.
(3) Guevara, La mentalidad araucana^ p. 122-12;. Santiago de Chile, 1917.
- 49 -
puesta en una olla grande para cpie no se desarrollase. lis de creer a
algunos indios viejos que así se guardaba uno de los gemelos.
Se contaba también por esa región, que las mujeres que acompaña-
ban a la parturiente, escondían en esas vasijas los recién nacidos a fin
de que no fuesen robados para hacer anchimallen (informes recogidos por
el autor entre los indios costinos).»
Fray Félix José de Augusta, al fin, no dice otra cosa que
anchimallen, es un «trasgo, duende que aparece en figura de
un pigmeo» (1).
En la moderna literatura etnológica de Chile, además de
los párrafos recién transcriptos, hay otro más, relacionado con
nuestro tema que se debe a Ricardo E. Latcham (2 3):
«The moon, Anchimalgurn (wife of the sun), was tlieir only beneti-
cent deity. The protected and advised them of any disaster, showing
them sheir enemies, and frighteniug away the cvil spirits. This is easi-
y understood wlien one remembers tliat night attacks are seldom un-
dertaken on moonlight niglits, and tliat most savages liave a great
fear of the dark wlien alone. It also accounts for the faitli placed in
the signs of the moon, whose phases were ahvays consulted in tlieir
principal undertakings. A red moon was considere to be a sign of the
death of some important personage. What is curious, especiallv if we
consider tlieir contact with the Incas, is that the sun has no place in
tlieir religions beliefs».
Para ampliar los datos interesantes que anteceden, nos di-
rigimos al señor R. E. Latcham por carta y tuvo la deferen-
cia de contestarnos, con fecha diciembre 20 de 1916:
«Mis observaciones, escribe, eran personales, recogidas durante una
permanencia de más de tres años entre las tribus del sur en íntimo
contacto con ellas, 1888-1891...
La luna nueva sale delgada y demacrada después del parto, y la
estrella vespertina que aparece junto a ella en ese período, es el hijo
recién parido. (•1)
También he oído en otra versión que esta estrella es un perrito
que guia sus pasos mientras crece y gana fuerzas después del desem-
barazo [no dicen entonces, quién es el hijo, R. L. N.]
Esto, lo mismo que el nombre anthii-malhnen , mujer del sol, sólo se
emplea actualmente en sentido alegórico o en cuentos y leyendas; el
nombre corriente que dan los mapuches a la luna, es küyen {quiyen)» .
(1) Augusta, Vocabulario , etc., I, p. 8.
(1) I,atciiam, Ethuology of lite Araucanos , etc., p. 347.
(3) Compárese con esto la creencia délos Tobas respecto al parto de la luna, pagi-
na 57 de este trabajo. — Nota de R .1,. N.
- 5« —
EL CORRRAL DE LOS MUERTOS
No hay tal recinto en la mitología de los Araucanos chile-
nos (!), pero sí en la de los Puelche, de la Patagonia setentrio-
nal, como lo he podido comprobar en un viaje hecho al Río
Negro al principio del año 1916. Allá en la Primera Angostu-
ra, algo al Oeste de Carmen de Patagones, vivía el anciano
Millaluan ( = Guanaco de oro, en lengua mapuche), de padre
araucano y madre puelche, uno de los últimos representantes
de la lengua llamada Puelche por d’Orbigny. Este anciano,
además de una preciosa leyenda cosmogónica que publicaré
en otro estudio, me dió a conocer los nombres de las conste-
laciones sidéreas que sabía; entre ellas, hay «el corral de los
muertos» cuya situación en el cielo no me pudo determinar
con certeza absoluta, aunque fijándose en el cielo nocturno;
pero me dijo que ese corral ( gaíya udjiiai, en lengua puelche,
con la explicación: «paradero de los muertos; como si fuera
un corral; así tiene la forma») debe corresponder a la región
relativamente grande situada al sur del Orion y caracterizada
por la escasez de estrellas grandes; es decir, la región limita-
da por las estrellas Orionis ¿ ? s ¡)- ?] P X Reporis X v a £. Con
este «corral de los muertos», se relaciona en la creencia puel-
che el «camino de los muertos» (gciiya udpatrsh) o sea la Vía
láctea.
COMENTARIO COMPARATIVO RKSPFXTO A PERÚ
EL DlLtvlO
Ra comparación de nuestra leyenda con otras análogas,
respecto al diluvio, su base, mucho fue facilitada gracias a va-
rios estudios sobre este tema, de los cuales podíamos consultar
(1) «El corral de los muertos», por cierto no es idéntico con la casa que el miembro
de una familia ha de construir para sí y los demás parientes después de la muerte;
véarnos como un indio araucano recomienda a su hijo moribundo esta tarea : «Ya es
llegado la hora de vuestra muerte, hijo mío, esforzaos para que lleguéis a la otra vida
con bien, y mirad, hijo mío, que en llegando a la otra parte del mar, sembréis, luego
que lleguéis, muchas habas, alverjas, y maíz, papas, trigo y cebada, y de todas legum-
bres. Y haced una casa grande para que quepamos todos en ella, porque vuestra madre
y yo estamos ya más de muerte que de vida, por la mucha edad que tenemos, que pri s-
to estaremos con vos por allá, y por esto os digo que sembteis mucho para que entre-
mos comiendo. «• (Ovallf,, Histórica relación Je! reino Je Chile. II. Colección de historiadora
de Chile y de documentos relativos a la historia nacional XIII, p. 197. Santiago de Chile, j 888. )
5i -
las dos ya citadas monografías de Andree y Winternitz; ambas
se complementan mutuamente: mientras la primera, presenta
los extractos de los textos respectivos, la segunda los analiza
en todos sus detalles y de un modo sinóptico. Ambos autores
confirman la opinión de los etnólogos que no admiten origen
común de la tradición diluvial, sino orígenes variados y cro-
nológicamente distintos. Tratándose entonces de un mito uni-
versal, es menester, para comparar un texto nuevo con los
ochenta y tres que se lian reunido hasta la fecha, separar de-
talles especiales, como lo hiciera Winternitz, y utilizarlos para
comprobar identidad eventual. Sirviéndonos del análisis del
autor recién citado, dejamos constancia que el motivo del « cerro
flotante» se halla sólo y exclusivamente en la tradición diluvial
de los araucanos y peruanos . En lo que hace a estos últimos,
hay varios textos transmitidos por los antiguos cronistas, con
o sin el motivo del « cerro flotante * ; algunos textos han
quedado inéditos y sólo dos fueron utilizados para las mo-
nografías, arriba mencionadas. No cabe reproducir en su in-
tegridad los que ya se han publicado; citaremos sólo los
párrafos referentes al motivo del «cerro flotante»; dice Sar-
miento de Gamboa a! relatar la tradición diluvial de los
Cañaris:
«Como las aguas iban creciendo, el monte iba nadando v sobre-
aguando de tal manera, que nunca fué cubierto de las aguas del di-
luvio» (!). ..
El texto de Sarmiento de Gamboa, no era editado aún
cuando Andree, y siguiendo a éste, M. Winternitz, publicaron
sus estudios respectivos. Ambos, sin embargo, han bien obser-
vado el motivo del «cerro flotante» (1 2) que conocían por inter-
medio del abate Brasseur de Bourbourg. Este, en la introduc-
ción a la Relation des choses de Yucatán de Diego de Lauda
que editó en París (1864), utilizó, con fines comparativos, una
copia del manuscrito de Cristóbal de Molina, Relación de las
fábulas y ritos de los Incas, etc., no publicado todavía en 1864,
y además la copia de un manuscrito de Francisco de Avila
(1) Sarmiento de Gamboa, Segunda parte de la historia general llamada indica...
edición R. Pietschma nn ( = Geschichte des Inkareiches von Pedro Sarmiento de Gamboa.
Abhandlungen der Kóniglichen Ggscllschaft der Wissenschaften zu Gbttingen , Philol. — Hist
Klas^e N. P. VI núm. 4. p. 24. Berlín, 1006).
(2) Andree, obra citada , p. 117. — Winternitz, obra citada , p. 321.
- 52 -
inédito hasta la fecha f1). Ambos cronistas relatan la tradición
peruana del diluvio, y de los dos textos respectivos, Brasseur
hizo una sola composición, en la cual el motivo del «cerro flo-
tante» (que ha de hallarse en el manuscrito de Avila), fué
elegido en vez del motivo del «cerro creciente» que se en-
cuentra en el documento de Cristóbal de Molina, publicado
más tarde varias veces (2). Brasseur, en la página 31, relata el
detalle que nos interesa, con las palabras siguientes: «...á
mesure que la 111er montait, remplissant les valides et les plai-
nes d’alentour. la montagne d’Ancasmarca s’élevait de son cóté
comrne un navire au-dessus des flots...»
El motivo del «cerro flotante», es muy emparentado con
él del «cerro creciente» que conviene explicar a continuación.
Encontramos este último motivo en la recién tratada leyenda
del pastor de Aneasmarca tal cual la transmite C. de Molina,
mientras que, como fué demostrado, F. de Avila adorna el
mismo mito con el cerro que nada; se ve por este detalle cuán
íntimamente relacionados están los dos motivos, representando
variantes mutuas. Molina escribe (;i):
«En la provincia e indias de Aneasmarca, que es cinco leguas del
Cuzco, en la provincia de Antisnyo. tienen la fábula siguiente: Dicen
que cuando cpiiso venir el diluvio, un mes antes los carneros que tenían,
mostraron gran tristeza y cpie de día no comían y que de noche esta-
ban mirando a las estrellas, hasta tanto que el pastor que a cargo los
tenía, les preguntó qué habían, a lo cual le respondieron que mirase
aquella junta de estrellas; las cuales estaban en aquel ayuntamiento en
acuerdo de que el mundo se había de acabar con aguas. Y así oído
esto, el pastor lo trató con sus lujos e hijas las cuales eran seis, y acor-
dó con ellas que recogiesen comida y ganado lo más que pudiesen, y
subiéronse a un cerro muy alto llamado Aneasmarca; y dicen como las
aguas iban creciendo y cubriendo la tierra, iba creciendo el cerro, de
tal manera que jamás le sobrepujaron»...
La leyenda del pastor de Aneasmarca, también es na-
rrada, casi con las mismas palabras, por el padre Bernabé
(fy Avie i, Tratado y relación de los errores, falsos dioses y otras supersticiones y ritos dia-
bólicos en que vivían antiguamente los indios de las provincias de II uaracheri. Mama y C liadla
y hoy también viven engañados con gran perdición de sus almas (manuscrito en la biblio-
teca Nacional de Madrid); según Marcos Jiménez de la Kspada (7 res relaciones de an-
tigüedades peruanas, p . XXX.1II-XXX1 V, Mairid, 1879), aqu;l tratado de Avila es el co-
mienzo de la traducción careliana de apuntes en quichua que se hallan en el mismo
códice, traducción que ha quedado trunca.
(?) Molina, Relación de las fábulas v ritos de los Incas... Colección de libros y docu-
mentos referentes a l .1 historia del Perú , I. I/ima, 1916
(3) Molina, Relación , etc , p 13-14
— 53
Cobo (!); los párrafos que nos interesan, son los siguientes:
«Cuentan que como las aguas iban creciendo y anegando la tierra,
iba levantándose el dicho ctrro de tal manera que jamás fué cubierto
de ellas; y después, al paso que iba el agua menguando y recogién-
dose, se iba el cerro bajando hasta quedar asentado en su lugar...»
La tradición de los Ca naris, ya extractada al principio de
este capítulo (texto de Sarmiento de Gamboa), según la cual
el cerro, con el aumento de las aguas, empieza a nadar, pre-
senta en el texto de Molina la variante del cerro creciente
pues leemos ((i) 2 3):
«En la provincia de Quito está una provincia llamada Cañaribam-
ba, y así llaman los indios Cañaris por el apellido de la provincia, los
cuales dicen que al tiempo del diluvio en un cerro muy alto llamado
Huayñan, que está en aquella provincia, escaparon dos hermanos en
él, y dicen en la fábula «pie como iban las aguas creciendo iba el cerro
creciendo, de manera (pie no les pudieron empezar las aguas»... (!)
Resumiendo, comprobamos: que en la leyenda diluvial de
los Cañaris, el cerro milagroso, o nada (texto de Sarmiento)
o crece (texto de Molina); y que también en el mito del pas-
tor de Ancasmarca, o nada (Avila), o crece (Molina, Cobo). Los
motivos del «cerro flotante» y del «cerro creciente», son pues,
meras variantes del mismo tema. La primera, fué comprobada
por YVinternitz como típica para Perú y Chile (ver el texto
chileno de Olivares, p. 34 y de Ignacio Molina, p. 36); el moti-
vo del «cerro creciente» le era desconocido, y agregamos nos-
otros que sólo se halla en la mitología de esos mismos países
(ver respecto a Chile, el texto de Córdoba y Figueroa, pági-
na 34; de F. J. de Augusta, página 40; de Robles Rodríguez,
página 41; el texto de Rosales, no distingue bien entre ambos
motivos, ver página 31, nota 4 y página 33, nota 5).
(i) Cono, Historia del nuevo mundo , III, p. 315. Sevilla, 1892.
(>) Molina, Relación, etc., p. 12.
(3) Urasseur (le Bourbourg, quien dióa conocer, cu 18Ó4, un extracto francés también
de esta leyenda (ver más arriba), la relata en concordancia con Molina, pues escribe
(página XXXI): «...Deux fréres se sauvérent seuls au sommet d'une montagne appelce
Huaca Iftan, dans la province de Cañaribamba. Mais les flots de ce déluge grondérent
vainement autour d’eux : á mesure qu'ils s’élevaient, la montagne.se soulevait au des-
susdes eaux, satis pouvoir en étre atteinte, et fitiit par arriver á une liautcur considé-
rable. I.orsque le danger íut passé avec l’écoulement des eaux...». Es extraño que An-
dree, al servirse del relato de ISrasseur (obra citada No. 77), transforma el cerro «crecien
te», en «flotante» ; esta misma transformación se halla, por consiguiente, también en la
monografía de Winternitz.
- 54
SOI, Y LUNA
Ea relación entre sol y luna varía mucho en la mitología
primitiva, presentándose ambos astros ya como dos personas
de sexo distinto, ya como matrimonio, ya como hermanos (con
todas las combinaciones posibles), etc., sin que hasta la fecha
fuera posible comprobar zonas características para cada una
de esas relaciones. El motivo «sol + luna = marido + mujer*
no se presta, pues, para comparaciones de amplio alcance siem-
pre que no se trata de países vecinos como lo son el Perú y
Chile; además, en el presente caso, la influencia del antiguo
reino de los incas sobre sus vecinos australes, cada día resulta
más claro respecto a asuntos arqueológicos, etc. Estamos pues
autorizados a entablar identidad mitológica entre Chile y Perú
cuando en ambas regiones, sol y luna se nos presentan como
marido y mujer.
El motivo mitológico «sol + luna = marido + mujer», respecto
a Sud América, parece estar reservado al espinazo andino (*)
con una ramificación pequeña, y principia con Venezuela-Colom-
bia para terminar en la Tierra del Fuego. Comprobaremos este
interesante fenómeno con los respectivos datos bibliográficos:
(i) Kntre los Tupi del Kío Solimóes, Iirasil, sol y luna son novio y novia que nunca
se casaron, sino hubiera perecido el mundo: el sol, con su calor, hubiera quemado la
tierra, y la luna, con sus lágrimas, la hubiera inundado; las lágrimas apagarían el
fuego y el fuego haría evaporar el agua. Separáronse pues los novios, pero la luna
lloró día y noche y sus lágrimas corrían hasta el mar. liste se enojó y creció una mi-
tad del año para menguar la otra; por esto, las lágrimas de la luna no podían mez-
clarse con las aguas del mar y formaron el Río Amazonas (Barbosa Rodríguez, Po-
randuba mnazonense . . . Aunaos da Biblio/heca Nacional do Rio de Janeiro , XIV, fas. II.,
p. 21 z. 1886-1837.)
Kntre los Guaraníes de las Misiones del antiguo Paraguay, hoy en día, probable-
mente en las cercanías de la laguna Iberá, corre una leyenda, apuntada por Filiberto
de Oliveira Cézar, pero transcrita, desgraciadamente, en f irma novelesca; según ella,
el sol es un joven enamorado y la luna, una muchacha que persigue; he ahí un ex-
tracto: Carai Guazú, el Gran Señor, se enamora de Ñaceindeg (la luna), hija de un
pobre cazador, pero es rechazado por ella; después de mucho andar en el mundo, un
anciano moribundo le da una bolsita verde, talismán para el amor, que debe llevar al
cuello (consiste en un racimo de cera del árbol ñapinday , hecha por el coleóptero cu-
rundú, la que debe buscarse después de vivir solitario y después de dos días de ayuno
en la época que salga la luna en la mitad de la noche; la cera juntada en estas con-
diciones, será retobada en cuero de mboiloro, víbora verde que ha de ser soltera). Mer-
ced al efecto mágico de ese talismán, la misma niña le ofrece su amor al anciano Ca-
rai Guazú y viven juntos, muchos años, hasta que ella, curioseando, descubre en el
pecho del esposo durmiente la bolsita verde y se la cambia por otra, guardando la
original en su cabellera. Desaparecido con esto su amor hacia Carai Guazú, se va, pero
a causa del talismán amorífero, es perseguida continuamente por Cuaraég (el sol). —
K1 final de la leyenda, no corresponde bien a su base astral : Carai Guazú, rabiando, per-
sigue a los dos sin alcanzarlos, porque hánse transformado en luna y sol, respectiva-
mente, y muere consumido por la más grande desesperación (de Oliveira César, Le-
yendas de los indios Guaraníes, p. 71-8^. Buenos Aires, 1873).
- 55 —
En Venezuela, los Cumaiiá, «adoraban a sol y luna y te-
níanlos por marido y mujer y grandes dioses; temían los re-
lámpagos y truenos diciendo que el sol estaba con ellos aira-
do; ayunaban los eclipses y en especial las mujeres; y las
casadas se mesaban y arañaban; y las doncellas se sangraban
de los brazos con espinas de peces, y pensaban que la luna
estaba herida del sol por algún enojo.» (*)
En Colombia , los Chibchas de Bogotá, «como entre las de-
más criaturas [del dios Chiminigagua] veían la más hermosa
al sol, decían que a él se debía adorar, y a la luna como a su
mujer y compañera, de donde les vino que aun en los ídolos
que adoran, jamás es uno sólo, sino macho y hembra.» ((i) 2) «Creían
todos los indios que había un autor de la naturaleza que hizo
el cielo y la tierra; mas no por eso no dejaban de adorar
por Dios al sol por su hermosura, y a la luna porque la te-
nían por su mujer; a ésta llamaban Chia, y al sol Zulié.» (3 4)
En otro párrafo ('), se lee como después de la desaparición
del héroe civilizador Bochica, «aportó después una mujer de
extremada belleza que les predicaba y enseñaba cosas muy
contrarias y opuestas a la doctrina de Bochica;... pero como
eran malas las cosas que enseñaba, dicen los más que el Bo-
chica la convirtió en lechuza; otros que la trasladó al cielo
para que fuese mujer del sol y alumbrase de noche sin pare-
cer de día por las maldades que había predicado y que desde
entonces hay luna.» (5)
Entre los habitantes del Peni, la adoración del sol era
base de su religión y no necesita comprobantes literarios, pero
(i) Herrera, Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme
del mar Océano, TU, p. 128, 2. Madrid, 1726.
( 2 ; 'iMÓN, Noticias historiales de las conquistas de tierra firme en las Indias occidentales,
II, p. 279. Bogotá, ¡891.
(3) b'RRN ANDE/. PiKDKAIUTA, Historia general de la conquista del nuevo rcyno de Gra-
nada, p. 17. Amberes, 1676.
(4) Fernandez I'iedrahita, Historia general, etc., p. 18.
(?) Conviene dejar constancia que entre los indígenas de la provincia de Tunja y
del gran valle de Sogamoso, habla otra ecuación de la fórmula «sol -(- luna», e. d. la
ecuación «sobrino, hijo de la hermana tío materno»; dice el padre Pedro Simón (»i™
citada, II, p.3t2): «El cacique de Sotnagoso mandó al de KamiriquI que era su sobrino,
se subiese al cielo y alumbrase al mundo hecho sol como lo hizo, pero viendo 110 era
bastante para alumbrar la noche, subióse el mismo Sogamoso al cielo y lifzose luna,
con que quedó la noche clara y los indios obligados a adorar a entrambos.» Esta creen-
cia corresponde exactamente a la sucesión hereditaria en el cacicazgo que el hijo de
la hermana del cacique fallecido, hereda de su tfo materno (3imón, II, p. 117); indica
además a primitiva pre >ondcrancia del culto lunar sobre el culto solar, comprobada
por la moderna mitología comparativa.
- 50 -
ellos pueden ser útiles para averiguar las creencias respecto a
la luna. Estas últimas presentan tres variantes, a saber:
Según la primera, el sol es un hombre y la luna una mu-
jer, sin que haya parentesco o matrimonio; por lo menos se
lee (*■): la adoración principal « era al sol al cual tenían que
era hombre, y así particularmente le adoraban los hombres; y
a la luna tenían por mujer, y la adoraban particularmente las
mujeres.» Es probable que esta indicación aislada, es incom-
pleta, faltándole el detalle de la luna como mujer del sol, re-
latado en las dos variantes siguientes:
Según la segunda, ambos astros representan un matrimonio
(el sol = marido, la luna = esposa), cuyos hijos, o son las estre-
llas, o el primer inca Manco Capac; escribe López de Goma-
ra (* 2): «tienen por dioses principalísimos al sol y luna y
tierra, creyendo ser ésta la madre de todas las cosas, y el sol,
juntamente con la luna, su mujer, criador de todo» . . . Cobo (3 4)
dice: «pintábanlo [el sol] en su imaginación como si fuera
hombre, y consiguientemente decían que la luna era su mu-
jer y las estrellas hijas de entrambos»; y en la traducción de
la obra de Velasco se lee(‘): «Manco Capac... fut adoré, non
comme une simple créature, mais comme le fils du Soleil et
de la Lune».
Según la tercera variante, sol y luna son casados y her-
manos a la vez, pues la luna es «hermana y mujer del sol,
y... madre de los Incas y de toda su generación; así la lla-
maban Mamaquilla, que es madre luna» (5 6). Lo mismo refiere
la Relación anónima ((;): «El sol dijeron que era hijo del gran
Illa Tecce. . . la luna que era hermana y mujer del sol» . . .
En el Chaco, para gran sorpresa de los especialistas en esta
materia, existe también esta creencia entre los Tobas que mo-
ran en la gobernación de Formosa, y lindan al Este «con el río
(j) SantillÁn, Relación del origen, descendencia, poliltca y gobierno de los Incas [c. 1572].
Kn: Tres relaciones de antigüedades peruanas, p. 30. Madrid, 1879.
(2) López de Gomara, Uispania Victrix. Primera y segunda parte déla historia general
de las Indias* Biblioteca de autores españoles... XXII, p. 232. Madrid, 1858.
(3) Cobo, Historia, efcc . , p. 324.
(4) Velasco, Histoire du royanme de Quito [ 1 789I . lyii : II. Ternaux- Compans, Voyages,
relaiions et mémoires originaux pour servir a T histoire de la dccouverte de TAmerique , X VIII
p. 96 París, 1810.
(5) Garcilaso DE la Vega, Historia general del Perú o comentarios reales de los Incas, }
segunda edición, I, libro 3, cap. 21. Madrid, 1722.
(6) Relación [anónima] de las costumbres antiguas de los naturales del Pirtt [1615-1621].
En: Tres relaciones de antigüedades per nanas, p. 138. Madrid, 1879.
— 57 -
Pilcomayo, al Oeste con una línea recta que bajando desde los
Andes bolivianos sigue derecho hasta Fortín Belgrano, divi-
diendo la provincia de Salta de la gobernación de Formosa.»
Hállase la indicación recién transcripta en la página 23 de un
folleto de 141 páginas, escrito por el septuagenario ex militar
y ex misionero Hilario B. Carabassa ('), que dice haber pasado 37
años entre los Tobas; la redacción del opúsculo corresponde a
una persona no familiarizada con tareas de esta clase; pero
lo que dice respecto a la creencia de los Tobas, varias veces,
tiene todo el cacliet de una narración relatada por un indí-
gena. Los principios de estos indios, dice en la página 23,
«comienzan y se pierden en la misma historia, que cuenta
cómo el dios Sol casó con la diosa Luna. Las dos supremas
divinidades a los dos primeros hijos, hombre y mujer, los ba-
jaron del cielo, y los colocaron en el «jardín tierra» para que
lo habitaran y lo poblaran con seres que adorasen a los dos
dioses.» Al anochecer, dice nuestro autor más adelante (pági-
na 37), el sol pasa al otro mundo, pero primero se sumerge
a descansar entre las olas del mar bravio. En la época de la
luna nueva, la luna tiene «que ir a brindar los abrazos cari-
ñosos a su excelso esposo el numen llamado Sol» (ibidem).
Ella «es más pálida que su marido, porque ha tenido unos
malos partos, y el cirujano Marte [ha de ser el planeta, R. L.
N.] (-’) tuvo que operarla muy mucho y varias veces ¡y luego
quedó más mortecina! En vista de haberle salvado la vida a
su predilecta, el Sol lo aceptó a Marte entre sus dioses secun-
darios, admitiéndole como tercero entre ellos cuando en el
tiempo de pelear, tenía que ayudar a proporcionar las armas,,
a afilarlas, a envenenarlas, e infundir aliento a los guerreros
Tobas» (página 47). Las indicaciones de Carabassa, son com-
pletamente nuevas y precisas, mientras que los autores ante-
riores que han escrito sobre las tribus chaqueñas, se limitan a
vagos términos; Juan de Cominges, p. e., dice que «los indios
Huanás, adoran en el Sol y en la Luna, a la Providencia» (1 2 3)!
(1) CarabassA, El trópico del Capricornio argentino ó 37 años en're los indios Tobas. Buenos
Aire-;, 1910. — Un otros párrafos, nuestro autor relata el culto atribuido por los Tobas
al sol y a la luna.
(2) Supongo que no se trata exclusivamente de Marte, sino de aquel planeta que justa-
mente se hallare más próximo a la luna; compárese también la creencia araucana respecto
al parlo de la luna, p. 49.— Nota (le R . I, N .
(3) Di? Comingrs, Til Chaco y sus indios. Revista de la sociedad geográfica argentina, I,
p. 23. (1S81) 1884. — Reproducido en: Obras escogidas, p. 306. Buenos Aires, 1892.
- 58 -
J. Amadeo Baldrich (x) escribe de los Matacos: «Su estado reli-
gioso podría ser clasificado de espiritista, si bien reconoce la
influencia del sol y de la luna sobre la marcha y los sucesos
de su vida, rindiéndoles así un culto especial y medroso, al
punto de pedirles modifiquen ciertos estados de la vida.» No
debe olvidarse, sin embargo, que otras tribus chaqueñas (los
Mocovíes), creían en la fórmula «sol -}-luna = mujer 4- hombre»
(2), en la cual el rol de ambos astros está invertido, y parece,
que en el Chaco hay confluencia de varias fuentes míticas. (3 4)
Respecto a Chile y los territorios adyacentes, el texto de
Chimpay y el mito del Anchimallen, han revelado la relación
entre sol y luna en el sentido de marido y mujer, como ya
fué explicado anteriormente.
En la Tierra del Fuego , entre los Onas, hay varias le-
yendas con el motivo «sol + luna — marido -f mujer.» En la
lucha que los hombres tenían con las mujeres para con-
quistar su supremacía, la hechicera Luna, gran personaje
entre las mujeres, es echada al fuego (manchas lunares), y
se salva tirándose al agua (l). En otro texto de la misma
leyenda, es el marido Sol quien en esta oportunidad, pe-
llizca y quema la cara de su mujer Runa y la persigue a
través del cielo y del agua sin alcanzarla (5); según una
(1) Bai.drich, las comarcas vírgenes. El Chaco central norte. p. 24T. Buenos Aires, i.'-yo.
(2) Guevara, Historia de la conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumdn hasta
tiñes del siglo X V ' , p. sz Buenos Aires, 1882.
(3) lili fí alivia , tan intimamente ligada con el Chaco y el Peni, también hay una leyenda
relacionada con el motivo mitológico que nos ocupa; se trata de una aventura amorosa
que Don Sol tuvo con las dos hermanas Doña I.una y Doña Venus y que fué apuntada
entre los Tumupassa por Erland Nordenskjóld ( Ftrskningar och iiventyr i Sydamerika,
p. 500-501. Stockholm, 1915); Sorprende sol a las dos hermanas mientras que le robaron
la cosecha de sus plantaciones ; obliga a I.una a prestarse a sus instintos carnales aun-
que ella le advierte que esto traería malas consecuencias paia su órgano sexual: éste
crecería hasta el largo de cuatro brazos y tendría que ser llevado, en adelante, sobre la
espalda y en una canasta ; aconsejaba Sol que se sirva de su hermana Venus. Pero Sol le
contestó que esta era muy chica, no le hizo caso y tuvo que sufrir las consecuencias de su
apetito. Otra vez, Venus, la otra hermana, vuelve sola a las plantaciones de Sol y se pone
a comer délos frutos; al observarla Sol le muestra su órgano viril, pero la muchacha
gritando: ¡una víbora, una víbora!, se ¡o cortó con el cuchillo preparado para partir una
sandía. Murió Sol y subió al cielo.
(4) Cojazzi, Contrihnti al folh-lore e all' etnografía dovnti alie missioni salesiane. Gil indu
dell' arcifielago fueghino, p. 32. Torillo, 1911,
De esta obra, hay una edici n castellana que en puntos importantes, por ejemplo
en las páginas citadas, varfa notablemente del original italiano; le falta también todo
el vocabulario alacaluf que va al fin del original Hemos utilizado, por consiguiente, la
edilio princeps. El titulo de la versión española es la siguiente:
Coiazzi [sic], Los indios del archipiélago fueguino . Revista chilena de historia y geografía,
IX, p 28S-352; X, p. 5-51. 1914.
(5) Cojazzi, Contributi, etc., p. 80-81. — El autor no se ha dado cuenta que <e trata
de variantes del mismo tema.
— 59 -
tercera versión (1), son golpes que el marido aplica a su
mujer.
Según otra leyenda (2), el fin de la tragicomedia matrimo-
nial es algo distinto: al principio, el sol corre a la luna sólo
en el cielo hasta que el héroe Kuanip o Coan-yi-pej quiere ser-
virse de una muchacha que tenía vergüenza porque era de
día y aquellos dos (texto de Cojazzi) o el sol (texto de Dabbe-
ne) verían todo; entonces el héroe enamorado manda que Sol
y Luna (Cojazzi) respectivamente el Sol sólo (Dabbene) se es-
condiesen el tiempo necesario bajo el cielo.
Otra leyenda, al fin, (3) cuenta que los esposos Sol-Luna
moraban en la tierra, pero cuando la gente se puso mala y
empezó a pelear, fueron al cielo y mandaron un gigante (el
planeta Marte) quien mató la gente a golpes y la puso en una
bolsa. Después hizo dos cerros de los cuales salían, al cabo
de tres meses, un hombre y una mujer, respectivamente, los
padres de los Onas actuales.
EL ORIGEN DE LAS LEYENDAS DILUVIALES DE LOS ARAUCANOS
En las líneas anteriores, fué demostrada la estrecha rela-
ción entre los mitos diluviales de Chile y Perú; puede, puesi
uno suponer que se trata de variaciones sobre el mismo tema
si haría omisión de un rasgo, característico para Chile y que
falta en las leyendas del Perú: el motivo de las dos víboras
enemigas. Repasando los textos chilenos resulta que ambas
víboras se llaman según el grito que saben pronunciar (en la
creencia araucana), cai-cai filu respectivamente then-then filu,
pero generalmente se suprime la palabra filu = serpiente (4),
y la simple voz de los dos ofidios (en la reproducción fonéti-
ca de los araucanos) basta para designarlos. Uno de esos dos
reptiles, el then-then, es el señor de la montaña; el otro, el
cai-cai, es el señor de la mar, y este último empieza a atacar
al primero, con las consecuencias que relata el mito. El moti-
vo de las dos víboras, es pues esencial en las leyendas chile-
(1) DABBENE, Viajen la Tierra d*l Fuego y n la Isla délos lisiados. Bol clin de I instituto
geográfico argentino, XXI, p. 76-77. 1900. — Da BB EN E, Los indígenas da la Tierra del Fue-
go. Contribución a la etnografía y antropología de los fueguinos. I bidé. ni, XXV7, ]> . 271. 1911.
(2) Coj a f.7.\, Contribuii, etc., p. 82 ; Dabbene, Viaje, etc. , p. 70; Los indígenas , etc.’
p. 271.
(3) Dabbene, Viaje , etc ., p. 76; Los indígenas, etc., p. 271.
(4) J,a combinación then-then filu no se halla en los textos
— 6o —
ñas (*), pero al examinar la realidad zoológica resulta — i olí
gran sorpresa! — que en Chile, no hay ofidios de tamaño e im-
portancia suficientes para desempeñar rol tan fundamental en
una leyenda que se basa en catástrofes notables. Aunque los
especialistas en esta materia, no están de acuerdo respecto a
la clasificación sistemática de las serpientes chilenas y sepa-
ran hasta 45 especies distintas no hay la más mínima duda
que el significado de los ofidios en Chile, es casi nulo. Cabe
pues, suponer que aquellas leyendas chilenas que atribuyen
tanto poder a esta clase de reptiles, no son oriundas de este
país y proceden de otro donde la vida de las serpientes es
característica para la fauna en general. Como patria de los
mitos diluviales de Chile, aparece, pues, una región tropical
sudamericana, abundante en grandes ríos, devastada por inun-
daciones y notable por una fauna de enormes ofidios acuáti-
cos. Leyendas relacionadas con esta clase de animales se di-
fundían después a regiones donde no los había, en nuestro
caso hasta Chile, adquiriendo al mismo tiempo detalles locales,
como ser el de erupciones volcánicas. Por otra parte, desde,
el Perú, llegó otra corriente mitológica hasta Chile, caracteri-
zada por el cerro mítico que sabe crecer o nadar cuando las
aguas de la inundación lo rodean, y caracterizada también
por las creencias primitivas respecto al sol y a la luna; así
que dos corrientes distintas, confluían en territorio chileno
donde se apoderaron de materiales locales para formar un ma-
nantial mitológico cuyos desaguaderos hemos seguido en el pre-
sente trabajo.
R K SUMEN
Un texto recogido entre los Araucanos argentinos, da cuenta
de un gran diluvio, producido por lluvias continuadas.
En este detalle, varía de las tradiciones chilenas según las
cuates, la inundación se debe a una salida del mar; ésta a su
vez, es originada por la víbora Caicai, señora del mar, que se
lanza, con sus aguas, contra la víbora Tengteng, señora de la
(1) I, a importancia esencial de las dos víboras en ¡as leyendas chilenas que hemos
estudiado, es tanto más curiosa en cuanto esta ciase de reptiles, apenas tiene signifi-
cado mítico entre los aborígenes de Sud América ( Hiikiínreich, obra citada , p. 2S :
« Auffallend gering ist. . . die mythische lledeutung der Schlange.»)-
(2) Philippi, Sobre las serpientes de Chile . Anales de la Universidad de Chile , CI\ , p-
751-725. 1S99.
— 6i —
montaña, pero ésta hace crecer o hasta nadar el cerro en el
cual se habían refugiado hombres y animales.
El motivo de «las dos víboras enemigas», falta por consi-
guiente en nuestro texto, pero también en las leyendas dilu-
viales del Perú; es típicamente chileno y tanto más notable
en cuanto este país, no alberga ofidios de tamaño especial;
el origen de este motivo, debe pues buscarse en regiones tro-
picales que abundan en grandes ríos y que sufren inundacio-
nes grandiosas.
Eos motivos del «cerro creciente» y del «cerro flotante»,
variantes del mismo tema, tampoco se hallan en nuestro tex-
to, y representan una característica mitológica de Chile y
Perú.
Durante esta lluvia inundadora, explica nuestro texto, «era
de noche», «el aire era negro»; el concepto de la noche o del
aire como algo substancial, es muy primitivo y merece aten-
ción especial.
Los indios entonces, sigue nuestro mito, pidieron al sol
que les alumbrara el camino; pero éste encargó a su mujer
la luna; y como llovía, el fuego que la luna llevaba en sus
manos, se enfrió en el camino y quedó desde entonces, sin
efecto calorífero.
El motivo «sol •+- luna = marido + mujer», en cuanto a
Sud América, parece estar reservado al espinazo andino con una
proliferación chaqueña: principia en Venezuela (Cumaná) y
Colombia (Chibcha), se desarrolla en el Perú de una manera
notable, manda un ramo al Chaco (Tobas), sigue desde el Perú
a Chile y su región vecina (Araucanos) y termina en la Tierra
del P'uego (Onas). Entre los Araucanos, sólo los de la Pampa
(nuestro texto) han conservado el motivo en su integridad;
entre los de Chile, se había salvado únicamente la designación
anchimallen ( = mujer del sol) para la luna, pero hoy en día,
esta voz ya no tiene siquiera su acepción primitiva sino que
significa un duende enano, sanguinario y grotesco, de sexo
indeterminado.
Entre los detalles accesorios mencionados en nuestro texto,
llama la atención «el corral de los muertos», pues los indios
se habían dirigido al sol, no solamente para que les alumbra-
ra el camino, sino también (y esto resulta del párrafo siguien-
te) para que «impidiera que los espíritus de los muertos ma-
los entraran en el corral de los muertos.» No hay tal recinto
Ó2 —
en la mitología de los Araucanos chilenos, pero sí en la de
los Puelche, de la Patagonia septentrional, que así llaman a
una constelación sidérea (investigaciones nuestras).
Por sus elementos arcaicos y verdaderamente americanos,
el texto de Chimpay tiene una importancia especial para los
estudios mitológicos sudamericanos.
INDICE
Página
Introducción 28
El texto de Chimpay 29
Comentario comparativo respecto a Chile.. 30
El diluvio 30
Sol y luna ... 45
El corral de los muertos 50
Comentario comparativo respecto a Perú 50
El diluvio 50
Sol y luna 54
El origen de las leyendas diluviales de los Araucanos 59
Resumen 60
RASGOS PSICOLÓGICOS
I) 15
INDIOS SUDAMERICANOS
tor
Samuel A. Lafone Quevedo
PRELIMINAR
Todos sabemos lo que eran los indígenas de Méjico, de
Centro América, de la región andina desde Panamá hasta los
límites australes de la cultura dicha del Perú: nadie se atre-
vería a negar que su mentalidad podría llegar hasta donde
alcanza la de las gentes del Viejo Mundo en sus finalidades.
La conquista y todas sus consecuencias alteraron el curso
de la evolución indígena, y cuatrocientos años de sujeción al
dominio más o menos duro (*) de la raza invasora, no podía
menos que atrofiar todas las facultades mentales y morales de
los sometidos: así los Indios eran morales (1 2) entre sí, pero
inmorales, hasta perversos, para con sus opresores, porque eran
víctimas, muchas veces, de toda clase de injusticias, y veían
que los llamados cristianos no se perdonaban ni siquiera los
unos a los otros, cuando ellos, los Indios entre sí, se respeta-
ban con todos los puntillos del más cumplido caballero caste-
llano.
El invasor, empero, necesitaba justificar su atropello de los
derechos del Indio en su propia América, negándole a éste
(1) Los más eran aventureros y muchos militares criados en las ideas de las guerras
contra los Moros, de raza contra raza, de religión contra religión , y no todos fueron cas-
tellanos; entraron muchos alemanes también, y en nuestro siglo sabemos como trata-
ron a la inocente victima, la Bélgica.
(2) Amorales si se quiete, según la norma nuestra.
- 6.| -
hasta su calidad de homo sapiens, con alma y cuerpo como el
mejor de sus nuevos amos, hasta que la Santa Sede definió
la verdad desnuda de que el Hombre Americano era como los
demás hombres de su género, especie mundial, un ser inteli-
gente, con cuerpo y alma como el mejor de sus opresores Ar-
ya-nos 0.
Así lo pensaron y así lo legislaron también los reyes de
Castilla (1 2), que en muchas de sus cédulas reales y demás ins-
trumentos para servir al mejor gobierno de las Indias y sus
habitantes, invocaban esta razón sobre todas las demás que
cupieren- — « en descargo de la real conciencia » — porque no la
tenían demasiado tranquila en cuanto a la conquista de Amé-
rica.
Terrible es la desaparición de tanta nación y estirpe de
Indios en las tres Américas, desde que empezó la despoblación
de ellos en las Antillas a principios del siglo XVI hasta nues-
tros días en los Chacos y Pampa: ¡naciones enteras extermi-
nadas porque se defendían en pro de sus tierras y hogares,
queriendo conservar su libertad y vivir a su modo!
La ocupación de la Pampa por los Indios Araucanos la
conservó para que la Argentina de hoy pueda tenerla por suya,
pero los pocos que quedan de ellos en vano solicitan que se
les reconozca como dueños de miserables rincones donde an-
tes lo eran del todo.
La mejor arma, los caballos y el valor intrépido del cas-
tellano los vencieron; pero mucho ayudaron desde Méjico hasta
el Perú las traiciones de Cortés y Pizarro, porque traición es
si se abusa de un hospedaje.
No es, empero, de Méjico ni del Perú, ni de su mentalidad
o cultura, que ha de tratarse en estas páginas, sino de ciertos
otros Indios de las Antillas y Brasil que, aunque llamados
«salvajes» por los autores que de ellos han escrito, sabían ra-
ciocinar como cualquier otro ser humano de los que se jactan
de ser civilizados.
Los indígenas que nos servirán de tema, son ciertos Ca-
ra/bes y Tupinambás de principios y mediados del siglo XY1I,
aquéllos, de las Antillas P'rancesas, éstos, del Norte del Brasil,
en la parte más inmediata al Amazonas.
(1) Así se evitan confusiones con ciertos herejes de la religión cristiana.
(2) Porque de Castilla y León era la América, una de las glorias de Isabel la Ca-
tólica.
— 65 —
Los ejemplos más resaltantes los relata el misionero fran-
cés Ives d’Evreux (1613-14) en su obra Voyage dans le Nord
du Bresil: un sólo ejemplar se conserva (J) en la Biblioteca
Nacional de París, y fué reimpresa por M. Ferdinand Denis
en 1864. Los Indios de la isla Marañan y su tierra firme in-
mediata eran Tvpinambá y Tobnyara, naciones conocidas de
tipo Guaraní.
Para los Caraíbc — antillanos hemos acudido a lo que sobre
ellos lian escrito el P. Bretón en su «Diccionario» de esa len-
gua y M. de Rocliefort, en su Historia de las Antillas, a me-
diados del siglo XVII.
Las obras estas contienen muchos datos sobre la vida y
costumbres de estas dos estirpes, haciéndonos conocer mucha
información acerca de sus usos, costumbres y organización
social y lo que es más, su modo de pensar y de discurrir so-
bre las cosas del día y las enseñanzas de los mismos misio-
neros.
El P. Bretón nos ha legado dos trabajos de lingüística im-
portantes, pero en ios artículos de un «diccionario» no se puede
profundizar mucho, sin alargarlo demasiado; Rochefort sobre
los Caraíbcs y el P. Ives sobre los Tupinambá-Tobayara son
bastante detallados en sus relaciones ; desgraciadamente el
original de Ives está trunco, y a veces en partes donde lo que
falta prometía ser del mayor interés (1 2).
Todo lo concerniente a la esclavitud entre estos Indios se
describe con proligidad, razón por la cual se ha podido utili-
zar para mucha parte de este estudio tan relacionado con la
mentalidad de los tales Indios; pertenecían ellos a dos de las
mejor conocidas y más importantes estirpes de las costas at-
lánticas, aunque de una cultura muy inferior a la que es pro-
pia de los Andes, de Centro América y de Méjico.
vSe ha creído mejor reproducir el lenguaje de los mismos
autores aun cuando no se haya hecho mayor uso de las comi-
llas, porque los origínales franceses se prestan fácilmente a
la versión castellana y siempre son preferibles ipsissima verba,
hasta donde esto quepa en los idiotismos aun de idiomas
hermanados.
(1) Los otros se sacrificaron en aras del casamiento de la Infanta Ana de Austria
con I,u i s XIII Rey de Francia. Kste tomo, siquiera trunco, se salvó por milagro.
(2) K1 editor de la reimpresión cuenta por qué se hizo holocausto del ameno libro-
razón de estado
CÓMO ESTOS INDIOS TRATAN A SUS ESCLAVOS (!)
Otras de estas leyes son, que los esclavos de ambos sexos
no se han de casar sin la venia de los amos, y por esta
razón, que tanto el varón cuanto la mujer han de vivir con
aquéllos, y que los hijos que procreen éstos, han de pertenecer
al patrón. Lo usual es que los salvajes Tapinambó tomen a
las jóvenes esclavas por mujeres y (pie den sus propias hijas o
hermanas para que lo sean de los varones esclavos, aumen-
tando así el número de la familia y asegurando carne para la
olla (1 2). Los franceses se manejan de otra laya; porque com-
pran ellos esclavos y esclavas, los casan unos con otras, ellas
para cuidar de la cocina, ellos para proveer de caza y pesca;
sucede a veces que algún francés consiga y compre alguna
joven esclava, se la hace ver a algún moeetón de los Tupi-
nambo, muy inclinados a enamorarse de las bien parecidas, y
le promete en seguida que será su yerno, como que quiere a
la esclava como a su propia hija: de esta suerte el tal l'a pi-
na mb ó se viene a vivir con el francés, se casa con la joven
muchacha y en condiciones tales que de uno se hacen dos los
esclavos; él les da el trato de hija y de yerno, y ellos le dicen
he-ro-u (3), esto es: «mi padre».
Las muchachas esclavas que no se casan, se buscan la vida
como pueden, siempre que el amo no se lo prohíba, con tal o
cual persona; porque entonces si llegasen a ser descubiertas
les iría bastante mal. K1 amo, empero, no les puede prohibir
en general que sirvan al prójimo, porque en tal caso le inter-
pelarían lisa y llanamente así: «pues entonces tómanos per
mujer, si no quieres que otros nos requieran de amor».
Los esclavos han de conducir fielmente toda la caza y pesca y
entregarla a los pies del amo o del ama, quienes eligirán lo
que sea de su agrado, y lo que sobre les devolverán para que
coman aquéllos. Nada les es lícito hacer para los de fuera sin
la venia del patrón, ni tampoco regalar la ropa que éste les
(1) IviiS d'Hvkeux. « l'üyage i/aus le Nord dn Hrrsil». Cap. XVI, ps., '2 y siguientes.
(2) Sin duda, a veces humana, pero aquí la idea es la de caza o pesca, alimento or-
dinario de los días que no son fiestas.
(3) Ortografía francesa, 011= u.
- 67 —
haya dado, sin el previo permiso correspondiente, de lo
contrario el patrón podrá recobrar lo regalado del que lo
tenga, como cosas que no eran propias de los esclavos
para dar.
Ellos no pueden pasar a través de las barreras de las lo-
gias, que no son sino de «fñ/do» o ramas de palmera, so pena
de muerte; pero han de pasar por la puerta, siendo que para
los Tapinambó les es indiferente que pasen por la puerta co-
mún o a través de la barrera de ramas.
Ellos no se han de exponer al caso de quererse fugar, por-
que si así lo hacen y los alcanzan, es asunto concluido; sin
remedio serán comidos; ya no son cosas del amo sino de la
comunidad, y de ello resulta que cuando se trae un esclavo de
estos tránsfugas, las viejas del villorrio salen de sus bohíos al
encuentro del fugitivo, pidiendo a gritos a los conductores que
se lo entreguen para comérselo, golpeándose la boca con sus
manos y diciendo: «nos lo comeremos, nos lo comeremos, nues-
tro ya lo es.» He aquí un ejemplo al caso:
Erase un Principal guerrero de la Isla Marañan, Ibouyra
Pouitan por nombre, — así se llama el palo del Brasil — ; volvía
de una guerra y traía sus esclavos; a uno de ellos se le anto-
ja fugarse, lo capturan y se lo traen, sucediendo aquí la de
marras. Mucho costó poderlo salvar, aunque estaba prohibido
que se comiesen esclavos; a no haber mediado serias amena-
zas, el desgraciado aquél de seguro que pasara de las manos a
las tragaderas de aquellas harpías.
Si por algún acaso, sucede que estos esclavos lleguen a
morir de cualquier enfermedad, que los privase de su lecho de
honor ('), es a saber: el de ser muertos y comidos en pública
asamblea, entonces, poco antes de entregar ellos el alma a su
creador, los llevan arrastrando al sertón (1 2) al lugar donde les
rompen la cabeza y hacen saltar la tapa de los sesos, arrojan-
do los cuerpos al campo para que los devoren ciertos grandes
pajarracos, parecidos a los cuervos de por acá, que se comen
a los ahorcados o quebrantados en la rueda; si por casualidad
los hallaren muertos en la cama, los tiran al suelo, los llevan
arrastrando por los pies al sertón donde los ultrajan como se
dijo ya. Todo lo cual ha dejado de hacerse en la Isla y luga-
(1) Para ellos, según parece, la capilla ardiente.
(2) Voz favorita de los portugueses en América para nombrar la selva virgen.
— 68 —
res circunvecinos, no siendo como excepción y muy oculta-
mente (1).
Gozan, empero, estos esclavos, de muchos privilegios y a
ello se debe que tan de buen grado permanecen entre los Tu-
pinambo (2 3 4), sin querer fugarse, respetando a sus amos y amas
tal como a padres y madres, en razón del cariño con que és-
tos los tratan, siempre que se cumpla con el deber: jamás los
riñen ni los molestan de manera alguna; tan lejos están de
azotarlos, que les aguantan muchas cosas siempre que no sean
contra su ley; mucha lástima les tienen, y cuando ven que los
franceses tratan duramente a sus esclavos, esto les hace llorar;
si éstos se quejan de los malos tratos de los franceses, se lo
creen a pie junto; si se les huyen a los franceses, los ocultan,
les llevan de comer al sertón (:i), los van a visitar allí, las hijas
de los otros Indios van a dormir con ellos, les avisan de todo
lo (jue pasa, les dicen lo que han de hacer; a tal grado llega
todo esto que difícilmente logran prender o recuperarles, ni
con veinte hombres que les sigan la pista ('): cosa ésta que
no sucede si se trata de esclavos pertenecientes a los de su
propia mesnada.
]$n este punto de la relación, el P. Ives nos cuenta algo de
gran interés, porque es un caso psicológico propio de la men-
talidad del Indio: es una de las tantas anécdotas que embelle-
cen el libro de este autor.
«Un día preguntábale yo a uno de los esclavos nuestros si
no se consideraba muy dichoso de hallarse conmigo, primera-
mente porque yo le estaba enseñando lo que es el «temor de
Dios», y después, por aquello de la seguridad de no llegar a
ser comido por sus semejantes; aparte de que siendo ya cris-
tiano se le daría la libertad y viviría con los Padres, tal y
como si fuese propio hijo de ellos; esto fué lo que me contestó
por boca de mi « truchimán » (5): Se consideraba feliz de haber
caído en manos de los Padres, tanto por llegar al conocimiento
de Dios, cuanto por lo de vivir con ellos, por lo demás, empe-
(1) ¿Cuánto tiempo duraría todo esto luego después de las bodas de Francia con .Es-
paña, dueña entonces de las colonias portuguesas, que España perdió por otra preten-
dida boda que no se realizó?
(2) Esta forma Tapinambó por Topinambá es interesante, poique explica la confusión
que se advierte en el modo de pronunciar la o y la a en estas lenguas.
(3) «Al monte», como diríamos nosotros.
(4) No serían Guarpes ni Riojanos los tales rastreadores.
(5) El padre Ivés se vale de la misma voz nuestra.
— 6g —
ro, bien poco le preocupaba la idea de llegar a ser comido,
porque (al decir de él) muerto uno ya le es indiferente si es lo
comen o no se lo comen, todo ello es uno para el muerto:
para mí la real pena sería de haber fallecido en mi cama y no de
morir como los Principales, en medio de danzas y de « Caourns » f1)
vengándome antes de morir de aquellos que me hubieren de
comer: siempre que me acuerdo que soy hijo de uno de los
Principales de mi tierra, que mi padre era temido, que lo ro-
deaban para escucharlo cuando concurría al *Carbet> (2), y me
veo ahora esclavo, sin poderme embijar, sin coronas, ni braza-
letes ni pulseras de plumerío como se engalanaban los hijos
de nuestros Principales, quisiera más bien estar muerto, y mu-
cho más me aflijo cuando sueño o recuerdo que me cautiva-
ron, siendo yo niño, con mi madre en mi tierra y conducido al
lugar de Comma, donde presencié que la mataron y se la co-
mieron a mi madre con la cual deseando estaba yo también
morir, porque ella me amaba tiernamente, y yo tengo que
sentir viéndome sobrevivir:» al pronunciarse así, lloraba in-
consolable a lágrima viva; de verlo no más partía el corazón;
bien sabía yo, por experiencia, lo amorosos que son los «Sal-
vajes» (:!) para con sus padres, como también los padres para
con ellos». P. 54.
Más tarde, agregaba esto: que después de muerta y comi-
da la madre, los amos lo adoptaron por hijo, y él les daba a
ellos el trato de «padre» y «madre»; cuando de ellos hablaba
lo hacía con un cariño inefable, y eso, a raíz de que se co-
mieran la propia madre de él y hasta se hubiesen puesto en
el afán de intentar comérselo a él también poco antes de la
llegada de los Misioneros a la Isla. Aquellos «amos» hacían
el sacrificio de andarse unas 50 leguas de camino hasta la
Misión, por ver al esclavo de otro tiempo.
Muchos son los otros privilegios de los esclavos; hasta les
es permitido galantear a las muchachas libres, ateniéndose a
lo lícito, pero sin excluir a las hijas de sus mismos amos,
siempre que éstas hubieran sido consentidoras, como que en rea-
lidad ellas 110 se hacen mucho del rogar; lo que sí, hasta cierto
(1) Oran fiesta con bebida ad libi/ttm.
(2) Casi de asamblea de estos indios.
í 3) Modo ile decir en lu¡»ar de «Indio». No debe uno conformarse con el apodo de
«Salvaje» aplicado ast a ciertos Indios de las Américas, y por cierto que ni Cnrattis
ni Tnfii-Gunranis lo merecían, no siendo por lo de « comedores de carne», y... ni por
esas.
— 7o —
punto, se guardan las apariencias y se valen de citas en luga-
res excusados, más bien para evitar las bromas entre ellas mis-
mas, porque «hijas-de-algo» entre ellas se entregan a simples
esclavos; la mácula esta, empero, es insignificante, pues más
bien sirve para jarana que para deshonor.
A los Cetonias (*) y danzas públicas, los esclavos concurren
con toda libertad, engalanándose el cuerpo de mil maneras con
embijamientos y plumeríos, si los lian podido haber, todo lo
cual, entre ellos, prendas caras son.
Con los hijos propios de la casa, entre ellos se tratan cual
si fuesen hermanos. Kn una palabra: el cautiverio de ellos es
una vida de plena libertad.
Muy curiosa es la relación que el autor nos ha dejado del
modo como se apoderaban de los prisioneros o los hacían sus
esclavos, fiel reproducción de lo que pudo averiguar de los
esclavos regalados por los de aquella tierra para subvenir a
las necesidades de la Misión. Cuenta que cierto día, reconve-
nía de haraganería a uno de tales, dado por un Tapinambo,
por razón de que no correspondía el trabajo a la capacidad de
sus fuerzas; esta fué la manera como respondió a la repren-
sión, y eso que habíase hecho con toda suavidad, porque el
Padre estaba bien enterado de cómo se había uno de manejar
con gente de esta nación; para ellos las reprensiones son he-
ridas y lastimaduras, y los azotes, la misma muerte, antes
bien, preferían morir honorablemente, como ellos lo llaman,
es decir, en plena asamblea de sus semejantes (1 2), como muy
bien lo ha descrito el R. Padre Claudio. Esta fué la respues-
ta del Indio aquel al P. Ives: «Tú no me has puesto la
mano sobre mi espalda, estilo guerrero, así como me lo hizo
quien a tí me entregó para que me hicieses tuyo» ; incontinen-
ti me entró la curiosidad de averiguarle al « Truchimán » lo
que todo aquello significaba, y en seguida me hice cargo de que
era ceremonia guerrera usual entre aquellas naciones, a saber:
que cuando un prisionero caía en manos de cualquiera, aquel
que lo apresara le había de dar una palmada sobre la espalda,
diciéndole a la vez «yo te hago mi esclavo», y desde ese mis-
mo momento el pobre cautivo, por muy principal que haya
(1) Caouins. Sin duda la voz guaraní. Cagnaí, bebendurria o borrachera. Ver Tesara,
Kdjzde Monioya, f. S5. lid. rlatzman.
(2) «Comedores de carne humana», se entiende.
7<
sido cutre los suyos, se da por esclavo y vencido, acompaña
al vencedor, le sirve con toda fidelidad, sin que su amo se
preocupe de él para nada, más aun, en cuanto a la libertad
de andarse por acá o por allá, lo hace a su antojo, casándose
por lo general con la hija o con la hermana de su amo, has-
ta el día en que debe recibir la muerte y ser comido, y en-
tonces tanto él como los hijos, prole de la propia hija del
amo, son asados y comidos; entendido que esto ya no se ha-
cía ni en Marañan, Tapuítapera y Conima ni aun entre los
Catetes sino muy rara vez», (p. 46).
Así pensaba el Indio y no dejaba de tener razón: ¡cuántas
cosas no sacrifica el 110-Indio y la no-India de nuestra raza y
tiempo para estar a la moda, coúte que cofite, en vida y ha-
cienda! Ks de buen patriota morir por la patria, y es de buen
gusto morir por la moda que rige.
Veamos, empero, cómo legislaba la mentalidad castellana
en la época de las Leyes de Partida:
'Seyendo el Padre cercado en algunt castiello que tuviese
» de señor, si fuese tan coitado de fambre, que non hobiese
» al que comer, podrie comer el fijo sin malestanza ante que
» diese el castiello sin mandado de su señor».
De esta guisa pensaba la nación para quien se codificaba.
¿Con cuál de los dos juicios nos quedamos, del código consa-
bido o del simpático esclavo Tupi de la misión francesa en la
isla de Marañan ?
No se debe admitir así no más que la antropofagia sea una
señal de barbarie mayor. En la América, los más horrendos
comedores de carne humana han sido los Indios de estirpe
Tupi- Guaraní, Caraibi y .. . Mejicana; con menos horrendos de-
talles los de estirpe Runa-Simi o Peruana y Chili o Araucana:
entre todos ellos era ya un rito consagrado con detalles de
ceremonial muy complicado. Es una víctima que se sacrifica y
los circunstantes participan en común, consumiendo cada cual
su parte por ínfima que ella fuere.
El rito más sagrado de la religión cristiana es de un sim-
bolismo eminentemente antropófago, que sin duda fuera real
y positivo antes de la época de Isaac, y posteriormente, sólo pro-
fóticamente simbólico hasta el último sacrificio que fijó el
misterio como dogma en la forma que lo conocemos. Sea todo
ello dicho con la mayor reverencia.
- 72 —
1 1
I,OS INDIOS CAkAÍBK, SKGIJN DK KOCHlíl’ORT
Así discurría el Rdo. P. Ives d’Evreux en su «Voyage dans
le Nord du Brésil» (’) en 1613-14 acerca de la mentalidad y
ciertas costumbres político-sociales de los Indios Tafiinavibó
y Tobayara (1 2 3 4) en la Isla Marañan y Tierra Firme inmediata (*).
Veamos lo que de sus Indios Caraibi nos cuenta el señor de
Rochefort en su « ¡ lis taire des lies Antilles » más o menos el
año 1658 (5).
El Caraíbi se ofende si le dan el trato de «Salvaje» y no
menos cuando los llaman «Calímbales», sin perjuicio de que
se coman la carne de sus enemigos, pero lo hacen para dar
gusto a su furia y a sus venganzas, y no porque les sepa me-
jor que cualquiera de las otras carnes (pie les sirven de ali-
mento; mucho les complace, empero, que los llamen « Caraibes »,
por sonarles como apelativo glorioso que acentúa la nota de
su valor y caballerosidad; en realidad no son únicamente los
Apalachitas, de cuyo medio ellos han emigrado, que con este
vocablo dan a entender que se trata de un hombre guerrero,
un hombre valiente, dotado de fuerza extraordinaria y diestro
en el ejercicio de las armas. Eos mismos Aruacos, sus enemi-
gos capitales, se valen de esta palabra en el mismo sentido,
pero con el agregado « cruel» (sic), a causa de los males que
los tales Caraibes les han hecho experimentar; tanto es así y
tanto aman los Antillanos el apelativo aquel, que a cada rato
se dicen con los europeos: «tú francés, yo Caraíbc soy».
Por lo demás, son de carácter suave y benigno; tan con-
trarios son a ser tratados con severidad que suelen morirse
de pena al verse víctimas de algún rigor de parte de las na-
ciones que los poseen en calidad de esclavos, como sucedió
cuando ciertos ingleses se llevaron con alevosía algunos de
ellos a muchas leguas de distancia de su país natal. Con el
(1) Véase p, 69, nota (1).
(2) l.os Tttpiuambá de nuestros autores; Indios de Pernambuco y bocas del Amazonas.
(3) Tabayara o Tobayara o T ubayara , la iná> noble nación de estirpe .Uro o ¡ttpi, al
decir del P. Vasconcel los.
(4) Donde vivían indios de otras estirpes.
(<) Preciosa obra de gran importancia, por la escrupulosidad con ipie distingue en-
tre el hablar de los varones y el de las mujeres.
— 73 —
buen trato, empero, todo se consigue de ellos, a la inversa de
los negros, a quienes hay que tratar con dureza, porque de lo
contrario se tornan insolentes, perezosos e (infideles) inservibles.
«Muy anienudo nos echan en cara lo avaro que somos y el
empeño desmesurado con que amontonamos bienes para nos-
otros y para nuestros hijos, siendo que la tierra es capaz de
mantenernos a todos los hombres, siempre que éstos quieran
tomarse el trabajo de cultivarla por poco que éste sea; y por
lo que respecta a ellos, se lo pasan sin cuidado alguno en
cuanto a las cosas de su vida diaria, mientras que por otro
lado están más gordos y más listos para lo que se ofrezca que
los europeos: en una palabra, viven sin ambiciones, sin cuitas
ni preocupaciones, sin pretender ganarse distinciones ni amon-
tonar fortunas; desprecian el oro y la plata, como los Lace-
demonios de la antigüedad, y como los Peruanos, igualmente
satisfechos tanto con ser lo que son, cuanto con lo que la
tierra les proporciona para su sostén. Al decir de ellos, si sa-
len a cazar o a pescar, o si se les antoja derribar árboles para
formar una huerta o para levantar su bohío (1), tareas todas
ellas harto inocentes, y muy propias de la naturaleza humana
las hacen sin apuro, a guisa de entretenimiento y jolgorio,
cual si fuesen diversión» (p. 456).
«Más aún: les causa espanto cuando se aperciben que apre-
ciamos en tanto el oro, ya que tenemos el vidrio y el cristal,
que al parecer de ellos, son más bellos y desde luego de más
valor. A propósito de todo esto, el historiador milanés Benzo-
ni, en su historia del Nuevo Mundo nos cuenta lo siguiente:
«los Indios, en señal de inquina contra la avaricia sin límites
de los españoles (2) que los subyugaran, tomaban una moneda
de oro y decían: He aquí el Dios de los Cristianos. «Por esto
» se vienen de Castilla a nuestro país; por esto nos lian con-
» vertido en sus esclavos, nos han expulsado de nuestras ca-
» sas, y han cometido horrendos crímenes contra nosotros; por
» esto se hacen ellos la guerra entre sí; por esto se matan ellos
» los unos a los otros; por esto es que se lo pasan ellos siem-
» pre afligidos, se pelean, se saltean, se maldicen y blasfeman:
(t) Nombre indígeno que se da a los ranchos o toldos en esas regiones.
(2) No fueron los españoles sólos los que con sus entradas sacrificaron a los pobres
Indios; los cronistas cuentan de sendas factorías alemanas que en el primer siglo de
la Conquista en América, anticiparon los horrores cometidos por los mismos en el
Africa en los siglos XIX y XX.
» finalmente, no hay villanía ni iniquidad alguna de la que no
» se valgan».
Ahora, por parte de los Caraibis nuestros, si ven ellos a los
cristianos que andan tristes y preocupados, se valen de la oca-
sión de chancearse amigablemente con ellos y con estas pala-
bras: «Compadre (*): qué desventurado eres por tener que ex-
poner la vida a viajes tan largos y tan peligrosos, y tener
que amargarla con tantos cuidados y congojas. Da pasión de
tener algo te obliga a soportar tanta pena y te carga con
estos quehaceres abrumadores. No es menos el cuidado que te
inquieta por los bienes ya adquiridos, que aquel otro, por los
que aun se están por adquirir. Toda la vida te la pasas te-
miendo no sea que alguien te los robe en tu país, o en viaje
por esos mares, o que tus mercancías se pierdan en algún
naufragio hundiéndose en el Océano. Así, pues, tú te encane-
ces antes de tiempo, se vuelven blancos tus cabellos, tu frente
se llena de arrugas, incomodidades mil dan cuenta de tu sa-
lud, mil pesares te parten el corazón y a gran prisa te mar-
chas hacia el sepulcro. ¿Qué, no te bastan los bienes que tu
país te proporciona? ¿Por qué no despreciáis vosotros las ri-
quezas como nosotros lo hacemos?»
Sobre este punto, Vicente le Blanc reproduce algo muy dig-
no de ser leído, y dicho por ciertos brasilienses, quienes a la
sazón le dirigían la palabra: «¿listas riquezas que vosotros los
cristianos perseguís desesperadamente, os hacen acaso entrar
en mayor gracia de vuestro Dios? ¿Os evitan de tener que mo-
rir? ¿Os las lleváis convusco a la sepultura?» Casi con las mis-
mas palabras hablaban ellos con Jean de Ivery, como este autor
lo cuenta en su historia (cap. 13).
Dos Ca ralbes también con toda razón y muy enfáticamente
suelen echarles en cara a los europeos como una manifiesta
injusticia «el haber usurpado para sí la tierra natal nuestra
» Tú me has expulsado (dice la pobre gente) de San Cristo-
» bal, de Nieves, de Monserrat, de San Martín, de la Antigua,
» de la Gardeloupe (1 2), de la Barbada, de San Eustaquio, etc.,
» que no te pertenecían, dentro de lo cual no podías alegar
» derecho alguno. Y tú me amenazas todavía con quitarme lo
(1) Nombre aprendido por ellos, y que usan siempre en señal de buena voluntad,
como igualmente les sirve a las mujeres en sus tratos con las europeas para hacer
constar su amistad.
(2) Ku nuestro romance la Guadalupe.
75
» poco que me queda. ¿Qué suerte le espera al pobre Caraf.be ?
» ¿Será ella que se vaya a vivir con los peces del mar? Muy
» mala por cierto debe ser tu tierra cuando tú la dejas para
» venirme a quitar la mía; o de no, mucha maldad será la
» tuya al venir así de pura gana de hacer mal a me pérse-
» guir» (p. 458). La queja esta no denuncia una modalidad tan
de «Salvaje».
Por cierto que no; es una nota psicológica que de siglo en
siglo asoma a través de las facultades atrofiadas del Indígena
Americano embrutecido con 400 años de injusticias y de ma-
los tratos. Las mismas o muy parecidas palabras las oía el
viajero ingeniero don Juan Pelleschi en sus conversaciones
con los Indios Matacos del Chaco Boreal (*), y las oirá cual-
quiera que «le gane el lado de las casas» al indígena.
Oigamos a otro misionero francés de la misma región y
y año 1665 — el P. Ramón Bretón, quien actuó en las Antillas
francesas e Isla de Gardeloupe — : las citas son de la reimpre-
sión Platzman, Leipzig 1892 (1 2 3).
«Callinago, es este el verdadero nombre de nuestros *Ca-
» ralbes* insulares, son esos « Caníbales » (a) y antropófagos, de
» quienes tanto se quejan los españoles, como de gente que
» no han podido domar y que han devorado un número pro-
» digioso de sus connacionales y de sus aliados (a estar a lo
» que sus libros cuentan); no es mi voluntad también hablar
» mal de ellos: por lo que a mí respecta no tengo motivo al-
» guno de quejarme de ellos, muy al contrario, de buena gana
» podría quejarme de su exquisito trato para conmigo. (¡ Oh,
» cuán dulce crueldad no fuera esa de ser molido, devorado y
• despedazado en la demandad e un Dios!)... las mujeres los
» llaman « Cal lipánam .» Así termina el artículo del ameno padre
dominico (p. 105).
Comparemos la observación esta del P. Bretón con el diá-
logo anterior entre el P. Ivesy su esclavo Tupi- Tobayara,
en cuanto a lo de ser comida de sus semejantes; de todo ello
resulta un problema psicológico interesantísimo.
Para estos Cara/bes «la Tierra es la buena Madre» (Roche-
( 1 ) Conversaciones tantas veces producidas en trato continuo con ese inteligente
viajero y amigo.
(f) Nunca se le podrá agradecer bastantemente a este ilustrado americanista sus
fieles reproducciones de las más preciosas obras lingüísticas dejadas por los misioneros
cristianos en las tres Américas.
(3) Cani-ba-le o Ca-ni-ua-li «gente o nación enemiga».
— 76 —
fort, p. 469); si se les habla tle la «Esencia Divina >, etc., es-
cuchan con atención y salen con esta: «Compadre, tú eres muy
elocuente, tú eres muche manifat (hábil)».
He aquí otro caso relatado por de Rochefort: uno de
los « Caraibes » trabajaba en domingo y se le observó que
«El Creador del Cielo y de la Tierra se enojaría con aquél
hombre porque trabajaba en tal día reservado a su servicio».
«Pues yo (replicó bruscamente el Indio) estoy enojado con El;
porque tú me dices que Él es el amo del mundo y de las es-
taciones; El es, pues, quien no ha enviado la lluvia en su
tiempo y que ha hecho secar mi mandioca y mis batatas, a
causa de la gran sequía; por lo mismo que me ha tratado
mal se me antoja trabajar todos los domingos para contra-
riarlo» (p. 470).
Cita también a Lery (cap. 17), a propósito de los Tuptnam
bás, quienes al decirles que Dios era el autor del trueno, de-
ducía que no era bueno porque se complacía en espantarlos de
esa guisa (p. 470). Hasta aquí la mentalidad del Tupinambd,
y con mucha gracia, el de Rochefort termina su párrafo
así: (Ibid). « Retournous aus f1) Caraibes* ; y así lo haremos
nosotros, porque pasa a tratar de cosas que mucho tienen que
ver con una mentalidad algo superior, he aquí la prueba textual:
«lis ont un sentiment naturel de quelque Di vi ni té, ou de
» quelque puissance superieure et bienfaisante, qui reside es
» Cieus».
III
IDKAS RELIGIOSAS
No hay para qué ocuparnos de aquellos indígenas de las
Américas que lucían sus mitologías más o menos complicadas,
rivalizando así, también más o menos, favorablemente con las
del viejo mundo; limitémonos más bien a los Caraibes de Ro-
(1) Aus por Aux del francés moderno. I,a etimología es sencilla: A - - a\ n ~ /; -v — es -
«a los». 1, a prueba consta eu las mismas citas; e. gv: Cid-tt-s, según el análisis anterior se
convierte lógicamente en Cie-l-os.
Del mismo modo es resulta de sincopación de en-los aunque de un modo más complica-
do; asimilación de / con n y pérdida de las dos u por simpatía. De la misma época es aiu v,
«más aun», que yo correlaciono con el aínda víais del portugués: en sus sincopaciones de
sonidos los dos romances se parecen.
- 77 —
chefort y a los lúpi-Guaram's de las varias Misiones en las
cuencas que largan sus aguas hacia el Atlántico.
Los Indios Guaraní tenían ese «sentiinent naturcl de quel-
que Divinitc », que les atribuye de Rochefort a sus «Caraibcs »
de las Antillas Francesas, y en prueba de que la tenían, y
que era algo más esencialmente superior a la tradición vul-
gar del hombre inconsciente, ahí está esa palabra Túpa (1),
Dios, adoptada y con tanto acierto por los misioneros de la
Compañía de Jesús, en sus doctrinas guaraníticas; la adopta-
ron y la sostuvieron contra todas las maledicencias de sus
detractores, como la Iglesia Católica adoptó el término «Dios»
con preferencia al de « [chova Ji » en cualquiera de sus formas»
no obstante que este vocablo y no aquél representa al nuestro
que adoramos. No es fácil penetrar en todos los misterios que
se encierran en las voces de « fehovah » y « Eloi » (2 3 4), ni tampoco en
los primitivos que resultaron « Júpiter » y «Zeus» con todas sus
modificaciones legendarias o gramaticales; pero ahí está el
hecho contundente que hasta nuestros días decimos «Dios» y
pensamos que es « fehovah » o « Elo-i » con todos sus atributos.
Pasemos por alto ese ser misterioso Ton apa que asoma en
la mitología peruana, y que en parte fué estudiado ya con
alguna extensión (:!), pero sin invadir posibles analogías en
regiones ni caríbicas (') ni guararíes (5). En este artículo sólo
se trata de levantar un algo la opinión que se tiene de la
mentalidad del Indio y de sus manifestaciones psicológicas.
Cuéntanos, pues, de Rochefort, que a ese buen Dios en
que creen los Caraibis, les basta el poder gozar tranquilamen-
te de las amenidades de su innata felicidad, sin agraviarse
porque mal se porten los hombres, y que tan amplia es su
bondad que no se siente inclinado a buscar medio alguno de
vengarse; de donde resulta que no le rinden ni honores ni
adoración, e interpretan ese tesoro inacabable de clemencia
prodigado en su favor, y esa paciente longanimidad con que
(i) Ver Tesoro, K. ñu Montoya, irt voce , f. 402. Sin hacer mía la derivación, aplau-
do el uso de la palabra como ideal en América.
Í2) El-o-r — Kste epíteto del Ser Supremo, aparte de la i final, que, como en Kerlrtrn ,
dice «mí» o «mío», puede ser 11 na si neo pación de muchas evoluciones. Cuanto más viejo sea
el Universo más misterios podrá encerrar ese sencillo Elo-i , o su equivalente Jc-ho-vah .
(3) I.afone Queveiio, « Culto de Tonapar, Rev. del Museo de I.a Plata, t. III, pági-
nas 320 y sigtes.
(4) Porque Tono o Turra es «agua» en esta lengua, y To-tona-ca era una de las na-
ciones más cultas de Méjico.
(5) Cení' que Titpü Dios», algo puede tener ron Trt-tra «agua».
7S —
los tolera, ora como impotencia de parte de Él, ora como in-
diferencia por lo que atañe a la conducta de los hombres.
Los Indios Caraibi, como tantos otros, en sus ideas espiri-
tuales se manejan con sus «buenos y sus malos espíritus» (que
sea dicho de paso, forman su corte celestial) de una manera
bastante sencilla: los buenos, así se dijo ya, como buenos que
son, yacen olvidados, y a los malos los repelen mediante la
intervención de los hechiceros, llamados boyé , boyaicon o boyei-
ri ('). K1 nombre general de los «espíritus buenos» es Akam-
boüe (1 2) (dicen los varones) y Opoyem (3) (dicen las mujeres):
en particular aquéllos usan el vocablo Icheiri (4) y éstas el de
Chemú (5 6) con su plural Chemügnum; si es particular del in-
dividuo entonces él dice Ichcirikou, (') ella, Ncchcmérakou ( ).
Mapoya o Maboya (7 8 9), llaman todos, varones y mujeres, al
«diablo o espíritu malo».
Lo interesante en todo esto es, que Chemú sea el apelati-
vo de Dios en boca de mujeres, porque es voz que tiene su
historia. Por lo pronto ocurramos al Glossano Brasiliense de
Martius, artículo Taino (s), lenguas de las Antillas, allí tene-
mos lo siguiente:
«Idolo», Zenit, Zemes, C /temes; «Spiritus» O poyen; ambas
palabras estas son femeniles según de Rochefort, y desde lue-
go de origen Aruacu. La forma de algunos de estos Zemes o
Chentes es conocida y a lo que parece, simbólica del sexo fe-
menino. Ahora si el nombre y simbolismo éstos pueden ha-
cerse extensivos a otro objeto que es el enigma de la arqueo-
logía antillana, resultará que el culto Aruacu de las Antillas
era serpentino (a), desde luego en su simbolismo, eminente-
mente sexual, y, como era de suponer, de formas femeniles.
Este punto es interesante, por ser un eslabón más en la
(1) Términos estos de valor para estudios posteriores. bijarse en las paites bu vel
po v eiri.
(2) Ata y bs vel po, elementos léxicos muy de la región,
(3) Ver notas 1 y 2 que preceden.
(4) Ich-eiri. Ver nota 1.
(5) Chemú. listos son los Chentes o Zemes o Silentes, dioses e ídolos de las Antillas.
Martius. Gloss. p. 315.
(6) Ne-chcme-rukon. Ver anterior.
(7) A/, ¡poya vel Maboya. lis voz de forma negativa por el prefijo Mu. I,os apoyen dicen
las mujeres para significar los «espíritus buenos»; los Ala. poyo son los «no-buenos»,
i. e., « malos».
(8) Gloss, p. 315 in sjoce iJulon.
(9) Vease t. XI, Col. de Lib. para Hist. del Perú, « llilaciún por los primeros Agustinos,
p. 20, donde se trata de los Gtta-chemi-nes
— ',9 ~
cadena étnica que une las estirpes peruano-argentinas con las
caribicos-aniacas de las Antillas y su Tierra Firme; también
con el N. O. argentino donde se han hallado Chentes (’).
Otro eslabón importantísimo es el de los petroglifos: son
ellos otros jalones que nos han dejado las hordas migratorias
en su odisea desde el Mar Caribe hasta el Río de la Plata y
desde el Mar Atlántico hasta el Pacífico
Las fuerzas reproductoras de la naturaleza, por todas par-
tes aparecen como objetos de culto de los indígenas, y aun
cuando el tiempo y las persecuciones de cultos opuestos hayan
hecho todo esfuerzo por hacer desaparecer el último rastro de
las religiones del vencido, la casualidad y la arqueología rei-
vindicadora de la historia sacan a luz pruebas de cómo actua-
ban y cómo pensaban naciones desaparecidas. Los nombres de
lugar, el simbolismo de sus artefactos, su organización social,
todo tiende a hermanar las naciones dispersas en la mayor
parte de la América que conocemos.
¿Cómo se escribía la historia del Viejo Mundo cuando Hum-
boldt viajaba por el continente nuestro de América y cómo se
escribe ahora después de unos cien años? ¿Se pretenderá acaso
que todo lo que se ha descubierto durante el mismo tiempo
no tendrá que producir una historia de América muy distinta
de la que conocemos? ¿Se han tenido en cuenta los trastor-
nos telúricos en la distribución de tierra y agua, mucho más
modernos que las épocas glaciales, y algunas de ellas acaso
tan recientes como el principio de la era cristiana?
La cultura existente en América, sea cual fuere su origen,
y los aprovechamientos de ella que la mentalidad indígena
pudo hacer suyos, como uno de sus resultados, nos presentan
esas eras solares de mil años divididos en dos pachn-ctiti de
quinientos años cada uno (1 2 3), y es curioso que después de ha-
ber explicado Montesinos lo que era un « pachacuti (de tiempo),
en el 2.0 § del cap. XII (p. 71, Ed. 1882) diga esto: «A mime
» enseñaron cuatro paredes antiquísimas sobre un cerro, y un
» criollo, gran lenguaráz y verídico, me certificó servía de reloj
(1) Amuletos triangulares muy curiosos hallados en la región antillana y también
en la andina al N O. de la Argentina.
(2) Todo ello son manifestaciones de una mentalidad superior a la que se atribuye
a un mero salvaje, si es que lo hay, no siendo por degeneración.
(3) Montiísinos, itrniorias antiguas del Perú, p 69 Cada «sol» equivalía n mil años
y su mitad, llamada pachacuti , a quinientos. lista cuenta de años guardaron siempre
los indios de este reino basta la venida de los españoles.
- 8o
» este edificio a los indios antiguos.» Acababa el autor de
contar cómo el rey Cápac Raymi Amauta con sus astrólo-
gos « hallaron puntualmente los solsticios: era una manera
» de reloj de sombras, y por ellas sabían cual día era largo
» y cual corto, y cuando el sol iba y volvía a los trópicos»-
De estos relojes solares, inti-huatana (*), descubrí yo uno
en el valle Calchakí, lugar del Fuerte Quemado, Santa María
de Yocavil, y asiento de los indios Kaliauos compañeros de los
Kihncs en sus infortunios y expatriación a Buenos Aires. Sobre
un cerrillo estaban las «cuatro paredes», hoy destruidas por
travesura de viajeros; los datos se conservan y un modelo de
todo ello se halla en el Museo de Da Plata. La cultura perua-
na era la de Kalchakí, pero a cargo del Dr. Lehmann Nitsche
está el probar qué conocimientos astrológicos eran y son ge-
nerales en toda la América.
F1 señor Clark Wissler en su The American ludían, pu-
blicado en Nueva York el año 1917, trae algunas palabras
que aprovechamos para cerrar estos párrafos deshilvanados, 110
tanto así su intención.
«Por todos lados se oye: ¿Cómo llegó el Indio aquí? ¿Quié-
nes fueron sus abuelos? ¿Cuáles sus conocimientos y costum-
bres? ¿Qué produjo como resultado de sus propias iniciativas y
de qué medios se valió para alcanzarlos? Digno y justo es que
todo esto nos interese a los que estamos, porque no sólo he-
mos reemplazado al Indio en esta (su (1 2 3 * 5) ) tierra, sino también
hemos hecho nuestra ( absorbed ) gran parte de su cultura. vSu-
pongamos que por un golpe de magia hubiese desaparecido
de nuestra historia, geografía y literatura, todo cuanto a esta
raza (la americana) le corresponde. ¿Cuál y cuán grande no
sería el vacío que nos quedaría en su lugar? ¿Cuál y cuán-
to no sería el daño que se nos irrogaría eliminadas que fue-
sen su pintura, su escultura y sus artes decorativas? Kstas
pérdidas nada serían, por grandes que sean, en comparación
del abrumador vacío económico que nos resultaría si nos fal-
taran maíz, cacao, mandioca, patatas y batatas (:!), calabazas (')>
coca, quina (a), tabaco y todo ese cúmulo de productos que no
(1) Ver Lafonk Qimíykdo, ¡'eaoro de cai<imarqneñismosí invoco y p.
(2) Permítaseme esta interpretación.
(3) t Patatas» son las «p ipas» y «batatas» los consabi dos comestibles,
(ú) Que nosotros llamamos «zapallos», etc
(5) 1 Quinina* dice el original.
— Si-
se nombran, pero son la contribución de los Indios a nuestra
cultura. (x) Desde ese día portentoso del año 1492 en que Colón
vió al primer Indio, hasta este momento, lia sido su raza la
más estudiada de todas las del mundo; no existe otra alguna
que más haya preocupado a la imaginación europea. Claro
está, pues, que nos hallamos frente a frente con uno de nues-
tros más importantes haberes culturales, fuente de los rasgos
más originales en nuestra actual cultura y una herencia que
la podremos aprovechar a más y mejor. K1 otro día no más
un estudiante de la vida indígena en Dakota, concibió la idea
de instruir a los agricultores del Noroeste Americano, cómo
habían de cultivar el maíz, no obstante la corta duración de
su verano, si se valían de los métodos practicados por los In-
dios de la localidad años y años antes que el hombre blanco
pusiese pie en aquella tierra. Ahí está la dama de última
moda que se engalana y se viste con adornos y sederías en
que figuran motivos indígenas, productos del gran renacimien-
to experimentado en todo lo que es arte decorativo americano,
y gracias a los esfuerzos de los coleccionistas para nuestros
museos y a los estudios científicos acerca de todo lo que atañe
al Indio y sus modos de ser. Cúmplenos, pues, que aumente-
mos sistemáticamente nuestro conocimiento de esta raza que
desaparece, cuya existencia ha sido pisoteada en el ardor sin
piedad de lo que es la evolución cultural, pero, tan viril y tan
perfecto era su ajuste a las circunstancias de su ambiente
geográfico en los éxitos de su propia cultura, que han logra-
do perdurar imborrables». Introducción, (pp. 2 y 3).
Así piensa el antropólogo Clark Wissler, en Nueva York, y
Museo de Historia Natural Americana, (1917); ¿Cómo pensa-
remos nosotros en la República Argentina (1919)?
Samuel A. Laeone Ouevedo.
(1) ¿Por qué no también, desde que basta Sciimidel lo celebró en su re-
cuento de las novedades alimenticias en el Rio de la Plata?
SOBRE ALGUNOS CLADÓCEROS
di; i. a
REPUBLICA ARGENTINA
POR
Max B i r a b é n
Al iniciar este trabajo, mi propósito había sido estudiar los
Cladóceros de los alrededores de La Plata, viéndome luego,
debido a la abundancia de material, obligado a concretarme
solamente a las familias sidimí; y daphnid.e, esta última la
más importante del orden. Es por lo tanto esta, la primera
serie del trabajo que sobre este tema me propongo realizar.
Todas las especies las he hallado en lugares cercanos a La
Plata; además, a algunas de ellas las encontré nuevamente en
las provincias de Salta, La Rioja, San Luis y Bhitre Ríos.
Debo hacer constar la gran cantidad de especies que obtuve
en el canal de entrada al Puerto de La Plata.
Todas fueron recogidas por medio de redes de seda de mo-
linero, semejantes a las usadas para plankton, y conservadas
en formol al cuatro por ciento, lo cual permite estudiarlas aún
mucho después con entera facilidad. No es aconsejable usar
alcohol, pues a más de deformarlas un poco, no las deja con
suficiente transparencia.
Para poner en evidencia partes que pueden quedar tapadas
por otras, me ha dado buen resultado partir con una aguja,
- 83 -
y sin mayores precauciones, varios ejemplares. Dejándolos ma-
cerar o agregando al porta-objeto algunas gotas de potasa
cáustica al diez por ciento, es posible disociarlos y facilitar
así el estudio de muchos detalles. Es conveniente, siempre que
sea posible, completar las observaciones en ejemplares vivos.
El montaje en bálsamo de Canadá no me ha dado resulta-
do, pues las más de las veces, no he podido evitar que el tra-
tamiento previo los deforme.
Por medio de colorantes no he obtenido mayores ventajas,
empero, cuando se desee oscurecerlos un poco, se puede usar
una solución de ácido pirogálico.
Este trabajo ha sido ejecutado en el Laboratorio de Zoo-
logía del Museo de Da Plata, durante los años 1914 y 1915,
bajo la dirección del profesor doctor Miguel Fernández, a
quien debo en esta oportunidad agradecer sus valiosas ense-
ñanzas y el empeño puesto para el mejor éxito de esta pe-
queña contribución al conocimiento de la fauna argentina.
No puedo tampoco olvidar al doctor Enrique Herrero Du-
cloux, a quien debo un poderoso primer impulso. A él y a las
demás autoridades del Museo, vaya en esta oportunidad la
expresión de todo mi agradecimiento.
l'AM. SIDJIX-E (liaird)
DIAPHANOSOMA BRACH YURUM Lievin
Véase Lilljeborg - igoi.
El aspecto general de la hembra adulta es muy variable;
el largo, medido en 30 ejemplares, alternaba entre 0.78 mra.
como medida mínima y 1.14 mm. como máxima.
La cabeza vista lateralmente es redondeada, y vista de arri-
ba se presenta como un cono truncado con su extremidad li-
geramente convexa. El formol en que los he conservado alte-
raba a veces la forma, presentándola entonces con contornos
anormales.
El ojo ocupa, con respecto a la cabeza, una posición ven-
tral; delante de él, en la región frontal, nótase fácilmente una
leve saliencia.
- 85 —
El caparazón es el que presenta aspectos menos constantes.
La forma es tan variable, que si tomáramos dos tipos ex-
tremos, por su aspecto general podríamos considerarlos como
especies distintas; esta es sin duda, una de las causas de la
extensa sinonimia. En los ejemplares que dibujo (figs. i y 2)
puede notarse la desproporción que existe; mientras a una le
corresponde un largo de 0.60 mm. por un ancho de 0.50 mm.,
a la otra, para un largo de 0.63 mm. hay 0.37 de ancho. Tan
gran diferencia es debida al número o desarrollo de los em-
briones, aunque en algunos casos hallé que ejemplares con
embriones poco desarrollados, tenían el borde dorsal más abul-
tado que otros en donde el desarrollo era mucho más avanza-
zado. Pero, siempre que hay o ha habido embrión, se nota el
borde dorsal más pronunciado en la parte media del capara-
zón, terminando con una leve concavidad antes de llegar al
posterior. El borde ventral es convexo uniéndose al posterior
insensiblemente, sin señal determinable. En el lugar en que
el borde ventral se dirige hacia el dorsal, hay una serie de
cerdas y púas (fig. 3) muy variables. LilljEBORG dice que se
ven 506 cerdas, y a continuación 607 púas entre las cua-
les 5 ó 6 más pequeñas. BurckhardT indica que con mucha di*
ficultad se llega a observar dos hileras largas de cerdas. En
su dibujo representa una primer serie con n y a continua-
ción, 16 más pequeñas, siendo todas pinadas; las púas, según
este autor, comienzan entre la última cerda larga y la primera
de las cortas, existiendo además, entre cada dos cerdas tres púas.
Yo he encontrado en algunos individuos los caracteres que
Lju.jeborg cita, y en otros los de BurckhardT; generalmente,
hay 6 cerdas largas seguidas por 7 más cortas, empero este carác-
ter variaba, encontrando una vez un ejemplar con 11, es decir
que estaría de acuerdo con el dato del último autor nombrado.
Siempre entre la última larga y la primera corta se encuentra
el primer grupo de
una serie de púas,
que alternando con
las hileras de cer-
das cortas, termi-
nan entre las dos
últimas; general-
mente hay 6 gru-
pos, pero, pueden
variar entre 4 y 8.
Están constituidos
por 203 púas de
diferente tamaño, y
salvo muy pocas excepciones todos a partir del segundo, hállanse
formados por una púa muy fuerte en forma de espina y una o
dos mucho más pequeñas. E11 el primer grupo hay dos, tres o
cuatro sin tener ninguna aspecto de espina, siendo además,
de tamaño mediano en relación con las anteriormente citadas.
Haré resaltar el detalle de que la espina de cada grupo tiene
una base muy ancha; para un largo de 12 micrones correspon-
de un ancho de 7, mientras que las descriptas por BurckhardT
miden 20 por sólo 2.5 en la base. Eas cerdas son, como dice
este autor, extremadamente difíciles de ver; sólo con un obje-
tivo a inmersión pude con dificultad distinguir en algunas de
las más grandes, que eran pinadas y no dudo que las demás
lo son también. Tampoco pude determinar si la ciliación co-
menzaba en la base, por lo cual las represento en la forma
que las dibuja BurckhardT. Hacia atrás, después de la última
cerda se encuentran muchas púas pequeñas que se dirigen por
el borde posterior, hasta cubrir las dos terceras partes de su
largo; pocas veces llegan hasta el borde superior.
Eos bordes de ambas valvas raras veces son iguales, l’or
Kig. 3. — Diaphanosoina brachyurum I,iev¡n.
Q — X 250 (inmersión).
Detalle del borde inferior del caparazón.
87 -
lo general las púas de un lado no se hallan en el mismo
número que las del opuesto.
Sobre el caparazón no he podido distinguir escultura.
El primer par de antenas es pequeño, está situado delante
de la base del segundo par; de su extremo salen generalmen-
te 4 ó 5 cerdas sensitivas, más cortas que la parte basal. La
primera cerda es tan extensa como tres veces el largo de las
otras.
El segundo par de antenas, (fig. 4) sin contar las cerdas
terminales, llega
hasta muy cerca
del borde posterior
del caparazón. Su
artejo basal o proto-
podito es largo; en
su origen se obser-
van varios pliegues
y está accionada
por fuertes múscu-
los que se ven por
transparencia en la
parte superior de
la cabeza. K11 la
parte distal y dor-
sal hay una cerda
pinada, no articula-
da en el medio, que
llega hasta la mi-
tad del primer ar-
tejo de la rama su-
perior; del lado opuesto, nótase una pequeña púa. La rama supe-
rior tiene dos artejos y es más larga que la inferior en donde
hay tres; el primero es un poco más largo que la mitad del se-
gundo, lleva cuatro cerdas pinadas, articuladas en la base y en
el medio; la cerda proximal en los animales jóvenes falta y se
desarrolla a medida que crecen; del lado opuesto, por lo tanto
en el dorsal, hay una púa. El segundo artejo de la rama su-
perior es muy largo, casi mide tanto como la rama inferior; tiene
ocho cerdas articuladas y pinadas, de las cuales seis son laterales
y las dos restantes terminales, siendo éstas las más largas. Tam-
poco aquí la primera está formada en los estados jóvenes. En
— 88 —
la extremidad dorsal hay una púa fuerte y en la base de las
cerdas terminales varias pequeñas. La rama inferior está cons-
tituida por tres artejos; el proximal y distal reunidos no su-
man ni la mitad del largo del mediano. El primero es el más
pequeño, no lleva ni cerdas ni púas; el segundo tiene en el
ángulo ventral y distal una púa y una cerda articulada, pi-
nada. El tercer artejo lleva en el borde distal tres cerdas y
otra en la parte media del borde dorsal; todas son largas, se-
mejantes a las anteriormente nombradas; hay también unas
cuantas púas pequeñas.
El post-abdomen (fig. 5) es relativamente pequeño; mide más
o menos una quinta parte del largo total. Las dos cerdas post-
abdominales, están cada una, situada sobre una protuberancia
pronunciada, que deja entre ellas y el
borde posterior, una gran escotadura.
El borde posterior es ligeramente on-
dulado; en el lugar donde termina el
intestino, el post-abdomen se bifurca, pro-
longándose en dos garras poderosas en
forma de hoz, (pie llevan en su parte
cóncava tres dientes fuertes de distinto
tamaño, siendo el más grande el último.
A partir de éste y hasta casi el extremo
de la garra se observa una regular ci-
liación. Hay varias hileras de puítas;
una, parte de la base del segundo dien-
te, terminando diagonalmente en el bor-
de opuesto; otras dos se encuentran an-
tes del primer diente, son paralelas. Además en diversas partes
nótanse grupos de puítas. Las cerdas post-abdominales son muy
largas, miden casi tres veces lo que el post-abdomen, siendo
respecto a este último, también muy desarrolladas las garras,
pues representan tanto como la mitad de su largo.
El número de embriones es reducido, no habiendo hallado
nunca más de cuatro.
El ojo es grande, su diámetro representa más o menos un
tercio del ancho máximo de la cabeza; ocup' siempre una po-
sición ventral y está rodeada por muchos cristalinos.
No he podido encontrar machos, en cambio las hembras
eran abundantes; fueron halladas en gran cantidad en el lago
del bosque de La Plata. Toda la superficie estaba literalmente
Fig. 5. — Diaphanoso/ua
brachyurum. Iyievin.
^ — X 222.
- 89 —
cubierta por esta especie. En la isla Paulino, lugar con playa
sobre el Río de la Plata cercano a la ciudad de La Plata,
encontré algunos ejemplares y muy pocos en el canal que
sirve de entrada al Puerto.
PARASIDA VARIABILIS Dad.
Véase Daday - iqoy pg. 220
Muy reducidas diferencias presentan los pocos ejemplares
que lie hallado de esta especie (fig. 6) con la determinada por
Daday, quien la describe del Paraguay.
Los caracteres principales están todos de acuerdo con aque-
lla descripción; el primer par de an tenas (fig. 7) de la hembra
está formado por dos partes; la basal lleva en la mitad de su
borde posterior una pequeña protuberancia con cerdas sensi-
tivas y está terminada por dos puntas entre las cuales articula
la parte distal. Esta es más larga que la parte basal y lleva
unas pocas cerditas.
El segundo par de antenas, (fig. 8) se origina con un pro-
topodito grueso y tan largo como la rama de dos artejos, lleva
cerca de la base, en su borde superior, una púa muy gruesa,
en forma de esti'eto; en la parte distal del mismo lado, una
más pequeña en forma de hoz y, entre las bases de las dos
ramas, otra púa larga y fina. Del lado opuesto se nota una
cerda plumulada. El artejo proximal de la rama superior es
apenas más grande que la mitad del distal, es ancho y lleva
- 1)0
sobre su borde dorsal una púa fuerte y otra más pequeña en
la extremidad; en el lado opuesto lleva de 6 a 8 cerdas lar-
gas plumuladas. El artejo distal es tan largo como el total
de la rama inferior, lleva una púa fuerte y sobre el lado
opuesto de io a 12 cerdas plumuladas. Por lo tanto el total
de estas últimas es de 16 a 20 para toda la rama, variando el
número de acuerdo con la edad. La rama inferior está cons-
tituida por tres artejos, siendo el proximal y distal muy cor-
Kig\ 7. — Para -
sida variabilis
l)ad. 0_x,28
— Primer par
de antenas.
Fig. 8 — Parasida variabilis Dad.
- X 5« -
Segundo par de antenas.
tos, no así el del medio que está armado de una púa fuerte,
llevando además una cerda muy larga, plumulada y termi-
nada por una parte dura en forma de gancho. El artejo dis-
tal, lleva en su extremo tres cerdas, siendo la externa del
mismo tamaño e igualmente constituida como la recién nom-
brada. Las otras dos son de diferente extensión, siendo la del
medio algo más larga.
El caparazón lleva en su borde inferior y parte del poste-
rior una hilera de cerdas que se prolonga en el anterior;
las primeras y últimas de la larga serie están dirigidas ha-
cia afuera, las del medio liábanse situadas sobre la parte
del borde inferior doblada hacia adentro, como sucede en ¡)¡a-
phanosoma. Sobre el lado interno del borde posterior y hasta
llegar a las últimas cerdas de la región ventral, hay muchas
púas muy chicas y de tamaño variable.
El post-abdomen lleva las dos cerdas post abdominales, cada
91 —
una sobre su correspondiente protuberancia; son más largas
que aquél. Lleva lateralmente de 12 a 14 grupos de dos a
tres puítas, pocas veces cuatro, cercanas a las cuales liábanse
muchas más, en forma de peine. La garra es algo encorva-
da, llevando sobre su lado cóncavo dos dientes grandes y
uno pequeño; sus bordes sostienen muchos pelitos. En la base
de la garra se observa un grupo de pocas cerdas cortas.
En lo único que no están de acuerdo los ejemplares con la
descripción de Daday es en lo siguiente: él dice que en el
segundo par de antenas, el artejo proximal de la rama supe-
rior es tan largo como el proximal y el medial reunidos de
la otra rama, en cambio en los míos ese artejo era bastante
más pequeño. Luego dice también que las cerdas del borde
inferior del caparazón son perfectamente lisas, yo las he obser-
vado netamente plumuladas. No hace mención de las cerdas
terminadas en gancho que hay en el segundo par de antenas,
pero como es un carácter difícil de observar, que podría ha-
ber escapado al autor, no le daré importancia a esa omisión.
Esta especie fué hallada en el canal que sirve de entrada
al Puerto de La Plata, en el mes de Julio de 1914; era poco
abundante, hallándose conjuntamente con Dictphanosoma bra-
chyurum y otros cladóceros que más adelante determinaré.
92 -
FAM. DAPHNID AS (Straus)
DAPHNIA PULEX (de Geer)
Esta conocida especie cosmopolita es la que con más frecuen-
cia se halla de todas las que describo (fig. 9). Como las descrip-
/.'i
l'ig. lo. — Daphnia
pul ex (de Geer)
^ — X 220 — Ros-
tro y primer par
de antenas.
ciones abundan me concretaré a dar solamente los detalles de
mayor interés. En 20 ejemplares medidos obtuve este resulta-
do como largo, sin contar la espi-
na del caparazón, de la que, al lado,
daré las dimensiones: 1.49 mm. y
0.27-1.38 y 0.28- 1.62 y 0.2 3 - 1.62 y
0.32- 1.64 y 0.39 - 1.64 y 0.18 - 1.6 y y
0.38-1.69 y 0.38-1,69 y 0.28-1. y 1 y
0.36-1.71 y 0.36-1.73 _y 0.34-1.74 9/
0.36-1.76 y 0.28-1. So y 0.32-1.80 y
0.34 - 1.89 y 0.39 - 1.94 y 0.39-1.98 y
0.34 - 2.07 y 0.36. Vemos inmedia-
tamente que no existe proporción
entre el largo del caparazón y el
de su espina.
El primer par de antenas es muy
corto, sobrepasando sus cerdas sensitivas la punta del rostro,
que aparece alargado y .con algunas puítas en el extremo,
(figura 10).
FÍ£. ií.— Paplin ia palé. i (do Geer)
O
— X 38 — Protuberancias del
barde superior del post-abdomen .
Las cerdas del segundo par de antenas llegan hasta el bor-
de del caparazón.
Las cuatro protuberancias del post-abdomen, (fig. n) son
muy variables, siendo más numerosos los individuos que tie-
nen el aspecto de la figura d. No se conserva tampoco la pro-
porción entre ellas; así vemos que en la c , la primer protube-
rancia es mucho más grande que la segunda; en cambio en la
b son casi de la misma dimensión. La simple observación de
las figuras dará una idea más exacta de estas variaciones.
Los dientes de la región anal se hallan en número de 10
a 13, habiendo encontrado en un caso 14. La garra posee dos
peines: el proximal con 7 a 9 dientes y el distal con 6 a 10.
Las cerdas post-abdominales son pequeñas.
Esta especie es la que con más frecuencia se encuentra en
los alrededores de La Plata; la he hallado casi exclusivamen-
te en charcos pequeños, de apenas un metro de diámetro
y 0.50 centímetros de profundidad; en las alcantarillas del fe-
rrocarril, que tienen agua depositada durante mucho tiempo,
es también fácil encontrarlas.
Los ejemplares que he utilizado para dar las dimensiones,
etc., fueron hallados en el mes de octubre de 1914, en un pozo
de la estancia «La María» (Tolosa). Había algunas hembras
efipiales.
DAPHNIA SPINULATA Birabén W
hhmhiu
La hembra adulta (fig. 12) es grande; su largo tomado
en 20 ejemplares variaba del modo siguiente: 1.96-2.02 -2.02
2.03 - 2.07 - 2.07 - 2.1 1 - 2.1 1 - 2.14 - 2.14 - 2.16 - 2.16 - 2.16 - 2.20 - 2.2 1 -
2.21-2.21-2.25-2.25-232. Estas medidas corresponden a ejem-
plares de la Provincia de Salta. Hallé la misma especie en La
Plata, pero llegaba a un tamaño mucho mayor, la máxima era
de 3.70 mm. Las efipiales son las más desarrolladas.
La cabeza (fig. 13) es perfectamente redondeada en su par-
te frontal, llegando en la dorsal hasta la región en donde co-
mienzan las púas de la carina; 110 se nota separación entre
(') Apareció en l’hvsis (1917), una nota preliminar.
— 94
la cabeza y el caparazón. No existe depresión alguna antes de
llegar a la extremidad del rostro; algunas veces hay sobre el
borde anterior, muy pequeñas puítas, más visibles en los ejem-
piares jóvenes. K1 rostro lleva en su punta varias púas pe-
queñas y sobre su lado posterior, es decir, el que lleva a las
primeras antenas, encuéntranse tres bordes, de los cuales el
del medio forma un ángulo casi recto con
el lado anterior del rostro; los laterales
originan cada uno una zona arqueada sobre
la cual se articulan las antenas. K1 fornix
comienza sobre el ojo y llega hasta un poco
más atrás de la base del segundo par de
antenas, formando una salieucia cóncava;
termina con una punta aguda dirigida
hacia atrás.
líl caparazón tiene su borde dorsal for-
mando una débil convexidad, en cambio el
ventral es pronunciadamente curvo. El
primero es recto en los ejemplares jóvenes
(fig. 14), el segundo es constante en todos
los casos. Desde el lugar donde termina la
cabeza y a cada lado de la carina, hay una hilera larga de
púas fuertes que corre por todo el lado dorsal hasta la extre-
midad de la espina. E11 el borde ventral las hay también,
pero sólo se inician en la mitad de su longitud, terminando
rig- 13
Daplwia spinulatii. IíiraLén
0-X5S — Detalles de
la cabeza 1‘iimer par
de antenas y labio.
— 9f>
' 1 -N i !f f
V^: • V • /
*<3^3&P2t*
I*'i g*. 14. — Dafthnin s/>t •m/n f,r . 1»irabt*-i
— 9 — X 41 — Joven.
del misino modo que en el dorsal. K11 el lado interno del
caparazón, cerca de la parte media del borde ventral, se
encuentra siempre una hilera de cerdas largas y plumuladas;
todas están muy juntas y va creciendo de adelante hacia
atrás La espina terminal
del caparazón está a con-
tinuación del borde dorsal,
dirigida un poco hacia arri-
ba, diagonalmente respecto
al largo del animal; en los
estados jóvenes es, propor-
cionahnente, mucho más
grande que en los adultos.
La escultura es poco visi-
ble, está constituida por
plaquitas con formas de po-
lígonos más o menos re-
gulares.
El labio (fig. 13) tiene sobre su borde inferior y posterior
gran cantidad de pelitos, con aspecto de cabellera, que va de
mayor a menor; paralelamente se observan varias series de
506 paitas semejantes a las que hay sobre el borde anterior.
El primer par de antenas es corto, tiene forma de cono trun-
cado; las cerdas sensitivas son 9 y sus puntas llegan a la ex-
tremidad del rostro, el cono nunca. Entre el rostro y la ante-
na se encuentra una cerda, que para nada he visto figurar en
las descripciones de las otras especies de Daphnia ni tampoco
en los dibujos respectivos; es tan larga como las cerdas sen-
sitivas. (fig. 13)
El segundo par de antenas 110 ofrece mayores particularida-
des. La extremidad de las cerdas llega hasta el lugar donde
comienza el post-abdomen ; la rama dorsal tiene cuatro artejos,
la ventral tres, siendo el proximal de esta última el más des-
arrollado de los siete.
El post-abdomen (fig. 15) siempre mide un poco más de
la tercera parte del largo total del animal, sin tomar eti
cuenta la espina del caparazón. La relación entre esas dos me-
didas es la 'siguiente en diez casos: = , 2s -- 3.20
& 0.72 0 0 0.65 0 v
2.34 2.16 1.46 2.41 , 2.28
—^-=3.23 —— = 3.32 — - — =3.11 —-- = 3.26 = 3-27
0.72 " o.6s 0.47 0 0.74 0.70
3.°9 2.4} 2.25 . , . . ,
—^- = 2.22 — ^7= — 77= -1.7.0. Las protuberancias de la
parte superior son cuatro. La primera es larga y puntiaguda,
posee pocos pelitos; normalmente está dirigida hacia adelante. La
segunda representa la mitad del largo de la anterior, pero es
más ancha en la base, está bien separada de la primera, es
decir, que 110 es como en D. pulcx ; hállase dirigida hacia
atrás y recubierta por gran cantidad de pelitos. La tercera, en
su primer mitad, está constituida por una parte abultada, sien-
do la otra muy baja, formando una especie de plataforma; el
K i g 15. Daph u i a sp i-
nulata. Btrabén,
^ — X¿8 — Post-abdo-
men visto de lado.
O
+
P'ig. ib. — DapJtuia spiuulata . Birabén
— X I¿8 — Post-abdomen visto de frente
todo está erizado de pelitos dispuestos en hileras. La cuarta
protuberancia es la más pequeña, tiene aspecto de botón. El
espacio que ocupan las bases de las cuatro es mayor que la
mitad del largo del post-abdomen contando las garras.
El borde posterior del post-abdomen, es primeramente cón-
cavo, tornándose convexo poco antes de los dientes anales.
Estos son regularmente g ó jo, pudiendo en pocos casos ha-
ber uno más o uno menos; 110 siempre hay la misma canti-
dad de los dos lados. Para demostrar esto doy a continuación
los números obtenidos en 20 ejemplares: 10 y 10 - 9 y 9 - 10
y 10 - 10 y 10 - 10 y 9 - 10 y 10 - 9 y 10 - 10 y 11 - 10
y 10 - 9 y 10 - 12 y 10 - 10 10 - 10 y 10 - 10 y 10 - n y
10-9 y 10 - 11 y 11 - 9 y n - 10 y n-ny 11-ny
11. Entre los primeros dientes suelen hallarse otros de me-
nor tamaño, que 110 figuran en las cifras dadas. La región
ocupada por los dientes anales representa una tercera parte
de la longitud del borde posterior. Las dos cerdas post-ab-
— 97
dominales son cortas, miden apenas un tercio del post-abdo-
men; están articuladas en el medio y son plumuladas.
Las garras ofrecen caracteres interesantes. Vistas de lado
amenudo aparecen como si tuvieran solamente dos peines,
pero vistas de arriba nos muestran perfectamente que hay tres
peines externos y dos internos (fig. 1 6) ; entre los primeros, el
proximal está constituido por 10 a 15 púas derechas que au-
mentan de tamaño gradualmente, hasta culminar en la del
medio. El peine que le sigue es parecido, pero lleva de 25
a 35 púas. El distal en cambio difiere mucho, ocupa la última
tercera parte, tanto en el lado externo como en el interno y
no tiene púas como aquéllos, sino que está constituido por pelos
muy reunidos. Réstanos decir algo del peine proximal del lado
interno ya que el otro de ese lado no es más que la prolon-
gación del distal del externo; aquel tiene mayor base y su cons-
titución es muy semejante al segundo de! lado externo, aunque
posee mayor número de púas.
El ojo es de tamaño mediano, lo rodean más o menos 12
cristalinos. El ocelo está en el medio de la zona comprendida
entre el ojo y el borde posterior de la cabeza.
MACHO
El macho es más pequeño que la hembra;
.su largo medido en 10 ejemplares variaba del
modo siguiente: 1.15 mm. - 1. 21 - 1.22 - 1.22 -
1.24 - 1.28 - 1.28 - 1.3 1 - 140 - 1.44.
La cabeza en los jóvenes es como en la
hembra, pero en los adultos es un poco di-
ferente; en aquélla la parte más saliente está
situada sobre el ojo, en el macho se halla
justo enfrente o un poco más abajo; el borde
ventral es casi recto no siendo la extremidad
del rostro tan pronunciada.
El caparazón también es parecido al de la
Ffg. \T-Dafi huía spinu-
lata. Hirabén ^ — X12S hembra; su borde dorsal es perfectamente rec-
— primer parde antenas, to y lleva a ambos lados de la carina una
hilera de púas. En el ventral además de las
púas lleva muchas cerdas pinadas sobre el lado interno, seme-
jantes a las que encontrábamos en aquélla, pero que comienzan
en el origen del borde, donde se hallan en muy gran abun-
dancia. La escultura no es tan pronunciada.
El primer par de antenas (fig. 17) es grande, de ancho uni-
forme y lleva un número variable de puítas, que en anillos están
distribuidas sobre todo el largo. En el extremo sostiene un
flagelo largo y grueso que en su parte media sufre una débil
depresión; en su último tercio es abundantemente ciliado. Tam-
bién en el extremo, encuéntranse 9 ó 10 cerdas sensitivas;
entre éstas y la base del flagelo, hay una cerda accesoria, que
110 está situada exactamente en el extremo sino sobre un lado.
El post-abdomen es muy parecido al de la hembra, lleva de
8 a 10 dientes anales y no se nota ningún espacio libre, gran-
de, entre los dientes y la garra. Esta no ofrece mayores par-
ticularidades; algunas veces se observan uno o dos dientes de
los peines un poco más gruesos que los demás.
A esta especie la encontré por primera vez en Talapampa,
provincia de Salta, el 28 de marzo de 1915; se hallaba en
muy gran abundancia en un charco pequeño, que medía ape-
nas un metro de diámetro y unos 50 cm, de profundidad y
en otro cercano mucho más grande y menos profundo, con
agua muy turbia y arcillosa, a 150 metros de la Estación y a
un lado del ramal a Cafayate.
I)e la provincia de La Rioja, de un lugar cercano a la
Capital, el Tiro Federal, el señor Ingeniero. P. M. Capdevila
me proporcionó ejemplares de la misma especie; parece que se
hallaban en condiciones parecidas a las de Salta.
De la provincia de San Luis, en Alto Pencoso, el doctor
Carlos Bruch me remitió ejemplares encontrados en enero
de 1914.
En Río Santiago, cerca de La Plata, en un lugar próximo
a la Plstación del ferrocarril, la había. Algunos individuos eran
mucho más grandes que todos los que había hallado ante-
riormente, midiendo el mayor 3.70 mm. Fueron sacados de
un tanque de cemento armado con apenas 15 cm. de agua
muy arcillosa. Había también en el mismo lugar J)aphma
pulex; llamóme la atención la gran cantidad de machos de
I), spinulata en proporción con los encontrados en Salta. Las
hembras eran efipiales, no así en D. pulex, donde además no se
notaban machos; de las dos especies había individuos jóvenes.
99 —
Esta especie es parecida a D. psittacea Baird, o por lo me-
nos es a la que más se le aproxima.
La hembra se diferencia principalmente por los detalles que
a continuación enumero: el borde ventral del caparazón en
D. psittacea, lleva púas en casi toda su extensión, según dice
Richard, mientras que en D. spinulata sólo se notan desde la
mitad. En la cabeza no cita la cerda accesoria que hay entre
el rostro y el primer par de antenas, en mis ejemplares siem-
pre la he podido observar. Las diferencias principales residen
en el post-abdomen y particularmente en las garras. En 1).
psittacea se hallan en el peine proximal 9 a 10 dientes y
en el distal de 13 a 14; en cambio en D. spinulata en el
peine proximal hay alrededor de 13 púas y en el distal de
25 a 35-
En el macho la cerda accesoria del primer par de antenas
no está inserta en el extremo como en D. psittacea sino que
está sobre un lado de la región distal. En el post-abdomen no
he visto el espacio que en esa otra especie existe alrededor
del canal deferente, en la cual, además, parece que a lo sumo
son 8 los dientes anales mientras que en D. spinulata encon-
tré hasta 10.
Debo recalcar ahora un detalle que he observado en D.
spinulata y en D. pulex. Se trata de la hilera de cerdas que
siempre se encuentra en la parte interna del borde ventral de
cada una de les valvas del caparazón y que se continúa pri-
mero por el borde ventral y luego el posterior por una hilera
de púas bien separadas una de otra. Este carácter lo mismo
que el de la presencia de la cerda accesoria entre el rostro y
el primer par de antenas no lo vi especificado en ninguno de
los trabajos consultados, excepto en el de SvEN Ekman sobre
los Cladóceros de la Patagonia, en donde, al referirse a D.
cavicervix Ekman no dice nada de esos detalles, pero en el
dibujo a más de representar la cerda accesoria, señala una
serie de púas, por su posición semejantes a las que vi; en
cambio a las cerdas del borde ventral ni sicpiiera las indica,
mientras que en las dos especies que tuve oportunidad de es-
tudiar eran muy visibles, y comparables a las que se encuen-
tran en las especies de Simocephalus, aunque un poco más
cortas.
100 -
SCAPHOLEBERIS SPINIFERA Nicolet.
Véase Richard - 1 8gJ pi¡. 26 j
Es una especie pequeña, de color pardo oscuro, caracte-
rizada por llevar gran cantidad de plaquitas con aspecto de
púas (fig. 18). Su largo, sin contar la prolongación del capara-
zón, variaba bastante;
en 20 ejemplares me-
didos lie hallado los
siguientes tamaños:
I) 0.60 - 2)0.60 - 3)
0.61 - 4)0.70 - 5)0.70 -
6)0.72 - 7)0.79 - 8)
0.79 - 9)0.80 - 10)0.85 '
I I) 0.86 - 12)0.88 - 13)
0.90- 14)0.91 - 15)0.91 -
16)0.93 - 17)0.94 - 18)
0.97 - 19)1.02 - 20)1.20.
La cabeza está ne-
tamente separada del caparazón por una inerte incisión, desde
donde, por un borde oblicuo, se dirige hacia la parte anterior,
presentando en la región media, una concavidad; ésta, pronun-
ciada en algunos ejemplares, es en otros, apenas visible. La parte
frontal es perfectamente re-
dondeada, mientras que la
ventral, termina en el rostro
* >
formando debajo del ojo
otra concavidad también va.
riable. El rostro es muy agu-
do y lleva sobre su lado pos-
terior al primer par de ante-
nas. Toda la cabeza, menos
la región frontal, lleva pla-
quitas en forma de escamas,
que, sobresaliendo un poco,
El caparazón no es tan variable como en Daphnía, Diapha-
nosoma, Siniocephahts y Moina. Su borde dorsal varía muy poco
en su convexidad y se une al posterior formando un ángulo
de más o menos 110o. Este borde es perfectamente recto)
lleva generalmente de 10 a 15 púas, y a veces también al-
Fig. 19 — Scaphúleberis spinifera Nicolet
— Q efifial - X 58 —
tienen el aspecto de puítas.
— 101
gunas escamas; en este caso éstas son las más cercanas al
borde dorsal. He hallado ejemplares que solamente tenían
escamas. El borde posterior únese con el ventral formando
un muero, o sea la prolongación que se nota en la termina-
ción del último borde mencionado. Ese muero es de tamaño
poco constante, habiendo encontrado en los 20 ejemplares de
que he dado las medidas anteriormente, las siguientes dimen-
siones, que corresponden, respectivamente, a aquéllas: 1)0.13 -
2)0.15 - 3)0.12 - 4)0.13 - 5)0.14 - 6)0.13 - 7)o-i8 - 8)0.15 - 9)ai3 -
10)0.16 - 11)0.17 - 12)0.20 - 13)0.15 - 14)0.14 - 15)0.17 - 16)0.19 -
17)0.18 - 18)0.22 - 19)0.20 - 20)0.23. Su curvatura es también
variable, generalmente algo arqueada hacia arriba, y, algunas
pocas veces casi recta; 110 tiene púas ni cerdas. El borde
inferior o ventral del caparazón es casi recto, hallándose do-
blado hacia el interior de las valvas; exteriormente, frente al
rostro, se encuentra una protuberancia grande a continuación
de la cual se inicia una hilera de cerdas pinadas, más des-
arrolladas a medida que se dirigen hacia atrás; las primeras
son simples, pero desde más o menos la sexta presentan la
particularidad de bifurcarse, emitiendo una rama dirigida ha-
cia adelante. No he podido determinar con exactitud si las
últimas cerdas son pinadas, (fig. 20) Todo el caparazón está
cubierto por gran cantidad de escarní tas semejantes a las de
la cabeza; como sobresalen un poco, vistas de lado tienen el
aspecto de pequeñas púas, siendo esto notable sobre el borde
dorsal principalmente. La escultura es fácil de distinguir; se
presenta en forma de pentágonos más o menos regulares.
Cuando se trata de una hembra con efipio (fig 19), solamente
el lado dorsal se presenta algo distinto; generalmente después
de la unión entre la cabeza y el caparazón, nótase una segun-
da incisión a continuación de la cual el borde dorsal tórnase
recto y oblicuamente se dirige hacia el posterior. El efipio
ocupa toda la región dorsal y su parte inferior es curva; carece
de escamitas. Su mitad de abajo posee una considerable can-
tidad de pequeños alveolos.
El primer par de antenas (fig. 24) situado en la parte pos-
terior del rostro, es muy corto; casi en el extremo de su bor-
de anterior encuéntrase una protuberancia en donde se articula
una púa larga; en su parte distal lleva más o menos nueve
cerdas sensitivas.
El segundo par de antenas apenas sobrepasa la mitad de la
— 102 —
longitud del caparazón. Su protopodito es largo y angosto, está
recubierto por numerosas puítas en hilera; cerca de su base
se observan dos cerdas pinadas y en la extremidad distal otra,
situada entre las dos ramas. La rama superior tiene cuatro
artejos, el primero, es el más pequeño; su borde distal hállase
rodeado por muchas puítas; el segundo, es un poco más corto
que el tercero, lleva en su parte ventral un grupo de pelitos
y en la distal puítas; el tercero, es a su vez menor que el
cuarto y en su terminación tiene una cerda larga, articulada en
el medio; el cuarto artejo lleva púas en su extremo, rodeando
la base de tres cerdas largas y pinadas. La rama inferior tiene
tres artejos; a la inversa de la superior, el primero es el más
desarrollado, y el más largo de los siete; en su borde dorsal
posee púas pequeñas; ventral y distalmente encuéntrase una
cerda larga; el segundo artejo se le asemeja mucho, pero es
un poco más corto; el tercero lleva en su extremidad también
tres cerdas largas.
El primer par de palas (fig. 22) es sumamente interesante,
principalmente por su extremidad. La rama exterior lleva dos
cerdas, una muy larga, llegándole la otra hasta la mitad; las
dos son pinadas desde el primer tercio. La rama interior lleva
tres bien típicas, situadas en distinto plano; la primera, que
corresponde al lado de las ocho cerdas, es larga y tiene desde
su primer tercio pelitos apenas perceptibles; la cerda que le
sigue, es más corta y lleva en sus bordes, casi en el extremo,
un mechón de pelos finos. Entre las dos, pero un poco más
atrás, hállase una tercera dirigida oblicuamente y caracteriza-
da por tener en su extremo una parte ensanchada que sostie-
ne a un grupo de pelitos que van de mayor a menor; las
cerdas laterales no presentan mayor interés. Debo nombrar
todavía una muy gruesa, relativamente corta y que lleva desde
la base gran cantidad de pelos largos; está situada a la altu-
ra de la base de la primera cerda lateral.
ion —
El post-abdomcn (fig. 23) es tan largo como el borde poste-
rior del caparazón. Su parte dorsal tiene una protuberancia para
cerrar la cavidad incubadora; nótase luego una zona con pelos
en abundancia. Las dos cerdas post-abdoniinales miden tanto
como la mitad del post-abdomen; 110 parecen articuladas en su
/
parte media y solamente su último tercio lleva pelos. El borde
posterior es al principio convexo, en el medio cóncavo y poco
antes de los dientes anales nuevamente convexo. Los dientes
varían mucho en número, habiendo encontrado ejemplares con
cinco, seis, siete, ocho y nueve; los más cercanos a la garra
terminal son los más desarrollados, excepto el último que, en
la mayoría de los casos, es más pequeño. Cerca de la articu-
lación con la garra hay cuatro o cinco púas de distinto ta-
maño. La garra lleva a los lados una hilera de pelitos que
comienza cerca de la articulación, y, diagonalmente va a ter-
minar, pasada la mitad, en el lado opuesto. Sobre el borde cón-
cavo, desde la segunda cuarta parte, hay cuatro o cinco púas
gruesas, no terminadas en punta y algo distanciadas una de
otra; a continuación se distingue un peine de pelitos finos que
termina en el extremo. En el lado interno se notan púas gruesas,
semejantes a las recién nombradas, pero se hallan en número
de ocho a diez, seguidas también por un peine de pelitos.
El ojo es grande, ocupa la mayor parte de la región frontal.
El color de los ejemplares vivos es pardo obscuro.
101 -
lista especie fué hallada en una fuente que se encuentra
detrás del Museo de La Plata; era bastante abundante y vivía
junto con Daphnia pulex. Kn el canal de entrada al Puerto,
también la conseguí.
Richard ha descripto de un lugar cercano a La Plata, de
Adrogué, una variedad que denomina brevispina , fundándose
tan sólo en el hecho de tener la prolongación posterior del
caparazón más corta que la que nicoeet dibuja y describe por
primera vez en la Fauna de Chile con el nombre de Scapho-
Icberis spimfera. Como la breve descripción de este autor dice
muy poco y su dibujo deja mucho que desear, desde el mo-
mento que ni aun el segundo par de antenas está dibujado con
exactitud, es muy posible que haya señalado la prolongación
más larga de lo que en realidad era, o sino que fuera un caso
en que estuviera muy desarrollada; debo recordar a este res-
pecto que en los ejemplares por mí hallados, el largo y la cur-
vatura de dichas prolongaciones variaba. Quiero también dudar
de la existencia de las tres espinas entre la cabeza y el capa-
razón que se ven en el dibujo de nicoi.ET por las razones ante-
dichas, lo mismo que del reducido tamaño del ojo que dibuja.
La forma de la cabeza parece muy poco real. El carácter fun-
damental, el único que en rigor puede tomarse en considera-
ción, es el que ha servido para denominar la especie: la presencia
de espinitas o eseamitas, como quiera llamárseles, es bien caracte-
rística. Al hecho de que nicolet diga que es blanca, no le doy
tampoco importancia, porque los ejemplares que encontré vivos
eran de color pardo oscuro, y conservados en forinol, torná-
ronse claros.
Los ejemplares que hallé en La PJata, difieren muy poco
de los de riciiard. Indico a continuación alguna de esas dife-
rencias. Dibuja recta la prolongación del caparazón y aunque en
mis ejemplares en rigor nunca la he encontrado así, pues general-
mente era un poco encorvada hacia arriba, había algunos que
se aproximaban mucho a la línea recta; no es un carácter con-
veniente desde el momento que es bastante variable. Al dibujar
el post-abdomen, indica su borde posterior formando ángulo
recto respecto al que lleva los dientes anales; yo no lo he visto
en esa forma en ningún caso, y como Richard no dice nada en
su descripción respecto a ese detalle, es aventurado por sólo un
dibujo señalarla como diferencia importante. Sobre la cabeza in-
dica la presencia de eseamitas; en los míos faltaban en la región
— 105 -
frontal. En la forma que yo las he visto, también han sido obser-
vadas por SVEN Rkman al describir la variedad brevispina de
la Patagonia.
Mi descripción coincide con la de RICHARD y con su dibujo por
el aspecto general, por la presencia de escamitas sobre el capara-
razón, por las púas en el borde posterior del mismo, por el largo
del segundo par de antenas, por el tamaño del ojo, y sobre todo
por el post-abdomen, que, dejando de lado la diferencia señalada,
presenta mucha similitud.
Por todas las razones dadas anteriormente, consideraré la va-
riedad brevispina simplemente como especie spini/era.
SVEN ekman da una descripción más completa que la de Ri-
chard e indica la presencia de cuatro a cinco dientes anales;
yo encontré de cinco a nueve.
o. o. SARS describe una especie que denomina S. echinu-
lata, encontrada en Asia Central y dice que es muy semejante
a la var. brevispina, pero que se diferencia por la forma de la
cabeza, por la prolongación posterior del caparazón y por la forma
y armadura del post-abdomen. La primera de estas diferencias
queda anulada desde el momento que en mis ejemplares la
forma de la cabeza no es constante hallándose a menudo, como
indican sars y Richard. Por ejemplo, la hembra efipial que
dibujo (fig. 19), se asemeja a la del primer autor, pareciéndose
la otra (fig. 18) a la del segundo. En cuanto a la prolongación
del caparazón, ya he dicho anteriormente que era variable, y en
lo que se refiere al post-abdomen, es igual en forma y arma-
dura al de mis ejemplares. Por todas estas razones creo que la
especie de sars es también la misma de NICOLET, con algunas
variaciones locales, entre las que habría que señalar la presen-
cia de estrías sobre el caparazón y ausencia de púas sobre el
borde posterior del mismo.
daday hace figurar a esta especie de sars como sinónima
de S. erinaccus, descripta anteriormente por él, en ejemplares
de Hungría, y hallada nuevamente por el mismo en Gourales
(Paraguay); para nada se refiere a la variedad de Richard, y
como termina considerándola idéntica a S. echimdata, reuniré
a estas dos especies junto con la variedad brevispina en una
sola A. spinifera.
— io<; -
SIMOCEPHALUS VETULU3 (O. F. Müller) Schoedler.
Véase LiUjeborg - igoi, pg. 166.
Se diferencia en muy pocos caracteres de la especie euro-
pea; señalaré esas diferencias y
agregaré algunos
Fig. 2\— Simocephalus vetulus (O. F. Müller) Schoedler.
efipial — X 58
datos de
mis observaciones.
A la hembra pode-
mos considerarla en
dos formas, de acuer-
do con la estructura
de la parte posterior
del caparazón. El pri-
mer tipo lo constitui-
rían las cpie poseen
caparazón bajo y sin
púas, entran en él las
hembras efipiales (fi-
gura 24), las parteno-
genéticas jóvenes y
además los machos.
En el segundo tipo
consideraría a las
hembras partenoge-
néticas muy adultas
las cuales tienen el
borde posterior alto y
con púas hasta la pro-
tuberancia (fig. 25)
que en el primer tipo
tampoco se distin-
guía. Las medidas to-
madas en 15 ejempla-
res de las partenoge-
néticasdel primer tipo
son las siguientes, en
milímetros: 1. 57-1.62-
1.62 - 1.64 - 1.66 - 1.73 - 1.75 - 1.78 - 1.80 - 1.80 - x.8o - 1.84 - 1.89 -
1.89-1.90. Con las epifiales obtuve este resultado: 1.40-1.44-
1.50 - 1.55 - 1.57 - 1.58 - 1.58 - 1.60 - 1.62 - 1.62 - 1.64 - x.66 - 1.70 -
1.73-1.80. Las hembras del segundo tipo eran las que alcan-
Fig. 25 — Simocephalus vetulus (O. F. Müller) Schoedler.
O partenogenética coa caparazón alio — X 5S —
107 —
-/aban mayor desarrollo: 1.60- i.óo- 164- 1.69- 1.80- 1.89 - 1.89 -
1.89- 1.92- 1.94- 1.98-2.07-2.07-2.11 -2.34. Los demás caracte-
res en todas las hembras son semejantes.
La cabeza mide más o menos un tercio del largo total, su
borde dorsal forma junto con el frontal uno regularmente curvo.
K1 borde ventral es cóncavo en las inmediaciones del rostro.
EL primer par de antenas (fig. 26) es corto; está situado
sobre el borde posterior de la cabeza, un poco mas arriba del
rostro y detrás del ocelo. En el primer tercio de su lado an-
terior se encuentra una cerda de tamaño variable, articulada
Fig. 26 — Sim ocepha l n s vetulus.
(O. F. Miiller) Schocdler
— ^ — X2S0 — Primer par
de antenas.
Fig. 27 — Simacephalus vetulus. (O F.
Miiller) Schoedler — ^ — X 105 —
Primer par de patas.
en la base; generalmente mide tanto como el largo de la an-
tena. En el extremo de esta última se ven casi siempre nue-
ve cerdas sensitivas. E11 algunos casos he podido distinguir
unas pocas hileras de pequeñas púas.
La cerda prehensil del segundo par de antenas presenta en
su mitad proximal dos hileras de cerdas cortas, situada una
con respecto a la otra a 90o; es fácil creer que no hay más
que una hilera, pues siempre queda la otra perpendicular, lo
cual puede en algunos casos dificultar la observación y hacer-
la pasar desapercibida. E11 su mitad distal la cerda prehensil
lleva pelitos apenas perceptibles, algo más visibles en el
extremo.
El primer par de patas tiene su cerda terminal muy larga
y sólo sobre un lado lleva desde la mitad hasta el extremo
muchas cerditas secundarias; sobre el lado opuesto las hay
también, pero solamente cuatro o cinco, que siempre corres-
ponden a las proximales del otro borde (fig. 27).
IOS
El post-abdomeu (fig. 28) mide más o menos la tercera parte
del largo total. Su borde posterior es en parte cóncavo, en
parte convexo, hasta llegar al codo que limita la región de los
dientes anales. K1 borde anterior respectivamente inferior es
casi recto, lleva varias hileras de puítas. Los dientes anales
se hallan en número variable entre nueve y trece; sus bordes
son algo irregulares y llevan de ambos lados, en la parte media
varias puítas en forma de peine (fig. 29). Los últimos dientes
son los más desarrollados, notándose una desproporción bien
grande entre ellos y los primeros. Cerca de la base llevan
también peines. La garra terminal es grande, mide tanto como
la región de los dientes anales; un poco antes de su articula-
ción nótanse algunas púas; el borde cóncavo está completa-
F!g. 38 — Simot e pítalas vétalas.
(O. F. Müller) Schoeitler
— 9 — X 5$ — l'ost-abdomen
Fig. 29 — Simocephnlus vétalas. (O. F. Müller)
Sclioedler — ^ X 220 — Detalle del post-
abdomen.
mente cubierto por púas apenas perceptibles que van de ma-
yor a menor hasta el extremo. Las cerdas post-abdominales
son cortas y plumuladas desde la mitad hasta el extremo.
El ojo es de tamaño mediano y el ocelo afecta diferentes formas.
Las hembras efipiales son en general las de menor tamaño.
El efipio ocupa la mayor parte del borde dorsal del capara-
zón, llegando lateralmente hasta la mitad de él; en su parte
anterior es redondeado y posteriormente es oviforme. Está
cubierto por gran cantidad de alveolos.
Los ejemplares fueron hallados en los charcos cercanos a
la playa de la isla Paulino; en el canal de entrada al Puerto
de La Plata; en Punta Lara en charcos en las mismas con-
diciones que los anteriores; en Tolosa, estancia «La María»
también en charquitos a pocos metros del arroyo del Gato.
La especie europea se diferencia por muy pocos caracteres
de los ejemplares por mí hallados, lilljeborg describe a .S’. ve-
tulios como teniendo solamente caparazón bajo y sin púas en
la parte superior del borde posterior; SVKN EKMAN (igoo) en
ejemplares de la Patagonia dibuja el borde dorsal mucho más
prominente, pero no señala tampoco púas; STINGELIN, en un
caso anormal de la estructura del caparazón, hace aparecer al-
gunas. Los ejemplares más desarrollados que encontré, tenían
púas y por su aspecto general se asemejaban en un todo a
ó', vetuloides de sars.
Las primeras antenas se diferencian de la dibujada por
LILLJEBORG, por ser la cerda lateral más larga; debo hacer re-
cordar que este carácter podía variar. En cuanto a las cerdas
sensitivas, las señala como si fueran seis o siete, mientras yo
encontré en la mayoría de los casos nueve.
De la cerda prehensil del segundo par de antenas lillje-
borg se ocupa pero sólo indica en la mitad proximal una
hilera de cerditas, mientras yo encontré dos.
En el primer par de patas dibuja el mismo autor la cerda
terminal como si fuera plumulada hasta el extremo en ambos
lados; en mis ejemplares, sólo un lado se hallaba completo; el
otro apenas sostenía unas pocas cerditas.
El post-abdomen es enteramente parecido al queSvKN ekman
describe y dibuja, presentando las mismas diferencias que él
señala con los europeos. LILLJEBORG indica de 9 a 10 dientes
anales; stingelin de 8 a 10 y SVEN EKMAN hasta 13. En mis
ejemplares variaba entre 9 y 13.
SIMOCEPH ALUS SERRULATUS Kocli
Véase Lilljeborg - 1901, pg. 1J9
El largo de las hembras de esta especie varía entre 1.30 mm.
como mínimo y 2 mm. como máximo.
La cabeza (fig. 30) es muy pequeña, comparada con el
gran desarrollo del caparazón ; su borde dorsal se continúa por
el frontal hasta llegar al ventral por una curva regular y forma
con este último borde un ángulo siempre un poco menor que
un recto, encontrándose en el vértice de dicho ángulo varias
púas pequeñas de distinto tamaño; generalmente se ven tres o
110
cuatro, pero en realidad forma un pequeño círculo con más o
menos ocho puítas. El borde ventral es recto en muchos casos,
presentando en algunos una débil concavidad (fig. 30).
El caparazón en su aspecto general es algo distinto de la
forma típica. A continuación de la pequeña depresión que existe
entre él y la cabeza, nótase su borde dorsal casi recto y leve-
mente dirigido hacia arriba, hasta el lugar en que se iniciaría
el borde posterior. Éste es bien característico por la protube-
rancia que presenta en su parte media; está completamente
recubierto por espinas grandes que gradualmente aumentan y
luego disminuyen de tamaño (fig. 30). I.,a mitad inferior del
borde posterior es perfectamente oblicua, lleva en la parte in-
terna de las valvas cerca del borde una hilera de púas peque-
ñas entre las cuales se intercalan varias de mucho menor ta-
maño. El borde ventral es visiblemente curvo; al iniciarse lleva
en su parte interna una serie de púas finas, después de las
cuales comienza una de cerdas largas y pinadas, que recorre
toda la parte interna cercana al borde; termina con cuatro o
cinco más cortas, mejor articuladas en la base y que tienen
corditas secundarias.
El primer par de antenas es corto y algo más angosto en la
segunda mitad. Eleva en su extremidad generalmente diez cerdas
sensitivas, pocas veces hállase otro número. E11 el primer tercio
de su borde anterior encuéntrase una cerda larga bien articu-
lacla sobre una saliencia; además, nótanse tres o cuatro hileras
de púas pequeñas, que se ven con dificultad; son cortas y de
base ancha.
El segundo par de antenas solo puede ser interesante por
la cerda prehensil del cuarto artejo de la rama superior; en su
parte proximal se inician dos series de cerditas afiladas, una
situada a 90o con respecto a la otra; las laterales son más nu-
merosas y se ven fácilmente, en cambio las otras son más di-
fíciles de observar por quedar en una posición perpendicular;
estas últimas son menos numerosas, mucho más largas y muy
delgadas. En el lugar donde terminan estas hileras, se ve algo
así como una articulación, desde la cual y hasta el extremo
hay una hilera de muy pequeños pelitos, que se hacen más
visibles en el extremo, terminando éste un poco encorvado.
El post-abdomen (fig. 30) es casi tan grande como la mitad
del largo total; su borde posterior es ligeramente cóncavo, for-
mando, al llegar a la región anal, un pronunciado codo, desde
donde se prolonga oblicuamente hasta la base de la garra,
formando con el borde anterior un ángulo agudo de más o
menos 60o. Las cerdas post-abdominales son cortas, miden algo
más que la mitad del largo del post-abdomen y son plumula-
das desde la mitad hasta el extremo. Los dientes de la región
anal se encuentran en número variable entre diez y trece, con-
tando los pequeños que están antes de los cinco o seis más
desarrollados. Sobre éstos se distinguen muy fácilmente puítas
secundarias, formando peines de ambos lados y en la parte
media de cada diente, como se ve en S. vetulus. Los prime-
ros dientes suelen hallarse en gru pitos. E11 la base de cada uno
nótase una serie de puítas que muchas veces se hallan irregu-
larmente dispuestas. La garra es grande, ligeramente arqueada
hacia atrás y junto a su base hay seis o siete púas agudas; sobre
el borde cóncavo hay dos hileras: la externa constituida por
dos peines, y la interna por uno, que llega hasta el extremo.
El peine proximal de la hilera externa tiene púas más cortas
que las del distal y en número de 25 a 30; en el distal hay
por lo menos 40 y están más separadas que en el proximal.
El ojo es de tamaño mediano, rodeado por pocas lentes. El
ocelo generalmente es esférico.
Pista especie fué hallada en la isla Paulino, Río Santiago,
lugar cercano a la ciudad de La Plata, en los charcos próximos
a la playa, en tal forma, cpie durante las crecientes el agua
llegaba hasta dichos lugares. En el canal de entrada al puerto
de La Plata la encontré también, entre otras especies de cla-
dóceros.
Las descripciones de esta especie son pocas e incompletas,
por eso la he hecho con cierta extensión. Debo lamentar el
no haber podido encontrar machos ni formas efipiales. Las
hembras que he hallado se asemejan mucho a las que RIU.JK-
borg describe y dibuja como Simocephalus serrulatus, pero no
están del todo de acuerdo con algunos detalles, de los que me
ocupo a continuación. Al borde inferior de la cabeza en nin-
gún caso lo encontré tan pronunciadamente cóncavo como
ULLJ KBORG lo dibuja.
El caparazón es algo diferente en su aspecto general, sobre
todo por la concavidad que se encuentra en la mitad supe-
rior del borde posterior, la que en mis ejemplares es mucho me-
nos pronunciada, riciiard describe una variedad de Río Gran-
de do Sul que estaría en cuanto a ese detalle de acuerdo con
los ejemplares que encontré yo.
En cuanto al post-abdomen lleva en general más dientes
anales que los que señala RIUJEBORG, asemejándose por su
garra terminal a la variedad de Richard.
Como vemos, se trata de diferencias poco importantes, que
consideraré como simples variaciones locales.
MOINA MICRURA Kurz
El largo de la hembra adulta varía principalmente debido
al desarrollo de los embriones. En veinte ejemplares, como me-
didas extremas hallé que el largo oscilaba entre 0.58 mni.
y 0.85 mm. y el ancho de 0.30 mm. a 0.65 mm. Las medidas
mayores siempre han correspondido a las hembras que tenían
los embriones más desarrollados; generalmente estos se encuen-
tran en número de 4. En sólo un caso hallé 5, siendo en la hem-
bra más grande, pues no medía menos de 0.85 por 0.65 mm.
E11 las hembras jóvenes, aunque la cabeza está dirigida un poco
hacia abajo, su borde dorsal queda a la altura del borde supe-
rior del caparazón, mientras que en las adultas este último hace
prominencia. La región que varía es la comprendida desde la
113
depresión entre la cabeza y el caparazón hasta poco antes de
llegar al borde posterior, de modo que la pequeña parte que
los une queda en la misma posición en todos los casos; es lo
que aparece como una protuberancia en la parte posterior de las
hembras adultas (fig. 31)
La cabeza está siempre-
dirigida hacia abajo, su re-
gión frontal es perfecta-
mente redondeada hasta la
depresión supraocular. Su
borde dorsal lleva general-
mente más atrás, otra con-
cavidad situada a la altura
de la base del segundo par
de antenas. Hállase separa-
da del caparazón por una
profunda incisión. El aspec-
to de la cabeza es bastan-
te variable.
La forma del caparazón
en el borde ventral puede
considerarse constante; se
inicia con unas 15 a 20 púas
de más o menos 10 luicio-
nes, articuladas en la base,
llegando esta hilera hasta
la mitad del borde. A con-
tinuación, hállanse púas
mucho más pequeñas, que alternan de trecho en trecho con una
algo más grande; esta hilera se prolonga por el borde poste-
rior, terminando en el lugar donde se
unen las dos valvas. Esta parte, (fig. 32)
presenta interés en su detalle: se trata
de dos bordes convexos que se unen en
forma de U muy abierta, a la entrada
de la cual, y de cada lado, se ve un
diente fuerte terminado en punta fina,
frente a la del lado opuesto, y levemente
dirigida hacia atrás. Hacia el interior se
notan en ambos lados una hilera en forma de serrucho, y en
el de unión, dos pequeñas protuberancias, también con pelitos.
!•' Ig. 31 - Afot'na mit rut a. Kurz. — X 5^ ’ "
a) borde dorsal del caparazón muy desarrollado.
\df
Fig. 31 — Mcina mientra.
Kurz O — X 250 (inmer-
sión)— Detallede la unión
posterior de las valvas.
Kig. 33 — Moina
micrura. Kit t v.
^ — XJ50 (in-
mersión) — Pri-
mer par de
antenas
En algunos casos observé antes del diente otro mucho más
pequeño; algunas veces había dos hileras de pelitos.
Las primeras antenas (íig. 33) son largas, fusiformes y muy
movibles. Están terminadas por siete cerdas sen-
sitivas cortas; llevan más o menos once o doce
anillos paralelos de puítas, y en la parte media de
su borde anterior, una cerda larga, articulada en
la base, a 90° de la cual, obsérvase una hilera
de cerdas que va de un extremo a otro; son algo
más largas que el ancho máximo de la antena.
El segundo par de antenas (fig. 34), contando
las cerdas, sobrepasa al borde posterior del capa-
razón. Su protopodito comienza con varios plie-
gues, sobre uno de los cuales hay una protuberan-
cia, de la que salen dos cerdas pinadas y articula
das en su primer cuarta parte. Entre las dos ramas que salen
de la parte distal del protopodito, encuéntrase una cerda pina-
da y articulada. La rama superior tiene cuatro artejos, la in-
ferior 3 ; aunque
esta última es un
poco más corta que
aquélla, su primer
artejo es el más
desarrollado de los
7. La rama supe-
rior tiene el prime-
ro muy pequeño^
lleva algunos gru-
pos de puítas; el se-
gundo se caracte-
riza por tener en
su ángulo distal y
dorsal una púa *
fuerte; el tercero, p'¡g. 3; — Moina mientra Km/. ^ — X 105 — Segundo par
es más o menos del muem.s.
mismo largo que
el anterior, pero más angosto; en su parte ventral se ven
unos pelitos largos, del lado opuesto puítas y en el ángulo
distal y ventral una cerda larga, pinada, articulada en su
primer tercio. El último artejo es parecido a los dos ante-
riores, termina por tres cerdas largas, semejantes a la recién
— 115 —
descripta y una púa en forma de lanza. La rama inferior
tiene su artejo proximal con muchas hileras de puítas y
sobre su borde dorsal, pelitos; en su ángulo distal y ventral
sostiene una cerda larga y pinada. El artejo medio es seme-
jante al tercero de la rama su-
perior. El último es el más pe-
queño de los tres, mide más o
menos la mitad del primero y
termina, como en la otra rama,
por tres cerdas largas y una
púa grande.
El primer par de patas (figu-
ra 35) es alargado, sobre un
lado lleva seis cerdas pinadas
y en el lado opuesto tres, lo
mismo que en el extremo. Las
que corresponden al borde de
seis y las dos del extremo que
le siguen, llevan pelitos largos
que llegan, en doble hilera, hasta la base, mientras que en las
de más cerdas sólo se ven pelitos cortos y que nunca llegan
hasta abajo.
F!g. 3^ — Moitta mientra, Kur,
P — X 230 (inmersión) — Post-
abdomen.
Fig. 37 — Moi’ta mientra,
Knrz. P — X —
Post-abdoinen déla va-
riedad de Palermo.
El post-abdomen (fig. 36) sobrepasa por lo general al capa-
razón. Su borde anterior respectivamente inferior, es casi recto,
en cambio, el posterior, presenta al llegar a la región anal,
una fuerte depresión, tornándose recto a partir de este punto
nt;
y hasta la base de la garra. Las dos cerdas post-abdominales
son un poco más largas que el post-abdomen; están situadas
sobre una pequeña protuberancia en el ángulo, y articuladas
en su primer tercio, desde donde, y hasta el extremo, son pi-
nadas. Los dientes de la región anal se hallan en número
de 5 a 7; muchas veces no hay la misma cantidad de los dos
lados. Por los números que a continuación doy, tomados en 20
ejemplares, es posible observar esa variación: 7 y 6-5 y 6-
6 y 5 - 5 y - 6 y 6 - 5 y 5 - 6 y 5 - 5 y 6 - 5 y 6 - 5 y 6-6 y 5-
6 y 6 - 7 y 6 - 5 y 5 - 6 y 5 - 5 y 6 - 6 y 6 - 6 y 5 - 6 y 6. K1 primer
número corresponde al lado derecho, el segundo al izquierdo.
Los dientes tienen una forma perfectamente cónica; sobre sus
bordes se observan muchos pelitos de reducido tamaño. Iíl
diente bí f ido que hay además de aquéllos, es mucho más lar-
go; tiene aspecto de pinza, de modo que la rama más peque-
ña hállase articulada en la parte media de la más grande, la
cual le forma una pequeña plataforma; carece de pelitos y sólo
en la base se distingue una hilera diagonal.
Las garras son tan largas como todo el espacio ocupado
por los dientes anales y su forma es de hoz; sobre su borde
cóncavo lleva, desde su origen hasta un poco más del primer
tercio, una serie de puítas más grandes que las de la hilera
que sigue hasta la punta. En el origen del lado convexo hay
una cresta formada por 506 púas dirigidas netamente hacia
atrás. Sobre todo el post-abdomen se distinguen muchos gru-
pos de pelitos que toman distintas direcciones; en el borde
posterior al que lleva los dientes anales se ven muy pequeñas
puítas dispuestas en cortas series.
El ojo es voluminoso, con mucho pigmento y rodeado por
más o menos 12 cristalinos. Ocupa más de la mitad del ancho
de la cabeza.
Estos ejemplares fueron hallados abundantemente en el
Lago del Jardín Zoológico de La Plata.
Debido a influencias externas deben variar bastante; por
ejemplo, encontré en la calle Mame (Palenno), detrás del es-
tadio de la Sociedad Sportiva, ejemplares que creo deben tam-
bién considerarse como representantes de M. mientra. Eran
más pequeños. Las medidas de 15 variaban de largo entre 0.42
y 0.68 mm. Entre las puítas del caparazón que se hallan so-
bre el borde posterior, hay, de trecho en trecho una más grue-
117
sa, pero de la misma longitud que aquéllas; se asemeja ese
borde al que daday dibuja al describir Al. cilíata.
El post-abdomeu (fig. 37) presenta una diferencia intere-
sante, pues lleva cerdas sobre el borde posterior, además de
los pelitos que encontrábamos en los ejemplares de La Plata.
Estas cerdas se presentan también en AI. cilíata.
La única diferencia que hallaríamos entre AI. mientra y
AI. cilíata, consiste en la no presencia de púas y cerditas so-
bre la antena de esta última especie. E11 mis ejemplares, prin-
cipalmente entre los que provenían de la calle Maure, en la
totalidad de los casos parecía imposible que las tuvieran, pero
con suma dificultad en muchas se percibían; dudo que todas
las tengan, y es muy posible que en los ejemplares de daday
fuera aún más dificultosa la observación de este detalle.
Como los ejemplares de la calle Maure y los de La Plata
eran muy semejantes, creo que se trata de la misma especie
algo modificada por razones de ambiente; esto me induce a
pensar que la especie de daday debe ser considerada como
Al. mientra desde el momento que entre las dos formas por
mí halladas se encontraban todos los caracteres referentes a
la especie ciliata.
Los ejemplares primeramente descriptos provenían del lago
del Jardín Zoológico de La Plata; fueron pescados en el mes
de Abril de 1914 y eran muy abundantes. E11 el lago de Pa-
lermo los había también pero mucho menos numerosos. En
el Jardín Zoológico de Buenos Aires, en los tres lagos, pes-
cando desde la orilla en aguas bastante turbias y ricas en
vegetales unicelulares, encontré Al. mientra en gran cantidad.
Es interesante hacer notar que en las mismas aguas vivía
Diapftanosoma brachyurum, cosa que no sucedía en el Jardín
Zoológico de La Plata, que está apenas distante 100 metros
del lago del Bosque, donde únicamente vive esta otra especie.
En la isla Paulino, lugar cercano a La Plata, en unos charcos
de 10 metros por 2, en comunicación con el Río de la Plata
la hallé lo mismo que en el canal de entrada al Puerto, no-
tándose también en este caso la presencia de Diaphanosoma
brachyurum y otras especies. Era en el mes de Mayo de 1915;.
anteriormente nunca había dado con ella en ese lugar. Del
arroyo Chana, pequeño afluente del río Paraná, el doctor CAR-
LOS bruch tuvo a bien remitirme ejemplares de Al. micrura.
118 —
MOINA PLATENSXS Birabén <0
HEMBRA
El largo de la hembra adulta llega como máximo a 1.70
mm., y como mínimo a 1,25. En treinta ejemplares medidos
Fig. 38 — Aíoina platensis Birabén. — X 41 —
obtuve el siguiente resultado: 1.24 - 1.25 - 1.26 - 1.28 - 1.28 - 1.29 -
1.30 - 1.32 - 1.34 - 1.35 - 1.35 - 1.40 - 1.42 - 1.48 - 1.51 - 1.52 - 1.54 -
1.58 - 1.60 - 1.60 - 1.60 - 1.62 - 1.64 - 1.65 - 1.65 - 1.66 - 1.70 - 1.71 -
1.7 1 - . El ancho varía mucho, de acuerdo con el desarrollo de
los embriones.
La cabeza es bien característica; vista lateralmente (fig. 38;
(1) Apareció en 1917 una nota prelimar en Physis.
119 —
su borde dorsal es algo curvo, hasta llegar al frontal que se
presenta recto y amenudo perpendicular al ventral, uniéndose
a éste por una curva. El
último borde nombrado,
algunas veces es recto
hasta el lugar en que
están insertas las prime-
ras antenas, otras veces
es arqueado. Vista desde
la parte dorsal (fig. 39)
es casi cuadrada; su bor-
de anteriores ligeramen-
te convexo, los demás
rectos. Nótanse en el in-
terior los fuertes múscu-
los del segundo par de
antenas, que se unen en
la parte media del bor-
de anterior. La cabeza
está netamente separada
del caparazón.
El caparazón en su
borde dorsal es extraor-
dinariamente variable
según el número y ta-
Fie;, i») - Afoinn élafensh llírabén. V — X 5* — Vlstn ~ , 1 •
, Sv H* ‘ mano de los embriones,
de arriba. ’
no asi el ventral, que es
constante. Este está armado de púas fuertes, bien articuladas
en la base, que en número de veinte a veinticinco forman
una larga hilera que cubre más de la mitad de este borde,
iniciándose a continuación una serie de púas muy pequeñas
que disminuyen gradualmente de tamaño y que termina en el
lugar donde se unen las valvas. En este sitio, fórmase una
escotadura cuadrada, a la entrada de la cual es fácil distinguir
dos dientes y en sus bordes numerosas puítas. La escultura
del caparazón (fig. 40) se presenta cerca de los bordes con
formas geométricas, generalmente exágonos cuyos límites al
alejarse se convierten en líneas largas que se anastomosan de
trecho en trecho. La parte más cercana a las púas articula,
das, hállase cubierta de pelos, notándose un poco más atrás
puítas.
— 120 -
Las primeras antenas (fig. 41; son fusiformes, muy movibles
y rodeadas a lo menos por 18 anillos de púas pequeñas; sobre
el borde exterior llevan de un extre-
mo al otro una hilera de cerdas lar-
gas como el ancho de la antena y en
el medio del borde anterior una muy
larga. Kn su extremo hay general-
mente nueve cerditas sensitivas.
Fig. 40 — Meina p’ateisis. Birabén
+
— X 128 — Kstructura del
caparazón.
Fig. 41 — Moina plalent.il B'rabén
— X 12S — Primer par de an-
tenas.
El segundo par de antenas no tiene particularidades nota-
bles; las cerdas terminales pasan del borde posterior del capa-
razón .
El post-abdomen (fig. 42) es grande, mide más de un tercio
del largo total y es relativamente angosto. Su borde posterior
es casi recto, lleva varias hileras de cerdas cortas, a los lados
de las cuales hay gran cantidad de puítas. La parte anal es
perfectamente cónica, mide un tercio del largo del post-abdo-
men y lleva de 12 a 15 dientes con púas secundarias; además
hay un diente bífido, notándose en su base una protuberancia
ciliada. El número de dientes no siempre es igual de ambos
lados. La garra lleva al iniciarse el borde cóncavo un peine de
púas grandes, son más o menos 10, pero pueden variar de 8 a 13
— 121 -
sin contar ias más pequeñas que hay al principio; hasta la ter-
minación de la garra nótase una fina ciliación. En la base del
lado convexo hay una cresta formada por varios dientes largos
reunidos en la base. Las dos cerdas post-abdominales son algo
más largas que el post-abdomen; después de su primer tercio
tienen una articulación desde la cual y hasta el extremo son
pinadas.
El ojo, situado en la parte frontal, es mediano; su pigmen-
to está rodeado por nueve o diez cristalinos.
El número de embriones varía alrededor de ocho. Alcanzan
a tener un tamaño nfuy grande dentro de la hembra. Las efi-
piales tienen el borde dorsal mucho menos desarrollado, siendo
el efipio más ancho en la parte anterior que en la posterior.
MACHO
El macho (fig. 43) no es mucho más pequeño que la hem-
bra; en seis ejemplares hallé las siguientes medidas: 1.00 mm.
1.04 - 1.06 - 1.09 - 1.15 - 1.21.
La cabeza tiene el borde ventral recto, formando el frontal
una curva que se prolonga hasta unirse con el caparazón.
Lleva en la parte anterior gran cantidad de pelitos cortos y
muy finos, que se observan con mucha dificultad.
122 —
El caparazón en su borde dorsal es casi recto; en el poste-
rior nótase una convexidad que continúa en toda la extensión
del ventral. Este borde se asemeja por las púas al de la hem-
bra, pero lleva lateralmente mayor cantidad de pelitos. Es se-
mejante también por la escultura de las valvas.
El primer par de antenas (fig\ 44) es lo más característico,
miden más de un tercio del largo total, estando insertas late-
ralmente y cerca del borde ventral.
E11 el lugar en que se articulan se
forma a los dos lados de la cabeza
una concavidad de bordes salientes.
Por transparencia se ven poderosos
músculos estriados que salen de la
mitad de la antena y se reúnen en
la línea media de la cabeza con los
del lado opuesto. Las antenas son ar-
queadas hacia adentro, no presentan-
do el codo característico de otras es-
pecies; sobre el borde cóncavo, en la
primera sexta parte, lleva una púa
fuerte, y, hasta la mitad de su largo,
muchos pelitos muy juntos. Parale-
lamente a esta hilera hay grupos de
puítas que se reúnen con aquéllos en
la parte media, desde donde, y hasta
casi el extremo, nótanse grupos de
cerdas muy cortas. En el borde an-
terior, a 90o de la púa nombrada, se
encuentra una cerda larga, y sobre el convexo, es decir, el
externo, lleva en casi toda su extensión cerdas tan largas
como el ancho máximo de la antena; son más numerosas a
partir de la mitad. El extremo es un poco abultado; lleva
cuatro o cinco dientes quitinosos de distinto tamaño y más o
menos seis cerdas sensitivas muy pequeñas.
El segando par de antenas y el post-abdomen se asemejan a
los de la hembra, diferenciándose tan sólo el segundo por la
garra terminal. En el macho, el peine está formado por mayor
número de dientes y son más pequeños proporcionalmente.
Ea ciliación hasta el extremo existe también, pero es mu-
cho más difícil de observar.
Esta especie fué hallada en La Plata, en un charco per-
Fig. 44 — M oiiui pluiensis. Dirabén
p — X *28 — Primer par de an-
tenas.
123 —
nianente que medía de 8 a io metros de diámetro, y distante
6 metros del lago del Bosque, en donde vivía únicamente, y en
muy gran abundancia Diaphanosoina brachyurum Licvin. La
encontré en el mes de octubre de 1914.
La especie que más se aproxima es la que describe RI-
CHARD bajo la denominación de M. Wierzejskii, que es más pe-
queña. En esa especie la cabeza es perfectamente redondeada;
en mis ejemplares siempre era recta la parte frontal y la ven-
tral, muy amenudo.
El aspecto general del caparazón es un poco diferente en
su borde posterior. Richard dice que no ha podido distinguir
reticulación, en cambio en M. platensis no puede pasar des-
apercibida.
En el post-abdomen dice que hay de 9 a 10 dientes anales;
yo nunca he podido hallar menos de 12. En el borde poste-
rior de la parte cónica dibuja un límite bien neto pero no
señala ni uno de los muchos grupos de puítas que en mis
ejemplares hallé. Las garras son algo distintas. Señala aquel
autor un peine y lo dibuja también, formado por 12 a 15
dientes iguales: a continuación y hasta el extremo, hállanse
cilias algo más cortas que la mitad de aquéllos. En mis
ejemplares el peine mayor tiene alrededor de 10 dientes
grandes, siendo los del medio los más desarrollados; antes de
este peine hay otro más pequeño, no situado en el borde y
con sus dientes dirigidos hacia el otro; la ciliación que llega
hasta la extremidad es casi imperceptible.
En cuanto al macho, es también de mayor tamaño. Richard
no lo diseña ni nos dice casi nada de su aspecto general. Las
antenas anteriores se asemejan bastante a las de mis ejemplares,
por su forma general^ pero ni en la descripción ni en el bibujo
nos indica que lleven púas y cerdas. En cuanto a los dientes
anales del macho, difieren de los de M. Wierzejskii del mismo
modo que en la hembra.
Debido o las diferencias halladas entre M. Wierzejskii y mis
ejemplares, principalmente por la forma de la cabeza y del
post-abdomen en la hembra y de la antena del macho conside-
raré una nueva especie que denomino Moina platensis.
La Plata, agosto 16 de 1916.
121
L I T ERA T u R A
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pág. 232
I,os trabajos señalados con (x) no lian sido consultados.
EL USO DE TEJIDOS
KN I, A
FABRICACIÓN DE LA ALFARERÍA PREHISPÁNICA'1 11
EN LA
PROVINCIA DE CÓRDOBA
(República Argentina)
roR
G. A. Gardner, C.A., F.S.A.Scot.
INTRODUCCIÓN
Las observaciones siguientes, sobre el empleo de tejidos
en la manufactura de la alfarería indígena prehispánica, de-
bían formar parte de una memoria que reuniera los resultados
de unas exploraciones arqueológicas emprendidas por mí en
el departamento de Punilla (provincia de Córdoba), durante dos
períodos en los veranos de 1917 y 1918, pero como la memo-
ria dista mucho de acabarse por varias causas, he resuelto
hacer una comunicación preliminar sobre esta materia, en vista
de su naturaleza interesante. Debido al tiempo limitado que
puedo disponer, no me ha sido posible tratar el asunto tan
completamente como hubiera sido mi deseo; espero más tarde
volver sobre ello y completarlo bajo todo punto de vista
esencial.
(1) Prefiero emplear la palabra «prehispánica» a la palabra «prehistórica» paia
evit\r malas inteligencias posibles.
THE USE OF TEXTILES
IN THE
MANUFACTURE OF PREHISPANIC'» POTTERY
IN THE
PROVINCE OF CÓRDOBA
(Argkntine Kepublic)
BY
G. A. Gardner, C.A., F.S.A.Scot.
INTRODUCTION
Tlie following observations on the employinent of textiles
in the manufacture of indigenous prehispanic pottery were to
have been included in a paper embodying the results of ar-
chaeological explorations carried out by me in the department
of Punilla, in the province of Córdoba, during two periods in
the summers of 1917 and 1918, but as the completion of the
paper has been, for various reasons, delayed, I deeided to
make a preliminary commuuieation on tliis particular subject
in view of its specially interesting nature. Owing to the very
limited time at my disposal I have been unable to treat the
matter here as fully as I should have desired, but hope to
return to it later.
Evidence is not wanting of the use of textiles by the pre-
(1) In oriler to avoiil nny possihlc cltronologicn 1 inisconceptions I pretor to use the
wjrd «prehispanic* ratlier than «preliistoric*.
130 -
No faltan pruebas del uso de tejidos por las tribus prehis-
pánicas de la región noroeste de la República Argentina, en
la manufactura de su alfarería (*), pero el procedimiento no
era común.
Entre las muchas tejas recogidas durante el curso de las
referidas investigaciones, habían unas con impresiones de ca-
nasta, y otras con las mismas combinadas con impresiones
de redes. No tengo conocimiento de que algún ejemplar de
alfarería con impresiones de redes se haya encontrado en la
República Argentina y refiriéndome a lo moldeado en ca-
nasta con funda reticular, creo que los ejemplares a describir-
se son los tínicos de esta clase encontrados hasta ahora.
LA PROCEDENCIA DEL MATERIAL
El material de la referencia proviene de unas estaciones
neolíticas ((i) * 3) situadas en aquella parte del valle de Punilla,
que se encuentra entre San Jerónimo y Dolores (provincia
(i) Ambrosetti, Juan 15. Algunos vasos ceremoniales de la región Calchaqui. En Anales
del Museo Nacional de Buenos Aires , t. VII, 2 a serie IV, Buenos Aires, ¡902, pp 131-133,
figs. 4 y 4 a; Boman, Eric. Antiqmtés de la región andine déla Républiqne Argentina el dit
de'sert d'Atacama, París, ¡908, t. I, p. 113, lámina II, fig. 3; p 114; p. 241, lámina XV,
íig. 30; p. 358; Outes, FÉLIX F. Los tiempos prehistóricos y pro/ohistóricos en la provincia de
Córdoba . En Revista del Museo de La Plata . t. XVII, 2 a serie IV, Buenos Aires, 1910-1911,
PP- 357'36í> figs. 98-101; Brucsi, Carlos. Exploraciones arqueológicas en las provincias de
Tucumán y Catamarca, Buenos Aires, 1911, fig. 71, p. 75; p. 70.
(a) No hago referencia a los motivos decorativos aplicados por medio de cordo-
nes, un método muy difundido, y del cual 110 faltan ejemplares en este país Véanse
a este respecto Torres, tlllS María, Arqueología de la 1 nenes del rio Paraná. En Revista
del Museo de La Plata , t. XIV, 2.a serie I, Buenos Aires, 1907, fig. 11 p. 86; fig. 12, p. 87;
fig. 24, p. 101; fig. 27, p. 102; fig. 42, p. 117, y Outes, Félix K., Nuevo jalón septentrio-
nal en la dispersión de representaciones plásticas de la cuenca paranaense y su valor indica-
dor En Anales de la Sociedad Científica Argentina, t. I.XXXV, Buenos Aires, 1918, fig. 2,
p. 50; fig. 3, p. 58; figj. 6 y 7, p. bt y fig. 9, p. 6¿. En la estación San Raque encontré
un fragmento de una de las representaciones antropomórficas de la región, donde una
parte del ornato ha sido aplicado por medio de 1111 cordón. Ameghino ha figurado unos
pocos fragmentos de alfarería con dibujos que sugieren la idea de ser impresiones de
cordones aplicados para fines decorativos, pero sería neetsario practicar un examen
de los objetos mismos, para resolver este punto. Ameghino, Florentino La antigüedad
del hombre en el Plata , París-Buenos Aires, 18SJ-1881, t. I, lámina V, figs. 253 y 255; lá-
mina VI, figs. 254, 236 y 257.
(3) Empleo la voz «neolítica», con carácter de condicional, para expresar el
estado de civilización de las tribus indígenas de este país, las cuales estaban casi to-
das en el período neolítico del desarrollo humano, al llegar el momento de ¡a conquis-
ta española.
- 131 —
liispanic tribes of the north-western región of the Argentine
Republic in the manufacture of theír pottery, (J) but the pro-
cess was not a common one.
Among the maiiy fragments of pottery collected in the
course of the investigations referred to, were a number bearing
imprints of basketwork, and of network combined with basket-
work. I am not aware of any examples of network inipres-
sions on pottery having been found in the Argentine Re-
public, (1 2 3) and, as regards the combination of network and
basketwork, I believe that the specimens to be described are
the only ones of this nature so far observed.
THE SOURCE OF THE MATERIAL
The material in question proceeds from the sites of per-
manent neolithic (:!) settlements situated in that part of the
Punilla valley lying between San Jerónimo and Dolores, in
the province of Córdoba. These settlements are tliree in num-
(1) Ambrosriti, Juan B. Algunos vasos ceremoniales de la región Calchaqui. In Anales
del Museo Nacional de Buenos Aires, vol. VII, jnd Series IV, Buenos Aires, 1902, pp. 131.
133, figs. 4 & 4 a. Boman, Rkic Antiquites déla región andine de la Republique Argentine
ct du desert d'Alacama . Pnris, 1908, vol. I, p. 113, Píate II, lig. 3; p. 114; p. 24!, Pinte XV^
fig. 30; p. 358. Outes, Félix F. Los tiempos prehistóricos y p¡ otohistóncos en la provincia
de Córdoba. In Revista del Musca de La Plata, vol. XVII, 2nd Series IV, Buenos Aires, 1910-
I9IT, pp. 857-361, figs. 98-101. BltUCM, Carlos Bxp/oracipncs arqueológicas en las provincias
de Tncumán y Catamarca. Buenos Aires, 1911, fig. 71, p. 75: p. 76.
(2) I do not refer to iinpressions of eords applied for ornament, of which widely-
spread method there are examples in tliis eountry. I11 this connection tliere may be
cousulted Torres, I.uis María At queologia de la cuenca del rio Paraná. In Revista de!
Museo de L.a Plata, vol. XIV, 2nd Series I, Buenos Aires, 1907, fig. It, p. 86; fig. 12,
p. 87; fig. 24, p. 10 1 ; fig. 27, p. 102; fig. 42, p. 117; and Outes, Félix F. Nuevo jalón sep-
tentrional en la dispersión de representaciones plásticas de la cuenca paranaense y su valor
indicados ■. In Anales de la Sociedad Científica Argentina, vol. I.XXXV, Buenos Aires,
1918, fig. 2, p. 56; fig. 3, p. 58; figs. 6 & 7, p. 61 and fig. 9, p. 62. At San Roque I
found a fragment of an anthropomorpliic figure to wliich part of the ornament liad
been applied by nieans of a cord. Atneghino has figured a few pottery fragments
bearing designs which, it has occurred to me, may be impressions of cords app'ied for
decorative purposes, but an examination of the pieces themselves would be necefsary to
settle the question. Amegiiino, Florentino An antigüedad del hombre en el Plata, París-
Buenos Aires, 1880-1881, vol. I, P ate V, figs. 253 & 255; Píate VI, figs. 254,2568c 257.
(3) The expression «neolithic» when applied to outh America has chronologically a
very different significance from that attaching to it in Kurope, andas used liere must
be uuderstood as limited to describing a State of civilization, the majority of the tribes
ofwhatisnow t It e Argentine Republic having been still in the neolithic stage of human
development at the Spanish Conquest.
de Córdoba). Ras estaciones mencionadas son tres, y a los
fines de mi relato las he denominado, San Roque, El Tablón
y El Balata, según los arroyos o localidades cerca de los cua-
les están situadas.
66‘ 65* 6+“
Mapa para mostrar la situación que ocupa la región arqueológica.
SAN ROQUE
El terreno de San Roque queda entre un arroyo llamado
San Ignacio y su afluente de la Cruz, y consiste en una loma
larga y baja con un espacio plano en su cima, y suave declive
hacia el oeste. Ra mayor parte del terreno está en su primi-
tivo estado, y cubierto con un espeso matorral de árboles y
arbustos espinosos, entre los cuales la acción de la lluvia ha
destapado tejas e instrumentos de piedra. Al extremo sudeste
de al loma hay un claro cultivado, en donde, levantados por
— 133
ber, and for purposes of reference I llave named them San
Roque, the Tablón and tile Balata, froni the streanis or local-
ities near which they are situated.
Map Showitig the situation of the A rehaeolegical district.
SAN ROQUE
The San Roque ground lies betweeu a streani ealled the San
Ignacio and its tributan', the Cruz, and consiste of a long,
low hill or ridge with a fíat space 011 the top sloping slightly
towards the west. The greater part of the ground is in its-
natural state and thickly covered with thorny trees and bushes,
among which the coursing of rainwater down the slope has ex-
posed potsherds and stone implements. At the south-east end
of the ridge a space has been cleared for maize, and here,
turned up bv the plough, and washed out by rain, were niany
-- 134 —
el arado y descubiertos por la lluvia, yacían muchos fragmen-
tos de alfarería con numerosas piedras de moler (>) y otros
instrumentos.
EL TALLÓN
Frente a la estación San Roque, está El Tablón, lecho de
un arroyo seco (-) con barrancas irregulares de tierra arenosa.
Encima de estas barrancas hay una superficie plana de terre-
no en forma de anfiteatro, limitada al norte por una loma baja
y rocosa. La mayor parte de este suelo está sembrada de tejas
y pequeños fragmentos de piedra trabajada, habiendo estado
de tiempo en tiempo bajo de cultivo.
EL BALATA
A dos kilómetros escasos de El Tablón, está la estación de
El Balata, situada sobre una lengua de terreno entre dos pe-
queños arroyos. El terreno se levanta sobre altas barrancas
muy quebradas, y está cubierto con arbustillos achaparrados y
de escasa vegetación. Las barrancas se derrumban continua-
mente, dejando en algunas partes grandes huecos, y en otras,
andenes o bajos de poca profundidad. Esparcidos sobre estos
andenes y descubiertos por las lluvias torrenciales, había un
sinnúmero de fragmentos de alfarería, mezclados con instru-
mentos de piedra.
Casi todos los hallazgos hechos eran superficiales; los de
San Roque y El Tablón sacados a luz por la acción de las
lluvias en algunas partes, y por el cultivo en las otras. El
terreno de El Balata permanece en su estado primitivo, no
habiendo sido nunca cultivado, y con pocas excepciones los
objetos hallados en este lugar han sido expuestos por la ero-
sión.
No existen indicios de diferentes culturas entre las tres es-
taciones, las cuales eran, con toda probabilidad, contemporáneas,
y a pesar de que hasta ahora la gran mayoría de los fragmen-
(1) lís decir, las muelas movibles de las conanas o molinos primitivos, constituidos
por dos piedras, uua fija y otra movible
(2) Uno de los muchos que solo corren en tiempo de creces.
«
135 -
fragnients of potterv witli numerous rubbing-stones (*) and
other iniplenients.
THE TABLÓN
Opposite the San Roque ground is the Tablón i a dry river-
bed (* 2) witli broken banks of sandy soil. At the top of tbese
banks isa level extent of land forming an amphitheatre, bound-
ed on the north by rocky ridges. The level ground, in the
greater part of its extent, was strewn witli sinall fragments of
potterv and chips of worked stone. All this part has been,
froni time to time, under cultivation.
THE BALATA
Nearly two kilometres from the Tablón lies the Balata
ground, situated on a tongue of land between the beds of two
small streams. The ground is raised on higli, brolcen banks,
and is covered witli small, stunted shrubs and scanty grass
The banks are continually breaking avvay, in some places
leaving great cavernous boles, in others shallow shelves or
platforms. All over these shelves, washed out by torrential
rains, are innumerable fragments of pottery together witli stone
impleinents.
Almost all the finds made were surface ones, tliose on the
San Roque and Tablón sites exposed by the action of the
rains in some parts and by cultivation in others. The Balata
ground is in a natural State, never havitig been cultivated,
and witli few exceptions, the objects found there liad been
exposed by erosión. There are no iudications of any differences
of culture between the tliree settlements, wliich were most
probably contemporaneous, and although by far the largest
ntimber of the examples of textile-marked pottery fragments
are from the Balata, — 83.33 7o as compared witli 4.17 % and
12.50 °/o from the Tablón and San Roque respectively — , I think
(t) II y rubbing -ston es I mean the npper or inoveiblc stones of the canana i or mili
stonesusel f or grinding' grain and other food snbstances.
(2) The Tablón is one of the many streams which only iun dnring floods.
— 136 -
tos de alfarería con impresiones de tejidos proceden de El
Balata (83.33 % en este Y comparativamente 4.17 °/0 de El
Tablón y 12.50 % de San Roque), creo que el porcentaje ele-
vado es debido a que las circunstancias para su descubrimien-
to son más favorables en el primero que en los otros dos lu-
gares.
FRAGMENTOS DE ALFARERÍA CON IMPRESIONES
DE TEJIDOS
Los fragmentos a describirse son, como queda indicado, de
dos clases, es decir, aquellos con impresiones de canasta (po-
siblemente en unos pocos casos de telas), y los con impresiones
de red combinado con canasta. He preparado unos moldes
de todas las tejas, obteniendo así una reproducción exacta en
relieve de los tejidos de cordón o mimbre que han dejado sus
rastros en la arcilla. Estos han salido tan claros y nítidos que
permiten reproducir la canasta y demás tejidos, y esto se ha
hecho en el caso de las redes.
En las ilustraciones, la figura (a) es de la teja misma, (ó)
muestra el molde obtenido, y ( c ) es la reconstrucción del te-
jido (!).
I. IMPRESIONES DE CANASTA
He elegido para describirlos catorce ejemplares (1 2) de im-
presiones de canasta. Como la canasta en su relación con el
(1) En la preparación de esta memoria he tenido la cooperación de mi señora,
principalmente en la investigación de la manera de hacer el punto de malla, y a ella
precisamente debo las reproducciones de los variado, tipos de las redecillas, como,
también, las observaciones sobre la parte técnica. I,as fotografías reproducidas en las
láminas débense al distinguido profesor Carlos Brucli, del Museo de I.a Plata, y al Di-
rector del mismo Instituto, el doctor Samuel A. I.afone (jnevedo, un sin fin de aten-
ciones. ; A un os y a otros me es sumamente grato expresarles en esta oportunidad mi
reconocimiento por su cooperación y gentileza.
(2) Estos llevan en mi colección los números R t, T I, II 1, B 2, B 3, 1) 4, B ó, B 7,
B 9, B lo, B 16, B 17, B 1 y, B 20. llay otros fragmentos que no he tomado en cuenta, por-
que las impresiones de ellos no están muy claras, y las variantes del tejido se hallan
ya representadas en las muestras descriptas.
- 137 —
that this is due to circumstances being more favourable to
their discovery at tile Balata tlian at the two other places.
POTTERY FRAGMENTS WITH IMPRESSIONS
OF TEXTILES
The fragments to be described are, as already indicated,
of two classes, namely, those with impressions of basketwork,
or possibly in a few instances, of cloths, and those with im-
pressions of network combined with basketwork. I llave pre-
pared casts of all the pieces, so obtaining an exact reproduc-
tion in reíief of the cord or wicker fabrics whicli llave left their
imprints in the clay. These are so wonderfully clear as to make
it possible to reproduce the basketwork and other textiles, and
this has been done in the case of the network. In the illus-
trations the figure marked (a) is that of the pottery fragment
itself, (¿) shows the mould obtained from it and ( c ) is the re-
construction of the design (l).
I. IMPRESSIONS OF BASKETS OR CLOTHS
I have selected for description fourteen examples (2) of
basketwork impressions. As basketwork in relation to the pot-
ter’s art is already well known, I have not given it the same
attention as that devoted to network, contenting myself with
dividing the examples into five types, rather as a means of
(1) I have been greatly assisted in the preparation of this paper by my wite, par-
ticularly in regard to the in vestigation of the methods of making the network, and to
her I am indebted for the reproductions of the various types of eord netting and
weaving, as well as for the rentarles on the technic. To Professor Carlos Bruch of the
I.a Plata Museun for the photographic illustrations, and to Dr. Samuel A. X.afone
Quevedo, Director of the same Instituto, for much valued assistance in many ways,
my grateful thanks are due.
(2) These are numbered in my eollection as R 1, T i, B 1, B 2, B 3, B 4, B 6, B 7,
B 9, B 10, B 16, B 17, B 19, B 20. I have left out of account a few examples the mart-
inas of which are not very distin et, their varieties of weaving being already represented
among those desciibed.
arte del alfarero es bien conocida, no le lie prestado la misma
atención que al punto de malla, limitándome a dividir las impre-
siones en cinco tipos, más bien como medio de facilitar la des-
cripción y no como clasificación definitiva (Láminas 1 a IV).
Tipo /. Hay ocho ejemplares del tipo i, el cual en su for-
ma más sencilla consiste de vástagos o varillas, probablemente
juncos o tallos de gramíneas de diversos espesores, colocados
uno al lado del otro, cruzados con trama del mismo material
que entra y sale con intervalos más o menos regulares. En
varios casos la trama ésta parece ser de cordón o de fibra tor-
cida. Figura i muestra una parte de un fondo plano (T í) que
mide 26 1,11,1 x 38 in,n y de 9 111,11 a 12 mm de espesor, completa-
mente cubierta con impresiones. La distribución de las pocas
varillas visibles de la trama sugiere la idea de un dibujo, pero
es imposible asegurarlo debido al pequeño tamaño del fragmen-
to. Otras variantes del tipo se pueden apreciar en las figu-
ras 2 y 3, donde dos varillas de ¡a urdimbre están ligadas,
en una manera algo irregular, por tres o más de la trama.
El primer fragmento (B 2) mide 34 I,,m x 37 mm con un espe-
sor que varía de 6 ,u,u a 7 ,“"1 2. Las impresiones tienen la apa-
riencia de un borde decorativo porque ocupan una franja de unos
12 11,111 de ancho, siendo el resto de la superficie completamen-
te lisa. El otro (B 4) es parte de la pared de un vaso. Mide
17 11,111 x 2i 11,111 y apenas tiene 5 mm de espesor. La figura 4
muestra un fragmento (B 20) que mide 45 111111 x 49 111111 con un
espesor que varía de 5 mm a 6 mm ; lleva una impresión, borra-
da en parte, sobre el pulido exterior. Figuras 5 y 6 muestran
la forma más acabada del tipo, siendo la trama mucho más
regular. Una representa un pequeño fragmento (B 3), proba-
blemente de la pared de un vaso, y mide 19 111,11 x 23 111111 con un es-
pesor entre 5111111 y 6 ,nm. El otro ejemplar (B6) es de 26ullllx 27 111111
y y mm de espesor, y formaba parte, tal vez, del fondo de un vaso.
Del pedazo se deduce el modo de tejer esta clase de canasta con
toda facilidad; las varillas de la urdimbre se agrupan en pares
por la trama, que pasa alternativamente por encima y por
debajo de cada par, a intervalos regulares. Esta clase de tejido
se la puede ver sobre des pucos, procedentes, el uno de El
Bañado (*), Quilines, y el otro del Fuerte Quemado. (-) Un
(1) Antiquites etc , t I, lámina II, fig. 3.
(2) Exploraciones arqueológicas etc., fig. 71, p 75.
— 139 —
facilitating description and refcrence tlian as a strict classifica-
tion (Plates I to IV).
l'ypc i. There are eiglit examples of Type i, whicli in its
simplest form consists of rods or strands, probably ruslies or
stems of grasses, of varying thickness, laid side by side with
strands of the same material woven through them at riglit
angíes and appearing at more or less regular intervals. In
several instances the weft seems to be of cord or twisted fibres.
Figure i shows a portion of a fíat base (T i) measuring
26"'"1 x and from 9"111’ to 12"'"' in thickness, entirely covered
with markings. The arrangement of the few weft strands visible
suggests a pattern, but it is impossible to be certain of this
011 account of the small size of the fragment. Varieties of the
type are seen in figures 2 and 3, where two elements of the
warp are bound togetlier with fair regularity by tliree or more
strands of the weft. The first fragment (B 2) measures 34a1"1
x 37m"’, the thickness varying from 6n,m to y™"1. The markings
llave the appearance of a 11 ornamental border, as tliey occupy
a strip of about i2n,,n in depth, the remainder of the surface
being plain. The other (B 4) is part of the side of a vase. It
measures x 2imm and is not quite 5o1"1 thick. Figure 4
shows a fragment (B 20) measuring 45mm by 49ram, the thick-
ness varying from 5mm to 6'”"1, with a partly obliterated im-
pression on the smoothed exterior. Figures 5 and 6 show the
most finished form of the type, the weft being much more
regular. The one is a small piece (B 3), probably from the
side of a vase, measuring J9'.n’" x 23mm and between 5mm and
6mra jn thickness. The other (B 6) is 26nim x 27a101 and 711"11 thick,
and may be part of a base. From it the method of weaving
this kind of basketwork is readily apparent. The elements of the
warp are cauglit up in pairs by the weft, which passes alternately
over and under eacli pair at regular intervals. This kind of
weaving is that seen on bowls from El Bañado (*), Quilines
and Fuerte Quemado (2). A very small piece, 20,nm x 25mm and
about 4mm thick, has five lines of impressions (B 17) (fig., 7).
Lastly there is part of the base of a small vase showing a clear
impression of three rows of basketwork, with, at the junction
of the base and sides, four imprints of cords. The fragment
measures 27“"' x 35"”" and is 9'mn thick (B 19) (fig. 8).
(1) Antiquite$.% etc., vol. I, ríate 11, fig. 3.
(2) Exploraciones arqueológicas , etc. fig. 71» P • 75-
140 -
diminuto fragmento de 20 """ x 25 m"1 2 y de unos 4 mi" de es-
pesor tiene cinco líneas de impresiones (B 17) (fig. 7). Final-
mente hay parte del fondo de un vaso pequeño con una im-
presión distinta de tres hileras de canasta, y cuatro impresio-
nes de cordón en el punto de unión del fondo con las paredes.
El fragmento mide 27 111111 x 35 1111,1 y tiene 9 mm de espesor
(B 19) (fig. 8).
Tipo 2. El tipo 2 está representado por dos ejemplares con
impresiones de canasta tejida en espiral y sobre fragmentos
de fondos. Figura 9 muestra un trozo (R 1) de 33 ,nm x 40 mm
con seis hileras de impresiones distintas; el otro (B 1) mide
42 111111 x 54 111,11 con un espesor que varía de 7 111111 a 10 111111 y
tiene diez (fig. xo). El tejido en ambos casos es comparable con
aquel de dos pedazos de fondos procedentes del lago San Ro-
que, Córdoba (').
Tipo 3. Figura 11 muestra parte de la pared de un vaso pe
queño con imoresiones de una canasta de tejido bastante fino.
Mide 2 1 ulni x 28 111111 y el espesor varía de 3 111U1 a 5 111111 (B 9).
Tipo 4. Parte del borde de un vaso (B 7) lleva sobre la
superficie interna las impresiones muy claras de una canasta de
trama diagonal, o quizá de una tela gruesa (fig. 12). El frag-
mento mide 37 111111 x 38 111111 y tiene 7 111111 de espesor, que dis-
minuye a 4 n,m en el borde. Otra porción de un borde (B 16),
55 111111 x 60 111 m con un espesor que aumenta de 4 n1111 a 7 ,1,m,
muestra sobre la faz interna, entre 15 "lm y 20 111111 del borde,
impresiones que pudieran ser también de canasta o de tela
burda (fig. 13). Piste tipo de tejido es igual al que se ve sobre
un vaso encontrado en La Paya, Salta ('-).
Tipo 5. Las impresiones que lleva el único ejemplar de este
tipo son probablemente las de una tela (B 10) (fig. 14). El
pedazo mide 31 111111 x 41 U1U1 con un espesor de 6 111111 a 7 m,n.
De los catorce ejemplares de impresiones de canasta y
de tela, 11 (el 78.57 %) llevan impresiones externas; sólo 3
(el 21.43 %) son internas. Se notará precisamente que estos
tres ejemplares son aquellos cuyas impresiones se han juzgado
como oriundas de telas.
(1) Los tiempos etc., figs. 99 y 100, pp. 358 y 359
(2) Antiquités etc , t. I, lámina XV, fig. 30.
141
Type 2. Type 2 is represented by two examples of coiled
basketwork on fragments of bases. Figure 9 shows one piece
(R 1) 33"'"1 x 4o™"1, with six rows of distinct impressions. The
other (B 1) measures 42,,im x 54m,n, with a thickness varying
from 7ram to iomm, showing ten rows of coils (fig. 10). The
weaving in both cases resembles that 011 two portions of bases
from Lake San Roque, Córdoba (1).
Type j. Figure 11 shows part of the side of a small vase
with impressions of a fine, closely-woven basket. It measures
2immx 28""", with a' thickness varying from 3mm to 5'""' (B 9).
Type 4. Part of the lip cf a pot (B 7) bears 011 the inner
surface the very distinct marks of a diagonally woven basket
or coarse cloth (fig. 12). The fragment measures 37n,m x 38"”"
and is jmm thick, diminishing to 4mm at the rim. Another
portion of lip (B 16), 55"1"' x 6omra, with a thickness increasing
from 4mm to 7mm, shows 011 the inner side, between i5mtn and
20mm from the edge, markings such as would be caused by a
basket or coarse cloth (fig. 13). Tliis type of weaving is that
sliown on a vase from La Paya, Salta (2).
Type 5. The impressions 011 the solé example of this type
are probably caused by a cloth (B 10) (fig. 14). The piece
measures 3imm x 41ra111 and is from 6mm to 7mm thick.
Of the fourteen examples of basketwork and cloth im-
pressious 11, or 78.57 %, bear external markings, only 3, or
21.43 % being marked internally. It will be noted that the in-
ternally marked examples are the tliree on which the impress-
ions are probably tliose of cloths.
(]) Los tiempos , etc., figs. 99 & loo, pp. 358 & 359.
(2) Antiguitcs, etc., vol. I, Píate XV, fig. 30.
II. IMPRESIONES DE RED EN COMBINACIÓN
CON LAS DE CANASTA
I. LA RED Y EL MODO DE SU FABRICACIÓN
Son diez (') los fragmentos de alfarería que llevan impre-
siones de estas redes. Para empezar, liaré la descripción deta-
llada de dichos ejemplares con un estudio general de las
redes mismas, tomando por base los moldes obtenidos (Lámi-
nas V a IX).
La parte técnica es algo complicada, pero un examen pro-
lijo de los moldes ha permitido, no sólo establecer ciertos tipos
fijos, sino también la reproducción de todos los varios dibujos
con hilos de algodón.
May dos clases distintas de tejido, según el método de ma-
nufactura : —
1. Red de malla;
2. Tela de telar o marco.
La primera es de dos géneros, que se pueden clasificar se-
gún la forma de la malla, como ser de losanje o romboide
(fig. 15), y cuadrada (fig. 16) (Lámina V), y son ellos, en su
aspecto, iguales a las mallas de actualidad con dos diferen-
cias:
i.° El nudo difiere del usado en las mallas modernas, sien-
do en todos los ejemplares por mí estudiados tal como repre-
sentan las figuras 15 c y 16 c. La figura A (Lámina VI)
demuestra la manera de hacer el nudo y nos dará una idea
más clara del procedimiento que otra cualquiera explicación
verbal.
2.0 Los nudos están todos hechos en el mismo lado del
tejido (figs. 15 c y 16 í) de modo que presentan un aspecto
uniforme, mientras que en lo moderno, como que se le da
vuelta al terminar cada hilera, la nueva comienza al revés,
quedando los nudos alternativamente así también. En esta red
de malla antigua, o debían principiar con un hilo nuevo para
cada hilera, a lo sumo para dos, o las mallas se anudarían unas
tras otras en círculo sin parar. Se ha tenido en cuenta la po-
(1) Aquéllos llevan los números R 2, K 7, B 11, B 12, B 13, B 1 5 , B 18, B 21, B 22
y B 23. Se omiten unos pocos fragmentos por ser las Impresiones algo borradas.
143
II. 1MPRESS10NS OK NETWORK COMBINED WITH
BASKETWORK
I. TIIIÍ NETWORK AND TITA IUKT1IOD OI* ITS MANUFACTURA,
The fragments oí pottery bearing network impressions are
ten (J) in number. I sliall prefaee tlieir detailed description
with a general study of the network itself, founded on the
casts obtained froni tliem (Plates V to IX).
The teclinic is somewhat complicated, but a very carefnl
examination of the casts has pennitted not only the establish-
ment of certain íixed types, but also the reproduction of all
tlie patterns in eotton threau.
'l'here are two distinct methods of manufacture: —
1. Netting;
2. Weaviug.
The uetted cordwork is of two kinds, which may be classi-
fied, according to the shape of the inesh, as lozenge-shaped
(fig. 15), and square (fig. 16) (Píate V). These are similar in
appearance to the same kinds in modern netting, with two
differences.
ist. The knot is different from that in modern netting. In
all the e.xamples examined by me the knot is as in figures 15 c
and 16 c. It will be more clearly seen in figure A (Píate VI),
which also shows how it is made, and a stndy of this figure
will give a better idea of it than could any verbal explanation.
2ud. The knots are all worked 011 the same side (figs. 15 c,
16 c\ so that tliev present a uniform appearance, whereas in
modern netting, which is turned at the end of each row and
worked back Oii the other side, the altérnate rows show the
wrong side or back of the knot. In this ancient netting eitlier
a fresh tliread must llave been started for each row, or at least
for each two rows, or the netting must llave been worked
round and round in a circle. The possibility has been con-
sidered of its liaving been worked round the basket itself, which
is probably what was done with the woven cordwork to be
considered next, but with actual netting, according to the
(1) T ti ese bear the distinguishing mitnbe.'s R 2, R 7, B 1 1, B 12, B 13, B 15, B 18, B 21, B 22,
B 23. A few indisttnctly marked fragments are omitted.
144 —
sibilidad de que la malla se haya tejido alrededor de la misma
canasta, lo más probable en el caso de la tela de marco de que
se tratará más adelante, pero, respecto a la verdadera red de
malla, a lo menos según las reglas modernas para su manu-
factura, este procedimiento hubiera sido difícil, sino imposible,
particularmente en el caso de la de malla cuadrada.
El otro tipo de punto (figs. 19 y 24) (Láminas VII y IX)
es tan semejante al de malla en cierto modo, que a primera
vista parecía ser red de malla, pero resultó ser un parecido y
nada más. En primer lugar, el espacio entre los cordoncillos
es oblongo, mientras que en la red de malla, debido al proce-
dimiento tecnológico por el cual el nudo se tira siempre al
centro de la presilla, tiene que ser forzosamente equilátera. En
segundo lugar, otro examen puso en evidencia que todas las
líneas que corren en un mismo sentido y forman los lados cortos
del oblongo, consisten en hilos dobles, mientras que aquellos
que los cruzan en ángulo recto son simples, lo que prueba que
estas redes de cordones no son de malla sino de telar.
Hay dos variedades de este tejido de cordones. En la pri-
mera, como se ve en la figura 19, la urdimbre se compone
de hilos horizontales, que distan 5 mm el uno del otro, cru-
zados por los hilos dobles de la trama con intervalos de 10 ,nin.
De estos hilos gemelos, que tienen el mismo punto de arran-
que, uno pasa en forma de presilla por atrás de uno de los
hilos de la urdimbre, mientras que la punta se lleva
por encima del mismo, bajándola después ensartada por
la presilla, y en seguida se tira del hilo para apretarlo, for-
mando así algo que parece nudo. El otro hilo sólo pasa por
detrás de la urdimbre. Los dos hilos éstos entonces cambian
de lugar y de destino como trama, cruzándose antes de llegar
al hilo inmediato de la urdimbre, de manera que los dos se
anudan alternativamente sobre los hilos, también alternados,
de la urdimbre (fig. B) (Lámina VIII). En la segunda variedad
( fig. 24) la urdimbre es diagonal, estando los hilos separa-
dos 2mm5, y los lulos de la trama, en pares como antes, los
cruzan perpendicularmente a intervalos de 5 nim. Forma todo
esto una red compacta, de aspecto muy complicado, y a pri-
mera vista parecía ofrecer grandes dificultades en la reproduc-
ción del esquema, pero al examinarlo con detención, éste resultó
ser muy parecido a la variedad ya nombrada, y aparte de la
urdimbre diagonal y la mayor contigüidad de los hilos, su única
145
modern principies oí its manufacture at least, this would be
difficult, if not impossible, especially in the case of tlie square-
meshed variety.
The otlier type of cordwork (figs. 19 & 24) (Plates VII & IX)
is so similar to the netted type in certain points, the knot
itself being identical in appearance, that it vías at first taken
for netting, but this idea ivas soon abandoned. In the first
place, the space betveen the cords is oblong in shape, whereas
in netting, owing to the fact that the knot pulís always into
the centre of the loop, the mesli must of necessity be equila-
teral. In the second place, further examination made it clear
that all the lines running in one dircction and forming the
sliort sides of the oblong, consisted of double threads, while
those running at right angles to them were single, which
proves that the fabric was not netted but woven.
There are two varieties of this woven cordwork. In the first,
as seen in figure 19, the warp consists of horizontal threads 5',,m
apart, crossed by the double threads of the weft at distances of
xomm. Of these two threads, botli of which start from the same
point, one is passed in the form of a loop behind a thread of
the warp, while the end is brought up over the warp thread
and then down through the loop thus made, which is tlien
pulled taut, forming an apparent knot. The otlier thread simply
passes behind the warp thread. The two tlien change places,
Crossing each otlier before reaching the next warp thread, and
exchanging functions, so that the two threads are knotted in
turn on altérnate lines of the warp (fig. K) (Píate VIII). In
the second variety (fig. 24), the warp is diagonal, the threads
being 2,nn,5 apart and the weft threads, in pairs as before,
cross them perpendicularlv at intervals of 5™'”. It forms a cióse
net of very complicated appearance, and seemed at first to
offer great difficulties in working out, but on examination,
the design proved to be very similar to that in the first-named
variety, the only differeuce, apart from the diagonal warp and
the greater closeness of the work, being that each weft thread
after forming its knot 011 a warp thread, passes over instead of
under the next one (fig. C) (Piale IX). It is a snggestive fact
that, wlien a piece of this woven network is unfixed from the
frame in which it is made, the so called knots slacken, and
the whole fabric, so f irin and regular before, becomes loose and
apparently utiserviceable. There seems little doubt that it must
in¡
diferencia es de que cada hilo de la trama, después de formar
su nudo sobre un hilo de la urdimbre, pasa por encima en vez
de por debajo del hilo siguiente (fig. C) (Lámina IX).
Un hecho muy sugerente es que cuando una pieza de esta
malla así tejida se saca del marco en que se ha confecciona-
do, todo el tejido, tan firme y ajustado como antes estaba, se
afloja y queda a la simple vista inservible. Cabe poca duda
que estas redes deben haber sido tejidas sobre las canastas
mismas, o como procedimiento tecnológico del momento, o
para utilizarlas ulteriormente en la manufactura de futura al-
farería.
2. DESCRIPCIÓN DE LOS FRAGMENTOS CON IMPRESIONES DE RED
Puede establecerse de las precedentes observaciones tecno-
lógicas, que estas alfarerías reticuladas se dividen en dos gru-
pos, según el tipo de su elaboración: grupo i.n, con red de
malla (Láminas V y VI); grupo 2.u, con red de telar (Lámi-
nas VII, VIII y IX), y que éstos pueden subdividirse cada
uno en dos variedades. Según cada tipo y sus variantes se
han clasificado los fragmentos de esta alfarería.
GRUPO I.° CON RED DE MALEA
Variedad (a). Esta variedad de malla romboidal está enmol-
dada sobre un minúsculo fragmento (B 23) de unos 1411'111 x 14"1"1
y de casi 7 ,UIU de espesor (fig. 15).
Variedad (b). En la variedad (b) la malla es cuadrada y
está representada por tres ejemplares. El primero (R 7) es una
parte del asa de un vaso, del cual se desprendió, llevándose
consigo algo de la cara interna, 26 111111 x 47 nini, que ostenta
impresiones de una red sobre las de la canasta (fig. 16). Otro
ejemplar (B 12) consiste en cinco fragmentos reunidos, que pa-
recen, según su curva, proceder de la pared de un vaso. Mide
47 "u" x 51 mm con unos 6 111111 de espesor, y está enteramente cu-
bierto con hondas impresiones del mismo punto de malla sobre
canasta (fig. 17). Un pedazo muy pequeño (B 11), 14 111111 x 22 nim,
también de unos 6 111:11 de espesor, tiene impresiones de igual
tipo (fig. 18).
— 147 —
llave been worked on the baskets, either as a part of tlieir
manufacture or with a view to tlieir subsequent use in the
makiug of pottery.
2. DESCRIPTION OF THE FRAGMENTS REA RING NETWORK
IM PRESSIONS
It will be seen from the foregoing remarks that the network
may be rlivided into two groups, according to niethods of-
manufacture, Group i, Netted Cordwork (Plates V &. VI)(
Group 2, Woven Cordwork (Plates VII, VIII & IX), and that
tliese may each be subdivided into two varieties. According to
these tvpes and varieties the fragments llave been classified.
GROUP I, NETTED CORDWORK
Variety (a). Tliis variety is represented by a minute frag-
ment (B 23) of about 14'"’" x I4mm and nearly 7,nm thick
(% 15)-
Variety (b). Variety (b) is represented by three examples,
the first (R 7) being a portion of the handle of a pot wliich
lias broken away, taking with it some of the inner surface of
the vessel, 26'"m x 47""", bearing the impressions of a net over
basketwork (fig. 16). Another example (B 12) consists of five
reunited fragments, whicli appear from their curved form to be
from the side of a vase. The piece measures 47“"' x 511"’"
with a thickness of about 6""n, and is entirely covered with
deep impressions of netting over basketwork (fig. 17). A verv
small piece (B 11), 14"”" x 22””" and about 6”"" thick, shows
exactly the same markings (fig. 18).
GROUP 2, WOVEN CORDWORK
Variety (a). The pieces showing tliis variety of network
are five in number (B 15, B 18, B 21, B 22, R 2), all of small
size, the largest being only 2imm x 26mm, with thicknesses
varying from 6mm to 8mm (figs. ig, 20, 21, 22 and 23).
Variety (b). Tliere is but one example of tliis variety of
network, the impressions of which are deeply marked in a
fragment of the side of a vase (B 13). The piece measures
24n,,n x 25mm and is a little over 5'nm in thickness (fig. 24).
148 —
GRUPO 2° CoN red de telar
Variedad (a). Son cinco las piezas que muestran esta varie-
dad de impresión reticulada (B 15, B 1 8, B 21, B 22, R 2), todas
de tamaño reducido; la mayor 110 pasa de 21 luin x 26 mm, con
espesor que varía desde 6 I11UI a 8 n,m (figs. 19,20, 21,22 y 23).
Variedad (b). Las impresiones de esta variedad quedan hon-
damente marcadas en un fragmento de la pared de un vaso
(B 13). El pedazo mide 24 111111 x 25 111111 y un poco más que 5 111,11
de espesor (fig. 24).
Las impresiones de canasta aparecen muy claras debajo de
la reticulación en R 7, B 12, B n y B 15 (figs. 16, 17, 18
y 19) y en cada caso parecen ser del tipo i.° tejido de canasta.
Todos los diez ejemplares tienen las impresiones sobre el
lado interior de la teja.
PROBABLE OBJETO DEL USO DE LOS TEJIDOS
Y DE LAS REDES
De los conocidos ejemplares de alfarería que llevan im-
presiones de canasta, se puede inferir que esta ha sido uti-
lizada de dos distintos modos: en esteras o esterillas, sobre
las que ponían los vasos, durante o inmediatamente después
del modelado, con el objeto, sin duda, de evitar la adhesión
de tierra o arena en su parte inferior; o de no, en la for-
ma de canastas, dentro o sobre las cuales la pasta se mo-
delaba en la forma deseada. Estas canastas probablemente
desaparecieron durante la cocción, salvo en los casos en que
sus formas eran tales que permitiesen sacar el vaso después
que la pasta perdiera su plasticidad, con el consiguiente enco-
gimiento (*). Se utilizarían telas burdas y redes, como aquéllas
(i) Algunos vasos ceremoniales etc., fig. Antiquités etc., t. I, lámina II, fig. 3; Explora-
ciones arq otológicas etc., fig. 71; Cusiiing, Fkank Hamilton. A Study of Pueblo l'otlery as
illustrative of Zuni Culture Growth • En el Fourth Animal Refort of tlie Burean of Etimo •
lo&y, 1882-83, Washington 1886, p. 501; íIoi.mi.s, Wii.uam II Ahoricjual P^ttery 0/ lite
Eastern United States. En e¡ Twentiefh .1 anual Eeportof tile Barran cf American Etiino-
logy , 1898-99, Washington, 1903, fig. 31; Hulmks, VVilliam II. Use of Textiles in Pottery
Mailing and Embellishment . En American Antkrop ologist (New Series), t. 3, no. 3, New York,
1901, lámina VII, fig. a.
- 149 —
The impressions of basketwork appear very clearly under
those of tile network in R 7, B 12, B ti and B 15 (figs. i6?
17, 18 and 19), and, in every case, seem to be of Type 1 of
weaving. All the ten ex ampies are marked internally.
THE PROBABEE APPLICATION OF THE TEXTILES
From known examples of pottery bearing impressions of
textiles it can be gatliered that basketwork was used in two
ways, in fíat pieces or mats on which to stand the vessels
during or immediately after modelling, donbtless witli the
object of preventing the adhesión of eartli or sand to the wet
bases, or in the form of baskets, within or over which the
clav was moulded to the desired shape. These baskets were
no doubt destroyed in the process of firing, except in those
cases where their shape was such as to permit of the removal
of the vessel after the clay liad shrunk in drying f1). Coarse
cloths and nets, such as those woven from the fibre of the
chaguar (2 3 *), were 110 doubt also used, botli as a protection
from the ground and also for the support and handling of the
completed but unfired articles. Native potters of the present
day use nets (:i), cloths ('), or even dried grass (5), to prevent
contact witli the eartli. The practice of placing the pottery 011
mats of clotli or wickerwork was apparently coninion, but
evidences of the fashioning of the entire vessel in or over a
basket are rare.
(1) Algunos vasos ceremoniales , etc., fig. 4; Antiquités, etc., Vol. I, Píate II, fig. 3; Ex-
ploraciones arqueológicas , etc., fig. 71; CüSHtNO, Frank TIamii.ton. A Study of Pueblo Pot-
tery as illusiraiive of Zuñí Culture Growlh. In tile Fourtk Animal Report of the Burean of
fil/tnology, 1882-83, Washington, 18S6, p. 501; IIor.MES, Wu.i.iam H. Aboriginal Pottery
°f the Easiern United States. I11 tlic Tsventieth Animal lleport 0/ the Burean of American
Ethnologv , 1898-99, Washington, 1903, fig. 31; Holmes, William II. Use of Textiles in
Pottery Maktng and Embellishrnent I11 American Anthropologist New Series), vol. 3, no. 3,
New York, 1901, Píate VII, fig. a.
(2) One of the Bromeliaceae, from whose leaves the natives obtain a strong fibre,
witli which they manufacture core! for bags, nets etc.
(3) OuriiS, Félix K. La cerámica Chiriguana . In Revista del Musco de la Plata, vol.
XVI, 211 1 Series III, Buenos Aires, 1909, p. 122.
(.f) Antiquite's, etc. vol. II, p. 479.
(s) Information com municate l to me by the Revd. Canon H. T. Morrey Jones.
— 150 —
hechas de las fibras del chaguar (‘), seguramente para evitar-
contacto con el suelo, como también para facilitar el sostén y
manipulación de los vasos en su estado de plasticidad antes
de la cocción. Las alfareras indígenas de les tiempos actuales
utilizan redes (1 2), telas (3) y aun hierba seca (4), con objeto de
evitar el contacto con la tierra de los vasos en construcción.
La costumbre de poner la alfarería sobre esterillas de tela o
de mimbre era, al parecer, común, pero los indicios de la fa-
bricación del vaso dentro de canasta, o encima de ella, raros son.
I. LA CANASTA HORMA
Cuatro de los ejemplares con impresiones de canasta son
pedazos de fondos, es decir, T i, B 19, R 1 y B 1 (figs. t, 8,
9 y 10). En todos estos, las impresiones son externas, debido
a que el vaso ha sido puesto sobre una esterilla pajiza, o mo-
delado dentro de canasta. La base más común encontrada en
las estaciones de donde provienen los fragmentos así estampa-
dos, es muy cóncava exteriormente, y muchas conservan líneas
paralelas, como de la estera, alrededor del borde del fondo, lo
que, si se agrega a la falta de impresiones sobre las paredes,
donde todavía quedan partes de ellas, parece demostrarnos que
tales líneas se deben a la colocación de los vasos sobre estera
de mimbre para secarse. T 1 probablemente es un ejemplar
de este procedimiento; su fondo, en este caso, es plano, y por
consiguiente marcado en toda la superficie. En el caso de B 19
(fig 8) se podría pensar que hubiese sido puesto sobre una
esterilla circular, y levantado, mientras estaba en cieito estado
de plasticidad, por medio de cordoncitos atados con este destino,
pero, a juzgar por la ubicación de estas impresiones, parece
mucho más probable que el vaso haya sido modelado dentro
de una canasta en la fabricación de la cual se utilizaron cor-
dones. Se impone por los fragmentos B 2 y B 20 (figs. 2 y 4), que
se recurrió a este procedimiento, casos en que el material de la
(1) Una de la familia Bromeliaceae, de cuyas hojas los indígenas obtienen una fibra
fuerte, con la que fabrican cordones para bolsas, redes etc.
; j) Outes, Félix F. La cerámica Chit iguana l*n Revista cid Museo Je La Plata, t XVI,
z. a serie III, Buenos Aires, iyoy, p. 122.
(3) Antiquites etc., t. II, p. 479
(4) Da'o comunicado por el R. Canónigo H. T. Morrey Jones.
- 151 -
I. BASKETWORK
Four examples are portions of bases, naniely T i, B 19,
R 1, and B 1 (figs. 1, 8, 9 & 10). In all, the markings are
externa!, caused by the vase liaving been set on a wicker mat
or modelled inside a basket. The most usual type of base found
at tlie places froni which these impressed fragments come, is
very concave externally, and many show parallel lines of
wickerwork impressions round the edge only, which, in con-
junction with the absence of markings 011 the sides, where
portions of these still remain, seems to show that the impress-
ions are the result of the pots liaving been set on wickerwork
mats to dry. T 1 is probably an example of this, the base being
in this case fíat and therefore marked all over. B 19 (fig. 8)
miglit be thought to llave been set upon a circular wicker mat
and tlien lifted up 011 it while still wet by cords attached to
the sides, but judging by the position of the cord imprints, it
seems much more probable that the pot has been modelled
inside a basket in which cords were used to bind the wicker-
work together. That this method of construction was followed
can be seen in B 2 and B 20 (figs. 2 & 4), where the elements of
the warp are bound together by cords. As regards R 1 and B 1
the impressions are in all probability the result of the entire
vessels being moulded inside baskets, the form of the woven
work indicating ratlier the base of a basket tlian a simple mat.
There are two fragments of the lips of vases, B 7 and B 16
(figs. 12 & 13), and in eacli case the markings are internal. I11
B 7 the impressions extend to the mouth of the vessel, while
in B 16 they do not quite reach it. As regards the other
pieces, I llave examined them very carefully, comparing them
with the many examples of plain pottery found with them,
and taking into considerado!! such indications as the curve
and the appearance of the surfaces, llave come to the con-
clusión that the pieces numbered B 2, B 4, B 3, B 17, B 9
and B 10 are portions of sides (figs. 2, 3, 5, 7, 11 & 14). The
impressions are external in some and interna! in otliers. Those
with external markings are B 2, B 4, B 3, B 17 and B 9
(figs. 2, 3, 5, 7 & n), the internally marked ones being B 7,
B 16 and B 10, (figs. 12, 13 & 14). In two instances, B 20
and B 6 (figs. 4 & 6), it is difficult to decide whether the
fragments are from bases or sides, although the probability
is that they llave formed part of sides, i 11 which case the
impressions are external.
152 -
urdimbre estaba ligado por cordones. Con respecto a R i y
B i, las impresiones son, con toda probabilidad, el resultado
del modelaje de los vasos dentro de canastas, indicando la for-
ma del fondo más bien cjue es de canasta y no de plana es-
terilla. Hay dos fragmentos de los bordes de vasos, B 7 y B 16
(íigs. 12 y 13), y en cada caso las impresiones son internas.
En B 7 las impresiones se extienden hasta la boca del vaso,
mientras que en B 16, ellas no alcanzan a la misma. Referente
a las otras piezas, las he examinado muy cuidadosamente,
comparándolas con los muchos fragmentos de alfarería lisa
encontrados en los mismos lugares, y tomando en considera-
ción indicaciones tales como la curva y el aspecto de las su-
perficies, he llegado a la conclusión de que las piezas números
B 2, B 4, B 3, B 17, B 9 y B 10 han formado parte de las
paredes de los vasos (figs. 2, 3, 5, 7, n y 14). Ras impresiones
son externas en unas e internas en las otras. Las que están
marcadas exteriormente son B 2, B 4, B 3, B 17 y B 9 (figs.
2, 3) 5) 7 Y i1)! las que ostentan impresiones en su cara in-
terna son B 7, B 16 y B 10 (figs. 12, 13 y 14). E11 dos ejem-
plares, B 20 y B 6 (figs. 4 y 6), es difícil determinar si los
fragmentos han formado parte de los fondos o de las paredes
de los vasos, aunque la probabilidad es que hayan sido parte
de las paredes, con las impresiones externas en tal caso.
II. LAS REDES
Todos los fragmentos con impresiones reticuladas han for-
mado parte de las paredes de vasos, siendo uno de ellos (B 15)
una parte del borde (B 23, R 7, B 12, B 11, B 15, B iS, B 21,
B 22, R 2, B 13) (figs. 15-24) (Láminas V a IX). Después de
verificado un examen muy prolijo de los moldes tomados en
los diez ejemplares de alfarería con impresiones así, he llegado
a la conclusión de que los vasos de que formaban parte, se
modelaron sobre canastas o esqueletos de mimbre, sobre los
cuales se estiraron redes o tejieron una cubierta de cordones pa-
recida a una red, y que el hecho de que algunos de los fragmen-
tos no muestran señal alguna de la canasta debajo del tejido de
cordón, se debe a la proximidad de los hilos de la urdimbre y de
la trama; porque en todos los casos donde éstos se hallan más
— 153 —
II. NETWORK
All the fragments with impressions of network, — B 23,
R 7, B 12, B 11, B 15, B 18, B 21, B 22, R 2 and B 13, —
are portions of the sides of vessels, B 15 being a piece of lip
(figs. 15-24) (Plates V to IX). After a very careful examination
of the moulds obtained from tlie ten exaniples of pottery witli
network impressions, I llave come to the conclusión tliat the
pots of wliicli they formed part were fashioned over baskets
or frameworks of wicker, over which nets were stretched, or
011 which cords were woven to form a net-like covering, and tliat
the fact tliat a few of the fragments do not show any sign of
basketwork under the network is due to the closeness of the
weaving, for in all cases wliere the work is more open, the
basketwork is visible. The basketwork is innermost, with the
network next the clay, into which it has penetrated to a
considerable depth. As the impressions are internal, the network
cannot llave been added with the idea of ornamentation, but
either formed an integral part of the basket, being woven with
it, or was stretched over it afterwards in order tliat the clay
miglit adliere better.
As regards the three cases in which the impressions seem
to be those of clotlis, — B 7, B 16 and B 10 (figs. 12, 13 & 14),
I tliink it probable that the clotli was stretched over the
basketwork with the same object as the network.
To sum 11 p, there are: —
(a) 11 examples of external impressions caused by mould-
ing the vessels itistde baskets.
(b) 13 examples of internal impressions caused by moulding
the vessels on the outsides of baskets.
— 154 -
apartados, las impresiones de la canasta están visibles. Como
las impresiones son internas, la reticulación no puede haber
sido agregada con la idea de ornamentar, sino que, o debió
formar una parte integrante de la canasta, como parte de su
factura, o debió estar estirada sobre la canasta misma para que
la pasta pudiera adherirse mejor.
Con respecto a los tres casos donde las impresiones pare-
cen ser de telas (B 7, B 16 y B 10) (figs. 12, 13 y 14), creo
muy probable que la tal tela se colocara sobre la canasta con
el mismo objeto que la red anteriormente indicada.
En resumen hay: —
(a) 11 ejemplares de impresiones externas causadas por el
modelado de los vasos dentro de las canastas.
(b) 13 ejemplares de impresiones internas causadas por el
modelado de los vasos sobre el exterior de las ca-
nastas.
- 155 -
C0NCLUS10NS
The conclusions arrived at regarding the use oí textiles
in the manufacture of prehispanic pottery in the north-west of
the province of Córdoba, drawn from the study of the material
dealt with in this paper, are as follows: —
I. basketwork has been used,
1. Alone, as
(a) Mats on which to stand the vessel during or
after modelling.
(b) Frames or baskets within which the vessel was
shaped.
2. As a foundation over which nets and cloths were
stretched, and on which cords were woven.
II. NETWORK has been used in combination with a basketwork
foundation, over which it was
(a) Stretched, in the case of netted work (Group i).
(b) Woven, in the case of woven work (Group 2).
III. CLOTHS llave also been used, possibly stretched over a
basketwork frame in the same manner as the netting.
IV. Wlien baskets alone were used, the vessels were modelled
inside tliem.
V. When baskets covered with network or cloth were used,
the vessels were modelled on the exterior of the frame-
works.
VI. These special processes of manufacture were adopted for
utilitarian reasons.
— 156 —
CONCLUSIONES
Las conclusiones a qué he llegado con respecto al uso de
tejidos en la manufactura de la alfarería prehispánica del nor-
oeste de la provincia ^de Córdoba, basadas sobre el estudio del
material tratado en esta memoria, son las siguientes: —
I. LA canasta y sus derivados han sido empleados,
1. Solos,
(a) como asientos (esterillas) sobre los cuales los
vasos permanecieron durante o después del
modelado.
(b) como hormas o canastas dentro de las cuales
se modelaban los vasos.
2. Como hormas sobre las cuales se estiraban redes y
se tejía tela de marco.
II lo reticulado ha sido empleado en combinación con
hormas de mimbre, sobre las cuales
(a) estiraban la red de malla (Grupo i.°)
(b) tejían la red de telar, utilizando la horma como
marco (Grupo 2.°).
III. TELAS se empleaban, posiblemente estiradas sobre hormas
(o sea canastas) de la misma manera que las redes.
IV. Cuando se emplearon canastas solas, los vasos eran mo-
delados dentro de las canastas.
V. Cuando se emplearon canastas cubiertas de un reticulado,
o de telas, los vasos eran modelados sobre el exterior
de las hormas.
VI. Estos procedimientos técnicos especiales se emplearían con
fines de utilidad.
INDEX OF FIGURES
I. BASKETWORK
II. NETWORK
III. FIGURES SHOWING THE DETAI L OF THE NETWORK
Figure A The netting knot Píate VI
» B » vvoven work, variety (a) » VIII
» C » » » . (b) » IX
Map showing the situatión oí the archaeological district page 133.
— 158 -
ÍNDICE DE FIGURAS
I. I, A CANASTA
II. EL RKTICULADO
Mapa para mostrar la situación de la región arqueológica
página 132.
159
APPENDIX
The following are the publislied descriptions of pottery
with basketwork impressions, found in the Argentine Republic,
referred to on page 13 1.
PROVINCE OF SALTA
Fragment from Puerta de Tastil. «A Puerta de Tastil ( Que-
brada del Toro), j’ai trouvé aussi un fragment de poterie avec
des impressions de vannerie». Antiquités , etc., I, p. 114.
«L’un des fragments de poterie portait des empreintes tex-
tiles bien marquées, de la catégorie qui correspond au pre-
mier groupe de la classifieation deM. Holmes. Antiquités , etc.,
I, p. 358-
Vase from La Paya. «L’écuelle, fig. 28 e et 30, a o”1 220 de
diamétre máximum; son fond plat, de om ico de diamétre, a
été posé sur une claie de vannerie pendant le moulage».
Antiquités , etc., I, p. 241; Píate XIV, fig. 28 e & Píate XV,
%• 3o-
PROVINCE OF TUCUMAN
Vase from El Bañado, Quilines. «Dans la collection faite par
le comte Henri de La Vaulx á El Bañado (Quilines), et donnée
au Musée du Trocadéro, existe une grande écuelle... de om38
de diamétre et om20 de hauteur. A l’extérieur, elle offre les
traces tres manifestes de la corbeille en vannerie qui a servi
á la mouler, et la partie déprimée du fond montre tres nette-
ment la forme carree de l’amorce pour la confection de cette
corbeille». Antiquités , etc., I, p. 113, Píate II, fig. 3.
PROVINCE OF CATAMARCA
Vase from Santa María, Yocavil Valley. «Vaso con impre-
siones de basquetería. Es un pequeño vaso de diez centímetros
de alto por nueve de diámetro en su boca, de borde a borde,
y tiene la particularidad de haber sido modelado sobre un
canasto de paja en su base y parte del cuerpo. Es también el
primer ejemplar que se describe y publica de la región Cal-
— 160 —
APÉNDICE
Los datos a que se refiere en la página 130, de alfarerías
moldeadas sobre canasta y encontradas en la República Ar-
gentina, son los siguientes:
PROVINCIA DE SALTA
Fragmento procedente de Puerta de 7 astil. «A Puerta de
Tastil (Quebrada del Toro), j’ai trouvé aussi un fragment de
poterie avec des impressions de vannerie». Antiquités , etc.,
t. I, p. 114. ...«L’un des fragments de poterie portait des em-
prei ntes textiles bien marquées, de la catégorie qui correspond
au premier groupe déla classification de M. Piolines...» Anli-
quités, etc., t. I, p. 358.
Vaso procedente de La Paya. «L’écuelle, fig. 28 e et 30, a
o,n2 20 de diamétre máximum; son fond plat, de oraioo de dia-
métre, a été posé sur une claie de vannerie pendant le mou-
lage». Antiquités, etc., t. I, p. 241; lámina XIV, fig. 281?; lá-
mina XV, fig. 30.
PROVINCIA DE TUCUMÁN
Vaso procedente de El Bañado, Quilines. < Dans la collec-
tion faite par le comte Henri de La Vaulx á El Bañado (Quil-
ines), et donnée au Musée du Trocadéro, existe une grande
écuelle...de om38 de diamétre et om20 de hauteur. A l’exté-
rieur, elle offre les traces tres manifestes de la corbeille en
vannerie qui a serví á la mouler, et la partie déprimée du fond
montre tres nettement la forme carrée de l’amorce pour la
confection de cette corbeille». Antiquités, etc., t. I, p. 113, lá-
mina II, fig. 3.
PROVINCIA DE CATA MARCA
Vaso procedente de Santa María, valle de Yocavil. «Vaso
con impresiones de basquetería. Es un pequeño vaso de diez
centímetros de alto por nueve de diámetro en su boca, de bor-
161
chaqui presentando semejante particularidad. La segunda parte
del cuerpo es lisa, dirigida hacia adentro, y de ella se eleva
un gollete ancho y muy inclinado hacia afuera. . . Todo el
objeto exteriormente ha sido cubierto de pintura blanca y sobre
ella se ha pintado con negro.
...Pité encontrado en Santa María, valle de Yocavil, Pro-
vincia de Catatnarca. . . » Algunos vasos ceremoniales , etc., pp.
- x33> ÜSS- 4 & 4 a-
The markings are externa!, caused by the moulding of the
vessel in a tipa or shallow basket. The impressions extend all
over the base, and up the sides to where these slope inwards
towards the wide, low neck.
Vase from Fuerte Quemado. «Puco cestiforme. — ... procede
de Fuerte Quemado. ...por el mismo exterior se ve que fué
modelado dentro de un cesto de trama bastante fina, que desapa-
recía con la cocción. Su forma es la de un cono truncado, de
paredes rectas, base cóncava, es decir, la misma que la del
pequeño cesto que sirvió de molde; la pieza producida conservó
todos los rastros del contacto». Exploraciones arqueológicas , etc.,
p. 76; fig. 71, p. 75.
PROVINCE OF CORDOBA
Fragments from Lake San Roque (Panilla) and Estación 1
del Observatorio, «...he hallado en los museos Politécnico
(Córdoba) y de La Plata, tres ejemplares con impresiones de
tejidos. Uno de los dos, procedentes del lago San Roque (de-
partamento de Punilla), . . .es el fondo, casi completo, de un
pequeño vaso... que ofrece una marcada convexidad interior
y es cóncavo exteriormente. . . .Al exterior y sólo en la super-
ficie circular o casquete esférico que constituye el fondo, se
notan, con bastante claridad, las impresiones de un tejido de
cauastería 110 muy fino (fig. 99 <z), y del grupo llamado por
Masón de simple interlocking coils (fig. 99 b).
El segundo fragmento corresponde a una mínima parte del
fondo de otro vaso... No ofrece ornamento alguno, y sólo en
la parte circular, exterior y plana del fondo, aparecen las im-
presiones de cauastería (fig. 100 a) mal conservadas, y corres-
— 162 -
de a borde, y tiene la particularidad de haber sido modelado
sobre un canasto de paja en su base y parte del cuerpo. Es
también el primer ejemplar que se describe y publica de la
región Calcliaquí presentando semejante particularidad. La se-
gunda parte del cuerpo es lisa, dirigida hacia adentro, y de
ella se eleva un gollete ancho y muy inclinado hacia afuera...
Todo el objeto exteriormente ha sido cubierto de pintura blan-
ca y sobre ella se ha pintado con negro. ...Fue encontrado
en Santa María, valle de Yocavil, Provincia de Catamarca ...» .
Algunos vasos ceremoniales, etc., pp. 131-133, figs. 4 y 4 a.
Fas impresiones son externas, producidas por el modelado
del vaso dentro de una tipa o cesto de poca profundidad y de
boca ancha; ellas cubren todo el fondo y se extienden por las
paredes hasta donde éstas se inclinan hacia el gollete.
Vaso procedente de Fuerte Quemado. « Puco cestiforme
...procede de Fuerte Quemado. ...por el mismo exterior se
ve que filé modelado dentro de un cesto de trama bastante fina,
que desaparecía con la cocción. Su forma es la de un cono
truncado, de paredes rectas, base cóncava, es decir, la misma
que la del pequeño cesto que sirvió de molde; la pieza produ-
cida conservó todos los rastros del contacto». Exploraciones
arqueológicas, etc., p. 76; fig. 71, p. 75.
PROVINCIA DE CÓRDOBA
Fragmentos procedentes del lago San Roque y de la esta-
ción / del Observatorio, «...he hallado en los museos Poli-
técnico (Córdoba) y de Iva Plata, tres ejemplares con impresio-
nes de tejidos. Uno de los dos. procedentes del lago San Ro-
que (departamento de Punilla), . . .es el fondo, casi completo,
de un pequeño vaso... que ofrece una marcada convexidad
interior y es cóncavo exteriormente. ...Al exterior y sólo en
la superficie circular o casquete esférico que constituye el fon-
do, se notan, con bastante claridad, las impresiones de un teji-
do de canastería no muy fino (fig. 9 9 a), y del grupo llamado
por Masón de simple intcrlocking coils (fig. 99 b).
El segundo fragmento corresponde a una mínima parte
del fondo de otro vaso. . . No ofrece ornamento alguno, y sólo
en la parte circular, exterior y plana del fondo, aparecen las
impresiones de canastería (fig. 100 a) mal conservadas, y co-
rrespondientes a un tejido del mismo tipo que el anterior, pero
- 163 -
pondientes a un tejido del mismo tipo que el anterior, pero
más fino, con las puntadas muy próximas y ajustadas al funda-
mento (fig. ioo /;).
Por último, la tercera pieza... procedente de la estación I
del Observatorio, es un pedazo aislado y pequeño . . . En la
superficie exterior ... se notan con dificultad (fig. ioi a ) las
impresiones de un tejido que pudiera ser, también, de canas-
tería y que correspondería, si así lo fuera, al grupo diagonal
tmined wcaving, establecido por Masón (fig. ioi b). Pero, este
fragmento, que sólo tiene 4 milímetros de espesor, correspon-
de sin duda a la pared de un vaso, y tal circunstancia como el
hecho de que el ancho de los cordones de la urdimbre sea
muy uniforme aun al penetrar en la trama, contribuyen a sus-
citar dudas sobre si en realidad se trate de un tejido de ca-
nastería o es, simplemente, la impresión de la tela grosera de
un vestido o bolsa aplicada sobre la pasta fresca para facilitar
en alguna forma su modelado». Los tiempos , etc., pp. 357-360,
figs. 99, 100 & IOI.
PAT AGONIA (?)
Fragments from San Gabriel and Choele-Choel. «M. de La
Vaulx parle de fragments de poterie avec des impressions de
vannerie qu’il aurait recueillis á San Gabriel et á Choele-Choel,
dans la Patagonie; mais M. Verneau ne dit rien de ces fragments,
dans son étude sur les collections patagoniennes de M. de
La Vaulx.» Antiquités, etc., I, p. 114.
— 164 —
más fino, con las puntadas muy próximas y ajustadas al fun-
damento (fig. ioo b).
Por último, la tercera pieza. . . procedente de la estación I
del Observatorio, es un pedazo aislado y pequeño. . . En la su-
perficie exterior... se notan con dificultad (fig. ioi a) las im-
presiones de un tejido que pudiera ser, también, de canastería
y que correspondería, si así lo fuera, al grupo diagonal twined
socaving, establecido por Masón (fig. roí b). Pero, este frag-
mento, que sólo tiene 4 milímetros de espesor, corresponde
sin duda a la pared de un vaso, y tal circunstancia como el
hecho de que el ancho de los cordones de la urdimbre sea
muy uniforme aun al penetrar en la trama, contribuyen a sus-
citar dudas sobre si en realidad se trata de un tejido de ca-
nastería o es, simplemente, la impresión de la tela grosera de
un vestido o bolsa aplicada sobre la pasta fresca para facilitar
en alguna forma su modelado». Los tiempos , etc., pp. 357-360,
figs. 99, 100 y 101.
PAT AGONIA (?)
Fragmentos procedentes de San Gabriel y de Choele-Chocl.
«M. de La Vaulx parle de fragments de poterie avec des im-
pressions de vannerie qu’il aurait recueillis á San Gabriel et á
Choele-Choel, dans la Patagonie; mais M. Verneau ne dit rieu
de ses fragments, dans son étude sur les collections patago-
niennes de M. de La Vaulx». Antiquitcs, etc., t. I, p. 114.
LÁMINA I
PLATK I
Fig. 3 ( b 4 ), V,
LA CANASTA
I
BASKKTWORK
LÁMINA I r
PLATE II
LA CANASTA
I
BASKETWORK
LÁMINA III
PLATE III
Fig. II («9). 7,
I.A CANASTA
I
JSASK F.TWÜRK
LAMINA IV
l’LATE IV
Fig. 13 ( B 16 ), 1
Fig. 14 ( B IO), V,
I.A
I
BASK ETWÜK K
I.ÁMINA V
PLATE \
K L RETICULADO
1 1
NETWORK
LÁMINA VI
PLATE VI
EL RE'i'I CU LADO
1 1
NETWORK
i.Amina VII
PLATK VII
l'.I. K F/l'IC ü LADO
II
NETWORK
LAMINA Vtri
PLATE VIII
I I
ET, RETICÜI.ADO
NETWORK
LAMINA IX
PLATE IX
EL RETICULADO
II
NETWORK
1 65
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166 -
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— 169
NOTA SOBRE EL ÓNYX-MÁRMOL
DE LA
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POR
M. Kantor
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«Anales del Ministerio de Agricultura». Sección Geología,
Mineralogía y Minería.
Tomo X, núm. 2, 1914 (5).
170
No encontramos datos sobre el Ónyx-mármol de la pro-
vincia de San Luis en M. de Moussy (’), A. Stelzner (2 3 4 5) ni en
F. de Latzina (!!).
Las primeras referencias las tenemos en Avé-Lallemant
que dice: «Aragonita (l) (por supuesto nuestro Onyx-mármol)
verde claro daría bonitos objetos pulidos, como pulía algunas
muestras Rivadeneira, quien ensayó también la explotación de
lozas naturales» (i) pág. 125.
En J. Valentín (2) encontramos una noticia breve pero más
positiva y fundada.
«De minerales no metálicos, dice este autor, el mármol de
La Toma, conocido en el comercio como Onyx, tiene la mayor
importancia. Se trata de depósitos muy modernos, probable-
mente formados por aguas termales, cuya existencia en la pro-
ximidad del cono volcánico del Morro (■"') no tiene nada de raro»
(2) pág. 83.
Según una comunicación verbal del administrador de la
mina «Santa Isabel», la explotación del mármol empezó el
año 1894.
En el año 1902 apareció una comunicación sobre el Onyx-
mármol del doctor Bodenbender (3). Los trabajos de Barrió y
Gerth (4) y (5) son de fecha más reciente.
SITUACIÓN DE LAS CANTERAS DE MÁRMOL
Se trata principalmente de una sola cantera, la llamada
«Santa Isabel» o «El Pantano», pues es la única que dió re-
sultados satisfactorios. Todos los datos bibliográficos se refie-
ren tan solo a este yacimiento.
La cantera está ubicada al Sur de los Cerros Largos, a unas
7 V2 leguas al NO. déla estación La Toma, del F. C. Andino
en el departamento de Coronel Pringles, (según Bodenbender, cer-
(1) M. Dfi MoüSsy: Descrip/ion géographique et s/a/istiqiie de la Confédération Argén -
tine, tomo II, 1860.
(2) A. Stelzner: Beitrlige zar Geolrgie und Raleón tologie der Argentinhchen Repu-
blik, 1885.
(3) F. DE I.ATZINA: Geografía de la República Argentina , i 888 .
(4) No está indicada la procedencia.
(5) F. Pastore, ha demostrado que el cono del Morro no es volcánico. (Estudio
geológico y petrográfico de la Sierra de Morro. Buenos Aires, 1915).
171 —
ca de tres leguas al Norte de La Toma (3) pág. 359; el dato de
Barrié es más acertado: seis leguas más o menos (4) pág. 32).
La altura de la mina es de 1300 metros.
Las rocas principales de esta región son el gneis y el gra-
nito que forman colinas bajas y onduladas. Las capas del gneis
tienen un rumbo aproximado de S-N» y una inclinación al E.
A poca distancia de «Santa Isabel» (500 metros más o me-
nos) se encuentra otra cantera, propiedad del señor Juárez,
que forma una fosa de unos 20 metros de largo, 10 metros
de profundidad y 10 metros de ancho. Aragonita, Travertina
y en muy pequeña cantidad el Ónyx, forman en bandas
paralelas una veta de unos 10 centímetros de espesor con una
inclinación de 50o al E. Las cajas son gneis sumamente alte-
rado con muchas vetillas de calcita. Los trabajos fueron aban-
donados por no haberse encontrado el Ónyx en cantidad sufi-
ciente.
¿EL ÓNYX-MÁRMOL ES CALCITA O ARAGONITA?
La substancia finamente pulverizada ha sido tratada por
el doctor Enrique Herrero Ducloux, con una solución de ni-
trato de cobalto, según el método de W. Meigen (*) y deter-
minada como calcita. En el trabajo de Gerth (5) nos encon-
tramos con la siguiente afirmación:
« Bodenbender nos ha mostrado que el mármol de San Luis,
como muchos otros depósitos de fuentes termales, se compone
de aragonita, la modificación rómbica de la calcita. La causa
del color verde no se ha explicado todavía de una manera sa-
tisfactoria, etc. . . », pág 60.
Gerth menciona el trabajo de Bodenbender «Ónyx-mármol
de la provincia de San Luis y Mendoza», publicado en el «Bo-
letín de la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba», en el
tomo XVII, 1902, que figura en nuestra Bibliografía con el
número 3.
Sin embargo, Bodenbender afirma lo contrario. Leemos en
este trabajo textualmente: «El polvo de ónyx tratado según
(s) Eine einfache Reaktion sur Untcrsch eidung von Aragonit mui Kalkspath- Centralblait
fiir Mineralogie , Geoiogie , Paleontologie , 1901, niun. 19.
- 172
el nuevo método para distinguir aragonita y calcita (Meigen,
C. f. M. 1901, nú m. 19) con una solución muy diluida de ni-
trato de cobalto, dio al principio un color blanco sucio, luego
después de ser hervido algunos minutos, verde; el de la masa
fibrosa se tiñó pronto de violeta. Esta reacción junto con la
mayor densidad, permite clasificar el mineral fibroso como
aragonita.
«Como la calcita debe quedar blanca o teñirse de blanco-
amarillento, blanco-verdoso, según el autor de aquella reac-
ción, parece que el ónyx fuera calcita, pero quedamos algo en
duda por su coloración verde intensa. Sin embargo, este color
parece producido por el contenido de hierro, porque el mismo
color se obtiene hirviendo una mezcla de carbonato de calcio
y de hierro con nitrato de cobalto. A favor de la clasificación
como calcita habla también la densidad del ónyx. Esto con-
cuerda con el concepto más aceptado que el ónyx sea siempre
calcita » (3) pág. 361 (subrayado por nosotros).
ANÁLISIS QUÍMICO
No se ha publicado hasta ahora ningún análisis completo
del ónyx. Bodenbender, en la monografía ya varias veces citada,
indica únicamente que en la composición del ónyx entra un
notable contenido de carbonato de hierro; además se hallan
insignificantes cantidades de manganeso y magnesio. Hemos
considerado por lo tanto, como útil un análisis completo que ha
sido hecho gentilmente, a instancia nuestra, por el doctor en
química M. Gurevitsch. Separando cuidadosamente la parte verde
clara del mineral en que se encuentran con frecuencia rayas de
un mineral amarillo, del que hablaremos más adelante, el doc-
tor Gurevitsch analizó únicamente la primera y obtuvo los si-
guientes resultados:
«La parte verde-clara disuelta en IIC1, da una solución in-
colora; se colorea por oxidación. Im parte soluble en agua ca-
liente da débil reacción de magnesio y de dL,S(Jv
Con Pb02 y HNOa (reacción de Volhard) da una coloración
bastante débil, lo que indica vestigios de manganeso.
La composición porcentual del Ónix es:
1 7íi -
Fe O 2.1 1
CaO 52.04
MgO 1.6 r
SO, 1.23
CCL 42.81
99.80
La composición probable es la siguiente:
CaCO,
FeC03
MgCO,
MgSOÍ
MgO
— 92-93
— 3-40
— 1.20
- 1.85
— 0.36
99-74
Lo que llama la atención es la cantidad considerable de
MgO en el ónix.
El mineral es a veces de una estructura fibrosa que se
nota ya macroscópicamente. Esta estructura fibrosa podría in-
ducir a determinarle como aragonita. Pero la reacción de Mei-
gen, como también la analogía con el ónyx-mármol de Tecali,
en Méjico, con el llamado mármol de Orán en Algel, también
de estructura fibrosa, pero reconocidos como variedades de
calcita nos convencen que el ónyx-mármol de San Luis es una
variedad de caíala (').
Relativo a su color verde tan apreciado, debemos mencio-
nar que no se trata de un verde puro sino más bien de un
verde amarillento. El polvo del mineral es completamente blan-
co. En pedazos chicos presenta un color más bien amarillento
y sólo en masas más grandes aparece el color verdoso.
República Argentina , publicado por la Dirección General de Minas en el año 1918 (Bole-
tín n.o 19), su autor, el Dr. Ricardo Stappenbeck, repite el error de Gertli, considerando
el ónix-mármol como aragonita.
— 174
OTROS MINKRAI.KS QUE ACOMPAÑAN AL ÓNYX-MÁRMOL
El ónyx-mármol se encuentra en estrecha relación con un
mineral amarillo, vulgarmente llamado «tosca.» Este mineral
no es transparente; reacciona con HC1; disuelto, deja un peque-
ño residuo; su raya es amarilla. En tubo cerrado despren-
de HoO.
Se encuentra en capas subyacentes, también interpuesto
irregularmente en el ónyx-mármol, formando en el último,
venas; a veces el tránsito de un mineral a otro es paulatino;
también su estructura es mayormente fibrosa.
Es, naturalmente, de una calidad inferior, y no sólo no
aprovechable como mármol sino también muy dañoso para la
calidad de este.
El análisis del mineral hecho por el doctor M. Gurevitsch
dió el resultado siguiente:
CaO
CO.>
MgO
SO,
Fe203
5°. io
41.02
0- 59
1- 37
4.22
0.29
insol.
Ib, O y pérdida 2.50
El color amarillo en parte rojo de la llamada tosca, es de-
bido a la presencia de óxido de hierro (hematoconita), y óxido de
hierro hidratado (sideroconita). E11 cantidad considerable se en-
cuentra también junto con el ónvx-marmol y la «tosca» aragonita.
El perfil del yacimiento, según Bodenbender, es el si-
guiente:
1) Masas arcillosas y calcáreas con cantos rodados.
2) Mármol-ónyx.
3) Travertina o tosca con inclusión de fragmentos de cuar-
zo, granito, gneis, etc.
4) Gneis.
Según Gerth:
1) tierra y arena fina calcárea.
2) arena y grava cementada por cal gruesa.
3) una brecha cementada por tosca.
4) tosca arenosa.
5) mármol.
(Formaciones de mármol: al principio éstos se presentan
como agregados fibrosos con muchos huecos tapizados por
cristales; entre estas capas fibrosas se intercalan bancos de
mármol verde granuloso, que más abajo ganan en espesor,
llegando a un máximum de un metro y cuarto).
El perfil, como lo liemos observado nosotros (t), presenta:
1) una capa de 2 a 10 metros de espesor de una brecha
formada por fragmentos de cuarzo, muscovita, biotita,
feldespato, gneis y piedra pómez (?) cementada por
calcita.
2) Travertiua, mármol-ónyx, aragonita, calcita poco dife-
renciados.
3) Mármol-ónyx.
4) Gneis.
Según comunicación verbal, el espesor medio de la capa 2,
lo mismo que de la capa 3, es de medio metro más o menos.
El origen termal del Ónyx-mármol, es generalmente admi-
tido. Según Bodenbender las aguas termales acompañaron las
erupciones andesíticas o basálticas en época terciaria o diluvial.
(') Kn el año 1913.
O BS ER Y AC I ON HvS Bí OLÓGICAS
TEMNOCERA SPINIGERA Wied.
(DIPTERA-SYRPHIDAE)
Caui.os Bruch
Entre los cactos que cultivo, con frecuencia tengo que la-
mentar la pérdida de algún ejemplar putrefacto: la consunción
de los tejidos celulares llega hasta el punto de quedar sola-
mente una substancia corrompida dentro de la cutícula de la plan-
ta. He notado que son, sobre todo, ciertas especies, como Cercas
patagonicus y algunos Echínopsis las más expuestas, y la cau-
sa de este proceso se debe, principalmente, a la humedad ex-
cesiva, que la resisten poco estos vegetales de regiones xeró-
f i tas.
Examinando luego las plantas enfermas, encontré casi siem-
pre en aquella masa descompuesta unos gusanos, los cuales a
primera vista he tomado por larvas de algún díptero.
Durante los días 22 al 27 de octubre de 1917, observé como
algunos cactos eran visitados por grandes moscas, que se [lo-
saron ya sobre las flores de un Echinocactus gibbosus var. ven-
tanteóla Speg., ya sobre un Echínopsis canipylacantha E. Mey.,
el cual presentaba aspecto enfermizo. Diré, de paso, que tanto
las flores de los primeros, como el Echínopsis , despedían un
leve olor, algo fétido, parecido a emanaciones de aguas servi-
das, el que atrajo probablemente a las moscas.
Capturada una de ellas, pude clasificarla sin dificultad; se
trataba de Temnocera spinigera Wied., perteneciente a la fami-
lia de los sírfidos y cuya relación con las mencionadas larvas
estaba ya fuera de duda. Recordando las costumbres parasita-
rias de tales larvas, que según Lynch Arribalzaga y otros, de-
bieron criarse en nidos de «mangangaes» (Xy loe opa splendi -
dula), hecho que ya juzgaba inverosímil, resolví ocuparme de
ellas. A raíz de mis observaciones, puedo desvirtuar ahora aque-
llas apreciaciones y ofrecer algunos datos más concretos sobre
la biología de la mosca en cuestión.
Revisando nuevamente los cactos, noté que el mencionado
Rchinopsis campylaccintha , medio vacío, contenía un líquido pu-
trefacto en el cual nadaban buen número de larvas adultas.
Un examen más prolijo proporcionó también otros ejemplares
más pequeños y media docena de huevos, que asomaban por
la pared interna, entre una grieta de la cutícula.
Un magnífico Ccreus de la Patagonia, con lesiones sospe-
chosas en su porción basa!, estaba también atacado por larvas
de poca edad.
De las adultas preparé algunas, fijándolas previamente en
agua hirviendo, y coloqué las demás con los residuos de la
planta en una caja para la observación.
Ya al tercer dia (5. XII. 1917) abandonaron las larvas los
restos de su antiguo habitáculo, arrastrándose durante horas
entre el polvo, buscando luego en la tierra suelta un refugio
propicio donde pasar su ninfosis. Cinco días después, hallé las
primeras pupas, de las cuales nacieron las imágenes a los diez
y siete días.
Ku cuanto a las jóvenes larvas del Cernís, éstas alcanzaron,
recién a principios de marzo, su completo desarrollo, después
de haberlo resecado totalmente. Obtuve de ellas unos cuarenta
dípteros, pero mucho más retardados en su evolución que los
de la primera serie.
Casi simultáneamente, y en un viaje que ese mismo verano
había hecho a la Sierra de Córdoba, pude confirmar las cos-
tumbres de nuestra Temnocera. Ksta frecuentaba allí sobre todo
los grandes Cernís lamproehlorus Uem., donde encontré tam-
bién sus larvas.
. Mis observaciones demuestran, pues, (pie las larvas de Tem-
nocera spinigera se alimentan de substancias vegetales en des-
composición, como sucede seguramente con las especies con-
géneres y con muchos otros representantes de los sírfidos. No
me consta, que las larvas ataquen los cactos completamente
sanos, pero basta que una parte lesionada esté invadida por
ellas, para que se acelere el proceso de descomposición como
pasó con el citado Cernís.
En las siguientes líneas describiré someramente los diferen-
tes estados de la Temnocera.
Huevos. — Estos no ofrecen nada de particular. Son cilindri-
cos, apenas encorvados y en ambas extremidades redondeados;
de superficie lisa y casi incolora. Miden dos milímetros de largo
por 0,7 milímetros de ancho.
Larva. — La larva adulta y 'completamente extendida mide
30 milímetros de largo por siete de ancho. Su forma es subcilín-
drica, adelante poco estrechada y redondeada en el ápice; atrás
es bruscamente atenuada y termina en punta, la que lleva en-
vainado el tubo aerífero, córneo, pardusco. Los segmentos están
formados por burletes dorsales y protuberancias o mamellones.
Estos últimos son más desarrollados en los segmentos ventra-
les, donde aparentan pares de pseudopodios muy rudimentarios.
En los costados se notan dos y aun tres de estos mamellones
en cada segmento que convergen con los burletes transversa-
les del dorso. Los segmentos torácicos carecen de burletes,
pero llevan mamellones laterales pequeños, el protórax dos ven-
trales, desarrollados. Los últimos dos segmentos del abdomen
ostentan en los costados lóbulos alargados (fig. 2).
Fig 1. — Contorno de la extremidad anterior de la larva con las antenulas
boca y mamellones del protórax.
Fig. 2. — t,obulos laterales de los segmentos posterioies.
La larva es de un blanco sucio, más o menos gris amari-
llento. Su tegumento lustroso, está erizado de setas semiblandas
y de ganchitos, anchos en la base con punta quitinosa, obscura,
listos ganchitos ocupan toda la parte antero-dorsal, los gran-
des mamellones y parte de los segmentos dorsales de la larva.
Esta se halla además recubierta de una secreción pegajosa,
179 —
que le permite adherirse y deslizarse sobre cualquier plano
vertical, aun sobre el vidrio. Por la contracción y extensión
muscular, imprime a su cuerpo movimientos ondulatorios, bas-
tante rápidos, medio de locomoción, para el cual utiliza tam-
bién las setas y los ganchos, diseminados por todo el cuerpo.
La cabeza se confunde totalmente con el protórax; de ella
se destacan dos pequeñas anténulas contiguas, provistas de
artejos cilindricos, el basal más grande, que lleva en la punta
otros dos artículos gemelos, estrechos y parduscos. Los órga-
nos de la boca son muy rudimentarios: debajo de una especie
de labio carnoso y cónico, se distingue la abertura bucal, guar-
necida por un par de diminutas valvas, finísimamente estria-
das (fig. i).
El par de estigmas anteriores que se encuentran sobre la
región dorso-lateral del protórax: consisten en pequeños apén
dices, apenas de 0,1 milímetro de largo, córneos, de forma tu-
bular y de color pardusco; están separados uno del otro por
un espacio de 3 milímetros. Los estigmas posteriores están en
el ápice del tubo aerífero, que sirve de estuche a los dos ca-
nalículos terminales de las tráqueas. Dicho tubo quitinoso, de
color castaño, es retráctil, algo comprimido y poco más ancho
en la base, en su segundo tercio estrangulado; mide dos mi-
límetros de largo por 0,8 milímetros de ancho.
Papa y ninfa. — La primera está formada por la piel endu-
recida de la misma larva, contraída y modificada, para servir
de albergue a la verdadera ninfa.
Esta cutícula de la pupa está otra vez recubierta por una
capa protectora, más o menos espesa de polvos y partículas
de tierra, adheridos con el gluten soltado por la larva antes
de su transformación ; por lo tanto su color es grisáceo o
igual al ambiente o suelo donde se ha encapullado.
Invertida, es decir, cabeza abajo, la pupa es piriforme, algo
plana en su parte ventral, pero en la parte dorsal bien con-
vexa, mide 13 milímetros de largo total, por 6,5 milímetros
de ancho. De la región antero-dorsal equivalente al prónoto,
se destacan dos cuernecillos pardos, los dos tubos aeríferos
anteriores. Están dirigidos oblicuamente hacia adelante y algo
encorvados hacia arriba, acercándose en el ápice. En cuanto
al tamaño, disposición y hechura de estos tubos, difieren mu-
cho de los mismos órganos primitivos de la larva. Cada cuer-
necillo mide un milímetro de largo por 0,3 de ancho y el es-
pacio que separa a ambos en su base es apenas de medio
milímetro ; en el ápice son redondeados, y su superficie está
llena de asperezas , y marcada por cinco a seis surcos trans-
versales. K11 la extremidad posterior conserva la pupa el tubo
aerífero primitivo de la larva.
La ninfa representa la imagen con cabeza y miembros re-
cogidos, con alas pequeñas, no desplegadas, todos separada-
mente envueltos en una membrana tenue, por la cual traslu-
cen los detalles de la futura mosca. Del prónoto salen dos
tubos membranosos, en conexión con los cuernecillos externos
de la pupa; sobre cada ojo tres pequeñas ampollas de la
misma membrana.
La cabeza está plegada hacia el vientre; entre el estuche
de los órganos bucales y de las pterotecas descansan las pa-
tas, cuyas tibias del tercer par están ocultas, quedando visi-
bles solamente sus tarsos. Por el dorso de la ninfa no se ob-
serva ninguna particularidad; por encima de las espaldas
asoman apenas los fémures o codos de las patas anteriores y
medianas. La ninfa mide de 9 a io milímetros de largo.
Durante los primeros días, la ninfa es blanquecina; luego
empiezan a obscurecerse los miembros, las venas de las alas
y las espinas y setas que cubren el cuerpo; el tegumento ad-
quiere un tinte impuro, pero ojos y alas son más pálidos y
sobre la frente trasluce el color testáceo de las antenas.
La mosca nace en estado inmaturo: sus ojos son de color
pardo rojizo, el dorso, el vientre y los costados del abdomen
son más claros que en la pigmentación perfecta; las alas tie-
nen la membrana lacia, blanquecina y semi-opaca, careciendo
aún de la mancha pardusca. A las pocas horas de reposo, la
imagen recibe sus colores de insecto adulto, con ellos la viva-
cidad, característica de sus congéneres y otras especies del
grupo de las «volucelinas».
Los restos de la envoltura ninfal han quedado en el interior
de la pupa, de donde la mosca se ha libertado por una aber-
tura bipartita. Los dos fragmentos desprendidos corresponden,
uno de ellos, estrecho y semicircular, al protórax con los cuer-
necillos aeríferos; el otro, de forma elipsoide y angulosa, a la
porción inferior de los tres primeros anillos de la primitiva
cutícula de la larva.
Rev. Museo de La Plata, tomo xxiv, 2.a parte
Fig. i. — Temnocera spinigera Wied. 9 (X 4)
Fig 3. — Ninfa, vista de lateral y ventral (X 4)
Fig. 2.— Larva (X 4)
Fig. 4.— Pupa, vista lateral y ventral (X 4)
- 181 —
Imagen. — Nuestra mosca fue descrita por Wiedemann en el
año 1830 como Volucella spintgera (i). Félix Lynch Arribalza-
ga (2), en su monografía sobre los sírfidos argentinos, redescribe
la misma especie, señalando además las citas bibliográficas y
sinonímicas. He aquí las principales características:
La cabeza es de color flavo-testáceo pálido con visos mar-
garitáceos; atrás negra, ceniciente, excepto el triángulo testáceo,
supero-mediano. Los ojos son negruzcos con reflejos cobrizos y
én su margen posterior finamente ribeteados de blanco. Las
antenas de color testáceo-rojizo, tienen el tercer artejo arriba
escotado, angostado en el ápice.
El tórax es negro sobre el dorso; su pubescencia tenue,
negruzca y brillante; las pleuras son negruzcas, velludas; el
escudete es pardo, su borde posterior está armado de ocho
espinas dentiformes.
Las alas son hialinas, están adornadas de una mancha par-
da, subtriangular, que ocupa más de la mitad anterior del ala
y es abreviada atrás; a veces es pálida y se extiende solamente
al rededor de las nervaduras.
Las patas son negras.
El abdomen es negro-violáceo, muy densamente punteado y
cubierto de pelos finos, negros y lustrosos.
Mide unos 12 milímetros de largo.
Esta especie es común en muchas partes de la República y
ha sido mencionada del Uruguay y Brasil, propagándose segu-
ramente también a otros países limítrofes. Su presencia me
consta en las provincias: Buenos Aires, Entre Ríos, Santa Fe,
Córdoba, San Luis, Mendoza, Salta, Tucumáa y en los territo-
rios del Río Negro, Formosa y Misiones.
(') Wiedetnaun. Anssereuropiitsc/ie zivei/ltigelige fnsekten. Hamtn, 1830, II, p. 195, 5.
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~ 182 -
MITOLOGÍA SUDAMERICANA.
II
LA COSMOGONÍA
SEGÚN LOS PUELCHE DE LA PATAGONIA
POR
R. Lehmann-Nitscii k
Al el tu ajo c h i le n o
S/ . Do/i Tomás Guevara .
I N T RODIICCIÓN
El 5 de febrero de 1916, tuve la rara suerte de descubrir
una leyenda cuya importancia justifica su publicación especial
Hallándome en el valle del Río Negro, Patagonia setentrio-
nal, para completar mis estudios sobre la lengua puelche ini-
ciados el año anterior en Valcheta, del mismo territorio na-
cional, fui a visitar al anciano indígena Millaluau ( — Gua-
naco de oro, en lengua araucana), llamado Bartolo Alfaro desde
que se hizo cristianizar. Debo a mi amigo don Pablo Awe, pro-
pietario de un establecimiento rural en la isla Sauce Blanco
la oportunidad de ser presentado a dicho indígena quien me
trató, por consiguiente, inmediatamente con toda franqueza y
sinceridad; así que cuando le pregunté respecto a las tradicio-
nes de sus antepasados, no tardó en relatarme lo que sabía,
asegurándome continuamente: «Así lo contaron la gente vieja
de antes». El 14 del mismo mes, le pregunté sobre detalles
(pie antes no había bien entendido, y puedo asegurar «pie no
he omitido nada para conseguir el presente documento en la
forma más completa posible. Desistí de antemano de apun-
tar el texto en idioma puelche; preferí que el anciano me lo
— 183 -
contara en castellano que bastante bien domina; érame, de tal
modo, posible, entender la narración en el momento de serme
dictada, darme cuenta de omisiones y hacer inmediatamente
las preguntas aclaratorias. De todos modos, la versión española
de la leyenda, sólo es disfraz, siendo su estilo y el orden de
las frases verdaderamente indios.
Cabe informar respecto a la personalidad del narrador: tiene
como 8o a 85 años; es de padre araucano y de madre puelche;
vive en Primera Angostura, sobre la costa sud del Río Negro,
algo al Oeste de Carmen de Patagones, donde posee buenos
campos y un lindo establecimiento rural con casas y galpones
de material; habla como idioma propio, el araucano, y sabe el
puelche del cual es uno de los últimos representantes; sus nu-
merosos hijos, prefieren el castellano al araucano. La leyenda
que me dictó, dijo haber oído cuando joven en lengua puelche,
y efectivamente, no corresponde a la mitología araucana, según
la cual, para citar un solo motivo característico, sol y luna son
hombre y mujer y no como en el presente texto, hermanos (*).
Observo, al fin, que el idioma «puelche», es idéntico con
aquel de d’Orbigny y no debe confundirse con el araucano ni
con el « tehuelche * o patagón del mismo viajero.
Damos a continuación el texto de la leyenda cosmogónica:
El. TEXTO DE PRIMERA ANGOSTURA
Antes, el sol era gente, 110 era el sol que hoy está, y la luna
era el hermano menor de él y también las estrellas eran gente.
Y el sol perdió el hijo que le habían robado dos pájaros ne-
gros (2), y mandó chasques por todos lados, pero no tenia noticia
de su hijo. Entonces (3) se volvió un guanaco, gordo de grasa, 5
y se abrió para dejarse comer por esos pájaros, y eti esta opor-
tunidad agarrar aquel pájaro que le había robado el hijo. Y la
luna se hizo avestruz gordo, y el sol dijo a su hermano: «¡No te
vas a mover si los pájaros te pican la grasa!» Entonces la luna
se hizo el avestruz muerto, pero se movía cuando la picaron los 10
pájaros; entonces éstos se fueron y [la luna] no pudo agarrar
ninguno. El sol también se hizo el muerto, y cuando venían los
pájaros a picarle la grasa, cazó a uno, pero al pájaro que estaba
más cerca (4), no pudo agarrar. Y abrió el pájaro que había ca-
(') Lijiim ann • Ni tsciie, Mitología sudamericana. /. lil diluvio según los Araucanos de la
Pampa. Revista del Museo de La Plata , XXIV (2), p. 45 1918.
«Oe esos que nndan en el campo», explicación del narrador, cuando al repasnr
el dictado, le pedia detalles sobre aquellas dos aves
P) Ver más adelante la explicación sobre el hilo de la narración, pág. 185.
(*) Detal le incomprensible; ver más adelante, pág. 1 95.
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zado, y sacó todos los huesitos del hijo perdido, pero no pudo 15
hacerle gente, porque le faltaban dos huesitos. Y ese otro pájaro
que se escapó, tenía los huesitos.
Y el sol juntó toda la gente (que hoy son animales) y dijo:
«A. la perdiz le tomen un parecer que diga por cuánto debía ser
día y noche». Y la perdiz contestó que la noche debía ser una 20
mitad de su cuerpo, la plumada, y el día la otra mitad. Entou-
cer no la dejaron volar porque iba a ser todo noche, porque la
perdiz tiene mucha pluma ('). Entonces llamaron a la liebre y
le tomaron el parecer [que dijera por cuánto debía ser invierno
y verano] y la libre dijo: «Bueno, invierno sea la mitad de mi 25
cuerpo, las uñas de atrás; y las de adelante, que sean verano» (2).
Y estaba la cueva ahí cerca y la liebre se fué a su cueva, y lo
único que alcanzaron a agarrar (3), era la cola. Y entonces son
seis los mes de invierno y seis de verano también, poique la
liebre tiene en cada pie tres uñas ('). 30
Entonces el sol dijo: «Yo me voy al cielo», y al hermano me-
nor, la luna, dijo: «¡Vos también vas al cielo! Andá a tal parte
y vas a pegar un solo grito, que van a salir de sus cuevas los
piches (’j a patadas»; así dijo el sol a la luna; « un solo grito vas
a gritar y van a salir los piches de las cuevas» ('*). Pero la luna 35
pegó ¡ los gritos y salieron demasiado piches 3' le rasguñaron la
cara; y por eso tiene la luna la cara rasguñada.
Y entonces dijo el sol: «Hasta ahí los voy a acompañar; van
a tener los días y las noches también [y van a tener el invierno
y también el verano]», y subió al cielo. Y la luna también subió 40
al cielo y las estrellas también.
COMENTARIO ESTILÍSTICO
Al comentar el texto que antecede, conviene analizar desde
luego el hilo de la narración. Este no va en orden estricta-
mente cronológico, como muchas veces lo pasa en relatos
primitivos, anticipándose acciones de importancia que recién
en adelante han de producirse y que recién más adelante
Detalle difícil a comprender; ver más adelante pág. 201.
(-') «Car eso, la liebre quedó rabona», exclamó en este momento mi compañero
don Pablo Awe, quien presenciaba el dictado, y Millalnan se lo confirmó con un mo-
vimiento de cabeza, repitiendo instantáneamente: «Por eso, la liebre quedó rabona»
(■*) No se comprende, porque perdiz y liebre iban a ser prendidos; ver más ade-
lante pág. 201.
(') Millalnan, al leerle yo el dictado, explicó con mucha minuciosidad y sir-
viéndose de sus propios dedos, que en tal caso, la división era exacta, pues la liebre
tiene, dijo, tres uñas en cada pie, correspondiendo entonces seis al invierno y seis
al verano.
(’) Piche, nombre vulgar del armadillo Zacdius ciliatus Fisclier, procedente del
araucano pichy.
O «Los piches cazados debían servir para la comida», agregó Millalnan cuando
me informé sobre este detalle.
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serán contados con los detalles accesorios y consecuentes. En
nuestro texto, hallamos tal caso en la línea 5; la frase:
«Entonces se volvió [el sol] un guanaco, gordo de grasa, y se abrió
para dejarse comer por esos pájaros, y en esta oportunidad agarrar
aquel pájaro que le había robado el liijo»
lia de seguir sin duda después de las frases que cuentan
cómo la luna, por orden de su hermano mayor, tuvo que trans-
formarse en guanaco, y como por su inhabilidad malogró Ja
empresa que le fué encomendada. Recién después, el caballero
Sol se digna someterse él mismo a las mismas molestias que
había demandado de su hermano menor. La frase arriba re-
producida, ha de estar por consiguiente, en la línea 12 y debe
reunirse, en una sola, con aquella que dice:
«El sol también se hizo el muerto».
Un segundo caso de anticipación ya fué arreglado para no
entorpecer el estudio de la presente leyenda. En el dictado del
anciano Millaluan, los párrafos línea 18 a 30, fueron relatados
después de la frase que concluye con la línea 37. Me parece
no hay duda que el narrador, se ha equivocado respecto a la
cronología de los sucesos que corresponden a estos dos capítu-
los; es más natural que el héroe solar arregla sus asuntos
en la tierra a la cual corresponden y donde viven los ejecuto-
res de sus órdenes, la perdiz y la liebre, y no desde el cielo
a donde subió, terminada su carrera terrestre.
COMENTARIO MITOLÓGICO
Importante ha de resultar un comentario comparativo de
la curiosa tradición puelche; desgraciadamente, por el momento,
es tarea poco satisfactoria que deja muchos puntos sin resol-
ver. Débese esto al poco cuidado con que se ha tratado la mi-
tología de ¡os aborígenes sudamericanos que recién en los
últimos anos, empieza a ser investigada por personas especial-
mente preparadas. Cuando Ehrenreich, en 1905 presentó un
estudio sobre los mitos y leyendas de los autóctonos sudame-
ricanos y sus relaciones con aquellos de Norte América y del
Mundo Antiguo, tropezó con serias dificultades para estable-
cer sólo el urdimbre de trabajo tan interesante, y diez años
(J) Ehrenreich, Die ñíyi h rn und Legenden der sitdameri/cantsi.hetg l o^íkrr und ihre Bezie-
h ungen zu denen Nordamerikas und der alíen Welt. Be. ím, 1905.
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más tarde, el padre W. Selimidt apenas pudo agregar de-
talle nuevo a la labor de su antecesor. De todos modos, ambas
publicaciones nos lian servido mucho para entablar la cuestión
comparativa, pero siempre hemos consultado la fuente original;
hemos buscado, además, completar en lo posible, las indicacio-
nes mitológicas en que se basan aquellos dos estudios, revisan-
do la literatura correspondiente, ante todo aquella que vió la
luz en los últimos años.
Trataremos pues, en primer lugar, aquellos motivos mito-
lógicos sobre los cuales ya existen antecedentes; e indicaremos
a continuación aquellos que hasta la lecha, se hallan aisladas
en nuestra cosmogonía puelche; y en un resumen final dire-
mos algo sobre la posición que nuestro texto ocupa dentro de
la mitología sudamericana.
sor. Y LUNA
El motivo mitológico «sol + luna = hermano mayor-]- her-
mano menor» ('-'). se halla también en las leyendas de algunas
tribus indígenas del Brasil y de Bolivia, a saber:
Los Crengcz (Tayé), del Brasil (Río Mearim, Estado de Ma_
ranháo) cuentan el mito siguiente (•"):
« Una vez, Luna pedía a su hermano el hígado de un
capivara y fué obsequiado con un animal entero, pero se quejó
que éste era tan flaco. Sol entonces se enojó, agarró un
pedazo de la carne que estaba asándose, lo tiró a Luna en
la cara (de ahí las manchas!) y echó a Luna mismo al agua.
Cuando Luna ya estaba por ahogarse, razonó Sol que quedaría
sin compañero y lo sacó del agua. »
En una interesantísima leyenda cosmogónica de los Guaraní,
del Brasil (Paraná) ((i) * * 4), los dos hermanos, después de muchas
vueltas, llegan a la casa de su padre Tupan « que governava
tudo»; éste los invita a su casa y los pregunta cuándo quie-
ren caminar. Derekey, el mayor, quiere caminar de día, Dere-
(i) Sciiiímr, Kulturhrei 'se itud Kullurchichten tu Siidamrrika . Zeilschrift fiir Cthnologie
XL, i>. noo - 1106, 1913.
(-) 15n nuestro ya citado trabajo páginas 54-59, liemos estudiado la evacuación
«sol + luna = marido + mujer » que respecto al continente sudamericano, parece estar
reservada al espinazo andino y a una ramificación chaqueña.
(3) Unkbo, Vokabular und Sagen der Creugéz — ludiauer {Tajé). Zeilschrift für F.thne
í ie, XI, VI, p. 635. 1911.
(4) Borba, Actualidad r indígena , Paraná — Brasil, p. 69. Coritiba, 1908.
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vuy en la oscuridad. » Pois Derekey seja o sol e Derevuy a
lúa ».
Los Apapocnva (Guaraní), del Brasil (Estado de Sao Paulo),
cuentan de los dos hermanos varones el episodio siguiente (l):
« En la noche, el menor, con intenciones homosexuales,
se acercó al lecho de su hermano mayor quien no lo pudo re-
conocer. P)ste último, para la noche siguiente, tenía pues, pre-
parado un plato con pintura negroazul de genipapo y se la
puso al visitante misterioso en la cara; vio entonces a la ma-
ñana que era su hermano menor. Ñauderuvu^ú, el espíritu
grande, mandó después a ambos hermanos al cielo, al mayor,
Sol, como astro nocturno, al menor, Luna, como astro diur-
no. Pero resultó que Luna era demasiado caliente y quemó
a la tierra; por consiguiente fué reemplazado por Sol y Luna
mismo designado a alumbrar la noche. Tiene vergüenza de su
hermano mayor y nunca le quiere mostrar la cara entera con
las manchas de genipapo. »
Los Guaraníes de las misiones del antiguo Paraguay, hoy
en día cuentan todavía la siguiente leyenda que aunque alte
rada por un revoque moderno permite reconocer su fondo in-
dígena (2):
«En tiempos muy remotos... existieron dos cazadores que
se criaron juntos y en la misma comarca. Cuando llegaron a
la edad viril, los unía la más estrecha amistad y eran los úni-
cos que se ayudaban en la caza...». En una época de escasez
platicaron sobre la alimentación vegetal y artificial « cuando
de pronto se presentó delante un guerrero fuerte que salía de
la obscuridad envuelto en llamas de luz», enviado de Ñande-
yara, el espíritu supremo. Batióse con los dos; fué vencido el
más débil de los dos cazadores, Avatí, y enterrado por sus pa-
rientes, quedando su nariz afuera. De ella brotó más tarde la
planta del maíz.
No dice nuestro texto si aquellos dos cazadores eran her-
manos, y mucho menos, si eran mellizos. La creación del maíz,
empero, de un pedazo del hermano menor -motivo que tam-
bién existe en la mitología peruana, ver más adelante pá-
(*) ÜNKEL, Die Sagen von der Erschaffnng und Vernich+ung der Welt ais Grundla-
gen der Religión der Afnrpocuva — Guaraní. Zeitschrifi fiir Ethnologie , XI* VI, p. 331. 1914.
(2) Dk Oliveíra Cézar, Leyenda de los indios Guaraníes , p. 147-167. Buenos Aires,
1P93.
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gina 193 - parece corresponder a hermanos mellizos. De todos
modos, la presente leyenda pertenece ai grupo astral heroico.
Los Guarayos de Bolivia, al fin, cuentan lo siguiente: (x)
Una vez creada la tierra por Mbiracucha (el Viracocha de
los antiguos peruanos), dos hermanos, Zaguaguayu (— corona
de plumas amarillas) y Abaangui, resolvían transformarse en
hombres; no dice el mito como Zaguaguayu realizó su propó-
sito; «y sólo cuentan de su hermano Abaangui, que para ha-
cerse hombre, ensayó varias figuras, las que destruía conforme
iba haciendo, por tan ridiculas, hasta que acertó a hacer la de
hombre, pero con una nariz tan desmesuradamente gruesa y
larga que de un manotazo se la derribó: hazaña que le me-
reció el nombre de Abaangui, que quiere decir hombre de nariz
caída. » El mito no dice expresamente cuál de los dos herma-
nos es el menor; pero por analogía con las otras leyendas, es
la luna, como lo han demostrado expresamente P. Ehrenreieh ('-’)
y W. Schmidt. (3)
El motivo « sol -J- luna = hermanos varones mellizos »,
tema de varias leyendas interesantes, es como se entiende, es-
trechamente relacionado con el motivo «sol luna = her-
mano mayor -}- hermano menor», pero no cabe dentro del
marco del presente trabajo; puede ser muy bien, sin embargo,
que por una comparación más amplia, resultaría la identidad
de ambos motivos; por lo menos deben haber leyendas en cu-
yas variantes aparezca ya el uno ya el otro de esos dos mo-
tivos.
Una particularidad de la ecuación «sol -}- luna = her-
mano mayor -f- hermano menor», no siempre detallada en los
mitos que acabamos de extractar, es la diferencia intelectual
entre ambos hermanos : el mayor es vivo, despierto, empren-
dedor; el menor, estúpido, poco hábil y sumiso a su hermano.
Además de los comprobantes recién transcriptos, citaremos
otro que corresponde a la mitología de los Bakairi del Bra-
sil (‘); actúan en ella como héroes, los mellizos Keri y Kame> (*)
(*) Card ÚS, Las misiones franciscanas entre los infieles de Bolivia. Descripción del
estado de ellas en 1883 y 1884. p. 76. Barcelona, 1886.— lil mismo mito, según el manus-
crito de José Cors, fué publicado por Francesco Pikrini, Los Guarayos de Bolivia. An-
t/iropoSy V, p. 704. 1910.
(3) Uiirenreich, Die Myt/ieu , etc., p. 43.
(”) Schmidt, Kulturkreise% etc , p. 1103.
(4) Von den Steinen, Unter den Natnrvolkern Zeniral - Brasiliens . . . , p. 369, 373»
379. 3^3- Berlín, 1894.
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nacidos gracias a una intervención obstetricia (scctio cacsarea )
y que después llegan a ser sol y luna; son, pues, también her-
mano mayor y hermano menor pero más estrechamente rela-
cionados entre sí por el embarazo gemelar de su madre; pues
bien: Keri, el mellizo mayor, siempre es el inteligente y Kame
c! tonto. « Kaine », dijo el Bakaíri Antonio, « e gente bobo y
todo hace al revés, Keri no, ¡oh no!» Efectivamente, cuando
Keri, de la caña uba, hizo muchos hombres, Kame no hizo
nada ; Keri le reprochó su haraganería, se pelearon y Kame,
como el más débil, se fugó; en otra oportunidad, cuando Keri
fue a cazar en compañía del zorro, tuvo trabajo para resucitar
a su hermano menor que había sufrido un serio percance.
En nuestra leyenda puelche, Luna, el hermano menor,
también es el tonto: no consigue agarrar a los pájaros, lo que
realiza después su hermano mayor; y desobedeciendo a éste,
tiene que sufrir los rasguños de los armadillos.
En el mito correspondiente de los Caribes de la Guayana (*)»
los mellizos tal como se presentan, no son sol y luna, pero la
historia de su nacimiento es la misma que en la leyenda de
los Bakaíri, y el menor de los dos, también es el torpe: Maku-
naima y Pia llegan al mundo gracias a la intervención del
tigre quien se traga a la madre embarazada pero respeta a
los dos fetos. Criados por la misma madre del tigre (una rana!),
vengan la muerte de su propia y van al mundo. Tienen un
encuentro con el tapir y le preparan una emboscada, pero Pia
es torpe y hiere a su propio hermano, quien pierde la pierna
a causa de este accidente! Están ahora en el cielo: el tapir
representa la constelación de las Híadas, Makunaima las Plé-
yadas, y la pierna aislada de Makunaima, es el Tahalí de
Orion (las «Tres Marías» en lenguaje popular).
Según los Macnsi de la Guayana, es Pia quien mata a!
tigre para reconstruir luego su propia madre; Makunaima,
luego, a causa de un disgusto^ se separa de su hermano y Pia
queda solo con su madre (2) ; según los JVarrau , también de
la Guayana, los mellizos son extraídos del útero de su madre
muerta, por Nanyobo, la rana anciana que los cría pero que
luego es quemada por ellos (8).
(*) Roth, An tnquiry tuto ihe animism and jolh~Iore of the Guiana Indinas. Anana.
Repori of ihe Burean of American Eihnology, XXX, p. 133-135. 1908-19^9.
('-) Roth, ihidem, pt 135, sección 40-41.
(:l) Rom, ihidem, p. 133, sección 34.
190 -
EL HIJO DEL SOL
La leyenda puelche cuenta del «hijo del sol» nada positi-
vo: fue robado y comido por los pájaros negros y no pudo ser
resucitado por su padre solar por faltarle dos luiesitos. En nin-
gún mito sudamericano, aparece figura semejante, y cuando en
la mitología de este continente encontramos un hijo solar, es
distinto del de la leyenda puelche. Hasta la fecha, contados son
los casos en que se nos presenta.
Los antiguos Anmcanos del siglo XYI y XVII, tenían en su
panteón mitológico al «hijo del sol» sin que sepamos detalle
alguno de él. En el sermón nono, párrafo (J) 8, el Padre Luis
de Valdivia reprocha a sus fieles sus supersticiones, predi-
cándoles:
«No hay Maréupu Antü ni H-uecufü ni cosa alguna pare-
cida quesea Pillan o Maréupu Antü ni Iluecufil. El sol no tie-
ne vida; pues lo que no tiene vida, ¿cómo puede tener hijo
y lo (pie no vive en sí, ¿cómo puede dar vida a otros? Tú lo
que no tienes, no lo das a otro; pues ¿cómo el sol que no vive
ni tiene vida, puede dar vida a los hombres enteramente? El
sol no vive, ni si tuviera hijo, viviera su hijo; y si el Maréu-
pu Antü no tiene vida, ¿cómo os había de dar la vida a vos-
otros? Mentira es, muy grande, decir que el sol tiene hijo. Y
como no hay Maréupu Antü, así es mentira decir que hay Pi-
llan, pero todas esas mentiras, en otros sermones veréis que
lo son ».
En este sermón se citan el llueciifü, espíritu de las enfer-
medades, de la mala suerte y de otras yerbas al estilo; el Pi-
llan, autor del trueno y de las erupciones volcánicas, ambos
bien conocidos en la moderna mitología araucana; y al fin el
Maréupu Antü que ha totalmente desaparecido. Repasando
con mucha atención el párrafo que hemos reproducido, resulta
dudoso si el Maréupu Antü, debe o no identificarse con el «hijo
del sol». Fray Félix José de Augusta quien ha salvado del olvi-
do el interesante párrafo del Padre Luis de Valdivia, opina (-)
sin emitir duda alguna, que ambos son los mismos, y que era
(l) Valdivia, Nueve sermones en lengua de Chile.., reimpresos a plana y renglón del
único ejemplar conocido y precedido de una biografía de la misma lengua por José Toribio Me-
dina, p. 72. Santiago de Chile, 1897 —Para la re producción del párrafo que nos interesa
hemos adoptado ortografía e interpretación moderna.
(“I AUOUSTA, Lecturas araucanas , ( narraciones , costumbres , cuentos , canciones , etc.)
p. 234, 237-239, 39 Valdivia, iqio.
— 191
el hijo del sol el «que daba vida a los terrenales». Analiza
detenidamente la palabra Mareufuante como va escrita en el
texto original, y deja constancia que mar cu fu es usado a veces
en lugar de mar i cfu (doce), y que antü , significa sol. Expli-
ca a continuación, que hoy en día entre los indios de Valdi-
via la palabra maréupu — doce a secas, significa la doble fila
de los cántaros con chicha que se ponen en las rogativas de
los indios, «con cuyo contenido se hacen aspersiones hacia
la salida del sol, acompañadas de invocaciones dirigidas al
Ng’nechen o tal vez a los espíritus. En Panguipulli llaman
marehuepull ( mar ewe pulí) tanto el mudai [chicha de maíz] que
hay en los cántaros, como las tortillas que se colocan en el lu-
gar sagrado, y en cuya fabricación los indios entonan cánti-
ticos. . . Marexvepull, empero, no puede ser otra palabra que ma-
réupull. Probablemente es la // terminal residuo de llanka, apo-
copado, formando ambas palabras una combinación de significado
parecido al de llanka fiuke \piuke = corazón] y maiwellanka » .
Nuestro autor, repentinamente, deja de continuar el hilo de su
idea; tomándolo nosotros diremos que Maréupu Antü , del texto
de Valdivia, no debe interpretarse simplemente como «doce
soles» o «doce días», puesto que antü es singular; sino que
debe leerse Maréupull Antü, algo difícil a pronunciar para un
extranjero o sea que la 11 ha desaparecido del todo por reglas
fonéticas que desconocemos. Ea interpretación de Maréupull
Antü, o sincopado Maréupu Antü , ya no ofrece dificultad; quiere
decir «sol que debe ser venerado con doce cántaros» o sea, en
idioma alemán: «Zwolf-Kannen-Sonne». La palabra de la cual
ll es residuo apocopado, es, según nuestro autor, la voz llanca,
«unas piedras verdes que estiman mucho, con que pagan las
muertes, y se toma por otras cualesquiera pagas de muerte»
(Febrés) (l', y que hoy en día ya no se conocen; pero me parece
que esa //más bien debe ser resto déla palabra llaghn, «partir,
hacer partes, descuartizar; y de ahí, llaghn, llaghpan, brindar,
o pasar parte; llaghpayu, te brindo, o a tu salud...» (Febrés).
Así que el sustantivo respectivo ha significado, en primer lu-
gar, la bebida misma ( como hoy en Panguipulli), y por exten-
sión, el receptáculo que la contenía.
Volviendo ahora al texto del padre Valdivia leemos: « El
sol no vive, ni si tuviera hijo, viviera su hijo; y si el Maréufu
('). Frbhks, Calepino chileno ■ hispan*, Lima 1765- Reimpresión de Juan M. Larsen.
Buenos Aires, 1882.
192 -
Antii no tiene vida, ¿cómo os había de dar la vida a vos-
otros?» Y repetimos que Fray Félix José refiere la palabra Ma-
rcupu Antii, a «su hijo», término que inmediatamente ante-
cede, opinando por consiguiente que es el hijo del sol que ha
dado vida a los indios. Nosotros referimos la palabra Maréupu
Antii a «sol»; la consideramos como nueva expresión, empleada
de vez en cuando para variar el estilo y hacerlo más plástico
para la mente de los indígenas; bien puede ser que Maréupu
era un título de respeto antepuesto generalmente cuando se
habló del sér solar, al estilo de la « Honorable Cámara», de
«S. M. el Rey», etc. Resulta, según nuestra interpretación, que
el sol mismo y no su hijo, es el creador de la gente humana,
concepto mítico análogo a tantos otros que no es el lugar de
citar. Tampoco corresponde al presente estudio, entrar en supo-
siciones sobre el número (12) de los cántaros de chicha que se
brindan al sol saliente; ¿será alusión a los 12 meses limares del
año que también desempeñan su rol en nuestra tradición puelche?
De todos modos, había entre los antiguos Araucanos un culto
solar del cual muy poco sabemos; a esta idea, pertenece tam-
bién la creencia que el sol era padre de un hijo; pero sobre
la naturaleza de este hijo, nada nos dice ni el padre Valdivia
en su sermón nono ni la leyenda cosmogónica de los Puelche,
apuntada por nosotros.
El concepto del Inca como hijo del Sol, en el antiguo Perú,
nada tiene que ver con nuestra leyenda puelche. Tampoco hay
relación con otro hijo solar, conocido en ciertas regiones del
Perú. Por tratarse de una fuente rarísima, extractamos del grue-
so volumen del padre Antonio de la Calancha, «doctor graduado
en la universidad de Lima y criollo de la ciudad déla Plata»,
el siguiente mito, respetando en lo posible el texto original: h)
«No había en el principio del mundo comidas para un hombre y una
mujer que el Dios Pachacamac había criado». El hombre murió de ham-
bre y quedó sola la mujer. Ella se dirigió al Sol, pidiendo sustento.
«Compadecido el Sol bajó alegre, saludóla benigno y preguntó la causa
de su lloro fingiéndose ignorante.. ; le dijo palabras amorosas, que
depusiese el miedo. , mandóle que continuase en sacar las raíces, y
ocupada en esto, le infundió sus rayos el Sol, y concibió un hijo que
dentro de cuatro días con goce grande parió, segura ya de ver sobra-
das las venturas y amontonadas las comidas; pero salió al coutraiio,
porque el Dios Pachacamac indignado de (pie al Sol se le diese la ado-
(1) De la CALANCHá, Coronica moralizada del orden de San Augusiin en el Perú, con
sucesos egenplares en esta monarquía , p. 412-414 Barcelona, 1638.
— 193 —
ración debida a él, y naciese aquel hijo en desprecio suyo, cogió al
recién nacido semidiós, y sin atender a las defensas y gritos de la ma-
dre, que pedía socorros al Sol padre de aquel hijo, y también padre del
Dios Pacliacamac, lo mató despedazando en menudas partes a su her-
mano». Pachacamac sembró después los dientes del difunto y nació el
maíz (0; sembró las costillas y huesos y nacieron las yucas y las demás
frutas de esta tierra que son raíces; de la carne procedieron los pepinos,
pacayes y lo restante de sus frutos y árboles, y desde entonces los hom-
bres ni conocieron hambre ni lloraron necesidad. «No se aplacó la
madre con estas abundancias porque en cada fruta tenía un acordador
del hijo...; y así su amor y la venganza le obligaban a clamar al
Sol...; bajó el Sol... y preguntándole donde tenía la vid y ombligo
del hijo difunto, se lo mostró, y el Sol dándole vida, crió de él otro
hijo, 3' se lo entregó a la madre...; [dicen] que su nombre es Vichama
(otras informaciones dicen que Villanía); crió al niño que creció hermo-
sísimo hasta ser bello y gallardo mancebo que a imitación de su padre
el Sol quiso andar el mundo...; no hubo bien comenzado su ausencia,
cuando el Dios Pachacamac mató a la que ya era vieja, 3r la dividió
en pequeños trozos y los hizo comer a los cuervos índicos que llaman
gallinazos a los... cóndores; y los cabellos y huesos guardó escon-
didos en las orillas del mar; crió hombres y mujeres que pose3resen el
mundo, y nombró curacas y caciques que lo gobernasen.
Volvió el semidiós Vichama a su patria ..; deseoso de ver a su
madre, no la halló; supo de un curaca el cruel castigo y arrojaban fue-
go sus ojos de furor 3r llamas su corazón de sentimiento .. Preguntó
por los huesos de su madre, supo donde estaban, fuélos componiendo
como solían estar, 3' dando vida a su madre la resucitó a esta vida, y
trató de la venganza... y fué disponiendo el aniquilar al Dios Pacha-
camac, pero él, por no matar a estotro hermano, enojado con los hom-
bres, se metió en la mar en el sitio y paraje donde ahora está su templo
y hoy el pueblo y valle se llama Pachacamac . . Viendo el Vichama
que se le había escapado el Pachacamac, bramando encendía los aires...,
volvió el enojo contra los de Veguera 3' culpándoles de cómplices...
pidió al Sol su padre los convirtiese en piedras, conversión que luego
se hizo. [Arrepentidos los dos de este castigo] determinaron dar honra
de divinidad a los curacas y caciques. . . y llevándolos a las costas y
playas del mar, los dejó a unos para que fuesen adorados por guacas,
y a otros puso dentro del mar que son los peñoles. . . Viendo el Vichama
el mundo sin hombres 3' las guacas y Sol sin que los adorase, rogó a
su padre el Sol criase hombres, y él le envió tres huevos, uno de oro,
otro de plata y otro de cobre. Del huevo de oro salieron los curacas. . .,
del de plata sé engendraron las mujeres de éstos, y del huevo de cobre,
la gente plebeya que hoy llaman mitayos, y sus mujeres y familias »
Según una variante conocida en las regiones del Sur, termina la
leyenda en la forma siguiente: «Los hombres que se criaron después. . .
los crió el Dios Pachacamac, enviando a la tierra cuatro estrellas, dos
varones y dos hembras, de quien se procrearon los re3res, nobles y gene-
(1) En la leyenda guaranítica, nace de la nariz, ver página 187.
— 194 —
rosos, y los plebej'os, pobres y serviciales. Mandando el su } remo Dios
Pacliacamac que a tales estrellas que él había enviado y las volvía al
cielo, y a los caciques y curacas convertidos en piedras los adorasen
por guacas, ofreciéndoles su bebida y plata en hoja.»
Otro párrafo de los antiguos cronistas, relacionado con un
«hijo del Sol» y su estatua, trataráse más en adelante (pági-
na 197, nota).
LA TRANSFORMACIÓN DEL HÉROE EN CADAVER
• Iva transformación del héroe en cadáver» (hediondo), es
otro de los motivos que tiene analogías en la mitología suda-
mericana.
En la complicada leyenda cosmogónica de los Bakairi del
Brasil, hay el siguiente detalle (!): El urubú rojo (ave rapiña)
era propietario del sol. Encargados los dos héroes Keri y Ka-
me de robárselo, Keri se esconde en un tapir que hizo de ma-
dera blanda y al cual agregó pequeñas moscas para darle mal
olor y para atraer al urubú rojo; Kame, trocado en pajarito
cantor, iba a dar a su hermano los avisos necesarios. Consi-
guió Keri su objeto: cuando el urubú quiso picar al tapir, Keri
le agarró y amenazándolo con la muerte, sólo le dió la li-
bertad contra la entrega del sol (que era una gran pelota he-
cha de plumas del arará y del tucán).
En la mitología de los Carayá (Brasil), el héroe Kinoshi-
hué se troca en carroña y caza al urubú -rey que le entrega
el sol contra su libertad ('-’).
También en la tradición de los Apapociíva (Brasil) ((i) * 3), Nan-
deryquey (el sol) se transforma en cadáver hediondo para que
los urubúes, los propietarios del fuego, coman de él; así suce-
de; en esta oportunidad, el sol se sacude y desparrama el fue-
go.
Según los Chañé , del río Parapiti (Bolivia) (4), el héroe
Aguaratunpa se hace el muerto, tan muerto que una mosca le
entra en el ano y sale de una de las narices; que entra en ¡a
otra y sale otra vez del ano; que le pone huevos en las órbitas
• pie se llenan de gusanos; y cuando viene el condor blanco y
(i) von DEN Stkinen, cbra citad, 1, p 375 - ¿70, ¿57.
(-) Kkausw, tu den ll't/dnicsen lirasiliens, Itcrhlit und I: » ctuu \ í c ,tc ¡ i,;¿> Ata
guaya - Expedition icjoi', p 45. Leipzig, 1911.
(■') ÜNKKL, üie Sa gen, etc., p 397, 331.
(*) Norden.skiold, t ■tdimi’.rlebeu . El Gran C!n o ( i u i t m ‘Tibí p. 263. Leipzig! lylz.
— 195 -
pica a Aguaratunpa, éste le agarra y sólo le deja libre en re-
compensa de toki, una pelota blanca de goma.
Debemos anotar un detalle importante que se nota en la
zona del motivo de «la transformación del héroe en cadáver»;
mientras que en la cosmogonia puelche, es una astucia para
recuperar el hijo robado, en los demás textos procedentes del
Brasil y de Bolivia, el héroe se sirve de ella para robar él
mismo a sus propietarios el astro solar o la cosa que lo re-
presenta; pues bien: si dúo faciunt ídem, no cst ídem. El ob-
jeto de la transformación es pues diametralmente opuesto en
ambos casos. Llamamos la atención también sobre un parti-
cular de la leyenda puelche en la cual ambos héroes (que son
hermanos), se transforman ya en guanaco ya en avestruz.
I.OS DOS PÁJAROS NKGROS
Los pájaros negros de la leyenda puelche que al sol han
robado su hijo para comérselo después (*), nada tienen que
ver con las aves de la mitología araucana en la cual las almas
de los difuntos se convierten en esta clase de animales. «Unos
dicen», escribe el padre Fray Melitón Martínez en una rela-
ción que debe datar del fin del siglo xvm (2), «que la alma
cuando se separa del cuerpo, se convierte en pájaro y se vue-
la a unas islas». Más explícito es el capuchino bávaro Fray
Félix José de Augusta a cuyo celo tanto deben los america-
nistas; según la creencia de los indios actuales de Panguipu-
lli (;i), «las almas de sus antepasados que todas suponen bue-
nas, han pasado a ser pájaros de las regiones celestes, los
cuales a veces se bajan a alturas en que los alcanza la vista,
para traer consuelo a su pariente que se encuentra con el
corazón oprimido, o sea para prevenirle de algún mal inmi-
nente. Lo primero lo creen conocer en que el pájaro les vuel-
ve la cara o que gira a su derecha, y entonces con regocijo
le saludan y le invocan para el buen éxito de su viaje o tra-
bajo que están para emprender. Pero cuando les aparta la
(*) Por el momento, no podemos explicarnos un detalle del texto según el cual
el sol-guanaco, no pudo agarrar el pájaro que le estaba mas cerca. T.o contrario hu-
biera silo lo probable. Se trata, tal vez, del fragmento de otia lejenda incorporado
a la presente donde forma un cuerpo ajeno.
(a) Sciiuli.fr, Sóbrelos inri i os araucanos Af>////trs tomados ile un manuscrito tur di o-
Revisto de derecho , historia y letras, xviii, p. 305. Hítenos Aires, 1907.
(3) Augusta, lecturas ara //canos, etc., p. 34, nota 3.
cara o gira a la izquierda, lo miran por nial agüero y se
ponen tristes y melancólicos. Además es de notar. . . que los
pájaros que no hacen perjuicios al hombre, los creen hechos
por Dios; de lo cual se deduce que a los dañinos los suponen
hechos por el demonio». Según el mismo autor ( ibidem , no-
ta 2), rangiñhuenu ' es la palabra araucana para designar el
pájaro del otro mundo en que se ha de convertir el alma de
un difunto y a quien los indígenas, a veces, suelen invocar.
Y algo más adelante, en la página 239, al esbozar el sistema
de la mitología araucana como hoy en día se presenta, dice
Fray Félix José, entre otras cosas, que los espíritus convertidos
en pájaros, llevan la denominación de pájaros del sol porque
se detienen cerca del Nghiechen, el Ser Supremo, y desde allí
prestan auxilio á los hombres.
Los pájaros negros de la leyenda puelche, por el momento
tampoco deben ser relacionados con las «aves luceras» de
los Guarayos bolivianos y de los Chibchas bogotanos. Pero
no está fuera de suponer que más en adelante, puede com-
probarse cierta relación hoy en día imposible de acertar por
falta de escalones intermediarios.
En la mitología de los Guarayos, el héroe solar Zaguaguayu,
al terminar su carrera terrestre, «se dirigió al naciente, desde
donde, bien fuese porque no faé tan feliz como su hermano (la
luna) en hallar una tierra buena donde fijar su domicilio, bien
fuese porque por su genio misántropo, aborrecía toda sociedad
y trato con los hombres, tiró más allá, y pasando la extremi-
dad del mundo, paró en un lugar donde no hay sol ni cielo,
sino ciertas avecitas que le hacen luz, donde vive solitario, re-
concentrado en su propia felicidad.» (*)
Los Chibchas de Bogotá, poco después de la conquista,
creían que esas «aves luceras», eran negras como resulta del
párrafo siguiente: (-)
«Tienen noticia de la creación del mundo y la declaran
diciendo que cuando era noche, esto es, según ellos interpre-
tan, antes que hubiera nada de este mundo, estaba la luz
(*) Cardus, Las misiones francisca ñas, etc , pág. 77. — Kl uiisun mito npiul Pikrini,
Los GunrayoSy etc , p. 705.
(8) Sxmón, Noticias historiales de las conquistas de Tierra firme en las Indias occidenta-
les, it, p. 279. Bogotá, 1891.
197 —
metida allá en una cosa (l) grande, y para significarla la lla-
maban Chitninigagua de donde después salió, y que aquella
cosa (!) o este Chiminigagua en que estaba metida esta luz (que
según el modo que tienen de darse a entender en esto quie-
ren decir que es lo mismo que lo que nosotros llamamos
Dios), comenzó a amanecer y mostrar la luz que en sí tenía,
y dando luego principio a crear cosas en aquella primera luz,
las primeras que crió, fueron unas aves negras grandes, á las
cuales mandó al punto que tuvieron ser, fuesen por todo el
mundo echando aliento o aire por los picos, el cual aire to-
do era lúcido y resplandeciente, con que habiendo hecho lo
que les mandaron, quedó todo el mundo claro e iluminado
como está ahora, sin advertir, como no tienen fundamento en
lo que dicen, que es el sol el que da esta luz (2).
Confesamos que hasta la fecha, no hemos encontrado en
la mitología de los aborígenes sudamericanos aquella pareja
de pájaros negros que algo muy querido han robado al sol.
No sabemos si este motivo mitológico existe, como supone-
mos, en otras partes del mundo, ante todo en Norte América,
y en la zona indoeuropea, siéndonos durante la guerra mun-
dial imposible conseguir la bibliografía que ha de tratar so-
bre la dispersión en el universo, de las primitivas ideas
(1) Ehrenreich (obra citada, p. 29 nota) quien consultó una edición antigua de ¡a
obra del padre redro Simón, supone que debe leerse «casa» en vez de «cosa» como lo
indica la edición de Kingsborough utilizada por él: en ella, la primera vez hay «casa»
la segunda, «cosa». Efectivamente, una «casa» correspondería muy bien a las ideas del
indígena, no así una «cosa», de ningún modo definida. Tara aclarar el punto, me di-
rigf al Dr. Ernesto Restrepo Tirada, director del Museo Nacional de Bogotá, quien en
carta fecha Junio jo de 1918, contestóme lo siguiente: «He consultado en la Biblioteca
Nacional el manuscrito del P. Simón, y claramente dice que estaba metida la luz en
una cosa grande. Y asf debía ser en efecto, pues los Chibchas creían que ¡a luz estaba
encerrada entre una olla enorme.»
(2) T.a idea de que la luz es algo especial índeoendiente del sol, se halla también en
el antiguo Perú. Es cierto que el padre Joseph de Acosta ( Historia natural y moral de las
Indias, Sevilla 1590, libro V cap. 28 o sea en la edición de Madrid 1894, II, pág. 116) di-
ce respecto a unas estatuas del Cuzco : « I.as tres estatuas del Sol se intitulaban Apoín-
ti, Churiinti e Inticuaoquí que quiere decir, el padre y señor Sol, el hijo Sol, el
hermano Sol; de la misma manera nombran las tres estatuas del Chuquiílla que es el
Dios que preside en la región del aire donde truena, llueve y nieva». Pero el padre
Antonio de la Calanclia, «criollo de la ciudad de la Plata», al referirse al párrafo
anterior, interpreta las designaciones indígenas de un modo algo diferente, pues diré
(obra citada, p. 3 J3 ) : «En otros territorios tenfan tres estatuas del Sol que se intitu-
lab«n Apu Inti, Churi Inti, Inti Huarque que quiere decir, el padre y señor Sol, el
hijo So!, el aire o espíritu hermano Sol. Y de la misma manera nombraban las tres
estatuas del Chuqiti Illa... y el demonio les persuadió que había padre Sol, hijo Sol y
aire o espíritu Sol» (transcrito en ortografía moderna).
Antonio de Herrera, en su conocida Historia general dr los hechos de los castellanos en
las islas y tierra firme del Mar Océano. (Madrid, 1726), copia en el tomo V, página 92, 2'
a! padre Acosta.
— 198 —
mitológicas. Pero casualmente (J) llegónos un estudio de
K. von Spiess (1 2) en cuya primera parte se ocupa de un mo-
tivo representado, con muchas variaciones, en el arte deco-
rativo de Oceanía, Asia, Europa, Egipto, Norte y Sudamérica;
se trata del cuerpo (o cara) de una persona vista de frente
que está atacada (o acompañada), en cada lado, por un pá-
jaro, o por un carnívoro, o por otro monstruo, uno en cada
lado, y representados en perfil, que la figura central desea
alejarse con las manos. Los ejemplos citados por el autor
para comprobar la universalidad de este grupo, « apenas dan
una idea de la abundancia de la materia. Sea donde fuese
que uno estudia las representaciones del arte primitivo, siempre
hallará el grupo recién descrito. Parece, a priori, imposible
hallar siempre la misma representación, en lugares geográfi-
camente separados, o cuando se trata de la misma zona de ubi-
cación en épocas completamente distintas. Tiene que haber
una necesidad interna, psicológica, por la cual el hombre se
vió obligado representar siempre el mismo motivo. Este mo-
tivo debe tener un significado bien determinado sino lo
hubiesen representado, en su arte, los pueblos más hetero-
géneos» (3).
¿Cual habrá sido el origen de ese motivo, primitivo y uni-
versal? Sin duda un fenómeno cósmico; v. Spiess cree en las
fases lunares (página 9), pero si hubiera sido tan versado en
mitología como lo es en arte arqueológico y etnológico, hubie-
ra dado en el blanco: no las fases lunares, sino los eclipses ,
ante todo lunares han originado, en la mente del hombre pri-
mitivo, el concepto que el astro, primero es atacado y después
abandonado por un animal o monstruo terrible; y aquel grupo
«trinitario» como lo llama, no muy acertadamente, el señor
v. Spiess, no es otra cosa, para nosotros, que la representación
iconográfica de aquel concepto. Aquellas representaciones no
demuestran entonces un solo momento de un suceso, sino, como
muchas veces puede observarse en el arte primitivo, una serie
de etapas del mismo suceso, cronológicamente distintas .
En lo que hace a las aves rapiñas de nuestra leyenda puel-
(1) Rogamos al lector no se olvide de la época presente en la cual las comunica-
ciones están interrumpidas casi entre todas las partes del inundo.
(2) V. Spiess, Pers'ónliche und unpers'ónliche Kunst. Korrespondenz - Blatt der Deut-
schett Gesellschaft für Antkropologic , Ethuologie und Urgesc/uchte, XI„ p. 2 — 20. 1915.
1 0) v. Spiess, obra citada, p. 9.
- 199 -
clie, debemos tener presente que también son dos que pican
ya al sol - guanaco ya a la luna -avestruz; y parécenos bien pro-
bable que el motivo «sol (transformado en guanaco) -|- dos
pájaros negros » o « luna ( transformada en avestruz ) -f- dos
pájaros negros», puede relacionarse con aquellos grupos «tri-
nitarios» del señor v. Spiess repartidos sobre todo el mundo,
y que según nuestra interpretación, representan los eclipses.
Los fenómenos cósmicos que se han reflejado en este motivo
de nuestra leyenda puelche, son entonces eclipses solares y
eclipses lunares, perfectamente separados unos de los otros lo
que muchas veces no sucede en las representaciones « trini-
tarias» o en las tradiciones mitológicas del orbe. Por esto,
nuestra leyenda puelche está destinada a desempeñar un papel
importante en la futura mitología que busca penetrar al fon-
do de las causas que motivaron los pensamientos primitivos
de la humanidad.
Según el concepto moderno de los orígenes del mito, los
fenómenos cósmicos ante todo lunares, son aquellos que impre-
sionaban la mente del hombre primitivo, grabándose en ella
en una forma que se manifiesta, a nosotros, como motivo mí-
tico. Siendo varios aquellos sucesos cósmicos, varios serán
también estos motivos. Estos primitivos motivos míticos se de-
ben en buena parte al astro lunar que ofrece tantas variacio-
nes respecto a su tamaño, a su forma, a su color, a su ca-
mino, a su relación con el astro solar y con el día y la noche.
Resulta ahora que raros son los mitos en los cuales se narra,
en lenguaje mítico, un simple fenómeno cósmico; en las le-
yendas, generalmente, se combinan varios motivos aislados y
muchas veces observados sobre el mismo astro especialmente
la luna; resulta así una verdadera ensalada mítica, cuyos
componentes sueltos, no siempre se destacan en su sencillez
primitiva. Saliendo de esta base opinamos que la leyenda
cosmogónica puelche, en su primer capítulo, puede interpre-
tarse como sigue:
El héroe originariamente, es el padre del sol, así que «el
hijo del sol», al principio, es el astro mismo. Más tarde, ambos
son idénticos. El robo del hijo por dos pájaros negros, es un
eclipse solar. El ataque de la luna-avestruz por ellos, un
eclipse lunar; el ataque del sol-guanaco por los mismos, un
eclipse solar; el despedazamiento del hijo por las aves, el men-
guante de la luna, siendo las aves, en este caso, la parte os.
cura del satélite; el número de ellas (dos), detalle del motivo
del despedazamiento, se explica por existir este número en los
motivos anteriormente aprovechados para la composición del
mito. La imposibilidad de reconstruir al hijo por faltarle dos
liuesitos (motivo final del capítulo primero), puede, probable-
mente, también interpretarse según detalles del movimiento
lunar, pero por falta de leyendas paralelas, no nos atrevemos a
decir algo especial al respecto, siéndonos actualmente, durante
la guerra mundial, imposible conseguir la moderna literatura
mitológica.
Volviendo a los dos pájaros negros de nuestra leyenda
que liemos interpretado como explicación primitiva de un
eclipse, ha de interesar que en la mitología, este fenómeno
cósmico, es atribuido a la acción de animales muy distintos
que atacan al astro respectivo. Entre tales animales, los feli-
nos ocupan el primer lugar, pero se inculpa también, aunque
con menos frecuencia, a las aves; advertimos sin embargo,
que en los ejemplos que conocemos, se trata de tina sola
nunca de dos aves de esta clase, pero puede que ésto sea
una casualidad, dada la escasez de investigaciones correspon-
dientes. He ahí los casos de la mitología sudamericana que
conocemos:
Los Lules del Chaco dijeron que el eclipse del sol « pro-
viene de ponérsele delante un pájaro grande que extendiendo
las alas embaraza sus luces» (’); según otro autor contempo-
ráneo, «un pájaro grande, desplegando sus alas, cubre el globo
luminoso de su cuerpo» ('-). Actualmente los Bakairí del
Xingú, explican, de vez en cuando, el eclipse solar como pro-
ducido por un hechicero quien transformado en un anú, un
pájaro de plumaje negro-azul ( Crotophaga ), tapó con sus alas
al sol durante cierto tiempo (1 2 3).
OTROS MOTIVOS DE LA LEYENDA PUELCHE
Por falta de los elementos literarios, como fué dicho, no
podemos continuar con el análisis detenido de la leyenda eos-
(1) Lozano, Descripción chorograp/iica . . . del gran ('/tuco, Gualatnba... p. i)6. Cór-
doba, 1733,
(2) Guevara Historia de la conquista del Paraguay, Pío de la Plata y Tucumán hasta
fines del siglo XVI ... p. 52. Btlcnos Aires, 1S82,,
(3) VON DEN STEJNEN, Unter den Naturvolkern , etc., p. 358.
- 201 —
mogón i ca de los Puelche. Los motivos estudiados separada-
mente, son como se ha visto, sudamericanos, e. d. distribuidos
en otras regiones de nuestro continente. A ellos pertenece
también «el motivo del armadillo» que es típicamente sudame-
ricano. «El armadillo, dice el padre W. Schmidt, (*) es el equi-
valente típicamente sudamericano de la liebre y del conejo
¡del mundo antiguo] y del erizo típicamente australiano, y estos
cuatro animales representan un motivo lunar porque escarban
la tierra, y porque se entierran en ella para salir de nuevo;
así que simbolizan la desaparición y la salida de la luna».
Sin reproducir aquí las leyendas en las cuales el armadillo
algo tiene que ver con la luna o su representante, recordamos
la importancia del «piche» en la cosmogonía puelche: él es
el animal cazado por la luna y a él debe el cazador las
manchas en la cara.
Una segunda categoría de motivos que hallamos en nues-
tra leyenda, son aquellos que hasta la. fecha no pueden com-
probarse para otras regiones de Sud América, y estos son: la
perdiz que debe dividir el tiempo en día y noche, y la liebre
que lo debe separar en verano e invierno. En ambos casos el
texto de la leyenda no es muy claro o incompleto; puede ser
también que se trate del resto o del fragmento de otro mito
incorporado al nuestro, tal vez oriundo de otras regiones, e in-
comprensible para el mismo indígena quien lo relató; yo por
lo menos no comprendo por qué la perdiz es prendida una vez
que ha ordenado la división en día y noche; tampoco comprendo
por qué la liebre es perseguida una vez que ha arreglado la sepa-
ración entre invierno y verano (2). Dejamos constancia, de todo
modo, que ambos animales (perdiz y liebre) no aparecen hasta
la fecha, en leyendas sudamericanas, como representantes de
poder tan importante como lo significa la división del tiempo,
y que este cuadro de un acto cosmogónico, tampoco fué com-
probado, hasta la fecha, en un mito sudamericano; tal vez será
(1) Schmidt, Kulturkrcise , etc., p. 1203.
(2) K*te detalle, a todo parecer, tiene relación con el rasgo final del mito sobre
el nacimiento del sol, relatado por los indios Cora de México: Juntábanse los ancia-
nos en el sitio de costumbre, ayunaban cinco días, sgariaban al vatón destinado « ser
el sol y lo tiraban ál fuego. Al cabo de cinco días nació el sol. Los ancianos entonces
consultaban el uno al otro respecto al nombre que darle, y acunaban pero no encon-
traban nada conveniente. Uno de ellos, llamado Conejo, indicó entonces el nombre
verdadero del sol y se escapó inmediatamente Pero ios otrosí© perseguían, lo alcan-
zaron y lo ahuyentaron a una cueva; ahí prendieron fuego y Conejo pereció quema-
do. (PreüSS, Dte Nayarit » Expediiión . . . p. 143, L V. Berlin, 1912.)
— 202 —
de procedencia norte o extraamer ¿cana. En lo que se refiere a
la liebre, es animal lunar típico para la mitología de Norte
América, Japón, China, Siam, India y el Sudeste de Africa 0),
pero según Khrenreicli esta interpretación idéntica de las
manchas lunares (que en las regiones indicadas, son conside-
radas como conejo o liebre), no se explica por una fuente co-
mún de esta tradición o por un simbolismo, sino por el aspec-
to mismo de la luna que siendo llena, representa la figura de
una liebre en aquellas latitudes donde el eje lunar está muy in-
clinado. La presencia de una liebre en nuestro mito puelche,
no debe pues, por el momento, considerarse ni como elemento
lunar (pues este representan los armadillos «piches») ni como
elemento relacionado con el mundo mítico de Norte América
o del Mundo Antiguo.
Hay todavía en nuestro texto motivos que por falta de
recursos literarios, quedan sin examen comparativo. Me
refiero a la reconstrucción y reanimación de un ente mítico,
de sus huesos, motivo muy conocido en todas partes, y la de-
fectuosa o frustada reconstrucción respectivamente reanima-
ción, cuando falta (o está roto) uno o más de los huesos. En
el mito puelche, el hijo del sol no puede ser reconstruido por
la falta de los huesos (motivo tal vez de origen lunar, ver más
arriba página 200); en el mito de los Germanos del norte, el
dios Tlior mata los dos cabrones que tiran su carro, para comer
la carne y convidar a los paisanos que le dieron hospedaje,
pero les advierte que cuiden bien de los huesos mientras co-
man; no obstante uno de los paisanos rompe un hueso largo
de la pierna de uno de los cabrones, y desde entonces el ani-
mal respectivo, reconstruido y reanimado, por su amo divino
junto con su compañero, renguea. Baste este ejemplo para
indicar los interesantes puntos de vista que puede hacer re-
saltar un estudio más amplio aún, de la leyenda cosmogónica
de los Puelche. De todo modo, es importantísima la reco-
lección y la comparación de las leyendas de los aborígenes
sudamericanos: «Audi wenn wir es ablehnen, dijo nuestro com-
pañero Ehrenreich en el prefacio de su estudio ya citado, diese
«Wilden» hinsichtlicli ihres Kulturbesitzes ais lebende Vertre-
(1) De la gran bibliografía sobre esta materia, citaré solamente las siguientes no-
ticias:
Volksmann, Der Mann in Monde. Am Ur-Quell , V, p. 285. 1S94.
Frakel, ídem, tbidein , VI, p. 75 76. 1895.
(2) Ehrenreich, üie Mythcn , etc., p. ¿9.
20o —
tcr der Urzeit zu betrachten, so darf dócil ilire Weltanschauung,
wie siesich objectiv in ihren Mythen kundgiebt, ais der letzte
Ausláufer gelten, mit dem die Ideenwelt der Urzeit in unsere
Gegenwart hineinragt*. («Aunque declinemos considerar a es-
tos “salvajes”, con referencia a su cultura, como representan-
tes vivientes de los tiempos primitivos, su concepto del univer-
so manifestado objetivamente en sus mitos, puede considerarse
como la última proliferación por medio de la cual las ideas
de los tiempos primitivos, llegan basta el presente.»)
RESUMEN
Un texto apuntado por nosotros de la boca de un Puelche
en la Patagonia septentrional, es el fragmento de una leyenda
cosmogónica.
Aunque dictado en idioma español, el estilo y el orden de
las frases corresponden perfectamente a la mentalidad de los
aborígenes americanos.
Analizando los motivos mitológicos, liemos encontrado para
unos cuantos las analogías correspondientes:
El motivo «sol -f- luna = hermano mayor -{- hermano me-
nor», en cuanto a Sud América, puede comprobarse para los
Crengéz (Brasil), para los Guaraní de Paraná, de Sao Paulo y
de las misiones del antiguo Paraguay y para los Guarayos de
Bolivia; la poca inteligencia del hermano menor corresponde
al papel de la luna en otros mitos sudamericanos donde actúan
dos hermanos mellizos (Bakai'rí del Brasil, Caribes, Macusi,
Warrau de la Guayana).
El motivo «hijo del sol» en nuestra leyenda puelche, es
poco desarrollado, así que no sabemos si tiene relación o no,
con el motivo análogo de la antigua mitología araucana, hoy
extinguido; de ninguna manera hay conexo con el «hijo del
sol de los antiguos Peruanos.
«La transformación del héroe en cadáver» (hediondo), es
motivo que tiene analogías en la mitología de los Bakai'rí,
de los Carayá y de los Apapocuva del Brasil, y de los Chañé
de Bolivia, pero los motivos de tal transformación son distin-
tos: en la mitología puelche, el héroe se transforma para to.
mar preso a un ladrón, mientras que en la mitología de las
tribus citadas, el héroe mismo es el ladrón que se transforma
para ejecutar un robo.
• Los dos pájaros negros» nada tienen que ver con las aves
204 —
de la mitología araucana en la cual las almas de los difuntos
se convierten en esta clase de animales; tampoco deben ser
relacionados con las «aves luceras» de los Guarayos bolivia-
nos y de los Chibchas bogotanos; pero sí que aparecen en las
representaciones «trinitarias» de los eclipses, repartidas sobre
todo el orbe, y como causantes de los eclipses en los mitos de
los Lules (Chaco) y Baknírí (Brasil).
Nuestra leyenda puelche, en su principio, se compone en-
tonces de varios motivos cósmicos: la observación de los dos
grandes astros (sol y luna), se refleja en el número (dos) y en
la relación mutua (hermanos) de los héroes; el robo del hijo
solar por dos pájaros negros y el ataque del sol- guanaco por
ellos, son eclipses solares; el ataque de la luna-avestruz por
los mismos, un eclipse lunar; el despedazamiento del hijo so-
lar, el menguante de la luna, etc.
Otros motivos de nuestra leyenda, por el momento no se
prestan a un análisis detenido, pero llamamos la atención so-
bre los siguientes:
El armadillo es el animal lunar típico para la mitología de
Sud América y figura en nuestra leyenda puelche; la liebre,
animal lunar típico para la mitología de Norte América, Ja-
pón, China, Siam, India y el Sudeste de Africa, también apa-
rece en nuestro mito, pero es dudoso si el motivo de la «liebre
lunar» tiene un origen común; en nuestro mito puelche, em-
pero, la actitud de la liebre tiene una analogía en la mitolo-
gía de los Cora de México; suponemos pues que en la cosmo-
gonía puelche, se han combinado elementos típicamente sud
americanos (el armadillo) con elementos mexicanos (la actitud
de la liebre).
La reconstrucción y la reanimación de un ente mítico, de
sus huesos, ya realizada, ya defectuosa, ya frustrada, es motivo
que tanto aparece en la mitología puelche como en la de
otras partes del mundo (antiguos Germanos); es posible que
el estudio de este motivo, aclare más aún la posición de la
cosmogonía puelche dentro de la mitología universal.
La perdiz divisora del tiempo en día y noche y la liebre
que lo separa en verano e invierno, son dos elementos únicos
hasta la fecha en la mitología sudamericana; talvez pueden
comprobarse para otras partes del mundo.
ÍNÜICK.
PÁGINA
Introducción 182
El texto de Primera Angostura 183
Comentario estilístico 184
Comentario mitológico. 185
Sol y luna. 186
El hijo del sol 190
La transformación del héroe en cadáver 194
Los dos pájaros negros 195
Otros motivos de la leyenda puelche...,. 200
Resumen 203
MITOLOGIA SUDAMERICANA.
III
LA MAREA ALTA
SEGÚM LOS PUELCHE DE LA PATAGOHIA
R. Lehm ann-Nitsche
Al Dr. Aureliano Oyarzun ,
Santiago de Chile.
INTRODUCCIÓN
En dos trabajos anteriores, liemos publicado dos leyendas,
escogidas de nuestros manuscritos, que se refieren a temas
preferidos por la mitología comparativa, a saber: la cosmogo-
nía y el diluvio. La predilección de los mitólogos por esta
materia, se explica, opino, por el efecto secundario e incons-
ciente de la tradición bíblica que dominaba y sigue domi-
nando— amicho más que generalmente se admite — al mundo in-
telectual en sus conceptos sobre el universo. Era, pues, más
bien una concesión a tal ambiente psíquico cuando elegimos
aquellas dos leyendas para presentarlas a la publicidad en for-
ma de trozos selectos; y obedece al mismo ciclo de ideas la
presente monografía que completa las dos anteriores (i).
Como el mito cosmogónico de los Puelche, también el pre-
sente fué apuntado por mí en Primera Angostura, valle del
Río Negro, Patagonia setentrional, de la boca del anciano Mi-
llaluan: todos los pormenores sobre el autor de nuestro tex-
(i) Lehmann Nitsciie, Mitología sudamericana . I. El diluvio según los Araucanos de la
Pampa. Revista del Museo de La Plata, XXIV (2), p 28-62. 1918,— II. La cosmogonía según
los Puelche de la Patagonia. Ibidem , p. 182 - 205.
- 207
to, sobre los Puelche y su idioma, ya fueron comunicados en
la introducción a aquella leyenda y no es menester reproducir-
los de nuevo. Agrego solamente, que del presente texto, tam-
bién conseguí un original en idioma puelche que se publica-
rá en otra oportunidad; por el momento, ofrezco la relación
castellana en la forma como me fué dictada por el indígena,
el 27 de febrero de 19x6.
EL TEXTO DE PRIMERA ANGOSTURA
Eran dos hermanas mujeres y un hermano menor, varón. La her-
mana mayor se llamaba Shoinyüntsüm (*) y el hermano varón, Ká
hua (s). Ya estas dos hermanas se les habían muerto los hijos, a ca-
da una el suyo, y no los querían enterrar y andaban cotilos cadáveres-
Por esto, el hermano menor las insultó, y como no le hacían caso,
les mezquinaba la carne v les daba la peor carne para comer. Enton-
ces, las dos mujeres espiaban en la noche qué clase de carne comía
su hermano, y era la vaña (1 * 3) de animales gordos, pura grasa; es que
el varón tenía la virtud de encontrar siempre animales gordos cuan-
do iba a cazar.
El hermano menor insultó, pues, a sus dos hermanas por los hijos
que andaban llevando muertos. Entonces las dos hermanas se tiraron
a la mar para morirse (4); la menor se enderezó primero, con el hijo
muerto en el brazo; y la hermana mayor, en loque vido (5) que su her-
mana menor se iba perdiendo, también se enderezó a la mar con el ca-
dáver de su hijo en el brazo. Yen loque gritó el hermano menor que
estaba atrás en la tierra, la hermana mayor se dió vuelta a mirarlo;
y [vió que] creció la mar enojada y llevó también al hermano va-
rón. [Pero las dos hermanas fueron transformadas en animales de
mar, la mayor en una sirena, la menor en... ]
COMENTARIO
La leyenda que antecede, apenas necesita comentario; todos
los detalles son bien claros. El dolor de las dos mujeres, por
(1) tsiim , es sufijo feminizante de la lengua puelche; se halla, por consiguiente, en
los apelativos que se refieren al sexo femenino.
(3) Nuestro amigo Millaluan, desgraciadamente, no se recordó más del nombie
de la hermana menor.
(*) vaña, la grasa que envuelve la panza de los rumiadores por el lado de afuera;
de ahí vela de vaña , clase ordinaria de velas. I,a palabra es corriente entre la gente
del campo y de los mataderos y falta en los diccionarios de la lengua espafiola o de
los argentinismos. Sapongi que vaña , es la misma voz que en el castellano castizo, se
escribe con b {baño, bañarse)', ha de ser un arcaísmo persistente en territorio colonial
del idioma español.
(b Estilística primitiva; se tiraron las dos hermanas a la mar, pero no simultánea-
mente. El narrador, al principio, deja constancia del hecho en general, para deta-
llarlo a continuación.
P) vido , forma anticúala por vió, muy usada en el lenguaje campestre del Río de
la Plata.
— 208 —
cierto es exagerado, romántico, clásico y en pugna con el jui-
cio que el hombre blanco se lia hecho del alma de su prójimo
primitivo. La figura y la actitud del varón, forma contraste
con la de sus hermanas y corresponde bien a un hombre que
nada quiere saber de las ocurrencias de dos mujeres histéricas.
En relación con el dolor patológico de ambas, está también
la actitud de la mayor que se arroja, el cadáver de su liijito
en el brazo, a las olas del mar con la intención sin duda, de
salvar a la menor que en su desesperación había hecho lo
mismo y estaba a punto de perecer. Semejante abnegación
contadas veces podrá comprobarse en la vida real; ¡no sin ra-
zón aparece en un mito! La mar empero, parece estar muy
conforme con la actitud de las dos mujeres; el texto nada dice
respecto a la suerte de ellas, pero en la lista de animales,
parte de un amplio vocabulario puelche que apunté un año antes
en Valcheta, hay como equivalente de «sirena del mar», la voz
shómyüntsüm; allá en Valcheta, la india Isidora, mi maestra
en su idioma, no supo darme explicaciones detalladas; nunca
había visto tal animal y suponía que era un ser fabuloso. Yo
por mi parte creo que los nombres de las dos hermanas, son
las palabras con que en la lengua puelche, se designaban dos
distintas clases de cetáceos; lástima que esto no pueda compro-
barse respecto al nombre de la otra mujer pues el narrador in-
dígena lo había olvidado. Nuestra suposición respecto a la trans-
formación de hombres en animales del agua, va apoyada por
el mito de los araucanos que es análogo; ver nuestra primera
monografía, página 32. La salvación de las dos hermanas, con-
siste pues en su convertimiento en seres acuáticos, y el moti-
vo de su salvación, es la bondad de su alma.
La suerte del hermano varón, no está indicada con certeza
en nuestro texto; pero admitida nuestra suposición respecto a
la suerte de las dos mujeres y respecto al motivo de su sal-
vación, concluimos que la mar no haya apaciguado su enojo;
que por lo contrario, haya dejado que se ahogase el varón
tan malo con sus propias hermanas. Puede ser que él también
fué transformado en animal marino; su nombre Káhua, empe-
ro, no se halla entre las palabras puelche con que se designa
esta clase de animales.
En lo que se refiere al origen de la presente leyenda, poco
es lo que por el momento puede decirse. El motivo «dos her-
manas» se basa probablemente en la observación del sol y
de la luna que se presentan a la mente del hombre primiti-
— 209 —
vo, como dos cosas iguales y que llevan en muchos idiomas
primitivos, también en el puelche, la misma designación (1).
El motivo «arrojo de las dos hermanas a la mar», quizás tam-
bién puede explicarse por la observación de la puesta del sol
y de la luna menguante; mientras que la terotnorfización
de ellas, tiene su origen en la observación de los cetáceos ma-
rinos cu^a talla y cuya cara, muchas veces bastante se asemejan
a las de un hombre. La catástrofe al fin, que determinó la
suerte de los tres personajes del mito, o es una marea sim-
ple o un maremoto; tal vez este último pues no se comprende
que flujo y reflujo, fenómeno de observación diaria y de poca
importancia, se hayan reflejado como catástrofe en el concepto
mítico de los indígenas.
El carácter de la catástrofe, al fin, relaciona la presente
leyenda con las tantas diluviales que se hallan sobre todo el
orbe y que últimamente fueron estudiadas por M. Winter-
nitz (2). Ellas se caracterizan por las causas, por el presagio,
por el carácter, por la intensidad, por la duración y por el fin
de la inundación; por el número, por la salvación y por la
previsión de los héroes con alimentos; y porlasuerte de los hé-
roes y del género humano después de la inundación. De estos
diez puntos de vista, en nuestro mito puelche, faltan o están
modificados algunos muy importantes, a saber:
Desde luego, la inundación es de carácter muy local; la
transfiguración de las dos heroínas en cetáceos, no es una
salvación en el sentido de aquellas leyendas diluviales; por
consiguiente, el último motivo, tan importante, o sea la suerte
de la gente salvada, después de la inundación, queda eo ipso
eliminado. Como aquella leyenda araucana en la cual la gen-
te será transformada en seres acuáticos, también la puelche
que forma el tema de esta investigación, representa algo co-
mo el primer grado de mitos, que con cierta modificación y
con la incorporación de elementos nuevos, llegan a pertenecer
a aquel gran ciclo que se conoce bajo la rúbrica de «leyen-
das diluviales» y que tanto lian despertado el interés del
mundo intelectual.
(i) Pienso ocupar me de este fenómeno curiosísimo en otro trabajo ya en preparación.
(-) Win i'icrn itz, Die Flit/siigm ríes AUrrtums mnl tier ¡Witurvolker. Mitteilungcn n ’rr
A nih ropologisch e’t Grsellichaff in U'teii, XXXI, p. (05— 333. 1901.
ERRATAS MAS IMPORTANTES
This preservaron photocopy was made
at RookI.ah, !nc. in conipliance with copyright law.
The paper meets the reqnirements of ANSI/NISO
Z39.48-1992 (Permanence of Paper)
Austin 1997